Kitabı oku: «Trayectorias y proyectos intelectuales»

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TRAYECTORIAS Y PROYECTOS INTELECTUALES

Samuel Vanegas Mahecha

(editor académico)

TRAYECTORIAS Y PROYECTOS INTELECTUALES

El pensamiento social en América Latina y Colombia



Reservados todos los derechos

© Pontificia Universidad Javeriana

© Samuel Vanegas Mahecha (ed.)

© Jonathan Beltrán Alvarado, Adrián Celentano, Juan Sebastián Cristancho Rojas, Facundo Gómez, Julián Gómez Delgado, Jaime Eduardo Jaramillo Jiménez, Manuela Luengas Solano, Diana Constanza Mora Granados, Jaime Otavo, Laura Peña, Sylvia Juliana Riveros Torres, Samuel Vanegas Mahecha, María Isabel Zapata, autores.

Primera edición: Bogotá, D. C.,

diciembre de 2020

ISBN (impreso): 978-958-781-578-8

ISBN (digital): 978-958-781-579-5

DOI: http://doi.org/10.111.44/

Conversión ePub: Lápiz Blanco S.A.S.

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Bogotá, D. C.

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Pontificia Universidad Javeriana. Biblioteca Alfonso Borrero Cabal, S. J. Catalogación en la publicación

Cristancho Rojas, Juan Sebastián, autor

Trayectorias y proyectos intelectuales : el pensamiento social en América Latina y Colombia / Juan Sebastián Cristancho Rojas [y otros once] : editor académico Samuel Vanegas Mahecha. -- Primera edición. -- Bogotá : Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2020.

Incluye referencias bibliográficas.

ISBN (impreso) : 978-958-781-578-8

ISBN (digital) : 978-958-781-579-5

1. Historia intelectual 2. Intelectuales - Historia 3. Pensamiento político y social - Colombia 4. Pensamiento político y social - América Latina 5. Ciencias sociales 6. Sociología I. Vanegas Mahecha, Samuel, editor académico II. Pontificia Universidad Javeriana. Facultad de Ciencias Sociales.

CDD 001.09 edición 23


inp.03/12/2020

Prohibida la reproducción total o parcial de este material, sin autorización por escrito de la Pontificia Universidad Javeriana.

Tabla de contenido

Introducción

El Ariel de Rodó, el esbozo de un proyecto para el “crecimiento de la conciencia social”

Samuel Vanegas Mahecha

Una lectura de la trayectoria intelectual de José Carlos Mariátegui: a propósito de la sociología y las ciencias sociales en la contemporaneidad

Juan Sebastián Cristancho Rojas

Entre los Estados Unidos, Cuba y Brasil: la circulación de los conceptos de aculturación, transculturación y transfiguración

Adrián Celentano

Los orígenes de la sociología profesional en Colombia: Camilo Torres, proyección académica, investigación científica y actividad social y política (1959-1964)

Jaime Eduardo Jaramillo Jiménez

Una mirada crítica a Historia doble de la Costa, de Orlando Fals Borda

Jaime Otavo

El conocimiento científico y el compromiso de transformación: análisis de Historia doble de la Costa, de Orlando Fals Borda

Sylvia Juliana Riveros Torres

Presencia de la originalidad: aportes teóricos de António Cândido a la crítica literaria latinoamericana

Jonathan Beltrán Alvarado

Ángel Rama, 1964: diez problemas para el crítico latinoamericano

Facundo Gómez

La noción de crisis de Tomás Vargas Osorio: entre el decadentismo europeo y el superrealismo americano

Laura Peña

Sísifo con la roca: el mito y la ficción histórica de Pedro Gómez Valderrama

Manuela Luengas Solano

Opinión pública, prensa y republicanismo en Colombia en 1910

María Isabel Zapata

Los estudios sociales en la República Liberal: apuestas por el conocimiento y la construcción de la nación colombiana

Diana Constanza Mora Granados

La Misión de Economía y Humanismo en Colombia: reconstrucción de su trabajo 1954-1958

Julián Gómez Delgado

Introducción

Los artículos reunidos en este libro tratan sobre la etérea temática del pensamiento social latinoamericano. Constituyen el producto final de un trabajo iniciado por un grupo de estudiantes, en la actualidad convertidos en jóvenes investigadores, de la carrera de sociología de la Pontificia Universidad Javeriana que, junto con el profesor Samuel Vanegas Mahecha y el profesor Jaime Eduardo Jaramillo, se propusieron comprender y explicar parte del desarrollo del pensamiento latinoamericano en el siglo XX. La mejor forma de ubicar la finalidad del presente libro es reconstruyendo la historia y el desarrollo de este emprendimiento intelectual. Siguiendo esta vía, es posible visibilizar el modo como en el proceso fueron emergiendo los problemas teóricos y metodológicos que han inspirado la labor de quienes dieron inicio y continuidad al proyecto que hoy tiene su cierre con esta publicación. Tal procedimiento se justifica, no por una discusión con otras obras que se ocupan de la misma temática, sino en cuanto permite ilustrar algunos de los problemas y horizontes de investigación que surgen cuando se intenta explicar el conocimiento como elaboración social de los seres humanos.

La idea del proyecto editorial nació al interior de un grupo de debate, surgido en el 2009, denominado Semillero de Pensamiento Latinoamericano (SEPLA), coordinado por el profesor Samuel Vanegas Mahecha. El objetivo principal durante el periodo de su formación era comentar informalmente algunas lecturas sobre literatura ensayística y sociología producida en América Latina. La inquietud que marcó esta primera etapa del grupo consistió en entender por qué la producción académica del subcontinente no era estudiada como parte del núcleo formativo de las disciplinas sociales. Se partió de la sospecha, no metódicamente confirmada, de que la producción intelectual latinoamericana era apreciada como una forma de especialización académica o como una mera curiosidad intelectual. Sin embargo, a medida que los integrantes del grupo se sumergían en más debates y lecturas, se tomaba conciencia sobre la estrechez de la primera intuición. Pronto se advirtió que una cantidad de estudios dedicados al tema ocupaba a prestigiosos académicos de toda la región. Esas ideas circulaban bajo diversos nombres y temáticas. Pese a su amplia diversidad, una de ellas llamaba especialmente la atención del grupo: el pensamiento social solo puede ser entendido en relación con el entramado social.

Con las lecturas sobre pensamiento latinoamericano contemporáneo fue posible percatarse también de uno de sus rasgos más característicos: el hecho de que cada nueva generación de intelectuales trató de borrar a la anterior mediante la denuncia ideológica de sus portavoces. Así lo hicieron los científicos profesionales con los ensayistas de inicios del siglo XX, lo hicieron los dependentistas con los profesionales y, finalmente, así lo hace aun hoy el pensamiento crítico con sus predecesores. Cada generación incrimina a la anterior el no haber visto a la región latinoamericana en sus propios términos; el haberla visto a través de lentes extranjeros, puestos al servicio de las élites nacionales. La intuición de que el pensamiento latinoamericano era una curiosidad académica no se debía simplemente al entusiasmo miope de los aún no iniciados, sino a la misma lógica de investigación, que trataba de refundar su empresa sobre las ruinas de las generaciones pasadas. En este sentido, otra de las grandes conclusiones de la etapa formativa del grupo fue que cada nueva generación intelectual empieza desde cero la tarea de comprender lo específico de la tradición latinoamericana.

La segunda etapa del recorrido comenzó cuando el grupo de estudiantes reunidos en torno al ejercicio de lectura y debate decidió diseñar sus proyectos de grado en relación con los problemas suscitados. Se plantearon, entonces, el objetivo de investigar cómo se había formulado la idea de especificidad latinoamericana a lo largo del siglo XX. De esta manera, surgieron trabajos de grado que reflexionaron sobre la obra de José Carlos Mariátegui, Fernando Ortiz y Orlando Fals Borda. Esta etapa se vio avivada por la sustentación de los primeros trabajos de grado y su posterior difusión, pues pronto se sumaron al grupo nuevos estudiantes con inquietudes similares, interesados en ampliar los casos de estudio hacia otros horizontes cronológicos, geográficos y temáticos. Si se tuviese que resumir grosso modo el tipo de orientación característica de todos estos trabajos, se podría decir que en todos ellos hay un interés por entender las producciones intelectuales como problemas del desarrollo social del conocimiento. Se trataba comprender por qué los individuos entendían las relaciones sociales que ellos mismos formaban de la manera en que lo hacían, preocupación que también se puede rastrear a lo largo del libro.

En esas circunstancias, se sumó al debate el profesor Jaime Eduardo Jaramillo a principios del año 2011. Su introducción en la dinámica del grupo fue de suma importancia, porque su cercanía significó para muchos la posibilidad discutir con alguien cuya amplia trayectoria intelectual estaba consagrada, entre otras cosas, al estudio del surgimiento de la sociología colombiana. Junto con él se inició una nueva etapa del semillero y se formularon discusiones sobre los nuevos proyectos de grado y sobre las metodologías utilizadas en la investigación social de las ideas. En el centro del debate se encontraba la pregunta sobre las distintas formas de unir los textos con sus contextos. La idea era examinar una serie métodos sobre la relación entre desarrollo del pensamiento social y el desarrollo de las estructuras sociales. Era relevante, en esta última parte, responder a las preguntas: ¿en qué sentido el desarrollo de las ideas sigue el desarrollo de las estructuras sociales? y ¿de qué formas las ideas impactan la conformación de las estructuras sociales? Toda producción de conocimiento está vinculada con unas condiciones sociohistóricas específicas, pero lo que surgía como problema a indagar en este horizonte común era la manera de determinar esa relación, la identificación de rutas para describir y comprender cualquier producción intelectual en el seno de entramados sociales delimitados espaciotemporalmente; partiendo del supuesto que el caso latinoamericano no debería ser tratado como una excepción.

Con dos años de discusiones sobre el tema y nuevas investigaciones en su historial, el grupo decidió invitar a investigadores extranjeros con el objetivo de debatir los antiguos y los nuevos trabajos, conocer los contenidos y las metodologías empleadas en otras latitudes, y, tal vez, presentar los resultados de tales discusiones en un proyecto editorial. Con este objetivo en mente, se invitó en 2014 al profesor Alejandro Blanco, de la Universidad de Quilmes (Argentina), y en 2015 al profesor Sergio Miceli, de la Universidad de São Paulo (Brasil), ambos ampliamente reconocidos en la región por sus estudios sobre las élites intelectuales argentinas y brasileñas. Después de las mencionadas discusiones, el proyecto editorial tomó cuerpo, pues se presentó la oportunidad de incluir investigaciones llevadas a cabo en instituciones universitarias de otros países y así lograr una perspectiva comparada de casos particulares.

Para cuando se puso en marcha el largo proceso de edición, la mayoría de las personas que dieron origen al recorrido ya habían obtenido su título profesional. Cada uno de ellos continuó su trayectoria investigativa en temas de interés específico, teorías diversas y métodos de investigación diferentes. Sin embargo, uno de los acuerdos era evidente. La reunión de los diversos estudios debía ubicarse en función del estudio de la forma en que los seres humanos producen herramientas cognoscitivas para orientarse en los entornos que ellos mismos han creado. Simplemente se trata de concebir el desarrollo del pensamiento social bajo parámetros que parecen irrevocables para nuestra conciencia contemporánea: el pensamiento solo puede entenderse como parte del proceso de la propia construcción del ser humano bajo las condiciones históricas que él mismo ha propiciado. Proceder así, abre la posibilidad de establecer históricamente cómo se ha llegado a ver el mundo social como, en efecto, hoy en día se hace.

La presente compilación ha sido pensada como una reconstrucción comparada de las trayectorias que ha tenido el pensamiento social latinoamericano a través del desarrollo del pensamiento de los ensayistas, el surgimiento de la sociología, la institución de la crítica literaria y la trasformación de ciertos conceptos en relación con coyunturas sociopolíticas definidas en distintos momentos del proceso social colombiano y latinoamericano. El objetivo de esta organización es que el lector pueda tener ante la vista el proceso de larga duración en el curso del cual el pensamiento social se ha transformado, junto a ciertos hitos que permiten una visión comparada de cada uno de ellos.

La primera sección se ocupa de la producción ensayística de la región latinoamericana con los casos de José Enrique Rodo, José Carlos Mariátegui y Fernando Ortiz. La segunda, está dedicada a la investigación de los orígenes de la sociología en Colombia y México, mediante el retrato de las trayectorias de Camilo Torres y Orlando Fals Borda. La tercera parte está referida a la historia de la crítica literaria y del campo literario en el siglo XX, a través de la reconstrucción de los casos de António Cándido y Ángel Rama, para el caso de la crítica literaria, y de los casos de Tomás Vargas Osorio y Pedro Gómez Valderrama, para el caso de la producción literaria. Finalmente, la cuarta parte reúne trabajos que, mediante el estudio del debate de ideas, de proyectos y empresas intelectuales en coyunturas sociopolíticas específicas del siglo XX colombiano, aportan al conocimiento del complejo proceso de cambio conceptual que implica el desarrollo del pensamiento social. A continuación, se ofrecen algunas claves para leer los textos reunidos, no con el ánimo de caracterizar sistemáticamente cada uno, sino con la intención de identificar algunos de los problemas teórico-metodológicos que se encuentran en ellos.

I

Quienes reflexionan sobre la formación de las ciencias sociales en América Latina suelen concentrar sus esfuerzos en reconstruir su proceso de profesionalización, entendiéndolo como condición social sin la cual no sería posible la aparición de la investigación teórico-empírica. Bajo tal entendido, el surgimiento de científicos sociales profesionales se relaciona frecuentemente con la recepción de técnicas metodológicas renovadas, la formulación de marcos cognoscitivos innovadores y el remplazo de un intelectual amateur por un investigador con vocación empírica. De ahí, también, que la historiografía y la sociología de las ideas tradicionales se centren en comentar las diferencias teóricas entre los “viejos” y los “nuevos” paradigmas, en elaborar alguna paráfrasis de sus principales conceptos y aplicaciones, y en dar por sentado el cambio en términos de un progreso científico evidente en la transición del metafísico al investigador. Desde esta perspectiva, las primeras generaciones de científicos sociales que se asumieron como tales en América Latina tomaron dos posturas frente a lo producido en la región hasta mediados del siglo XX: o bien tendieron a ignorarlo porque lo consideraron meras especulaciones sin ningún rigor científico, o bien lo entendieron como simples ensayos que, a lo sumo, reflejaban puntos de vista parcializados, propios de la posición política de sus autores.

Los artículos que componen la primera parte de este volumen se apartan de las visiones mencionadas. Desde la mirada que los orienta, los diagnósticos elaborados por las primeras generaciones de pensadores sociales no contienen simplemente puntos de vista subjetivos, ni son tan solo la expresión de intereses de grupos particulares. Son también el producto de un genuino esfuerzo de estos hombres de letras por asimilar y entender la realidad que tenían ante sí. De acuerdo con una manera de ver que en las últimas tres décadas ha sido impulsada por las reflexiones de la crítica literaria sobre el ensayo como género (Weinberg, 2010), si hay un espacio crucial para la construcción de una consciencia cultural propia, un lugar decisivo para la producción, la resignificación y articulación colectiva de ideas en el curso del desarrollo de sociedades latinoamericanas, sería la labor ensayística de sus pensadores. En la perspectiva de quienes se ocupan en este libro de explorar sus obras, no se trata solamente de una manifestación de autenticidad cultural, de un espacio de goce estético o de confrontación ética, ni la elaboración literaria de una circunstancia espaciotemporal específica, sino de un espacio de reflexión clave para entender el desarrollo de la ciencia social en la región. No porque con ello se ponga de presente un modo idiosincrásico de producir conocimiento, sino porque se parte de la base de que, independientemente del espacio geográfico de elaboración, las ciencias sociales han encontrado en el ensayo un recurso natural de trabajo.

La reflexión sobre obras de ensayistas de la primera mitad del siglo XX en Latinoamérica se realiza con el objetivo de explicitar su visión de mundo en línea de reconstruir cómo se apropiaron de su presente histórico y caracterizar las composiciones explicativas a través de las cuales entendieron la dinámica del orden histórico social. En el estudio comparado de los diagnósticos sociales elaborados por los pensadores sociales es posible tener un acceso a la manera a través de la cual los individuos de su tiempo percibían el mundo, sin anteponer las proyecciones del propio investigador. Además de ofrecer elementos para situar estos proyectos intelectuales en perspectiva sociohistórica y entender, por esa vía, las condiciones de validez y sentido para sus autores y su tiempo, hay un esfuerzo por poner de presente la forma en que se sitúan en el curso del cambio a largo plazo del pensamiento sobre lo social y por mostrar los contornos de un legado para las ciencias sociales.

En su trabajo, Samuel Vanegas Mahecha muestra cómo, más allá del carácter ideológico que pueda ponerse de presente en las elaboraciones intelectuales de los ensayistas, sus obras pueden ser leídas en función de los problemas del cambio de las estructuras del pensamiento humano en el largo plazo. El problema sociológico de la concepción de lo humano como proceso de construcción de largo plazo, que tiene como punto de inflexión el incremento de la conciencia de esa constructividad, es la clave desde la que se examina el sentido y la contribución del Ariel, de José Enrique Rodo, en el curso del desarrollo del pensamiento social en Latinoamérica. Para dejar en claro que no se trata de un incremento constatable como totalidad en el plano de alguna conciencia individual, se muestra cómo dicha línea de cambio en la lógica del pensamiento puede reconocerse en obras de otros ensayistas sociales como José Carlos Mariátegui, Fernando Ortiz y Gilberto Freyre, situados todos en un horizonte común de problemas, definidos por la situación histórica, más o menos semejante, de sus respectivas sociedades nacionales en el seno del proceso social latinoamericano durante las primeras décadas del siglo XX.

Los otros dos artículos que dan cuerpo a la primera sección del libro son los de Sebastián Cristancho, enfocado en la comprensión de la trayectoria intelectual de José Carlos Mariátegui, y el de Adrián Celentano, referido al desarrollo y al impacto intelectual y político del concepto de transculturación de Fernando Ortiz en el ámbito cubano. En el primer trabajo, el problema central es la comprensión de la evolución intelectual del autor de los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, descrita como un proceso de apropiación situada y de resignificación del marxismo que, en función del compromiso de dar cuenta de la singularidad del proceso social peruano y como expresión del particular desarrollo del capitalismo en la región, desemboca en la formulación de una visión original del proceso histórico-social. El segundo ensayo aborda un problema que define la histórica preocupación latinoamericana por su identidad, la discusión en torno al aporte de la cultura europea y las culturas autóctonas en la configuración de las sociedades del subcontinente y su papel en el porvenir humano. En este marco, al dar cuenta del impacto que tuvo en el ámbito intelectual cubano, indica cómo el concepto de transculturación desata una controversia sobre la lógica del intercambio cultural que se convierte en una vía que posibilita acceder a una comprensión renovada y, sobre todo, más compleja del cambio social y del proceso humano, si se la compara con aquella basada en la noción de aculturación. Por esa ruta es posible soslayar tanto el fatalismo como el esencialismo a la hora de pensar la historia y el destino de América Latina y de sus respectivas naciones.

II

Al lado de aquella lectura que funda el canon de cientificidad para las ciencias sociales de la región a partir de los años cincuenta se ubica la hipótesis ampliamente difundida de que la profesionalización de las ciencias sociales fue provocada por la difusión de una ideología modernizadora, cuyos orígenes se encuentran ligados al interés geopolítico de las élites europeas y norteamericanas y al desarraigo de una élite cultural. Poca atención se le presta en esta perspectiva a la labor de los primeros profesionales como configuradores de un nuevo campo de indagación cognoscitivo. Los intelectuales latinoamericanos son, bajo tal modelo explicativo, receptores entusiastas de modelos teóricos o métodos de investigación extranjeros.

La segunda parte del presente volumen cuestiona esta perspectiva a la luz de dos tipos de lectura. Cada una de ellas es presentada por dos artículos. Se trata, en primer lugar, de estudiar la configuración de la sociología profesional en Colombia y México a través de la trayectoria intelectual y política de dos figuras emblemáticas en la formación de los respectivos campos: Camilo Torres, estudiado por Jaime Eduardo Jaramillo, para el caso de Colombia, y Lucio Mendieta y Núñez, estudiado por Natanael Reséndiz Saucedo, para el caso de México. El objetivo es reconstruir la aparición del científico profesional, ligando sus escritos y proyectos académicos con los debates intelectuales y políticos y los procesos de cambio social dentro de los cuales sus obras cobran sentido. Esto implica no solamente la recapitulación de los esfuerzos cognoscitivos llevados a cabo en el ámbito académico; también presupone dar cuenta de una práctica, de una actividad cultural y política orientada a la elaboración de legitimaciones que muchas veces desbordan los límites intelectuales nacionales y dependen de la posibilidad de configurar escenarios que permitan la circulación de ideas con intelectuales y políticos de la región. Parafraseando al sociólogo argentino Alejandro Blanco, se trata de reconstruir el debate intelectual en que una obra está inscrita, trazar la trayectoria social de su autor, así como sus proyectos y apuestas intelectuales. El objetivo es identificar las tensiones, conflictos y luchas que caracterizan en un momento determinado a un campo intelectual. En fin, las relaciones de fuerzas de sus unidades componentes (Jaramillo y Osorio, 2011, p. 158).

En segundo lugar, se trata de demostrar que el análisis de las obras científicas puede realizarse desde perspectivas historiográficas y sociológicas sin que esto implique un rechazo a la crítica epistemológica. Antes bien, una explicación empírica de las ideas exige tanto una aproximación al significado social del pensamiento como un abordaje a las justificaciones de validez que cada paradigma científico exige. Ciertamente, los autores en no pocas circunstancias se ven obligados a hacer frente a las expectativas sociales de la ciencia como a los requerimientos de validez del campo científico al mismo tiempo. Como lo exponen las investigaciones de Sylvia Riveros y Jaime Otavo, dedicadas al estudio de la obra de Orlando Fals Borda, el problema no se muestra simplemente como la lucha de coaliciones cientificistas contra idiosincrasias nacionales. Los intelectuales sienten, de hecho, esta presión como problema interno o propio. Pese a las rupturas y continuidades teóricas de un pensador, existe la posibilidad de que sus criterios de aprehensión del mundo social se encuentren fuertemente ligados a criterios valorativos. La necesidad de justificar la remanencia de elecciones valorativas muchas veces condiciona la selección de los objetos de estudio, la imagen del intelectual y la forma misma en que se presenta las investigaciones.

III

La historiografía de la literatura moderna ha debatido sobre la idoneidad de las lecturas textuales o contextuales de los textos literarios. Estas formas antagónicas de entender la obra literaria corrieron en paralelo a la preocupación más general por establecer los vínculos entre sociedad e ideas, entre textos y contextos. Las orientaciones difundidas, sobre todo durante las primeras tres décadas del siglo XX, o bien sugerían que la obra literaria reflejaba los movimientos ideológicos de una época, o bien abogaban por la autonomía del campo artístico. En consecuencia, si se seguía la primera orientación, el estudio del texto se dirigía hacia la averiguación de la procedencia social del autor, sus intereses políticos y la posible correlación entre la estructura literaria y la ideología del escritor. De seguir la segunda, el interés se centraba en el estudio de las estructuras formales que caracterizan las obras, con independencia de los acontecimientos externos.

En América Latina, el problema se planteó en torno a la temática de la identidad de la literatura local. Las preguntas se concibieron en términos de si la formación de obras literarias se daba en razón de una recepción pasiva de ideas de otras latitudes, o si, por el contrario, era posible reconstruir un canon que reflejase el carácter propio de las realidades literarias de esta región. La discusión así planteada manifestaba el predominio de una pauta de pensamiento que orientaba la investigación hacia a la búsqueda de los elementos inmutables que explicitarían los desarrollos observables en la historia de la expresión literaria en la región. La función de la crítica era, entonces, develar esta pauta invariable y juzgar la pertenencia o no de una obra al campo literario en función de su cumplimiento.

La sección dedicada al estudio de obras y crítica literaria reconstruye los esfuerzos de los intelectuales, a partir de los años treinta, por superar dicha pauta de pensamiento. Estudia, específicamente, la manera en que los escritores y los críticos latinoamericanos replantearon el dilema que presupone una lectura interna o externa de los textos. Un procedimiento así planteado permitió entender la producción literaria ya no como algo determinado por algo externo, como la sociedad o las reglas del campo, sino como un proceso de configuración social. La literatura y cada uno de sus géneros se entienden como el proceso, social e históricamente logrado, de elaboración y comunicación de determinadas experiencias. El problema de estudio es, precisamente, la explicación de cómo los individuos han logrado elaborar un tipo de reflexividad que les permita entenderse a sí mismos como personas capaces de crear ciertas experiencias y los medios para comunicarlas. Los ensayos presentados en esta sección describen estas experiencias, identifican sus condiciones de posibilidad y analizan las consecuencias que han extraído de ella los autores estudiados.

Los artículos de Laura Peña, sobre Tomás Vargas Osorio y la noción de crisis; Manuela Luengas, sobre Pedro Gómez Valderrama y la idea de historia; Jonathan Beltrán, sobre António Cândido y su propuesta de sistema literario, y de Facundo Gómez, sobre Ángel Rama y su propuesta de crítico latinoamericano, pueden ser leídos en relación con la emergencia de esta reflexividad y las experiencias que se pueden lograr con ella.

IV

Que en el siglo XX los pensadores latinoamericanos hicieron un tránsito de ideólogos partidistas hacia pensadores sociales es una afirmación bastante documentada, extendida y consensuada. Existe, también, un relativo acuerdo frente a la idea de que en ese tránsito el significado de conceptos como nación, república, Estado e historia ha cambiado. Mientras que para las primeras generaciones republicanas tales nociones parecían proyectar los deseos de fracciones sociales enfrentadas, para las generaciones posteriores, especialmente para aquellas surgidas en vísperas del primer centenario, los mismos términos reflejaban realidades totalmente distintas. Su relación con otros conceptos como lenguaje, cultura y pueblo apareció reorganizada en la pregunta ¿qué es ser latino? Lo anterior supone, para muchos, una exclusión de intereses antagónicos y el nacimiento de una historia nacional consensuada por las élites sociales de finales del siglo XIX y principios del siglo XX.

La idea según la cual el pensamiento latinoamericano cambió en el trascurso de este siglo parece irrefutable. No obstante, tan pronto se trata de explicar la naturaleza de este cambio los consensos tienden a disiparse. En las últimas décadas el disenso ha sido tal que la idea misma de indagar qué tipo de cambio se tiene a la vista parece inverosímil. Acaso ¿se puede hablar de cambio en el sentido de un progreso en la competencia para entender la idea de pueblo en el siglo XX en Colombia?, por ejemplo. ¿Se desarrolló la concepción de república en la región? ¿Cómo ha cambiado la idea de desarrollo en el curso del proceso social de las naciones latinoamericanas? Y si pueden constatarse esta clase de cambios en el largo plazo, ¿en qué sentido se puede hablar de un desarrollo del pensamiento? Este tipo de preguntas han caído en descrédito, y con su marginación se ha perdido la posibilidad de esgrimir un criterio de comparación histórica en virtud del cual identificar las condiciones bajo las cuales las reflexiones sobre el mundo social han tomado las formas en que se les puede ver en la historia.

