Kitabı oku: «La jugada de mi vida», sayfa 5

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4. NUEVA VIDA

«El día en que iba a debutar con el

Infantil B del Barça me quedé dormido.»


«El día en que iba a debutar con el Infantil B del Barça me quedé dormido. No sé qué me pasó. La víspera estuvimos charlando en la habitación de los mayores, no recuerdo hasta qué hora, pero sí sé que se nos hizo tarde, muy tarde. Cuando sonó el despertador ni me enteré, nada de nada. Menos mal que jugábamos en el Mini, que está cerca de la Masía, porque si no… Recuerdo, eso sí, que vinieron a llamarme y, sin desayunar, nos fuimos directamente al vestuario. Jugábamos contra la peña Cinco Copas. Ganamos 8–0 y metí cuatro goles, sí, ¡antes marcaba goles! Ése fue mi debut oficial con la cantera del Barça, no fue nada mal. Imaginad, mi primer partido y encima me quedo dormido. Con lo tímido que era, ¡menuda papeleta al entrar en el vestuario!»

Ursicinio López, entrenador y artesano del fútbol, no sabía qué pasaba. El partido estaba a punto de comenzar y Andrés no daba señales de vida. Podía imaginarse miles de razones, pero nunca que se hubiera dormido. Con el tiempo justo, aquel diminuto niño manchego apareció para enfundarse, por vez primera, la camiseta del Barça. Llegó y se puso a bailar con la pelota dejando su singular impronta grabada sobre el césped desde el primer día.

«Jugó con ese semblante serio y, a la vez, delicado que ha tenido siempre. No le gustaba presumir de nada, pero Andrés ya era un poquito la estrella. Sí, sí, desde el inicio. Era un chico de medio campo, un interior de enlace, tipo Luisito Suárez.» Ursicinio emparenta a Andrés con el único jugador español que ha ganado el Balón de Oro (1960). Aquel gallego triunfó en el Barça, pero no consiguió coronar su trayectoria con el premio que sin duda merecía: los palos de una final en Berna lo impidieron y le dieron el triunfo al Benfica de Bela Guttman (3–2). Con el Inter de Milán, en cambio, sí obtuvo el reconocimiento universal que proporcionan dos copas de Europa. Suárez fue un jugador elegantísimo formado con pelotas de trapo en las calles de La Coruña. Al igual que el no menos elegante Andrés en las calles de Fuentealbilla.

«Andrés tenía llegada, último pase, metía goles y, sobre todo, participaba de forma increíble en el juego. Como Luisito, vamos, o como Fusté», dice el viejo maestro aludiendo a Josep Maria Fusté, el Noi de Linyola, aquel exquisito cerebro que tuvo la desgracia de jugar en la década de los sesenta, cuando el Barça no ganaba nada. Por no ganar, no ganaba ni la Liga. Fusté no tiene ni un solo título liguero en su palmarés, donde, sin embargo, sobresale la Eurocopa de 1964 conquistada en el Bernabéu ante la Unión Soviética de Lev Yashin, la «araña negra». Y ante Franco. Una victoria que el aparato propagandístico del régimen vendió como una derrota futbolística del comunismo.

«Jugaba Andrés con el diez, pero lo cierto es que acababa de cuatro, de seis, de ocho…», cuenta Ursicinio recordando los dorsales empleados por Cruyff, que había llegado al Barça como entrenador ocho años antes (1988) que Andrés (1996). El diez era el interior zurdo (el Iniesta de ahora). El seis jugaba por detrás de los delanteros (Bakero en su día). El cuatro era el medio-centro (antes, Guardiola; después, Xavi; más tarde, Busquets) y el ocho era el número que le correspondía al interior derecho (Eusebio). Nunca se desvanece el modelo del dream team, el equipo que revolucionó el fútbol moderno. «Nosotros, en el Infantil B, jugábamos con el 3-4-3, o sea, en rombo, pero Andrés siempre iba a parar donde estaba la pelota. Yo, en realidad, creo que la pelota lo llamaba a él: “Ven, por favor, Andrés”.» Así sucedió aquel primer día, aún con los ojos enrojecidos por la falta de sueño y en el rostro la vergüenza de haber llegado tarde al vestuario.

