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Capítulo I
LA HISTORIA DE LA PENÍNSULA A TRAVÉS DE SUS CRONISTAS

California apareció en el mapa del "nuevo mundo" en la tercera década del siglo XVI, una vez que Hernán Cortés se dio a la tarea de cumplir su propósito de "descubrir países muy ricos y grandes", expuesta al emperador Carlos V en carta fechada el 15 de octubre de 1524. Según el jesuita Francisco Xavier Clavijero, los californios habían permanecido "encerrados en su miserable península, privados de toda comunicación externa y en la más espantosa barbarie" hasta que "la sed del oro" llevó a los españoles a conquistar América y así pusieron los ojos en aquel territorio.1

La historia de la Baja California es apasionante, no sólo por los numerosos relatos que existen del siglo XVIII al respecto, con los consiguientes y eruditos estudios que el doctor Miguel-León Portilla ha realizado en relación a ellos, sino porque a través de estas crónicas podemos imaginar ese territorio despreciado por su geografía y cuyos habitantes nómadas conservaban prácticas que hoy describimos como chamánicas y cuya forma de vida no se parecía a la de los pueblos mesoamericanos.

Existen distintas versiones en torno al origen y significado de California. Miguel del Barco, un misionero jesuita que por tres décadas –de 1738 a 1768– se dedicó a la evangelización de los habitantes de la península, apuntó que en realidad el nombre correspondía a la formación similar a una bóveda cercana al cabo, conocida hoy en día como el Arco:

[…] a tal bóveda o arco llaman los latinos fórnix. A aquellas cortas entradas, que el mar hace dentro de la tierra, los españoles antiguos llamaron cala, y aun ahora no es desusado este nombre. Estando Cortés en este pequeño puerto o cala, y observando el arco de la roca, es muy verosímil que a aquel paraje le diera el nombre de Califórnix, como si dijera: cala y arco, o cala donde hay un arco. Y corrompido por el vulgo de sus soldados o marineros (como es ordinario en tales casos), dijeron Californias, o California, en lugar de Califórnix.2

Don Miguel León-Portilla tuvo la enorme deferencia de escribirme un relato breve sobre el nombre de la Antigua California y lo transcribiré haciendo constar que no es un documento publicado, sino que él lo escribió para ahorrarme más disertaciones al respecto.

En su tercera carta de Relación a Carlos V, informó Hernán Cortés que un enviado suyo había llegado en 1523 a la mar del Sur, es decir al océano Pacífico. Ahí le dijeron los nativos que más al poniente existía una gran isla poblada de mujeres, rica en oro y perlas. Tal noticia obtenida en la provincia que llamaban Cihuatán, "lugar de mujeres", no sólo interesó al conquistador sino que despertó en él un afán de descubrir y penetrar dicha isla.

Curiosamente entre los hombres de Cortés había algunos que habían leído el libro titulado Las sergas de Esplandián por Garcí Ordóñez de Montalvo, según el cual "a la mano diestra de las Indias hubo una isla llamada California, la cual fue poblada de mujeres […] y sus armas eran todas de oro que en toda la isla no había otro metal alguno".

De ese relato que parecía coincidir con lo que su enviado le había informado, a la larga se derivó el nombre que le dio a la península. El relato y lo escrito en Las sergas de Esplandián serían el aliciente que determinó a Cortés a marchar en pos de esa isla. Así se iniciaron sus varias expediciones a California.

La primera con Diego Hurtado de Mendoza al frente, zarpó con rumbo a esa isla en 1532. Perdida su embarcación, Cortés envió otra expedición con Diego Becerra y Hernando de Grijalva en 1533. En tanto que el primero descubrió las islas llamadas hoy de Revillagigedo, Grijalva que comandaba la otra nave, moría asesinado por su piloto Fortún Jiménez. Éste continuó el viaje y arribó al extremo sur de la península donde perdió la vida con la mayoría de sus hombres al ser atacado por los indios.

Fue en 1535 cuando el mismo Hernán Cortés emprendió en persona una nueva expedición. Llegó así al puerto de La Paz el 3 de mayo de 1535, por lo cual llamó a ese lugar Tierra de Santa Cruz en razón de la fiesta celebrada ese día.

