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Guía rápida para nombrar una especie

Si bien la taxonomía es una ciencia que permite clasificar a un organismo dentro de cierto taxón,3 la asignación de un nombre a una especie por los taxonomistas no lo es, por lo que los científicos tienen que ponerse de acuerdo sobre cuáles son las reglas a seguir a la hora del bautizo.

Las reglas taxonómicas son discutidas durante reuniones entre pares cada determinado tiempo y consignadas en alguno de los códigos correspondientes: el Código Internacional de Nomenclatura Zoológica, el Código Internacional de Nomenclatura para Algas, Hongos y Plantas, y el Código Internacional de Nomenclatura de Bacterias.

Los nombres científicos deben estar escritos con las letras del alfabeto latino. Si está en latín, debemos aplicar las reglas de esta lengua, mas no debe preocuparnos no saber latín ni griego, pues podemos derivar el nombre a partir de cualquier idioma de nuestra preferencia, o usar incluso una combinación arbitraria de letras siempre y cuando formen una palabra (zgtmrg, por ejemplo, no está permitido).

El nombre del género se denomina nombre genérico, y el de la especie, nombre específico cuando se trata de animales; en los casos restantes se conoce como epíteto específico.

Si queremos nombrar una especie en honor de una persona, el nombre específico debe terminar en -i o -ii. Por ejemplo, si queremos bautizar a una nueva especie de araña del género Kukulkania con nuestro nombre y nos llamamos Anacleto, el resultado será Kukulkania anacletoi.

En caso de querer homenajear a todo un grupo, como podría ser nuestra familia entera de apellido Gutiérrez, el nombre específico debe terminar en -orum. Asi, obtendríamos Kukulkania gutierrezorum.

Si es una persona femenina la homenajeada —digamos, nuestra madre, de nombre Cleotilde—, el sufijo será -ae: Kukulkania cleotildeae.

Ahora bien, si lo que deseamos es asociar a la especie para siempre con un lugar —aquel en el que la descubrimos o nuestra playa favorita para vacacionar— tendremos que añadir un -ensis al final: Kukulkania vallartensis.

Una vez que cumplamos con los requisitos mencionados, sólo nos resta publicar la descripción de nuestra especie descubierta, y el nombre con el que la bautizamos, en una revista científica. Tanto en esa publicación como en este libro, si hablamos sobre diferentes especies de un mismo género en un párrafo o sección, podemos escribir sólo una vez el género y luego seguir refiriéndonos a este de manera abreviada, con la primera letra del mismo. Por ejemplo: “Algunas especies del género de polillas Eucosma son E. mandana, E. nandana y E. pandana” (todas estas en verdad existen).

3 Un taxón es un grupo de organismos que tienen un parentesco evolutivo. En orden jerárquico y partiendo del reino (por ejemplo: reino animal), las subdivisiones son: filo, clase, orden, familia, género y especie.

ABC de la pronunciación para el taxónomo bisoño

La pronunciación de los nombres científicos no es, ni por mucho, equivalente a aprender en rigor la pronunciación en griego, ni la pronunciación tradicional o la pronunciación clásica del latín. Por ejemplo, en latín tradicional el diptongo ae se pronuncia como e, pero en latín clásico se pronuncia tal cual. Así, en casos como el de Tropaelum, sería igualmente válido decir tropelum que tropaelum.

Teniendo en cuenta esto y, sobre todo, que nuestro objetivo principal es comunicarnos, las siguientes son las reglas de pronunciación para la nomenclatura binomial:

1 Los diptongos ae y oe se pronuncian e (Kallstroemia es calstremia); ai se pronuncia a (altaica es altaca), ou se pronuncia o (ourantiaca es orantiaca), ei se pronuncia i (Eichhornia es icornia), eu se pronuncia u (melanoleuca es melanoluca), oe se pronuncia e (Phocoena es focena), ou se pronuncia u (Bougainvillea es buganvilea), eae se pronuncia ee (la familia Solanaceae es solanacee).

2 Las combinaciones ao, ea, eo, ia, ie, io, iu, ua, ue, uo, ao y oa no son diptongos y se pronuncian tal como se escriben.

