Kitabı oku: «Lo que tú me pidas», sayfa 7
—Dale.
—Bastante he tenido ya. No pienso exponerle.
—Joder, tío. —Me devuelve el teléfono con cara de asco—. Puta gente, joder.
—Miki.
—No voy a decir nada. Pero tampoco voy a estarme quieto. Voy a preguntar, voy a cotillear por donde pueda. No pienso estarme quieto. ¿Me los puedes pasar?
—No. Solo están ahí, o los borro. Nada más.
—Puta hostia, coño. —Suspira, y me mira a los ojos, pero no sabe qué decir.
—Vámonos a clase, anda. —Me levanto—. sobre todo, normalidad.
—Ya… Hasta que pille al desgraciado.
—Desgraciada. Es una tía.
—¿Seguro?
—Del todo.
—Joder.
—No hablamos más de esto, ¿vale?
Él asiente, pálido aún, y con los ojos mate. Está enfadado de cojones.
ÁLEX.
QUINCE AÑOS.
Llama a la puerta y me lanzo escaleras abajo. Estoy nervioso y feliz a partes iguales.
Cuando abro la puerta, se me escapa todo el aire de los pulmones. Está sonriendo, con los ojos brillantes. Lleva unos vaqueros casi blancos llenos de rotos, una camiseta ceñida negra con el cuello un poco dado de sí y la chupa de cremalleras.
—Pasa. —Le cojo de la mano y tiro de él. Y nada más cerrar la puerta, le empujo y le beso con fuerza. Él me coge del culo y me aprieta contra su cuerpo—. Joder, qué bien hueles —le digo en su cuello.
—Nene —me ronronea. Le vibra el cuerpo—. Como sigas haciendo eso, te tiro al suelo aquí mismo.
Me aparto de él, con la respiración acelerada, y me quito la sudadera.
—Me parece bien. —Esa voz, que solo me sale a veces, le hace sonreír, con los dientes brillantes. Se quita la cazadora y la camiseta y, cuando me abraza, su piel me vuelve loco del todo—. Joder, qué bien hueleeeees. —Tiro de la hebilla de su cinturón.
Él se deja, sin parar de tocarme. Le empujo de nuevo contra la pared, y le acaricio el pecho. Le beso el cuello, y voy bajando despacio, disfrutando de su piel, escuchando cómo su respiración se va acelerando. Le quito las botas y los vaqueros, le beso las piernas, los muslos, conteniendo las ganas inmensas de meterme en la boca esa polla perfecta, le doy la vuelta y hago lo mismo por su espalda, por sus nalgas durísimas, por sus piernas. Le acaricio con las manos, con los labios, con la lengua. Todo él huele bien.
Le doy la vuelta de nuevo, le miro desde abajo y, despacio, me meto su polla en la boca, apretando los dientes por dentro de los labios. Jadea, me aparta el pelo de la cara y me deja a mi ritmo. Empiezo a masturbarme a la vez, y noto cómo se me va dilatando el culo, a espasmos, pequeñas descargas de placer cuando me aprieto la polla con las manos, cuando, cada vez más rápido le oigo gemir.
Me echo una mano hacia atrás, tanteando mi ano, cuando él, con una risa oscura, se pone de rodillas sobre mí.
—Ya me encargo yo. —Se chupa los dedos y me acaricia. Levanto la cadera y me mete dos dedos.
—¡Joder! —Lo más increíble del mundo.
—¿Te duele?
—No, no, no. —Me muevo sobre su mano—. Me gusta, Dale.
Me está mirando a los ojos, y sonríe cuando digo su nombre.
—Quiero follarte en tu cama. —Su voz me hace temblar.
—Sí… —Nos levantamos. Grito de placer cuando mueve la mano dentro de mí y no saca los dedos. Se pone detrás de mí, sujetándome la cadera con firmeza.
—Te sigo.
Me tiemblan las piernas. Subimos las escaleras y en ningún momento saca los dedos de mi cuerpo. Su polla enorme me roza las piernas y mi propia erección, pesada y sensible, me empuja a ir más rápido.
Entramos en mi cuarto, llegamos a la cama y, en cuanto me tumba, me penetra. De un solo empujón me la mete tan dentro que gruño más que gritar. Me sujeta con fuerza de las piernas. La presión de su cuerpo es maravillosa.
