Kitabı oku: «Aprender a rezar en la era de la técnica», sayfa 17
UNA SORPRESA DETRÁS DE LA ESPALDA
ESTIRAR Y ALARGAR
1
Hacía varios días que Julia había vuelto cuando su hermano, el sordomudo Gustav, se le presentó sonriendo, con las dos manos detrás de la espalda.
Con sus mmms esforzados dijo, y Julia comprendió, algo parecido a: ¿Quieres ver qué tengo detrás de la espalda?
Julia sonrió. Tan tenso era el ambiente en los últimos tiempos que no podía desperdiciar semejante alegría, explícita en el rostro de su hermano. Le vino a la mente la idea de un regalo, de que su hermano se hubiese acordado de ella por algún motivo, de su esfuerzo por mantener aquella casa en orden y, sobre todo, por cuidar a Buchmann.
Sin perder la sonrisa, Gustav sacó las manos de detrás de la espalda y le enseñó un pequeño ratón en una ratonera, muerto. Julia soltó un grito. El pequeño roedor gris estaba deshecho; la cabeza había quedado prácticamente degollada por el impacto del metal y sólo unos hilos, unas débiles conexiones, lo mantenían como una pieza, por así decirlo.
Por otro lado, el resto del cuerpo que no había quedado atrapado por la parte de la ratonera que aplastaba, había sido afectada por contaminación y, pese a no estar deshecho, como ocurría con la zona que antes mantenía la cabeza pegada al resto del cuerpo, parecía haberse alargado y acortado a la vez. De hecho, daba la sensación de que ésa, precisamente, había sido la causa de la muerte: dos fuerzas habían actuado allí al mismo tiempo y un sólo cuerpo no había podido soportar los efectos simultáneos de una fuerza que quería acortar –quizá la voluntad del ratón (¿o sería la intención de la ratonera, la de acortar?)– y otra fuerza que quería estirar al máximo.
Julia estaba horrorizada, pero no apartó la mirada. Para sus ojos, no acostumbrados al funcionamiento de una ratonera, todo resultaba extraño: ¿habría sido el ratón el que había querido estirarse para llegar al alimento o habría sido la ratonera la que –como dos hombres que tiran en direcciones opuestas– había obligado a aquel cuerpo a extenderse por un área más amplia de la que podía soportar un cuerpo vivo?
Gustav murmuró entonces algo como: Lo he cogido. Y Julia, asqueada, insultó a Gustav por haberle enseñado aquello.
Gustav añadió aún con sus gestos que, según creía, por su ubicación y la cantidad de excrementos hallados, aquél era el único ratón que había en la casa. Y lo había cazado.
ÚLTIMO EXAMEN
BUSCAR COSAS GRANDES
1
La decadencia física de Lenz era imparable, y la presencia del médico que lo acompañaba desde el principio era, por aquellas fechas, puramente simbólica.
Sin embargo, Julia asistió a lo que podía considerarse el último examen antes de la muerte, realizado por el doctor Selig, uno de los nombres importantes de la medicina en aquellos tiempos, lo que no hacía más que demostrar el poder y el respeto que cuerpo decadente poseía e imponía, incluso estando tan cerca del fin.
A Julia todo aquello le pareció una extraña forma de autopsia, una autopsia con la presencia vigilante del muerto, una autopsia no intrusiva, que avanza exclusivamente a lo largo de la superficie del cuerpo, pero que aun así conserva el carácter, cuando menos aparente, de exhaustividad y rigor. Julia asistió a todos aquellos procedimientos, que empezaron –lo que causó extrañeza– por el cuero cabelludo del doctor Buchmann.
Julia tenía la sensación, por absurda que pareciera, de que el doctor Selig buscaba piojos en el cuerpo moribundo de Buchmann. Como si los piojos (y su hipotética existencia) tuviesen la menor importancia en aquel momento. Y llegó incluso a plantearse la necesidad de intervenir y hacerle notar al doctor Selig que, por mucho respeto que le mereciera la ciencia, de lo que se trataba ahora era de descubrir cosas grandes y derribarlas. Ya habría tiempo para los pequeños problemas.
Pero era evidente que no se trataba de eso, el doctor Selig no buscaba piojos en el cuero cabelludo de un Buchmann pasivo, sino algo distinto. Quizá cierta clase de coloración, una falta de pelo que simbolizara algo. Al fin y al cabo, ¿qué sabía Julia de medicina? Debía limitarse a observar, observar y no decir palabra.
