Kitabı oku: «Anna Karénina», sayfa 35

Yazı tipi:

Capítulo 31

En la mitad de las escaleras, Levin oyó en el recibidor una conocida tosecilla, aunque no muy clara, porque la apagaban sus propios pasos. Esperaba haberse equivocado; vio luego una silueta alta y huesuda que le era familiar, y parecíale que no podía engañarse, pero continuaba confiando en que sufría un error y que aquel hombre alto que se quitaba el abrigo tosiendo no era su hermano Nicolás.

Levin quería a su hermano, pero vivir con él siempre le había supuesto un tormento. Ahora, bajo el influjo del pensamiento que de pronto le acudió a la mente y en virtud de la indicación de Agafia Mijailoyna, se encontraba en un estado de ánimo muy confuso, y ver a su hermano le era particularmente penoso.

En vez de un visitante, extraño, sano y alegre, que Levin esperaba que pudiera distraerlo de su preocupación, se veía obligado a tratar a su hermano, que lo comprendía a fondo, y que leería en sus pensamientos más recónditos y lo forzaría a hablar con toda sinceridad. Y eso Levin no lo deseaba.

Irritado consigo mismo por aquel disgusto, bajó al recibidor. Pero apenas vio a su hermano, aquel sentimiento de decepción personal se desvaneció en él sustituido por la compasión.

Antes, el aspecto de su hermano, con su terrible delgadez y su estado enfermizo, era aterrador; pero ahora había adelgazado todavía más y se lo veía completamente agotado. Era un esqueleto cubierto sólo con la piel.

Nicolás, de pie en el recibidor, sacudía su cuello delgado, quitándose la bufanda, mientras sonreía de un modo lastimero y extraño. Viendo aquella sonrisa débil y sumisa, Levin sintió que un sollozo le oprimía la garganta.

–¡Al fin he venido a tu casa –dijo Nicolás, con voz apagada, sin apartar un segundo los ojos del rostro de su hermano–. Hace tiempo que me lo proponía, pero me hallaba muy mal. Ahora mi salud ha mejorado mucho –concluyó secándose la barba con las grandes y flacas palmas de sus manos.

–Bien, bien –contestó Levin.

Y se asustó más aún cuando, al besar a su hermano, sintió en sus labios la sequedad de su cuerpo y vio de cerca el extraño brillo de sus grandes ojos.

Algunas semanas antes, Constantino Levin le había escrito a Nicolás diciéndole que había vendido la pequeña parte de tierras que quedaba sin repartir y que podía cobrar lo que le correspondía, que eran unos dos mil rublos.

Nicolás dijo que venía a cobrar aquella cantidad y, sobre todo, a pasar algún tiempo en la casa natal, tocar con su planta la tierra y, como los antiguos héroes, recibir fuerzas de ella para su futura actividad.

A pesar de su mayor encorvamiento, de su increíble delgadez, sorprendente en su estatura, sus movimientos eran, como siempre, rápidos a impulsivos.

Levin lo acompañó a su despacho. Su hermano se mudó con especial cuidado –cosa que antes no hacía nunca–, peinó sus cabellos escasos y rígidos y subió, sonriendo, al piso alto.

Estaba de excelente humor, alegre y cariñoso como su hermano lo recordaba en la infancia, y hasta mencionó sin rencor a Sergio Ivanovich. Al ver a Agafia Mijailovna, bromeó con ella y le preguntó por los antiguos servidores. Se impresionó al saber la muerte de Parfen Denisich y en su rostro se dibujó una expresión de temor; pero se recobró en seguida.

–Era muy viejo –observó, cambiando de conversación–. Pues sí, pasaré contigo un par de meses y luego me volveré a Moscú. Miagkov me ha prometido un empleo; trabajaré… Quiero modiîicar mi vida –continuó diciendo–. ¿Sabes que me he separado de aquella mujer?

–¿De María Nicolaevna? ¿Por qué?

–Porque era una mala mujer. Me dio muchos disgustos.

No dijo cuáles, sintiéndose incapaz de confesar que se había separado de ella por hacerle un té demasiado flojo y principalmente por cuidarlo como a un enfermo.

–En una palabra, quiero cambiar de raíz mi modo de vivir. He cometido tonterías, como todos, pero no me arrepiento de ninguna. He perdido mis bienes, pero tampoco esto me interesa. La salud es lo principal y, gracias a Dios, ahora me he repuesto.

