Kitabı oku: «Alfred Hitchcock presenta: Los mejores relatos de crimen y suspenso», sayfa 6
El municipio de Ashby no era próspero. Faltaban industrias. Carecía de atractivo turístico, igual de lejos del mar que de las montañas, y su único recreo se hallaba en las aguas lodosas del lago Amastanquit. Los suelos eran duros de sembrar, y la explotación de madera costaba demasiado trabajo para los escasos beneficios que aportaba. Todos los jóvenes se iban de allí. Pero, por desgracia, Kent Castwell no daba señales de partir.
A fin de cuentas, no tenía nada de raro que en Ashby no existiera una colonia de artistas. Lo extraordinario consistió en que Clem Goodhue, al ir en su taxi para recibir el tren, reconociera de inmediato a Bob Laurel como un artista. Cuando le preguntaron cómo pudo saberlo, Clem se puso vanidoso y contestó que había estado una vez en Provincetown.
La conversación, según recordó después Clem, se inició cuando Bob Laurel le preguntó si sabía de alguna casa que pudiera alquilar por poco dinero, y que fuera tranquila y tuviera un sitio donde pintar.
—Por eso le recomendé a Kent Castwell —le dijo en una ocasión al sheriff Erastus Nickerson (primo de Levi P.).
—¿Una casa tranquila? —repitió el sheriff—. Ya sé que Laurel es hombre de la ciudad y un artista, pero de cualquier modo…
Se hallaban sentados en el Bar Ashby, bebiendo su pequeño vaso semanal de cerveza.
—Oye mis consideraciones, Erastus —propuso el taxista—. Hay muchas casas vacías que podría rentar. Supón que él, este artista, toma una casa de las afueras donde no vive nadie. Supón que él saca una esposa que tiene guardada en algún sitio, y supón que ella trae además un hijo en edad escolar.
—Tienes mucha razón, Clem.
—Claro que tengo razón. Ya resulta excesivo para el municipio hacer tanto gasto por una casa. Mucho peor si fueran dos.
—¿Y tú crees que se quede con Castwell?
—Eso no lo sé —repuso, encogiéndose de hombros—. Yo hice lo que pude.
Laurel se quedó con Castwell. En realidad no tuvo más remedio. El grandulón lo aceptó como huésped y le cedió el salón del frente para el estudio. Kent Castwell prometió aislantes para la casa, abrir una nueva ventana y quién sabe qué otras cosas, a cambio de varios meses de adelanto en los alquileres. Persuadió no se sabe cómo al artista, y no hace falta decir que se bebió todo el dinero y no cumplió ninguna de sus promesas de realizar mejoras a la casa.
Ni el fiscal Gamaliel Coolidge ni el sheriff Nickerson, ni en realidad nadie más en el pueblo, se compadecieron de Laurel. Sólo podía presentar una demanda civil, le dijeron. No existían bases para nada mayor. Debería servirle de lección y no andar tirando su dinero con cualquiera: eso le aconsejaron.
El pobre artista se tuvo que quedar en la vieja casa de Peabody, comprando sus alimentos, cortando su leña y pintando, todo el tiempo pintando sin cesar. Sabía perfectamente que su casero grandulón y descarado aprovechaba cada ausencia del pintor, cuando éste tenía que ir al pueblo, para robarle comida y leña.
Laurel convidó a Clem a tomar un vaso de cerveza en varias ocasiones, sólo por tener alguien a quien contar sus tribulaciones. Además de robarle comida y combustible, Kent Castwell ponía el televisor al máximo volumen cuando Laurel trataba de dormir; si era demasiado tarde para la televisión, hacía lo mismo con la radio. En los momentos en que el artista se concentraba en los más delicados aspectos de sus pinceladas, Castwell decidía alzar el calentador de leña y dejarlo caer con gran estruendo, sacudiendo toda la casa.
—Habla solo, con esa voz estridente y burda —se quejó Bob Laurel—. Tiene una lengua asquerosa. Se burla de mis pinturas…
—Yo sé en qué consiste —dijo Clem—. Kent Castwell no tiene la menor consideración por nadie. De eso se trata con él. Indudable.
