Kitabı oku: «El canto de la essentia», sayfa 4
—Da Vinci no se presenta porque es su intención seguir bufoneando con estas golosinas. Pero lo conozco bien. Al final nos adulará con unas fantásticas paletas de borrego, si no es con todo un ternero que se estará horneando ahí atrás.
Como había hablado a voz en grito para imponerse al barullo de los otros, también se lo oyó en la cocina para espanto de Leonardo.
—Se lo dije, maestro. Visten con elegancia y saben manejar la lengua, son estudiados y eminentes y, aun así, no dejan de ser unos bárbaros. Reclamarán más comida, aunque sus tripas estén llenas. Comen con los ojos, necesitan abundancia, no manjares.
Giuseppina lo había dicho sin piedad, rotunda, porque así eran sus maneras y estimaba demasiado a Leonardo como para andarse con hipocresías.
—Sí, tienes razón, Giuseppina, yo tampoco lo ignoro. Pero tendrán que aprender. Comedimiento y disfrute, así es mi cocina. Y no pienso rebajarme a los niveles de la barbarie. Si sintieron las «perlas en la boca» y la «dignidad en el alma», no pueden seguir con hambre, cualquiera queda satisfecho. ¡Hasta estos incultos!
—Quizás no sintieron esas cosas, maestro —aventuró Nataele con sofoco.
Da Vinci repasó con la mirada las porcioncillas de cuajada, uvas y sopa de membrillo que quedaban por servir, blasfemó por lo bajo algún conjuro maldiciente y exhortó a sus ayudantes a continuar.
—¡Rematemos esto! Nunca en su vida han comido de esta manera y yo les iré enseñando.
En el comedor, las preparaciones dulces fueron recibidas de igual manera con jolgorio y satisfacción, y la observación de Perugino quedó ignorada, porque nadie tenía intención de ofender a Sandro Botticelli o al joven Leonardo da Vinci, y menos después de haber degustado tales exquisiteces. Botticelli llenó los vacíos que pudieran quedar en los estómagos con vino del mejor, y los ánimos no decayeron más allá del letargo que en algún momento provocan las borracheras en algunos.
Terminando todos de cucharear la última gota de sopa de membrillo, el clamor por la presencia del cocinero se volvió estruendoso y Leonardo no tuvo más opción que aparecer detrás del cortinaje. Lo aclamaron, improvisaron discursos, lo adularon y lo inundaron de preguntas que Leonardo contestó con evasivas y chanzas. Tomasso Gariboli, quien mejor parecía aguantar las derivaciones del vino porque era grande y orondo, pidió que le dejaran expresar una reflexión con ánimo más formal.
—Soy político, amigo da Vinci, y en cuanto a las artes me confieso inexperto. Andan comentando por ahí los versados en estos menesteres que vos os defendéis bien con lienzos y pinceles. Pero, queda a la vista de todos que en cuanto a complacer las tripas —se frotó demostrativamente la abultada panza—, soy competente y tengo mi experiencia. Por eso dejadme deciros, sin vacilación y hablando por todos, que vuestro destino son los sortilegios culinarios, la noble misión de crear delicias para el disfrute de otros. Nos habéis hechizado con sabores inexplorados, con joyas comestibles. No se ha visto ni probado semejante degustación en Florencia. En mi nombre y en el de mis amigos presentes, os expreso mis más encarecidas ansias de que pronto nos deleitéis con un banquete de verdad con vuestras cábalas de sabor, un gaudeamus al más alto nivel.
Celebraron las exaltadas palabras con un nuevo brindis; volvieron a repetirse los parabienes que Leonardo agradeció con emociones encontradas, pero aplomo diplomático. Incluso creyó detectar en la mirada de doña Lucrezia, durante un breve segundo, destellos de admiración y coquetería. Lo turbaron hasta el punto de tener que desviar la mirada, pero la concubina de Lorenzo de inmediato volvió a concentrarse en su hipo de alcoholes y en mantenerse erguida a pesar del tembleque de piernas que la acosaba. Leonardo estrechó manos e hizo reverencias durante un tiempo más, para luego refugiarse azorado en la cocina y dejar que Botticelli siguiera atendiendo la jarana hasta su final.
