Kitabı oku: «Los argonautas», sayfa 26
Reconocía Fernando, aparte de esto, que el enemigo más temible estaba dentro de él. Era la bestia adormilada en la soledad, que se encabritaba al husmear el perfume de Maud; la pureza forzosa por falta de ocasión, que se retorcía fieramente ante la curva tentadora, el largo contacto de las manos o las blancas suculencias enfundadas en seda negra o seda gris exhibiéndose tentadoras entre las faldas recogidas al remontar una escalera con voluntario descuido.
Ojeda dejábase vencer de nuevo con cualquiera de estos incidentes. Al llegar a tierra sería otro hombre, recobraría su fidelidad; pero aquí estaban en pleno Atlántico, y ¡quién sabría nunca lo que ocurriese!… Había que entregarse a su destino; seguir las sugestiones irresistibles del «gran impuro». Y Maud la dominadora le veía otra vez sujeto a su encanto atormentador. Se agitaba en torno de ella sumiso y suplicante, con alternativas de cólera y huidas de despecho que sólo duraban breve tiempo.
Se había creído por un instante libertado de tal servidumbre al conocer a Mina. Esta mujercita triste y enferma no era un peligro. Podía estar junto a ella sin que se alterase el equilibro de su tranquilidad. Mina, con su dulzura sentimental, parecía hermosear la existencia monótona de a bordo. Era un socorro para terminar sin remordimientos la travesía.
Pero Maud, como si adivinase sus pensamientos y temiese una concurrencia, había atacado desde el primer momento a la alemana. Felicitaba a Ojeda con una ironía cruel por su magnífica conquista. ¡Qué suerte! La mujer más fea y pobremente vestida del buque… Una especie de institutriz casada con un musiquillo borracho, del que se reían todos, hasta la turba de cómicos que iba con él.
En su burla despiadada no perdonó ni al niño: un gordinflón con pelo de cáñamo, el más sucio de toda la chiquillería del buque. Ella esperaba ver a Fernando llevándolo en brazos mientras hacía el amor a la mamá. Apostaba algo a que por la noche lo dormía en sus rodillas con acompañamiento de canciones y se preocupaba de cambiarle las ropas interiores.
Con la irritante injusticia de que sólo es capaz el despecho feminil, burlábase también de Mina como cantante. Se había tapado los oídos una tarde que cautelosamente se acercó a las ventanas del salón, cuando ella estaba en el piano y él de pie mirándola lo mismo que un tenor… ¡Y decían que esta infeliz, igual a una doncella de servicio, había sido una mujer hermosa y una grande artista!… ¡Y todos los éxitos de Ojeda en el buque consistían en haber inspirado tal pasión!… Debía felicitarlo por su buena suerte. Y para más ironía, Maud hablaba en francés con acento nasal: «Mes compliments, mon cher; tous mes compliments».
¡Pobre Mina!… Algunas veces, mientras hablaba Fernando con Mrs. Power, la había visto pasar cerca de ellos llevando de la mano a Karl. Fingía no conocerlos, torcía los ojos, pero se adivinaba en su gesto la amargura de la decepción. Y cuando Ojeda quedaba solo, ella parecía ocultarse, huyendo de reanudar sus conversaciones. Si en sus paseos por la cubierta se encontraban frente a frente, después de breves palabras Mina pretextaba una ocupación inmediata u obedecía el más leve tirón de Karl para seguir adelante.
A los ojos escrutadores de Maud no escapaba cierto hermoseamiento de la antigua artista, un mayor cuidado en el adorno de su persona.
–Fíjese, señor: su amada hace grandes gastos. Hoy va de blanco de pies a cabeza; un traje de piqué, planchado y almidonado; una verdadera coraza. Está elegante como una institutriz de su tierra… Tiene la cara menos verde, y deja un reguero de olor barato: habrá comprado polvos y perfumes en la peluquería del buque… Y todo por usted, grandísimo conquistador… Hasta lleva zapatos nuevos. No le veo los tacones gastados de antes.
