Kitabı oku: «Aprender a rezar en la era de la técnica», sayfa 16

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CAMBIOS SIGNIFICATIVOS EN LA CASA
EL MUNDO NO SE DETIENE

1

Hacía ya dos semanas que Lenz Buchmann había dejado de ejercer control alguno sobre el mundo, más allá del metro cuadrado que lo rodeaba, e incluso esta vigilancia era únicamente visual. Ya no podía levantarse –la debilidad de piernas y brazos no se lo permitía– y su estado había hecho que el sordomudo Gustav, por recomendación de su hermana, llevara a la habitación del enfermo un televisor, un aparato que Lenz Buchmann siempre había despreciado porque invitaba a una pasividad que, como es natural, le resultaba intolerable. Pero el aparato se quedó sobre el mueble colocado frente a la cama y, en los días que siguieron, permaneció encendido.

Dos hechos, el agravamiento todavía más alarmante del estado de Buchmann y la formalización del testamento que los situaba –así lo creía Gustav, aunque los bienes pertenecieran sólo a Julia– de modo formal y legal en otra posición, ambos hechos combinados dieron pie a que los dos hermanos Liegnitz se hallaran ante una serie de tareas administrativas de una complejidad enorme.

Cabría decir que el sordomudo, como seguía llamando Buchmann a Gustav, había perfeccionado con gran rapidez sus capacidades de decisión. En pocas semanas –él sólo, con el beneplácito de Julia que, aquejada de cierta apatía e indiferencia, seguía aplicando la mayor parte de sus fuerzas a los cuidados que requería Lenz– se tomaron diversas decisiones relevantes, desde el despido de un empleado al que Gustav, decididamente, no soportaba, hasta la venta de una pequeña parcela de terreno. Una parcela irrelevante pero que les permitía, mientras se resolvían otras cuestiones más morosas, satisfacer una serie de necesidades económicas urgentes.

Por otro lado, si durante aquellos días un antiguo frecuentador de ese espacio hubiese entrado en la casa que antes había sido de los Buchmann, habría quedado sin duda consternado, se pellizcaría varias veces y volvería a la puerta principal para comprobar si no se había equivocado de número. En efecto, la casa había sufrido profundas alteraciones en su interior. Desde el mobiliario a los objetos –tanto en lo tocante a su ubicación como al contenido material de los mismos–, definitivamente todo lo que pertenecía a la casa anterior, por así decirlo, estaba en otro sitio o había desaparecido sin dejar rastro.

Como si se tratara de una inundación muy lenta pero ininterrumpida, llegaban día tras día objetos nuevos, papeles y carpetas de trabajo del sordomudo y de Julia, y ahora también, sin la menor contención, múltiples objetos, fotos y dos pesadas piezas de mobiliario heredadas de la familia Liegnitz. Puesto que, como era evidente, el contenido de la casa anterior no se había evaporado del todo, la que era ahora objetivamente la casa de Julia Liegnitz revelaba una mezcla casi grotesca de elementos, materias y gustos que era, al fin y al cabo, la mezcla de materias y gustos de dos familias con tradiciones, hábitos e historia totalmente distintos.

Sin embargo, como se ha dicho ya, esta nueva casa estaba aún en ebullición; las cosas avanzaban.

AVANZAR HASTA EL FINAL
LA CERRADURA

1

Cierta mañana, minutos después de que Julia saliera de casa para resolver algunos problemas urgentes, habiendo dejado al señor Buchmann cómodamente dormido, Gustav Liegnitz, el sordomudo, decidió que no pasaría de aquel día. Lo había pensado varias veces y había tomado una decisión. Por ese motivo, aquel día no hubo siquiera tiempo para preparativos de ninguna clase. Sabía que su hermana se opondría, así que debía aprove­char el momento.

Subió a la primera planta después de asomarse a la habitación de Lenz, que dormía profundamente, y allí, en la planta de arriba, delante de la puerta cerrada de la biblioteca, hizo con la mano derecha el primer movimiento brusco, sacudiendo hacia delante y hacia atrás el pomo de la puerta.

