Sadece Litres'te okuyun

Kitap dosya olarak indirilemez ancak uygulamamız üzerinden veya online olarak web sitemizden okunabilir.

Kitabı oku: «Los monfíes de las Alpujarras», sayfa 64

Yazı tipi:

CAPITULO XXIX.
De lo que aconteció aquella misma noche en Granada

Farax-Aben-Farax, con seis mil monfíes, habia emprendido aquella tarde, cumpliendo la órden del emir, su marcha sobre Granada.

Pero estaban tan difíciles los pasos de la sierra, que para llegar á la media noche se vió obligado á elegir los mas prácticos en el terreno, los mas hábiles y los mas fuertes y con solo trescientos hombres tomó á buen paso el camino de la ciudad.

Pero no llegó tan pronto que no pasase con mucho la hora de la media noche, y las gentes de la ciudad tuvieron tiempo para ir á las iglesias á oir la misa del gallo, y volver tranquilamente á sus casas.

Aunque los moriscos del Albaicin estaban prevenídos y todo lo tenian preparado, no se atrevieron á moverse por sí solos, porque, amedrentados, querian que se lo diesen hecho todo los monfíes.

Por otra parte la tardanza de estos empezaba á desanimarlos.

Contaban ademas con ocho mil moriscos del valle de Lecrin, del partido de Orgiva y de las alquerías de la Vega, y ni un solo emisario de estos se habia presentado. En un lugar de la sierra que se llama Cenes, debian esperar ocultos en un cañaveral dos mil hombres, y tambien faltaron: estos hombres mandados por los walíes de la montaña el Partal y el Nacoz debian acometer la Alhambra, y escalar la parte que corresponde á Generalife, para cuyo efecto se habian fabricado en los lugares de Dudar y Quentar diez y siete escalas grandes de esparto, por cuyos anchos travesaños de madera podían subir á un tiempo tres hombres: la longitud de estas escalas se habia hecho con arreglo á la altura de los muros, cuyas medidas habia dado un morisco albañil llamado maese Francisco Aben-Edem, y los moriscos del Albaicin debian acudir con sus capitanes á la primera señal.

Lo que debian hacer estos capitanes era lo siguiente:

Miguel Acis, con las gentes de las parroquias de San Cristóval, San Gregorio el Alto y San Nicolás debia acudir á la puerta de Frex-el-Leux, ó de Fajalanza con un estandarte de damasco carmesí con lunares de plata y flecos de oro: Diego Niquelí, el mozo, con las gentes de San Salvador, Santa Isabel de los Abades y San Luís, y una bandera de tafetan amarillo, á la plaza de Bib-al-Bonut, y Miguel Mozagaz con la gente de San Miguel, San Juan de los Reyes, y San Pedro y San Pablo, y una bandera de damasco azul turquesado, á la puerta de Guadix.

Lo primero que debian hacer los de esta parte, era pasar á cuchillo á los cristianos que vivian en el Albaicín, y, dejando une guardia en aquellos lugares, acometer despues la ciudad por tres partes, y al mismo tiempo la fortaleza de la Alhambra.

Los de la puerta de Frex-el-Leux, debian bajar al campo del Triunfo por fuera de los muros, ocupar el Hospital Real, acometer la puerta de Elvira, entrar por ella, matando á los cristianos que encontrasen, forzar la cárcel de la Inquisicion, y soltar los moriscos presos en ella.

Los de la plaza de Bib-al-Banut, debian bajar por la cuesta de Alacaba, dando por la calle de la Calderería en la cárcel de la ciudad, poniendo libertad á los moriscos, y yendo despues á las casas del arzobispo y procurando prenderle ó matarle.

Los de la puerta de Guadix debian bajar por la ribera del Darro, acometer las casas de la Audiencia Real, y prender al presidente don Pedro de Deza, yendo despues á reunirse todos á la plaza de Bibarrambla donde debian acudir tambien los ocho mil hombres del valle de Lecrin, del partido de Orgiva y de la Vega.

La ciudad debia ser entregada al degüello, al saqueo y al incendio.

Teníase sospechas de que los moriscos tramaban algo; pero como no hubiese un solo traidor entre ellos, ni se conocía su plan, ni se sabia el dia de la rebelion, ni aun se creia que pudiese ser, á pesar de que en Granada habia muy poca gente de armas y casi ningun pertrecho.

