Kitabı oku: «Anna Karénina», sayfa 27

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Capítulo 8

A últimos de mayo, cuando bien que mal todo había quedado arreglado, Dolly recibió respuesta de su marido a sus quejas sobre la situación en que encontrara la finca.

Oblonsky le rogaba que le perdonase el no haber pensado en todo y prometía ir al pueblo a la primera oportunidad. Pero la oportunidad tardó largo tiempo en llegar y hasta principios de junio Dolly tuvo que vivir sola en el pueblo.

Un domingo, durante la cuaresma de San Pedro, llevó a sus hijos a la iglesia para que comulgasen.

En sus conversaciones íntimas con su madre, hermana y amigos, Daria Alejandrovna sorprendía a todos por sus ideas avanzadas en materia religiosa. Tenía su propia religión: la metempsicosis, en la que creía firmemente, preocupándose muy poco de los dogmas de la Iglesia.

Pero en la vida familiar, no sólo por dar ejemplo, sino con toda su alma, cumplía todos los mandamientos de la Iglesia. Y a la sazón la inquietaba el hecho de que hiciera casi un año que los niños no hubiesen comulgado. Así, pues, con el apoyo y asenso absoluto de Matrena Filimonovna, resolvió que lo hiciesen en ese momento, en verano.

Desde algunos días antes, Dolly venía pensando en cómo vestir a los niños. Al efecto, cosieron, transformaron y lavaron los vestidos, quitaron las costuras y deshicieron los volantes, pegaron botones y prepararon cintas. La inglesa se encargó de hacerle a Tania un vestido, cosa que le costó a Dolly muchos disgustos; en efecto: dispuso mal las piezas, cortó en exceso las mangas y casi estropeó el vestido, que caía penosamente sobre los hombros de Tania; pero Matrena Filimonovna tuvo la idea de añadir algunos pedazos a la cintura para ensancharla y hacer una esclavina, con lo que también esta vez «todo se arregló».

Cierto que hubo un disgusto con la inglesa, pero por la mañana el asunto quedó terminado y a las nueve, hora en que había dicho al sacerdote que acudirían, los niños, radiantes de alegría con sus vestidos de fiesta, estaban en la escalera ante el cabriolé, esperando a su madre.

Engancharon al coche, para la tranquilidad de Matrena Filimonovna, el caballo del encargado, «Pardo», en vez del «Voron», que era menos dócil. Daria Alejandrovna, entretenida largamente con su atavío, apareció al fin en la escalera llevando un vestido blanco de muselina.

Dolly se había peinado y vestido con gran esmero, casi con emoción. Antes lo hacía por sí misma, para parecer más bella y agradar a la gente; luego, a medida que crecía en edad, se arreglaba con menos placer, ya que veía que iba perdiendo la belleza. Ahora se vestía no para su satisfacción, para su propio adorno, sino porque, siendo madre de unos niños tan hermosos, no quería, descuidando su atavío, descomponer el conjunto.

Después de mirarse una vez más al espejo, quedó contenta de sí misma. Estaba muy bien. No bien en el sentido de antes, cuando tenía que estar bella para asistir a un baile, pero sí bien para lo que necesitaba ahora.

En la iglesia no había nadie más que aldeanos, mozos y mujeres del pueblo. Pero Daria Alejandrovna veía o creía ver que ella y sus hijos despertaban en todos admiración.

Los niños no sólo estaban muy hermosos con sus elegantes vestiditos, sino que se hacían también simpáticos por su buen comportamiento.

A decir verdad, Alecha no procedía del todo correctamente. Se volvía sin cesar para examinar por detrás su casaquita, pero de todos modos resultaba muy gracioso. Tania, tan seria como una mujercita, vigilaba a los pequeños. Lily estaba bellísima con su ingenua admiración ante todas las cosas. Fue imposible no sonreír cuando, después de comulgar, dijo:

–Please some more .

De regreso a casa, los niños, comprendiendo que se había realizado algo solemne, iban muy quietecitos.

En casa marchó todo bien al principio, pero durante el desayuno Gricha comenzó a silbar, desobedeció a la inglesa y hubo que castigarla privándola del postre. De haber estado presente en el desayuno, Dolly no habría permitido que se la corrigiera en un día como aquel, pero como no podía desautorizar a la inglesa, confirmó el castigo de dejar a Gricha sin dulce, cosa que empañó un poco la alegría general.

