Kitabı oku: «Anna Karénina», sayfa 28

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Capítulo 11

A mediados de julio se presentó a Levin el alcalde del pueblo de su hermano, situado a unas veinte verstas de Prokovskoe, para informarle de cómo iban los asuntos de la siega. El principal ingreso de las fincas de su hermano consistía en los prados. Otros años, los aldeanos se los arrendaban a razón de veinte rublos por deciatina. Cuando Levin asumió la dirección de la propiedad, encontró que valían más y fijó el precio en veinticinco rublos.

Los aldeanos no pagaron aquel precio y, como sospechó Levin, procuraron quitarle otros compradores.

Entonces Levin fue allí a hizo segar el heno contratando jornaleros y yendo a la parte con otros. Aunque los aldeanos se oponían a la innovación con todas sus fuerzas, la cosa marchó bien y el primer año ya se le sacó a los prados casi el doble.

En los años siguientes continuó la oposición de los campesinos, pero la siega se realizó del mismo modo.

Este año los aldeanos habían arrendado los prados yendo a la tercera parte en las ganancias, y ahora el alcalde venía a comunicarle a Levin que la siega estaba concluida y que él, previendo lluvias, había llamado al encargado, en presencia de quien se hizo el reparto y quien separó los once almiares que le pertenecían al propietario.

No obstante, por las respuestas inconcretas a la pregunta de cuánto heno había en el mayor de los prados, por la precipitación con que el alcalde había repartido el heno sin habérselo ordenado y por el acento del campesino en general, Levin comprendió que el reparto del heno no había sido cosa clara y decidió ir a comprobarlo personalmente.

Llegó al pueblo a la hora del almuerzo. Dejó el caballo en casa de un anciano, esposo de la nodriza de su hermano, y entró al colmenar para informarse de las pormenores de la siega.

El viejo Parmenov, hombre charlatán y de buen aspecto, acogió a Levin con júbilo, le habló de sus abejas y de la enjambrazón de aquel año. Pero a las preguntas sobre la siega respondió vagamente y con desgana.

Ello confirmó a Levin sus suposiciones. Fue al prado y examinó los almiares. En cada uno de ellos no podía haber cincuenta carretadas de heno. Para desenmascarar a los labriegos, mandó llamar a los carros que habían transportado el heno, ordenó que se cargase un almiar y que se lo llevasen a la era.

De cada almiar salieron treinta y dos carros. Pese a las afirmaciones del alcalde de que el heno estaba muy hinchado, de que se aplastaba al cargarlo en los carros, pese a sus juramentos de que todo había sido dividido tal como Dios mandaba, Levin insistió en que, habiéndose repartido el heno en ausencia suya, no lo aceptaría a razón de cincuenta carretadas por almiar.

Tras largas discusiones, se acordó que los aldeanos recibieran aquellos once almiares para sí, contando en cada uno cincuenta carretadas, y que se separara de nuevo la parte de Levin.

Entre las discusiones y los trabajos de repartir el heno llegó el mediodía. Una vez terminada la distribución, Levin, confiando a su encargado la vigilancia de lo restante, se sentó sobre un almiar construido en torno a una alta pértiga y se hundió en la contemplación del prado y la animación que ofrecía con las gentes en pleno trabajo.

Ante sí, en el recodo que formaba el río tras un pequeño marjal, avanzaba llenando el aire con su alegre vocerío una abigarrada hilera de mujeres, entre el heno removido que se extendía por el rastrojo de un color verde claro en franjas grises y onduladas.

Tras las mujeres seguían hombres con horcas y los montones se convertían en altas y ligeras hacinas. A la izquierda, por el prado ya limpio, sonaba el ruido de los carros, y, uno tras otro, alzados por las grandes horcas, desaparecían los haces y en vez de ellos se levantaban los enormes y pesados carros, cargados de heno oloroso de tal modo que la hierba desbordaba por las grupas de los caballos.

–Hay que apresurarse mientras dura el buen tiempo. Así saldrá un heno excelente –le dijo el viejo, que se había sentado junto a él–. Mire, mire cómo trabajan los mozos. Lo recogen con tanto interés como si fuera té. ¡No van tan veloces las aves cuando se les echa el grano, no! –añadió, indicando las gavillas ya cargadas en los carros–. Desde la hora de comer habrán cargado como la mitad.