Nadie sabía dónde estaba la llave de la biblioteca. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba la llave? Buchmann no recordaba dónde la había guardado, y Julia, que revelaba un nulo interés por el contenido de la biblioteca Buchmann, se había desentendido del tema. Así pues, aquella estancia llevaba meses languideciendo, cerrada. Era la única de la casa en la que los Liegnitz no habían entrado todavía.

El sordomudo –con pequeños meneos y sacudidas hacia delante y hacia atrás, a izquierda y derecha– intentó primero forzar la cerradura. Sin embargo, pronto se hizo evidente que iba a necesitar mucha más fuerza.

Entonces el sordomudo, el más joven de los Liegnitz, se alejó un poco de la biblioteca y se detuvo unos segundos. De pronto, cuando cabría suponer que se disponía a registrar la casa en busca de herramientas que pudieran ayudarlo a abrir la puerta, resultó que, quizá para su propia sorpresa, embistió la puerta de la biblioteca de lado, con todo el peso de su cuerpo. Aquel estruendo casi no tuvo tiempo de seguir su curso –es decir, de reducir su volumen paulatinamente hasta desaparecer–, pues justo después vino otro estruendo, y luego otro, y otro más: cuatro, cinco, seis, ocho, nueve veces arrojó el peso de su cuerpo contra la cerradura. Él lo oía como alguien que se halla sumergido en una piscina alcanza a oír un grito que llega de fuera. Gracias a su deficiencia física, lo que él mismo hacía pare­cía ocurrir muy lejos de él.

Sin embargo, en la cabeza de Gustav, el sordomudo, algo se había fijado de forma definitiva, y ya no era posible retroceder. Había una tarea que cumplir –forzar aquella puerta– y no saldría de allí hasta haberla cumplido.

Lo siguiente fue una patada, primero de frente. Luego, acaso porque le pareció que de ese modo concentraría más potencia, vuelto de espaldas hacia la puerta, dio una patada hacia atrás, una coz, ésa es la palabra, y otra coz, y otra más, y de pronto aquella masa humana sólo parecía capaz de ejecutar movimientos que, vistos desde fuera, podrían calificarse como animalescos.

Retrocedía varios metros y luego avanzaba como un toro. A toda velocidad y siempre de lado, para no hacerse daño, embestía la puerta como si fuera en aquel momento no un hombre, sino una masa compacta hecha para derribar. Se concentraba todo él –miembros hacia dentro y hombros también curvados hacia el centro de su persona– y avanzaba con toda su potencia contra la puerta, provocando una impresionante sucesión de estruendos.

En un momento determinado, en medio de todo aquello, le vino a la mente la idea de que aquel ruido, que entraba en él con la forma de un estrépito lejano y minúsculo, pero que en el exterior tendría sin duda otra intensidad, podría haber despertado ya al señor Buchmann. Sin embargo, borró al instante este pensamiento con la exclamación interior: ¿y a mí, qué?, y también con la percepción inmediata de que, aunque Buchmann oyera algo, no podría subir al primer piso. La sensación de esa debilidad ajena le dio nuevos bríos, y olvidando el dolor que sentía ya con gran intensidad en uno de los lados del cuerpo y en los brazos, Gustav Liegnitz, el sordomudo, en una tarea de gran esfuerzo físico que para él discurría casi en silencio –lo que en cierto sentido lo tranquilizaba, o cuando menos evitaba que se pusiese nervioso–, concentrando sus últimas fuerzas, se alejó unos buenos cuatro metros de la puerta ya medio destrozada, se abalanzó sobre ella y ¡pam!, un estruendo, la cerradura cedió, la puerta se abrió, y sin posibilidad alguna de frenar, Gustav Liegnitz se vio de pronto proyectado, como una bala pesada, contra el suelo de la biblioteca de los Buchmann.

Todavía en el suelo, miró a su alrededor y comprobó que en realidad no había más que libros. Pero estaba contento, muy contento.

