Kitabı oku: «El despertar de los ojos de libertad», sayfa 2
En el momento de comer fue cuando me di cuenta de que no era el Carlos del futuro ni del pasado. Intenté comer mucho, pero no me entraba más, no podía forzarme. Ahora que lo pienso tiene todo el sentido del mundo, estaba intentando comer con normalidad, pero mi estómago tenía catorce años.
Cuando mi madre me puso la oreja de cerdo en el plato e insistió que la comiera porque me encantaba, terminé de alucinar. ¿Me gustaba la oreja de cerdo cuando era pequeño?, solo de recordar esto se me revuelve el estómago. Conseguí no probarla, el hecho de ser tan malo comiendo me daba ventaja, con poco que comiera no tendría mucho drama familiar.
Recogí la mesa junto a mi madre y la primera acción espontánea fue fregar los platos, aunque no llegué a hacer ningún movimiento y mi madre se puso a ello. Parece ser que a esa edad no hacía mucho en la casa. En mis recuerdos siempre estuvo lo contrario, pero no sé en qué momento dejé de ser un niño para ciertas cosas.
Regresé a mi habitación y comprobé un desorden propio de mi pasado. Desafortunadamente, la obsesión por el orden se vino conmigo, y ese niño de catorce años, comenzó a ordenar esa habitación con gran esmero y rigurosidad.
Ya con casi toda la habitación perfectamente ordenada, mi madre regresó hasta la puerta de mi cuarto para despedirse. Ella volvía a trabajar y yo me quedaba solo en casa. Sin embargo, en ese momento me di cuenta de que si quería sobrevivir no debía ser tan proactivo. Mi madre se quedó completamente sorprendida por el orden, creo que jamás había visto la habitación así. En tan solo unas horas había comido bien, ordenado mi cuarto y tuve un comportamiento demasiado sereno para tener tan solo catorce años.
Lo que ese primer día tenía planeado para mí, no iba a parar aún. Una vez que me volví a quedar solo en aquella casa, a las 17.00 horas, como un reloj suizo, el telefonillo sonó. Me quedé paralizado y fui por el largo pasillo ida y vuelta varias veces pensando si debía responder o no.
Esa será otra historia que me contaré mañana. Escribir este relato me está ayudando más que nunca. Me siento más liberado y comienzo a ser capaz de escribir los hechos sin tanta emoción. Creo que haber empezado este diario fue lo complicado, a partir de ahora será una terapia más.
Creo que hoy voy a dormir muy bien.
.
Madrid, 20 de julio de 1996
Llevo más de dos años sin saber qué ha pasado, y aunque la vida sigue corriendo, no hago más que hacerme preguntas. Después de este tiempo ya me he acostumbrado a volver a vivir esta segunda juventud.
Creo que he conseguido sobrevivir y en cierto modo, hacer de esta segunda experiencia algo más satisfactoria que la primera vez que fue vivida.
Durante años pensaba que la reencarnación era una tragedia. Pasar una vida tras otra sin recordar lo que había pasado ni tan siquiera en la última, ¿no sería más fácil si fuéramos capaces de recordar las experiencias que vivimos con anterioridad? No volver a pasar por los mismos errores, conocer quiénes éramos antes, utilizar la información para ir hacia adelante como seres humanos.
Sin embargo, después de esta vivencia de dos años fusionando dos vidas, no estoy seguro de que los recuerdos sean algo positivo. Cuando olvidamos, nacemos limpios, nacemos de cero, con todas las oportunidades por delante. Olvidar no es solo dejar atrás nuestras luces, también nuestras sombras, nuestros miedos, nuestra angustia. Solo cuando vivimos la experiencia de cero, nacemos de verdad.
No sé si estar volviendo a vivir esta vida de nuevo recordando mi experiencia original puede ser una especie de reencarnación o simplemente solo ha sido un error de cálculo. Lo cierto es que cuando abro este cuaderno y comienzo a escribir me libero, pero también me siento más perdido y angustiado. ¿Cómo voy a ser capaz de hablar con alguien de esto, si ni siquiera tengo el valor de hacerlo conmigo mismo? Me desordeno y me parece todo cada día más confuso.
Recuerdo con claridad cuando hablaba de lo maravilloso que sería volver atrás en el tiempo, pero sabiendo lo que sabía ahora. Sin embargo, nada más cruel, nada más próximo a una maldición. No sé qué es el tiempo ni cómo funciona, no sé qué estoy haciendo aquí.