El marqués de Mondéjar don Iñigo Lopez de Mendoza, habia escrito al consejo del rey pidiendo hombres, y su peticion se habia desatendido hasta tal punto, que si los moriscos llegan á poner en práctica su plan concertado, hubiera sido horrible lo que hubiera acontecido en Granada la Noche Buena de 1568.

Todo consistió en esperar los unos la resolucion de los otros: Farax Aben-Farax confiando en las gentes del Albaicin y necesitando aprovechar el tiempo, creyó que le bastaba presentarse en el Albaicin con los trescientos monfíes que llevaba, y tanto anduvo, que á pesar del temporal, de lo oscuro de la noche y de lo intransitable de la sierra, llegó á Granada á la una de la noche, y tomando de los molinos que estan junto al rio Darro los picos y herramientas que habia de ellos, llegó á un muro que en aquellos tiempos existia aun, y del cual solo quedan hoy algunos restos, y abriendo con los picos un portillo que estaba tapiado por cima de la puerta de Guadix, entró por lo alto del barrio de Raab-Albayda, en el Albaicin, dejando veinticinco monfíes de guardia en el portillo, y haciendo que los restantes se pusieran bonetes encarnados y tocas blancas para parecer turcos, se fué á la casa que tenia en Granada junto al convento de Santa Isabel de los Abades, y llamó á los principales moriscos con quienes estaba concertado el alzamiento.

– ¿Qué es esto, les dijo? acabo de entrar en la ciudad y la encuentro tranquila, desiertas y silenciosas las calles, y hasta las rondas metidas en sus casas. ¿Qué es lo que pensais hacer? La Alpujarra se ha levantado, y en estos momentos los cristianos son degollados é incendiadas sus haciendas: vosotros solos estais en silencio y acobardados.

Disculpáronse los llamados con que nadie les habia acudido.

– Los ocho mil hombres que deben venir del Valle y de la Vega, dijo Farax, y los capitanes de las parroquias del Albaicin estan prevenidos. Pero es necesario que vosotros los ricos y los respetados les deis los primeros el ejemplo, no mostrándoos cobardes y débiles. Que para esto he venido yo.

– Has venido con muy poca gente, dijo Abul-ben-Eden, y te perderás: nosotros no queremos perdernos mas de lo que estamos. Los primeros que nos han faltado son los monfíes.

– ¡Cómo! exclamó irritado Farax; me habeis hecho perder mi casa, mi familia y mi hacienda, y darme á la sierra, solo por la libertad de la patria, y ahora que llegamos al punto del combate, los que mas debiais favorecernos y ayudarnos os echais fuera del peligro, como si hubiese otra salvacion que la guerra, ó como si despues de lo que hemos hecho esperasemos alcanzar perdon de los cristianos! antes debiais haberlo pensado: pero ya que sois tan miserables y tan cobardes, yo, yo solo con los que tengo, haré que el Albaicin se levante ó perezcais todos los que estais en él.

Y rugiendo en cólera se salió de su casa antes del amanecer, llevando los trescientos monfíes en dos cuadrillas, y por la calle de Raab-Albayda se encaminó á la plazuela que está delante de la colegiata del Salvador, donde le dijeron que habia una guardia de seis ú ocho soldados.

Cuando llegaron á la plazuela los monfíes que iban delante, se detuvieron á esperar la llegada de los otros, porque vieron un soldado que se paseaba por la plazuela haciendo centinela, y cuando sintió el ruido de los pasos de los monfíes que subian por Raab-Albayda, creyendo que era la ronda del corregidor, se fué hácia los monfíes con la mano puesta en la espada y echándola de valiente y cuando estaba cerca de ellos les dió el ¿quién vive?

La contestacion de los monfíes fue disparar sobre él las ballestas que llevaban armadas, hiriéndole en un muslo.

El soldado dió á huir hácia el lugar donde sus compañeros dormian descuidadamente alrededor de una hoguera, y empezó á dar gritos y á llamar al arma.

Los monfíes cargaron sobre los soldados, que aturdidos con el sueño, no pudieron levantarse tan pronto que no dejasen dos hombres muertos, llevando consigo otros dos heridos.

