Kitabı oku: «La Corte de los Ángeles», sayfa 4

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El hechicero

Una vez en camino a Positano, restaba encontrar su casa, no sería muy difícil, tendría que encontrar la casa más absurda y aparatosa del barrio. Aparte de su narcisismo y su galantería Ian Leiss es un hombre inteligente, que tiene una gran capacidad de adaptación, sabe cómo moverse entre mundos. Es el mejor aliado de una bruja blanca, si conoces sus lealtades. Desde el comienzo, él jugó para ambos lados. Hasta se llegó a creer que ya no volvería al bando de los buenos, por decirlo de alguna manera. Los libros de historia del siglo XX recuerdan muy bien sus andanzas. Sus lazos con Morgana en la década de los cincuenta eran tan fuertes que ya no se sabía en dónde comenzaban las fuerzas de uno y dónde terminaban las del otro. Cuando Elha lo conoció, cambió su vida otra vez. Mi señora tenía un poder que el hechicero no comprendía y eso fue la causa que detonó la ruptura con la bruja oscura Morgana. Ian la seguía día y noche, intentaba de alguna manera comprenderla y averiguar de dónde provenía tanto poder. Todo terminó muy rápido cuando Elha conoció a Tobías, ellos se enamoraron perdidamente, de cierta forma no había química entre el ángel y el hechicero. Cuando se casaron, Ian desapareció, hasta hace un par de años. Una mañana como cualquier otra, decidió aparecer por Rosario y vio a una chica inocente de catorce años, paseando por las tiendas del centro. Como dos imanes, se atrajeron tan fuerte que el hechicero perdió la noción del tiempo, todo lo que hacía era vivir para ella. Muy a mi pesar sabía que ellos tendrían una conexión que no sería fácil de romper. Chloe era apenas una niña que estaba aprendiendo a controlar la magia, y en presencia de él todo se salía de control, cada vez que ella realizaba un hechizo y él estaba cerca, sus fuerzas se potenciaban y el hechizo seguro que salía mal, pero en dimensiones catastróficas. Hasta que un día, hirió a un chico en la escuela de mundanos. Mi pelea con el hechicero fue tan fuerte que de nuevo se marchó. No sabía nada de él hasta este momento, su imagen sería la misma que hace siglos. Ellos no están sujetos a la edad como los mundanos o las brujas, son atemporales, adoptando el físico de un joven de veinticinco o treinta años a lo sumo.

Como una persona que lleva tanto tiempo en la tierra, adora su independencia, por eso vive solo, pero rodeado de muchos “amigos”. Es un poco embustero, sabe aplicar sus dones naturales para agradar a los demás y conseguir lo que se propone.

Por otro lado, Positano es una hermosa ciudad, con paisajes pintorescos, rodeada de mucha naturaleza, aunque dependiendo con qué ojos se lo mire. La naturaleza parece un simple glamur para que los mundanos no vean lo que pasa del otro lado de esa línea protectora que formaron. Y de esta manera separaron la ciudad a la mitad, nadie quiere a un mundano chismoso entrometiéndose en donde no lo han llamado. Por sus características, la ciudad parece el lugar ideal para ser el hogar de brujas oscuras y demonios, como era de esperarse el hechicero vivía en el medio, igual que Suiza.

Mi reloj marcaba la una de la tarde cuando estacioné mi auto modelo 2008 en el frente de una ostentosa “mansión”. Como era de suponer, mi auto no encajaba con el estilo del vecindario, eso no me iba a detener de tocar el maldito timbre. Mi temperamento aumentaba a medida que me acercaba al encuentro, nada agradable, pero necesario. El sol era abrasador, tal como debería ser un día de finales de primavera. La casa estaba flanqueada por dos estatuas medievales y detrás de ella estaba la escalinata que llegaba hasta la entrada principal; subir esos cinco escalones supuso más tiempo del que necesitaba, aún seguía peleando con mis demonios internos. Intentar controlar el enojo me estaba costando mucho más trabajo, del que había imaginado. Mi pelo ya comenzaba a pegarse en mi nuca. El timbre sonó dos veces con una melodía un tanto infantil. Pasaron unos segundos y nadie contestó, miré por la ventanita del costado de la puerta, tenía los vidrios esmerilados con un borde liso. A primera vista no vi nada que me indicara que el hechicero estaba en casa. Hasta que me enfrentaron esos ojos llenos de rencor y odio. Como una niña asustada, a la que acaban de atrapar, me aparté del vidrio.

