Kitabı oku: «Anna Karénina», sayfa 23

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Capítulo 32

Los detalles de los que se enteró la Princesa relativos al pasado de Vareñka y de sus relaciones con madame Stal, y que descubiró por ésta, son los siguientes:

Madame Stal era una mujer siempre enferma y excitada y de quien algunos decían que le había amargado la vida a su marido, mientras otros afirmaban que era él quien la atormentaba con su conducta crapulosa.

Después de divorciarse alumbró a un niño, que falleció al poco de nacer. Sus parientes, conociendo su sensibilidad y temiendo que la noticia la matase, suplantaron el cadáver por una niña nacida en la misma noche en San Petersburgo y que era hija del cocinero de la corte.

La niña era Vareñka. Más adelante, madame Stal averiguó que no era hija suya, pero continuó criándola. Los padres de Vareñka murieron y se quedó muy pronto sola en el mundo.

Madame Stal vivía desde hacía más de dos años en el extranjero, en el sur, sin salir de la cama. Algunos afirmaban que fingía y se hacia un pedestal de su fama de mujer virtuosa y piadosa, mientras otros sostenían que en realidad, en el fondo de su alma, era un ser virtuoso y de moral acendrada, que vivía sólo para el bien del prójimo como aparentaba.

Nadie sabía si su religión era católica, protestante u ortodoxa, pero una cosa era cierta: mantenía estrechas amistades con los altos dignatarios de todas las iglesias y confesiones.

Vareñka vivía siempre con ella en el extranjero, y cuantos trataban a Stal estimaban y querían a mademoiselle Vareñka como la llamaban.

Enterada de tales detalles, la Princesa no vio inconveniente en el trato de su hija con aquella joven, tanto más cuanto sus modales y educación eran excelentes y hablaba francés e inglés con perfección. En fin, lo principal era que madame Stal había asegurado sentir mucho que su enfermedad la impidiese tratar íntimamente a la Princesa, tal como era su deseo.

Kitty, tras conocer a Vareñka, se sentía cada vez más cautivada por su amiga y cada día le descubría nuevas cualidades.

Sabiendo que cantaba bien, la Princesa le pidió que fuera a su casa una tarde.

–Tenemos piano, Kitty lo toca. Cierto que no es muy bueno, pero nos complacerá mucho oírla a Usted –dijo la Princesa con una sonrisa forzada, que le resultó tanto más desagradable a Kitty cuando advirtió que Vareñka no tenía ganas de cantar.

No obstante, la joven acudió a la tarde con algunas piezas musicales. La Princesa invitó también a María Evgenievna y su hija y al coronel.

Vareñka, indiferente por completo a que hubiese desconocidos, se acercó al piano. No sabía acompañarse, pero leía las notas muy bien. Kitty, que tocaba el piano a la perfección, la acompañaba.

–Tiene usted un talento extraordinario de cantante –afirmó la Princesa, después que la muchacha hubo cantado de un modo admirable la primera pieza.

María Evgenievna y su hija alabaron a la muchacha y le agradecieron su amabilidad.

–Miren –dijo el coronel, asomándose a la ventana– cuánta gente ha venido a escucharla.

Salieron y vieron que, en efecto, al pie de la ventana se había reunido una multitud.

–Celebro infinitamente que les haya gustado –dijo simplemente Vareñka.

Kitty la miraba con orgullo. Le entusiasmaban el arte, la voz, el rostro y, más que nada, su carácter, que no se vanagloriaba de lo que había hecho y recibía las alabanzas con indiferencia, con el aspecto de limitarse a preguntar: «¿Canto más o no?».

«Si yo estuviese en su lugar, ¡qué orgullosa me habría sentido!», pensaba Kitty. « ¡Cuánto me hubiese satisfecho saber que había gente escuchándome bajo la ventana! Y a ella todo eso la deja fría. Sólo le mueve el deseo de no negarse y de complacer a mamá. ¿Qué hay en esta mujer? ¿Qué es lo que le da fuerza para prescindir de todos y permanecer independiente y serena? ¡Cuánto daría por saberlo y poder imitarla!», se decía Kitty, examinando el rostro tranquilo de su amiga.

