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Capítulo II
UNA VISIÓN ANTROPOLÓGICA DE LA ANTIGUA POBLACIÓN PENINSULAR
ORÍGENES Y CARACTERÍSTICAS
En 1971, el geógrafo Morlin Childers descubrió en el desierto de Yuja, al norte del valle de Mexicali, los restos de un ser humano que, de acuerdo con las pruebas del carbono 14 a que fueron sometidos en un laboratorio de Massachusetts, databan de al menos 24 mil años a.C. La investigación del sitio la dirigió la antropóloga Erlinda Burton y al hallazgo se le bautizó como el "Hombre de Yuja",1 si bien la validez del dictamen ha sido cuestionado porque, al parecer, los huesos estaban contaminados con caliche. Por su parte, al realizar excavaciones en las montañas Cálico y el lago Manix, también al norte de Mexicali, la arqueóloga Ruth Dee Simpson encontró escombros de lo que supuso una fogata que, sometidos a diversas pruebas, arrojaron la conclusión de que en efecto correspondían a un fuego producido por el hombre cuya antigüedad era superior a los 50 mil años.2
Los anteriores, sin embargo, son datos aislados y estudios de mayor alcance sólo logran dar cuenta de civilizaciones más recientes. De entre éstos sobresale el de Malcolm Rogers, quien en 1929 clasificó a partir de diversos implementos líticos descubiertos en la zona las etapas de las ocupaciones humanas en San Diego,3 clasificación aceptada hasta la fecha y extensiva a los grupos nómadas del norte de la península.4 En resumen, se dividen en dos, San Dieguito y la Jolla, mismas que a su vez se subdividen en tres etapas cada una:
La primera fase, San Dieguito, va de los 11000 a los 7500 años a.C. y parece haberse originado en emigraciones desde distintos puntos: el oeste de Utah, Nevada, Oregón, el norte de la actual California. Mientras que en una primera etapa se caracteriza por la ausencia de industria lítica, en la segunda aparecen puntas de proyectiles, raspaderas, etcétera, y en la tercera hay cuchillos, además de que las raspaderas se volvieron más elaboradas y las puntas eran alargadas, en forma de hoja. Estos utensilios, hallados hasta la parte central de la actual Baja California, hacen pensar que se trataba de cazadores.
La fase de La Jolla, en tanto, comprende de los 7500 hasta los 2000 años a.C. y tiene su origen en nuevas migraciones, relacionadas con cambios climáticos producto de la última glaciación en los actuales desiertos del Colorado y del Mojave. La aridez de la tierra explicaría, por ejemplo, que los antiguos recolectores fabricaran instrumentos como el metate con objeto de triturar semillas y preparar alimentos. El cada vez más refinado trabajo en la elaboración de instrumentos de piedra marca las distintas etapas de esta fase y, junto con la aparición de otras prácticas funerarias –entierros en panteones, ofrendas–, es signo de nuevos éxodos provenientes del norte y de las islas del canal del Pacífico. La cultura material propia de este periodo, de nueva cuenta, se extiende hasta la parte media de la península.
Según Rogers, la arqueología evidencia en la última etapa de este periodo la aparición de dos formas de sobrevivencia bien diferenciadas entre sí: la de los jollanos y la de los amargosas. Desde el punto de vista lingüístico, estos últimos se emparentaban con los uto-aztecas y eran sobre todo cazadores. Más tarde, hacia los 4000 años a.C., ocurrió otra ola migratoria, presumiblemente desde el este, la cual desplazó hacia el sur a los habitantes del lugar. Este periodo es el de la cultura yumana, beneficiaria del intercambio cultural con los grupos vecinos y, en especial, con los hohokanas, cuya influencia se hizo notar hacia los años 700 d.C. y de quienes aprendieron la cerámica y adoptaron su costumbre de cremar a los muertos.