Gricha lloraba afirmando que también Nicoleñka había silbado, y que si él lloraba no era porque le hubieran dejado sin dulce, lo cual le daba lo mismo, sino porque le disgustaba que se hubiese sido injusto con él.

La escena resultaba demasiado dolorosa, así que Dolly resolvió hablar con la inglesa a fin de perdonar a Gricha. Pero cuando iba a buscarla, al pasar por la sala, Dolly presenció una escena que le llenó el corazón de tal alegría que le asomaron lágrimas a los ojos y perdonó por sí misma al delincuente.

Éste se hallaba en la sala, sentado sobre el alféizar de la ventana del rincón, y a su lado estaba Tania en pie, con un plato en las manos. So pretexto de hacer comida para las muñecas, Tania consiguió que la inglesa le permitiese llevar su trozo de pastel al cuarto de los niños y, en lugar de hacerlo así, se lo llevó a la sala y se lo dio a su hermano. Sin dejar de llorar por lo injusto del castigo, el chico se comía el dulce, repitiendo, entre sollozos:

–Come tú también… Los dos…

Tania, al principio, permanecía bajo el influjo de la compasión hacia su hermano. Luego, con la consciencia de la buena acción que estaba realizando, le asomaron las lágrimas a los ojos y comenzó a comerse también parte del dulce.

Al ver a su madre, los niños se asustaron, pero, fijándose en su rostro, comprendieron que obraban bien y rompieron a reír estrepitosamente, con las bocas llenas de dulce. Trataron inútilmente de limpiarse con las manos, y entre las lágrimas y la confitura se ensuciaron por completo los radiantes rostros.

–¡Dios mío!, ¿qué hacéis? ¡El vestido blanco nuevo! ¡Tania, Gricha, por Dios! –decía su madre, tratando de salvar la integridad del traje nuevo, pero sonriendo entre sus lágrimas de felicidad y alegría.

Les quitaron los vestidos nuevos, ordenaron a las niñas que se pusiesen las blusitas de diario y a los niños las chaquetilla viejas y después se mandó enganchar la lineika y otra vez, con gran contrariedad del encargado, se puso en varas al caballo «Pardo» para ir a buscar setas y a bañarse después. Una explosión de gritos de entusiasmo llenó el cuarto de los niños y su ruidosa alegría no se calmó hasta que partieron.

Cogieron una cesta llena de setas. Incluso Lily encontró una magnífica. Ordinariamente era miss Hull quien tenía que indicárselas a Lily, pero ahora la encontró sola, lo que fue acogido con exclamaciones de entusiasmo.

–¡Lily ha encontrado una seta!

Luego se encaminaron al río, dejaron los caballos bajo los álamos y se dirigieron a la caseta de baño.

Una vez atado al árbol el caballo, que se resistía, el cochero Terenty se tendió en la hierba, después de mullirla, a la sombra de un abedul, y comenzó a fumarse su tosco cigarrillo mientras oía los alegres gritos que los niños lanzaban en la caseta.

Daba mucho trabajo vigilarlos a todos y evitar sus travesuras y era difícil no confundir todos aquellos pantaloncitos, medias y zapatos de diferentes piececillos, así como desatarlos, desabotonarlos, reatarlos y reabotonarlos. Pero a pesar de todo, Dolly, que era muy amante del baño y lo consideraba también muy saludable para los niños, no conocía placer mayor que el de aquellas excursiones al río para bañarse con todos sus hijos.

Golpear los piececillos desnudos de los pequeños, poner las medias, coger en brazos sus cuerpecitos desnudos, oír sus exclamaciones, ya alegres, ya asustadas, ver sus rostros sofocados, con los ojos muy abiertos, a la vez joviales y como temerosos, al primer contacto con el agua, estrechar contra su pecho a sus querubines, era para ella una inexplicable felicidad.

Cuando la mitad de los niños tenían puestos ya los trajes de baño se acercaron, deteniéndose cerca tímidamente, unas mujeres del pueblo, bien arregladas, que volvían del bosque de buscar borrajas y otras hierbas.