Siguiéronlos los monfíes por unas callejuelas estrechas hasta la plaza de Bib-al-Bonut, donde en aquellos tiempos estaba el convento de los Jesuitas: llamaron é insultaron al jesuita Albotodo, que era morisco, y no pudiendo forzar la puerta que era muy fuerte, arrancaron una cruz de madera que estaba clavada sobre ella y la hicieron pedazos.

La otra cuadrilla de monfíes, capitaneada por el walí Nacoz, tomó desde la plazuela del Salvador á la derecha, llegó á la Plaza Larga, derribó la puerta de una botica que era de un familiar del Santo Oficio, llamado Diego de Madrid, y no habiéndole encontrado dentro, le robaron é hicieron pedazos botes, redomas, armarios, cuanto encontraron, y luego pasaron el portillo de San Nicolás, situado junto á la puerta mas antigua de la alcazaba Cadima, y saliendo á la plazuela de la iglesia, desde donde se ve enteramente la Alhambra, el barrio del Hajeriz y gran parte de la ciudad, empezaron á tocar la zambra con sus dulzainas y atabalejos, y á decir á grandes voces:

– No hay mas Dios que Dios y Mahoma su mensajero: todos los moros que quisieren vengar las injurias que los cristianos han hecho á sus personas y ley, vénganse á juntar con estas banderas, porque el rey de Argel y el Xerife, á quien Dios ensalce, nos favorecen y nos han enviado toda esta gente, y la que nos está aguardando allí arriba. Ea, ea, venid, venid, que ya es llegada nuestra hora y toda la tierra de los moros está levantada26.

Los cristianos escucharon aterrados este pregon, porque temian lo que no sucedió: esto es: que se levantanse los moriscos del Albaicin: en vano Farax-Aben-Farax y Nacoz y el Niqueli, repitieron sus pregones: ni un solo morisco salió á la calle.

Entre tanto las campanas de la Colegiata del Salvador tocaban apresuradamente á rebato, y empezaba á extenderse este toque á las torres de las demás parroquias.

Desesperado Farax, y viendo que ya amanecia, que nadie le ayudaba, y que no llegaba el grueso de los monfíes, se decidió á abandonar la ciudad.

Al pasar ya en retirada con sus dos cuadrillas por la calle de los Panaderos, se abrió una ventana y apareció un viejo.

– ¿Cuantos sois? preguntó á Farax.

– Seis mil contestó, el alguacil mayor del reino.

– Venís pocos y venís tarde; exclamó el viejo con desprecio, y cerró la ventana.

Salióse ya enteramente desesperado Farax por el portillo por donde habia penetrado en el Albaicin, y antes de retirarse definitivamente quiso probar el último recurso, y subiendo al cerro de San Miguel hizo dar desde su cumbre otro pregon, y como nadie le contestase tampoco, gritó con todas sus fuerzas como si hubiera querido que le oyesen todos los moriscos del Albaicin:

– ¡Perros! ¡traidores! ¡cobardes! ¡que nos habeis engañado y no cumplis lo prometido! ¡quedaos en paz! ¡pero yo os juro que si vuelvo será para degollaros lo mismo que á los cristianos!

Y seguidamente, rugiendo como un leon herido, se precipitó con sus trescientos monfíes por la ladera del cerro, y subiendo por el rio Darro tomó el camino del lugar de Cenes.

Solo Dios sabe lo que hubiera acontecido aquella noche, si los moriscos del Albaicin se hubiesen levantado á la voz de Farax, ó si hubiesen llegado los restantes monfíes, que á causa de la nieve no pudieron atravesar la sierra.

CAPITULO XXX.
Complemento del anterior

Entre tanto los soldados que habian huido de la plazuela del Salvador, donde como dijimos estaban de guardia, fueron á avisar á Bartolomé de Santa María, uno de los alguaciles encargados por el presidente Deza de rondar el Albaicin. Por el camino los soldados habian ido llamando á grandes voces al arma; mas estaban los vecinos tan descuidados, que creyendo que fuese burla, se asomaban á las ventanas gritándoles que callasen, y creyéndolos borrachos. Otros vecinos, salieron á medio vestir, asombrados, soplando las mechas de los arcabuces, y no sabiendo qué hacer ni adonde ir.

