Kitabı oku: «La jugada de mi vida», sayfa 2

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PRIMERA PARTE EN UN LUGAR DE LA CANCHA

1. EL PARAÍSO PERDIDO

«Sólo sé que era feliz, muy feliz.»


Apenas tenía ocho años y ahí andaba Andrés, pequeño y enjuto, tan blanco y delicado que parecía no tener sangre ni huesos, como si fuera de algodón, pura fibra que se tensaba inexorablemente en cuanto asomaba la pelota. Algunos aseguran que siempre ha tenido cara de niño bueno, pero otros intuyen otros perfiles, gestos que van y vienen según la forma de tejer cada jugada. Lo suyo es el balón en cualquier territorio, no un espacio, no un sector de la cancha: desde su añorada infancia en Fuentealbilla, el pueblo manchego donde nació en 1984, el reino de Iniesta es y ha sido todo el campo.

Un descampado de tierra vio sus primeros regates; después llevaría sus dominios al patio del colegio. Día tras día correteando en aquella explanada de cemento, sin descanso, sin tregua. La dicha del juego hasta la caída de la tarde.

«Me pasaba las horas jugando cuando acababan las clases – recuerda ahora—. Es una lástima que por aquel entonces no hubiera luz en la pista. Se hacía de noche y me tenía que ir, a veces mi madre o mi abuela tenían que venir a buscarme. Le habría sacado más provecho a esa pista si hubiese tenido luces como ahora.» Las farolas de la calle no bastaban para iluminar su avidez futbolística.

En aquel modesto patio de escuela, bastante cerca del bar Luján que regentaba la madre mientras su marido repartía cuadrillas de albañiles por la región, empezó a forjarse la leyenda de un jugador prodigioso.

«Yo era cuatro años mayor que él. Tenía diez y Andrés seis, pero ya jugaba como tres o cuatro veces mejor que yo – Abelardo, viejo amigo del pueblo apodado el Sastre, aún ve a la pequeña figura caminando hacia su casa—. ¿Nuestra relación? Fútbol, fútbol y más fútbol. No había otra cosa en nuestras vidas. Venía a mi casa con el balón bajo el brazo, un balón de goma blanca gastado por tantas patadas como le dábamos. No teníamos otra pelota. El balón hacía más bulto que él. O me venía a buscar o iba yo al bar Luján.» Fuera cual fuese el punto de encuentro, el ritual no cambiaba: «Luego nos íbamos peloteando a la pista de la escuela – cuenta Abelardo—. Allí pasábamos las horas hasta que venían a buscarlo, casi siempre aparecía su abuela. Yo, como era mayor, me iba solo a casa».

En Fuentealbilla no había campo de fútbol, sólo contaban con el patio «polideportivo» de la escuela solemnemente presidido por un árbol majestuoso. «Recuerdo ese árbol desde que tengo uso de razón. Según me contaron mis padres, en aquel sitio había antes una balsa y el árbol, claro. Luego hicieron la pista para los niños. Allí estábamos todo el santo día jugando al balón. Julián, Andrés y yo. No necesitábamos a nadie más. Tirábamos penaltis, hacíamos vaselinas, nos divertíamos de mil maneras – añade Abelardo, emocionándose con el recuerdo de la castigada pelota blanca que iba de pie en pie—. ¡Cómo me gustaría encontrar aquel balón de goma dura! ¡Ya no tenía ni color! – exclama sabiendo que el hallazgo de esa joya es una quimera—. ¿De verdad era blanco? Ya ni me acuerdo, pero sí tengo muy presente la imagen de Andrés viniendo por la calle con el bocadillo en una mano y el balón en la otra… o dándole patadas a la pelota. Cuando ahora lo veo jugar me viene siempre esa imagen a la memoria. Era como Oliver Atom,1 nunca se separaba del balón.»

