Kitabı oku: «Anna Karénina», sayfa 24
Capítulo 35
El buen estado de ánimo del Príncipe se contagió a su familia, a sus amigos y hasta al alemán dueño de la casa en que habitaban los Scherbazky.
Al regresar del manantial, habiendo invitado al coronel, a María Evgenievna y a Vareñka a tomar café, el Príncipe ordenó que sacasen la mesa al jardín, bajo un castaño, y que le sirviesen allí el desayuno.
Al influjo de la alegría de su amo, los criados, que conocían la munificencia del Príncipe, también se animaron. Durante media hora un médico de Hamburgo, enfermo, que vivía en el ático, contempló con envidia aquel alegre grupo de rusos, todos sanos, reunidos bajo el añoso árbol.
A la sombra movediza de las ramas, ante la mesa cubierta con el mantel blanco, con cafeteras, pan, mantequilla, queso y caza fambre, estaba sentada la Princesa, tocada con su cofia de cintas lila, llenando las tazas y distribuyendo los bocadillos.
Al otro extremo de la mesa se sentaba el Príncipe, comiendo con apetito y hablando animado en voz alta. A su alrededor se veían las compras que había hecho: cajitas de madera labrada, juguetitos, plegaderas de todas clases. Había comprado un montón de aquellas cosas y se las regalaba a todos, incluso a Lisgen, la criada, y al casero, con el que bromeaba en su cómico alemán chapurreado, asegurando que no eran las aguas las que habían curado a Kitty, sino la buena cocina del dueño de la casa y sobre todo su compota de ciruelas secas.
La Princesa se burlaba de su marido por sus costumbres rusas, pero se sentía más animada y alegre de lo que había estado hasta entonces durante su permanencia en las aguas.
El coronel celebraba también las bromas del Príncipe, pero cuando se trataba de Europa, que él imaginaba haber estudiado a fondo, estaba de parte de la Princesa.
La bondadosa María Evgenievna reía de todo corazón con las ocurrencias de Scherbazky y Vareñka reía de un modo suave pero comunicativo, cosa que Kitty no le había visto nunca hasta entonces, ante las alegres chanzas del Príncipe.
Todo ello animaba a Kitty, pero, no obstante, se sentía preocupada. No sabía cómo resolver el problema que su padre le habla planteado involuntariamente con su modo de considerar a sus amigas y aquel género de vida que ella amaba últimamente con toda su alma.
A este problema se unía el de sus relaciones con los Petrov, hoy puestas en claro muy desagradablemente.
Viendo la alegría de los demás, Kitty sentía crecer su agitación; y experimentaba un sentimiento análogo al que sufría en su infancia cuando la castigaban encerrándola en su cuarto desde el que oía a sus hermanos reír alegremente.
–¿Por qué has comprado tantas chucherías? –preguntó la Princesa a su marido, sirviéndole una taza de café.
–Porque, al salir de paseo y acercarme a las tiendas, me rogaban que comprase diciendo: «Erlaucht, Exzellenz, Durchlaucht ». Al oír decir Durjlancht, me sentía incapaz de resistir y se me iban diez táleros como por arte de magia.
–No es verdad. Lo comprabas porque te aburrías –dijo la Princesa.
–¡Claro que porque me aburría! Aquí todo es tan aburrido que no sabe uno dónde meterse.
–¿Es posible que se aburra, Príncipe, con el número de cosas interesantes que hay ahora en Alemania? –dijo María Evgenievna.
–Conozco todo lo interesante: la compota de ciruelas, la conozco; el salchichón con guisantes, lo conozco. ¡Lo conozco todo!
–Diga usted lo que quiera, Príncipe, las instituciones alemanas son muy interesantes –observó el coronel.
–¿Qué hay de interesante? Los alemanes palmotean y gritan como niños, de contento, porque acaban de vencer a sus enemigos; pero ¿por qué he de estar contento yo? Yo no he vencido a nadie y, en cambio, tengo que quitarme yo mismo las botas y, además, dejarlas junto a la puerta. Por las mañanas he de levantarme, vestirme a ir al salón para tomar un mal té. ¡Qué distinto es en casa! Se despierta uno sin prisas, y si está enfadado o irritado, tiene tiempo de calmarse, de meditar bien las cosas, sin precipitaciones…
–Olvida usted que el tiempo es oro –dijo el coronel.