Llegados, pues, el alguacil, los soldados y algunos vecinos á las casas de la Chancilleria, dieron parte de lo que sucedia al presidente Deza, aunque de una manera confusa é incompleta, porque el miedo que antes no les habia dejado ver, no les dejaba entonces hablar. El presidente hizo avisar al corregidor y al marqués de Mondéjar, y mandó al Albaicin al alguacil Santa María, para que se enterase bien del hecho y volviese á noticiárselo. Entre tanto el soldado que fue á avisar al marqués de Mondéjar estuvo detenido mucho tiempo en las puertas de la Alhambra, que no quisieron abrir, hasta que lo mandó el conde de Tendilla que andaba rondando por los adarves, y habia ya oido desde ellos la zambra y las voces de los monfíes en el Albaicin.

El soldado le informó de todo, y el conde de Tendilla le llevó al aposento de su padre el marqués de Mondéjar, que no queria creer lo que le decian, hasta que afirmándole su hijo que habia escuchado instrumentos moriscos en el Albaicin, y el soldado que habia visto hombres vestidos y tocados como turcos, saltó del lecho, se armó y mandó que la gente de la fortaleza se pusiese en armas.

Pero se encontró con que solo tenia ciento cincuenta infantes y cincuenta caballos: gente que no bastaba para defender el castillo, cuanto mas para sacarla de él. Tanto mas no sabiéndose el número de los enemigos, que podian ser muchos, puesto que solo en el Albaicin podian tomar las armas diez mil moriscos: en la ciudad habia muy poca gente bien armada de que poder disponer, y lo estrecho, peniente y tortuoso de sus calles favorecia á los moriscos para la defensa.

Resolvióse por eso á no dejar la Alhambra hasta que amaneciese, y habiendo sabido que el alguacil que fué á reconocer el Albaicin no habia encontrado rastro de moro, ni mas que algunos vecinos asustados, mandó que las campanas cesasen de tocar á rebato y que subiesen algunas rondas para asegurar el Albaicin, no fuese que con el pretexto del alboroto, saqueara la gente de mal vivir las casas de los moriscos.

El corregidor por su parte apenas recibió el primer aviso, montó á caballo y con algunos caballeros que se le presentaron armados, fué á situarse en la Plaza Nueva, delante del palacio de la Chancillería, donde recogió la gente que bajaba desbandada del Albaicin, y allí estuvo quieto hasta que amaneció, temeroso que el lance siguiese mas adelante.

Habian encontrado los que fueron á reconocer el Albaicin el portillo abierto por los monfíes, y junto á él las herramientas de que se habian servido y un saco lleno de bonetes turcos: cuando fue de dia el marqués de Mondéjar dejó la Alhambra y bajó á la Plaza Nueva con don Alonso de Cárdenas, su yerno y sus hijos el conde de Tendilla y don Francisco de Mendoza, reuniéndosele en la Plaza Nueva los marqueses de Villena y Villanueva, el conde de Miranda y otros muchos caballeros que se encontraban en Granada siguiendo pleitos y otros muchos escuderos y gentes de guerra, que habian acudido temerosos de lo que aquello pudiese ser.

En aquellos momentos un traginero dijo al marqués de Mondéjar, que habia encontrado á los monfíes caminando con dos banderas tendidas por detrás del cerro del Sol hácia el lugar de Casa Gallinas.

Alborotáronse con estas noticias los que estaban con el capitan general, y quisieron marchar tras los monfíes. Pero el marqués de Mondéjar no lo consintió á causa de que era mas importante la seguridad de la ciudad, y de no saberse el número de los enemigos.

Limitóse á enviar un escudero suyo con alguna gente á reconocerlos, y él con treinta caballos, cuarenta arcabuceros y los alabarderos de su guardia, subió al Albaicin; atravesó por medio de él sin encontrar una sola persona, porque los moriscos estaban encerrados y prevenidos en sus casas temerosos de ser robados: y llegando á la plazuela del Salvador, preguntó á algunos cristianos que se encontraban en ella, por qué no se veian moriscos por las calles y le respondieron que se habian retirado á sus casas.