Incómodamente abrió la puerta, para cerrarla en mi cara.

—¡Mierda!, Ian, ¡tienes que abrirme! —grité enfadada inútilmente a una puerta totalmente cerrada, que parecía no volverse a abrir.

—¡No tengo que hacerlo! —me reprochó—. No te debo nada, ¡así que mejor vete! —me gritó del otro lado, su voz salió áspera y con resentimiento.

—Hazlo por Chloe, ¡por favor! —volví a contestarle, pero el nudo en la garganta quebró mi voz. Tanto enojo contenido por algunos años estaba haciendo estragos en mi autocontrol. Tampoco había sido mi intención usar a Chloe para captar la atención del hechicero—. Charlemos... y después te dejo libre —afirmé a la puerta pulcramente pintada de blanco.

Escuché cómo se abría la puerta pesada de madera labrada y él apareció con su pantalón de jean negro, y camisa al tono, dejando ver algunos tatuajes que llegaban hasta la base del cuello. Sus ojos me escrutaron por unos segundos, hasta que me dio la espalda y comenzó a caminar hacia algún lado de la casa. Su cabello negro rapado a los costados y su flequillo cayendo en cascada no había cambiado, al igual que sus modales. El recibidor era hermoso, una araña colgaba del centro del techo, los pisos eran de mármol beige y las paredes blancas.

—¡Está bien!, lo hago por ella nomás —me retrucó a lo lejos—. Cierra la puerta, no quiero a más brujas indeseadas husmeando en mi casa.

Era mejor acatar su orden. Hacía tiempo que no lo veía, y en ese lapso se había vuelto aún más desagradable.

—¿A qué viniste? Aparte de perturbar mi paz o lo poco que me queda —preguntó regresando al recibidor.

—¿Podés dejar de actuar como un insensible por un momento? —Levantó sus manos en señal de paz—. Quiero que regreses con nosotras. —Puse mi mejor cara de por favor—. ¡Te necesitamos!, están pasando cosas que no comprendemos y que tienen naturaleza oscura.

—¡No, Lisandra! —Su voz salió estrangulada por algún recuerdo—. Ya peleé muchas batallas que no eran mías —dijo yendo a sentarse en uno de sus sillones isabelinos que se encontraban cerca de la esquina derecha del recibidor.

—Entiendo lo que me quieres decir... entonces por lo menos escúchame y cuéntame qué sabes sobre lo que está pasando, tú estás en medio de los dos mundos, así que algo debes haber oído.

—Puede ser que sepa algunas cosas, pero sin duda no creo que sea lo que está pasando en tu pueblucho —dijo con arrogancia otra vez.

—Puede que viva en un pueblo, pero no estoy aislada, sé de las cosas que están pasando en nuestro mundo.

—¡Okey! —exclamó poniéndose de pie y yendo para otra sala—. No puedo pensar con el estómago vacío, creo que deberíamos comer algo.

—Lo seguí con el mejor sigilo posible, mientras pasábamos de sala en sala, llegamos a la cocina que era casi el triple de grande que la mía. Sacó del horno dos platos ya hechos, tenían pinta de ser comprados, pero con él nunca se sabe, era una mezcla de comida mejicana con pollo frito.

—¿Ya sabías que vendría o te arruiné el encuentro con alguien más? —señalé la mesa, que estaba organizada para dos personas.

—Sé casi todo lo que está pasando, pero sí, puse una alarma, para que me avisara cuando alguien tratara de rastrearme.