–¡Según el tiempo que sea! Hay tiempo que puede venderse a razón de un copeck por mes, y en otras ocasiones no se daría media hora por nada del mundo… ¿No es verdad, Kateñka? Pero ¿qué te pasa? ¿Estás triste?
–No, no estoy triste.
–¿Se va ya? Quédese un poco –dijo el Príncipe a Vareñka.
–Tengo que volver a casa –repuso ella, levantándose y riendo aún gozosamente.
Cuando le pasó el acceso de risa, se despidió y entró en la casa para ponerse el sombrero.
Kitty la siguió. Hasta la propia Vareñka se le presentaba ahora bajo un aspecto distinto. No es que le pareciera peor, sino diferente de como ella la imaginara antes.
–¡Hacía mucho que no me reía como hoy! –dijo Vareñka, cogiendo la sombrilla y el bolso–. ¡Qué simpático es su padre!
Kitty callaba.
–¿Cuándo nos veremos? –preguntó Vareñka.
–Mamá quería visitar a los Petrov. ¿Estará usted allí? –preguntó Kitty mirando a su amiga.
–Estaré –contestó Vareñka–. Están preparándose para salir y les prometí acudir para ayudarles a hacer el equipaje.
–Entonces iré yo también.
–No. ¿Por qué va a ir usted?
–¿Por qué? ¿Por qué? –repuso Kitty abriendo desmesuradamente los ojos y asiendo la sombrilla de Vareñka para no dejarla marchar–. ¿Por qué no?
–¡Como ha venido su padre! Y además ellos se sienten cohibidos ante usted.
–No es eso. Dígame por qué no quiere que visite a los Petrov a menudo. ¡No, no quiere usted! Dígame el motivo.
–Yo no he dicho esto –replicó Vareñka, sin alterarse.
–Le ruego que me lo diga.
–¿Quiere de verdad que se lo diga todo? –preguntó la muchacha.
–¡Todo, todo! –aseguró Kitty.
–Pues no hay nada de particular, salvo que Mijail Alexievich –aquél era el nombre del pintor– antes quería marchar sin demora y ahora no se resuelve a partir.
–¿Y qué más? –apremió Kitty mirándola gravemente–. Pues que Ana Pavlovna dijo que su marido no quiere irse porque está usted aquí. Eso lo dijo sin razón alguna, pero por ese motivo, por usted, hubo una disputa muy violenta entre los esposos. Ya sabe lo irritables que son los enfermos…
Kitty, más taciturna cada vez, guardaba silencio. Vareñka seguía monologando tratando de calmarla y suavizar la explicación, porque veía que Kitty estaba a punto de romper a llorar.
–Ya ve que es mejor que no vaya. Usted se hará cargo; no se ofenda, pero…
–¡Me lo merezco! ¡Me lo merezco! –dijo Kitty rápidamente, arrancando la sombrilla de manos de su amiga sin osar mirarla a los ojos.
Vareñka sentía impulsos de sonreír ante la infantil cólera de su amiga, pero se contuvo por no ofenderla.
–¿Por qué se lo merece? No comprendo –dijo.
–Lo merezco porque todo esto que he estado haciendo era falso, fingido y no me salía del corazón. ¿Qué tengo yo que ver con ese hombre ajeno a mí? ¡Y resulta que provoco una disputa por meterme a hacer lo que nadie me pedía! Es la consecuencia de fingir.
–¿Qué necesidad había de fingir? –preguntó, en voz baja, Vareñka.
–¡Qué estúpido y qué vil ha sido lo que he hecho! ¡No, no había necesidad de fingir nada! –insistía Kitty, abriendo y cerrando nerviosamente la sombrilla.
–Pero ¿con qué fin fingía?
–Para parecer más buena ante la gente, ante mí, ante Dios. ¡Para engañar a todos! No volveré a caer en ello. Es preferible ser mala que mentir y engañar.
–¿Por qué dice usted engañar? –dijo, con reproche, Vareñka–. Lo dice usted como si…
Pero Kitty, presa de un arrebato de excitación, no la dejó terminar.
–No lo digo por usted; no se trata de usted. ¡Usted es perfecta, lo sé! Sí, sé que todas ustedes son perfectas. Pero ¿qué puedo hacer yo si soy mala? Si yo no fuese mala, todo eso no habría sucedido. Seré la que soy, pero sin fingir. ¿Qué me importa Ana Pavlovna? Que ellos vivan como quieran y yo viviré también como me plazca. No puedo ser sino como soy. No es eso lo que quiero, no, no es eso…
–¿Qué es lo que no quiere? ¿A qué se refiere usted? –preguntó Vareñka, sorprendida.
