Kitabı oku: «Anna Karénina», sayfa 36

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Capítulo 3

–¿Le has encontrado –preguntó ella, cuando se sentaron junto a la mesa, en la que ardía una lámpara–. Es el castigo por tu tardanza.

–Pero, ¿qué ha sucedido? ¿No tenía que asistir al consejo?

–Estuvo allí y volvió, y ahora otra vez se va no sé adónde. Es igual. No hablemos de eso. ¿Dónde has estado? ¿Has estado siempre con el Príncipe?

Ana conocía todos los detalles de su vida. Vronsky se proponía decirle que, no habiendo descansando en toda la noche, se había quedado dormido; pero, mirando aquel rostro conmovido y feliz, se sintió avergonzado y, cambiando de idea, dijo que había tenido que ir a informar de la marcha del Príncipe.

–¿Ha terminado todo? ¿Se ha ido?

–Sí, gracias a Dios. No sabes lo molesto que me ha sido.

–¿Por qué? Al fin y al cabo llevabais la vida habitual de todos vosotros, los jóvenes –dijo Ana, frunciendo las cejas. Y, cogiendo la labor que tenía sobre la mesa, se puso a hacer croché, sin mirarle.

–Hace tiempo que he dejado esa vida–repuso él, extrañado por el cambio de expresión del rostro de Ana y tratando de comprender su significado–. Te confieso –continuó, sonriendo y mostrando, al hacerlo, sus dientes blancos y apretados– que durante esta semana me he mirado en el Príncipe como en un espejo, y he sacado una impresión desagradable.

Ana tenía la labor entre las manos, pero no hacía nada y le miraba con ojos extrañados, brillantes.

–Esta mañana ha venido Lisa, que aún no teme invitarme, a pesar de la condesa Lidia Ivanovna –dijo Ana– y me habló de la noche de ustedes en «Atenas». ¡Qué asco!

–Quisiera decirte…

Ella le interrumpió:

–¿Estaba Teresa, esa Thérèse con la que ibas antes?

–Quisiera decirte…

–¡Cuán bajos sois todos los hombres! ¿Es posible que imaginéis que una mujer pueda olvidar eso? –decía Ana, agitándose más cada vez y explicándole así la causa de su inquietud–. ¡Sobre todo, una mujer como yo, que no puede saber lo pasado! ¿Qué sé yo? ¡Sólo lo que tú me has dicho! ¿Y quién me asegura que dices la verdad?

–Me ofendes, Ana. ¿Es que no me crees? ¿No te he dicho que no te oculto ningún pensamiento?

–Sí, sí –repuso ella, esforzándose visiblemente en alejar sus celos–. Pero ¡si supieras lo que siento! Te creo, te creo… Bueno, ¿qué me decías?

Pero Vronsky había olvidado lo que quería decirle. Aquellos accesos de celos que, con más frecuencia cada vez, sufría Ana, le asustaban, y, aunque se esforzaba en disimularlo, enfriaban su amor hacia ella, a pesar de saber que la causa de sus celos era la pasión que por él sentía.

Muchas y muchas veces se había repetido que la felicidad no existía para él sino en el amor de Ana, y ahora que se sentía amado apasionadamente, como puede serlo un hombre por quien lo ha sacrificado todo una mujer, ahora Vronsky se sentía más lejos de la felicidad que el día en que había salido de Moscú en pos de ella. Entonces se consideraba desgraciado, pero veía la dicha ante él.

Ahora, en cambio, sentía que la felicidad mejor había ya pasado. Ana no se parecía en nada a la Ana de los primeros tiempos. Moral y físicamente había empeorado. Estaba más gruesa y ahora mismo, mientras le estaba hablando de la artista, una expresión malévola afeaba sus facciones.

Vronsky la contemplaba como a una flor que, cortada por él mismo, se le hubiese marchitado entre las manos, y en la cual apenas se pudiese reconocer la belleza que incitara a cortarla. Y, no obstante, experimentaba la sensación de que aquel amor que antes, cuando estaba en toda su fuerza, hubiese podido arrancar de su alma, de habérselo propuesto firmemente, ahora le sería imposible arrancarlo. No; ahora no podía separarse de ella.

–Bueno, ¿y qué ibas a decirme del Príncipe? –preguntó Ana–. ¿Ves? Ya he arrojado el demonio de mí.