Y Julia no dijo palabra.
EL MARTILLITO DE JUGUETE
2
Así pues, como se ha dicho ya, el doctor Selig empezó por el cuero cabelludo y, tras examinar todas las zonas intermedias del cuerpo, terminó en las plantas de los pies desnudos. En cada una de las partes del cuerpo de Buchmann el médico se detenía, observaba, analizaba, y apuntaba a veces una frase en su bloc. Hizo incluso, con la escasa colaboración de Buchmann, pequeñas pruebas. En la planta de los pies, por ejemplo, utilizó un pequeño martillo que a Julia le recordaba un juguete, el martillo de un niño que juega a las construcciones. Sin embargo, allí no se trataba de jugar, sino de todo lo contrario. El tono y el ambiente de la sala eran de una seriedad solemne. Nadie sonreía. El médico ni siquiera hacía, contrariamente a lo habitual en tales situaciones, una pequeña broma destinada a relajar a los presentes. Era un técnico, eso estaba claro, y sin duda sería muy bueno a ese nivel objetivo, pero se notaba en aquel momento –Julia lo percibió– que aún le quedaba algo por aprender. Era evidente que en medio de aquellas pequeñas pruebas que exigía a Buchmann –Hable un poco para que pueda valorar su voz. ¿Puede mover bien las piernas y los dedos de los pies?–, en medio de aquel examen que parecía reproducir algún examen básico de la enseñanza primaria, en medio de aquella tensión, era evidente la necesidad de una frase más alegre por parte del médico. En la proximidad de quien se estaba muriendo había que mantener, en la medida de lo posible, una atmósfera relajada. Ya no había nada que perder ni ganar.
Y ése fue el único fallo de aquel examen, el último examen al que hubo de someterse el moribundo Lenz Buchmann, realizado por el doctor Selig: la ausencia de humor.
¿Y por qué hacía el médico aquella clase de pruebas? Julia tenía la impresión, sin duda equivocada, de que se complacía en confirmar mediante pequeños exámenes lo que cualquier persona, como ella misma, sin estudios significativos, valiéndose tan sólo de sus ojos, podía comprender. Una complacencia morbosa en la confirmación de la debilidad ajena, una debilidad sin retorno.
EL PESO QUE LA MANO SOPORTA (PREGUNTAS DIFÍCILES)
3
Una de las pequeñas pruebas que el doctor Selig realizó consistía en comprobar qué peso eran todavía capaces de soportar las manos de Lenz. Aunque desde el punto de vista técnico no fuera posible clasificarla de este modo, la mano izquierda de Lenz estaba en realidad muerta. Ya no existía en cuanto mano, entendida como una parte del cuerpo hecha para tomar, tirar de algo, sujetar, empujar. La mano izquierda de Lenz no tenía fuerza siquiera para sujetar durante dos segundos una hoja de papel. De hecho, fue ésa la prueba a la que la sometió el doctor Selig.
¿Por qué motivo lo hacía?, era lo que Julia no podía dejar de preguntarse. Le parecía una humillación inútil.
El objetivo era comprobar cuántos segundos lograba la mano izquierda de Lenz mantenerse suspendida en el aire, por encima del colchón. La hoja de papel era importante, no por su ínfimo peso sino como señuelo, como un pretexto para que la mano de Lenz se irguiera. Constituía el intento de dar un sentido a aquella prueba. Era hasta tal punto un pretexto que evidenció que el doctor Selig había improvisado un poco, pues sólo al ver que Buchmann no tenía el menor interés en levantar la mano le propuso aquella tarea de mantener una hoja de papel en el aire durante unos segundos.
Fue él mismo, el médico, quien sin pedir permiso, y en un gesto que en otras circunstancias se hubiese considerado una grosería, cogió la hoja que estaba allí mismo, muy cerca, en la mesilla de noche del señor Buchmann.
Por descontado, lo que estaba escrito en la hoja no era importante, y lo cierto es que Julia no se percató de aquella intromisión, si bien involuntaria, en la intimidad de Buchmann. Ella pensaba en otras cosas, muy lejanas, y lo importante para el examen era la hoja en sí, el material, el cebo que permitiría comprobar hasta qué punto lograba la mano de Buchmann mantenerse unos segundos en el aire.
Lo cierto es que la mano izquierda de Lenz ni siquiera se alzó, por falta de fuerza (evidente) y también acaso por desinterés.