El tercer amigo, Julián, también recuerda esa estampa cotidiana: «Después de clase llegaba a la puerta de mi casa con el balón y el bocadillo: “¿Bajamos a echar unos tiros?”. “Vale, Andrés”, le contestaba». Y los dos iban en busca de Abelardo para formar el primer tridente en la vida de Iniesta. Julián vivía (y vive) muy cerca del bar Luján, de modo que no perdían mucho tiempo en los preparativos. Reunidos los tres empezaba el festival de pelota. «No paraba de darle patadas al balón, chutaba contra los muros de las casas, nos hacía pases – cuenta Julián—. Nos inventábamos juegos, concursos de faltas, de penaltis… Pasábamos horas y horas en la pista. Si necesitábamos un portero, invitábamos a uno de los pequeños. Andrés era de los pequeños, pero siempre jugaba con nosotros. Era tan bueno que no podía jugar con los de su edad. Se aburría. Por eso le dijimos que se viniera con nosotros. Los demás eran porteros o los poníamos en la barrera cuando hacíamos el concurso de faltas.» Entre clases y juegos discurrían las vidas de Andrés, Julián y Abelardo en Fuentealbilla.

«Algunas noches también andábamos peloteando por las calles del pueblo. El problema surgía cuando “calábamos” la pelota (sí, aquí se usa esa palabra) en el patio de un vecino», cuenta Julián. Aquel tridente infantil perdía a veces el buen gobierno del balón y éste acababa en territorio hostil: más de un ciudadano estaba hasta las narices de los balonazos que sufría su vivienda. La gran duda era quién le ponía el cascabel a tan temible gato. Casi siempre era uno de los mayores, Abelardo o Julián. Andrés aguardaba expectante a que el emisario volviera con el preciado tesoro. «No veas las caras que ponían los vecinos, ¡ja, ja, ja! Pero al final, y aunque fuese de mala gana, solían decirnos: “Bueno, venga, ahí tenéis la pelota”.»

La maldita pelota para los pacientes hijos de Fuentealbilla; la bendita pelota para la incansable delantera. «El balón, por cierto, era casi siempre suyo. Ésa es la verdad, casi siempre lo traía él – explica Julián sin ocultar el orgullo de haber intervenido junto a Abelardo en los primeros pasos (y carreras) de un astro futbolístico—. Después de tanto jugar con él, acabamos aprendiendo. Nunca llegamos a su altura, por supuesto, pero teníamos más nivel que otros chicos del pueblo – dice Julián—. Andrés se enfrentaba a los mayores. Y os digo una cosa: no es lo mismo hablar de su juego que verlo jugar. Hacía lo que quería con gente que le doblaba la estatura. Lo prometo por mis hijos. Se giraba con la pelota y dejaba sentado al mejor del pueblo. Parecían de plástico. Lo llevaba en la sangre, no hay duda.»

«Andrés es puro fútbol», sentencia Abelardo.

Cuando el sol se ponía, los tres amigos empleaban a veces un «campo privado» para no atormentar a los sufridos vecinos. «En el Luján había una sala interior donde nos montábamos el último partidillo. Mientras nuestros padres cenaban en el bar, nosotros cogíamos una pelota de tenis o de papel e improvisábamos un juego. Uno, por ejemplo, se tumbaba en el suelo apoyado en la pared y hacía de portero. ¿Cómo paraba los goles? Pues arrastrándose por el suelo. Terminábamos sudando la gota gorda.» Los fines de semana aparecía Manu, un primo de Andrés que advirtió enseguida la importancia de lo que estaba ocurriendo en las calles de aquel pueblo.

«Andrés vino recomendado cuando todavía era muy niño. ¿Por quién? Por su primo Manuel, que jugaba entonces en el Albacete», recuerda Víctor Hernández, uno de sus primeros entrenadores en el club manchego. Después tampoco hubo muchos, porque su vida futbolística fue corta en aquella tierra.

La historia empieza con Pedro Camacho, hermano del exfutbolista y entrenador José Antonio Camacho. Pedro había entrenado en el Atlético Ibañés a un jugador con fama de exquisito en los campos de la Manchuela.2 Lo llamaban Dani en honor de Dani Ruiz Bazán, aquel delantero del Athletic, vizcaíno de Sopuerta, que brilló en el viejo San Mamés durante los años setenta y ochenta. El Dani albaceteño se llamaba en realidad José Antonio Iniesta, por aquel entonces era seguidor del Athletic y llegó a destacar en el modesto equipo de Pedro Camacho. «Tenía sus detalles, su manera de jugar; iba muy sobrado como centrocampista en Preferente y Tercera, pero, desde luego, no era como su hijo», señala Camacho.