3 Ce, ci, y ch se pronuncian como k (Ceratogyrus es keratoguirus, Poecilotheria es poekiloteria, Chenopodium es kenopodium). Nota: ce y ci también pueden pronunciarse tal cual (como en Triceratops y en coelurea, que es cerulea).

4 Ge y gi se pronuncian gue y gui (Gelidium es guelidium, Gigartina es guigartina).

5 X al inicio de una palabra se pronuncia como s (Xylococcus es silococus) y como parte de una palabra se pronuncia cs (Zanthoxylum es zanthocsilum) y la z como ds (Albizia es albidsia).

6 La j siempre se pronuncia como i (Jasminum es iasminum).

7 La v se pronuncia como u, pero se admite también como b o v (Vicia es uicia o bicia).

8 La doble ele (ll) se pronuncia como una sola l (Calliandria es caliandria).

9 Ph se pronuncia f (Triphyophyllum es trifiofilum).

10 Th se pronuncia como la letra griega theta, es decir, como th, similar a la pronunciación de la z en España.

11 La u siempre se pronuncia, aún si está al lado de q o g (Quercus es cuercus, Pinguicula es pingüicula).

Excepciones a estas reglas son los nombres científicos que provienen de otras lenguas (ni latín ni griego), que usualmente son las de la zona en la que habita la especie en cuestión y que se pronuncian como se haría en la lengua nativa. Esto incluye nombres científicos en honor de personas o lugares, como Campsicnemius charliechaplini, cuyo nombre específico, según las reglas, se pronunciaría karliekaplini, pero que, como su procedencia es el cómico Charlie Chaplin, se pronuncia charlichaplini.

Poniendo el acento en los nombres científicos

La acentuación de los nombres científicos es lo más sencillo del mundo, si con ello nos referimos a usar tilde, pues esta nunca se emplea. El asunto es algo más complicado si nos referimos al acento prosódico:

1 En la nomenclatura científica sólo existen palabras graves y esdrújulas, no hay palabras agudas (excepto, claro está, los monosílabos).

2 Las palabras que terminan en ceae llevan el acento antes de la c (familias como Rutaceae o clases como Phaeophyceae, que son rutacee y feoficee).

3 Las palabras de dos sílabas son graves (Ulex es ulex, Hebe es ebe).

4 Las palabras de tres o más sílabas son graves si:a) La penúltima sílaba contiene dos vocales juntas (anemopaegma es anemopegma, Arouna es arouna, Nimphaea es nimfea).b) La vocal de la penúltima sílaba es seguida de x o z (Lespedeza es lespedeza, paradoxa es paradocsa);c) La vocal de la penúltima sílaba es seguida de dos consonantes o que no se fundan para formar un solo sonido, como cc, ll, ss, tt, mm, ps, ct, rm, nt, sb, lp y nd (Agrostis es agrostis, Culisetta es culiseta, Pontentilla es pontentila)d) La vocal en la penúltima sílaba tiene un sonido largo, como en las palabras terminadas en:• -ata, -atus, -atum y -ates (echinata es ekinata, alatus es alatus, Dendrobates es dendrobates);• -ales y -alis (el orden Polipodiales es polipodiales, orientalis es orientalis);» -ana, -anus, -anum (africanus es africanus, mexicanum es mecsicanum)» -ica, -ina e -inae (Carica es carica);» -odes, -otes y -osis (Stratiotes es stratiotes);» -pogon (Heteropogon es heteropogon), -chlora (Hypochlora es hipoclora), soma (Xanthosoma es santosoma) y -ura (brachyura es brakiura).

5 Las palabras de tres o más sílabas son esdrújulas si la vocal de la antepenúltima sílaba es larga, lo que ocurre cuando:a) la vocal de la antepenúltima sílaba es seguida de otra vocal (Scorpioides es scorpioides);b) la vocal de la antepenúltima sílaba es seguida de una consonante (volubilis es volubilis);c) en la antepenúltima sílaba hay un diptongo ae, oe, oi, ei, ai o au (amoyensis es amoiensis).