—¡Degustación! ¡Banquete de verdad! ¡Ese malnacido llamó degustación a mi comida!
Da Vinci llevaba una hora blasfemando. Con paso enérgico recorría la estancia, encolerizado y desahogándose con injurias e insolencias.
—Dijo que no ha habido bocados iguales en toda Florencia. Estuvieron hechizados y te felicitaron.
El padre de Leonardo mantenía la apostura calmada, divirtiéndose con los bufidos de su hijo.
—Lo dijo con intención, para afrentarme, para burlarse de mis preparaciones.
—Exageras, Leonardo. Como siempre, dramatizas. Te aseguro que ya se está corriendo la voz por Florencia pregonando tu talento.
Los cinco asistentes se mantuvieron apartados. Era el turno de ellos degustar los preparados, lo que cumplieron con reverencia, en silencio, para no entorpecer los intentos de don Piero por tranquilizar al hijo cocinero.
Leonardo se sentó frente a ellos.
—Decidme y sin tapujos. ¿Qué es mi comida? ¿Indigna de un banquete? Giuseppina, habla con esa franqueza que es tuya.
La pescadera buscó de reojo el auxilio de los otros, pero nada cabía esperar de Nataele y Ferruccio, que agazapados jugaban con sus albóndigas. Entonces, mejor se alzó y le habló a da Vinci con lisura:
—Vos sabéis, da Vinci, que inicié esta mañana con recelo. Luego fuisteis conquistando mi interés por las maneras tan originales que tenéis de convertir guisos en monerías. Ahora las estoy probando y no sé si siento «perlas», porque nunca ha entrado ninguna en mi boca. Eso de la «dignidad» tampoco lo comprendo, porque ya sabéis, maestro, que de eso el populacho entendemos poco. Pero, si me preguntáis si está bueno lo que estoy comiendo, si es de mi gusto y agrado, os diré sin equivocarme que sí, y mucho.
Leonardo la miró con expectación, sabiendo que aún no había concluido con su réplica.
—El problema no es vuestra comida, maestro, que ya todos la alabaron con grandes palabras. El problema es que servisteis muy poco.
Como si hubiese estado esperando esta sentencia, Leonardo respingó de su banca para reemprender la marcha por el comedor moviendo con furia la cabeza en clara negación.
—¡Que no, que no, que no! —resopló—. Que no, Giuseppina da Rufina, ¡no y mil veces no!
Cogió una escudilla y la alzó, temiendo todos que la estrellaría con violencia, pero Leonardo no hizo tal cosa.
—Lo que hemos servido llena tres de estas —bramó—, no ha sido poca cantidad, que llevo semanas estudiando estos asuntos. He medido los pesos, los volúmenes, en crudo, en cocido, los líquidos, los vapores y humos. Lo he calculado todo, que bien sois conocedores de que no dejo nada al azar.
Leonardo se dirigió a Botticelli; necesitaba de alguien en quien fijar su efusión.
—Sandro, que tú eres de reflexión profunda y mente clara. Lo que he servido a cada comensal suma diez cuarterones sin contar los cuartillos de vino y cerveza que también han ido a parar a las tripas de cada uno. Es alimento más que suficiente. He repasado cada uno de los bocados, he contado y pesado los mordiscos. Si se come sin ansiedad, suponiendo que no se padece de hambres desesperadas, y se mastica cada muerdo al menos veintiocho veces, paladeando y dejando que el alimento resbale con suavidad por la garganta, si se ensaliva la boca por los estímulos de los sabores y se vuelven estos conscientes en nuestra razón, los aprovechamos y nos complacen, diez cuarterones sacian a cualquiera, ¡a cualquiera que quiera comer bien!