A veces siento que es para algo, que debo hacer algo grande, que tengo una misión especial, algo que haga que el mundo cambie, pero otras veces solo me siento un simple mortal en un tiempo equivocado. Sueño y deseo cada noche volver a la normalidad y despertar en el año 2021 de nuevo. Necesito volver a ser un hombre adulto, incluso estaría dispuesto a olvidar esta experiencia, no la necesito, me duele. Todo lo que he vivido en estos años me hace sentir vulnerable.
Aunque supongo que no todo es malo porque estoy rescribiendo mi propia historia, y mi pasado dentro de unos años será mejor que el original. Estoy viviendo una juventud nueva, una sin miedos ni traumas, una en la que no soy tímido ni frágil. Una historia donde soy un prodigio, donde mis palabras son escuchadas y donde tengo valor. El dolor ahora no viene producido por mis sombras, sino por estar en un tiempo equivocado y ya vivido.
La cara b de todo esto es que me siento un impostor, porque no soy yo el que arrasa en las clases, en conversaciones con adultos, el que sabe lo que va a pasar mañana. Esa persona no soy yo, yo soy el otro que retrocedió en los años. He vuelto atrás con toda la sabiduría que dan la experiencia, pero no soy ese Carlos que vive las cosas por primera vez, soy el Carlos que vuelve con los conocimientos ya hechos. Cuando pienso en que los logros no son míos, es cuando me auto conceptualizo como un embaucador.
Aunque pensándolo bien, también tuve grandes retos, tuve que mantener mis amigos de catorce años con una mente de cuarenta y uno, tuve que plantear qué hacer con mis relaciones sexuales o cómo pasar cursos por adelantado pareciendo superdotado de un día para otro.
Hoy me voy a dormir y cerrar este cuaderno en este verano cálido que estoy viviendo, donde los aires acondicionados no son tan comunes como en mi tiempo. Madrid es caliente en verano, un calor que siento más intensamente que nunca.
Estoy recordando cómo fueron mis primeros encuentros con mis amigos, cómo fue esa primera vez que llegué a clase sabiendo más que el maestro y mi primer viaje a Guadalix para encontrarme con Gloria.
Mañana retomaré desde aquí porque creo que es tremendamente interesante que me dé unas palmadas en la espalda por haber sobrevivido hasta los dieciséis sin volverme loco del todo.
Sí, también he hecho cosas increíbles y debo recordármelas.
.
Madrid, 21 de julio de 1996
Hoy no quiero que sea un día de angustia ni de reflexión, esta noche me quiero regalar unos cuantos aplausos.
Desperté un día de verano con catorce años, eso fue difícil y confuso, sí, pero también he de decir que conseguí pasar las pruebas, que me adapté a mi pasado con la mirada cambiada por el paso de los años.
Recuerdo ese primer día cuando mi madre me dejó solo en casa por primera vez. A las 17.00 horas sonaba el telefonillo para que bajará a jugar. Eso no se me había olvidado, recordaba esa hora.
Cada verano quedaba a jugar con varios amigos con los que pasaba las horas en la piscina y en el parque. Recuerdo como algunos no podían bajar a esa hora y se incorporaban a esa fiesta diaria más tarde. Algunos recuerdos no se habían borrado.
Pero cuando sonó ese pitido de telefonillo por primera vez, no supe qué hacer. Recorrí ese pasillo de mi casa millones de veces antes de contestar. Por mi cabeza pasaron emociones y preguntas. ¿Cómo debía contestar a esa llamada? ¿Qué tenía que decir en ese momento?
Dudé por un tiempo si quedarme en mi habitación encerrado sin relacionarme con nadie, sin hacer nada que delatara que no era aquel niño de catorce años, sin embargo, eso sería demasiado llamativo. No sabía si este viaje en el tiempo iba a durar unas horas o varios días. Debía comportarme con la mayor normalidad posible, como si nada hubiera pasado.
Tomé el valor suficiente y contesté. Tenía que bajar a reunirme con mis amigos, esos que ya no existían en mi memoria tal y como eran en ese momento. Sabía que sería complicado, no iba a recordar lo que dije el día anterior, no sabía en qué punto estábamos. Mi realidad actual solo era para mí un recuerdo muy vago y lejano en el tiempo, sin presencia de detalles y sin rastro de aquel niño que ahora era.