6 Las palabras de tres o más sílabas son esdrújulas en palabras terminadas en -cera, -coris, -donax, -dytes, -grapha, -gnatus, -monas, -phaga, -phylla, -ptera, -pterix, -poda, -spora, -stoma, -toma, -coma, -ula (Campanula es campanula, Archaeopteryx es arkeopterics).

¿Los chicos prefieren el queso a las espinacas?

—Los chicos prefieren el queso a las espinacas verdes fritas (Kids Prefer Cheese Over Fried Green Spinach).

—¿Cómo dijo?

—Es un acrónimo para los siete niveles de la taxonomía: reino, filo, clase, orden, familia, género y especie (Kingdom, Phyllum, Class, Order, Family, Genre, Species).

—Impresionante.

Quizás más impresionante es que el diálogo no proviene de Plaza Sésamo ni de un documental, sino de un capítulo de la serie de televisión El mentalista (The Mentalist) donde se explica este truco mnemotécnico para recordar los siete niveles o categorías taxonómicas (ocho si, por arriba del reino, tomamos en cuenta el dominio).

POR LAS RAMAS DEL ÁRBOL DE LA VIDA

La taxonomía según los taxónomos y otros bichos académicos I

De acuerdo con el Wall Street Journal, el mundo tiene alrededor de 10 mil taxonomistas en activo. No es un gran número cuando se considera cuánto hay para ser registrado. Pero, el Journal añade, debido al costo (cerca de 2 mil dólares por especie) y el papeleo, sólo cerca de 50 mil nuevas especies de todos los tipos son registradas por año.

Bill Bryson,

Una breve historia de casi todo

Glandes homenajes

Priapulus es un género de gusano marino de forma cilíndrica que, al ser estimulado externamente cuando alguien lo toca— crece y se pone duro. Por este fálico comportamiento estos gusanos fueron bautizados en honor de Príapo, dios de la fecundidad en la mitología griega, dotado de un pene gigantesco.

Phallus impudicus (del latín phallus, del griego phallos, ‘pene’, y del latín impudicus, ‘sin pudor, desvergonzado’) es un hongo apestoso que parece un pene erecto. En su General Historie of Plants (1597), un erudito mamotreto de 1 mil 480 páginas, el botánico inglés John Gerard se refirió a esta especie como “fungus virilis penis effigie” o, para abreviar, simplemente como “el hongo verga”; dos siglos después, su colega y compatriota John Parkinson, en su tratado Theatrum botanicum (1640), decidió bautizarlo como Phallus hollandicus en honor de los holandeses (ignoramos la razón). Linneo transformó el gentilicio en adjetivo y gracias a él cada vez que vemos a este hongo con supuestas propiedades afrodisiacas, no tenemos por qué asociarlo con los habitantes de los Países Bajos.


Crónicas de los reinos vivientes I: donde se narra la creación de los cinco reinos de la vida


Los dos reinos

Hace mucho tiempo (unos tres siglos), en un lugar muy lejano (Suecia), Carlos Linneo ordenó la vida en un sistema jerárquico en el que, cual muñecas rusas, unos grupos formaban parte de otros.

Así quedaron ordenadas especies en géneros, géneros en familias, familias en clases, clases en órdenes, órdenes en filos y, para finalizar, filos en reinos; aunque no fue Linneo, sino el científico alemán Ernst Haeckel, quien introdujo en el siglo XIX los niveles de filo —cuyo nombre en latín, phyllum, es también muy usado en biología— y familia, si bien otros autores anteriores usaban ya nombres como subreino, círculo o tipo para referirse al filo.

Como muchos niños hoy en día, Linneo colocó a cada ser vivo que conocía en uno de dos reinos: animal o vegetal, y legó el hasta hoy inacabable trabajo de seguir ordenando a los seres vivos en manos de los actualmente llamados taxónomos. Pero la vida —o, para ser más precisos: los seres vivientes— resultó ser mucho más compleja de lo que pudo haber previsto Linneo y, aunque por más de un siglo los biólogos se las arreglaron con dos reinos, gracias al —o por culpa del— microscopio, muy pronto se dieron cuenta de que había cientos y miles de especies rebeldes —un alto porcentaje de ellas, formadas por una sola célula y microscópicas— cuyas características les impedían su segura inclusión en uno u otro reino.