Y le gritó a un mozo que se disponía a marchar de pie en la parte delantera de uno de los carros, y con las riendas en la mano.

–¿Es el último?

–El último, padrecito –contestó el mozo, reteniendo el caballo. Y se volvió para mirar, sonriendo, a una mujer muy colorada y también sonriente que iba sentada en la parte trasera del carro, y ambos continuaron su camino.

–¿Es hijo tuyo? –preguntó Levin.

–El más pequeño –contestó el viejo con dulce sonrisa.

–¡Es un bravo mozo!

–No puede decirse mal.

–¿Está casado ya?

–En la cuaresma de san Felipe hizo dos años.

–¿Tiene hijos?

–¡Hijos! ¡Si se me ha pasado un año entero sin saber nada de… ! Hasta que nos burlamos de él y… ¡Pero qué heno tan hermoso! ¡Parece verdaderamente té! –continuó el viejo, queriendo cambiar de conversación.

Levin miró con más atención a Vanika Parmenov y a su mujer que, lejos de él, cargaba otro carro de heno. Iván Parmenov, de pie en el carro, recibía, igualaba y aplastaba los enormes haces de heno que, primero a brazadas y luego con la horca, le pasaba su mujer, joven y hermosa, y quien trabajaba sin esfuerzo, con agilidad y alegría. Primero la joven lo ahuecaba, después hundía en él la horca y, con un movimiento rápido y flexible, cargaba sobre la horca todo el peso de su cuerpo, encorvando el busto, ceñido por un cinturón rojo. Luego se erguía mostrando su pecho lleno bajo el blanco corpiño, y con un hábil ademán empujaba la horca e introducía el heno en el carro.

Rápidamente, para ahorrarle esfuerzos superfluos, Iván recogía en sus brazos el haz de heno que le pasaba su mujer y lo arrojaba en el carro.

Una vez que hubo levantado con el rastrillo el heno, la mujer se sacudió las briznas de hierba que le habían penetrado por el cuello de la camiseta, se arregló el pañuelo rojo sobre su blanca frente, no tostada por el sol, y subió al carro para ayudar a su marido a sujetar la carga. Iván le enseñaba el modo de hacerlo, y a una observación de su mujer estalló en una carcajada franca. En sus rostros era patente que acababa de nacer un amor juvenil y fuerte.

Capítulo 12

Una vez sujeto el heno en el carro, Iván bajó de un salto y comenzó a llevar por la brida a su caballo, excelente y bien nutrido.

La mujer echó el rastrillo en el carro y, con paso vivo, moviendo los brazos al andar, se dirigió al encuentro de las otras mujeres, que estaban sentadas en círculo. Iván, al llegar al camino, se unió a la fila de los demás carros. Las mujeres, con los rastrillos al hombro, radiantes en sus vivos colores, hablaban con voz alegre y sonora mientras seguían a los carros.

Una voz femenina áspera y ruda entonó una canción repitiendo el estribillo. Entonces, todos a coro, medio centenar de voces sanas, altas y rudas, iniciaron el mismo cantar y lo concluyeron.

Las mujeres se acercaban, cantando, hacia Levin, que se sentía como si se le aproximara una nube cargada de truenos de alegría.

Llegó la nube, lo alcanzó y el montón de heno en el que estaba tendido, y los demás montones, y los carros, y el prado y hasta los campos lejanos, todo se agitó y onduló bajo el ritmo de aquel cantar salvaje y atrevido, acompañados de gritos, silbidos y exclamaciones de entusiasmo.

Levin sintió envidia de aquella sana alegría. Le habría gustado participar de aquella expresión de júbilo vital.

Pero no podía hacerlo como ellos, y tenía que permanecer allí tendido y obsevar.

Cuando la gente desapareció de su vista y las canciones no llegaban ya a sus oídos, Levin sintió el pesado dolor de su soledad, de su ociosidad física, de los sentimientos de hostilidad que experimentaba hacia aquel mundo de campesinos.