(Así llamaban entre ellos a los celos)–. Sí, ¿qué habías empezado a decirme del Príncipe? ¿Por qué te ha sido tan desagradable?

–Era insoportable –dijo Vronsky, tratando de reanudar el hilo roto de sus pensamientos–. El Príncipe no sale ganando cuando se le conoce bien. Podría definirle como un animal bien nutrido, de esos que obtienen medallas en las exposiciones, y nada más–concluyó, con un enojo que suscitó el interés de Ana.

–¿Es posible? –contestó–. ¡Pero, si se dice que es muy culto y que ha visto mucho mundo!

–Esa cultura de… ellos, es una cultura especial. Está instruido sólo para tener derecho a despreciar la instrucción, como se desprecia todo entre ellos, excepto los placeres animales.

–A todos os gustan los placeres animales –dijo Ana. Y Vronsky vio de nuevo en ella aquella mirada sombría que la alejaba de él.

–¿Por qué le defiendes? –preguntó, sonriendo.

–No le defiendo. Me tiene sin cuidado. Sólo creo que si a ti mismo no te hubieran gustado esos placeres, habrías podido no tomar parte en ellos. Pero te gusta ver a Thérèse en el vestido de Eva.

–¡Otra vez el demonio! –dijo Vronsky, cogiendo y besando la mano que Ana puso sobre la mesa.

–No puedo evitarlo. No sabes cuánto he sufrido esperándote. No creo ser celosa. ¡No, no lo soy! Te creo cuando estás a mi lado. Mas cuando estás lejos de mí, entregado a esta vida tuya que yo no puedo comprender…

Se interrumpió; se soltó de Vronsky, y volvió a su labor. Bajo el dedo anular, comenzaron a moverse velozmente los hilos de lana blanca, brillante bajo la luz de la lámpara y su fina muñeca se movía también rápidamente en la manga de encajes.

Su voz sonó de pronto, como forzada:

–¿Dónde has encontrado a mi marido?

–Nos hemos cruzado en la puerta.

–¿Y lo ha saludado así?

Ana alargó el rostro y, entornando los ojos, cambió la expresión de su semblante y plegó las manos. Vronsky quedó sorprendido al ver en sus hermosas facciones el mismo aspecto que asumiera Karenin al saludarle.

Sonrió, mientras ella reía a carcajadas, con aquella dulce risa que era uno de sus mayores encantos.

–No le comprendo –dijo Vronsky–. Si después de vuestra explicación en la casa veraniega hubiese roto contigo o me hubiese mandado los padrinos, me habría parecido natural. Pero ahora no comprendo su conducta. ¿Cómo soporta esta situación? Porque se ve que sufre mucho.

–¿Él? –dijo Ana con ironía–. Al contrario: está contento.

–Al fin y al cabo no sé por qué nos atormentamos tanto, cuando podía arreglarse perfectamente y en beneficio de los tres.

–Esto no lo hará. ¡Conozco demasiado bien esa naturaleza hecha toda de mentiras! ¿Sería posible, si sintiese algo, vivir conmigo como vive? ¿Podría un hombre que tuviese algún sentimiento habitar bajo el mismo techo que su esposa culpable? ¿Podría, por ventura, hablar con ella? ¿Tratarla de tú?

E involuntariamente, Ana volvió a imitarle:

–Tú, ma chère, tú, Ana… –y siguió–: No es un ser humano; es un muñeco. Sólo yo lo sé, porque nadie como yo le conoce tan profundamente. Si yo estuviese en su lugar, a una mujer como yo, hace tiempo que la habría matado y hecho pedazos en vez de llamarla ma chére Ana. No es un hombre, es una máquina burocrática. No comprende que soy tu mujer, que él es un extraño, que está de sobra. En fin, no hablemos más de ese… no hablemos más…

–Eres injusta, amiga mía –dijo Vronsky, procurando calmarla–. Pero no importa; no hablemos de él. Dime lo que has hecho estos días. ¿Qué tienes? ¿Qué hay de tu enfermedad? ¿Qué te ha dicho el médico?

Ana le miraba con irónica jovialidad. Se notaba que había hallado aún otros aspectos ridículos de su marido y que esperaba la ocasión de hablar de ellos.

Vronsky continuaba:

–Adivino que no se trata de enfermedad, sino de tu estado. ¿Cuándo será?

Se apagó el brillo irónico de los ojos de Ana y otra sonrisa, indicadora de que sabía algo que él ignoraba, y una suave tristeza, substituyeron a la anterior expresión de su semblante.