Se cruzaron apuestas en el pueblo, cada una de un puro de diez centavos, sobre cuánto tiempo más aguantaría Laurel. Levi Nickerson, el tasador fiscal del municipio, pensó que se iría cuando se venciera el alquiler. Clem opinaba que partiría antes de eso.
—A la gente de la ciudad, el dinero no le importa tanto —señaló.
Ganó Clem.
Al entrar a la casa de Nickerson, halló a Levi sentado cerca del fuego en la cocina, y éste sin decir palabra le entregó el puro. Clem asintió y se lo guardó en un bolsillo. La señora Abby Nickerson, sentada al lado de su marido, vestía un suéter masculino al que todavía le quedaba mucho uso, propiedad de su difunto padre, un hombre que no logró sobrevivir la primera reelección de Franklin D. Roosevelt. Abby deshilvanaba pacientemente viejos calcetines para devanar y formar una madeja de lana. “Nunca desperdicies algo para que nunca te falte nada” era su principio rector, lo mismo que para los demás residentes de edad madura que vivían en el pueblo.
Sobre la estufa, una olla dejaba salir un poco de vapor. En la mesa reposaban dos pilas de sobres. Todos estaban dirigidos a la oficina del tasador fiscal del municipio y se habían abierto cuidadosamente para no mutilarlos. Mientras Clem lo miraba, Levi Nickerson removió uno de los sobres sobre la olla destapada. El vapor aflojó el mucílago de la cubierta del sobre y se abrió con facilidad al toque de Nickerson. Volvió a doblarlo y sellarlo de tal manera que la parte exterior ya usada quedaba por dentro, y a continuación lo puso sobre la otra pila.
—Con este método le ahorré al municipio once dólares el año pasado —comentó—. Creo que este año llegaré a doce, tal vez doce cincuenta.
Clem soltó un gruñido de apreciación.
—¿Dónde se encuentra él? —preguntó el tasador.
—¿Laurel? En el Bar Ashby. Ya tiene todo empacado. Le dije que no se moviera aún. Encargué a los del bar que lo vigilen y me avisen por teléfono aquí si hace el menor movimiento para irse.
Sacó una hoja de papel que puso encima de la mesa. Levi la miró sin hacer ningún movimiento para recogerla. Le dijo a su esposa:
—Espero una visita de Erastus y Gam Coolidge, señora Nickerson. Asuntos del municipio. Creo que hallarás cosas que hacer en las habitaciones delanteras mientras nosotros hablamos.
La señora Nickerson asintió. Tampoco desperdiciaba palabras. Se oyó un auto detenerse frente a la casa.
—Ahí llega Erastus —dijo su primo—. Gam debería llegar… ¡Ah, ha llegado ya! Pude adivinar que vendría con Erastus para no gastar gasolina.
Los dos hombres entraron a la cocina. La señora Abby Nickerson se levantó y salió.
—Espero que esto se resuelva antes del anochecer —dijo el sheriff—. No me agrada conducir en la oscuridad. Una de mis luces está fallando, y sale demasiado caro poner una nueva.
Clem se aclaró la garganta.
—Bueno, aquí está —anunció, indicando el papel sobre la mesa—. La confesión de Laurel. Dice que está dispuesto a entregarse al sheriff y al procurador. Sucedió esta tarde, como a las dos. Fue la gota que derramó el vaso. Kent Castwell actuaba como de costumbre, pateando cosas y lanzando obscenidades allá en la casa de Peabody. Intercambiaron palabras. Laurel salió porque necesitaba ir atrás de la casa…
Clem tenía delicadeza y no quiso especificar que la casa de Peabody carecía de drenaje interior.
—Al volver —prosiguió Clem—, vio que Castwell había pintarrajeado con la brocha más grande todos los cuadros en que Laurel estaba trabajando. Los arruinó por completo.
Sobrevino un instante de silencio.
—Castwell no tenía ningún motivo para hacer lo que hizo —dijo el sheriff—. Destruyó las propiedades de otro hombre. Me han dicho que algunos de esos artistas venden sus pinturas hasta por cien dólares cada una… Y después, ¿qué hizo? Me refiero a Laurel.