Y Fernando, en el egoísmo de su deseo, acogía estas burlas con una satisfacción cobarde. Eran celos nacientes, que iban a servir para que Maud se mostrase al fin menos esquiva.
Aquella tarde, el humor de ella parecía menos irónico. La voz, algo velada, sonaba con lentitud melancólica; sus ojos estaban húmedos: le brillaban las córneas con una acuosidad excesiva, como si fuesen a derramar lágrimas. De vez en cuando estremecíase con violentos sobresaltos, lo mismo que si una mano invisible le cosquillease en la nuca. Cogida a la baranda, echaba el busto atrás, y luego se aproximaba a ella hasta tocarla con el pecho. Con esta gimnasia nerviosa acompañaba su charla y disimulaba un deseo de extender los brazos y desperezarse. Interesábase mucho por el curso del tiempo, que hasta entonces no la había preocupado. Preguntaba con ansiedad cuántos días faltaban para llegar a Río Janeiro, como si hubiese permanecido durmiendo y al despertar surgiese en su recuerdo la imagen de alguien que la estaba esperando.
–¡Faltan más de seis días!—exclamó con desaliento al oír las explicaciones de Ojeda—. Hoy es domingo, y no llegaremos hasta el sábado próximo. ¡Qué largo!… Casi una semana para ver a mi John…
Y con cierto sobresalto notó Fernando en sus palabras una gran sinceridad amorosa, un deseo vehemente de recién casada que vuelve al lado de su marido después de la primera ausencia.
En las grandes ciudades de los Estados Unidos, los negocios habían ocupado su pensamiento de mujer práctica y calculadora; después, en París, se había aturdido con la alegre vida de sus compañeras. Pero ahora, en el buque, llevando una existencia de inercia, sin preocupaciones, sin amistades, con largos encierros en el camarote para evitarse el trato de las gentes, la imagen del esposo resurgía en ella con una irresistible novedad, acompañada de estremecimientos largo tiempo olvidados. Además… ¡el calor ecuatorial! ¡la asfixia que se apoderaba de ella a ciertas horas de la noche, oprimiendo su pecho, haciendo zumbar sus oídos, desarrollando ante sus ojos cerrados una cinta de visiones inconfesables, interrumpidas al fin por el sueño!… ¡Ah, John! ¡Pobre grandote, cómo deseaba verlo!…
Torció el gesto Fernando al escucharla decir esto con la mirada perdida en el Océano y una voz monótona de sonámbula. ¡Bonito papel el suyo!… Y saludando irónicamente, anunció que iba a retirarse para que pensase a solas en la próxima entrevista con su esposo.
–No; quédese—ordenó ella—. Tiempo tengo de acordarme de él… Hablemos… Dígame esas palabras bonitas que usted sabe decir y que parecen de comedia: exageraciones, mentiras, cosas de hidalgo que habla de morir si no lo aman.
Después de esto, Ojeda creyó tener a su lado otra mujer, como si se hubiese roto la coraza de hielo tras la cual se había mantenido hasta entonces, irónica y hostil, y de los fragmentos de la rota defensa acabase de surgir algo cálido y vibrante que iba hacia él con la humildad de la hembra que anhela ser vencida.
Pasó por cerca de ellos la alemana con su niño de la mano. No los miró, pero la mirada de Maud fue a ella: una mirada agresiva, de cólera mortal, que pareció clavarse en su espalda. Fernando recordó que así miraba la otra; así eran los ojos de Teri cuando en sus viajes le inspiraba celos una compañera de hotel.
Los ojos de Mrs. Power, cuando dejaron de ver a Mina, volviéronse hacia Fernando con una avidez de posesión. Sonreía escuchando las palabras de su acompañante, su angustiosa súplica, como si pidiese algo imprescindible para la continuación de la existencia.
–Tal vez mañana… tal vez nunca—dijo ella sonriendo con su coquetería cruel, que a Ojeda le pareció forzada esta vez, adivinando más allá de las frías palabras un principio de emoción.
