Kitabı oku: «Asja», sayfa 2
Helene había vuelto. Colocó la tetera sobre la mesa y apartó el cenicero y las tazas con mucho estruendo.
—Pobre Walter. Tu amado erudito… —entró en la conversación.
Ni siquiera la miraron.
—Mira que suicidarse… Me han contado que puso en peligro a quienes lo acompañaban. Su manía de no querer separarse de sus libros y papeles acabó con él. ¡Qué muerte tan estúpida…!
El parloteo de Helene, la brevedad desdeñosa de sus afirmaciones, esa manera de repetir como un eco «pobre, pobrecito Walter, qué cobarde, qué muerte tan estúpida…» fue el sonido de fondo del más grande, el más pródigo en consecuencias, el más definitivo hallazgo de la vida sentimental de Asja. Ella, la fría bolchevique, descubría, a medida que recuperaba el aliento, que tenía corazón, que había amado. ¡Había amado tanto a Walter…! Lo había amado durante casi treinta años; tanto, que sentía vértigo de pronto por no poder recordar ni el color de sus ojos; tanto, que se le cayó el libro de las manos.
Le temblaba la barbilla y tenía los ojos humedecidos. Asja siempre había sabido qué hacer con el espacio. Marcharse lejos. Escapar. Pero ahora no sabía qué hacer con todo ese tiempo que acababa de calcular ni con la grosera actitud de Helene. Aquella noticia y el modo en que la había recibido eran un sarcasmo del destino, un monstruo astuto y traicionero con fauces, un horno que acababa de incinerar las fuerzas de Asja.
Pero reaccionó. Agarró a Helene del brazo.
—Heli, no te permito… ¿Cómo te atreves? ¡Qué sabes tú! ¿Y si no fue cobarde? ¿Y si nada fue como lo imaginas entre nosotros?
—Querida, no te pongas así conmigo. —Helene tenía miedo, y por eso atacó—: Tú fuiste la que peor lo trató. ¡No sé a qué viene esta reacción!
Bertolt negó con la cabeza, se ajustó las gafas con el índice manchado de nicotina y se incorporó de su butaca para tomar las manos de Asja y apartarla de su esposa. Estaban heladas.
—Déjalo ya, Heli, ¡no es el momento!
Helene tenía información para humillarla. Eso era lo malo de haber tenido esa amistad extraña con ella, esas eran las consecuencias de tantas confidencias. Era como haberle entregado una pistola y haberse sentado a esperar a ver si apretaba el gatillo. Y sí: Asja le había dado munición de sobra.
—Bertolt, ¡no me grites! Sinceramente, os excedéis conmigo. Solo decía que Walter gozaba, efectivamente, de gran prestigio entre quienes le frecuentamos, pero era un perdedor... —Le ardían las mejillas—. ¡Anda, esto me pasa por ser sincera! ¡Calmaos y no me miréis así!
—¡Cálmate tú, Helene! —la reprendió Asja, con una mirada fulminante y la voz quebrada—, y no pretendas darme lecciones de sinceridad. ¿Qué tal si dejas tú de criticar a tu marido a sus espaldas, por ejemplo?
Un golpe bajo.
Bertolt miraba al frente y seguía con las manos de Asja entre las suyas. Ambos tomaron conciencia de la música que había sonado todo el tiempo: era jazz. Helene, en cambio, se colocó las manos sobre la boca, se levantó y escapó abochornada a la cocina. Había dado un portazo.
Los detalles no estaban sirviendo de mucho. Brecht prendió un fósforo para su cigarro, sin llegar a hacer tampoco nada con él.
—Disculpa, Asja. No pensaba que...
—Yo tampoco, Bert.
El frío que trepaba por las delgadas piernas de Asja se detuvo en el estómago. Recogió el libro del suelo y lo dejó sobre la mesa, sin mirarlo. Otra arcada. Cruzó los brazos con la cabeza gacha y no dijo nada.
