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Kitabı oku: «Los monfíes de las Alpujarras», sayfa 71
CAPITULO XLII.
De cómo empezaba Harum á vengar al emir
Era una de esas terribles noches de tormenta que tan frecuentes son en el otoño en las Alpujarras.
Llovia, relampagueaba, tronaba, zumbaba el viento entre las breñas.
Las calles de Andarax estaban completamente desiertas.
En Andarax estaba Aben-Humeya con trescientos escopeteros de su guardia, y mas descuidado de lo que debiera estarlo, acompañado siempre de dos mujeres y entretenido en zambras y diversiones.
Una de estas mujeres era Angiolina Visconti.
Irritábale esta con su hermosura, le enloquecia, le entretenia con promesas y entre tanto le vendia.
La otra mujer se llamaba María de Rojas, y era morisca.
Esta María de Rojas, prima de Diego Alguacil, uno de los moriscos mas influyentes en las Alpujarras y en Granada, era sobrina de aquel Miguel Rojas, padre de Isabel de Rojas, con quien ante la Iglesia Católica se habia casado Aben-Humeya.
Este, voluntarioso y tirano antes de haber asegurado á su cabeza la corona, habia repudiado á su mujer, dejándola abandonada en Granada, habia matado con extremada crueldad á los parientes de su esposa que se atrevieron á pedirle cuenta de aquel abandono, y enamorándose de María de Rojas, que era hermosísima, se la arrebató á Diego Alguacil de quien era amante, y se casó con ella á la usanza mora.
Aben-Humeya no comprendió que debia ser natural y precisamente su enemigo una mujer á cuyo padre y hermanos habia muerto, á quien habia arrebatado sus amores, y que aquella mujer debia pensar en vengarse; creyó que todo lo olvidaria una vez sultana de las Alpujarras, y la arrastró á su tálamo: mató su alma como habia matado á sus parientes, y se embriagó con sus amores fingidos, porque María de Rojas no habia olvidado nada, ni su padre extrangulado, ni sus hermanos degollados, ni á Diego Alguacil, de cuyos brazos casi habia sido arrancada.
Fuese que el remordimiento de haber matado á su padre, fuese que la confianza de su fortuna hubiesen embriagado á Aben-Humeya, nada temia, y lo que era peor aun, se rodeaba de enemigos y provocaba el peligro.
María de Rojas, al ver un dia en la casa de Aben-Humeya á Angiolina Visconti, apareciendo como un nuevo sol, al cual se volvian los inconstantes amores de Aben-Humeya, no tuvo zelos, porque no puede tenerlos quien no ama, pero alentó esperanzas: comprendió que Angiolina era tan desgraciada como ella, y que como ella ardia en sed de venganza contra Aben-Humeya: no tardaron en comprenderse las dos mujeres, y al comprenderse, hicieron de su venganza una causa comun, y se ayudaron mutuamente, y se encubrieron la una á la otra.
Cuando María de Rojas necesitaba algunos momentos de libertad, Angiolina entretenia á Aben-Humeya escuchando sus protestas de amor, alentándole, dándole esperanzas. Cuando Angiolina necesitaba disponer de algun tiempo, quien le entretenía, no ya con esperanzas, sino con fingidos zelos, era María de Rojas.
¿En qué invertian el tiempo que se procuraban la una á la otra estas dos mujeres?
Al lado de Aben-Humeya, sirviéndole con la mayor lealtad en las apariencias, acompañándole á todas partes, poniéndose delante de él en todos los peligros, habia tres personajes terribles: Aben-Aboo su hermano, que á pesar de serlo, ambicionaba su corona, y tendia asechanzas á su vida. Diego Alguacil, el primer amante de María de Rojas, que se fingia el súbdito mas sumiso y mas leal del mundo, y Harum-el-Geniz, el valiente caudillo de los monfíes despues de la muerte del infortunado Yaye, que afectaba ayudar á Aben-Humeya con todas sus fuerzas.