Tal disertación dejó a los otros atónitos. Únicamente don Piero gozaba en su fuero interno por la soberbia genialidad de su hijo. Sin embargo, le preocupaba que este no quisiese considerar las coyunturas culturales de sus conciudadanos.
—Explicado así, Leonardo, no hay argumento que contradiga tus estudios y conclusiones. Pero en Florencia las costumbres de los ilustres son angurrientas por herencia. No quieren ver el bocado de cerdo, quieren ver el cerdo entero, aunque solo puedan darle un bocado. La gula hace que nadie mastique veintiocho veces, se hace a lo mucho cuatro o cinco masticadas…, y luego se traga para hacer espacio en la boca para el siguiente mordisco.
Botticelli no había dicho mucho aún; bregaba con las brumas de la borrachera, hipaba y desenfocaba. Destrabó en algún momento la lengua, que ya era bastante, y moduló sus palabras con pesadez:
—Todo está bien, Leonardo. Todos felices. Solo debemos aumentar…, digamos…, un par de pavos…, más polenta…, quizás unas patas de borrego…, salchichas…
Como era de esperar, tales recomendaciones crisparon todavía más al incendiado Leonardo.
—Antes les sirvo heces de mulo con gachas y ortigas rabiosas —rugió, y a Nataele le entró la risa y a Ferruccio espanto. Don Piero se compadeció de Leonardo, elevó súplicas a Santa Florencia, pero menguó en argumentos, aunque no en afecto de padre, y posó su brazo sobre el hombro de su hijo bastardo.
—Yo creo que lo que haces es importante, Leonardo, y pronto se hablará de ti en las cortes de toda Italia. Tu genio no debe estar al servicio de los ignorantes, son ellos los que han de servirte a ti para reformar las costumbres.
Concluyeron la jornada con Botticelli listo para dormir la mona y Leonardo rumiando alterado, empecinado hasta la noche tardía en resarcir su frustración, deshojando nuevos repollos, trinchando pezuñas, y cercenando más sesos.
Florencia amaneció con el clima templado y los florentinos con sus rutinas habituales. Las perezas mañaneras no duraban mucho, porque los habitantes cargaban por dentro el espíritu de vivir con gozo y sabiéndose predilectos en los designios de Dios. En Florencia se fraguaban fortunios de inmensa distinción en todos los ámbitos de la vida. Se proyectaban nuevas maneras de pensar, de ver el mundo y sus avances, de prosperar por senderos humanistas y humanitarios, poniendo dignidad, educación y belleza en la vida de los hombres, aunque también desenfrenos. Había afán y necesidad de alejarse de las barbaries comunes. En Europa se alborotaban todas las disciplinas por la aparición de la imprenta, que dotaba a la humanidad de nuevas vías de culturizarse, e Italia, hervidero de sangres calientes y corazones apasionados, pretendía estar a la vanguardia en las artes, las ideologías, las ciencias y las demandas espirituales. Tal entusiasmo por renovación y ostentación, donde el hombre a menudo confundía humanismo con libertinaje y arte con opulencia, tenía también detractores, como el lenguaraz fraile dominico Girolamo Savonarola, quien pocos años más tarde, a partir de 1482, arremetiera con sus «hogueras de la vanidad» contra todo tipo de lujos y depravaciones. Pero, el «renacer» daba sus frutos en Florencia como en ninguna otra parte, y de ahí manaba el engreimiento de los florentinos y su augusta personalidad.
Leonardo da Vinci inició el día siguiente con aplomo renovado, tal que, desde temprana hora, volvió a sus cocimientos para rematar la oferta del día. Antes había engalanado las mesas con arreglos de petunias, lirios y madreselvas, cambiado el orden de estas nuevamente, y escrito sobre un pergamino las propuestas del menú que luego había clavado junto al portón para que fuese visible desde el exterior. Nataele, a quien Botticelli había cedido en préstamo a la taberna hasta que encontrasen un buen ayudante de cocina, había barrido la estancia con buen humor, luego acudido a la plaza a por los encargos del maestro, pero vuelto de ahí con garbo oscurecido, circunspecto y retraído.