—Lamento que te lo hayamos dicho así —se compadeció Bertolt— y tienes razón: Heli y yo hemos sido un par de idiotas. Poco sabe nadie de por qué se quitó la vida en Portbou, qué pasó... Sus hermanos, Georg y Dora, fueron hechos prisioneros y también están muertos, y la última vez que vi a Walter fue en mi casa, en Dinamarca, y discutimos. De eso hace ya casi veinte años…
Había invitado a Walter a casa y este se presentó al cabo de un año, muy mal vestido, más delgado. Según Bertolt, se había convertido en un hombre viejo con camisa ajada, corbata arrugada, pantalones de dos tallas menos, pero con la cadena del reloj de oro de su padre: casi lo único de valor que había logrado conservar a pesar de las penurias. «Walter, tendrías que hacer algo para ganar dinero; no sigas así», le dijo; pero él tenía una opinión diferente. «La solución no es trabajar más, Bert, sino dejar de trabajar para el capitalismo.»
—Estaba irascible y paranoico. —Como bien sabía Asja, ambos eran expertos en buscar querella por motivos de poca envergadura—. Dijo que mi obra ayudaba a los fascistas, imagínate, y se empeñó en llevarse a París los centenares de libros que Helene y yo le habíamos guardado durante años. Después apenas mantuvimos contacto. Esas reseñas y revisiones de piezas mías… Me enteré de su muerte por una absurda necrológica que publicaron en un periódico yidis. Ni que la hubiera escrito el gran Kafka: «Trágico suicidio del profesor Walter Benjamin, el famoso psicólogo universitario».
De camino a la estación, tras despedirse de Helene y Bert con todas las disculpas de que fue capaz por la desagradable escena que había protagonizado en su salón, y para escapar de la ansiedad, del sincero dolor de quien sabe que ha fallado de un modo irremediable, Asja respiró hondo, se secó los ojos y se sonó la nariz, la cara vuelta como un ávido girasol hacia los cuervos que giraban y giraban como esa impresión en la boca de su estómago. Ese caldo macabro, ese hedor de las plumas de los pequeños carroñeros que cazaban las compañeras de barracón menos remilgadas, y luego ¡a ver quién roía más aprisa los huesecillos! Junto a los cadáveres apilados del campo de internamiento, los cuervos habían llegado a ser casi tan abundantes como las ratas; nunca escaseaban. Los prisioneros se desmoronaban de hambre, la gente comía hierba, cola de carpintero, hervía el cartón y los cinturones, ¡y los libros!…
Un libro había propiciado el descubrimiento de la prematura muerte de Walter: un libro visto, vivido y soñado, un libro amontonado entre muchos otros, como la miseria de esa ciudad que había conocido luminosa y ahora estaba embrutecida, miserable. Todo, todo se resumía en esos graznidos acusadores y patéticos que le hacían sentir que cualquier movimiento, incluso el de los mechones sueltos sobre su frente, mecidos por la brisa, estaba saturado de infinito deber de redención. Ruinas por todas partes y así estaba ella: demolida. Y no, se dijo: no había sido en absoluto una muerte inadecuada, la de Walter, si consideraba convenientemente esa frase suya que recordaba tan bien: «¡Sobre un muerto nadie tiene poder!». Preferiría estar muerta. Había vivido equivocada aquella relación: no habían sido amigos. No. ¡O sí! ¿Por qué se sentía tan mezquina? Por supuesto, Asja tenía defectos, desde siempre: a veces era demasiado dura. Pero él la eligió y… Asja había estado sola toda la vida y, ahora que ya no podía, quería con todas sus fuerzas volver a él para dejar de estarlo. Ahora: justo cuando ya era imposible y los recuerdos eran un tornado que la arrastraba en completo desorden; uno en el que por fin cobraría sentido también esa palabra alemana —sucedía: la palabra se encendía en su mente como las bombillas tras los bombardeos—que él había explicado con extrema paciencia y simpatía, tan irresistible durante aquellas vacaciones que pasaron en Nápoles; esa que ella había dicho que sí, que la entendía, pero no. Sehnsucht. Cobraba sentido, parpadeaba, le hacía guiños. Ahora. Sehnsucht. Podía verlo. Significaba a la vez soledad y carencia, dijo Walter, añoranza y desamparo, y le recordó la cabeza repleta de alfileres. Dolía buscar a Walter en los recuerdos. Ahora, por fin, ese dolor de recordar la invadía, más feroz que el viento que agitaba las ramas semidesnudas de los árboles. Qué insistencia: sí, sí, Walter se había suicidado, sí, pero lo peor era que quizás Helene tenía razón. Por mucho que le rechinaran los dientes de rabia por haber tenido que escucharla, la evidencia tiraba de sus reflexiones para levantar el velo y poner al descubierto todo el amor y la angustia que se agitaban en su interior como una blasfemia: Asja lo había traicionado. Pese a su profundo afecto por Walter —tan parecido al afecto que había sentido en su vida por otras personas a las que juzgaba excepcionales y a las que también había perdido—, en definitiva, lo había tratado mal.