Luego, como si temiese perder la serenidad y decir demasiado, se apresuró a separarse de Fernando. No se podía hablar con él: siempre pidiendo lo mismo. Se retiraba al camarote. Era demasiado atrevido en sus palabras, y había que cortar la conversación.
–A la noche hablaremos, si es usted más juicioso… Por allí viene su amigo; ya tiene compañía… No ponga usted esa cara tan triste. Tenga confianza en la suerte… ¡Quién sabe!…
Y se alejó riendo, burlona y tentadora a la vez, mientras se aproximaba Maltrana llevando sobre el traje de hilo una capa impermeable. Se detuvo en un espacio de la cubierta bañado por el sol, y allí quedó inmóvil, tembloroso y pálido, gozando con visible deleite del ardor ecuatorial.
–De aquí no paso—dijo—. Si quiere usted algo, acérquese.
Ojeda le obedeció, extrañando el bizarro aspecto que ofrecía con aquella capa sobre el traje ligero, tembloroso de frío y buscando el calor del sol cuando todos en el buque sentíanse angustiados por la temperatura asfixiante.
–¿De dónde viene usted?…
–Del Polo—contestó Maltrana.
Tendía sus manos al sol, volvía el rostro para sentir el calor en ambos lados, y al fin se despojó del impermeable y lo abandonó en la baranda, prefiriendo a la tibieza de su envoltura los rayos directos del astro.
–Deje que me caliente un poco. No me mire así. A usted le extrañará verme con este aspecto de gato friolero, buscando el sol cuando todos sudan… Pero ¡cuando le digo que vengo del Polo!…
Poco a poco fue Maltrana explicando su misteriosa expedición. Venía de lo más hondo del buque, de los frigoríficos, donde eran guardados los víveres. Esto únicamente podía verlo él, que gozaba de buenas amistades. Para conservar la baja temperatura de dichos almacenes, sólo los abrían muy de tarde en tarde, y él había aprovechado la oportunidad de la extracción de comestibles destinados a la fiesta del día siguiente, bajando a visitarlos con sus amigos de la comisaría.
–¡Lo que viene con nosotros, Ojeda!… ¡Y yo, infeliz, que en otros tiempos admiraba las tiendas de la calle Mayor en vísperas de Navidad!… ¡Lo que comemos y bebemos durante el viaje! ¿Sabe usted cuánta cerveza llevamos con nosotros? Mil doscientos toneles. Eso se dice con facilidad, pero hay que verlo… ¿Sabe cuánto vino? Doce mil botellas. También se dice esta cifra con facilidad…
–Pero hay que ver las botellas—interrumpió Ojeda burlonamente.
–Eso es: hay que verlas juntas con los toneles; una enorme bodega; lo necesario para emborrachar a todo un pueblo… Y resbalando sobre el Océano vienen con nosotros toneladas y más toneladas de harina, montañas de cajas de conservas y de extractos; aves, pescados, bueyes, ¡qué se yo!… Todas las reservas de una ciudad sitiada.
Describía el viaje por las entrañas lóbregas del buque, su descenso al infierno… de nieve, llevando como virgiliano guía a su amigo don Carmelo. Escaleras mojadas y resbaladizas; paredes que lagrimeaban; luces eléctricas veladas y mortecinas bajo el halo irisado de la humedad; gruesos caños conductores del frío a lo largo de los muros. Primero habían entrado en almacenes donde la frescura todavía resultaba tolerable. Isidro había sentido allí una satisfacción egoísta y maligna pensando en los buenos amigos que sudaban y jadeaban en la cubierta de paseo.
Metíase el frío cosquilleante y travieso por todas las aberturas de las ropas, despertando agradables estremecimientos. Los de la comisaría llevaban gruesos abrigos y capas impermeables. Él reía petulantemente, orgulloso de afrontar con su trajecito blanco estas temperaturas.