Levin le oía sin saber qué decir. Seguramente Nicolás sentía lo mismo y se puso a hacerle preguntas sobre sus asuntos. Y Levin, contento de poder hablar de sí mismo, porque de este modo ya no necesitaba fingir, le expuso sus planes futuros y el sentido de su actividad.

Su hermano lo escuchaba, pero era evidente que aquello no le interesaba.

Ambos hombres se sentían tan próximos el uno al otro que el más insignificante movimiento, hasta el tono de su voz, decía más para ambos que cuanto pudieran expresar las palabras.

Ahora ambos sentían lo mismo: la inminencia de la muerte de Nicolás, que pesaba sobre todo lo demás y lo borraba. Ni uno ni otro osaban, sin embargo, mencionarlo, y por esto cuanto hablaban eran falsedades, que no expresaban lo que había en sus pensamientos. Jamás Levin se alegró tanto como aquel día de que llegase la hora de irse a dormir; jamás ante ningún extraño, en ninguna visita de cumplido, estuvo tan falso y artificial.

La conciencia de su hipocresía y el arrepentimiento de ella aumentaban cada vez más. Sentía ganas de llorar viendo a su hermano tan querido próximo a la muerte y, no obstante, había de escucharlo contar sus planes de vida.

La casa era húmeda y sólo una pieza tenía calefacción, por lo cual Levin acomodó a su hermano en su propio dormitorio, detrás de una mampara.

Durmiera o no, su hermano se agitaba como un enfermo, tosía y, cuando la tos no lo aliviaba, gemía. De vez en cuando exhalaba un suspiro y exclamaba: «¡Ay, Dios mío!». Y cuando la expectoración lo ahogaba decía irritado: «¡Ah, diablo!» .

Levin, oyéndolo, no pudo dormirse hasta muy tarde. Sus diversos pensamientos se resumían en uno: el de la muerte.

La muerte, como fin inmediato de todo, surgió en su cerebro por primera vez. Y la muerte estaba aquí, con aquel hermano querido que, a medio dormir, invocaba a Dios o al diablo, con indiferencia y por costumbre. La muerte, pues, no se hallaba tan lejos como creyera antes. Estaba en sí mismo. Levin la sentía. Si no hoy, mañana, y si no dentro de treinta años. Pero la muerte vendría. ¿Qué más daba cuándo? Y lo que fuera aquella muerte inevitable no sólo Levin no lo sabía ni lo meditaba nunca, sino que ni se atrevía a pensar en ella.

«Trabajo, trato de hacer algo y olvido que todo termina, que existe la muerte.»

Estaba sentado en la cama, en la oscuridad, encorvado, abrazándose las rodillas. Retenía la respiración para concentrar la mente y pensaba. Pero cuanto más forzaba los pensamiento, con más claridad veía que aquello era así, que había olvidado un pequeño detalle: que la muerte llegaría y que contra ella nada se podría hacer. Era terrible, pero era así.

«Sin embargo, todavía estoy vivo. ¿Qué debo hacer? ¿Qué haré ahora», se decía desesperado.

Encendió una bujía, se levantó con precaución y se miró al espejo el rostro y los cabellos. Sí: en las sienes había canas. Abrió la boca. Las muelas posteriores empezaban a cariarse. Descubrió sus musculosos brazos. Tenía mucha fuerza, sí, pero también Nicoleñka, que ahora respiraba a su lado con los restos de sus pulmones, había tenido un día el cuerpo vigoroso.

Recordó de repente cuando, de niños, dormían ambos en la misma habitación y sólo esperaban que Fedor Bogdanovich saliera para poder tirarse los almohadones mutuamente y reír, reír sin freno, sin que el miedo a Fedor Bogdanovich pudiera reprimir aquella conciencia de la alegría vital que los desbordaba y crecía como la espuma…

«Y ahora Nicoleñka tiene el pecho hundido y vacío y yo… yo no sé para qué debo vivir ni qué puedo esperar.»

–¡Ejem, ejem! ¡Ah, diablo! –exclamó su hermano–. ¿Por qué das tantas vueltas y no te duermes?

–No sé. Tengo insomnio.

–Pues yo he dormido muy bien. Ni siquiera tengo sudor. Mira, toca mi camisa. ¿Verdad que no tengo sudor?

Levin tocó la camisa, se fue detrás de la mampara y apagó la luz, pero no pudo dormirse en mucho rato.

Apenas había solucionado el problema de cómo vivir, se le presentaba ya otro insoluble: la muerte.