–Pronto, pronto… Como tú has dicho, nuestra situación es penosa y hay que aclararla. ¡Si supieras qué insoportable me resulta y cuánto daría por el derecho de amarte libre y abiertamente! Yo no me torturaría ni te torturaría con mis celos. Respecto a lo que dices, será pronto, pero no como esperamos…

Al pensar en ello, Ana se consideró tan desdichada que las lágrimas brotaron de sus ojos y no pudo continuar. Puso su mano, brillante de blancura y de sortijas bajo la lámpara, en la manga de Vronsky.

–No será como esperamos. No quería decírtelo, pero me obligas a ello. Pronto, muy pronto, llegará el desenlace y todos nos separaremos y dejaremos de sufrir.

–No comprendo –repuso Vronsky, aunque sí comprendía.

–Me has preguntado cuándo. Y yo te contesto: pronto. Y te digo además que no sobreviviré a ello. No me interrumpas –y Ana se precipitaba al hablar–. Lo sé, estoy segura… Voy a morir y me alegro de dejaros libres a los dos.

Las lágrimas brotaban sin cesar de sus ojos.

Vronsky se inclinó sobre su mano y la besó, tratando en vano de dominar su emoción, la cual –lo sentía bien– no tenía ningún fundamento.

–Vale más así –dijo Ana, apretándole enérgicamente la mano–. Es el único recurso, el único que nos queda.

Él se recobró y levantó la cabeza.

–¡Qué tontería! ¡Qué bobadas dices!

–Es la verdad.

–¿El qué es la verdad?

–Que voy a morir. Lo he soñado.

–¿Lo has soñado? –repitió Vronsky, recordando en el acto al campesino con quien había soñado él.

–Sí, lo soñé. Hace tiempo… Soñé que entraba corriendo en mi alcoba, donde tenía que coger no sé qué, o enterarme de algo… Ya sabes lo que pasa en los sueños… dijo Ana, abriendo los ojos con horror–. Al entrar en mi dormitorio, en un rincón del mismo, vi que había…

–¿Cómo puedes creer en esas necedades?

Pero lo que decía era demasiado importante para ella, y Ana no dejó que la interrumpiera.

–Y he aquí que lo que había allí se movió y vi entonces que era un campesino, pequeño y terrible, y con una barba desgreñada… Quise huir, pero él se inclinó sobre unos sacos que tenía allí y empezó a rebuscar en ellos con las manos.

Ana imitaba los movimientos del campesino rebuscando en los sacos, y el horror se pintaba en su semblante. Vronsky recordaba su sueño y sentía que también se apoderaba de su alma el mismo horror.

–El campesino agitaba las manos y hablaba en francés, muy deprisa, arrastrando las erres: Il faut le battre le fer, le broyer, le pétrir . Y era tanta mi angustia, que quise con toda mi alma despertarme y desperté, o, mejor dicho, soñé que despertaba. Aterrada, me preguntaba a mí misma: «¿Qué significa esto?». Y Korney me contestaba: «Morirá usted de parto, madrecita». Y entonces desperté de verdad.

–¡Qué tontería! –repetía Vronsky, sintiendo que su voz carecía de sinceridad.

–No hablemos más de esto. Llama y mandaré servir el té. Pero aguarda, ya no queda mucho tiempo, y yo…

De repente se detuvo, su rostro mudó de expresión y a la agitación y el espanto sucedió una atención suave y reposada, llena de beatitud. Vronsky no pudo comprender el significado de aquel cambio. Era que Ana sentía que la nueva vida que llevaba en ella se agitaba en sus entrañas.

Capítulo 4

Después de su encuentro con Vronsky en la puerta de su casa, Karenin fue a la ópera italiana como se proponía. Estuvo allí durante dos actos completos y vio a quien deseaba.

De regreso a casa, miró el perchero y, al ver que no había ningún capote de militar, pasó a sus habitaciones. Contra su costumbre, no se acostó, sino que estuvo paseando por la estancia hasta las tres de la madrugada.

La irritación contra su mujer, que no quería guardar las apariencias y dejaba incumplida la única condición que él impusiera –recibir en casa a su amante–, le quitaba el sosiego.

Puesto que Ana no cumplía lo exigido, tenía que castigarla y poner en práctica su amenaza: pedir el divorcio y quitarle su hijo.