Subían y bajaban escaleras; serpenteaban por intrincados corredores bajos de techo, angostos, con muros de acero, semejantes a los pasadizos de un acorazado. En un departamento las verduras y las flores; en otro las frutas: pirámides de manzanas y naranjas, racimos de plátanos, regimientos de piñas alineadas en los estantes como soldados barrigudos acorazados de cobre y con penachos verdes. Un perfume de gran mercado surgía a bocanadas por las puertas: perfume de flores que agonizan lentamente, de frutas y verduras detenidas en su fermentación por la catalepsia del frío, de vinos y cervezas agitados en sus encierros por la continua inestabilidad del buque.
–Llegamos al fin a los frigoríficos—continuó Maltrana—. Unas puertas que tienen de grueso casi tanto como de alto, unos dados de acero que giran ligerísimos sobre sus goznes y se abren y cierran lo mismo que las culatas de los cañones… Crac: una vuelta de muñeca y todo queda justo, acoplado, sin la menor rendija. Al ser abiertas, entra el aire exterior y se condensa instantáneamente, formando un humo blanco junto a las lamparillas eléctricas: algo así como si lloviese sal o hielo molido. Un espectáculo fantástico, Ojeda… Al principio sólo se siente frío en los pies; luego sube y sube el maldito entre el pantalón y la pierna, y a los pocos momentos cree uno que va calzado con polainas de hielo… ¡Y qué «paisajes» se ven en esas profundidades!
Evocaba Isidro el recuerdo de los enormes cuartos de buey rojos y amarillos, con la grasa congelada de su goteo formando estalactitas. Tenían estas carnes la densidad de las cosas inanimadas: una dureza de piedra. Daban la sensación a la vista y al tacto de enormes mazas prehistóricas, con las cuales se podía hendir el cráneo de un elefante.
–La sala del pescado es un paisaje polar. Rocas de hielo amontonadas, y en el interior de estas masas de cristal turbio están los peces de mil formas. Parecen harapos petrificados, tan adheridos a su encierro, que hay que extraerlos a puro hachazo… Las aves, puestas en estantes, las creería usted de cartón piedra, como las que se exhíben en las cenas de los teatros. Da uno con los nudillos en la pechuga de un pavo, y suena lo mismo que un tambor o un cráneo hueco… Y toda esta piedra, este cartón, cuando sale de su encierro se convierte en algo apreciable. Porque usted reconocerá, Ojeda, que aquí no comemos del todo mal.
Él, que deseaba con tanto ahínco visitar esta sección del buque, se había apresurado a huir, tiritando bajo un impermeable facilitado por la piedad de don Carmelo. Sentía recrudecerse su frío al recordar los tortuosos corredores con baldosas rayadas que chorreaban líquida humedad por todas sus ranuras; las puertas de quicio profundo, iguales a ventanas, por las que había que pasar agachando la cabeza y levantando mucho los pies; las enormes cañerías blancas conductoras del frío cubiertas con un forro de hielo, erizadas de agujas de congelación, que brillaban lo mismo que diamantes bajo las luces difusas.
–Mejor se está aquí, Fernando… ¡Bendito sea el calor!… Pero hay que reconocer la importancia de esa invención, que pone el frío al servicio del hombre y permite morir congelado lo mismo que en el Polo estando en pleno Ecuador. Abajo me acordaba de los argonautas españoles que en estos mares vendían los calzones por un vaso de agua tibia… ¡Y nosotros que bebemos fresco a todas horas!… Venga más hacia aquí, Ojeda; yo necesito calor y huyo de la sombra.
Le molestaba un bote de la última cubierta suspendido sobre sus cabezas, que repelía el sol o le dejaba paso, siguiendo el lento vaivén del buque.
Se acodaron los dos amigos en el balcón de la terraza del fumadero, viendo a sus pies los emigrantes septentrionales que llenaban la explanada de popa. Maltrana había estado entre ellos un buen rato antes de bajar a los frigoríficos.