No quiso aflojar prenda hasta que da Vinci, molesto, le amenazó con convertirle el cráneo en botija.
—Vi a la pescadera…, tal como me pedisteis, maestro.
Elevando el hacha con cuya culata molía huesos de perdiz, da Vinci coaccionó al muchacho para que siguiese hablando.
—Es un poco cierto lo que sospechabais, maestro…
—¿Es un poco cierto qué, renacuajo, será que hablas mejor decapitado?
El muchacho frunció el ceño y, aunque era ligero con las palabras, sufría por tener que confesarse al maestro.
—Hablan bobadas, jefe. La Giuseppina, que los tiene bien puestos, ya se encarga de ponerlos firmes.
—¿Qué bobadas?
—Que en «La Enseña de las Tres Ranas» se come raciones para infantes y cosas así.
—¿Cosas así?
—Que el cocinero da Vinci terminará por dar pigmento molido para comer…, media onza por comensal.
—¿Qué más?
—Que pronto la ciudad quedará libre de ratones y ratas, porque vos necesitaréis de sus testículos para servirlos.
Leonardo no estalló, se tragó su cólera, para alivio de Nataele. Hizo todo lo contrario a compungirse; ordenó al mozo a prensar el queso y continuó con su molienda de huesos.
Poco antes de las campanadas del mediodía, dos clérigos y dos linajudos entraron en la taberna con más ruido de lo que su condición merecía. Nataele les desempolvó una mesa con solemnidad. El que vestía galas de prelado, de nariz chata y voz de urraca, anunció con mando que deseaban servirse el menú y que venían recomendados por doña Lucrezia Donati, a quien esa misma mañana había atendido en confesión. El sacerdote más joven, de modales más retraídos que su superior, preguntó por el maestro Botticelli, a quien decía conocer y estimar, pero tuvo que conformarse con la nerviosa explicación del muchacho de que se le esperaba en la tarde. Los hombretones laicos lucían al cuello la insignia de la «Casa Real de las dos Sicilias», tenían apariencia de rudos y vestían con ostentación carnavalesca.
Leonardo no quiso hacerse visible, se afanó en las meticulosidades de su menú, y tuvo que servirles Nataele, quien con la experiencia del día anterior había ya adoptado cierta pericia.
Los hombres bebieron sedientos, los laicos foráneos refiriendo a los religiosos acontecimientos de su paso por Nápoles, Roma y Perugia, y los clérigos respondiendo con confidencias e intrigas de palacio. Desde su cocina, Leonardo apenas lograba apresar fragmentos de lo que hablaban. Le bastaba captar las modulaciones de las voces para concluir que eran forasteros de relevancia los unos, y eclesiásticos politiqueros los otros, de los que manejaban mejor los enredos oficiosos que las necesidades espirituales de los devotos.
Despacharon el menú en idéntica secuencia al día anterior, sustituyendo las zanahorias por cardos, porque las primeras, Leonardo se las había zampado en sus intentos por aplacar las furias durante la noche. Volviendo del salón, tras servir los envoltini, Nataele le anunció al maestro con voz quejumbrosa que el cuarteto reclamaba pan o bizcochos de aceite.
—Diles que no hay pan, que les servirás la albóndiga —respondió da Vinci tajante.
—Eso les dije, pero el cura emplumado me exhortó a que obedeciera.
Una sombra se posó en el semblante del maestro.
—Las albóndigas, Nataele. ¡Ahora!
Naturalmente, el mozo obedeció, y con idéntica naturalidad fue vapuleado por los comensales. Para cuando al muchacho le tocó en turno llevar la gelatina de puerco, tembloroso y abatido, ya la voz tonante de uno de los ilustres se elevó con insolencia.
