Kitabı oku: «Novelistas Imprescindibles - Émile Zola», sayfa 12

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En la calle, Esteban, que iba con ellos, encontró a la Mouquette, que parecía haberlos seguido y que continuaba mirándole con sus ojazos picarescos y riendo con la mayor amabilidad, como diciéndole: "¿Quieres?"

El joven se encogió nuevamente de hombros, y le gastó una broma. Entonces ella hizo un gesto colérico, y se alejó, desapareciendo entre la muchedumbre.

—¿Dónde estará Chaval? —preguntó Pierron.

—Es verdad —dijo Maheu—. Estará en casa de Piquette... Vamos allá.

Pero al llegar al café de Piquette se detuvieron en la puerta, poniendo oído al estrépito que de allí salía. Debían de estar riñendo. En efecto: Zacarías amenazaba con el puño a un individuo, gordo y flemático, mientras Chaval con las manos tranquilamente metidas en los bolsillos, los miraba.

—¡Hola! Ahí está Chaval —dijo Maheu, con su calma habitual—. Está con Catalina.

Hacía ya más de cinco horas que ésta y su querido andaban por la feria, que estaba colocada a lo largo del camino de Montsou, de aquella amplia calle de bajas y pintarrajeadas casitas, por donde paseaba lentamente y sin cesar una muchedumbre abigarrada, parecida a las hormigas que salen a tomar el sol. El eterno barro negruzco se había secado, y del suelo subía una nube de polvo denso, y negruzco también, semejante a una nube de tormenta. En una y otra acera, las tabernas y tenduchos, repletos de gente, habían puesto mesas en la calle, y alternaban con multitud de puestos ambulantes, verdaderos bazares al aire libre, donde se veían gorros y pañuelos, espejillos para las chicas y navajas para los muchachos; sin contar los dulces, pasteles y chucherías que se vendían por todas partes.

En la plaza de la iglesia se tiraba al arco; enfrente de las canteras habían establecido dos juegos de bolos; en la esquina del camino de Joiselle, junto al palacio del Consejo de Administración de la Compañía, en un solar cerrado con tablones, se entretenía la gente en presenciar riñas de gallos, entre los cuales había dos muy grandes, con espolones postizos de hierro y el pescuezo chorreando sangre. Más allá, en casa de Maigrat, se jugaba al billar, apostando incluso pantalones y delantales.

Y de cuando en cuando se producía un silencio prolongado; la muchedumbre estaba bebiendo, se atracaba sin hablar, buscando una indigestión de cerveza y patatas fritas, en medio de aquel calor sofocante, aumentado por la lumbre de los asaderos que humeaban en la calle.

Chaval compró, para Catalina, un espejo de diecinueve sueldos y un pañuelo de tres francos. A cada vuelta que daban, se cruzaban con Mouque y con Buenamuerte, que habían ido a la feria, y la recorrían, arrastrando sus piernas, que, impedidas por el reuma, casi se negaban a llevarlos.

Pero otro encuentro les indignó; vieron a Juan que animaba a Braulio y a Lidia para que robasen botellas de ginebra en un puesto ambulante, colocado ya casi a la salida del pueblo.