Cuando bajé, afortunadamente estaban ya unos cuantos. Pensé que era lo mejor porque evitaría confidencias o situaciones incómodas.
Sin quererlo me quedé aislado del grupo, no sabía cómo continuar con las conversaciones y mucho menos tenía idea de qué aportar a esas conversaciones absurdas. Era imposible que mis intervenciones no sonaran como las conversiones que mantendrían con sus padres, de hecho, yo ya había superado la edad de sus padres.
La pregunta no tardó en llegar, y mi amiga Paula se lanzó y mirándome me preguntó si me pasaba algo, si tenía algún problema.
Volví a hablar de los mareos, les expliqué que me había levantado con un mareo muy fuerte y estaba un poco revuelto. Vendito mareo que me iba a salvar nuevamente de parecer un extraterrestre.
Desde ese primer día en el que me incorporaba a una vida que no recordaba, han pasado más de dos años, sin embargo, no sé cómo me adapté. No solo no me aislé o me volví raro, sino que esas relaciones con niños de catorce me resultaban cómodas, no sentía que estuviera fuera de lugar. Tras una semana de comportamientos erráticos, conseguí volver a ser ese Carlos de catorce años que disfrutaba con su grupo de amigos.
Este logro de no acabar aislado o loco y mantener relaciones sociales satisfactorias creo que es para darme unas palmadas en la espalda y saber que a pesar de estar en una situación muy complicada la supe solventar.
No fui capaz de superar con éxito todos los retos que se me iban a presentar delante, pero creo que en este caso sí. Superé la prueba.
Incluso ahora con mis dieciséis años y unas ganas inmensas de volver a mi vida futura, la que considero mi verdadera vida, agradezco tener a estos amigos a mi lado. Ellos me hacen el camino más saludable y me enseñan muchas cosas. Aunque sé que, en mi realidad futura, en esa que tengo cuarenta y un años ninguno de ellos estarán presentes, en el momento actual son de vital ayuda para mí, normalizan mi situación en esta segunda vida.
Es curioso porque si a mis cuarenta y un años me hubieran dicho que mi grupo de amigos iban a ser unos preadolescentes, hubiera descartado esa posibilidad por completo. Sin embargo, la vida siempre tiene esa capacidad de sorpresa y los maestros están donde menos lo esperamos. Creía que había crecido, pero dentro de mí seguía viviendo ese niño con ganas de hacer las mismas cosas. Si escucháramos más a los jóvenes, dejando al margen al ego que nos dice que sabemos más que ellos por el hecho de ser más mayores, nos llevaríamos muchas sorpresas. Los años no tienen por qué ser aprendizaje, a veces los años hacen que nos perdamos y que nos olvidemos de nuestra verdadera naturaleza. Los maestros están presentes en todos los rincones y lo pueden ser a todas las edades.
Esta aproximación a mis amigos fue fácil, me desenvolvía con cierta naturalidad y me integré. Eso sí, se empezaba a asomar un pequeño obstáculo, ya que al Carlos de catorce le gustaba una niña del grupo, pero el Carlos de cuarenta y uno sería incapaz ni tan solo cruzar un beso romántico con ella. Primero porque no sería a mí al que estaría besando, sino a una versión de mí mismo muy crecido que reside en un cuerpo a medio hacer, y segundo porque mi interés por aquella niña era nulo. Y justo aquí viene uno de los orígenes de uno de los problemas a los que deberé enfrentarme y que no tengo resueltos aún: el sexo.
Pero por hoy creo que ya está bien, me doy un gran aplauso, me confiero una felicitación especial porque a pesar de ser un adulto con apariencia de niño, conseguí encauzar mis amistades, resolver esa parcela tan importante para mantener la normalidad emocional y para vivir esta segunda vida de un modo más agradable.
Además, creo que soy valioso para ellos. Los ayudo en decisiones importantes, los animo a que cumplan sus sueños, a que no tengan miedos, a que se quieran. También los apoyo con sus deberes, porque resulta que ahora soy un niño prodigio.