– No, no puede, aún no tiene la edad – le respondieron a José Antonio Iniesta en el Albacete cuando quiso que vieran a su chico después de leer un anuncio en la prensa donde se informaba de que se abría el periodo de pruebas para niños—. Es demasiado pequeño.

Andrés tenía siete años y era demasiado joven. También era bajito. Pequeño ha sido toda la vida: su grandeza era otra.

El muy obstinado José Antonio nunca acepta un «no» por respuesta, así que recurrió a Pedro Camacho, su antiguo entrenador y hermano del célebre Camacho madridista (quien, por cierto, acuñaría la imborrable exclamación «¡Iniesta de mi vida!», tras el gol de Johannesburgo). Y, junto al Campo de la Federación, dieron con un arreglo. No era propiamente una cancha de fútbol, ni mucho menos, sino un terreno habilitado para la práctica del fútbol siete. De tierra y sin vestuarios. Bueno, había unos vestuarios, pero pertenecían al campo de hierba contiguo. Pedro dirigía allí una escuela de fútbol.

«Vino a verme Dani. ¿José Antonio? Bueno, para mí siempre será Dani, el jugador que tuve en el Atlético Ibañés. Aún recuerdo que el presidente del Atlético me dijo: “En septiembre llegará un jugador muy bueno”. No podía venir antes porque trabajaba en Mallorca durante el verano, pero volvamos al asunto – prosigue Camacho—. Dani me dijo: “¿Puedo traer a mi chiquillo? En el pueblo son cinco o seis niños de su edad y no tiene a nadie con quien jugar”. Y yo le dije que sí, claro, pero recuerdo que también comentamos los inconvenientes: “¡Estáis a cincuenta kilómetros!”. Y él contestó: “¿Crees que no lo sé? Los tengo contados, son cuarenta y seis. No pasa nada”.»

Dani no titubeaba y a Pedro le zumbaban ya los oídos con las noticias que le llegaban del chico a través de Manu. Era, en efecto, muy pequeño, apenas tenía siete años, y Pedro no quería saltarse las normas que establecían la edad mínima para los jóvenes futbolistas. Al final, sin embargo, Andrés entró en la escuela. Allí se formaría con Juanón y el propio Pedro, sus primeros técnicos, e incluso llegaría a jugar un torneo en Sants, un barrio de Barcelona próximo al Camp Nou.

– Tengo un primo muy pequeñajo que es buenísimo. En el pueblo juega de maravilla – contaba Manu a quien quisiera escucharlo—. Mi primo es bueno, muy bueno – sostenía una y otra vez—. Siempre destaca. Dímelo a mí, que he jugado de portero contra él. Hasta que no lo veas no te lo vas a creer – repetía.

La perseverancia familiar acabó imponiéndose a las reservas de Pedro Camacho.

Ya se sabe lo que ocurre con los críos: muchos padres creen ver en ciernes al mejor futbolista del mundo y José Antonio Iniesta, gran experto en la materia, no era precisamente una excepción. Una mañana cogió su Ford Orion azul y se presentó con su hijo en el campo, después de recorrer entusiasmado los cuarenta y seis kilómetros que separan Fuentealbilla de Albacete.

Quebrada la voluntad de Pedro Camacho, otro anuncio en el periódico le abrió las puertas que hacía un año se habían cerrado. El Albacete hacía nuevas pruebas y José Antonio volvió a la carga con Andrés, que ya tenía ocho años y cumplía así todos los requisitos. Una multitud de niños se sometía al veredicto de un jurado compuesto por Ginés Meléndez (coordinador del fútbol base en el club), Andrés Hernández (padre de Víctor), Balo (entrenador de los benjamines) y el uruguayo Víctor Espárrago (por aquel entonces entrenador del primer equipo).

«Vimos a Andrés en las pruebas y a los cinco minutos dijimos: “¡Saca al chiquillo de ahí, no hace falta más!” —recuerda Balo—. Igual no fueron ni cinco minutos, poco importa. Nos bastó con muy poco tiempo. Apenas estuvo en el campo, no había ninguna duda y aún teníamos que ver a muchos otros niños, debíamos aprovechar el tiempo observando a los demás. Entre las buenas referencias de su familia y lo que vimos nosotros era más que suficiente. Era una maravilla verlo con la pelota, tan chiquitajo como era… Parecía que el balón era más grande que él. Se ponía en el centro del campo y cogía el balón. No había forma de quitárselo, era imposible, pero imposible, vamos, como ahora», cuenta Balo, todavía asombrado por el prodigio diminuto que desplegaba tanta destreza frente a sus ojos aquella fría mañana. «No había nada más que ver, lo habíamos visto todo», dice Víctor. «Era distinto a todos los críos», subraya Pedro Camacho.