«Tenía esa facilidad para recibir e irse. Superaba a un contrario, a dos, a tres. Lo hacía con tanta sencillez que muchos se imaginaban a sí mismos regateando del mismo modo. Ya entonces poseía una concepción muy clara del fútbol y, además, contaba con una técnica que lo ayudaba a desarrollar todo lo que pasaba por su cabecita. Mostraba una enorme superioridad sobre los contrarios. Si la tiene ahora, imaginad cuando era niño», explica Ursicinio. Tort ya le había anunciado que llegaba «una perla» de Albacete.

«Antes de que llegara vino un día el Profesor y me dijo: “Vendrá ese chico que hemos fichado tras el torneo de Brunete. Sí, el chico que vio Benaiges. El Madrid también lo quería fichar, pero ha querido venirse con nosotros”.» Escueto como era, el Profesor no quiso ser pródigo en palabras con Ursicinio, pero llevaba el entusiasmo por dentro. Sabio como era, no quiso levantar expectativas dudosas. Pero si los ojos de Benaiges y de Vaya, el amigo andaluz en quien tanto confiaba, habían visto lo mismo, no quedaba lugar para la duda.

– Ahí lo tienes – le dijo a Ursicinio.

«Y con él todo era fácil. Facilísimo, diría yo. Desbordaba precisión, veía los apoyos de los compañeros, veía las paredes… Si era capaz de hacer lo mismo con los mayores, no habría problemas: “Llegará”, eso era lo que nos decíamos cuando lo veíamos en el campo. ¿Qué problema había, pues? El físico. Sólo ése. Saber si su endeble cuerpo resistiría más adelante», admite Ursicinio, desconociendo entonces que ese problema ya había sido resuelto a quinientos kilómetros de Barcelona. Abelardo y Julián, los amigos de Andrés en Fuentealbilla, cuatro y cinco años mayores que él, habían descifrado el enigma hacía mucho tiempo. La edad no era ningún inconveniente, el físico tampoco. Si había «sobrevivido» a la agreste explanada del pueblo, ¿cómo no iba a triunfar sobre las verdes alfombras de los campos barceloneses?

«Es verdad. Hasta en eso sorprende Andrés. Incluso en el físico… Lo ves así, poca cosa, le sobra camiseta por todos lados, como si se lo fuera a llevar el viento, pero luego… Aparentemente es frágil, pero resistía de maravilla en todos los partidos. De principio a fin. Lo suyo era una contribución permanente al fútbol, como si no se cansara nunca de jugar. A veces, me decía a mí mismo: “¡Con lo que ha corrido en la primera parte, no aguantará en la segunda!”. ¡Pues aguantaba! No desfallecía nunca, jugaba siempre igual – asegura Ursicinio, sorprendido aún por la resistencia de aquel niño capaz incluso de saltar directamente de la cama al campo como le ocurrió en el primer partido—. Se colocaba en la posición de Luisito.» Otro recuerdo. El fútbol remite una y otra vez a las analogías con las glorias del pasado. «A veces, cuando estábamos en el campo de tierra que había entonces al lado del Camp Nou (ya no existe porque han hecho un aparcamiento), se acercaba Olivé y me preguntaba: “¿Cómo anda el sabio hoy?”. “Ya lo ves, Olivé, como siempre, haciendo de las suyas.” El sabio era Andrés. Hacía cosas increíbles en los entrenamientos. “¡Joaquín, somos nosotros los que tenemos que pagar por estar aquí, no deberíamos cobrar!”, bromeaba yo con mi ayudante.»