Entonces mandó á Jorge de Baeza que llamase á los principales de ellos y venidos y habiendo protestado que ellos no tenian culpa alguna de lo que habia sucedido, y que eran buenos y leales vasallos del rey, el marqués les respondió: que puesto se habian mostrado tales no acudiendo al llamamiento de los monfíes, continuasen en su lealtad, y que contasen con su amparo.

Afectaron quedar muy contentos los moriscos, bajó á la plaza Nueva el capitan general, y como ya era bien entrado el dia se resolvió dar sobre los monfíes, y salieron cuando los que habian salido á reconocerlos trajeron noticia del camino que llevaban.

Los monfíes seguian entre tanto su camino hácia la sierra y sin detenerse en los lugares de Dudar y Quentar pasaron por ellos y bajaron á Cenes, donde se detuvieron á almorzar, y habiendo sido avisados que el capitan general de Granada, se les venia encima tomaron de nuevo el camino por la falda de Sierra Nevada hácia el lugar de Dilar.

El marqués de Mondéjar tomó por cima de Huetor hácia Dilar, y al llegar al campo de Gueni los caballos de vanguardia, descubrieron á los moros que iban ya embreñándose en la sierra.

Don Alonso de Cárdenas apretó las espuelas á su caballo, y seguido de algunos ginetes, se puso en demanda de los monfíes creyendo poder alcanzarlos antes que se embreñasen; pero se lo impidió una cuesta muy agria que hay en el barranco del rio de Dilar, y tardaron tanto en subir y bajar, que los monfíes tuvieron tiempo de posesionarse de un cerro alto y muy áspero que se levanta á la derecha del pueblo, y poniendo las banderas en medio, empezaron á jugar sobre los del marqués las ballestas y los arcabuces.

Mataron algunos soldados, pusiéronse en respeto á los demás, obligaron al marqués de Mondéjar á no pasar adelante, y luego tomaron lo áspero de la sierra, donde no podian subir los caballos, y burlando al marqués de Mondéjar, bajaron al valle de Lecrin, le sublevaron diciendo que dejaban alborotada á Granada, y se entregaron respecto á los cristianos que vivian en los pueblos del valle, á las mismas atrocidades que habian ensangrentado á Cádiar.

El marqués mandó tocar á recoger, y cuando tuvo la gente formada; cuando vió que por su poco número se veia obligado á volver á la ciudad, tomó el camino de ella murmurando para su celada:

– Los del consejo de Su Magestad creen que aqui no necesitamos ni hombres ni dinero, y si este descuido dura, Granada se perderá.

En medio del camino le detuvo un soldado que traía para él una carta: aquella carta era del marqués de la Guardia, en que le daba cuenta de los terribles sucesos de Cádiar.

CAPITULO XXXI.
De cómo supo Yaye que su mala estrella se le hacia cada vez mas enemiga

Volvamos al marqués de la Guardia en el punto en que despues de haber escrito su carta para el capitan general se habia quedado solo.

Era poco despues del amanecer.

El marqués estaba en un estado de exaltacion terrible.

Estaba loco.

Solo se le oia murmurar.

– ¡Esperanza! ¡Mi Esperanza! ¡Mi hija!

Y despues de murmurar estas palabras revolvia en torno suyo su mirada ensangrentada y furiosa.

Abrióse la puerta del aposento, y un soldado le entregó una carta.

Aquella carta decia:

– «Caballero: ignoro por qué razon os he encontrado al frente de vuestra compañía en Cádiar, cuando es creia al lado de mi hija. Tengo derecho á que me satisfagais, y os mando que vengais á encontrarme, siguiendo al hombre que os llevará esta carta. – El emir de los monfíes.»

– ¿Dónde está el hombre que ha traido esta carta? dijo el marqués, guardándosela en el bolsillo.

– Espera en el zaguan, señor, contestó el soldado.

– Hacedle entrar.

Entró un hombre de aspecto al parecer humilde, y miserable y pobremente vestido.

El marqués se quedó solo con él.

– ¿Sabes quién te envia? dijo el marqués.

Irguióse el mendigo.

– Soy wali del poderoso emir de los monfíes, contestó: y me llamo Suleiman.