Hasta aquí el texto de Don Miguel escrito en Ciudad Universitaria en enero de 2013.

Después de este texto quiero agregar que Clavijero en su obra quiso aclarar, "algunos geógrafos se han tomado la libertad de comprender bajo esta denominación el Nuevo México, el país de los apaches y otras regiones septentrionales y muy distantes de la verdadera California".3 La Historia de la Antigua o Baja California fue publicada en 1789, muerto ya el historiador y dos décadas después de su expulsión de México junto con sus correligionarios jesuitas. En primera instancia, la labor de evangelización fue encomendada a misioneros franciscanos y poco después a dominicos. De entre ellos, Luis Sales redactó en tres cartas sus Noticias de la provincia de California, publicadas cerca del fin del siglo a partir de sus experiencias de 20 años en la península. "La grande extensión de esta Provincia –escribió– ha movido al Superior Gobierno á dividirla en dos partes: la una […], desde el grado 32 hasta el 38 […] se llama California nueva; la otra […] se llama California Antigua".4

Su opinión luego de dos décadas de servicio en ese territorio es por demás elocuente: "Soy de parecer, que en el mundo tal vez no habrá Naciones tan pobres, tan infelices y tan faltas de especies intelectuales como estas".5 Y es que, relataba, sus habitantes no "han probado el pan" antes de ser bautizados, pues se alimentaban de yerbas, frutas silvestres o animales del monte, vagabundeando sin "establecerse en parages fixos", sin "gobierno" ni "Rey". Agregó: "A la gula dan toda la libertad posible […]. Todos andan desnudos, aunque las mugeres suelen cubrir su naturaleza con unos delantalillos" y, para colmo, "todos usan de embixes ó pinturas en su cuerpo, pero las más ridículas".6

No muy distinta es la versión de otros historiadores o cronistas. Por ejemplo, Clavijero quien a pesar de no haber estado nunca en la península escribió:

El aspecto de la California es, generalmente hablando, desagradable y hórrido, y su terreno quebrado, árido, sobre manera pedregoso y arenoso, falto de agua y cubierto de plantas espinosas donde es capaz de producir vegetales, y donde no, de inmensos montones de piedras y de arena. El aire es caliente y seco, y en los dos mares pernicioso a los navegantes […]. Los torbellinos que a veces se forman son tan furiosos, que desarraigan los árboles y arrebatan consigo las cabañas. Las lluvias son tan raras, que si en el año caen dos o tres aguaceros, se tienen por felices los californios. Las fuentes son pocas y muy escasas.7

También es similar el punto de vista del misionero Wenceslao Link, quien llegó a California en 1761 y realizó varias expediciones con objeto de explorar el territorio en busca de sitios donde establecer nuevas misiones. En un texto de 1778, escrito como introducción de la versión en alemán de la obra del sacerdote Benno Franz Ducrue sobre la salida de los jesuitas y su viaje a Europa, refirió que no había en aquella tierra "ni un campo productivo ni un bosque; nada, excepto el mar para dar soporte a la vida humana. Nada hay a la vista excepto rocas, farallones, montañas escarpadas y desiertos arenosos, cuya monotonía sólo es interrumpida por cumbres de piedra".8

De acuerdo con Ernest J. Burrus, estudioso de los escritos que dejaron los jesuitas sobre aquel territorio, éstos van de las cuentas alegres en los relativamente buenos tiempos al franco pesimismo durante los periodos difíciles, por ejemplo largos años de sequía, como el que refiere el propio Wenceslao Link, de una década de duración.9 En el primer caso destaca sin duda la versión de Francisco María Piccolo en su Informe del estado de la nueva cristianidad de California que rindió en 1702 a la Real Audiencia de Guadalajara por órdenes del rey Felipe V:10

La calidad de la tierra, parece que al influjo de la Nueva Estrella María, que apareció en su Santa Imagen de Loreto, se ha mudado en otra mejor de la que era antes: porque en los cinco años todos hemos vivido sanos, y solo dos personas han muerto, y la una que fue una mujer española, murió por un desorden de bañarle estando en cinta, y muy próxima al parto.

