Kitabı oku: «Anti-Nietzsche»
Jorge Polo Blanco
Anti-Nietzsche
La crueldad de lo político


© Taugenit S.L., 2020
© Jorge Polo Blanco, 2020
Edición digital: José Toribio Barba
Diseño de cubierta: Gabriel Nunes
ISBN digital: 978-84-17786-14-4
1.ª edición digital, 2020
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Índice
1. ¿Un pensador alejado de la política y de lo político?
2. Escenas biográficas de un reaccionario radical
3. Lo trágico contra lo civilizado
4. No hay metáforas inocentes. Una justicia naturalizada, una moral biologizada
5. Gran cultura y esclavitud social. ¿Un aristocratismo meramente espiritual?
6. El anti-Rousseau. Una filosofía política esencialmente elitista
7. Una ontología socialdarwinista
8. ¿Acaso podemos extirpar lo inextirpable?
9. El último metafísico
10. Una exégesis despolitizadora (es decir, exculpatoria)
11. La razón como mera secreción de la vida orgánica
12. Irracionalismo, esteticismo y liberación
13. Nietzsche: ¿un aliado del pensamiento emancipador?
1. ¿Un pensador alejado de la política y de lo político?
«Otro libro sobre Nietzsche», podría decir alguien con un tono de hastío. «Pocas novedades en el frente de batalla; nada nuevo bajo el sol». «Demasiados ríos de tinta han corrido ya. ¿Por qué añadir otro pequeñísimo afluente a ese mastodóntico caudal?». Y tendrían bastante razón, claro está, quienes así dijeran. Pero en el presente ensayo trataremos de mostrar que la filosofía de Nietzsche, al contrario de lo que se ha sostenido en demasiadas ocasiones, también es una filosofía eminentemente política. Y es justo ahí donde, con humildad, pretendemos incidir. Pero nuestra propuesta se fundamentará en la imposibilidad de localizar en el pensamiento nietzscheano elementos teóricos capaces de sustentar un pensamiento político de signo emancipador. Con esto último, por cierto, también contravendremos ciertas lecturas que han sido prácticamente hegemónicas durante las últimas décadas. La puesta en escena de un Nietzsche «aliado del pensamiento emancipador», a nuestro modo de ver, está bloqueada y obturada; es un camino imposible de recorrer, impracticable y pedregoso, por más voluntarismo teórico que pueda derrocharse. Los que pretendieron recorrerlo dieron muchos pasos en falso, sucumbieron a múltiples espejismos y, en demasiadas ocasiones, silenciaron de manera sistemática importantes pasajes de la obra nietzscheana.
Para mostrar lo anterior impugnaremos algunas «lecturas expurgatorias» que han querido ignorar al Nietzsche concreto y viviente, ese pensador profundamente reaccionario, antidemócrata y antisocialista; entendiendo esto último en un sentido muy amplio, es importante remarcarlo, toda vez que los anarquistas o los republicanos radicales de estirpe rousseauniana también merecieron su odio visceral. Nos hallamos ante una personalidad formidable y profunda que reaccionó con sumo horror cuando tuvo noticia de los hechos de la Comuna de París, y aplaudió su sangriento aplastamiento, en un gesto demasiado nietzscheano. Veremos que siempre permaneció al tanto de la coyuntura sociopolítica de su época, contra lo que algunas lecturas «estetizantes» han pretendido sostener, y detestó profundamente el movimiento obrero. De hecho, se hallaba muy conmocionado por la expansión de lo que él mismo denominó la «Hidra Internacional», porque su moral aristocrática no encerraba ninguna metáfora empleada para trazar una crítica cultural y poética de la civilización occidental; esa visión aristocrática del mundo, dejémonos de imposturas, era absolutamente literal. Experimentaba una sincera repugnancia por todo lo plebeyo, y las obtusas clases populares solo le merecían desprecio. Su elitismo fue, en todo momento, portentoso. Pero, además, intentaremos mostrar que la propia ontología nietzscheana, basada en la voluntad de poder, y que nosotros no dudaremos en calificar de «socialdarwinista», es por completo incompatible con cualquier visión política de signo transformador, progresista o emancipador. Todo esto encontrará el lector en las presentes páginas, siempre abiertas a la discusión polémica.
Las hermenéuticas del pensamiento nietzscheano derivaron por cauces siempre tumultuosos y agitados. Después de la Segunda Guerra Mundial se produjo la rehabilitación de una filosofía que había sido adulterada, tergiversada y groseramente manipulada; se quiso, con cierta necesidad de justicia, desnazificar. Múltiples elementos ideológicos se habían adherido de manera espuria a un pensamiento que debía ser, en cierto modo, «recuperado». Y, para ello, se adoptó una estrategia expedita, pero sustancialmente equivocada: la mejor fórmula para desvincular a Nietzsche del fascismo consistía, sencillamente, en despolitizarlo. Muerto el perro, se acabó la rabia. Si se construía la imagen de un filósofo meramente esteta u ontológico, ajeno e incluso hostil al universo político, todos los funestos malentendidos quedarían de inmediato deshechos. El péndulo de la hermenéutica nietzscheana, así, se había movido hacia el otro extremo; de una politización parcialmente ilegítima y desvariada se pasó a una neutralización política de su pensamiento1. Sin embargo, y es lo que pretendemos mostrar en este ensayo, esa neutralización es tan errada y desvariada como su vulgar politización nacionalsocialista.
Es cierto que su figura ha sido incluida en algún volumen de historia de la filosofía política, como, por ejemplo, la compilación de Leo Strauss y Joseph Cropsey2. El autor del capítulo dedicado a Nietzsche en esta obra, Werner J. Dannhauser, comentaba, entre otras muchas cosas, que él introdujo el ateísmo, por primera vez, en el imaginario reaccionario de la derecha política3. Pero la inclusión de Nietzsche en el grupo de «pensadores apolíticos» sigue siendo recurrente, aunque pueda demostrarse lo injustificable de tal ubicación. Entender su obra desde «lo impolítico», categoría confusa y estéril, tampoco resulta convincente4. Como es evidente, nunca fue un filósofo político en el sentido en el que lo fueron Maquiavelo o Hobbes. Pero desde un punto de vista meramente cuantitativo, la materia textual que de forma más o menos explícita se refiere a temas políticos es abundante; son muy numerosos los pasajes en los que aborda dichos asuntos, ya sea en obras publicadas o en el Nachlass. Que dichos pasajes se hallen diseminados, e imbricados con otras temáticas, no implica que no sean medulares y constitutivos; entre otras cosas, porque en Nietzsche todo se halla diseminado e imbricado. Pero, además, y esto es lo más decisivo, ese pensamiento político guarda una íntima afinidad con los núcleos más importantes de su filosofía. No se trata de una cuestión marginal o anecdótica, si bien es verdad que su forma de escribir no ofrece facilidades y que su «pensamiento político» se halla disperso y enmarañado de mil maneras. Su lenguaje polisémico y metafórico, cargado de vituperante y profética grandilocuencia, tampoco invita a la serenidad analítica. A veces es crudo y explícito, eso sí. Pero, en medio de sus ardientes fogonazos, podemos descubrir ciertas coherencias internas que, a la postre, configuran un pensamiento político definido.
Se ha dicho, con razón, que la masa invertebrada, asistemática e inorgánica de los textos nietzscheanos permite una serie casi infinita de recomposiciones; en función de qué tipo de «selección» realice el intérprete, emergerá un Nietzsche u otro. Es este un monstruo de mil caras, y siempre encontraremos un aforismo que «encaje» con nuestra lectura preconcebida. Comentaba Félix Duque que «es bien sabido que Nietzsche es tan proteico y variopinto en sus manifestaciones (a veces, en un mismo período) que de la textura de su pensamiento pueden cortarse los trajes más diversos, y aun contradictorios»5. Algo de cierto hay en todo ello, sin duda. Ahora bien, ¿la maleabilidad hermenéutica de su obra es infinita y, por ende, cualquier «máscara» se le puede adjudicar? A nuestro juicio, se debe responder negativamente a semejante cuestión. De hecho, el propio Nietzsche se hubiese arrancado con ira y asco algunas de las máscaras que muchos intentaron encasquetarle. Es cierto que su estilo de escritura, a diferencia de otros filósofos canónicos de la tradición occidental, se presta a una lectura impresionista. Sus estrategias argumentativas, que en ocasiones no se distinguen de un conjunto de cañonazos, no favorecen una lectura sosegada y lógica. Pero precisamente eso es Nietzsche —dirán algunos—, una renuncia deliberada a la sistematicidad logocéntrica. Está bien, admitamos que eso es así. Sin embargo, detrás de tantas invectivas y de tantos ditirambos podemos hallar ciertas fibras intelectuales que siempre estuvieron presentes en su pensamiento; en sus escritos encontraremos ciertos núcleos de sentido que permanecieron inconmovibles.
Nietzsche, y esta cuestión no es baladí, siempre tuvo muy claro quiénes eran sus adversarios espirituales. Pero su crítica furibunda de la cultura occidental también se adentraba, como no podía ser de otra manera, en el mundo político. Aunque es cierto que su labor primordialmente disolvente no lo condujo a la preparación de un «programa» concreto, dibujó, a pesar de todo, las líneas maestras de una «visión» política. Por lo demás, es indudable que su obra alberga un nítido contraprograma: él sabía muy bien quiénes eran sus contrincantes políticos, pues sobre ellos arrojaba cantidades ingentes de la metralla dialéctica más corrosiva que pueda uno imaginar, y tenía muy claro qué órdenes sociopolíticos eran los menos deseables. Y es que, más allá de su labor crítico-disolutiva, que en ocasiones evidenciaba una suerte de goce por la destrucción gratuita (tensando dicha crítica hasta límites patológicos, sin ofrecer, sin embargo, una justificación bien argumentada de tan ardientes impugnaciones), más allá de todos estos alaridos histriónicos, decíamos, también podemos localizar en su obra algunas propuestas normativas; propuestas ético-políticas harto inquietantes, por cierto.
Mazzino Montinari terminaba un ensayo sobre nuestro filósofo alegando que nunca fue más allá de la dimensión moral a la hora de juzgar «el fenómeno político-cultural más importante de su época, el socialismo», en el cual vio una reverberación última —y tremendamente desagradable— del resentimiento cristiano. Nietzsche, se suele argüir, no tenía un conocimiento técnico de la teoría socialista; no polemizaba con Marx y Engels de una forma explícita. Bien es verdad, no obstante, que en abril de 1880 escribió a su amigo Franz Overbeck, desde Venecia, para decirle que le gustaría tener el catálogo de los libros que estaban a la venta en la librería socialista de Zúrich6. La escritora Malwida von Meysenbug, amiga íntima de Wagner y de Nietzsche, recordaba en Memoiren einer Idealistin que este último leía textos de todas las tendencias socialistas. No se desentendió de las cuestiones sociales y económicas, por lo tanto. Pero Montinari insistía en señalar que la esfera política, como tal, nunca constituyó el epicentro del pensamiento nietzscheano. El editor italiano de las obras completas de Nietzsche terminaba sosteniendo que la correcta utilización política del filósofo dionisíaco habría de ser, en todo caso, aquella que pusiese de manifiesto una radicalísima libertad de espíritu; aquella que pusiese en valor un acerado impulso crítico que nunca se cansase de cuestionarlo todo7. La carga política nietzscheana, en esta lectura, sería el reclamo indómito de una espontánea y absoluta libertad frente al Estado. Pero ¿podemos decir, con seriedad, que Nietzsche fue una suerte de ácrata enemigo del poder y del orden? A nuestro juicio, no. O, en todo caso, debería matizarse que fue adversario de algunos órdenes, aunque partidario de otros. Hubiese vomitado, y literariamente lo hizo, sobre todos los anarquistas de su tiempo. ¿Un librepensador? Sí, en cierto modo lo fue, a pesar de sus implacables ataques a la figura del «librepensador» ilustrado; pero ello es del todo compatible con la movilización de un pensamiento rabiosamente reaccionario.
Fue un hombre solitario y enfermo, que huyó pronto de la vida académica. La publicación de su primer trabajo importante, El nacimiento de la tragedia, tuvo consecuencias muy desagradables; la comunidad científica filológica lo rechazó con dureza, desacreditándolo por falta de rigor. Tan contundente fue la crítica, y tan mermada resultó su reputación como filólogo, que Nietzsche se quedó prácticamente sin alumnos en sus cursos universitarios de Basilea. Pocos años después, en 1879, su carrera académica terminó para siempre (se prejubiló de manera voluntaria, concediéndole la Universidad una pequeña pensión). Ahí comenzó su vida errante por parajes suizos y ciudades italianas, principalmente. Todo esto, quizá, pudiera contribuir a inflamar esa imagen de «rebelde solitario». La hermosísima y terrible semblanza que de él trazó Stefan Zweig lo presentaba como un hombre de caminar dubitativo y aspecto frágil, instalado en una creciente soledad. Se hallaba constantemente aquejado de malestares físicos, pues habitaba un cuerpo lacerado y acribillado por excesivas dolencias. De manera paulatina fue alejándose de las relaciones mundanas, ahogado en austeros cuartuchos fríos de pensiones baratas y consumiendo abundantes drogas para poder dormir al menos unas horas. Así transcurría su tiempo, engarzado en la rigurosa cadencia de un sufrimiento que retornaba siempre, rodeado de manera permanente de sus legajos y escribiendo casi sin ver, durante horas y horas. Poseedor de un sistema nervioso hipersensible y mórbido, apenas podía tolerar un cambio atmosférico o climatológico. Un poeta-filósofo demasiado atormentado, sin duda8. Escasos fueron los días que vivió colmado de dicha. Sin embargo, de todo ello no podemos colegir que las coordenadas estético-intelectuales de Nietzsche sean compatibles, siquiera sea en algún grado, con los impulsos políticos emancipadores. Llevados, quizá, por esa suerte de empatía naíf que experimentamos hacia los antihéroes y los mártires, podríamos terminar sucumbiendo a tan espectacular espejismo. Pero la cosmovisión que se desprende de su legado es, más bien, profundamente reaccionaria y elitista, como veremos en las presentes páginas.
