Kitabı oku: «Aprender a rezar en la era de la técnica», sayfa 15

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CONSULTAR EL HORARIO
¿PERDER EL CONTROL O CREAR UN MUNDO?

1

Sentado en la cama, con la ropa de dormir puesta y las manos temblorosas –como si se hallara ya en el medio de transporte en cuestión, en pleno movimiento oscilante–, Lenz Buchmann intenta sin éxito, desde hace un buen rato, consultar el horario de los trenes y sacar alguna conclusión de dicha consulta. El temblor de las manos, que se acentuaba día tras día, era tan intenso en aquel momento que Buchmann no lograba asociar una fila a una columna: las horas de partida y de llegada que en aquel horario surgían de las columnas parecían huir, o por lo menos desviarse, de los nombres de las ciudades, los puntos de parada que rellenaban las filas.

Al día siguiente se cumplía el vigésimo aniversario de la muerte de su padre, y Lenz, venciendo la oposición de Julia y del médico que lo trataba, había manifestado el deseo de trasladarse a la ciudad natal de Frederich Buchmann, donde éste se hallaba sepultado. Era una fecha significativa.

Julia ya se había ofrecido para escoger el horario de salida y llegada del tren, pero Lenz había insistido: quería ser él quien decidiera.

La situación era, pues, profundamente absurda. En las manos de Lenz, el pequeño horario temblaba: las horas y las ciudades se mecían, como si cambiaran de posición sin cesar, y no lograba detener aquel movimiento para concentrarse en el sencillo cruce de una fila y una columna.

Mientras tanto Julia, a su lado, vuelta hacia el pequeño folleto de los ferrocarriles, trataba ya de sujetar un poco la mano derecha de Lenz sin que éste se diera cuenta de ello, cogiéndola de un modo que fácilmente podría confundirse con una suave caricia. Con la mano libre, Julia intentaba también señalar la fila que indicaba, con un nombre claro, pero aun así vasto, el punto del mundo en el que se hallaban, y con el dedo trataba de recorrer despacio esa fila, señalándole así a Lenz los posibles horarios de partida.

–8:45; 9:30; 10:15; 11:45. –se detuvo allí, en aquella hora. No convenía salir más tarde–. ¿Quiere usted salir por la mañana, verdad, señor Buchmann? Es lo mejor...

Lenz Buchmann asintió en silencio, confirmando así que la partida se haría por la mañana.

Julia aventuró con delicadeza:

–El viaje tarda dos horas. Si salimos a las 11:45, llegaremos alrededor de las dos de la tarde. Demasiado tarde, ¿no cree?

Era tarde, convino Lenz. Sin embargo, partir a las 8:45 o a las 9:30 le parecía demasiado pronto.

–¿A las 10:15? Llegaríamos poco después de las doce. Lenz pidió a Julia que le mostrara de nuevo aquel tren en el horario, y Julia recorrió una vez más con el dedo índice de la mano izquierda la línea horizontal hasta dar con la hora de partida. Y luego, bajando un poco el mismo dedo, recorrió la línea horizontal que señalaba los horarios de llegada. Se detuvo en la hora de llegada, las 12:10, y después volvió a subir lo poco que antes había bajado, pero ahora sin moverse de la misma columna, para señalar una vez más la hora de partida. Y repitió otra vez, como si le hablara a un niño:

–El tren sale a las 10:15 y llega a las 12:10. Es perfecto –exclamó.

Lenz se mostró de acuerdo.

En sus manos, mientras tanto, el horario no paraba de sacudirse en todas las direcciones.

En aquel instante, fatigada por el esfuerzo de contención que aquella pequeña decisión le había exigido, mien­tras observaba el modo en que temblaban esas manos, a Julia se le ocurrió que, con movimiento, el señor Buchmann parecía estar barajando cartas, pasando unas hacia atrás y otras hacia delante o, más precisamente, barajando ciudades y horas, cambiando tanto el orden espacial de las ciudades y su ubicación relativa como el orden temporal de las mismas.

Disociado del hecho de ser el efecto de una grave enfermedad, aquel gesto transmitía una sensación de poder, o cuando menos de ilusión de poder, absolutamente divina: si tiempo atrás alguien hubiese observado a aquel mismo hombre (Lenz Buchmann) y aquella misma situación (las manos sacudiendo el horario de los trenes), habría podido pensar que el hombre –Lenz Buchmann– se creía capaz de barajar, desordenar destruir en definitiva, todo el orden previo del mundo tan sólo con el movimiento de sus manos, afectando las posiciones de cada hombre en el espacio y la estructura cronológica con la que cada cuerpo se había acostumbrado a tratar.