La Princesa le pidió a la joven que cantase más y ella cantó con la misma perfección y serenidad, de pie junto al piano, llevando el compás sobre el instrumento con su mano fina y morena.

La segunda pieza del papel era una canción italiana. Kitty tocó la introducción y miró a Vareñka.

–Pasemos esto de largo –dijo ruborizándose.

Kitty detuvo la mirada, interrogativa y temerosa, en el rostro de su amiga.

–Bueno, bueno, pasemos a otra cosa… –dijo precipitadamente Kitty, volviendo las hojas y adivinando que Vareñka tenía algún recuerdo relacionado con aquella canción.

–No –dijo la muchacha, poniendo la mano sobre la partitura y sonriendo–. Cantemos esto.

Y lo cantó tan serena y fría y con tanta perfección como antes.

Cuando acabó, todos le dieron gracias y se aprestaron a tomar el té. Las dos jóvenes salieron a un jardincillo que había junto a la casa.

–¿No es cierto que tiene usted algún recuerdo relacionado con esa canción? –preguntó Kitty–. No me explique nada –se apresuró a añadir–: dígame sólo si es verdad.

–¿Por qué no? Se lo contaré todo –repuso Vareñka con sencillez.

–Tengo, sí, un recuerdo que me fue muy penoso. Amaba a un hombre y solía cantarle esa romanza.

Kitty, en silencio, con los ojos muy dilatados, la miraba conmovida.

–Yo le quería a él y él a mí, pero su madre se oponía a nuestra boda y se casó con otra. Ahora vive cerca de nosotros y a veces lo veo. ¿No había imaginado Usted que yo pudiera también tener mi novelita de amor? –dijo Vareñka.

Y en su rostro brilló un débil resplandor que, según presumió Kitty, en otro tiempo debía de iluminarlo por completo.

–¿Qué no lo he pensado? Si yo fuera hombre, después de conocerla a usted no podría amar a otra. No comprendo cómo pudo olvidarla y hacerla desgraciada por complacer a su madre. ¡Ese hombre no tiene corazón!

–¡Oh, sí! Es muy bueno, y yo no soy desgraciada; al contrario: soy muy feliz. ¿No cantamos más por hoy? –agregó, aproximándose a la casa.

–¡Qué buena es usted, qué buena! –exclamó Kitty. Y, deteniendo a Vareñka, la besó–. ¡Si yo pudiese parecerme a usted un poco!

–¿Para qué necesita parecerse a nadie? Es usted muy buena tal como es –replicó Vareñka con su sonrisa suave y fatigada.

–No, no soy buena… Pero dígame… Sentémonos aquí, se lo ruego –dijo Kitty, haciéndole sentarse de nuevo en el banco, a su lado–. Dígame: ¿acaso no es una ofensa que un hombre desprecie el amor de una, que no la quiera?

–¡Si no me ha despreciado! Estoy segura de que me amaba, pero era un hijo obediente…

–¿Y si no lo hubiese hecho por voluntad de su madre, sino por la suya propia? –repuso Kitty, comprendiendo que descubría su secreto y notando que su rostro, encendido con el rubor de la vergüenza, la traicionaba.

–Entonces se habría comportado mal y yo no sufriría al perderle –repuso Vareñka con firmeza, adivinando que ya no se trataba de ella, sino de Kitty.

–¿Y la ofensa? –preguntó–. La ofensa es imposible de olvidar…

Hablaba recordando cómo había mirado a Vronsky en el intervalo de la mazurca.

–¿Dónde está la ofensa? Usted no ha hecho nada malo.

–Peor que malo. Estoy avergonzada.

Vareñka movió la cabeza y puso su mano sobre la de Kitty.

–¿Avergonzada de qué? –dijo–. Supongo que no le diría Usted al hombre que se mostró indiferente a que lo quisiera…

–¡Claro que no! Nunca le dije una palabra. Pero él lo sabía. Hay miradas que… Hay modos de obrar.. ¡Aunque viva cien años no lo olvidaré nunca!

–Pues no lo comprendo. Lo importante es saber si usted lo ama ahora o no –concretó Vareñka.