–No, no es eso… No puedo vivir más que obedeciendo a mi corazón, mientras que ustedes viven según ciertas reglas… Yo las he querido a ustedes con el alma y ustedes sólo me han querido a mí para salvarme, para enseñarme…
–No es usted justa –observó Vareñka.
–No digo nada de los demás; hablo de mí.
–¡Kitty! –gritó la voz de su madre–. Ven a enseñarle tu collar a papá.
Kitty, altanera, sin hacer las paces con su amiga, tomó de encima de la mesa la cajita con el collar y fue a reunirse con su madre.
–¿Qué te pasa? ¿Por qué estás tan encarnada? –le dijeron, a la vez, su padre y su madre.
–No es nada –contestó Kitty–. En seguida vuelvo.
Y se precipitó de nuevo en la habitación.
–Aún está aquí–, pensó. –¡Dios mío¡ ¿Qué he hecho, qué he dicho? ¿Por qué la he ofendido? ¿Y qué hará ahora? ¿Qué le diré?–, y se detuvo junto a la puerta.
Vareñka, ya con el sombrero puesto, examinaba, sentada a la mesa, el muelle de la sombrilla que Kitty había roto en su arrebato. Al entrar ésta, alzó la cabeza.
–¡Perdóneme, Vareñka, perdóneme! –murmuró Kitty, acercándose–. No sé ni lo que le he dicho… Yo…
–Por mi parte le aseguro que no quise disgustarla… –dijo la muchacha, sonriendo.
Hicieron las paces.
Pero con la llegada de su padre había cambiado por completo todo el ambiente en que Kitty vivía. No renegaba de lo que había aprendido, pero comprendió que se engañaba a sí misma pensando que podría ser lo que deseaba. Le parecía haber despertado de un sueño. Reconocía ahora la dificultad de poder mantenerse a la altura de los hechos sin fingir ni enorgullecerse de su actitud. Sentía, además, el dolor de aquel mundo de penas, de enfermedades, aquel mundo de moribundos en el que vivía. Los esfuerzos que hacía sobre sí misma para amar lo que la rodeaba le parecieron una tortura y deseó volver pronto al aire puro, a Rusia, a Erguchovo, donde, según le habían informado, su hermana Dolly se había ido a vivir con sus hijos.
Pero su cariño a Vareñka no disminuyó. Al despedirse, Kitty le rogó que fuera a visitarla y pasar una temporada con ella.
–Iré cuando usted se case –dijo la muchacha.
–No me casaré nunca.
–Entonces nunca iré.
–En ese caso lo haré aunque sólo sea para que venga. ¡Pero recuerde usted su promesa! –dijo Kitty.
Los augurios del doctor se realizaron: Kitty volvió curada a su casa, en Rusia.
No era tan despreocupada y alegre como antes, pero estaba tranquila. El dolor que sufrió en Moscú no era ya para ella más que un recuerdo.
Parte 3
Capítulo 1
Sergio Ivanovich Kosnichev quiso descansar de su trabajo intelectual y, en vez de marchar al extranjero, según acostumbraba, se fue a finales de mayo al campo para disfrutar de una temporada al lado de su hermano.
Constantino Levin se sintió muy satisfecho recibiéndolo, tanto más cuanto que en aquel verano ya no contaba con que llegase su hermano Nicolás.
A pesar del respeto y el cariño que sentía hacia èl, Constantino Levin experimentaba a su lado un cierto malestar. Le molestaba su manera de considerar al pueblo y le resultaban desagradables la mayoría de las horas en su compañía.
Para Constantino Levin el pueblo era el lugar donde se vive, es decir donde se goza, se sufre y se trabaja.
En cambio, para su hermano, era, por una parte, el lugar de descanso de su labor intelectual, y por otra, como un antídoto contra la corrupción urbana, remedio que se tomaba con placer comprendiendo su utilidad.
Para Constantino Levin el pueblo era bueno por constituir un campo de nobles actividades: algo indiscutiblemente útil. Para Sergio Ivanovich era bueno porque ser allì posible, y hasta recomendable, la inactividad.