Matrena Filimonovna llamó a una de las mujeres para que pusiera a secar una sábana y una camisa que se habían caído al agua, y Daria Alejandrovna se puso a hablar con ellas. Al principio no hacían más que reír, tapándose la boca con la mano y sin comprender lo que les preguntaban. Pero pronto se sintieron más audaces y comenzaron a hablar, cautivando en seguida la simpatía de Dolly por la sincera admiración que mostraban hacia sus hijos.

–¡Hay que ver qué hermosura de niña! ¡Es blanca como el azúcar! –decía una de las mujeres, contemplando a Tania–. Pero está muy delgadita.

–Sí. Ha estado enferma.

–¿También han bañado a ése? –preguntó otra, señalando al menor de todos.

–No. Éste no tiene más que tres meses –contestó Dolly con orgullo.

–¡Caramba!

–Y tú, ¿tienes hijos?

–Tenía cuatro. Me han quedado dos: chico y chica. En la última cuaresma he destetado al niño.

–¿Qué edad tiene?

–Más de un año.

–¿Cómo le has dado el pecho tanto tiempo?

–Es nuestra costumbre: tres cuaresmas.

Y se entabló la conversación que más interesante resultaba para Daria Alejandrovna. ¿Cómo había dado a luz? ¿Qué enfermedades había tenido el niño? ¿Dónde estaba su marido? ¿Iba a casa a menudo?

Dolly no sentía deseo alguno de separarse de aquellas mujeres, tan agradable le resultaba la charla con ellas y tan parecidas eran sus preocupaciones.

Lo que más agradable le resultaba era ver que aquellas mujeres la admiraban por tener tantos hijos y por lo hermosos que eran.

Las mujeres hicieron incluso reír a Daria Alejandrovna, ofendiendo a la inglesa, que era la causa de aquellas risas que no comprendía.

Una de las mujeres estaba mirando a la inglesa, que se vestía la última de todos, y cuando la vio que se ponía la tercera falda no pudo contener una exclamación:

–Mirad: se pone faldas y más faldas y no acaba nunca de vestirse…

Y todas las mujeres soltaron una carcajada.

Capítulo 9

Daria Alejandrovna, rodeada de los niños recién salidos del baño, con los cabellos húmedos y un pañuelo en la cabeza, se acercaba a su casa en la lineika cuando el cochero le dijo:

–Allí viene un señor. Me parece que es el dueño de Pokrovskoe.

Dolly miró el camino que se extendía ante sí y se alegro al distinguir la bien conocida figura de Levin que se dirigía a su encuentro vestido con sombrero y abrigo grises.

Siempre le satisfacía saludarle, pero ahora más, ya que iba a verla rodeada de cuanto constituía su orgullo, vanidad que nadie podía comprender mejor que él.

En efecto, Levin, al distinguirla, se halló ante uno de los cuadros de dicha imaginados por él para su vida futura.

–¡Daria Alejandrovna! ¡Parece usted una gallina rodeada de sus polluelos!

–Celebro mucho verle –dijo ella, sonriendo y alargándole la mano.

–Claro: se siente usted tan feliz que no se le ocurrió ni darme noticias suyas. Ahora está mi hermano conmigo. Y he recibido carta de Esteban Arkadievich diciéndome que está usted aquí.

–¿De Esteban? –preguntó Dolly, extrañada.

–Sí. Me dice que se ha ido usted de la ciudad y supone que me permitirá ayudarla en lo que necesite– habló Levin. Y dicho esto, quedó confuso, se interrumpió y continuó andando al lado del coche, arrancando al pasar hojas de tilo y mordisqueándolas.

Se sentía turbado, porque comprendía que a Daria Alejandrovna no había de serle agradable la ayuda de un extraño en las cosas que habría tenido que ocuparse su marido. Y, en efecto, a Dolly le disgustaba que Esteban Arkadievich confiase a otros sus asuntos familiares, y adivinó en seguida que Levin lo consideraba también así. Era precisamente por esta facultad de hacerse cargo de las cosas y por su delicadeza por lo que Dolly le tenía en tan alta estima.

–Yo he supuesto –siguió Levin– que lo que eso significaba es que a usted no le disgustaría verme. Y ello me place infinitamente. Está claro que usted, señora de ciudad, hallará aquí muchas incomodidades. Ya sabe que, si puedo servirla en algo, estoy a su disposición.

–Gracias –repuso Dolly–. Al principio nos faltaban muchas cosas, pero ahora todo marcha perfectamente merced a mi antigua niñera.