– ¿Y te atreves á decírmelo?

– Si: tú eres tambien monfí.

– ¡Yo!

– Si, tú: tú eres monfí, eres traidor.

El marqués echó mano á su espada.

– Sí, dijo Suleiman, sin inmutarse por el movimiento amenazador del marqués: eres monfí, porque eres esposo de la sultana Amina; y eres traidor, porque ayudas á los cristianos.

– ¡La sultana Amina! exclamó con acento rugiente el marqués: ¡sabes tú lo que ha sido de la sultana Amina! ¡sabes si está muerta ó viva… ó tal vez peor que muerta!

Palideció profundamente Suleiman, y asió con furor un brazo del marqués.

– ¿Te habrás atrevido, perro cristiano?.. exclamó.

– Me la han robado, gritó el marqués, lanzando de sí á Suleiman, y con ella me han robado á mi hija.

– ¡Que te han robado á la sultana Amina! ¿y quién, quién? gritó Suleiman, sin temor de ser oido: ¿sabes tú lo que hará contigo el emir, sino le das cuenta de su hija, aunque te ocultes en medio de los escuadrones del rey de España?

– ¿Dónde está Aben-Aboo?

– ¡Aben-Aboo! ¡el compañero en el mando del emir! exclamó con extrañeza Suleiman, porque no sabia á dónde el marqués iba á parar.

– ¡Llévame, llévame á donde esté el emir! dijo el marqués: á él solo daré cuenta de lo que ha sucedido; llévame á donde esté el emir, y nada temas.

– Yo nada temo, replicó Suleiman, pero puesto que obedeces á nuestro comun señor, sígueme.

Calóse el marqués su morrion de hierro, envolvióse en una capa que le habian prestado, y siguió á Suleiman.

En cuanto este estuvo fuera de la casa, tomó todo el aspecto de un mendigo anciano y enfermo.

Bajaron torciendo por algunas callejas y salieron al campo: esto es, á la montaña.

En cuanto estuvieron en ella, Suleiman se irguió de nuevo, y siguió adelante á gran paso.

El marqués iba tras él.

Pasaron algunos barrancos, en los cuales quedaba el fango del pasado aluvíon, y al fin Suleiman empezó á trepar por un sendero escarpado, á cuyo fin se veia la entrada de una cueva.

Cuando llegaron á ella, el marqués vió que dentro se paseaba un hombre enteramente vestido á la usanza mora.

Aquel hombre era el emir.

Al sentir á Suleiman, se volvió: al ver tras él al marqués, se puso totalmente pálido, y con un ademan imperioso mandó á Suleiman que se retirase.

El monfí descendió á la carrera por el sendero.

Yaye y don Juan quedaron solos.

– ¡Cómo te encuentro aquí, mi buen hijo! exclamó el emir con un acento doloroso y reconcentrado, conteniendo mal su cólera.

– Teneis razon, señor, dijo el marqués. Teneis razon en extrañar que me encuentre á vuestro lado porque debia estar muerto.

Pronunció de tal modo el marqués estas palabras, que la irritacion del emir pasó para dejar su lugar al espanto.

– ¡Muerto! ¡y por qué! ¿y mi hija y tu esposa?

– No sé qué ha sido de ellas, exclamó con desesperacion el marqués.

– ¡Habla! ¡habla! ¡acaba! no sé por qué veo en tus palabras, en tus miradas, los indicios de una gran desgracia.

– ¡Me la han robado! exclamó con acento rugiente el jóven.

– ¡Robado! ¡pero quién! ¡cómo!

– ¡Quién! Diego Lopez Aben-Aboo, exclamó el marqués: sí, le reconocí, y eso que solo le ví á la luz del fuego de un arcabuzazo; pero tenia fijos en mí los ojos con una expresion infernal… y luego oí su voz ronca que gritaba: ¡embreñaos! ¡embreñaos con ella!.. despues nos separó la mano de Dios: una maldita avenida por el barranco donde nos encontrabamos.

Yaye estaba aterrado, contraido, mudo, sin poder pronunciar una sola palabra.

El marqués le refirió de qué manera habian sido sorprendidos, y cómo desesperado se arrojó con su caballo á la corriente.