Walter y Asja. Durante décadas se habían cruzado para tocarse a veces, para hacerse cosquillas y arañazos, y ahora llevaba en el bolso el liviano libro de Walter que era ya lo único que había conservado Brecht de él en su biblioteca: eso y un pesado sentimiento de culpa que no le permitía andar sin encorvarse. Aquel libro… Era un guiño que escondía otros, y olores específicos, y el tacto, y las risas y las señales; a ratos cómplices y a ratos compartiendo solo unas anécdotas y no otras, un camino que nunca fue seguido por ambos de la mano, dos caminos, dos despropósitos... En momentos así, las posesiones se transforman en símbolos de nuestro júbilo, nuestras represiones o frustraciones. Bert le había dado el libro en el portal como si le entregara con él un último reproche infinito, y tan afectada se quedó Asja que había olvidado darle las gracias. ¿Cómo hablar? Apenas había podido pellizcarse con disimulo el labio con los dientes para no llorar, ansiosa por marcharse. Calle de dirección única, como sus pensamientos: una calle de dirección única que ya solo podía llevarla hacia Walter. Quizás era eso lo que él había querido expresar con ese título. Walter era ahora el único camino del que Asja lamentaba haberse desviado. «Tengo que hacerlo», susurró, como si decirlo en voz alta la ayudara.
Le esperaba un largo viaje para reconstruir todo aquello tras ese silencio consagrado a la acción que había sido su vida desde que había hablado con Walter por última vez: un largo viaje en ese mismo tren que, de haberlo tomado juntos veinte años atrás, podría haber salvado a Walter. ¡No era posible! ¡Lo que daría por otra tarde en sus ojos! Desde que lo conoció en Capri, en 1924, y mientras aún no sabía que lo amaba —que fue prácticamente todo el tiempo—, había sentido una oleada de calor, pero, ajena a las señales, apenas había intuido que el verano en Capri sería menos aburrido de lo previsto. Sin embargo… Walter le cambió la vida. Y a ella le había parecido de una enorme futilidad aquella relación, y había actuado en consecuencia. Había creído saber lo suficiente de él y de sus sentimientos, sin prestarles atención ni a él ni a lo que sentía: ahora acababa de comprenderlo. ¡Se había equivocado tanto…! Tantos años... Intercambiaron centenares de cartas. Se habían hecho todo tipo de confidencias. Misivas perdidas para siempre en Rusia, en Berlín, en París. Confidencias que no había valorado.
Hasta esa tarde, Walter había sido un hombrecito en ocasiones molesto que señalaba con el dedo las taras tanto del futuro revolucionario que ella y Brecht perseguían como de la vida aventurera que Asja defendía. Y en un instante todos esos años de arrogancia se habían diluido y ahora, por fin, tomaba conciencia de las gafitas redondas detrás del dedo de Walter y, detrás de ellas, de esos ojos melancólicos que habían parpadeado frente a los suyos unos cuantos miles de veces. Todo en ella era arrepentimiento. Recordaba sus efusiones un tanto angustiadas cuando ella lo había desairado, pero no podía recordar su mirada. Habían viajado juntos, habían reído y llorado, la había abrazado desnudo durante horas tantas noches y, sin embargo, a Asja le costaba evocar el color de sus ojos. No podía haber nada más desgarrador que aquella sensación de que Walter había pasado por su vida para dejar apenas el rastro plateado de un caracol.