Acaso debamos recordar, a modo de anécdota, que en su infancia y adolescencia mostró una religiosidad piadosa. Era hijo de un ferviente pastor protestante, monárquico hasta la médula. Sin embargo, cuando aún no había cumplido cinco años el padre falleció. Poco tiempo después también moriría el hermano pequeño, Joseph. En los escritos autobiográficos de juventud puede rastrearse la indeleble huella de dolor que tales acontecimientos imprimieron en su espíritu. Desde entonces, el pequeño Friedrich Wilhelm (que recibió este nombre no por casualidad, puesto que nació el 15 de octubre, día del cumpleaños del rey Federico Guillermo IV de Prusia) sería criado y cuidado (sobreprotegido, al parecer) por mujeres: su abuela, su madre, su hermana y sus tías. Su trayectoria existencial jamás presentó tintes saludables a nivel emocional. En lo erótico-sentimental su vida resultó un completo descalabro. Sus intentos de contraer matrimonio con Lou Andreas-Salomé rozaron lo patético. Eso sí, parece cierto que, siendo aún estudiante, contrajo la sífilis en un burdel de Colonia. Errabundo y nómada en los últimos años de su vida consciente, siempre llevó un modus vivendi de lo más frugal. Atormentado por constantes e inclementes dolores de cabeza, permanecía de continuo bajo la ominosa perspectiva de hundirse en la ceguera total. Los médicos, en varias ocasiones, le prohibieron leer y escribir; por ello algunas de sus obras fueron dictadas a sus más fieles amigos.
No pueden descubrirse en su carácter demasiados elementos de jovialidad, a excepción de algunos episodios de euforia desatada. La náusea habitó, de forma casi permanente, en su espíritu y en su pluma. Y para los que creen, con estrepitosa ignorancia, que lo dionisíaco tiene algo que ver con andar borracho por las calles, han de saber que Nietzsche nunca fue demasiado amigo de la ingesta de bebidas alcohólicas. Odiaba la cerveza. El apologeta del perpetuo devenir —presten atención los talantes posmodernos— escribió alguna vez que lo más insoportable para él sería una vida que careciese por completo de hábitos; el escenario más terrible sería una existencia que exigiese de continuo la improvisación9. El defensor de la «moral guerrera» —no nos resistimos a mencionarlo— estuvo a punto de morir a consecuencia de una grave caída de caballo durante su servicio militar en un escuadrón de caballería10. Y aunque añoraba las gélidas soledades de las alturas y los desiertos, también es verdad que albergó vanidades megalómanas. En una carta a Paul Deussen (26 de noviembre de 1888) mostraba la rutilante expectativa de ver traducido El anticristo a siete lenguas, con una tirada de un millón de ejemplares para cada una de esas siete traducciones. En esta misma misiva, además, sugería que su Zaratustra terminaría siendo la «Biblia» del futuro, y como tal habría de leerse11. Resultan conmovedoras sus inefables angustias ante el retraso que había sufrido la edición de esta obra (demora que, ironías del destino, se debió a la impresión de medio millón de cantorales litúrgicos que debían estar listos para la Pascua). Sumido en el pesimismo y el desánimo, le dijo a sus fieles amigos Gast y Overbeck que había fracasado. Tal vez el texto no tuviera valor alguno, se lamentaba, e incluso llegó a tildarlo de «necedad». Dudó de sí mismo. Al final, cuando la edición se puso en marcha, se produjo una convulsión en su ánimo, y la transición entre un inconsolable abatimiento y la euforia más desmedida fue rapidísima. Mostró nuevos temores, eso sí, pues le horrorizaba la idea de que el Zaratustra fuese leído en clave literaria. En cualquier caso, ahí estaba su presentimiento de haber entregado al género humano unas nuevas «Sagradas Escrituras»12. Su alejamiento de lo mundano fue parcialmente deliberado, no lo negaremos, pero nunca dejó de tener conciencia de ser una suerte de profeta descomunal, un rasgo que fue acentuándose o agravándose de forma calamitosa con el transcurrir de los años13. Y, en honor a la verdad, algo de todo ello terminó sucediendo, puesto que más de ciento sesenta y cinco mil ejemplares del Así habló Zaratustra fueron vendidos entre 1914 y 1919.
Jamás tuvo en vida demasiados lectores o seguidores; ello le causaba muchísima amargura. Sin embargo, en 1877 supo de la existencia de un grupo de admiradores en Viena. Y por esa misma época recibió una carta entusiasmada de Ludwig Schemann, que se convertiría en el propagador más importante en Alemania de las ideas de Joseph Arthur de Gobineau, el teórico del racismo que había escrito el famoso Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas14. Se ha de apuntar, por lo demás, que Gobineau se enorgullecía de pertenecer al círculo de Richard Wagner, y, de hecho, escribía en la revista oficial del wagnerismo. Schopenhauer, un «educador del futuro» a juicio de Nietzsche, había leído con detenimiento y aprobación al pensador racista, y lo citaba de manera textual sin problema alguno en su Parerga y Paralipómena (1851). Nietzsche ya había leído esta obra de Schopenhauer en 1865, y es probable que a partir de dicha lectura se despertase en él un vivo interés por la obra de Gobineau; así, en diciembre de ese mismo año, envió una carta a su familia en la que solicitaba un regalo de Navidad: el Essai del autor francés15. En el aforismo 208 de Jenseits von Gut und Böse hallaremos algunas reflexiones inquietantes en ese sentido, pues Nietzsche insinúa que la mezcla de razas produce degeneración y parálisis en la voluntad de los pueblos. Tales mezcolanzas engendran necesariamente un desequilibrio corporal y un desorden en las facultades superiores del alma. Europa, advierte, se encuentra embarcada en ese sombrío y absurdo experimento de la mixtura racial16. En el aforismo 272 de Aurora encontraremos alusiones semejantes17.
Tenía razón Herbert Frey cuando apuntaba que no existe un solo Nietzsche, o un Nietzsche «auténtico»18. Sus escritos pueden ser descifrados desde muchos ángulos. Bien, admitámoslo hasta cierto punto; pero semejante elasticidad interpretativa tampoco puede ser infinita. Y lo cierto es que muy a menudo ha circulado un Nietzsche «completamente inverosímil». ¿Acaso es un crítico de la Modernidad? Sí lo es, desde luego. Ahora bien, también Bakunin y Marx fueron críticos de la Modernidad. Pero, he aquí la clave del asunto, los «elementos modernos» —sociales y culturales— impugnados por uno y por otros son completamente distintos. Y las posibles «soluciones» también resultan ser disímiles, e, incluso, diametralmente opuestas. Aquello que causaba desasosiego a Nietzsche no coincidía, ni por asomo, con lo que causaba desasosiego a Marx y Bakunin. El filósofo de la «voluntad de poder», por ejemplo, no sentía demasiadas simpatías por el empoderamiento popular. Tal afirmación, de hecho, se queda muy corta, porque Nietzsche —he aquí un asunto crucial— experimentaba una profundísima aversión hacia todos los movimientos filosófico-políticos que, en su época, propugnaban semejante empoderamiento de las clases trabajadoras (o de los sectores populares, que diríamos hoy). Curt Paul Janz, uno de los más notables biógrafos de Nietzsche, señalaba que este compartía con Marx la conciencia de hallarse ante una época sumida en profundas mutaciones; pero, mientras uno lo cifraba todo en el ámbito de las relaciones económicas, el otro lo apostaba en la dimensión de las energías culturales y en la esfera de las potencias espirituales. Sin embargo, y obviando ahora la discutible justeza de semejante apreciación, creemos que Janz yerra cuando añade que Nietzsche jamás percibió la «cuestión obrera» como un problema inmediato y acuciante19. De hecho, el propio Janz —como veremos en el próximo capítulo— relataría ciertos episodios que desmienten su propia afirmación.
Somos conscientes de su potencia sísmica, a pesar de todo. No somos ingenuos. Pensar contra Nietzsche es pensar con Nietzsche. Esa intuición siempre gravitará sobre nuestras polémicas nietzscheanas, y la podemos encontrar en Martin Heidegger. Apuntaba este, en efecto, que cualquier pensador contemporáneo estaba obligado a ejercer su pensar bajo el influjo de Nietzsche, ya fuese «con él» o «contra él»20. Pues bien, en este humilde ensayo se intenta pensar, de manera simultánea, con Nietzsche y contra él. Aunque —digámoslo con sinceridad y honradez— más pensaremos contra el filósofo del martillo. ¿Fue Nietzsche un pensador peligroso, el más peligroso de todos? Seguramente sí, pues muchos abismos se abrieron a través de él. Ahora bien, ¿peligroso para quién?
1 Ansell-Pearson, K., An Introduction to Nietzsche as Political Thinker, Cambridge University Press, Cambridge, 1994.
2 Dannhauser, W. J., «Friedrich Nietzsche (1844-1900)», en Strauss, L. y Cropsey, J. (comps.), Historia de la filosofía política, Fondo de Cultura Económica, Ciudad de México, 1993, pp. 779-798.
3 Ibid., p. 788.
4 Cacciari, M., «Lo impolítico nietzscheano», en Desde Nietzsche. Tiempo, arte, política, Biblos, Buenos Aires, 1994, pp. 61-79.
5 Duque, F., Los buenos europeos. Hacia una filosofía de la Europa contemporánea, Nobel, Oviedo, 2003, p. 79.
6 Nolte, E., Nietzsche y el nietzscheanismo, Alianza Editorial, Madrid, 1995, p. 178.
7 Montinari, M., Lo que dijo Nietzsche, Salamandra, Barcelona, 2003, pp. 168-169.
8 Zweig, S., La lucha contra el demonio (Hölderlin - Kleist - Nietzsche), El Acantilado, Barcelona, 1999, pp. 235-336.
9 Nietzsche, F., La gaya ciencia, Edaf, Madrid, 2002, p. 285.
10 Morey, M., Vidas de Nietzsche, Alianza Editorial, Madrid, 2018, pp. 55-56.
11 Nietzsche, F., Correspondencia. Volumen VI, octubre 1887-enero 1889, Trotta, Madrid, 2012, p. 305.
12 Ross, W., Friedrich Nietzsche. El águila angustiada, Paidós, Barcelona, 1994, pp. 699-702.
13 Prideaux, S., ¡Soy dinamita! Una vida de Nietzsche, Ariel, Barcelona, 2019, pp. 343-386.
14 Nolte, E., Nietzsche y el nietzscheanismo, op. cit., p. 229.
15 González, N., Nietzsche contra la democracia, Montesinos, Barcelona, 2010, p. 182.
16 Nietzsche, F., Más allá del bien y del mal. Preludio para una filosofía del futuro, Edaf, Madrid, 2006, pp. 197-198.
17 Nietzsche, F., Aurora. Pensamientos sobre los prejuicios morales, Biblioteca Nueva, Madrid, 2015, pp. 210-211.
18 Frey, H., La sabiduría de Nietzsche. Hacia un nuevo arte de vivir, Universidad de las Américas/Miguel Ángel Porrúa, Puebla, 2007, p. 18.
19 Janz, C. P., Friedrich Nietzsche. 1. Infancia y juventud, Alianza Editorial, Madrid, 1981, pp. 233-234.
20 Heidegger, M. y Jünger, E., Acerca del nihilismo, Paidós, Barcelona, 1994, p. 126.
2. Escenas biográficas de un reaccionario radical
El 3 de enero de 1889 algo verdaderamente insólito sucedió en la piazza Carlo Alberto de Turín. Tras el repentino alboroto producido por un cochero que castigaba a su caballo, un extraño personaje corrió hacia el animal para abrazarse con fuerza a su cuello, queriéndolo proteger de la reprimenda. Por fortuna pasaba por allí su casero, que reconoció a su huésped como causante del incidente y, con mucho esfuerzo, logró llevarlo hasta su cuarto. Tal escena, pintoresca y llamativa, fue protagonizada por un alemán. Días después, el personaje en cuestión escribía breves cartas a algunos de sus amigos; en ellas mostraba evidentes signos de megalomanía y una demencia creciente. Franz Overbeck, fiel compañero del desdichado, llegó a Turín el 8 de enero, esto es, cinco días después de la mencionada escena callejera. Lo encontró encerrado en esa pensión turinesa, sumido en un estado febril de agitación nerviosa y con evidentes signos de locura. En aquel cuarto desordenado, repleto de caóticos legajos, se hallaban unos papeles —pruebas de imprenta, en realidad— que llevaban por título Nietzsche contra Wagner. Lo llevarían a una clínica psiquiátrica en Basilea, precisamente la misma ciudad en la que años atrás había obtenido su cátedra universitaria de filología. Se cerraba, así, un enigmático círculo. Pero no sería la última clínica que visitaría, pues nunca se recuperó. Bajo los cuidados de su hermana Elisabeth vivió sus últimos años en Weimar, donde falleció el 25 de agosto de 1900. Fue enterrado en Röcken, el pueblecito donde había nacido. Un final desgraciado y doloroso para una de las figuras más determinantes e influyentes de la cultura europea contemporánea.
Porque a Friedrich Wilhelm Nietzsche no cabe ignorarlo. Habermas emitió un juicio muy apresurado en 1968; un juicio del todo erróneo, en realidad: «Nietzsche ha perdido por completo su capacidad de contagio»1. Su influencia pervive en múltiples dimensiones de la vida espiritual occidental, desbordando los límites de la filosofía académica. Y lo cierto es que un gigante del pensamiento no puede ser obviado ni esquivado. No hay escapatoria posible, no podemos zafarnos; se torna perentorio adentrarse en él. Eso sí, son múltiples las maneras de abordarlo. Hay interpretaciones muy diferentes, e incluso antagónicas. En las páginas que siguen ensayaremos una lectura que ya avanzaron otros pensadores, si bien intentaremos darle un énfasis más vehemente, porque, en ocasiones, la intensidad de los matices es lo que cuenta y lo que inclina la balanza.
Seremos heterodoxos desde el comienzo, toda vez que afirmaremos que los análisis de György Lukács en Die Zerstörung der Vernunft, obra aparecida en 1954, siguen siendo cruciales para situar e interpretar la filosofía nietzscheana en su justa medida; y ello a pesar de que sobre dicha interpretación se superponen densísimos «lustros posestructuralistas» que vinieron a ofrecer una lectura muy distinta de la obra de Nietzsche. En muchas ocasiones se ha querido acusar a Lukács de caricaturizar el pensamiento nietzscheano, como si el filósofo nacido en Budapest hubiera construido una suerte de anacrónico «Nietzsche hitleriano». Pero también se ha hecho una caricatura de «lo que Lukács dijo sobre Nietzsche», pues en realidad los análisis del marxista húngaro son mucho más refinados y penetrantes de lo que a veces se ha pretendido.