Además, Constantino estaba disgustado con su hermano por su desconsideraciòn hacia la gente humilde. Sergio Ivanovich decía que la conocía mucho y la estimaba; a menudo hablaba con los campesinos, lo que sabía hacer muy bien, sin fingir ni adoptar actitudes estudiadas, y en todas sus conversaciones descubría rasgos de carácter que honraban al pueblo y que después se complacía en generalizar.
Este modo de opinar sobre los humildes no le complacía a Levin, para quien el pueblo no es más que el principal colaborador en el trabajo común. Era grande su aprecio hacia los campesinos y entrañable el amor que por ellos sentía –amor que sin duda mamó con la leche de su nodriza aldeana, tal como èl solía decir–, y considerábase a sì como un copartícipe del trabajo; y a veces se entusiasmaba con la energía, la dulzura y el espíritu de justicia de aquella gente; pero en otras ocasiones, cuando el trabajo requería cualidades distintas, se irritaba contra ellos, considerándolos sucio, ebrios y embusteros.
Si le hubieran preguntado si lo estimaba, no habría sabido qué contestar. Al pueblo en particular, como a la gente en general, la amaba y no la amaba al mismo tiempo. Cierto es que, por su bondad natural, tendía más a querer que a despreciar a los hombres, incluyendo a los humildes.
Pero amarlos o no como a algo concreto no le era posible, porque no sólo vivía con el pueblo, no sólo compartía sus intereses, sino que se consideraba parte de él y ni en sí mismo ni en él veía defectos o cualidades particulares, y no podía oponérseles.
Además, vivía con frecuencia en íntima relación con el campesino, como señor y como intermediario y principalmente como consejero, ya que los aldeanos confiaban en él y a veces recorrían cuarenta verstas para pedirle consejos.
Pero no tenía sobre el pueblo opinión definida. Si le hubiesen preguntado si lo conocía o no, habríase visto en la misma perplejidad que al contestar sobre si le amaba o no. Decir si lo conocía era para él como decir si conocía o no a los hombres en general.
En principio estudiaba y sabía conocer a las personas de toda clase y entre ellos a los campesinos, a quienes consideraba buenos a interesantes. A menudo, observándolos, descubría en ellos nuevos rasgos de carácter que le llevaban a modificar su opinión anterior y a formarse nuevas y distintas opiniones.
Sergio Ivanovich hacía lo contrario. Del mismo modo que alababa y amaba la vida popular por contraste con la otra que no amaba, así apreciaba también a la gente humilde por contraste con otra clase, y de una manera absolutamente idéntica la conocía como algo distinto y opuesto a los hombres en general.
En su metódico cerebro se habían creado formas definidas de la vida popular, deducidas parcialmente de esta misma vida, pero también, y en mayor parte, por oposición a la contraria.
Jamás, pues, variaba su opinión sobre el pueblo ni la compasión que le inspiraba. En las discusiones que ambos hermanos mantenían sobre aquel tema siempre vencía Sergio Ivanovich, por poseer una opinión definida sobre los aldeanos y sus caracteres, cualidades e inclinaciones, mientras que Constantino Levin no tenía ideas fijas ni firmes sobre la gente del pueblo, por lo que siempre se caía en contradicciones.
Para Sergio Ivanovich, su hermano menor era un buen muchacho, con «el corazón en su sitio» (lo que solía expresar en francés), de cerebro bastante ágil, pero esclavo de las impresiones del momento y lleno, por ello, de contradicciones. Con la condescendencia de un hermano mayor, Sergio Ivanovich le explicaba a veces la significación de las cosas, pero no experimentaba interés en discutir con él porque le vencía con demasiada facilidad.
Constantino Levin consideraba a su hermano un hombre de inteligencia y cultura, noble en el más elevado sentido de la palabra y dotado de grandes facultades de acción en pro de la sociedad. Pero en el fondo de su alma y a medida que pasaban los años y los conocía mejor, tanto más a menudo pensaba que aquella facultad de servicio social, de la cual Constantino Levin se reconocía privado, quizá, al fin y al cabo, no fuera una cualidad, sino más bien un defecto. No una carencia de algo, no exenta de buenos, nobles y honrados deseos e inclinaciones, sino una falta de poder de vida efectiva, de ese impulso que obliga al hombre a escoger y desear una determinada línea entre todas las innumerables que se le abren ante sí.