Me enseñan y les enseño, creo que eso siempre debió ser así, aunque ya no lo recordaba. El paso del tiempo reescribe nuestra historia personal teniendo en cuenta el presente y no solo el hecho pasado de forma aislado. Pero creo que si cualquier persona hubiera tenido esta misma experiencia le hubiera pasado lo mismo. Con catorce años no éramos idiotas. Sentíamos y éramos conscientes de más de lo que recordamos. En estos dos años he mantenido conversaciones más que interesantes con personas que han tenido un recorrido vital muy corto.
Hoy me felicito por esto, me aplaudo.
Espero volver a escribir mañana de nuevo porque me hace mucho bien.
Creo que pensaré en algo nuevo por lo que felicitarme otra vez. Ahora que lo pienso debe haber bastantes cosas.
.
Madrid, 22 de julio de 1996
Cuando yo era pequeño, en esa primera vida, no era un niño especialmente despierto. Iba con bastante retraso respecto al resto de alumnos y no me interesaba para nada el colegio. Suspendía muchas asignaturas con mucha frecuencia. En mi perspectiva de futuro siempre quise dejar de estudiar para empezar a trabajar lo antes posible. No fue hasta cuando fui adulto cuando me empezaron a interesar las asignaturas y decidí comenzar a estudiar y construir una carrera profesional como abogado.
El colegio y el instituto, hasta muy avanzado, no era un lugar adecuado para mí, no me encontraba y literalmente no me enteraba de nada. Era como si no me tocara estar allí en ese momento.
Cuando desperté de nuevo con catorce años, todo había cambiado. Me enfrenté a las mismas clases, a los mismos exámenes, sin embargo, mi cabeza no estaba atrasada respecto al resto como en mi primera experiencia, en esta ocasión me estaba enfrentando a los mismos retos, pero con cuarenta y un años. Esa estúpida capicúa numérica a la que no encuentro lógica alguna.
El primer día de clase, intenté no parecer diferente a lo que habían visto de mí el año anterior. Mantuve el silencio en cada pregunta que los profesores lanzaban, puse algunos errores adrede en las pruebas iniciales e intenté pasar desapercibido.
Había patrones que podía copiar de lo que tenía en la memoria en esa primera vida. Me coloqué en la última fila, callado, sin fijar los ojos en la profesora, con timidez y con todas las inseguridades del mundo, tal y como hubiera hecho el Carlos del pasado.
Recuerdo el encuentro con los compañeros, cada uno con sus problemas y mochilas emocionales a cuestas un año más. Recuerdo a los que llegaban seguros, haciendo ruido y capaces de dar una patada a cualquier cosa o persona. Curiosamente me volví a sentir pequeño. Ante esos abusones, regresé a ser ese chico frágil y fácilmente golpeable.
Reflexioné y mantuve una conversación conmigo mismo, me recordé que ya había sobrepasado la cuarentena, que podría ser el padre de esos locos. Sin embargo, no era una cuestión de edad, sino de estatus, y cuando volví a tener catorce años de nuevo, mi estatus se vino abajo y volví a ser otra vez un minúsculo insecto en esta realidad. Los años me alejaron de los abusones, pero no me cambiaron tanto como yo creía.
Los primeros días fueron así, pero me di cuenta de que tenía una gran ventaja competitiva. Poseía más conocimiento y experiencia que la mayoría de los profesores, y más inteligencia emocional que nunca para controlar a esos matones.
La segunda semana tracé un plan. No quería volver a pasar la peor etapa de mi vida por segunda vez. En esta ocasión tenía la posibilidad de que, esas horribles experiencias que tuve en mi pasado como estudiante, tuvieran otro transcurrir. Si había vuelto a mi pasado, no debía desaprovechar esa oportunidad de darle un giro completo, decidí destacar tanto que rompiera cualquier molde.
Ese primer día donde iba a ser yo mismo, donde iba a ser aquel Carlos adulto que volvía a las clases, sonaba la campana y empezábamos con la clase de inglés. Una de las asignaturas más traumáticas que recordaba de mi juventud, y pensé que era el momento de darle la revancha a ese asunto.
En mi recuerdo de mi primera vida sé que suspendía inglés siempre, era algo complejo para mí y que no sabía manejar. Me ponía nervioso en cada clase y no daba una en los ejercicios (las pocas veces que los hacia).
Sin embargo, ahora había cambiado algo para siempre. El Carlos que regresaba a esa clase de inglés, ahora era bilingüe. Sabía mucho de la lengua inglesa y además había dado cursos en Estados Unidos, país que probablemente no hubiera visitado la profesora de aquellos años. En 2021 las personas viajábamos sin límite y con mucha facilidad, pero en 1994 ir a Londres ya era una aventura.