–Crea usted que se necesita valor para permanecer entre esas gentes. A pesar de la temperatura, conservan sobre el cuerpo los gabanes de pieles de carnero, los gorros de astrakán. Todas estas pelambrerías, así como las barbas, parecen hervir bajo el sol. Y añada usted los desperdicios de la comida que fermentan; los cuerpos que humean… Dos veces al día, los marineros inundan la cubierta; pero a pesar del mangueo, al poco rato esa parte del buque huele a demonios.
Un ardor belicoso se había despertado en los emigrantes de popa, impulsando a unos contra otros. Los rusos jóvenes, de barbas de oro y camisas rojas, boxeaban con los alemanes de brazos nudosos y blancos. Se veían narices quebradas exhibiendo los remiendos de unas tirillas puestas en la farmacia. Los más forzudos exhibían con orgullo sus bíceps adornados con tatuajes azules. Un gigantón paseaba entre los grupos, devorando con mordiscos de fiera un mendrugo cubierto de carne sanguinolenta y cruda, alimento excelente, según él, para conservar la fuerza.
Todas las tardes bajaba a la enfermería algún luchador con el rostro entumecido y desfigurado. Ahora, los marineros exentos de servicio acudían a la explanada de popa, atraídos por el brutal interés de estas peleas. Ya no gustaban de la sociedad de los «latinos» acampados en la proa. Encontrábanse desorientados entre los españoles, italianos y árabes, demasiado gritadores e ininteligibles para ellos. Preferían los hércules silenciosos, las mujeres pelirrojas, con faldas cortas de bailarina, botines altos y un pañuelo escarlata en forma de tejadillo sobre los ojos pobres de cejas.
Maltrana abandonó a su amigo. Sentía la necesidad de relatar el interesante descenso a los frigoríficos «a sus muchas amistades», o sea a todos los pasajeros que podían entenderle.
El toque para la comida, que se daba en plena noche al principio del viaje, con los focos de luz inflamados, sonaba ahora cuando el sol estaba todavía en el horizonte.
Los que esperaban el mágico espectáculo de su puesta reunidos en la última toldilla, tenían que renunciar a la diurna apoteosis, corriendo a los camarotes para vestirse apresuradamente y no llegar con retraso al comedor.
Ojeda, al sentarse a su mesa, vio que estaba sin ocupar la inmediata, que era la de Mrs. Power.
–Hoy no come aquí—dijo Maltrana con su autoridad de hombre bien enterado de todo lo que ocurría en el buque—. La han invitado sus compatriotas, esa yanqui fea que canta, y su marido, el de la chaqueta de clown… Aquí se invitan unos a otros, como si la comida fuese distinta. Una botella extraordinaria de champán es todo el obsequio… Levántese un poco y la verá.
Incorporándose, columbró Fernando por entre las cabezas de la mesa inmediata la cabellera rubia cenicienta de Maud.
Isidro preguntó a Munster por el doctor Rubau. Nadie le había visto. Continuaba metido en su camarote, para solemnizar con este encierro el doloroso aniversario.
La música sonaba, como todos los días, a las puertas del comedor; la lista de platos era la ordinaria; el salón no tenía adornos, y sin embargo las gentes se miraban con aire interrogante. Flotaba en el ambiente una promesa misteriosa: seguramente iba a ocurrir algo. Y la presunción de un suceso desconocido alegraba las miradas y provocaba las sonrisas. Hombres y mujeres parecían haber retrocedido a la infancia en esta vida de aislamiento y monotonía azul.
A los postres, las damas saltaron nerviosamente en sus sillas, ahogando un grito de susto; muchos hombres se estremecieron, con la nerviosidad que despierta un estrépito inesperado. Sonó junto a una ventana del comedor un rugido de fiera rabiosa, un baladro amplificado por el tubo de una bocina. A continuación, el tableteo de varios rayos imitados con choques de latas y las sinuosidades de un trueno repiqueteado sobre el parche del bombo.
Todos los ojos se volvieron hacia la entrada del comedor. Alguien iba a llegar. Y en el marco de una puerta apareció un espantable y grotesco personaje, un mascarón negro y rojo. Su avance entre las mesas fue acompañado de grandes risotadas y movimientos de repulsión de las señoras, que evitaban su contacto.