La trasformación conceptual puede entenderse como un paulatino desarrollo del pensamiento, en virtud del cual las interpretaciones idealizadas como modelo de explicación del orden social ceden espacio a otro modelo donde se le da preponderancia a la relación inherente entre los acontecimientos sociales. El estudio de las condiciones con las cuales los grupos de humanos pudieron elaborar o no tales conceptos resulta crucial para entender la labor del científico social ante la realidad del subcontinente. Es el compromiso con este horizonte de indagación y la apuesta por contribuir a la comprensión y explicación de los cambios que caracterizan el desarrollo del pensamiento y de la reflexión sobre lo social en el espacio intelectual latinoamericano, más allá de los diagnósticos de manual, lo que otorga unidad de propósito a los trabajos que conforman esta sección del libro.

Los cuatro ensayos consideran procesos sociales de resignificación y cambio conceptual en el largo plazo. El escrito de María Isabel Zapata explora, por ejemplo, los cambios en el ideario republicano impulsados a partir de 1910; el artículo de Diana Mora estudia la manera como es pensado el pueblo por parte de las élites en el contexto de la república liberal hacia los años treinta del siglo pasado, y el trabajo realizado por Julián Gómez destaca el significado de la labor investigativa de la Misión de Economía y Humanismo, a mediados de los años cincuenta del siglo XX en Colombia, como antecedente insoslayable del oficio riguroso y metódico del sociólogo profesional, tanto por las técnicas empleadas como por la hondura de la perspectiva sociológica desde la que, desafiando el economicismo reinante y el compromiso político, se piensa el problema del desarrollo en el país en la coyuntura histórica definida por una particular correlación de fuerzas constitutiva del entramado sociopolítico nacional de mediados los años cincuenta.

V

Una consideración procesual de lo humano, una atención a la lógica del cambio social en el largo plazo, una forma de entender el proceso social como horizonte abierto en el cual los cursos de acción no se hallan prefigurados, ni existen entidades todopoderosas, ni modelos sociales prestablecidos hacia los que orientarse, constituyen un patrimonio común de principios e ideas que permitió a los pensadores latinoamericanos en la primera mitad del siglo XX afirmar con sus desarrollos intelectuales el valor de la cultura propia y proyectar horizontes de futuro en los que las sociedades del subcontinente podían aspirar a ganar control sobre sus destinos y jugar un papel activo en el porvenir humano. Una superación del etnocentrismo característico de la ciencia social clásica europea y norteamericana mediante la elaboración de una visión, en ese sentido, más realista del proceso histórico-social sería clave para entender cómo la obra de estos pensadores consigue ser importante en función del desarrollo e incremento de una consciencia de la propia singularidad histórico-cultural en Latinoamérica.

El problema del desarrollo de una conciencia de la singularidad histórica y cultural se ha planteado, sin embargo, en el ámbito latinoamericano, más con arreglo a la necesidad de emanciparse de unas formas impuestas de pensamiento y menos como un resultado que tiene en su base el incremento de la competencia para captar el mundo social en su propia lógica. Las lecturas que se hacen en esta compilación de diferentes obras y trayectorias intelectuales permiten, justamente, llamar la atención sobre este aspecto que tiende a perderse de vista cuando la crítica del “colonialismo intelectual” se lleva a cabo en el marco de una visión relativista del conocimiento que deja sin asidero la posibilidad de juzgarlo a propósito de una mayor o menor adecuación con un mundo que tiene su propia lógica. Los artículos compilados en este volumen toman distancia frente a una mirada que en correspondencia con su perspectiva relativista plantea el problema del desarrollo de la conciencia de la propia historicidad latinoamericana en el plano de la confrontación ideológica, de la lucha política y vislumbra la salida en el plano de la militancia intelectual o más recientemente en la resistencia epistemológica. Si los pensadores sociales latinoamericanos de la primera mitad del siglo XX consiguen producir un conocimiento relevante en el horizonte de la emancipación cultural, es en la medida en que, más allá de su convencimiento ideológico, del compromiso político o de la actitud militante más o menos marcada en sus trayectorias vitales, comparten un ámbito intelectual, en cuyo seno participan del proceso creativo y tienen acceso a un caudal de ideas y miradas que les permite avanzar en línea de un aumento de la competencia para captar la lógica procesual-constructiva del ser humano.

De acuerdo con este planteamiento, lo crucial sería la posibilidad de subrayar el hecho de que el proceso, a través del cual se va elaborando socialmente una comprensión más fundamentada y realista de la propia especificidad histórica y del valor cultural, muestra en su decurso una estrecha relación, una interdependencia, con el incremento (o decremento) de la capacidad para entender la lógica intrínseca del proceso humano-social. La forma y la dinámica concreta de esta relación en el curso del proceso social latinoamericano sería, en esta ruta, el problema sociológico a considerar; en los trabajos aquí realizados apenas si podrían encontrarse algunas pistas de la existencia de esa conexión. Con todo, el problema de la emancipación cultural se ve de un modo diferente si se reconoce su inscripción en el proceso de desarrollo cognitivo de los seres humanos en el largo plazo. Desde este modo de entender, la clave para la producción de una ciencia propia no estaría en la apuesta por un particularismo científico o epistemológico, o en la búsqueda de una ciencia o una razón latinoamericanas, sino en el desarrollo de la competencia para pensarnos en la lógica de la constructividad humana. Si se reconoce la ciencia social moderna como una actitud mental ligada históricamente en su desarrollo al incremento de la consciencia de esa constructividad, más allá de un legado occidentalizante constituye la expresión histórica de un proceso humano abierto de cuyo desarrollo el pensamiento y la ciencia social elaborada en el subcontinente han sido y son parte constitutiva.

Wilson Lara Bernal

Julián Ramírez Daza

Referencias

Jaramillo, J. y Osorio, D. (2011). Gino Germani y la historia de la sociología en Argentina. Entrevista al sociólogo Alejandro Blanco. Revista Colombiana de Sociología, 34 (2), 155-165.

Weinberg, L. (coord.) (2010). Estrategias del pensar. Ensayo y prosa de ideas en América Latina, siglo XX. México: Universidad Nacional Autónoma de México.

El Ariel de Rodó, el esbozo de un proyecto para el “crecimiento de la conciencia social”

Samuel Vanegas Mahecha

Pontificia Universidad Javeriana

Para la sociología, tal como la conocemos hoy, la década de 1940 provoca una división de aguas que consagró el canon clásico sobre el cual se establecieron los límites de lo que debía ser la disciplina. Si bien es cierto que la historia del análisis sociológico se puede remontar hasta la protosociología de los pensadores de la Ilustración, es con los balances de la década de 1930 —el más conocido y de más impacto es el de Parsons en 1937— que se empezará a establecer de manera organizada cuál es el corpus de la sociología (Turner, 1989).

Que la sociología en ninguna parte del mundo fuera una disciplina establecida antes de la década de 1940 es algo que se olvida cuando se hacen las reconstrucciones de la sociología en América Latina (Blanco, 2006). Todos los balances se hacen acerca de lo que se produjo en la región hasta la primera mitad del siglo XX,

[…] la época en que los abogados, los filósofos, los historiadores y hasta los médicos se convierten en profesores y especialistas en la naciente especialidad, ya fuera por vocación, por perentorias necesidades de trabajo o por la búsqueda de prestigio para sus aspiraciones políticas o el desempeño de cargos públicos. Un escenario en que la improvisación cubrió con derroche de imaginación y talento la falta de capacitación profesional existente, lo que no estuvo exento de severas e injustas críticas. (Herrera, 2006, p. 18)

Las “severas e injustas” críticas a las que se refiere Herrera se deben, en lo fundamental, a Gino Germani, quien para afirmar su obra hizo algo muy propio de la tradición latinoamericana: enterrar con una descalificación todo lo que se había producido hasta ese momento. Germani sepultó para el análisis sociológico el pensamiento social y sociológico de la primera mitad del siglo XX, bajo el rótulo de pensamiento especulativo. Este hecho ha sido muy poco cuestionado por las distintas corrientes que han guiado los derroteros de la sociología en América Latina. A través de una reflexión del Ariel, de Rodó, en este artículo se quiere ir a los años previos a la década de 1950, con el propósito de iniciar una exploración de los análisis realizados por pensadores sociales latinoamericanos de comienzos del siglo XX; olvidados por la tradición sociológica de la región, no por su incapacidad para decir algo sobre la realidad social, sino por una sociología profesional que, con la pretensión de ser “ciencia universal”, hizo tabula rasa del aprendizaje social de la región.

El conocimiento sobre lo social en América Latina, durante las cuatro primeras décadas del siglo XX, estuvo bajo el signo de un ideario latinoamericanista que permeó toda la producción intelectual a lo largo y ancho de la región. Este ideario ha sido explorado de distintas maneras, sin embargo, todas tienden a reconocer el impacto que tuvo en su desarrollo el pequeño opúsculo Ariel, que el joven ensayista uruguayo José Enrique Rodó publicó por su cuenta en 1900. Según Carlos Altamirano, el Ariel quizá ha sido la única obra en la historia intelectual latinoamericana en alcanzar el rango de “simbolizador privilegiado” de la intelectualidad de la región (Altamirano, 2010). Al poco tiempo de estar en circulación, la obra empezó a generar impacto, sobre todo entre jóvenes intelectuales, hasta llegar a desencadenar una especie de actitud ante la existencia recogida bajo la designación arielismo:

Cierta orientación del espíritu de esos años: una actitud, también denominada idealista, de descontento frente a la unilateralidad cientificista y utilitaria de la civilización moderna, la reivindicación de la identidad latina de la cultura de las sociedades hispanoamericanas, frente a la América anglosajona, y el rechazo de la nordomanía. (Altamirano, 2010, p. 10)

Como ideas movilizadoras para la intelectualidad de las primeras décadas del siglo XX, lo señalado por Altamirano resume muy bien el ideario latinoamericanista orientador de los pensadores latinoamericanos hasta la segunda mitad de la década de 1940, cuando emergieron las visiones modernizantes del proceso social en la región. Sin tener como centro la proclama que quiso transmitir Rodó, y por la cual generó el impacto ideológico que tuvo, en el presente artículo se propone observar a través del Ariel cómo el pensamiento latinoamericano hizo un balance de la primera oleada de modernización que había dejado instalados los países de la región en los mercados internacionales. La hipótesis sostenida es que en la obra del ensayista uruguayo es posible leer los trazos de problemas sociológicos importantes, que, como principios generales, fueron recogidos por algunos pensadores de la región en las primeras cuatro décadas del siglo XX. Se dejarán planteados estos problemas y apenas enunciado cómo se recogieron por parte de tres pensadores: José Carlos Mariátegui, Gilberto Freyre y Fernando Ortiz.1

El problema sociológico que aparece esbozado en el Ariel, de Rodó, apenas delineado en unos trazos muy generales, es el de la concepción de lo humano como proceso de construcción a largo plazo, que tiene como punto de inflexión el incremento de la conciencia de esa constructividad. La prolífica crítica sobre la obra del ensayista uruguayo ha encontrado en sus argumentos planteamientos afines con diversos autores que han venido después de él, influencias de autores que leyó, expresiones de la élite blanca, de la burguesía en ascenso, de aires aristocratizantes y, en fin, todo lo que se asocia a un miembro de la ciudad letrada. Aunque estas rutas han generado planteamientos interesantes, en este escrito se ha querido tomar el Ariel como un documento que recoge las elaboraciones intelectuales, no la simple expresión como se ampliará más adelante, sobre la transformación socioproductiva operada por la vinculación a los mercados internacionales como productores de materias primas de los países latinoamericanos. Tomar como documento el texto del ensayista uruguayo significa que su autor no será tenido en cuenta como una totalidad consciente2 que plasmó su pensamiento en su obra, sino que el texto será entendido como el resultado del entretejido en que se desenvolvió Rodó y, por tanto, es una ventana a través de la cual se pueden descifrar problemas que preocupaban a los latinoamericanos de su momento. Los autores que leyó, los intereses sociales y políticos que representa como individuo, las intenciones que tuvo el autor y la recepción e influencia sobre otros autores cuentan a la hora de situar a Rodó como miembro de la ciudad letrada, pero de poco sirven a la hora de entender las visiones del mundo elaboradas en la región que han contribuido a acelerar o retardar el inevitable cambio social en el que toda sociedad humana discurre.3

El Ariel, como cualquier producción de conocimiento, está necesariamente relacionado con el momento sociohistórico en el que se produce. El problema por indagar es la forma en que se relacionan, las vías y mecanismos a través de los cuales es posible comprender y explicar que una obra literaria, un ensayo, una obra de arte o una teoría científica están imbricados en el entramado social de un espacio sociogeográfico delimitado en un tiempo determinado. Desde una perspectiva sociológica, una pista que se ha tendido a seguir es la reconstrucción de las redes en las cuales se desenvolvió el autor o el creador con el supuesto de que no existe el genio individual aislado, sino que el conocimiento producido tiene que ser visto como producto de una red de interacciones. Así, los problemas abordados y la forma en la que son planteados y desarrollados por cada obra producida deben ser entendidos como el resultado de una red de personas que están enlazadas no tan solo como productores culturales, sino también como individuos en sus dimensiones políticas y afectivas.4 Otra pista que se ha seguido tiene su origen en la noción de campo de Pierre Bourdieu, desde esta mirada se ha preguntado por el momento en que las formas de producción cultural —arte, literatura, ciencia— se constituyen como campos autónomos de producción. A quienes han tomado esta ruta les ha permitido entender cuáles son las disputas que constituyen la “materia prima” que elaboran los productores culturales y, por esa vía, establecer la relación que existe entre su producción y la posición que ocupan dentro del campo en el que se desempeñan.5

Para el análisis del Ariel, se ha querido tomar una ruta diferente de las esbozadas en el párrafo anterior. A lo largo del proceso social, no solo en América Latina, sino en todas las culturas humanas, es posible constatar que los seres humanos que, en determinado momento histórico y espacial, comparten una figuración social, también comparten elementos básicos de visión del mundo que hace posible encuadrar aquello que es fundamental para su existencia social.

Autores de distinta inspiración teórica, como Reinhart Koselleck y Günter Dux, han indicado, de dos formas diferentes, que, si bien el pensamiento está situado espacial, social y temporalmente, no significa que se pueda reducir su producción a un reflejo determinado por las circunstancias en las que se genera. Koselleck, por ejemplo, mostró cómo la idea del futuro, es decir, de un tiempo lineal y no cíclico, no fue un simple desarrollo de la Ilustración, sino que se gestó en la confluencia de visiones e intereses de personas y grupos que en su momento podrían tenerse por contradictorias: Iglesia defensora de la idea del tiempo como circularidad, astrólogos, filósofos ilustrados y el naciente Estado absolutista (Koselleck, 1993). Por su parte, Dux ha dejado establecido que el pensamiento se construye como un proceso histórico y se desarrolla de acuerdo con su propia lógica en relación con las demandas del mundo natural y social. Aunque los intereses de clase o de grupos particulares, incluidos los intelectuales, están presentes en la producción y circulación de pensamiento, su generación solo es posible si hay unos mínimos compartidos por parte de quienes se disputan su hegemonía o la imponen. Históricamente, los mínimos hacen referencia al proceso de construcción de las estructuras cognitivas que hacen posible la generación de pensamiento, y que se han movido desde una “lógica subjetivista”, que concibe el mundo, natural y humano, como simple proyección de una voluntad consciente, hacia una “lógica procesual”, que busca entender el proceso evolutivo, para el mundo natural, y el proceso histórico, para el mundo humano, como el desenvolvimiento de fuerzas ciegas que no obedecen a un plan preestablecido por alguna voluntad. El paso de una “lógica subjetivista” a una “lógica procesual” no se explica por el simple despliegue de intereses de un grupo social en particular, la gestación de la idea del tiempo como futuro, por ejemplo, no se debió al plan de algún grupo social en especial, pero tampoco el decurso que ha tomado después, porque, como se sabe, el futuro ha estado en la base de proyectos de la más diversa índole ideológica en las sociedades contemporáneas. El tránsito de una lógica a la otra se explica en virtud del cambio de las estructuras cognitivas que ya ha sido ampliamente documentado tanto en su dimensión filogenética, como proceso histórico, como en su dimensión ontogenética, como proceso de cada ser humano.6

De lo planteado en el párrafo anterior, se derivan dos consecuencias importantes: por un lado, sin negar las diferencias entre los distintos grupos sociales que se disputan o buscan imponer el pensamiento que más se adecúa a sus intereses, es posible “ir detrás” de lo formulado, implícita o explícitamente, a partir de ellos; por otro lado, lo que hace posible “ir detrás” de los intereses es la constatación de que la lógica que soporta la generación de pensamiento es resultado de una construcción histórica que obedece a un proceso que no se configura al calor de la disputa por los intereses políticos y económicos. Ahora bien, decir que el desarrollo de la lógica que soporta la generación de pensamiento no está determinado por los intereses políticos y económicos no significa que estos no tengan nada que ver con su desenvolvimiento. La relación entre el desenvolvimiento de los intereses políticos y económicos y la producción de pensamiento ha sido documentada por la tradición sociológica desde los clásicos planteamientos de Marx y Engels. Sin embargo, como lo señaló Elias, desde el punto en que estos dos autores lo dejaron, en sentido estricto, no se ha tenido un real avance. En términos generales, el debate sigue partiendo del supuesto de que los intereses materiales en cualquiera de sus expresiones, sociales, políticas o económicas, serían los que explicarían el pensamiento. Scheler, Mannheim, Merton y el Programa Fuerte de la Sociología del Conocimiento, y las corrientes a las que da origen, son variantes de este planteamiento inicial. Elias escoge una ruta diferente y muestra que Marx y Engels vislumbraron que la esfera de la conciencia7 tenía autonomía y no era un simple reflejo de la esfera de lo económico. Asimismo, y esto es lo más importante, Elias indica que si Marx y Engels hicieron hincapié en la esfera de lo económico no era porque lo consideraran determinante de la conciencia, sino porque el conocimiento que existía en su momento sobre lo “material” brindaba la posibilidad de entender la regularidad que tiene su desenvolvimiento. No ocurría lo mismo con el estado del conocimiento de cómo se desenvolvía históricamente la conciencia, apenas se intuía su existencia como una esfera que también tiene regularidades en su desarrollo. El estado en que se encontraba el conocimiento de una y otra esfera es lo que explica para Elias la cambiante relación de determinación entre la conciencia y lo económico que se puede encontrar en algunos pasajes de obras de Marx y Engels (Elias, 2009).

Para Elias, el avance respecto del punto en que Marx y Engels dejaron la discusión requiere, antes que nada, entender cómo la conciencia tiene regularidades en su desarrollo que no pueden ser reducidas a las presentadas en la esfera de los intereses (económicos, políticos, sociales). En este sentido, consideró Elias que su propio trabajo contribuía a este avance en la medida en que mostró que existía un proceso de desarrollo de las estructuras emotivas y que era posible seguirlo en su propia lógica sin tener que reducirlo a ninguna esfera en particular. Por su parte, Günter Dux ha indicado que la relación entre los intereses y el pensamiento se puede entender históricamente como resultado del incremento de la reflexividad del ser humano sobre los medios disponibles para su supervivencia. Es posible constatar que el incremento de la densidad de las interdependencias entre los seres humanos lleva a que las posibilidades de generar los medios de supervivencia dependan más de las formas de organización social que se van configurando y menos del medio físico. En las sociedades primigenias, aquellas que están expuestas directamente a los medios físicos de supervivencia, la presión por generar elaboraciones sobre la situación humana proviene principalmente de la “naturaleza no humana”; en las sociedades contemporáneas la presión proviene, en lo fundamental, de la organización social. La organización social de los “intereses materiales” opera como condición de posibilidad para la producción de conocimiento, no como determinante; en este sentido, el incremento de la reflexividad en las sociedades modernas es la respuesta a una compleja construcción social que ha ampliado la cadena de mediaciones entre los seres humanos y entre ellos y la naturaleza. La reflexividad no necesariamente se da hacia una conciencia de la propia constructividad del ser humano; esto es, la ampliación del rango de distanciamiento para entender que en las sociedades contemporáneas el bienestar o el malestar depende, en buena medida, de lo que los seres humanos mismos han creado. No existe una relación de determinación entre el incremento de la constructividad humana, mayor complejidad de la organización social y la conciencia de esa constructividad, comprensión que conduce a entender que, en las sociedades contemporáneas, los males y bienes provienen de la organización social que se ha construido. Luego de esta sucinta reflexión sobre la relación entre los intereses materiales y la conciencia, se puede volver a la situación latinoamericana de finales del siglo XIX, escenario en el que se produjo el Ariel, de Rodó.

Al detenerse en las reconstrucciones sobre lo ocurrido en América Latina hacia el final del siglo XIX y comienzos del XX, se evidencia una región en la que la gran mayoría de los países “habían encontrado” uno o dos productos, con bajos niveles de trabajo incorporado, que ingleses, franceses y alemanes, principalmente, empezaron a comprar con regularidad. Se operó de esta manera la vinculación de las sociedades latinoamericanas al capitalismo internacional, de la mano de las élites instaladas en el poder luego de las luchas más o menos violentas, dependiendo de cada país, del periodo posindependencia. Por supuesto, la movilización de productos para venderles a los europeos también era la de personas, de dispositivos de poder, de “naturaleza no humana”, de símbolos y, en general, de todos los recursos de organización social con los que se contaba. Si bien es cierto que esta movilización no tuvo un impacto uniforme a lo largo y ancho de la estructura social de los países latinoamericanos, sí implicó la transformación de las formas organizativas heredadas de la Colonia. La vinculación como vendedores de productos con bajo trabajo incorporado configuró el take off del capitalismo de los países latinoamericanos y marcó el derrotero dependiente que ha sido ampliamente documentado por la historiografía y las ciencias sociales latinoamericanas. El resultado de las transformaciones operadas en la organización social de América Latina hacia el final del siglo XIX y comienzos del XX puede ser sintetizado, utilizando el sentido y la expresión acuñada por Tulio Halperin Dongui, como la “madurez del pacto neocolonial” (Halperin, 2005), lo cual significa, en otros términos, que los intereses económicos, políticos y sociales jalonados por las élites latinoamericanas configuraron una forma dependiente del desarrollo del capitalismo en estos países que terminaron por constituir un “capitalismo a la latinoamericana”.

La forma como despegó el capitalismo en América Latina y la consecuente configuración socioproductiva y política constituyeron el desafío al cual se enfrentó el pensamiento latinoamericano de comienzos del siglo XX. Así como la organización social generada tenía un “sello latinoamericano” y no fue el traslado de la forma organizativa del capitalismo europeo a la región, también la respuesta dada por quienes se ocuparon de hacer la reflexión sobre ella produjo un pensamiento que no fue simple réplica del europeo. Sin embargo, hasta su carácter de no réplica llega la semejanza, porque en la esfera del pensamiento hubo, por lo menos, el intento de hacer una elaboración de lo ocurrido respecto de ser una región enfrentada a dar cuenta de sí misma. Por esta vía se puede empezar a entender cómo al final del siglo XIX surge desde la región un movimiento como el modernismo que tuvo reconocimiento más allá de las fronteras regionales. Los intelectuales latinoamericanos de la primera mitad del siglo XX desarrollaron su obra en medio de unas sociedades, cuyas élites se vieron abocadas a un balance de las transformaciones socioproductivas y políticas que habían realizado por su cuenta, pero en estrecha dependencia con los parámetros europeos. Si, como ha indicado Leopoldo Zea, el positivismo fue el instrumento del cual se valieron las élites de final del siglo XIX para adelantar su proyecto modernizador, el americanismo fue la “forma de pensamiento” de la cual intentaron “echar mano” para tomar las riendas de las sociedades latinoamericanas. En este sentido, el Ariel, de Rodó, es una especie de boceto del americanismo en el que quedaron expuestas ideas que por el momento histórico terminaron teniendo “aire de familia”, con pensares y sentires que recorrían la región en la primera mitad del siglo XX y que fueron la materia prima para las elaboraciones intelectuales del periodo.

Bolívar, en la Carta de Jamaica, “echando una ojeada al pasado” para “presentir la suerte futura del Nuevo Mundo”, dejó planteado un problema sobre el cual ha vuelto una y otra vez el pensamiento social latinoamericano. Se preguntaba cuál era el camino que había que tomar en una región donde sus habitantes no eran ni europeos, ni africanos, ni indígenas, y llegaba a la conclusión: “Es imposible asignar con propiedad a qué familia humana pertenecemos” (Bolívar, 2009, p. 129). Dejó así planteado el interrogante ¿quiénes somos?, del que se va a ocupar el pensamiento social latinoamericano con más intensidad durante periodos en que la región se ha replegado sobre sí misma, en respuesta al agotamiento de oleadas de modernización.

De acuerdo con el filósofo y ensayista chileno Eduardo Devés Valdés, históricamente el pensamiento social latinoamericano se ha movido a través de oleadas en las que en unos momentos predomina lo que él llama lo identitario, y en otros lo modernizador. Para el pensador chileno, en los periodos en los que es prevalente lo identitario, el pensamiento producido se caracteriza por la reivindicación y defensa de lo americano, de lo latino, de lo indígena, de lo propio; la valoración de lo cultural, lo artístico, lo humanista en desmedro de lo tecnológico (sea por olvido o por desprecio); el no intervencionismo de los países más desarrollados en América Latina, la reivindicación de la “independencia” y de la “liberación”; la acentuación de la justicia, de la igualdad, de la libertad; la reivindicación de una manera peculiar de ser, distinta de la de los países más desarrollados, en la cultura y en el tiempo propios; el énfasis en el encuentro consigo mismo, con el país, con el continente (Devés, 2001). Los ciclos modernizadores, por el contrario, predominan: el afán de seguir el ejemplo de los países más desarrollados, acentuación de lo tecnológico y lo mecánico en desmedro de lo cultural, lo artístico y lo humanista; la convicción de que son los países más desarrollados o sus habitantes quienes pueden en mejor forma promover la modernización de nuestros países y, por ello, se propician formas de intervencionismo o de radicación de ciudadanos de dichos países para que importen con ellos sus pautas culturales; el énfasis en ponerse al día y la apertura al mundo; el desprecio de lo popular, lo indígena, lo latino, lo hispánico, lo latinoamericano; y el énfasis en la eficiencia, la productividad, en desmedro de la justicia y la igualdad (Devés, 2001).