«Mi hermano está muriéndose. Morirá quizá para la primavera. ¿Y cómo puedo ayudarle? ¿Qué puedo decirle? ¿Qué sé yo de la muerte, si hasta había olvidado su existencia..?»

Capítulo 32

Levin había observado que cuando los hombres extreman su condescendencia y docilidad hasta el exceso no tardan en hacerse insoportables con sus exigencias y su susceptibilidad exageradas, y tenía la sensación de que así había de suceder también con su hermano.

Y, en efecto, la docilidad de Nicolás duró poco. Desde la mañana siguiente volvió a mostrarse irritable y se aplicaba a buscar pendencias con su hermano, hiriéndole en los puntos más delicados de su sensibilidad.

Levin, sin poderlo remediar, se sentía culpable. Adivinaba que, de no haber fingido y de haberse hablado ambos, como se dice, con el corazón en la mano, esto es, expresando sinceramente los pensamientos y sentimientos, se habrían mirado a los ojos el uno al otro y Constantino habría pronunciado una interminable retahíla de «Vas a morir, a morir, a morir… », mientras Nicolás le habría contestado siempre: «Lo sé y tengo miedo, tengo miedo… ».

Nada más que esto podían haberse dicho de haber hablado con el corazón en la mano. Pero así habría sido imposible vivir y por ello Constantino se esforzaba en hacer lo que había intentado durante toda su existencia y lo que había observado que otros hacían tan bien, aquello sin lo cual la vida era imposible: decir lo que no pensaba. Continuamente se daba cuenta de que no conseguía su propósito, de que su hermano le adivinaba el juego, y ello lo llenaba de irritación.

Al tercer día, Nicolás pidió a su hermano que le explicase su plan y, no sólo lo criticó, sino que, adrede, lo empezó a confundir con el comunismo.

–Has tomado un pensamiento ajeno, lo has estropeado y quieres aplicarlo aquí en donde es inaplicable.

–Te digo que no tiene nada que ver con el comunismo, el cual niega la propiedad, el capital y la herencia. Yo no niego ese estímulo esencial –aunque Levin odiaba estas palabras, desde que se ocupaba de aquella cuestión empleaba con más frecuencia terminología extranjera–. Yo no aspiro más que a regular el trabajo.

–Es decir, que has tomado una idea ajena, quitándole cuanto tenía de sólido, y aseguras que es algo nuevo –dijo Nicolás, arreglándose nerviosamente la corbata.

–Mi idea no tiene nada de común con…

–En aquello otro –decía Nicolás, con los ojos brillantes de irritación y sonriendo con ironía– hay por lo menos el encanto de lo geométrico, el encanto de lo claro y evidente. Quizá sea una utopía, pero imaginemos que pueda hacerse tabla rasa de todo lo pasado y no haya ya ni propiedad ni familia, y según eso se organiza el trabajo. ¡Pero tú no ofreces nada de eso!

–¿Por qué te empeñas en confundir las cosas? Jamás he sido comunista.

–Yo lo he sido y la idea me pareció prematura, pero razonable para el porvenir, como el cristianismo en los primeros tiempos.

–Pues yo no creo sino que hay que considerar la mano de obra desde el punto de vista de la Naturaleza, estudiarla, conocer sus características y…

–Es del todo inútil. Esa fuerza halla por sí sola el empleo propio de su actividad, a medida que se desarrolla. En todas partes ha habido primero esclavos y luego trabajadores a medias. También nosotros los tenemos; existen peones, colonos… ¿Qué buscas aún?

Levin se estremeció al oírlo, porque en el fondo de su ser adivinaba que el reproche era cierto, que acaso trataba de situarse entre el comunismo y el sistema establecido y que probablemente ello era imposible.

–Busco medios de trabajar con provecho para mí y para el trabajador. Quiero arreglar… –empezó animadamente.

–No quieres arreglar nada. Has vivido siempre así, tratando de ser un hombre original y mostrar que si explotas a los campesinos es en nombre de una idea.

–Bien: si lo crees así, déjame en paz- contestó Levin, sintiendo que el músculo de su mejilla izquierda temblaba involuntariamente.

–No has tenido ni tienes opiniones personales, y no aspiras más que a satisfacer tu amor propio.

–Bien; supongamos que así sea y déjame en paz.

–Muy bien, te dejo en paz y ya puedes irte al diablo. Lamento profundamente haber venido.