Algunos de ellos habían discutido con él sobre el asunto del heno, habían tratado de engañarle y él les había increpado. Y, sin embargo, le saludaban, alegres, en voz baja, y se veía que no sentían, ni podían, rencor hacia él, y que ni siquiera recordaban el intento de estafa. Todo se había hundido en el mar del alegre trabajo común. Dios ha dado el día, Dios ha dado las fuerzas; y ambas están consagrados al trabajo, en el que se haya su propia recompensa.

El objeto que tuviera el trabajo, y cuáles pudieran ser sus frutos, constituían ya cálculos mezquinos y extraños a aquella alegría.

Levin solía admirar esta vida y, con frecuencia, solía experimentar envidia de los que la vivían. Pero especialmente hoy, bajo la impresión de lo que viera en las relaciones de Iván Parmenov con su joven esposa, Levin pensó que de él dependía cambiar su vida de holganza, tan penosa, su vida artificial, vida de trabajo pura y alegre como la de los demás.

El viejo que estaba a su lado se había marchado a casa hacía rato. Los aldeanos habían desaparecido también: los que vivían más cerca se habían ido a sus hogares; los que vivían más lejos, se habían reunido para comer y pasar la noche en el prado.

Levin, sin que los labriegos le vieran, se tendió sobre el montón de heno, mirando, oyendo, pensando.

Quienes quedaron en el prado velaron casi toda la corta noche estival. Primero se sentía su alegre charla y sus risas mientras cenaban. Luego siguieron canciones y otra vez risas.

El largo día de trabajo no había dejado en ellos más huellas que las de la alegría.

Poco antes de rayar el alba, todo se calló. Sólo se oían los rumores nocturnos: el continuo croar de las ranas en los charcos y el resoplar de los caballos en la niebla matutina que se deslizaba sobre el prado.

Cuando Levin recobró la conciencia, se levantó de encima del heno y, mirando las estrellas, comprendió que ya había pasado la noche.

«Bueno, ¿qué haré y cómo lo haré?», se preguntó, tratando de aclarar ante sí mismo cuanto había pasado y sentido de nuevo en aquella noche.

Cuanto pensaba y sentía de nuevo se dividía en tres directrices mentales: una, la renuncia a su vida anterior, a su cultura, que no le servía para nada. Esta renuncia le agradaba y la encontraba fácil y sencilla.

Otra directriz era la de la vida que había de vivir desde ahora. La sencillez, pureza y legitimidad las comprendía claramente, y estaba seguro de encontrar en ellas la satisfacción, la paz y la dignidad cuya falta sentía tan dolorosamente.

Pero la tercera directriz de sus pensamientos giraba en torno a la manera cómo había de cambiar su vida de antes y emprender su nueva vida. Y aquí no imaginaba nada que fuese claro.

«Tener mujer. Trabajar y sentir la necesidad de hacerlo… Y entonces, ¿abandonar a Pokrovskoe? ¿Comprar tierras? ¿Inscribirse en la comunidad de los campesinos? ¿Casarse con una aldeana? Pero ¿cómo?», se preguntaba sin hallar respuesta. «No he dormido en toda la noche y no puedo ver las cosas con claridad», se dijo. «Ya lo aclararé todo después. Pero estoy seguro de que esta noche se ha decidido mi suerte. Todas mis ilusiones de antes sobre la vida familiar son tonterías. No es aquello lo que necesito. Todo es más sencillo y mucho mejor.»

«¡Qué hermoso es esto!, pensó mirando la especie de extraña concha de nácar formada por blancas nubecillas retorcidas que se había detenido en el cielo sobre su cabeza. ¡Qué hermoso es todo en esta noche maravillosa! ¿Cuándo ha podido formarse esa concha de nubes? Hace poco he mirado el cielo y no había nada en él, salvo dos franjas blancas. De igual modo, imperceptiblemente, ha cambiado mi concepción de la vida.»

Salió del prado y por el camino real se dirigió al pueblo. Se levantó un vientecillo y todo a su alrededor tomó un aspecto apagado y sombrío. Era el momento oscuro que precede generalmente a la salida del sol, a la victoria definitiva de la luz sobre las tinieblas.