—Ya veo... ¿pasa seguido? O ¿hiciste todo este acting para mortificarme un rato? —Mi pregunta tenía una connotación, saber si tenía muchos enemigos sería algo bueno para el futuro.

—¿Vas a empezar ahora con las preguntas? —me acusó—, yo prefiero comer primero. —Llevó los platos a la mesa para doce comensales que ya estaba preparada, con una sonrisa torcida me contestó—. Y no te creas el centro del universo.

Lo seguí al comedor, que estaba separado de la cocina por un desayunador. Por lo que se podía ver a simple vista, esta era la sala más llamativa, todo estaba decorado en blanco y negro, quién sabe de qué época eran los muebles y a quién se los había robado, se veían muy antiguos, cuando pude dejar de admirar la enorme sala, me senté enfrente de él. Había perdido la cuenta del tiempo que me había tomado admirando la decoración. Creo que el suficiente para que el hechicero llevara tragando la mitad de su plato.

—¿Cómo puedes...? —Este me silenció.

—Sin preguntas —me recordó.

—Ian estaba comiendo con las manos, saboreándose los dedos. Aparte de la arrogancia, había perdido los buenos modales o simplemente lo hacía porque sabía que me molestaba. Intenté comer sin mirarlo demasiado, aunque pusiera mi mayor esfuerzo, era casi imposible. Había pollo por toda la mesa, al igual que parte de algunas salsas que había usado para untarlo.

—Y... —dejé mi frase inconclusa cuando él me clavó su mejor mirada asesina.

—¡Ahí vamos de nuevo!, ¿será que en todos estos años no has cambiado nada? —comentó en medio de una respiración cansada.

—No tengo tanto tiempo como tú. Mi vida es finita. —Enarqué una ceja.

—El tiempo es un misterio para algunos —replicó y siguió su frase—. Otros pasan su vida entera escapando de él, otros lo acumulan y otros lo dejan ir. —Se quedó en silencio contemplando el tenedor que tenía en su mano, el cual nunca usó. —Empieza a preguntar ya, porque veo que el silencio no te sienta bien.

—Sé que hay escritas unas profecías, pero no sé bien qué dicen, no tengo los libros en mi poder, pero estoy segura de que tú tienes una copia. —No le di la posibilidad para que me mintiera en mis narices.

—Puede ser, ¿pero para qué te sirve saber sobre la profecía? —Dio vuelta el tenedor que aún tenía en sus manos, restando importancia a su pregunta.

—Creo que para ti significa algo el nombre Lizi. —Al terminar de pronunciar el nombre, sus ojos se abrieron como platos y luego se cerraron haciendo como si no pasara nada.

—¿Por qué tendría que significar algo para mí? —preguntó sin más.

—¡Oh, vamos! ¿Ahora me vas a decir que no sabes el significado? —Estaba casi indignada, Ian era más difícil de persuadir de lo que recordaba. Hacerse el tonto para tantear el terreno era una artimaña que ya conocía.

—¡Sí, lo sé!, no soy analfabeto —contestó exasperado—. Significa la promesa de Dios. ¿Y qué hay con eso? —Cuando terminó su pregunta retórica se dio cuenta—. ¡Oh, por Dios! —gritó.

—¡Lo sé! Cuando llegó Lizi a nuestra casa, ni siquiera sabía que era una bruja. No sé qué hacer con ella, y lo peor o mejor, depende de por dónde lo mires, ¡tiene visiones!

Él se fue del cuarto sin decir una palabra y al minuto volvió con dos libros viejos, un poco desgarrados y polvorientos. Me dio el más grande, el título decía La promesa de Dios. Lo dejé caer sobre la mesa, no lo quería agarrar, temía de lo que podía enterarme, lo miré, con un poco de horror, él sostenía el otro libro en sus manos. Se fue directo a la sala común y se sentó en un amplio sofá tapizado en color arena con hilos de oro contorneando los pétalos de las flores. Lo seguí y me acomodé en un sillón que estaba justo enfrente de él.