En otro momento –y no estamos hablando de siglos, sino tan sólo de un año de diferencia–, en los tiempos en que Lenz Buchmann ocupaba otra posición, aquel temblor de manos no hubiese parecido un temblor provocado por una enfermedad sino un temblor divino, el temblor de alguien que, al recolocar sobre otro plano las ciudades y las horas –y con ellas a los hombres y toda la naturaleza–, está en realidad creando un nuevo mundo.

EN LA ESTACIÓN DEL TREN
LA CONSTATACIÓN DE QUE NO RECIBIMOS LAS MIRADAS DE LOS DEMÁS DEL MISMO MODO QUE ÉSTOS LAS EMITEN

1

Hacía años que Lenz no viajaba en tren. Había escogido aquel medio de transporte en parte porque conservaba buenos recuerdos de infancia relacionados con él. Además, quería que ese viaje –en el que probablemente visitaría por última vez la tumba de su padre– fuese lo más discreto posible, y en aquel momento, sin que ello se sustentara ya sobre la racionalidad, el modo de desplazamiento más discreto implicaba para él hallarse en medio de la masa de personas anónimas.

Sin embargo, Julia y él llegaron con mucha antelación –la cautelosa antelación que Julia infiltraba ahora en todos sus movimientos– y ese hecho los exponía en la estación de trenes de un modo que, desde luego, Lenz no deseaba. El tren partía a las 10:15 y sólo eran las 9:10 cuando, con los billetes en la mano, Julia y el señor Buchmann se sentaron a esperar en uno de los bancos del interior del edificio de la estación.

Había un intenso trajín, como siempre, y más a aquellas horas de la mañana. Algunas personas que pasaban –recién llegadas o dirigiéndose a los andenes– se detenían a mirar a la extraña pareja: una mujer joven y un hombre delgado, delgadísimo. Su cuerpo escuálido y su rostro desahuciado delataban al instante la existencia de una grave enfermedad. Sin duda, quienes pasaban por delante de ellos creían ver a un padre con su hija. La hija dedicada que acompaña a todas partes a su padre enfermo.

Percatándose de las miradas que recibían Julia y él, Lenz Buchmann las interpretaba sin excepción como las de personas que lo reconocían a él, al poderoso doctor Lenz Buchmann, todavía vicepresidente del Partido. Sin embargo, no era así.

Pocos, quizá uno o dos individuos a lo sumo, habrán identificado a aquel hombre cadavérico y apagado como el vicepresidente del Partido. Cabría añadir, no obstante, que muchas de las personas que no lo identificaban no lo hubiesen hecho por más que conservara el saludable aspecto pasado de las fotos y las imágenes más conocidas.

¿Qué le importaba a toda aquella gente la política, qué rostros memorizaban que no fueran los de su familia más cercana –hijos, mujer, marido– y los de algunos vecinos peligrosos? Aunque gozara de un aspecto más saludable, acumulara más carne bajo la piel y tuviera mejor color, aquel rostro seguiría sin decirles nada. No tenían ni la más remota idea de que, meses atrás, aquel rostro había estado a punto de situarse justo por encima –a unos centímetros, tan sólo– de la mano derecha –que pertenecía, de hecho, al mismo cuerpo–, la mano derecha que en tales circunstancias hubiera podido firmar leyes que, en caso de necesidad, hubiesen cambiado por completo la vida y las condiciones de existencia de todos ellos, de quienes ahora, apresurados, ignoraban por completo la relevancia de aquel hombre y su decadencia, y circulaban sin cesar con la intención obsesiva de salir de allí lo antes posible, hacia otra ciudad o hacia un refugio de ubicación exacta, más familiar que aquella estación.

Parecían herbívoros que no supieran, tras tantos siglos de aprendizaje, identificar a los animales carnívoros, ni tan siquiera, más específicamente, quién por proximidad y velocidad es entre todos su enemigo más peligroso.

Así pues, distraídas, las personas pasaban de un lado al otro de la estación viendo en un hombre enfermo a un hombre enfermo, incapaces de ver en el hombre a quien meses atrás había sido el animal más peligroso, aquél que los había amenazado a todos; que había estado dispuesto a todo y para el que los demás, aquellos que ahora pasaban, eran la basura de la humanidad, los desechos que los hombres decisivos habían dejado atrás para que, si fuera posible o necesario, los servicios de limpieza de la ciudad los recogieran y enviaran lejos, a un lugar del que su hedor no pudiera regresar. El lobo estaba enfermo; nadie lo reconocía como tal.