Levin, temblando de frío, avanzaba rápidamente mirando al suelo.

«¿Quién vendrá», pensó al oír ruido de cascabeles. Y alzó la cabeza.

A unos cuarenta pasos de distancia avanzaba a su encuentro por el ancho camino cubierto de hierba que Levin seguía un coche con cuatro caballos, enganchados en doble pareja. Los caballos del exterior se apartaban de las rodadas, apretándose contra las varas, y el hábil cochero, sentado a un lado del pescante, guiaba de modo que las varas quedasen sobre el refleje, con lo que las ruedas giraban sobre el suelo liso.

Levin no reparó más que en este detalle y, sin pensar en quién podría ir en el coche, miró distraídamente al interior.

En un rincón del asiento dormitaba una viejecita y, junto a la ventanilla, una joven, que al parecer recién despierta, se anudaba con ambas manos las cintas de su cofia blanca. Radiante y pensativa, rebosante de vida interior, elegante y complicada, muy ajena a Levin, miraba, por encima de él, la naciente aurora.

Y en el momento en que esta visión desaparecía, dos ojos límpidos y sinceros se posaron en él, ella lo reconoció, y una alegría llena de sorpresa iluminó su rostro.

Levin no podía equivocarse. Aquellos ojos eran únicos en el mundo. Sólo un ser en la tierra podía concentrar para él toda la luz y todo el sentido de la vida. Era ella. Era Kitty, que, por lo que él comprendió, se dirigía a Erguchevo desde la estación del ferrocarril.

Y todo lo que le había agitado a Levin en aquella noche de insomnio, cuantas decisiones tomara, todo desapareció de repente. Recordó con repugnancia sus ideas de casarse con una campesina. Sólo allí, en aquel coche que se alejaba por el otro lado del camino, estaba la posibilidad de resolver el problema de su vida, de hallar la solución que hacía tanto tiempo lo atormentaba.

Kitty no lo miró más. Ya no sonaba el ruido de los muelles del coche y apenas se sentía el rumor de los cascabeles. Por el ladrido de los perros adivinó que el coche pasaba por el pueblo. Y se quedó solo consigo mismo, entre los campos desiertos, cerca del pueblo, ajeno a todo, caminando por un ancho camino abandonado.

Miró al cielo, esperando hallar aquella concha de nubes que despertara su admiración y que simbolizaba sus pensamientos y sentimientos de la pasada noche. En las alturas inaccesibles se había operado un cambio misterioso. Ya no existían ni señales de la concha, sino sólo un tapiz de vellones que cubría la mitad del cielo, vellones que se iban empequeñeciendo a cada instante. El cielo fue aclarándose y azuándose; y con la misma ternura, pero la misma inaccesibilidad, contestaba a la mirada inquisitiva de Levin.

«No», se dijo. «Por hermosa que sea esta vida de trabajo y sencillez, no puedo vivirla. Porque la amo a "ella"… »

Capítulo 13

Ni aun los más allegados a Alexey Alejandrovich sabían que aquel hombre de aspecto tan frío, aquel hombre tan razonable, tenía una debilidad: no podía ver llorar a un niño o a una mujer. El espectáculo de las lágrimas le hacía perder por completo el equilibrio y la facultad de razonar.

El jefe de su oficina y el secretario lo sabían y, cuando el caso se presentaba, avisaban a los visitantes que se abstuvieran en absoluto de llorar ante él si no querían echar a perder su asunto.

–Se enfadará y no querrá escucharles –decían.

Y, en efecto, en tales casos, el desequilibrio moral producido en Karenin por las lágrimas se manifestaba en una imitación que le llevaba a echar sin miramientos a sus visitantes.

–¡No puedo hacer nada! ¡Haga el favor de salir! –gritaba en tales ocasiones.

Cuando, al regreso de las carreras, Ana le confesó sus relaciones con Vronsky a inmediatamente, cubriéndose el rostro con las manos, rompió a llorar, Alexey Alejandrovich, a pesar del enojo que sentía, notó a la vez que le invadía el desequilibrio moral que siempre despertaban en él las lágrimas.

