Kitabı oku: «Aprender a rezar en la era de la técnica», sayfa 8

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DIÁLOGO ENTRE DOS HOMBRES FUERTES
BAJANDO HACIA LO QUE QUEDA DE LA NATURALEZA

1

Flotaba en el aire el ambiente grave que precede a las grandes alianzas. Lenz Buchmann y Hamm Kestner ni siquiera tomaron asiento. El apretón de manos fue vigoroso, un acto casi solemne que impresionó a Julia Liegnitz, quien se había quedado en el umbral de la puerta a la espera de alguna indicación objetiva.

–¿Qué tal si caminamos un poco mientras charlamos? –propuso Lenz, cansado de estar encerrado en aquella habitación.

Mientras tanto, Julia Liegnitz se retiró.

–Eso es, adentrémonos en la naturaleza –dijo Hamm Kestner–, pero deprisa, mientras la ciudad aún conserva vestigios suyos. Nos queda poco tiempo. –Y se echó a reír.

–Aún queda por lo menos la naturaleza que los humanos representan –repuso Lenz.

Luego Kestner habló de los ciudadanos que, obsesionados con pequeñas técnicas que les resolvieran problemas inmediatos de comodidad e higiene, sólo se emocionaban cuando surgía en el cielo una tormenta que los obligaba a huir hacia los refugios.

–Sólo entonces –dijo Kestner– se acuerdan de rezar y cerrar las verjas con candados.

Lenz se mostró de acuerdo con él, al tiempo que hacía un gesto con la cabeza para señalar la masa de población que se avistaba desde la ventana, de acá para allá, caminando y caminando sin cesar.

–Una decadencia en pleno esfuerzo, que no descansa, que no tiene domingos –dijo Lenz.

RECORRIENDO LAS CALLES DE LA CIUDAD Y CRUZÁNDOSE CON UN LOCO

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Los dos hombres poderosos estaban ya en la calle, caminando ahora en el mismo plano de aquéllos a quienes quienes poco antes veían por la ventana. Pero si bien una mirada distraída podría confundirlos con la multitud, era evidente, en ambos hombres, una confianza y una energía que no se veía en ningún otro rostro. Tan sólo, curiosamente, en el loco, en uno de los locos más conocidos de la ciudad, que se cruzó con aquellos dos hombres, arrancando algunas sonrisas a otras personas por el contraste entre la seriedad y una velocidad ridícula del demente. Sólo en el loco, decíamos, se veía un rostro totalmente conquistado por la autocomplacencia y la confianza indestructible en su particular modo de ver el mundo. Un soberano, de hecho.

Alguien que manda: así avanza el loco por la calle.

Los dos hombres llegaron incluso a volver la cabeza, saludándolo con un ligero asentimiento. Así pues, le prestaron más atención que a las decenas y decenas de personas con las que se cruzaron, personas que querían saludarlos a toda costa, en ese intercambio casi comercial de miradas que brinda un estatuto económico decisivo. El loco, pese a su descontrol respecto al mundo, merecía más respeto que todos los demás, pues por lo menos en él acertaban a vislumbrar una especie de orgullo individual que, si bien no le permitía mandar en los demás hombres, sí le permitía no obedecerles.

El loco, que por escasez de recursos económicos había abandonado muchos años atrás el hospicio Rosenberg, no suponía ningún peligro, pues en definitiva no dominaba los instrumentos ni las técnicas con las que se ponía en marcha a los demás; ni siquiera el lenguaje. Así pues, no era posible ningún duelo entre el loco y aquellos dos hombres. El loco –al que todos en la ciudad conocían por el diminutivo de Rafa– avanzaba con la seguridad de quien ha elegido el arma adecuada para el momento y el adversario que tiene delante, por más que nadie pudiera caminar a su lado, y mucho menos tras él. El arma no visible que el loco transportaba –y que constituía la base de su arrogancia y su determinación–, además de intangible, era incomunicable: no había palabras capaces de enlazar su mundo –y su excitación potencialcon el mundo de los demás. En eso era, en cierto sentido, lo opuesto a aquellos dos hombres públicos, políticos dotados de unas armas cuya fuerza residía precisamente en su visibilidad y en el modo en que los demás percibían al instante el poder del que eran portadores. Para que resultara eficaz, la violencia potencial que imponía respeto, pese a lo que permanecía oculto, debía revelar una fisonomía acaso incompleta, pero ya entonces peligrosa.