Despues continuó:

– Yo debí perecer: la violencia de la avenida arrastraba á mi caballo: veia pasar rápidamente á ambos costados mios las sombras informes de las rocas: encontréme de repente fuera del caballo que se habia sumergido, y me sentí sumergir: pero tambien de repente me sentí alzado y me encontré sobre el tronco de un árbol que arrastraba la avenida. Por una casualidad aquel tronco se detuvo en una roca: yo tendí los brazos á aquella roca, y encontré por casualidad las raices de un árbol: trepé… y me encontré salvo, pero me encontré solo… solo… ¿qué habia sido entre tanto de mi Esperanza?

El marqués inclinó la cabeza desesperado.

– ¡Mi hija…! ¡robada por Aben-Aboo! murmuraba entre tanto sordamente el emir.

Y luego cerrando los puños, y levantando los ojos al cielo exclamó:

– ¡Oh! ¡es mucho, mucho castigo! ¡es demasiado! ¡es horrible, señor!

Y luego volviéndose al marqués, continuó:

– ¿Pero estas seguro?.. seguro de todo punto?

– ¡Oh! tan seguro estoy de ello, que donde quiera que le encuentre, he de beber la sangre de ese infame.

– Pero, exclamó desconfiando aun en el emir, tú te encontraste solo en una roca en la montaña… en un terreno que no conoces, de noche… y despues te he encontrado con tu compañía en Cádiar: tu compañía estaba en Yátor.

– La avenida me habia echado cerca de Yátor.

– ¿Pero cómo pudiste conocerlo, no siendo práctico en la tierra?

– Se escuchaba á lo lejos el ladrido de algunos perros, y se veian algunas luces inmóviles entre la oscuridad; yo me dirigí adonde se escuchaban aquellos ladridos, adonde brillaban aquellas luces, y me encontré en Yátor. Entonces busqué á mi teniente Cristóval de Belorado, y le mandé reunir la gente, con la cual me encaminé á Cádiar, adonde llegué despues de la media noche. Yo sabia que Aben-Aboo era vecino de Cádiar, que tenia allí á su madre, y no sé por qué, estaba seguro de encontrar en Cádiar á Aben-Aboo. Y no me engañé. ¿Por qué huyeron los monfíes?

– ¡Huyeron!.. porque yo no queria que tú murieses; porque yo los mandé retirar: pero en estos momentos, en el punto en que tú has salido de Cádiar, en el momento en que no puedes correr peligro, mis monfíes habrán envestido de nuevo la villa, y no dejarán ni uno solo de tus soldados vivos.

– ¿Y para qué quiero yo vivir?

– ¿Para qué? si es cierto lo que dices, ¿por qué quieres morir y no vengarte?

– ¿Y no me habeis impedido vos mi venganza?

Yaye se estremeció: el hombre que habia robado á su hija, era su hermano; el hombre de quien con tanta justa causa queria vengarse el marqués de la Guardia, era su hijo.

La fatalidad ó la justicia de Dios eran con él inexorables: él habia matado al padre del marqués de la Guardia creyéndole corruptor de su esposa, y el hijo del difunto marqués habia seducido á su hija: su hija habia enloquecido al príncipe don Carlos, le habia hecho traidor á su padre, y Felipe II se habia visto obligado á prenderle, á procesarle y acaso á matarle: Amina habia enloquecido tambien á Aben-Aboo, y le habia hecho traidor á su padre, rebelde, inobediente, feroz. Acaso Yaye, como Felipe II, se veria obligado á matar á su hijo por el bien de su pueblo. Acaso en medio de todo aquello podia haber horrorosos crímenes: el incesto, el fratricidio acaso: Amina, Aben-Aboo y Aben-Humeya ignoraban que eran hermanos, y los dos hermanos amaban á su hermana y estaban zelosos entre sí.

El emir estaba consternado: la mas terrible desesperacion le torturaba el alma, la vida se le habia hecho de todo punto insoportable, y un remordimiento voraz le roia las entrañas.

– ¿Dónde te robaron tu esposa? dijo al fin dirigiéndose al marqués.

– En un barranco, cuando caminábamos bien de prisa, porque segun decian, teniamos que atravesar una rambla peligrosa.

– ¿Y estábais ya cerca de esa rambla?