Y por allí andaba Andrés, el hijo de Dani, jugando en un equipo de niños y niñas, pateando el balón en un campito de tierra albaceteño.

– No te preocupes, Dani. Se quedará con los más chicos, estará conmigo – le dijo Camacho al padre de la criatura.

«En los primeros partidillos, tras unos quince minutos de calentamiento, cogía la pelota, regateaba a todos y marcaba. Así un día tras otro, hasta que me acerqué a él: “También tienes que buscar a los compañeros, tienes que pasar el balón a los demás, ¿vale?”.» Y aquel renacuajo – «le soplabas y se lo llevaba el aire, era muy chico; bueno tampoco es que haya crecido mucho desde entonces», bromea Pedro— se quedaba mirando al antiguo entrenador de su padre. «Sí, señor», balbuceaba el pequeño Andrés.

Así empezó a compartir la pelota con sus amigos, todos uniformados con un chándal que llevaba estampado en el pecho el escudo de la Federación Española de Fútbol. Sólo había un problema: «Cuando formábamos los equipos, todos querían ir con Andrés. Todos lo elegían. Sabían que ganaba los partidos. Él, mientras tanto, no despegaba los labios. Había peleas por jugar con él. Yo era de los peores. Si éramos doce, yo era el número diez y Andrés, claro, era el número uno, el capitán del equipo. En los entrenamientos, todos le pedían que fuera su pareja, pero él, tímido como es, se callaba. Hasta que al final decía: “Voy con Mario”. Buscaba a los más flojos para echarles una mano. Podía ir con niños mejores que yo, pero, no me preguntéis por qué, me escogía a mí». Esto cuenta Mario, que conoció a Andrés el día de la prueba. Entonces tejieron una gran amistad que aún perdura. «Él era de Fuentealbilla, yo de Albacete. No lo conocía, claro. ¿De qué iba a conocerlo? Hicimos la prueba y en el primer partidillo marcamos cuatro goles, dos él y dos yo. ¿Cómo? Muy fácil. Nos pusieron de delanteros y, cuando sacaba el portero contrario, nos colocábamos junto al área. Como no tenían fuerza para lanzarla lejos —éramos pequeñitos, ¡eh! – el balón se quedaba al borde del área. Estábamos cerca del portero y la pelota caía siempre a nuestros pies. La agarraba Andrés, hacíamos una pared y gol. ¡Sólo teníamos ocho años!», explica Mario, que no olvida el resultado de aquel partido (4–1). Tampoco una imagen grabada para siempre en su memoria:

– Nene, ¿te acuerdas de aquellos pantalones rojos que nos venían enormes por todos lados? – le pregunta aún ahora su viejo amigo Andrés.

A mediodía, cuando comenzaba el entrenamiento, una diminuta figura se presentaba en el último instante vestido ya de futbolista y con las botas puestas. Siempre con el tiempo justo. «¡Las que liaba el pobre para venir a entrenar! Su padre estaba en la obra y a menudo no podía traerlo. Nosotros no teníamos problemas porque vivíamos en Albacete. Salíamos del cole, nos íbamos a entrenar y después volvíamos a la escuela. Él, no. Por eso llegaba un pelín tarde», cuenta Mario. Se cambiaba en el trayecto de ida; a la vuelta, tras jugar con sus nuevos amigos, devoraba el bocadillo de chorizo y se bebía el zumo que le había preparado su madre. «¿Por qué entrenábamos a mediodía? Pues porque por la tarde no había campos disponibles. Estaban los alevines, los infantiles, los juveniles… Y porque Balo trabajaba en el casino de Albacete. Andrés llegaba con las botas puestas y con las botas puestas se iba.» Así, todos los martes y jueves se formaba el tándem Andrés-Mario en los entrenamientos, pero la pareja se deshacía cuando llegaba el fin de semana. Mario, por otra parte, no jugaba de titular. Nunca hablaban mucho fuera del campo, aunque tampoco es que contaran con tiempo para ello porque vivían en poblaciones distintas. Andrés, en cualquier caso, nunca se distinguió por su locuacidad.