Catalina no tuvo tiempo más que de dar una bofetada a su hermano, que ya corría con una botella debajo del brazo. Aquellos malditos chicos acabarían en la cárcel. Entonces fue cuando al pasar por delante del cafetín de la Cabeza Cortada, Chaval tuvo la idea de hacer entrar a su querida para asistir a un concurso de jilgueros que estaba anunciado en la puerta desde muchos días antes. Quince obreros de las ferreterías de Marchiennes habían acudido a luchar por el premio que se ofrecía, cada uno con una docena de jaulas; y las jaulitas tapadas, donde los pobres jilgueros se hallaban a oscuras y sin atreverse a mover, habían sido colgadas en las paredes del cafetín. Tratábase de ver cuál de ellos, en el transcurso de una hora, repetiría más veces su canto favorito. Cada herrero, con una pizarra en la mano, estaba en pie delante de sus jaulas, haciendo apuntes, interviniendo las operaciones de los demás, de igual manera que los otros intervenían las suyas. Y los jilgueros comenzaron a trinar, primero con timidez, no atreviéndose a lanzar más que alguno que otro gorgorito; pero poco a poco, entusiasmándose, excitados unos con otros, y finalmente trinando delirantes con el afán de la emulación, tan exagerado en algunos, que caían muertos por el esfuerzo. Los herreros los animaban con la boca para que cantaran, y cantaran, y cantaran sin cesar, a fin de ganar el premio, mientras los espectadores, un centenar de personas próximamente, permanecían silenciosos, muy interesados, en medio de aquella música infernal de ciento ochenta jilgueros, repitiendo todos la misma cadencia, pero en distinto tiempo.

Precisamente al entrar Chaval y Catalina, vieron a Zacarías y a Filomena, que también estaban allí. Se saludaron, dándose un apretón de manos, y se pusieron a charlar; de pronto Zacarías se enfadó, viendo a un herrero que había ido, por curiosidad, con sus compañeros los de los pájaros, pellizcando a su hermana en los muslos; y ella, colorada como la grana, le hacía señas para que callase, temerosa de que se armara una disputa y cayesen todos aquellos herreros sobre Chaval, si éste protestaba de que la tocaran. Catalina había notado las intenciones de aquel hombre, pero disimulaba por prudencia. Al fin salieron de allí los cuatro, y la cuestión pareció terminada sin ulteriores consecuencias.

Pero apenas entraron en el café de Piquette, se presentó el herrero de los pellizcas, burlándose de ellos, y mirándolos con aire de provocación.

Entonces Zacarías sacó la cara por los de la familia, y se lanzó contra él, insolente.

—¡Es mi hermana, canalla!... ¡Espera, por vida de..., yo te la haré respetar!

La gente se interpuso entre los dos hombres, mientras Chaval, muy tranquilo, repetía:

—Déjalo; eso es cosa mía... Te digo que no me importa.

Maheu llegó con sus amigos en aquel momento, y tranquilizó a Filomena y a Catalina, que estaban llorando. Pero la gente se reía porque el herrero había desaparecido sin saber cómo. Para que todo se olvidase, Chaval, que estaba allí en su casa, convidó a cerveza. Esteban tuvo que brindar con Catalina; todos bebieron juntos: el padre, la hija y su amante, el hijo y su querida, diciendo unos y otros cortésmente: "A la salud de la compañía". Luego Pierron se empeñó en pagar una ronda, y ya se había convenido en ello, cuando Zacarías, al ver a su amigo Mouque, pareció enfurecerse de nuevo. Le llamó para ir, según decía, a darle su merecido al bribón del herrero, que se le había escapado.

—¡Lo voy a reventar!... Mira, Chaval; ahí te quedas con Filomena y Catalina... Vuelvo enseguida.

Maheu a su vez convidó también. Después de todo, si su hijo quería vengar la ofensa hecha a su hermana, la cosa era natural. Pero Filomena, tranquila al ver que se había ido con Mouque, meneaba 1 a cabeza de un modo singular. Estaba segura de que los dos tunantes iban al Volcán.

Todos los días de feria, la función se acababa en el baile de la Alegría. La viuda Désir era la empresaria de aquel salón de baile: una mujerona de cincuenta años, de una redondez de tonel; pero tan ardiente, que se permitía el lujo de tener seis amantes, uno para cada día de la semana, y los seis para el domingo, según ella decía. Llamaba sus hijos a todos los mineros de los alrededores; se enternecía al pensar en los ríos de cerveza que les había servido durante treinta años, y se vanagloriaba también de decir que ni una muchacha siquiera se había quedado jamás embarazada sin bailotear de lo lindo en su casa. La Alegría se componía de dos salas: la taberna, donde se hallaba el mostrador y las mesas, y el salón de baile, espaciosa habitación, entarimada en el centro y enlosada con ladrillos todo alrededor. Estaba adornada con dos guirnaldas de flores de papel, que cruzaban de un ángulo a otro del techo, y se reunían en el centro por medio de una corona hecha también de flores de la misma clase, mientras en las paredes se veían estampas con filos dorados, representando santos: San Eloy, San Crispín, patrón de los zapateros, Santa Bárbara, patrona de los mineros, y otros.