—Tomó un trozo de leña para la estufa y le pegó con él. Le pegó con fuerza.
—Nadie duda que esté muerto, ¿es así?
Clem negó meneando la cabeza.
—No quedó ningún rastro de sangre en la madera. Se ve igual que cualquier otro pedazo de leña. Pero está muerto, sin la menor duda.
Después de una pausa, Levi Nickerson habló:
—Habrá que notificar a la esposa. No veo por qué el municipio deba cubrir los gastos del entierro. Em. Supongo que ella no tendrá nada de dinero. Será mejor notificar a esos del fideicomiso que enviaban un cheque mensual a Castwell. Ellos lo pagarán.
Gamaliel Coolidge preguntó si alguien más sabía lo sucedido. Clem dijo que no. Bob Laurel no se lo había dicho a nadie. No parecía tener deseos de hablar. Se hizo otra pausa, algo más larga que la anterior.
—¿Se han dado cuenta de lo que Kent Castwell costó al municipio?
Clem sugirió que serían varios cientos de dólares.
—Cientos y cientos de dólares —declaró Nickerson—. Y además, ¿saben cuánto nos va a costar procesar a este fulano, bien sea por asesinato en cualquier grado o por homicidio involuntario?
El fiscal indicó que eso costaría miles de dólares.
—Miles y más miles —dijo—, y eso sólo para cubrir el juicio.
—¿Y si se le encuentra culpable, y él decide impugnar? —prosiguió—. Tendremos que sufragar otro juicio. Más miles de dólares. ¿Y si consigue anular el juicio y empezar de nuevo? Tendríamos que cubrir también esos gastos.
Levi P. Nickerson abrió la boca como si le doliera y gruñó:
—Imagínense cómo afectaría eso las tasas de impuestos del municipio…
Su voz se volvió clara y sentenciosa:
—No vale la pena. Él no lo vale; punto.
Clem sacó el puro que había ganado en su apuesta y lo olfateó.
—En mi opinión —declaró—, sería mucho mejor si Laurel simplemente empacara y se fuera de ahí. Cualquiera que encontrara el cadáver supondría que se mató en una caída. Pero esta confesión…
El sheriff Erastus Nickerson reflexionó un poco antes de tomar la palabra.
—Yo no conozco ninguna confesión. ¿Tú, Gam? ¿Y tú, Levi? No, ¿verdad? Lo que nos cuentas es una declaración de oídas, Clem. No se puede proceder sólo por oír una declaración, eso va en contra de todos los principios legales de los Estados Unidos… Em. Qué bonita puesta de sol.
Se levantó para asomarse por la ventana. Su primo se juntó con él, y el fiscal Coolidge lo acompañó. Mientras los tres admiraban el crepúsculo, Clem Goodhue, después de echar un vistazo a sus espaldas, tomó la hoja de papel de la mesa de la cocina y la echó al fuego de la estufa. Después de un breve fogonazo, Clem extendió la mano, tomó una esquina del papel entre las cenizas y prendió su puro.
Los tres hombres junto a la ventana se dieron la vuelta enseguida.
El primero en hablar fue Levi P. Nickerson:
—No puedo pedir a nadie que se quede a cenar. Sólo es un recalentado de sobras. Supongo que desean ponerse en camino.
Los otros dos funcionarios municipales asintieron.
—Me parece —dijo el taxista— que me daré una vuelta por el Bar Ashby. Tal vez haya una persona que quiera tomar el tren de la tarde. Buenas noches, Levi. No es necesario que enciendas la luz del patio.
—No pensaba hacerlo —dijo Levi—. Encenderlas y apagarlas, eso es lo que desgasta las luces. Buenas noches, Clem, Gam, Erastus.
Cerró la puerta una vez que se fueron las visitas.
—Señora Nickerson —dijo, llamando a su esposa—, ya puedes venir y poner la cena. Hemos terminado con los asuntos pendientes.