Dentro de un tiempo habrá otro jugador que recuerde a Iniesta, un futbolista que se vea reflejado en su manera de entender el fútbol. Cuando Ursicinio lo tenía en el Infantil B era como ver desfilar frente a él a sus ídolos de antaño. Andrés era un niño manchego y, al mismo tiempo, un niño gallego o un niño catalán: Iniesta, Suárez, Fusté… «También ocupaba mucho campo, como Luisito. Y sabía esconder la pelota donde quería, a veces ni se la veías… Practicábamos el toque de balón, sobre todo con la pierna izquierda, que es la más débil, pero con estos jugadores, no sabes cómo, al final la pelota siempre cae en la pierna buena. En el caso de Andrés, la derecha. ¿De cabeza? No creo que haya visto nunca cabecear a Andrés. Emplea la cabeza para otras cosas. Mirad, por ejemplo, cómo defiende. Lo hace posicionalmente y, cuando afronta el uno contra uno, casi siempre se sale con la suya y se lleva la pelota. No robará el balón en una carrera larga, pero tiene esa intuición que le permite robarlo cuando nadie se lo espera. Con nosotros, ya lo hacía», dice Ursicinio, un hombre que tenía «poco trato personal» con esa fusión moderna de Luisito y Fusté.

A Andrés sólo lo veía en el vestuario y, luego, en el campo. Mientras el técnico del Infantil B trabajaba de ocho a tres, el chiquillo iba al colegio Lluís Vives con Troiteiro. «Éramos los más pequeños y mimados de la Masía. Yo llegué una semana antes que Andrés. Fueron días muy duros para mí. Por eso su compañía me alegró mucho. Ya no era el más chico. Por ahí andaban Puyol, Reina, Motta, Arteta… Todos mayores que nosotros. Parece que no, pero una semana en la Masía era mucho tiempo. Ya estaba más habituado que Andrés; además, yo era más atrevido, más extrovertido, más hablador… Él, no. Él era tímido, como ahora. Dormíamos juntos en una litera, al principio nos pusieron en la habitación de los jugadores de baloncesto. Eran cinco o seis. Andrés dormía abajo y yo arriba. Lo pasamos mal, bueno, él lo pasó mucho peor que yo. Y eso que teníamos a Puyol, él siempre nos cuidaba. Puyol estaba pendiente de nosotros a todas horas. Puyol y Víctor Valdés. No dejaban que nadie nos tocara, nos cuidaban muchísimo, nos protegían», afirma Troiteiro.

«Lo veía pálido, casi siempre con los ojos enrojecidos, con la tez blanca, triste. Entonces no podía entender lo que estaba padeciendo por dentro – cuenta Puyol—. Yo era el tipo más feliz del mundo, me habían seleccionado para jugar en el Barça, estaba en la Masía… ¡Qué más podía pedir! Nada, absolutamente nada, pero Andrés era un niño aún, demasiado pequeño. No lograba comprender lo que sentía. Yo había llegado donde quería estar. Él también quería estar allí, por eso sufrió lo que sufrió. Lo que nadie sabe. Pero era distinto. Yo, por ejemplo, no llamaba a nadie por teléfono ni fui en cuatro meses a mi casa. Tampoco me visitaban. Era superfeliz allí dentro.» El excapitán del Barcelona trabajaba en silencio peleando contra la desconfianza que lo rodeaba desde que abandonó los campos de tierra de La Pobla de Segur: «Os voy a demostrar que puedo jugar en el Barça». No se lo decía a nadie, pero hablaba su fuerza interior. Sin presión alguna, convencido de que se impondría a todos. Para empezar, necesitó más de un mes («aquélla fue la prueba más larga del mundo», confiesa) para convencer a los técnicos de que le abrieran las puertas de la Masía. Todas las mañanas se levantaba en casa de Ramon Sostres, ahora agente suyo y de Andrés, con la infinita energía que lo caracteriza (y tan infinita: Puyol empezó siendo portero y terminó convertido en un central legendario). Un empuje que ha derribado muchos muros. La noche y el día: un chico tímido de doce años y otro de dieciocho, los dos en busca de El Dorado en el Barça; uno con la técnica, el otro con la fuerza. Uno con coraje y el otro con una tremenda firmeza emocional.