Alexey Alejandrovich sabía las muchas dificultades que iba a encontrar, pero se había jurado que lo haría y estaba resuelto a cumplirlo. La condesa Lidia Ivanovna había aludido con frecuencia a aquel medio como única salida de la situación en que se encontraba. Además, últimamente la práctica de los divorcios había alcanzado tal perfección que Karenin veía posible superar todas las dificultades.

Como las desgracias nunca llegan solas, el asunto de los autóctonos y de la fertilización de Taraisk le daban por entonces tales disgustos que en los últimos tiempos se sentía continuamente irritado.

No durmió en toda la noche, y su cólera, que aumentaba sin cesar, alcanzó el límite extremo por la mañana. Se vistió precipitadamente y, como si llevara una copa llena de ira y temiera derramarla y perderla, quedándose sin la energía necesaria para las explicaciones que le urgía tener con su esposa, se dirigió rápidamente a la habitación de Ana apenas supo que ésta se había levantado.

Ana creía conocer bien a su marido, pero, al verle entrar en su habitación, quedó sorprendida de su aspecto. Tenía la frente contraída, los ojos severos, evitando la mirada de ella, la boca apretada en un rictus de firmeza y desdén, y en su paso, en sus movimientos, y en el sonido de su voz había una decisión y energía tales como su mujer no viera en él jamás.

Entró en la habitación sin saludarla, se dirigió sin vacilar a su mesa escritorio y, cogiendo las llaves, abrió el cajón.

–¿Qué quiere usted? –preguntó Ana.

–Las cartas de su amante –repuso él.

–No hay ninguna carta aquí –contestó Ana cerrando el cajón. Por aquel ademán, Karenin comprendió que no se equivocaba y, rechazando bruscamente la mano de ella, cogió con rapidez la cartera en que sabía que su mujer guardaba sus papeles más importantes.

Ana trató de arrancarle la cartera, pero él la rechazó.

–Siéntese; necesito hablarle –dijo, poniéndose la cartera bajo el brazo y apretándola con tal fuerza que su hombro se levantó.

Ana le miraba en silencio, con sorpresa y timidez.

–Ya le he dicho que no permitiría que recibiera aquí a su amante.

–Necesitaba verle para…

–No necesito entrar en pormenores, ni siquiera saber para qué una mujer casada necesita ver a su amante.

–Sólo quería… –siguió Ana irritándose.

La brusquedad de su marido la excitaba y le daba valor.

.¿Le parece, por ventura, una hazaña ofenderme? –le preguntó.

–Se puede ofender a una persona honrada, o a una mujer honrada; pero decir a un ladrón que lo es significa sólo la constatation d'un fait .

–No conocía aún en usted esa nueva capacidad para atormentar.

–¿Llama usted atormentar a que el marido dé libertad a su mujer, concediéndole un nombre y un techo honrados sólo a condición de guardar las apariencias? ¿Es crueldad eso?

–Si lo quiere usted saber le diré que es peor: es una villanía–exclamó Ana, en una explosión de cólera.

E incorporándose, quiso salir.

–¡No! –gritó él, con su voz aguda, que ahora sonó más penetrante, en virtud de su excitación. Y la cogió por el brazo con sus largos dedos, con tanta fuerza que quedaron en él las señales de la pulsera, que apretaba bajo su mano, y la obligó a sentarse.

–¿Una villanía? Si quiere emplear esa palabra, le diré que la villanía es abandonar al marido y al hijo por el amante y seguir comiendo el pan del marido.

Ana bajó la cabeza. No sólo no dijo lo que había dicho a su amante, es decir, que él era su esposo, y que éste sobraba, sino que ni pensó en ello siquiera.

Abrumada por la justicia de aquellas palabras, sólo pudo contestar en voz baja:

–No puede usted describir mi situación peor de lo que yo la veo. Pero, ¿por qué dice usted todo eso?

–¿Por qué lo digo? –continuó él, cada vez más irritado–. Para que sepa que, puesto que no ha cumplido usted mi voluntad de que salvase las apariencias, tomaré mis medidas a fin de que concluya esta situación.

–Pronto, pronto concluirá –murmuró ella.

Y una vez más, al recordar su muerte próxima, que ahora deseaba, las lágrimas brotaron de sus ojos.

–Concluirá mucho antes de lo que usted y su amante pueden creer. ¡Usted busca sólo la satisfacción de su apetito carnal!