Lo coherente y lo sistemático radican precisamente en el contenido social de su pensamiento: en la lucha contra el socialismo. Si consideramos desde este punto de vista los abigarrados y multiformes mitos nietzscheanos, contradictorios entre sí, descubrimos en seguida su unidad final, su intrínseca concatenación: todos ellos son mitos de la burguesía imperialista encaminados a movilizar todas las fuerzas contra su enemigo fundamental. No resulta difícil descifrar que la lucha entre los señores y la horda, entre los hombres superiores y los esclavos, es simplemente la contrafigura míticamente caricaturesca de la lucha de clases.2
Podemos conceder que en estas palabras late un reduccionismo exagerado. No obstante, Lukács sí supo aprehender algunos aspectos medulares de aquella filosofía. Desde luego, semejante radiografía siempre incomodó sobremanera a ese «oficialismo nietzscheano» que se consolidó desde la década de 1970 en adelante, apuntalando un cuerpo de interpretación que fue tornándose canónico y hegemónico.
En este ensayo pretendemos ahondar en esa controversia ya abierta por Lukács. Y, posicionándonos muy nítidamente desde el comienzo, sostendremos que la obra de Nietzsche se fue desarrollando en una constante polémica con y contra la democracia; con y contra el socialismo. Es más, ignorar tal premisa conllevaría un desenfoque sustancial a la hora de comprender dicha obra. Y ello a pesar de que «en materia de economía la ignorancia de Nietzsche es tan supina como la del intelectual medio de su tiempo»3. Porque tal ignorancia en materia económica (que, por otro lado, no era tan palmaria como Lukács sugiere) en modo alguno implicaría que dejara de olfatear un peligro que, a sus ojos, era tremendo. «Los filósofos saben instintivamente lo que tienen que defender y dónde está el enemigo. Se percatan instintivamente de las tendencias “peligrosas” de su tiempo, e intentan darles la batalla en el terreno de la filosofía»4. Una serie de acontecimientos y procesos históricos causaron honda impresión en su espíritu, y entre ellos no ocuparon un lugar menor la Comuna de París de 1871, el desarrollo (especialmente fuerte en Alemania) de las organizaciones obreras de masas o las leyes de excepción dictadas por Bismarck contra los socialistas en 1878. Ese es el marco sociopolítico en el que piensa y escribe Nietzsche, y no puede soslayarse de ningún modo, salvo que queramos elaborar sobre su obra una hermenéutica radicalmente descontextualizada.
Es muy llamativo, en ese sentido, que estos enemigos de Nietzsche no sean contemplados (o ponderados de manera adecuada) en el análisis de su filosofía que aparece recogido en un volumen dedicado a la historia de la teoría política5. Este texto, cuyo «tono» difiere sustancialmente de nuestra lectura, abunda en el muy manido asunto (cuya realidad, por otro lado, nadie negará) de las manipulaciones textuales de la hermana y de las subsiguientes vulgarizaciones nacionalsocialistas. Sin embargo, algunas cláusulas hermenéuticas sí nos parecen discutibles. «Una lectura política de Nietzsche requiere no ser tan ingenuo como para tomarlo al pie de la letra»6. Como iremos viendo, alegorizar sus textos más «desagradables» ha sido un tópico muy habitual. Pero lo que ahora nos llama poderosamente la atención es que el autor de este capítulo destaque que el «combate» de Nietzsche se libró contra la siguiente «trinidad»: moral cristiana, cultura burguesa e industrialización7. El texto prosigue con una interpretación que lo convierte en un crítico frankfurtiano avant la lettre, es decir, en un preclaro denunciante de la alienación que generan las sociedades industriales. Algunos aforismos avalarían esta interpretación, desde luego; y claro que Nietzsche fue un pensador en cierto modo antiburgués; pero no podemos ignorar que se puede ser antiburgués y, al mismo tiempo, un colosal reaccionario. Más adelante volveremos sobre esta cuestión.
Lo que ahora deseamos destacar es esa presunta «trinidad» de enemigos: moral cristiana, cultura burguesa e industrialización. ¿Eso sería todo? ¿De verdad podemos aseverar tal cosa sin ruborizarnos? Obviar que la democracia y el socialismo eran, a sus ojos, las realidades modernas más detestables y peligrosas (peligrosos en lo «espiritual» y peligrosísimas en lo sociopolítico) es querer silenciar de manera deliberada una de las facetas más importantes de su pensamiento. En efecto, comprender a Nietzsche de forma cabal requiere comprender contra quién luchaba. Por ello, que socialismo y democracia no aparezcan en esa lista de sus irreconciliables enemigos se acerca mucho, sencillamente, a la mutilación falsaria de su pensamiento. En una breve anotación de 1873 Nietzsche decía lo siguiente: «Si las clases trabajadoras consiguen comprender que a través de la formación y de la virtud pueden hoy fácilmente superarnos, entonces será nuestro final»8. Unas palabras muy sinceras, quién podría negarlo. Y nótese el empleo de la primera persona del plural, que no es casual. «Ellas», las clases trabajadoras, podrían de manera eventual acabar con «nosotros». Como veremos más adelante, Nietzsche siempre se opuso a cualquier programa de instrucción pública universal; salta a la vista el motivo de tan enfática oposición.
La premisa de Lukács, en esencia (tras rebajar ciertas hipérboles y matizar algunos reduccionismos) nos sigue pareciendo correcta, y en ella abundaremos. Es por eso que afirmaciones como las de Karl Löwith, cuando señalaba que Nietzsche «prestó poca atención a las cuestiones sociales y económicas»9, no resultan muy justificadas. Quizá nunca se ocupó de Marx ni escribió folletos u opúsculos explícitamente económico-políticos. Pero, como agudísimo auscultador de su realidad histórica, Nietzsche enjuiciaba de manera constante el espíritu que latía en el corazón de los grandes movimientos filosófico-políticos de su tiempo. Y, como inflexible diagnosticador de la cultura europea, fijaba su atención en los desplazamientos tectónicos, por así decir, que se estaban produciendo ante sus ojos. Dichos desplazamientos, empero, tenían manifestaciones sociopolíticas concretas, coyunturales y epocales. Es cierto que no solo fue un hijo de su tiempo; su pensamiento alcanzó la intemporalidad. Por eso fue un filósofo, aunque muy peculiar, eso sí. En cualquier caso, nos parece absolutamente errada la siguiente afirmación de Eugen Fink: «Hay que rechazar con toda decisión los intentos de introducir a Nietzsche en la política del momento»10. Añadía, un poco más adelante, que la interpretación de su obra se «resiente» cuando «se emplea la biografía como clave»11. Nuestra propuesta, sin embargo, vulnera estas prohibiciones, porque su pensamiento se fue construyendo, indiscutiblemente, en medio de la convulsión social y espiritual que sacudía el continente. Ni siquiera sus episodios biográficos de eremita montaraz desmienten esta tesis.
El acontecimiento revolucionario más atronador, esplendoroso y traumático de todo el siglo XIX sucedió en París. Pero ahora debemos ubicarnos en el momento posterior, esto es, cuando el experimento social fue aniquilado y los comuneros machacados de forma inmisericorde. Suiza fue uno de los países más solidarios y humanitarios con los refugiados de la Comuna derrotada, que huían de la feroz represión desatada en toda Europa. Nietzsche se encontraba allí en aquel preciso momento y contemplaba horrorizado esa acogida ofrecida por el país helvético. Los communards asilados editaban folletos, periódicos y libros; delegados de la Internacional llegaban desde todos los puntos del continente europeo y celebraban sus congresos en Ginebra, Lausana y Basilea, ciudad esta última en la que Nietzsche obtuvo su prematura cátedra en filología. Y todo ello, no cabe la menor duda, conmocionaba al pensador dionisíaco. «¿Nietzsche estaba absorto e indiferente a los sucesos histórico-políticos, como sostiene la escuela de interpretación tradicional, la hermenéutica de la inocencia del Nietzschéisme?»12. Resultaría de todo punto insostenible responder de manera afirmativa a semejante cuestión, toda vez que mantenía una asidua correspondencia con su amigo Carl Ernst von Gersdorff, un oficial en activo del ejército prusiano que, durante los episodios de la Comuna, permaneció acampado en Saint-Denis, a solo nueve kilómetros del centro de la ciudad y participando en el sitio de la misma. Desde allí, a tan corta distancia del núcleo ardiente del mayor conflicto social que jamás hubiera azotado a la Europa moderna, escribía al filósofo alemán, el cual seguía los acontecimientos con vivo interés.
En los primeros días de abril de 1871, justo una semana antes de la proclamación de la Comuna, el reaccionario Gersdorff le espetaba a su amigo Friedrich con tono de extremada preocupación, y también con evidente complicidad, que dónde estaban los hombres de acción capaces de ponerle un freno perdurable al «movimiento de los rojos»13. Y justo después de que los comuneros fueran aplastados de manera sanguinaria, Nietzsche le respondía con estas palabras:
Si hay algo que puede subsistir para nosotros, tras este bárbaro período de guerra, es el espíritu heroico y al mismo tiempo reflexivo de nuestro ejército alemán, espíritu que para mi sorpresa, como descubrimiento casi bello e inesperado, he encontrado fresco y vigoroso, con el antiguo vigor germánico. Sobre esta base se puede construir. ¡Nuestra misión alemana aún no ha acabado! […] Todavía hay valentía, y valentía alemana. Más allá del conflicto de las naciones, nos ha dejado aterrorizados, por lo terrible e imprevista, la sublevación de la Hidra Internacional, presagio de muchas otras luchas futuras.14
Sentía verdadero pavor ante la potenciación de las luchas obreras organizadas, y su alivio fue inmenso cuando estas fueron arrolladas después de haber ensayado un nuevo orden social que lo ponía todo del revés. El ejército prusiano (la «misión alemana», decía) contribuyó de forma portentosa a dicho aplastamiento. Porque Nietzsche tenía un enemigo muy claro, a saber: esa internationale Hydrakopf que asomó sus garras para sacudir y conturbar los cimientos sociales de Europa. Nietzsche no dudó en emplear ese término, «Hidra», esgrimido y azuzado por toda la prensa reaccionaria para referirse a la AIT (organización a la que pertenecían Marx y Bakunin, como es bien sabido, y que ulteriormente sería conocida como Primera Internacional). Tenemos aquí, por lo tanto, unos elementos biográficos que van dibujando y perfilando la estructura intelectual del filósofo. Y resulta del todo improcedente pretender que tales hechos, bien documentados, no sean significativos a la hora de comprender su pensamiento.
Nietzsche identifica a los socialistas como los «nuevos bárbaros», esas hordas pestilentes que destruirán la alta cultura europea. Recordemos que Zaratustra advertía que el manantial de la vida quedaba emponzoñado cuando la «chusma» bebía en él15. Un «pueblo» jamás podrá imaginarse como algo noble y elevado. Esa chusma ovejuna, resentida y pedigüeña es incapaz de crear, por sí misma y desde sí misma, algo grandioso. Abundaremos en este feroz elitismo (cultural y social) cuando lleguemos a los capítulos seis y siete. Digamos que, para Nietzsche, no existía una «cultura popular» digna de tal nombre; es más, semejante noción constituiría para él una suerte de oxímoron. Y podemos observar, en perfecta consonancia con tal actitud, que el desprecio que mostraba por la revolución social era, en todo momento, infinito. Quedó existencialmente golpeado cuando dio pábulo a un falso rumor, inventado y pregonado por la prensa reaccionaria más sensacionalista, sobre el incendio del Museo del Louvre perpetrado por los comuneros. Al parecer, Nietzsche lloró de rabia e impotencia ante semejante «suceso»16. Y, aunque este factor apenas haya sido explorado o comentado, el inicio de su ruptura con Richard Wagner quizá tuvo algo que ver con la experiencia de la Comuna, pues ante estos acontecimientos el músico se encontraba bastante más a la «izquierda» que Nietzsche. Wagner, incluso, había sido compañero de Bakunin en las barricadas de Dresde, en 1849. Amigo de Feuerbach y de otros hegelianos de izquierda, el compositor escribió en aquellos tiempos un texto bastante incendiario, titulado El arte y la revolución. Bien es cierto, no obstante, que el pensamiento político de Wagner fue modificándose, arribando en sus últimos años a un chovinismo germanófilo profundamente reaccionario.
Pero no perdamos el hilo. Lo que pretendíamos destacar es que ese «estremecimiento artístico» del filósofo, expresado con tanta intensidad de resultas de la falsa noticia del incendio del Louvre, no se hizo eco de la carnicería desatada. El espectáculo sanguinolento y criminal no incidió en su nervio espiritual.
Se puede contrastar este comportamiento «humanista» y «sensible» de Nietzsche con respecto a las obras de arte del Louvre y su significativo silencio durante la sangrienta represión de los communards y la población civil. No hay una palabra en su Nachlass o en su correspondencia sobre la masacre y los fusilamientos en masa, la llamada semaine sanglante (21-28 de mayo de 1871).17
Ejecuciones masivas y sumarias, más de treinta mil personas (incluidos niños y niñas) ajusticiadas, una orgiástica represión en la que se emplearon por primera vez ametralladoras…; deportaciones, persecuciones, encarcelamientos… Mientras Wagner consignaba en sus diarios, con impresión horrorizada, la magnitud y la extrema dureza de esa represión, Nietzsche guardaba sobre todo ello un granítico silencio. De hecho, volvemos a remarcarlo, únicamente tomó la pluma para celebrar —sin ambigüedades y con mucho regocijo— la derrota de la Comuna18.
Hay más episodios, que algunos considerarán anécdotas irrelevantes, pero que, en realidad, constituyen la fragua misma de su visión del mundo. Ya antes del estallido de la Comuna, Nietzsche había sido testigo directo de otro acontecimiento histórico de gran relevancia: el cuarto congreso de la Asociación Internacional del Trabajo, celebrado en Basilea en septiembre de 1869. La batalla contra el patriciado oligárquico de esta ciudad (un encarnizado conflicto social, jalonado por virulentas huelgas, que Nietzsche vivió en primerísima persona, entre otras cosas, por los vínculos que mantenía con las clases altas de la ciudad) había colocado a esta sección de la Internacional en la vanguardia del movimiento obrero europeo, por lo que era natural que se eligiese Basilea como sede honorífica para el cuarto congreso. Este fue anunciado en la prensa suiza como un verdadero acontecimiento, de manera que el encuentro se inauguró el 5 de septiembre con una manifestación enorme que recorrió las principales calles de la ciudad, y la llegada de los ochenta delegados internacionales fue recibida y vitoreada por una multitud de obreros. Se realizó un acto solemne en el punto neurálgico de la ciudad, la Aeschenplatz, situada en el corazón del centro histórico; fue un mitin fervoroso, repleto de discursos y acompañado de música festiva. El congreso, cuyo lema principal era el ya mítico «proletarios del mundo, uníos», deliberó durante toda una semana, con sesiones públicas y abiertas, en el Café National, un establecimiento que se hallaba a unas pocas decenas de metros de la entrada principal de la Universidad de Basilea y del portal por el cual ingresaba todo el profesorado, incluido el jovencísimo profesor de filología clásica, un tal Friedrich Nietzsche.