A continuación, agregaba:

En las Playas en tiempo de Verano es recio el calor, y llueve poco; pero adentro el temperamento es benigno y templado: ay calor a su tiempo, que no es excesivo, y lo mismo es del frío a su tiempo: en el tiempo de aguas lluebe muy bien, como en todas partes, y fuera de las lluvias […] es tan copioso el rocío de las mañanas que parece lluvia: con tan continuo y abundante riego, los campos agradecidos están todo el año vestidos de muy buenos pastos […]. Ay muy grandes y espaciosas llanadas, hermosas Vegas, Valles muy amenos, muchas Fuentes, Arroyos, Ríos muy poblados en las orillas de muy crecidos Sauces, entretejidos de mucho y espeso Carrizo, y muchas Parras silvestres. Tierra tan fértil había de llevar frutos.

Esta visión, casi idílica, se parece más a la que Link, Del Barco o Clavijero atribuyeron a los enemigos de los jesuitas, a quienes acusaron de ocultarle a la corte de España las riquezas de aquel territorio con aviesas intenciones,11 que a la que ellos mismos consignaron en sus testimonios y escritos. Hammond, en su introducción a la edición del Informe, lo explica así: "la evangelización de California requería paciencia sin límite, coraje y maña", de modo que el texto en cuestión de Piccolo hay que leerlo "como un argumento dirigido a diseminar la fe", porque incurrió en tales exageraciones que, ahí donde otros vieron rocas o cactos, él describió tierras fértiles y sus habitantes, tachados de "miserables" y hasta de "medio racionales" en otros testimonios, al informante jesuita le parecían en cambio "inteligentes".12

En los 70 años que permanecieron en California los jesuitas establecieron un total de 18 misiones, si bien cuatro de ellas fueron suprimidas y agregadas a otras. La última, Santa María, fue fundada en mayo de 1767 –unos meses antes de su expulsión– aunque hacía más de una década que buscaban dónde implantarla. Refiere Clavijero que pese a insurrecciones de los indígenas que incluso les costaron la vida a algunos misioneros y las condiciones adversas que encontraban a su paso, "deseaban promover el cristianismo hacia el Norte" con nuevas misiones, pero "no se habían hallado lugares donde plantarlas", con excepción de Calagnujuet, sitio descubierto por el padre Fernando Consag en las postrimerías de 1753, "mas la falta de agua potable parecía un grande obstáculo".13

Es por ello que se le encomendó a Link internarse en el territorio, rumbo al río Colorado, y lo infructuoso de su búsqueda llevó a fundar en 1766 la de San Francisco de Borja en el mencionado lugar. Su responsable, Victoriano Arnés, se convenció de que era imposible subsistir en un "lugar tan estéril y falto de todo" y se dio a la tarea de "buscar por todas partes otro más tolerable" hasta que "después de muchos viajes lo halló cerca del arroyo Cabujacaamang". A decir verdad, era "igualmente falto de frutos, pastos y leña", pero su terreno no era "tan estéril como el que se dejaba" y el agua era "muy buena", a diferencia de la de Calagnujuet, "cargada de caparrosa", que al ser utilizada para el riego dañó las tierras y su producto.14

El historiador jesuita calculó que en enero de 1768, cuando sus correligionarios fueron expulsados, los pobladores de California sumaban alrededor de siete mil, algo así como "siete habitantes por legua cuadrada". Atribuía tan escasa densidad poblacional a la "vida salvaje" de sus habitantes, a las "continuas guerras" entre ellos y a "la escasez de víveres en aquel árido terreno", pero también a la proliferación de enfermedades "después de la introducción del cristianismo […] señaladamente en la parte austral". Por lo demás, en las siete décadas que estuvieron los jesuitas –y por mucho tiempo más– la conquista de la península distaba mucho de la de otros territorios. Sirva el siguiente párrafo como botón de muestra:

El lugar principal de cada misión donde residía el misionero, era un pueblo en que a más de la iglesia, la habitación del misionero, el almacén la casa de los soldados y las escuelas para los niños de uno y otro sexo, había varias casas para los neófitos que vivían allí de pié. Los otros lugares, más o menos distantes del principal, en los cuales vivían los restantes neófitos pertenecientes a la misma misión, carecían regularmente de casas y sus habitantes vivían a campo raso, según su antigua costumbre. Los pueblos de la península eran unos veinte, todos edificados por los misioneros a grande costa.