El techo era tan bajo, que los tres músicos, subidos en un tabladillo del diámetro de un púlpito, daban con la cabeza en él. Para alumbrar el salón por las noches, colgaban cuatro lámparas de petróleo, una en cada rincón de la sala.

Aquel domingo estaban bailando desde las cinco de la tarde, a la luz que entraba por las ventanas, abiertas de par en par. Pero a las siete fue cuando se llenó el salón. En la parte de afuera se había desencadenado un vendaval espantoso, levantando nubes de polvo negro que cegaba a las gentes y ensuciaban las patatas fritas que había en los puestos de la feria.

Maheu, Esteban y Pierron, que habían entrado a sentarse un rato acababan de encontrar en la Alegría a Chaval, que bailaba con Catalina, mientras Filomena, sola, los miraba tristemente. Ni Levaque ni Zacarías habían aparecido. Como no había bancos desocupados, Catalina se reservaba para después de cada baile un sitio en la mesa de su padre. Llamaron a Filomena; pero ésta dijo que se hallaba mejor en pie. Empezaba a anochecer; los tres músicos tocaban con entusiasmo, y en la sala ya no se veía más que el movimiento acompasado de las caderas y de los pechos en medio de una indescriptible confusión de brazos. Una gritería espantosa acogió la aparición de las cuatro lámparas, y de pronto todo se iluminó: los rostros arrebatados y sudorosos, los cabellos desgreñados y pegados a la piel de las frentes, y las faldas volando por el aire y recogiendo como abanicos el olor fuerte que despedían aquellas parejas agitadas y llenas de sudor. Maheu, riendo, se dirigió a Esteban, señalando a la Mouquette, que, a pesar de su talle de tonel, bailaba como una peonza entre los brazos de un minero delgaducho como un alambre: indudablemente procuraba consolarse con otro hombre.

A las ocho de la noche apareció la mujer de Maheu, llevando en brazos a Estrella, y seguida de Enrique y Leonor. Iba allí a buscar a su marido, segura de que le encontraría. Más tarde cenarían, porque nadie tenía gana, sino, por el contrario, sentían todos el estómago cargado de café y de cerveza. Empezaron a llegar otras mujeres casadas, y pronto se cruzaron rumores y cuchicheos al ver que detrás de la mujer de Maheu entraba la de Levaque, acompañada por Bouteloup, que llevaba de la mano a Aquiles y a su hermana, los chiquillos de Filomena. Las dos vecinas parecían ser muy amigas y estaban muy comunicativas la una con la otra. Por el camino habían tenido una conversación formal; la mujer de Maheu se había resignado bruscamente al casamiento de Zacarías, rabiosa por perder el dinero de su hijo mayor, pero consolada con la idea de que era una injusticia seguir sosteniendo aquella situación imposible. Procuraba, por lo tanto, poner buena cara; pero por dentro iba la procesión, como se dice vulgarmente; pues, como buena mujer de su casa, se devanaba los sesos para discurrir el medio de sustituir los ingresos del jornal de Zacarías.

—Siéntate ahí, vecina —dijo a la mujer de Levaque, señalando a una mesa próxima a la que ocupaban Maheu, Esteban y Pierron.

—¿No está mi marido con vosotros? —preguntó la de Levaque.

