Kitabı oku: «Anna Karénina», sayfa 29

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Capítulo 14

Al acercarse a San Petersburgo, no sólo Karenin había adoptado su decisión de una manera definitiva, sino que hasta redactó mentalmente la carta que iba a escribir a su mujer.

Entró en la portería, vio las cartas y documentos que le habían llevado del Ministerio y ordenó que los llevarán a su gabinete.

–Apaguen y no reciban a nadie –contestó a la pregunta del portero, con satisfacción que denotaba su buen humor, acentuando la frase «no reciban».

Ya en su gabinete, Karenin paseó recorriéndolo dos veces en toda su longitud y se detuvo ante su gran mesa escritorio, en la que había seis velas encendidas que había puesto allí su ayuda de cámara.

Luego hizo crujir las articulaciones de sus dedos, se sentó y comenzó a arreglar los objetos que había en el escritorio. Con los codos sobre la mesa y la cabeza inclinada de lado, reflexionó un momento y luego escribió sin detenerse ni un segundo. Escribía en francés, sin dirigirse directamente a ella, y empleando el «usted», que no posee en aquel idioma la frialdad que posee en el ruso:

En nuestra última entrevista le indiqué mi intención de comunicarle lo que he decidido respecto a lo que hablamos.

Después de reflexionar detenidamente, le escribo como le prometí. Mi decisión es ésta: sea cual sea su proceder, no me considero autorizado a romper lazos con los que nos ha unido un poder superior. La familia no puede ser deshecha por el capricho, el deseo o incluso el crimen de uno de los cónyuges. Nuestra vida, pues, debe seguir como antes. Eso es necesario para usted, para mí y para nuestro hijo. Estoy seguro de que usted se arrepiente de lo que motiva la presente carta y que me ayudará a arrancar de raíz la causa de nuestra discordia y a olvidar el pasado. En caso contrario, puede suponer lo que le espera a usted y a su hijo. De todo ello espero hablarle en nuestra próxima entrevista. Como termina la temporada veraniega, le pido que vuelva a San Petersburgo lo antes posible, el martes a más tardar. Se darán las órdenes necesarias para su regreso. Le ruego que tenga en cuenta que doy una especial importancia al cumplimiento de este deseo mío. A. Karenin.

P. S. Acompaño el dinero que pueda necesitar para sus gastos.

Releyó la carta y se sintió contento, sobre todo por haberse acordado de enviar dinero; no había un reproche ni una palabra dura, pero tampoco ninguna condescendencia. Lo principal era que en ella había como un puente dorado para que pudiese volver.

Plegó y alisó la carta con la grande y pesada plegadera de marfil, la puso en un sobre, en el que metió el dinero, y llamó con la particular satisfacción que le producía el adecuado empleo de sus bien ordenados útiles de escritorio.

–Llévala al ordenanza para que la entregue mañana a Ana Arkadievna en la casa de verano –dijo, levantándose.

–Bien. ¿Tomará vuecencia el té en el gabinete?

Alexey Alejandrovich ordenó que llevasen el té allí y, jugueteando con la plegadera, se dirigió a la butaca junto a la que había una lámpara y a su lado el libro francés que había empezado a leer, relativo a inscripciones antiguas.

Sobre la butaca, en un marco dorado, pendía el magnífico retrato de Ana hecho por un célebre pintor.

Alexey Alejandrovich lo miró. Los ojos impenetrables le miraban burlones, insolentes, como en aquella última noche en la que habían tenido la explicación.

Todo en aquel retrato le parecía impertinente y provocador: desde los encajes de la cabeza, con los cabellos negros, excelentemente pintados, hasta la hermosa mano blanca, cuyo dedo anular estaba cubierto de sortijas, todo le causaba la misma desagradable impresión. Después de mirarlo durante un instante, Karenin se estremeció de tal modo que sus labios temblaron y hasta emitieron un sonido casi imperceptible:

–¡Brrr!

Volvió la cabeza, se sentó precipitado en la butaca y abrió el libro. Trató de leer, pero en modo alguno consiguió que despertara en él su anterior interés por las inscripciones antiguas. Mientras miraba el libro, pensaba en otra cosa. No en su mujer, sino en una complicación de su actividad gubernamental que surgiera últimamente y en la que radicaba el interés principal de su trabajo del momento.