Ahora que ya no podría verlo más era cuando se daba cuenta del descuido con que había alternado con él. Walter estaba muerto y ella era quien más lo había maltratado, quien había hablado de él con mayor desdén. Ignorado, escarnecido… Tener que comprenderlo tan de repente dolía.
Le costaba respirar. Se sintió tentada de volcarse en la autocompasión y, como un perro que hubiera perdido el hueso, escarbaba aquí y allá en su memoria. ¿Cómo era Walter? Tenía que saberlo. Pero era lo mismo que preguntarse cómo era ella. Endurecida, siempre enferma en sus afectos y al borde de la locura de continuo, Asja había llegado a creer que podría ser despreocupada eternamente: pero no; incluso superficial para siempre: pero no; que nada tendría consecuencias: pero ahora… ¡vaya si las había! Las consecuencias se le clavaban en las costillas.
Lo había amado mucho. Y aún lo amaba.
Había recibido esa revelación insoportable de Brecht junto con la de Helene de que ella había sido quien menos había merecido a Walter. Culpa. Culpa insoportable. Y no era eso tampoco. ¡Si solo fuera eso…! No sabía lo que era, pero había mucho más. No sabía por dónde empezar a desenrollárselo del cuello, del estómago, del pecho, porque era inmenso; invadida por algo que no era culpa y no tenía nombre aún. No. Y sí lo tenía. Era una indecible ternura. Asja y Walter habían dialogado como águilas, cada uno desde el borde de su precipicio. Se habían amado así, al vuelo, porque ella se empeñaba en no amar a nadie, escéptica, fanática. Los ojos de Walter y su paciencia infinita con Asja.
Esperó casi dos horas en el andén y, por más que se esforzó, solo se le aparecía un rostro con los ojos cerrados. Podía situarlo en Portbou, pero qué más daba. Los tendones del cuello se le tensaban de impaciencia: quería recordar los ojos de Walter. Se sacudió la punta de los zapatos para retirar unas motas de barro seco como si le fuera la vida en ello y susurró que iba a ir a por ellos, que iba a remontar la corriente de los recuerdos. Sí, eso estaría bien. Sería ese un acto de amor para iluminar mejor a aquel Walter a quien no había logrado enfocar nunca, al que hasta esa misma tarde se había empeñado en no ver. Sería esa una forma de agradecerle lo que había en ella que había sido él.
Berlín, 1900
Hacia Watt
Quien fuma exacerba la respiración. La inhalación se vuelve profunda, y en consecuencia, la exhalación, como cuando suspiramos. Cabría preguntarnos, entonces: ¿por qué suspiramos? Eso se preguntaba Asja una y otra vez. ¿Y por quién? Eso sí lo sabía. Las circunstancias adversas como disculpa, pero, luego, la mala conciencia: un trágico sentimiento de culpa. Tachó el primer párrafo. Walter. Tachó el segundo y los reproches que habían empezado a emerger. Con lápiz rojo, como cuando corregía los diálogos de sus obras de teatro y miraba el horizonte de enfrente como si buscara un interlocutor. Volvió a comenzar por el principio. Escribió «no, no hay línea recta ni carretera iluminada hacia quien te ha dejado. Hay que escarbar y además es escurridizo».
También cuando Walter vivía había que mirar muy atrás para llegar a él. Necesitaría emborronar muchas hojas en blanco para alcanzarlo, con sus gafitas que todo lo veían, y para comprenderlo, a él que todo lo comprendía. Demasiado. Lo primero que Asja debía tener en cuenta era de dónde venía Walter, y hacerlo sería, con toda probabilidad, asomarse a un pozo sin fondo. Estaba lista. Asja sintió vértigo pero estaba lista. Vértigo del Walter que se había quedado atrás, de todos esos recuerdos pálidos, deslavazados, hechos una ruina, de la infancia de Walter que él mismo le había relatado tantas veces.