DEL ANDÉN DE LA ESTACIÓN AL ASIENTO EN EL VAGÓN; O DOS TIEMPOS QUE NO SIEMPRE COINCIDEN

2

Como niños obedientes, a las diez en punto, Julia y Buch­mann estaban ya en el exterior, en el andén de salida, mirando con ansiedad la vía aún desierta que parecía anunciar la llegada de algo grandioso y no sencillamente un tren.

Diez minutos antes de la hora, Lenz Buchmann se quejaba ya de que el tren no cumplía el horario, y un segundo después acusaba a Julia de haberse equivocado al consul­tarlo.

De vez en cuando, en lo que podría pasar por un mero tic, Buchmann acariciaba con la mano izquierda el pequeño trozo de metal –una llave– que guardaba en el bolsillo. Oculta a las miradas externas, su mano izquierda –o, más exactamente, los dedos de ésta– ejecutaban la misma clase de gestos que hace el creyente que lleva en el bolsillo una cruz o un rosario y lo acaricia sin cesar, como si en aquel bolsillo –de unos y otros– hubiese una brújula que los dedos consultaran a intervalos regulares mediante el tacto.

Poco a poco, el andén se fue llenando.

La madre con un niño, mano derecha, firme, potente, que no deja que el pequeño salga corriendo como pare­ce ser su deseo; una familia completa, dos niños, quizá nueve y diez años, los padres tranquilos, todo en calma; también hombres y parejas de aspecto tosco, algunos claramente paletos con la cara de quien se dispone a huir de la gran ciudad para buscar refugio en su pequeño terreno, en su madriguera. Mucha gente, ruido de maletas, algunos gritos, conversaciones variadas e inconexas, y luego, a partir de un momento dado, una ansiedad conjunta, sincronizada: eran las 10:13, y el tren estaba a punto de llegar; los cuellos se alargaron hacia adelante y hacia un lado, dejando a los pies allá abajo, y decenas de ojos se volvieron en la misma dirección, una dirección espacial –el tren vendría por allí, por aquel lado– pero también temporal. Tenían, se notaba, los ojos vueltos hacia las 10:15, y esa hora específica parecía estar a punto de surgir, de modo material, sobre las vías del tren.

A veces, alguno que otro par de ojos oscilaba entre el gran reloj de la estación (confirmando la hora exacta) y las vías aún desiertas, como alguien que tuviera dos relojes y tratara de poner en hora uno valiéndose del otro. Pero en realidad no había dos relojes. Como mucho, había dos tiempos: uno era el planeado, el previsto, y otro el tiempo real –que adquiría sustancia gracias al tren–, el tiempo en el que de veras ocurrían las cosas, un tiempo visible que no obedecía ningún mecanismo controlado por el hombre, lo que se hacía evidente en aquel momento, pues el reloj de la estación ya daba las 10:23 y el tren aún no había llegado.

A decir verdad, se hallaban ante una máquina –el reloj– que señalaba el tiempo de llegada de otra máquina, el tren. Y aún así fallaban, había una mala sincronización entre ambos, a resultas de lo cual lo que los hombres deseaban y habían fijado en el papel no había sucedido. ¿Cómo se podían acompasar, entonces, los tiempos, habida cuenta del conjunto de otros sucesos que el mundo y los hombres producían? He ahí la dificultad, pensaba el debilitado Lenz en aquel momento, qué rara es la coincidencia: dos cosas que desean cruzarse, cruzarse de veras, en el tiempo y el espacio deseados.

Pero el tren llegó por fin, y la masa avanzó hacia él con una brusquedad que sólo en algunos oscilaba entre la apresurada entrada en el vagón y un tenue vestigio de buenos modales.

Lenz Buchmann, en este particular, fue objeto de una cortesía de la que pocos, en aquel andén de la estación, habrán gozado (acaso alguno que otro anciano, un niño o la madre que llevaba a su bebé en brazos): dejaron que pasara primero.

Lenz subió entonces al vagón mientras, a su espalda, Julia lo ayudaba con un pequeño empujón que trató de expresar del modo más discreto posible.

Luego, una vez dentro, comprobaron sus asientos y se sentaron uno al lado del otro. En el caso de Lenz Buchmann, con el cansancio y la satisfacción de quien, tras un largo ascenso, corona la cima de una montaña.

–¿Está usted cansado, señor Buchmann?

El señor Buchmann ni siquiera acertó a contestar, se limitó a levantar la frágil mano derecha en un ademán claro que pedía a Julia que esperara, que en cuanto recuperara el aliento hablaría.

Muchos kilómetros más tarde, el señor Buchmann contestó que sí, que estaba cansado.