Pese a todos los esfuerzos de Levin para calmar a su hermano, Nicolás ya no quiso escuchar nada más, diciendo que valía más separarse, y Constantino comprendió que su hermano estaba ya harto de vivir allí.

Ya se hallaba Nicolás preparado para marcharse cuando Levin entró en su cuarto y le pidió, algo forzadamente, que le perdonara si le había ofendido en algo.

–¡Oh, qué alma tan magnánima! –dijo Nicolás, sonriendo–. Si quieres quedar como justo, te concedo ese placer. Tienes razón; admito tus excusas, pero, de todos modos, me marcho.

Antes de despedirse, Nicolás besó a su hermano y le dijo, mirándole con gravedad a los ojos:

–A pesar de todo, no me guardes rencor, Kostia.

Y su voz temblaba.

Fueron éstas las únicas palabras sinceras que pronunciaron.

Levin entendió que debía interpretarlas así: «Ya ves y sabes lo mal que estoy, y que acaso no volvamos a vernos». Lo comprendió y las lágrimas brotaron de sus ojos. Besó una vez más a su hermano, pero no supo ni pudo decirle nada.

A los tres días de haberse ido Nicolás, Levin marchó al extranjero.

En el tren encontró a Scherbazky, el primo hermano de Kitty, quien se extrañó de su aspecto sombrío.

–¿Qué te pasa? –le preguntó.

–Nada. Pero en este mundo hay muy pocas cosas alegres.

–¿Que hay pocas cosas alegres? ¿Quieres venir conmigo a París en lugar de ir a ese Mulhouse? ¡Ya verás si aquello es alegre o no!

–Para mí todo esto ha pasado y es hora ya de ir pensando en la muerte.

–¡Caramba! ¡Dices unas cosas! ¡Y yo que me dispongo a comenzar a vivir!

–También yo pensaba así hace poco. Pero ahora estoy seguro de que no tardaré en morir.

Las palabras de Levin reflejaban sinceramente su pensamiento de estos últimos tiempos. En todas partes veía sólo la muerte o su proximidad.

No obstante, la obra iniciada le preocupaba. Debía vivir de un modo a otro el resto de su vida hasta que llegara la muerte. La oscuridad le cerraba todo camino, pero precisamente, a consecuencia de aquella oscuridad, comprendía que la única luz que podía guiarlo en ella era su empresa. Y Levin se aferraba a ella con todas sus energías.

Parte 4

Capítulo 1

Los Karenin, marido y mujer, seguían viviendo en la misma casa y se veían a diario; pero eran completamente extraños entre sí. Alexey Alejandrovich se impuso la norma de ver diariamente a su esposa para evitar que los criados adivinasen lo que sucedía, aunque procuraba no comer en casa.

Vronsky no visitaba nunca a los Karenin, pero Ana le veía fuera y su esposo lo sabía.

La situación era penosa para los tres y ninguno la habría soportado un solo día de no esperar que cambiase, como si se tratara de una dificultad pasajera y amarga que había de disiparse sin tardar.

Karenin confiaba en que aquella pasión pasaría, como pasa todo, que todos habían de olvidarse de ella y que su nombre continuaría sin mancha.

Ana, de quien dependía principalmente aquella situación y a quien le resultaba más penosa que a nadie, la toleraba porque, no sólo esperaba, sino que creía firmemente que iba a tener un pronto desenlace y a quedar clara. No sabía cómo iba a producirse tal desenlace, pero estaba absolutamente convencida de que ocurriría sin tardar.

Vronsky, involuntariamente sometido a Ana, confiaba también en una intervención exterior que había de zanjar todas las dificultades.

A mediados de invierno, Vronsky pasó una semana muy aburrida. Fue destinado a acompañar a un príncipe extranjero que visitó San Petersburgo, y al que debía llevar a ver todo lo digno de ser visto en la ciudad. Este honor, merecido por su noble apostura, el gran respeto y dignidad con que sabía comportarse y su costumbre de tratar con altos personajes, le resultó bastante fastidioso. El Príncipe no quería pasarse por alto ninguna de las cosas de interés que pudiera haber en Rusia y sobre las cuales pudiera ser preguntado después en su casa. Quería, además, no perder ninguna de las diversiones de allí. Era preciso, pues, orientarle en ambos aspectos. Así, por las mañanas, salían a visitar curiosidades y por las noches participaban en las diversiones nacionales. El Príncipe gozaba de una salud excelente y hasta extraordinaria en hombres de su alta jerarquía, y, gracias a la gimnasia y a los buenos cuidados había infundido a su cuerpo un vigor tal, que, pese a los excesos con que se entregaba en los placeres, estaba tan lozano como uno de esos enormes pepinos holandeses, frescos y verdes.