Me senté en esa clase y me propuse dar el do de pecho. Enseguida empezaron las preguntas, y yo supe responder a todas y cada una de ellas para la sorpresa de mi profesora, y de la mayoría de los compañeros que recordaban una versión de mí mismo completamente diferente, una versión tímida y llena de fracasos. Cada ejercicio y cada pregunta era respondida de forma magistral y eso me empezaba a elevar.
La profesora no estaba muy convencida y bromeando me preguntó si era el hermano gemelo de Carlos Marín. En ese momento y de manera magistral comencé a contestarla en inglés con gran fluidez, expresando emociones y construcciones gramaticales complejas.
La profesora… entiendo que se asustó, creo que no daba crédito a aquella locura. El chico que no sabía nada del idioma durante años y que, además, lo suspendió desde el inicio del colegio, ahora era un portento en la lengua inglesa. Me encantaría saber qué pasó por su mente ese primer día donde decidí mostrarme.
Al final de la clase, la profesora me dijo que hablara con ella. Yo estaba sereno, con la madurez que dan los años. Mantuvimos una conversación, donde le conté que siempre había sabido mucho inglés, que tenía una capacidad increíble y que veía vídeos en YouTube. Claro, aquí apareció el primer error, y es que en 1994 no existía YouTube ni nada parecido, así que corregí y manejé la situación con serenidad y calma. Di a entender que llevaba años preparándome a fondo con el idioma y que tenía una gran capacidad que había ocultado.
Mi justificación básicamente era que no quería sobresalir para no ser víctima de los otros chicos, pero que eso había cambiado para siempre y que a partir de ahora sería yo mismo. Quería sacar las máximas calificaciones.
Tras este acto heroico de valentía, el tema del inglés quedaba resuelto. Lo que en mi vida inicial había sido algo tortuoso y traumático, ahora era un paseo por las nubes. Esas clases son como ir a una prueba diaria donde sabes las respuestas correctas en todo momento.
Recordaba de mi primera vida cada examen suspenso, cada pregunta no entendida, cada salida a la pizarra muerto de miedo. Ahora era yo quien controlaba la situación y me sentía poderoso.
Lo mismo ocurrió con el resto de las asignaturas, a excepción de matemáticas, que daba igual los años vividos, tendría que hacer un esfuerzo para poder comprender los conceptos. Aunque nada que no se pudiera solventar. Las matemáticas que se cursan son grandes sudokus que hay que descifrar. Cuestión de entrenamiento y estrategia.
Cada día era más divertido que el anterior, me llevaba más laureles sobre mi cabeza y comencé a construir una nueva identidad, una que mezclaba mi futuro y mi pasado en un presente extraño y confuso.
Mi objetivo era poder crecer más rápido para ganar libertad a más velocidad. Tenía claro que no podía esperar a los dieciocho años para ir a caminar por la ciudad, ir al cine solo, viajar o hacer infinidad de cosas que hacen los adultos y que yo no podría hacer de nuevo. Tenía catorce años y estaba limitado y con una gran falta de libertad.
Recuerdo las veces que planee irme de casa, buscar trabajo o viajar a otro país con la finalidad de volver a ser libre e independiente. Sin embargo, todas las posibilidades eran completamente imposibles para alguien de mi edad por lo que debía seguir adelante con la mayor ventaja posible.
Sacar buenas notas me permitía pasar de curso con notas extraordinarias, tener la confianza de mis padres y abrir las puertas al futuro. Necesitaba crecer y, aunque eso no dependía de mí, tenía que hacer lo posible por ganar la partida al tiempo.
En estos dos años mis notas son brillantes, me han adelantado cursos en algunas asignaturas y mis padres están felices de ese gran y notable cambio. De la noche a la mañana tienen un hijo superdotado.
Evidentemente esto me ha permitido mentir, saltarme clases para poder escapar a la ciudad y sentir esa bocanada de libertad que necesitamos todos los seres humanos.
El inconveniente es que ahora tengo dieciséis años y no soy precisamente de esos que parecen tener más edad, de hecho, parece que tengo algunos menos, por lo que no puedo adquirir la plena libertad para entrar a ciertos sitios ni mover ciertas fichas.