Comprendiéndolo, y comprendiendo también que la exteriorización de sus sentimientos estaría poco en consonancia con la situación que atravesaban, Alexey Alejandrovich procuró reprimir toda manifestación de vida, por lo cual no se movió para nada ni la miró a la cara.

Y aquél era el motivo de que ofreciese aquella extraña expresión como de muerto que sorprendió a su mujer.

Al llegar, la ayudó a apearse y, dominándose, se despidió de ella con su habitual cortesía, pronunciando algunas frases que en nada le comprometían y diciéndole que al día siguiente le comunicaría su decisión.

Las palabras de su mujer al confirmar sus sospechas dañaron profundamente el corazón de Karenin, y el extraño sentimiento de compasión física hacia ella que despertaban en él sus lágrimas aumentaba todavía su dolor.

Mas, al quedar solo en el coche, Alexey Alejandrovich, con gran sorpresa y alegría, se sintió libre en absoluto de aquella compasión y de las dudas y celos que le atormentaban últimamente.

Experimentaba la misma sensación de un hombre a quien arrancan una muela que le hubiese estado atormentando desde mucho tiempo. Tras el terrible sufrimiento y la sensación de haberle arrancado algo enorme, algo mayor que la propia cabeza, el paciente nota de pronto, y le parece increíble tal felicidad, que ya no existe lo que durante tanto tiempo le amargaba la vida, lo que absorbía toda su atención, y que ahora puede revivir, pensar e interesarse en cosas distintas a su muela.

Tal era el sentimiento de Alexey Alejandrovich. El dolor fue terrible e inmenso, pero ya había pasado, y ahora sentía que podía vivir y pensar de nuevo sin ocuparse sólo de su esposa.

«Es una mujer sin honor, sin corazón, sin religión y sin moral. Lo he sabido y lo he visto siempre, aunque por compasión hacia ella procuraba engañarme», se dijo.

Y en efecto, le parecía haberlo visto siempre. Recordaba los detalles de su vida juntos, y éstos, aunque antes no le parecieron malos, ahora a su juicio demostraban claramente la perversidad de su esposa.

«Me equivoqué al unir su vida a la mía, pero en mi error no hay nada indigno, por lo que no tengo por qué ser desgraciado. La culpa no es mía, sino suya», se dijo. «Ella no existe ya para mí.»

Lo que pudiera ser de Ana y de su hijo hacia el que experimentaba iguales sentimientos que hacia su mujer, dejó de interesarle. Lo único que le preocupaba era el modo mejor, más conveniente y cómodo para él –es decir, el más justo– de librarse del fango con que ella lo contaminó en la caída, a fin de poder continuar su vida activa, honorable y útil.

«No puedo ser desgraciado por el hecho de que una mujer despreciable haya cometido un crimen. Únicamente debo buscar la mejor salida de la situación en que me ha colocado. Y la encontraré»,

Reflexionaba, arrugando cada vez más el entrecejo. «No soy el primero, ni el último… » Y aun prescindiendo de los ejemplos históricos, entre los cuales le venia primero a la memoria el de la bella Elena y Menelao, toda una larga teoría de infidelidades contemporáneas de mujeres de alta sociedad surgieron en la mente de Alexey Alejandrovich.

«Darialov, Poltavky, el príncipe Karibanob, el conde Paskudin, Dram… Sí, también Dram, un hombre tan honrado y laborioso… , Semenov, Chagin, Sigonin… –recordaba–. Cierto que el más necio ridículo cae sobre estos hombres, pero yo nunca he considerado eso más que como una desgracia y he tenido compasión de ellos», se decía Alexey Alejandrovich.

Esto no era verdad, pues nunca tuvo compasión de tales desgracias, y tanto más se había enorgullecido hasta entonces cuantas más traiciones femeninas habían llegado a sus oídos.

«Es una desgracia que puede pasarle a cualquiera, y me ha tocado a mí. Sólo se trata de saber cómo puedo salir mejor de esta situación.»

Y comenzó a recordar cómo obraban los hombres que se hallaron en situaciones similares a la suya actual.

