Kitabı oku: «Sugar, daddy», sayfa 6

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12. [miraditas en educación física]

Kohaku

—¡Vamos, que te quedas atrás! –Areum pasó corriendo a mi lado, con varias vueltas por detrás de mí.

Me agaché y fingí atarme los cordones de la zapatilla, aunque analicé en detalle la rellena parte trasera de sus pantalones cortos. Uf. Últimamente se me enrojecían las orejas si le miraba demasiado tiempo, y también notaba tensión constante en mi zona sur. Me estaba pillando por mi mejor amiga y todo pronosticaba una tragedia.

—¿Estás bien? Normalmente soy yo la que se queda atrás –Areum se acercó en vez de seguir corriendo por el campo, ignorando los constantes pitidos del profesor por parar de correr.

—¡Todavía quedan diez minutos, Señorita So! –puso mala cara con el comentario del entrenador. No le gustaba que le llamaran por su apellido coreano si no era de forma profesional, por eso, a veces le llamaba Ari. A cualquier hombre le gustaba un apodo con el que llamar a su querida.

—Continúa la carrera y ahora te alcanzo –le miré desde abajo, cubriendo los cordones perfectamente atados. Hice un esfuerzo descomunal por no pensar con la polla, ya que desde este ángulo, todos sus atributos se agrandaban. Su genital estaba a veinte centímetros de mi cara.

—Estás tardando una eternidad en atarte los cordones –desvió la mirada a mis dedos, y entonces se me pusieron más torpes que de normal–. Oh, creía que se te habían desatado...

De repente no me parecía tan buena idea haber parado para verle correr en esos shorts blancos. Mierda.

—¿Qué dices, tonta? –mentí–. Claro que estaban desatados.

—Vale... –dijo no muy convencida, apretándose la coleta que se había hecho–, pero no tardes mucho eh –casi me comí el suelo con los dientes cuando me guiñó un ojo. El carmín de mis mejillas era por el esfuerzo físico de la carrera, por supuesto.

No miré mucho más sus piernas temblorosas al acabar la carrera, pero sí me quedé con la sugerente imagen. En sueños, mi mente cambiaría la razón de ese exquisito temblor.

...

—Alguien que conozco cumple años el viernes... –Areum estaba sobre mis pies, aferrada fuertemente a mis manos como soporte, y yo caminaba con ella encima a pesar de que se me ensuciaban los zapatos. Era un juego muy tonto, pero me sentía cómodo con que se diese el capricho de comportarse como una niña conmigo, de que fuera jovial y olvidara el estrés de la colaboración con Takashi. Porque aunque no me lo dijera, sabía que el proyecto le estaba dando por culo.

—¿Ah, sí? –pegué mi nariz a su pelo todavía húmedo de la ducha, olisqueando el agradable perfume de su champú. Si sus sábanas olían así...allí deseaba morir tumbado junto a ella. Pensé en invitarle a casa en el futuro, pero no la de mi padre, desde luego.

Mi progenitor había esperado hasta que cumpliese diecinueve para darme total libertad. Con la mayoría de edad por fin tendría acceso a mi herencia de Apple, y pensaba independizarme del hogar opresivo de mi padre. Invitaría a Areum a dormir conmigo, y por fin podríamos estar solos y sin cámaras.

—Hazme hueco en tu apretada agenda, eh –le pinché, bajándola cuando llegamos al árbol centenario del instituto. Saqué el táper con cerezas y se lo tendí.

—Creo que tengo muchas cosas que hacer esta semana... –se hizo de rogar, pero por sus cejas dramáticamente alzadas, supe que era mentira. También se llevó una brillante cereza a la boca, y me fijé de más en cómo sus labios se envolvieron alrededor; parecía hentai1, y sentí envidia por la puta cereza.

—Es una pena, Señorita So –dije formal, siguiéndole el juego–, tenía pensado emborracharme ilegalmente con usted.

—¿Quieres algo específico como regalo?

—Me conformo con que bailes conmigo, Areum –palpé el césped al atrasar las manos, dejando caer la cabeza hacia atrás para que me diera el sol.