EL LOCO RAFA DIVIERTE A LA CIUDAD

3

En cuanto al loco Rafa, el distanciamiento que muchos años atrás se había impuesto respecto a las demás personas no se limitaba tan sólo a la conducta sino también al modo de unir, en una misma frase, el sustantivo al verbo. No es que hablara de un modo ininteligible; en realidad, el desorden no estaba en la frase en sí, sino en el recorrido inexplicable que hacía desde un punto cualquiera de su cabeza hasta el exterior. Su conducta física se expresaba en una lengua que sus propias palabras ponían en entredicho, y lo opuesto también sucedía. No eran tan sólo dos lenguas que se observan estúpidamente sin comprenderse, sino dos lenguas que se anulaban, que se enfrentaban entre sí, cada una con sus propios medios.

Lenz recordó incluso el conflicto básico entre el lápiz y la goma de borrar: la goma que borra lo que el lápiz ha inscrito en la cara externa del mundo, arrojando de nuevo una palabra o un dibujo al mundo de lo no explícito, de lo oculto, de lo que todavía no existe; y el lápiz que por segunda vez vuelve a la carga, intentando forzar la existencia –o mejor dicho, la reexistencia– de un conjunto de trazos sobre el papel. Esta vuelta atrás casi mágica; esta existencia que deja de existir sin dejar tras de sí un cadáver ni vestigio alguno. La hoja completamente blanca tras la acción de la goma, una hoja que momentos antes podía haber soportado la frase más relevante del mundo o, por ejemplo, el símbolo del Partido, que a todos impresionaba; este retroceso artificial, técnico y casi monstruoso siempre había fascinado a Lenz, y allí, en aquel momento, no pudo evitar asociar aquel avanzar y retroceder al bueno de Rafa el loco. Hete aquí, pensó Lenz, alguien que sostiene el lápiz con una mano y la goma con la otra, y que luego actúa simultáneamente con ambas manos.

Era de allí, de aquella relación imposible entre dos actos, de donde surgía el carácter indeterminado de la conducta del loco Rafa. Si por lo menos parara de hacer cosas con una de las manos, pensaba Lenz mientras, al igual que Hamm Kestner, volvía la cabeza movido por la curiosidad para ver lo que hacía el loco, ahora ya al fondo, para evidente diversión de los ciudadanos normales.

NI DEMASIADO, NI A MEDIAS

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Así pues, era el exceso lo que hacía reír a los demás hombres. El loco hacía que ocurrieran dos cosas en una situación en la que el peatón sólo haría ocurrir una cosa. Esta acumulación de hechos, gestos y expresiones verbales era lo que en verdad distinguía a aquel loco Rafa, y Lenz Buchmann, al igual que Hamm Kestner –dos hombres que preparaban en conjunto algo muy significativo para la ciudad–, se hallaban también juntos, en aquel momento, en el respeto que sentían por el “buen loco Rafa”.

A este no le faltaba nada, tenía demasiado; mientras toda aquella gente, que aminoraba o apretaba el paso para poder ser vista o saludada por Buchmann y Kestner, tenía demasiado poco. Eso era: demasiado poco. Aquella gente era la mitad de un hombre, mientras que el loco Rafa era dos hombres que vivían en un sólo cuerpo.

En medio, en ese estado de equilibrio y excepción simultáneas, estaban tan sólo Lenz Buchmann y Hamm Kestner, porque ni eran a medias ni existían en exceso. Eran hombres con una voluntad que se preparaba primero, el tiempo que hiciera falta, pero que cuando salía al exterior lo hacía con la intensidad exacta para resolver. Una voluntad decisiva, que resuelve una cuestión de la existencia material del mismo modo que una sola cifra resuelve un problema. Aquellos dos hombres poderosos –y Lenz sintió en aquella marcha por la ciudad, al lado de Hamm Kestner, la cercanía de un hermano, la verdadera fraternidad de sangre– no hacían contrabando con las voluntades más íntimas. Voluntades que sólo no surgían mientras aún se estaban lubricando los músculos, pero que salían después, siempre, sin discusión de precios y del único modo en que concebían al individuo: alguien que está ya en movimiento, un peso que avanza con control, intención y gran intensidad.