LA COMPASIÓN ES ETERNA
LA LIMOSNA, NO

1

A veces, el vagabundo cuyo nombre en otros tiempos Lenz nunca había sabido, llamaba a la puerta para pedir comida y limosna. Siempre era Julia la que salía a abrir, y a sabiendas de que había sido y era todavía –pues Lenz aún no había muerto– un protegido de la casa, le ofrecía una comida completa que envolvía cuidadosamente y le entregaba. No tenía ni la más remota idea de las incontables escenas íntimas que el vagabundo había presenciado en aquella misma casa, casi siempre en la cocina, con el doctor Lenz Buchmann y su difunta esposa. Y el vagabundo, ése que gracias a su instinto de supervivencia siempre activo había comprendido que algo había cambiado radicalmente en aquel lugar, guardaba la más absoluta discreción respecto a la intimidad que había tenido con aquel hombre poderoso.

A veces se interesaba por la salud del amo de la casa:

–¿Cómo está el doctor Buchmann?

Julia respondía en términos vagos, a veces con un mentiroso Está mejor, o bien Va mejorando, y el vagabundo decía que se alegraba y le pedía que le transmitiera un saludo respetuoso, le decía que les estaba muy agradecido, a él y a la señorita, por toda su amabilidad, y se mostraba convencido de que la próxima ocasión en la que volviera a aquella casa sería el doctor Lenz quien saldría a recibirlo, rebosante de salud.

Por descontado, los días fueron pasando y todos los estados, ya fueran de las personas sanas o de la persona enferma, fueron cambiando, como es propio de la naturaleza humana cuando se mezcla con el tiempo; y alguna que otra reacción agresiva de Gustav o de la propia Julia –así como la paulatina merma de la calidad y cantidad de la limosna– hicieron que el vagabundo, poco a poco, dejara de volver a aquella casa con la frecuencia habitual. Hasta que por fin, para alivio de los Liegnitz, nadie volvió a verlo por aquellos lares.

NO OLVIDAR LO QUE NO PUEDE CAER EN EL OLVIDO
APRENDER A LEER

1

Como se ha dicho ya, la memoria de Lenz fallaba de un modo que consternaba a cualquiera que se hallara en su compañía.

A lo largo de la gradual evolución de la enfermedad, y sobre todo a partir del momento en que se hizo evidente en la ciudad que Lenz no estaba sencillamente enfermo sino muriéndose, las visitas se fueron sucediendo con una frecuencia notable. Antiguos colegas del hospital, ex compañeros del Partido, parientes lejanos, un sinfín de personas se acercó a su lecho (y luego, con toda naturalidad, se alejó). Solamente el presidente Kestner, debido a sus múltiples compromisos oficiales, no pudo visitarlo aquellos días.

No sin cierto sobresalto, las visitas se topaban en un primer momento con aquel resto de cuerpo, un cuerpo que parecía estar desapareciendo por dentro, succionado por un mecanismo de degradación que parecía ser ya lo único que funcionaba en su interior. Pero a ese primer sobresalto de la degradación física le seguía otro que socavaba, con cada visitante que pasaba, una serie de convicciones que albergaban sobre la existencia humana, la capacidad de decisión y la voluntad. Este segundo sobresalto resultaba de la comprobación de que Lenz ya no recordaba a nadie ( Julia decía, en un esfuerzo por avivarle la memoria: Señor Buchmann, éste es el médico que lo operó, ¿se acuerda?).

¿Se acuerda?

Buchmann no se acordaba.

No se acordaba de los nombres, ni de las circunstancias en las que había conocido a aquellas personas, ni de los hechos, ni de lo familiar que le había resultado determinado rostro, etcétera, etcétera. Y éste era uno de los detalles que más consternaban a quienes habían sido íntimos suyos: el trato formal que dispensaba a todos: ¿Dónde dice que nos conocimos usted y yo?

A veces daba la impresión de que la debilidad no había suspendido el instinto de seguridad que siempre lo había llevado a apartarse de los hombres, manteniéndolos a cierta distancia. Si antes recurría a argumentos, miradas o decisiones, ahora que se hallaba totalmente expuesto y frágil se defendía, quizá de forma intuitiva, sin ser consciente de ello, pero se defendía al fin al cabo con aquel usted, con aquella forma distante de tratar a cualquier persona.