Y señaló a Matrena Filimonovna, que, comprendiendo que hablaban de ella, sonreía alegre y amistosamente a Levin. Le conocía, pensaba que era un buen partido para la señorita Kitty y deseaba que todo terminase según sus deseos.

–Suba, suba. Podemos estrechamos un poco en el asiento.

–Gracias. Prefiero andar. A ver: ¿cuál de los niños quiere apostar conmigo a correr?

Los niños no conocían apenas a Levin y no lo recordaban al verlo, pero no experimentaban ante él el sentimiento de timidez y aversión que suelen experimentar los niños ante los adultos que fingen y que frecuentemente les hace sufrir mucho.

La ficción puede engañar a un hombre prudente y perspicaz, pero el niño menos despejado la descubre por hábilmente que se la encubran y siente repugnancia por ella.

Levin podía tener muchos defectos, pero no daba a entender lo que no era cierto. Y por ello los niños le mostraron la misma simpatía que leyeron para él en el rostro de su madre.

Al oír su propuesta, los dos mayores saltaron del coche en seguida y se pusieron a correr con él con tanta confianza como habrían corrido con la niñera, con miss Hull o con su madre. Lily quiso también descender y la madre accedió, entregándosela a Levin, quien la acomodó sobre sus hombros y se puso a correr con ella.

–No tenga miedo, Daria Alejandrovna; no la dejaré caer –le dijo a la madre sonriendo alegremente.

Y mirando sus movimientos hábiles, vigorosos y prudentes, Dolly se tranquilizó y, contemplándole, sonreía alegre y aprobadora.

En el pueblo, con los niños y Dolly, por la que sentía gran simpatía, Levin encontró aquella disposición de ánimo, infantil y alegre, que tanto le gustaba a Daria Alejandrovna. Corría con los niños, les enseñaba gimnasia, hacía reír a la señorita Hull con su inglés chapurreado y le hablaba a Dolly de sus ocupaciones en el pueblo.

Después de comer, Dolly se quedó a solas con él en el balcón se puso a hablarle de Kitty.

–¿Sabe usted que Kitty va a venir a pasar el verano conmigo?

–¿De veras? –repuso él sonrojándose.

Y, para cambiar de conversación, añadió en seguida:

–¿Qué, le mando dos vacas o no? Si se empeña en pagármelas, puede darme cinco rubios al mes por cada una, si es que esto no ha de ser motivo de remordimiento.

–No, gracias. Ya nos hemos arreglado.

–Entonces voy a ver las vacas suyas y, si me lo permite, daré instrucciones sobre la manera cómo hay que alimentarlas. Esto es lo más importante.

Y, para eludir la charla sobre Kitty, Levin le explicó a Dolly la teoría de la economía pecuaria, consistente en que la vaca es una mera máquina para transformar el pienso en leche y etcétera.

Le estaba hablando de todo aquello, pero interiormente ardía en deseos de oír detalles sobre Kitty, que a la vez temía. Porque, en el fondo, le horrorizaba perder la tranquilidad conseguida con tanto esfuerzo.

–Ya, ya, pero todo eso exige estar muy atentos a ello. ¿Y quién se encargaría de semejante cosa? –preguntó, con poco interés, Daria Alejandrovna.

A la sazón dirigía la casa según la organización establecida por Matrena Filimonovna y no quería cambiar nada. Tampoco, a decir verdad, confiaba demasiado en los conocimientos de Levin sobre economía doméstica.

Las ideas de que la vaca era una máquina de elaborar leche le resultaban extrañas, le parecían que sólo traería dificultades.

Ella lo veía todo más simplemente: había que alimentar más a la «Pestruja» y a la «Bielopajaya», que era lo que decía Matrena Filimonovna, y evitar que el cocinero se llevara las sobras de la cocina para dárselas a las vacas de la lavandera. Esto estaba claro.

En cambio, las especulaciones sobre alimento farináceo y vegetal le resultaban dudosas y turbias. Y, además, lo principal de todo era que quería hablarle a Levin sobre Kitty.

Capítulo 10

–Kitty me escribe que no desea sino soledad y silencio –dijo Dolly.

–¿Está mejor de salud? –preguntó Levin con emoción.

–Gracias a Dios se encuentra completamente bien. No creí nunca que padeciera una afección pulmonar.