Al mes siguiente, el precoz catedrático cumpliría veinticinco años. Colegas suyos en la Universidad, como el economista Gustav von Schönberg, intervinieron en el debate para analizar algunas dimensiones de la «cuestión obrera». Por cierto, sabemos que Schönberg compartió vivienda con Nietzsche, y que este asistió a su clase inaugural y a varios de sus cursos durante 1869 y 1870. Es muy probable, además, que a través de los trabajos y cursos de este economista Nietzsche conociera indirectamente a Marx (sus teorías de la plusvalía y de la lucha de clases), toda vez que Schönberg, en un libro que había publicado en 1868 y que usó en Basilea, ya le dedicaba un capítulo entero a Marx, citando Zur Kritik der politischen Ökonomie (en la edición de 1859). Nietzsche no era tan lego en asuntos de economía política como siempre se nos dijo (incluso el propio Lukács, como hemos visto, abundó en esa falsa imagen de un Nietzsche completamente ignorante de los asuntos económicos). Es más, entre 1874 y 1875 comenzará a estudiar de una manera más intensa diversos asuntos vinculados a la economía política y a la flagrante cuestión social. Nietzsche, en esa época, adquirió y estudió cuatro libros: El estudio del comercio y el desarrollo del comercio mundial, de Arnold Lindwurm; Historia crítica de la economía nacional y del socialismo y Curso de economía nacional y social, dos obras del abogado, filósofo y economista Karl Eugen Dühring; y Die Arbeiterfrage, de Friedrich Albert Lange. Es inconcebible, regresando a los episodios de Basilea, que Nietzsche no prestara atención a un evento de semejante magnitud. Muy al contrario, parece evidente que las sucesivas oleadas obreras y socialistas despertaron en él una profunda inquietud, dejando una indeleble huella en gran parte de sus escritos, lo mismo en los publicados que en los no publicados. La agitación obrera, incluso, lo afectó directamente cuando las huelgas de tipógrafos en Leipzig golpearon a su editor, Fritzsch, el cual, por cierto, también era el editor de Richard Wagner. Ante semejantes conmociones mantenía una perspectiva de clase muy definida. En Basilea, de hecho, solo se relacionaba con familias patricias conservadoras, que observaban con espanto y horror las sublevaciones proletarias. Podemos imaginar con nitidez que, sumido en esa atmósfera existencial, sus sentimientos hacia los huelguistas no fueran demasiado empáticos19.
Ya antes del congreso de la AIT Nietzsche había sido testigo, como decíamos hace un momento, de un conflicto social de primera envergadura. Y, desde luego, su postura no fue la de un esteta apolítico:
En este contexto quizá no sea superfluo resaltar que Nietzsche anuncia su concepción trágica del mundo también en la política cotidiana. Se pronuncia contra la disminución de la jornada laboral; en Basilea se trataba de pasar de doce a once horas al día. Defiende además el trabajo de los niños; en Basilea a partir de los doce años de edad se permitían jornadas de diez a once horas diarias. Y se pronuncia igualmente contra las asociaciones para la formación de trabajadores. Opina de todos modos que las crueldades no han de llevarse demasiado lejos. La vida del trabajador ha de ser soportable, «a fin de que él y su descendencia trabajen bien en favor de nuestra descendencia».20
Esa última frase, citada por Rüdiger Safranski, fue escrita por Nietzsche en Der Wanderer und sein Schatten: estaba en contra de reducir la jornada laboral de doce a once horas; estaba en contra de prohibir el trabajo infantil; estaba en contra de las escuelas obreras y del asociacionismo gremial o sindical… Como veremos en los próximos capítulos, semejante posicionamiento político no fue un devaneo de juventud; muy al contrario, responde a una concepción del mundo que permanecerá inalterada el resto de su vida. Esa postura absolutamente elitista y clasista ante la «cuestión social» tiene mucho que ver con los resistentes hilos que irán tejiendo su pensamiento filosófico.
Es sintomático (muy sintomático) que, en su obra sobre Nietzsche de 1965, Gilles Deleuze no mencionara, ni de pasada, tales acontecimientos biográficos; quizá fuera porque no tenía un conocimiento nítido sobre ellos, o tal vez porque el francés consideraba que eran anécdotas menores e insignificantes21. Tampoco Gianni Vattimo, cuando habla de la primera filosofía de Nietzsche en el período de su enseñanza en Basilea, menciona sus consideraciones sobre la Comuna, el socialismo o el movimiento obrero; simplemente, refiere sus «veneraciones juveniles» hacia Wagner y hacia Schopenhauer22. Pero de sus aversiones juveniles (que lo acompañarán de manera invariable y determinante a lo largo de toda su madurez), que fundamentalmente tenían que ver con su profundo odio a las fuerzas políticas igualitaristas, proletarias y populares que emergían con muchísima fuerza en el corazón de Europa, de esas aversiones, decíamos, no hay ni rastro en la obra del pensador italiano. ¿Cómo iba Nietzsche a soslayar la «cuestión obrera», cuando la tenía, literalmente, delante de sus ojos? La Soziale Frage ocupaba una posición nuclear en su interpretación desasosegada de la vida moderna, aunque jamás mencionase a Marx o a Engels (sí hizo, en cambio, referencias a Bakunin y a Lassalle). Sin embargo, se sabe que en su biblioteca había cierto material bibliográfico sobre estudios económicos; en algunos de esos volúmenes se hacía referencia a las teorías de Engels y Marx, e incluso en varios de aquellos textos el nombre de este último aparece subrayado con doble línea23.
Los Wagner, no debemos olvidarlo, aconsejaron a Nietzsche que en su primera gran obra no incluyera ciertos elementos sociopolíticos, por ser reaccionarios en exceso:
Después de vivir en carne propia el surgimiento vigoroso del movimiento obrero alemán en Leipzig, convivir con el conflicto social más importante de la Basilea moderna (las huelgas salvajes de 1868/1869) y el despliegue del congreso de la odiosa «Hidra Internacional» (como llamaba a la I Internacional), un Nietzsche estresado tiene unas vacaciones en Lugano. Allí, en el cuaderno VII (finales de 1870-abril de 1871) escribe amplios comentarios sobre la cuestión social, la lucha de clases, reflexiona sobre su teoría del poder y el Estado; fragmentos que no serán incorporados, por sugerencia de Richard Wagner, a su libro El nacimiento de la tragedia.24
Porque, y he aquí un elemento decisivo, una temática en apariencia tan alejada de la moderna «cuestión social» se hallaba atravesada, cuando Nietzsche se hizo cargo de ella, por las cuestiones políticas y las derivas sociales más acuciantes de su inmediata contemporaneidad. Su crítica frontal al «socratismo», por ejemplo, se encuentra tamizada por la irrupción protagónica, portentosa y violenta de las clases populares europeas. Y es por ello que le presta mucha atención a la «oclocracia», que era el nombre despectivo utilizado por la aristocracia antigua para referirse al predominio, en la polis, del voto mayoritario de la muchedumbre y el vulgo. Por decirlo de manera breve: Nietzsche despreciaba los procesos «democratizadores» en la Atenas clásica porque también los despreciaba en la Europa del siglo XIX.
Su interpretación del antiguo cosmos helénico, en suma, venía en cierto modo determinada por su visión política del mundo contemporáneo. No podemos olvidar que el tópico elegido por el jovencísimo Nietzsche para su disertación en Schulpforta fue Teognis de Mégara, el poeta griego del siglo VI a.C. partidario del código de valores individualista y aristocrático. En ese análisis de su vida, su producción lírica y su visión ético-política, podemos observar la profunda simpatía nietzscheana por aquella cultura aristocrática que se vio amenazada por la irrupción victoriosa de las capas populares25. Aquellos procesos incipientemente democratizadores arruinaron la cosmovisión aristocrática que Teognis encarnaba. Pero debemos comprender, insistamos en ello, que las meditaciones de Nietzsche sobre la antigua Hélade —lo mismo en este trabajo juvenil que, después, en El nacimiento de la tragedia— se hallaban íntimamente vinculadas a sus posicionamientos ético-políticos en el tiempo presente. En sus Consideraciones intempestivas de 1874 señalará que, si alguna utilidad le puede reportar al hombre del presente la consideración del pasado (la recreación de lo clásico), es extraer de ello la noción de que «lo grande» alguna vez existió; de que, en cualquier caso, aquello fue posible y, por lo tanto, quizá sea posible de nuevo26. Ahí, en tal caso, el conocimiento histórico sí puede ser útil para la vida. Otra cuestión, peliaguda e inquietante, reside en qué será «lo grande» para Nietzsche; qué es lo que merece ser revivificado.
Hay otro episodio histórico que retumbará en el espíritu del filósofo también en su juventud. En el verano de 1870, mientras redacta los primeros compases de su visión dionisíaca del mundo, estalla la guerra franco-prusiana (o, de manera amplia, franco-germana). Semejante acontecimiento será contemplado y valorado como una irrupción del «espíritu trágico», largamente sepultado por capas de molicie civilizatoria. Una voluntad terrible y elemental (la más elemental de todas) brotó desde los abismos profundos del ser; se trataba de una corriente telúrica que llevaba demasiado tiempo aletargada. Lo dionisíaco, comprendido como una superación del «principio de individuación», aparecía como una suerte de «disolución extática» en el mundo primigenio de la naturaleza; una quiebra de los principios ordenadores de la cultura que, de algún modo, nos retrotraía a una embriaguez horrendamente prelógica. La guerra era un momento de excepcionalidad radical, una fractura en la parsimonia de la sociedad burguesa, una grieta a través de la cual podíamos contactar con los abismos de aquel mundo primigenio. Porque en esa cosmovisión nietzscheana, que ya empezaba a perfilarse, el magma dionisíaco (como fondo último de la vida) se identificaba con aquel devenir heraclitiano en el cual la guerra figuraba como principio dinámico de todas las cosas. En Humano, demasiado humano, publicado en 1878, encontraremos esa misma visión; así, en el parágrafo 477 Nietzsche señalará que la guerra es «indispensable». Y cuidado, porque no solo se trata del reconocimiento de una suerte de fatalidad, algo así como una constatación de que las guerras siempre existirán, por mucho que bramen contra ellas los utópicos pacifistas. Lo anterior conllevaría una comprensión de que la guerra es un destino irrevocable, esto es, algo que, ineluctablemente, ocurrirá, nos guste o no. Pero no es solo eso. Nietzsche indica que las guerras son, además, indispensables; en ellas, o gracias a ellas, se vigoriza y viriliza la cultura. Una guerra puede servir de phármakon o remedio curativo —estimulante energético— para pueblos demasiado agotados.
Es deseable que estallen terribles conflagraciones, porque:
… no conocemos otro medio que pueda devolver a los pueblos fatigados esa ruda energía de los campos de batalla, ese profundo odio impersonal, esa sangre fría en el homicidio unida a una buena conciencia, ese común ardor organizador en el aniquilamiento del enemigo, esa orgullosa indiferencia ante las grandes pérdidas, por su propia vida y por la de las personas amadas, ese quebrantamiento sordo de las almas comparable a los temblores de tierra, con tanta fuerza y seguridad, que no le preocupa cualquier gran guerra: los arroyos y los torrentes que se abren camino entonces, arrastrando, es cierto, en sus cauces piedras y fangos de toda especie y arruinando los prados de cultivos un poco delicados, vuelven a poner en seguida en movimiento, en circunstancias favorables, las ruedas de los telares del espíritu, que vuelven a moverse con nuevo ímpetu.27
La guerra cataliza el rejuvenecimiento espiritual de los pueblos; resurgen las energías más profundas desde un subsuelo primigenio. En el verano de 1870 un joven de veintiséis años se alista en el servicio de sanidad del frente, aunque Cosima Wagner trate de disuadirlo. Bien es verdad que ella misma, en un ardiente arrebato, escribió a Nietzsche quejándose amargamente de la pérfida arrogancia francesa y proclamando, por ende, la inevitabilidad de una guerra que debía ser llevada a término hasta lograr una «aniquilación» de la vanidad parisina; así, por cierto, quizás se inaugurase la unidad alemana28. En cualquier caso, el joven profesor emprende su camino hacia el rugido armado y será testigo de escenas dantescas, recogiendo cadáveres en el campo de batalla, transportando heridos y viajando en vagones de tren junto a soldados maltrechos. Incluso enfermó de difteria y disentería29. Pero, a pesar de tan dramáticas experiencias, nunca dejará de imaginar una probable «renovación de la cultura» gracias a la erupción trágica del conflicto bélico. El genio militar irrumpió como una fuerza dionisíaca que hizo temblar los cimientos decadentes de la civilización burguesa, y algo muy apasionante asomaba en todo ello.
¿Era Nietzsche un militarista pangermanista, o un vulgar chauvinista? En realidad, se fue distanciando de todo ello. Sin embargo, tampoco se hallaba totalmente alejado de semejante condensación ideológica, como luego veremos. En la proyección originaria del libro sobre la tragedia griega, finalmente matizado, la guerra —comprendida como un elemento constitutivo de la vida— desempeñaba una función más preponderante que en la redacción definitiva. Pero sí plasmó sus ideas, con toda nitidez, en el prólogo para un libro que nunca fue escrito y que llevaba por título El Estado griego30. Cosima recibió este texto en los primeros días de enero de 1873, aunque en realidad se trataba de una réplica casi exacta de un fragmento póstumo de comienzos de 1871, es decir, un texto enteramente contemporáneo a la redacción de El origen de la tragedia. De hecho, estaba pensado para aparecer en esta, pero Nietzsche decidió retirarlo de la versión final. ¿Qué lo indujo a ello? Quizá fue algún prudente consejo de los Wagner, como ya habíamos apuntado o, tal vez, la sencilla consideración de que semejante obra ya constituía, de por sí, una provocación suficiente para la ciencia filológica de la época. El contenido explosivo de El Estado griego, en ese sentido, habría añadido aún más combustible al previsible escándalo académico.