Cuanto más conocía a su hermano, más observaba que Sergio Ivanovich, como muchos otros hombres que servían al bien común, no se sentían inclinados a ello de corazón, sino porque habían reflexionado y llegado a la conclusión de que aquello estaba bien, y sólo por esa razón se ocupaban.
La suposición de Constantino Levin se confirmaba por la observación de que su hermano no se tomaba más a pecho las cuestiones del bien colectivo y de la inmortalidad del alma que las de las combinaciones de ajedrez o la construcción ingeniosa de alguna nueva máquina.
Además, Constantino Levin se sentía a disgusto en el pueblo cuando su hermano estaba allí, sobre todo durante el verano, pues en esta época estaba siempre ocupado en los trabajos de su propiedad y aun en todo el largo día estival le faltaba tiempo para sí mismo, para poder atenderlo todo, mientras Sergio Ivanovich descansaba. Sin embargo, aunque reposase ahora, es decir no escribiera obra alguna, estaba tan hecho a la actividad cerebral que le gustaba explicar en forma sucinta y elegante los pensamientos que le acudían a la mente, y le gustaba tener a alguien que le escuchase.
El oyente más constante era, naturalmente, su hermano. Por este motivo, a pesar de la sencillez amistosa de sus relaciones, Constantino Levin no sabía cómo arreglárselas cuando tenía que dejarlo a solas.
A éste le gustaba tenderse en la hierba bajo el sol y permanecer así, charlando perezosamente.
–No sabes qué placer experimento sumergiéndome en esta flojera ucraniana. Tengo la cabeza completamente vacía de pensamientos. Podría hacerse rodar por ella una pelota.
Pero Constantino Levin se aburría de estar sentado escuchando a su hermano, sobre todo porque sabía que, mientras ambos hablaban, los campesinos debían de estar lavando el estercolero o trabajando en el campo yermo aún, y que si él no estaba allí lo harían de cualquier manera. Pensaba también que seguramente no atornillarían bien las rejas de los arados ingleses y luego las apartarían afirmando que aquellos instrumentos eran invenciones de tontos y que sólo el arado corriente, etcétera.
–¿No has caminado ya bastante con este calor? –le decía Sergio Ivanovich.
–No… Tengo que pasar un momento por el despacho… –contestaba Levin.
Y se iba al campo corriendo.
Capítulo 2
A primeros de junio, el aya y ama de llaves Agafia Mijailovna, un día que bajaba al sótano con un tarro de setas recién saladas en las manos, resbaló, cayó y se lastimó la muñeca.
Llegó el joven médico rural, recién salido de la Facultad y muy hablador. Miró la mano, dijo que no estaba dislocada y se apresuró a entablar conversación con el célebre Sergio Ivanovich.
Para mostrarle sus ideas avanzadas, le contó todas las comadrerías de la provincia, quejándose de la mala organización del zemstvo.
Sergio Ivanovich le escuchaba con atención, le preguntaba… Animado por el nuevo auditor, habló y expuso algunas observaciones justas y concretas –que fueron respetuosamente apreciadas por el joven médico–, animándose mucho, como siempre le ocurría después de una conversación agradable y brillante.
Cuando el médico se hubo ido, Sergio Ivanovich quiso ir a pescar con caña; le gustaba la pesca y se mostraba casi orgulloso de que una ocupación tan estúpida pudiera gustarle.
Constantino Levin, que tenía que echar un vistazo a los labradores y también a los prados, le ofreció a su hermano llevarlo hasta el río en su carretela.
Era la época anual en que el grano madura, cuando hay que prepararse para la siembra de la próxima cosecha; se acerca la siega y el centeno, crecido ya, con su ligero tallo verdegrís y su espiga no acabada aún de llenar, ondea bajo el viento; la época en que las verdes avenas, con los brotes de hierba amarillenta, aisladas entre sí, se extienden irregularmente en los sembrados tardíos; cuando se abre el alforfón y sus granos cubren la tierra; cuando la barbechera, pisoteada por los animales y endurecida como la piedra, con la que no puede la raspa, se ve ya con sus surcos trazados hasta la mitad; cuando los secos montones de estiércol llevados a los campos al nacer y al ponerse el sol mezclan su olor al perfume de las hierbas, y cuando en las tierras bajas, esperando la guadaña, se extienden como un mar inmenso los prados ribereños con los negreantes montones de tallos de acederas arrancados.