# 8
JACK RITCHIE

Cuando AHMM invitó a sus lectores a proponer sus relatos predilectos para ser incluidos en la presente antología, “# 8” de JACK RITCHIE fue uno de los títulos nombrados con más frecuencia. Autor fundamental durante los primeros años de publicación de la revista, Ritchie escribió más de cien relatos para AHMM (en ocasiones con el seudónimo de Steve O’Connell). Sus cuentos se distinguen por su economía y concisión, además de su particular sentido del humor. Nativo de Milwaukee, Ritchie declaró que se volvió aficionado a las historias de misterio durante su servicio militar en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. Fue también uno de los pocos autores que vieron sus cuentos adaptados para el programa de televisión Alfred Hitchcock presenta.
IBA A UNOS CIENTO TREINTA KILÓMETROS POR HORA, pero la carretera larga y llana apenas me hacía sentir la velocidad.
Los ojos del jovencito pelirrojo brillaban con aspecto ligeramente desenfrenado mientras oía las noticias en la radio. Al terminar el noticiero, bajó el volumen.
—Hasta ahora han encontrado a siete de sus víctimas.
—Yo también oí el noticiero —repuse, asintiendo. Solté una de las manos del volante y me froté la nuca para aliviar un poco la tensión.
El joven me observaba con una sonrisa medio astuta.
—¿No lo pone nervioso algo?
Mis ojos lo miraron un instante.
—No. ¿Por qué tendría que ponerme nervioso?
El chico seguía sonriendo.
—La policía ha cerrado todos los caminos a ochenta kilómetros de Edmonton.
—También oí eso.
El jovencito casi se reía.
—Él es demasiado listo para ellos.
Eché un vistazo a la bolsa con cremallera que descansaba en su regazo.
—¿Vas lejos?
—No lo sé —replicó, encogiéndose de hombros.
Su estatura era un poco más baja que el promedio y tenía complexión ligera. Se le calculaban como diecisiete años, pero por el rostro de facciones infantiles bien podría ser cinco años mayor. Se frotó las manos en el pantalón.
—¿No se ha preguntado usted qué le hace cometer esos asesinatos?
—No —repuse, sin quitar la mirada de la carretera.
—Quizá se cansó de que todo el tiempo lo anduvieran presionando. Siempre había alguien diciéndole lo que podía o no podía hacer, hasta que fue demasiado.
El chico miró con detenimiento la carretera frente a él antes de agregar:
—Y explotó. Hay límites a lo que un tipo puede soportar. Cuando se cruzan esos límites, algo tiene que pasar.
Alcé el pie del acelerador. El chico me volvió a mirar.
—¿Por qué disminuye la velocidad?
—Queda poca gasolina. La estación frente a nosotros es la primera que he visto en los últimos sesenta kilómetros. Podrían faltar otros tantos antes de cruzarnos con la siguiente.
Salí de la carretera y me detuve junto a las tres bombas. Un hombre de edad avanzada se acercó al automóvil del lado del conductor.
—Tanque lleno —le pedí—. Y verifique el nivel del aceite.
El jovencito estudió la gasolinera. Un edificio pequeño, la única estructura en un océano de trigales, con ventanas cubiertas de polvo.
Pude distinguir un teléfono sobre una pared interior.
El chico agitó un pie.
—Cuánto tarda el viejo; no me gusta esperar —afirmó, mirándolo alzar el cofre para verificar el aceite—. ¿Por qué ha de querer vivir alguien así de viejo? Estaría mejor muerto.
Encendí un cigarro antes de reponer:
—No creo que él comparta tu opinión.
Los ojos del jovencito volvieron a observar el edificio de la gasolinera.
—Allá adentro tienen un teléfono —dijo, de nuevo sonriente—. ¿No desea usted llamar a nadie?
Solté una bocanada de humo de tabaco.
—No.
Al volver el viejo con mi cambio, el jovencito se inclinó hacia la ventana.
—¿No tiene usted radio, señor? —le preguntó.
El viejo meneó la cabeza:
—No, prefiero la tranquilidad y el silencio.
El chico le dirigió su sonrisa.
—Buena idea, señor. Guardando silencio se puede vivir más tiempo.
De regreso sobre la carretera volví a aumentar la velocidad a ciento treinta.