—Eso está hecho –me abrazó súbitamente como despedida, y agradecí que fue breve porque así no notó lo ridículamente rápido que iba mi pulso.

Le dejé ir, tranquilo cuando oí el claxon de su chófer. Hice un saludo militar con los dedos a Joji. Al menos no había venido el gilipollas ese a por Areum.

...

—¿No tiene alguno en forma de corazón? –mis ojos se perdían entre las inmensas vidrieras con joyas, pero yo ya tenía en mente lo que deseaba comprar.

—Sígame, joven –el dependiente me guió hacia el interior de la tienda, y sonreí cuando vi el collar que quería–. Este colgante está compuesto de circonitas cúbicas, bañado en plata de primera ley con...–

—Ese, ese es perfecto –el señor se molestó visiblemente con mi interrupción, pero se le borró el ceño fruncido cuando abrí la cartera.

Me brillaron los ojos como a las gemas al pensar en el bonito cuello de Areum con mi regalo, pero mi mente se encargó de trastocar la imagen cuando vi la cifra con un interesante número.

¿Por qué últimamente todo a mi alrededor parecía más sexual?

—Me lo llevo.

Areum

Esperé en el pasillo a que Takashi abriera la puerta, ya que no quería interrumpir nada de su tan privada vida. Era un poco maníaco con su despacho y lo que había dentro, con la jerarquía del control.

Abrí el buscador de Google para hacer tiempo, y busqué las colaboraciones que Hyundai había tenido, para investigar si había hecho guarradas con más herederas. Takashi no me aclaró la duda cuando se lo pregunté, pero con lo jodidamente atractivo que era y lo bien que follaba, aunque fuera un capullo...entendía que tendría a alguna mujer más. Tipos como él no se conformaban solo con una.

Google solo me dio resultados de Wikipedia, empresas vehiculares y fotos de Takashi para promociones de Gucci, pero ni rastro de mujeres. No había ninguna con quien pudiera empatizar.

—Qué paciente, Señorita So –casi se me cayó el móvil de las manos cuando su voz rompió el silencio, y me senté recta y tensa–. Pasa, cielo.

Ahí estaba, apoyado en el marco de la puerta como si fuera el dueño de todo y todos. Abrí la puerta entreabierta de una patada, molesta sin saber por qué. Un pesado suspiro a mis espaldas me indicó que ese no había sido el comportamiento de niña buena que se esperaba de mí. Uy qué pena.

Me quedé extrañada al ver al heredero de Nespresso dentro, pero supuse que en breve se iría.

—Me alegro de verle, Señor Yoshida –doblé mi torso en una reverencia formal, dedicándole una sonrisa coqueta que se disipó cuando sentí unas manos grandes y anilladas en los hombros, controlando.

—Se porta muy bien cuando le conviene –la voz y comportamiento de Takashi me puso incómoda, y traté de que me soltara aún manteniendo la sonrisa. ¿Qué hacía diciendo eso en público?–, pero a veces es una maldita niñata.

Miré al chico cafeína, quien parecía acostumbrado al comportamiento de su amigo. Tampoco quedaba rastro de la bonita sonrisa de dentista, ahora no era más que una línea seria, atenta y también algo incómoda.

¿Por qué parecía tan despreocupado?, ¿acaso era como Takashi? Dicen que entre amigos se sobrellevan los vicios...

—Yo le veo cara de niña buena –Yoshida se encogió en hombros, y el atractivo que una vez vi en sus hoyuelos se apagó. Era como Takashi, definitivamente, y me comencé a sentir muy incómoda.

Algo fino y alargado se paseó por mi cuello, y decidí mantener la calma para no empeorarlo todo, pero aquel nudo en la garganta permaneció.

—¿Se te ha curado ya la herida de la rodilla, Areum? –Takashi me cortó la respiración durante milisegundos, su susurro intencionadamente alto para que su amigo lo escuchase. Genial, esto era una exposición de poder para él y una humillación para mí.

—Sí.

