Kitabı oku: «Metazoos», sayfa 2
Sin embargo, antes de proseguir, echemos un vistazo más detallado al aspecto mental del enigma, y a las palabras que empleamos para describirlo. El lado de la mente que Nagel intentaba indicar al decir «existe algo que es como…» se suele denominar ahora consciencia. (El propio Nagel lo llama así). Somos conscientes, en este sentido, si existe algo que sentimos como si fuéramos nosotros. Pero aquí el término «consciencia» suele ser equívoco, pues tiende a sugerir algo muy refinado. Se supone que la expresión «algo que es como…» incluye la presencia de sensaciones de cualquier tipo. Hay algo que es como ser yo (o un pez, o una polilla) si las estelas más vagas y tenues de sensación son parte de mi vida. El hecho de que la palabra «consciencia» sugiera más que esto suele causar problemas.
Por ejemplo, los neurocientíficos suelen decir que la consciencia depende de la corteza cerebral, la capa más externa y llena de pliegues de nuestro cerebro, algo que se encuentra solo en mamíferos y algún otro vertebrado. He aquí una cita del médico y ensayista Oliver Sacks, cuando se refería a un paciente que, como resultado de una infección en el cerebro, había perdido toda capacidad de conservar nuevos hechos en la memoria. Sacks preguntaba: «¿Cuál es la relación entre las pautas de acción y los recuerdos procedimentales, que se asocian con partes relativamente primitivas del sistema nervioso, y la consciencia y la sensibilidad, que dependen de la corteza cerebral?». Aquí Sacks plantea una pregunta, pero también declara una suposición: que la consciencia y la sensibilidad dependen de la corteza cerebral. ¿Acaso Sacks quiere decir que, si alguien o algo carece de corteza cerebral, carecerá también de una conciencia profunda sobre sus vivencias, pero que todavía tendrá algunas sensaciones? ¿O acaso piensa que sin una corteza las luces están totalmente apagadas, y que un ser sin ella no tendría ningún tipo de experiencia, pese a que pudiera gestionar algunos comportamientos? La mayoría de animales, especialmente la mayoría de los animales que aparecen en este libro, carecen de corteza cerebral. ¿Acaso tienen una experiencia de un tipo diferente de la nuestra, o carecen totalmente de experiencia?
Hay quien piensa, en efecto, que sin corteza cerebral no puede haber experiencia en absoluto. Quizá al final nos veremos impelidos a una concepción como esta, pero lo dudo. Hemos de mantenernos continuamente en guardia frente al hábito de pensar que todas las formas de experiencia han de ser como las de los humanos en diversos aspectos. Cuando se emplea el término «consciencia» para la idea muy amplia de experiencia sentida, es fácil extraviarse. Pero en la actualidad hay muchas personas que emplean el término «consciencia», o alguna modificación del mismo («consciencia fenomenológica») en este mismo aspecto muy amplio. No voy a ser quisquilloso con las palabras, y no existe ninguna terminología que sea perfecta. En muchos aspectos, «sentiencia»3es un término adecuado para el concepto más amplio. Podemos preguntar: «¿Qué animales son sentientes?» Esto es diferente, o podría serlo, de preguntar cuáles son conscientes. Ahora bien, «sentiencia» se suele usar para tipos particulares de experiencia: para placer, dolor y experiencias relacionadas que incluyen una valoración, buena o mala. Ciertamente, dichas experiencias son relevantes, y es probable que tenga sentido pensar que pueden existir sin tipos muy elaborados de consciencia. Pero tal vez estos no sean los únicos tipos de experiencia básica o simple. En un capitulo posterior consideraré la posibilidad de que los aspectos sensorial y evaluador de la experiencia sean un tanto distintos: registrar lo que sucede podría ser distinto de evaluar si es bueno o malo. «Sentiencia» no se suele emplear para el aspecto sensorial de esta distinción.
Otro término es el poco manejable «experiencia subjetiva». Parece redundante (¿acaso existe otro tipo de experiencia?) y no tiene un adjetivo fácil, como «consciente» o «sentiente». Pero «experiencia subjetiva» señala en una buena dirección, al plantear la idea de un sujeto.4En ciertos aspectos, este libro trata de la evolución de la subjetividad: qué es la subjetividad y cómo llegó a construirse. Los sujetos son el hogar de la experiencia, allí donde vive la experiencia.
También trataré a veces simplemente de la mente, pues creo que esto es lo que acabaremos por comprender mediante este relato: la evolución de la mente y cómo encaja en el mundo. Me desplazaré entre terminologías sin establecer una norma definitiva. Nuestro conocimiento actual no es lo bastante bueno para ceñirse a un lenguaje o a otro.
El proyecto que intento sacar adelante puede describirse de varias maneras diferentes, pero es difícil lo miremos como lo miremos. Este proyecto consiste en mostrar que, de alguna manera, un universo de procesos que no son en sí mismos mentales, o conscientes, puede organizarse de una manera que da origen a la experiencia sentida. De alguna forma, una parte de la actividad del mundo que suele ser ajena a la mente se plegó sobre sí misma en mentes.
El dualismo y el panpsiquismo y otras diversas concepciones piensan que esto no puede ocurrir; no se puede producir una mente (no del todo, en cualquier caso) a partir de otra cosa, a partir de ingredientes totalmente no mentales. La mente ha de estar presente en todo, o bien ha de añadirse «encima» (no literalmente encima, sino añadida a un sistema físico que, en principio, sería completo sin ella). En cambio, yo creo que se puede (o la evolución puede) construir una mente a partir de alguna otra cosa. Dadas unas determinadas disposiciones de cosas que no son mentales, acaba por existir una mente. Las mentes son resultados evolutivos, que se producen por la organización de otros ingredientes, no mentales, de la naturaleza. Este surgimiento es el tema del libro.
Dije que la mente es un resultado evolutivo y algo construido, pero quiero impedir desde ahora que surja un equívoco común. Una concepción materialista no sostiene que la mente sea un efecto de procesos físicos en nuestro cerebro, una consecuencia o producto de ellos. (Parece que Huxley sí lo creía). lo que en realidad se afirma es que las experiencias y otras actividades mentales son procesos biológicos, y por tanto físicos, de un determinado tipo. Nuestras mentes son disposiciones y actividades en materia y energía. Tales disposiciones son productos evolutivos; nacen lentamente. Pero dichas disposiciones, una vez ya existen, no son causas de la mente; son la mente. Los procesos cerebrales no son causas de pensamientos y de experiencias; son pensamientos y experiencias.
Este es el proyecto materialista biológico tal como yo lo veo: mostrar que esta posición tiene sentido y que, con mucha probabilidad, es así como son realmente las cosas. El propósito de este libro es recorrer dicho camino todo lo lejos que se pueda. No creo que se revele de un plumazo una solución al problema, en un movimiento que extraiga un conejo de una chistera. Será algo más acumulativo. A medida que este libro avance, desarrollaré una concepción positiva, un esbozo de una solución que combina aproximadamente tres elementos en un panorama que creo que tiene sentido. Pero no se dará respuesta a todas las preguntas, y quedarán muchas incógnitas. La manera en que pienso que las cosas sucederán queda vívidamente expresada en un pasaje que, durante años de borradores, mantuve como epígrafe de este libro. El fragmento es de Alexander Grothendieck, un matemático.
El mar avanza insensiblemente y en silencio, nada parece ocurrir y nada es perturbado… Pero finalmente rodea la refractaria sustancia, que poco a poco se convierte en una península, después en una isla, después un islote, que queda sumergido, como si se hubiera disuelto en el océano, que se extiende a lo lejos, hasta donde la vista alcanza.
Grothendieck trabajaba en problemas muy abstractos (abstractos incluso para los estándares de la matemática pura). La cita describe su enfoque de problemas de su campo. Afrontamos un misterio que parece resistirse a los métodos usuales. Nuestra reacción debe ser construir conocimiento a su alrededor, esperando que mientras lo hacemos, el misterio se transforme y desaparezca. La situación se remodela y acaba por hacerse comprensible. La imagen que Grothendieck empleó para este proceso es el hundimiento de un objeto, una masa, en el agua.
Esta imagen ha permanecido en mi mente durante mucho tiempo. A diferencia de algunos filósofos, no creo que los misterios en esta área sean meras ilusiones que podemos superar solo con que modifiquemos un poco nuestro modo de hablar. Hay que adquirir conocimientos nuevos. Pero mientras los adquirimos, el propio problema cambia de forma y se desvanece.
La imagen de Grothendieck parecía tan adecuada que una vez la utilicé para encabezar el libro. Pero la imagen tiene ahora nuevas connotaciones, en una época en la que la fusión del hielo polar de una Tierra que se calienta rápidamente está conduciendo a la pérdida de preciosas islas del Pacífico. Dadas estas nuevas asociaciones, parecía un error iniciar el libro de esta manera. Sin embargo, la metáfora de Grothendieck guía todavía mi pensamiento, y la perspectiva que expresa guía la manera en que el libro funcionará. Metazoos aborda los enigmas de la mente y del cuerpo mediante la exploración de la naturaleza de la vida, la historia de los animales y las diferentes maneras de ser un animal que nos rodean en la actualidad. Al explorar la vida animal, construimos alrededor del problema y vemos cómo se transforma y remite.
Este libro es una continuación de un proyecto que se inició en otro, llamado Other Minds.5Aquel libro era una exploración de la evolución y la mente guiada por un grupo concreto de animales: los cefalópodos, el grupo que incluye los pulpos. Other Minds se iniciaba con encuentros con estos animales en el agua, en inmersión con oxígeno o a pulmón libre. Encontrarlos allí, en su diversa complejidad y cromatismo variable, condujo a un intento de comprender qué es lo que podía estar ocurriendo en su interior. Esto llevó, a su vez, a seguir su ruta evolutiva, una ruta que nos llevó a un acontecimiento crucial en la historia de los animales, una antigua bifurcación en el árbol genealógico. Aquella bifurcación, de hace aproximadamente quinientos millones de años, condujo por una rama hasta los pulpos (entre otros animales) y por la otra rama a nosotros.
En aquel libro se esbozaron algunas ideas sobre mentes, cuerpos y experiencias, guiadas por los animales a los que yo seguía. En este, aquellas ideas se desarrollan y se aumentan. Dicho desarrollo procede de una observación más detallada del aspecto filosófico, una exploración de un mayor número de ramas del árbol, y de horas en el agua pasadas con más parientes animales nuestros. Mientras que en Other Minds me remitía constantemente a los pulpos, mi propósito en este libro es avanzar junto con muchas especies de animales, tanto más cercanos como más alejados de nosotros en el árbol evolutivo. Para algunos de dichos animales, yo también era un ser que podían observar y encontrar; para otros, una presencia en algo que no llegaba a un sueño. Hacia el final del libro, empezamos a aproximarnos a parientes más cercanos, que tienen un cuerpo y una mente más parecidos a los nuestros. Pero el relato histórico se pondera con las fases evolutivas más antiguas, y su objetivo es dar sentido a cómo pudo nacer la experiencia en la Tierra, primero en sus aguas, y después en tierra.
He aquí, pues, la ruta de este libro. Caminaremos (nos arrastraremos, creceremos, nadaremos) por el relato de la vida animal desde sus inicios, guiados por un conjunto de animales actuales. Aprenderemos de cada uno de ellos: a partir de su cuerpo, cómo siente y actúa, cómo se relaciona con el mundo. Con su ayuda, intentaremos discernir no solo la historia, sino las diferentes formas de subjetividad actuales. Mi objetivo no es enciclopédico, no pretendo abarcar todas las variedades de animales. Me concentraré en los que señalan transiciones en la evolución de la mente, especialmente en las fases que nos originaron. La mayoría son animales marinos, habitantes del mar. Descendamos por los peldaños.
LA ESPONJA DE VIDRIO
Torres
Un jardín de esponjas suele empezar justo por debajo de las capas de agua en las que la luz solar penetra bien, especialmente en lugares donde fluyen corrientes. Allí, a medida que la luz se reduce, podemos encontrar un paisaje de cuerpos animales inmóviles. Tienen el aspecto de tazas, bulbos, cálices o árboles ramificados. A veces parecen manos enfundadas en gruesas manoplas, como si algo enorme bajo el lecho marino intentara extenderse hacia arriba con miembros blandos y a medio hacer.
Mientras nos hallamos en esta zona somera, observemos e imaginemos un mar mucho más frío, la escena ahora completamente oscura con una débil caída de partículas desde arriba. En el fondo del océano, a 900 metros bajo la superficie, una torre pálida, cilíndrica y de aproximadamente 30 centímetros de alto, se encuentra en el interior de un cúmulo de otras torres, cada una de ellas sujeta al fondo y un poco más ancha, parcialmente abierta en su parte superior. Dentro de su exterior blando hay un entramado de minúsculas partes duras. Las más pequeñas de estas son estrellas, ganchos o cruces finas, con ángulos torcidos para que se tejan en esta forma de torre. Las torres están sujetas al fondo marino mediante anclas delicadas. Anclas y cruces están hechas de dióxido de silicio, el principal constituyente del vidrio.
Una esponja, en un arrecife templado o en un paisaje lunar del océano profundo, parece muerta e inerte, pero si la observamos detenidamente, no lo está. Es un surtidor silencioso, una bomba que hace pasar agua a su través. Al mismo tiempo, siente y reacciona. La torre del mar profundo, la esponja de vidrio, tiene un cuerpo que también conduce la luz y la electricidad, como una bombilla de luz eléctrica (¡imagina!) en el fondo del mar.
Célula y tormenta
El contexto de la evolución de la mente es la propia vida; no todo lo que tiene que ver con la vida, no el ADN y su funcionamiento, sino otras características. El inicio es la célula.
La vida primitiva, anterior a los animales y a las plantas, era unicelular. Animales y plantas son enormes colaboraciones de células. Antes de que surgieran dichas colaboraciones, es probable que las células no fueran totalmente solitarias, sino que con frecuencia vivieran en colonias y grupos. Aun así, entonces una célula era un diminuto yo independiente.
Las células están delimitadas, con una parte interior y una exterior. La frontera es una membrana; esta sella parcialmente la célula, pero tiene incrustados canales y puertos. A través de dicha frontera hay un paso continuo de un lado a otro, y en el interior hay un frenesí de actividad.
Una célula está compuesta de materia, de una serie de moléculas. No sé exactamente qué aparece en la cabeza del lector cuando digo «materia», pero este término suele traer a la mente un modo inerte y pesado de ser, en el que los objetos necesitan que se les empuje para que se pongan en movimiento. Esta imagen de la materia es consecuencia de cómo funcionan las cosas en tierra firme y a la escala de objetos de tamaño medio, como mesas y sillas. Sin embargo, cuando nos referimos al material de una célula, tenemos que pensar de otro modo.
En el interior de una célula, todo ocurre en la nanoescala, la escala en la que los objetos se miden en millonésimas de milímetro, y el medio en el que ocurren las cosas es el acuático. En este medio la materia se comporta de forma diferente a lo que ocurre en nuestro mundo de tamaño medio y de tierra emergida. A dicha escala, la actividad surge de manera espontánea, sin que sea necesario hacer que suceda. En expresión del biofísico Peter Hoffmann, en el seno de cualquier célula se produce una «tormenta molecular», una agitación incesante de colisiones, atracciones y repulsiones.
Si imaginamos una célula llena de aparatos intrincados, partes con tareas asignadas, dichos dispositivos se hallan bombardeados continuamente por moléculas de agua. Un objeto en una célula recibe la colisión por parte de una molécula de agua aproximadamente cada diez billonésimas de segundo. No se trata de un error tipográfico; es casi imposible pensarlo de una manera intuitiva. Estas colisiones no son triviales; cada una de ellas posee una fuerza que deja en una nimiedad las fuerzas que los dispositivos pueden ejercer. Lo que puede hacer el aparato del interior de una célula es impulsar los acontecimientos en una dirección en lugar de hacerlo en otra, lo que confiere una cierta coherencia a la tormenta.
El medio acuoso es importante a la hora de mantener la tormenta. A esta escala espacial, muchos objetos se adherirían entre sí y se aglomerarían si se hallaran en tierra firme, pero en el agua no se aglomeran; lo que hacen, en cambio, es mantenerse en movimiento, por lo que la célula es un ámbito de actividad autogenerada. Solemos pensar en la «materia» como algo inactivo e inerte, dije antes. Pero el problema con el que han de habérselas las células no es hacer que ocurran cosas, sino crear orden, establecer un cierto sentido en el flujo espontáneo de acontecimientos. En tales circunstancias, la materia no se encuentra estática y sin hacer nada, sino que corre el peligro de hacer demasiado; el problema es obtener organización a partir del caos.
Casi todas las asociaciones que habitualmente concebimos cuando pensamos en la materia son equívocas al considerar la vida y cómo pudo surgir. Si la vida hubiera tenido que evolucionar en tierra firme y a partir de ingredientes del tamaño de mesas y sillas, no habría podido surgir. Pero la vida no tuvo que pasar por aquí; evolucionó en el agua (quizá en finas películas de agua sobre una superficie, pero en el agua) mediante la aparición de orden en una tormenta molecular.
El origen de la vida se produjo en un momento relativamente temprano en la historia de la Tierra, quizá hace unos 3800 millones de años, en un planeta que ahora tiene unos 4500 millones de años. La primera vida tal vez no tuviera forma celular, pero debió de haber un modo inicial de que un conjunto especial de procesos químicos estuviera contenido y delimitado, de manera que no pudiera difundirse y desaparecer. Después, en alguna fase, hubo células, al principio presumiblemente permeables y endebles, pero que finalmente llegaron a ser algo parecido a las bacterias, células que mantienen su constitución de manera permanente y se reproducen.
A medida que las células adquirieron la energía para mantenerse activas (transformando materiales, creando orden, imponiendo método a la locura), un logro central fue obtener el control sobre la carga.
La doma de la carga
La doma de la carga eléctrica fue un acontecimiento fundamental en la historia humana reciente. En el siglo XIX, la electricidad pasó de ser una fuerza misteriosa, a menudo peligrosa (que se encontraba del modo más directo en los relámpagos), a ser un elemento de las tecnologías que pronto formaron el mundo moderno. Si usted está leyendo este libro bajo luz eléctrica o en un ordenador, la lectura es posible gracias a la electricidad. Este progreso eléctrico modernizador fue el segundo de dos. La carga eléctrica fue domada también miles de millones de años antes, durante los primeros estadios de la evolución de la vida. En las células y los organismos, la electricidad es el medio que posibilita gran parte de lo que ocurre. Es la base de la actividad cerebral (nuestros cerebros son sistemas eléctricos) y también de muchas más cosas.
¿Qué es la electricidad? incluso muchos físicos encuentran vaga esta pregunta. La carga eléctrica es una característica básica de la materia. La carga puede ser positiva o negativa. Los objetos con la misma carga (positiva y positiva, por ejemplo) se repelen, y los que tienen cargas distintas (positiva y negativa) se atraen. La materia de los objetos ordinarios contiene ambas cargas. Cualquier átomo es una combinación de partículas todavía más pequeñas, algunas de las cuales son positivas (protones), otras son negativas (electrones) y en la mayor parte de los casos, otras partículas (neutrones) carecen de carga. Por lo general, un átomo contiene el mismo número de electrones que de protones, de modo que el propio átomo no tendrá una carga neta, pues las cargas positivas y negativas del mismo se encuentran equilibradas de manera exacta.
La tendencia eléctrica a atraerse y repelerse es fuerte. He aquí qué dice el inimitable Richard Feynman en sus Lectures on Physics:
La materia es una mezcla de protones positivos y electrones negativos que se atraen y se repelen con su gran fuerza. Sin embargo, el equilibrio es tan perfecto que, cuando nos hallamos cerca de otra persona, no notamos ninguna fuerza en absoluto. Si hubiera siquiera una pizca de desequilibrio lo notaríamos. Si nos encontráramos a la distancia de un brazo de alguien y cada uno de nosotros tuviéramos un uno por ciento más de electrones que de protones, la fuerza de repulsión sería increíble. ¿Cuán grande sería? ¿Suficiente para levantar el Empire State Building? ¡No! ¿Para levantar el monte Everest? ¡No! ¡La repulsión sería suficiente para elevar un «peso» igual al de toda la Tierra!
En la mezcla de partes cargadas que comprende la materia ordinaria, los electrones, las partículas negativas, se hallan en el exterior de los átomos, mientras que los protones (junto con los neutrones) se hallan en su interior. A veces los electrones del exterior pueden ganarse o perderse, lo que resulta en un ion. Un ion es un átomo (o a veces una molécula que combina unos pocos átomos) que ha desequilibrado sus partes cargadas mediante dicha pérdida o ganancia, y que por ello tiene una carga total propia. Cuando muchas sustancias químicas se disuelven en agua, producen iones que entonces se dispersan. El agua salada es agua con iones disueltos. Cualquier gotita de agua de mar contiene innumerables iones que interactúan entre sí y con las moléculas de agua, atrayéndose y repeliéndose.
Una corriente eléctrica es un movimiento de partículas cargadas, ya sean positivas o negativas. En un cable metálico, una corriente toma la forma de un movimiento de electrones, mientras que los restantes átomos que constituyen el cable permanecen en su lugar. Las corrientes eléctricas que se usan en tecnología (luces, motores, ordenadores) funcionan en su mayor parte de esta manera. Pero una corriente puede ser también un movimiento de iones enteros. Por ejemplo, si se puede inducir en algunos iones positivos o negativos movimiento en una dirección consistente, esto es una corriente eléctrica. No hace que una corriente fluya: es una corriente. Cualquier contenedor de agua salada puede contener una corriente de este tipo, si de alguna manera podemos conseguir que se produzca una pauta general de movimiento de iones del tipo adecuado. En los sistemas vivos, a diferencia de los inventos humanos, la mayoría de las corrientes adoptan esta forma.
La carga eléctrica no es como la vida ni es mental en sí misma. Produce mucho de lo que ocurre en el mundo inanimado, así como en el animado. Pero la actividad vital funciona a base de carga eléctrica, en especial por el agrupamiento, el bombeo, el traslado conjunto y la liberación de iones.
La membrana celular mantiene muchas cosas o bien fuera o bien dentro, pero contiene canales que permiten selectivamente que algunos materiales la atraviesen. Muchos de estos son canales iónicos. A veces un canal permite pasivamente que los iones pasen de un lado al otro, quizá bajo circunstancias específicas; en otros casos, la célula bombea los iones a través de la membrana.
Los canales iónicos son compartidos, con variaciones, en todo tipo de vida celular, incluidas las bacterias. No suelen ser totalmente claras las razones por las que las bacterias forman complejos puertos y pasadizos para los iones. Inicialmente, los canales pudieron surgir solo para permitir que las células ajustaran su carga total en relación con el exterior: afinando su carga al tiempo que la domaban. Pero siempre que hay tráfico a través de las fronteras de un sistema vivo, este tiende a adoptar más roles. Por ejemplo, un flujo de iones puede funcionar como una forma mínima de sentido: supongamos que el contacto con una sustancia química externa concreta abre un canal y permite entrar iones. Aquellas partículas cargadas pueden favorecer nuevos acontecimientos en la célula en movimiento.
La siguiente consecuencia de estos flujos de iones está relacionada con este tráfico de entrada y salida, pero es un cambio mayor, más global para la célula. Este paso siguiente es la excitabilidad. Los canales controlan el flujo de partículas cargadas, y estos canales pueden ser controlados: pueden abrirse o cerrarse. Estos movimientos pueden producirse mediante química, o impacto físico, pero también pueden implicar la misma carga eléctrica. Los canales iónicos regulados mediante voltaje son canales que se abren en respuesta a acontecimientos eléctricos a los que se hallan expuestos. Esto hace posible una reacción en cadena; un flujo de corriente crea un flujo de corriente mayor, que se extiende por toda la membrana celular.
Podría parecer que este no es un paso decisivo, y su utilidad resulta menos evidente que la descripción que describí anteriormente, en que el flujo de iones es sensible a las sustancias químicas que la célula encuentra en sus desplazamientos. Pero los canales iónicos regulados mediante voltaje son la base de otra innovación, el potencial de acción. Se trata de una reacción en cadena de cambios en la membrana de una célula, especialmente en nuestro cerebro. En un punto fluyen al interior de la célula iones positivos, lo que afecta a los canales iónicos en puntos adyacentes, que se abren y permiten que entren más iones, y así sucesivamente. Una oleada de disrupción eléctrica viaja a lo largo de la membrana como una pulsación. Un potencial de acción es el acontecimiento instantáneo que se describe al decir que una célula del cerebro «dispara». Este acto instantáneo tiene lugar por medio de canales iónicos regulados mediante voltaje.
En un canal iónico regulado mediante voltaje, un controlador de la corriente es afectado por las cargas eléctricas a las que se halla expuesto; el flujo de la corriente es controlado eléctricamente. Este es el principio de un transistor. Al principio de esta sección mencioné los avances del siglo XIX que llevaron la electricidad al ámbito de la tecnología humana. Otro avance de este tipo tuvo lugar en el siglo XX, con la invención del transistor. Los chips de silicio en los ordenadores y teléfonos inteligentes son conjuntos de minúsculos interruptores eléctricos de este tipo. El transistor fue inventado hacia 1947 en los Laboratorios Bell, en los Estados Unidos, o en cualquier caso ese año. El primer transistor de los Laboratorios bell tenía aproximadamente tres centímetros de tamaño, y desde entonces se ha ido refinando y reduciendo. El mismo dispositivo fue inventado miles de millones de años antes en la evolución de las bacterias.
Si las bacterias inventaron los transistores, ¿qué hacían con ellos? ¿Por qué necesitaban controlar la electricidad con electricidad? Que yo sepa, no hay un consenso general sobre la respuesta a esta pregunta. Las bacterias podrían haberlos usado como parte del mantenimiento electroquímico de la célula. Podrían haberlos usado en el control del nado. Los canales que perciben sustancias químicas externas pueden ser incidentalmente sensibles a la carga eléctrica, y las bacterias que forman colonias en «biofilms» emiten señales de célula a célula utilizando iones. Pero las bacterias carecen de potenciales de acción (las reacciones en cadena instantáneas en nuestro cerebro) y la situación me parece muy extraña. Hace varios miles de millones de años, la naturaleza inventó el dispositivo fundamental de soporte físico en tecnología informática (una tecnología por lo demás complicada y cara) y lo hizo en las bacterias, pero no parece que las bacterias hayan realizado mucha actividad informática con él.
Con independencia de por qué apareció, el canal iónico regulado mediante voltaje fue un hito en la doma de la carga. Estos canales no tienen un único uso evidente, dije anteriormente. En determinado sentido, tampoco lo tiene un transistor, y en ambos casos esto es un aspecto de su relevancia. Un transistor es un medio general de control, un dispositivo para hacer que acontecimientos producidos aquí afecten a acontecimientos allí de una manera rápida y fiable. Los hechos controlados pueden ser variopintos, cualquier cosa que sea útil. Cuando permiten potenciales de acción, los canales iónicos regulados mediante voltaje también hacen posible que la actividad celular tenga una cualidad «digital»; una neurona se activa o no, sí o no. No todos los animales poseen neuronas con estas activaciones instantáneas, y hay sistemas nerviosos que pueden funcionar con formas de excitabilidad más suaves, pero esta característica digital es ciertamente útil. Es notable que este dispositivo de control se inventara tan atrás en el tiempo, cuando la mayoría de los usos que ahora tiene no eran ni siquiera destellos a ojos de la evolución.
En esta época de ordenadores omnipresentes y de IA es natural, casi inevitable, reflexionar acerca de las relaciones entre los sistemas vivos y estos artefactos. ¿Acaso organismos y ordenadores hacen esencialmente la misma cosa con materiales diferentes? Se perciben, efectivamente, semejanzas entre ambos, a veces de forma inesperada, pero también es importante reconocer desemejanzas. Una diferencia es que gran parte de lo que hace una célula, su actividad principal, es algo que un ordenador nunca tiene que hacer. Una gran parte de la actividad de una célula se ocupa de mantenerse a sí misma, hacer que siga entrando energía, mantener activa una pauta de actividad a pesar de la degradación y sustitución de materiales. En los sistemas vivos, las actividades que se parecen a las cosas que también hacen los ordenadores (intercambio eléctrico y «procesamiento de información») están siempre integrados en un mar, una miniecología u otros procesos químicos. En las células, todo lo que ocurre tiene lugar en un medio líquido, sometido a las vicisitudes de la tormenta molecular y a todas las digresiones químicas en las que participan los sistemas vivos. Cuando construimos un ordenador, construimos algo cuya operación es más regular y uniforme; construimos algo que se verá distraído tan poco como sea posible por las reflexiones no dirigidas e indirectas de su química.