Los amigos le contestaron que volvían enseguida. Todos callaban, incluso Bouteloup y los chiquillos, que estaban tan estrechos entre tanta gente, que las dos mesas formaban una sola. Pidieron cerveza. Al ver a su madre y a sus hijos, Filomena se había acercado a la reunión. Aceptó una silla, y pareció satisfecha al saber que al fin iba a casarse; luego, cuando le preguntaron por Zacarías, respondió con voz tranquila:

—Le estoy esperando; anda por ahí.

Maheu había cruzado una mirada de inteligencia con su mujer. ¿Consentía al cabo en la boda? También él se puso serio, y siguió fumando sin hablar palabra. A su vez se preocupaba, pensando en el mañana, ante la ingratitud de aquellos hijos que se iban casando uno a uno, y dejando a sus padres en la miseria...

La gente joven seguía bailando; el final de una danza desenfrenada envolvía el salón en una nube de polvo; el entarimado crujía, y el cornetín de un músico sonaba desesperado y desentonadamente, como el silbato de una locomotora pidiendo auxilio; cuando concluyó el baile, volvieron a aparecer las parejas, echando humo, como si fuesen caballos.

—Oye —murmuró la mujer de Levaque, acercándose al oído de la de Maheu—, ¿no hablabas de ahogar a Catalina como hiciese tonterías?

Chaval acompañaba en aquel momento a su querida a la mesa donde estaba la familia, y ambos en pie detrás de su padre acababan de beberse los vasos de cerveza que habían empezado antes de salir a bailar.

—¡Bah! —dijo la de Maheu con ademán resignado—. Eso dicen. Pero lo que me tranquiliza es que no puede tener hijos todavía; estoy segura de ello... No faltaba más sino que los tuviera, y me viera obligada a casarla también... ¿Qué iba a ser de nosotros entonces?

El cornetín preludiaba una polca, y mientras empezaba de nuevo el estrépito de la danza, Maheu comunicó a su mujer una idea que acababa de ocurrírsele. ¿Por qué no habían de tomar un huésped; Esteban, por ejemplo, que andaba buscando casa? Tendrían sitio, puesto que Zacarías se marchaba, y el dinero que perdían por un lado lo ganarían así, en parte al menos, por el otro. En el semblante de la mujer de Maheu se retrataba el buen efecto producido por aquella proposición; indudablemente era una buena idea, y precisaba arreglarlo. Creyéndose de nuevo a salvo del hambre, se puso contenta, y pidió que llevaran otra ronda de cerveza.

Esteban, entre tanto, procuraba instruir a Pierron, al cual explicaba su proyecto de una Caja de Socorros. Le había hecho ya prometer que se adheriría, cuando tuvo la imprudencia de descubrir su verdadero objeto.

—Y si nos declaramos en huelga, ya comprenderás la utilidad de esos fondos. Nos tendrá sin cuidado la Compañía, nos reiremos de ella, y contaremos con dinero para resistir... ¿Eh? ¿Qué dices a eso?

Pierron había bajado la vista, palideciendo a la idea de comprometerse, y tartamudeó:

—Lo pensaré... La mejor Caja de Socorros es portarse bien.

Entonces Maheu habló con Esteban, ofreciéndole tomarlo de huésped, sin andarse con ambages y rodeos. El joven aceptó del mismo modo, porque estaba deseando vivir en el barrio de los obreros, a fin de hallarse más en contacto con sus compañeros. Una vez convenida la cosa, la mujer de Maheu declaró que era preciso esperar a que Zacarías se casara.

Al fin, en aquel momento se presentaba en el salón el hijo mayor de los Maheu, acompañado de Mouque y de Levaque. Los tres iban oliendo al Volcán, olor de ginebra, mezclado al de las mujeres poco limpias que cantaban en aquel café. Estaban muy borrachos; pero parecían satisfechos de sí mismos, y entraban dándose codazos y sonriendo maliciosamente. Filomena, siempre tranquila, dijo que prefería verle reír a que llorase. Como no había más sillas, Bouteloup se estrechó para ofrecer la mitad de la suya a Levaque. Y éste, enternecido al ver allí a todos reunidos, convidó otra vez a cerveza.