«Un día, mientras yo entrenaba el Juvenil B, se acercó Martínez Vilaseca, que llevaba el A, y me dijo: “Vamos a un colegio de Tarragona a jugar un partido, vendrá un chico al que estamos observando. Es de Lérida”», cuenta Ursicinio. Se trataba de Puyol. «Jugó de volante derecho, físicamente era un portento y, luego, con el paso del tiempo, adquirió esa técnica funcional tan necesaria para ser buen jugador. ¿Qué les dije? Lo vi aquel día, les di mi opinión y lo ficharon. Con el tiempo, acabaría uniendo esa técnica a sus grandes facultades físicas y evolucionó una barbaridad. A ello se añadía su férrea voluntad, su impresionante dedicación y su entusiasmo. Imposible que no acabara triunfando, pero también diría que Puyol fue la única excepción a la regla de Pujolet», afirma el técnico que entrenó por primera vez a Andrés en Barcelona y tuvo la posibilidad de ver al desconocido Puyol batiéndose el cobre en un colegio de Tarragona.

Cuando llegaban los niños a la Masía resonaba la frase de Pujolet,6 una regla no escrita. «Pujolet siempre nos decía: “Yo quiero jugadores que sepan jugar”. Andrés era uno de ellos. La llegada de Cruyff fue una auténtica bendición para esos niños. Quizá sin Johan no habrían llegado a nada. ¿Por qué? En esa época estaban de moda los jugadores fuertes, altos, potentes, pero llegó Cruyff y todo cambió. Véase el caso de Milla. Cuando el Barça lo quería fichar, decían: “Pero si es un tirillas, no tiene fuerza. Si le aflojas la cinta de las medias, se le caen”. En el club lo miraban con mucho recelo, pero Jaume Olivé, uno de los coordinadores de la cantera en aquella época, se puso serio con Josep Mussons, entonces vicepresidente: “Este chico vale un millón de pesetas, usted firme aquí y el niño se queda”.» Milla se quedó en el Barça, ascendió al primer equipo, se fue al Madrid en 1990 y dio pie a otra frase célebre de Cruyff. «¡Que se vaya! ¡No pasa nada! ¿Quién es el mejor de la cantera en esa posición?», preguntó el técnico holandés. «Guardiola», le respondieron. Johan fue a ver al mejor de la cantera en el Miniestadi. Llegó con el partido empezado para no despertar sospechas. Se sentó en el lugar más discreto posible, estudió lo que sucedía en el campo y descubrió que allí abajo no estaba Guardiola. «Si es el mejor, ¿por qué no juega?», preguntó enfadado. «No tiene físico, es muy flojo, muy débil», le dijeron. En diciembre de ese mismo año, y siguiendo la senda de Milla, Guardiola debutaba en el Camp Nou con el imborrable recuerdo de la frase que le había espetado Johan al final de un amistoso jugado en Bañolas en mayo de 1989: «Has jugado más lento que mi abuela». La misma senda que emprendió luego Xavi y, finalmente, Iniesta. Jugadores que parecían no hallar un lugar en el fútbol, y han terminado dominándolo.

«Andrés tenía una conducción de balón majestuosa. Como ahora. Siempre con la pelota pegada al pie, como si la llevara cosida, y con la cabeza arriba, oteando el panorama. Siempre se hablaba de él. Y, luego, de Messi. Ambos destacaban entre los jugadores de la cantera, todos lo sabíamos», explica Ursicinio. Andrés llegó en 1996; Leo, en 2000. Curiosamente, el primero apareció el 16 de septiembre y el segundo el 17. Cuatro años y un día de diferencia antes de coincidir, durante más de una década, en los equipos que han reescrito la historia del fútbol.

«No, nunca coincidí con Andrés en la Masía. Yo no vivía allí. Al principio viví con mis padres en un hotel de la Plaza de España, luego alquilamos un piso. Después, cuando mi madre y mis hermanos se volvieron a Rosario, yo me quedé con Jorge, mi padre. A veces sí que iba allí a comer o a charlar con algún amigo, y ya sabía quién era Andrés. En el Barça, todos lo sabíamos», recuerda Messi, un jugador que recorrió a velocidad supersónica las categorías inferiores del club hasta debutar con diecisiete años en el primer equipo. Como Andrés. Niños prodigio.