– Si señor.

– ¡Ah de abajo! gritó el emir asomándose á la boca de la cueva.

Poco despues subió Suleiman.

– Que se reunan al momento cuarenta monfíes, y mi caballo.

Poco despues el emir cabalgaba en el fondo del barranco y Suleiman, á quien habia hablado algunas palabras Yaye, dijo al marqués.

– Sígueme, señor.

El marqués miró á Yaye.

– Síguele, síguele, hijo mio, dijo el emir: él te llevará á lugar seguro.

El marqués siguió á Suleiman y Yaye siguió adelante con su gente, á gran paso, salvando todo género de obstáculos, por lo mas áspero de la montaña.

De repente los monfíes que iban de descubierta, se detuvieron y se encararon las ballestas que llevaban armadas.

– ¿Quién va? gritó el que iba mas adelante.

– ¡Allah le ille Allah! gritó una voz muy conocida del emir.

– ¡Harum! exclamó Yaye haciendo saltar hácia adelante su caballo, al escuchar aquella voz.

– ¡Ah, poderoso señor! exclamó desesperado el wazir.

– Nuestra hija nos ha sido arrebatada, gritó Calpuc.

– Y mi sobrino ha perecido, dijo todo desencajado don César de Arévalo.

– Y sobre todo, dijo para su capote Peralvillo, que estaba entre los recien encontrados; hemos pasado una muy mala Noche-buena con el agua á la rodilla y dando diente con diente.

El emir desmontó y se apartó á un lado con Calpuc, Harum y don César.

– ¿Con qué es verdad? dijo.

– Si, si, verdad es, dijo Calpuc: una horrible verdad. ¿Pero quién te lo ha dicho?

– Basta que yo lo sepa, dijo el emir.

– ¿Y sabeis tambien, poderoso señor, quiénes han sido los ladrones? ¿Sabeis quién puede haberlos pagado?

– ¡Qué! ¿no habeis podido vosotros conocer á los robadores?

– Eran piratas berberiscos, dijo Harum.

– Corsarios berberiscos eran, repitió Calpuc.

– Si, si, unos horribles berberiscos, con bonetes encarnados, añadió don César de Arévalo.

– ¿Pero no sabeis que los monfíes que han ido á Granada con Farax-Aben-Farax, llevaban muchos vestidos berberiscos y bonetes colorados para hacer creer á los de Granada que habian venido á ayudarnos los africanos?

– ¡Ah! exclamó como quien encuentra una difícil solucion Harum. Ya decia yo. Farax-Aben-Farax debia ya de estar en marcha para Granada cuando sucedió la desgracia.

– ¿Y qué importa? ¿No pudiste conocer á ninguno de los robadores?

– No señor.

– ¿Y por qué no los perseguísteis?

– Nos lo impidió la tempestad, nos vimos encerrados entre de tres torrentes, dijo Harum.

– Y tan verdad es esto, dijo entristecido don César, que mi sobrino, que se arrojó á la corriente para perseguir á los infames, fue arrastrado por las aguas sin que se sepa qué ha sido de él. Es necesario que averigueis lo que ha sido de mi sobrino, poderoso emir.

– ¿Qué me hablais de vuestro sobrino, cuándo he perdido á mi hija? exclamó Yaye; y luego volviéndose á Harum dijo: es necesario batir en derredor la montaña: los ladrones no deben estar lejos: deben haberles cortado el paso otros barrancos. Conmigo, caballeros, conmigo, y que nos proteja Dios.

En vano el emir registró por aquella parte todos los barrancos, quebraduras y escondrijos de la montaña: nada se encontró.

Yaye se volvió desesperado.

No le quedaba otro recurso que ir á encontrar frente á frente á Aben-Aboo.

Cuando volvió á Cádiar encontró á los monfíes al mando del Ferih enteramente apoderados de la villa.

Su pronostico al marqués de la Guardia se habia cumplido.

26.Mármol: historia de la rebelion y castigo de los moriscos de Granada: libro IV, capítulo IV.
Yaş sınırı:
12+
Litres'teki yayın tarihi:
28 eylül 2017
Hacim:
1330 s. 1 illüstrasyon
Telif hakkı:
Public Domain