El insensato jóven nada sospechaba: ensoberbecido con algunas ventajas obtenidas sobre los castellanos, con la ayuda decidida del dey de Argel que le habia enviado algunos centenares de turcos, bajo las órdenes de los capitanes Alí, Huscen y Carcax, piratas levantinos, que solo al olor del oro y de la sangre habian dejado los puertos del sultan de Constantinopla Selim II, se creia ya decididamente sultan de Andalucia en el momento en que le acechaba de cerca la muerte.
Era, como dijimos al principio de este capítulo, una fria, nublada y tempestuosa noche de otoño.
Acababan de dar las doce en el reló de la villa.
A aquella hora, entraron en un casaron medio derruido en la parte baja del pueblo dos hombres.
El uno llevaba el ostentoso traje de walí de los walíes ó capitan general de los monfíes.
Era Harum-el-Geniz.
El otro llevaba un bello traje berberisco.
Era Aben-Aboo.
La estancia en que habian penetrado, estaba alumbrada únicamente por la fuerte luz de un monton de ramas de olivo que ardian en un ancho hogar.
Sentado junto al hogar habia un hombre como de treinta años, con traje morisco.
Este hombre era Diego Alguacil.
Al oir á los recien llegados se levantó.
– ¡Cuánto habeis tardado! dijo.
– Los barrancos estan invadeables, respondió Harum-el-Geniz, y trayendo tanta gente nos ha sido preciso rodear mucho.
– ¿Cuánta gente traeis?
– Dos mil monfíes.
– ¡Ah! pues si traeis dos mil monfíes ¿á qué esperar? ¿acaso no teneis confianza en ellos?
– Si, si ciertamente. Pero es necesario justificar la muerte de Aben-Humeya para que el dey de Argel y el sultan no puedan acusarnos de ella, dijo Aben-Aboo.
– ¿Y habeis encontrado un medio?
– Excelente.
– ¿Y qué medio es ese?
– Que le maten los turcos que le ha enviado Aluch-Alí.
– ¡Ah! pero los turcos aunque estan disgustados con él, no se atreveran á tanto.
Sonrió sesgadamente Aben-Aboo, y miró con una expresion de horrible inteligencia á Harum.
– Los turcos, dijo, mataran á Aben-Humeya, cuando sepan que Aben-Humeya quiere matarlos á ellos.
– Pero eso no es verdad, dijo Diego Alguacil.
– Poco importa que no lo sea con tal de que lo crean los turcos.
– Si, bien: yo aborrezco á Aben-Humeya, yo deseo su muerte: me ha herido en el corazon, me ha afrentado, dijo Diego Alguacil. Pero el deseo que tengo de esterminarle me hace desconfiar de que podamos herirle.
– ¡Bah! dijo Aben-Aboo: tú serás quien cause la muerte de mi buen primo.
– ¡Cómo!
– Toma, contestó Aben-Aboo dando una carta cerrada á Diego Alguacil.
– Esta carta, dijo el morisco mirando el sobrescrito, es para el alcaide de Mecina de Bombaron, y la letra parece de Aben-Humeya.
– Tan de Aben-Humeya es como mia, dijo sonriendo de una manera sesgada Aben-Aboo. Esa carta la ha escrito Diego de Arcos que, como sabes, ha sido secretario de Aben-Humeya. Y esta carta es tal, que yo te juro que nadie nos culpará de la muerte de Aben-Humeya.
– Quiera Dios que esta carta nos libre de ese malvado, dijo Diego Alguacil, devolviendo la carta á Aben-Aboo.
– Se necesita un hombre de confianza para llevar esa carta, dijo con acento breve Harum-el-Geniz.
– Diego Alguacil la llevará, repuso Aben-Aboo.
– ¿Y para qué he de llevarla yo?
– ¿No quieres vengarte de la afrenta que te ha hecho Aben-Humeya?
– ¡Oh! ¡si! ¡vengarme! ¡vengarme de una manera terrible!
– Pues para eso es necesario que esta carta dé en manos de él.
– ¡Recelaran!
– Concluyamos, Diego Alguacil: ¿podemos contar contigo, ó no? dijo Harum-el-Geniz.