Hoy me despido de estos escritos dándome otro aplauso en torno a lo logrado. He utilizado los estudios para tener más libertad, más tiempo libre, más capacidad de escapar y tener una vida normal.
Fue una situación rara esa vez que, saltándome una de las últimas clases, pasé por la glorieta de Bilbao y vi frente a mí la que fue mi casa, esa casa donde viví hasta 2021 y que ahora solo era un recuerdo, un recuerdo de mi futuro, una contradicción que no pensé jamás que fuera posible.
Espero descansar bien esta noche, que no vuelva esa angustia, esa ansiedad que a veces no me permite dormir.
En ocasiones, recordar lo bueno es la mejor terapia. He conseguido dar la vuelta a mi fracaso de estudiante por un presente brillante.
Gracias, Carlos, bien hecho.
.
Madrid, 22 de julio de 1996
La noche de hoy no parece que vaya a ser tranquila, a pesar de llevar más de dos años atrapado en esta realidad, los ataques de ansiedad son frecuentes y una sensación de angustia me recorre todo el cuerpo. A veces pienso que todo esto es un castigo, un infierno especialmente diseñado para hacerme sufrir.
Cuando esto ocurre intento meditar, hacer ejercicios con respiraciones profundas, pero cuando estoy tan alterado, puede que sea contraproducente para mí. No creo que haya casos como el mío en los libros, no se me puede diagnosticar de nada porque lo que me pasa no existe. Estoy atrapado en mi pasado y no sé cómo salir.
Todo esto me parece una broma macabra. Muchas veces pienso que simplemente esta es mi vida y que todo lo anterior es una invención, que nunca fui un hombre adulto. Pero ahí está el televisor plagado de información para recordarme que hay cosas que sí conozco del futuro, que ya he pasado por este periodo de tiempo y que conozco todo lo que vaya a pasar.
El año pasado se estrenó la película de Almodóvar La flor de mi secreto, película cuyos diálogos sé casi de memoria y cuyas escenas he visto infinidad de veces. Lo que es novedad en el ahora, en mi vida ya pasó antes y esto solo es una repetición.
Nunca sé realmente lo que ha pasado y lo que no. Ante la noticia de que Almodóvar sacaba una nueva película, me siento bien ya que confirma que el tiempo sigue pasando y porque podré volver a ver y hablar de una película que conozco, sin embargo, no sé cuáles han sido estrenadas ya y cuáles no. Además, aún no existe el santísimo Google que de tantos problemas me estaría sacando ahora.
Es una situación completamente incomoda y que rompe el flujo natural de lo cotidiano, el hecho de hablar de cosas que no han pasado y que la otra persona no sabe a qué estoy haciendo referencia; Google, Bitcoin, Maduro, Obama, las películas que aún no se han estrenado o las melodías que a veces tarareo y las cuales todavía no existen.
Muchas veces se me han escapado algunas referencias a películas que aún no existen o a artistas y canciones que nadie ha visto hasta ahora. Tengo que corregir mis conversaciones en múltiples ocasiones ante la cara de sorpresa de mi interlocutor.
Son cosas básicas instauradas en mi cerebro y que no sé muy bien cómo gestionar. Esas veces que pienso que estoy loco y que todo lo que recuerdo de mi vida adulta nunca ocurrió, se diluye cuando llegan noticias de actualidad que para mí ya pasaron. No hay sorpresa en el final de las películas, no hay emoción en la entrega de premios ni tampoco en los acontecimientos políticos o cualquier cosa cuyo desenlace ya conoceré de antemano.
Como cuando en esos primeros días dudaba de si Lola Flores estaba viva o no, con miedo a preguntar o mencionar el tema porque no quería que pensaran que mi cabeza no funcionaba bien. Aún me planteo cómo pudo ser esa una de las preguntas que me interesaban con todo lo que tenía encima, realmente no era tan prioritario.
Pero el tiempo pasó y me contestó a todas mis dudas y en esta cuestión anecdótica también lo hizo. Llegué a ver esa actuación final de despedida a Lola y el año pasado volví a ver cómo los medios y el mundo se partían por su muerte, pero esto nuevamente ya lo había vivido.
Es como estar en un bucle donde todo lo que sucede no aporta sorpresa, no hay novedades o grandes acontecimientos que puedan estimularme. Hasta dentro de veinticinco años no se expresará ante mí ninguna novedad importante porque todos esos años ya los transité.