—Ponte de rodillas –aflojó la mano en la base de mi cuello pero no me soltó del todo, nunca dejando que olvidara mi posición. ¿Había oído bien?, ¿que me arrodillara aquí y ahora?

—Pero no estamos solos... –me giré mirándole horrorizada, pero forzó un dedo sobre mis labios para hacerme callar, y por esa vez guardé silencio.

—Todavía está en esa época en la que me hace repetir las cosas dos putas veces –habló con Yoshida como si yo no estuviese delante, y había aprendido de mala mano, que cuando decía palabrotas se acababa enfadando. Volvió a acercarse a mi oreja, susurrando en una octava más baja e intimidatoria–. Venga nena, pórtate bien y arrodíllate.

Ya me temblaban las rodillas desde hace rato, por lo que no fue muy difícil dejarse caer contra el duro suelo. Dejé las manos sobre la falda, ignorando las miradas altivas de los dos. cogí la falda solo para aferrarme a algo, la mirada recta en los rascacielos.

—Nena –unos largos dedos me acariciaron la mejilla desde arriba como si fuera porcelana, y permanecí neutral–, estamos aquí arriba –Takashi me levantó la cabeza, y ya no oculté la vergüenza al estar a la altura de sus zapatos, al lado de su pierna, arrodillada. Quería llorar. La mano grande y anillada me acariciaba con tal de reconfortarme, me daba náuseas, y necesitaba estar sola.

—Estáis de foto, tío –Yoshida no fue tan depredador sexual como imaginé, pero aún así miró a Takashi durante unos segundos largos en los que pareció pedirle permiso. Sentí ganas de vomitar cuando me acarició el pelo como a los perros, como si fuera una mascota.

Aquella exhibición no duró mucho, y los dos hombres caminaron hacia la puerta para despedirse.

Casi me eché a llorar ahí sola, intentando adivinar por qué me había hecho eso.

La puerta se cerró, hubo silencio. Respiré como las guías de meditación sugerían, y extendí el brazo con tal de alcanzar el bolsillo pequeño de mi mochila, pero cuando cogí el teléfono, sus zapatos negros se pararon a escasos centímetros de mi cara. Olía el perfume nuevo de su traje, la colonia herbal, su sonrisa desde aquí abajo.

Mis dedos temblaron raquíticos. Takashi no dijo nada y lo dijo todo con su silencio, porque me sentí obligada a mirar hacia arriba. Tenía un brillo sádico en los ojos, le gustaba verme de rodillas frente a él.

—El móvil –dejó la mano extendida con total seguridad de que le iba a obedecer, y lo hice. El Samsung desapareció en su bolsillo, y mi conexión con el mundo exterior también–. ¿Quieres ver las fotos nuevas que tengo, Areum?

1. hentai: sub-género de manga (en papel) o anime con escenas explícitas para adultos.

13. [ahogándose en azúcar]

Areum

—¿Por qué tienes más fotos?

—Simplemente me es divertido –miró unos papeles desinteresado–. ¿Esta mañana no has tenido clase de educación física? –una pregunta retórica, genial. ¿Y cómo sabía él mis horarios de clase?–. He captado el momento exacto en el que tu amiguito te miraba el culo –la actitud nerviosa de Kohaku de esta mañana cobró sentido.

No me había dado cuenta de que Kohaku me veía de esa manera. Sí, sabía que le gustaba, pero no podía relacionar su aparente inocencia con hormonas adolescentes.

—¿Y qué quieres que haga? –proyecté mi voz, violenta y maleducada, cansada de sucumbir–. No puedo hacer nada respecto a eso. Ya firmé el contrato, ¡no tomes más fotos!

Más que estremecido, me dedicó una sonrisa obscena, y se metió las manos en los bolsillos para cubrir algo.

—¿Qué pasa...? –seguía incómoda mirándole desde abajo, tenía una parte concreta de su cuerpo demasiado cerca para mi gusto. Pero cuando me fui a levantar, presionó mi cabeza en su lugar.

—Quédate ahí –extendió la otra mano, tendiéndome una cajita negra alargada–. Esto es más difícil de quemar que mi pañuelo. Ábrela.