En cuanto a la zona central de la península, el arqueólogo William C. Massey, respaldado por varios años de investigaciones, ha sostenido la hipótesis de sucesivos acomodos de migraciones humanas en dicho territorio, de modo que pequeños grupos dedicados a la caza, la pesca o la recolección fueron descendiendo por la península, proceso en el que absorbieron o eliminaron a los anteriores habitantes. Esto quiere decir que los nuevos moradores no empujaron hacia el sur a los antiguos, como se venía suponiendo a partir de los testimonios recogidos por los misioneros jesuitas, sino que se movieron en distintas direcciones, obedeciendo a sus necesidades de subsistencia.5 Lo anterior resulta verosímil una vez que los migrantes eran pequeños grupos patrilineales que deambulaban libremente por el territorio y porque, sin la interacción que esto permitía, es difícil explicar cómo algunos conocimientos y prácticas eran comunes entre comunidades muy alejadas geográficamente entre sí.
Así, las ceremonias mortuorias de conmemoración, comunes en toda la península, eran compartidas con los indígenas mojave y los luiseños. En cuanto a la ya mencionada cremación, esta práctica hohokana extendida por casi toda la Antigua California tenía lugar en el oeste de las Rocallosas, desde Oregón hasta el sur de la actual California. No obstante, en las zonas meridionales de la península subsistió la inhumación, lo que habla de la interacción más que del desplazamiento de pobladores. A su vez, costumbres como el uso de capas elaboradas de cabellos humanos por parte de los hechiceros es exclusiva de los peninsulares, si bien la hechicería y la utilización en ella de algunos objetos como pipas también ocurría entre los grupos yumanos.6
Según Massey, el estrato más antiguo en esta zona habría sido el guaicura, contemporáneo a la Cultura de las Palmas en el extremo sur de la Antigua California, al cual siguió la Cultura Comondú, raíz de la población cochimí, que es la que habrían encontrado los conquistadores españoles. Amén de hallazgos arqueológicos, es posible diferenciar grupos lingüísticos distintos, el guaicura y el yumano peninsular o cochimí. A este respecto, a partir de su propia experiencia y la de sus correligionarios, el jesuita Miguel del Barco escribió:
Sobre las naciones7 que pueblan la California ha habido variedad de dictámenes, porque la ha habido sobre sus lenguas. Algunos misioneros han escrito que las lenguas […] son seis; otros dicen que son cinco, y finalmente el padre Taraval,8 con otros, las reduce a solas tres. Esta diferencia nace de que las que unos han juzgado lenguas entre sí diversas, otros, haciendo examen más profundo, han creído que sólo son dialectos de una misma, tan poco diferentes que no merecen el nombre de idioma distinto.
Según Taraval, las lenguas se reducían a tres: "la cochimí, la pericú y la de Loreto", de la cual se derivaron "la guaycura y la uchití". Agregaba Del Barco: "verdad es que la variación es tanta, que el que no tuviera conocimiento de las tres lenguas, juzgará no sólo que hay cuatro lenguas, sino que hay cinco. Los indios no se entienden sino en unas cuantas palabras que significan lo mismo en las tres lenguas […] Y estas son bien pocas". Con perspicacia, el misionero concluyó: "Puede ser que, de dos lenguas, se formasen estas tres variaciones".9 Años después, Sales discrepó de esta postura en sus Cartas, pues "se advierte mucha diversidad, no solo en quanto á lo accidental, sino también en quanto á lo substancial".10 Y aunque el tiempo le dio la razón al primero, el segundo también apuntó observaciones importantes; por ejemplo, en torno al por qué de tal diversidad de lenguas o acerca de las diferencias más notables entre las dos principales:
La articulación de las voces en el Departamento del Sur ó Mediodía es bastantemente suave; pero en el Departamento del Norte es gutural y desagradable. La diversidad de idiomas en un Pueblo ó Misión depende de que todos los hijos han de aprender el idioma de su padre; por lo que una muger que tenga ó haya tenido muchos maridos, y de todos haya tenido hijos, ya se vé quánta diversidad tendrá dentro de su familia.11
En otro de sus testimonios detalló:
Su modo de contar es muy diminuto y corto, pues apenas llegan á cinco, y otros a diez, y van multiplicando según pueden. Quando en la cuenta entra una multitud, la explican echando puñados de tierra al ayre, mirando y soplando al Cielo; pero esta acción es algo equívoca, pues sirve para manifestar alegría en la llegada de un amigo. Los nombres que […] ponen á sus hijos son los que se les ponen por delante: caña, piedra, lodo, y así los demás. Quando se encuentran en los caminos jamás se detienen, á no ser que sea asunto de guerra o de murmuración; pero cuando es para saludarse y darse algunas noticias, sin detenerse se las dan, y siguen cada qual su camino, hablándose desde que se ven, hasta que dexan de oírse. Otros se suben a los montes y desde allí comunican con los de abaxo lo que hay de nuevo.12
Por desgracia, el misionero dominico fue poco claro acerca de a qué grupo específico se refería o en qué región de la California se ubicaba éste. En este sentido, Del Barco fue mucho más metódico y hasta puntilloso, enredándose en ocasiones en disertaciones escolásticas incluso enfadosas, pero a veces esclarecedoras acerca de la historia natural de la península y de las costumbres de sus habitantes. Gracias a ello es que, también, llegó a una clasificación bastante certera de las distintas "nacionalidades" en la península, misma que complementó Francisco Xavier Clavijero:13
La de los pericúes, quienes habitaban el sur, desde el cabo de San Lucas hasta los 24º, y poblaron también las islas de Cerralvo, el Espíritu Santo y San José.