«“¿Cómo lo ves, Quique?”, le pregunté un día a Quique Costas – cuenta Ursicinio—. “Por fútbol no hay duda alguna, Ursi. No te preocupes. Si el físico le responde…”, contestó Costas, el último entrenador que tuvo Iniesta en el fútbol base antes de que Van Gaal lo colara en el Camp Nou, con apenas dieciocho años, sin pedir permiso a nadie. Ni siquiera a Riquelme, el último diez puro que ha dado Argentina en las últimas décadas.» Messi es otra cosa: Messi es nueve, Messi es diez, Messi es once.

«¡Trabajad los fundamentos, Ursi! Trabajad los fundamentos todos los días, por favor. Que se muevan en espacios cortos, en rondos a uno o dos toques como máximo, ¿vale?», repetía Olivé. Así, una tarde tras otra, después de acabar el cole (primero, el Lluís Vives y luego el Lleó XIII, al pie del Tibidabo), los chiquillos se sumergían en los «fundamentos». «Cuando apareció Cruyff, se revolucionó el método – recuerda Ursicinio—. Parecía más complicado, pero, en el fondo, era más sencillo. Vino un día Toni Bruins, su ayudante, puso una pizarra, empezó a dibujar rondos y nos dijo: “Esto es juego de posición, el fútbol es fácil, la esencia está en el pase al primer toque. Uno o dos como mucho, ¿vale?”. Nos quedamos mirándolo hasta que alguien, no recuerdo quién, preguntó: “¿Y eso es todo?”. Bruins, con el rudimentario castellano que usaba (acababa de llegar), dijo: “Sí, eso es todo”. El fútbol es sencillo. Se fragmenta el campo, se divide en triángulos y la clave es tener siempre el balón para obtener superioridad.»

Bruins y Cruyff llegaron al vestuario del Camp Nou en 1988 sin saber que el concepto de fútbol total importado del Ajax acabaría superado y destilado por el Barça. Ahora no se sabe si la paternidad de la idea es culé, holandesa o cántabra (algunos se la atribuyen a Laureano Ruiz, el técnico cántabro que en los años setenta promovía tácticas similares). Había que potenciar algunos «fundamentos», pero a Andrés no hubo que enseñarle demasiadas novedades.

«A veces pienso en el ojo clínico de Cruyff. Sí, también tenía otras virtudes, pero esa intuición, esa manera de adelantarse a los acontecimientos, sólo la he visto en Johan. Andrés, por ejemplo, estaba donde estaba por la manera como el Flaco entendía el juego. A otros debes enseñarles cosas; a Andrés, no. Él lo llevaba todo dentro. Llegó enseñado. Ya jugaba como Guillermo – Ursicinio se refiere a Guillermo Amor, otra leyenda del Barça, el infantil que sustituyó a Maradona con apenas catorce años durante la inauguración del Miniestadi en 1982—. Cuando vino de Benidorm, Guillermo era el amo de aquel equipo donde jugaban Roura, Sergi, Abadal… Era el amo y el alma. Como Andrés con nosotros. Guillermo tenía, eso sí, una apariencia más robusta, una constitución más atlética. Andrés te engañaba con ese cuerpecito que parecía que no iba a aguantar nada, pero al final de cada partido era quien más fresco estaba. Cuando salía al campo, Andrés daba la sensación de iluminar de repente todo. Pasa ahora. Pasaba antes. Jugó de todo con nosotros: de volante, de interior, de extremo izquierdo con Rijkaard en el primer equipo, de medio centro… – cuenta Ursicinio, emocionado por el incomparable viaje táctico de aquel diminuto jugador capaz de sepultar sus sentimientos tras un rostro de porcelana—. ¿Lo pasó mal en la Masía? ¿De verdad? No, no sabía nada. ¿Aquello fue un drama para la familia? Yo no lo noté, jamás. Me sorprende mucho tener noticia ahora de todo lo que ha vivido. Me entero años después, siempre estuve convencido de que la ilusión de estar en la Masía podía con todos esos problemas, creía que vivir tan cerca del Camp Nou, de su sueño, podía mitigar los contratiempos. Sí, Andrés era un crío. Quizá demasiado pequeño, pero no pensé nunca que lo afectaría tanto. Debió de guardárselo bien dentro. Jamás vino mustio a un entrenamiento ni con mala cara ni puso un mal gesto. Claro que le preguntaba cómo iba la vida en la Masía, pero él nunca me decía nada malo. “¿Estás bien?¿Necesitas algo? ¿Cómo andas en el cole?” Algunos me decían que iban bien y yo sabía que no era así. Con Andrés sí sabía que en el colegio le iba de maravilla. Me contaban que seguían los entrenamientos del primer equipo encaramándose a la valla de la Masía. Si entrenaba por la tarde podían ir a curiosear un rato para ver a algún crack.»