Había una inscripción minimalista en una esquina. Swarovski. Al levantar la tapita, unos reflejos me dejaron ciega por microsegundos. Cambié el ángulo para que la luz no diera en el objeto, y entonces aprecié el fino collar de cristales.

—¿Te gusta? –bajó la mano para acariciar mi cara, pellizcando una mejilla, tocando mis labios, y luego volviendo a acariciar mi pelo. Era complicado describir lo que me gustaba cuando se ponía así de “afectuoso”.

—¿Por qué me lo has comprado? –le pregunté, un poco más tranquila debido al chantaje oculto con caricias. Era un detalle precioso y delicado, pero no me daba buena espina viniendo de él. ¿Y si me lo había comprado porque esperaba algo de mí? ¿No había mujeres que prostituían su compañía a sugar daddies? ¿Era eso lo que Takashi quería de mí? Yo también tenía dinero de sobra para mis caprichos...algo no cuadraba.

—Quería tener un detalle contigo –sonrió natural, dejando relucir su sonrisa cuadrada que no duró mucho–. ¿Es que no te gusta, nena? –dejó de tocarme, ahora mirándome con la cabeza inclinada a un lado, sopesando.

—Sí, sí me gusta, solo que...no lo esperaba.

—Apártate el pelo –hizo un gesto con el dedo para que me girara, y respiró en mi nuca cuando hice lo dicho–. Están mis iniciales escritas para que no te olvides de mí –sujetó el pequeño corazón frente a mis ojos, su aliento haciéndose más pesado tras de mí, casi besándome la coronilla. Sentí mi cara caliente, mi piel erizarse con la cercanía de Takashi, mi piel de gallina. Joder, ¿pero qué me pasaba?

Abrochó el collar y el charm de plata cayó contra mi garganta. Y ahora que ya tenía un collar suyo, ¿podía considerarme un perro?

Sus mocasines de cuero se alejaron por detrás sin dar ninguna explicación más, y por extraño que pareciese, permanecí de rodillas y sin girarme, obediente sin que me lo pidiese. La butaca chirrió leve bajo el peso del Señor Takashi, y se me erizó poco a poco la piel por la devastadora quietud que había; que se podía cortar con un cuchillo.

Cuando la curiosidad me pudo, me giré a mirarle. Diría que estaba bastante cómodo ahí, con las piernas abiertas y un brazo en el reposabrazos, mirándome lascivo desde la distancia, y con el pómulo apoyado en sus nudillos de gemas de colores. Oh...vale.

—¿Señor Takashi? –dije elegante, volviendo a sentir esos nervios incontrolables en la boca del estómago.

—Areum-ssi –usó el diminutivo en coreano de nuevo, inclinado sobre las rodillas como si quisiera reducir los metros que había entre él y yo–, ven aquí –palmeó sus piernas, pero cuando fui a ponerme en pie, me llamó la atención–. Sin levantarte –concretó, y me quedé quieta sobre mis manos y rodillas, pensando. Solo se me ocurría una forma de ir hasta allí, y parecía que él quería lo mismo.

Adelanté mi mano tímidamente delante de mí, y moví la rodilla para avanzar. Gateé hasta él sin poder aguantarle la mirada por la humillación, y permanecí quieta y sentada sobre mis pantorrillas cuando sus zapatos negros aparecieron enfrente.

Su respiración calmada chocaba en mi frente, y me arrancó las manos sobre la falda para ponerlas sobre sus rodillas vestidas. Observé lo grandes que eran sus manos en comparación a las mías, cómo las cubría sin esfuerzo, y aquello extrañamente me dio sosiego.

—Qué guapa estás de rodillas y entre mis piernas –cerré los ojos al sentir cómo trazó la curva de mi nariz, con un tacto demasiado dócil para ser suyo–. Te haría una foto y la enmarcaba en un cuadro –sus dedos serpentearon en mi pelo, y caí en su truco de provocarme paz.