Reino de los primerísimos

Como las fronteras entre animal y planta eran más bien difusas cuando de organismos como algas, bacterias y amibas se trataba, en 1859 el inglés Richard Owen propuso la creación del reino Protozoa (en griego, ‘primeros animales’) para nombrar lo que él consideraba “numerosos seres, mayormente de diminuto tamaño, que retienen la forma de células nucleadas” y que tenían “características orgánicas comunes” de plantas y animales; un año después, el naturalista británico John Hogg consideró que era necesario instaurar el Regnum Primigenium o, usando palabras menos rimbombantes, el reino Protoctista (que en griego significa ‘primeras criaturas’ o ‘primigenios’, ya que para Hogg los protoctistas eran seres vivos cuya existencia antecedía a la de animales y plantas, por lo que agrupó a las esponjas entre ellos). En 1863 los estadounidenses Thomas B. Wilson y John Cassin lanzarían su propia propuesta de nombre: reino Primalia.

El problema de qué hacer con los organismos que no eran ni plantas ni animales no quedaría ahí, y en 1866 Haeckel nos daría el nombre más popular —si bien no el más aceptado entre especialistas: la microbióloga Lynn Margulis, por ejemplo, considera que el nombre correcto es el de reino Protoctista— para englobar en ese entonces —no ahora— a todos los organismos unicelulares: el reino Protista (que en griego significa ‘muy primeros’ o, si usamos un superlativo, ‘primerísimos’). En el “reino de formas primitivas” de Haeckel, si tenía una única célula y se parecía más a un animal, sería un protozoa; si era más bien parecido a una planta, se trataría de un protofita. ¿Más de una célula? Entonces estaría en el reino Histonia, formado por los subreinos Metafita —plantas— y Metazoa —animales—. Así, seguimos teniendo dos reinos y, por fin… ¿todos los taxónomos contentos? En realidad, la pax taxonomica duraría muy poco, pues la llegada de un nuevo tipo de microscopio complicaría las cosas nuevamente y de manera definitiva.

Reino de los solitarios

Hacia 1930 los primeros microscopios electrónicos hicieron su aparición y dificultaron considerablemente la enseñanza de la microbiología a partir de los dos reinos del sistema de Haeckel debido a lo que gracias a ellos se pudo observar: había seres unicelulares que tenían un núcleo bien definido dentro de una membrana; otros —las bacterias y las algas verde-azules o cianobacterias—, por el contrario, carecían de este. Con o sin núcleo sería la frontera que haría necesaria la creación de un nuevo reino. Sería el biólogo estadounidense Herbert F. Copeland quien propusiera en 1938 una taxonomía basada en cuatro reinos: Animalia, Plantae, Protista y Monera (que en griego significa ‘solitario’) para incluir a bacterias y cianobacterias. El término Monera tiene su origen en el nombre Moneres, que Haeckel había usado como una subdivisión de su reino Protista.

En 1947 el mismo Copeland señaló que Protoctista tendría que ser el nombre adecuado —en lugar de Protista— para referirse al cajón de sastre en el cual guardar la “miscelánea” —término usado por el propio Copeland— de organismos con núcleo, ya sea que fueran unicelulares o multicelulares, que no reunían las características de plantas o animales.

El fin de la taxonomía (de la tradicional, al menos)

En 1969 los hongos se declararían separatistas del reino Vegetal y formarían su propio reino, el Fungi, gracias al ecólogo norteamericano Robert H. Whittaker, quien utilizó como principal criterio de agrupación las tres formas principales de nutrición de los seres vivientes: absorción, ingestión y autotrofía, así como la evolución de unicelular a multicelular. En sus cinco reinos, Whittaker reconocería la separación entre organismos procariotas y eucariotas —los que Copeland identificaba con los términos anucleado y nucleado—, nombres propuestos por el francés Edouard Chatton en 1938.