– Quiero saber la parte que tomo en mi venganza, y para ello os estoy esperando.
– En esa carta llevas la muerte de Aben Humeya, de ese miserable traidor, repuso Harum-el-Geniz. Lo que necesitas hacer es muy sencillo: como los barrancos van crecidos, tendras que tomar la falda de la sierra: en la muela de las Aguilas estan los capitanes turcos esperando á Aben-Aboo; procura pasar por el sendero que cruza delante de la cueva, y cuando llegues á ella, como sorprendiéndote de encontrar allí gente, pides un guia para llegar á Mecina de Bombaron con la carta de Aben-Humeya á pretexto de haberte extraviado.
– ¿Y nada mas?
– Nada mas.
– ¿Es decir que en esta carta va la muerte de Aben-Humeya?
– Si. Ahora bien; dicen que Aben-Humeya está tan descuidado que todas las noches se anda en zambras y fiestas.
– Es verdad; ese maldito está abandonado de la mano de Dios.
– Dios abandona siempre á los traidores y á los desleales; pero estamos ya perdiendo tiempo. Vamos, Diego Alguacil; yo te acompañaré por el camino, y luego tomaré por los atajos para llegar antes que tú á la muela de las Aguilas y con distinta direccion, al pasar por la cueva donde me esperan los capitanes turcos.
Aben-Aboo se levantó y se puso en marcha: Harum-el-Geniz y Diego Alguacil le siguieron dejando la casa abandonada.
– ¡Que Dios os dé buena ventura! dijo Harum-el-Geniz cuando estuvieron fuera de la casa volviéndose hácia la parte alta del pueblo.
– ¡Cómo! ¿te quedas tú? dijo Diego Alguacil.
– Importa que yo me quede en Andarax, dijo Harum: y ademas ¿quién se ha de quedar al frente de los dos mil monfíes que cercan la villa para que no pueda escapar Aben-Humeya?
– Dices bien. Adios.
– Adios, dijo Aben-Aboo.
– Adios, contestó Harum-el-Geniz tomando para la parte alta del pueblo.
Aben-Aboo y Diego Alguacil salieron al campo mientras Harum se encaminaba á la plaza murmurando:
– ¡Ah, mi noble y desgraciado señor! me he visto obligado á esperar mucho tiempo la venganza de tu sangre: pero al fin esos dos miserables van á hacerse pedazos. ¡Tus hijos! ¡no podian ser tus hijos, no: aquellas cartas mentían! ¡si hubieran sido tus hijos la sangre hubiera hablado á esos corazones de tigre! ¡y si eran tus hijos!.. ¡oh Dios poderoso!.. si eran tus hijos… el hijo que tiñe las manos en la sangre de su padre merece ser muerto por su hermano.
Y entrando á punto en la plaza Harum, se encaminó hacia la iglesia transformada entonces en mezquita, y torciendo por una estrecha calleja, llegó á un postigo oscuro de la tapia de un huerto.
CAPITULO XLIII.
De cómo la princesa Angiolina Visconti volvia á ser un instrumento manejado por Harum
Harum se detuvo junto á aquel postigo y escuchó con la mayor atencion.
Nada se oia.
Una gran casa situada en el fondo del huerto y á la cual pertenecia, estaba envuelta en un silencio profundo y en una oscuridad lúgubre.
Solo en una ventana morisca se veia luz á través de su arco calado.
– ¡Vela! dijo Harum: vela esperándome y Aben-Humeya no está en la casa: esa luz que brilla en el aposento de la italiana me lo dice. ¡Miserable mujer! su amor y su empeño por el marqués son acaso la causa de estas desgracias. Acaso sin ella mi desventurado señor, hubiera podido dar el golpe de muerte al rey don Felipe en su misma córte… pero aquella funesta herida… aquella imprevista prision en el Santo Oficio… ¡Vamos, es necesario no pensar mas en lo pasado porque es cosa de desesperarse! miremos adelante… á la venganza: ¡por el Dios Altísimo y Unico, que será cumplida y que te alcanzará en ella tu parte y una parte horrible, infame italiana!