«Darialov se batió en duelo.»

En su juventud el duelo le preocupaba mucho, precisamente porque físicamente era débil y le constaba.

Alexey Alejandrovich no podía pensar sin horror en una pistola apuntada a su pecho, y nunca en su vida había usado arma alguna. Tal horror le obligó a pensar en el duelo desde muy temprano y a calcular cómo había que comportarse al enfrentarse a un peligro mortal. Luego, al alcanzar el éxito y una estado social sólido, hacía tiempo que había olvidado aquel sentimiento. Y como la costumbre de pensar así se había hecho preponderante, el miedo a su cobardía fue ahora tan fuerte que Alexey Alejandrovich, durante largo tiempo, no pensó más que en el duelo, aunque sabía muy bien que en ningún caso se batiría.

«Cierto que nuestra sociedad, bien al contrario de la inglesa, es aún tan bárbara que muchos –y en el número de estos "muchos" figuraban aquellos cuya opinión Karenin apreciaba más– miran el duelo con buenos ojos. Pero ¿a qué conduciría? Supongamos que le desafío», continuaba pensando. E imaginó la noche quo pasaría después de desafiarle, imaginó la pistola apuntada a su pecho, y se estremeció, y comprendió que aquello nunca sucedería. Pero seguía reflexionando: «Supongamos que me dijeran lo que debo hacer, que me colocaran en mi puesto y que apretara el gatillo», se decía, cerrando los ojos. «Supongamos que lo matara… »

Alexey Alejandrovich sacudió la cabeza para apartar tan necios pensamientos.

«Pero ¿qué tiene que ver que mate a un hombre con lo que he de hacer con mi mujer y mi hijo? ¿No tendré también entonces que pensar en lo que he de decidir referente a ella? En fin: lo más probable, lo que seguramente acontecerá, es que yo resultaré muerto o herido. Es decir, yo, inocente de todo, seré la víctima. Esto es más absurdo. Pero, por otro lado, provocarle a duelo no sería honrado por mi parte. ¿Acaso ignoro que mis amigos me lo impedirían, que no consentirían arriesgar la vida de un estadista necesaria a Rusia? ¿Y qué pasaría entonces? Pues que parecerá que yo, sabiendo bien que el asunto nunca llegará a implicarme riesgos, querré darme un inmerecido lustre con este desafío. Esto no es honrado, es falso, es engañar a los otros y a mí msmo. El duelo es inadmisible y que nadie espere que yo lo provoque. Mi objeto es asegurar mi reputación, y la necesito para continuar sin impedimento mis actividades.»

Su trabajo político, que ya antes le parecía muy importante, ahora se le presentaba como de una gravedad excepcional.

Una vez descartado el duelo, Karenin estudió la cuestión del divorcio, salida elegida por otros maridos que él conocía.

Recordando los casos de divorcios notorios (y él conocía perfectamente muchos pertenecientes a la alta sociedad), Alexey Alejandrovich no encontró ninguno cuyo fin fuera el mismo que él se proponía. En todos aquellos casos, el marido cedía o vendía a la adúltera; y la parte culpable, sin derecho a volver a casarse, le imputaba al esposo falsas relaciones. En su propio caso, Alexey Alejandrovich veía imposible obtener el divorcio legal de modo que la culpable fuera castigada. Comprendía que las delicadas condiciones vitales en que se movía no permitían las demostraciones pasionales que exigía la ley para probar la culpabilidad de una mujer.

Su vida, en cierto sentido muy refinada, no toleraba pruebas tan crudas, aunque existiesen, ya que el practicarlas le rebajaría ante la opinión general más a él que a ella.

El intento del divorcio no habría valido más que para provocar un proceso escandaloso que aprovecharían bien sus enemigos para calumniarle y hacerle descender de su posición en el gran mundo. De modo que el divorcio no satisfacía el objeto esencial, solucionar el asunto con las mínimas dificultades. Además, con conseguir el divorcio o planteárselo se evidenciaba que la mujer rompía sus relaciones con el marido y nada la impediría entonces unirse a su amante. Y en el alma de Karenin, pese a la completa indiferencia que ahora creía experimentar hacia su mujer, restaba aún un sentimiento que se expresaba por el deseo de impedirle unirse libremente con Vronsky, haciendo que el delito hubiera merecido la pena.