Ahora le parecía penetrar más profundamente que nunca en aquella complicación y parecíale que en su cerebro surgía la idea capital –lo podía decir sin presunción–, el pensamiento que debía aclarar todo el asunto, haciéndole ascender en su camera, abatiendo a sus enemigos, convirtiéndole más útil aún al Estado.

En cuanto el criado, después de llevarle el té, hubo salido del aposento, Alexey Alejandrovich se levantó y se dirigió a la mesa escritorio.

Apartó a un lado la cartera que contenía los asuntos corrientes y, con una sonrisa de satisfacción apenas perceptible, sacó el lápiz y se sumió en la lectura de los documentos relativos a aquella complicación.

El rasgo característico de Alexey Alejandrovich como alto funcionario del Estado, el que le distinguía especialmente y el que, unido a su moderación, su probidad, su confianza en sí mismo y su amor propio excesivo, había contribuido más a encumbrarle, era su absoluto desprecio del papeleo oficial, su firme voluntad de suprimir en lo posible los escritos inútiles y tratar los asuntos directamente, solucionándolos con la mayor rapidez y con la máxima economía.

Ocurrió, con esto, que en la célebre Comisión del 2 de junio se expuso el asunto de la fertilización de la provincia de Zaraisk, asunto perteneciente al Ministerio de Karenin y que constituía un claro ejemplo de los gastos estériles que se hacían y de los inconvenientes de resolver los asuntos sólo en el papel. Alexey Alejandrovich sabía que eso era justo.

El asunto de la fertilización de Zaraisk había sido iniciado por el antecesor de Karenin. Y en él se habían gastado y gastaban muchos fondos totalmente en balde, ya que estaba fuera de duda que todo ello no había de conducir a nada.

Al ocupar aquel cargo, Alexey Alejandrovich lo comprendió en seguida y pensó en ocuparse de ello. Pero hacerlo al principio, cuando se sentía aún poco seguro, no era razonable, teniendo en cuenta que con ello lastimaba muchos intereses. Luego, absorbido ya por otros asuntos, simplemente se había olvidado de aquél, que, como tantos otros, seguía su camino por fuerza de inercia. Mucha gente comía en torno a él, y en especial una familia muy honrada y distinguida por sus dotes musicales, ya que todas las hijas tocaban algún instrumento de cuerda. (Alexey Alejandrovich no sólo les conocía, sino que incluso era padrino de boda de una de las hijas mayores.)

Los enemigos del Ministerio se ocuparon del asunto y se lo reprocharon, con tanta menos justicia cuanto que en todos los Ministerios los había mucho más graves y que nadie tocaba por no faltar a los conveniencias en las relaciones interministeriales.

Pero, puesto que ahora le lanzaban aquel guante, él lo recogería gallardamente y pediría una comisión especial que estudiase el asunto de la fertilización de Zaraisk. No quería, sin embargo, que la cosa quedase en manos de aquellos señores, por lo cual exigió ante todo el nombramiento de otra comisión especial para estudiar el asunto de la organización de la población autóctona.

Aquel asunto se había planteado también ante la Comisión del 2 de junio, y Alexey Alejandrovich lo presentaba con energía como muy urgente por el deplorable estado de la citada población.

En la Comisión, el asunto motivó discusiones de varios Ministerios entre sí. El Ministerio enemigo de Karenin demostraba que el estado de los autóctonos era excelente y que los cambios propuestos podían resultar funestos para la prosperidad de aquellas poblaciones; que si algo iba mal, se debía a que el Ministerio de Alexey Alejandrovich no cumplía las disposiciones legales. Y ahora Karenin se proponía exigir: primero, que se nombrara otra comisión que estudiara sobre el terreno la situación de las poblaciones autóctonas; segundo, que si se demostraba que su situación era efectivamente la que se desprendía de los datos oficiales que poseía la Comisión, se formara un nuevo comité técnico que estudiara las causas de aquella situación desde el punto de vista político, administrativo, económico, etnográfico, material y religioso; tercero, que el Ministerio adversario presentase datos de las medidas adoptadas durante los últimos años para evitar las malas condiciones en que ahora se encontraban los autóctonos, y cuarto, que se pidiera a dicho Ministerio explicaciones sobre por qué –según informes presentados a la Comisión con los números 17017 y 18308, fechas 5 de diciembre de 1863 y 7 de junio de 1864– procedía abiertamente contra la ley orgánica, artículo 18, y observación en el 36.