«Era diferente de los otros críos – explica Pedro Camacho—. No hablaba nada, había que sacarle las palabras a codazos. Era muy atento, muy educado, se diría que sólo sabía decir “sí, señor”.»

Tenía razón Manu: quien veía jugar a aquel niño quedaba prendado de su extraordinaria habilidad. Aun así, era necesario desarrollar esa pericia y había un obstáculo: Albacete, como recuerda Víctor, «no tenía muchos campos por aquel entonces». La liga de los benjamines se jugaba siempre en una parcela donde cada fin de semana se disputaban entre diez y veinte partidos. «No teníamos vestuarios, nos cambiábamos en los coches. ¿Duchas? No, no había – continúa Víctor—. Casi todos los jugadores venían con la ropa de casa. ¿Andrés? Se quitaba el pantalón del chándal y a correr… A veces jugamos partidos en Almansa, en Hellín, en Caudete…»

Sea como fuere, aquel niño tan menudo nunca pasaba desapercibido.

–¡Joder con Andresito, qué barbaridad! – le decían a Víctor.

–¡Madre mía, qué maravilla de chiquillo! – oía su entrenador en cada partido.

«No, no era normal que destacara tanto. Hacía cosas increíbles con las dos piernas. ¿Eso se puede enseñar? Sería fácil decir que sí, pero no. Eso no se enseña, eso lo llevaba dentro. Y lo lleva. Era fantástico verlo jugar.»

Desde el día en que llegó de Fuentealbilla, los técnicos tuvieron una sensación extraña. «Nos rebasó a todos, a mí y a todos – confiesa Pedro Camacho—. El chiquillo se salía, pero nadie pensó que se saldría tanto. Para la edad que tenía era una bendición en esas categorías. No cuadraba en ningún sitio, no sabíamos de qué planeta había venido – cuenta aún desconcertado el exentrenador del Atlético Ibañés—. Era un extraterrestre.»

La voz corrió por toda la provincia. «No teníamos rival, ganábamos casi todos los partidos, nadie nos tosía», recuerda Víctor con indisimulada satisfacción. El equipo benjamín del Albacete empezó a ser conocido como «Andrés y sus compañeros»: Bruno, interior zurdo que rompía los espacios; José Carlos, portero; Mario, a quien Andrés elegía en los entrenamientos para que no se sintiera marginado; Carlitos Pérez, un delantero que llegaría a jugar en la Primera División eslovaca después de que Rafa Benítez lo fichara para el Valencia (aunque no logró debutar en Mestalla), y José David, alias Chapi, así apodado en honor a Chapi (Albert) Ferrer, el lateral derecho que cabalgaba por la banda del Camp Nou en aquella época.

«Todos me llamaban Chapi menos él. ¿Por qué? No lo sé, creo que le daba vergüenza; era el único que me llamaba José —cuenta aquel poderoso defensa que, si era necesario, se comía la tierra para salvar un balón—. Jugaba de lateral, aunque después terminé de central. Acabé en el Sporting La Gineta, un equipo de Tercera División, luego me casé y ya sabéis…», dice sin terminar la frase, tratando de explicar su desencuentro final con la pelota. Cuando vio por vez primera a Andrés, se quedó tan asombrado como Balo, Víctor o Mario: «El día de la prueba pensé: “¿Y éste de dónde ha salido?”. Llamaba la atención entre los doscientos chiquillos que nos reunimos aquel día», dice el lateral derecho de aquel gran equipo infantil. Al igual que Mario, es culé hasta la médula: «¡Si no lo hubiera sido no me habría dejado llamar así! —exclama al evocar aquellos tiempos—. Soy barcelonista de toda la vida. Además, me parecía a Albert Ferrer. Era rápido, agresivo, siempre jugaba con mucho nervio. Y ahora nos seguimos pareciendo: a los dos se nos ha caído el pelo», dice sonriendo José David. Su pasión por el Barcelona ha aumentado (si cabe un aumento) desde que su amigo Andrés triunfa con la camiseta azulgrana.