Y tras estos pensamientos, buscó en el marco del postigo, halló el nudo de una cuerda, tiró, y el postigo se abrió.
Harum adelantó por el huerto como sobre un terreno conocido: atravesóle en pocos instantes, llegó á una galería, buscó en uno de les oscuros extremos una puerta, encontró unas escaleras, las subió, y al fin de ellas llamó con recato á una puerta.
Poco despues se oyeron apresurados pasos de mujer, la puerta se abrió y apareció una dama que por su traje parecia mora y mora riquísima, pero no lo era.
Era Angiolina.
– Entrad, entrad amigo mio, dijo á Harum-el-Geniz: os esperaba con ansia.
– ¿Y María de Rojas? dijo con interés Harum.
– Antes de que veais á María necesito hablaros, dijo con ansiedad Angiolina.
– Hablemos, pues, pero invertamos en nuestra conversación el menos tiempo posible.
– Sentaos, dijo Angiolina, acercándo unos almohadones á su lado.
Harum se sentó.
¡Oh! ¡y por cuan horrible causa nos hemos conocido! dijo Angiolina, asiéndole una mano.
Harum miró fijamente á la veneciana.
– Horrible, si, muy horrible, señora: Dios no puede perdonar á los que han sido la causa de la desastrada y terrible muerte de mi señor.
– Os juro, Harum, os lo juro por la salvacion de mi alma, que no he tenido la menor parte en ella, que nada sabia, que si alguna noticia hubiera tenido, habria evitado ese horroroso asesinato.
Harum se contuvo de una manera admirable hasta el punto de que, á pesar de hervir la cólera en su corazon, su semblante permaneció impasible, y ni el mas ligero extremecimiento agitó la mano que Angiolina tenia en prenda de amistad entre las suyas.
– Todos hemos sido bien desgraciados: la sultana Amina ha perdido á su hijo y á su esposo.
– ¡Ah! ¡infeliz! dijo Angiolina, dominando su alegría por la desgracia de Amina, como Harum habia devorado su odio.
– La misma sultana… ¿quién sabe lo que ha sido de la sultana?
– ¿Qué no lo sabeis Harum? dijo insidiosamente Angiolina.
– No.
– Pues mirad, para eso os habia detenido, para preguntaros por ella.
– ¿Y qué os importa ya la sultana Amina? ¿no ha muerto el hombre que os hacia enemigas?
– Creo que no, dijo con fijeza Angiolina.
– Desengañaos, señora; cuando yo os busqué la primera vez para que me ayudáseis en nuestra comun desgracia, os dije la verdad. El marqués pereció en la voladura de un subterráneo cuando perseguia á Aben-Aboo que se llevaba robada á su esposa.
– ¿Y si yo os dijese que el marqués de la Guardia vive?
– ¿Que vive el marqués de la Guardia? exclamó con la expresion de la mayor extrañeza Harum. Seria necesario creer en un milagro.
– Ese milagro le ha efectuado Dios, compadecido sin duda de mí, que por la muerte del marqués hubiera muerto de dolor.
– Pero eso es imposible: os aseguro, á fuer de buen creyente, que vi perecer al marqués de la Guardia.
– Os engañásteis: yo sé que vive. Y vamos claros, Harum: vos sabeis tambien como yo que vive.
– ¡Yo!
– Si, es mas: vos me habeis traido el consuelo de la certeza de su existencia.
– ¡Yo!
– ¡Si, vos! ¿os acordais de un dia en que vinisteis á ver al rey, que os habia llamado?
Este rey que citaba Angiolina, era Aben-Humeya.
– Si, si, es verdad; hace seis meses.
– Cabalmente.
– Pues bien: con vos venia un moro encubierto.
– ¡Ah! ¡el moravito29 de Africa! exclamó con la mayor naturalidad Harum: ese hombre ha prometido llevar el rostro cubierto y no dormir bajo techado, hasta tanto que logre una venganza.
– ¿Y quién mejor que el marqués pudiera haber hecho ese juramento?
– Insistís en vano, señora, os equivocais.
– ¿Y si yo os diese una prueba?