Para Devés Valdés, el Ariel, de Rodó, es la ruptura del periodo modernizador de final del siglo XIX, cuya expresión fue el positivismo, e inicio de un ciclo identitario que predomina entre 1910 y 1940. En principio, se puede estar de acuerdo con Devés en que la obra del ensayista uruguayo significa un cambio de rumbo en el pensamiento social latinoamericano y la inauguración de una etapa, en la que se va a expresar lo que por el momento se pueden llamar reivindicaciones identitarias. Sin embargo, en el Ariel “la reivindicación y defensa de lo americano, de lo latino, de lo indígena, de lo propio” no se hace mediante la exaltación de una especificidad que se contraponga, bien a una pretensión de universalidad, proveniente de Europa o los Estados Unidos, bien a otras especificidades. En términos contemporáneos, no es una reivindicación de lo local como resistencia a imposiciones hegemónicas con pretensiones de universalidad.8

Desde su publicación, el Ariel ha sido tomado como una proclama que se introduce dentro de una genealogía intelectual a conveniencia de la interpretación que se haga del proceso social latinoamericano durante el siglo XX. Para quienes la influencia de los Estados Unidos, o como lo prefieren denominar: la dominación imperialista estadounidense, es uno de los ejes que explican la precaria situación de la inmensa mayoría de la población en América Latina, ven en la crítica de Rodó a la nordomanía un arquetipo de “un planteo antiyanqui” (Fernández Retamar, 2006). Aquellos que piensan que a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX hubo unos pensadores que tuvieron la capacidad de prefigurar la organización social latinoamericana del siglo XX tienen en el Ariel tal vez el principal modelo. Se ve en la obra de Rodó el discurso hegemónico de las élites latinoamericanas que contribuyeron a configurar una sociedad excluyente (Jáuregui, 2004).

En la comprensión de la figura misma del Ariel es donde se puede observar con más claridad la genealogía intelectual en la cual se ha incluido la obra de Rodó. En su ensayo, el pensador uruguayo utiliza las figuras shakesperianas de Próspero, Ariel y Calibán, personajes de La tempestad, para hacer su reflexión sobre el momento histórico. Próspero es el “viejo y venerado maestro” que diserta en la “sala amplia de estudio” frente a sus jóvenes discípulos, luego de un año de tareas, en presencia de un “bronce primoroso” del

Ariel, genio del aire, [que] representa, en el simbolismo de la obra de Shakespeare, la parte alada y noble del espíritu. Ariel es el imperio de la razón y el sentimiento sobre los bajos estímulos de la irracionalidad; es el entusiasmo generoso, el móvil alto y desinteresado en la acción, la espiritualidad de la cultura, la vivacidad y la gracia de la inteligencia, el término ideal a que asciende la selección humana, rectificando en el hombre superior los tenaces vestigios de Calibán, símbolo de sensualidad y de torpeza, con el cincel perseverante de la vida. (Rodó, 1993, p. 3)

En 1971, Roberto Fernández Retamar proclamaba: “Nuestro símbolo no es pues Ariel, como pensó Rodó, sino Calibán” (2006, p. 31). En la genealogía del ensayista cubano en la década de 1960, se da una inversión de la simbología y Calibán pasa a significar el otro, el que no encaja dentro de la tradición occidental, que es como se quiere pensar América Latina. Ariel pasa a representar el intelectual de cuño renacentista que se proclama desinteresado, pero que finalmente está al servicio del orden constituido y, por tanto, es esclavo. Para Fernández Retamar, la verdadera simbología queda organizada de la siguiente manera:

Asumir nuestra condición Calibán implica repensar nuestra historia desde el otro lado, desde el otro protagonista. El otro protagonista de La tempestad no es Ariel, sino Próspero. No hay verdadera polaridad Ariel-Calibán: ambos son siervos en manos de Próspero, el hechicero extranjero. Sólo que Calibán es el rudo e inconquistable dueño de la isla, mientras que Ariel, criatura aérea, aunque hijo también de la isla, es en ella […] el intelectual. (2006, p. 37)

El filósofo colombiano Rafael Gutiérrez Girardot considera que, salvo Pedro Henríquez Ureña, “no hubo un solo pensador hispanoamericano que desarrollara lo que sembró Rodó”9 (2006, p. 160). Las razones para Gutiérrez son fundamentalmente tres: primero, el dogmatismo del siglo XX, que enmascarado en una pretensión de transformación profunda no puede comprender un pensamiento que le apuesta a la comprensión de largo aliento; segundo, las apreciaciones de pensadores, como Rodó, “han sido víctimas de esa sorprendente inquisición moderna que reprocha al pasado (el modernismo, el positivismo) el no haber sido el futuro vago que ella preconiza y del que vive” (Gutiérrez Girardot, 2006, p. 139); y tercero,

cuando llegó la hora de la “normalización filosófica” (Francisco Romero) en Hispanoamérica, quienes la introdujeron no supieron fructificar lo propio con lo ajeno y controlar éste con aquél, de modo que la lección de Rodó y sus planteamientos intelectuales cayeron en el olvido o se los consideró como simple literatura. (2006, p. 160)

La mirada de Gutiérrez Girardot es sugerente, porque saca la obra de Rodó del foco de ser prefigurador del proceso social latinoamericano o de corrientes de pensamiento a lo largo del siglo XX y obliga a ubicar el Ariel en el entramado social de su momento histórico, para comprender cómo una obra, que tuvo un reconocido impacto en el pensamiento latinoamericano de la primera mitad del siglo pasado, es indicio de cuáles fueron los problemas elaborados como respuesta a los cambios sucedidos a causa del despegue del capitalismo en la región.

Se indicaba atrás que, en principio, hay similitud entre la “originalidad” del capitalismo latinoamericano y la respuesta elaborada por intelectuales latinoamericanos de final del siglo XIX. Tal vez la conexión entre la situación socioproductiva y política de la región y el pensamiento que se produjo sea las profundas contradicciones que encierra cada una de estas esferas. La vinculación a través de productos con baja cantidad de trabajo incorporado no conllevó una transformación radical de las estructuras de poder que posibilitara una amplia movilización social; o para decirlo en lenguaje clásico, el nacimiento del capitalismo en América Latina no estuvo acompañado de una revolución burguesa, sino que, en algunos países más que en otros, repotenció relaciones estamentales que generaron exclusión subordinada de amplias capas de población.10 Cuando se observa el Ariel, se podría llegar fácilmente a la conclusión de que es un simple reflejo de la situación socioproductiva y política esbozada para las sociedades latinoamericanas de comienzos del siglo pasado. Está escrito en el lenguaje finisecular latinoamericano que se expresa a través de figuras clásicas, sobre todo de tradición europea occidental, y tiene el “aire de familia” del pensamiento decadente que veía en las muchedumbres la amenaza de los “grandes valores” de la “humanidad”, que no había conseguido terminar de arrasar el utilitarismo engendrado por el capitalismo. Sin embargo, también se respira un optimismo por el futuro de América Latina, se confía en que la ciencia y la democracia permitirán a la región alcanzar el ideal del Ariel. Esta contradicción, lejos de ser un simple reflejo de las condiciones de su momento, es la expresión de los dilemas a los que se enfrentaba una región que no estaba pudiendo desplegar con la misma intensidad que Europa y los Estados Unidos las fuerzas que desencadenaron las transformaciones socioproductivas. Además, es la lectura de un momento del proceso histórico en el que en la misma Europa se sentía que el proyecto ilustrado tenía limitaciones que no le permitían cumplir las promesas de bienestar universal (Burrow, 2001). Asimismo, hacía parte de ese momento el ya evidente despliegue de la sociedad estadounidense como abanderada de la segunda revolución industrial, y que llevaría al espíritu del capitalismo a desprenderse definitivamente del aura religiosa que Weber analizaría en Ética protestante y espíritu del capitalismo, dejando al desnudo el espíritu utilitario.

Su carácter contradictorio no es posible reducirlo a un ideario de la naciente burguesía latinoamericana ni a las aspiraciones de un sector tradicionalista de las élites que se negaban a abandonar privilegios de filiación aristocrática. Antes, por el contrario, el Ariel puede ser tomado como una crítica a la burguesía en ascenso y a los sectores de las élites tradicionales, que no estaban siendo capaces de construir una nueva visión del mundo y se aferraban a un pasado que no tenía fundamento. A los primeros les critica su nordomanía y a los segundos, su restringida idea de democracia y su precaria comprensión de la ciencia.

A través del Ariel, Rodó realizó la lectura de su momento histórico; no es la simple añoranza romántica de un pasado que se está viendo amenazado por grupos, fuerzas o entelequias, pero tampoco es un programa de acción para algún grupo en especial. Es, más bien, el insumo, por negación, para construir su visión de una América Latina que diera un salto cualitativo e hiciera, así, su contribución al proceso de desarrollo de la humanidad. La lectura de Rodó es una excepción dentro de las principales corrientes de pensamiento en América Latina; para el pensador uruguayo la transformación del presente y la construcción del futuro no se hacía teniendo como modelo una sociedad realmente existente, ni en el pasado ni en el presente. Los cambios del presente y el futuro se hacían comprendiendo el pasado por parte de unos individuos no atados al accionar instrumental, sino dispuestos a desarrollar toda su humanidad. La búsqueda de Rodó era la construcción de una visión del mundo que superara la encrucijada en la que había caído el proyecto ilustrado europeo, cuya expresión deformada, pero con tendencia dominante, se estaba desarrollando en los Estados Unidos. Gutiérrez Girardot captó una buena parte de esta dimensión cuando, al ir finalizando su ensayo sobre Rodó, señala:

Su pasión americana no solamente “hispanoamericanizó” el modernismo, ni solamente lo culminó con su ensayo que equilibra la belleza con la moral y con el pensamiento, sino que señaló caminos concretos para llegar a la gran meta de la “Magna Patria”: el dominio de la ciencia mediante el pensamiento libre, la perfección moral de sí mismo, la esperanza y el amor. (Gutiérrez Girardot, 2006, p. 162)

En el momento histórico de Rodó no existía la “Magna Patria”, la ciencia marcaba el ritmo y, a su vez, se desarrollaba al compás de la “segunda revolución industrial”, cuya patria era el utilitarismo estadounidense. Patria de la que Weber, sin el optimismo de Rodó, diría cinco años después:

En el país donde tuvo mayor arraigo, los Estados Unidos de América del Norte, el afán de lucro, ya hoy exento de su sentido ético-religioso, propende a asociarse con pasiones puramente agonales, que muy a menudo le dan un carácter en todo semejante al de un deporte. Nadie sabe quién ocupará en el futuro la jaula de hierro, y si al término de ese monstruoso desarrollo surgirán nuevos profetas y se asistirá a un pujante renacimiento de antiguas ideas e ideales, o si por el contrario, lo envolverá toda una ola de petrificación mecanizada y una convulsa lucha de todos contra todos. En este caso, los “últimos hombres” de esta fase de la civilización podrán aplicarse esta frase: “Especialistas sin espíritu, gozadores sin corazón: estas nulidades se imaginan haber ascendido a una nueva fase de la humanidad jamás alcanzada anteriormente”. (2008, p. 287)11

Si bien el diagnóstico de Rodó había sido similar, la respuesta que dio no está dada desde la vieja Europa, sino desde la que él gustaba considerar joven América, y por eso destila optimismo al decir:

En tal sentido, se ha dicho bien que hay pesimismos que tienen la significación de un optimismo paradójico. Muy lejos de suponer la renuncia y la condenación de la existencia, ellos propagan, con su descontento de lo actual, la necesidad de renovarla. Lo que a la humanidad importa salvar contra toda negación pesimista, es, no tanto la idea de la relativa bondad de lo presente, sino la posibilidad de llegar a un término mejor por el desenvolvimiento de la vida, apresurado y orientado mediante el esfuerzo de los hombres. La fe en el porvenir, la confianza en la eficacia del esfuerzo humano, son el antecedente necesario de toda acción energética y de todo propósito fecundo. Tal es la razón por la que he querido comenzar encareciéndoos la inmortal excelencia de esa fe que, siendo en la juventud un instinto, no debe necesitar seros impuesta por ninguna enseñanza, puesto que la encontrareis indefectiblemente dejando actuar en el fondo de vuestro ser la sugestión divina de la Naturaleza. (1993, p. 9)

El optimismo paradójico del que habla Rodó es la mejor expresión de lo contradictorio que, en un primer momento, se puede encontrar en el pensamiento latinoamericano de final del siglo XIX y comienzos del XX.12 Sin embargo, en esa “contradicción” es donde radica la riqueza de la lectura del momento histórico que se puede observar a través de la obra de Rodó: no es la del decadentismo y el pesimismo europeo del momento, sino el esbozo de una potente creatividad que entiende que lo humano es resultado de un proceso de largo aliento y que no es posible atarse a un presente para medir lo que fue y lo que vendrá. Esta “visión a largo plazo” permite salirse de una búsqueda esencialista y no caer en el pesimismo del final de los días de Bolívar, cuando se preguntaba por quiénes somos, de los positivistas o de los frustrados modernizadores del siglo XX. No obstante, también da una salida para no desembocar en el optimismo ingenuo de quienes buscan en rasgos locales la fuente de salvación frente a una modernidad-modernización que se considera la fuente de todos los males.

En su visión a largo plazo, la que va a llevar a Rodó a la Antigüedad, no elige las sociedades europea o estadounidense como modelos, antes, por el contrario, las ve como estadios que hay que superar. Al igual que los pensadores del Renacimiento europeo, recurre a la Antigüedad griega para repensar el presente y el futuro. Este recurso podría ser interpretado como un dejo aristocratizante mediante el cual se deja traslucir una mirada conservadora de parte de alguien que se está dirigiendo a una élite. No obstante, si la explicación de este recurso se hace teniendo en cuenta cuál es el objetivo perseguido por Rodó, el sentido cambia radicalmente. De los griegos retoma lo que él considera el “florecimiento de la plenitud de nuestra naturaleza”, resultado de la “eterna juventud” griega. De esta plenitud “nacieron el arte, la filosofía, el pensamiento libre, la curiosidad de la investigación, la conciencia de la dignidad humana, todos esos estímulos de Dios que son aún nuestra inspiración y nuestro orgullo” (Rodó, 1993, p. 6). La “conciencia de la dignidad humana”, que es el rasgo que interesa destacar aquí del rescate que hace Rodó de la Grecia antigua, está relacionada a lo largo del Ariel con el papel activo del individuo en la construcción de sí mismo y, por tanto, de la sociedad.

De la Antigüedad griega retoma Rodó que el ser humano es sujeto activo de la construcción del mundo social. No la busca en el ideal ilustrado, porque considera que no se trata del simple uso de la razón, vacía de contenido, la que va a permitir dar el salto cualitativo que juzga se requiere para salir de la encrucijada a la que llegó la modernidad europea occidental. La razón ilustrada aparece vacía de contenido, porque hizo una escisión en el ser humano entre conciencia y obligación, que, a su vez, se tradujo en la separación de verdad, belleza y bondad. Para Rodó, esta separación está consagrada en el mismo Kant. Dice en un pasaje del Ariel:

Cuando la severidad estoica de Kant inspira, simbolizando el espíritu de ética, las austeras palabras “Dormía, y soñé que la vida era belleza; desperté, y advertí que ella es deber”, desconoce que, si el deber es la realidad suprema, en ella puede hallar realidad el objeto de su sueño, porque la conciencia del deber le dará, con la visión clara de lo bueno, la complacencia de lo hermoso. (1993, p. 18)

Ir a la Antigüedad no es un simple recurso de un escritor que ha sido calificado de “idealista”, por su crítica al utilitarismo del siglo XIX, sino que tiene todo el sentido de quien observa con claridad que, en la construcción del ser humano, han existido puntos de quiebre significativos que es necesario repensar para adquirir perspectiva frente a una construcción de futuro. La socióloga mexicana Laura Ibarra ha señalado cómo en la Grecia antigua “se adquiere la conciencia de que el orden en el mundo es un orden sobre el que se puede disponer” (2011, p. 172). La remontada más allá de la Ilustración le sirve para pensar no solo América Latina, sino repensar la misma tradición europea occidental. Un “individuo activo” en vez de un “individuo ilustrado” es lo que permite a Rodó concebir un proceso social abierto que se va configurando a la par que se van haciendo quienes lo conforman, y no un proceso con una razón ilustrada como meta predeterminada y que los individuos con valor deben alcanzar para llegar a la mayoría de edad, como en el ideal kantiano. En esta medida, ni Europa ni los Estados Unidos son puntos por alcanzar, a lo sumo como cualquier logro humano, referencias por las que hay que pasar para seguir de largo.

La idea de que del orden del mundo social se puede disponer en pleno sentido, y no en el restringido de la Ilustración que Rodó ve a través de Kant, es la que sustenta su concepción del papel activo del individuo en el proceso social y su recurso a la juventud como fundamento de transformación. Sobre la dedicatoria que tiene el Ariel, “A la juventud de América”, se pueden hacer distintas interpretaciones: que está dirigido a una generación en especial (Gutiérrez Girardot, 2006; Alvarado, 2003), que es el uso de un símbolo de una “renovación apocalíptica” al estilo de las que se dieron a lo largo del siglo XIX en Europa (Burrow, 2001). Sin embargo, en clave de entender el papel activo del individuo, un camino más adecuado es atenerse a la misma simbología de Rodó: “Yo os digo con Renán: ‘La juventud es el descubrimiento de un horizonte inmenso, que es la Vida’”.

A través de la figura de la juventud, como disposición frente a la vida, es que Rodó plantea que el individuo es sujeto activo en el proceso social. No hay en el Ariel “esencialismos”, el futuro es abierto a la construcción por parte de individuos que, si bien pueden estar atados a una tradición, no significa una determinación absoluta. En su pensamiento hay claridad sobre que en la sociedad humana no había una determinación ni intrínseca ni extrínseca, y, en este sentido, los cursos de acción no estaban predeterminados. En un pasaje del Ariel, se lee:

Sed, pues, conscientes poseedores de la fuerza bendita que lleváis dentro de vosotros mismos. No creáis, sin embargo, que ella esté exenta de malograrse y desvanecerse, como un impulso sin objeto, en la realidad. De la Naturaleza es la dádiva del precioso tesoro; pero es de las ideas, que él sea fecundo, o se prodigue vanamente, o fraccionando y disperso en las conciencias personales, no se manifieste en la vida de las sociedades humanas como fuerza bienhechora. (Rodó, 1993, p. 7)

A renglón seguido, recurriendo a la Antigüedad griega, se pregunta Rodó:

¿No nos será lícito, a lo menos, soñar con la aparición de generaciones humanas que devuelvan a la vida un sentimiento ideal, un grande entusiasmo; en las que sea un poder el sentimiento; en las que una vigorosa resurrección de las energías de la voluntad ahuyente, con heroico clamor, del fondo de las almas, todas las cobardías morales que se nutren a los pechos de la decepción y de la duda? ¿Será de nuevo la juventud una realidad de la vida colectiva, como lo es de la vida individual? (1993, p. 8)

El acento en el individuo no aparece en Rodó como simple ingenuidad voluntarista. La educación, espacio privilegiado para el ensayista uruguayo en la construcción del futuro, era necesario hacerla en relación con otros y en la confrontación permanente. “Ninguna firme educación de la inteligencia puede fundarse en el aislamiento candoroso o en la ignorancia voluntaria” (1993, p. 9). No se trata de individuos que mediante su acción prefiguren el mundo social futuro, sino del lento proceso de transformación que se opera a través de la educación. Por esto, el Próspero del Ariel hablando de la humanidad del futuro les dice a sus discípulos:

No seréis sus fundadores, quizá; seréis los precursores que inmediatamente la precedan. En las sanciones glorificadoras del futuro, hay también palmas para el recuerdo de los precursores. Edgar Quinet, que tan profundamente ha penetrado en las armonías de la historia y la naturaleza, observa que para preparar el advenimiento de un nuevo tipo humano, de una nueva unidad social, de una personificación nueva de la civilización, suele precederles de lejos un grupo disperso y prematuro, cuyo papel es análogo en la vida de las sociedades al de las especies proféticas de que a propósito de la evolución biológica habla Héer. El tipo nuevo empieza por significar, apenas, diferencias individuales y aisladas; los individualismos se organizan más tarde en “variedad”; y por último, la variedad encuentra para propagarse un medio que la favorece, y entonces ella asciende quizá al rango específico: entonces —digámoslo con las palabras de Quinet— el grupo se hace muchedumbre, y reina. (1993, p. 50)

Asimismo, para no generar la ilusión de que una acción bien intencionada de individuos genera de inmediato las transformaciones que se desean, Próspero les dice a sus discípulos:

Acaso sea atrevida y candorosa esperanza creer en un aceleramiento tan continuo y dichoso de la evolución, en una eficacia tal de vuestro esfuerzo, que baste el tiempo concedido a la duración de una generación humana para llevar en América las condiciones de la vida intelectual, desde la insipiencia en que las tenemos ahora, a la categoría de un verdadero interés social y a una cumbre que de veras domine. Pero, donde no cabe la transformación total, cabe el progreso; y aun cuando supierais que las primicias del suelo penosamente trabajado, no habrían de servirse en vuestra mesa jamás, ello sería, si sois generosos, si sois fuertes, un nuevo estímulo en la intimidad de vuestra conciencia. La obra mejor es la que se realiza sin las impaciencias del éxito inmediato; y el más glorioso esfuerzo es el que pone la esperanza más allá del horizonte visible; y la abnegación más pura es la que se niega en lo presente no ya la compensación del lauro y el honor ruidoso, sino aun la voluptuosidad moral que se solaza en la contemplación de la obra consumada y el término seguro. (1993, p. 52)

En conexión con el activo papel del individuo en el proceso social, está la crítica que hace Rodó del utilitarismo. En esta forma de ver y hacer el mundo, ve apenas un estadio en el curso de construir un ser humano apropiado de todo su ser, como era su utopía. La crítica de Rodó al utilitarismo no es la de cuño conservador que se hiciera, por ejemplo, en Colombia, en la que se lamentaba una reducción de lo humano a un sensualismo superficial y, ante todo, anticatólico (Parra, 2002). El utilitarismo en el Ariel es objeto de crítica, porque no le permite al ser humano desarrollar plenamente todas sus capacidades, lo limita a lo presente e inmediato y no le deja visualizar un futuro que no esté atado a la acción presente. Esta crítica la enlaza Rodó al propósito que para él debe tener la educación: no es la preparación para el presente, para las demandas del mercado se diría hoy, sino para el porvenir, es decir, para lo que está por construirse como superación del presente. La educación para el hoy está soportada en un concepto “falsísimo y vulgarizado” que

la imagina subordinada exclusivamente al fin utilitario, se empeña en mutilar, por medio de ese utilitarismo y de una especialización prematura, la integridad natural de los espíritus, y anhela proscribir de la enseñanza todo elemento desinteresado e ideal, no repara suficientemente en el peligro de preparar para el porvenir espíritus estrechos que, incapaces de considerar más que el único aspecto de la realidad con que estén inmediatamente en contacto, vivirán separados por helados desiertos de los espíritus que, dentro de la misma sociedad, se hayan adherido a otras manifestaciones de la vida. (Rodó, 1993, p. 11)

La queja contra el utilitarismo de la fragmentación del ser humano no estaba inspirada en una nostalgia por una totalidad perdida por culpa del desarrollo moderno. Antes, por el contrario, reconoce en el utilitarismo un paso adelante en el proceso humano, porque ha permitido el incremento del control de las fuerzas de la naturaleza, y que en un futuro puede ser posible reconciliar con la totalidad del ser humano. En palabras de Rodó:

La inculpación de utilitarismo estrecho que suele dirigirse al espíritu de nuestro siglo, en nombre del ideal, y con riesgos de anatema, se funda, en parte, sobre el desconocimiento de que sus tiránicos esfuerzos por la subordinación de las fuerzas de la naturaleza a la voluntad humana y por la extensión del bienestar material, son un trabajo necesario que preparará, como el laborioso enriquecimiento de una tierra agotada, la florescencia de idealismos futuros. La transitoria predominancia de esa función de utilidad que ha absorbido a la vida agitada y febril de estos cien años sus más potentes energías, explica, sin embargo, ya que no las justifique, muchas nostalgias dolorosas, muchos descontentos y agravios de la inteligencia, que se traducen, bien por una melancólica y exaltada idealización del pasado, bien por una desesperanza cruel del porvenir. Hay, por ello, un fecundísimo, un bienaventurado pensamiento, en el propósito de cierto grupo de pensadores de las últimas generaciones, entre los cuales sólo quiero citar una vez más la noble figura de Guyau, que han intentado sellar la reconciliación definitiva de las conquistas del siglo con la renovación de muchas viejas devociones humanas, y que han invertido de esa obra bendita estos tesoros de amor con genio. [El subrayado es mío] (1993, p. 23)

La superación del utilitarismo conduciría a un ser humano con capacidad de explorar todas las áreas se su propia construcción. En su tono de optimismo paradójico, por ser expresado a partir de la crítica a un momento que a la vez que se consideraba nefasto se tenía la esperanza que era la base de la futura sociedad, Rodó se expresa prácticamente en los mismos términos que usara medio siglo antes otro optimista paradójico. Dice Rodó:

Los unos seréis hombres de ciencia; los otros seréis hombres de arte; los otros hombres de acción. Pero por encima de los afectos que hayan de vincularos individualmente a distintas aplicaciones y distintos modos de la vida, debe velar, en lo íntimo de vuestra alma, la conciencia de la unidad fundamental de nuestra naturaleza, que exige que cada individuo humano sea, ante todo y sobre toda otra cosa, un ejemplar no mutilado de la humanidad, en el que ninguna noble facultad del espíritu quede obliterada y ningún alto interés de todos pierda su virtud comunicativa. Antes que las modificaciones de profesión y de cultura está el cumplimiento del destino común de los seres racionales. “Hay una profesión universal, que es la de hombre”, ha dicho admirablemente Guyau. Y Renán, recordando, a propósito de las civilizaciones desequilibradas y parciales, que el fin de la criatura humana no puede ser exclusivamente saber, ni sentir, ni imaginar, sino ser real y enteramente humana, define el ideal de perfección a que ella debe encaminar sus energías como la posibilidad de ofrecer en un tipo individual un cuadro abreviado de la especie. (1993, p. 10)

Marx, el otro optimista paradójico, dijo medio siglo antes en la Ideología alemana:

En efecto, a partir del momento en que comienza a dividirse el trabajo, cada cual se mueve en un determinado círculo exclusivo de actividades, que le es impuesto y del que no puede salirse; el hombre es cazador, pescador, pastor o crítico, y no tiene más remedio que seguirlo siendo, si no quiere verse privado de los medios de vida; al paso que en la sociedad comunista, donde cada individuo no tiene acotado un círculo exclusivo de actividades, sino que puede desarrollar sus aptitudes en la rama que mejor le parezca, la sociedad se encarga de regular la producción general, con lo que hace cabalmente posible que yo pueda dedicarme hoy a esto y mañana a aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar y por la noche apacentar el ganado, y después de comer, si me place, dedicarme a criticar, sin necesidad de ser exclusivamente cazador, pescador, pastor o crítico, según los casos. (1973, p. 34)

Para entender un poco más la visión que tenía Rodó sobre el utilitarismo, vale la pena detenerse un momento y hacer la comparación con las reflexiones citadas de Weber y Marx.13 En la cita de Weber, se evidencia cómo ante una misma situación —el utilitarismo de la sociedad estadounidense al desnudo— la elaboración de Rodó es totalmente diferente de la del sociólogo alemán. La cita de Marx, por lo contrario, muestra una afinidad entre Rodó y el pensador alemán. La comparación entre las dos citas y la elaboración de Rodó permite destacar tres aspectos importantes. Primero, la lectura hecha por Rodó de su momento histórico no es un simple reflejo de la situación material, sino la elaboración de un individuo que logra vislumbrar la constructividad del proceso social. La reflexión weberiana es fruto de su visión pesimista de la modernidad, que a su vez está arraigada en una concepción “ingenuamente evolutiva” del proceso social, muy en la tónica de final del siglo XIX europeo, que ubica en línea ineluctable de desenvolvimiento la sociedad estadounidense, concebida como extensión de la sociedad europea, como cabeza de la historia de la humanidad. Aunque Rodó también entiende la sociedad estadounidense como prolongación de la europea, se diferencia del planteamiento de Weber en el sentido de no concebir la ruta estadounidense como inevitable destino de la humanidad. Segundo, para Rodó el gran problema que se tenía en ese momento era la consagración del utilitarismo como principio absoluto de desarrollo, es decir, sin posibilidades de concebirlo como construcción humana y, por tanto, evitable. La amenaza que veía el pensador uruguayo en los Estados Unidos no era el poder que podía desplegar su organización social sobre América Latina, sino el espíritu utilitarista que la soportaba y ya había permeado, por lo menos, a las élites latinoamericanas.14 Tercero, la reflexión sobre el utilitarismo en América Latina que se puede leer en Rodó constituyó, al igual que la europea, un balance de lo ocurrido con el desarrollo del capitalismo como forma de organización social. El optimismo paradójico que emparenta a Rodó con Marx tiene su base en que en los dos hay una concepción a largo plazo del proceso social que les permite entender el presente como un momento del desarrollo histórico, así como una visión del ser humano como productor de sí mismo; aunque el pensador uruguayo es más consecuente con su concepción de proceso en la medida en que el futuro lo entiende abierto y no predeterminado por ningún sujeto individual o colectivo.