—Te dije que no me hagas más fotos –añadí, bastante débil cabe decir. No quería bajar la guardia mucho, pero fue tarde cuando me apoyó la cabeza en su sólido y trabajado muslo. Abrí los ojos para mirar hacia arriba, y paniqueé un poco porque Takashi ya me estaba observando desde hace tiempo, con la mirada oscura de siempre. La quietud me hacía querer dormir, pero no acababa de confiar en él–. Señor Takashi...

—Shhh...quédate ahí –pasó la mano por mi suave pelo, y empecé a notar lo caliente que se puso mi mejilla contra su pierna. Con tanto masaje placentero, la parte inconsciente que me ordenaba desconfiar de él, se durmió. ¿Y si Takashi no era tan hijo de puta como me había demostrado?

—Qué imagen tan plácida... –me miró a los ojos desde arriba, haciéndome sentir minúscula–. Sé que te gusta que te toque así, con cuidado. Tu cuerpo se ha relajado tanto que estás en el muslo de la persona que más odias. Podría ser así siempre que me obedecieses –hizo una pausa en la que rodeó mi mata de pelo, y tiró severo hasta despegarme de su pierna–, ¿no sabes que las chicas buenas tienen la vida más fácil?

El fastidio de su cara, su mandíbula desencajada en disgusto, me hizo pensar que me iba a escupir en la cara. Casi me caigo cuando me soltó, y palmeó su entrepierna antes de maniobrar con el cinturón de oro que llevaba.

—Si no le hubieses zorreado a Yoshi –recordó a su amigo con un apodo, y me hirvió la cara al recordar la degradante escena–, no te habría pedido que te arrodillaras –me tensé cuando se desabrochó el cinturón, pero solo eso se quitó–. ¿Te ha humillado mucho? –preguntó con una sonrisa de suficiencia–. Casi te pones a llorar a nuestros pies.

—No lo vuelva a hacer –era consciente de que, arrodillada entre sus piernas, no estaba en la mejor posición para pedir respeto básico.

—No decides tú lo que te hago, Areum –dio unas palmaditas flojas contra mi mejilla, como si fuera una única y última advertencia. Cogió mi pelo en un puño, y rodeó el ostentoso cinturón en mi cuello, abrochándolo y sujetándolo en su otra mano como si fuera una correa. Mi pelo cayó como una cortina de alquitrán sobre mis hombros, y Takashi se reclinó en el respaldo para verme mejor–. Qué guapa estás con eso al cuello –dio un tirón del cinturón, para desequilibrarme y que me tuviera que apoyar en sus piernas. Estaba claro lo que pasaba por su retorcida mente–. Dame la mano –extendió la palma, y cuando tuvo la mía, la subió por su pierna, hasta el rígido bulto de su pantalón de traje. Madre mía.

—Señor Takashi –no le pude mirar de la vergüenza, e intenté hacer conversación–, ¿le ha gustado humillarme delante de su amigo? –soltó mi mano, y me sorprendí a mí misma al descubrir que comencé a trazar patrones sobre su miembro erecto, porque me daba curiosidad y también morbo.

—Siempre es divertido humillar a una sumisa –se relamió al notar el tacto de mis dedos, y tragué duro cuando los trasladó al botón metálico.

—¿Cuántas sumisas tienes? –desabroché su pantalón y bajé la cremallera de la bragueta sin saber muy bien por qué. Me había hecho chantaje y también acosado, pero aquí estaba yo a punto de chupársela, atada de una puta correa.

—No me agradan los interrogatorios, Areum –peinó mi pelo encandilado, y apretó el cuero negro con maldad, hasta que me ahogó un poco y le puse cara de pena y ojitos llorosos–. Aunque dentro de unos minutos tendrás la boca llena –apretó mis labios rechonchos con lascivia pura en su angular cara–, no te harán falta las palabras.

Ay madre, ¡que le iba a hacer una mamada!

Sin dejar de mirarme con superioridad y mofa, él mismo se acarició por encima de los calzoncillos, y aunque no lo iba a admitir jamás, su aura me pareció muy sensual.