—¡Por vida de Dios! Bebamos, porque no nos vemos a menudo todos reunidos y divirtiéndonos tanto.

Allí permanecieron hasta las diez. Seguían llegando mujeres en busca de sus maridos. Poco a poco se reunieron inmensos grupos de chiquillos, que iban detrás de ellas; y las madres, sin recato alguno, sacaban sus pechos largos y rubios como sacos de avena, y daban de mamar a los más pequeños, mientras sus hermanos, ya mayorcitos, andaban a cuatro patas por debajo de las mesas, solazándose con el mayor cinismo.

Se había gastado un mar de cerveza; los toneles de la señora Désir estaban casi desocupados; la cerveza redondeaba las panzas, y chorreaba por todas partes, por las narices, por la barba, por el pecho. Tantas eran las apreturas, que cada cual tenía un codo o una rodilla clavado en su vecino; todos estaban, sin embargo, alegres y satisfechos, y charlatanes. Una carcajada sin interrupción tenía las bocas constantemente abiertas de oreja a oreja. Hacía tanto calor como dentro de un horno; todos se desabrochaban para estar más cómodos; y el único inconveniente era la necesidad frecuente de levantarse. De cuando en cuando una mujer abandonaba su asiento, se iba al patinillo junto a la bomba del pozo, se levantaba las faldas, y se volvía a su sitio. Los que bailaban no se veían ya envueltos como estaban en una nube de polvo denso, la cual animaba a los muchachos a tomarse ciertas libertades con sus parejas, seguros de que nadie lo notaba.

Alguna pareja se caía al suelo; pero cuando esto sucedía el cornetín soplaba más deprisa, y el compás se aligeraba, y las demás parejas, como torbellinos, pasaban por encima de los que estaban en el suelo.

Un vecino que entraba en aquel momento advirtió a Pierron que su hija Lidia, borracha, estaba durmiendo en el suelo.

Se había bebido su parte de la botella robada, y borracha como una cuba, había podido llegar hasta allí, dando tumbos, mientras Juan y Braulio, un poco más fuertes, la seguían riéndose de ella.

Aquella fue la señal para marcharse: las familias salieron del salón de la Alegría; los Maheu y los Levaque decidieron volver a su casa. A aquella hora el tío Buenamuerte y su amigo el viejo Mouque salían también de Montsou con su paso acostumbrado de sonámbulos, y, como siempre, encerrados en el silencio de sus recuerdos. Todos emprendieron el camino reunidos, pasaron otra vez por la feria, donde estaban apagando los asadores y retiraban las mesas de las tabernas, chorreando ginebra y cerveza por todas partes. El tiempo seguía amenazando tempestad; hacía un calor sofocante. Al salir a lo oscuro del camino, se oyó reír alegremente, en la oscuridad, en todas direcciones. Resoplidos ardientes y suspiros ahogados salían de entre los trigos, y aquella noche seguro que influyó mucho en el aumento de población de Montsou y de los alrededores. Llegaron al barrio de los obreros a la desbandada. La mujer de Pierron no había vuelto aún a su casa. Ni los Levaque ni los Maheu cenaron con apetito.

Esteban se había llevado a Chaval, para beber otro poco con él en casa de Rasseneur.

—¡Comprendido! —dijo Chaval, cuando su compañero le hubo explicado lo de la Caja de Ahorros—. ¡Chócala! ¡Tú eres de los buenos!

Un principio de embriaguez hacía brillar los ojos de Esteban, que exclamó:

—Sí, estamos de acuerdo... Mira, yo, por la justicia, lo sacrificaría todo: la bebida y las mujeres. ¡No hay más que una cosa que me entusiasme: la idea de que vamos a acabar con todos los burgueses!

––––––––


III

A mediados de agosto, Esteban se instaló en casa de Maheu, cuando Zacarías casado ya, pudo conseguir que la Compañía le diese una habitación para él, su mujer y sus dos hijos; al principio el joven sentía cierta turbación delante de Catalina.