Foto 1. Morada del jesuita Ignacio Tirsch en la costa de California.

En el aspecto financiero, pese a que −según Clavijero− el rey Felipe V dispuso "que los misioneros de la California se pagasen del real erario como los de las otras misiones", la orden "no se ejecutó". Su manutención provino entonces "de los fondos propios de las misiones" las cuales, por otra parte, tenían también a su cargo funciones administrativas. Así, había un procurador "que residía en México" y cuyas atribuciones consistían en "tratar con el virrey y con los oidores los negocios de las misiones", "sacar del real erario" los sueldos destinados a soldados y marineros, "proveer de nuevo buque a la California" cada vez que las circunstancias lo exigieran, así como "comprar y despachar todo lo necesario para los misioneros y sus iglesias, para los soldados y marineros, para los buques y aún para los indios".

Otro procurador, en Loreto, además de misionero –es decir, encargado de "bautizar, predicar, confesar y otros semejantes"– era responsable de entenderse de "lo temporal": recibir el cargamento proveniente de los buques, abastecer a otros misioneros, pagar sueldos, cuidar el almacén general y hasta despachar "oportunamente los buques a los puertos de la Nueva España" con "los géneros que se enviaban de México". A éste lo auxiliaba "en el cuidado de las cosas temporales" un hermano coadjutor y había además un capitán al mando de los soldados, 60 por ese entonces, con funciones de gobernador, juez y "supremo comandante de aquellos mares". Ahora bien, al superior de las misiones le correspondía "nombrar al capitán y admitir y licenciar a los soldados", de modo que los jesuitas eran la máxima autoridad y la ejercieron a tal grado que evitaron a toda costa lo que entonces parecía el único negocio redituable en aquellos lares, la explotación de las perlas de los mares de California.

La paciente exploración del territorio por parte de los jesuitas y más tarde por otros misioneros no hizo más que confirmar cuanto encontraron aquellos primeros expedicionarios que, desde Hernán Cortés –en 1535– hasta Sebastián Vizcaíno –1596 y 1602– se toparon con un territorio inhóspito, difícil de colonizar. ¿Qué motivó entonces el interés por la California? La ambición, en primera instancia. Por ejemplo, luego del fallido intento de Hernán Cortés de colonizarla, el entonces virrey de la Nueva España se entusiasmó con reportes que hablaban de que en su golfo abundaban las perlas e, imaginando que superaría en gloria a Cortés, "hizo salir dos armadas" en 1539, una por tierra y otra por mar, "pero ni las armadas se reunieron jamás ni hicieron cosa digna de memoria".15

Otro intento fracasó en 1543 y luego, por medio siglo, los españoles se olvidaron del tema hasta que la presencia del pirata inglés Francis Drake se hizo demasiado incómoda. Según el relato de Clavijero, el "célebre corsario […] abordó a la parte septentrional de la península y le puso el nombre de Nueva Albión". Su atrevimiento fue tal que el rey Felipe II ordenó al virrey "poblar y fortificar los puertos de la California".16 La misión le fue encomendada a Sebastián Vizcaíno, quien a fin de cumplirla partió del puerto de Acapulco en 1596, en tres navíos donde viajaban numerosos soldados y cuatro religiosos franciscanos. Escribió el historiador jesuita:

Después de haber arribado a algunos lugares de la costa interior […] y de haberlos abandonado por la esterilidad de su terreno, anclaron finalmente en un puerto situado a los 23º 20', o poco más, al cual dieron el nombre de La Paz porque en él fueron recibidos pacíficamente por los indios […]. Entre tanto el general de aquella armada queriendo tener conocimiento de toda la costa […] hizo salir a uno de sus navíos a reconocerla […]. Así lo hicieron, navegando como cien leguas […] pero habiendo saltado en tierra cincuenta hombres de los mejores […] perecieron diecinueve de ellos, parte matados por los indios y parte ahogados […]. De ahí regresaron al puerto de La Paz, en donde hicieron saber al general lo muy estéril que era la costa. Viendo éste que no podía subsistir allí por falta de víveres, celebró una junta de oficiales, en la cual se resolvió abandonar la empresa yvolverse a México […]17

Por órdenes del rey de España Felipe III se le encomendó a Vizcaíno en 1599 otra expedición, también fallida, pero esta vez en la costa occidental de la península. Dicha empresa que hubiera podido realizarse en un mes, tardó nueve, pues navegaron en contra del viento favorable del noroeste, dominante en aquellos mares, y se detenían a sondear puertos o a reconocer la costa. El mayor provecho de tan penosa travesía fue el de descubrir las propiedades de una fruta llamada xocohueztli o xocueistle para combatir el escorbuto. Vizcaíno no quitó sin embargo el dedo del renglón y gestionó el permiso para una nueva tentativa de exploración en la península, esta vez financiada por él mismo. Sus argumentos parecían sólidos: más allá de la pesca de perlas o de la explotación de los recursos minerales que, se daba por descontado, existían en aquel lugar, o de evitar que los piratas utilizaran la península para hostilizar "las costas y los navíos españoles", era necesario encontrar ahí un puerto en dónde abastecer a los barcos provenientes de Filipinas tras "tan larga y penosa navegación".

Una vez que el virrey le negó el permiso viajó hasta España para insistir ante las cortes sobre la pertinencia de obtener la autorización que, de nuevo, fue rechazada. Entonces, según Clavijero, "volvió a México con el propósito de pasar tranquilamente el resto de sus días" pero, apenas había regresado, cuando llegó la orden del rey, intempestiva, de "que se buscase y poblase en la California un cómodo puerto que sirviese de escala a los navíos de Filipinas". La muerte, sin embargo, sorprendió a Vizcaíno cuando realizaba los preparativos para el viaje.18

De entre muchos otros intentos infructuosos realizados en el siglo XVII destaca el que realizó, en 1683, el almirante Isidoro Atondo por órdenes directas del rey Carlos II. Esta vez integraron la expedición más de 100 hombres, incluyendo tres jesuitas, uno de ellos Eusebio Francisco Kino. Es cierto que, tres años después y a costa de una inversión de 225 mil pesos por cuenta del real erario, Atondo decidió que no había modo de sobrevivir allí y regresó a la Nueva España. Y también que, tras analizarse el informe del almirante, se llegó a la conclusión de que aquel territorio era "inconquistable" por los medios hasta entonces empleados. Sin embargo, en ese tiempo los misioneros hicieron avances en el aprendizaje de una de las lenguas que hablaban los habitantes de la península, el cochimí, y en consecuencia, en la enseñanza del catecismo entre ellos, llegando a sumar alrededor de "cuatrocientos catecúmenos dispuestos para recibir el bautismo", según Clavijero. Al respecto abundó:

Los misioneros estaban muy contentos con la docilidad de los indios y su buena disposición para el cristianismo; pero el almirante no lo estaba con un país en que no le era tan fácil mantener la población y en que los soldados le hacían ver las molestias que les ocasionaban la esterilidad de la tierra y la intemperie del aire.19

Por ello, en repetidas ocasiones se le pidió al superior de la Compañía de Jesús que se encargara de la conversión de la población con el apoyo financiero de la Corona y aunque en igual número de veces éste respondió negativamente, el padre Kino se encargó de promover entre sus correligionarios la causa de la conversión de los californios. Juan María de Salvatierra, visitador general de las misiones, abrazó dicha causa y durante una década hizo gestiones, incluso ante el rey, para que se le autorizara realizar tal empresa. Al fin, en 1696, la Audiencia de Nueva Galicia consintió secundarlo y Salvatierra recibió a su vez la autorización de la Compañía de recolectar limosnas con objeto de sufragar los gastos. El virrey dio su permiso con dos condiciones: que nada se le pidiese para los gastos y que los misioneros tomaran posesión de la península en nombre del rey. Fue entonces que, además de permitirles llevar soldados que se hicieran cargo de su seguridad, se les asignaron funciones como las de "nombrar el capitán y gobernador para la administración de la justicia y licenciar a cualquier oficial o soldado siempre que lo creyesen necesario".