¿De qué naturaleza es la superación del utilitarismo que Rodó dejó planteada en su Ariel? Como ya se anotó, la crítica al utilitarismo no se hace desde una añoranza romántica de un pasado mejor o de la sensación de amenaza de algo que se considera sagrado. No se trata de una vuelta al pasado, de la recuperación de “valores perdidos” que en algún tiempo pudieron encarnar el ideal de un ser humano en la plenitud de su ser. Asimismo, tampoco se puede decir que es la respuesta de un “idealista” (Fernández Retamar, 2006) al avance de un materialismo que no había tenido la capacidad de generar “ideales sublimes”, y que, por tanto, hería la sensibilidad de un miembro de la ciudad letrada (Rama, 2004), lo cual para algunos críticos de Rodó habría alimentado tendencias conservadoras en América Latina, que leyeron en la referencia a ideales aristocráticos una invitación a la conservación de ideales de rancias élites latinoamericanas. O también, como lo señala Fernández Retamar, es el idealismo del intelectual que se siente iluminado y llamado a conducir las muchedumbres ignorantes sin conocerlas realmente.

Frente a estas interpretaciones, se puede destacar que para Rodó la superación del utilitarismo pasaba por un salto cualitativo en la forma en que los seres humanos tienen organizado el mundo. La civilización para el pensador uruguayo no se definía por la riqueza material, “sino de las superiores maneras de pensar y de sentir que dentro de ella son posibles” (1993, p. 24). Aunque en principio esto pueda aparecer como un argumento típicamente idealista, ubicado en la mecánica división factores materiales-factores ideales, cambia de sentido si se entiende que, en la esfera de la conciencia, otra manera de nombrar los modos de pensar y sentir también opera un proceso de acumulación que no es simple reflejo de la acumulación de riqueza, entonces, que Rodó considere que la acumulación de bienes materiales no es lo único que distingue una sociedad no puede ser tomado como el argumento de un “idealista”.

La crítica que hace Rodó al utilitarismo la hace en cuanto es una forma de pensar y sentir que está atada a la acción, que se deriva en ver y concebir el mundo social como una proyección de la forma de actuar en el presente. Como parte de su crítica al utilitarismo, viene la de la nordomanía, donde expresa una frase ya célebre sobre los Estados Unidos: “Y por mi parte, ya veis que, aunque no les amo, les admiro”. En una de las varias descripciones que hace de este país dice:

En el principio la acción era. Con estas célebres palabras del Fausto podría empezar un futuro historiador de la poderosa república, el Génesis, aún no concluido, de su existencia nacional. Su genio podría definirse, como el universo de los dinamistas, la fuerza en movimiento. Tiene, ante todo y sobre todo, la capacidad, el entusiasmo, la vocación dichosa de la acción. La voluntad es el cincel que ha esculpido a ese pueblo en dura piedra. Sus relieves característicos son dos manifestaciones del poder de la voluntad: la originalidad y la audacia. Su historia es, toda ella, el arrebato de una actividad viril. Su personaje representativo se llama Yo quiero, como el “superhombre” de Nietzsche. (1993, p. 38)

Como se dejó establecido atrás, respecto del proceso que el ser humano ha venido haciéndose a sí mismo, se ha podido constatar empíricamente que la modernidad implicó un cambio en las formas de pensar y de sentir, se pasó de una lógica centrada en el sujeto, que veía el mundo como resultado de su propia acción, a una donde se buscan las causas como resultado de la propia lógica de los procesos naturales y sociales, y no como respuesta a una acción humana (Ibarra, 2005). El utilitarismo estadounidense para Rodó era una forma de pensar y sentir que ve el mundo desde el “yo quiero”, es decir, está atado a una “lógica subjetivista”. Ampliando lo que está entendiendo por una cultura hija del “yo quiero”, se lee en el Ariel:

Diríase que el positivismo genial de la Metrópoli ha sufrido, al transmitirse a sus emancipados hijos de América, una destilación que le priva de todos los elementos de idealidad que le templaban, reduciéndole, en realidad, a la crudeza que, en las exageraciones de la pasión o de la sátira, ha podido atribuirse al positivismo de Inglaterra. El espíritu inglés, bajo la áspera corteza de utilitarismo, bajo la indiferencia mercantil, bajo la severidad puritana, esconde, a no dudarlo, una virtualidad poética escogida, y un profundo venero de sensibilidad, el cual revela, en sentir de Taine, que el fondo primitivo, el fondo germánico de aquella raza, modificada luego por la presión de la conquista y por el hábito de la actividad comercial, fue una extraordinaria exaltación del sentimiento. El espíritu americano no ha recibido en herencia ese instinto poético ancestral, que brota, como surgente límpida, del seno de la roca británica, cuando es el Moisés de un arte delicado quien la toca. (1993, p. 39)

Cuando va finalizando el Ariel, Rodó expresa con sorprendente claridad lo que podría tenerse por una caracterización del salto cualitativo que él pensaba se requería dar frente al utilitarismo.

Hubo en la antigüedad altares para los “dioses ignorados”. Consagrad una parte de vuestra alma al porvenir desconocido. A medida que las sociedades avanzan, el pensamiento del porvenir entra por mayor parte como uno de los factores de su evolución y una de las inspiraciones de sus obras. Desde la imprevisión oscura del salvaje, que sólo divisa del futuro lo que falta para terminar de cada período de sol y no concibe cómo los días que vendrán pueden ser gobernados en parte desde el presente, hasta nuestra preocupación solícita y previsora de la posteridad, media un espacio inmenso, que acaso parezca breve y miserable algún día. Sólo somos capaces de progreso en cuanto lo somos de adaptar nuestros actos a condiciones cada vez más distantes de nosotros, en el espacio y en el tiempo. La seguridad de nuestra intervención en una obra que haya de sobrevivirnos, fructificando en los beneficios del futuro, realza nuestra dignidad humana, haciéndonos triunfar de las limitaciones de nuestra naturaleza. (1993, p. 52)

En el Ariel no aparecen los argumentos de un conservador, de un intelectual idealista, sino de un individuo que, en medio de las contradicciones generadas por el despegue del “capitalismo a la latinoamericana”, esbozó, de manera igualmente contradictoria, no como una totalidad consciente, una posible ruta para la construcción de una visión del mundo, en la que, mediante el incremento de la conciencia de la constructividad, los individuos contribuyeran al desarrollo de un mundo que no fuera la simple pretensión de imitar la organización social estadounidense, sino que se imaginara derroteros diferentes. Para finalizar este artículo, se deja delineada, en sus trazos generales, una hipótesis acerca de cuál pudo haber sido el “legado” del Ariel.

Al igual que se hizo con el Ariel, el delineamiento de la hipótesis de su “legado” no se hace buscando totalidades conscientes de la ciudad letrada latinoamericana de la primera mitad del siglo XX. Se destacan algunos aspectos de obras en las que no hay mayores rastros explícitos de la proclama arielista, pero que dejan entrever que el fantasma arielista recorría América Latina y permeó, hasta por lo menos la década de 1940, una manera de entender el proceso social en la región. Para el ejercicio, se han tomado tres obras: Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), de José Carlos Mariátegui; Casa Grande y Senzala (1933), de Gilberto Freyre, y Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (1940), de Fernando Ortiz. Estas tres obras, en su búsqueda de comprensión de las sociedades nacionales a las que se refieren, recurren, en primer lugar, a una visión a largo plazo.15 Mariátegui, en cada uno de sus siete ensayos, trata un problema distinto, pero en todos busca reconstruir la lógica en la que ha desarrollado y así entender su configuración actual; Freyre, para entender el Brasil contemporáneo, se remonta a las características que él considera tenía cada uno de los grupos que lo conformaron, para así comprender con qué fueron “contribuyendo” en el proceso de hibridación a la constitución de una sociedad exitosa en el trópico; por su parte, Ortiz, teniendo muy presente que Cuba es resultado de la confluencia de afrodescendientes, blancos e indígenas, va observando cómo se ha operado el proceso de transculturación para producir la sociedad cubana.

En segundo lugar, en términos metodológicos, se hace una reconstrucción del proceso social de abajo hacia arriba. En las tres obras, no se da por sentada ninguna entidad que explique el proceso social, sino que se busca explicar, en el caso de Mariátegui, la formación social a partir de las características propias del proceso social peruano sin hacer categorizaciones previas; Freyre arranca desde la vida cotidiana y se va remontando hasta la sociedad patriarcal brasileña; por su parte, Ortiz, desde un minucioso conocimiento de las características botánicas y ecológicas del tabaco y el azúcar, va pasando por las construcciones económicas y simbólicas hechas en torno a estos productos y termina mostrando Cuba en toda su especificidad y universalidad.

En tercer lugar, Mariátegui, Freyre y Ortiz no siguen en su trabajo ningún modelo de una sociedad concreta para establecer qué tan lejos o cerca está el proceso que cada uno está reconstruyendo. En este sentido es que se entiende el socialismo indígena de Mariátegui, que lo distancia del marxismo ortodoxo y que le permitió presentar al indígena como el sujeto histórico revolucionario que conduciría la transformación del Perú. Ortiz acuña el concepto de transculturación para contraponerlo al de aculturación, término de moda en la antropología y la sociología de ese momento, que luego hizo curso en las teorías de la modernización desplegadas con fuerza después de la Segunda Guerra Mundial. El concepto de transculturación le permite entender a Ortiz que la Cuba de su tiempo, como cualquier sociedad, es resultado de un permanente proceso de transformación en el que se imbrican distintos elementos culturales, económicos, políticos, y van produciendo formas sociales nuevas que no son la concreción fidedigna de planes previamente establecidos, porque el proceso social a medida que se va desenvolviendo también va construyendo las claves en las que lo hace. En este sentido, de nada vale tener un modelo de sociedad concreta que sirva de referente ideal de comparación. Freyre buscaba dar cuenta del éxito de una “civilización en el trópico”, y para ello no siguió ningún modelo de referencia que le diera parámetros para hacer la reconstrucción, ni mucho menos para que le “midiera” el nivel de éxito.

En cuarto lugar, asociado a la ausencia de modelos preestablecidos para la reconstrucción de los procesos sociales, en las obras que se vienen comentando se asume al ser humano como activo en el proceso de su construcción, pero sin que signifique que tiene capacidad de prefiguración o de agencia para amoldar el mundo social a las intenciones que despliega. El indígena como sujeto histórico revolucionario sería resultado del lento proceso de transformación tanto de las condiciones sociales como de la comunidad indígena misma. El punto de partida sería la “comprensión no tradicional de la tradición” que tenía Mariátegui,16 puesto que esto permitiría entender claramente cuál era la situación en la que se encontraba el proceso y les pondría freno a voluntarismos ingenuos. Freyre en varios pasajes deja ver que tampoco tenía una idea ingenua de la acción del ser humano, por ejemplo, cuando habla del éxito del portugués en el trópico no se lo atribuye a un acto de férrea voluntad, sino al resultado del proceso social que fue configurando a los portugueses a lo largo de contacto “temprano” con África; de esta manera, la simple acción de los colonizadores portugueses no explica el éxito portugués en el trópico, sino el proceso social de la sociedad portuguesa que produjo individuos con capacidad de adaptarse y dominar en el trópico americano. En Fernando Ortiz, la cubanidad no es obra del simple despliegue de una prefiguradora voluntad humana, sino que opera en medio de unas condiciones de posibilidad conformadas por el medio geográfico, las características botánicas del tabaco y el azúcar, la esclavitud, la forma de producir el tabaco y el azúcar, las maneras de consumir los dos productos y las formas de sociabilidad.

Conclusiones

Entender el desarrollo del pensamiento latinoamericano, como lo hace Devés Valdés, en los términos de oleadas de planteamientos identitarios y modernizadores es un sugerente punto de partida para entender cómo ha sido el desarrollo de la sociología en América Latina. A grandes rasgos, los periodos de auge de la sociología han coincidido con el predominio del pensamiento modernizador: en el último cuarto de siglo XIX, las primeras cátedras de sociología surgen en medio de la ola modernizadora y luego se vieron opacadas en el panorama intelectual latinoamericano por el surgimiento del modernismo y el “ideario latinoamericanista” que marcó el periodo identitario hasta la década de 1950, cuando vuelve la ola modernizadora y con ella la institucionalización de la sociología profesional en la región. Desde mediados de la década de 1980, han venido prevaleciendo disciplinas y formas de entender la realidad humana que hacen énfasis en la dimensión cultural, y por esa vía lo identitario ha vuelto a parecer como preocupación de pensadores y científicos sociales latinoamericanos. En el último periodo, a diferencia de otros de predominancia modernizadora, quienes ejercen la sociología han tendido a sumarse, algunos a regañadientes o sin mayores herramientas, a la ola identitaria.

Con todo y lo sugerente que es el citado trabajo de Devés Valdés, queda faltando una explicación de por qué se dan alternativamente las oleadas de pensamiento identitario y modernizador. Como hipótesis explicativa, se podría dejar indicado que las oleadas identitarias están asociadas a esas fases del proceso social en las que, luego de fuertes transformaciones modernizadoras, se hacen balances de los cambios ocurridos. Como se ha indicado, el Ariel, de Rodó, puede ser leído como un balance de la primera fase de modernización de la región hacia finales del siglo XIX. Con esto no se está haciendo una crítica del trabajo del filósofo chileno, sino cerrando este artículo con una reflexión sobre lo que aportaría a la sociología en América Latina entenderse como parte del proceso de producción de pensamiento en la región sin dar por sentado un canon de una disciplina que está lejos de ser universal. No se trata de exaltar “particularidades”, las elaboraciones hechas en América Latina frente a “universalidades”, lo producido en Europa y los Estados Unidos; más bien, se busca llamar la atención acerca de lo importante que sería para la sociología latinoamericana incorporar como fuente de teorización los desarrollos de pensamiento social que han habido en la región. Por demás, esta forma de proceder, por si se requiere un ejemplo de “autoridad”, no sería distinta de lo llevado a cabo por la sociología europea o la sociología estadounidense, en cuyas bases está la “filosofía social”, por momentos difícil de deslindar de cierta teoría sociológica.

Hacia la mitad de la década de 1960, Mario Benedetti (1966) había indicado que el Ariel ya era obsoleto, porque ideológica y estéticamente era incomprensible para ese momento, y como para no olvidarlo, Óscar Terán (2010) recientemente volvió a recordar que hoy es difícil de comprender la obra del ensayista uruguayo cuando “su retórica, su estética e ideología han caído”. Para poder entenderlo, Terán sugiere que, a fin de superar el obstáculo y entender el Ariel, hay que comprenderlo en el cruce de dos líneas de lectura que lo atraviesan: el temor antiyanqui, que permeaba vastos sectores intelectuales latinoamericanos, y la sensibilidad modernista rubendariana, que se compaginaba con la “reacción antipositivista” de la época y que había tenido “una recepción atenuada y desfasada pero creciente en América Latina”. La pregunta que puede quedar es por qué un ensayo, cuya obsolescencia fue declarada hace medio siglo, y además ratificada hoy, sigue ocupando el interés de quienes se dedican a entender y explicar el pensamiento producido en América Latina. La respuesta que se quiere dejar para cerrar es que tal vez en el Ariel, bajo el ropaje de su lenguaje obsoleto, haya indicios de algo que no se ha podido plantear de manera clara: no partir de entender el ser humano que ha configurado las sociedades no europeas o no estadounidenses como deficitario frente a quienes impulsaron el desarrollo humano desde Europa y los Estados Unidos. El proyecto que apenas queda esbozado en el Ariel no es simplemente el de la reacción atenuada y desfasada latinoamericana, indicada por Terán, frente a una modernidad, que apenas si había indicios concretos en la región en su momento, sino el de las posibilidades de un ser humano que, una vez desplegada su capacidad de transformación de la naturaleza, debía enfrentar su propia transformación a través del incremento de la conciencia de su propia construcción. El proyecto del incremento de la conciencia de la propia constructividad se ha visto truncado una y otra vez a través de la entronización de absolutos, como el mercado, el esencialismo de las tradiciones culturales o de rasgos particularizantes, como la etnia o la condición de género. Estos absolutos se tienden a convertir en razones de ser trascendentales al estilo kantiano, que no permiten observar con claridad que todo lo que es el ser humano se debe a su propia construcción, y como tales habría que explicarlos, y tal vez cuando se entienda cómo se producen, se puedan controlar.

Referencias

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Notas

1 Entre los varios límites que se pueden elegir para poner la frontera entre la primera y segunda mitad de siglo XX en la producción intelectual latinoamericana, la aparición en 1942 de Cuadernos Americanos puede constituir una “divisoria de aguas” de los dos periodos. Liliana Weinberg ha indicado que, como proyecto editorial, esta revista recogió viejos y nuevos canales de circulación de publicaciones y circuitos intelectuales ligados al arielismo, el juvenilismo, el reformismo universitario, el unionismo, el aprismo, el anticolonialismo y el temprano antiimperialismo. Asimismo, indica que Cuadernos Americanos se vio abocado a repensar varios de los asuntos que habían ocupado el pensamiento social latinoamericano en las primeras décadas del siglo XX (Weinberg, 2010). De lo indicado por Weinberg en su trabajo sobre la revista, se puede deducir que Cuadernos Americanos significó un “cambio de tono” en el pensamiento social latinoamericano. Con Silva Herzog, su director de 1942 a 1985, especialista en teorías del desarrollo económico, la revista se va a convertir en un bastión del proyecto modernizador, que, a pesar de compartir su “progresismo” con la etapa anterior del pensamiento latinoamericano, terminará por entronizar la “alta cultura” y el conocimiento instrumental asociado al carácter profesionalizante con el que se fueron institucionalizando disciplinas como la economía y la sociología. La crítica a la instrumentalización a través de la crítica al utilitarismo es uno de los rasgos del arielismo, como se indicará más adelante en este texto.

2 En términos sociológicos, no existe ningún individuo, por privilegiado que sea, que pueda ser consciente de la realidad de su momento histórico, lo cual no quiere decir que no haya individuos con mayor capacidad de influencia, en virtud de su posición en la estructura social y, en esa medida, desatar cambios o frenarlos. Un individuo con la capacidad de conciencia total sobre lo que representa en un determinado momento es la ilusión de la razón ilustrada que apenas hace sustitución funcional de la divinidad por el ser humano como la medida de todas las cosas.

3 Como se planteará más adelante, si bien los intereses de toda índole hacen parte de la producción del pensamiento, no es posible establecer una simple relación de causalidad.

4 Un texto que ya va teniendo el rango de clásico en esta perspectiva es el Randall Collins, Sociología de las filosofías: una teoría global del cambio intelectual (2005). Una variante que va teniendo muchos adeptos es la originada en la obra de Bruno Latour, que tiene la pretensión de redefinir la teoría sociológica, involucra dentro de la red de producción no solo a los “actores humanos”, sino también a los “no humanos”, dispositivos tecnológicos y la naturalez (Latour, 2005).

5 La noción de campo atraviesa toda la obra de Bourdieu, para dos de los campos de los que se ocupó se puede ver Las reglas del arte, génesis y estructura del campo literario (Bourdieu, 1995) y El oficio del científico. Ciencia de la ciencia y reflexividad (Bourdieu, 2003).

6 Desde los pioneros trabajos de Piaget, pasando por los de Vigostky, Luria y Brunner, hasta los estudios transculturales que han constatado aspectos básicos de la obra piagetiana, y la síntesis realizada por sociólogos, como Günter Dux, se ha comprobado que el proceso de desenvolvimiento de la humanidad tiene como base el desarrollo de las estructuras cognitivas. Este desarrollo se da en un doble sentido: por un lado, históricamente es posible comprobar cómo los seres humanos han dado saltos cualitativos en la forma como conciben el mundo; y, por otro lado, en la medida en que esos saltos cualitativos no es posible heredarlos, a cada nuevo ser humano le toca desarrollarlos una y otra vez de acuerdo con el estado en que se encuentren los adultos competentes en cada momento histórico.

7 Elias usa el término conciencia indicando que así se referían en el lenguaje clásico a conocimiento o pensamiento.

8 Aceptando la periodización de Devés Valdés, el “periodo identitario” de 1910-1940 va a heredar este rasgo del Rodó. En Vasconcelos, Freyre, Ortiz, Mariátegui no hay defensas de “lo local”, hay, más bien, apuestas por entender sus sociedades como parte del proceso de construcción humana.

9 En principio, se puede estar de acuerdo con Gutiérrez Girardot si se toma el Ariel como una proclama que prefigura un plan de acción; no obstante, si se lo entiende como documento que recoge las elaboraciones sobre su momento histórico, su legado se puede hallar en obras de autores que no necesariamente se proclamaban sus herederos, pero que entienden el proceso latinoamericano en claves que tienen afinidad con el pensamiento del ensayista uruguayo. Esta es la ruta que se va a dejar enunciada al final de este artículo.

10 La “particularidad” del capitalismo latinoamericano no es la subordinación de las clases y los grupos populares, sino las condiciones de exclusión en las que se da. Las grandes mayorías de la población no han sido históricamente interpeladas por el capitalismo, sino precarizadas en sus condiciones de existencia.

11 Como dato, en principio anecdótico, pero que bien pudiera indicar algo, el texto de Max Weber es de 1905, el Ariel, de Rodó, es de 1900.

12 En una compilación de fragmentos de escritores modernistas, resalta el rasgo contradictorio de los modernistas latinoamericanos diciendo que la

asimilación de teorías y perspectivas múltiples fue simultaneísta, hibridizante e, incluso en zonas en donde hay oposición y cuestionamientos raigales, como en lo que atañe a la lucha contra los pareceres más dogmáticos y materialistamente del positivismo, notamos conciliaciones o apropiaciones paradójicas de elementos importantes de las tesis negadas. Así se explica que muchos modernistas, ensalzadores de lo ideal, del mundo de ensueño y la imaginación, produjeran también discursos sustentados sobre nociones pretendidamente científicas, mucho menos habrá de extrañarnos que, como narradores, Díaz Rodríguez o Reyles hayan incurrido en el naturalismo y en la determinación ambiental, biológica, de la vida de los personajes. Eso, ni más ni menos, fue el modernismo: la aceptación de lo multiforme, de lo heterogéneo; una vocación por lo diverso que no vaciló a llegar a contradicciones manifiestas. (Gomes, 2002, p. X)

13 Destacar la afinidad de Rodó con pensadores europeos no está motivado por esa especie de “orgullo parental” que gusta de exaltar los logros de quienes se consideran cercanos, por ser un pensador latinoamericano, para sentirse cerca de grandes corrientes; tampoco se trata de buscar influencias directas o indirectas del pensamiento europeo sobre el ensayista uruguayo. Para un seguimiento a las influencias y afinidades de Rodó con pensadores europeos y estadounidenses, se puede ver el trabajo de Darío Echandía, Americanismo, liberalismo y positivismo en la obra de José Enrique Rodó (Echandía, 2001).

14 El antiestadounidense de Martí, cuyo legado se reivindica por el pensamiento crítico latinoamericano, sí estaba centrado en la amenaza que podía desplegar la organización social estadounidense sobre América Latina. Para decirlo con una figura bélica, mientras Rodó estaba preocupado por la penetración sutil del enemigo y lo veía ya instalado dentro de la región, Martí estuvo pendiente de la amenaza de ocupación material del territorio.

15 Por una visión a largo plazo se entiende no remontarse “hasta el comienzo de los tiempos”, sino plantearse los problemas teniendo en cuenta que el presente es tan solo un momento de un largo proceso y que para entenderlo hay que identificar las tendencias que confluyen en la manera como se reconstruye el proceso social.

16 Se toma la expresión “comprensión no tradicional de la tradición” de Liliana Weinberg (2014).

Una lectura de la trayectoria intelectual de José Carlos Mariátegui: a propósito de la sociología y las ciencias sociales en la contemporaneidad

Juan Sebastián Cristancho Rojas

Introducción

El presente artículo es una propuesta de interpretación gramsciana de la trayectoria intelectual y del pensamiento de José Carlos Mariátegui. Retomando las observaciones hechas por Gramsci (1999), para el entendimiento de una concepción del mundo y, por tanto, para la comprensión del pensamiento de determinado creador (o recreador) de dicha concepción, es necesario reconstruir su trasegar práctico y teórico, y visualizar dentro de este tres momentos del hacer intelectual: primero, cuando es absorbido y estimula su intelecto con las teorías que estudia; segundo, cuando construye un equilibrio crítico con respecto a las teorías de las que principalmente bebe resaltando sus limitaciones y sus vigencias, y tercero, cuando elabora pensamiento propio al hacer suyas con beneficio de inventario las ideas con las cuales ha estimulado su intelecto, de lo que parte para aplicar dichas ideas, complementarlas, incluso proponer nuevas premisas.

Cabe aclarar que en ningún caso estos tres momentos representan tres etapas del pensador y su obra, en las que la superación absoluta de una anterior es requisito necesario para el desarrollo de la siguiente; son, como ya se indicó, momentos que se interrelacionan en una lógica de proceso dentro del hacer intelectual, expresando, sin embargo, el segundo y el tercer punto de maduración de las ideas de un autor, ya sea en ciertos aspectos de su obra, ya sea en su totalidad.