–¡Le odio! No puedo perdonarme…

–¿Por qué?

–Porque la vergüenza, la ofensa…

–¡Si todas fueran tan sensibles como usted! –repuso Vareñka–. No hay joven que no pase por eso. ¡Y tiene tan poca importancia!

–Entonces, ¿cuáles son las cosas importantes? –preguntó Kitty escrutándole con mirada sorprendida.

–Hay muchas cosas importantes. .

–¿Cuáles son?

–¡Oh, muchas! –dijo Vareñka, como no sabiendo qué contestar.

En aquel momento se oyó la voz de la Princesa que llamaba desde la ventana:

–¡Kitty, hace fresco! Toma el chal o entra en casa.

–Cierto; ya es hora de entrar –dijo Vareñka, levantándose–. Tengo que visitar aún a madame Berta que me lo suplicó…

Kitty la retenía de la mano y la miraba apasionadamente, como si le preguntase: «¿Cuáles son esas cosas importantes? ¿Qué es lo que le infunde tanta serenidad? Usted lo sabe: ¡dígamelo!».

Pero Vareñka no comprendía su pregunta, ni en qué consistía. Sólo recordaba que tenía que ver a madame Berta y volver a casa de madame Stal a la hora del té, que allí se tomaba a las doce de la noche.

Entró, pues, en la casa, recogió sus partituras, se despidió de todos y se dispuso a marcharse.

–Permítame que la acompañe –dijo el coronel.

–Claro. ¿Cómo va ir sola de noche? –apoyó la Princesa–. Por lo menos enviaré a Paracha con usted.

Kitty observaba la sonrisa que Vareñka reprimía con dificultad al oír considerar necesario que la acompañaran.

–No; siempre voy sola y nunca me pasa nada –dijo, tomando el sombrero. Y, besando una vez más a Kitty y omitiendo decirle qué eran aquellas cosas importantes, desapareció con su paso rápido y sus papeles bajo el brazo en la oscuridad de la noche estival, llevándose consigo el secreto de aquellas cosas importantes y de lo que le proporcionaba aquella dignidad y aquella calma tan envidiables.

Capítulo 33

Kitty conoció también a madame Stal y esta amistad, unida a la de Vareñka, influyó mucho en ella, consolándola en su aflicción.

El alivio consistía en que se le abrió un nuevo mundo, sin nada en común con el suyo anterior, un mundo elevado desde cuya altura podía observarse el pasado con tranquilidad. Había descubierto que, además de la vida instintiva a la que hasta entonces se entregaba, existía otra espiritual.

Esa vida se descubría gracias a la religión, pero una religión que no tenía nada de común con la que profesaba Kitty desde la infancia, y que consistía en asistir a oficios y vísperas en el «Asilo de Viudas Nobles», donde se encontraba gente conocida, y en memorizar con los «padrecitos» ortodoxos los textos religiosos eslavos.

La nueva idea que ahora recibía de la religión era elevada, mística, unida a sentimientos y pensamientos hermosos. Así cabía creer en la religión no porque estuviera ordenado, sino porque la creencia resultaba digna de ser amada.

Kitty no llegó a tal conclusión porque se lo dijeran. Madame Stal hablaba con Kitty como con una niña simpática, admirándola, hallando en ella los recuerdos de su propia juventud. Sólo una vez le dijo que en todas las penas humanas no hay consuelo sino en el amor de Dios y la fe, y que Cristo, en su infinita compasión por nosotros, no encuentra penas tan pequeñas que no merezcan su consuelo. Y poco después, madame Stal cambió de conversación.

Pero en cada uno de sus movimientos, de sus palabras, de sus miradas celestiales, como calificaba Kitty las miradas de madame Stal, y sobre todo en la historia de su vida, que Kitty conoció por Vareñka, aprendió la joven «lo más importante», hasta entonces ignorado por ella.

Así, notó que, al preguntarle por sus padres, Stal sonreía con desdén, lo que era contrario a la caridad cristiana. También advirtió que, una vez que Kitty halló allí a un cura católico, madame Stal procuraba mantener su rostro fuera de la luz de la lámpara mientras sonreía de un modo peculiar.