Sentía el sudor frío en la frente. Le vendría tan bien un descanso, unos días… Pero no quería esperar: no había prisa para regresar a ese pequeño mundo de siempre de pensar en sí misma. Hizo cola. Había entrado en una papelería de la plaza de la estación y había elegido un cuaderno de muchas páginas. Si la tendera no se daba prisa, perdería el tren de regreso a Moscú.
Dos monedas. Pensó en el trayecto que la esperaba. El cambio. Un sobre y unos sellos para Bert. Deberían haber conversado más. Sería un viaje incómodo y largo y pesado; casi cuatro mil kilómetros: la distancia perfecta para rumiarlo todo desde el principio, tomar notas, rescatar imágenes, cartas y conversaciones, lo que ella le había respondido; recuperar de cada instante detalles de esa época lejana pero intensa que habían compartido.
Con los oídos obstruidos por el repiqueteo de las ruedas sobre la vía, Asja se dijo que sería como si lo sacara todo de un pozo y luego lo limpiara y ordenara en el regazo con la pulcritud del buscador de tesoros. Lo que él le había desvelado y habían descubierto juntos, anécdotas sutiles como el polvo sobre los muebles de una casa abandonada, emociones e interpretaciones.
Interpretar. Ahí era donde debía mantenerse en guardia si quería ser fiel a la verdad. Su experiencia en teatro representaba una ventaja: sabía que se recuerda del único modo que se puede, que se impregna todo así de interpretaciones, que se contamina; ya lo vería. Quizás, cuando hubiera terminado, se lo daría a Brecht para que la ayudara a revisarlo.
* * *
Dicen que todas las historias hay que comenzarlas por el principio… Los primeros momentos de la vida de Walter que él había compartido con Asja se remontaban a 1900 —un tiempo que él recordaba dorado y de una tediosa calma—, a un día cualquiera de alguna primavera del pasado.
Entonces, le gustaba decir a Walter, los europeos aún tenían buenas razones para confiar en el futuro. Desde la guerra franco-prusiana había habido una expansión de la producción y la riqueza, los alimentos eran mejores y más baratos, la higiene y la medicina habían experimentado avances espectaculares y la rapidez de la correspondencia —telégrafo público a buen precio incluido— permitía una comunicación más eficaz entre los países.
Era difícil pensar entonces que Europa se encaminaba hacia el abismo.
—Que los envidiosos envidien.
Este fue el lema del padre de Walter a la hora de encargarle al maestro de obras el diseño de su nuevo hogar. Algo así como su escudo de armas.
De estatura media, grueso, pelo castaño y difícil que le daba un aspecto corriente si no iba tocado con su perenne sombrero de hombre elegante, el señor Emil Benjamin deseaba parecer a toda costa un dandi y había trabajado duro durante la juventud para lograrlo. Había triunfado y ahorrado e iba a sufragar una vida de ciudadanos impecables para él y su descendencia: se había convertido en un tiburón de las finanzas. Era, en definitiva, el más claro ejemplo de capitalista europeo que se pudiera imaginar.
Emil era hijo de padres adinerados de origen askenazi, liberales y perfectamente integrados, así que había estudiado bastante, pero como lo que le atraía de veras era moverse en los ambientes refinados, poco le había aprovechado. Mimado y mimoso, se había volcado en dejarse ver en los mejores restaurantes y por eso no era precisamente un hombre instruido. Era uno que tocaba el piano con dos dedos sin pudor, malcriado por su madre en Colonia; uno afortunado que logró pronto un puesto de banquero en París.