Teniendo en cuenta lo anterior, en el presente artículo se realizará en la primera parte una reconstrucción de la trayectoria intelectual de Mariátegui, exponiendo el proceso de adopción y maduración de sus ideas a lo largo de su vida a partir de un lente gramsciano, para detenerse, en la segunda parte del artículo, en lo que se puede considerar su momento de producción de pensamiento propio como marxista e intelectual orgánico de las clases subalternas del Perú. Resaltando, en este punto de sus ideas, brevemente algunos aspectos que se consideran determinantes en su trayectoria intelectual para posibilitar su aspecto teórico innovador, desarrollar sus principales planteamientos en lo que corresponde a sus propuestas filosóficas, metódicas, políticas y económicas,1 estos dos últimos ejes en relación con la realidad peruana, considerando para todo ello tres obras que, por el lugar que ocupan cualitativa y cronológicamente en su vida, son suficientes para cumplir con el objetivo propuesto.

Se presentará como resultado la definición de Mariátegui como un pensador marxista latinoamericano, es decir, como un pensador que se remite al marxismo clásico en sus elaboraciones y que está situado en su producción intelectual dentro del territorio de América Latina (Sánchez, 1987); dialéctico y socialista, coherente y en desenvolvimiento, que se dio un acento específico en diálogo con la realidad material e intelectual en la que se forjó como pensador. Esta lectura, como interpretación alternativa de su legado, diferenciándose y en discusión con varias de las formas que se han institucionalizado académica y políticamente para interpretar sus ideas, y que lo han expuesto como un pensador compartimentado, contradictorio en sus contenidos, mecanicista, estático, subordinado o ideólogo de otro tipo de propuesta de sociedad diferente de aquella que parte de un punto de vista revolucionario comunista.

De acuerdo con lo anterior, y a manera de conclusión del presente escrito, se resaltará las vigencias de lo expuesto como su pensamiento propio en relación con la sociología y las ciencias sociales en la actualidad, desde donde se sugerirán algunas agendas investigativas.

Trayectoria intelectual de Mariátegui2

Para visualizar los momentos gramscianos dentro de la trayectoria intelectual de Mariátegui, se debe entender desde Marx (1973) y Sánchez (1980) que un individuo es producto de un contexto configurado histórica y socialmente, pero que, en esa medida, la estructura que lo constriñe igualmente posibilita su desenvolvimiento y la trayectoria personal, la libertad individual, bajo los márgenes estructurales, hace que la persona construya y practique una posición con respecto al momento histórico que le correspondió vivir. Por tanto, no se puede entender el pensamiento de un individuo si no se interpreta simultáneamente en su contexto general y como trayectoria particular.

En lo macro, se tiene que afirmar que la vida de Mariátegui transcurrió en el periodo de 1894 a 1930, espacio de tiempo que se caracteriza por explicitar el proceso de transición de una sociedad colonial a una sociedad en la cual se hace dominante el capital monopólico de control imperialista en el Perú. Y que en el ámbito mundial se destaca por ser el periodo de disputa imperialista, principalmente entre los Estados Unidos e Inglaterra, donde el primero se vuelve hegemónico en el orden mundial capitalista a causa de su acelerado desarrollo industrial, que lo pone a la cabeza, y gracias a la inestabilidad económica, política y cultural europea generada al concluir la Primera Guerra Mundial.

En esta primera parte del artículo, se expondrá cómo Mariátegui, ubicado en dicho momento histórico y social determinado nacional e internacionalmente, se acercó a las ideas socialistas por medio de su formación literaria y su labor periodística, en especial por la afinidad religiosa que sintió con el pensamiento revolucionario de Sorel; de ello, desarrolló una inquietud que con su exilio voluntario se concretó como formación marxista en Europa, transitando en estas dos primeras partes de su vida por una oscilación entre los dos primeros momentos gramscianos resaltados para interpretar su trayectoria como pensador.

En diálogo con el panorama material e intelectual de la época, apuntalando un equilibrio crítico en sus ideas con su retorno al Perú, afloró su producción original desde el marxismo, se consolidó como intelectual orgánico de las clases subalternas de su país, es decir, partiendo de lo definido por Gramsci (2001), como un especialista difusor, inclusive, un alto creador de ideas que tenían como objetivo dar homogeneidad y conciencia de la función de grupos sociales que desempeñan una labor importante en la reproducción material y espiritual de una sociedad, pero que los subalternos, a diferencia de los hegemónicos, no se encuentran unidos ni dirigen el sentido de un determinado momento histórico, no son Estado, aunque como explotados y oprimidos pueden llegar a construir y ejecutar una acción política unificada e independiente y, por tanto, convertirse en bloque histórico emancipador y hegemonía alternativa (Gramsci, 2000), permitiéndosele en general la formulación de una innovadora lectura de su realidad nacional y el planteamiento de una solución socialista a las problemáticas que presentaba, que lo llevaron a ubicarse en el final de su vida en un momento cada vez más definido de elaboración de pensamiento propio.

La inquietud socialista

En el siglo XIX, con un repunte en el mercado internacional del guano y el salitre, el territorio costero del Perú empezó a desarrollar núcleos primitivos de acumulación capitalista, a los que posteriormente se empezaron a unir la producción de azúcar y algodón. Dichos capitales estimularon el comercio interno, que evidenciaba la dependencia nacional a la burguesía industrial europea en cuanto a las importaciones que realizaba para su funcionamiento, que, además, afianzaban la dependencia ya existente debido a la deuda por empréstitos hechos a Inglaterra y Francia.

La desorganización y corrupción administrativa de los sucesivos regímenes militares hizo que la burguesía naciente influenciada por la difusión del positivismo se hiciera al gobierno en 1872 a través del recién creado Partido Civil, sin tocar bajo su mandato los intereses de los terratenientes ni tampoco la deuda externa a pesar de las penurias económicas. A final de la misma década y principios de la siguiente, con la pérdida de los territorios costeros con Chile a causa de la guerra del Pacífico, se enterró cualquier proyecto de desarrollo nacional capitalista, el recurso natural motor que impulsaba localmente esas relaciones de producción se perdió o se concesionó a empresas extranjeras en cubrimiento de la deuda externa, profundizada a causa del episodio bélico.

El Partido Civil se plegó en adelante al régimen militar y señorial que asumió la conducción del país y que fue derrocado por el Partido Demócrata al mando de Nicolás de Piérola bajo una sublevación triunfante en 1895, en un periodo de relativa reactivación económica, que posibilitó la construcción de una nueva pero precaria estructura política e institucional que permaneció hasta 1919.

El Gobierno de Piérola tuvo como bandera la atracción de la inversión extranjera al país, continuando el régimen económico dependiente que se venía consolidando. El Perú, inserto en el tránsito de los siglos XIX al XX, hizo que con la pérdida social de una posibilidad de desarrollo autónomo capitalista en adelante este fuera impulsado en el ámbito nacional por la iniciativa del capital extranjero, haciéndose esta la relación de producción dominante en el país a finales del siglo XIX.

Con el capital extranjero controlando mayoritariamente el desenvolvimiento económico nacional y la burguesía local obligada a una acumulación dominada o marginal, el capitalismo de iniciativa extranjera no rompió con las relaciones precapitalistas existentes, sino que las condicionó de manera que le fueran favorables en la obtención de mayores márgenes de ganancia, quedando una vez más intacto el terrateniente, que se inclinó en este proceso a desarrollar la producción agropecuaria (que en una porción se enfocaba a satisfacer las necesidades de los enclaves y los centros urbanos en crecimiento), y a partir de su actividad también comercializar los productos industriales importados de las economías de los países hegemónicos mundialmente.

Mariátegui nació el 14 de junio de 1894 en Moquegua, en el seno de este contexto. Su madre Amalia la Chira y su padre Javier Mariátegui y Requejo, quien abandonó el hogar desde muy temprano debido a cuestiones de estatus y prejuicios religiosos hacia él, al ser nieto de un apóstata dirigente de la independencia peruana dentro de una sociedad profundamente religiosa.

Mariátegui de niño sufrió un accidente que le lesionó una pierna y lo llevó a enclaustrarse en una clínica en Lima, abandonando la escuela a mediados del segundo año. Debido a su incapacidad física, que se hizo permanente, desarrolló una predilección particular por la lectura; el sufrimiento que le causaba su limitación además lo llevó a una profunda creencia religiosa. Para 1905, la lectura de la Biblia y de poesía, en especial la de Amado Nervo, ocupaban el centro de su formación intelectual.

Con la partida de la casa de su hermana Guillermina en 1906, bajo una pobreza agobiante en el hogar, y con la presencia de su hermano menor Julio César, decidió buscar trabajo para ayudar a su madre, y por medio de Juan Manuel Campos, linotipista del periódico La Prensa y admirador de González Prada, logró entrar a desarrollar este mismo oficio en el mismo periódico.

En su trabajo asistía a reuniones de los grupos anarquistas conformados por obreros, y por medio de ellos llegó a conocer directamente a Manuel González Prada, acercándose a él desde un interés más literario que político. Manuel González Prada representaba una corriente de pensamiento en el ámbito nacional que denunciaba la incapacidad y corrupción de la oligarquía, reflejaba la exclusión de las masas indígenas y su problemática económica y social, hacía un llamado a una nueva generación, y con las nacientes luchas obreras, incursionó el anarquismo en el Perú. Por medio de su hijo, Alfredo González, Mariátegui accedió a la biblioteca del maestro y a través de ella estimuló su intelecto. En casa de los González conoció a lo más representativo de las letras del Perú.

A sus 16 años, por una recomendación de su doctor al director de La Prensa, Alberto Ulloa Cisneros, al ser políticamente copartidarios en oposición a Leguía, quien fue primer magistrado de 1908 a 1912, Mariátegui pudo desempeñar otro trabajo en el periódico que le exigía menos físicamente: fue el encargado de recoger los originales en las casas de los autores y llevarlos al periódico para su compilación. Con la complicidad de su nueva función, pasó clandestinamente un artículo que fue publicado y por el cual además fue duramente reprimido; sin embargo, abrió la posibilidad para que, en 1911, bajo el seudónimo de Juan Croniqueur, presentara un artículo formalmente y fuera incluido en la edición. Desde este momento fue ascendido a cronista en reemplazo de su maestro en dicho oficio, Hermilio Valdizán.

El periódico y las tertulias literarias fueron su escuela, siendo, además, la meditación y el refugio en conventos una de sus actividades permanentes en dicha etapa de su vida. Dentro del contexto nacional también existían capas sociales influenciadas por el positivismo liberal con tendencia modernizante, que querían adecuar el país de la mejor manera para el desarrollo del capitalismo, a las cuales pertenecían políticos como Guillermo Billinghurst. Bajo el apoyo que dio La Prensa a la candidatura presidencial de Billinghurst, conoció en 1912 a Valdelomar, dirigente estudiantil con grandes cualidades literarias, quien fue enviado a Italia en tareas diplomáticas después de la victoria electoral, país donde también residía Valdizán, manteniendo Mariátegui correspondencia con ambos, lo cual lo puso en contacto con la realidad de este país.

Para 1913, Mariátegui colaboraba con notas sociales en revistas como Mundo Limeño y Lulú, se interrogaba por lo culto y la belleza aristocrática, lo cual chocó en 1914 cuando a sus 20 años se convirtió en cronista parlamentario, oficio desde el cual se burlaba del gobierno de José Pardo, quien asumió el poder presidencial en este año después de que Billinghurst fuera tumbado por un golpe militar dirigido por Benavides. Su choque entre notas políticas y notas sociales se hacía más profundo; mientras que, por un lado, rendía culto al ambiente aristocrático peruano asimilándolo como lo culto, por el otro, desde un punto de vista literario y político, se inclinaba por las corrientes antiacademicistas y antitradicionalistas, afín con una voluntad renovadora.

En un ambiente influenciado por Rubén Darío y Enrique Rodó, perfeccionando su oficio de la crónica, se volvió famoso con su seudónimo a los 21 años. Se sumó en 1916 al movimiento Colonida, que como agrupación literaria seguía a González Prada, tenía un afán reformista y reaccionaba contra la oligarquía y su academicismo, despreciaba la política y la cultura colonial, desafiando todo lo que se consideraba culto.

Mariátegui ganó un premio en Lima con la crónica La procesión del Señor de los Milagros, asumió la dirección de la revista de notas sociales El Truf, y junto con Valdelomar, que había regresado al Perú después del golpe militar de 1914, publicó el drama histórico La mariscala. Además, tuvo la intención de publicar, bajo el título de Tristezas, los poemas decadentistas, intimistas y esteticistas que había escrito hasta entonces.

Desarrolló una especial amistad con César Falcón, periodista políticamente de izquierda, con el que renunció a La Prensa cuando esta decidió apoyar al gobierno de Pardo, y juntos entraron a trabajar en el recién creado periódico de oposición leguista El Tiempo. Mariátegui dio paso a la creación de su columna “Voces”, que tenía por objeto comentar la política peruana, y por medio de la cual su interés por este campo se agudizó y le permitió adentrarse en el mundo de los subalternos conociendo a los parlamentarios socialistas y a dirigentes estudiantiles y obreros.

Reportando las luchas de los obreros por la jornada de trabajo de ocho horas y adentrándose de esta manera en la función de intelectual orgánico, organizó, junto con unos compañeros, una presentación de la bailarina Norka Rouskaya en el cementerio, espectáculo que los círculos aristocráticos sin diferenciar una profanación de un evento artístico cuestionaron duramente, razón por la cual Mariátegui desarrolló una decepción con respecto a la cultura aristocrática, objeto de sus notas sociales en El Truf, y una afinidad mayor por los sectores populares que lo respaldaban. Para 1918, Falcón y Mariátegui intimaron con Víctor Maúrtua, diputado de filiación socialista, quien empezó a hacer las veces de guía ideológico de los jóvenes periodistas, a los que presentó la revista España, dirigida por Luis Araquistaín, y comenzó a enseñarles a Marx y a Sorel; por medio de aquel, Mariátegui empezó a introducirse en el pensamiento socialista y revolucionario.

Los vientos del triunfo de la Revolución rusa llegaban a América, la exigencia de religiosidad que expresaban las ideas socialistas de Sorel provocaba una identidad en Mariátegui que le hacía enfocar en esa dirección la profunda fe que había cultivado desde niño, y que, por lo mismo, se distanciaba de la irreligiosidad promulgada por el anarquismo de González Prada. Es por esta razón que junto con Falcón se vincularon a la construcción de un Comité de Propaganda Socialista, Mariátegui convirtiéndose en un ensayista, y desde El Tiempo expresaron su solidaridad con las luchas obreras y estudiantiles, estas últimas por la reforma universitaria.

Mariátegui y Falcón asistían a las tertulias de los obreros en los barrios populares, allí conoció a Victoria Ferrer, madre de su primera hija. En 1918, sacaron una revista titulada Nuestra Época, en la que publicaban sus opiniones sin las censuras que, de todas formas, sufrían en El Tiempo. Después, Mariátegui, que ya se había distanciado de las revistas El Truf y Lulú, renunció en Nuestra Época al seudónimo de Juan Croniqueur. Sin embargo, tras la segunda publicación, fue impedida a esta revista una nueva edición por los contenidos políticamente críticos que expresaba.

Esta censura se debe al episodio que se presentó debido a la publicación del artículo “El deber del Ejército y el deber del Estado”, de Mariátegui, y por culpa de la solidaridad expresada a las luchas sociales desde El Tiempo, el Gobierno censuró el periódico, el director culpó a los jóvenes periodistas (Mariátegui y Falcón), presentando estos su renuncia en 1919, con la intención de sacar un vocero independiente en el que no pudieran ser censurados y pudieran acompañar y estimular la lucha revolucionaria. El Comité de Propaganda Socialista decidió apoyar el ambiente patriotero que se desató debido a la agresión a comunidades peruanas por parte del Gobierno de Chile, razón por la cual los jóvenes en oposición definieron renunciar bajo la acusación que se les hizo de anarquistas por no sumarse a la posición oficial del Comité, inspirado más que todo en sus definiciones por las orientaciones de la Segunda Internacional.

En 1919, con la instalación de un comité proabaratamiento de la subsistencia en el Perú, por medio de préstamos y de la indemnización por la salida de El Tiempo, Mariátegui y Falcón, para hacer seguimiento al movimiento, lograron sacar el primer número (el 14 de mayo) de un periódico denominado La Razón. Desde La Razón acompañaron las huelgas obreras y luchas estudiantiles sin precedentes que se realizaron contra Pardo y contra Leguía, una vez que este último, a pesar de haber ganado las elecciones, asumió la presidencia por medio de un golpe de Estado.

Terminada la Primera Guerra Mundial, la fracción de la burguesía peruana más proimperialista y menos señorial, encabezada por Augusto Leguía, tomó la iniciativa y en 1919 se hizo a la presidencia, el Partido Civil se desintegró, y así se cerró un periodo de disputa en la clase dominante por la conducción nacional, y las capas influenciadas por el liberalismo modernizante empezaron a desarrollar una afinidad con un bergsonismo que les permitía desempeñar un papel crítico frente al régimen que se instauraba definitivamente. El gamonalismo fue la forma de gobierno y economía en lo regional, y con un estado excluyente nacionalmente e indefinido clasistamente, lo que predominó hasta 1930, año en que finalizó el gobierno de Leguía. Este fue un régimen altamente represivo que se tecnificó y perfeccionó en esta mate-ria con el transcurso de los años.

Sin importar la represión, el encarcelamiento y la censura del periódico, los dos jóvenes periodistas estimularon y siguieron el movimiento de proabaratamiento de la subsistencia, siendo conscientes de la imposibilidad que tuvo este de transformarse de un movimiento económico en un movimiento político, a falta de una claridad en sus objetivos y sus aspiraciones ideológicas, lo cual marcó su derrota. Una vez terminado el conflicto, Mariátegui y Falcón fueron colocados bajo vigilancia policial, y posteriormente bajo detención domiciliaria.

Junto con su amigo, decidieron aceptar la propuesta de exilio voluntario enviada por Leguía, que les permitía salir del país como agentes propagandistas del Perú o, al contrario, quedarse y afrontar la más dura represión. Mariátegui definió partir hacia Italia, país con el que ya estaba familiarizado, y Falcón hacia España, ambos con el objetivo de cualificar su formación para contribuir de manera más clara a los subalternos del Perú en sus luchas, reivindicaciones y proyectos. Se embarcaron el 8 de octubre siguiendo la ruta Perú, Panamá, Nueva York y Europa. En Nueva York conocieron a dirigentes obreros e intercambiaron con el movimiento sindical y político revolucionario, llegando posteriormente a Europa a la capital francesa.

La formación marxista

En París, los dos peruanos permanecieron 18 días, visitaron las instalaciones de periódicos y revistas de izquierda, se entrevistaron con dirigentes sindicales y socialistas, y siguieron la discusión en el seno del Partido Socialista Francés entre socialistas y comunistas. El 9 de diciembre, Falcón salió con destino a España y Mariátegui salió con destino a Nervi (Génova, Italia), donde se hospedó y conoció a Anna María Chiappe Giacomini, amor que lo acompañó por el resto de su vida y madre de sus otros cuatro hijos. En el distrito genovés, Mariátegui cultivaba su formación a partir de la lectura de periódicos, como L’Ordine Nuovo, dirigido por Antonio Gramsci, y el periódico socialista Avanti.

Bajo un contexto de profunda movilización obrera en Italia, Falcón viajó como corresponsal de un periódico español a Roma, allí se encontró con Mariátegui, quien estaba haciendo las veces de corresponsal de El Tiempo, donde narraba los sucesos acaecidos en Europa, artículos que representaron sus Cartas de Italia desde 1920, textos que evidencian la inquietud socialista que Mariátegui había cultivado en el Perú y la introducción al marxismo y al panorama intelectual en el que empezaba a inmiscuirse con su paso por Francia y su estancia en Italia. En Italia, Mariátegui militaba y frecuentaba los círculos obreros, prestaba especial atención a la disputa entre socialistas y comunistas en el interior del Partido Socialista Italiano y en el interior de la Central General de Trabajadores de ese país.

En sus viajes, dando cuenta de la realidad italiana, osciló entre Génova y Turín, donde se entrevistó con Gramsci; entre Génova y Milán, Génova y Venecia, Florencia, Livorno, Siena y Fiesole. En todas estas regiones y ciudades, visitaba los periódicos de izquierda, presenciaba el movimiento obrero de toma de fábricas y las movilizaciones campesinas a partir de las Ligas Rojas, se entrevistaba con dirigentes obreros y dirigentes comunistas y socialistas. También presenció la claudicación de las huelgas por parte del liderazgo socialista, así como el desarrollo del movimiento fascista.

En 1921, asistió como corresponsal al Congreso del Partido Socialista Italiano en Livorno, fue testigo de la disputa y la táctica de Gramsci y los comunistas de tomar el partido desde adentro, presenció la decisión de fundar el Partido Comunista Italiano por parte de los comunistas en dicho congreso, luego de su derrota al quedar como la segunda fuerza votada en el interior del Partido Socialista Italiano. Después de esto, contrajo matrimonio con Anna y fue a vivir en las cercanías de Roma hasta instalarse posteriormente en dicha ciudad. Allí frecuentaba el Café Arango, donde intercambiaba con dirigentes de izquierda e intelectuales, como Croce y Gobetti, entre otros, mientras militaba por su cuenta en el Partido Comunista Italiano.

De regreso a Génova, tras el asedio de los Camisas Negras en Roma, junto con algunos connacionales de afinidad socialista, adquirió el compromiso de dirigir el proceso de construcción del movimiento socialista y revolucionario en el Perú. Una vez definido su retorno al Perú para el 6 de mayo de 1922, teniendo inconvenientes legales para su materialización, se citó con Maúrtua en París, solicitando su ayuda para el regreso, debido a las funciones diplomáticas que este último desempeñaba para Leguía, su viejo maestro. Después de dos años y cinco meses de residir en Italia, Mariátegui, junto con su familia, salió para París en cumplimiento de lo señalado y allí aguardó mientras las gestiones correspondientes tienen lugar. Esperando una respuesta positiva, desarrolló un viaje para conocer las experiencias revolucionarias europeas inspiradas en el sistema soviético, pero que habían fracasado, así fue como visitó Múnich, Viena, Budapest, Praga y Berlín, permaneciendo en el último tiempo en Alemania, donde desarrolló un intenso momento de estudio.

Estando en Alemania, recibió la noticia del triunfo del fascismo en Italia sobre sus compañeros el 20 de octubre de 1922. Para ese entonces, había renunciado a la corresponsalía en El Tiempo, por la censura, y era corresponsal de la revista Variedades. A la vez, recibió la carta de autorización que le posibilitaba su retorno al Perú. En Berlín, se despidió de Falcón, y el 11 de febrero de 1923 emprendió el viaje de regreso a su patria, hecho un marxista a partir de profundizar en el continente europeo en la inquietud socialista con la que había llegado de su país. Luego de esta experiencia, retornó con el compromiso, adquirido en Italia, de continuar con la tarea inconclusa que había dejado y por la cual se había tenido que exiliar.

Por una parada de escala, Mariátegui primero desembarcó en Ecuador y posteriormente llegó al Callao el 17 de marzo de 1923. Su intención era asumir un papel de difusor de ideas para ir fomentando el pensamiento socialista e ir formando una vanguardia que fuera capaz de liderar un movimiento revolucionario que, a mediano y largo plazo, aprovisionándose de las herramientas organizativas necesarias, lograra transformaciones profundas en el país.

Del equilibrio crítico al pensamiento propio

La Federación Obrera Local de Lima y la Federación de Estudiantes en unidad habían logrado impulsar bajo una influencia predominante del anarquismo las Universidades Populares González Prada, con el objetivo de que fueran una extensión educativa nacionalista enfocada en la justicia social. Víctor Raúl Haya de la Torre era el encargado de su dirección por parte de la Federación Estudiantil, y en entrevista con él, Mariátegui logró insertarse como maestro de la catedra Historia de la Crisis Mundial. También decidió colaborar en la revista Claridad como órgano de difusión de las Universidades Populares mientras trabajaba en la revista Variedades.

A partir de una manifestación en mayo y después de un encarcelamiento, Haya salió exiliado a Panamá, y desde entonces Mariátegui empezó a verse más claramente como un referente.

Mariátegui, pese a que dirigía en 1924 la revista Claridad, trabajaba en la idea de poder sacar una revista autónoma desde donde pudiera impartir una formación más definida hacia los sectores subalternos. Su pensamiento se iba perfilando de forma más específica hacia la comprensión de la realidad peruana, apoyando las diferentes movilizaciones, y en discusión principalmente con el anarquismo, la influencia de Haya y bajo la censura del gobierno, que en distintas ocasiones le costó la cárcel. En 1925, después de la fundación de la Sociedad Editorial Obrera Claridad, se le presentó una gangrena que hizo que le amputaran la pierna derecha, lo cual limitó en adelante el contacto que pudiera tener con otras regiones y realidades del Perú más allá de Lima, entonces fue cuando empezaron a ser fundamentales sus amistades y la correspondencia para sus elaboraciones intelectuales sobre el país y el entorno internacional.

Haya, que había lanzado la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) en mayo de 1924 en México, con el objetivo de que en el Perú funcionara como el paso al Frente Único que se venía gestando desde las Universidades Populares, viajó a los Estados Unidos y después a Rusia, pasó por Suiza e Italia, viajó a Francia y, finalmente, llegó a estudiar a Inglaterra. Haya tenía la intención de impulsar un proceso en el Perú de profundización del capitalismo nacional en contra de la feudalidad existente; no obstante, Mariátegui lo contradecía en la medida en que evidenciaba que el capitalismo en adelante solo iba ser posible, según la historia nacional y el orden internacional imperante, bajo los márgenes y el liderazgo del imperialismo, al ser esta la propuesta del régimen existente desde Leguía, la única solución para los sectores populares del Perú era el socialismo. Haya y Mariátegui mantenían una tregua, porque ambos pensaban que en el camino podrían sumar el uno al otro a su respectiva propuesta, por eso Mariátegui participaba en 1925 y mantenía comunicación con Haya para construir la Alianza Popular Revolucionaria Americana en el Perú.

Para ese entonces, Mariátegui publicaba en las revistas Mundial y Variedades, y sus ideas causaban polémica y provocaban discusiones que se llevaban a cabo con dirigentes estudiantiles y obreros en su casa. Haya empezaba a identificarse cada vez más con el Kuomintang chino y a perfilar la propuesta de la Alianza Popular Revolucionaria Americana bajo ese matiz, antiimperialismo y antifeudalismo por una transformación de corte demoburguesa en países de economía atrasada.

Por su parte, Mariátegui, tras convencer a su hermano Julio César de que trasladara a Lima una pequeña imprenta que poseía, realizó su proyecto de construir una editorial independiente inaugurando la editorial Minerva el 31 de octubre de 1925. Así se publicó el primer libro de Mariátegui titulado Escena contemporánea, que compilaba sus análisis con respecto a la crisis mundial, lo cual, junto con las publicaciones que realizaba en revistas del Perú, significó el equilibrio crítico que en su pensamiento se apuntalaba asimilando el clima intelectual europeo en el que había vivido y todavía se movía, y el panorama intelectual vigente en el Perú (que en parte ya conocía), en el que generaba afinidades y al tiempo discutía.