Vestía una túnica negra, una especie de sotana con ancha faja de algas verdes, de la que pendían numerosos pescados crudos y sanguinolentos, procedentes de la cocina. Otro círculo de algas coronaba su peluca bermeja, y entre esta peluca y las barbazas de inflamado color ensanchábase el rostro rubicundo, carrilludo, granujiento, una cara de borracho perseverante y bondadoso como las que se ven en las muestras de las cervecerías. Apoyábase al andar en un tridente que tenía varias sardinas ensartadas. Colgaban sobre su pecho dos botellas de vino unidas en forma de gemelos, y al detenerse entre mesa y mesa, echaba mano a este grotesco instrumento, y con los ojos puestos en los golletes exploraba el comedor, como si buscase a alguien.
–¡Capitán!… ¿Dónde está el capitán?—preguntaba con voz ronca.
Despojábase de los pescados de su cintura para repartirlos en las mesas, y las mujeres chillaban al sentir en sus manos la frialdad blanducha y viscosa de estos presentes.
Así avanzó por todo el comedor, seguido de la risa inacabable de los buenos germanos, que encontraban este espectáculo de una gracia irresistible. Y su hilaridad ganó a los demás, dispuestos de antemano a alegrarse con todo lo que alterase la vida uniforme de a bordo.
En fuerza de pasar entre las mesas y mirar con su aparato óptico, dio con la que ocupaba el comandante del buque, y apoyándose en el tridente, empezó un discurso en alemán, con voz ruda y autoritaria:
–Yo soy Tritón, y me envía mi señor Neptuno…
Los alemanes acogieron con estallidos de regocijo las palabras del mascarón, repitiéndolas traducidas a los vecinos que no podían entenderlas.
Neptuno, al ver desde sus profundidades que un buque iba a pasar la línea ecuatorial, entrando en el otro hemisferio, enviaba a su emisario Tritón para que los pasajeros que efectuaban por primera vez la travesía le rindiesen pleito homenaje sometiéndose a la ceremonia del bautizo. El discurso iba acompañado de alusiones al mareo de los viajeros, al tributo que sus estómagos trastornados rendían al inmenso azul, para mejor alimento de los peces; y cada chiste que el marinero disfrazado iba soltando, como una lección aprendida de memoria, lo saludaba el público con carcajadas iguales a las de una escuela en libertad.
El capitán debía entregar la lista de todos los pasajeros que no habían sido bautizados. Al día siguiente subiría Neptuno con su corte para la gran ceremonia, y mientras tanto, dos representantes de la fuerza armada del dios iban a quedar en el buque para que ninguno de los neófitos pudiese huir.
Se llevó el emisario una mano al pecho en busca de un pito marinero, lo hizo sonar, e inmediatamente entraron en el comedor dos gendarmes alemanes de ridícula traza, con el casco abollado y pequeño para sus cabezas enormes, levitas angostas, pantalones cortos y un sable herrumbroso batiéndoles el flanco. La gente, al verles aparecer, rio con más espontaneidad que en la entrada de Tritón. Sus caretas de corto perfil y bigotes de cepillo les daban aspecto de dogos enfurruñados y una lejana semejanza con Bismarck.
Entregó el capitán a Tritón un sobre sellado que contenía la lista de los candidatos al bautizo, bebieron juntos una copa de champán, y luego, seguido de los gendarmes, se retiró el enviado neptunesco, otra vez con acompañamiento de temblor de latas y estrépitos de bombo.
Muchos pasajeros abandonaron el comedor apresuradamente. Había que ver la partida del emisario, su vuelta a los dominios oceánicos para dar cuenta al dios de la comisión realizada.