Aquella era la vida íntima de todos los momentos; Esteban reemplazaba en todas partes a su hermano mayor, y hasta compartía con Juan la cama de enfrente a la de las muchachas. Al acostarse, al levantarse, tenía que vestirse y desnudarse delante de ella, y la miraba también, mientras ella hacía lo mismo. Cuando desaparecía la falda, la veía blanca, con esa palidez de las rubias anémicas, y experimentaba una continua emoción al observar el contraste de aquellas carnes con la de la cara y las manos, ya estropeadas. Esteban se volvía de espalda como para no verla; pero la contemplaba, sin embargo, primero los pies, con los que tropezaba su mirada fija en el suelo; luego una rodilla nada más, que entreveía al acostarse; luego el seno naciente y bien contorneado cuando se inclinaba sobre la jofaina para lavarse por la mañana. Ella, sin mirar, procuraba darse prisa; se desnudaba en diez segundos, y se acostaba al lado de Alicia con la rapidez suave de una culebra, después de haber dejado los zapatos al pie de la cama y volviéndose de espaldas, como si así la vieran menos.

Jamás, por otra parte, tuvo motivo para enfadarse con él. Si bien una fuerza superior a su voluntad hacía que la mirase a su pesar y de reojo cuando se desnudaba o se vestía, evitaba cuidadosamente todo género de bromas y de juegos de manos peligrosos. En primer lugar, estaban allí los padres, y además él sentía cierto rencor hacia ella, que le impedía tratarla como a una mujer a quien se desea. Así habían acabado por hacer vida común a la hora de dormir y de levantarse, a las horas de comer y durante el trabajo, sin guardar secretos para nada, ni aun para las necesidades más íntimas. Todo el pudor de la familia se había refugiado en la operación de bañarse, lo cual hacía la joven sola en el cuarto de arriba mientras los demás se bañaban en la sala de abajo.

Y al cabo de un mes, Esteban y Catalina parecían no verse ya cuando por la noche, antes de apagar la vela, iban desnudos de una parte a otra de su cuarto. Ella dejaba ya de darse prisa, volviendo a su antigua costumbre de recogerse el pelo antes de meterse en cama, con los brazos en alto Y la camisa subida hasta más arriba de las rodillas; y él, a menudo, a medio desnudar, la ayudaba y le buscaba las horquillas que se le caían al suelo.

La costumbre mataba la vergüenza de estar desnudo; encontraban lo más natural del mundo verse así, porque no hacían daño con eso, y no era culpa de ellos si en la casa no había más habitaciones disponibles. A veces, sin embargo, se sentían acometidos de extrañas turbaciones, precisamente en los momentos en que menos pensaban en nada culpable. Esteban, después de no haberse fijado en muchos días en la blancura de su cutis, volvía a notar sus carnes, que le hacían sentir un estremecimiento por todo el cuerpo, y le obligaban a volverse de espaldas para resistir a los deseos que le atormentaban. Ella, otras noches, sin razón aparente, tenía accesos de púdica emoción; huía, se metía entre las sábanas como si sintiera que las manos de aquel muchacho la cogían. Luego, cuando apagaban la vela, uno y otro comprendían que estaban despiertos, y que, a pesar del cansancio del trabajo, pensaban el uno en el otro. Aquello era a veces causa de que se pelearan por la mañana, porque preferían las noches de tranquilidad, en que se trataban como buenos amigos nada más.

Esteban no se quejaba sino de Juan, que dormía dando muchas vueltas en la cama; Alicia, respiraba tranquilamente toda la noche, y los chiquillos, Enrique y Leonor, amanecían en la misma postura que tenían al dormirse. En la casa, a oscuras, no se oía más ruido que los ronquidos de Maheu y de su mujer.