EL REGRESO A LA TUMBA DEL PADRE
DIÁLOGO SIN TESTIGOS. ¿DE QUÉ SE HABRÁ HABLADO? ¿QUIÉN HABLÓ?

1

Julia y el señor Buchmann están ya de regreso; muchos kilómetros a la espalda, ahora, entre ellos y la ciudad natal de Frederich Buchmann y, más concretamente, del único punto que interesaba a Lenz de aquella pequeña ciudad: la tumba de su padre.

Aquellos instantes junto al sepulcro de Frederich Buch­mann habían sido de una intensidad no comprensible ni compartible con nadie. Julia, con su notable discreción, parecía haber desaparecido.

A unos metros de la tumba había aflojado el paso había soltado el brazo de Lenz, que hasta entonces se apoyaba en ella, y mientras dejaba que Buchmann avanzara con su paso lento y esforzado, se había detenido, había dado unos pasos a un lado y hasta se había vuelto, de modo que, sin dejar de vigilar en ningún momento al señor Buchmann –que parecía a punto de perder el equilibrio–, daba la impresión de estar mirando hacia otro lado. Su discreción y corrección eran tales que, en aquellos momentos íntimos, se había obligado a pensar en otra cosa, alejándose mentalmente de allí y transmitiendo, por lo menos a sí misma, la sensación de que concedía más espacio al moribundo Lenz Buchmann para que se despidiera del padre. Y es que, por más que uno estuviera vivo y el otro muerto, aquello era en realidad una despedida entre dos hombres.

La percepción evidente de que Lenz se moría era la nota dominante de aquel encuentro. Se trataba de una despedida rara, sumamente inusual: aquél que va a morir se despide de aquél que ya está muerto. ¿Qué podía hacer la joven Julia en medio de esa despedida? La hermosa Julia, aunque siempre discreta, la Julia tan llena de vida y fuerza, ¿qué podría hacer ella entre el que se muere y el que parece no estar vivo desde hace mucho?

Tenía la sensación de que, si aquellos dos hombres hablaran entre sí, no entendería una sola palabra. Aunque hablaran la lengua común, ella, Julia, como si de una tonta o una retrasada mental se tratara, pensó, no comprendería el sentido de una sola frase.

Entonces, mientras algo que le era completamente ajeno ocurría entre dos hombres –entre padre e hijo–, Julia pensó en sí misma, ahora tan sólo en sí misma. Y pensó, en aquel preciso instante en lo mucho que empezaba a urgirle encontrar un marido y, por encima de todo –no encontrar (acto que parecía depender poco de la energía y la voluntad individuales) sino hacer (palabra mucho más firme), lo mucho que le urgía hacer un hijo.

Hay pensamientos que, por mucho que uno se convenza de que no los puede tener, debido a cierta ley moral, no puede en realidad dejar de tenerlos. Eso mismo ocurrió con Julia en aquellos instantes en los que, estando a solas, se obligaba a pensar en otra cosa que no fuera el equilibrio o el desequilibrio de los apoyos del señor Buchmann.

Julia pensaba en su jefe, en el hombre que, a raíz de un encuentro casi fortuito, le había cambiado la vida, y sentía, por mucho que tratara de evitarlo, que aumentaba su distancia respecto a aquel estado de decadencia. En ese momento necesitaba a un hombre joven, fuerte, que la hiciera avanzar. Aquello que ahora la rodeaba ya no era su mundo. Ella era joven.

Julia abandonó rápidamente estos pensamientos impropios del lugar en el que se hallaba. Además, el señor Buchmann volvía ya (¿de dónde?, he ahí una buena pregunta; ¿y de qué?, podría añadirse). Regresaba en definitiva –podría contestar alguien que observara los hechos de un modo simple– de las inmediaciones de una tumba y (¿de qué?) de un diálogo. La única duda era si en ese diá­logo habría hablado o sencillamente escuchado.

PEQUEÑOS MOVIMIENTOS QUE SE PIERDEN EN UN PEQUEÑO VIAJE

2

Julia revela una atención cuidadosa que no se suspende jamás. Lo protege en todas las situaciones y en todo momento. Se anticipa al pequeño bandazo del tren, apoyándose de tal forma que su propio peso controla el de Buchmann. En los frenazos pone su brazo delante de Buchmann –como una madre con su hijo pequeño– para que no pierda el equilibrio. Le endereza el cuello con sumo cuidado cuando se duerme, tratando de buscarle la mejor postura. En definitiva, Julia es la mujer fuerte, la que cuida, la que se anticipa a los peligros y, llegado el momento, se enfrenta a los enemigos, aunque éstos sean de una escala casi risible.