Un animado color cubrió las mejillas de Alexey Alejandrovich mientras anotaba rápidamente aquellas ideas. Una vez escrita la primera hoja de papel, se levantó, llamó y mandó una nota al jefe de su despacho para que le enviasen los informes necesarios.

Y tras levantarse y pasear por la habitación, volvió a mirar el retrato, arrugó las cejas y sonrió con desprecio. Leyó de nuevo el libro sobre inscripciones antiguas y a las once se fue a dormir. Cuando, una vez en la cama, recordó lo sucedido con su mujer, ya no le pareció tan terrible.

Capítulo 15

Aunque Ana contradecía a Vronsky con terca irritación cuando él le aseguraba que la situación presente era insostenible, en el fondo de su alma también ella la consideraba falsa y deshonrosa y de todo corazón deseaba modificarla.

Al volver de las carreras con su marido, en un momento de excitación se lo contó todo, y, pese al dolor que experimentara al hacerlo, se sintió aliviada. Cuando Karenin se hubo ido, Ana se repetía que estaba contenta; con todo ahora aclarado, ya no necesitaría de engañar y fingir. No dudaba que su posición quedaría ya, a partir de ahora, definida establecida; quizá mala, pero definida, y en ella no habría más sombras ni engaños.

El daño que se había causado a sí misma y el que causó a su marido al decirle aquellas palabras sería recompensado por la mayor claridad en que habían quedado sus relaciones.

Cuando aquella misma noche se vio con Vronsky, no le contó lo sucedido entre ella y su marido, aunque habría debido decírselo para definir la situación.

Al despertar a la mañana siguiente, pensó antes que nada en lo que le había dicho a su marido, y le parecieron tan manera duras y terribles sus palabras que no podía comprender cómo se había decidido a pronunciarlas.

Pero ya estaban dichas y era imposible adivinar lo que podría resultar de aquello, ya que Alexey Alejandrovich se marchado ido sin responderle nada.

«He visto a Vronsky y no le he contado lo ocurrido», reflexionaba.

«Incluso cuando se disponía a irse estuve a punto de llamarlo y decírselo todo, pero no lo hice porque pensé que le parecería extraño que no se lo hubiese explicado en el primer momento. ¿Por qué no lo hice?»

Y al tratar de contestar a tal pregunta, el rubor encendió sus mejillas. Comprendió lo que se lo impedía, comprendió que sentía vergüenza. La situación, que la tarde anterior le había parecido aclarada, se le presentaba de repente no sólo como más turbia, sino, además, irresoluble. Quedó aterrada ante el deshonor en que se veía hundida, cosa en la cual ni siquiera había pensado. Y al detenerse a reflexionar sobre lo que haría su marido, se le ocurrían las más terribles ideas.

Imaginaba que iba a llegar ahora el administrador para echarla de casa, y que su deshonra iba a ser publicada ante todos. Se preguntaba a dónde iría cuando la echaran de allí y no encontraba contestación.

Al recordar a Vronsky, se figuraba que él no la quería, que empezaba a sentirse cansado, que ella no podía ofrecérsele, y esto le hacía experimentar animosidad contra él. Le parecía como si las palabras dichas a su marido, que continuamente acudían a su imaginación, las hubiera dicho a todos y todos las hubiesen oído.

No se atrevía a mirar a los ojos a quienes vivían con ella. No osaba llamar a la criada ni descender a la planta baja para ver a la institutriz y a su hijo.

La muchacha, que esperaba hacía tiempo en la puerta, escuchando, decidió entrar en la alcoba.

Ana la miró a los ojos inquisitiva y, sintiéndose cohibida, se ruborizó. La criada pidió perdón, diciendo que creía que la señora la había llamado.

Traía la ropa y un billete de Betsy, quien le recordaba que aquel día irían a su casa por la mañana Lisa Merkalova y la baronesa Stalz con sus admiradores: Kaluchsky y el viejo Stremov, para jugar una partida de cricket.