La clasificación de Whittaker representaría el fin de la taxonomía tradicional, basada en semejanzas morfológicas y ecológicas, pues una revolución había comenzado en 1953 en biología: James Watson y Francis Crick —a partir del trabajo experimental de Rosalind Franklin (esta editorial no desea incomodar a sus lectoras feministas)— habían descubierto la estructura en forma de hélice del ADN, la molécula que contiene la información genética de cada ser viviente, y con ello abrían la puerta para todas las clasificaciones taxonómicas basadas en las relaciones a nivel genético entre especies… pero esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión (de hecho, en otras páginas de este libro).


Errare nomenclatorum est

Scrotum humanum es el nombre del primer fósil de dinosaurio reportado en la literatura científica. En su obra de 1677, The Natural History of Oxfordshire, el reverendo Robert Plot concluyó que ese fragmento de fémur fosilizado, de más de medio metro de circunferencia, tenía que pertenecer a la bíblica estirpe de los humanos gigantes que poblaron la Tierra en tiempos anteriores al diluvio —Plot hacía honor a su título de reverendo: de reverendo crédulo.

El dibujo con que Plot acompañó la descripción de este pedazo petrificado de muslo se asemejaba bastante a un par de testículos, por lo que en 1763 el naturalista Robert Brooke decidió bautizar a la especie a la que pertenecieron en vida estos restos como Scrotum humanum en su obra de interminable título: Historia natural de las aguas, tierras, piedras, fósiles y minerales. Con sus virtudes, propiedades y usos medicinales: a lo cual se añade el método con el que Linnaeus ha tratado estos temas.

Actualmente todo parece indicar que el fósil en cuestión corresponde al dinosaurio carnívoro Megalosaurus bucklandii, pero de acuerdo con las reglas establecidas por Linneo, el apelativo genital tendría que ser el apropiado al hablar de este dinosaurio. En 1993 dos paleontólogos recomendaron abandonar por completo la ocurrencia de Brooke, moción que fue aceptada por la Sociedad Linneana, para tranquilidad de los amantes de las bestias mesozoicas.

La magia de un nombre

Abra cadabra es un molusco bivalvo del mismo grupo que almejas y ostiones. Su nombre remite a las palabras de encantamiento que en la antigüedad se pronunciaban para curar la fiebre. Prueba de que carecía de todo encanto es que este animal está extinto y son sus restos fósiles los que Frank Eames y G.L. Wilkins identificaron en 1956, con tan mala suerte que este último murió antes de que se aceptara un nombre tan hechizante.

El infortunio de estos ocurrentes científicos no acabó ahí porque, como el molusco pertenecía en realidad a otro bien conocido género, Theora, en 1957 tuvo que ser bautizado como Theora cadabra. Y en 1918… ¡abracadabra! La propuesta original fue escamoteada, finalmente, por Theora mediterranea, haciendo referencia a la región en que vivía, en el suroeste de Irak. Como consuelo hechizo, Abra cadabra continúa siendo sinónimo de Theora mediterranea.

¿Anatomía o taxonomía?

Gluteus minimus (del latín glutaeus, del griego gloutos, ‘la grupa’; y del latin minimus, ‘el más pequeño’) no es, en este caso, uno de los músculos que de mínimo no tienen más que el nombre en ejemplares de Homo sapiens como Jennifer Lopez o Kim Kardashian. En 1975 dos paleontólogos llamaron así a una especie fósil que, a la fecha, ignoramos si se trata de un invertebrado o del diente de un pez del periodo Devónico. Lo que sí sabemos es que, a pesar de que lo parece, no es el minúsculo trasero fosilizado de algún animal.

Colon rectum (del griego kolon, ‘miembro’) es un escarabajo condenado a ser para siempre confundido con temas colorrectales desde que el entomólogo Melville Harrison Hatch no pudo evitar rematar con este nombre a una de las especies del género Colon. Desde entonces, se tiene noticia de que algunos taxónomos han omitido citar esta especie en más de una de sus listas.

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