—Un poco más y se te cae la baba, nena –me pilló infraganti mirando su paquete, y se palmeó más toscamente, cachondísimo. Se inclinó sobre mi cara y lamió mis labios como un salido mental, sin besar, solo dejando su huella en mí–. Me la vas a chupar así de bien, ¿a que sí? – lamió el cartílago de mi oreja, y me aparté brusca por lo sensible que se sintió.

Me echó hacia atrás, y liberó su miembro de los pantalones con una naturalidad difícil de ignorar. Tenía la polla tan grande como su ego, qué rabia.

—Ehm, ¿Señor Takashi...? –despegué la mirada de su miembro hinchado y rojizo, simplemente porque me entraban ganas de lamerme los labios y eso iba en contra de mis valores. Me alzó el mentón, y me sonrojé cuando empezó a masturbarse lento. Aquello fue tan estimulante, que tuve que cerrar los ojos cuando sentí una ola de calor marearme.

—Sé que esto te excita –declaró firme, observando mi boca como si me fuera a besar, tan cerca que creó una intimidad que no había y yo me lo creí–, tócame –ordenó en mi oído, rozando los labios en la piel, dándome escalofríos por la columna vertebral.

Yo misma rodeé su pene con la mano, y mi memoria recordó sola los movimientos que embelesaban a los hombres. Siseó amargo cuando pasé el índice por el glande, y entonces me hizo una extraña pregunta mientras acariciaba mi cabeza.

—Areum, creo que ya te haces una idea de que tengo un fetiche por la degradación femenina –asentí, confusa–. Dime el primer antónimo que se te venga a la mente cuando piensas en mí –decretó, su mano guiando a la mía en un vaivén mientras yo pensaba.

¿Algo contrario a Takashi, un hombre que ni me había dicho su nombre pero que me deseaba? Dominante, hiriente, estricto, formal, tétrico, sádico... Solo eran algunos sinónimos, pero no fue eso lo que me pidió.

—Azúcar –confesé repentina, moviendo los dedos por su miembro. Me cogió las mejillas con una imperiosidad nueva, como si algo hubiera cambiado. Y qué satisfecho le vi cuando no me resistí.

—Escúchame bien –empezó–, esa será tu palabra de seguridad –su pene palpitó contra su camisa, más rojo que antes–. Cuando esté haciendo algo extremo que no te guste, cuando quieras que pare, cuando sea demasiado para ti; dirás azúcar. Si no lo pronuncias claramente, continuaré follándote –dio un toque de atención en la punta de mi nariz–. ¿Entendido, nena?

—Sí, Señor Takashi.

—Pues abre la boca y chúpamela –hizo un puño en mi pelo para tener el control, y bajó mi cabeza hasta que mis labios envolvieron la punta. Salado, nada parecido al azúcar, parecía un chupachups, y al subir los ojos a los suyos, sentí un vicio que no era normal.

—Me gusta que me mires –confesó, tirando hacia sí el cinturón de mi cuello y produciéndome una arcada por la profundidad. Me dijo que usara la lengua, que la sacara, que le salivara alrededor. Me dijo que le gustaba mi boca.

Cerré los ojos cuando un líquido espeso me bañó la cara tras un rato. No dijo nada después, sus pasos moviéndose por la habitación, y miré mi blusa y falda salpicadas de blanco. ¿Qué había hecho?

—Ven que te limpie la carita –me tendió la mano, y la cogí porque estaba conmocionada y débil. Distinguí su pecho contra mi mejilla, y cerré los ojos mientras pasaba la toallita por mi cara.

—Esta semana te has portado muy bien –abrazó mi cintura, y me dio el cariño que cualquiera merecía–. El viernes te llevaré a cenar, así te conozco un poco mejor, ¿te parece?

—El viernes ya tengo planes –me bajé y recogí mis cosas cuando me sentí apagada–. Buenas noches, Señor Takashi –hice una reverencia de despedida.

—Areum –me llamó nostálgico, encendiéndose un cigarrillo–. No te quites el collar –pidió, lejano en su butaca–, prométemelo. Te castigaré, tengo cámaras vigilándote las veinticuatro horas.