"Hacer lo que se quiere es el primer peldaño, el segundo es hacer que los demás quieran lo que nosotros queremos”, en las viejas palabras que Frederich Buchmann había dicho a Lenz, el más joven de sus hijos, el día que éste había cumplido dieciocho años.

En aquel momento de la existencia, Lenz Buchmann, con uno de los pies bien firme en el primer peldaño, levantaba el otro en dirección al siguiente.

ESPÍRITUS DEL BOSQUE

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Sin embargo, aquel atardecer, eran dos jefes los que avanzaban. Dos instrumentos de algo más elevado, pertenecientes a una jerarquía, pero una que no coloca en su cúspide a ningún humano, sino algo que sólo el nombre naturaleza podrá abarcar, por más que este nombre no aclare nada. Los dos hombres que, sin expresarlo, se consideraban a sí mismos los espíritus de la ciudad, sabían que debían su autoridad no a la fidelidad de los materiales arquitectónicos respecto a la voluntad humana, sino a la rebelión que el bosque no para de dirigir contra las máquinas que lo diezman, aunque sea clandestina, secreta, no visible, paciente. Una rebelión, dicho sea de paso, que usa los medios de quien ha resultado vencido –la oscuridad–, pero los usa con la confianza de quien sabe que antes o después vencerá.

Era esa energía de conquistador, que se mantiene por debajo del asfalto de las ciudades, la que se manifestaba en los dos ilustres políticos: aquél al que todos daban ya como próximo presidente del Partido –Hamm Kestner– y aquel al que muchos señalaban ya como su elemento más brillante; Lenz Buchmann.

En realidad eran no los espíritus de la ciudad sino los espíritus del bosque, infiltrados en las calles, máquinas y edificios. Lenz y Kestner sentían que poseían los conocimientos técnicos de los demás hombres –y por tanto un mismo grado de civilización útil–, pero indomesticados; poseían una voluntad incivilizada, precisa y literalmente. Una voluntad no civil, y por tanto militar. La voluntad de quien no acepta de buen grado que el arma no se utilice en la ciudad del mismo modo que el verbo. Pertenecían a esa clase de hombres para los que el arma y la convicción transmitida al prójimo de que puede utilizarla en cualquier momento forman parte de los argumentos que se ponen sobre la mesa.

Un rey extranjero, así se sentía a menudo Lenz Buch­mann entre los demás hombres. Alguien que ha venido de otro lugar.

Pero aquel hombre –Hamm Kestner–, aunque no viniera del mismo árbol (no era un Buchmann), sí venía del mismo bosque. Era su hermano, con la ventaja de no ser portador del mismo apellido.

QUE NADIE SE QUEDE FUERA

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Así pues, la vida de Lenz avanzaba hacia un nuevo punto. El hombre que tenía a su lado era el hito que señalaba el inicio de un nuevo paisaje. Un paisaje que Lenz aún no acertaba a comprender del todo, pero que lo situaba a él en el centro no ya del vínculo entre dos hombres, sino del vínculo de la historia con un elevado número de existencias. Se acercaba al compartimento en el que cada decisión tenía el peso de cien mil decisiones, en el que cada decisión vibraba y tenía una resonancia tal que no dejaba a nadie fuera.

No dejar a nadie fuera. De hecho, así podría definir Lenz Buchmann la ambición que ponía en sus decisiones; deseaba una decisión que no permitiera la neutralidad, que hiciera de cada cosa un aliado o un enemigo. Una decisión para la que no existiera un sólo oído sordo ni un sólo ojo ciego: que todo lo abarcara.

Cada una de sus decisiones envolvería la ciudad como una manta, tal era su deseo expuesto de forma clara. La ciudad era una cosa orgánica, y sólo el hombre llamado Lenz Buchmann sería capaz de entender y calmar su temblor.

NO MIRES DOS VECES HACIA ALGO PELIGROSO

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De pronto, Lenz se detuvo y se volvió hacia atrás.

Pese a sus pensamientos, no podía dejar de mirar al loco que, si bien muy lejos ya, seguía dejando a su paso un vestigio de divertido desorden.

Hamm Kestner le preguntó por qué seguía mirando.

–Me siento atraído por gente así –contestó con tranquilidad Lenz Buchmann.