Sea como fuere, su «filosofía social», por así decir, ya estaba contenida en estas primeras piezas o movimientos de su obra y, desde luego, no se desprendía de ella demasiado humanitarismo. En estos pasajes se valoraba aquella «crueldad arcaica» que, ya en Homero, se encontraba algo atenuada y dulcificada, porque en la sociedad prehomérica esa bestialidad amoral y despiadada se había desplegado todavía con mayor frenesí. La guerra, en definitiva, nos reconectaba con un mundo casi perdido. La deflagración belicosa permitía que aflorasen, desde el abismo más profundo de la vida, aquellas energías dionisíacas siempre subyacentes, aunque secularmente silenciadas y olvidadas31. Nietzsche detestó el blandengue pacifismo, y mitificó en innumerables ocasiones el fuego apabullante del ardor guerrero. Un discurso político contrario a las agresiones imperialistas, por lo tanto, encajaría francamente mal con esta poética de la guerra. En ese texto, en suma, se defendían las bondades de un orden sólidamente jerárquico. Una concepción que también se infiltraba en su visión del hecho educacional, como podemos observar en otro lugar:
No consigo ver de ningún modo cómo alguien podría reparar el no haber ido a su debido tiempo a una buena escuela. Semejante individuo no se conoce a sí mismo; va por la vida sin haber aprendido a andar; la floja musculatura se delata todavía a cada paso […]. Lo más deseable sigue siendo, en todas las circunstancias, una severa disciplina a su debido tiempo, es decir, a esa edad en la que todavía llena de orgullo verse requerido por muchas exigencias. Pues he aquí lo que diferencia en su bondad a una escuela severa de todas las demás escuelas: en ella se exige mucho; se exige con rigor; se exige lo bueno e, incluso, lo extraordinario como cosa normal; la alabanza es rara, no hay indulgencia; la crítica se expresa de modo implacable […]. Tal escuela es necesaria en todos los aspectos; eso vale tanto para lo más corporal como para lo más espiritual; ¡sería funesto querer hacer aquí distinciones! La misma disciplina hace competente al militar y al docto, y, visto con más detalle, no hay ningún docto competente que no tenga en el cuerpo los instintos de un militar competente… […] ¿Qué se aprende en una escuela severa? A obedecer y a mandar.32
No queda demasiado espacio para la jovialidad lúdica en este «modelo pedagógico», evidentemente, pues según Nietzsche los «instintos militares» —férrea disciplina, escrupuloso sentido del deber y obediencia absoluta— han de permear las escuelas. «Mi punto de partida es el soldado prusiano», escribió en 187333. Y jamás abandonaría tales nociones, puesto que mucho tiempo después seguiría reflexionando sobre la imperiosa necesidad de emplear la «dureza» en el terreno educativo, si es que verdaderamente se pretendía «criar» una estirpe de hombres fuertes; la «moral aristocrática» ha de ser «intolerante» en lo que a la educación de la juventud se refiere34. La «pedagogía nietzscheana» no parece muy libertaria, como podemos comprobar. Quizás, el durísimo régimen de vida que experimentó en Pforta, la prestigiosa escuela cercana a Naumburgo, donde comenzó su singladura como estudiante, dejó huella perdurable en su carácter. Abundaremos más adelante en la visión nietzscheana de la educación, y ponderaremos si dicha visión puede ser compatible con algún proyecto político emancipador.
Nietzsche sentenció en muchísimas ocasiones que no había lugar para la «dignidad de todos los hombres» u otros vanos sueños de igualdad política, pues la desigualdad natural entre estos colocaba a unos pocos en la cúspide y a todos los demás en el barro doliente del trabajo. Una ordenación sustentada en el dolor profundo y despiadado de la vida, si se quiere, pero inquebrantable de todos modos. Más tarde volveremos sobre las tesis de El Estado griego. Pero hagamos ahora un extraño ejercicio imaginativo y situémosle ante una escena histórica bien concreta: Hernán Cortés, junto a sus hombres, contemplando por primera vez las pirámides sacrificiales de Tenochtitlan, la bellísima ciudad sagrada del pueblo mexica. ¿Qué hubiese dicho ante semejante espectáculo? Podríamos suponer, a tenor de todo lo señalado, que a Nietzsche le entusiasmaría más un altar azteca que uno cristiano. Aquellas violentas y sanguinolentas escenografías, aquellos rituales antropófagos y aquellos holocaustos inmisericordes, habrían de contener más «virilidad», más descarnada «vitalidad» y más «espíritu trágico» que las aburridas, pusilánimes y parsimoniosas ceremonias católicas… Quizás hubiese de reconocer un cierto grado de «ardor guerrero» en los conquistadores españoles, pero ellos portaban —y he aquí el quid de la cuestión— una cosmovisión «enemiga de la vida». El paganismo azteca, sin embargo, se hallaría más próximo a esa inmisericorde animalidad que añoraba el joven Nietzsche.
Debemos concluir, volviendo a la edad contemporánea, que un pensador de su talla no pudo permanecer al margen de la gran batalla, social y política, que atravesó su incandescente siglo.
Nietzsche es suficientemente lúcido para notar que 1871 ya no era 1848, y mucho menos 1793. Y Nietzsche, gran lector de historia y política, lo comprendió casi al mismo nivel que un Marx o un Bakunin. Como todos los intelectuales de su época, sufrió una conmoción que se reflejó en su propia obra filosófico-política […]. Nietzsche, contra la hagiografía oficial, no solo tiene una constante preocupación por la historia y la política coyuntural, sino que interpreta la historia universal como un agón, un combate a muerte, «una lucha entre estamentos y clases».35
Resulta crucial, y así lo estamos haciendo en este ensayo, poner la filosofía nietzscheana en diálogo directo con las tradiciones ideológicas y políticas de su tiempo36. Porque la de Nietzsche es, también, una filosofía con derivaciones políticas. De hecho, compartiremos las tesis de Domenico Losurdo, quien en su imprescindible Nietzsche, il ribelle aristocratico sostenía de forma muy consistente que la obra nietzscheana solo podía comprenderse como la filosofía de un intelectual orgánico de la contrarrevolución37. Y entenderemos como fundamentalmente errónea toda lectura que haya pretendido despolitizarla o que, en todo caso, haya querido politizarla en un sentido izquierdista, progresista o emancipador.
El «renacimiento» de la filosofía nietzscheana acaecido en los años sesenta del pasado siglo, al calor de la publicación de los cursos de Martin Heidegger, ofreció la imagen de un pensamiento «inactual», esto es, de una filosofía enmarcada en parámetros de apoliticidad. Solo de tal manera pudo ser recodificada, una década después, como una filosofía apta para proyectos teórico-políticos más o menos contraculturales, e incluso más o menos izquierdistas (en su rama más «anarcodeseante», podríamos decir). Curiosa paradoja, por lo tanto: un resurgir despolitizador de Nietzsche, en primer lugar, y una ulterior «politización» estético-anarquizante. A partir de entonces, desde los años setenta hasta hoy, se aquilató un consenso casi inexpugnable y se fraguó un verdadero canon interpretativo que prohibía terminantemente comprender su pensamiento como significativamente político. Y aún más prohibida era la lectura que comprendía la intervención nietzscheana como radicalmente contrarrevolucionaria. Compartimos la sorpresa de Norberto Bobbio, que a finales de los años ochenta se maravillaba de que el mismo filósofo de las aristocracias guerreras y de los himnos a la despiadada voluntad de poder se hubiera erigido, por alguna suerte de sortilegio extravagante, en el icono de las izquierdas «sensentaiochistas»38. Resulta muy ilustrativo observar, por poner un ejemplo del ámbito académico español, cómo Miguel Morey «ignora» en todo momento la dimensión política de Nietzsche. En Vidas de Nietzsche, una magnífica biografía intelectual, no hallaremos una sola referencia a sus textos más específicamente políticos. En sus cuatrocientas cincuenta páginas apenas encontraremos la voz «política». Leyendo esta obra, documentadísima y repleta de episodios de la vida de Nietzsche, pareciera que este jamás prestó atención a las cuestiones sociales; pareciera que jamás mostró el más mínimo interés por el mundo político. Y eso es falso de toda falsedad. Debemos concluir, en cualquier caso, que no es un descuido de Morey; bien al contrario, opera un ocultamiento sistemático del «Nietzsche político», un silenciamiento deliberado39.
Al igual que Losurdo, queremos comprender a Nietzsche en las coordenadas de su propio tiempo sin convertirlo en una suerte de nazi decimonónico. El historiador y pensador italiano señalaba, con ironía, que fue contemporáneo del segundo Reich, no del tercero; y un Reich de diferencia no es poca cosa. De lo que se trata, en cambio, es de comprender que toda su obra se sitúa en el eje revolución-contrarrevolución, posicionándose abiertamente en las trincheras intelectuales de la segunda. La abominación de las ideas revolucionarias, y de su concomitante «plebeyización de la cultura», constituyó un motivo constante y determinante a lo largo de toda su obra. Su pensamiento, en diálogo directo con las grandes corrientes político-ideológicas de su tiempo, se construyó en dicha tensión. Debemos remarcar, en este punto, que entre «juventud» y «madurez» no hay cesuras o cortes epistemológicos, sino continuidades e incluso endurecimientos. Las intuiciones ético-políticas del joven Nietzsche jamás sufrieron transformaciones sustanciales; gravitó en torno a ellas una y otra vez, matizando algunos aspectos pero radicalizando otros. Y lo cierto es que no podemos comprender a Nietzsche sin entender que todas sus energías intelectivas, pasionales y vitales estuvieron volcadas en una permanente réplica a las ideas político-culturales revolucionarias. Republicanos, reformistas sociales, igualitaristas, demócratas, socialistas, sufragistas, anarquistas… contra todos ellos piensa y escribe. Y su lenguaje, desalmado y virulento en demasiadas ocasiones, no es metafórico; deben respetarse los contextos de significación de los términos por él empleados, ubicar su léxico y el contenido de sus ideas en los debates de su época. Porque cuando Nietzsche habla, por ejemplo, de la necesidad de erigir un orden social donde existan el trabajo servil y esclavo, no deben buscarse alegorías exculpatorias; lo dice en un sentido absolutamente literal, como veremos más adelante.
Para terminar este capítulo «biográfico» querríamos mencionar un libro del filósofo francés Michel Onfray, que lleva por título La inocencia del devenir. La vida de Friedrich Nietzsche. En él se ensaya un guion cinematográfico sobre la vida del filósofo, y el resultado es brillante. Pero es de destacar que ninguno de los episodios biográfico-intelectuales que hemos referido en este capítulo aparecen en ese guion. Relucen por su ausencia. No vemos una sola escena de Nietzsche en la que este aparezca refiriéndose, por ejemplo, a la Comuna de París; o profiriendo agrios insultos contra socialistas y anarquistas. Tampoco vemos a nuestro personaje quejándose amargamente de los, a su parecer, dislates democráticos; del sufragio universal, por ejemplo. Y lo curioso es que Onfray, en la introducción que precede al guion —que lleva por título «Contar en imágenes una vida filosófica»— arremetía, precisamente, contra todos esos cineastas incapaces de respetar los rasgos primordiales o las peripecias cruciales del personaje, cuando de una película histórica o biográfica se trataba. Onfray había sucumbido, quizá sin saberlo, a la lectura despolitizadora de Nietzsche y, por ende, había recaído en la misma negligencia que él mismo acababa de denunciar40.
1 Habermas, J., Sobre Nietzsche y otros ensayos, Tecnos, Madrid, 1982, p. 31.
2 Lukács, G., El asalto a la razón. La trayectoria del irracionalismo desde Schelling hasta Hitler, Grijalbo, Barcelona, 1968, p. 322.
3 Ibid., p. 256.
4 Ibid., p. 253.
5 Sauquillo, J., «Friedrich Nietzsche», en Vallespín, F. (comp.), Historia de la teoría política, 5. Rechazo y desconfianza en el proyecto ilustrado, Alianza Editorial, Madrid, 1993, pp. 82-131.
6 Ibid., p. 119.
7 Ibid., p. 97.
8 Nietzsche, F., Fragmentos póstumos (1869-1874). Volumen I, Tecnos, Madrid, 2007, p. 513.
9 Löwith, K., De Hegel a Nietzsche. La quiebra revolucionaria del pensamiento en el siglo XIX, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1968, p. 247.
10 Fink, E., La filosofía de Nietzsche, Alianza Editorial, Madrid, 1976, p. 11.
11 Ibid., p. 13.
12 González, N., Nietzsche contra la democracia, op. cit., p. 94.
13 Idem.
14 Ibid., p. 95.
15 Nietzsche, F., Así habló Zaratustra, Alianza Editorial, Madrid, 1998, p. 155.
16 González, N., Nietzsche contra la democracia, op. cit., p. 96.
17 Ibid., p. 97.
18 Montinari, M., Lo que dijo Nietzsche, op. cit., pp. 71-73.
19 Janz, C. P., Friedrich Nietzsche, 2. Los diez años de Basilea (1869-1879), Alianza Editorial, Madrid, 1987, p. 221.
20 Safranski, R., Nietzsche. Biografía de su pensamiento, Círculo de Lectores, Barcelona, 2001, p. 158.
21 Deleuze, G., Nietzsche, Arena, Madrid, 2000.
22 Vattimo, G., Introducción a Nietzsche, Península, Barcelona, 2001, p. 21.
23 Brobjer, T. H., Nietzsche´s Philosophical Context. An Intellectual Biography, University of Illinois Press, Urbana, 2008, p. 70.
24 González, N., Nietzsche contra la democracia, op. cit., p. 109.
25 Cristi, R. y Velásquez, O., Nietzsche y el aristocratismo de Teognis, LOM, Santiago de Chile, 2018.
26 Nietzsche, F., Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida: II Intempestiva, Biblioteca Nueva, Madrid, 2003, p. 55.
27 Nietzsche, F., Humano, demasiado humano, Edaf, Madrid, 2010, p. 268.
28 Janz, C. P., Friedrich Nietzsche. 2. Los diez años de Basilea (1869-1879), op. cit., p. 85.
29 Ibid., pp. 88-89.
30 Nietzsche, F., «El Estado griego», en Obras completas. Volumen 1. Escritos de juventud, Tecnos, Madrid, 2011, pp. 551-558.