Sí, sí que era tan hijo de puta como parecía.

—No me lo quitaré si usted se porta bien conmigo, Señor Takashi.

14. [cumpleaños con drama]

Jueves

Areum

Solo tenía cuatro clases al siguiente día, y toda la tarde de estudio en la biblioteca con Kohie. Me vendría genial para desconectar.

Lo que el profesor de economía decía me parecía tan aburrido que me distraje con la primera notificación del móvil.

Mamá

Hoy no tienes que ir a trabajar, el Señor Takashi me ha dicho que su hijo está de viaje de negocios

13:58

Deseé que Takashi no volviera a Tokio en una temporada.

...

—¿Acaso te pesa el culo? –Kohaku cogió mi brazo para que le siguiese el paso hacia nuestra mesa en la biblioteca.

—Mucho –dije amarga, ya que las curvas no eran algo distintivo en mi país–. ¿Estás ilusionado por lo de mañana?

—Mucho –me copió–, nada más me transfieran la herencia a la cuenta bancaria, compraré un apartamento.

—Te va a ir bien, Kohie –bajé el tacto por la manga de su sudadera azul marino, arropando su mano–. Estarás mejor lejos de tu padre.

Brillaron pequeñas estrellas en su mirada, y me dio un apretón con los dedos que no cesó hasta que nos pusimos a estudiar.

Kohaku

Llevaba ya un tiempo considerable centrado en mis apuntes, sin embargo Areum no dejaba de ojear una revista femenina.

—¿Qué estás leyendo? –me incliné sobre la página, y fruncí el ceño al ver al musculitos de turno del anuncio de perfume–. ¿Te gustan los chicos así?

Abandonó la revista para mirarme, y mordí uno de mis carrillos ansioso. Joder, ¿por qué le había preguntado eso?

—¿Cómo?

—Los modelos occidentales –cogí la revista, y tracé los marcados pómulos del hombre blanco con el pulgar–, si te gustan.

—Me conformo con que no sean estadounidenses –palpó mi brazo, y escondió una sonrisa ambigua tras las páginas de cotilleos–, además, tu bíceps está más duro.

Contuve las ganas tan fuertes de apretar a Areum entre los brazos, y simplemente me la quedé mirando como un pardillo.

—¿Me quieres ayudar con la mudanza?

—Claro, hace mucho que no visito Ikea,

...

Viernes, 00:32 a.m

Bajé del coche, y sonreí al ver a Areum esperando contra la pared de la discoteca. Llevaba un vestido blanco y con mangas de princesa, y se había rizado el largo pelo. Estaba guapísima.

También llevaba puesta una chaqueta para evitar los comentarios obscenos de algunos subnormales.

—Buenas noches –me cargué la chaqueta sobre el hombro, sintiéndome como cien modelos norteamericanos no podrían.

—Qué guapo estás, Kohaku.

—Hoy voy de Gucci –ajusté el ya perfecto cinturón, y sonreí internamente cuando sus ojos bajaron más allá del objeto de cuero.

—Creía que eras más de Yves Saint Laurent –murmuró, su cara de repente seria–. ¿Vamos dentro?

—Guíame –caminé detrás suyo, y no me opuse cuando me cogió la mano para no perdernos entre la multitud.

Areum ya tenía una copa en la mano pocos minutos después de haber ingresado en la pista de baile, y me dio a probar varios tragos de su ron con cola. Había 70% de alcohol y 30% de refresco, y tal vez por eso no dejé de bailar con confianza.

No me salían las palabras ni tampoco hacían falta, y es que Areum había dejado la chaqueta en el guardarropa y no podía dejar de mirarla. Si yo pensaba que me veía bien sin la chaqueta, ella me multiplicaba por diez.

Su vestido blanco no dejaba sin resaltar ninguna parte de su cuerpo: su pecho parecía haber crecido en todo el tiempo que había dejado de estar tapado por el uniforme, y su miraba su cintura demasiado me ponía a sudar.