—¡Tráeme a ese cocinero malnacido, mocito! —bramó, al tiempo que sacó con furia un bulto de su talega, lo desenvolvió y plantó en el centro de la mesa una dorada paletilla de carnero.
Con una daga toledana hermosa rebanó aquel fiambre y repartió generosas tajadas.
—Es una gentileza de donna Felizia —aclaró para los demás—, por unos favores con los que tuve que cumplir. Ya me entienden, ¡carne por carne!
Cosechó una risotada de los otros tres, cuando reparó en que Nataele no se había movido y lo infamó de nuevo.
—¡El cocinero, miserable, o he de ir yo mismo a la cocina y traerlo a rastras!
No tuvo que hacer tal cosa, porque Nataele, de un salto, desapareció aterrado.
Y a da Vinci no le quedó más remedio que personarse ante el grupo con el rostro incendiado por los calores de la ofensa, pero intentando simular una tranquilidad que, evidentemente, no le duró.
—¡Vos sois da Vinci! —exclamó el monje de voz de urraca—. Sois pintor, ¿qué hacéis aquí cocinando?
Leonardo aún se contuvo pese al tono burlesco del fraile.
—Y vos sois fraile —dijo sin elevar la voz—. ¿Qué hacéis aquí comadreando en vez de cuidar de las almas del palacio?
El de la daga y el carnero se levantó raudo, tumbó con el gesto la silla y, con rabia, clavó su arma en el mesón, estirando su pomposidad para intimidar al maestro.
—No voy a permitir que un cocinero tenga tal comportamiento frente a nobles. Iros a vuestra cocina y traednos el pan que reclamamos, si no queréis que…
No le dio tiempo a culminar la amenaza. Ya Leonardo había volteado y desaparecido de nuevo en su cocina, lo cual satisfizo a los otros, aunque el contentamiento no les duraría mucho. Ni bien se hubieron sentado de nuevo, el cortinaje volvió a abatirse como cediendo a un vendaval, y el maestro Leonardo, con paso bravo de toro iracundo, se plantó frente a la mesa, alzó un brazo en volandas y, como un rayo ejecutor, lo precipitó frente a todos para, en perfecta simetría, hincar junto a la daguita toledana un gigante cuchillo de destripar tiburones y que Giuseppina la pescadera le había dejado en préstamo. Desde su ánimo rabioso tronó la más inflamada de sus voces:
—¡Nadie entra en mi taberna con comida! —rugió, reclinándose tanto sobre el sorprendido infame que se dejó oler el aliento y ver la cólera en sus ojos ensangrentados. Este no pudo reaccionar, pero, ciertamente, el otro sí, que de inmediato se enderezó cuan largo era para lanzarse sobre el cocinero sin medir al oponente. Debió haberlo hecho, porque de buen gusto se hubiese evitado el inesperado desenlace de la tangana. De un giro bestial, Leonardo evitó la acometida del hombre lo suficiente para esquivar sus zarpas. A la vez lo aferró de la pechera y de la entrepierna con tal animalada, que lo alzó sin contemplación por encima de la cabeza tronando un grito desgarrador que pretendía ser un insulto, pero que retumbó más como el rugido de una bestia salvaje salida del averno. Con el mismo impulso de su bárbaro alarido, Leonardo templó los cuatro pasos hacia la salida, gritó una vez más, y estrelló el bulto con tal violencia contra el portón que este reventó de sus goznes y cayó con cuerpo y todo sobre la calzada. Ya iba el otro, el fanfarrón pasmado, a castigar la afrenta con su daga, pero, de una agilidad temible, Leonardo había prendido su herramienta, tres veces más imponente que la del preclaro. A este, sin ostentar más bravuconería, le bastó ver la llamarada en los ojos del cocinero para pensárselo mejor.