31 Safranski, R., Nietzsche. Biografía de su pensamiento, op. cit., pp. 69-73.
32 Nietzsche, F., Fragmentos póstumos (1885-1889). Volumen IV, Tecnos, Madrid, 2008, pp. 586-587.
33 Nietzsche, F., Fragmentos póstumos (1869-1874). Volumen I, op. cit., p. 494.
34 Nietzsche, F., Más allá del bien y del mal, op. cit., pp. 288-291.
35 González, N., Nietzsche contra la democracia, op. cit., pp. 80-81.
36 Ottmann, H., Philosophie und Politik bei Nietzsche, Walter de Gruyter, Berlín, 1987.
37 Losurdo, D., Nietzsche, il ribelle aristocratico. Biografia intellettuale e bilancio critico, Bollati Boringhieri, Turín, 2004.
38 Bobbio, N., Perfil ideológico del siglo XX en Italia, Fondo de Cultura Económica, Ciudad de México, 1989, p. 286.
39 Morey, M., Vidas de Nietzsche, op. cit.
40 Onfray, M., La inocencia del devenir. La vida de Friedrich Nietzsche, Gedisa, Barcelona, 2009.
3. Lo trágico contra lo civilizado
La visión dionisíaca del mundo, aseguraba Nietzsche en El nacimiento de la tragedia, fue destruida por el avance imparable y enfermizo del «socratismo». Este representó una contundente negación —o una severa infravaloración— de todo aquello que no podía ser apresado por conceptos. Por efecto de esa misma negación, las fuentes últimas de todo lo verdaderamente creativo fueron secándose. Y tan lejos se caminó por esa nueva senda, que llegó a sostenerse lo siguiente: únicamente aquellas cosas que sean racionalmente comprensibles podrán ser, al mismo tiempo, bellas. ¡Tremenda desviación del viejo espíritu helénico, pensaba Nietzsche! Frente a la vieja embriaguez artística que proclamaba un contundente sí a la vida, recreada y glorificada en toda su potencia, emergió desafiante y altanera aquella «claridad dialéctica» que ahora pronunciaba un tétrico y fúnebre no a la vida. Lo trágico pereció a manos de la omnipotencia racionalista; lo instintivo sucumbió a manos de lo dialéctico. El nuevo imperio de la «logicidad», en definitiva, arruinó la jovialidad cultural y vital de los griegos, que desde entonces quedaron atrapados en una declinante fatiga espiritual y fisiológica. Nietzsche entendió que el socratismo (ominosa prefiguración del cristianismo, o primer síntoma de la gran «enfermedad») arruinó, con su hipérbole intelectualista, la expansión afirmadora de los instintos más profundos de la vida. Y, a través de semejante operación, la «inocencia del devenir» quedó envenenada y vilipendiada. La vida misma permaneció embridada, estrangulada. El jocundo esplendor de la cultura griega arcaica feneció con la llegada del gélido racionalismo socrático, esto es, con la instauración progresiva de un logocentrismo esencialmente antivital.
Pero un proceso así descrito no habla solamente de la decadencia del mundo antiguo; muy al contrario, cuando Nietzsche compuso esta obra también estaba pensando en la Alemania y en la Europa de su tiempo, como apuntábamos más arriba. Porque ese diagnóstico no solo constituía un ejercicio filológico o arqueológico destinado a comprender el destino de la antigua Hélade; también era, antes que nada, una forma de interpretar las derivas espirituales y políticas del tiempo presente. Lejos de comprender su labor filológica como una fría técnica positivista, encaminada a un desapasionado análisis y esclarecimiento de las fuentes textuales del mundo griego, Nietzsche empleaba su saber filológico como una plataforma desde la cual juzgar y valorar las tendencias culturales de la Era Moderna1. Desde este horizonte se atreve a sostener que una misma enfermedad se viene arrastrando a través de los siglos, insidiosamente, desde los tiempos del infame Sócrates. Late un desasosiego indecible en ese diagnóstico, una desesperación irreprimible. «Nietzsche no declara su desprecio al mundo moderno: lo grita»2. Giorgio Colli aseguraba, en ese sentido, que todos los elementos teóricos nietzscheanos germinaban en el interior de una «náusea», pues experimentaba «un horror por el presente»3. Y las arcadas suelen verse reflejadas en su verbo chillón, desde luego.
El binomio cultura-civilización estaba prefigurado en el universo nietzscheano o, mejor dicho, en el universo nietzscheano estaba sumergido en las telarañas de tal binomio. El magma ideológico de la Kultur, que en realidad tenía mucho que ver con el atraso económico de los Estados alemanes (una burguesía menos desarrollada que la de otras potencias europeas, fragmentación territorial y administrativa etc.), se podría sintetizar en lo siguiente: la «civilización» anhela pisar un suelo confortable y previsible; busca la seguridad. La «cultura», sin embargo, siente una terrible simpatía por aquellos abismos trágicos en los que se despliega la vida con toda su crudeza, con toda su crueldad. La civilización es «socrática», conceptual y dialéctica; la cultura, en cambio, tiene que ver con esa capacidad genesiaca y desbordante del arte desgarrado. Pero el binomio también acarrea contraposiciones morales. Y políticas, deberíamos enfatizar. En efecto, solamente la «civilización» puede terminar otorgando una primacía a la protección de los débiles y a la igualdad de derechos, buscando al mismo tiempo el bienestar del mayor número posible. La civilización es «compasiva»; o, dicho de otro modo, es «antivital». La Kultur, en las antípodas de lo anterior, no desconoce el fondo cruel y despiadado de la vida, esa cruenta y permanente batalla donde solo los fuertes se imponen; aquí no se pretenden corregir las naturales desigualdades del mundo, y la compasión no puede tener lugar. Nietzsche habita todas estas contraposiciones; su pensamiento se agita en el interior de ellas. Y, sin discusión, se posiciona abiertamente a favor de la Kultur y en contra de la «civilización» (entendida esta en los términos que acabamos de explicitar).
Criticó duramente ese racionalismo optimista propio de la «concepción socrática del mundo». Y, confrontando con esta, terminó por movilizar una «concepción trágica de la vida». En esta visión trágica, el arte ocupaba el lugar sagrado que en otro tiempo ocupó antes de ser destronado por el «triunfo de Sócrates». La racionalidad científica y la lógica de la verdad, que a su parecer habían alcanzado una hegemonía asfixiante en la civilización occidental, debían ser expulsadas y desalojadas de esa posición preeminente. Pero el joven Nietzsche entiende que ese «resurgimiento de lo trágico» y esa revivificación del genio griego presocrático, esa reaparición de Dioniso en la historia espiritual de Europa, estaba aconteciendo en la cultura alemana de su tiempo. O, al menos, las tierras germánicas eran las más propicias para tal acontecimiento. Esa fascinación por el eje Grecia-Alemania, inverosímil y pregnante construcción ideológica (por medio de la cual se obliteraba intencionadamente la inexcusable tamización latina en la transmisión de la cultura helénica), no era invención de Nietzsche, puesto que ya estaba muy presente en el clasicismo alemán (Winckelmann, Schiller, Goethe). Para Nietzsche, entender que la vieja Hélade se hallaba «subterráneamente» conectada con las fuerzas espirituales de los pueblos germánicos, suponía una estratagema perfecta para «depurar» de su concepción la más mínima adherencia de elementos «latinos» y «semíticos». Se trataba, en cualquier caso, de la revitalización de una Kultur por mucho tiempo soterrada y amordazada; un nuevo despertar. Lo interesante es que ese resurgimiento de lo trágico-dionisíaco en la cultura alemana no era casual, a juicio de Nietzsche, toda vez que respondía a un «retorno» del espíritu alemán a sí mismo, a un resurgir de lo más profundo y auténtico del «ser alemán». Evidentemente, semejante contraposición tenía una traducción política, toda vez que la «civilización» (que Nietzsche y todos los epígonos de la Kultur identificaban, principalmente, con Francia) cristalizó en ciertas teorías sociales y en unas específicas instituciones políticas… todas ellas detestadas por nuestro pensador, como iremos viendo. Porque lo «trágico», en el pensamiento nietzscheano, opera como una categoría estético-política.
De hecho, resulta muy pertinente hablar del «dionisismo político» sostenido por el joven Nietzsche4. Esta fórmula, furiosamente antisocrática, se refiere a la necesidad de asumir dos elementos cruciales: el fondo cruel o violento de la existencia y la insuprimible dominación de unos hombres a manos de otros. Aceptar ambas cosas como inextinguibles: he ahí la clave de la propuesta nietzscheana. La justificación estética de la vida, en este marco, solo será viable mediante el surgimiento de esos «ejemplares excepcionales» a los que podemos llamar «genios». En este punto política y arte quedan profundamente anudados, puesto que en dicha concepción el Estado debe canalizar las energías sociales de tal modo que los genios puedan florecer; una canalización político-pedagógica que será cualquier cosa menos democrática. Muy al contrario, la «República del genio» mostrará una faz indefectiblemente aristocrática5. El «dionisismo político» de Nietzsche conlleva un entrelazamiento muy específico del arte con la política, pues lo que está sosteniendo de una forma pretendidamente apodíctica es algo tan tremendo como lo siguiente: el auténtico arte muere con la democracia; la verdadera creación artística agoniza y se marchita con el igualitarismo político.
En esta época se gestan dos importantes trabajos, El nacimiento de la tragedia y El Estado griego. En este último sostenía Nietzsche que la organización política debe supeditarse a una finalidad última y superior, a saber, permitir un enérgico florecimiento del arte trágico. Pero se desprendía de ello un corolario insoslayable: las instituciones políticas no deben estar al servicio de las necesidades del pueblo, esa muchedumbre informe e inculta, sino que desde ellas deben generarse las condiciones necesarias para que una minúscula élite de grandes «genios trágicos» pueda desplegar su actividad creativa sin trabas. El modelo de Estado soñado por Nietzsche, empero, no es una suerte de República platónica «estetizada», en la que el rey-filósofo sea sustituido por el rey-genio o el rey-artista, toda vez que los grandes hombres, los portadores de la genuina creación cultural, no deben ocuparse de labores administrativas. En las páginas finales de su tercera Intempestiva —la que versa sobre Schopenhauer— encontramos una crítica demoledora del «filósofo» académico y profesional, esto es, del filósofo que vive a sueldo del Estado. Un pensador funcionarial es una figura esperpéntica que solo es capaz de desplegar una reflexión desvaída, ridícula e inauténtica6. Lo espiritual, para Nietzsche, trasciende lo político; es más, la finalidad de la política es construir un orden social que permita el florecimiento de la gran cultura. Ya hemos comprobado, eso sí, cuál es, a su parecer, el más óptimo y deseable de esos órdenes… El Estado no es un fin en sí mismo, en cualquier caso; solo es un medio7. Porque el desarrollo artístico es lo verdaderamente valioso. Una idea semejante, a saber, que la verdadera finalidad del Estado es la defensa y promoción de la cultura (añadiendo, como no podía ser de otra manera, que la cultura más elevada es, por antonomasia, aquella que dimana del «pueblo» alemán), ya estaba presente en Fichte, en sus obras Los caracteres de la edad contemporánea (1806)8 y Discursos a la nación alemana (1807-1808)9. Se especulaba, dicho sucintamente, con la idea de un «Estado de cultura». Bien, pero hay un pequeño detalle que muchos exégetas han pretendido ignorar o silenciar, y es que Nietzsche pensó a lo largo de toda su vida que un auténtico despliegue artístico únicamente tendría ocasión de florecer allí donde la gran mayoría de la comunidad humana se encontrase atornillada a la ignominia del trabajo. Los viejos griegos lo sabían y, con infinita honradez, admitieron la necesidad de la esclavitud, toda vez que solo mediante ella podía generarse esa energía excedente que una élite «creadora» precisa para alumbrar una cultura inmortal y profunda. Tener todo esto muy presente es realmente crucial a la hora de comprender y valorar la intervención estético-política de Nietzsche, si es que no albergamos el deliberado propósito de desvirtuarla.
En El Estado griego advierte de la ineludible necesidad de un Estado poderoso, rígidamente piramidal, que discipline las energías sociales con su grillete de hierro (Esparta es el modelo); solo así podrá emerger la bella flor del genio10. Esta misma idea aparece expresada muy nítidamente en otros fragmentos póstumos de la misma época11. El platonismo político de Nietzsche es palpable; es más, asume y radicaliza el modelo de la República. Muchas son las invectivas antiplatónicas que podemos hallar en sus libros. Pero tengamos cuidado con esto y consideremos que siempre latió en él una curiosa ambivalencia con respecto al filósofo griego, hasta el punto de que llegó a considerar que había un Platón infectado de socratismo y otro Platón liberado de dicha infección. ¿Qué hubiera podido llegar a ser Platón, de no haber sucumbido al encantamiento de Sócrates? Nietzsche sentía verdadera fascinación por la organización estatal dibujada en la República: su rígida estratificación, su orden piramidal y su modelo pedagógico elitista y eugenésico. Que el genio no figurase en la cúspide de dicho modelo político (es más, que los artistas pudieran llegar a ser expulsados) no era más que un elemento procedente del socratismo que Platón admitió a regañadientes, y no sin luchar consigo mismo12.