El joven se quedó callado un rato y de pronto dijo:
—Hace falta tener bien puestos los testículos para matar a siete personas. ¿Alguna vez ha tenido una pistola en la mano?
—Supongo que como cualquiera.
Los labios inquietos mostraron los dientes.
—¿Y no se la apuntó a nadie?
Le eché un vistazo rápido. Le brillaban los ojos.
—Conviene que la gente le tenga miedo a uno —siguió—. Con una pistola uno ya no es tan chaparro.
—No —comenté—, ya no es un alfeñique.
Lo vi sonrojarse ligeramente.
—Eres el más alto de todos los hombres del mundo —dije a continuación—, a menos que algún otro tipo también tenga pistola.
—Hay que tenerlos bien puestos para matar —insistió—. La mayoría de la gente no lo sabe.
—Pero una de las víctimas fue un niño de cinco años —le indiqué—. ¿No tienes un comentario sobre eso?
—Pudo ser un accidente —sugirió, pasándose la lengua por los labios.
—Nadie podría creer eso —objeté, meneando la cabeza.
Sus ojos reflejaron cierta inseguridad momentánea.
—¿Y por qué cree usted que iba a matar a un niño?
—Difícil saber por qué. Mató a una persona, luego a otra y a otra. Tal vez después de varios asesinatos las víctimas perdieron importancia. Hombres, mujeres, niños. Le da lo mismo.
—Uno desarrolla el gusto de matar —enunció el jovencito, asintiendo—. No es nada difícil. Después de unos cuantos al principio, ya no importa. Uno le toma gusto.
Se quedó callado otros cinco minutos.
—Nunca lo podrán atrapar —dijo por fin—. Es demasiado listo para dejarse agarrar.
Desvié la mirada de la carretera un momento.
—¿Cómo puedes afirmarlo? Todo el país lo busca. Todos saben qué aspecto tiene.
El chico alzó sus dos hombros flacos.
—Igual no le importa. Hizo lo que debía hacer. La gente ya sabe que él es todo un hombre.
Avanzamos otros dos kilómetros sin cruzar palabra, hasta que se agitó en el asiento y me preguntó:
—¿Oyó usted la descripción en la radio?
—Claro —contesté—. Llevo una semana oyéndola.
Me miró con curiosidad.
—¿No le dio miedo llevarme en su auto?
—No.
—¿Tiene nervios de acero o qué? —preguntó, con astucia en la sonrisa. Sacudí la cabeza:
—No. Bien que puedo asustarme cuando es necesario.
El chico mantuvo la mirada sobre mí.
—Yo correspondo perfectamente a esa descripción.
—Es cierto.
El camino se extendía frente a nosotros. A uno y otro lado sólo se veía la planicie de las llanuras. Ni una sola casa, ni un solo árbol.
El chico se reía:
—Me veo igual al asesino. Todos me temen. Eso me gusta.
—Ojalá te hayas divertido —le dije.
—En estos dos últimos días, la policía me ha detenido tres veces. Me dan la misma publicidad que al asesino.
—Ya lo sé —declaré—. Creo que te harán todavía más publicidad. Pensé que te iba a encontrar en esta carretera.
Aminoré la velocidad.
—¿Y yo? —le pregunté—. ¿Acaso no me queda también a mí la descripción?
El jovencito adoptó una expresión casi de burla.
—No. Usted tiene pelo castaño. Él lo tiene rojo, como el mío.
—Pude habérmelo teñido.
Los ojos del chico se abrieron más cuando se dio cuenta de lo que estaba a punto de suceder.
Él era el número ocho.
EL DIOS DE LOS OBSTÁCULOS
GREGORY FALLIS

GREGORY FALLIS es, además de escritor, un auténtico investigador privado. Este cuento, el primero que escribió, fue finalista del Premio Shamus que otorga la organización Private Eye Writers of America. También es autor de libros que no son de ficción, como Be Your Own Detective o Just the Facts, Ma’am: A Writer’s Guide to Investigators and Investigative Techniques.