Por insignificantes que fueran estas observaciones, perturbaban a Kitty, despertando dudas en ella sobre madame Stal. Vareñka, en cambio, sola en el mundo, sin parientes ni amigos, con su triste desengaño, sin esperar nada de la vida y sin sufrir ya por nada, era el tipo de la perfección con que la Princesita soñaba.

Kitty llegó a comprender que a Vareñka le bastaba olvidarse de sí misma y amar a los demás para sentirse serena, buena y feliz. Así habría deseado ser ella. Comprendiendo ya con claridad qué era «lo más importante», Kitty no se limitó a admirarlo, sino que se entregó en seguida con toda su alma a aquella vida nueva que se abría ante sí. Por las referencias de Vareñka respecto a cómo procedían madame Stal y otras personas que le nombraba, Kitty trazó el plan de su vida futura. Como la sobrina de madame Stal, Alina, de la que Vareñka le hablaba mucho, Kitty se propuso, donde quiera que estuviese, buscar a los desgraciados, auxiliarles en la medida de sus fuerzas, regalarles evangelios y léerselos a los enfermos, criminales y moribundos. La idea de leer el Evangelio a los criminales, como hacía Alma, era lo que más la seducía. Pero la joven guardaba en secreto estas ilusiones sin comunicárselas ni a Vareñka ni a su madre.

En espera del momento en que pudiera realizar sus planes con más amplitud, Kitty encontró en el balneario, donde había tantos enfermos y desgraciados, la posibilidad de practicar las nuevas reglas de vida que se imponía, a imitación de Vareñka.

La Princesa, al principio, no observó sino que su hija estaba muy influida por su engouement, como ella lo llamaba, hacia madame Stal y sobre todo hacia Vareñka. Notaba que no sólo Kitty imitaba a la muchacha en su actividad, sino que también la copiaba, sin querer, al andar, al andar ya hasta al mover las pestañas. Pero después la Princesa reparó en que se operaba en Kitty, aparte de su admiración por Vareñka, un importante cambio espiritual.

Veía a su hija leer por las noches el Evangelio francés que le regaló madame Stal, cosa que antes no hacía nunca; reparaba en que rehuía las amistades del gran mundo y en que trataba mucho a los enfermos protegidos de Vareñka y, en especial, a una familia pobre: la del pintor Petrov, que estaba muy enfermo.

Kitty se mostraba orgullosa de desempeñar el papel de enfermera en aquella familia.

Todo ello estaba bien y la Princesa no tenía nada que objetar contra aquella actividad de su hija, tanto más cuanto que la mujer de Petrov era una persona distinguida, y que la princesa alemana, al enterarse de lo que hacía Kitty, la había elogiado, llamándola un ángel consolador.

Sí, todo habría estado muy bien de no ser exagerado. Pero la Princesa advertía que su hija tendía a exagerar y hubo de advertirla.

Il ne faut jamais rien outrer.

Kitty, no obstante, no contestaba nada, sino se limitaba a pensar que no puede haber exageración en las obras caritativas. ¿Acaso es exagerado seguir el precepto de presentar la mejilla izquierda al que nos abofetea la derecha o el de dar la camisa a quien le quita a uno el traje?

Pero a la Princesa le desagradaban tales extremos, y más aún el comprender que su hija ahora no le abría completamente el corazón. En realidad, Kitty ocultaba a la Princesa sus nuevas impresiones y sentimientos no porque no quisiera o no respetara a su madre, sino precisamente por ser madre suya.

Mejor habría abierto su corazón ante cualquiera que ante ella.

–Hace mucho tiempo que Ana Pavlovna no viene a casa –dijo una vez la Princesa, refiriéndose a Petrova–. La he invitado a venir, pero me ha parecido que estaba algo disgustada conmigo…

–No lo he notado –dijo Kitty ruborizándose.

–¿Hace mucho que no les has visto?

–Mañana tenemos que ir a pasear hasta las montañas –repuso Kitty.

–Bien; id –dijo la Princesa, contemplando el rostro turbado de su hija y esforzándose en adivinar las causas de su confusión.