Debido a esto, me pongo mis propias pruebas con el objetivo de cambiar el rumbo de lo cotidiano para continuar con algún tipo de estímulo y motivación. Necesito elevar mi entusiasmo.
Escapar de todo me aporta ese punto de adrenalina que necesito para sentirme vivo. La estrategia de ser excesivamente brillante en los estudios da sus frutos y una vez a la semana escapo horas antes de las clases para visitar libremente el centro de Madrid. Eso me gusta porque veo la ciudad como si un documental histórico estuviera pasando por mis ojos, casi nada de lo que hay hoy en 1994 existirá en 2021.
Veo los cines con detalle y observo que casi todos se mantienen con carteleras dibujadas a mano, cosa que en mi tiempo no podré ver. Disfruto de mirar las fachadas de esos bares que fueron míticos en su día y que cerraron ya en la que fue mi primera vida.
Lugares completamente diferentes a los que yo conozco. Un barrio de Chueca que empieza a despertar su modernidad, pero que no lo consigue aún, Malasaña con tiendas tradicionales y viviendo sus vecinos sin una avalancha de hipsters, incluso un barrio de Lavapiés sin mezcla de personas de culturas y razas variadas. Un Madrid completamente diferente a lo que será en el futuro próximo.
Cuando escapo por las calles de la ciudad se me olvida mi realidad, es como si recuperara mi vida anterior, pero en este tiempo. Recuerdo perfectamente cuando me encontré con mi propia casa. Esa primera vez en que llegué a mi portal y hasta tuve la tentación de subir. No estaba tan cambiado, parecía que todo seguía igual. Los edificios son los únicos que perduran en ambas realidades.
Cuando creo que más loco estoy, los acontecimientos me recuerdan que podría ser el vidente más certero en la historia. De hecho, es una de las posibilidades que estoy barajando para jugar más con esta nueva realidad porque podría predecir casi cualquier cosa si hago uso de la memoria. Me ganaría la vida muy bien en televisión tan solo recordando lo que sé que va a pasar. ¿Sería ético? ¿Modificaría esta información la vida de otras personas?
Lo cierto es que, aunque en estos dos años he hecho cosas increíbles y he aprendido mucho, me queda todo por hacer. Mi objetivo es ganar libertad para poder moverme de día y de noche, tener dinero propio, viajar y de una forma u otra reunirme con Gloria de nuevo, aunque sea acelerando los acontecimientos. Lo más importante es reunirme con ella, creo que poseo el valor y la fuerza, solo me falta un plan que tenga sentido y no me haga perderla en esta realidad.
Voy a hacer unas cuantas respiraciones antes de dormir, siento bastante ansiedad y necesito encontrar días de paz para seguir avanzando con mis planes.
.
Madrid, 25 de julio de 1996
Se aproximan las vacaciones de verano, momento en el cual debo ir a la costa con mis padres. Sin embargo, estoy trazando un plan para poder quedarme solo en casa con la excusa de tener que prepárame para el próximo curso académico. Ya he pasado la cuarentena, pero la historia se repite en bucle y sigo engañando a mis padres como cualquier adolescente.
Ya tengo dieciséis años, nada comparado con esos incomodos catorce que tanto limitaban mi libertad al iniciar esta segunda vida. Aunque ni por asomo mi madre tiene planeado dejarme solo en casa durante las vacaciones de verano, lo cierto es que me paso muchas horas estudiando en mi habitación para poder justificar el quedarme sin vacaciones. Por supuesto no estoy estudiando, tan solo leo y paso tiempo en soledad. Ahora tengo la posibilidad de leer todo aquello que no pude y profundizar en materias que quedaron en el olvido. La lectura se ha convertido en mi principal refugio, en mi maestra.
Durante el verano aprovecho para salir con mis amigos hasta la noche, mis padres afortunadamente son bastante permisivos y tengo la libertad para hacer actividad ligeramente nocturna. Es interesante ver como a pesar de mis cuarenta y tres años, pueda perfectamente encajar en un grupo de personas en torno a los dieciséis. Supongo que es una medida de supervivencia social porque ante la soledad cualquier compañía es sanadora.
Mi principal objetivo es que si me quedo solo en casa durante quince días podría ir a reunirme con Gloria y tener ese primer encuentro que muy pacientemente he conseguido dilatar en el tiempo.