Las hojas pasaban y pasaban, estaba buscando algo que tan solo él conocía o sabía de su significado.

—Lo que sé... —se apresuró a decir, estaba un poco impaciente—. Es que las profecías tratan de Lizi, o, mejor dicho, de la promesa de Dios. Ella nos va a librar de los demonios y las brujas oscuras con sus visiones. La guerra es inminente. Ella va a tener que cuidar los sellos con su vida, para que no caiga en manos equivocadas —puntualizó cada palabra.

—¿Están en tu poder? —Sabía que el hechicero poseía reliquias y artefactos invaluables. Si contaba con los recursos para tener los 7 sellos, estábamos salvados.

—No los tengo... Pero sé quién puede saber de ellos.

—¿Qué estamos esperando? ¡Vamos a buscarlo!

Estaba por levantarme del sillón cuando el hechicero negó con la cabeza.

—Todavía no es el momento. Lizi debe estar preparada y, si no consigue protegerlos, se va a desatar el apocalipsis, eso no es ninguna ciencia, lo puedes leer de la Biblia. Sé que casi tenemos en puerta el solsticio de verano, que coincide con la alineación de Venus, ya que ese planeta se complementa con ustedes. La última vez que pasó eso, las brujas y los demonios destruyeron todo a su paso, hubo mucha desgracia, el ejército de los ángeles no pudo hacer nada, tal vez porque no tenían las herramientas, pero, en definitiva, nadie lo sabe. Y ese es el único día en que las brujas y los demonios pueden combinarse unos con otros. Es ahí cuando las hace casi invencibles, y son tan fuertes para controlar a todos los demonios.

—¡Pero Lizi no puede ser su guardiana!, ella no está preparada, hace apenas un día que se enteró que es una bruja.

—Lisa —su mirada basta para llamar al silencio—, lo más importante ahora es que las brujas oscuras no se enteren de que Lizi ya está entre nosotros. La llevan esperando décadas, tal vez siglos o milenios.

—¿Pero por qué ahora ella va a marcar la diferencia? —Todavía había algo que no llegaba a comprender.

—Lo que sé es que las oscuras llevan mucho tiempo buscando esos sellos, pero solamente se le van a presentar a su guardián. Y si es secuestrada para que ella abra esos sellos, estamos en problemas, en graves problemas.

—¡Ian...! —dije poniéndome de pie—. Ellas están solas en casa.

Él comprendió enseguida lo que significaban mis palabras. Tan rápido como alma que lleva el diablo salió en busca de todo lo necesario para volver a Rosario. Ya no había vuelta atrás. Quiera o no, ahora estaba en medio de una guerra para defender el mundo tal como lo conocemos. Antes de cruzar la puerta de su casa le quería dejar bien en claro algo.

—Tienes terminantemente prohibido acercarte a Chloe de cualquier forma que no sea estrictamente profesional.

Como imanes

Podía escuchar los pasos de alguien acercándose. Deseaba con todas mis fuerzas que cambiaran de dirección, por fin había encontrado un minuto de paz en estos últimos días. Recostada debajo de los árboles, observando cómo los pájaros saltaban de rama en rama, me habían creado mi propio mundo en tan solo cinco minutos y no tenía la menor intención de romper mi burbuja.

—¡Chloe! —me llamó Greta ansiosa mientras se recostaba a mi lado—. ¡Lisandra ya volvió!

No esperaba a que llegara tan pronto, miré la hora en mi celular, y apenas eran las cuatro de la tarde. Estaba disfrutando del aire libre y de la libertad que eso implicaba.

—¿En dónde está? —me reincorporé sentándome con las piernas cruzadas. Gre hizo lo mismo.

—En la cocina, vino con ese tal hechicero, Ian.