La masa, que ha de estar ocupada en labores productivas y reproductivas, solo es depositaria de la obligación de servir a dichas élites. Es más, lo que Nietzsche sugiere en repetidas ocasiones es que resulta perentoria una declaración de guerra de los «hombres superiores» a la masa, puesto que los mediocres se coaligan. La visión trágica del mundo se tiene que traducir, por lo tanto, en un orden social marcadamente elitista; un orden que aparecerá como antagónico de todas las instituciones políticas propias de la «civilización socrática»: democracia, sufragio universal, igualdad ante la ley, derechos del trabajador o instrucción pública. Todos estos elementos, que de forma genérica podríamos identificar con el programa político-cultural de la Ilustración, fueron detestados por Nietzsche hasta el fin de sus días13. Es el mismo Nietzsche, enfaticémoslo, el que establece —no sin razón— una íntima afinidad entre todos esos elementos y el «socratismo». También la «emancipación de la mujer», obviamente, merecía su desprecio. Una vez le dijo a su hermana, por carta, que todos los que participan del entusiasmo por la emancipación de las mujeres han caído en la cuenta de que él es su bestia negra14. El aforismo 232 de Más allá del bien y del mal resulta especialmente misógino. Que las mujeres quieran ahora ilustrarse y acceder a la ciencia, advierte, no es más que otro de los terribles síntomas del afeamiento general de Europa. Es de muy mal gusto que ellas —seres superficiales, vanidosos y enemigos de la verdad— profieran tales exigencias15. Hay que leer, de igual modo, esos enervantes párrafos en los que Nietzsche clamaba contra la institución del «matrimonio moderno» y contra la unión matrimonial «por amor». ¡Semejante cosa era una ignominia, un despropósito mayúsculo! El matrimonio premoderno albergaba un «centro de gravedad», a saber, «la responsabilidad jurídica única del varón»; aquella forma de matrimonio, lamentablemente desaparecida en las sociedades modernas, se fundamentaba en una lógica profunda: el «instinto de propiedad», es decir, mujer e hijos como propiedades del varón. En ese modelo familiar sí se plasmaba un saludable instinto de dominación16. Tomen nota las feministas nietzscheanas.
La unificación de Alemania en 1871, que en un principio representó para Nietzsche un horizonte ilusionante, no cristalizó en lo que a su juicio hubiese sido deseable porque rápidamente sucumbió a la pérfida «influencia francesa». El segundo Reich no cumple con las expectativas de una revivificación de la Kultur, puesto que, inmediatamente, se lanza por la misma senda que vienen recorriendo todos los países del Occidente «civilizado»: instituciones de cuño liberal, desarrollo económico e industrial, filosofía utilitarista, ciertos niveles de bienestar social otorgados por la protección estatal… El desesperante resultado será, en definitiva, que el «espíritu alemán» permanecerá enajenado y extraviado. La nueva Alemania se estaba convirtiendo en otra nación «burguesa», en una más, siendo así que las auténticas «profundidades de su ser» quedarían olvidadas y pisoteadas. De lo que Nietzsche se estaba lamentando, en definitiva, es de la pérdida de un hecho diferencial. En efecto, la cultura alemana era interpretada por él, en esta época, desde un prisma particularista y excluyente; en las profundidades del «espíritu alemán» latían un magma y una fuerza que lo diferenciaban esencialmente de las otras naciones europeas, sumidas todas ellas en una secular decadencia propiciada por el milenario socratismo. Más adelante veremos que, en sus coordenadas filosófico-políticas, Ilustración, democracia y socialismo no eran sino una suerte de «socratismo moderno». Porque en esta época de juventud es Sócrates el archienemigo a combatir; Cristo se sumará después. En cualquier caso, Nietzsche se siente muy defraudado con el segundo Reich, pues, si había un pueblo en la decadente Europa capaz de recuperar o restaurar el espíritu de una cultura trágico-dionisíaca, ese era el pueblo alemán.
En El nacimiento de la tragedia proclamaba, en efecto, la perentoria necesidad de alentar el renacimiento de una nueva edad trágica, pues solo así podría el «espíritu alemán» retornar a sí mismo. Este espíritu, mediante tal reverdecer de la sabiduría dionisíaca, podría regresar a las «fuentes primordiales de su ser» después de haber quedado desnaturalizado por el influjo nocivo de fuerzas infiltradas desde «fuera». Lo alemán, durante demasiado tiempo siervo de la «civilización latina», podría recuperar al fin su potencia originaria17. Ahí estaba Wagner, como ejemplo paradigmático de tan terrible «rejuvenecimiento». Otros «educadores trágicos» del pueblo alemán serían imprescindibles para promover una comunidad cultural capaz de vehicular el genuino espíritu germánico. Sin embargo, la deriva política de Alemania no permitió el surgimiento pletórico de esa potencia trágica. La Kultur, que encarnaba la autoconciencia profunda del pueblo alemán, estaba siendo traicionada. Porque el auténtico y genuino espíritu de lo alemán nunca podría ser «moderno»; la «democratización» advenida con la Revolución francesa siempre sería una intrusa en territorio germano, algo postizo. Y si la Alemania de Bismarck resultaba finalmente «democratizada», «aburguesada» y «modernizada», como de hecho estaba ocurriendo, solo lo sería mediante una torsión violenta de su ser profundo, mediante un envenenamiento de su hálito espiritual con sustancias narcóticas y deletéreas inyectadas desde geografías foráneas. Al final de su vida, estas actitudes germanófilas fueron mitigándose e incluso diluyéndose; es más, recayó en algunas ocasiones en una verdadera germanofobia. De hecho, en sus últimos años valoró más bien lo meridional; e incluso acarició la idea de viajar a Túnez18. Reivindicó el soleado Sur frente a las plomizas brumas del Norte; en un sentido literal, climatológico, pero también en un sentido espiritual y cultural. Recuérdense, si no, los dos primeros parágrafos de El caso Wagner, donde observamos cómo se despide del «húmedo» Norte —esto es, de Richard Wagner— para zambullirse en la cálida sensualidad y en la serenidad meridional de Bizet19.
La Modernidad, para Nietzsche, no es la inauguración de un tiempo inédito; la Modernidad es, más bien, un punto de llegada, la culminación decadente de un largo devenir; es crepúsculo, más que aurora. Porque el devenir de Europa ha venido determinado y definido por una lucha sempiterna entre la «consideración teórica» y la «consideración trágica» del mundo. Sócrates, y todo lo que él representaba, logró una primera victoria de la «consciencia moral», que retumba hasta hoy. Todos los «instintos» del arte trágico fueron derrotados, reprimidos con dureza, y aquella Ilustración ateniense fue el aldabonazo inicial de un racionalismo que fue replicándose y ampliándose durante siglos20. La Ilustración moderna no es más que un eco tardío de aquella otra, acaecida en la Grecia clásica. Lo dionisíaco ha venido padeciendo, desde entonces, los gélidos rigores de esa apisonadora cultural denominada «socratismo». La «pulsión de verdad» se tornó omnipotente porque ya se presuponía que la razón humana podía conocerlo y dominarlo todo. Ciencia y técnica ocuparon la reluciente cúspide. El «hombre teórico», con su impecable optimismo cognoscitivo, se sintió poderoso. La totalidad de lo real era un lugar que, potencialmente, no guardaba secretos u oscuridades; la racionalidad humana podría iluminar todos los ángulos del ser. Los instintos artísticos quedaron, así, domesticados; el arte se tornó «lógico», apacible y pedagógico.
En La filosofía en la época trágica de los griegos, otro texto de juventud (1873), Nietzsche realiza una suerte de apología de los filósofos presocráticos o preplatónicos (ocupando Heráclito un lugar muy destacado), precisamente porque estos todavía eran capaces de realizar una captación intuitiva de lo sensible, aunando pensamiento y poesía; la ulterior hipertrofia intelectualista arruinó ese modo de estar en el mundo, de interpelarlo21. Esa es la huella de Sócrates, que ha perdurado durante siglos. Europa terminó siendo socrática hasta la médula, hasta la náusea. La vida instintiva, asfixiada por una racionalidad titánica y tiránica, palideció hasta límites insoportables. Bien es cierto que Thomas Mann encontró aquí una crucial —y justísima— objeción a su querido filósofo, preguntándose si acaso podíamos afirmar que la «vida instintiva» había quedado abrasivamente sojuzgada y aplastada por el poder omnipotente del frío intelecto. Mann negaba rotundamente esa premisa nietzscheana. ¿Dónde veía Nietzsche un mundo gobernado despóticamente por la razón? Muy al contrario, objetaba el literato alemán, la «débil llamita de la razón» apenas encontraba quien le prestara atención en este mundo violento y despiadado, atravesado todo él por pasiones egoístas, por relaciones de fuerza y por ansias de poder22. En cualquier caso, Nietzsche entendía que una cultura socrática es antiartística, antitrágica, antimítica, antipoética y antiestética. Y ya sabemos que ese socratismo, metálico y atroz intelectualismo, se moduló e intensificó —con la llegada del Crucificado— hasta condensarse en un moralismo antipasional, antisensual, antibelicoso, antibiológico y antivital. Solo el «espíritu alemán», pensaba el joven Nietzsche, era depositario de elementos o fibras capaces de oponer alguna «resistencia trágica» a ese discurrir arrollador de la civilización socrático-cristiana. Sin embargo, como acabamos de ver, también estas esperanzas fueron quedando truncadas. También el ser profundo de lo alemán sucumbió, finalmente.
No obstante, y a pesar de esa enorme decepción experimentada por Nietzsche, creemos apresurada la tesis de Deleuze cuando sostiene que a principios de la década de los setenta se había desprendido ya de sus últimos «fardos», en lo que al nacionalismo y al prusianismo se refiere23. Habrá que esperar, en todo caso, a su crisis existencial y filosófica de 1876, aquella lacerante ruptura con el universo wagneriano que, al mismo tiempo, propiciaría un creciente desencanto con los abismos ideológicos del germanismo y de la Kultur. Nietzsche, en esos momentos, dispara contra el antisemitismo y contra todas las puerilidades del nacionalismo24. El parágrafo 475 de Humano, demasiado humano será una muestra fehaciente de su alejamiento de esa enfermedad llamada «nacionalismo chauvinista»; en ese mismo pasaje, por cierto, ensalzará múltiples virtudes de la perseguida cultura judía25. Bien es verdad que, hasta ese momento, había mostrado un fuerte apego a las tendencias románticas que apelaban a una suerte de «ser alemán» (deutsche Wesen), concebido como un reservorio espiritual todavía no contaminado por la decadente «civilización». También es cierto, debemos puntualizar, que el nacionalismo del joven Nietzsche estaba más próximo a las formas de un cierto «nacionalismo cultural», al modo de Herder o Fichte, y no tanto a un nacionalismo explícitamente político (aunque, en realidad, estos «nacionalismos culturales» no dejarán de tener efectos políticos de largo aliento). Lo alemán, en esa perspectiva, apelaba más a una comunidad orgánica, lingüística y espiritual; a un «pathos del Norte» diferenciado de la sureña civilización latina.
Sin embargo, no podemos eliminar todo componente político de su visión de lo alemán, al menos en aquellos años «juveniles». Cuando da comienzo la guerra franco-alemana, el 19 de julio de 1870, el joven profesor de la Universidad de Basilea no duda en presentarse como voluntario al servicio del ejército alemán. El 8 de agosto escribía la siguiente petición, dirigida a una de las autoridades que habían de concederle el permiso pertinente:
En la situación actual de Alemania, no puede resultarle inesperada mi decisión de cumplir yo también mis deberes para con la patria. Con esta intención me dirijo a usted para pedir del ilustre Consejo de Educación, a través de su mediación, dispensa de trabajo para la última parte del semestre de verano. Mi decisión está ahora tan robustecida que sin vacilación alguna me puedo hacer útil como soldado o como enfermero. Nadie como una autoridad suiza en materia de educación puede encontrar tan natural y tan justo que yo deba echar el pequeño óbolo de mi aportación personal en las arcas de la patria, como ofrenda. Si recapacito en las obligaciones de las que soy responsable en Basilea, me resulta claro que, ante la tremenda llamada de Alemania a que cada uno cumpla con su obligación alemana, solo violentándome penosamente y sin auténtico provecho podría sujetarme a ellas.26
El 11 de agosto recibió la dispensa solicitada, si bien únicamente como enfermero, en consideración a la neutralidad suiza. Nietzsche, imbuido de ferviente patriotismo, salió el 12 de agosto rumbo al conflicto. Su voluntad de sacrificarse por Alemania era, en esos instantes, verdaderamente irresistible.
1 Sánchez, D., El itinerario intelectual de Nietzsche, Tecnos, Madrid, 2017, pp. 83-99.
2 Colli, G., Introducción a Nietzsche, Pre-Textos, Valencia, 2000, p. 211.
3 Idem.
4 De Santiago, L. E., Arte y poder. Aproximación a la estética de Nietzsche, Trotta, Madrid, 2004, p. 312.
5 Ibid., pp. 296-304.
6 Nietzsche, F., Schopenhauer como educador, Biblioteca Nueva, Madrid, 2009, pp. 105-122.
7 Nietzsche, F., Sabiduría para pasado mañana. Antología de fragmentos póstumos (1869-1889), Tecnos, Madrid, 2009, p. 354.
8 Fichte, J. G., Los caracteres de la edad contemporánea, Guillermo Escolar Editor, Madrid, 2019.
9 Fichte, J. G., Discursos a la nación alemana, Tecnos, Madrid, 2002.
10 Nietzsche, F., Fragmentos póstumos sobre política, Trotta, Madrid, 2004, pp. 102-103.
11 Nietzsche, F., Fragmentos póstumos (1869-1874). Volumen I, op. cit., pp. 150 y 167-168.
12 Nietzsche, F., Fragmentos póstumos sobre política, op. cit., p. 104.
13 Esteban, J. E., El joven Nietzsche. Política y tragedia, Biblioteca Nueva, Madrid, 2004, pp. 61-71.
14 Nolte, E., Nietzsche y el nietzscheanismo, op. cit., pp. 73 y 196-198.
15 Nietzsche, F., Más allá del bien y del mal, op. cit., pp. 235-237.
16 Nietzsche, F., Crepúsculo de los ídolos o cómo se filosofa con el martillo, Biblioteca Nueva, Madrid, 2002, pp. 122-123.
17 Nietzsche, F., El nacimiento de la tragedia, Alianza Editorial, Madrid, 1973, pp. 159-160.
18 Ross, W., Friedrich Nietzsche. El águila angustiada, op. cit., p. 590.
19 Nietzsche, F., El caso Wagner. Nietzsche contra Wagner, Siruela, Madrid, 2002, pp. 23-25.
20 Nietzsche, F., El nacimiento de la tragedia, op. cit., pp. 108-130.
21 Nietzsche, F., «La filosofía en la época trágica de los griegos», en Obras completas. Volumen 1. Escritos de juventud, Tecnos, Madrid, 2011, pp. 571-607.