El orgasmo denso, lento y ensordecedor me nace desde tan abajo que creo que voy a reventar.
Grito su nombre, hago fuerza con el cuerpo, aprieto los músculos y suelto de golpe, dejándome llevar, notando cómo electricidad pura me recorre por las venas, se me sale por la polla y me deja totalmente seco.
—¿Estás bien?
—Joder. —Estoy jadeando y temblando.
—Cariño, ¿estás bien? —Me mira preocupado, me coge de la cara. El corazón me va a millón, y no es solo por el sexo. Es por él.
—Orgasmazo —logro decir. Y cuando se ríe, cuando le brillan los ojos, soy consciente, así de golpe, de que le quiero más que a nada, y por encima de todo.
Estoy a punto de quedarme dormido.
Bajamos a cenar y a recoger la ropa y ahora, bajo el edredón de mi cama, noto que estoy en el cielo.
—Siento la estrechez —farfullo entre sus brazos.
—Mejor. —Me aprieta con suavidad—. Así te tengo más cerca.
Su respiración se va haciendo más lenta. Los latidos de su corazón me parecen música.
—Dale.
—Mmmmmm —ronronea.
—Estoy muy a gusto. —Sus manos me acarician la piel, y lo noto hasta en el alma. Me pone una mano en la nuca y me besa en la cabeza.
Te quiero, Dale, te quiero.
Pero me quedo en silencio. Porque estoy a punto de dormirme y no quiero que nada cambie.
DALE.
DIECISIETE AÑOS.
OCTUBRE.
Estoy sentado en el bordillo frente a la casa de mi madre. Coches de policía, una ambulancia, y todos los vecinos mirando detrás de las cortinas, intentando enterarse de algo.
Y es que la bronca ha sido monumental. Ha llegado al punto de varias llamadas a la policía, el sofá prendido fuego y mi madre chillando como una loca que me largara de su casa y no volviera más.
El Padre J se sienta a mi lado.
—Cuéntamelo otra vez —pide. Un policía está a su lado.
—Estaba en mi habitación, con la puerta cerrada. Alguien subió a llamar, era un hombre, y dijo que tenía que pagar una deuda de mi madre. No abrí. Volvió a subir al rato, con un destornillador, y se lio con las bisagras. Cuando soltó la puerta, yo empujé y salí corriendo. Abajo me sujetaron entre esos tres de ahí. —Señalo el coche policial—. Querían, o eso dijeron, quemarme la cara y romperme el culo. Por suerte estaban muy borrachos, así que conseguí medio soltarme. Alguien me rompió entonces una botella en la cabeza y lo siguiente que recuerdo son las luces rojas y azules, gritos por todas partes, alguien que me levantaba del suelo. —Señalo de nuevo a un sanitario de la ambulancia—. Casi seguro que ese hombre de ahí, el sofá quemado y mi madre gritando que me echaba.
—¿Vas a denunciarlo? —El policía se agacha para mirarme los ojos.
—¿Va a servir de algo? —Hago un gesto de negación—. Sí, claro que voy a denunciar esto también.
—Escucha… —No sabe qué decirme.
—Hemos oído todos que te ha echado —dice el Padre J—. ¿Qué vas a hacer?
—¿Que qué voy a hacer? —Suspiro aliviado—. Lo que hablamos. Irme.
—Bien. —Me da un apretón en el hombro.
—Vamos a entrar contigo —dice el policía— a que recojas tus cosas, y pasarás a un centro de menores.
—No, tengo su custodia jurídica —explica J—. Llevamos años con este caso. Tenemos todo el papeleo en orden.
—Pues me alegro un montón —el policía me tiende la mano—; vamos, cuanto antes, mejor.
Entro en casa de mi madre, con un policía de escolta, a recoger mis cosas. Cargo el coche y, tras una pequeña charla con el Padre J, me da una dirección de un hostal de larga estancia.
—No es bonito, pero está limpio.
—Mira de dónde me marcho, J, va a ser perfecto.
—Ya he llamado y te esperan. Intenta descansar.
Efectivamente, la habitación es pequeña, y el baño, minúsculo, pero está todo limpio.