—¿Y qué tal es? —la pregunta quedó perdida en el aire, mientras me incorporaba y me dirigía a la casa—. ¿Es... es excéntrico...? —Volví la mirada a mi amiga que aún no se había movido. La puerta que usábamos para que los mosquitos no entraran a la casa se abrió de repente golpeando mi cabeza. De un momento a otro estaba tendida en el suelo, sin saber qué había ocurrido, una voz masculina empezó a llamarme por mi nombre. Cada vez lo pronunciaba más fuerte, intenté que mis párpados se abrieran, por alguna extraña razón se me dificultaba la tarea, cuando al fin se abrieron, vi a un hombre, su expresión de preocupación estaba reflejada en sus ojos, pero sus ojos eran lo que más me llamaba la atención, de color violeta con motitas doradas, él estaba tan cerca de mí que podía verme reflejada en ellos. Su cabello negro caía en cascada sobre su rostro. Todo en él era brillante, resplandecía, bañándome de su calor, su perfume. Pestañeé un par de veces para acostumbrarme a su resplandor.

Enseguida me acordé de lo que nos había dicho Lisa, con practica podríamos verlos tal cual son. Estaba casi segura de que se refería a esto.

—¡Hola, extraño...! —dije intentando abrir los ojos nuevamente. Mi mano se dirigió automáticamente a la parte posterior de mi cabeza—. Auch.

—¿Estás bien? —uy ágilmente se apresuró a ayudarme.

—¡Tus ojos, son tan... tan...! —terminar la frase parecía algo irrelevante. Necesitaba tocar su rostro para saber si era de verdad. Cegada por su hermosura no era consciente de que lo había dicho en voz alta. Mi mano acarició su rostro que aún se encontraba a unos escasos centímetros del mío.

—Bueno, señorita, me imagino que el golpe fue más fuerte de lo que pensaba. —Pasó una mano por mi cintura y con la otra tomó mi mano, acercándome a su cuerpo, sabía que tenía que comportarme, pero era inútil, sentía la misma atracción que sienten los imanes.

Cuando logré que mis piernas no se tambalearan le solté la mano. Aunque mis ojos no podían dejar de observarlo. Nuestras miradas estaban en la misma frecuencia. De alguna manera, de nuevo alguien se empeñaba en interrumpirnos. Me llamaba, qué inoportuno, pensé.

—Chloe, ¿estás bien? ¡Tenemos que irnos! —me insistió Greta.

—¡Ya voy! —aun no sabía a dónde ir. Pero daba por seguro que ella se encargaría de guiarme. Todo mi ser se resistía a liberar la mirada del hechicero, había una conexión irracional entre los dos, como si estuviéramos destinados a estar juntos. Aún no lo conocía y ya lo quería en mi vida—. Voy por un vaso de agua primero —le contesté recuperando la compostura.

Estaba hiperventilada, la falta de oxígeno no me dejaba pensar con coherencia, todo daba vuelta a través de esos intensos ojos violetas. Una vez en la cocina, fui hasta la mesada y me apoyé con mis dos brazos. Intentando calmar mi corazón. Más lejos de su presencia, las ideas se me iban aclarando. Tal vez el hechicero estaba usando algún truco en mí. Por qué Greta no se percató de él. Y ella tiene un imán para los chicos guapos y peligrosos. El vaso de agua ya no era importante, hasta que una mano me lo extendió; por la adrenalina que recorría mi cuerpo, sabía perfectamente de quién se trataba ese brazo desnudo y musculoso. Giré y me apoyé en la mesada, al igual que lo hacía él, lo miré de nuevo, era algo de lo que jamás me cansaría de hacer. Sonreírle parecía la mejor idea, y él me devolvió la sonrisa, mostrando unos dientes blancos y prolijos, sus labios eran carnosos y se movían con mucha gracia, su mirada era pícara, algo ocultaba. Lo examine más de cerca, llevaba una camisa negra apenas abrochada, en donde dejaba ver un gran tatuaje que recorría su pecho y se extendía hacia su brazo derecho, que al llevar la camisa arremangada lo podía ver. Sutilmente se notaba que debajo de esa camisa había un cuerpo bien formado. Los pantalones caían en su cintura sujeta por un cinturón azul oscuro, igual que su pantalón. Algo muy peculiar era que no poseía zapatos, estaba descalzo.