Tras hacer fortuna, se había mudado a una de las zonas más acomodadas de la capital alemana para casarse y fundar una familia, con una damisela bellísima y tan supuestamente refinada como él —quizás un poco más— a la que no amaba, que iba a quedarse en casa y a consagrar su actividad a vigilar y dirigir las labores del hogar, a cuidarlo, a fabricar y alimentar a sus hijos… De ese impecable acuerdo burgués provenía Walter, el primogénito. Un niño de ojos grandes y mentón pequeño, enfermizo. Un muchachito que llevaba con unción el pesado orinal, pero que, en realidad, era un rico coleccionista de mariposas, sellos y cromos que odiaba a la nurse parisina, un visitador ocasional de tías viejísimas y un espía que para leer escogía rincones discretos, temeroso, mientras a Emil apenas se lo veía pasar de camino a sus asuntos.
Pauline, la madre de Walter, era también enfermiza y trece años menor que Emil, así que el cabeza de familia no puso ningún reparo en que la abuela materna de sus retoños —Brunelle Meyer, viajera empedernida que había llegado al desierto africano y tomaba varios trasatlánticos al año— viviera con ellos, con la condición de que la suya tuviera también su habitación.
La villa de los Benjamin era tan espaciosa que podrían haberse instalado en ella más familiares, de haberles parecido preciso. Cuando su madre estaba en casa, Pauline era risueña, pero, poco a poco, a medida que los viajes se iban sucediendo y pasaba cada vez más tiempo a solas con su suegra, su carácter se fue volviendo más agrio.
—Te felicito, hijo, tiene la piel sonrosada: el punto justo de un rosbif.
Pauline Schönflies se sentía como una mercancía comprada a buen precio también cuando oía a su suegra contar a las visitas que aquella boda había sido un acierto por la dificultad innata para quejarse que tenía Pauline. Sí: ni la anciana señora Benjamin ni Emil disimulaban que habían elegido a Pauline por eso y por ser de buena familia, una muchacha a la que sus padres habían dado paciencia de santa y varios idiomas. Le habían enseñado a hacer postres, servir el té y tocar el piano con soltura y no esperaban absolutamente nada más de ella. Cada mañana —un ritual—, Emil leía el periódico mientras tomaba un café muy aguado y casi eterno junto a su madre y la anciana se dedicaba a decidirlo todo con él y poco más. A hacer brillar los cabellos blancos con un reflejo azulado que ella misma se aplicaba con añil.
Pronto Pauline puso a Emil exactamente en su lugar.
—Emil, últimamente me dices que me quede en la cama cuando te levantas y te acuestas siempre mucho más tarde que yo. ¿Soy la única mujer casada que tiene esta sensación de ser tan insignificante? Empiezo a pensar que prefieres leer el periódico o salir de casa a hablar conmigo.
—¡Qué cosas tienes! —había respondido la suegra. Y asunto zanjado.
Pauline, para consolarse, se refugió en un discreto defecto. Por sí misma y tras dar a luz a su tercer hijo, una niña, se había aficionado a la lectura y, en consecuencia, se había vuelto huraña y un poco respondona. Emil, sin embargo, aseguraba que no había de qué preocuparse, por el momento. Así, la tristeza del matrimonio, cercada por pantallas de lámparas, pedestales, cojines y cortinas, fue germinando y trepando por las paredes, abonada por ambas partes. Y no: no era, ni mucho menos, que el señor Benjamin tuviera una amante, como sucedía en otras casas. Era mucho peor.
Tan rubia, tan perfumada, tan silenciosa, simplemente sucedía que Pauline era un fantasma sin densidad para el señor Benjamin y su madre y ni se les ocurría que tuviera que ser de otro modo.
Emil era viajado y cosmopolita, pero de carácter distante, como los espejos con el azogue agrietado del recibidor, y para ser feliz tan solo precisaba que sus éxitos hablaran por él, que sus propiedades le hicieran parecer más importante de lo que era. Obtenía notables beneficios en sus negocios. ¿Qué más podía desear? Sonrisas de mujeres hermosas y halagos de las que no lo eran tanto, nada más. Tanto su esposa como sus tres hijos, Walter, Georg y Dora, eran una inversión excelente… En definitiva, de puertas afuera, el matrimonio ofrecía una impecable imagen de éxito: él tenía garra para la prosperidad económica y Pauline compensaba la falta de estudios del señor. Apariencias. Había abierto una tienda de antigüedades, coleccionaba arte y tenían aquel vino tan caro y dormido, a la espera de revenderlo al mejor precio, en barricas de encina del Rin, en la bodega en la que llevaba miles de marcos invertidos.