22 Mann, Th., Schopenhauer, Nietzsche, Freud, Alianza Editorial, Madrid, 2000, pp. 115-116.
23 Deleuze, G., Nietzsche, op. cit., p. 11.
24 Quesada, J., Ateísmo difícil. En favor de Occidente, Anagrama, Barcelona, 1994, pp. 142-144.
25 Nietzsche, F., Humano, demasiado humano, op. cit., pp. 266-267.
26 Janz, C. P., Friedrich Nietzsche. 2. Los diez años de Basilea (1869-1879), op. cit., pp. 86-87.
4. No hay metáforas inocentes. Una justicia naturalizada, una moral biologizada
A la contrafigura mórbida de Sócrates se sumó otra gigantesca contrafigura: el Crucificado. Funesto momento. Pero, como certeramente apuntó Lukács, debemos fijarnos muy bien en «el contenido ético-social de la polémica de Nietzsche contra el cristianismo»1. ¿En qué sentido? La clave de bóveda de dicha polémica radicaría, a juicio del marxista húngaro, en ese entrelazamiento indisociable del cristianismo con los modernos movimientos democráticos y socialistas. Afinidad, untuosa y meliflua, que podríamos observar y rastrear en las líneas maestras que componen la «genealogía» de la moral occidental. Ese trabajo de «desvelamiento» genealógico puede ser comprendido, a su vez, como una sutil prospección trazada al modo de una «psicología profunda». Sea como fuere, Nietzsche habría descubierto una pestilente vinculación, íntima y soterrada, entre ambos movimientos, pues en ambos hallaría una misma forma de valorar —o infravalorar— el mundo. El socialismo, aseguraba, debía comprenderse como una suerte de moderna reformulación de la ética cristiana, o como un cristianismo tibiamente secularizado, toda vez que un mismo «instinto» —tóxico y miasmático— subyacía en sus entrañas.
La ruinosa historia europea, a partir de la hegemonía cultural cristiana, vino determinada —tristemente determinada— por un levantamiento exitoso de los impotentes y por una continua «revolución de la plebe». La democratización rampante, y enfaticemos que en su concepción el socialismo no era sino uno de los efectos más deletéreos de la misma, aparecía a ojos de Nietzsche como una espuma enfermiza depositada en la arena de la playa… entendiendo que la ola que allí rompió —que venía de muy lejos, mar adentro— era el judeocristianismo. Los promulgadores modernos de la «moral de esclavos», esos abyectos socialistas que tomaban las plazas europeas de una forma cada vez más significativa, estarían conectados a las milenarias raíces de la reactiva moral judeocristiana (y al socratismo, no lo olvidemos). Más allá de sus proclamas retóricamente ateas o anticlericales, sentenciaba nuestro filósofo, el moderno socialismo compartiría con el cristianismo un mismo pathos; un horripilante y pestífero pathos. Por consiguiente, cuando Nietzsche se presenta como el Anticristo, a lo que aspira en realidad es a combatir la democracia y el socialismo, destruyendo las raíces morales —la forma de valorar— de ambos. Es una tesis harto contundente, desde luego, pero muy plausible. El propio Nietzsche insiste en tal aspecto una y otra vez.
En El anticristo (1888) Nietzsche alcanzará sus mayores dosis de beligerancia verbal. Por momentos, sus terribles imprecaciones resuenan con tonalidad fanática y desesperada. Hay gritos en esas páginas, alaridos proféticos, y uno casi se imagina una boca repleta de espumarajos. Allí establecerá con claridad qué «bueno» debería ser todo aquello que eleva o incrementa el propio poder; y en ello radicaría la verdadera felicidad. ¡Soy realmente feliz cuando acumulo y atesoro poder! Y «malo» debería ser todo aquello que procede de (o conduce a) la debilidad. Ese es el binomio categorial en el que Nietzsche se mueve, y por ello sentencia sin ambages: «Los débiles y malogrados deben perecer: artículo primero de nuestro amor a los hombres»2. Compadecerse de ellos es extremadamente nocivo, como siempre hizo el cristianismo, que así tomó partido por lo débil. Por ello, a quien más odio profesa es a la «canalla socialista» y al «Estado democrático», porque ambos pretenden otorgar derechos iguales a los naturalmente desiguales. El cristianismo, que constituye la matriz espiritual y moral de todos los socialismos modernos, hizo del hombre un animal corrompido, puesto que sus instintos vitales más esenciales quedaron difamados, aletargados y adormecidos. «La vida misma es para mí instinto de crecimiento, de duración, de acumulación de fuerzas, de poder: donde falta la voluntad de poder hay decadencia»3. La vida es poder. Y el cristianismo, que representa una colosal apoteosis de la antivida, encumbra el mayor de los valores nihilistas: la compasión.
La compasión es antitética de los afectos tonificantes, que elevan la energía del sentimiento vital: causa un efecto depresivo. Uno pierde fuerza cuando compadece […]. La compasión obstaculiza en conjunto la ley de la evolución, que es la ley de la selección. Ella conserva lo que está maduro para perecer; ella opone resistencia con el fin de favorecer a los desheredados y condenados de la vida; ella le da a la vida misma por la abundancia de cosas malogradas de toda especie que retiene en la vida, un aspecto sombrío y dudoso.4
Este pasaje es una perfecta cartografía de su pensamiento, y las lecturas políticas que de aquí pueden extraerse son, desde luego, poco halagüeñas para cualquier discurso de signo emancipador. Un párrafo como el que acabamos de leer admite pocas piruetas interpretativas. La píldora es explosiva, se mire como se mire. La debilidad, dice, ha de ser arrollada por la fuerza… los débiles jamás deben ser socorridos, y lo más conveniente es que se ahoguen en su propio fracaso vital.
¿Cómo empezó esa debacle de los instintos fuertes? Fue una sibilina estrategia, un meticuloso y sigiloso ardid de los débiles. Estos pasaron al ataque de una forma corporal cuando fueron capaces de confabularse para organizar una rebelión antiesclavista; pero lo más pavoroso fue la subversión en el orden espiritual, esto es, la inversión del rango de los valores. Ese sí fue su verdadero triunfo. Una victoria ante la cual, y a pesar de todo, Nietzsche no dejó de sentir cierta reverencia porque hubo de reconocer que la transvaloración realizada por el cristianismo (completando e intensificando un proceso que el socratismo y el platonismo solo habían iniciado) fue un episodio tremendo, profundo. «Un platonismo para uso del pueblo», eso era en cierto modo el cristianismo5. Se trató de una transvaloración antivital, a ojos de Nietzsche, y ante ella solo podía experimentar aversión y desprecio; pero, al mismo tiempo, era capaz de admirar la titánica envergadura de aquel acontecimiento. Karl Jaspers, en ese sentido, quiso mostrar cómo Nietzsche se sintió en todo momento fascinando por la enormidad de su contrincante, del cual nunca pudo desasirse por completo6. No podíamos agradecerle nada al cristianismo, pues con él empezó —o se aceleró— la terrible decadencia; pero lo cierto es que aquella revolución fue portentosa (aunque pérfida y dañina hasta límites insoportables, a su modo de ver). En cualquier caso, los débiles fueron extremadamente astutos, porque fueron capaces de compensar su debilidad empleando el arma de la compasión; mover a alguien a la compasión es una herramienta de combate utilizada arteramente por los débiles. Nos hallaríamos, entonces, ante un singular juego de espejos: la debilidad de los fuertes es la capacidad de sentir compasión, mientras que la fortaleza de los débiles radica precisamente en su capacidad de provocar compasión en el alma de los fuertes. Cuando culminó el triunfo aplastante de semejante transmutación valorativa, empezó la progresiva decadencia; la debilidad ya había cobrado su venganza. Se hizo de la compasión la virtud por antonomasia, y la vida empezó a quedar mermada en su mismísima médula…
No queremos dejar de consignar que esa olímpica ausencia de piedad ante el sufrimiento ajeno, ese rocoso y gélido desprecio por los otros sufrientes, atraviesa toda la obra nietzscheana; un desprecio que conectaría, como ya vimos en el capítulo anterior, con esa Kultur tan característica de aquel universo ideológico alemán que fue tornándose hegemónico desde, al menos, finales del siglo XVIII7. Pero lo decisivo en este punto es comprender que Nietzsche detestaba con todas sus fuerzas la confraternización de los débiles. Debemos enfocar este asunto con probidad intelectual. Lo «popular» le apestaba; y lo popular organizado políticamente, aún más. Odiaba con indisimulado frenesí toda suerte de hermandad de los frágiles-muchos. Veamos este pasaje de Paulo Freire, e imaginemos cuánto asco hubiese sentido Nietzsche ante cualquier «pedagogía del oprimido»; cuánto desprecio hubiese experimentando leyendo estas palabras: «Es la enseñanza de la disconformidad ante las injusticias, la enseñanza de que somos capaces de decidir, de cambiar el mundo, de mejorarlo; la enseñanza de que los poderosos no lo pueden todo; de que, en la lucha por su liberación, los frágiles pueden hacer de su debilidad una fuerza que les permita vencer la fuerza de los fuertes»8. Los frágiles haciendo de su debilidad mancomunada una fuerza colectiva… he ahí la fórmula exacta de lo que Nietzsche concebía como una venenosa «moral de esclavos» que debía ser extirpada, cuanto antes, de la faz de la Tierra.
El lector también puede imaginar, a partir de lo dicho hasta ahora, lo que habría pensado Nietzsche de un movimiento teórico y político como el de la teología de la liberación, desarrollado en Iberoamérica en los años setenta del siglo XX. En dicho movimiento habría encontrado una combinación perfectísima de todo aquello que él más detestaba, una síntesis de marxismo y cristianismo cuya doctrina principal hablaba de una «opción preferencial por los pobres», por los débiles y por los oprimidos. Ese objetivo fundamental ya retumbaría horrísono en los aristocráticos tímpanos de Nietzsche; y la cosa se pondría aún peor cuando estos teólogos empezaran a movilizar una serie de categorías destinadas todas ellas a visibilizar un orden socioeconómico radicalmente injusto y oprobioso. Tal es el caso, por ejemplo, del concepto de «pecado estructural», puesto en juego por Ignacio Ellacuría9. La verdadera misión de un cristiano, remarcaban estos teólogos, no consiste únicamente en mostrar una fe profunda en Dios, sino en incidir —desde un punto de vista práctico— en un mundo que resulta a todas luces estructuralmente injusto y pecaminoso. Perseguir, en suma, la transformación radical de las relaciones sociales, porque sin «justicia social» no hay verdadera fe, concluían todos ellos. Jon Sobrino, otro teólogo jesuita que reflexionó desde unos parámetros semejantes, promovió una fe que había de practicarse desde ese ángulo en el que se duelen las víctimas de la historia; una fe situada en la óptica y perspectiva de esos otros que sufren y nunca tienen ocasión de filosofar10. Nietzsche, en todo ello, encontraría la mezcolanza más acabada de todo lo despreciable; un suntuoso compendio de todo lo mórbido. Oigámosle: «Los insatisfechos han de tener algo de lo que dependa su corazón: por ejemplo, Dios. Ahora, donde falta este, muchos de los que en otros tiempos se habrían agarrado a Dios aceptan, por ejemplo, el socialismo»11. Y con toda su mordacidad, sentenciaba en otro pasaje:
El Evangelio: la noticia de que se ha abierto un acceso a la felicidad para los inferiores y los pobres, de que uno no tiene que hacer nada más que liberarse de la institución, de la tradición, de la tutela de los estamentos superiores; hasta aquí, el avance del cristianismo no es otra cosa que la típica doctrina socialista […]. En general, todo esto es un síntoma de que los estratos sociales inferiores han recibido un trato humanitario, de que ya saborean con la lengua una dicha prohibida para ellos…12
Desde luego, los teólogos de la liberación asumirían como esencialmente correcta esa simbiosis entre cristianismo y socialismo. Claro está que, para Nietzsche, estaríamos ante la simbiosis más aberrante que cabría imaginar; o, si lo preferimos decir así, ante la condensación más refinada de todas las mediocridades y todas las enfermedades.
Es cierto, qué duda cabe, que las críticas de Nietzsche a la religión (o a la moral religiosa, por ser más precisos) albergan potencialidad emancipadora en lo que tiene que ver, por ejemplo, con la secular mortificación del cuerpo; muchos pasajes de su obra sirven como aldabonazo certero para derribar seculares entramados de biopolítica represiva.
Las pasiones se tornan malvadas y pérfidas cuando se las considera de una forma malvada y pérfida. Así es como el cristianismo logró convertir a Eros y a Afrodita —potencias sublimes y susceptibles de ser idealizadas— en duendes y genios engañadores del infierno a través de los tormentos que provocaba en las conciencias de los fieles ante cualquier excitación sexual. ¿No es horrible convertir sensaciones necesarias y regulares en una fuente de miseria interior, provocando que esta miseria interior la sufran, de un modo necesario y constante, todos los hombres? […] ¿Y con qué derecho se puede llamar enemigo a Eros? […]. ¡Hermanar la fecundación humana con la mala conciencia! Esta demonización de Eros, finalmente, ha acabado teniendo un desenlace cómico. El «demonio» Eros ha interesado paulatinamente cada vez más a los hombres que los ángeles y los santos, gracias al carácter secreto y misterioso que la Iglesia ha conferido a los asuntos eróticos.13
Pero, como añadirá en el siguiente parágrafo (el 77 de Aurora), la historia del cristianismo es la de una permanente aplicación de tormentos anímicos y represiones psíquicas, generando culpa ante las tentaciones de la carne14.
Por lo tanto, una conveniente apología de lo corporal, auténtico «centro de gravedad» de su pensar15, albergará ciertos efectos liberadores. Pero hay en su filosofía una sutil frontera que se traspasa con mucha facilidad. La consigna nietzscheana podría ser esta: volver a la naturaleza, atreverse a ser inmorales como lo es ella. Matar a Dios, en definitiva, para quebrar la última inhibición metafísica que bloquea el paso a un saludable y revivificante salvajismo. Aunque, dicho sea de paso, Nietzsche apuntaría en alguna ocasión que su combate se trababa contra el «hombre cristiano», y no tanto contra el «hombre religioso» en general. ¿Por qué? Porque en el mundo ha habido cultos paganos que no eran contrarios a la vida, dioses precristianos que sí permitían una celebración orgiástica y extática de la existencia. En el parágrafo 23 de la segunda parte (o Tratado segundo) de La genealogía de la moral observará que ha habido formas más nobles de servirse de esa «ficción poética» empleada en la forja de dioses; frente al Dios cristiano, que lleva dos milenios exigiendo la «autocrucifixión» y el «autoenvilecimiento» del hombre, los antiguos dioses griegos eran el reflejo o el correlato de unos hombres que no se devoraban a sí mismos, que no se mutilaban y que aún eran capaces de divinizar su propia animalidad.
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