Viajaba mucho y opinaba que una de las grandes ventajas de las modernas facilidades de comunicación consistía en la posibilidad de gozar sobre el terreno de las diferentes diversiones de moda en cualquier país.

En sus viajes por España había dado serenatas y había sido el amante de una española que tocaba la guitarra. En Suiza, había matado un rebeco en una cacería. En Inglaterra, vestido con una levita roja, saltó cercas a caballo, y mató, en una apuesta, doscientos faisanes. En Turquía, visitó los harenes, en la India montaba elefantes y ahora, llegado aquí, esperaba saborear todos los placeres típicos de Rusia.

A Vronsky, que era a su lado una especie de maestro de ceremonias, le costaba mucho organizar todas las diversiones rusas que diferentes personas ofrecían al Príncipe. Hubo paseos en veloces caballos, comidas de blini , cacerías de osos, troikas, gitanas y francachelas acompañadas de la costumbre rusa de romper las vajillas. El Príncipe asimiló el ambiente ruso con gran facilidad: rompía las bandejas con la vajilla que contenían, sentaba en sus rodillas a las gitanas y parecía preguntar:

«¿No hay más? ¿Sólo consiste en esto el espíritu ruso?»

A decir verdad, de todos los placeres rusos, el que más agradaba al Príncipe eran las artistas francesas, una bailarina de bailes clásicos y el champaña carta blanca. Vronsky estaba acostumbrado a tratar a los príncipes, pero, bien porque él mismo hubiera cambiado últimamente, o por tratar demasiado de cerca a aquel personaje, la semana le pareció terriblemente larga y penosa. Durante toda ella experimentaba el sentimiento de un hombre al lado de un loco peligroso, temiendo, a la vez, la agresión del loco y perder la razón por su proximidad.

Se hallaba, pues, en la continua necesidad de no aminorar ni un momento su aire de respeto protocolario y severo para no mostrarse ofendido. Con gran sorpresa suya, el Príncipe solía tratar despectivamente a las personas que se afanaban en ofrecerle diversiones típicas. Sus opiniones sobre las mujeres rusas, a las que se proponía estudiar, más de una vez encendieron de indignación las mejillas de Vronsky.

La causa principal de que el Príncipe le resultase tan insoportable era que Vronsky, sin él quererlo, se veía reflejado en el otro, y lo que veía en aquel espejo no halagaba en manera alguna su amor propio. Veía a un hombre necio muy seguro de sí mismo, rebosante de salud, y esmerado en el cuidado de su persona y nada más. Era, es verdad, un caballero, y eso Vronsky no podía negarlo. Era, como él, llano y no adulador con sus superiores, natural y sencillo con sus iguales y despectivamente bondadoso con sus inferiores.

Vronsky era también así y lo consideraba como un gran mérito; pero como, en comparación con el Príncipe, él era inferior, el trato despectivamente bondadoso que se le dispensaba le ofendía.

«¡Qué necio! ¿Es posible que también yo sea así?», se preguntaba.

Fuese como fuese, al séptimo día, en una estación intermedia, de regreso de una cacería de osos en la que durante toda la noche había el Príncipe ensalzado la bravura rusa, pudo al fin Vronsky despedirse de él, que partía para Moscú; el joven, después de haberle oído expresar su agradecimiento, se sintió feliz de que aquella situación enojosa hubiese concluido y de no tener que mirarse más en aquel espejo detestable.

Capítulo 2

Al volver a casa, Vronsky halló un billete de Ana, que le escribía:

Estoy enferma y soy muy desgraciada. No puedo salir, pero tampoco vivir sin verle. Venga esta noche. A las siete, Alexey Alejandrovich sale para ir a un consejo y estará fuera hasta las diez.

Vronsky reflexionó un momento. La invitación de Ana a que fuera a verle a su casa, a pesar de la prohibición de su marido, le parecía extraña, pero, no obstante, decidió ir.

Aquel invierno, Vronsky, nombrado coronel, había dejado el regimiento y vivía solo. Después de almorzar, se tendió en el diván y, a los cinco minutos, los recuerdos de las grotescas escenas que viviera en los últimos días, se mezclaron en su cerebro con imágenes de Ana y del campesino que desempeñara el papel de batidor en la caza del oso, y se durmió.