En resumen: Esteban se encontraba mucho más a gusto que en casa de Rasseneur, porque la cama no era mala, y se mudaban las sábanas un sábado sí y otro no. Comía también mejor, y no lamentaba más que la poquísima frecuencia con que tenían carne. Pero toda la familia carecía de ella, y no podía pedir que por los cuarenta y cinco francos que pagaba de pupilaje le dieran conejo en todas las comidas. Aquellos cuarenta y cinco francos venían muy bien a la familia, que iba saliendo adelante, si bien dejando atrás alguna que otra pequeña deuda, y los Maheu se mostraban agradecidos a su huésped, le lavaban la ropa, se la repasaban y le arreglaban todas sus cosas; en una palabra: Esteban sentía en torno suyo la limpieza y los cuidados de una mujer.

Aquella fue la época durante la cual Esteban comenzó a comprender las ideas que le preocupaban desde hacía tiempo. Hasta entonces, no había tenido en sí más que el deseo instintivo de sublevarse en medio de la sorda fermentación de sus compañeros. Se le presentaban todo género de confusas cuestiones: ¿Por qué la miseria de unos? ¿Por qué la riqueza de otros? ¿Por qué aquéllos siempre detrás de éstos, y sin esperanza de llega jamás a ellos? La primera etapa fue convencerse de su ignorancia. Desde entonces, cierta secreta vergüenza, cierto oculto malestar, le combatieron de continuo; no sabía nada, no se atrevía a hablar de aquellas cosas que le apasionaban: la igualdad de todos los hombres, la equidad, que exigía el reparto de los bienes de la tierra. Así es que se vio arrastrado al estudio desordenado como hacen todos los ignorantes sedientos de ciencia. Se carteaba con Pluchart, más instruido que él, sobre todo en el movimiento socialista. Hizo que se le mandasen libros, cuya lectura, mal dirigida, acabó de excitarle: un libro de medicina, sobre todo, La higiene del minero, en el cual un doctor belga había resumido los males de que mueren los pueblos hulleros; sin contar varios tratados de economía política, de una aridez técnica, incomprensible, y folletos anarquistas, que le trastornaban, y números antiguos de periódicos que guardaba enseguida como argumentos sin vuelta de hoja, para cuando se le ocurriese discutir con alguien. Souvarine le prestaba también libros, y la obra sobre sociedades cooperativas le había hecho pensar durante un mes en una sociedad universal de cambio, que aboliera el dinero y basara sobre el trabajo toda la vida social. La vergüenza de su ignorancia iba desapareciendo y desde que comprendía que pensaba, se iba volviendo orgulloso.

Durante los primeros meses, Esteban permaneció entregado al entusiasmo fanático de los neófitos, con el corazón repleto de noble y generosa indignación contra los opresores, y alimentando la esperanza de que al fin triunfarían los oprimidos.

Todavía, en medio de la vaguedad de sus lecturas, no había sabido fijar un sistema. Las reivindicaciones prácticas de Rasseneur se mezclaban en su cerebro con las destructoras violencias de Souvarine; y cuando salía de la taberna La Ventajosa, adonde continuaba yendo casi todos los días para murmurar con ellos de la Compañía, caminaba como un sonámbulo, soñaba que asistía a la completa regeneración de los pueblos, sin que hubiese habido necesidad ni de romper un vidrio, ni de derramar una gota de sangre. Por otra parte, los medios de actuación continuaban confusos y prefería creer que las cosas irían como es debido, porque en cuanto pensaba en formular un programa de reconstrucción se le iba la cabeza. Se mostraba, sin embargo, partidario de la moderación; y lleno de inconsecuencias, decía a veces que era necesario separar la cuestión política de la social, una frase que había leído, y que le parecía buena para repetirla entre los Temáticos mineros con los cuales vivía.