Aquel equipo ya no era el Barça de Cruyff. Cuando llegó Andrés (temporada 1996–1997), el cruyffismo, entendido como filosofía, se estaba diluyendo: sus rescoldos, no obstante, seguían vivos pese a los vaivenes que sacudían al club. Era el Barça de Robson, Mourinho (primero traductor, luego ayudante de campo) y un marciano llamado Ronaldo que llevaba su nave espacial a todos los campos del mundo. Andrés contemplaba con ojos inquietos ese Barça que lo ganó casi todo (perdió la Liga en el último suspiro porque la estrella estaba en Brasil reclamada por su selección). Al Barça de Ronaldo, Guardiola (su ídolo de la infancia junto con Laudrup, que ya había pasado por el Madrid), Figo, Luis Enrique, Stoichkov, Blanc y Popescu se asomaba el niño manchego volcando su mirada en un pequeño terreno de juego, un campo de entrenamiento situado entre el Camp Nou y la Masía que hoy ya no existe. Allí sigue la valla a la que se encaramaba Andrés, pero el césped fue aniquilado por el asfalto de un estacionamiento. En aquellas porterías luego arrancadas, el Barça de Cruyff marcó el rumbo al futuro Barça de Iniesta.

Cuando tenía días libres, cuando languidecía atrapado por la rutina de las lágrimas y devorado por la soledad, Andrés siempre escuchaba, así lo recuerda Ursicinio, una voz amiga: «Benaiges, un hombre enamorado del fútbol, se lo llevaba, por ejemplo, al cine junto a su hijo para sacarlo de la monotonía».

«Íbamos al cine, es verdad, pero también aprovechábamos algunas tardes libres para ir a un parque infantil, uno de esos parques que tienen piscina con bolas de espuma, para que se divirtiera – precisa Albert Benaiges, el técnico que fichó a Andrés tras el torneo de Brunete—. Y cuando sus padres no podían venir un fin de semana, me lo llevaba a casa con mi madre. Allí pasaba horas y horas con Samuel, mi hijo adoptado. No se parecen en nada. Samuel es negro, nació en Brasil, y Andrés, todo blanco, inteligentísimo. A mi hijo no le gusta nada el fútbol y Andrés no puede vivir sin fútbol. No se parecían, pero estaban todo el día juntos», recuerda Benaiges.

«Benaiges también nos invitaba a comer o nos llevaba a una horchatería que a él le gustaba mucho», cuenta Troiteiro sobre aquellas tardes en que Albert trataba de aliviar el aburrimiento de los chicos.

«Es curioso, pero no advertí ese sufrimiento – insiste Ursicinio—. Para nosotros siempre fue Andrés, nunca lo llamábamos Iniesta. Cuando llegaba Andrés, todo era muy normal. Además, tampoco me dijo nada al respecto el señor Farrés, el director de la Masía. Si hubiera visto algo extraño, me lo habría dicho.» Pero Juan César Farrés no había percibido nada diferente de lo que le ocurría a cualquier otro chico formado entre esas centenarias piedras, un escuela inaugurada en 1979 por nombres como Amor, Pedraza (que luego sería entrenador de Andrés), Fradera o Vinyals. Todos lloraron y Andrés no iba a ser menos.