«Venga, aunque sea sólo para aprender algo de nuestras costumbres. La espero.», concluía el billete.

Ana leyó y suspiró dolorosamente.

–No necesito nada, nada –dijo a la muchacha, que colocaba frascos y cepillos en la mesita del tocador–. Váyase. Voy a vestirme y salir. No necesito nada, nada…

Anuchka salió de la alcoba, pero Ana, sin vestirse, continuó sentada en la misma posición, con la cabeza baja y los brazos caídos, estremeciéndose de vez en cuando de pies a cabeza como si fuese a hacer o decir algo y se sintiera incapaz de ello. Repetía sin cesar, para sí: «¡Dios mío, Dios mío!».

Pero tales palabras no significaban nada para ella. La idea de buscar consuelo en la religión le resultaba tan extraña como la de hallarlo en su propio marido, aunque no dudaba de la religión en que la habían educado.

Sabía bien que el consuelo religioso sólo era posible a base de prescindir de aquello que era el único objeto de su vida. Y no sólo sentía dolor, sino que comenzaba a sentir miedo ante aquel terrible estado anímico que nunca hasta entonces había experimentado. Le parecía que todo en su alma comenzaba a desdoblarse, como a veces se desdoblan los objetos ante una vista cansada. A ratos no sabía ya lo que deseaba ni lo que temía, ni si temía o deseaba lo que era o más bien lo que había de ser después. Y no podía precisar qué era concretamente lo que deseaba.

«¿Qué hacer?», se dijo al fin, sintiendo que le dolían las sienes. Y al recobrarse se dio cuenta de que se había cogido con las dos manos sus cabellos cercanos a las sienes y tiraba de ellos.

Se levantó de un salto y empezó a pasear por la habitación.

–El café está servido y mademoiselle y Sergio esperan –dijo Anuchka, que había entrado de nuevo, hallando a Ana en la misma posición.

–¿Sergio? ¿Qué hace Sergio? –preguntó Ana, animándose de repente y recordando, por primera vez durante la mañana, la existencia de su hijo.

–Parece que ha cometido una falta –dijo Anuchka sonriendo.

–¿Qué falta?

–Pues ha cogido uno de los melocotones que había en la despensa y se lo ha comido a escondidas.

El recuerdo de su hijo hizo que Ana saliese de aquella situación desesperada en que se encontraba. Se acordó del papel, en parte sincero, aunque más bien exagerado, de madre consagrada por completo a su hijo en que había vivido aquellos últimos años, y notó con alegría que en el estado en que se encontraba aún poseía una fuerza independiente de la posición en que se hallara respecto a su marido y a Vronsky, y esta energía era su hijo. Fuera la que fuera su situación, no podría abandonarlo; aun cuando su marido la cubriese de oprobio, y aunque Vronsky continuara viviendo independiente de ella –y de nuevo lo recordó con amargura y reproche–, Ana no podría separarse de su Sergio. Tenía un objetivo en la vida. Debía obrar, obrar para asegurar su posición con su hijo, para que no se lo quitasen. Y había de actuar inmediatamente si quería evitarlo. Debía coger a su hijo y marcharse. No le cabía hacer otra cosa.

Tenía que calmarse y salir de tan penosa situación. El pensamiento de que urgía hacer algo, que tenía que tomar a su hijo inmediatamente y huír con él a cualquier sitio, le proporcionó la calma que necesitaba.

Se vistió deprisa, bajó y con paso seguro entró en el salón, donde, como de costumbre, le esperaban Sergio y la institutriz con el café.

Sergio, vestido de blanco, estaba ante la consola del espejo, con la espalda y cabeza inclinadas, expresando aquella atención concentrada que ella conocía y que señalaba más su semejanza con su padre, manipulando unas flores que había llevado del jardín.

La institutriz presentaba un aspecto severo. Sergio exclamó, chillando como solía:

–¡Mamá!

Y se interrumpió, indeciso. ¿Debía saludar primero a su madre, dejando las flores, o terminar la corona antes y acercarse a su madre ya con las flores en la mano?