– ¿Cuál?
– Ese moro encubierto se quedó en el patio, entre vuestros monfíes.
– Es verdad.
– Yo le veia desde una celosía: sin saber por qué aquel moro me habia llamado la atencion: su estatura, su actitud, sus ojos negros, que se veian por cima de la toca con que llevaba cubierto el semblante…
– Pudisteis equivocaros, señora.
– Dudé un momento; pero mi corazon me decia que era él y quise salir de dudas: entonces le llamé en voz alta desde la celosía.
– ¿Que le llamásteis?
– Si: le llamé por su nombre: ¡Don Juan! exclamé: y entonces el moro hizo un movimiento marcado: dió algunos pasos hácia delante y miró con interés al lugar donde habia reconocido mi voz.
– Esa es una prueba muy vaga.
– Es que tengo otras.
– ¿Cuales?
– Una carta de Don Juan á su esposa.
– ¡Ah! exclamó Harum.
– ¿Sabeis acaso que don Juan recibió una carta en la que se le participaba que Amina estaba en una cueva en Mecina de Bombaron?
– Yo, señora… no recuerdo.
– Esperad: voy á ayudaros á recordar, dijo Angiolina sacando de su seno dos papeles doblados.
Desdobló el uno y leyó lo siguiente:
«Señor marqués de la Guardia: soy un cautivo cristiano, que para librarme de la muerte he renegado en la apariencia y estoy como soldado entre las gentes de Aben-Aboo. A fuerza de fingir y de disimular, he logrado la confianza de este moro, hasta el punto de que con mucha frecuencia me confió la guarda de una mujer que tiene presa en una cueva en el barranco de la fuente de la Zorra. Esta dama que es jóven y hermosa, se ha atrevido hoy á confiarse á mí, me ha contado su historia y me ha pedido que la ayude. Yo no he podido negarme á ello, porque esa dama es vuestra esposa doña Esperanza de Cárdenas, duquesa de la Jarilla. Escribidla para que se tranquilice acerca de vos, porque Aben-Aboo la afirma que habeis muerto: no sabiendo yo vuestro paradero, y habiéndome dicho doña Esperanza que el wazir Harum-el-Geniz os buscaria si no sabia vuestro paradero, dirijo esta carta al dicho Harum, y le suplico que os busque y os la entregue: doña Esperanza no escribe, porque me es imposible procurarla los medios; espera vuestra esposa una contestacion pronta: dádsela por Dios, porque si tarda creerá que habeis muerto: vuestro servidor que os besa las manos. – Juan de Carreño.»
– Vos debisteis recibir esta carta, Harum, añadió la italiana, y dársela al marqués, porque á los ocho dias recibí esta otra escrita del puño y letra de don Juan: llena de ternezas á su esposa, avisándola de que corria á salvarla…?
– ¿Estais segura, señora, de que esta carta está escrita por el marqués…
– ¿Quereis que no conozca su letra cuando aun tengo en mi poder las cartas de amor que me escribia hace dos años, cuando pretendia ser mi amante y yo le desdeñaba?
– De modo que…
– Si, Harum, si, os he tendido un lazo porque amo.
– ¿Amais al marqués á pesar de haberse casado con otra?
– Cabalmente por eso le amo mas.
– ¿Ignorais que despues de muerto el emir de los monfíes, yo soy el padre de la sultana Amina?
– Padre que no sabe donde está su hija.
– Lo sabré, puesto que está en poder de Aben-Aboo.
– Vos no sabreis nada, ni hareis nada si yo no quiero que lo hagais.
– ¡Ah! os creis con poder…
– Puedo en vez de entregaros la persona de Aben-Humeya avisarle; Aben Humeya me ama como ama á una mujer todo aquel que no ha logrado de ella favor alguno…
– Todos os creen la amante favorecida del rey.
– Pues todos se engañan. Solo he sido de un hombre, y solo de él seré; porque prefiero la muerte á ser de otro; pero concluyamos que el tiempo se pasa. Habladme con verdad porque os voy á imponer condiciones.
– Veamos, dijo Harum.