Era, pues, la época en que se produce un corto descanso en los trabajos del campo antes de la recolección anual que reúne todos los esfuerzos del pueblo.
La cosecha era espléndida; los días, claros y calurosos; las noches, cortas y húmedas de rocío.
Los hermanos tenían que pasar por el bosque para llegar a los prados, Sergio Ivanovich iba admirando la belleza del bosque, magnífico de hojas y verdor. Llamaba la atención de su hermano, ora sobre un viejo tilo, oscuro en la parte humbría, pero rico de colorido con sus amarillos brotes prontos a florecer, ora sobre los brotes de otros árboles brillantes como esmeraldas.
A Constantino Levin no le agradaba hablar ni que le hablasen de las bellezas de la naturaleza. Las palabras le deslustraban el paisaje.
Respondía, pues, a su hermano con distraídos monosílabos, mientras, contra su voluntad, pensaba en otras cosas.
Al abandonar el bosque le llamó la atención el campo en barbecho de una colina: aquí ya cubierto de hierba amarilla, allí labrado en cuadros, más allá salpicado de montones de estiércol y en otros puntos arado.
Pasaba por el campo una fila de carros. Levin los contó y se alegró al ver que llevaban todo lo necesario.
Contemplando los prados, sus pensamientos pasaron a la siega. Este momento siempre se emocionaba con intensidad.
Al llegar al prado, Levin detuvo el caballo.
El rocío matinal humedecía aún la parte inferior de las hierbas, por lo cual, para no mojarse los pies, Sergio Ivanovich le pidió a su hermano que lo llevase con la carretela hasta el sauce que se alzaba en el lugar señalado para pescar. Constantino Levin, pese al disgusto que le producía aplastar la hierba de su prado, lo atravesó con el coche.
Las altas plantas se abatían suavemente bajo las ruedas y las patas del caballo, y en los cubos y radios de las ruedas se desgranaban las semillas.
Sergio Ivanovich se sentó bajo el sauce, arreglando sus útiles de pesca. Levin ató el caballo no lejos de allí y se internó en el enorme mar verde oscuro del prado, inmóvil, no agitado por el menor soplo de viento.
La hierba, suave como seda, en el lugar adonde alcanzaba, en primavera, el agua del río al salirse de madre, le llegaba hasta la cintura.
A través del prado, Constantino Levin saltó al camino y encontró a un viejo, con un ojo muy hinchado, que llevaba una colmena con abejas.
–¿Las has cogido, Tomich? –preguntó Levin.
–¡Quia, Constantino Dmitrievich! ¡Gracias si consigo guardar las mías! Ya se me han marchado por segunda vez. Menos mal que sus muchachos las alcanzaron. Los que están trabajando el campo…
Desengancharon un caballo y las cogieron.
–Y qué, Tomich: ¿qué te parece? ¿Conviene segar ya o esperar más?
–A mi parecer, habrá que esperar hasta el día de San Pedro. Ésta es la costumbre. Claro que usted siega siempre antes. Si Dios quiere, todo irá bien. La hierba está muy crecida. Los animales quedarán contentos.
–¿Y qué te parece el tiempo?
–Eso ya depende de Dios. Quizá haga buen tiempo.
Levin se acercó otra vez a su hermano, que, con aire distraído, estaba con la caña en las manos.
La pesca era mala, pero Sergio Ivanovich no se aburría y parecía hallarse de excelente buen humor.
Levin notaba que, animado por la charla con el médico, su hermano tenía deseos de hablar más. Pero él quería volver a casa lo antes posible para ordenar que los segadores fueran al campo al día siguiente y resolver las dudas relativas a la siega, su mayor preocupación en aquel momento.
–Vámonos –dijo.
–¿Para qué apresurarse? Quedémonos aquí un rato más. Oye, estás muy mojado. En este sitio no se pesca nada, pero se encuentra uno muy bien. El encanto de estas ocupaciones consiste en ponen estar en contacto con la naturaleza. ¡Qué bella es esta agua! ¡Parece de acero! –continuó–. Estas riberas cubiertas de hierba me recuerdan siempre aquella adivinanza… ¿Recuerdas?, que dice: «la hierba le dice al agua: vamos a forcejear, a forcejear»…
–No conozco esa adivinanza –respondió Constantino Levin con voz opaca.