—Puedes mover los muebles a tu gusto —me dice la encargada—; a horas razonables, eso sí. La lavandería está abajo, y los jueves se recoge la ropa de cama y toallas y se entregan juegos limpios. Hay una pequeña nevera en la habitación, pero no tiene mucha potencia, y si quieres cocinar, por favor, no lo hagas arriba, hazlo en la cocina comunitaria.
Cuando cierro la puerta de la pequeña habitación, el suspiro de alivio más enorme de toda mi vida me sale del cuerpo.
Me ducho con la puerta abierta y, cuando me acuesto, en pijama, limpio y tranquilo, duermo a pierna suelta.
A salvo.
Voy a buscar a Álex por la mañana. Es viernes y, en lugar de su energía habitual, está pálido.
—¿Qué te pasa? —Le cojo de la nuca. Él, como un cachorrillo, hunde la cara en mi cuello—. Cariño, ¿qué te pasa?
—Dale… —Aspira fuerte. Se incorpora y me mira a los ojos—. Le he dicho a mi madre que estamos juntos.
Una sonrisa enorme me llena la cara, el corazón, el alma, las tripas. Todo mi ser sonríe ante él.
—No ha ido bien, pero no me importa… porque tú y yo… ¿no? Estás un poco pálido.
No le dejo terminar la frase. Le beso. Una vez, y otra y otra. Hasta que jadea mi nombre.
—¿Tienes que ir a clase? —le pregunto.
—No.
—Tengo que contarte algo.
Arranco el coche y le llevo a mi nuevo hogar. Nada más entrar por la puerta me abalanzo sobre él como un puñetero animal.
—Párame —le gruño.
—Sigue.
—Párame, Álex. —Me está costando hablar.
—Sigue, cariño. —Me besa. Su voz es brea, y su piel está ardiendo—. Dale… —Oír mi nombre, dicho de esa forma tan obscena, me hace temblar.
Le desnudo con violencia y le tiro en la cama. Me echa las piernas a la cintura cuando me quito la camiseta. Me desabrocho los vaqueros y se ríe cuando le cojo de las muñecas y se las sujeto con firmeza por encima de la cabeza. Le acaricio el costado, le beso con fuerza. Él jadea bajo mi cuerpo.
—Párame, cariño.
—No —ronronea—, no quiero. —Tiene la polla hinchada y caliente y gime cuando se la cojo y aprieto—. Joder, sí. —Mueve la cadera, levanta el cuerpo.
—Hostiaputa, Álex. —Me incorporo, tiro de sus piernas, le levanto el cuerpo. Él se escupe en las manos y me lubrica justo antes de empujar la cadera, de buscarle, medio ciego, famélico, intentando ir despacio cuando lo que quiero es fundirme con él.
Le penetro, todo lo despacio que puedo, que es poco. Le clavo los dedos en las piernas, en el culo, se me nubla la vista, y le oigo gritar, le oigo pedirme más y más. Y tengo que morderle el cuerpo para no soltarle un «te quiero con toda mi alma»
Noto que se corre. Su semen se esparce entre nosotros.
—Sigue —me pide— más. —Está temblando, aferrado a mi cuerpo. Me corro sin verlo venir. El orgasmo me zarandea y por un instante dejo hasta de respirar.
Caigo temblando sobre él y nos abrazamos con fuerza, con los brazos, con las piernas. Y tengo que volver a cerrarme la boca, besándole esta vez, para que el «te quiero» que amenaza con desbordarme no lo eche todo a perder, no lo asuste, no lo aparte de mí de ninguna manera.
Nunca en mi vida he dicho «te quiero». Y nunca lo he creído cuando me lo decían.
Pero él… Con él todo es distinto. Infinitamente mejor.
Y le quiero. Sin ninguna puñetera duda.
Después del sexo, en la tranquilidad de los abrazos, le conté todo lo que había pasado anoche. Bueno, todo no, omito el intento de violación. Las acusaciones de pocohombre, maricón, y demás. Eso no se lo cuento.
Él me mira con sus preciosos ojos de ciervo llenos de preocupación.
—Tengo la pensión de mi padre. Sé lo que estás pensando. Y Sarah me manda dinero del fideicomiso hasta que sea mayor de edad y pueda disponer de ello. Y tengo mi trabajo. Y lo más importante de todo, te tengo a ti. Me he librado por fin de ese infierno. Todo está bien.