En la revista Mundial, publicaba su columna “Peruanicemos al Perú”, donde realizaba análisis de la realidad nacional y su posibilidad de transformación socialista, inaugurando con ello su momento de pensamiento propio. Estos artículos fueron el preámbulo de la construcción de los Siete ensayos y eran objeto de debate en el Rincón Rojo, espacio destinado a la discusión política e intelectual en la Casa Washington, hogar de Mariátegui, donde se había pasado con su familia para montar una pensión y así mejorar sus ingresos. Como intelectual orgánico, mantenía un contacto profundo con los grupos subalternos, participaba sin falta en la fiesta obrera que se realizaba en la Planta de Vitarte, y con su obra como pensador contribuía a la organización de dichos sectores y a la clarificación de sus propuestas políticas.

En 1926, tras la publicación de Libros y Revistas desde Minerva, Mariátegui anunció la aparición de la revista Amauta, denominada así por recomendación del pintor José Sabogal. En septiembre, salió al público Amauta como órgano mensual de la Alianza Popular Revolucionaria Americana, que tenía por objetivo ir conformando esa vanguardia revolucionaria dentro del conjunto de sectores antiimperialistas y nacionalistas que conformaban la izquierda.

Mientras Haya alegaba una singularidad peruana irreconciliable con los procesos mundiales, Mariátegui comprendía al Perú como país particular inserto en una realidad mundial en diálogo con el indigenismo (en especial con el grupo Resurgimiento fundado en el Cuzco) e insistía en el carácter de clase de la cuestión de la raza. Después de un duro episodio de represión en 1927, en el que varios dirigentes fueron acusados de agentes del comunismo internacional y encarcelados, Mariátegui entre ellos, él pensó incluso en exiliarse en el sur del continente para seguir con la publicación de Amauta, que había sido censurada. Después llegó la liberación de los presos y el regreso de Haya de México, fue entonces cuando lanzó el denominado “Plan de México”, con el cual la APRA pasaba sin una consulta interna de Frente Único a Partido Político de dimensión nacional, con un enfoque similar al de Chiang Kai-Shek en el Kuomintang, que le costó a Haya, por su táctica, un nuevo exilio. En 1928, Mariátegui decidió romper con el nuevo Partido Nacionalista Liberador de Haya y empezó el proyecto de edificar un Partido Socialista en el Perú.

Se llevaron a cabo varias reuniones para organizar el Partido Socialista acordando un programa y su vinculación a las orientaciones de la Internacional Comunista, buscando una base amplia que compusiera sus filas e influencia, además de trazarse la meta de actuar de tal manera que pudiera sobrevivir como organización a la represión del régimen existente. En septiembre, Mariátegui publicó los Siete ensayos, y Amauta se definió socialista. Posteriormente, Mariátegui dirigió la creación y publicación del periódico Labor con la intención de reforzar la difusión de la nueva fase del proyecto revolucionario.

El naciente Partido Socialista había participado en marzo en el Cuarto Congreso Sindical Rojo en la antigua Unión Soviética, después participó en el Primer Congreso Sindical Latinoamericano en Montevideo (mayo de 1929) y en la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana en Buenos Aires (junio de 1929); en estos dos últimos encuentros, los peruanos presentaron escritos realizados conjuntamente: “El problema de las razas” y “Punto de vista antiimperialista”.

Las tesis expuestas por los peruanos en los encuentros latinoamericanos, en cuya delegación no estaba incluido Mariátegui debido a su limitación física, no fueron bien recibidas. La Internacional Comunista, organizadora de estos eventos, ya tenía definido para los países entendidos como colonias o semicolonias la realidad que vivían, la táctica de revolución por etapas (una demo burguesa de liberación nacional y antifeudal dirigida por el bloque de cuatro clases en primera instancia y después una socialista obrera) y el tipo de partido que se necesitaba que era comunista y no socialista claudicante, de base predilectamente obrera. Los peruanos rechazaban la profundización del capitalismo en el Perú, porque lo veían como una forma de fortalecer el imperialismo y apuntalar la dependencia nacional, reclamando que la revolución debía ser socialista desde un principio e impulsada por indígenas obreros y campesinos en su país.

Después de la reunión en Buenos Aires, la Internacional Comunista esperaba que los peruanos rectificaran. El naciente núcleo socialista, por haberse apresurado en su gestación, debido a la necesaria ruptura con Haya y con la Alianza Popular Revolucionaria Americana, tenía tensiones internas que se agudizaban cada vez más por las discusiones con la Internacional Comunista, por la incorporación a esta de los núcleos internacionales que hacían parte de dicha Alianza, pero que una vez disuelta su incorporación al comunismo internacional fue la única alternativa que encontraron para seguir en la izquierda al no conocer con suficiente claridad la propuesta y discusión dirigida por Mariátegui y por la afinidad que empezó a existir entre un núcleo del Cuzco apegado de manera literal a los postulados que impulsaba la Internacional Comunista, con dirigentes estudiantiles, obreros e intelectuales cercanos al proyecto de Mariátegui.

Mariátegui contribuyó en la gestación de la Confederación General de Trabajadores del Perú a principios de 1929, lo cual no evitó que posteriormente en medio de las tensiones de los socialistas cada vez perdiera más adeptos; sin embargo, seguía trabajando intelectualmente clarificando su propuesta desde un punto de madurez de sus ideas que hacían paulatinamente más explícito su momento de elaboración de pensamiento propio. Con esta intención, envió a Falcón sus libros Defensa del marxismo e Ideología y política, y así garantizó su publicación debido al contenido (evitando la censura de izquierda y de derecha en América Latina); sin embargo, ambos textos se extraviaron quedando solo el original de Defensa del marxismo, que compilaba artículos que habían sido publicados en Amauta.

De la acusación de europeizante dentro de la Alianza Popular Revolucionaria Americana pasó a la de teorizante por parte de la Internacional Comunista, y, tras una agudización de su tuberculosis articular, buscó la oportunidad de un repliegue pasando a publicar Amauta en el sur del continente a partir de unas clases que se le consiguieron para dictar en la Universidad de Santiago y una operación que se le iba a realizar para colocarle una pierna ortopédica. Su táctica era continuar el debate en el Partido, del cual Ravines asumió en su reemplazo la Secretaría General en representación de la Internacional Comunista, sin fraccionarlo y recuperando posiciones. En marzo de 1930, se acogió la adhesión del Partido Socialista Peruano a la Internacional Comunista. Una vez Mariátegui ya había definido su viaje, muere el 16 de abril de 1930, truncándose su nuevo proyecto, y un mes después de su muerte, el 20 de mayo, el Partido cambió su nombre a Partido Comunista Peruano.

El pensamiento de Mariátegui

Partiendo de la trayectoria intelectual expuesta, y con referencia a ella, en esta segunda parte del presente escrito se proseguirá realizando una interpretación de los contenidos filosóficos, metódicos, económicos y políticos de la obra de Mariátegui en lo que se considera su momento de elaboración de pensamiento propio, con el cual se superan y complementan originalmente los postulados clásicos del marxismo, habiéndolo interiorizado de manera particular y potente filosófica y metódicamente, al dar cuenta, de forma novedosa, de la realidad económica y política de una nación periférica, sus contradicciones, incluyendo fenómenos que no son propios del territorio europeo (principal objeto de estudio de los intelectuales pioneros del marxismo), que, en diálogo y discusión en general con corrientes intelectuales de la época (nacionales e internacionales), le permitieron formular una solución socialista (inexistente hasta ese momento) a las contradicciones y problemáticas presentes en el Perú.

Se incluyen para este fin en el análisis los libros de producción directa (o más directa) del autor objeto de investigación, que dentro de la versión de las obras completas que ha publicado en varias ediciones la Editora Amauta, se titulan: Defensa del marxismo, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana e Ideología y política. Así, según sus contenidos, Defensa del marxismo se utilizará en una primera parte prioritariamente para exponer los ejes filosóficos y metódicos de su reflexión, y los otros dos libros señalados se usarán para hacer explícita, en una segunda instancia, sus ideas políticas y económicas. Dando como resultado, al final de este aparte, una visión total de los lineamientos propuestos de su pensamiento.3

Filosofía y método en Mariátegui

Después de la Primera Guerra Mundial, la hegemonía de los Estados Unidos quedó consolidada, Europa entró en una crisis y se presentó un momento de lucha entre el restablecimiento del capitalismo contra el avance del socialismo a causa del triunfo de la Revolución rusa en 1917. El debate intelectual, por un lado, presentaba posiciones restauradoras del capitalismo o críticas del proyecto y civilización occidentales; y por otro lado, desde la izquierda, lecturas reformistas o revolucionarias del momento vivido en busca de otro modelo social de desarrollo.

Mariátegui, dentro de la izquierda, sacaba su balance del proceso europeo, además por haberlo presenciado directamente durante un buen tiempo, con tal de brindar lo que consideraba debían ser las enseñanzas para el movimiento socialista en general, y en particular, para el movimiento revolucionario peruano. La situación de profunda disputa intelectual y social en el mundo lo llevaron a sentar posición y ubicarse en defensa del marxismo y del camino revolucionario como alternativa, teniendo en cuenta las derrotas propiciadas al comunismo internacional debido, en gran parte, a la inmovilizadora y claudicante táctica reformista del socialismo de la Segunda Internacional y, por tanto, en discusión con ese “revisionismo” heredero de la interpretación del marxismo por parte de Lassalle, que aún era influyente en el mundo sobre sectores subalternos, y que desde la óptica de Mariátegui podía llevar a nuevos fracasos.

Así es como Mariátegui en su libro Defensa del marxismo decidió precisar, entre otras cosas, lo que debía significar filosófica y metódicamente el materialismo histórico para aquellos que tenían una aspiración revolucionaria. Discutiendo con los que denomina revisionistas, como De Man y su texto Más allá del marxismo y Max Eastman y su Ciencia de la revolución, definió filosóficamente al marxismo retomando lo que Lenin había adjudicado, sus tres fuentes y tres partes integrantes, como una continuidad y superación de la tradición alemana en este campo, siendo la dialéctica su componente fundamental. Mariátegui afirmaba que la filosofía marxista se había constituido principalmente como antítesis de los desarrollos de Hegel, adoptando un punto de vista materialista.

El método dialéctico no solamente difiere en cuanto al fondo del de Hegel sino que le es, aún más, del todo contrario. Para Hegel el proceso del pensamiento, que él transforma bajo el nombre de idea, en un sujeto independiente, es el demiurgo (creador) de la realidad, no siendo esta última sino su manifestación exterior. Para mí, al contrario, la idea no es otra cosa que el mundo material traducido y transformado por el cerebro humano. (citado en Mariátegui, 1981, p. 130)

Sin embargo, si bien Mariátegui valoraba la parte filosófica y dialéctica del marxismo, no lo reducía a una filosofía, y sin caer tampoco en la tentación cientificista de precisarlo en el otro extremo como una simple teoría científica, entre ciencia y filosofía dialéctica, afirmaba que Marx creó un método de interpretación histórica de la sociedad que mantenía vivos sus contenidos teóricos al estar apegado al movimiento de masas y enriquecerse en el ejercicio de interpretación y transformación continua de la realidad. Mariátegui explicaba: “El socialismo, o sea la lucha por transformar el orden social de capitalista en colectivista mantiene viva esa crítica, la continúa, la confirma, la corrige” (1981, p. 41).

Por tanto, asimilaba a su vez en su trasegar como teoría revolucionaria lo más sustancial y activo de la reflexión filosófica e histórica que le resultara contemporánea, no plegándose a ella, sino manteniendo su núcleo esencial, recogiendo lo más fructífero para abonar a la teoría transformadora. Fue el caso de Mariátegui acorde con su experiencia vivida sobre todo en Italia y el Perú, con autores como Bergson y Sorel, sumado a que en el conjunto de sus estudios retomó a filósofos, literatos y teóricos importantes de su momento, nacionales o internacionales, incluso autores que consideraba revisionistas, para dar fuerza a sus argumentos, conociendo sus vertientes teóricas, criticándolas y, de ser necesario y valido, dándoles una interpretación desde el ala marxista por lo que le podían significar y por lo que significaban en la batalla de ideas que se libraba en los ámbitos nacional y mundial.

Metódicamente, en discusión con el revisionismo, Mariátegui afirmaba que el marxismo como doctrina política y social, acorde con su tiempo, estaba basado en la historia y la ciencia. Rechazando el cientificismo de igualar las ciencias naturales a las ciencias sociales, abogaba acorde con su tradición teórica por la autonomía del método para entender los fenómenos sociales, y explicaba que por parte del marxismo este consistía en comprenderlos sin deshacerlos de sus contenidos económicos. Mariátegui afirmaba: “Marx demostró que las clases idealizaban o enmascaraban sus móviles y que, detrás de sus ideologías, esto es, de sus principios políticos, filosóficos o religiosos, actuaban sus intereses y necesidades económicas” (1981, p. 9).

Sin embargo, Mariátegui enunciaba que existían algunos intelectuales que habían exagerado interesadamente dicho determinismo de lo económico en Marx, adjudicándole, más que una mentalidad dialéctica, una mentalidad mecanicista propia del siglo XIX. Incluso se afirmaba que el marxismo condenaba la voluntad humana a estar sometida absolutamente a leyes económicas que se realizaban por medio de la lucha de clases; sin negar como válida la crítica para la ortodoxia socialdemócrata de estirpe lassalleana, Mariátegui, por el contrario, argumentaba: “El marxismo, donde se ha mostrado revolucionario —vale decir donde ha sido marxismo— no ha obedecido nunca a un determinismo pasivo y rígido” (1981, p. 67).

En un rescate de la subjetividad, Mariátegui explicaba cómo las acciones de los agentes no eran meros efectos estructurales y, por el contrario, recobraban una importancia definitiva en los procesos sociales. De este modo, hacía explicito que “el carácter voluntarista del socialismo no es, en verdad, menos evidente, aunque sí menos entendido por la crítica, que su fondo determinista” (Mariátegui, 1981, p. 69). Así, no se trataba de reducir todo fenómeno social a su explicación puramente económica, sino que consistía en encontrar sus causas económicas “en última instancia”, es decir, como totalidad dialéctica materialista.

Y lo que era válido en el análisis histórico, lo era también para la proyección del proceso transformador de la realidad, para el marxismo metódicamente “la premisa política, intelectual, no es menos indispensable que la premisa económica” (Mariátegui, 1981, p. 88). No era suficiente la condición económica para una transformación socialista, era además necesaria la conciencia de clase, la organización y la acción de los trabajadores. De esta forma, se demostraba cómo el marxismo no era una simple economía positivista y evolucionista, como la que promulgaba el parlamentarismo socialista, con la que, además, apaciguaba la acción política de los trabajadores.

Al igual que en lo filosófico, en lo metódico y en sus hallazgos, el marxismo no era una teoría acabada ni estática, no se podía afirmar:

Que el marxismo como praxis se atiene actualmente a los datos y premisas de la economía estudiada y definida por Marx, porque las tesis y debates de todos sus congresos no son otra cosa que un continuo replanteamiento de los problemas económicos y políticos conforme a los nuevos aspectos de la realidad. (Mariátegui, 1981, p. 77)

Para Mariátegui, apegado al movimiento de masas en la historia, el marxismo manteniendo su núcleo esencial, se critica, se complementa y se realiza.

A diferencia del intelectual servil a la “inteligencia pura” de Berl, es decir, intelectuales sin partido por encima de los conflictos sociales, como antiacademicista, Mariátegui afirmaba que el marxismo debía enriquecerse con la labor desarrollada por intelectuales apegados en sus reflexiones al movimiento de masas como criterio práctico y rasero crítico de sus construcciones intelectuales y previsiones científicas, al contrario del “libre pensador” de Berl, que daba vueltas en sus interpretaciones y no estaba exento de repeticiones que carecían de referencias, al realizar estudios que, además, no se debían preocupar por el desenvolvimiento futuro de la realidad; para Mariátegui, el marxismo no era posible como conocimiento si no era elaborado a partir de una dinámica permanente entre la teoría y la práctica:

Marx y Engels realizaron la mayor parte de su obra, grande por su valor espiritual y científico, aun independientemente de su eficacia revolucionaria, en tiempos que ellos eran los primeros en no considerar de inminencia insurreccional. Ni el análisis los llevaba a inhibirse de la acción, ni la acción a inhibirse del análisis. (Mariátegui, 1981, p. 18)

Así, queda claro a partir de su obra y su experiencia práctica, acorde con el momento vivido, qué le significaba a Mariátegui el marxismo en términos filosóficos y metódicos en un punto alto de madurez de sus ideas, que le facilitó, como base particular y potente, el entendimiento innovador de su realidad nacional específica, para así señalarle un camino socialista.

Economía y política en Mariátegui

Como se indicó, Mariátegui, quien ya había tenido contacto intelectual con la realidad nacional desde sus épocas de cronista y comentarista de la política local, desarrolló una inquietud socialista que después de su exilio se afirmó como marxista, y retornó al Perú con la intención de continuar la tarea que había dejado inconclusa, para de esta manera materializar el compromiso adquirido en Italia de construir el movimiento socialista revolucionario en su país. Regresó al Perú en 1923 después de haber vivido y estudiado la lucha de los pueblos europeos, sus victorias y derrotas, la Revolución rusa, formado en especial en el marxismo italiano. Desde su experiencia internacional, entendía que el Perú estaba inserto dentro de un sistema mundial capitalista e imperialista, y debido a ello la revolución nacional solo podía triunfar si a su vez tenía un rasgo internacional.

De 1923 a 1930, en el ambiente de posguerra, influenciado y en discusión con la Alianza Popular Revolucionaria Americana (y dentro de ella), con la Internacional Comunista, con la tradición gonzález-pradista, con el anarquismo predominante (hasta 1924 en los sectores populares), con el indigenismo y el positivismo, y en debate con la oligarquía y el bergsonismo de élite, bajo un régimen profundamente represivo, retomando a Sorel4 como bisagra entre las ideas libertarias mayoritarias y el proyecto socialista que quería impulsar, Mariátegui desempeñó un papel de difusor de ideas desde el que maduraba y afinaba su proyecto nacional transformador.

Adquiriendo una personalidad dialéctica, histórica y cosmopolita, Mariátegui consiguió aclarar que “el socialismo no es, ciertamente, una doctrina indoamericana. Pero ninguna doctrina, ningún sistema contemporáneo lo es ni puede serlo” (Mariátegui, 1985, p. 248). Desde el perfil más profundamente innovador del marxismo llegó a afirmar:

No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indo-americano. He aquí una misión digna de una generación nueva. (Mariátegui, 1985, p. 249)

Por ello, bajo el contexto en mención, con lo que le implicó asumir el compromiso de intelectual orgánico de los subalternos del Perú en busca de un porvenir socialista, Mariátegui desplegó una intensa actividad investigativa sobre la realidad nacional. Desde un momento intelectual de producción de pensamiento propio, inició comprendiendo y explicando con perspectiva histórica dicha realidad, afirmando que el Perú había pasado por cuatro periodos de desenvolvimiento hasta ese instante: sociedad inca (comunismo incaico), conquista y colonización, independencia y república, y periodo del guano y el salitre, que acentuó la penetración imperialista.

De la sociedad inca explicaba que fue una agrupación de comunas agrícolas sedentarias que consiguieron con su actividad productiva un nivel social estable de vida y, con ello, un crecimiento poblacional considerable, gracias, además, a que su población desarrolló una obediencia al deber social de carácter religioso. Las principales características de dicha sociedad fueron la propiedad colectiva, la cooperación en el trabajo y la apropiación individual del producto. Los recaudos y las obras públicas desde el Estado eran manejados con similitud a los de un Estado socialista.

A pesar de que Mariátegui era consciente de que autocrático, “teocrático y despótico fue, ciertamente, el régimen Inkaiko” (Mariátegui, 2005, p. 80, n. 7 y 15), y que su orden “lo extendían sometiendo a su autoridad tribus vecinas” (2005, p. 13). Lo que le interesó destacar fue cómo esas disposiciones colectivistas y solidarias en los indígenas, acorde con su análisis, eran rasgos que sobrevivían en la comunidad hasta su contemporaneidad.

Mariátegui argüía que los españoles con su llegada habían destruido la potente organización económica de los incas sin reemplazarla por una superior. Despojándolos, inauguraron con el virreinato una nueva fase económica y política, que impulsaba como su base el cultivo del suelo y la explotación de las minas de oro y plata. “Sobre las ruinas y los residuos de una economía socialista, echaron las bases de una economía feudal” (2005, p. 14). La conquista y colonización careció de una política de poblamiento, la empresa española como última cruzada se caracterizó por ser una apuesta militar y religiosa, escaseó de aptitud para crear núcleos de trabajo, no utilizando productivamente al indio sino exterminándolo, con algunas excepciones provenientes del clero misional, como los Jesuitas.

A juicio de Mariátegui, la conquista hubiera sido más incompleta sin el atractivo mineral de la Sierra. Los españoles se ubicaron en un principio en tierras bajas y con la nueva economía colonial, cuya principal preocupación era la explotación del oro y la plata, por medio de la mita obligaron a un pueblo predominantemente agrícola a convertirse en minero. De dicha ubicación de los españoles proviene el predominio costeño nacional en los aspectos económicos y administrativos, proclamando a Lima como capital.

Se edificó un orden feudal incompleto que bajo su despoblación tuvo además que llevar esclavos negros del África para el trabajo en las haciendas de la Costa (en la República reemplazados por el coolíe chino), esclavismo que no solucionó la carencia de brazos y también fracasó como medio de explotación y organización de la colonia. Mariátegui afirmaba que, mientras los Pioneer en América del Norte habían importado el protestantismo y desarrollaron una economía del futuro, los españoles importaron a sus colonias una economía en decadencia que basaba sus principios en el Medioevo católico.

La comunidad indígena, aunque protegida por las leyes de indias, más que ampararla, la nueva economía apenas la toleró, petrificándose y prolongando su existencia. Por lo mismo, el régimen de encomienda permitió a españoles y criollos apropiarse de manera legal o ilegal de la tierra indígena marcando la pauta para la conformación del latifundio individual, con lo cual gran parte de las comunidades fueron desapareciendo mientras la concentración de la tierra en manos particulares fue incrementando, y al dejar al indígena sin la suficiente tierra, el hacendado garantizaba brazos para trabajar sus propiedades.

Lo que sucedió en lo económico, similarmente ocurrió en el plano cultural y religioso, “el paganismo aborigen subsistió bajo el culto católico” (Mariátegui, 2005, p. 173). El catolicismo se amoldó y se expandió, pero al mismo tiempo perdió su carácter colonizador y religioso y se convirtió, en su declive, en una simple empresa eclesiástica. Mariátegui, en términos generales, afirmaba que en el periodo colonial “sobre las ruinas del imperio, en el cual Estado e Iglesia se consustanciaban, se esboza una nueva teocracia, en la que el latifundio, mandato económico, debía nacer de la “encomienda”, mandato administrativo, espiritual y religioso” (2005, p. 170).

Explicaba que, como la economía colonial, la economía republicana fue producto de un hecho político y militar, en este caso, la independencia. Sin embargo, el orden republicano, sin proponer mayores modificaciones ni un nuevo régimen económico, fue una prolongación de lo anterior. Una burguesía embrionaria criolla y española con intereses económicos de tipo comercial, influenciada por ideas de la Revolución francesa y la Constitución estadounidense, lideraron la gesta de la independencia con el objetivo de romper con el monopolio comercial de España, encontrándose en intereses con las necesidades que demandaba el desarrollo de la civilización occidental capitalista y su colonización de nuevo tipo, que dio reconocimiento y financiación a las nacientes repúblicas (destacadamente Inglaterra).

Para Mariátegui, los españoles representaban una economía superada para la época, ineficiente e inefectiva productivamente que no abastecía a sus colonias, sino de eclesiásticos, doctores y nobles. Mientras que con la independencia se creó una nueva relación económica donde las nacientes repúblicas abastecían la economía occidental capitalista con productos de su suelo y subsuelo, al tiempo que esta última abastecía a las repúblicas con productos manufacturados e industriales.

Con aventajadas posiciones geográficas, algunas economías latinoamericanas pudieron atraer capitales y migraciones extranjeras que les posibilitaron construcciones relativamente sólidas de capitalismo y democracia; no obstante, en el resto de los territorios, Mariátegui aseguraba que se habían acentuado los residuos feudales. El Perú, debido a su ubicación geográfica, pudo desarrollar un flujo comercial importante con Asia, que derivó en brotes de una economía burguesa que no se consolidó, fruto de la debilidad de la clase que la estimulaba y a falta de una conexión fluida y directa con las ideas y máquinas europeas.

Los pueblos indígenas bajo la República también recibieron una protección desde la ley; pero, sin una fuerza social dirigente que la llevara a la práctica, esta nunca se materializó. La inspiración republicana y burguesa de la independencia dejó intactos a los terratenientes y solo se empeñó en exterminar a la comunidad indígena sobreviviente, a nombre de los principios liberales de no monopolización de la tierra. La República, como orden burgués formal y constitucionalmente establecido, no aplicó efectivamente una desamortización de la tierra y, más bien, prolongó y desarrolló el régimen latifundista edificado en la Colonia, mientras que a los levantamientos indígenas en reclamo de su derecho a la tierra respondió con ahogamientos en sangre. “Sobre una economía semi-feudal no pueden prosperar ni funcionar instituciones demócratas y liberales” (Mariátegui, 2005, p. 53).

A ese régimen débil e indefinido económica y políticamente, también le correspondía una debilidad e indefinición cultural y religiosa. Mariátegui resaltaba cómo en este aspecto la República proclamó desde el primer momento, contradictoriamente, el catolicismo como la religión nacional. Los privilegios feudales como los eclesiásticos quedaron intactos con la independencia en el orden republicano.

Las disputas entre liberales y conservadores nunca tocaron las reivindicaciones indígenas que cuestionaban el régimen de propiedad de la tierra. Los debates entre centralistas y federalistas, sin importar el ordenamiento del país, siempre buscaban el beneficio del gamonal. Eran, en general, disputas entre grupos y no entre clases sociales.

España había configurado al Perú como un territorio productor de metales preciosos, posteriormente Inglaterra lo prefirió como país productor de guano y salitre. A diferencia de los recursos minerales que se tenían que explotar en la Sierra, sin ninguna garantía infraestructural, el guano y el salitre no necesitaban mayores tratamientos y estaban ubicados en la Costa al alcance de los barcos.

Con el auge del guano y el salitre, explicaba Mariátegui, surgió un nuevo periodo de desenvolvimiento del Perú, representaban la principal renta fiscal con la cual el Estado abusó del crédito al pensar que la prosperidad era infinita. De esta época data la hipoteca y entrega de los ferrocarriles del Estado a la administración inglesa. De este periodo también provienen los primeros elementos bien definidos de capital comercial y bancario que complementaban la construcción de una burguesía que por su origen y rasgos sociales se confundía con la aristocracia sucesora de los encomenderos y terratenientes de la Colonia.