Aquel mismo día Vareñka comió con ellos y anunció que Petrova desistía del paseo a la montaña. La Princesa notó que Kitty volvía a ruborizarse.

–¿Te ha sucedido algo desagradable con los Petrov, Kitty? –preguntó la Princesa cuando quedaron a solas, ¿Por qué no envía aquí a los niños ni viene nunca?

Kitty contestó que no había pasado nada y que no comprendía que Ana Pavlovna pudiera estar disgustada con ella.

Y decía verdad. No conocía en concreto el motivo de que Petrova hubiera cambiado de actitud hacia ella, pero lo intuía. Adivinaba algo que no podía decirle a su madre, una de esas cosas que uno sabe pero que no puede ni confesarse a sí mismo por lo vergonzoso y terrible que sería cometer un error.

Recordaba sus relaciones con la familia Petrov. Evocaba la ingenua alegría que se pintaba en el bondadoso rostro redondo de Ana Pavlovna cuando se encontraban, recordaba sus conversaciones secretas respecto al enfermo, sus invenciones para impedirle trabajar, lo que le habían prohibido los médicos, y para sacarle de paseo. Se acordaba del afecto que le tenía el niño pequeño, que la llamaba «Kitty mía» y no quería acostarse si ella no estaba a su lado para hacerle dormir.

¡Qué agradables eran aquellos recuerdos! Luego evocó la figura delgada de Petrov, su cuello largo, su levita de color castaño, sus cabellos ralos y rizados, sus inquisitivos ojos azules que al principio la asustaban, y recordó también los esfuerzos que hacía para aparentar fuerza y animación ante ella.

Además se acordaba de la repugnancia que él le inspiraba al principio –como se la inspiraban todos los tuberculosos y el cuidado con que escogía las palabras que tenía que decirle. Volvía a ver la mirada tímida y conmovida que le dirigía Petrov y experimentaba de nuevo el extraño sentimiento de compasión y humildad, unido a la consciencia de obrar bien, que la embargaba en aquellos instantes.

Sí: todo ello se había deslizado perfectamente en los primeros días. Ahora, desde hacía poco, todo había cambiado. Ana Pavlovna recibía a Kitty con amabilidad fingida y vigilaba sin cesar a su marido y a la joven.

¿Era posible que la conmovedora alegría que experimentaba Petrov al llegar ella fuera la causa de la frialdad de Ana Pavlovna?

–Sí–, pensaba Kitty; había algo poco natural en Ana Pavlovna, algo impropio de su bondad en el acento con que dos días antes le dijo enojada:

–Mi marido la esperaba; no quería tomar el café hasta que usted llegase, aunque sentía debilidad…

–Sí; quizá Petrova se disgustó conmigo por haberle dado la manta a su marido. El hecho en sí carece de importancia… Pero él la cogió turbándose y me dio tantas veces las gracias que quedé confundida… Y luego ese retrato mío que ha pintado tan admirable… Y lo peor es su mirada, tan dulce, tan tímida… Sí, sí; eso es–, se repetía Kitty, horrorizada.

–Pero no debe, no puede ser. ¡El pobre me inspira tanta compasión… !

Aquella duda envenenaba, ahora, el encanto de su nueva vida.

Capítulo 34

Poco antes de concluir el período de cura de aguas, el príncipe Scherbazky vino a reunirse con su familia, que desde Carlsbad había ido a Baden y a Kessingen para visitar a unos amigos rusos, para respirar aire ruso, como él decía.

Las opiniones del Príncipe y de su esposa respecto a la vida en el extranjero eran diametralmente opuestas.

La Princesa lo encontraba todo admirable y, pese a su buena posición en la sociedad rusa, en el extranjero procuraba parecer una dama europea, lo que conseguía con dificultad, ya que, tratándose en realidad de una dama rusa, tenía que fingir y ello la cohibía bastante.

El Príncipe, por el contrario, encontraba malo todo lo extranjero, le aburría la vida europea, conservaba sus costumbres rusas y fuera de su patria procuraba mostrarse adrede menos europeo de lo que lo era en realidad.