–¡Me alegra mucho saberlo! –exclamó Levin.

Y Dolly, mirándole en silencio mientras hablaba, leyó en su rostro una expresión suave y conmovedora.

–Escuche, Constantino Dmitrievich –dijo Daria Alejandrovna, con su sonrisilla bondadosa y un tanto burlona–: ¿está usted disgustado con Kitty?

–¿Yo? No –repuso él.

–Pues, si no lo está, ¿cómo es que no fue a vernos, ni a ellos ni a nosotros, cuando estuvo en Moscú?

–Daria Alejandrovna -dijo sonrojándose hasta las raíces capilares–, me extraña que usted, que es tan buena, no comprenda… ¿Cómo no siente usted, por lo menos, compasión de mí, sabiendo que… ?

–¿Sabiendo qué?

–Sabiendo que me declaré a Kitty y que ella me rechazó –dijo Levin.

Y la emoción que un instante antes le inspiraba el recuerdo de Kitty se convirtió en irritación al pensar en el desaire sufrido.

–¿Por qué se figura que lo sé?

–Porque todos lo saben.

–Está usted en un error. Yo no lo sabía, aunque lo imaginaba.

–Pues ahora ya lo sabe.

–Yo sólo sabía que algo le apenaba, pero ella me rogó que no le hablara a nadie de su tristeza. Si no me contó a mí lo sucedido, es seguro que no lo haya hecho a nadie. Pero, dígame, ¿qué es lo que pasó entre ustedes?

–Ya se lo he dicho.

–¿Cuándo fue?

–La última vez que estuve en su casa.

–¿Sabe lo que voy a decirle? –repuso Dolly–. Que Kitty me da mucha pena, mucha… En cambio, usted no siente más que el amor propio ofendido.

–Quizá, pero… –empezó Levin.

Dolly le interrumpió:

–En cambio, por la pobre Kitty siento mucha compasión. Ahora lo comprendo todo.

–Sí, sí, Daria Alejandrovna… Pues, nada, usted me dispensará, pero… –indicó Levin, levantándose–. Hasta la vista, ¿eh?

–Espere, espere y siéntese –dijo ella cogiéndolo por la manga.

–Le ruego que no hablemos más de eso –indicó sentándose y sintiendo a la vez renacer en su corazón esperanzas que creía enterradas para siempre.

–Si yo no lo apreciara y conociera como lo conozco… –dijo Dolly, con lágrimas en los ojos.

El sentimiento que creía muerto se apoderaba más cada vez su alma.

–Sí, ahora lo comprendo todo –repitió Dolly–. Ustedes, los hombres, que son libres y pueden siempre escoger, no pueden comprenderlo… Pero una joven, obligada a esperar, con su pudor femenino, recato virginal, una joven que sólo les trata a ustedes de lejos y ha de fiarse de su palabra… Una joven así puede experimentar un sentimiento sin saber explicárselo.

–Pero cuando el corazón habla…

–El corazón puede hablar, piénselo bien: cuando ustedes se interesan por una muchacha, van a su casa, la tratan, la miran, esperan, estudian lo que sienten, analizan sus impresiones y, si están seguros de que la aman, entonces le piden la mano.

–Las cosas no son precisamente así.

–Es igual. Ustedes se declaran cuando su amor ha madurado lo suficiente o cuando, entre dos que les interesan, su voluntad se inclina por una. Y a ella no se le pregunta nada. Ustedes desean que ella escoja; pero ella no puede escoger: sólo le cabe decir sí o no.

«Sí; la elección entre Vronsky y yo», pensó Levin.

Y el sentimiento que resucitaba en su alma pareció morir de nuevo y atormentarle el corazón.

–Mire, Daria Alejandrovna: así se eligen los vestidos, pero no el amor. La elección se hace por sí sola, y una vez hecha, hecha está. Las cosas no se repiten.

–¡Oh, cuánto orgullo! –exclamó Dolly–, ¡cuánto orgullo! –repitió aún, como si despreciara aquel bajo sentimiento que se manifestaba en Levin, comparándolo con el otro que sólo las mujeres conocen–. Cuando usted se declaró a Kitty, ella no estaba en situación de responder. Dudaba entre usted y Vronsky. A éste lo veía a diario, a usted hacía tiempo que no lo veía. Si Kitty hubiese tenido más edad, claro que… Yo, por ejemplo, en su lugar, no habría dudado. Vronsky a mí me fue siempre muy antipático. Y así salió.