–Alexey Alejandrovich: no sólo no es generoso, es poco honrado herir al caído.

–Usted sólo piensa en sí misma. Los sufrimientos del que ha sido su esposo no le interesan. Si toda la vida de él está deshecha, eso le da igual. ¿Qué le importa lo que él haya so… so… sopor… poportado?

Hablaba tan deprisa, que se confundió, no pudo pronunciar bien la palabra y concluyó diciendo «sopoportado». Ana tuvo deseos de reír, pero en seguida se sintió avergonzada de haber hallado algo capaz de hacerla reír en aquel momento. Y por primera vez y durante un instante se puso en el lugar de su marido y sintió compasión de él.

Pero, ¿qué podía hacer o decir? Inclinó la cabeza y calló.

Él calló también por unos segundos y después habló en voz, no ya aguda, sino fría, recalcando intencionadamente algunas de las palabras que empleaba, incluso las que no tenían ninguna particular importancia.

–He venido para decirle… –empezó.

Ana le miró. «Debí de haberme engañado –pensó, recordando la expresión de su rostro de un momento antes cuando se confundió con las palabras–. ¿Es que un hombre con esos ojos turbios y esa calma presuntuosa puede, por ventura, sentir algo?»

–No puedo cambiar–murmuró ella.

–He venido para decirle que mañana marcho a Moscú y no volveré más a esta casa. Le haré comunicar mi decisión por el abogado, a quien he encargado tramitar el divorcio. Mi hijo irá a vivir con mi hermana –concluyó Alexey Alejandrovich, recordando a duras penas lo que quería decir de su hijo.

–Se lleva usted a Sergio sólo para hacerme sufrir –repuso ella, mirándole con la frente baja–. ¡Usted no le quiere! ¡Déjeme a Sergio!

–Sí: la repugnancia que siento por usted me ha hecho perder hasta el cariño que tenía a mi hijo. Pero, a pesar de todo, le llevaré conmigo. Adiós.

Quiso marchar, pero ella le retuvo.

–Alexey Alejandrovich: déjeme a Sergio –balbuceó una vez más–. Sólo esto le pido… Déjeme a Sergio hasta que yo… Pronto daré a luz… ¡Déjemelo!

Alexey Alejandrovich se puso rojo, desasió su brazo y salió del cuarto sin contestar.

Capítulo 5

La sala de espera del célebre abogado de San Petersburgo estaba llena cuando Karenin entró en ella.

Había tres señoras: una anciana, una joven y la esposa de un tendero; esperaban también un banquero alemán con una gruesa sortija en el dedo, un comerciante de luengas barbas y un funcionario público con levita de uniforme y una cruz al cuello.

Se veía que todos esperaban hacía rato. Dos pasantes sentados ante las mesas escribían haciendo crujir las plumas. Karenin no pudo dejar de observar que los objetos de escritorio –su máxima debilidad– eran excelentes.

Uno de los pasantes, sin mirarle, arrugó el entrecejo y preguntó con brusquedad:

–¿Qué desea?

–Consultar con el abogado.

–Está ocupado –contestó el pasante severamente mostrando con la pluma a los que aguardaban.

Y siguió escribiendo.

–¿No tendrá un momento para recibirme? –preguntó Karenin.

–Nunca tiene tiempo libre. Siempre está ocupado. Haga el favor de esperar.

–Tenga la bondad de pasarle mi tarjeta –dijo Karenin, con dignidad, disgustado ante la necesidad de descubrir su incógnito.

El pasante tomó la tarjeta, la examinó con aire de desaprobación, y se dirigió hacia el despacho.

Karenin, en principio, era partidario de la justicia pública, pero no estaba conforme con algunos detalles de su aplicación en Rusia, que conocía a través de su actuación ministerial y censuraba tanto como podían censurarse cosas decretadas por Su Majestad.

Como toda su vida transcurría en plena actividad administrativa, cuando no aprobaba algo suavizaba su desaprobación reconociendo las posibilidades de equivocarse y las de rectificar todo error. Respecto a las instituciones jurídicas rusas no era partidario de las condiciones en que se desenvolvían los abogados. Pero como hasta entonces nada había tenido que ver con ellos, su desaprobación era sólo teórica. Más la impresión desagradable que acababa de recibir en la sala de espera del abogado le afirmó más en sus ideas.

–Ahora sale –dijo el empleado.

En efecto, dos minutos después la alta figura de un viejo jurista que había ido a consultar al abogado y éste aparecieron en la puerta.