—¿Te golpeé fuerte, verdad?, no era mi intención —dijo en medio de una sonrisa traviesa. Algo le causaba.

—No, estoy bien —mentí, intentaba ser cortés. Él seguía esperando a que agarrara el vaso, el cual tomé pretendiendo no tocar ninguno de sus largos y finos dedos, su contacto provoca electricidad en todo mi ser.

—Hay algo en ti que me resulta intrigante. —Su afirmación me trajo de nuevo a la realidad, estaba empezando a pensar que él era una de esas personas que dicen todo lo que se les cruza por la cabeza.

Quería decirle cómo me hacía sentir, pero me moría de vergüenza. Él sabía, al igual que yo, que había algo que nos atraía, algo más fuerte que nosotros dos, algo desconocido aún para mí.

—¿Sí? ¿Y qué es? —pregunté ansiando parecer adulta, lo último que quería es que se diera cuenta de cómo la sangre corría por mi cuerpo y me sonrojaba.

Antes de que pudiera contestarme Lisa entró, pinchando la burbuja que habíamos creado.

—Veo que ya conociste a Ian Leiss —dijo mirándolo con cara de pocos amigos—. Él hoy va a ser su maestro, es el mejor para enseñar encantamientos y hechizos de magia.

El hechicero la miró levantando una ceja, no quería tomar partido en cuanto a enseñarnos algo, se notaba que era un poco resguardado en ese tema, y ella le señaló con el dedo algo disgustada...

—No me mires así —le siseó—. Deberías estar desempacando y no acá. —Su recriminación fue de tal modo que parecía haber confianza entre ambos–. Mañana vas a tener que quedarte con ellas también, yo me tengo que ir a trabajar.

El hechicero miró a Lisa, con una pregunta casi formada. Pero por alguna extraña razón se calló. Luego me miró de abajo hacia arriba, pude notar que una leve sonrisa se asomó por sus labios, pero la borró al instante que se cruzó con mis ojos.

—¿Y qué se supone que voy a hacer con tres jóvenes revoltosas? —preguntó poniendo los ojos en blanco.

—Enseñarles todo lo que necesitan saber. —Lo dijo como si fuera algo obvio—. Ah... y vuelvo a las cinco de la tarde. —La siguiente frase la dijo señalándole con el dedo—. No quiero que me estés llamando por cualquier cosa, ¡arréglatelas sin mí!

—No sabía que trabajabas... —Lisa no dejó terminar su frase.

—Las brujas tenemos que trabajar, no vivimos eternamente y acumulamos riquezas como otros.

—No me refería a eso. Quería saber de qué trabajas, si necesitan dinero yo puedo colaborar.

—¡Claro!, vas a prestarnos la plata que les robaste a los bancos, ¡no necesitamos tu dinero sucio! Y para que sepas, quería hacerte sentir mal, nada más, Elha nos dejó una pequeña herencia, pero el trabajo es una pantalla, la anterior ya no estaba funcionando.

Ian gruñó, y le mostró los dientes en expresión de enojo, pero Lisa se rio y se fue. Ahora otra vez me quedaba a solas con él y pasaría mucho más tiempo de lo esperado. Si Lisa se iba a las diez de la mañana y volvía a las cinco de la tarde, eso significaba siete horas con él, cinco días a la semana, sin contar con que viviríamos bajo el mismo techo. Con esa cuenta matemática en mi cabeza, se me formó un nudo en el estómago.

Ella trabajaba en una granja cercana, se encargaba del mantenimiento del invernadero, estar al aire libre y las plantas eran su pasión. Cuando la fachada de que vendía cosas por internet dejó de dar el resultado que esperábamos, se hizo más que obvio que debería buscar otra fachada. Ya estaba grande para que me cuidara todo el día, y aunque no le gustaba el hecho de pasar tanto tiempo afuera, era lo mejor para poder seguir viviendo en Rosario por al menos unos cuantos años más.

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