Auxiliaron al compinche magullado y, antes de encaminarse por la vía, el clérigo de nariz obtusa le lanzó una advertencia a Leonardo:
—Volveremos, da Vinci. —A lo que el advertido respondió con toda su flema:
—¡Por supuesto que volveréis! No hay lugar en toda Florencia donde se coma mejor.
Escuchó a Nataele declarar un rotundo —¡qué cabrón!— pero, siguiendo a los otros con la mirada, se le escapó que el mozalbete lo había dicho mirándolo a él con admiración.
Naturalmente, los otros volvieron por la tarde acompañándose de un ordenanza de palacio y tres guardias de lanza y Leonardo se dejó llevar, más por agotamiento que por obediencia. Se cruzaron en aquel momento con Botticelli que venía del taller, aún ajeno a los acontecimientos, y su cara consternada reflejaba toda su alarma.
La tarde que restó y una noche, las pasó da Vinci en los calabozos del Palazzo del Podestà di Galluzzo. Botticelli pagó la multa, se tragó la regañina de Angelo Poliziano, el secretario privado de Lorenzo de Médici, y fue a llevarse al amigo de vuelta a la taberna donde Alessio el Cojo se afanaba en sustituir las bisagras descalabradas del portón.
—Leonardo, ofender a Florencia no nos llenará la taberna.
El amigo buscaba atizarle al otro con razonamientos, no con reproches.
—Yo no sirvo pan —contestó da Vinci de mejor humor de lo que cabría esperar.
Botticelli solía huir del fastidio de recordarle al socio que el negocio era asunto de ambos, pero, viéndose en la encrucijada de tener que vencer las cabezonerías del otro, no tuvo más remedio que avanzar por esa vía.
—Quiero lo mejor para nuestra taberna. Quiero que nos dé lucro a ambos y a ti la fama que te mereces, Leonardo. Si para eso tengo que ceder un poco a los caprichos de las costumbres florentinas, lo haré, y harías bien en apoyarme.
—¿Con pan?
—Con mulas a la brasa, si hiciese falta.
Lo dijo tan rotundo y desesperado, que a Leonardo le estalló un buen carcajeo para desahogar las tensiones acumuladas.
—Algo se me ocurrirá —cedió Leonardo con tono endulzado, porque amaba a su amigo y la gratitud era un atributo que tenía por sagrado.
Pasaron tres días sin que un alma visitara la taberna. Aquello no pudo más que mosquear a Botticelli y sorprender a Leonardo en su vanidad. La solución parecía tenerla Nataele quien, en su acrecentada devoción por da Vinci, sufría lo indecible por verlo fracasando y a la cuarta tarde se presentó con novedades.
—Maestro, tengo una hermana que necesita trabajar. Es una cocinera hábil, pero con los dulces y los panes es un prodigio. Mi madre suele decir que tiene las manos de la diosa Ceres cuando trabaja las masas.
—No sabía que tuvieras una hermana, renacuajo.
—Enviudó en Montepulciano, creo que virgen, y apenas llegó ayer. Yo pronto deberé volver al taller, pero ella os será mucho más útil que yo, maestro.
Leonardo barbulló algo entre dientes, no convencido, pero se avino a conocer a la hermana para formarse un criterio.
La historia de «La Enseña de las Tres Ranas de Sandro y Leonardo» puede escribirse en dos partes.
La de los cinco días que iba durando su aventura, trompicona y embrollada, y la que inició con la llegada de Fioralba D’Anna, la hermana viuda y «posiblemente virgen» de Nataele.
Esta se presentó, puntual por la mañana, con los encargos de mercado tal como Nataele la había instruido. Da Vinci la observó a la luz de la calle, con su talante fatuo y su escondida timidez. Y fue posiblemente en aquel escrutinio que experimentó por vez primera esa flojera que mucho tiempo después aún le duraría, como una hipocondría repentina que no se vinculaba a lógica alguna, pero que Leonardo sentía como real y opresiva.