–Corrige eso, amigo Lenz –dijo Kestner–. Resulta divertido verlos como espectador, pero es peligroso dejar que se acerquen. Distancia. Distancia y buenas carcajadas.

Lenz asintió en silencio, pero en aquel momento no podía dejar de pensar que su mujer tenía que conocer cuanto antes a aquel hombre extraño. Le encantará, pensó Lenz.

Tenía que invitar, muy pronto, al bueno de Rafa a su casa.

EL HOMBRE PÚBLICO
LA MANO DE LENZ BUCHMANN

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¡Y cómo había cambiado la mano de Lenz Buchmann! Cómo había cambiado el viejo estilo, casi púdico, de gobernar los cinco dedos con cierta tensión aplicada a los músculos, esa secreta lucha en la que se había implicado en las operaciones quirúrgicas, totalmente inclinado sobre un trozo de tejido, sobre una pequeña cantidad de materia del mundo. La mano, en sus actividades médicas, no había parado en definitiva de mirar hacia abajo, y ahora la población parecía exigirle que irguiera la cabeza; aquella mano privada había alzado al fin los ojos, ésta es la expresión correcta.

En aquel momento, su mano derecha era ya pública. Y eso era significativo.

Había ahora la intuición de que los gestos se hallaban todos sobre un escenario, pero la platea era, al mismo tiempo, aquello que puede aplaudir o silbar, y también el objeto de las acciones. El juez que innegablemente era él, Lenz Buchmann, fingía a veces ser el reo, de suerte que los papeles de uno y otro jamás parecieran fijos, en un intento por alimentar la ilusión permanente de que la historia entre otro individuo y él aún no había terminado. Alimentar las incontables pero diminutas ambiciones, manteniéndolas en una intensidad no amenazadora, era una de las tareas que –no había tardado en comprenderloformaban parte de su nueva condición.

Con Hamm Kestner había aprendido mucho en poco tiempo, pero la inscripción gradual de su cuerpo en un nuevo registro había sido una tarea individual, y sólo su actitud castrense –herencia familiar–, unida a la tendencia científica a buscar la exactitud –herencia de su actividad anterior–, le habían permitido alcanzar en pocos meses aquel asombroso grado de eficacia en los actos políticos.

TRASPASO DE CAPACIDADES DE LA MEDICINA A LA POLÍTICA

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El arte del hombre público se ejercía en todas partes, no había refugios ni puertos seguros. Hasta su propia familia –concretamente su mujer– se veía arrastrada hacia ese nuevo lenguaje. Maria Buchmann se vio realmente obligada a entender e integrarse en esta segunda metodología aplicada a la existencia. Y a ella le gustaba, eso era evidente –aunque a veces llegara a irritar a Lenz–, conocer a nuevas personas, otros hombres, otras parejas.

Lenz Buchmann, por su parte, había descifrado rápidamente el nuevo código, y poniéndose en la piel del científico que coloca sobre la mesa de experimentos sus propios hábitos y acciones, había comprendido ya que debía empezar por otro punto, pues ahora, en sus decisiones, buscaba salvar por completo no un organismo ni una existencia sino, aunque sólo de forma parcial, las esperanzas y el deseo de cada ciudadano. La capacidad de los aparatos de su consulta médica para detectar la decadencia de las células se había transferido con facilidad de esa escala mínima a la escala normal de la calle, y de las máquinas a su ojo. El desorden moral y físico de los habitantes comunes lo asustaba del mismo modo profesional que la quiebra física de una célula lo asustaba antes en las visitas del hospital. Era, por así decirlo, un susto que no implicaba al asustado.

El médico Lenz conocía bien la importancia de mostrarse sorprendido en el momento único en que se le dice a un paciente: tiene usted una enfermedad, por más que para él, en cuanto médico, aquélla no fuera una frase determinante en lo más mínimo para la existencia sino una mera repetición, una frase habitual. Una frase que en nada alteraba su economía sentimental, por así decirlo.

Esta falsedad era uno de los raros gestos en los que el médico Lenz se fingía ser más débil para que el otro se sintiera acompañado. La jerarquía práctica establecida entre cualquier hombre sano y cualquier hombre enfermo se restablecía enseguida, y por tanto el médico, cualquier médico, no tenía la sensación de haber perdido más que unos minutos de fuerza, unos minutos insignificantes. El momento en que el médico le decía al hombre que ya no era un hombre sino alguien que padecía una grave enfermedad era el instante fraterno –el tiempo se convertía en algo material que podía dotarse de fisonomía humana–, en que el médico, al mostrarse asustado al mismo ritmo que el paciente, finge estar en el mismo barco que éste. Pero en realidad no lo está.