En cambio, con la mano derecha, el resultado fue distinto. En este caso, Lenz Buchmann logró levantar unos centímetros la mano, y el doctor Selig acudió en su ayuda al instante, colocando los dedos del moribundo en pinza para que cogiera la hoja con la fuerza posible.
Ahora, dijo el doctor Selig, intente mantener la mano en el aire todo el tiempo que pueda. Pero no bien había terminado la frase, la mano derecha del moribundo cayó, volviendo al cómodo soporte del colchón.
Fue Julia quien recogió la hoja, y sólo entonces comprendió que era la misma en la que había escrito el nombre completo del padre de Lenz, Frederich Buchmann. Sin embargo, no concedió la menor importancia a este hecho. En realidad, no había tiempo para hacerlo. El doctor Selig ya había pasado de las manos al pecho de Buchmann este, y al modo en que sus pulmones respiraban.
–Inspire profundamente –le pedía el doctor Selig–, y luego saque el aire de golpe con todas sus fuerzas.
El doctor Selig pedía esto a Lenz mientras, junto a la cama, de pie, a unos metros de este examen implacable, un examen que, como se ha dicho ya, parecía de escuela, que planteaba preguntas básicas pero al mismo tiempo juzgaba las respuestas con un rigor neutro e impenetrable, mientras se desarrollaba este examen, decíamos, Julia, como un alumno adelantado que le susurrara la lección a otro menos brillante, junto a la cama y de pie, sin ser consciente de ello, inspiraba lo más profundamente que podía y espiraba a continuación, haciendo así, con la contención posible pero sin necesidad alguna, lo que el señor Buchmann ya no podía hacer.
TERCERA PARTE
MUERTE
EL SUICIDIO SE PREPARA
DE TAL PALO, TAL ASTILLA
1
Los fugaces momentos que aún le quedaban de conciencia habían permitido a Lenz Buchmann tomar una decisión. Como no podía ser de otro modo, se la había comunicado a Julia, que pese a la conmoción no había reaccionado de forma irracional.
Sabía en qué estado se encontraba, ya no la salud –hacía mucho que en aquella casa no se usaba este término– sino la enfermedad de Lenz, y conocía también la devoción que sentía por determinados principios de la familia Buchmann. El señor Buchmann le había hablado de ello mucho tiempo atrás, cuando Julia Liegnitz todavía ejercía, con una evidente calidad profesional, las funciones de secretaria.
El padre, Frederich, se había suicidado de un tiro en la cabeza, y para él, un Buchmann, la idea de que no podía morir más que por la fuerza del metal era una idea firme e innegociable. Pero Lenz, en aquel momento de la enfermedad, necesitaba ayuda para cumplirla.
¿Qué había ocurrido para que llegara a una situación tan humillante? ¿Qué había ocurrido para que, en aquel momento, comprendiera de un modo claro que no tenía fuerza objetiva, muscular, orgánica? ¿En qué había fallado para llegar hasta el punto de no poder coger una pistola y dispararse a sí mismo? ¿Cómo había llegado al extremo de no poder cumplir con su cuerpo y por sus propios medios una determinación antigua?
De hecho, el joven Lenz de dieciocho años, al igual que el después prestigioso médico o, más tarde, el político, jamás había tenido la menor duda al respecto. Por la educación que había recibido de su padre Frederich y, más tarde, por el propio ejemplo práctico de este, había quedado claro que ningún Buchmann que se preciara podía morir de enfermedad, de un modo gradual. Sólo una muerte violenta, brusca, era aceptable. En un accidente, en la guerra o mediante el suicidio. No había otra forma de abandonar la habitación, en palabras de Frederich.
Además, la muerte por enfermedad de su hermano Albert había hecho todavía más evidente que los débiles mueren de forma débil, y que él, Lenz Buchmann, estaba hecho de otra pasta, estaba hecho de la misma pasta que Frederich y no de los que aprovechan, hasta el último aliento, lo poco que todavía les queda o incluso, a partir de un momento dado, las migajas que todavía les dan.
Y, para colmo, él era el último de aquella rama de los Buchmann. Por todo ello, sentía que había cometido un error. Le venía a la mente la imagen de un grupo de gallinas picoteando las migajas que alguien va dejando a su paso.