NO TENGO MUCHO QUE VER CON MINISTROS protestantes ni clérigos de ninguna especie; los evito siempre que puedo. Soy irlandés y católico, como se trasluce en mi nombre: Kevin Sweeney. Mi esposa, Mary Margaret, es también irlandesa y católica, pero a diferencia de mí, ella sí se toma en serio ambas cosas, por lo cual no siempre logro evitar el contacto con curas y monjas. Pero los ministros protestantes son radicalmente otro tema. Quedan fuera de mis círculos habituales. En cambio, las cárceles sí forman parte de mis círculos habituales, y fue en la cárcel municipal donde Joop Wheeler y yo nos topamos por primera vez con el reverendo Jason Hobart. Muchos ministros y sacerdotes visitan cárceles y prisiones en temporada decembrina. Sin embargo, Hobart no estaba ahí para aportar alegría o predicar el evangelio a los reclusos. No estaba en la cárcel de visita. Lo arrestaron por incendiar el garaje de su hija. Los tres nos amontonamos en un minúsculo salón de entrevistas, Hobart, mi socio Joop y yo. Hobart pasó el fin de semana preso, esperando que le fijaran fianza, y ese tiempo lo desgastó. Se notaba que normalmente era un hombre cuidadoso de su aspecto, pero un par de noches en la cárcel mandó al demonio su pulcritud. Estaba desaseado y olía a sudor, miedo y preocupación.
La cárcel nunca es un lugar agradable para conversar, pero resulta todavía peor en los días de fiesta. Los presos se desesperan más y el ambiente se deprime por las insistentes melodías navideñas que suenan sin parar en el sistema público de altavoces. Pero Joop y yo nos vimos obligados a presentarnos allí. Queríamos hablar con Hobart antes de la audiencia para determinar la fianza. Él tenía un buen abogado, Kirby Abbott, y seguramente lo dejarían salir de prisión. Un hombre que sale de la cárcel bajo fianza tiene necesidades e intereses de mayor importancia que responder preguntas.
Por dicha razón Joop y yo fuimos a verlo: para obtener respuesta a varias preguntas. Como ya dije, Kirby Abbott es buen abogado, pero ni el mejor abogado puede ir más allá de lo que el cliente le dice. Hobart, por algún motivo, no quería cooperar. Negaba haber prendido fuego al garaje de su hija, pero rehusó decirle a Kirby dónde se hallaba en el momento en que se produjo el incendio. Por tal razón Kirby recurrió a nosotros. Somos investigadores privados.
Buena parte de nuestros quehaceres se relaciona con la defensa de casos criminales, pero raras veces nos tocan clientes como Jason Hobart. Antes de tomar los hábitos —si acaso es eso lo que hacen los ministros protestantes—, Hobart fue un exitoso hombre de negocios. Era dueño de varios edificios de apartamentos, dos tiendas de automóviles, una estación de radio local y probablemente muchas otras cosas. Todo esto lo volvía deseable como cliente, para sus abogados y para nosotros. No nos preocupaba en absoluto que no se pudieran cubrir nuestros honorarios.
Cuando Joop y yo nos sentamos con Hobart, repitió la misma historia que le contó a Kirby. Era inocente, dijo, pero se negaba a decir en dónde estaba al empezar el incendio.
—Es genial declararse inocente —dije yo—. No muchos pueden hacer lo mismo. Pero no es suficiente para la policía, ¿sabe usted?, tampoco para un jurado, en caso de que las cosas se sometan a un juicio.
El reverendo Hobart asintió, pero no parecía preocupado, sólo triste y fatigado.
—Un jurado hará lo correcto. El Señor me ha de proteger.
Miré a Joop y le indiqué a Hobart con un gesto. Joop es protestante; un bautista del sur, entre todas las cosas. Quizás el podría hacerle ver mejor a Hobart su situación.
—Los jurados son criaturas raras —afirmó Joop—. Creo que un jurado va a necesitar saber dónde se hallaba usted en los momentos en que quemaron el garaje de su hija. No dudo que un jurado querrá saber por qué Sarah, su propia hija, le dijo a la policía que fue usted quien lanzó una bomba molotov por la ventana del garaje.