—Si no fuera así… —murmura.
—Te lo diría.
—Dale… —Me besa. Tiembla ligeramente cuando lo hace—. Tú y yo…
—Tú y yo vamos a poder con todo lo que nos echen.
Vamos al insti a media mañana.
Mike y Jayson nos están esperando fuera. Sonrío al ver la ternura con la que Mike besa a Álex en la cabeza.
—Vente a casa —me dice.
—Está todo solucionado.
—Dale, vente a casa, no es necesario que estés solo.
—Miki, he dormido como un tronco, tan a gusto… —Quiero decir que el miedo tardará en desaparecer, pero no delante del instituto, donde parece que últimamente siempre hay alguien escuchando.
Jay me da un apretón en el hombro.
—Lo que necesites, y lo sabes. —Me mira a los ojos—. ¿Está claro?
—Sí. —Tengo a Álex cogido de la mano.
—¿Vamos a clase, o echamos el día?
—El día. —Jay sonríe—. El díaaa.
—¿Qué es…? —Álex me tira de la mano—. ¿Qué es echar el día?
—Es… —Mike le pasa el brazo por los hombros— no pisar el insti… Irnos al centro, o al puerto, o adonde sea.
—¡El día! —exclama, con los ojos brillantes—. ¡Dale!
Me río ante la cara de felicidad de Mike.
—Me encanta este crío.
Y nos vamos, a los billares del centro, a ver discos, a comer al puerto.
Empieza a hacer frío, pero la sensación de tranquilidad, de saber que no tengo que volver más, es perfecta.
Cuando dejo a Álex en casa, se le nubla la vista.
—Llámame si te agobias. Vengo a buscarte enseguida.
—No es eso. —Gatea hasta mí. Echo el asiento hacia atrás y le abrazo—. Me ha encantado pasar el día contigo, el polvazo de esta mañana—pone los ojos en blanco con una sonrisa—, la ducha.
—¿Quieres venirte conmigo?
—Síííí. —Hace un puchero—. Pero no puedo.
—¿Está tu madre?
—Sí. Y dijo que teníamos que hablar.
—¿Quieres que entre contigo?
—Síííí. —Me besa—. Pero no te voy a hacer eso. —Me para cuando apago el contacto del coche. Me sonríe—. Tengo que hablar con ella. No será la primera cosa que hago que no acepta. Aunque sí es la más importante.
—Álex. —Aprieto las muelas. Álex, te quiero, te quiero, te quiero. Cojo aire—. Nene, llámame por favor. Estoy por quedarme aquí aparcado.
—Eres una pasada. —Me abraza—. Venga, te llamo esta noche.
—Que te vea entrar.
Va hasta la puerta arrastrando los pies. Una vez que ha entrado y ha cerrado la puerta, me atrevo a decirlo a media voz, casi en un susurro.
«Te quiero».
Arranco y me voy a mi casa, donde las sábanas huelen a Álex, y no a miedo.
ÁLEX.
QUINCE AÑOS.
Bajo a desayunar en silencio. Al pasar por la puerta cerrada de la habitación de mi madre, miro de reojo.
Llevamos discutiendo desde que le empecé a decir que me gustaba Dale, pero cuando por fin le dije, hace dos noches, que estábamos juntos, la cosa está fea. Sin saberlo, elegí la misma noche para decírselo a mi madre que en la que a él le echaron de casa. Estoy cansado, triste y preocupado. Sabía que mi madre no lo encajaría bien, pero hasta el extremo al que parece que vamos me asusta.
En la cocina, cojo un par de manzanas y las guardo en la mochila. Salgo por la puerta de atrás y me voy al final de la calle.
Dale me está esperando allí. Está apoyado en el capó del coche y me abraza con fuerza.
—¿Cómo estás? —Me besa cuando levanto la cara para mirarlo.
—Tenía ganas de verte.
—¿Qué tal anoche?
Pongo los ojos en blanco y escondo la cara en su pecho. Él no pregunta más y me abraza más fuerte aún.
—¿Echamos el día? —Rezongo sobre su piel. Suelta una carcajada suave—. Vale… Yaa.
—No, si es que me lo estoy pensando. —Lo miro con ojos de súplica y vuelve a reír.