Él, Lenz Buchmann, por no tener conciencia completa del estado en que se hallaba en cada momento, se había transformado en uno de esos minúsculos animales que no se rinden hasta el final, apurando la propia existencia hasta que a ésta no le queda nada, ni un trozo que dar. De hecho, ése había sido su error: no se había percatado a tiempo de que, a partir de un momento dado, su enfermedad había saltado un abismo que alejaba ambos lados hasta tal punto que ningún salto humano podría vencerlo. Hacía mucho tiempo que se había quedado sin fuerzas para volver atrás, pero no se había dado cuenta. Hasta entonces, había tenido la convicción de que se recuperaría. A veces, también en los últimos días, en los mencionados accesos de conciencia lúcida, de la vieja conciencia, se veía incluso recuperando el lugar que le pertenecía por voluntad manifiesta de la población: el de vicepresidente del Partido. Se veía incluso en maniobras estratégicas, y hasta imaginaba dónde debería colocar la bomba que mataría al presidente Hamm Kestner.
Así pues, ése había sido su error: la falsa sensación de que aún podía, de que esto aún no se había terminado.
Pero en realidad ya no había regreso posible.
Y fue uno de los días que siguieron al del riguroso examen del doctor Selig que Buchmann pidió a Julia que lo ayudara a morir. No era capaz de sujetar un arma, no tenía fuerzas para hacerlo, lo había comprendido sin lugar a dudas a raíz del examen al que lo habían sometido. Lo único que le pedía era que sujetara el arma, pues quería ser él quien apretara el gatillo. Era su responsabilidad, y no quería dejarle esa última carga.
O TÚ O YO
2
Como se ha dicho ya, conociendo todo el pasado de Buchmann, sus ideas y su conexión, casi inhumana, con la figura del padre y el ejemplo de éste, era evidente para Julia que no podía rechazar aquella petición. Ni siquiera hubiese sido justo.
Para Julia se trataba de la tarea más importante que el doctor Buchmann ponía en sus manos, literalmente. Veía aquella última acción como una tarea en la que no podía, al igual que en todas las demás, revelar incompetencia ni incapacidad.
No obstante, Julia explicó a Lenz que no era capaz de hacerlo.
Durante el día, pensó en una solución. Habló con Buchmann y luego con su hermano Gustav.
Después volvió a hablar con el señor Buchmann a solas. Éste se mostró de acuerdo.
JULIA SE PASEA POR LA CIUDAD
¿QUÉ ESTARÁ OCURRIENDO EN LA CASA DE BUCHMANN?
1
Aquella mañana, Julia salió temprano. Era lo acordado. No podía permanecer en la casa.
Al cerrar la verja de fuera miró hacia atrás, hacia la fachada principal. Allí, si bien con el color negro ya bastante desvaído, seguía leyéndose la frase: ¡Muerte a Lenz Buchmann!
Por lo demás, en la ciudad la situación no había cambiado demasiado. Poco a poco, las múltiples frases ¡Muerte a Lenz Buchmann! habían desaparecido por completo o, cuando menos, habían quedado diluidas por la propia acción de los elementos, en particular del sol. En los lugares más importantes –edificios públicos, la sede del Partido, paredes de hospitales y del parque de bomberos–, la frase se había eliminado en los días siguientes tapándola con una capa de pintura. Cierto es que, aun estando tapada, algunas personas tenían la sensación de que la frase seguía allí, en el mismo sitio donde la habían visto, sólo que soterrada, como si aquel trozo de pared del hospital o de la sede del Partido desprendiera una energía similar a la que desprende el suelo allí donde se sabe que yace enterrado un cuerpo. A veces, al pasar por una de aquellas paredes, un padre le decía a su hijo (al tiempo que señalaba, en el fondo, una pared inocua, limpia, de color uniforme): Éste es uno de los sitios en los que también se escribió ¡Muerte a Lenz Buchmann!
Los lugares públicos habían sido, por tanto, los que pese a todo habían olvidado más rápidamente, por así decirlo, la frase que alguien había escrito en ellos. En otros lugares mucho menos importantes –alguna que otra casa particular–, los vestigios de la frase seguían siendo evidentes, pues los propietarios, menos organizados o incluso descuidados, se habían limitado a darle una sola capa de pintura, por lo que la frase seguía allí todavía, como si gritara desde el fondo de un pozo, con voz ahogada: ¡Muerte a Lenz Buchmann!