La moza se exhibió con el encogimiento de las doncellas sumisas, reverente en actitud y retraída en discurso. No dijo más que un susurrado «buenos días, maestro», con timbre de cornamusa, enronquecida por los nervios y con la cabeza inclinada. Leonardo malinterpretó aquella fragilidad alzándole desde la quijada el rostro celado. Entonces sintió repentinamente una descarga como de aguijonazo de abejorro en las yemas de los dedos, apartó la mano sobresaltado, porque el rostro que le respondía no era el de una doncella frágil, sino el de una notable feminidad, fulgiéndole los ojos sobre los pómulos altivos, sereno en los labios y perfecto en la armonía. Vio Leonardo los párpados saltones de la mujer y, como en un sueño velado, le vino la imagen de la virgen que había pintado tiempos antes en el taller de Verrocchio, sin modelo ni referencias, de memoria, y Fioralba se presentaba ahora como la encarnación de esta. Llevaba en la cabeza una cofia sencilla en tono azulado que dejaba escapar algunos largos mechones de cabello crespo y dorado. Vestía, de igual azul, una saya ceñida y un pellote púrpura, ambos de escote recatado.
Fioralba D’Anna y su hermano, Nataele, habían nacido en Gubbio, una pequeña localidad de la región de Umbría. No se les conocía padre, de quien la madre, Anna la Cestera, nunca osó hablar, por lo que quedaron apellidados como los «hijos de Anna» y así constaban en los registros. Anna, de notable belleza y propensa a la mala suerte, no lo tuvo fácil durante los años infantiles de sus hijos, los que alguna vez habían sumado cinco, pero tres habían muerto a edades tempranas, víctimas de enfermedades tan caprichosas como la peste, el carbunco y la difteria. Fioralba era la mayor y Nataele el menor, llevándose cinco años entre ellos durante los cuales los otros tres habían nacido y se habían extinguido como una mala broma del azar. Fioralba conservaba olores y sensaciones en su memoria de lo que pudo ser, y nunca fue, su padre, estremecimientos que sacudieron en algún momento su infancia y de los que, por la venia de Dios, había quedado librada a edad temprana, cuando el mundo aún lo vivía entre asombros y espantos.
De su esposo desaparecido, bastante mayor a ella, la madre, Anna, había aprendido el oficio de la cestería y, con la no excesiva carga de dos hijos que le quedaron, no hubo demasiadas penurias a partir de un cierto momento. Con las muertes de tres hijos creyó ya haber pagado con creces alguna culpa que le era ajena. Anna era poseedora de múltiples virtudes de las que destacaban dos: era de una belleza extrema, de esas que atontan a los hombres y hubo de los que no escatimaron en esfuerzos para ganarse su favor, y sabía leer y escribir. La primera consideró más una molestia, la segunda una compensación por los disgustos. Los misterios de las letras se los había transmitido a sus dos hijos, esforzada por educarlos más allá de las costumbres. A la edad de doce años, Nataele había sido enviado a Florencia donde se le suponía un porvenir en el gremio de los tejedores, pero al muchacho le esperaba un fortunio mayor y, no exento de habilidades, había sido acogido primero en el taller de Verrocchio y luego cedido al de Botticelli, que iniciaba con el suyo propio, aunque todavía con menos renombre.
Fioralba, a quien los designios habían marcado con la hermosura heredada de su madre, se había quedado en Gubbio para aprender a ser panadera en el barrio judío. Aprendió no pocos secretos de maestros desprendidos y, provista de talentos para entenderse con las harinas, adquirió la costumbre de cantarles para que las resonancias las esponjaran. La muchacha, aunque núbil, unida por una camaradería fiel a su madre, había rehuido a los galanteos masculinos hasta muy madura en edad, hasta que con veinte años se había avenido a razón y costumbres y rendido a los de Marino dei Francesco da Montepulciano, un aprendiz de alarife de familia solvente y apreciable reputación. El novio, sin ser magnífico, pero correcto en decencia, la había cortejado por espacio de un año con la paciencia de un cazador y las cursilerías de los enamorados hasta que ella se había sentido preparada para el destino de esposa, y, encauzada por su madre, resignado a cumplirlo. Había puesto condiciones como la de no separarse de su madre y llevarla con ellos a Montepulciano, que quedaba a dos días en carreta desde Gubbio. La ciudad del novio era pueblerina, pero la posición social de su familia en aquel entorno había sido fundamento suficiente para aceptar el traslado.