En octubre de 1697 partió Salvatierra en compañía de tres indígenas, un cabo y cinco solados, llegando a tierra el 19 de aquel mes y estableciéndose días después en un lugar al que bautizarían como Loreto, nombre que recibió también en honor de esa virgen la primera misión que establecieron los jesuitas en su estancia de 70 años en la península, tiempo en el que varios de ellos escribieron testimonios puntuales sobre lo que ahí vieron y encontraron, consignando el clima, la geografía, la historia natural, características y costumbres de sus habitantes, las lenguas que hablaban y sus creencias religiosas, etcétera. No obstante, pasó mucho tiempo antes de que tuvieran indicios suficientes de que, en palabras de Clavijero "aquella vasta península estuvo antes habitada por gentes menos bárbaras de las que hallaron en ella los españoles".20 Y es que, de acuerdo con el relato de Miguel del Barco, poco antes de su salida de California, "comenzó a correr la noticia de que antiguamente hubo gigantes en esta tierra", aunque "no nativos de ella, sino venidos de la parte del norte".21 Esta versión tuvo su origen en Joseph Rothea, misionero por 19 años, en ese entonces encargado de la misión de San Ignacio, quien supo por un niño que no muy lejos de ahí, en una ranchería llamada San Joaquín, "se hallaban rastros de esa antigüedad extraordinaria", consistentes en varios huesos de un cuerpo humano, entre los cuales había fragmentos de un cráneo, dientes, costillas y vértebras. Tras recoger algunos de estos hallazgos y ya de vuelta en la misión comparó las vértebras, que eran los restos en mejor estado, con los de otros esqueletos y resultó que eran al menos de un tamaño tres veces superior.

El propio Rothea supo de la existencia de pintura rupestre en algunas cuevas de la zona y se dio a la tarea de inspeccionarlas. Una en particular llamó su atención por sus dimensiones, por lo bien conservadas que estaban las pinturas y por lo que en ellas vio dibujado. Así lo describió:

Ésta tendría de largo como diez o doce varas, y de hondo unas seis varas: abierta de suerte que toda era puerta por un lado. Su altura (según me acuerdo), pasaba de seis varas. Su figura como de medio cañón de bóveda, que estriba sobre el mismo pavimento. De arriba hasta abajo toda estaba pintada con varias figuras de hombres, mujeres y animales. Los hombres tenían un cotón con mangas: sobre éste un gabán, y sus calzones; pero descalzos. Tenían las manos abiertas y algo levantadas en cruz. Entre las mujeres estaba una con el cabello suelto, su plumaje en la cabeza, y el vestido de las mexicanas, llamado güipil. Las de los animales representaban ya a los conocidos en el país, como venados, liebres, etcétera, ya otros allí incógnitos, como un lobo y un puerco. Los colores eran […] verde, negro, amarillo y encarnado. Se me hizo notable en ellos su consistencia; pues estando sobre la desnuda peña a las inclemencias del sol y agua, que sin duda los golpea al llover, con viento recio o la que destilan por las mismas peñas de lo alto del cerro, con todo eso, después de tanto tiempo, se conservan bien perceptibles.22

Estos hallazgos lo llevaron a tratar de averiguar qué sabían los indígenas de las pinturas y su origen, así que reunió a los más ancianos para interrogarlos y pidió a los padres de las misiones de Guadalupe y Santa Rosalía que hicieran lo mismo.