Había incluso una casa particular cuyo dueño llevaba muchos años ausente, en el extranjero, y que por ese mismo motivo conservaba intacta la inscripción. Cabe señalar que, entre los lugares que el sordomudo Gustav, de noche y a escondidas, había marcado con aquella frase, esta permanecía y había resistido más en los lugares secundarios que Gustav, de forma aleatoria y por instinto o azar, había elegido como diana. Por el contrario, de la lista de lugares que Lenz Buchmann había planeado señalar con la frase, aquéllos en los que –así se lo había recalcado a Gustav– era realmente importante actuar por tratarse de los lugares más relevantes, la frase había sido objetivamente borrada y, en consecuencia, casi olvidada.
Julia, que sólo más tarde se había enterado del origen de todo aquello, la mañana de sobresalto general en la ciudad se había sentido también sobresaltada e incluso asustada. Alguien, pensó entonces, deseaba la muerte de Lenz Buchmann y incluso quizá la planeaba.
En la ciudad y en sus diversos organismos, aquel suceso había motivado asimismo, como era de esperarse, una serie de trámites de averiguación. Al final no se había detenido a nadie, y tampoco se había demostrado nada objetivo contra nadie. Nadie había hablado de Gustav.
De cualquier forma, esa mañana Julia tenía más cosas en las que pensar que aquellas semanas turbulentas en las que el nombre de Lenz Buchmann, muy enfermo ya, había vuelto, por extraño que pareciera, a dominar la ciudad. Como un fantasma, habían dicho algunos.
¿HABRÁ OCURRIDO ALGO YA?
2
Aunque contempla la frase ¡Muerte a Lenz Buchmann!, casi borrada de la fachada principal de la casa (nunca la habían eliminado por deseo expreso del doctor Buchmann: No quiero que se olvide que me amenazaron), Julia piensa ya en otra cosa.
En aquel momento imagina lo que puede estar ocurriendo dentro de la casa. Y a medida que avanza hacia el centro de la ciudad, su corazón empieza a latir con fuerza. Con cada minuto que pasa, aumenta la probabilidad de que algo esté sucediendo o pueda haber sucedido ya. Julia no puede dejar de pensar en ello.
Siente aún cierto arrepentimiento por no estar presente en el último instante de la vida de Lenz Buchmann, pero piensa también –no puede dejar de hacerlo– en algunos proyectos, en lo que todavía le queda por cambiar en la casa, en lo que habrá que hacer con aquella habitación después de tantos meses de enfermedad allí instalada. Qué clase de limpieza...
Mientras avanza a paso lento –pasea para que la vean, se detiene en los comercios, hace alguna que otra pregunta, compra algo, vuelve a la calle, es vista, ve–, piensa en los detalles del funeral.
Habían hablado de ello en alguna que otra ocasión, y sí, él quería la presencia de mucha gente, como si volviera a ser aquél que está en el centro, aquél del que parten las órdenes y las grandes decisiones. Estaba seguro –se lo había dicho de forma explícita a Julia– de que el hecho de morir con una bala en la cabeza, de forma trágica, brusca, no aceptando por tanto la enfermedad de forma progresiva, estaba seguro de que ese gesto suyo entusiasmaría a la gente, había sido ésa la expresión que había empleado; el suicidio haría que su funeral tuviera una asistencia sin precedentes.
Sabía de sobra lo que ocurriría. La Iglesia, con tal de no perder un momento tan importante, fingiría que no fue un suicidio, sino una simple muerte exigida por la naturaleza, y por tanto participaría con gran pompa en su funeral. Sin embargo, en toda la ciudad, en los diarios, por ejemplo, el hecho quedaría claro, por más que a lo mejor en uno u otro la causa de la muerte apareciera descrita de un modo ambiguo; un suicidio siempre era motivo de conmoción y en los diarios había una especie de pudor a escribir, en letra de imprenta, que alguien se había quitado la vida, sobre todo si la persona se encontraba en un estado de salud precario.
En cualquier caso, de un modo u otro, de una forma más clara o ambigua, ya fuera a través de una conversación en la calle o por cualquier otro medio, la gente sabría que Lenz Buchmann había cometido suicidio, y con ese gesto, Lenz estaba seguro de ello, conquistaría por última vez la atención servil de todos. Era como si, después de muerto, siguieran yendo a pedirle favores, ésa era su ambición.
Julia se halla, por tanto, en plena ciudad, pensando en estas cuestiones y mostrándose, exhibiéndose, siguiendo un instinto poco noble pero incontrolable: ¿Lo ven? Estoy aquí mientras todo ocurre.
Nada me relaciona con el suicidio de Buchmann, he aquí lo que en realidad decía Julia cuando, por décima vez, repetía un simpático pero comedido saludo a un conocido con el que se cruzaba.