Anna, no obstante, quien después de los castigos de las muertes de tres de sus hijos se había creído ya salva de más fatalidades, rechazó irse con su hija, al menos durante los inicios, alegando encargos pendientes con sus cestas. Pero fue, como admitiría después, por una premonición que no accedió a dejar su casa de Gubbio hasta asegurarse del buen destino de su hija. E hizo bien la cestera, porque la tragedia hizo aparición el mismo día del enlace.
Los ceremoniales se cumplieron con orden y pompa, pero en el meridiano de la fiesta que fue celebrada con juegos y carreras de asnos en la campiña, la catástrofe se presentó en forma de una serpiente de cascabel que encrespó al équido que montaba Marino. La bestia se zarandeó del miedo como un corcel salvaje, a pesar de ser de poca envergadura, y el novio se escurrió del lomo, no con violencia, pero con infausta providencia, partiéndose la cabeza con una de las patadas violentas del animal. El médico poco pudo hacer, tardó el joven en morir hasta el atardecer, sobre el mesón de la cocina, mientras Fioralba lloraba enajenada de dolor y rabia.
Por respeto a la familia del infortunado, la joven se quedó en Montepulciano durante dos meses, pero los suegros, desconsolados, no la quisieron castigarla aún más con las costumbres y la libraron, en gesto noble, para que emprendiera su destino de viuda junto a su madre en Gubbio, a los veinte años.
Se recuperó durante otros seis meses al amparo del hogar de siempre, alcanzó a reflotar nuevos bríos y, aceptando su destino, determinaron con la madre trasladarse a Florencia, donde Nataele se había establecido y Fioralba anhelaba labrarse un porvenir con sus panes y dulces. Florencia era una aspiración para muchos, un paso hacia las entrañas de la universalidad, un giro hacia la magnificencia.
En esta condición, modesta y pudibunda, se presentó aquella mañana frente al maestro da Vinci, socavando con su mera presencia los cimientos del artista y provocándole esa flojera de piernas y alma que ya nunca amainaría.
Cuando Nataele los encontró, más avanzada la mañana, no habían cruzado palabra desde que Leonardo le había resumido las preparaciones del día y que seguían siendo las mismas del menú inaugural. Después de aquella introducción, el maestro se había refugiado en sus notas y Fioralba, ataviada con un delantal basto que había traído, se hallaba concentrada en recordar las indicaciones sin importunarlo ni una sola vez. Nataele se incomodó con tal silencio y, esperando el momento oportuno, preguntó al maestro sin tapujos y en voz baja si su hermana no era de su agrado.
Con una mueca contraída, la que solía posarse en su boca cuando estaba de humor sombrío, Leonardo le contestó rezongando:
—No es eso, Nataele. Estoy concentrado revisando nuevas recetas. ¿Te quedarás?
—Si es vuestra voluntad, maestro, me quedo. Pero Fioralba os será mucho más provechosa que yo. ¿Por qué no le enseñáis?
—Ya le expliqué todo —refunfuñó el otro—. Pero si entra alguien tú ya sabes lo que hay que hacer.
El chico bajó más la voz.
—Fioralba no os gusta. Lo siento, maestro.
—No, no es eso, renacuajo impertinente.
Odiaba confesarse a un mozalbete de quince años, pero tampoco se sentía fuerte como para desdeñar sus emociones. Nataele serviría para desahogarse.