Levin recordó la respuesta de Kitty. Le había dicho: «No, no puede ser» .

–Aprecio en mucho su confianza, pero creo que no acierta usted –expuso Levin con sequedad–. Tenga yo razón o no, este orgullo que tanto me censura usted me impide pensar en Catalina Alejandrovna, ¿comprende usted?, imposible del todo.

–Quiero decirle aún una cosa. Hágase cargo de que le hablo de mi hermana a la que quiero tanto como a mis hijos. No pretendo asegurarle que ella le ama, pero sí que su negativa de entonces no significa nada.

–No sé –repuso Levin casi con ira–. Pero no sabe usted cuánto me hace sufrir con sus palabras. Es para mí como si a la madre de un niño muerto le estuvieran diciendo: «¿Ves?, tu niño siguiera vivo ahora sería de esta o de aquella manera, y tú serías tan feliz mirándolo… ». ¡Pero está muerto, muerto, muerto!

–¡Me hace usted reír! –dijo Dolly, considerando con melancólica ironía la emoción de Levin–. Sí, ahora cada vez voy comprendiéndolo mejor –continuó, pensativa–. ¿Así que no vendrá usted a vernos cuando esté Kitty?

–No. No es que vaya a huir de Catalina Alejandrovna, pero siempre que me sea posible le evitaré el disgusto de mi presencia.

–Es usted el hombre más extraño –le dijo mirándolo a la cara con dulzura–. En fin, como si no hubiéramos dicho nada… ¿Qué quieres? –preguntó en francés a la niña, que entraba en aquel momento.

–¿Dónde está mi piruleta, mamá?

–Cuando te hable en francés, contéstame en francés.

La niña quería decirlo así, pero había olvidado esa palabra en francés. La madre se lo recordó y luego le dijo, en francés, dónde tenía que ir a buscarla. A Levin todo esto le disgustó. Al presente, nada de lo que había en aquella casa, ni siquiera los niños, le gustaba como antes.

«¿Por qué le hablará a sus niños en ese idioma?», pensaba. «¡Qué poco natural y qué falso es! Los niños lo presienten. ¡Les hacen aprender el francés y desaprender la sinceridad!», continuaba pensando, sin saber que Daria Alejandrovna había pensado lo mismo mil veces y había creído necesario educarlos así aun a costa de la sinceridad.

–¿Va a marcharse tan pronto? Quédese un poco más.

Levin se quedó hasta el té, pero toda su alegría se había disipado y sentía cierto malestar.

Después de la infusión, Levin salió al portal para ordenar que engancharan los caballos y al regresar se encontró a Dolly con el rostro descompuesto y llenos de lágrimas los ojos.

En el momento de montarse había sucedido algo que destruyó toda la alegría y el orgullo de sus hijos que había experimentado Dolly aquel día. Gricha y Tania se habían peleado por una pelota. Ella oyó los gritos, corrió al cuarto de los niños y halló un espectáculo lamentable. Tania tenía cogido a Gricha por los cabellos y éste, con el rostro contraído por la cólera, le daba a su hermana puñetazos a ciegas.

Al verlo, pareció como si algo se rompiese en el corazón de la madre y las tinieblas ensombrecieran su vida. Comprendió que aquellos niños de los que tan orgullosa se sentía no sólo eran niños como todos, sino hasta de los peores y peor educados, llenos de inclinaciones brutales y perversas, niños malos…

Dolly ahora era incapaz de hablar ni pensar en otra cosa, y no pudo menos de referir sus desdichas a Levin.

Levin comprendió que Dolly sufría y trató de consolarla, asegurando que aquello no significaba nada, que todos los niños se pegan, pero, mientras lo decía, pensaba: «No, yo no fingiré ante mis hijos, ni les haré hablar en francés; mis hijos no serán así. No hay que forzarlos y echarlos a perder. Y cuando no se hace eso, los niños son excelentes. Si tengo hijos, no serán como éstos».

Levin se despidió para marcharse. Ella no lo retuvo más.

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Litres'teki yayın tarihi:
03 kasım 2025
Hacim:
1220 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9782380374193
Yayıncı:
Telif hakkı:
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