Un joven, mientras cruza el vagón, debido al vaivén del tren casi cae sobre el señor Buchmann, quien se había vuelto a quedar dormido: he ahí un enemigo al que se enfrentó. Una mujer de complexión robusta había subido al tren en una estación intermedia y se había sentado enfrente de Buchmann, ocupando por la naturaleza de su volumen corporal una gran porción de espacio que no le pertenecía: he ahí otro enemigo al que Julia se enfrentó mientras el señor Buchmann dormía, totalmente despojado del menor instinto de defensa, con la boca abierta de forma ostensiva y un pequeño hilo de saliva asomándole por la comisura de los labios, un hilo que no paraba de renovar, por más que Julia se lo limpiara una y otra vez.

Finalmente, llegaron al punto de partida, a la estación. Julia con la sensación de que habían llegado “sanos y salvos”, y el señor Buchmann manifestando también otra disposición, cierta alegría, podría decirse, como si hubiese cumplido un deber y al mismo tiempo extinguido cierta clase de temor que Julia no alcanzaba a entender.

Cabe señalar que, en este regreso, ya más tarde, en la estación y en todos los momentos que le siguieron, ni una sola vez repitió el señor Buchmann aquel tic suyo de acariciar, rodar, manipular la llave de aquí para allá con la mano izquierda metida en el bolsillo. Y todo porque no había regresado con la llave que había llevado a la ciudad natal de su padre, Frederich.

UNA INTIMIDAD IMPREVISTA
JULIA

1

El doctor Lenz Buchmann está acostado con los ojos abiertos, y Julia, sentada de lado en la cama, le acaricia el rostro, como tantas veces.

Aquel día, sin embargo, ocurrió algo distinto. Había algo en el cuerpo de Buchmann que reaccionaba; estaba excitado.

Julia lo percibió y, con naturalidad, su mano empezó a bajar del rostro del señor Buchmann hacia el pecho primero, y luego hacia su pene.

Lo tocó, primero levemente, casi sin querer, pero luego su mano regresó y sus dedos rodearon la base del pene del señor Buchmann. Despacio, empezó a subir los dedos y a bajarlos, a subir y bajar, siempre despacio, como si no estuviese allí y sus dedos no estuviesen haciendo aquello.

Julia Liegnitz continuó. Era la primera vez que aquello ocurría. Ni tan siquiera sabía con seguridad si debía seguir o, detenerse. No se atrevía siquiera a mirar el rostro de Buchmann, no quería hacerlo. Lo único que comprendía era que él no decía palabra, guardaba un silencio absoluto, lo que para ella significaba que debía seguir, y seguía, subiendo y bajando la mano, siempre al mismo ritmo, como si tuviera todo el tiempo del mundo. No había prisa.

Se atrevió entonces a mirar a Buchmann por el rabillo del ojo. Tenía los ojos cerrados, lo que en un primer momento asustó a Julia. Le vino a la mente la idea de que el doctor Buchmann se había muerto allí, en aquel instante; pero no. Tenía los ojos cerrados pero estaba despierto y su respiración era perceptible. Apartó una vez más los ojos de su rostro y siguió subiendo y bajando la mano a lo largo del pene del doctor Lenz Buchmann, vicepresidente del Partido, en rigor todavía el segundo hombre más importante de la ciudad, hijo del difunto Frederich Buchmann, militar de renombre que había dado un nuevo impulso a la fortuna de la familia, una familia que, con este hijo suyo, había alcanzado el grado de reputación más elevado al que podía aspirar cualquier familia.

Pero de repente, en este instante, un ratón gris, minúsculo, cruza la habitación de punta a punta.

Julia se asusta, detiene instintivamente el movimiento de su mano en el pene de Buchmann y se levanta de la cama, tratando de localizar el ratón con los ojos. ¿De dónde había salido aquel bicho?

Julia, ya de pie, escudriña la habitación. Ya no ve al ratón, ¿dónde se ha metido?

Lenz Buchmann, mientras tanto, ha abierto los ojos. No ha hecho nada más, quizá ya no le queden fuerzas; lo cierto es que no ha hecho un sólo gesto, ni se ha producido ninguna alteración perceptible en la expresión de su rostro.

Julia mira alrededor, entre el susto y el intento de olvidar al ratón, pero enseguida vuelve a sentarse en la cama. Unos segundos de expectativa, tratando de comprender dónde estaba, qué había ocurrido. Y entonces su mano volvió al pene de Buchmann, primero con excesivo ímpetu, y luego, al cabo de pocos instantes, recuperando el ritmo lento de subida y bajada.

Buchmann, mientras tanto, había vuelto a cerrar los ojos.

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