—Dos días seguidos de pellas, Álex, no quiero joderte la media. —Sonríe—. No me mires así, por favor
Estiro el cuello para besarle.
—Vaaaleee, vamos al insti.
Tengo que hacer un esfuerzo enorme para soltarme de él. Nos montamos en el coche.
—¿Qué tal tu cama nueva? —le pregunto mientras él arranca.
—Demasiado grande. —Me mira de reojo, solo un segundo—. Prefiero la tuya.
—No me digas estas cosas si quieres ir a clase. —Suelta una carcajada.
—Ven aquí, anda. —Se mueve un poco y yo me acerco a él. Aspiro fuerte su olor y suspiro.
—Tengo una camiseta casi terminada.
—¿Sí? ¿Cuál?
—La de los ojos negros.
—¿Cómo la has hecho al final?
—Con mucho blanco. —Que esté atento a lo que le cuento me hace sonreír, sonreír como si no pasara nada, sonreír como un bobo.
—¿Y has tenido bastante o quieres que nos pasemos por la tienda de arte a mediodía? —En serio, ¿este hombre es de verdad?
—Me llega para terminar esta. —Le beso en el brazo—. ¿Te das cuenta de lo que haces?
—¿Qué hago? —Me mira un segundo.
—Me pones cara de bobo.
—¿Cómo? —Sonríe. Esa sonrisa, esa sonrisa que hace que se ilumine el día.
—Que me preguntes, que te acuerdes de una camiseta, con la que tienes encima… —Cojo aire—. Con todo lo que…
—Álex —me corta. Está sonriendo. Levanta la mano, con la palma estirada y entrelazo mis dedos con los suyos—. Me interesas tú. —Aparca el coche, pone punto muerto y gira el cuerpo para mirarme—. Me interesas tú. No solo follarte, aunque me vuelvas totalmente loco y sería capaz de estar montándomelo contigo todo el puñetero día. —Suelto una carcajada—. Me interesas tú. Desde los mordiscos que te dieron las Martens, las uñas llenas de tinta, cada pendiente que te pones, cada canción que te hace reír o llorar, cada cosa que te pasa por la cabeza, cada dibujo que haces, cada sueño que tienes, cada cosa que pasa en tu vida. —Me está mirando a los ojos, con el cuerpo echado hacia mí. Me acerco a él, como si la gravedad fuera él—. Me interesas tú.
Ahora mismo, si pudiese hablar, solo podría decirte que te quiero. Menos mal que me he quedado mudo y solo puedo besarte.
Eres la gravedad, porque eres mi mundo.
ÁLEX.
QUINCE AÑOS.
PRIMER FIN DE SEMANA DE OCTUBRE.
Nos pasamos encerrados en aquella diminuta habitación desde el viernes por la tarde hasta el domingo por la noche.
Los dos habíamos tenido malos días. Los suyos, infinitamente peores que los míos. Yo tan solo había discutido con mi madre. Él estaba en la calle. Posiblemente tendría que dejar el instituto para trabajar a jornada completa.
Y, a pesar de todo, se le veía tranquilo, hasta feliz.
La habitación del motel donde vivía era pequeña, pero agradable. Al menos para mí. Estar allí significaba estar con él.
El viernes, al llevarme a casa, me dijo que no quería salir, que no quería ver a nadie. Estábamos en la puerta de mi casa.
—Lo entiendo —murmuré.
—¿Te paso a buscar luego? —Me miraba de esa manera.
—Pero has dicho…
—Álex —me corta, sonriendo—, me refería al resto del mundo. Tú, cariño, no estás incluido ahí.
—No vengas a buscarme muy tarde.
—En una hora.
—Sí… —Abro la puerta del coche—. O si me das diez minutos…
—Aquí te espero.
Entré corriendo en casa. Mi madre no estaba. Cogí un poco de ropa. Un cepillo de dientes y salí pitando.
—Paramos a comprar mierda azul, no te preocupes —dijo mientras arrancaba, con una sonrisa.
Y toda la semana desapareció en ese preciso momento.
Mi madre dice que soy muy joven, que soy muy infantil, que estoy muy consentido Dice que Dale, que ese tío, como ella lo llama, es un capricho temporal para llamar la atención, una rabieta momentánea.