Esta burguesía naciente consiguió reemplazar la ola de caudillos militares, que dirigían desde su inicio la administración republicana en alianza con el terrateniente para el desarrollo de una economía feudal con fachada liberal. La nueva Administración proveniente del “civilismo” tenía un acento costeño, por su origen económico, lo que profundizó el dualismo y conflicto con la Sierra. La guerra del Pacífico le arrebató al Perú los yacimientos de guano y salitre, entregando los faltantes a Francia e Inglaterra como respaldo al mayor endeudamiento producto de la guerra, terminando con dicho periodo, que según Mariátegui representó mediocremente un primer impulso de superación de la feudalidad y el desarrollo del capitalismo en el Perú, pero que, al estar dirigido por una metamorfosis de la clase dominante tradicional, no le alcanzó para liquidar el pasado colonial.

El poder regresó a los jefes militares, los cuales no estaban capacitados para reconstruir o instaurar un orden económico superior, con lo cual su incompetencia produjo mayores entregas de la economía nacional al capital extranjero, como el empeño definitivo de los ferrocarriles (Contrato Grace). Solo a base de empréstitos se logró iniciar la explotación de otros productos, predominantemente mineros.

Mariátegui afirmaba que la fraseología liberal solo profundizaba la inversión extranjera y no tocaba por ningún motivo los cimientos de la economía feudal. De esta época data la industrialización de la Costa, la aparición del proletariado y el surgimiento de bancos nacionales que financiaban industria y comercio; toda iniciativa económica previa aprobación de la banca y economía internacional.

El canal de Panamá acortó las distancias entre el Perú y Europa, pero, sobre todo, entre el Perú y los Estados Unidos, tras lo cual este último empezó a explotar minerales y petróleo; de hecho, el petróleo y el cobre se posicionaron como dos de los productos más importantes de la economía nacional. Una nueva clase capitalista dirigía el país, y aunque la propiedad agraria seguía siendo definitiva en su configuración social, ya no los apellidos virreinales. Se fortaleció y profundizó el modelo de país que le servía de contexto, aprovechando el auge de la explotación del caucho y un alza de los productos peruanos debido a la crisis desatada por la Primera Guerra Mundial, la cual contribuyó para dejar a los Estados Unidos como cabeza de la penetración imperialista en el mundo.

El contexto histórico previamente descrito permitió a Mariátegui dar como conclusión “que en el Perú actual coexisten elementos de tres economías diferentes” (2005, p. 28). Existía en su contemporaneidad dentro de la realidad nacional la economía feudal, los residuos vivos de la economía comunista indígena y un crecimiento de una economía burguesa con mentalidad atrasada.

No obstante, el incremento de la minería, el Perú era un país agrícola. Y aunque la agricultura y la ganadería nacionales cubrían insuficientemente la demanda nacional, sobre todo con la producción de alimentos desde la Sierra, sus productos, con los de la minería y la explotación del petróleo, ocupaban la principalidad en las exportaciones del país. El cultivo de la tierra ocupaba la mayoría de la población nacional, de la cual cuatro quintas partes eran indígenas; por tanto, en su conjunto, la producción agropecuaria pesaba más en la configuración económico-social del país.

A pesar de ello, la parte más alta de las importaciones era en “víveres y especias”, lo cual evidenciaba que la producción en el país, carente de soberanía, no tenía una preocupación por las necesidades nacionales y estaba dirigida bajo los intereses del capital extranjero. Solo la ganadería había permitido desarrollos de la industria textil nacional en el Cuzco, donde se evidenciaba cómo “el indio se ha asimilado al maquinismo” (Mariátegui, 1985, p. 37). Legislativa y crediticiamente había mayores garantías para el desarrollo de haciendas que para el impulso de la industria urbana. La minería, la explotación del petróleo, el comercio y el transporte estaban total o mayoritariamente en manos del capital extranjero.

En la Costa, la plantación de alimentos estaba por debajo de la ley y el cultivo se concentraba exclusivamente en la producción de azúcar y algodón. Con una pobre vida urbana, no existían ciudades que permitieran un verdadero comercio fluido y una circulación de la riqueza. La hacienda, que era el tipo de agrupación económica rural dominante, limitaba aún más el intercambio al autoabastecerse en los requerimientos para la producción de azúcar y algodón.

El terrateniente de la Costa justificaba su gran propiedad gracias a que esta le facilitaba su vasta producción, que equilibraba la balanza comercial del país. Mariátegui explicaba que, por el contrario, el terrateniente -“burgués” local, más rentista que capitalista, financiaba su actividad económica por medio de hipotecar su propiedad y producción al capital extranjero. Dicha clase, a falta de formación y espíritu de capitán de industria, terminaba quebrando y perdiendo su propiedad en manos extranjeras, entregando el país y profundizando la presencia y poder imperialista en el territorio nacional.

“Los elementos morales, políticos, psicológicos del capitalismo no parecen haber encontrado aquí su clima” (Mariátegui, 2005, p. 34). La herencia feudal imposibilitaba el desarrollo decidido del capitalismo y era la culpable de la paupérrima condición de vida de la mayoría del país. El papel de yanacones del capitalismo anglosajón, jugado por los terratenientes de la Costa, garantizaba el trabajo del campo por medio de braceros en condiciones extremas de explotación, incluso bajo formas y principios feudales, que aseguraban bajos costos y mayores ganancias. De este modo, era que las haciendas de la Costa conseguían financiar su tecnificación capitalista.

En las haciendas de la Costa, sobrevivían métodos de explotación como el yanaconazgo y el enganche; sin embargo, el carácter capitalista de sus empresas las empujaba hacia la concurrencia, y junto con la relativa libertad que tenía el bracero de migrar cuando se le oprimía demasiado, hacían que el salario empezara a reemplazar al yanaconazgo y a los otros mecanismos atrasados de vinculación del trabajo.

En la Sierra prevalecía la feudalidad y la minería, los métodos de explotación en las haciendas hacían que el indio prefiriera someterse al salario paupérrimo de las minas o migrar temporalmente en busca de mejor remuneración a la Costa. Inexistente el salario en dicho territorio (a excepción de las minas), se hacían explícitas todas las manifestaciones de precapitalismo, incluida una reanimación de la mita, llamada Ley de Conscripción Vial, con la que se obligaba a trabajar a los indígenas en obras públicas que beneficiaban directamente a los gamonales.

En la Sierra Mariátegui explicaba que la comunidad indígena permanecía viva, se oponía menos al desarrollo del capitalismo que el latifundio de esta región. Había encontrado en la contemporaneidad posibilidades de evolución y desarrollo, cuando lograba articularse al comercio con garantías técnicas, tecnológicas e infraestructurales, y como cooperativa era más productiva que el latifundio que poseía la mejor tierra, con mayor disposición subjetiva para el trabajo y cultivando las peores tierras. En cien años de república en el Perú, los indígenas no se habían vuelto individualistas, y donde no se conservaba la propiedad colectiva quedaban vigentes formas de cooperación en el trabajo que mostraban la vitalidad del comunismo indígena.

Mariátegui caracterizaba, además, una tercera región que era la de la Amazonia, que había sido el territorio donde pululó el esclavismo mientras el auge y la decadencia de la explotación del caucho. “En la Montaña o Floresta, la agricultura es todavía muy incipiente. Se emplean los mismos sistemas de ‘enganche’ de braceros de la Sierra; y en cierta medida se usan los servicios de las tribus salvajes familiarizadas con los blancos” (Mariátegui, 1985, p. 39).

Todo este análisis histórico y de contexto hecho por Mariátegui le permitió ofrecer una alternativa a las contradicciones existentes en el Perú y a la condición de explotación y dominación a la que eran sometidas las clases subalternas por parte de la clase dominante local aliada del capital imperialista. Por el peso de la agricultura en la configuración económico-social del Perú, el problema agrario era determinante para Mariátegui, y siendo el indígena el directamente afectado, la cuestión indígena adquiría igual importancia. En referencia al problema del indio, Mariátegui marxistamente afirmaba que estaba ligado al régimen de propiedad de la tierra en el Perú, el cual determinaba a su vez el régimen político y administrativo de toda la nación, y sin cambiar este era imposible cambiar el país.

Liquidar el gamonalismo y la feudalidad existentes que condenaban a la servidumbre a la mayoría del país era la única solución para Mariátegui, y debido a que la república bajo sus premisas liberales no lo había podido hacer, lo podría realizar menos aún cuando sus principios estaban en crisis a nivel mundial en el ambiente de la posguerra. Para Mariátegui: “El problema agrario se presenta, ante todo, como el problema de la liquidación de la feudalidad en el Perú” (2005, p. 51). El gamonalismo fortalecía el latifundio y ensanchaba la servidumbre, acentuando, además, el imperialismo en la economía nacional; así que, agotadas históricamente las soluciones capitalistas, acorde con el momento vivido en el mundo, la única solución verdadera para Mariátegui era el socialismo.

Mariátegui no les adjudicaba ningún papel revolucionario a las burguesías latinoamericanas, de ahí sus discusiones en el interior de la Internacional Comunista y la táctica definida para las colonias y semicolonias, y por ello su ruptura con Haya y la propuesta de alianza de los sectores populares con la burguesía nacional y la pequeña burguesía intelectual antiimperialistas como clases dirigentes en la edificación de un capitalismo nacional especial. Consciente de la época, Mariátegui afirmaba que para América Latina:

El imperialismo no consiente a ninguno de estos pueblos semi-coloniales, que explota como mercado de su capital y sus mercaderías y como depósito de materias primas, un programa económico de nacionalización e industrialismo. Los obliga a la especialización, a la mono cultura. (Mariátegui, 1985, p. 248)

No les permitía, por tanto, construir una economía emancipada de las taras feudales, sino simplemente el perfeccionamiento de la explotación de la tierra y de los campesinos. Los países latinoamericanos al llegar tarde a la competencia capitalista, en la época de los monopolios, tenían asignado el puesto de colonias o semicolonias; los primeros puestos ya se habían fijado definitivamente hacía tiempo.

Para Mariátegui era claro que solo la revolución socialista opondría un dique definitivo al avance del imperialismo, liquidando a su vez con la feudalidad en el Perú. Revolución socialista que llevaba inmerso, por ello, un carácter antiimperialista, una aspiración de liberación nacional.

No obstante, a diferencia de la lucha antiimperialista en otras latitudes, donde podía primar el sentimiento patriótico y nacional, Mariátegui explicaba que, en América Latina, con contadas excepciones, los elementos burgueses y feudales sentían el mismo desprecio racial que los imperialistas blancos por el indio, el negro o mulato, y que dicho sentimiento actuaba en la clase dominante local en favor del sometimiento imperialista.

Por tanto, en América Latina y el Perú se demandaba un antiimperialismo de clase y racial más que nacional, de acuerdo con esto, la cuestión de las razas adquiría un carácter de clase, las clases explotadas eran, además, odiadas como raza, y en esa medida, para redimirse como razas, debían redimirse como clases, sin caer en el extremo de un racismo inverso con alternativas, como la de autodeterminación de los pueblos, que terminaría con la creación, por ejemplo, de Estados burgueses indígenas sin solucionar la causa económica del problema, propuesta sugerida por cierto indigenismo y por la Internacional Comunista. Y aunque en algunos países latinoamericanos la cuestión de la raza no pasaba de ser un problema regional, Mariátegui señalaba que, sobre todo en los países andinos, este era determinante y obligatoriamente debía contemplarse.

Mariátegui resaltaba que, además de lo mencionado, en el Perú el problema de las razas era desde los indígenas una posibilidad de construcción de la unidad de la nación a partir de la porción poblacional mayoritaria excluida históricamente, de creación de la nación, fragmentada esta en el tiempo por la división y el conflicto entre regiones (Costa, Sierra y Montaña) y todo lo que ello implicaba económica, política y culturalmente.

Para Mariátegui, el indígena como raza en el Perú representaba al tiempo la mayoría de las masas explotadas y oprimidas en el campo y las ciudades, lo cual sugiere que obreros y campesinos peruanos como subalternos debían edificar el socialismo. Dicho socialismo pretendía hacer hegemónica la gestión colectiva y estatal en la economía nacional en perjuicio de los latifundistas, burgueses nacionales y capitales extranjeros, y en beneficio de los indígenas obreros y campesinos. Quería proyectar productivamente para sí lo más avanzado que en materia económica se había manifestado en dicha sociedad.

El socialismo encuentra lo mismo en la subsistencia de las comunidades que en las grandes empresas agrícolas, los elementos de una solución socialista de la cuestión agraria, solución que tolerará en parte la explotación de la tierra por los pequeños agricultores ahí donde el yanaconazgo o la pequeña propiedad recomiendan dejar a la gestión individual, en tanto que se avanza en la gestión colectiva de la agricultura, las zonas donde ese género de explotación prevalece. (Mariátegui, 1985, p. 161)

El arrendatario del latifundista (yanacona) o pequeño propietario que tuviera la posibilidad de desempeñarse como jefe de empresa se proyectaría en la nueva sociedad cumpliendo un papel importante con su cultivo productivo y la plusvalía que generara, en la superación de la feudalidad. Para ello, además, se debían abolir en el ámbito nacional todos los métodos atrasados de vinculación al trabajo y dar garantías para que este se desarrollara justamente.

En contravía de la mala gestión de los grandes latifundios tecnificados capitalistamente, el Estado debía asumir su administración colectiva, como lo venía haciendo con los azucareros que se quebraban, dándoles una mejor proyección productiva y diversificando el cultivo.

Los latifundios azucareros y algodoneros no podían ser parcelados para dar paso a la pequeña propiedad —solución liberal y capitalista del problema agrario— sin perjuicio de su rendimiento y de su mecanismo de empresas orgánicas, basadas en la industrialización de la agricultura. La gestión colectiva o estatal de esas empresas es, en cambio, perfectamente posible. (Mariátegui, 1985, p. 271)

Se debían nacionalizar, además, las grandes fuentes de riqueza, incluidas las industriales, mineras, financieras, etc., más importantes que estaban en manos del capital extranjero o de la burguesía nacional.

Asimismo, las sobrevivencias del comunismo agrario incaico debían desempeñar un importante papel en la construcción de la nueva sociedad. Donde existía la comunidad debía convertirse en potentes cooperativas, expropiando en su beneficio el latifundio. No era un anhelo de restauración de la sociedad inca el de Mariátegui, cayendo en un indigenismo milenarista ingenuo, sino una propuesta de una evolución posible y contemporánea de la comunidad sobreviviente bajo un proyecto socialista en el siglo XX.

El Estado que debía construir el proceso revolucionario era, a su vez, un Estado obrero y campesino que garantizaría la administración colectiva de la economía nacional, socializaría el poder militar y policiaco en una milicia obrero-campesina y construiría nacionalmente los municipios de obreros, campesinos y soldados.

Acorde con su realidad, Mariátegui y los socialistas peruanos proponían un camino hacia el socialismo que no demandaba una primera etapa demoburguesa como canon universal, pero que no negaba que en este la revolución tuviera que cumplir con algunas tareas teóricamente capitalistas.

De esta forma, teniendo como base una interiorización particular y potente del marxismo en sus contenidos filosóficos y metódicos, Mariátegui definía sus ideas políticas y económicas en general con las cuales se constituyó y desempeñó un papel importante de intelectual orgánico de las clases subalternas del Perú, no solo como difusor, sino también como alto creador de pensamiento, hasta que su existencia física se lo permitió.

Conclusiones

Una vez hecha una propuesta de reconstrucción de la trayectoria intelectual de Mariátegui a partir de un enfoque gramsciano y haber expuesto su pensamiento en su momento de gestación propia desde los focos aludidos, se puede afirmar y ratificar a manera de síntesis que Mariátegui se debe entender como un marxista dialéctico y en diálogo con la realidad y el panorama intelectual existente desde lo metódico y filosófico; y como pensador que desde lo económico y político, entendiendo de modo innovador su entorno nacional enmarcado dentro de un orden económico mundial capitalista e imperialista, también en diálogo y discusión con corrientes intelectuales nacionales e internacionales, formuló coherentemente con su pensamiento en general una solución socialista a las problemáticas presentes en su país, que aspiró convertir como intelectual orgánico en movimiento histórico y, por tanto, conciencia y voluntad popular de los indígenas obreros y campesinos del Perú.

Por tal motivo, su legado desde lo filosófico y metódico no se puede comprender como “soreliano”, “marxista abierto” o “idealista”, o desde lo económico y político como pensamiento “dirigente de la revolución campesina del Perú”, “determinista económico” o “socialista etapista”, formas que se han elaborado en el tiempo desde diferentes acentos y se han formalizado para interpretar su reflexión de manera equivocada (Cristancho, 2014). La situación de la exégesis sobre el pensamiento de Mariátegui se desarrolla, puntualmente, en el capítulo tres del trabajo de grado: “El pensamiento de José Carlos Mariátegui: el reto de construir el socialismo en América Latina”.

Retomando lo anterior y siguiendo con lo propuesto en este escrito, para finalizar, se presentará lo que desde su perfil intelectual y su obra expuesta se considera son aportaciones a la sociología y a las ciencias sociales en sus discusiones contemporáneas, de lo cual, además, se puede abstraer algunas agendas de investigación.

En primera instancia, es necesario resaltar la capacidad que tuvo Mariátegui de producir un conocimiento original de su entorno social que no recae en una traducción vulgar de una determinada teoría externa (en este caso el marxismo); sin negar lo que pueda resultar universal de ella, nunca perdió en la realización intelectual el contexto y el sitio desde el que estaba produciendo. Es solo desde allí que pudo pararse para formular el socialismo en el Perú, partiendo de las contradicciones que presentaba su realidad inserta dentro de un sistema económico mundial, con una sociedad local con capitalismo imperialista dirigente, predominantemente no proletarizada, donde la producción agropecuaria era sobresaliente, y donde el obrero, sin dejar de ser central, no podía salir adelante en su proyecto emancipador sin contar con los también indígenas, campesinos y comunitarios, que igualmente estaban posibilitados objetiva y subjetivamente en este caso particular para construir un proyecto estructural y superestructuralmente socialista.

Un segundo punto es la capacidad que tuvo de combinar en el entendimiento de la realidad el enfoque sincrónico con el enfoque diacrónico, propio de los pensadores latinoamericanos de su época, que sugiere la fuerza argumentativa que en la actualidad puede llegar a tener la utilización de la sociología histórica. Cuatro periodos de desenvolvimiento habían pasado y daban como resultante la realidad peruana vivida por Mariátegui; por tanto, no se podía entender esta última sin entender sus etapas de desenvolvimiento anterior. Es este particular enfoque lo que viabilizó en la investigación, por ejemplo, dar cuenta rigurosamente del surgimiento y trasegar del terrateniente y el latifundio en el Perú, sus posibilidades y caducidades para la época; o lo que le posibilitó explicar el desarrollo de la comunidad desde su nacimiento, su permanencia histórica y su manifestación “actual”, para ver cómo esta convertida en cooperativa era afín con el proyecto socialista en el Perú.

Un tercer punto, a propósito del debate actual sobre la insuficiencia monodisciplinar para dar cuenta de manera abarcadora de los diferentes objetos de investigación, fue el ejercicio transdisciplinar que realizó en el estudio del Perú, común a los ensayistas latinoamericanos de su época, el cual le permitió explicar el contexto social involucrando diferentes áreas del conocimiento. Analizó histórica, económica, política y sociológicamente los cuatro periodos de desenvolvimiento de la sociedad peruana enunciados, sus transiciones, rupturas y permanencias, y proyectó de la misma forma el desarrollo de la alternativa socialista, teniendo en cuenta simultáneamente en general la relación de lo exógeno con lo endógeno, es decir, el transcurrir del Perú en su relación con el mundo.

De la misma manera, el análisis que propuso evidenció la coexistencia de diferentes modos de producción, donde puede haber uno predominante, superando la racionalidad monista con la que generalmente se cercena la realidad que se tiene por objeto de indagación. Producto de su examen histórico, Mariátegui mostró para la realidad peruana de la época la coexistencia de tres economías: feudal, comunista indígena y capitalista, donde era dirigente la iniciativa capitalista bajo subordinación imperialista. Sin esta singular lente le hubiera sido imposible dar cuenta completamente de la situación presente, y, por tanto, la formulación de una solución a las problemáticas que esta manifestaba, es decir, su proyecto socialista.

En la misma vía, se encuentra la utilización que hizo del concepto de clase, relacionándolo dentro de las realidades latinoamericanas con cuestiones étnico-raciales. Destacó el carácter de raza de las clases obrera y campesina explotadas y oprimidas, y su potencial solidario y cooperativo para la edificación de un orden socialista en el Perú. Equivalentemente, explicó la élite blanca terrateniente burguesa y dominante, afín económica, cultural y políticamente más con el capital extranjero y el extranjero dominante que con sus “connacionales” desprestigiados y extraños por su condición de clase y raza. Queda enunciada la inquietud si puede ser demostrable dicho relacionamiento de estas variables en la actualidad o en algún caso histórico haciendo referencia, por ejemplo, a los negros en América Latina.

En alusión con lo que se puede considerar la sociología del desarrollo, algunas pautas para tener en cuenta desde la praxis de Mariátegui son, en primera medida, el entrecruzamiento que hizo de las variables de clase y étnico-raciales para indagar sobre los procesos de construcción de las naciones en América Latina. Lo ajeno que le resultaban por su condición de clase y raza los explotados y oprimidos del Perú a las élites dominantes condicionaron la propuesta de nación excluyente y al servicio del capital extranjero que construyeron; las disputas de raza y de clase se formularon además como disputa por formas de concebir y construir la nación. No aplicándola solo al Perú, este postulado de Mariátegui resulta sugerente para realizar investigaciones similares con respecto a la construcción de las naciones allí donde el factor étnico y racial tiene un peso significativo, por ejemplo, el territorio andino latinoamericano.

Otra fue la posibilidad de demostrar cómo el desarrollo del capitalismo en países de América Latina puede resultar cerrado por una vía nacional en condiciones específicas, siendo solo posible por una vía dependiente subordinada al direccionamiento de las potencias imperialistas. Lo anterior abre alternativas de entendimiento, acorde con un ejercicio de investigación respectivo, de fenómenos actuales, como la carencia de autonomía y soberanía alimentaria de algunos países latinoamericanos. Así como el algodón y el azúcar eran necesidades del desarrollo de la economía mundial y hacía que un país, aunque predominantemente agropecuario como el Perú, no fuera capaz de satisfacer su demanda nacional en alimentos, asimismo se puede ver bajo subordinación imperialista cómo países actualmente agropecuarios dan prioridad no soberanamente a las necesidades de las economías extranjeras que al cubrimiento alimentario de sus naciones.

Por último, y en igual sentido, hacer explícita la capacidad que tuvo de desafiar los cánones y parámetros del desarrollo, proponiendo para su país y para América Latina formas de desenvolvimiento que traspasan los marcos limitantes del capitalismo hegemónico, que hoy retoma vigencia con mayor fuerza, a partir de la crisis económica y civilizatoria (sobre todo ambiental) por la cual atraviesa el planeta. En consecuencia, actualmente más que en tiempos de Mariátegui, resulta necesario y determinante comprender nuestro mundo para transformarlo, y por eso sigue siendo, en consonancia con sus enseñanzas, una misión digna de una nueva generación en América Latina.

Referencias

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Notas

1 Se obviarán, por cuestiones de objetivos, las contribuciones de Mariátegui en campos como el educativo y artístico, entre otros, sin restarles interés como materia de importante pesquisa y relación con lo aquí consignado.

2 Se tendrá como referencia para la reconstrucción de la trayectoria intelectual de Mariátegui lo señalado por autores, como Aníbal Quijano (1979), el esbozo biográfico realizado por María Wiesse (1982), los apuntes autobiográficos consignados por Mariátegui en carta a Samuel Glusberg en 1927, principalmente los dos tomos biográficos realizados por Guillermo Rouillon (1975 y 1984) y lo expuesto por Alberto Flores Galindo (1980) en especial su profundización en los últimos tres años de vida de Mariátegui.

3 No se utilizaron todos los textos o capítulos que agrupan las compilaciones respectivas, sino que se juzgó que resultan suficientes algunos escritos incluidos para cumplir con lo propuesto para el trabajo. De Defensa del marxismo se utiliza sobre todo la primera parte, ya que las otras dos (segunda y tercera), una vez ilustrado lo filosófico y el método por parte de Mariátegui, se enfocan más en hacer un análisis de fenómenos derivados de la configuración y disputa imperialista y el estudio de lo que denomina la “ideología de la reacción” en Europa, acorde con el periodo de posguerra. De Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana se excluye en la exposición, ya que se salen temáticamente de los tópicos propuestos, los capítulos titulados: “El proceso de la instrucción pública” y “El proceso de la literatura”. De Ideología y política se incluyen, por su relación directa y general con lo mencionado a analizar sin entrar en minucias, los textos titulados: “El problema de las razas en la América Latina”, “Punto de vista antiimperialista”, “Principios programáticos del Partido Socialista”, “Aniversario y balance”, “Respuesta al Cuestionario Nº 4 del ‘S. de C. P.’” (Seminario de Cultura Peruana) y “El problema agrario”.

4 De Sorel es importante resaltar, entre otras, la influencia que tuvo la idea del “mito” en el pensamiento político de Mariátegui, que parte conceptualmente de dicho autor francés, y que el peruano asimiló más profundamente en el ambiente intelectual italiano. Para Mariátegui y su contribución desde el papel de difusor de ideas y forjador del movimiento transformador en el Perú, el socialismo se puede entender como el mito de su contemporaneidad, que, como idea fuerza, se inserta y nutre a partir de la práctica política de las masas populares, y que como proyecto por el que vale la pena actuar y luchar, así se legitima (o se debe legitimar), impulsa como una fe religiosa laica a estas masas para conseguir sus objetivos históricamente emancipadores.

Entre los Estados Unidos, Cuba y Brasil: la circulación de los conceptos de aculturación, transculturación y transfiguración

Adrián Celentano

De modo similar a lo que ocurría en otras disciplinas sociales, en la antropología se registró, en los albores del siglo XX, la aparición de algunas corrientes que reemplazaban el difundido determinismo racialista por el culturalismo. Así, el estudio de las relaciones entre blancos, negros, indios y mestizos comenzaba a hacer lugar al estudio de las distintas culturas y el tipo de contacto que mediaba en la sustitución de una cultura de “menor desarrollo” por otra “más desarrollada”.

Siguiendo esa preocupación culturalista, en las primeras décadas del siglo XX, los discípulos del antropólogo Franz Boas utilizaron la tesis de la aculturación para explicar el proceso a partir del que los pueblos ubicados al sur del río Bravo adoptaron la cultura europea. En discusión con esa mirada estática sobre las culturas latinoamericanas preexistentes al contacto con Europa, en 1940 el antropólogo cubano Fernando Ortiz desplegó, en su celebrado análisis de la sociedad cubana Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, la tesis de la transculturación. Casi tres décadas después, cuando la Revolución cubana había renovado la mirada sobre las peculiaridades del continente, el antropólogo brasileño Darcy Ribeiro volvió a ocuparse de la cuestión en otro celebrado libro: Las Américas y la civilización. Aunque retomó la mirada dialéctica de Ortiz, Ribeiro explicó el modo como la sociedad cubana y el continente en su conjunto asimilaban los elementos culturales mediante la tesis de la transfiguración cultural.