«En la Masía, tu cama era tu casa. Bueno, tu cama y tu mesilla. Ahí tenías todo – José, el corpulento portero del juvenil que cuidó de Andrés en sus primeras horas, recuerda así la vida con sus compañeros—: Pasábamos muchas horas en casa, sí, en la cama. Íbamos de habitación en habitación, charlando unos con otros. Allí dentro no había edades. Eran conversaciones sin fin, casi siempre en la cama.» Quizá por eso se quedó dormido Andrés la víspera de su debut con Ursicinio.

«¿Qué hacíamos? Pues, andar de cama en cama. Aquél era nuestro microcosmos. Eso y el jardín trasero donde se montaban partidillos de fútbol. Si hacía buen tiempo, naturalmente. El balón corría por cualquier sitio. Nos regañaban, claro, sobre todo Juan, uno de los hombres de seguridad. Como era el más nuevo, llevaba todo a rajatabla, no dejaba pasar ni una. Ferri, el otro vigilante, se enrollaba más con nosotros. Además, tanto Andrés como Jorge, al ser los más pequeñitos, eran los mimados. Con ellos, tanto Juan como Ferri se ablandaban. A nosotros nos metían unas broncas de cojones, pero a ellos nada. Se lo permitían todo. La pelota rodaba por todos los rincones, jugar allí era divertido. Se me ponen los pelos de punta al recordar ahora esos momentos», cuenta José. «No nos separábamos nunca. Íbamos juntos a todos los lados, al colegio, al comedor, a la habitación, a la litera… Cuando decían que teníamos que ir a dormir, montábamos un último partido en el pasillo. ¿Cómo lo hacíamos? Muy fácil – explica Jorge Troiteiro—. Las puertas de las habitaciones eran las porterías y usábamos unas pelotas de tenis para no armar mucho barullo. Cuando subía alguno de seguridad, fuera Ferri o Juan, nos decía siempre lo mismo: “A dormir ya, por favor”.»

A la mañana siguiente, todos al colegio, y nadie los esperaba a la salida. Así día tras día. La única conexión con el mundo exterior era una cabina telefónica verde situada justo a la entrada de la Masía, a la derecha, frente a la barra de la cocina. Los padres a veces preferían no llamar a sus hijos para espantar así cualquier atisbo de nostalgia. Mejor llevar el dolor de la separación por dentro y evitar que se derramaran más lágrimas. «Cuando me llamaban, lloraba», recuerda Troiteiro. Él y todos. «Me sabía el número de memoria, todavía hoy podría decirlo, de las veces que llamaba a Andrés», dice Manu, el primo que anunció la existencia del genio manchego. Hasta que no pisaban el campo de entrenamiento, los días se hacían largos y en aquellas largas esperas se tejían amistades que aún hoy perduran.

«No, yo no lloraba. Ni tampoco lo veía llorar tanto, pero me lo han contado. Es verdad que llegué dos años más tarde que Andrés. Aparecí por allí en pleno mes de agosto – explica Jordi Mesalles, exjugador del Barcelona y amigo de Andrés desde entonces—. Yo venía de un pueblo de Lérida y para mí estar allí era lo más grande. Recuerdo que escribía con frecuencia a los míos. Me acuerdo de una carta con un dibujo que aún tiene mi madre: “Mi sueño es estar en la Masía”. Yo estaba de maravilla. Llegué y me puse a entrenar con el equipo de Andrés, Troiteiro, Rubén, Lanzarote… Luego, cuando los demás se fueron o vinieron sus padres a verlos, me quedé bastante solo. Entonces reparé en lo doloroso de la soledad. Y es duro, pero duro de cojones. A partir de la segunda semana ya empezamos a ir juntos. Caminábamos de la Masía al campo de entrenamiento, el campo de lija. Sí, lija. Lo bautizamos así porque cada vez que caías te hacías daño con aquella hierba artificial tan dura. En ese campo había cuatro equipos entrenando a la vez, cada uno en una esquina – añade Mesalles, el joven que inició su inmersión en la Masía de la mano de Andrés—. Éramos de costumbres parecidas. Muy tranquilos, de ver la tele, de estar cómodos en nuestras habitaciones y, además, de los pocos que usábamos la biblioteca. ¡Y mira que estaba bien, eh! Pero muchos ni la pisaban. Somos gente casera, sencilla, de los que con poca cosa ya tenemos bastante. Con hablar de fútbol ya tiramos.» El hermanamiento entre aquellos chicos iba más allá del balón.