Amontonóse la gente en las bordas del paseo. El Océano estaba iluminado con fantásticos reflejos: era blanco, después verde, y al final rojo. De la cubierta de los botes goteaba sobre el mar el ígneo azufre de las luces de bengala. Las ondulaciones atlánticas tomaban bajo este resplandor de incendio que rodeaba al buque el aspecto denso del metal en ebullición. Más allá de esta zona de luz temblorosa, que coloreaba grotescamente los rostros y hacía palpitar los ojos con desordenadas vibraciones, extendíase la noche tropical, solemne, tranquila, con sus aguas obscuras pobladas de caracoleantes fosforescencias y su cielo límpido, en el que asomaban sonrientes un gran número de astros nuevos rodando en el misterio.
Sonó en el mar el ruido de un chapuzón, y una luz balanceante comenzó a apartarse del buque. Era Tritón que se marchaba. Un berrido a proa y a popa de los emigrantes, que sólo de lejos participaban de la fiesta, saludó la fingida retirada del personaje submarino. «¡Adiós, borracho! ¡Expresiones a Neptuno!…» La boya, con su farol, salió del espacio iluminado por las bengalas. Su luz se hizo cada vez más diminuta, absorbida por el misterio negruzco del Océano. Parecía huir a impulsos de oculto motor; escondíase en las largas curvas de las olas y brillaba luego en las cimas, como una estrella caída, para resbalar de nuevo hasta el fondo de otro valle. La gente se cansó de seguirla con los ojos, y fue esparciéndose por el paseo y el jardín de invierno, donde aguardaba el café humeando en las tazas.
Ojeda entabló conversación con míster Lowe antes de volver a su mesa, ocupada ya por Maltrana. El atlético mocetón, al despojarse por la noche de las chaquetas rayadas y gloriosas, no podía menos de adornar la solapa de su smoking con botones y banderitas de los clubs deportivos. Al ver a Fernando, rio con expresión maliciosa, mostrando su aguda dentadura, abundante en áureos rellenos.
–¡Qué señora Mrs. Power!… Hoy la hemos tenido a nuestra mesa; y ¿sabe lo que ha dicho?… Está enferma la pobre: el calor, la soledad, los nervios… Le ha preguntado a mi señora si podría prestarle su marido por un rato. Un favor entre amigas… Parece que no puede esperar más.
Revelaba con su risa la orgullosa satisfacción que le causaba solamente la posibilidad de que una dama como Mrs. Power pudiese ver en su persona un remedio.
–Es una broma nada más—continuó—. Esa señora es muy graciosa y nada hipócrita… Pero yo creo, señor, que a quien ella desea es a usted… Aprovéchese… Hágale ese favor.
Lowe, que no ocultaba el miedo que le infundía su mujer con los fruncimientos dominadores de su rostro acaballado, tomaba, al verse sólo con Fernando, el gesto malicioso de un hombre para el cual no guarda el mundo sorpresa alguna. Daba la buena noticia por compañerismo. Los hombres se deben entre sí estos informes. Tenía la obligación Ojeda de atender a una dama… Y hablaba del amor como de un servicio higiénico indispensable para la vida, y en el que pueden reclamarse las ayudas de la amistad.
Aquella noche no había nada extraordinario que alterase la vida de a bordo. El concierto atraía únicamente a los niños y criadas, que antes de acostarse formaban grupos en torno del círculo de atriles.
Los pasajeros, esparcidos por el paseo, comentaban las fiestas del día siguiente. Una repentina fraternidad los aproximaba a todos. Veníanse abajo las últimas diferencias sociales y patrióticas que los habían mantenido apartados en fracciones indiferentes u hostiles. Se notaba el deseo de comunicación y mezcolanza que remueve a todo un pueblo en vísperas de un acontecimiento nacional. Los majestuosos «pingüinos» ya no formaban grupo aparte y se confundían con «las potencias», que a su vez habían roto el círculo de su aislamiento hostil.
¡El baile del paso de la línea!… Las niñas hablaban de sus disfraces traídos previsoramente en los baúles o anunciaban improvisaciones originales. Las mamás, que hasta entonces se habían saludado con ceremonia, recordaban enternecidas a las amigas comunes que vivían en París y creían vagamente haberse visto en un té del Hotel Ritz o en una recepción-tango en los Campos Elíseos. Una matrona imponente detenía a Conchita con súbita amabilidad.