Despertó en la oscuridad, sobrecogido de terror, y encendió precipitadamente una bujía.

«¿Qué pasa? ¿Qué he soñado ahora? ¡Ah, sí! El campesino que organizaba la batida, aquel campesino sucio, de barbas desgreñadas, hacia no sé qué cosa, inclinándose, y de pronto empezó a hablar en francés…

Unas palabras muy extrañas… Pero no había en ello nada terrible. ¿Por qué me lo pareció tanto?», se dijo.

Recordó vivamente al campesino y las incomprensibles palabras en francés que pronunciara, y un escalofrío de horror le hizo estremecer.

«¡Qué tontería! » , pensó.

Miró el reloj. Eran los ocho y media. Llamó al criado, se vistió precipitadamente y salió, olvidando el sueño y con la sola preocupación de que acudía tarde. Cuando llegaba a casa de los Karenin, eran las nueve menos diez. Un coche estrecho y alto, con dos caballos grises, estaba parado junto a la puerta, y Vronsky reconoció el carruaje de Ana.

«Se proponía ir a mi casa», pensó. «Y hubiera sido mejor. Me es desagradable entrar aquí. Pero, es igual. No puedo esconderme.» Y con la desenvoltura, adquirida desde la infancia, del hombre que no tiene nada de qué avergonzarse, descendió del trineo y se acercó a la puerta. Ésta se abrió en aquel momento. El portero, con la manta de viaje bajo el brazo, apareció llamando el coche.

Vronsky, aunque no solía fijarse en pormenores, notó la expresión de sorpresa con que aquél le miraba. Casi en el umbral, el joven tropezó con Alexey Alejandrovich, cuyo rostro, exangüe y enflaquecido bajo el sombrero negro, y la corbata blanca que brillaba entre la piel de su abrigo de nutria, quedaron un momento iluminados por la luz del gas.

Karenin fijó por un momento sus ojos apagados a inmóviles en el rostro de Vronsky, movió los labios, como si masticase, se tocó el sombrero con la mano y paso. Vronsky vio cómo, sin volver la cabeza, subía al coche, cogía por la ventanilla la manta y los prismáticos y desaparecía.

El joven entró en el recibidor, con el entrecejo fruncido y los ojos brillantes de orgullo y de animosidad.

«¡Qué situación!», pensaba. «Si este hombre se hubiera decidido a luchar, a defender su honor, yo habría podido obrar, expresar mis sentimientos… Pero, por debilidad o bajeza, me coloca en la desairada posición de un burlador, cosa que no soy ni quiero ser.»

Desde su entrevista con Ana junto al jardín de Vrede, los sentimientos de Vronsky habían experimentado un cambio. Imitando involuntariamente la debilidad de Ana, que se había entregado toda a él y de él esperaba la decisión de su suerte, resignada a todo de antemano, hacía tiempo que había dejado de pensar que aquellas relaciones pudieran terminar, como había creído en aquel momento. Sus planes ambiciosos quedaron de nuevo relegados y, reconociendo que había salido de aquel círculo de actividad en el que todo estaba definido, se entregaba cada vez más a sus sentimientos, y sus sentimientos le ligaban más y más a Ana.

Ya desde el recibidor, Vronsky sintió los pasos de ella alejándose, y comprendió que le esperaba, que había estado escuchando y que ahora volvía al salón.

–¡No! –exclamó Ana al verle, y apenas lo hubo dicho, las lágrimas afluyeron a sus ojos–. No, si esto continúa, lo que ha de pasar pasará muchísimo antes de lo debido.

–¿A qué te refieres, querida?

–¿A qué? Llevo esperando y sufriendo una o dos horas. No, no continuaré así. Pero no quiero enfadarme contigo. Seguramente no habrás podido venir antes. Me callaré…

Le puso ambas manos en los hombros y le contempló con profunda y exaltada mirada, aunque escrutadora a la vez. Estudiaba el rostro de Vronsky buscando los cambios que pudieran haberse producido en el tiempo que hacía que no se habían visto. Porque, en todos sus encuentros con Vronsky Ana confundía la impresión imaginaria –incomparablemente superior, excesivamente buena para ser verdadera–, que él le producía, con la impresión real.

Metin, ses formatı mevcut
₺26,15

Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
03 kasım 2025
Hacim:
1220 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9782380374193
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi: