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Kitabı oku: «El Criterio», sayfa 12

Balmes Jaime Luciano
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CAPÍTULO XIX

EL ENTENDIMIENTO, EL CORAZON Y LA IMAGINACION

§ I

Discrecion en el uso de las facultades del alma. La reina Dido. Alejandro

He dicho (Cap. XII) que para conocer la verdad en ciertas materias, era necesario desplegar á un mismo tiempo diferentes facultades del alma, y entre ellas he contado el sentimiento. Ahora añadiré que si bien esto es preciso cuando se trata de aquellas verdades, cuya naturaleza consiste en relaciones con dicho sentimiento, como todo lo bello ó tierno, ó melancólico ó sublime; no lo es cuando la verdad pertenece á un órden distinto que nada tiene que ver con nuestra facultad de sentir.

Si quiero apreciar todo el mérito de Virgilio en el episodio de Dido, es menester que no raciocine con sequedad, sino que imagine y sienta; pero si me propongo juzgar bajo el aspecto moral la conducta de la reina de Cartago, es preciso que me despoje de todo sentimiento, y que deje encomendado á la fria razon el fallar conforme á los eternos principios de la virtud.

Al leer á Quinto Curcio, admiro al héroe macedon, y me complazco en verle cuando se arroja impávido al traves del Gránico, vence en Arbela, persigue y anonada á Darío, y señorea el oriente. En todo esto hay grandeza, hay rasgos que no fueran debidamente apreciados, si se cerrara el corazon á todo sentimiento. La sublime narracion del sagrado Texto (1. Mach. Cap. 1) no será estimada en su justo valor, por quien no haga mas que analizar con frialdad. «Y sucedió que despues que Alejandro Macedon, hijo de Filipo, que fué el primero que reinó en Grecia, salido de la tierra de Cethim, derrotó á Dario rey de los Persas y de los Medos, dió muchas batallas, y conquistó las fortalezas de todos, y mató á los reyes de la tierra. Y pasó hasta los confines del mundo, y se apoderó de los despojos de numerosas gentes, y la tierra calló en su presencia…» Cuando uno llega á esta expresion, el libro se cae de las manos, y el asombro se apodera del alma. En presencia de un hombre la tierra calló… Sintiendo con viveza la fuerza de esta imágen, se forma la mayor idea que formarse pueda del héroe conquistador. Si para conocer esta verdad, abstraigo y discurro y cavilo, y ahogo mis sentimientos, nada comprenderé; es preciso que me olvide de toda filosofía, que no sea mas que hombre, y que dejando la fantasía en libertad, y el corazon abierto, mire al hijo de Filipo, saliendo de la tierra de Cethim, marchando con pasos de gigante hasta la extremidad del orbe, y contemple á la tierra, que amedrentada calla. Pero si me propongo examinar la justicia y la utilidad de aquellas conquistas, entónces será preciso cortar el vuelo á la imaginacion, amortiguar los sentimientos de admiracion y entusiasmo; será preciso olvidar al jóven monarca rodeado de sus falanges, y descollando entre sus guerreros como el Júpiter de la fábula entre el cortejo de los dioses; será necesario no pensar mas que en los eternos principios de la razon, y en los intereses de la humanidad. Si al hacer este exámen dejo campear la fantasía y dilatarse el corazon, erraré; porque la radiante auréola que orla las sienes del conquistador, me deslumbrará, me quitará la osadía de condenarle, me inclinará á la indulgencia por tanto genio y heroismo; y se lo perdonaré todo, cuando vea que en la cumbre de su gloria, á la edad de 33 años, se postra en un lecho y conoce que se muere. Et post hæc decidit in lectum, et cognovit quia moreretur. (Machab. lib. 1. cap. 1.)

§ II

Influencia del corazon sobre la cabeza. Causas y efectos

A cada paso se observa la mucha influencia que sobre nuestra conducta tienen las pasiones; y el insistir en probar esto, seria demostrar una verdad demasiado conocida. Pero no se ha reparado tanto en los efectos de las pasiones sobre el entendimiento, aun con respecto á verdades que nada tienen que ver con nuestras acciones. Quizas sea este uno de los puntos mas importantes del arte de pensar, y por lo mismo lo expondré con algun detenimiento.

Si nuestra alma estuviese únicamente dotada de inteligencia, si pudiese contemplar los objetos sin ser afectada por ellos, sucederia que en no alterándose dichos objetos, los veríamos siempre de una misma manera. Si el ojo es el mismo, la distancia la misma, el punto de vista el mismo, la cantidad y direccion de la luz las mismas, la impresion que recibamos no podrá ménos de ser siempre la misma. Pero cambiada una cualquiera de estas condiciones, cambiará la impresion; el objeto será mas ó ménos grande, los colores mas ó ménos vivos ó quizas del todo diferentes; su figura sufrirá considerables modificaciones, ó tal vez se convertirá en otra nada semejante. La luna conserva siempre su misma figura, y no obstante nos presenta de continuo variedad de fases; una roca informe y desigual se nos ofrece á lo léjos como una cúpula que corona un soberbio edificio; y el monumento que mirado de cerca es una maravilla del arte, se divisa á larga distancia como una peña irregular, desgajada, caida á la aventura en las faldas del monte.

Lo propio sucede con el entendimiento: los objetos son á veces los mismos, y no obstante se ofrecen muy diferentes, no solo á distintas personas, sino á una misma; sin que para esta mudanza sea necesario mucho tiempo. Quizas un instante de intervalo es suficiente para cambiar la escena; nos hallamos ya en otra parte; se ha corrido un velo, y todo ha variado; todo ha tomado otras formas y colores; diriase que los objetos han sido tocados con la varita de un mago.

¿Y cuál es la causa? es que el corazon se ha puesto en juego, es que nosotros nos hemos mudado, y nos parece que se han mudado los objetos. Así al darse á la vela la embarcacion que nos lleva, el puerto y las costas huyen á toda prisa; cuando en realidad nada se ha movido sino la nave.

Y nótese que esta mudanza no se realiza tan solo cuando el ánimo se conmueve profundamente, y puede decirse que las pasiones estan levantadas; en medio de una calma aparente sufrimos á menudo esta alteracion en la manera de ver, alteracion tanto mas peligrosa, cuanto ménos se hacen sentir las causas que la producen. Se han dividido en ciertas clases las pasiones del corazon humano, pero sea que no se hayan comprendido todas en la clasificacion filosófica, sea que cada una de ellas entraña en su seno otras muchas que deben ser consideradas como sus hijas, ó como transformaciones de una misma, lo cierto es que quien observe con atencion la variedad y graduacion de nuestros sentimientos creerá estar asistiendo á las mudables ilusiones de una vision fantasmagórica. Hay momentos de calma y de tempestad, de dulzura y de acritud, de suavidad y de dureza, de valor y de cobardia, de fortaleza y de abatimiento, de entusiasmo y de desprecio, de alegría y de tristeza, de orgullo y de anonadamiento, de esperanza y de desesperacion, de paciencia y de ira, de postracion y de actividad, de expansion y de estrechez, de generosidad y de codicia, de perdon y de venganza, de indulgencia y de severidad, de placer y de malestar, de saboreo y de tedio, de gravedad y de lijereza, de elevacion y de frivolidad, de seriedad y de chiste, de… pero adónde vamos á parar, enumerando la variedad de disposiciones que experimenta nuestra alma? No es mas mudable é inconstante el mar azotado por los huracanes, mecido por el zéfiro, rizado con el aliento de la aurora, inmóbil con el peso de una atmósfera de plomo, dorado con los rayos del sol naciente, blanqueado con la luz del astro de la noche, tachonado con las estrellas del firmamento, ceniciento como el semblante de un difunto, brillante con los fuegos del medio dia, tenebroso y negro, como la boca de una tumba.

§ III

Eugenio. Sus transformaciones en veinte y cuatro horas

Érase una hermosa mañana de abril, Eugenio se habia levantado muy temprano, habia extendido maquinalmente el brazo á su librería, y con el tomito en la mano, pero sin abrir, se habia asomado al balcon que daba vista á una risueña campiña. ¡Qué dia mas bello! ¡qué hora tan embelesante! El sol se levanta en el horizonte matizando las nubecillas con primorosos colores, y desplegando en todas direcciones madejas de luz, como la dorada cabellera ondeante sobre la cabeza de un niño; la tierra ostenta su riqueza y sus galas, el ruiseñor gorjea y trina en la cercana arboleda, el labrador se encamina á su campo, saludando al luminar del dia con cantares de dicha y de amor. Eugenio contempla aquella escena con un placer inexplicable. Su ánimo tranquilo, sosegado, apacible, se presta fácilmente á emociones gratas y suaves. Goza de completa salud, disfruta de pingüe fortuna; los negocios de la familia andan con viento en popa, y cuantos le rodean, se esmeran en complacerle. Su corazon no está agitado por ninguna pasion violenta; anoche concilió sin dificultad el sueño, que no se ha interrumpido hasta el rayar del alba; y espera que las horas se adelanten para entregarse al ordinario curso de sus tranquilas tareas.

Abre por fin el libro: es una novela romántica. Un desgraciado á quien el mundo no ha podido comprender, maldice á la sociedad, á la humanidad entera, maldice á la tierra y al cielo, maldice lo pasado, lo presente y lo futuro, maldice al mismo Dios, se maldice á sí mismo; y cansado de mirar un sol helado y sombrío, una tierra mustia y agostado, de arrastrar una existencia que pesa sobre su corazon, que le oprime, que le ahoga como los brazos del verdugo al infeliz ajusticiado, se propone dar fin á sus dias. Miradle, ya está en el borde del precipicio fatal, ya está escrita en la cartera la palabra á Dios; ya vuelve en torno su cabeza desgreñada, su semblante pálido, sus ojos hundidos é inflamados, sus facciones alteradas; y ántes de consumar el atentado se queda un momento en silencio, y luego reflexiona sobre la naturaleza, sobre los destinos del hombre, sobre la injusticia de la sociedad. «Esto es exagerado, dice con impaciencia Eugenio; en el mundo hay mucho malo, pero no lo es todo. La virtud no está todavía desterrada de la tierra; yo conozco muchas personas que sin atroz calumnia no pueden ser contadas entre los criminales. Hay injusticias, es cierto; pero la injusticia no es la regla de la sociedad; y si bien se observa, los grandes crímenes son excepciones monstruosas. La mayor parte de los actos que se cometen contra la virtud proceden de nuestra debilidad; nos dañan á nosotros mismos, pero no traen perjuicios á otros; no aterrorizan al mundo, y los mas se consuman sin llegar á su noticia. Ni es verdad que el bienestar sea tan imposible; los infortunados son muchos, pero no todo dimana de injusticia y crueldad; en la misma naturaleza de las cosas se encuentra la razon de estos males, que ademas no son ni tantos ni tan negros como se nos pintan aquí. No sé qué modo de mirar los objetos tienen esos hombres; se quejan de todo, blasfeman de Dios, calumnian á la humanidad entera, y cuando se elevan á consideraciones filosóficas, llevan el alma por una region de tinieblas, donde no encuentra mas que un caos desesperante. Cuando vuelve de semejantes excursiones, no sabe pronunciar otras palabras que maldicion y crímen. Esto es insoportable; esto es tan falso en filosofía como feo en literatura.» Así discurria Eugenio, y cerraba buenamente el libro, y apartaba de su mente aquellos tétricos recuerdos, entregándose de nuevo á la contemplacion de la bella naturaleza.

Pasan las horas, suena la de comenzar sus tareas; y aquel dia parece el de las desgracias. Todo va mal; diríase que le han alcanzado á Eugenio las maldiciones del suicida. Muy de mañana corre por la casa un mal humor terrible; N ha pasado malísima noche; M se ha levantado indispuesto, y todos son mas agrios que zumo de fruta verde. A Eugenio se le pega tambien algo de la malignidad atmosférica que le rodea; pero todavía conserva alguna cosa de las apacibles emociones de la salida del sol.

El dia se va encapotando, el tiempo no será tan bueno como se prometia el espectador de la mañana. Sale Eugenio á sus diligencias, la lluvia comienza, el paraguas no basta para cubrir al viandante, y en una calle estrecha y atestada de lodo se encuentra Eugenio con un caballo que galopa, sin atender á que los chispazos de fango de sus cascos dejan al pobre pasajero pedestre hecho una lástima de pies á cabeza. Ya es preciso retroceder, volverse á casa, entre irritado y mohino, no maldiciendo tan alto como el romántico, pero sí haciendo no muy piadosa plegaria para el caballo y el jinete. La vida no es ya tan bella, pero todavía es soportable; la filosofía se va encapotando como el tiempo, pero el sol no ha desaparecido aun. Los destinos de la humanidad no son desesperantes, pero los lances de los hombres son algo pesados. Al fin siempre seria mejor que las caras domésticas no fueran de cuaresma, que las calles estuviesen limpias, ó que si estaban sucias, no galopasen los caballos á la inmediacion de los transeuntes.

Sobre una desgracia viene otra. Reparado Eugenio del primer descalabro, vuelve á sus diligencias, dirigiéndose á casa de su amigo, quien le ha de comunicar noticias satisfactorias, con respecto á un negocio de importancia. Por lo pronto es recibido con frialdad, el amigo procura eludir la conversacion sobre el punto principal, y finge ocupaciones apremiadoras que le obligan á aplazar para otro dia el tratar del asunto. Eugenio se despide algo desabrido y receloso, y se devana los sesos por adivinar el misterio; pero una feliz casualidad le hace encontrar con otro amigo que le revela la trama del primero, y le avisa que no se duerma si no quiere ser víctima de la perfidia mas infame. Marcha presuroso á tomar sus providencias, acude á otros que puedan informarle de la verdadera situacion de las cosas, le explican la traicion, se compadecen de su desgracia, pero todos convienen en que ya es tarde. La pérdida es crecida, y ademas irreparable: el pérfido ha tomado sus medidas con tanta precaucion, que el desgraciado Eugenio no ha advertido la estratagema hasta que se ha visto enredado sin remedio. Acudir á los tribunales es imposible, porque el negocio no lo consiente; reprochar al pérfido la negrura de su accion es desahogo estéril; con tomar una venganza nada se remedia y se aumentan los males del vengador. No hay mas que resignarse. Eugenio se retira á su casa, entra en su gabinete, se entrega á todo el dolor que consigo trae el frustrarse tantas esperanzas, y un cambio inevitable en su posicion social. El libro está todavía sobre la mesa, su vista le recuerda las reflexiones de la mañana; y exclama en su interior: «Oh! cuán miserablemente te engañabas, cuando reputabas exageracion las infernales pinturas que del mundo hacen esos hombres! No puede negarse: tienen razon: esto es horrible, desconsolador, desesperante, pero es la realidad. El hombre es un animal depravado, la sociedad es una cruel madrastra, mejor diré un verdugo que se complace en atormentarnos, que nos insulta, y se mofa de nuestras angustias, al mismo tiempo que nos cubre de ignominia, y nos da la muerte. No hay buena fe, no hay amistad, no hay gratitud, no hay generosidad, no hay virtud sobre la tierra; todo es egoismo, miras interesadas, perfidias, traicion, mentira. Para tanto padecer, ¿porqué se nos ha dado la vida? ¿dónde está la Providencia, dónde la justicia de Dios? dónde?..»

Aquí llegaba Eugenio, y, como ven nuestros lectores, la dulce y apacible y juiciosa filosofía de la mañana, se habia trocado en pensamientos satánicos, en inspiraciones de Beelzebub. Nada se habia mudado en el mundo, todo proseguia en su ordinaria carrera, y ni el hombre ni la sociedad podian decirse peores, ni entregados á otros destinos, por haberle sucedido á Eugenio una desgracia imprevista. Quien se ha mudado es él; sus sentimientos son otros, su corazon lleno de amargura derrama la hiel sobre el entendimiento, y este, obedeciendo á las inspiraciones del dolor y de la desesperacion, se venga del mundo pintándole con los colores mas horribles. Y no se crea que Eugenio proceda de mala fe: ve las cosas tales como las expresa; así como las expresaba por la mañana tales como á la sazon las veia.

Dejamos á Eugenio, en el terrible dónde… que á no dudarlo hubiera abortado una blasfemia horripilante, si no se interrumpiera el monólogo con la llegada de un caballero que con libertad de amigo penetra en el gabinete sin detenerse en antesalas.

– Vamos, mi querido Eugenio, ya sé que te han jugado una mala partida.

– ¡Cómo ha de ser!

– Es mucha perfidia.

– Así anda el mundo.

– Lo que importa es remediarlo.

– Remedio?.. es imposible…

– Muy sencillo.

– Me gusta la frescura.

– Todo está en aprontar mas fondos, aprovechar el correo de hoy, y ganarle por la mano.

– ¿Pero cómo los apronto? sus cálculos estriban sobre la imposibilidad en que me hallo de hacerlo, y como sabia el estado de mis negocios, efecto de los desembolsos hechos hasta aquí para el maldito objeto, está bien seguro que no podré tomarle la delantera.

– Y si estos fondos estuviesen ya prestos…

– No soñemos…

– Pues mira, estábamos reunidos varios amigos para el negocio que tú no ignoras; se nos ha referido lo que te acaba de suceder, y el desastre que iba á ocasionarte. La profunda impresion que me ha producido, puedes suponerla; y habiendo pedido permiso á los socios para abandonar por mi parte el proyecto, y venir á ofrecerte mis recursos, todos instantáneamente han seguido mi ejemplo; todos han dicho que arrostraban con gusto el riesgo de aplazar sus operaciones, y de sacrificar su ganancia hasta que tú hubieses salido airoso del negocio.

– Pero yo no puedo consentir…

– Déjate…

– Pero, y si esos caballeros, á quienes no conozco siquiera…

– Tú desconfianza estaba ya prevista; aprovecha el correo, yo me voy, y en esta cartera encontrarás todo lo que se necesita. A Dios, mi querido Eugenio.

La cartera ha caido al lado del libro fatal; Eugenio se avergüenza de haber anatematizado la humanidad, sin excepciones; la hora del correo no le permite filosofar, pero siente que su filosofía toma un sesgo ménos desesperante. A la mañana siguiente el sol asomará hermoso y radiante como hoy, el ruiseñor cantará en el ramaje, el labrador se dirigirá á sus faenas, y Eugenio volverá á ver las cosas como las veia ántes de sus fatales aventuras. En 24 horas, que por cierto no han alterado nada ni en la naturaleza, ni en la sociedad, la filosofía de Eugenio ha recorrido un espacio inmenso, para volver como los astros, al mismo punto de donde partiera.

§ IV

Don Marcelino. Sus cambios políticos

Don Marcelino acaba de salir de unas elecciones, en que los partidos han luchado en tremenda batalla. La fuerza muscular ha tenido tambien su voto; se han blandido puñales, se han menudeado los garrotazos; la campanilla del presidente ha resonado entre el ruido de voces estentóreas, y de pulmones de bronce. Don Marcelino pertenece al partido derrotado, y ha tenido que salvarse á escape. Lo que es valor, ya se ve, no le faltaba; pero ha sido preciso no olvidar las consideraciones de prudencia y decoro.

La desagradable impresion no se le borrará en algunos dias, y es notable que ella basta para echar á perder sus ideas liberales. «Desengáñense Vds., señores, dice con el tono de la mas profunda conviccion, esto es una farsa, un absurdo; nos hemos empeñado en una barbaridad; no hay mas remedio que un brazo fuerte; el absolutismo tiene sus inconvenientes, pero del mal el ménos. El gobierno representativo; el gobierno de la razon ilustrada y de la voluntad libre, es muy hermoso en las páginas de las obras de derecho constitucional, y en los artículos de periódico; pero en la realidad no medran mas que la intriga, la inmoralidad, y sobre todo la impudencia y la audacia. Yo ya estoy desengañado, y he palpado bien aquello de: otros vendrán que me abonarán.»

A consecuencia de los disturbios, la autoridad militar toma una actitud imponente, declara el estado de sitio, la constitucion se suspende, los revoltosos se amedrentan, y la ciudad recobra la calma. Don Marcelino puede entregarse sin recelo á sus paseos ordinarios; reina la mayor seguridad de dia como de noche; y así el cuitado elector va olvidando la escena de los campanillazos, gritos, garrotes y puñales.

Ocúrresele entre tanto hacer un viaje, y necesita su pasaporte. A la entrada de la casa de la policia hay numerosa guardia de tropa: Don Marcelino se va á entrar por la primera puerta que se ofrece, y el granadero le dice: «Atras.» Encaminase á la otra, y el centinela le grita en alta y destemplada voz: «Paisano, la capa.» Quítase el embozo, prosigue algo mohino, y los esbirros, que se resienten de la rigidez gubernativa, le dicen en ademan descortes: «no vaya V. tan aprisa; aguarde V. su turno.» Llegado á la mesa, el oficial le dirige mil preguntas investigadoras, le mira de pies á cabeza, como si sospechase que el pobre D. Marcelino es uno de los jefes del motin del otro dia. Al fin le entrega el pasaporte con ademan desdeñoso, baja la cabeza, y no se digna devolver el saludo que el viajero le dirige con afabilidad y cortesía.

El paciente se marcha muy disgustado, pero no piensa que aquella escena haya debido modificar sus opiniones políticas. Reúnese con sus amigos, la conversacion gira sobre las últimas ocurrencias, y se eleva poco á poco hasta la region de las teorias de gobierno. Don Marcelino ya no será absolutista del otro dia. ¡Qué escándalo, dice uno de los circunstantes, yo no puedo recordarlo sin detestar esas trampas! – Ciertamente, responde D. Marcelino, pero en todo hay inconvenientes; mire V., el absolutismo proporciona quietud, pero ¿qué sé yo? tambien tiene sus cosas. A los hombres no conviene gobernarlos con palo; y al fin es necesario no olvidar la dignidad propia. – ¿Pero la olvidan por ventura los que viven bajo un gobierno absoluto? – Yo no digo eso, pero sí que es préciso no precipitarse en condenar las formas representativas; porque no puede negarse que las absolutas tienen cierta rigidez, de que se resienten hasta las últimas ruedas del gobierno.

El lector conocerá que D. Marcelino, sin advertirlo siquiera, piensa en la escena del pasaporte; el rudo atras del granadero, el grito del centinela, paisano, la capa, la descortesia de los esbirros y del oficial, han bastado para introducir en sus ideas políticas una reforma de alguna consideracion.

Desgraciadamente el oficial de la policía habia llevado muy léjos sus sospechas. Librado el pasaporte, no pudo ménos de indicar á su principal que se le habia presentado un sugeto, de quien recelaba, segun las señas, no fuese uno de los que buscaba la autoridad. Sin saber cómo, en el acto de subir D. Marcelino á la diligencia es detenido, conducido á la cárcel, y allí se le fuerza á pasar algunos dias, sin que basten á libertarle las vehementes presunciones que en su favor ofrecen, un traje muy decente y cómodo, un cuerpo bien nutrido, y un semblante pacato. No se necesitaba mas para que acabasen de desplomarse con estrépito sus convicciones absolutistas, ya algo desmoronadas con el negocio del pasaporte. Lo brusco de la captura, lo incómodo de la cárcel, lo pesado y quisquilloso y ofensivo de los interrogatorios, bastan y sobran para que salga D. Marcelino de la prision con su liberalismo rejuvenecido, con su aficion á la tabla de derechos, con su odio á la arbitrariedad, con su aversion al gobierno militar, con su vehemente deseo de que la seguridad personal y demas garantías constitucionales sean una verdad. Su fe política es en la actualidad muy viva; en cuanto á firmeza, aguardad que vengan otras elecciones, ó que un dia de ruido le asusten las carreras y los gritos de la calle. Será dificil que las nuevas convicciones resistan á tan dura prueba.

Yaş sınırı:
12+
Litres'teki yayın tarihi:
25 haziran 2017
Hacim:
320 s. 1 illüstrasyon
Telif hakkı:
Public Domain