El acento de Joop pescó por un momento la atención de Hobart. Joop viene de Carolina del Sur, y su acento sureño tiene un sonido suave, lento y culto. En la costa de Massachusetts suena casi exótico.
Hobart meneó despacio la cabeza, con los ojos repletos de auténtico dolor.
—Sarah —dijo—. No lo sé. Casi no puedo creer que ella… ¿Dice que me vio prenderle fuego al garaje? ¿Que me vio a mí hacer eso?
—No —dije sacudiendo la cabeza—. Le dijo a la policía que usted llevaba tiempo amenazando con quemar el garaje.
—No el garaje —corrigió Hobart—. No el garaje, sino sus contenidos.
—¿La estatua? —preguntó Joop.
—No es nada más una estatua —aclaró Hobart, con los ojos llenos de lágrimas—. Es la imagen de un dios pagano. Tiene que entender que la idea de mi hija, mi única hija…, mi Sarah, adorando un ídolo… Especialmente en estos días del año. No puedo tolerar…
Se secó los ojos y negó con la cabeza.
—¿Ídolos? —intervino Joop mientras buscaba entre las notas proporcionadas por Kirby Abbott—. Creí que era la imagen de un elefante. Sí, aquí está. Una estatua de madera de un elefante. No dice nada sobre ídolos.
—Tenía la cabeza de un elefante —dijo Hobart, volviendo a negar con la cabeza—, pero cuerpo de hombre. Un hombre con cuatro brazos. Un dios pagano.
—¿De verdad? —preguntó Joop—. Aquí sólo veo que dice elefante.
—Pues me temo que se equivocaron.
—No importa que sea un elefante o un dios de los elefantes —intervine yo—. Lo que importa es que la policía piensa que usted arrojó una bomba molotov por la ventana del garaje de su hija, que usted deliberadamente quiso destruir su estatua y su garaje.
—¿Que quise destruir? —dijo Hobart—. Me quedé con la impresión de que fue efectivamente destruido.
—Para nada —le informó Joop—. Sólo sufrió daños menores. Quedó un poco chamuscada en las orillas.
—¿Habla usted de la estatua o del garaje?
—Nada sufrió daños mayores —dije—. Al menos eso nos informaron. No lo hemos visto aún con nuestros ojos.
Hobart volvió a menear la cabeza.
—Pero pensaba que… Pensaba que la policía había dicho que la estatua fue destruida.
—Eso es lo que pasa con las bombas molotov, ¿sabe usted? —dijo Joop—. No se pueden controlar los resultados. Si uno va por ahí echando bombas molotov por las ventanas, no puede quejarse si no hacen la tarea.
—Ya dije que yo no lo hice —insistió Hobart—, se lo he dicho a la policía y a mi abogado, y ahora se lo digo a ustedes. Yo no lo hice.
—Bueno, ahí lo tienes —dijo Joop, volviéndose hacia mí—. Él no lo hizo. Ha de tratarse de un sencillo error. Si decimos esto a la policía, seguramente lo dejarán libre.
Es imposible que Joop deje de bromear, y ya dejé de intentarlo, pero algún día este chico va a hacer que nos despidan.
—Sería muy útil que nos dijera en dónde se encontraba a la hora del incendio —le dije a Hobart.
—No puedo decir mas que no estaba en casa de mi hija —declaró en tono fatigado.
—Sí —le dije, asintiendo—, pero, ¿por qué no puede decir en dónde sí estaba? Ya sabemos que no se hallaba en su casa. Sus vecinos lo vieron salir en su automóvil como a las siete de la noche. El fuego fue extinguido hacia las ocho y media, y sabemos también que usted no volvió a su casa hasta cerca de las once y cuarto. Lo que no sabemos es dónde estaba entre las siete y las once y cuarto.
—Qué mala suerte con las horas, a propósito —comentó Joop—. Volver a su casa justo en ese momento, cuando la policía está llamando a su puerta para interrogarlo. Si se hubiera tardado otro cuarto de hora o veinte minutos más, es probable que no hubiera tenido que pasar el fin de semana en la cárcel.
—¿No le es posible hallar una manera de decirnos en dónde estaba? —le pregunté—. Acuérdese de que queremos ayudarle.