El estado de su memoria era grave. Y la degradación avanzaba a gran velocidad. A una velocidad casi incomprensible. Aún no había ocurrido con Julia, pero días antes Lenz Buchmann había sido incapaz de reconocer a Gustav Liegnitz. ¿Éste no habla?, había llegado incluso a preguntar a Julia, a lo que ella le había contestado que aquel hombre era su hermano, que vivía allí desde hacía meses. Era Gustav Liegnitz –y repetía el nombre con intensidad–, el responsable del mantenimiento de toda la casa.

En determinadas ocasiones, sin embargo, parecía recuperar la memoria de pronto, en un acceso de clarividencia que poco después, ya fueran minutos u horas, desaparecía.

Poseedor aún de una mínima conciencia de cuanto le estaba ocurriendo, una conciencia que, en algún lugar recóndito de aquel cuerpo cadavérico, procuraba resistir, cierta mañana Lenz se despertó con la sensación, que más tarde confirmó, de que no recordaba el nombre de su padre.

Aquel mismo día pidió a Julia que apuntase el nombre completo de su padre y que guardara el recordatorio en su mesilla de noche.

¿Frederich?, había preguntado la primera vez que había leído el nombre escrito en la hoja. Julia se lo había confirmado:

–Frederich Taubert Buchmann, ése era el nombre completo de su padre.

–¿Frederich? –insistía Lenz.

–Sí –le aseguraba Julia–, ése era el nombre de su padre.

En los días siguientes, por la noche, Lenz Buchmann pedía la hoja con un gesto casi imperceptible, y Julia se la ponía en las manos. Luego, en lo que parecía el ejercicio de un niño que empieza a leer, Lenz murmuraba el nombre escrito, el nombre de su padre, y lo repetía varias veces hasta que, cansado, pedía a Julia que guardara el papel con cuidado. A continuación se dormía.

EL CENTRO SE DESPLAZA
HASTA EL SORDOMUDO QUIERE PARTICIPAR

1

En la última fase de la enfermedad del doctor Buchmann, su relación con el sordomudo Gustav cambió de modo drástico.

Gustav Liegnitz había soportado mucho a lo largo de la vida. Era objeto de burlas desde la infancia. Se había relajado un poco más tarde, al verse rodeado de adultos que, por lo menos, controlaban el sarcasmo y la sensación de superioridad que experimentaban sobre él. Sin embargo, esto no le había permitido bajar la guardia en ningún momento.

Comprendía que, pasara lo que pasara a su alrededor o con él, ya se enriqueciera o no, ganara prestigio o no, ascendiera o no profesionalmente, tuviera o no a su lado a una muj er hermosa, siempre sería un sordomudo, alguien que no oye a su alrededor más que sonidos lejanos –los otros sólo existían por mediación de los movimientos– y que intenta comunicarse a través de una serie de mmms arrastrados. Esta sensación de acoso de la que nunca había podido liberarse había vuelto en los últimos tiempos de forma más marcada y profunda debido a su proximidad respecto del doctor Lenz Buchmann. El cambio absolutamente radical que éste había aportado a su vida –lo que Gustav tenía ahora ante sí era muy distinto a lo que años antes podía haber soñado siquiera–, aquel cambio casi mágico se había visto aplastado en parte por el sarcasmo y la superioridad con los que Lenz siempre lo había tratado mientras estaba sano y fuerte pero también, y por extraño que parezca, de un modo todavía más intenso, tras la enfermedad. De hecho, no recordaba que, antes de caer enfermo, Lenz se hubiese referido a él con el apelativo de sordomudo en lugar de emplear su nombre. Y utilizaba este término tanto en su ausencia –¿Dónde está el sordomudo?– como en su presencia: ¿Qué, sordomudo, ya has vuelto?

Por todo ello no era de extrañar que, a medida que Buchmann iba perdiendo capacidades, primero físicas y luego mentales, algo se transformara también en el cuerpo, los movimientos y en toda la estructura mental de Gustav Liegnitz. No se trataba de planear su venganza ni nada parecido. Muy al contrario: una parte de Gustav sentía una profunda gratitud –no podía ser de otra mane­ra– por el modo en que el doctor Buchmann había transformado la vida de su hermana y la propia. Así pues, no se trataba de una venganza ni de ningún acto de grandes dimensiones, sino más bien de la sensación de que, día tras día, la posibilidad de usar el sarcasmo desde arriba hacia abajo pasaba cada vez más de las manos de Lenz a las propias. Y él, Gustav Liegnitz, era un hombre, no desperdiciaba algo pudiendo utilizarlo.