Tal pensamiento lo irritaba tanto que sólo al imaginarlo se le escapó un gemido de íntimo dolor. Se irguió, se cambió de sitio en el coche y durante un instante prolongado permaneció con el entrecejo fruncido mientras envolvía en la suave manta de viaje sus pies huesudos y friolentos.

Cuando se sintió un poco calmado siguió pensando que en vez del divorcio legal podía, tal como Karibanov, Paskudin y el buen Dram, separarse de su ella. Pero este procedimiento tenía los mismos efectos deshonrosos que el divorcio, y lo peor era que, como el legal, la arrojaba a su mujer en brazos del amante.

«¡No: es imposible, imposible!», dijo en voz alta, mientras comenzaba a desenrollar otra vez la manta. «Yo no quiero ser desgraciado, pero tampoco que ni él ni ella sean dichosos.»

El sentimiento de celos que experimentara mientras ignoraba la verdad se disipó en cuanto las palabras de su mujer le arrancaran la muela dolorida. A aquel sentimiento lo sustituía otro: el de que su mujer no sólo no debía triunfar, sino que debía ser castigada por su delito. No reconocía que experimentara tal sentimiento, pero en el fondo de su alma deseaba que ella sufriese, en castigo a haber destruido la tranquilidad y mancillado el honor de su marido. Y, estudiando de nuevo las posibilidades de duelo, divorcio y separación, y rechazándolas todas otra vez, Alexey Alejandrovich concluyó que sólo quedaba una salida: retener a Ana a su lado, ocultar ante la sociedad lo sucedido y procurar por todos los medios terminar aquellas relaciones, ese era el medio más eficaz de castigarla, aunque no quería confesárselo.

«Debo comunicarle que mi decisión es, una vez examinada la posición en que ha puesto a la familia, y considerando que cualquier otra medida sería peor para ambas partes, mantener el «statuto quo» exterior, con el cual estoy conforme, a condición inexcusable de que cumpla enteramente mi voluntad, es decir, suspenda toda relación con su amante.»

Y cuando hubo adoptado definitivamente esta resolución, acudió a la mente de Alexey Alejandrovich un pensamiento muy importante como refuerzo:

«Sólo con esta decisión obro según las prescripciones eclesiásticas», se dijo. «Únicamente así no arrojo de mi lado a la mujer criminal y le doy probabilidades de arrepentirse, e incluso, aunque esto me sea muy penoso, consagro parte de mis fuerzas a su corrección y salvación.»

Alexey Alejandrovich sabía que carecía de autoridad moral sobre su mujer y que de aquel intento de corregirla no surgiría más que una farsa, y, a pesar de que en todos aquellos tristes instantes no hubiera pensado ni una sola vez en buscar orientaciones en la religión, ahora, cuando la resolución tomada le parecía coincidir con los mandatos de la Iglesia, esta sanción religiosa de lo que había decidido le satisfacía plenamente y, en parte, lo calmaba.

Le era agradable pensar que, en una decisión tan importante para su vida, nadie podría decir que había prescindido de los mandatos de la religión, cuya bandera él había sostenido muy alta en medio de la indiferencia y frialdad generales.

Reflexionando acerca de los demás detalles, Alexey Alejandrovich no veía motivo para que la relaciones con su mujer no pudiesen continuar como antes. Cierto que jamás podría volver a respetarla, pero no había ni podía haber motivo alguno para que él destrozara su vida y sufriese porque ella fuera mala e infiel.

«Sí; pasará el tiempo, que arregla todas las cosas, y nuestras relaciones volverán a ser las de antes», se dijo Alexey Alejandrovich.

Y añadió:

«Es decir, esas relaciones se reorganizarán de tal modo que no experimentaré desorden alguno en el curso de mi vida. Ella debe ser desgraciada, pero yo no soy culpable y no tengo por qué ser desgraciado a mi vez».

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
03 kasım 2025
Hacim:
1220 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9782380374193
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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