Era esta rara capacidad la que Lenz Buchmann había trasladado de sus visitas médicas decisivas a los diversos contactos políticos con los ciudadanos de a pie. Un problema urbanístico –un edificio proyectado con una planta de más– o la discusión de una herencia en la que un metro cuadrado era objeto de disputa legal entre las partes, cualquier problema mezquino de este tipo era elevado por el político Lenz Buchmann hasta el umbral que separaba la enfermedad de la no enfermedad. Todos salían de una conversación con Buchmann convencidos de que éste estaba en su mismo barco, dispuesto a remar en equipo, aunque en el fondo, Buchmann sólo estaba en el mismo barco que otro si el último remaba por él.

Hacía mucho que Lenz había destruido el refugio de ingenuidad que incluso los demasiado lúcidos conservan, un refugio que –pronto lo había aprendido– tenía un nombre extraño, puesto por la Iglesia: el Espíritu Santo. Jamás se subía a bordo. Fingía hacerlo pero salía rápidamente por el otro lado de la embarcación, de modo que siempre se quedaba en el puerto, en una posición privilegiada de observador con los pies sobre el orden y no sobre la imprevisible agua.

UN PIE EN LA IGLESIA

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De las conversaciones adultas que había mantenido con su padre, lejos de la blandura verbal de su hermano Albert, le había quedado la noción clara de que matar los vestigios del Espíritu Santo que existen en el cuerpo de cada cual era el inicio de otra existencia que coincidía con el abandono de terrenos neutrales.

En los pantanos los motores no funcionan. Esta expresión que su padre, Frederich Buchmann, había pronunciado el día de su primera comunión, estando él todavía vestido de un modo que lo hacía sentirse un perfecto idiota, tan sólo para satisfacer los ideales cristianos de su madre, aquella expresión que había oído a apenas algunos metros de la puerta de la iglesia lo había marcado, y a lo largo de su juventud, año tras año, echaba la vista atrás y la entendía de un modo cada vez más claro.

A una edad todavía temprana, a los trece años, había dicho a su madre en el tono de quien no admite réplica: no volveré a poner un pie en la iglesia.

LAS RELACIONES POSIBLES ENTRE EL CUERPO DEL HOMBRE Y EL ESPÍRITU SANTO

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Por supuesto, hundir o eliminar al Espíritu Santo que alguien, sin permiso, había colocado en su organismo no era tan fácil como la decisión de no volver a entrar en una iglesia. En el fondo, se trataba de un mecanismo concreto bajo un nombre sugerente: los filósofos de la Iglesia habían transformado el Espíritu Santo en una especie de proteína de la fraternidad, una proteína no humana sino hecha de otra sustancia, con otra calidad, el efecto de un razonamiento totalmente humillante para los humanos pero que éstos, pensaba Lenz, agradecían como tontos con vagas sonrisas. Lo que hay de más digno en ti no te pertenece, había dicho la Iglesia con la invención de ese Espíritu no humano que Frederich Buchmann decía ocupar un espacio donde antes no faltaba nada. El Espíritu Santo era un exceso, una sustancia especializada en una función que no era indispensable para la existencia. Era el equivalente, en una máquina que cumple a la perfección sus objetivos y satisface las necesidades de su fuerza y movimiento, a poner en marcha un segundo motor autónomo pero sin relación alguna con la estructura restante del mecanismo. Es decir, ni siquiera es una pieza capaz de sustituir otra que falla, sino que es otra pieza distinta.

Pensemos en dos hombres de sendos países distintos, que apenas hablan su propia lengua materna, incomprensible para el otro, y que encerrados en una misma habitación tienen la tarea de construir un discurso. De esa habitación saldrán dos discursos autónomos, independientes, puede incluso que con propuestas enfrentadas, declaraciones de guerra explícitas, o bien uno de esos hombres tendrá que abandonar la habitación, asumiendo el abandono del territorio común. He aquí, en opinión de Lenz, las relaciones posibles entre el cuerpo del hombre y eso que se había Espíritu Santo.

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