«Me acuerdo de tantas historias… De muchas. De cómo despuntó Andrés nada más llegar. De lo tímido que era, apenas hablaba, aunque, eso sí, te soltaba luego cuatro palabras y te reías a carcajadas. Le gustaba bromear con los compañeros, pero casi no hablaba. De blanquito no ha cambiado y era muy poquita cosa – cuenta Chapi—, poquita, poquita, ¡eh! Todas las camisetas le venían grandes. Parece mentira: con lo poco que hablaba y la personalidad que tenía en el campo. Era impresionante. Se echaba el equipo a la espalda. ¿Como ahora? Sí, igual que ahora. Tenía un carácter increíble con el balón en los pies. Lo veo jugar con el Barça y pienso: “Andrés juega igual que con nosotros”. Nada le daba miedo. Estaba encargado de tirar los penaltis. Él y Remi eran los capitanes, los dos muy serios. Y Andrés nunca protestaba a los árbitros. No se enfadaba nunca y ya desde niño tenía las cosas muy claras. Compartía habitación con él en el torneo de Brunete y empecé a montar una juerga saltando por las camas, jugando con los niños de los otros equipos, subiendo y bajando por las habitaciones, hasta que en una de ésas Andrés me dijo: “¡José, baja las persianas y apaga la luz, por favor! Mañana tenemos partido a las diez y media. ¡Ahora a dormir! Hay que descansar”. Se comportaba ya como un profesional», recuerda Chapi.

Aquellos chiquillos del 84 se lo pasaban bomba jugando al fútbol. Del cole al campo y del campo al cole. «Salían a las doce de la escuela. La jornada era entonces partida y en media hora estaban en la cancha ya cambiados. Andrés no, claro. Tenía que venir desde Fuentealbilla y la carretera no era como la autovía de ahora. Era más complicado. Lo traía su abuelo o su padre. Entrenábamos desde las doce y media o un poco más tarde hasta las dos. El horario era inalterable porque por la tarde no había hueco para ellos. Entrenaban los mayores y no había más campos», recuerda Víctor. Andrés se cambiaba a veces en casa de Manu.

«Tenía permiso del profesor para salir un poco antes – cuenta Balo— y por las tardes recuperaba el tiempo escolar perdido. ¡Qué sacrificio hizo esa familia, Dios mío! Llegaban aquí a la una menos cuarto o así, entrenaba y otra vez en coche para el pueblo.» Fuentealbilla-Albacete-Fuentealbilla: casi cien kilómetros en tres horas dos veces a la semana.

«Dani venía si había tenido tiempo para dejar a los albañiles en las obras. Si no, lo traía su abuelo», explica el tercer entrenador que tuvo en su tierra. Primero fue Pedro, luego Juanón, después Víctor, más tarde Balo y finalmente Catali.

«¿Hablar? Jamás hablaba. Era un niño muy callado. Calladísimo. Ni decía “hola” cuando llegaba ni decía “adiós” cuando se iba. Cada sábado jugábamos un partidillo, no de competición, sino para que ellos se divirtieran. Era un chiquillo pequeñito, habilidoso, muy habilidoso, sabía esconder el balón. No debía de pesar ni cuarenta kilos. Creo que no crucé una palabra con él», revela Juanón.

«Recuerdo uno de los días, seguramente era viernes, en que nos reuníamos por la noches para hacer balance del fútbol base – cuenta Balo—. Estaban Andrés Hernández, su hijo Víctor y Ginés, claro. “¡Madre mía! ¡Ya verás cuando te llegue Andrés el año que viene!”, me dijeron. Yo no lo había visto jugar después de la prueba porque entrenaba a los alevines y el horario coincidía con el de los benjamines.» Tanto elogiaron al primo de Manu que decidió comprobar por sí mismo las excelencias del muchacho. Aprovechó una rara ocasión en que alevines y benjamines no jugaban a la misma hora. «Llegué al campo y me puse en una esquina.» No quería molestar; ajeno al bullicio de los espectadores y a los gritos de su colega Víctor, sólo deseaba confirmar lo que había oído. «¡Santo Dios! ¡Qué suerte voy a tener el año que viene!», se repetía para sí mismo cada vez que el diminuto Andrés cogía la pelota. Cuando volvió a cruzarse con Ginés, le soltó entre risas:

–¡El año que viene no me echarás de aquí, Ginés!