El Príncipe volvió más delgado, con la piel de las mejillas colgándole, pero en excelente disposición de ánimo, que aún mejoró al ver que Kitty se había curado por completo.

Las referencias de la amistad de su hija con madame Stal y Vareñka y las observaciones de la Princesa sobre el cambio operado en Kitty lo impresionaron y le derspertaron su habituales celos hacia todo cuanto atrajera a su hija fuera del círculo de sus afectos. Le asustaba que Kitty pudiera sustrarse de su influencia, y alejarla hasta parajes para él inaccesibles.

Pero tales noticias desagradables se hundieron en el mar de alegría y bondad que le animaba siempre y que había aumentado después de tomar las aguas de Carlsbad.

Al día siguiente de su regreso, el Príncipe, vestido con un largo gabán, con sus fofas mejillas sostenidas por el cuello almidonado, se dirigió al manantial con su hija en muy buen estado de espíritu.

La mañana era espléndida; brillaba un sol radiante. Las casas limpias y alegres, con sus jardincitos, el aspecto de las sirvientas alemanas, joviales en su trabajo, de manos rojas, de rostros colorados por la cerveza; todo ello llenaba de gozo el corazón.

Pero al aproximarse al manantial encontraban enfermos de aspecto mucho más deplorable aún por contraste con las condiciones normales de la bien organizada vida alemana.

A Kitty ya no le sorprendía tal oposición. El sol brillante, el vivo verdor, el son de la música, le resultaban el marco natural de toda aquella gente tan familiar para ella, con sus alternativas de peor o mejor salud, de buen o mal humor a que estaban sujetos.

Pero al Príncipe la luz y el esplendor de la mañana de junio, el sonar de la orquesta que tocaba un alegre vals de moda y, sobre todo, el aspecto de las rozagantes sirvientas le parecían ilógicos y grotescos en contraste con aquellos muertos vivientes, llegados de toda Europa y que se movían con fatiga y tristeza.

Pese al orgullo que le inspiraba el llevar del brazo a su hija, que le parecía rejuvenecedor; se sentía cohibido y molesto de su andar seguro, de sus miembros sólidos, de su cuerpo de robusta complexión. Experimentaba lo que un hombre desnudo sentiría encontrándose en una reunión de personas vestidas.

–Preséntame a tus nuevas amistades –dijo a su hija oprimiéndole el brazo con el codo–. Hoy siento simpatía hasta por la asquerosa agua bicarbonatada que te ha repuesto de ese modo. ¡Pero es tan triste ver esto! Oye, ¿quién es ése?

Kitty iba nombrándole las personas conocidas y desconocidas que encontraban en el curso de su paseo.

En la misma entrada del jardín hallaron a madame Berta, la ciega, y el Príncipe se sintió contento ante la expresión que animó el rostro de la anciana francesa al oír la voz de Kitty. Madame Berta habló al Príncipe con su exagerada amabilidad francesa, alabándole aquella hija tan bondadosa, ensalzándola hasta las nubes y calificándola de tesoro, perla y ángel de consuelo.

–En ese caso es el ángel número dos –dijo el Príncipe sonriendo–, porque, según ella, el ángel número uno es la señorita Vareñka.

–¡Oh, la señorita Vareñka es también un verdadero ángel! –afirmó madame Berta.

En la galería encontraron a la propia Vareñka, que se dirigió precipitadamente a su encuentro. Llevaba un espléndido bolso de costura.

–Ha venido papá –dijo Kitty.

Vareñka hizo un ademán entre saludo y reverencia, con la sencillez y naturalidad que usaba siempre en todas sus cosas.

Luego empezó a hablar con el Príncipe como con los demás, naturalmente, sin sentirse cohibida.

–Ya la conozco, y bien –dijo el Príncipe con una sonrisa de la que Kitty dedujo, con alegría, que su padre encontraba simpática a Vareñka–. ¿Adónde va usted tan aprisa?

–Es que mamá está aquí –dijo la muchacha dirigiéndose a Kitty–. No ha dormido en toda la noche y el doctor le ha aconsejado que saliera. Le llevo su labor.

–¿Así que éste es el ángel número uno? –dijo el Príncipe después de que Vareñka se hubo marchado.