«Un día vino Víctor Valdés a vernos y nos dijo: “Me voy de aquí”. Nos quedamos de piedra. Aquella noche lloré muchísimo. Víctor era como un hermano para Andrés y para mí. “Mira, Víctor – le dije—, quiero regalarte esta cadena con una cruz y, así, si no te vuelvo a ver, tendrás siempre un recuerdo mío.” Al final, todo se arregló y Víctor siguió con nosotros. ¿La cadena? No, no me la devolvió. Era suya, yo se la di para siempre», cuenta Troiteiro, compañero de litera, compañero de fútbol y compañero a secas.

«Un día me llamó su padre y me preguntó: “¿Sabes dónde está Andrés?”. “Pues, no, no tengo ni idea.” “Es que estoy llamando a la Masía y no está…” “No, no lo sé.” Yo estaba bastante sorprendido – recuerda el periodista De la Morena—. Poco después me vuelve a llamar: “¿Sabes dónde estaba? En las Ramblas, dando un paseo con Troiteiro”. No era muy tarde, debían de ser las siete o las ocho, pero José Antonio le dijo a Andrés: “¡A la Masía ahora mismo! ¿Qué hacéis por ahí?”.» Dicho y hecho. Juntos se fueron, juntos volvieron, juntos iban al colegio. Más que compañeros, parecían siameses.

«En el colegio tampoco dejábamos el fútbol – recuerda Troiteiro—. Durante el recreo nos juntábamos los dos con los amigos de clase y nos poníamos a jugar. Claro, los chavales casi ni tocaban la pelota. Hacíamos lo que queríamos con ellos. Luego, en los partidos, gritábamos “¡igual que en el patio, Jorge!”, “¡como en el recreo, Andrés, vamos, vamos!”.»

Así, pasándose la pelota, construían su mundo. «Poco a poco, nos fuimos contando más intimidades y compartimos los paquetes de comida que nos preparaban en casa. A mí, como era de Lérida, me lo traían directamente mis padres, pero a Andrés no. Aquellos paquetes tenían chucherías, ganchitos… Las cosas que nos gustaban. Teníamos un “desván” oculto en la taquilla. Había una taquilla y una mesita con dos cajones. El de arriba para quien dormía arriba y el de abajo para el que dormía abajo. La Masía era muy familiar y eso me encantaba: todos nos conocíamos, del mayor al más pequeño. No olvido, por ejemplo, las colas que hacíamos para llamar por teléfono. Había dos cabinas, pero una no funcionaba y, como te olvidaras de pedirle cambio a las cocineras o al de seguridad, te tocaba esperar una barbaridad. La Masía era como Gran Hermano, pero molaba más porque compartías todo. Si llegabas el último al comedor, te tocaba el último entrecot, el que tenía peor pinta, o te tocaba hacer las ensaladas para todos, pero guardo muy buen recuerdo de aquella época, fue genial: allí se forjaron grandes amistades; estábamos las veinticuatro horas del día juntos y al final, quieras o no, tu compañero de habitación acaba siendo tu confidente.» Jordi Mesalles sigue siendo amigo y a veces también confidente de Andrés.

6.No confundir con el capitГЎn del BarГ§a en las Г©pocas de Rijkaard y Guardiola. Pujolet es LluГs Pujol, un delantero de los sesenta (debutГі con diecisiete aГ±os) que acabГі convirtiГ©ndose en ojeador y tГ©cnico del club bajo la direcciГіn de Tort.

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Litres'teki yayın tarihi:
17 ekim 2025
Hacim:
421 s. 53 illüstrasyon
ISBN:
9788416665433
Yayıncı:
Telif hakkı:
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