Estaba claro que iba a contar con un diamante en bruto. Sólo había que pulirlo. Balo salió de aquella esquina conmocionado: sabía que lo mejor estaba por llegar. Y eso que Ginés le encomendó una ardua misión.

– Mira, Balo, tengo que pedirte un favor muy grande. Te encargarás de los dos alevines, el A y el B. Unos treinta chicos.

– Tranquilo, no pasa nada. En medio campo entreno a uno, en el otro medio a otro y yo en el centro mirando a ambos lados. Harán juntos el trabajo físico y al final jugarán un partidillo entre los dos.

Ginés, contento y Balo, también. Por primera vez en la historia del Albacete, el alevín B, el equipo más joven, ganó al alevín A, el equipo de los niños mayores. Andrés, naturalmente, pertenecía al grupo de los novatos.

«Claro que me acuerdo, ¡ja, ja, ja! Era una liga un poco extraña. El primero y el segundo se jugaban el campeonato a partido único. Y, además, los dos equipos estaban entrenados por Balo. ¡Menudo marrón! Fue un partido reñido, ganó el alevín B por 1–0.» Ganó el alevín del «liviano Andrés», según lo describe Bruno Moral, otro de sus primeros compinches en el campo. «Era muy ligero, muy bajito, muy pálido… muy delgado. Llevaba la raya en medio, como si le hubieran pegado un hachazo en el pelo. No tenía pinta de futbolista… ninguna pinta», cuenta Bruno. «¡Fue un año increíble! – exclama Balo—. A mí me conocía mucha gente porque había jugado en el Albacete. Iba por la calle y me preguntaban: “¿Cuándo jugáis? ¿El sábado? ¿El domingo? ¿A qué hora?”. El campo se llenaba cada fin de semana. Parecía el Carlos Belmonte.3 No te preguntaban nunca por el rival.»

– Balo lleva a un chiquillo que juega horrores – comentaban unos y otros.

El rumor circulaba por los campos de tierra o de hierba, por las escuelas y los bares, por toda la ciudad… Los árbitros le decían a Balo:

– Quítalo un rato y así el partido estará más igualado.

«Eso lo he vivido. “¡Venga, quítalo un ratito! ¡Sólo un poco, eh!” —Bruno Moral repite unas palabras que reflejan la abrumadora superioridad de su amigo Andrés con la pelota—. Lo veías jugar y pensabas: “¡Qué fácil es!”. Ése es su problema. Lo hace todo de un modo tan sencillo que los demás creemos que lo podemos hacer igual. ¡Y qué va! Es como si jugaras con la Play Station. Siempre encuentra la salida fácil con esa visión periférica que parece dominarlo todo. Es muy jodido, ¡eh! Es jodido estar ahí abajo y escoger siempre la salida adecuada. No sé cómo lo hacía porque desde la grada lo puedes ver, pero ahí abajo… Ahí abajo… Parece que va andando, tienes la sensación de que siempre hace lo mismo, pero no hay manera. A veces pensabas: “Ahora se le va el balón, ya no lo controla, ha tropezado…”. ¡Ni mucho menos! Te metía un cambio de ritmo y te dejaba tirado. Te engaña, te engaña siempre… Esa sensación cuando eres crío y te ves apurado porque no sabes qué hacer con la pelota – Bruno evoca los instantes angustiosos de un partido—. Te quema el balón. “¿Qué hago? Pues se la doy a Andrés y ya está solucionado todo.” Cuando nos quemaba el balón, todos se la dábamos. No la pierde, la controla, da el pase correcto… Era una delicia. A partir de él empezábamos cada jugada porque, además, martirizaba a los rivales. ¿Cómo? Lo presionaban todos, iban dos o tres a buscarlo, se giraba y, no sabías cómo, salía con el balón en los pies. ¡A la mierda la presión! Lo grande que tiene Andrés es que eso lo hacía con nosotros y lo hizo en la final de un Mundial y en las finales de la Champions.» El relato de Bruno va y viene de Albacete a Johannesburgo, Roma o París pasando siempre por Barcelona. Y no olvida las largas noches de soledad en la Masía.