—Ya se lo dije al señor Abbott —repuso Hobart—. Estaba cumpliendo una misión de Dios.
—Pues la misión de Dios puede arrojar su trasero terrenal a una celda —dijo Joop.
—El Señor me ha de proteger —replicó Hobart.
—Pues tendrá que protegerlo en la cárcel, en tal caso.
Hobart lanzó una mirada dura a Joop.
—Señor Hobart —intervine—, a Joop le falta tacto, pero no razón. Si no podemos probar que usted no se hallaba en la casa de su hija aquella noche, puede ser que pase mucho más tiempo tras las rejas.
—¡Cuánto lo siento! —dijo Hobart tristemente, mientras negaba con la cabeza—. No puedo ayudarles. No puedo revelar un secreto. ¿Supongo que hablarán con mi hija?
—Es probable —asentí, pues la pregunta iba dirigida a mí—. Eso siempre que ella acepte hablar con nosotros.
—Cuando la vean, ¿podrían darle un mensaje de mi parte? —solicitó Hobart—. ¿Podrían decirle que estoy preocupado por ella? ¿Por su alma? ¿Podrían decirle que yo la amo?
—Le diré que está preocupado por ella y que la ama —repuse, meneando la cabeza—. Pero eso de las almas no es parte de nuestra labor. Bastante tenemos lidiando con la carne.
Salir de la cárcel y dejar de oír las despreciables melodías navideñas fue un gran alivio. Me agrada la verdadera música de Navidad, los cánticos antiguos y villancicos que oí en la iglesia de niño. Me molesta oír canciones donde salen hombres de nieve y renos, y mamás que se besan con santacloses.
Joop expresaba alegría al salir de la cárcel.
—Creo que conviene echarle un vistazo a la dichosa estatua —dijo—. Me parece imperativo.
Joop disfruta de su trabajo de un modo que me parece poco saludable. En ocasiones creo que se hizo detective privado buscando tener una excusa legítima para meterse en los asuntos de otras personas.
—Bien —acepté—. Tenemos que entrevistar a la hija. Podemos ver el garaje y la estatua al mismo tiempo.
—¡Genial! —replicó el otro—. Cuatro brazos y además cabeza de elefante. Bastaría con los cuatro brazos. Pero la cabeza de elefante, eso es lo genial. En la Primera Iglesia Bautista de Ezequiel, allá de donde vengo yo, nunca tuvimos nada parecido. No había ninguna clase de estatuas. Tampoco había cuadros. Sólo paredes vacías. Pero mi tía Jicotea tenía un cuadro de…
—¿Tienes una tía que se llama Jicotea?
—Bueno, su nombre verdadero es Delma —explicó Joop—, y en realidad no es tía mía. Pero así la he llamado toda la vida. Creo que es sólo una mujer que mi…
—No necesito saber toda la historia de tu familia —declaré, pues Joop tiene la colección más extraña de parientes, de quienes le encanta hablar en detalle—. Sólo sentí curiosidad por el nombre.
—Entiendo —dijo Joop—. La tía Jicotea tiene la costumbre de meter la cabeza entre los hombros, igual que una jicotea. Es así como llamamos a las tortugas en Carolina. Bueno, la cosa es que Jicotea tenía un cuadro de Jesús en la pared de su sala. Tal vez siga ahí. Ella afirmaba que era Jesús, aunque yo no estoy muy seguro. No tenía mucho aspecto de judío. Un tipo de pelo largo, rubio y rizado, y ojos grandes color café. Se parecía a un perrito spaniel al que acabaran de pegarle con el periódico por haber mojado la alfombra. No inspiraba ningún respeto. Pero era una de esas imágenes en que, si te mueves, los ojos se abren y se cierran. Yo pasaba el tiempo moviéndome en la sala de la tía Jicotea, haciendo pestañear a Jesús. Sarah Hobart tiene un dios con cabeza de elefante y cuatro brazos, y todo lo que tuve yo fue una pobre imagen de Jesús que abre y cierra los ojos y parece un spaniel. ¿Qué tuviste tú?
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