El presente artículo se ocupa de esas formulaciones y reformulaciones que ofrecieron los antropólogos sobre el tipo de contacto entre la cultura latinoamericana y la europea. Sin embargo, dado que reconocemos que para comprender la historia intelectual latinoamericana es fundamental el estudio no solo de las ideas, sino también de los canales materiales que posibilitaron su circulación, el artículo busca iluminar tanto la dimensión conceptual que estaba en discusión entre los antropólogos (esto es, la posibilidad de estudiar las capacidades creativas y resistentes de los pueblos americanos) como la dimensión material, ligada a los grupos intelectuales e instituciones universitarias que buscaron incidir en el curso político y cultural del espacio latinoamericano (Altamirano, 2010). Específicamente, la primera parte del artículo reconstruye brevemente los argumentos difundidos por quienes elaboraron la tesis de la aculturación. La segunda parte se ocupa de las novedades que introduce Ortiz en su estudio de la sociedad cubana. Finalmente, el artículo se detiene en la reformulación sobre la misma sociedad cubana y sobre América Latina en su conjunto que propuso Ribeiro en 1969.

La acculturation de los pueblos americanos

En 1936, la prestigiosa revista American Antropologist publicó el “Memorandum for the study of acculturation”, artículo en el que Melville Herskovits, Robert Redfield y Ralph Linton (tres discípulos del antropólogo alemán, radicado en los Estados Unidos, Franz Boas) utilizaban la tesis de acculturation para explicar el proceso a través del que los pueblos latinoamericanos adoptaron —y continuarían haciéndolo— la cultura moderna (Malgesini y Giménez, 2000, pp. 29-33). La categoría de aculturación había sido acuñada por Boas en 1896 para analizar la mitología campesina del noroeste estadounidense. En un trabajo fundamental para la modernización de la disciplina antropológica, Boas identificaba el potlatch como una relación de intercambio, cuya condición asimétrica sería característica de los “pueblos primitivos” no afectados por factores exógenos. Asimismo, allí se utilizaba el término acculturation para designar los procesos de cambio cultural generados por los contactos entre dos pueblos, o bien “el conjunto de fenómenos resultantes de continuos contactos de primera mano entre grupos de individuos de diferentes culturas con los subsiguientes cambios en las primitivas pautas culturales de uno o de los dos grupos” (Herskovitz, 1938, s. p.).

Con ese énfasis en la cultura, Boas inauguraba una nueva antropología que se proponía superadora de las corrientes “racialistas”, al tiempo que dejaba de lado el racismo estadounidense y europeo característico de los estudios antropológicos de fines de siglo XIX. Esa nueva antropología, que explicaba tanto el proceso como el resultado registrado en los “pueblos primitivos” a través de la aculturación, rápidamente fue hegemónica en el ámbito académico estadounidense y se proyectó en el ámbito europeo. Sobre los Estados Unidos recuerda el antropólogo Marvin Harris que

los discípulos de Boas a su vez continuaron las líneas maestras de desarrollo de la investigación e instrucción antropológica en instituciones sociales de todo el país. Por ejemplo, Kroeber y Lowie en Berkeley; Cole y Sapir, en Chicago; Herskovits, en la North Western University. (Harris, 1969, p. 219)1

Y esta nueva antropología también se ocupó del estudio de los pueblos latinoamericanos. En efecto, en su búsqueda de información científica y administrativa, el Departamento de Estado de los Estados Unidos financió una serie de instituciones privadas y estatales —como la Smithsonian Institution— para que dispusieran de programas de investigación sobre los “pueblos primitivos” latinoamericanos (Marsal, 1967, p. 51). Las primeras investigaciones realizadas en nuestro continente desde la perspectiva de Boas descartaron el estudio de las “tribus” —en cuanto ofrecía una unidad de análisis demasiado estrecha— y optaron por estudiar las “comunidades rurales”. Así es como aparecieron investigaciones sobre el campesinado de México, del Perú y de Guatemala y su “resistencia al cambio”.

La tesis de la aculturación permitía comprender las formas en que se imponía una cultura sobre otra, en particular, cómo se adaptaban las sociedades “atrasadas” a las “modernas”. De hecho, el centro de la reflexión era cómo esos indios “primitivos” prealfabetos y autosuficientes se aculturaban, esto es, se mestizaban asimilándose a la vida nacional y absorbiendo las pautas culturales “modernas”. La caracterización de esas pautas como “modernas” y no como “impuestas por los dominadores” sería una de las críticas mayores que recibirían esos estudios. Asumiendo esas críticas, dos años después de publicar el “Memorandum for the study of acculturation”, Herskovits reconocía que había una

tendencia no crítica a ver las culturas nativas eliminadas en todas partes por el abrumador impulso de las técnicas europeas; el sentimiento de que esos pueblos “más sencillos” debían aceptar inevitablemente las sanciones de sus gobernantes más eficientes, tal como lo hacen con algunos de los modos de vida exteriores de aquellos bajo cuyo dominio viven: todo ello refleja un tipo de etnocentrismo que debería estar ausente de los estudios científicos del antropólogo. (1938, pp. 31-32)

A partir del reparo enunciado por este reconocido antropólogo estadounidense, la noción de aculturación sufrió modificaciones y agregados. Sin embargo, no dejó de incidir fuertemente en la antropología latinoamericana de las décadas siguientes, ni de ser el lecho de Procusto que eliminaba el papel activo de los pueblos latinoamericanos para lograr explicar su deseada modernización (Marsal, 1967, p. 79).

Dos ejemplos disímiles de la importante incidencia que tuvo la noción de aculturación los ofrecen la obra del antropólogo estadounidense Robert Redfield y la de su par brasileño Gilberto Freyre. A partir del estudio de las comunidades rurales de Tepoztlán y Yucatán, caracterizadas como folks, Redfiled sostuvo que en la sociedad mexicana predominaban los rasgos indios y tribales en transición progresiva hacia la vida urbana regida por el patrón europeo y civilizado. Los pobladores folks, a pesar de ser idealizados, eran caracterizados como “tontos” mientras que los urbanos serían “inquietos”. Y Redfield proponía extender esa división de la sociedad mexicana a las de las naciones del mundo moderno. Pretensión que debió flexibilizar luego de las críticas del sociólogo estadounidense Wright Mills y del antropólogo mexicano Oscar Lewis, entre otros. A fines de los cincuenta, el paradigma boasiano también recibió las críticas del antropólogo estadounidense Marvin Harris, quien apoyándose en argumentos estructuralistas y marxistas fundó una corriente de materialismo cultural. Junto con Charles Wagley y otros antropólogos estadounidenses, Harris se vinculó a los antropólogos y sociólogos latinoamericanos, sobre todo a los brasileños Roger Bastide, Florestan Fernandes y Ribeiro. Si bien estos criticaban a Boas y la tesis de la aculturación, no fueron recordados por Harris en su historia de la antropología.

Antes de recibir esas críticas, la noción de aculturación dejó su huella en el señero estudio de la estructura de la sociedad brasileña que realizó el joven Freyre en Casa Grande y Senzala (1933). Sobre la importancia de la lectura de Boas para comenzar a pensar la diferencia entre raza y cultura en el Brasil, recuerda Freyre en un texto rescatado por el antropólogo Darcy Ribeiro:

Fue el estudio de la antropología, bajo la orientación del profesor Boas, lo que primero me reveló al negro y al mulato en su justo valor, separados de los rasgos de raza, los efectos del ambiente o de la experiencia cultural. Aprendí a considerar fundamental la diferencia entre raza y cultura, a discriminar entre los efectos de relaciones puramente genéticas y los de influencias sociales, de herencia cultural y de medio. En este criterio de diferenciación fundamental entre raza y cultura se afirma todo el plan de este ensayo. Asimismo en el de la diferenciación entre hereditariedad de raza y hereditariedad de familia. (Freyre, citado en Ribeiro, 1977, p. VII)

Según el prólogo de Ribeiro a la reedición de 1977 de Casa Grande y Senzala, la obra de Freyre tendría la virtud de colocar los aportes de la cultura negra y los procesos de mestizaje en un lugar estratégico para pensar la sociedad y la cultura brasileñas. A pesar de ello, la antropología posterior, propone Ribeiro, debió superar el ateoricismo y la correlativa propensión al descriptivismo etnográfico que, junto con la atención por la cultura, Freyre habría heredado de Boas.2

En el espacio latinoamericano, la primera ruptura clara con el modelo de la acculturation fue formulada por el antropólogo cubano Fernando Ortiz en su Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (1940). Los elementos que tuvo en cuenta Ortiz para proponer que en Cuba se conformó una peculiar transculturación y la relación de esa tesis con el ámbito político-intelectual del que participaba Ortiz son las cuestiones que estudiamos en el siguiente apartado.

La transculturación cubana, contrapunto de la acculturation

Hijo de comerciantes españoles, Fernando Ortiz nació en 1881 en La Habana. Desde comienzos del siglo XX, desarrolló una exitosa carrera académica. Luego de doctorarse en Derecho en Madrid en 1901, se trasladó a Italia para estudiar criminología con Cesare Lombroso. Al retornar a Cuba, ocupó puestos en la diplomacia y en la justicia, y desde 1909 dio clases de Economía y Derecho en la Universidad de La Habana. En esa época, se casó con Esther Cabrera, hija del influyente intelectual de la élite isleña Raymundo Cabrera. Hasta la década de 1920, Ortiz se sumó al Partido Liberal cubano y se inscribió en la fuerte tradición republicana de la isla. En 1916, fue electo parlamentario y diez años después propuso un Proyecto de Código Criminal Cubano (Aguilar, 1998, pp. 210-239).

Por entonces, los estudios sobre el hampa cubana señalaban a la negritud como el eje de la marginalidad delincuente. Las primeras investigaciones de Ortiz compartían ese señalamiento y para ello recurrían a una matriz biologicista ligada a Lombroso, quien incluso prologó el ensayo de Ortiz Los negros brujos (1906). No obstante, hacia la década de 1930, las investigaciones de Ortiz comenzaron a cuestionar el determinismo racialista, fundamentalmente porque no daba cuenta de la dominación que los blancos ejercían sobre los negros y los mestizos. Como señala Mailhe, el desplazamiento del positivismo se advierte en que

ante la definición que da Lombroso del delincuente “nato” como producto de una “regresión primitiva” o “salto hacia atrás” (resultado de las determinaciones biológicas y/o del medio), Ortiz argumenta que la primitividad psíquica del negro no proviene de una involución regresiva sino de un mero retraso en su evolución racial/espiritual/cultural, resultado de causas sociales ligadas a la explotación esclavócrata, y por ende reversibles a través de la educación. (Mailhe, 2011, s. p.)

En el despliegue de esta nueva argumentación fue central la lectura que realizó Ortiz de las investigaciones sobre la cultura afrobrasileña del antropólogo brasileño Raimundo Nina Rodrigues (1862-1906), así como su iniciación en la sociedad negra Abakuá y en los núcleos espiritistas inspirados en Allan Kardec (Díaz, 2006, pp. 289-307). Sin embargo, la revisión que proponía Ortiz de su formación lombrosiana coincidía con su alejamiento de la política partidaria liberal cubana y con su integración en las asociaciones intelectuales concentradas en el impulso de la educación, el debate científico y el intercambio con intelectuales europeos, como la Sociedad Económica de Amigos del País. Desde la década de 1920 y durante el resto de su vida, Ortiz participó en múltiples grupos intelectuales, colaboró en sus revistas, como la Revista Bimestre Cubana, incluso dirigió algunas de ellas, como Archivos del Folklore, la revista antifascista Surcos, Ultra (órgano de la Institución Hispano Cubana de Cultura) y la Revista de Estudios Afrocubanos. Entre los grupos intelectuales que animó Ortiz se destacan, por su trascendencia en la renovación de la cultura cubana, el grupo Minorista y, por su incidencia en el continente, el Instituto Internacional de Estudios Afroamericanos, del cual Ortiz presidió el Comité Ejecutivo y dirigió la revista Afroamérica.3

En 1940, cuando Ortiz publica en Cuba la primera edición del Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, su pasaje desde el biologicismo hacia el culturalismo está plenamente realizado, pues ya cuenta con la tesis de la transculturación para visibilizar el papel activo de los negros en la constitución de la cubanidad.4 El libro aparecía con dos prólogos. Uno del cubano Herminio Portell Vilá (1901-1992), quien destacaba el Contrapunteo como denuncia patriótica de la dependencia económica cubana respecto de la industria azucarera y del apoyo estadounidense al desarrollo de esa industria. El otro prólogo provenía de Bronislaw Malinowski (1884-1942), justamente el antropólogo funcionalista que, tomando distancia del etnocentrismo aún reinante en la academia, le había negado la condición de “salvaje” a los habitantes de las islas Trobiand para descubrir un pueblo con un peculiar orden social. En su prólogo a Ortiz, Malinowski explica que acculturation es “un vocablo etnocéntrico con una implicación moral” y saluda el reemplazo por el de transculturación. Si bien ese saludo no conllevó la utilización de las tesis de Ortiz en la obra de Malinowski, sí cumplió su papel consagratorio respecto de la figura de Ortiz en nuestro continente. Por su parte, Ortiz envió una carta y un ejemplar del Contrapunteo a Herskovitz. Este respondió con una misiva en la que reconoció el valor de las investigaciones orticianas, aunque juzgó innecesaria la introducción del concepto de transculturación, pues juzgaba que aculturación era suficiente y ya estaba instalado (Martí, 2011).

En sus capítulos, el Contrapunteo propone un ensayo de interpretación histórica y sociológica de la evolución económica y la cultura cubana. En ese ensayo, aparece una de las primeras reivindicaciones claras del aporte cultural indígena y afrocaribeño, al tiempo que se prosigue la crítica al latifundio y a la dependencia del mercado estadounidense formulada, una década antes, fundamentalmente por los historiadores Emilio Roig de Leuchsenring y Ramiro Guerra y Sánchez.

En el ensayo Azúcar y población en las Antillas (1927), Guerra y Sánchez explica la corrupción y fragilidad del régimen político cubano por el predominio del latifundio y de la industria azucarera. Esta historización que, según el conocido historiador marxista Manuel Moreno Fraginals, ocupó el centro del intenso debate político de la época, señaló a la monoproducción azucarera, el latifundio y la subordinación cubana a los Estados Unidos como los factores económicos y políticos del “atraso” de la isla (Moreno, 1976). Ortiz retoma el estudio de esos factores, pero, a diferencia de Guerra y Sánchez, no considera negativa la llegada de braceros haitianos ni excluye al elemento afrocubano del proceso civilizatorio (Díaz, 2006, pp. 331-337). La cubanidad sería, para Ortiz, una mezcla inestable de contradicciones sociales, económicas y culturales, o bien la resultante de una sobredeterminación cultural producida en el constante proceso de mestizaje que modela la transformación social. Para ilustrar ese proceso, en una obra anterior, Ortiz había recurrido al ajiaco, comida tradicional cubana preparada a partir de la mezcla de ingredientes provenientes de distintas regiones del mundo.5

El tipo de tratamiento de los problemas cubanos inscribe al Contrapunteo en la saga latinoamericana del ensayo de interpretación nacional que habían inaugurado los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), de José Carlos Mariátegui, los Seis ensayos en busca de nuestra expresión (1928), del dominicano Pedro Henríquez Ureña, y Ainsi parla l’oncle (1928), del haitiano Jean Price-Mars. Este tipo de ensayismo tiende a señalar la dependencia económica como una cuestión central, se preocupa por explicar esa dependencia a partir de un proceso histórico y busca comprender, en su dimensión cultural, la cuestión nacional.

En Ortiz, se agrega que para visibilizar la cubanidad es fundamental reemplazar la tesis de la aculturación por la de la transculturación. Sostiene en el Contrapunteo:

Entendemos que el vocablo transculturación expresa mejor las diferentes fases del proceso transitivo de una cultura a otra, porque éste no consiste solamente en adquirir una cultura, que es lo que en rigor indica la voz anglo-americana acculturation, sino que el proceso implica también necesariamente la pérdida o desarraigo de una cultura precedente, lo que pudiera decirse una parcial desculturación, y además significa la consiguiente creación de nuevos fenómenos culturales que pudieran denominarse neoculturación. (Ortiz, 1977, p. 96)

A pesar de aparecer en los “capítulos adicionales”, ubicados al final de la primera edición del Contrapunteo, esa precisión teórica fue saludada y retomada por distintas figuras del campo intelectual latinoamericano.

A partir de la tesis de la transculturación, por primera vez se tornaría visible en el campo cultural que la cubanidad es una síntesis que no termina de cerrarse ni tiene un carácter unilineal. Esa cubanidad tendría una cronología propia, los “años-cultura” que, iniciados con los contactos culturales, aceleraron mediante “saltos” la evolución cubana. Precisa Ortiz que

en todos los pueblos la evolución histórica significa siempre un tránsito vital de culturas a un ritmo más o menos reposado o veloz; pero en Cuba han sido tantas y tan diversas en posiciones de espacio y categorías estructurales las culturas que han influido en la formación de su pueblo, que ese inmenso amestizamiento de razas y culturas sobrepuja en trascendencia a todo otro fenómeno histórico. (Ortiz, 1977, p. 93)

La transculturación permite explicar el específico proceso histórico cubano, en el que varían las posiciones y las categorías socioculturales. En la primera parte de su ensayo, Ortiz “contrapuntea” el ciclo biológico del tabaco y del azúcar. La personificación, bajo la apelación a “él” y “ella”, le permite a Ortiz exponer las contradicciones sociales implicadas en las dos producciones centrales de la economía cubana. Sostiene en uno de esos logrados contrapunteos:

Blanca es la una, moreno el otro. Dulce y sin olor es el azúcar; amargo y con aroma es el tabaco. ¡Contraste siempre! Alimento y veneno, despertar y adormecer, energía y ensueño, placer de la carne y deleite del espíritu, sensualidad e ideación, apetito que se satisface e ilusión que se esfuma, calorías de vida y humaredas de fantasía, indistinción de vulgarota y anónima desde la cuna e individualidad aristocrática y de marca en todo el mundo, medicina y magia, realidad y engaño, virtud y vicio. El azúcar es ella; el tabaco es él… La caña fue obra de los dioses, el tabaco lo fue de los demonios; ella es hija de Apolo, él es engendro de Proserpina. (Ortiz, 1977, p. 14)

Y a continuación Ortiz explicita el tipo de relaciones sociales que se ocultan tras esos productos a los que les había hecho cobrar vida:

Para la economía cubana, también profundos contrastes en los cultivos, en la elaboración, en la humanidad. Cuidado mimoso en el tabaco y abandono confiante en el azúcar; faena continua en uno y labor intermitente en la otra; cultivo de intensidad y cultivo de extensión; trabajo de pocos y tarea de muchos; inmigración de blancos y trata de negros; libertad y esclavitud; artesanía y peonaje; manos y brazos; hombres y máquinas; finura y tosquedad. En el cultivo: el tabaco trae el veguerío y el azúcar crea el latifundio. En la industria: el tabaco es de la ciudad y el azúcar es del campo. En el comercio: para nuestro tabaco todo el mundo por mercado, y para nuestra azúcar un solo mercado en el mundo. Centripetismo y centrifugación. Cubanidad y extranjería. Soberanía y coloniaje. Altiva corona y humilde saco. (Ortiz, 1977, p. 14)

El color y el sabor del azúcar y del tabaco ofrecen a Ortiz la clave para denunciar las relaciones sociales que, en el sistema de producción cubano, están atadas a esas mercancías. Mientras que en el primer párrafo citado el azúcar y el tabaco son animizados a partir de sus cualidades, en el segundo párrafo esas cualidades son resignificadas, pues se explicita el tipo de relaciones sociales a través de las que el azúcar y el tabaco son producidos e introducidos en el mercado mundial. Como señala Coronil, con ello Ortiz sugiere la fetichización de las relaciones sociales que Marx había expuesto en el tercer capítulo del primer tomo de El capital y que Ortiz había leído en sus años de estudiante (Coronil, 2010). Es más, podríamos afirmar que Ortiz tiende a mostrar que el tabaco y el azúcar integran a Cuba en ese “cúmulo de mercancías” que —según el párrafo inicial de El capital— es el mundo. Y si a comienzos de la década de 1930 el mundo vivía una fuerte crisis económica, Ortiz no puede pasar por alto que en Cuba esa crisis se agravaba por el bajo nivel de inversión local y las limitaciones para colocar el azúcar en el mercado estadounidense (Le Riverend, 1972).

La segunda parte ofrece un documentado estudio del proceso histórico cubano a través del que, en continuidad con el desarrollo económico, se elaboran las mezclas culturales, esto es, las transculturaciones: los pueblos originarios y los españoles más la migración negra primero y la asiática después serían los factores que permitirían reproducir y ampliar la economía cubana (esto es, las mercancías del tabaco y del azúcar que se universalizan en el mercado mundial), pero también esos pueblos, con sus creencias religiosas y su intervención sobre el lenguaje, construirían esa síntesis inestable que sería la cubanidad.6

Cuatro años después de la publicación del Contrapunteo, Ortiz vuelve sobre la imbricación entre orden económico y creencias religiosas negras desde la que se elabora la transculturación cubana y sostiene que

en África, Eleggua es el dios erótico, pero en Cuba parece haber olvidado ese carácter. Acaso porque ya su ritualismo de fertilización ha perdido su función social, dado el régimen de vida económica a que tuvo que ajustarse el negro africano, tan distinta de la de allende. […] En Cuba hubo que prescindir de la pantomima copular, como de los ritos judiciarios, la circuncisión, el sacrificio humano y otros elementos de la ritualidad religiosa y social que no se podían amalgamar con el sistema de la sociedad cubana. Proceso necesario y simultáneo de desculturación o abandono de ciertos elementos de las culturas afrooccidentales o negras y de aculturación o acomodamiento a ciertas exigencias de las culturas eurooccidentales o blancas para lograr por síncresis la transculturación, o proceso de transición, readaptación o reajuste en otra cultura, la cubana o mulata, de nueva creación. (Ortiz, 1945-1946, pp. 222-225)7

La transculturación propia del proceso histórico cubano tiene un importante despliegue en la religión. En efecto, entre las creencias religiosas que traía la inmigración negra se encontraban los ritos ligados a la fertilidad, y si ellos no eran compatibles con el mundo moderno del capitalismo y eran combatidos por los blancos que imponían ese mundo en Cuba, los ritos de fertilidad no desaparecían, sino que se reformulaban a partir de una estrategia “transculturante” generada por la inmigración negra.

En las décadas siguientes, Ortiz continuó su prolífica obra como antropólogo, musicólogo y crítico cultural desde diversos grupos intelectuales disconformes con la crisis permanente y con la corrupción de la clase dominante cubana. Al estallar la Revolución cubana, se definió, al igual que muchos de los integrantes de esos grupos, como un claro adherente. Y una década después, su antropología transcultural encontró una interesante reformulación en la obra de Darcy Ribeiro, otro intelectual que apoyó, de modo más decidido, la Revolución cubana.

La transfiguración cultural en el multilineal proceso civilizatorio latinoamericano

Darcy Ribeiro nació en 1922 en Minas Gerais. Sus padres, al igual que los de Ortiz, eran comerciantes. En la década de 1940, estudió antropología en la Universidad de São Paulo. Junto con Oracy Nogueira y Florestan Fernandes, Ribeiro fue discípulo de Herbert Baldus, antropólogo alemán funcionalista, exiliado en Brasil desde 1933, que dictó importantes seminarios de etnología en la Universidad de São Paulo.

Desde sus años de estudiante hasta la década de 1950, Ribeiro militó intensamente en el Partido Comunista Brasileño. Luego de graduarse, orientó sus primeras investigaciones al estudio de los pueblos indígenas de la Amazonia y se incorporó al Servicio de Protección a los Indios. En 1958, el pedagogo Anísio Teixeira convocó a Ribeiro para contribuir al diseño de los planes educativos del gobierno desarrollista de Juscelino Kubitschek, con el que también colaboraba un íntimo amigo de Ribeiro, el destacado arquitecto comunista Oscar Niemeyer, que diseñaría, junto con Lucio Costa, la nueva capital de Brasil, Brasilia. Ribeiro, Teixeira y Niemeyer tendrían también una participación decisiva en la fundación, en 1962, de la moderna Universidad de Brasilia. A partir de ese año, ya durante el gobierno del populista João Goulart, Ribeiro contribuyó a la radicalización de dicho gobierno impulsando las “reformas de base” (Fausto, 1997).

En 1964, luego del golpe de Estado que derrocó a Goulart, muchos intelectuales de izquierda debieron partir al exilio.8 Ribeiro se asentó en Uruguay, donde elaboró sus ensayos antropológicos y educativos. En 1968, intentó retornar al Brasil y fue apresado. Al año siguiente, la dictadura brasileña lo deportó a Caracas, desde donde viajó a Santiago de Chile para asesorar al gobierno de Salvador Allende hasta su derrocamiento en 1973. Entonces Ribeiro partió al Perú para recalar más tarde en Venezuela.

De modo similar a lo que ocurrió con los intelectuales brasileños Fernando H. Cardoso, Celso Furtado y Theotonio dos Santos (Pecaut, 1990, pp. 201-202), fue en el destierro que la obra de Ribeiro alcanzó gran repercusión en las ciencias sociales rioplatenses (Celentano, s.f., t. II). Más precisamente, si bien Ribeiro ya tenía una obra importante, elaboró su influyente “antropología civilizatoria” durante los tres años en que permaneció en Uruguay, donde contó con la colaboración de un grupo de antropólogos, entre los que se encontraba su esposa, Bertha Glayzer. Esa antropología fue difundida en tres obras publicadas en amplios tirajes por editoriales de circulación continental: El proceso civilizatorio (1968), Las Américas y la civilización (1969) y Fronteras indígenas de la civilización (1971).9 Estos libros despliegan un original sistema explicativo, de carácter evolutivo y de alcance histórico-universal, que integra el tramo más radicalizado de la obra ribeiriana y que despertó gran interés en los intelectuales de nuestro continente. Mientras que en el primer libro Ribeiro se preocupa por analizar conceptualmente el proceso civilizatorio, en las Américas y la civilización aplica ese sistema conceptual a los distintos pueblos americanos. Por su parte, Fronteras utiliza ese sistema para conceptualizar la investigación que Ribeiro realizó, para los destacados antropólogos estadounidenses Marvin Harris y Charles Wagley, con las tribus brasileñas borôro, kadiweus, ofaié- xavantes y urubu kapoor, entre otras. A diferencia de las dos obras anteriores, en esta tiene un menor peso la dimensión tecnológico-productiva como motor de cambio para cobrar más importancia la transfiguración cultural como estrategia de resistencia y creación.10

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22 ekim 2025
Hacim:
652 s. 4 illüstrasyon
ISBN:
9789587815795
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