Después de saludar, la institutriz comenzó a relatar, lenta y detalladamente, la falta cometida por el niño. Pero Ana no la escuchaba y pensaba si convendría o no llevársela consigo.

«No, no la llevaré», decidió. «Me iré sola, con mi hijo.»

–Sí, eso está muy mal –dijo Ana, tomando al niño por el hombro y mirándole no con severidad, sino con timidez, lo que confundió al pequeño y le llenó de alegría.

Ana le dio un beso.

–Déjele conmigo –indicó a la extrañada institutriz.

Y, sin soltar las manos de Sergio, se sentó a la mesa en que estaba servido el café.

–Yo, mamá… no, no… –murmuró el niño, pensando en lo que podría esperarle por haber cogido un melocotón sin permiso.

–Sergio –dijo Ana, cuando la institutriz hubo salido del aposento–. Eso está muy mal, pero no lo harás más, ¿verdad? ¿Me quieres?

Sentía que le acudían las lágrimas a los ojos. «¿Cómo puedo dejar de quererlo?», pensó, sorprendiendo la mirada, asustada y al mismo tiempo jubilosa, de su hijo. « ¿Es posible que se una a su padre para martirizarme? ¿Es posible que no me compadezca?»

Las lágrimas corrían ya por su rostro, y para disimularías se levantó bruscamente y salió a la terraza.

Después de las lluvias y tempestades de los últimos días, el tiempo era claro y frío. Bajo el sol radiante que iluminaba las hojas húmedas de los árboles, se sentía la frescura del aire.

Al contacto con el exterior, el frío y el terror se adueñaron de ella con fuerza nueva y la hicieron estremecer.

–Ve, ve con Mariette –dijo a Sergio, que la seguía.

Y comenzó a pasear arriba y abajo por la estera de paja que cubría el suelo de la terraza.

«¿Será posible que no me perdonen? ¿No comprenderán que esto no podía ser de otro modo?», se dijo.

Se detuvo, miró las copas de los olmos agitadas por el viento, con sus hojas frescas y brillantes bajo la fría luz del sol, y le pareció que en ningún lugar del mundo hallaría piedad para ella, que todo había de ser duro y sin compasión, como aquel cielo frío y aquellos árboles… Y de nuevo sintió que su alma se desdoblaba.

«No, no pensemos en ello», se dijo. «He de preparar mi viaje: tengo que irme. ¿Adónde? ¿Y cuándo? ¿Quién me acompañará? Sí; me iré a Moscú en el tren de la noche, llevándome a Anuchka y a Sergio y las cosas más necesarias. Pero antes debo escribirles a ambos.»

Entró en casa precipitadamente, pasó a su gabinete, se sentó a la mesa y le escribió a su marido:

«Después de lo sucedido, no puedo continuar en casa. Me marcho llevándome al niño. Ignoro las leyes y no sé si el hijo debe quedarse con el padre o con la madre. Pero me lo llevo conmigo porque no puedo vivir sin él. Sea generoso y déjemelo».

Hasta llegar aquí escribió rápidamente y con naturalidad, pero la apelación a una generosidad que Ana no reconocía en su marido y la necesidad de terminar la carta con algo conmovedor la interrumpieron.

«No puedo hablarle de mi culpa y de mi arrepentimiento, porque… »

Se detuvo otra vez, sin encontrar conexión en sus pensamientos.

«No», se dijo, «no es preciso escribir nada de esto».

Y rompiendo la hoja, la redactó de nuevo, excluyendo la alusión a la generosidad, y cerró la carta.

Tenía que escribir otra a Vronsky.

«Le he dicho a mi marido … », empezó, y permaneció un rato sentada sin hallar fuerzas para continuar. ¡Aquello era tan brusco, tan poco femenino … !

«Además, ¿qué puedo escribirle?», se preguntó. Y otra vez la vergüenza le ruborizó las mejillas. Recordó la tranquilidad de Vronsky y un sentimiento de irritación contra él le hizo trocear la hoja con la frase ya escrita.

«No hay necesidad de escribir nada», se dijo. Y cerrando la carpeta, subió a anunciar a la institutriz y a la servidumbre que salía aquella noche para Moscú. Y comenzó los preparativos del viaje.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
03 kasım 2025
Hacim:
1220 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9782380374193
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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