Todas las noches, en casa de Maheu, charlaban un rato de sobremesa antes de ir a acostarse. Esteban sacaba siempre la misma conversación. A medida que se iba instruyendo, se sentía más disgustado con la promiscuidad de sexos que reinaba en todo el barrio. ¿Eran, acaso, animales para vivir hacinados de aquel modo, tan hacinados, que no era posible mudarse de camisa sin enseñar la carne al vecino? Además, aquello era terrible para la salud del cuerpo y para la del alma, porque los chicos y las chicas crecían pudriéndose.

—¡Demonio! —exclamaba Maheu—. Si tuviéramos más dinero, viviríamos con más comodidad... Porque la verdad es que nadie gana con estar unos encima de otros continuamente. Esto acaba siempre porque los hombres se hagan borrachos y las mujeres perdidas.

Cada uno de la familia decía lo que pensaba sobre el particular, en tanto que el petróleo del quinqué viciaba el aire de la sala, impregnada ya de olor de cebolla frita. No; la vida de aquel modo no tenía ciertamente nada de agradable. Trabajaban como bestias en una faena que en otras épocas se reservaba para los presidiarios, y se exponían diariamente a morir aplastados por las rocas, sin conseguir ganar para comer carne siquiera. Claro está que comían, pero sólo lo estrictamente necesario para no morirse, y eso a fuerza de contraer deudas, y como si robasen el dinero que ganaban. Cuando llegaba el domingo, dormían rendidos del trabajo de la semana. No tenían más placeres que emborracharse o cargarse de familia, cuando lo que estorbaban eran los hijos. No, no tenía nada de agradable aquel modo de vivir.

La mujer de Maheu se mezclaba entonces en la conversación.

—Lo malo es —decía— pensar que no hay medio de que esto varíe... Cuando joven, se imagina una que llegará la felicidad, porque se espera, sin saber qué; y luego no se sale nunca de la miseria... Yo no deseo mal a nadie; pero hay veces que estas injusticias me sublevan.

Callaban un instante, y si el viejo Buenamuerte estaba allí por casualidad, abría los ojos, sorprendido, porque en sus tiempos nadie se ocupaba en semejantes cosas: se nacía entre el carbón, se trabajaba en la mina, se moría cuando menos se pensaba, y aquí paz y después gloria: mientras que ahora todos los carboneros tenían ambiciones desmedidas.

—No hay que hacerse ilusiones —añadía—. Los jefes son a menudo unos canallas; pero siempre ha de haber jefes, y es inútil romperse la cabeza pensando en esas cosas.

Entonces Esteban se exaltaba. ¡Cómo! ¿Había de estar prohibido al obrero pensar como los demás? ¡Pues precisamente porque pensaba no tardarían en variar las cosas! En los tiempos del viejo, el minero vivía en la mina como un animal, como una máquina de sacar carbón, siempre debajo de tierra, y con los oídos y los ojos cerrados a los acontecimientos del mundo. Por eso los ricos, que oían y veían, le explotaban despiadadamente, sin que él lo advirtiese. Pero ahora el minero se ilustraba; y el día menos pensado le verían conquistando sus derechos, uniéndose en apretado haz y formando un ejército de hombres libres que restablecerán la justicia. ¿Acaso desde la revolución no eran iguales todos los ciudadanos? Las grandes Compañías con sus máquinas de vapor lo acaparaban todo, y ya no tenían contra ellas ni siquiera la garantía de otros tiempos, cuando la gente de oficio se reunía para defenderse. Por eso, ¡maldita sea!, y por otras cosas más, era evidente que la cuerda se había de romper muy pronto, gracias a la instrucción del obrero.

No había que ver más que lo que pasaba en el barrio, sin ir más lejos: los abuelos no sabían ni escribir sus nombres, los padres firmaban y los hijos leían y escribían como unos profesores. ¡Ah! La cosa marchaba poquito a poco, pero con paso seguro. Desde el momento en que no se veía cada cual relegado a un sitio determinado para toda la vida y que podía tener la ambición de ocupar el sitio del vecino, ¿por qué no se había de andar a puñetazos y tratar de ser el más fuerte?

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