El abogado era un hombre bajo, fuerte, calvo, de barba de color negro rojizo, con las cejas ralas y largas y la frente abombada.

Vestía presuntuosamente como un lechuguino, desde la corbata y la cadena del reloj hasta los zapatos de charol. Tenía un rostro inteligente con una expresión de astucia campesina, pero su indumentaria era ostentosa y de mal gusto.

–Haga el favor –dijo, con gravedad, dirigiéndose a Karenin.

Y, haciéndole pasar, cerró la puerta de su despacho. Una vez dentro, le mostró una butaca próxima a la mesa de escritorio cubierta de documentos.

–Haga el favor –repitió. Y al mismo tiempo se sentaba él en el lugar preferente, frotándose sus manos pequeñas, de dedos cortos poblados de vello rubio, a inclinando la cabeza de lado.

Apenas se acomodó en aquella actitud, sobre la mesa voló una polilla. El ahogado, con rapidez increíble en él, alargó la mano, atrapó la polilla y quedó de nuevo en la posición primitiva.

–Antes de hablar de mi asunto –dijo Karenin, que había seguido con sorpresa el ademán del abogado– debo advertirle que ha de quedar en secreto.

Una imperceptible sonrisa hizo temblar los bigotes rojizos del abogado.

–No sería abogado si no supiese guardar los secretos que me confían. Pero si usted necesita una confirmación…

Alexey Alejandrovich le miró a la cara y vio que sus inteligentes ojos grises reían corno queriendo significar que lo sabían todo.

–¿Conoce usted mi nombre? –preguntó Karenin.

–Conozco su nombre y su utilísima actividad –y el abogado cazó otra polilla– como la conocen todos los rusos –terminó, haciendo una reverencia.

Karenin suspiró. Le costaba un gran esfuerzo hablar, pero ya que había empezado, continuó con su aguda vocecilla, sin vacilar, sin confundirse y recalcando algunas palabras.

–Tengo la desgracia –empezó– de ser un marido engañado y deseo cortar legalmente los lazos que me unen con mi mujer, es decir, divorciarme, pero de modo que mi hijo no quede con su madre.

Los ojos grises del abogado se esforzaban en no reír, pero brillaban con una alegría incontenible, y Karenin descubrió en ella, no sólo la alegría del profesional que recibe un encargo provechoso; en aquellos ojos había también un resplandor de entusiasmo y de triunfo, algo semejante al brillo maligno que había visto en los ojos de su mujer.

–¿Desea usted, pues, mi cooperación para obtener el divorcio?

–Eso es, pero debo advertirle que, aun a riesgo de abusar de su atención, he venido para hacerle una consulta previa. Quiero divorciarme, pero para mí tienen mucha importancia las formas en que el divorcio sea posible. Es fácil que, si las formas no coinciden con mis deseos, renuncie a mi demanda legal.

–¡Oh! –dijo el abogado, Siempre ha sido así… Usted quedará perfectamente libre.

Y bajó la mirada hasta los pies de Karenin comprendiendo que la manifestación de su incontenible alegría podría ofender a su cliente. Vio otra polilla que volaba ante su nariz y extendió el brazo, pero no la cogió en atención a la situación de su cliente.

–Aunque, en líneas generales, conozco nuestras leyes sobre el particular –siguió Karenin–, me agradaría saber las formas en que, en la práctica, se llevan a término tales asuntos.

–Usted quiere –contestó el abogado, sin levantar la vista, y adaptándose de buen grado al tono de su cliente que le indique los caminos para realizar su deseo.

Karenin hizo una señal afirmativa con la cabeza. El abogado, mirando de vez en cuando el rostro de su cliente, enrojecido por la emoción, continuó:

–Según nuestras leyes –y su voz tembló aquí con un leve matiz de desaprobación para tales leyes–, el divorcio es posible en los siguientes casos…

El pasante se asomó a la puerta y el abogado exclamó:

–¡Que esperen!

No obstante, se levantó, dijo algunas palabras al empleado y volvió a sentarse.