Agradecí que no me dio la espalda, porque si no el asunto pasaría a asuntos mayores.

—¿Me das más? –señalé su copa, sintiendo la boca seca de repente, y la compartió conmigo sin pensárselo dos veces.

—Estás tan guapo que te he confundido con un top-model –su voz me pareció la mejor miel del mundo, y me guiñó un ojo bajo las luces azules y rosas de la sala llena.

Inconscientemente me relamí los labios cuando bebió de la copa.

Repasé mi outfit, y la camisa de seda abierta y pantalones ceñidos no me parecían para tanto. No cuando estaba a su lado y ella me opacaba.

—Las chicas de atrás no han dejado de mirarte desde que has llegado.

Ojeé al grupo femenino detrás de mí, y al mirar a las chicas, comenzaron a reírse con flirteo.

—Ah... –le devolví mi atención a Areum, y sonreí sin saber muy bien qué decir.

—¿Por qué no vas a hablar con alguna de ellas? Te puede alegrar la noche de cumpleaños.

No quería empezar un flirteo sin futuro con una chica desconocida mientras ella bailaba sin mí, incluso prefería hablar con el puto Takashi.

—Pero he venido aquí contigo –me acerqué atrevidamente a ella y le arrebaté la copa de la mano, rozando sus dedos por nanosegundos. Me acabé el contenido en tres segundos. El alcohol no era el mejor método para asalvajarme, pero era bastante difícil actuar despreocupado delante de la chica que me gustaba.

Arrugué la cara con el sabor fuerte, y Areum me miraba con una ceja enarcada.

Una canción lenta y sexual comenzó, e intuyó por mi sonrisa felina que quería bailar. Me relamí el líquido restante de los labios antes de inclinarme a su oído.

—Eres la chica más guapa de la discoteca, ¿por qué tendría intenciones de abandonarte?

Me miró patidifusa a través de sus espesas pestañas, y sonreí cuando los roles se intercambiaron. Ahora eran sus mejillas las que sufrían la rojez.

No nos separamos para bailar, y no me importó el calor que había entre su cuerpo y el mío, porque valía la pena verle así de cómoda y sensual mientras se dejaba llevar.

Quería pensar que estaba cómoda tan cerca de mí

Era imposible no mirar sus piernas enmarcadas en medias negras o sus hombros escultóricos que quedaban restringidos únicamente por los tirantes de mierda. Se los quería arrancar. El balanceo de sus caderas tampoco ayudaba.

Areum me miró con el mismo interés, y la temperatura de mi sangre se calentó.

—¿Estás bien? –me agaché para airearle con la mano, y le dio un escalofrío cuando soplé directamente en su cuello–. ¿Quieres que te ayude en algo?

El perfume artificial de su piel capturó mi voluntad, y antes de que me quisiera dar cuenta mi nariz estaba pegada a su cuello con aroma floral.

¿Por qué tenía que ser tan atractiva?

Este nuevo Kohaku parecía haberse comido a la anterior versión, un depredador sexual que precisaba de perfumes femeninos florales para sobrevivir.

Tenía el cuello suave y vacío, y quise darle el collar cuanto antes.

—Estoy bien –murmuró en un hilo de voz que no sé cómo fue audible por la música, y me estiré para devolverle su espacio personal. Notaba que no dejaba de mirar por encima de mi hombro con el ceño fruncido, y cuando hice lo mismo, vi a las chicas de antes mirándole con recelo.

—No merece la pena que les des atención –le animé, bajo un abrasante contacto visual. Areum no pudo disimular bien la incomodidad de su cara, intentando no mirar a las chavalas celosas de su vestido, apariencia o vete tú a saber qué–. Ven –extendí las manos hacia su fina cintura, y quedamos tan cerca como pensé en mi mente.

Me rodeó los hombros con algo de decadencia, como si estuviera ida. Dio un trago a su copa y dejó los ojos fijos en mi pecho descubierto por los primeros botones de la camisa. Le pegué más a mí hasta que su nariz rozó la piel expuesta, y me mordí la lengua con las ganas que sentí de besarla.

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