Puede que tenga razón, no sé lo que es el amor. O no lo sabía hasta que este tío apareció en mi vida.
Puede que sea temporal, aunque solo pensarlo hace que me duela el mismo corazón.
Puede que tenga razón en todo, como ella dice, y que yo esté absolutamente equivocado, como ella dice.
Pero en cuanto llegamos a esa pequeña habitación de motel, y él cierra la puerta, y nos quitamos las botas, me siento en casa. Siento que es mi hogar. Que él es adonde tengo que volver siempre, al final del día.
Esa noche hacemos el amor tan despacio que todo mi ser arde.
Sus ojos brillan cuando me mira, sus manos no se apartan de mi cuerpo, sus labios se hinchan cuando me besa. Su piel… Su piel huele a verano, a playa, a estrellas, a pura luz.
Su postura, al apretarme contra él, el calor inmenso, mis genitales a punto de reventar. Todo mi ser es suyo.
Me sale de las entrañas, del corazón, del alma, me abrasa la garganta y se me escapa de los labios a su cuello.
Te quiero.
Un «te quiero» ronco y tan real que por un segundo el terror más profundo me deja inmóvil.
Entonces él me mira a los ojos, sin soltarme. Tiene los ojos brillantes y me echo a temblar cuando veo que son lágrimas. Sin embargo, me sonríe. De esa manera que es solo para mí.
—Repítelo —me pide en un susurro.
—Te quiero. —Esta vez, mirándole a los ojos, consciente de lo que digo—. Te quiero, Dale.
Ese beso, ese beso es, probablemente, el beso más intenso que me ha dado nunca.
—Te quiero —me susurra al soltarme la boca—. Te quiero con toda mi alma, Álex, desde la primera vez que te vi.
El mundo no existe. Solo estamos nosotros.
Este lado del espejo está lleno de luz.
DALE.
DIECISIETE AÑOS.
OCTUBRE.
Definitivamente, nunca había estado enamorado. Esto, esto que siento todo el tiempo, es una pasada.
Oírle decir te quiero me hizo sentir cosas que pensé que no estaban hechas para mí.
Y decirle te quiero al fin, ver su expresión… fue simplemente perfecto.
Me paso por su clase a media mañana.
Está sentado encima de una mesa, con las piernas cruzadas y los codos sobre las rodillas. Lleva una camiseta mía, la de Joy Division. Está hablando con Travis, pero al girar la cabeza y verme apoyado en el marco de la puerta, le cambia la expresión.
Salta al suelo y trota hasta mí. Su cascabeleo me hace sonreír.
—¡Hola! —Me apoya la mano en el pecho y me besa. Echo mi mano por encima de la suya antes de que la aparte.
—¿Cómo estás?
—Bien. —Suspira, se acerca a mí y sus ojos cambian—. Estás muy guapo hoy.
—No me mires así en público si no quieres que la líe. —Intento ponerme serio, pero me es imposible.
Soltamos una carcajada.
—Solo quería verte. —Le cojo de los vaqueros y le acerco a mí. Me mira a los ojos. Me mira directamente al alma.
—Te quiero —me susurra— y me encanta decírtelo.
—Te quiero —digo en sus labios antes de besarle. Sé que tengo que soltarle. Suspiro pesadamente y me voy apartando de él.
—¿Te veo en la comida? —Cuando le suelto, deja caer los brazos a los costados. Lo que en cualquier otro ser humano sería un gesto normal, en él hace que me tiemblen las tripas.
No soy el único que se lo come con los ojos.
Le guiño un ojo y me voy para mi clase.
El teléfono me empieza a vibrar en el bolsillo. No quiero mirarlo. Sé lo que es.
Más puñeteros mensajes anónimos.
Más amenazas.
Más salvajadas.
Por lo menos me llegan a mí y no a él. Él está a salvo, e intentaré mantenerlo al margen todo el tiempo que pueda.
ÁLEX.
QUINCE AÑOS.
OCTUBRE.
Me asomo a la clase de Dale antes de que cierren la puerta. Son las once de la mañana y estoy saturado. Sé que tiene la asignatura convalidada y espero pillarle antes de que se marche.
—¡Hola,nene! —Mike sale nada más verme.