– ¿Qué gente habeis traido?
– Dos mil hombres.
– ¿Cercan esos dos mil hombres la villa?
– Sí.
– ¿Y creis que no puede escaparse Aben-Humeya? dijo con intencion Angiolina.
– Yo creo que sin vuestra ayuda y sin la de María de Rojas nos seria imposible apoderarnos de él.
– Si le avisamos; su huida es segura; ademas de que podria intentar la resistencia porque tiene la villa ochocientos escopeteros.
– Bien, bien, señora; vuestras condiciones.
– ¿Viene con vuestra gente el marqués de la Guardia?
– Sí.
– Haced que yo le vea al momento.
– ¡Que vos le veais! ¿y para qué?
– ¿Sabeis acaso hasta qué punto llega mi amor? ¿sabeis si por acaso desesperada quiero obligarle á que me ame á costa de un nuevo sacrificio?
– ¿Y sé yo si pretendeis hacer una traicion?
– Señaladme un lugar donde yo pueda verle á solas rodeada de vuestras gentes: es mas, entre vosotros vienen mujeres: me someto á ser registrada por una de esas mujeres para que os convenzais de que no llevo puñal ni nada que pueda dañar al marqués.
– Y bien, ¿si os concedo esa entrevista con el marqués, me entregareis á Aben-Humeya?
– Sí: yo y María os entregaremos á ese hombre.
– ¿Dónde?
– Aquí mismo: en su casa.
– Pues bien, llamad á María de Rojas.
– Pero me jurais…
– Os juro que inmediatamente vereis al marqués.
– Os creo Harum, os creo, como creo que llegará un dia en que me hareis probar vuestra venganza. Pero vea yo por la última vez á don Juan, y todo me importa poco: ¿para qué quiero yo vivir? pero no hablemos de esto. Voy á llamar á María de Rojas.
Y Angiolina se levantó y desapareció tras una puerta.
– ¡Oh! ¡esta mujer! ¡esta mujer! exclamó Harum: ¡su maldita pasion por el marqués, nos ha sido funesta, funestísima! ¡y sin embargo, al herirnos se ha herido ella misma: hay en sus ojos algo de insensato, algo que me causa compasion! compasion á pesar de mi odio hácia ella. ¡Dios mio! ¡Dios mio!
Harum compuso su semblante porque sintió los pasos de dos mujeres que se acercaban.
Levantóse el tapiz y apareció Angiolina seguida de otra mujer.
Aquella mujer era muy joven: de frente altiva, blanca y pálida; los cabellos, las cejas, las pestañas y los ojos negros, los labios rojos; el cuello y el talle largos, redondos, esbeltos; el andar indolente; la mirada lánguida, la boca anhelante, el seno conmovido.
Se detuvo delante de Harum y le dijo con el acento ardiente de la mujer que ama.
– ¿Y Diego Alguacil?
– Ha ido en busca de quien atacará á Aben-Humeya.
– ¿Con qué ha llegado la hora?
– Si; si vosotras me ayudais.
– Te ayudaremos, dijo María de Rojas: es necesario concluir de una vez; ese infame se ha convertido en lobo: me causa horror, y cuando me veo obligada á sonreirle se me parte el corazon: cuando le abro mis brazos creo morir. Y… ¿será esta noche?.
– Si, esta noche.
– Pero para ello es necesario que yo salga con Harum, y que detengas á Aben-Humeya para que no repare en mi falta.
– Aben-Humeya está en una zambra y vendrá tarde, dijo María de Rojas. Yo le entretendré si cuando vuelva no has vuelto tú. Ademas, escucha, Harum: ni tú ni tus gentes entreis á matarle sino cuando veais una luz detrás de la celosía que está sobre la puerta que da á la plaza. Ahora, idos, aprovechad el tiempo. Yo me quedo aquí esperando con impaciencia.
Angiolina se envolvió en un albornoz y salió con Harum, bajaron al huerto, le atravesaron y salieron por el postigo.
Llovía á mares y relampagueaba.
Muy pronto Harum y Angiolina salieron de la villa y se perdieron entre los barrancos.