Fueron surgiendo así pequeños episodios que se tradujeron en un cambio en el punto de origen del sarcasmo. El centro cambiaba de posición.

Eran anécdotas insignificantes. Gustav –así lo sentíatenía ahora derecho a burlarse del doctor Buchmann, si bien de forma contenida, sin que éste lo notara, porque tenía también la fuerza para hacerlo. Minucias, nada más, a excepción de un episodio en concreto.

BROMAS QUE SE LE PUEDEN HACER A QUIEN HA PERDIDO LA RAZÓN

2

Hablemos de ese episodio.

Julia, por primera vez a lo largo de aquel último año, se vio obligada a ausentarse dos días de la antigua casa de los Buchmann, la que era ahora la casa de los Liegnitz, por más que nadie en la ciudad la tuviera por tal. Siendo Julia la única propietaria legítima de los bienes de Lenz Buchmann, sólo ella podía desencallar una serie de trámites burocráticos relativos a antiguas propiedades que seguían a nombre del padre de Lenz. Así pues, hubo de desplazarse de nuevo a la ciudad natal de Frederich Buchmann, esta vez sin la compañía de Lenz.

Cuando se vio a solas en el tren, sin la necesidad de canalizar toda su vigilancia y atención hacia otro cuerpo, Julia experimentó un profundo alivio. Hacía muchos meses que no se separaba de Lenz Buchmann y por primera vez, a causa de las gestiones que debía realizar, se disponía a pasar dos noches a solas, fuera de casa.

Con Buchmann, además de Gustav Liegnitz, se quedó una enfermera contratada específicamente para aquellos dos días. El estado de la enfermedad requería la presencia de otra persona que cuidara de él, y Gustav no estaba hecho para ciertas tareas que implicaban a veces actos prácticos de higiene, capaces de herir determinado tipo de sensibilidades. Lenz Buchmann ya no necesitaba a un hombre o una mujer a su lado, sino tan sólo a una enfermera. En ese sentido, todo se desarrolló según lo previsto: la enfermera cumplió con su deber.

Pero fue en aquellos dos días de ausencia de Julia que ocurrió el suceso que podrá arrojar algo de luz sobre el carácter de Gustav Liegnitz, dada la maldad inútil acontecimiento, de la que ni siquiera sacó provecho alguno. Se vengaba, tenía accesos de ira, se enfadaba, aprovechaba la fuerza cuando la tenía, intentaba sobrevivir cuando era la parte débil. Así era Gustav.

La primera noche de ausencia de Julia, sin saber muy bien cómo justificar semejante acto, sin haberlo planeado siquiera, en un momento en que Buchmann se había quedado dormido –en realidad, se pasaba la mayor parte del día durmiendo–, Gustav cogió la hoja en la que estaba escrito el nombre del padre de Buchmann (la hoja que, cada noche, Lenz leía y murmuraba repetidas veces para no olvidarlo) y la cambió por otra en la que escribió no un nombre, sino una frase.

Lo cierto es que Buchmann, ya sin la menor noción de la realidad y desprovisto de cualquier arma de defensa, leyó durante dos noches aquella frase patética, vergonzosa, que atentaba contra sus valores más íntimos, pero la leyó de un modo infantil, sin consecuencias, y la leyó, si bien con extrañeza, convencido de que leía y repetía el nombre de su padre.

Tras este suceso protagonizado por Gustav del que nadie se percató, pues retiró la hoja antes de que Julia regresara, Lenz Buchmann, de nuevo con la hoja correcta, retomó sin el menor sobresalto, como si nada hubiese ocurrido, como si siempre hubiese leído lo mismo, aquel ejercicio desesperado de intentar retener en su cabeza hasta el final el nombre de su padre, el importante hombre de armas Frederich Taubert Buchmann.

Frederich Taubert Buchmann, Frederich Taubert Buchmann, repetía, incansable, con esfuerzo, el moribundo Lenz. Ésa era su última tarea.

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