—Hola. —Le doy un abrazo—. Vengo a buscar a Dale.
—Está en el parque.
—¡Nene! —vocea Jay desde el fondo de la clase—. ¿Cuándo me vas a hacer una camiseta?
—Luego me cuentas cómo te gustaría.
—¿Qué camiseta? —Otro chico, que he visto algunas veces con ellos, se acerca a mí. Es alto, casi tanto como Dale. El pelo ondulado, los ojos castaños. Es muy guapo, y me da cierta angustia cuando le veo cerca de Dale, la verdad. Se acerca a mí, con una sonrisa suave en los labios.
—Como la que lleva —dice Mike—. ¡De Tully!
—En serio —me mira de arriba abajo—, ¿las haces tú?
—Las pinto.
—Eres el crío de los dibujos, ¿no? —Cambia el peso del cuerpo de una pierna a otra y hace que ese gesto parezca lascivo. Me sigue mirando, con esa sonrisa suave aleteándole en los labios y en los ojos.
—El chico de Dale, sí. —Me estiro.
—Toma ya —suelta Mike. No se ha separado de mi lado, pero ahora parece destensar el cuerpo. ¿Qué está pasando? ¿De qué no me estoy enterando?
—Vale, lo pillo. —Pero sigue mirándome.
—Está detrás, ¿vale? —Mike me abraza de nuevo—. Y tú —mira al chico alto—, tira para adentro.
—Valee. —Mira a Mike con los ojos entornados. ¿Cómo se hace eso? ¿Cómo se dice «me pones un montón» solo con una mirada?
—¡Que no me mires así! —Se ríe Mike.
Me voy al parque. Sé que voy colorado. Nunca antes, hasta este preciso momento, no hasta ahora, al menos, me había visto a través de los ojos de nadie.
Ese chico, ese chico de la clase de Dale, me miraba como si le gustase. No como un niño, sino como… ¿Y porqué Mike no se ha apartado de mí?
Le veo en el fondo del parque. Y se me olvida todo.
Está sentado con las piernas dobladas en el banco, leyendo. Lleva los vaqueros rotos y las rodillas al aire. Sus Martens gastadísimas. Anillos en casi todos los dedos. Una camiseta de manga larga y otra de Slipknot encima.
Me quedo parado, mirándole, durante un rato. Es perfecto, todo él.
Me acerco despacio. Una parte de mí quiere saltar sobre su boca y la otra se mueve despacio para poder seguir mirándole.
Al final, levanta la vista, me mira y sonríe. Y quiero decir que toda su cara sonríe.
—¡Eh! —Baja las piernas del banco y cierra el libro, dejando el dedo índice entre las páginas.
Me siento a su lado, me pasa el brazo por los hombros y me besa.
—¿Qué te pasa?
—Te he estado mirando… Estabas tan… Joder. Necesito pintar. —Oigo cómo se ríe mientras saco el bloc y unos lápices de 3b.
Él vuelve a apoyar la espalda en el banco, me coloca en el hueco de su cuerpo, levanta la otra pierna y abre de nuevo el libro.
Y yo, de golpe, me encuentro en el cielo. Noto su calor, su olor maravilloso, tengo su brazo descansando en mi pecho y libertad total de movimientos.
Doblo las piernas, pego los pies casi al culo, y abro el bloc.
—¿Bien? —dice desde detrás.
—Sí. —Empiezo a pintar.
Llevo días sintiéndome muy bien, pero ahora mismo es la escenificación perfecta de la felicidad.
Me siento a salvo con él. Y también me siento fuerte con él.
Supongo que han pasado un par de horas, porque tengo el culo cuadrado del banco y hay más gente a nuestro alrededor. Y muchos nos miran.
Mike y Jayson vienen hacia nosotros. Jay se asoma al bloc y Mike cotillea el libro de Dale.
—Todo el mundo os ha estado haciendo fotos. —Mike sonríe—. Estabais perfectos.
—¿Eh? —Lo miro sin entender. Él saca su móvil, y tras tocar un par de veces la pantalla, me lo da.
Y no me puedo creer lo que veo.
Una foto alucinante nuestra. Él, perfecto, leyendo. Yo, a su lado, pintando.
Dale me coge la mano con la que sujeto el móvil.