Solo los más cercanos supieron ver que Pauline se había trastornado. Un día abrió los ojos: escuchó a los mozos que traían el carbón y bromeaban sobre mujeres con el señor Benjamin. Él reía a carcajadas, con las manos en los bolsillos del chaleco; su rostro bronceado y sus ojos dilatados brillaban de excitación. ¡Cuánto le disgustaron esa falta de discreción de su marido y aquellas carcajadas! Se volvió rígida y empezó a aplicar normas extrañas. Por ejemplo, ya que no podía imponérselo al padre, no dejaba salir a los niños a la calle más de tres veces al mes, y solo podían hacerlo acompañados de un adulto. Las calles no eran para ellos, decía: olían a puchero de carne y a leña quemada; los pobres parecían estatuas amenazadoras, las aceras, porcelanas resbaladizas, y había mujerzuelas, añadía, apoyadas en los portales, y niñeras sonrosadas y señoritas casaderas: todas esas pobres muñecas que formaban parte del mundo oculto de la burguesía, según las novelas que leía Pauline, horrorizada.
Walter y sus hermanos se dirigían a ella como «distinguida señora», en vez de llamarla «madre». Con ellos sí pudo imponerse a tiempo. Para cuando tuvieron uso de razón, ella ya se había convertido en una mujer de continuo molesta que dedicaba su tiempo a darles órdenes, a leer y a contemplar esas velas en vasos de vidrio que tardaban días en consumirse y que colocaba por todas partes. Pauline aseguraba que la gran mansión era oscura y fría, pero no dejaba abrir los portalones. Se sentía tan sola que tuteaba a sus criados, jugaba a las cartas con la doncella (que se dejaba ganar) y hablaba con el servicio externo con expresiones cariñosas (un verdadero escándalo). Los niños aprendían francés con la nurse y recibían clases extra de ciencias y de matemáticas entre las balaustradas, molduras y ventanas esmeriladas del hogar, mientras Pauline se ocupaba de supervisarlo todo al tiempo que bordaba una seda doblada sobre las rodillas o leía por enésima vez alguna de sus novelas románticas. ¡Y Emil salía tan a menudo de viaje de negocios…!
Hasta que un día, Emil, al observar que la falta de trato con niños de su edad y el aire libre había vuelto a sus tres hijos tímidos y pedantes, buenos estudiantes, pero silenciosos y asustadizos, la reprendió por tener descuidados a los pequeños en manos de nurses y profesores particulares y ella se volvió, airada, y le dijo que era hora de aplicar mano dura:
—Eres un desastre de marido, pero, como padre, eres aún peor que yo.
Lo dijo en presencia de los tres hermanitos. Sabían que los amaba, a su manera. Solo disgustaba a Pauline que el mayor fuera defectuoso, miope, aunque pronto descubrió que era el que más se parecía a ella, el único que consideraba un lujo el recogimiento y la soledad de la lectura. Era Walter un niño ensimismado como ella, capaz de decir que sí a todo y al que también se le había vuelto la mirada hacia adentro. Ojos astutos, increíblemente astutos, grisáceos tras los gruesos lentes.
—Menos mal de la literatura, ¿verdad, hijo? Es maravillosa —susurraba Pauline, moviendo los dedos como si cazara burbujas en el aire—, ¡consuela tanto con tan poco…!
En ningún lugar del mundo se afanó más una madre en perseguir las posibilidades de hacer a su hijo distinto a su marido, completamente distinto, lo que generó nuevos comentarios por parte del padre. Un padre y un enemigo.
Entonces Walter entornaba los pies y se miraba los zapatos.