Kitty notaba que su padre habría querido burlarse de su amiga, pero que no se atrevía a hacerlo porque también él la había encontrado simpática y agradable.

–Vamos a ver a todas tus amigas –añadió él–; vamos incluso a saludar a madame Stal, si es que se digna acordarse de mí…

–¿La conoces, papá? –preguntó Kitty con cierto temor, reparando en el fulgor irónico que iluminó los ojos del Príncipe al mencionar a la Stal.

–La conocí, así como a su marido, cuando ella no se había inscrito aún entre los pietistas.

–¿Qué significa pietista, papá? –preguntó la joven, desasosegada al saber que lo que ella apreciaba tanto en madame Stal tenía semejante nombre.

–No lo sé bien, francamente… Sólo sé que ella le agradece a Dios todas las desventuras que sufre… Por eso cuando murió su marido también le dio gracias a Dios… Pero la cosa resulta algo cómica, porque ambos se llevaban muy mal. ¿Quién es ése? ¡Qué cara! ¡Da pena verle! –exclamó el Príncipe reparando en un hombre bajito, sentado en un banco, que vestía un abrigo castaño y pantalones –blancos que formaban extraños pliegues sobre los descarnados huesos de sus piernas.

Aquel señor se quitó el sombrero, descubriendo sus cabellos rizados y ralos y su ancha frente, de enfermizo matiz, levemente colorada ahora por la presión del sombrero.

–Es el pintor Petrov –respondió Kitty ruborizándose–. Y ésa es su mujer –añadió indicando a Ana Pavlovna.

Petrova, como a propósito, al aproximárseles, se dirigió a uno de sus niños que jugaba al borde del paseo.

–¡Qué pena inspira ese hombre y qué rostro tan simpático tiene! ¿Por qué no te has acercado a él? Parecía querer hablarte.

–Entonces, vamos –dijo Kitty, volviéndose resueltamente–. ¿Cómo se encuentra hoy? –preguntó a Petrov.

Petrov se levantó, apoyándose en su bastón, y miró con timidez al Príncipe.

–Kitty es hija mía –dijo Scherbazky–. Celebro conocerle.

El pintor saludó, mostrando al sonreír su blanca dentadura que brillaba extraordinariamente.

–Ayer la esperábamos, Princesa –le dijo a Kitty. Y al hablar se tambaleó, y repitió el movimiento para fingir que lo hacía voluntariamente.

–Yo iba a ir, pero Vareñka me avisó de que ustedes no salían de paseo.

–¿Cómo que no? –dijo Petrov, sonrojándose. Luego tosió y buscó a su mujer con los ojos–: ¡Anita, Anita! –gritó.

Y en su delgado cuello se hincharon sus venas, gruesas como cuerdas.

Ana Pavlovna se acercó.

–¿Cómo mandaste dar recado a la Princesa de que no íbamos de paseo? –preguntó Petrov irritado.

La emoción le ahogaba la voz.

–Buenos días, Princesa –saludó Ana Pavlovna con fingida sonrisa, en tono harto distinto al que había empleado siempre cuando hablaba con ella–. Mucho gusto en conocerle –dijo al Príncipe–. Hace tiempo que lo esperaban…

–¿Por qué mandaste decir a la Princesa que no saldríamos de paseo? –repitió su marido en voz baja y ronca, más irritado aún al notar que le faltaba la voz y no podía hablar en el tono que quería.

–¡Dios mío! Creí que no iríamos –repuso su mujer enojada.

–¡Cómo que no! Sí, iremos porque… –y Petrov tosió otra vez y agitó la mano.

El Príncipe se quitó el sombrero y se apartó.

–¡Desgraciados! –murmuró afligido.

–Sí, papá –contestó Kitty–. Has de saber que tienen tres niños, que carecen de criados y que apenas poseen recursos. La Academia le envía algo –seguía diciendo, con animación, para calmar el mal efecto que le produjo la actitud de la Petrova–. Allí está madame Stal –concluyó mostrando un cochecillo en el cual, entre almohadones, envuelta en ropas grises y azul celeste, bajo una sombrilla, se veía una figura humana.