—¿Quién la ha hecho? —Está sonriendo.
—Todo el mundo. Ya te digo, que estabais perfectos.
Dale me aprieta contra su costado.
Me siento a salvo.
Me siento fuerte.
Me siento feliz.
DALE.
DIECISIETE AÑOS.
Estoy apoyado en el lavabo, con las manos en los bolsillos y los pies cruzados, esperando.
Oigo el sonido de la cadena y la puerta que se abre. Y lo veo salir, terminando de abrocharse los vaqueros. Recuerdo haber desabrochado esos vaqueros cientos de veces, con violencia, con rabia.
Cuando me mira, sonríe.
—Hola, guapo. —Abre el grifo del agua a mi lado y se empieza a lavar las manos. Pero me sigue mirando.
—Hola, César.
—Hoy he conocido a tu chico. —Directo, como siempre.
—Eso me han dicho.
Termina de lavarse las manos, cierra el grifo y, tras sacudir al aire un par de veces, se seca en los pantalones.
—Es muy guapo. —Sonríe—. Muy muy guapo.
—Sí que lo es.
Se pone frente a mí. Resbala la mirada por mi pecho, suspira y vuelve a mirarme a los ojos.
—Estás increíble, Dale.
Le recuerdo gritando mi nombre, pidiéndome que parara, que fuera más despacio.
—Gracias. ¿Tú estás bien?
—Sí. —Se encoge de hombros—. Normal. —Arruga la nariz. Ese gesto fue el que me llamó la atención la primera vez que le vi—. ¿Y tú? Aparte de lo obvio, claro. —Hace un gesto con las manos abarcándome el cuerpo.
—Estoy bien. —Me levanto del lavabo del que estoy apoyado. César no retrocede. Sigue oliendo a Hugo Boss.
—No sabía que era tu chico. Ya sabes que he estado un poco desconectado. —La sutileza con la que dice que ha estado hecho polvo me hace admirarle.
—No es eso. —Me muerdo los labios—. Quería hablar contigo.
—No voy a decirle nada, Dale, no se me ocurriría.
—No… César —levanto la mano y se la pongo en el estómago, casi sin pensar. Noto que da un respingo y se acerca a mí—, escucha, quería pedirte perdón.
—No hay porqué.
—Sí lo hay —suelto.
—Escucha… —Se pasa la mano por el pelo, alborotando sus suaves rizos castaños—. Los dos estábamos destruidos. Tú me utilizaste a mí igual que yo te utilice a ti. —Me sonríe—. Ahora tú estás bien —lo dice en castellano, abriendo mucho los ojos—, yo estoy bien —se encoge de hombros nuevamente— y ya está.
Le cojo las manos. Él se deja. Levanto un poco el jersey que lleva. Las enormes marcas en las muñecas son como dos puñetazos en la tripa.
Paso los dedos por encima. Están rugosas… Tiernas.
—Dale —me susurra—, estos son mis propios demonios.
—No dijiste nada.
—Tú tampoco.
Le sonrío. No lo suelto en un rato. No puedo. Esas marcas, esas enormes cicatrices.
—Me siento feliz por ti, Dale. —Es él el que se suelta. Me coge de la cara y me hace mirarlo a los ojos—. Estás tan guapo, tan entero… —Sonríe. Y lo hace de verdad, lo conozco bien.
—Si necesitas algo —lo digo en castellano, y lo hago sonreír de nuevo—, ¿me lo dirás?
—No. Pero gracias. —Me abraza, un poco con timidez, un poco con ternura—. Tienes un chico muy guapo.
—César…
—Estoy bien. —Arruga la nariz—. Lo estaré.
Mike me está esperando fuera.
—¿Cómo ha ido?
—No lo sé —bufo—; fui un puto cerdo con él.
—No es verdad, Dale. —Me coge del brazo y me obliga a mirarlo—. No lo fuiste.
—Si alguna vez le hago daño a Álex, como a él. Como hice con él… —Cojo aire con fuerza—. No puedo… como antes.
—Dale, respira.
—Miki, le hice llorar tantas veces. —Señalo hacia el baño, de donde César no ha salido aún—. me emperré en estar con él y al final…
—Ni se te ocurra terminar esa frase. —Me pone la mano en la boca—. Erais críos, los dos.
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