La de los uchitíes, coras, aripes, guaycuros y monquis, más al norte, hasta Loreto, entre los paralelos 23º y 26º.
La de los cochimíes, que moraban entre los grados 25 y 33 y en algunas islas del Pacífico.
Puesto que los misioneros jesuitas tuvieron escaso contacto con los indígenas del norte de la Antigua California, Del Barco no pudo dar cuenta de la existencia de los diegueños o tipais en el noroeste de la península, los cucupás en el delta del río Colorado, los paipáis y los kiliwas o quiliwas, ambos de la región montañosa al sur del territorio diegueño. A lo más, alcanzó a señalar que cuando Wenceslao Linck estuvo alrededor del paralelo 33 "ni él mismo ni los indios que llevaba consigo, pudieron entender palabra de cuanto hablaba la gente de aquel país". Y respecto a los monquis, un grupo reducido de por sí, consignó que merced a diversas epidemias prácticamente desapareció y entre los sobrevivientes, reunidos en Loreto, consideraba que muy pocos conservaban su lengua.14
Por otra parte, resumió así las características físicas de los diversos pobladores:
Los californios de todas las naciones hasta ahora reconocidas, son bien formados y de talla medianamente corpulenta y bien hecha. El rostro no es desapacible, aunque en los gentiles y en los cristianos, que se bautizaron adultos, los afean los grandes agujeros con que horaban las orejas y aun también las narices. El color de los playanos es por lo común más tostado y oscuro, que el de los otros californios que viven en las sierras, retirados del mar; porque estos últimos son en su color como los indios de Nueva España. También son, por lo general, robustos, de buenas fuerzas y de sana complexión.15

Foto 2. Cuatro indígenas cazadores con arco y flecha,observan una misión jesuita en California. Uno de ellos lleva un bebé.
En otra parte de su Historia, Del Barco precisó que el color de los pericúes era en general mucho más claro que el del resto de los habitantes de la península, dato que confirman otros testimonios, como el del padre Ignacio María Nápoli, en 1721:
[…] no he visto gente más alta désta, de cuerpo bien proporcionado, gordos y muy blancos y bermejos […], los muchachos parecen ingleses o flamengos por la blancura y colorados. Juzgo que algunos […] sean hijos de ingleses, porque en este cabo [de San Lucas] han pasado y se han detenido varias embarcaciones inglesas […], y como estos desdichados tienen por estilo de cortesía ofrecer sus mujeres, no me parece sospechoso sin fundamento en gente herética.16
También poseían, claro está, algunos puntos a su favor: no tenían el vicio de la embriaguez ni se robaban, y tratándose de familiares o de miembros de una misma tribu,17 no peleaban entre sí, sólo combatían con los pueblos o tribus enemigas. Además, no eran obstinados ni tercos, "sino dóciles y fáciles de ser conducidos a lo que se quiere".18
Miguel del Barco reportó, asimismo, que no había indicios de que los indígenas conocieran la escritura y que, incluso, les producía "grande admiración que se pudiese hablar a los ausentes de otro modo que por la viva voz". Para ejemplificar "cuán lejos estaban los californios de tener noticia del artificio de las letras", relató la siguiente anécdota: a un niño indígena se le encomendó llevar unas cartas y unos panes a otra misión pero, en el camino, se comió los panes. Cuando le preguntaron qué había sido de ellos dijo que sólo le habían dado las cartas y, ante la insistencia del padre, que sabía de ellos por una de las misivas, preguntó: "¿quién dice que me han entregado eso para ti?" El misionero respondió: "éste lo dice", mostrándole el papel. Poco después la escena se repitió sólo que, antes de devorarlos, el niño dejó la carta en un peñasco y luego se escondió para dar cuenta de la comida. Al ser interrogado, replicó otra vez que quién decía lo de la comida, a lo que de nuevo, el padre respondió: "éste lo dice", refiriéndose al papel. Entonces el niño agregó: "la otra vez es verdad que yo comí el pan delante de él, mas ahora yo le escondí y me puse donde él no me viera; pues si ahora dice que yo lo comí, miente; porque él no me ha visto comer ni sabe lo que yo hice…"19
En cuanto a la numeración, al igual que Luis Sales, Del Barco reportó que era bastante limitada. Su calendario, en tanto, era lunar y para referirse a periodos mayores de tiempo utilizaban las estaciones del año que, según ellos, eran seis, cada una de alrededor de dos meses y relacionada lo mismo con los cambios que observaban en la naturaleza que con sus hábitos de recolección. Así, una estación correspondía a la de la abundancia de la pitahaya, desde mediados de junio hasta mediados de agosto; otra a la época de lluvias, de las últimas semanas de agosto a mediados de octubre, que es cuando había tunas y pitahayas agridulces; otra, entre octubre y diciembre, era aquella en que la hierba se secaba, y la siguiente, de diciembre a febrero, se caracterizaba por el clima frío.20 Una característica más, compartida por los varones hasta el paralelo 33, es que sin importar si eran niños o adultos iban desnudos y sólo era posible distinguir a qué pueblo o nación pertenecían merced a los adornos que utilizaban. En el cabo de San Lucas, los pericúes se enredaban en el pelo perlas y plumas, mientras los indígenas de Loreto traían una faja en la cintura, usaban una redecilla en la cabeza21 y portaban collares y brazaletes hechos de nácar. A su vez, los cochimíes no tenían cabellos largos y llevaban coronas de nácar en la cabeza, moda que se extendió en el sur, si bien los pericúes hacían las coronas con "caracolillos pequeños, blancos y redondos".

Foto 3. Ejemplos de flora californiana. Agaves, cirio, biznaga, maravillas, doradilla y palo fierro.
Entre las mujeres, en cambio, "era grande el cuidado con la decencia, para defensa y reparo de la honestidad".22 En otras palabras, todas usaban ropa, incluyendo a las recién nacidas. Las más recatadas, según Del Barco, eran las pericúes de cabo San Lucas, quienes utilizaba hasta tres prendas elaboradas de palma: un capotillo desde los hombros hasta la cintura, y las otras dos para cubrir de la cintura a las piernas, una por delante y la otra por detrás. Llevaban suelta la larga cabellera y adornaban sus cuellos y brazos con collares que les llegaban a la cintura y pulseras, elaborados ambos con nácar, perlas, caracolillos y carrizos.
El vestuario de las cochimíes, en cambio, era más pobre, pues sólo se cubrían el frente, de la cintura a las rodillas o poco más abajo, con faldas de carrizos muy delgados –"una cortinilla defensiva del pudor, ya que no de las inclemencias del tiempo"–, y la parte posterior con pieles de venado u otro animal. Una vez por año, los indígenas realizaban fiestas en las que se repartían entre las mujeres las pieles "con que poder malcubrir su desnudez" e, incluso cuando estrenaban una simple falda de carrizos, se les veía tan satisfechas como cualquier española "con un costoso vestido". Las guaycuras, en tanto, a falta de pieles recurrían a delantales o faldas de carrizos y palma.23
No muy diferente es el testimonio de fray Luis de Sales, lo que permite inferir que las costumbres entre los indígenas más al norte de la California Baja eran similares en lo que toca a vestimenta o adornos:
Todos andan desnudos, aunque las mujeres suelen cubrir su naturaleza con unos delantalillos de hilos de pita, y de pieles forman como un medio capotillo para el pecho. Los hombres, á excepción de los Capitanes, que llevan estos mismos capotillos, nada se cubren: el adorno de la cabeza en las mujeres se reduce á un casquete de juncos, y en los hombres de plumas: y algunas veces forman como unos gorros de barro y se los ponen sobre la cabeza. En el cuello llevan una sarta de caracoles muy pequeños, ó conchitas ó piedrecitas con el mayor primor.24
Abundó, además, en la tradición que tenían de pintarse el cuerpo –"unos la cara negra, el pecho amarillo y las piernas blancas; otros al contrario"– o realizarse perforaciones en distintas partes del cuerpo –"unos se cortan un pedazo de oreja, otros las dos; otros agugerean el labio inferior, otros las narices, y es cosa de risa, pues allí llevan colgando ratoncillos, lagartijas, conchitas".25
Una de las primeras preocupaciones de los misioneros fue, por supuesto, vestir la desnudez de los indígenas, aunque "tenían por afrenta y deshonra" que los obligaran a llevar ropa y "para ellos el ver uno de sus paisanos vestido" representaba "espectáculo de tanta risa como puede ser entre nosotros el ver vestido un mono". Así las cosas, ocurría que los niños, mientras estaban dentro de la misión, utilizaban las ropas que les habían confeccionado los padres pero, en cuanto salían de ella, volvían a desnudarse.26
En sus campamentos andaban descalzos, pero cuando los dejaban y debían caminar largos trechos o si el sol era tan intenso que la tierra y las piedras sobre las que andaban literalmente ardían, utilizaban sandalias hechas de cuero, de cuyos extremos salían cuerdas gruesas que anudaban al empeine. Las hacían sobreponiendo varias suelas de piel de venado y, más tarde, tras el establecimiento de las misiones, también de la de las reses.27
ORGANIZACIÓN SOCIAL
Su organización social era la de bandas o clanes, integrados por grupos patrilineales exógamos, cada uno de ellos asociado a una localidad geográfica específica dentro de la cual deambulaban libremente, recolectando alimento o cazando y, en algunos casos, pescando.28 Otros autores, como el antropólogo las parejas de recién casados se unían a la banda del hombre y sus hijos crecían en el clan del padre. La otra característica de estas sociedades, la exogamia, Service la explicaba por la necesidad de establecer alianzas con bandas vecinas.29
Los misioneros y exploradores llamaron ranchería al territorio en el cual rondaba cada banda, en particular en el norte de la Nueva España, si bien el término no hacía referencia al establecimiento formal de un grupo en un lugar determinado, aldea o pueblo, sino a aquella zona en la que varias familias emparentadas entre sí –de 20 a 50, escribió Francisco María Piccolo–30 se movían de acuerdo con sus necesidades, en particular en busca de alimentos. Según el testimonio de Del Barco, "se acogían a la sombra de los árboles" durante el día para resistir "los bochornos del sol" y ahí mismo se guarecían de las inclemencias del tiempo o en la noche. En invierno, en tanto, se protegían del frío "en sus grutas de los montes" o construían "cuevas subterráneas".31
Consignó además que en las cercanías del cabo de San Lucas y más al norte, hacia el paralelo 30º, hacían con ramas chozas rudimentarias "semejantes a las cabañas de los pastores, habiendo aprendido acaso de las barracas que vieron formar en tierra a los navegantes". Estas eran pequeñas, de menos de dos varas32 de diámetro, por lo que "dormían encogidos o medio arqueados". También entre los indígenas del norte había quienes pernoctaban enterrando el cuerpo en la tierra, "en donde estaban defendidos del aire pero a cielo descubierto". No obstante, en la mayor parte de la península que conocieron los jesuitas, cuando mucho construían cercos de piedras, apilando unas sobre otras. En los más grandes cabían por la noche los padres y sus hijos pequeños, pero había otros tan estrechos que "pueden llamarse palacios las sepulturas": para dormir ni siquiera podían tenderse en el suelo, sino que debían hacerlo sentados.33
No muy distinta era la versión de Sales, quien apuntó que "la necesidad de bagamundear para lograr su alimento" les llevaba a mudarse "de un sitio á otro, y en distancia de muchas leguas". Y sólo los más astutos "hacen una ranchería compuesta de la familia de sus parientes" en donde "cada qual se gobierna según su antojo, y todos se unen para los bayles, fiestas y guerras".34
Estos que viven en rancherías forman dos ó tres casas largas de catorce o quince varas les echan por el techo ramas y un poco de tierra; son muy baxas, y las puertas semejantes á una ratonera, y sin respiradero, y todas están siempre llenas de humo; y esto lo hacen para que si alguno pasa la puerta los que están dentro: otros hacen unas barracas pequeñas semejantes á aquellas que tienen en los campos los que guardan viñas.35
Una vez que los misioneros iniciaron su labor, relató Del Barco, algunos indígenas construían en las cabeceras de las misiones chozas pequeñas, cubiertas de paja, sin otro fin que el de darle gusto a los padres, pues no las habitaban "ni había forma de reducirlos a ellas", pues "se angustiaban debajo de techado", si bien, con el paso del tiempo, se habituaron a vivir bajo su sombra, con excepción de algunos viejos, renuentes a cambiar sus costumbres.36
Puesto que no poseían "fincas, casas, bienes raíces" ni tenían "forma de Pueblos", lo que los misioneros llamaban su ajuar era bastante reducido, propio de su condición nómada:37

Foto 4. La misión y el incipiente poblado de San José del Cabo, Baja California Sur, con el barco de Filipinas llegando a sus costas.
Las alhajas de sus casas se reducen á una pequeña red de hilo para guardar semillas, un poco de tabaco silvestre con su pipa de barro, unos pedazos de pedernales para flechas, unos huesos para labrarlas, algunas plumas de páxaro para su adorno, un plato de juncos para recoger las semillas, dos palos para sacar fuego, lo que consiguen con facilidad restregándolos entre sí, un arco y saetas, un palo de tres palmos para matar Conejos, y si es pescador algunos cordeles y anzuelos.
Ello, agregaba Sales, si eran "muy ricos", porque había "otros que nada tienen":
[…] á estos jamas se les oye una palabra cuando conversan los demás; se ponen en un rincón, comen los desperdicios de los otros, son obedientes á todos, y si acaso los maltratan mucho, huyen á los bosques, y allí viven solos como fieras.38
Y a la hora de mudarse, decía, "todo lo lleva la muger encima, solo el hombre debe llevar el arco y las saetas". Miguel del Barco coincidió en que correspondía a ellas cargar en sus espaldas la red que contenía "muebles y utensilios", a cuya lista agregó pedernales, un recipiente en donde guardaban las plumas de gavilán que utilizaban en las flechas, una concha para beber entre los "más delicados y prevenidos", además de grandes redes para pescar si se trataba de habitantes de las costas y sus cercanías. Los retículos en que transportaban toda esta carga los colgaban de su frente mediante cordones gruesos, utilizando un trozo de piel de venado con objeto de evitar que la cuerda las lastimara, mismo sistema que utilizaban para cargar la leña, la cual simplemente amarraban con cuerdas y se la echaban a cuestas. La forma en que caminaban era con el tronco del cuerpo inclinado, de modo que los bultos descansaran sobre la espalda.39
La descripción del jesuita, además, incluyó otros detalles. Por ejemplo, que los platos de junco o bateas40 eran similares "a una taza u hortera, como copa de sombreo", y las había también puntiagudas; que su manufactura correspondía a los hombres –en particular a aquellos viejos que no tenían ya condiciones físicas para ayudar en la caza–; que las mujeres tenían la tarea de remendarlas. Los hombres, por su parte, además de arcos y flechas llevaban la red empleada en la recolección de frutas o semillas y, "por no hallarse en todos los parajes", guardaban en el pelo, encima de una de las orejas, el palillo con el que producían fuego al frotarlo contra dos palos de madera. Entre otras consecuencias de la conversión de los indígenas, ocurrió que "en su gentilidad" los hombres también se hicieron cargo de "los nervios de venado para los arco", mismos que "por ir desembarazados y libres" llevaban en carrizos colgados de las orejas.41

Foto 5. Californio cargando un recipiente y español a caballo.
La poligamia, en tanto, era una práctica extendida entre los distintos grupos que habitaban la península, si bien a este respecto los testimonios difieren en ciertos matices. Así, mientras Del Barco escribió que tal práctica era propia de los pericúes, Sales refirió que sólo en algunos lugares ésta no era admitida, porque creían que quien "tenía muchas mujeres, no podía ser feliz y pronto moriría". Y agregó: "lo más común es tener […] quantas mujeres quieren: el adulterio es muy común. Con todo, es un delito que miran con alguna delicadeza; pues ó repudian á la mujer ó la matan infelizmente".42 Miguel del Barco puntualizó otros detalles, como el hecho de que entre los pericúes correspondía a ellas el sustento de las familias, a grado tal, que se ocupaban de la recolección de frutas y semillas en los montes con tal de tener a sus maridos satisfechos ya que, "una vez desechadas, cosa que pendía de sólo su capricho y antojo, no hallaban fácilmente quien las admitiese". Los maridos, a su vez, "cuanto mayor número de mujeres tenían "estaban tanto más bien provistos y regalados".43
Entre el resto de los californios, en cambio, sólo "los principales tenían dos mujeres" y el resto se conformaba con una sola.44 En cuanto al adulterio, apuntó que se le consideraba un delito y, por tanto, la venganza era justificada con dos excepciones: en sus fiestas y bailes o cuando, como consecuencia de un enfrentamiento entre rancherías, las mujeres de quienes habían sido derrotados se convertían en el premio para los vencedores. Tales costumbres, escribió, no existían entre los cochimíes que, de acuerdo con el testimonio de otro jesuita, el padre Everardo Helen, "no obstante la entera libertad que gozaban […], no se veía en ellos desenfrenamiento y liviandad", tal vez "por la aspereza de vida" que padecían "en medio de la serranía, con hambre, frío, desnudez y falta de toda conveniencia".45
En cuanto a sus casamientos, Sales los calificaba como "ridículos", describiéndolos así:
[…] unos para casarse enseñan sus cuerpos á las mujeres, y éstas á ellos; y adoptándose a su gusto, se casan: otros en fin, que es lo más común, se casan sin ceremonia: se encuentra en un monte ó en un barranco, se juntan á su salvoconducto, y luego avisan que ya están casados: estos y los primeros mudan la mujer quando y como quieren, pero todos las miran como esclavas. Jamás se ven dos parientes casados, excepto en algunas partes que conservan la costumbre que tenían los Hebreos: á saber, que muerto el marido, su hermano ó pariente mas inmediato se casa con la viuda.46
También aquí Del Barco fue más específico y narró otros usos. Por ejemplo, decía que en Loreto se verificaba una ceremonia que consistía en que el novio presentaba a la novia una batea y, para dar su consentimiento, ella la aceptaba y correspondía al regalo del pretendiente con una redecilla, con lo que se daba por celebrado el matrimonio. En otras naciones, en cambio, lo usual era que el novio invitaba a un baile a toda la ranchería y, al término de éste, "se hacía el ajuste". Eso sí, aclaró que "por más solemne que fuese este contrato, era fácilmente rescindible por cualquier ligero motivo", aún entre quienes no practicaban la poligamia.47
Una vez encintas, según el jesuita, las mujeres no parecían saber cuánto tiempo duraba el embarazo y, en consecuencia, cuándo darían a luz, por lo que muchas veces parían en el monte, a donde habían ido a cumplir su tarea de buscar alimento. Después del alumbramiento solían descansar "algún tanto, aunque no mucho". A falta de ropa, a los recién nacidos solían cubrirles el cuerpo con un betún que elaboraban mezclando carbón molido con orines. Wenceslao Linck le contó a Del Barco que, hacia los 31º, donde se estableció la misión de Santa María, para proteger al bebé del frío los indígenas escarbaban en la arena haciendo un agujero, el cual calentaban con fuego y, una vez que ésta alcanzaba una temperatura templada, enterraban ahí al niño, sólo dejando al descubierto el rostro para que pudiese respirar.48
Sobre el mismo tema, Sales agregó que después del parto las mujeres acostumbraban bañarse con agua tibia y después se recostaban boca arriba "en un hoyo, el que está ya templado con el fuego" y su cuerpo era cubierto con tierra, ramas y piedras a fin de que sudara, operación que era repetida por espacio de tres o cuatro días, lo que no impedía "que la mujer acabando de parir vaya por los montes buscando leña, agua y semillas".49 El fraile dominico reportó también la costumbre de proteger a los niños de las inclemencias del tiempo sumergiéndolos en un agujero o cubriendo con ceniza su cuerpo:
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