–¿Y usted no se disfraza, hija mía?…
¡Con unos ojos tan lindos! ¡Con su aire donoso de españolita!… Y a impulsos de su repentina ternura, ofrecióse a prestarle una rica mantilla antigua comprada en Madrid.
Señoras de gesto malhumorado, que se lamentaban de la inmoralidad de sus compañeros de viaje, deteníanse curiosas ante las ventanas del fumadero. Aquél era el antro del vicio, el lugar donde las mujeronas de la opereta fumaban y bebían entre los hombres con los pies en un asiento o sobre el borde de la mesa… Y bastaba una ligera invitación de los amigos o parientes entregados a interminables partidas de poker, para que todas ellas se decidiesen a entrar con el mismo aire de encogimiento ruboroso y audacia pecaminosa que las había acompañado en sus visitas disimuladas a los cabarets y bailes de Montmartre. ¡Bueno es verlo todo!… Además, estaban de fiesta, la gran fiesta del viaje.
Ninguna noche se había visto tan lleno el fumadero. Los sirvientes corrían azorados, no sabiendo adónde acudir entre tantos y tan contradictorios llamamientos. Sonaban frecuentemente estallidos de tapones. El champán desbordaba de las copas, corriendo sobre las mesas en raudales espumosos. Sonreían las señoras reconociendo los encantos de este lugar vedado, y hasta encontraban cierta distinción exótica a algunas de aquellas rubias que sólo habían visto de lejos en la cubierta y ahora ocupaban las mesas inmediatas. Esta proximidad parecía añadir un nuevo placer a su audaz entrada en el fumadero. «El mar es el mar…» Cuando llegasen a tierra ni se acordarían de tal promiscuidad.
Ojeda ocupaba una mesa con Mrs. Power y el matrimonio Lowe. No sabía con certeza si era él o su amigo el yanqui el autor de la invitación, pero ésta había interpretado los deseos de Maud, que pareció transformarse al tomar asiento en un diván del café.
Bebieron fuerte los tres compañeros de Ojeda. Mrs. Power tenía los ojos levemente lacrimosos. De pronto se agrandaban, como si los dilatase el asombro de una visión interna, al mismo tiempo que unas tortuosidades de rubor veteaban sus mejillas. Dilatábase su boca buscando aire, a pesar de que todas las ventanas estaban abiertas y los ventiladores giraban vertiginosamente. «¡Qué calor!…» El ansia de frescura la hacía vaciar la copa que tenía delante, ligeramente empañada por el vino helado. Sonreía mirando a Fernando con unos ojos acariciadores, que éste creía ver por vez primera.
–Déme osté una sigarreta.
El matrimonio Lowe acogió con risas admirativas esta muestra de español de Mrs. Power. Y envuelta en el humo del cigarrillo que le dio Ojeda, siguió mirándolo con una fijeza audaz, como si concentrase toda su voluntad en esta contemplación, sin importarle los comentarios de las personas cercanas.
Maltrana, que iba de una mesa a otra para charlar con sus «queridos amigos», aceptando una copa aquí y bebiendo media botella más allá, se fijó en los ojos de Maud.
–Pero ¡cómo mira esa señora!… ¡Ni que se lo fuese a comer!…
Desde una mesa cercana los espió con cierta envidia. Cerca de media noche abandonaron sus asientos. Lowe se levantaba al amanecer, para ir al gimnasio, tomar la ducha y seguir otras prescripciones del atletismo. Su esposa necesitaba cuidar la voz. Salieron los cuatro, y tras ellos Maltrana.
Junto a una escalera se despidieron, marchando el matrimonio hacia su camarote. Quedaron solos Ojeda y Maud, mirándose frente a frente. Él sentía cierta indecisión, miedo al «buenas noches» glacial y despectivo con que ella había cortado otras veces sus palabras ardorosas.