–… En los casos siguientes: defectos físicos de los esposos, paradero desconocido durante cinco años –y empezó a doblar uno a uno sus dedos cortos, cubiertos de vello– y adulterio –pronunció esta palabra con visible placer y continuó doblando sus dedos–. En cada caso hay divisiones: defectos físicos del marido y de la mujer, adulterio de uno o de otro…

Como ya no tenía más dedos a su disposición para continuar enumerándolos, el abogado los juntó todos y prosiguió:

–Esto en teoría. Pero creo que usted me ha hecho el honor de dirigirse a mí para conocer la aplicación práctica. Por esto, ateniéndome a los precedentes, puedo decir que los casos de divorcio se resuelven todos así… Doy por sentado que no existen defectos físicos ni ausencia desconocida –indicó.

Alexey Alejandrovich hizo una señal afirmativa con la cabeza.

–Entonces hay los casos siguientes: adulterio de uno de los esposos estando convicto el culpable; adulterio por consentimiento mutuo y, en defecto de esto, consentimiento forzoso. Debo advertir que este último caso se da muy pocas veces en la práctica –dijo el abogado, mirando de reojo a Karenin y guardando silencio, como un vendedor de pistolas que, tras describir las ventajas de dos armas distintas, espera la decisión del comprador.

Pero como Alexey Alejandrovich nada contestaba, el abogado continuó:

–Lo más corriente, sencillo y sensato consiste en plantear el adulterio por consentimiento mutuo. No me habría permitido expresarme así de hablar con un hombre de poca cultura –dijo el abogado–, pero estoy seguro de que usted me comprende.

Alexey Alejandrovich estaba tan confundido que no pudo comprender de momento lo que pudiera tener de sensato el adulterio por consentimiento mutuo y expresó su incomprensión con la mirada. El abogado, en seguida, acudió en su ayuda:

–El hecho esencial es que marido y mujer no pueden seguir viviendo juntos. Si ambas partes están conformes en esto, los detalles y formalidades son indiferentes. Este es, por otra parte, el medio más sencillo y seguro.

Ahora Karenin comprendió bien. Pero sus sentimientos religiosos se oponían a esta medida.

–En el caso presente esto queda fuera de cuestión –dijo–. En cambio, si con pruebas (correspondencia, por ejemplo) se puede establecer indirectamente el adulterio, estas pruebas las tengo en mi poder.

Al oír hablar de correspondencia, el abogado frunció los labios y emitió un sonido agudo, despectivo y compasible.

–Perdone usted –empezó–. Asuntos así los resuelve, como usted sabe, el clero. Pero los padres arciprestes, en cosas semejantes, son muy aficionados a examinarlo todo hasta en sus menores detalles –dijo con una sonrisa que expresaba simpatía por los procedimientos de aquellos padres–. La correspondencia podría confirmar el adulterio parcialmente; pero las pruebas deben ser presentadas por vía directa, es decir, por medio de testigos. Si usted me honrara con su confianza, preferiría que me dejase la libertad de elegir las medidas a emplear. Si se quiere alcanzar un fin, han de aceptarse también los medios.

–Siendo así… –dijo Karenin palideciendo.

En aquel instante el abogado se levantó y se dirigió a la puerta a hablar con su pasante, que interrumpía de nuevo:

–Dígale a esta mujer que aquí no estamos en ninguna tienda de liquidaciones.

Y volvió de nuevo a su sitio, cogiendo, al instalarse en el asiento, una polilla más.

«¡Bueno quedaría mi reps en este despacho, para primavera!», pensó, arrugando el entrecejo.

–¿Me hacía usted el honor de decirme… ? –preguntó.

–Le avisaré mi decisión por carta –dijo Alexey Alejandrovich, levantándose y apoyándose en la mesa.

Quedó así un instante y añadió:

–De sus palabras deduzco que la tramitación del divorcio es posible. También le agradeceré que me diga sus condiciones.

–Todo es posible si me concede plena libertad de acción –repuso el abogado sin contestar la última pregunta–. ¿Cuándo puedo contar con noticias de usted? –concluyó, acercándose a la puerta y dirigiendo la vista a sus relucientes zapatos.

–De aquí a una semana. Y espero que al contestar aceptando encargarse del asunto me manifieste sus condiciones.

–Muy bien.

El abogado saludó con respeto, abrió la puerta a su cliente y, al quedar solo, se entregó a su sentimiento de alegría.

Tan alegre estaba que, contra su costumbre, rebajó los honorarios a una señora que regateaba y dejó de coger polillas, firmemente decidido a tapizar los muebles con terciopelo al año siguiente, como su colega Sigonin.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
03 kasım 2025
Hacim:
1220 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9782380374193
Yayıncı:
Telif hakkı:
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