Era madame Stal. Tras ella estaba un robusto y taciturno mozo alemán empujando el coche. A su lado iba un conde sueco, un hombre muy rubio a quien Kitty conocía de nombre. Varios enfermos rodeaban el cochecillo, contemplándola con veneración, como a algo extraordinario.

El Príncipe se acercó y en sus ojos vio Kitty de nuevo el irónico fulgor que tanto la intimidaba.

Al llegar junto a ella, el Príncipe le habló en excelente francés, como muy pocos lo hablan hoy, manifestándose con respeto y cortesanía.

–No sé si usted me recuerda; pero en todo caso me permito hacerme recordar para agradecerle sus bondades con mi hija –dijo Scherbazky quitándose el sombrero y conservándolo en la mano.

–Encantada, príncipe Alejandro Scherbazky –dijo la Stal, alzando hacia él sus ojos celestiales en los que Kitty observó cierto disgusto–. Quiero mucho a su hija.

–¿Sigue mal su salud?

–Sí, pero ya estoy acostumbrada –contestó madame Stal.

Y presentó al Príncipe el conde sueco.

–Ha cambiado usted un poco –dijo Scherbazky– desde los diez a once años que no he tenido el honor de verla.

–Sí. Dios, que da la cruz, da también energías para soportarla. A menudo hace que uno piense: ¿para qué durará tanto esta vida? ¡Así no; de otro modo! –ordenó con irritación a Vareñka, que le envolvía los pies en la manta de una forma diferente a como ella quería.

–Seguramente dura para permitirle hacer el bien –dijo el Príncipe riéndose con los ojos.

–Nosotros no somos quiénes para juzgarlo –repuso madame Stal, observando la expresión del rostro del Príncipe–. ¿Me enviará usted ese libro, querido Conde? Se lo agradeceré mucho –dijo, de repente, dirigiéndose ahora al conde sueco.

–¡Ah! –exclamó el Príncipe, divisando al coronel, que no estaba lejos de allí.

Y, saludando con la cabeza a la señora Stal, se alejó con su hija y con el coronel, que se reunió con ellas.

–He aquí nuestra aristocracia, ¿verdad, Príncipe? –dijo en tono irónico el coronel, que se sentía molesto con la señora Stal porque no relacionarse con él.

–Está igual que siempre –comentó el Príncipe.

–¿La conocía usted antes de que enfermara? Me refiero a antes de que tuviera que guardar cama.

–Sí; la conocí precisamente cuando enfermó y tuvo que guardar cama.

–Dicen que no se levanta desde hace diez años.

–No se levanta porque tiene las piernas muy cortas. Es contrahecha.

–¡Imposible, papá! –exclamó Kitty.

–Eso dicen las malas lenguas, querida. ¡Y qué mal trata a Vareñka! ¡Oh, estas señoras enfermas! –añadió.

–No, papá –replicó Kitty con calor–. Vareñka la adora. ¡Y madame Stal hace mucho bien! Pregunta a quien quieras. A ella y a Alina Stal todos los conocen.

–Puede ser –dijo el Príncipe, apretándole el brazo con el codo–. Pero yo encuentro mejor hacer el bien sin que nadie se entere.

Kitty calló no porque no supiera qué decir, sino porque no quería confiar a su padre sus pensamientos secretos. Por extraño que fuese, aunque no quería someterse a la opinión de su padre ni abrirle el camino de su santuario íntimo, notó que aquella imagen divina de madame Stal que durante un mes entero llevara dentro de su alma desaparecía definitivamente, como la figura que forma un vestido colgado desaparece definitivamente cuando se repara que no se trata sino de eso: de un vestido colgado.

Ahora en su cerebro no persistía sino la visión de una mujer corta de piernas que permanecía acostada porque era deforme y que martirizaba a la pobre Vareñka porque no le arreglaba bien la manta en tomo a los pies. Y ningún esfuerzo de su imaginación pudo reconstruir la imagen previa de madame Stal.

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Litres'teki yayın tarihi:
03 kasım 2025
Hacim:
1220 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9782380374193
Yayıncı:
Telif hakkı:
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