«Todos hablan, y con razón, de su gol en la final del Mundial. Pero ved el partido. Fijaos, por favor. Vedlo entero. Se echaba cinco metros atrás, como hacía con nosotros, pedía la pelota, empezaba a tirar paredes y a divertirse. Andrés siempre te engaña. Parece enclenque, ¡pero ojo a su tren inferior! Parece lento, ¡pero ojo a esa arrancada en los primeros metros! Parece, parece… No, no te fíes cuando lo veas en el campo. No tenía pinta de futbolista cuando vino y mira dónde está», dice Bruno, el viejo compañero a quien le tocó vivir «la otra cara del fútbol». Terminó tan desengañado de la pelota que finalmente la abandonó. «Acabé un poco quemado. Con dieciséis años llegué a estar en el primer equipo del Albacete, pero no debuté. Hubo cambios de directiva, temas extradeportivos… Luego me fui a otro equipo y en los tres primeros meses no me pagaron… Jugaba de media punta, como Andrés. Antes le pasaba yo los balones, ahora se los dan Xavi, Busquets, Neymar, Messi… ¡Ja, ja, ja!», bromea, feliz con el éxito de un amigo que no ha cambiado el estilo futbolístico de sus primeros años.

«Me acuerdo de un torneo en Santander donde jugábamos, entre otros, contra el Racing de Jonatan Valle4 —continúa Bruno—. Cada viaje que hacíamos era una odisea para Andrés. Se ponía fatal, echaba de menos a su familia, vomitaba… El día que llegamos había un concurso de habilidades y él no pudo participar porque estaba malísimo. Llegó vomitando. Luego sí pudo jugar el torneo. Era de fútbol siete. Nos habían enviado una carta diciendo que no podíamos llevar tacos de aluminio o de goma. Debíamos usar botas multitacos. Andrés, si no recuerdo mal, se compró unas Umbro de color azul, pero le venían grandes. Se tuvo que poner algodón dentro para calzárselas mejor. Luego llegamos al campo y era de césped natural. Ellos salieron con taco largo. Nos la jugaron. Perdimos 5–4, y Andrés marcó los cuatro goles. Cuando llega el día clave siempre se echa el equipo a la espalda. Antes y ahora. Al año siguiente, ya como infantiles, volvimos a Santander y ganamos el torneo, pero él ya no estaba. “Ahora que te has ido al Barcelona ganamos nosotros”, le dijimos bromeando.» Pero ya nada fue igual para ellos. Ni, desde luego, para Andrés.

«Todavía guardo en mi casa las cartas que me enviaba Andrés desde la Masía. En aquella época no había WhatsApp como ahora. Y a él le encantaba escribir. No eran cartas cortas, de seis o siete folios cada una. A veces, yo también lo llamaba a la Masía: “Por favor, ¿me pone con Andrés?”. Y ahí nos tenías a los dos contándonos nuestras historias. De vez en cuando desempolvo esas cartas y me emociono.» José Carlos, portero del equipo de Andrés, Mario, Bruno, Chapi y Carlitos, conserva en su casa de Albacete el pequeño tesoro. «¿Qué me escribía? Pues me hablaba de su vida en Barcelona; por ejemplo: “Hoy hemos jugado contra el Castelldefels y hemos quedado 40-0. ¿Sabes una cosa, José? Aquí te lo ponen todo muy fácil. Cuando llegas al vestuario tienes toda la ropa preparada, no tienes que preocuparte de nada…”.» El portero, al igual que los otros amigos, descubría asombrado la nueva vida de Andrés lejos de Albacete, pero también compartía su dolor. «José, esto es muy duro. Echo mucho de menos a mi familia. Pero mucho. Es duro, muy duro», escribía la joven promesa.

1.Protagonista de la serie de dibujos animados conocida como Los supercampeones en Hispanoamérica y como Oliver y Benji en España.
2.Comarca albaceteña donde se encuentra Fuentealbilla.
3.Estadio del Albacete BalompiГ©.
4.Estrella del torneo donde tambiГ©n se dio a conocer el joven Iniesta. Ese episodio se cuenta en el siguiente capГtulo.
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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
17 ekim 2025
Hacim:
421 s. 53 illüstrasyon
ISBN:
9788416665433
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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