Todos convinieron en la sustancia, es a saber que de padres a hijos había llegado a su noticia, que, en tiempos muy antiguos, habían venido del norte porción de hombres y mujeres de extraordinaria estatura, venían huyendo unos de otros. Parte de ellos tiró por la costa del mar del sur […] La otra parte tiró por lo áspero de la sierra, y ellos son los autores (decían), de dichas pinturas. A la verdad las que yo vi, lo convencen; porque, tantas, en tanta altura, sin andamios ni otros instrumentos aptos para el efecto, sólo hombres gigantes las pueden haber pintado.23

No sin cierto humor, Barco agregó que "la fama, mientras más se dilata, más aumenta las cosas", de modo que la leyenda "ha crecido tanto que dicen los de aquella tierra que los gigantes eran tan grandes, que cuando pintaban el cielo raso de la cueva, estaban tendidos de espaldas en el suelo de ellas y que aun así alcanzaban a pintar lo más alto". Muchos años después, en sus Noticias de la provincia de California, Sales no recogió ni hizo mención siquiera a la historia de los gigantes, si bien encontró verosímil aquella de que habitantes anteriores llegaron del norte. Se apoyaba en el supuesto de que América había sido poblada por migraciones que llegaron a través del estrecho de Bering, pero sobre todo en las creencias de los indígenas, quienes sostenían "que cuando mueren todos, vuelan para el Norte á ver los primeros y antepasados que los pusieron en la California".24

Las leyendas acerca de míticos gigantes que en tiempos remotos poblaron aquellas tierras subsisten hasta nuestros días. Los indios seris de Sonora, cuentan que ellos fueron sus ancestros y que llegaron cruzando el golfo de California, cosa que hacían con gran facilidad gracias a su estatura. Pero aunque en el presente existen todavía muchas incógnitas por resolver con respecto a los primeros pobladores de California, también se ha avanzado algo en el conocimiento sobre su origen o la antigüedad de tales asentamientos.

NOTAS

1 Francisco Xavier Clavijero, Historia de la Antigua o Baja California, México, Editorial Porrúa, 2007, p. 71. [regresar]

2 Miguel del Barco, Historia natural y crónica de la Antigua California, México, Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, 1973, p. 382. [regresar]

3 Francisco Xavier Clavijero, op. cit., pp. 9 y 10. [regresar]

4 Luis Sales, Noticias de la provincia de California, 1794, Madrid, Ed. José Porrúa Turanzas, 1960, p. 15. [regresar]

5 Ibidem, p. 32. [regresar]

6 Ibidem, pp. 33-36. [regresar]

7 Francisco Xavier Clavijero, op. cit., pp. 11-12. [regresar]

8 Wenceslaus Link's reports and Letters 1762-1778, traducida al inglés con anotaciones de Ernest J. Burrus S. J., Los Ángeles, Dawson's Book Shop, 1967, p. 64. [regresar]

9 Ibidem, p. 59. En la misma página, véase la nota 8 de Burrus. [regresar]

10 Francisco María Piccolo, Informe on the New Province of California, 1702, traducido y editado por George P. Hammond, Los Ángeles, Dawson's Book Shop, 1967, pp. 40, 60 y 61. [regresar]

11 En su prefacio a la Historia de la Antigua o Baja California (pp. 3-8), Clavijero se ocupó en extenso de los "errores simples, mentiras formales y calumnias temerarias" que se escribieron sobre la península o acerca de la labor de los jesuitas. Entre los varios ejemplos que apuntó, el siguiente es un botón de muestra: los viñedos sembrados por los misioneros producían tal cantidad de vino "que podían proveer a todo México y aun embarcar muchos barriles para las islas Filipinas". [regresar]

12 Ibidem, p. 24. [regresar]

13 Francisco Xavier Clavijero, op. cit., p. 222. [regresar]

14 Ibidem, pp. 222-228. [regresar]

15 Ibidem, p. 74. [regresar]

16 Ibidem, p. 75. [regresar]

17 Ibidem, pp. 75 y 76. [regresar]

18 Ibidem, pp. 77 y 78. [regresar]

19 Ibidem, p. 84. [regresar]

20 Ibidem, p. 49. [regresar]

21 Miguel del Barco, op. cit., pp. 209 y 210. [regresar]

22 Ibidem, p. 211. [regresar]

23 Ibidem, p. 212. [regresar]

24 Luis Sales, op. cit., pp. 20 y 21. [regresar]

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