Kitabı oku: «La jugada de mi vida», sayfa 3

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«Claro que era muy duro. No sé si yo lo habría aguantado. Era un niño de doce años que se pasaba veintidós horas llorando por todos los rincones de la Masía, intentando además que no lo vieran, y sólo dos entrenando», cuenta José Carlos. Andrés se consumía en Barcelona y aquella congoja agrandaba la añoranza de su lejano patio manchego.

«Recuerdo mi infancia en el pueblo con muchísima alegría y, por supuesto, también con nostalgia. Pasaba las horas en la pista del colegio. Al acabar las clases de la mañana, si no tenía entrenamiento en Albacete, me quedaba con Julián y Abelardo. Casi siempre nos enfrentábamos a chicos que eran tres o cuatro años mayores que yo y jugábamos a tirar cinco penaltis, cinco faltas y cinco disparos desde el medio campo con el portero adelantado. Me encantaba. Jamás olvidaré aquellos veranos, las interminables tardes de fútbol sala con equipos de muchos niños, ni los torneos que organizábamos para las fiestas del pueblo en agosto. Uno debía asegurarse de tener un buen grupo, porque si te marcaban un gol tenías que salir y cuando volvías a entrar te habías enfriado. Recuperar el ritmo era entonces complicado. Me lo pasaba pipa. Solíamos jugar siempre los mismos. ¡Teníamos un equipazo! Nos lo tomábamos muy en serio. Incluso nos concentrábamos antes de jugar la final. ¡Ja, ja, ja! ¡Vaya locuras! Mi primo y yo apuntábamos los partidos, los goles, nuestras historias… Es que hacíamos pretemporadas, fichábamos a jugadores y a los aspirantes hasta les hacíamos pasar unas pruebas. Todo muy profesional… ¡Nos divertíamos muchísimo! Esos momentos no me los quita nadie, estarán siempre ahí, guardados con mucho cariño, son muy entrañables, la verdad.»

Entre Manu y Andrés se estaba construyendo una historia singular paralela a la trayectoria del equipo. «El salón de mi casa era el estadio. A veces hacíamos la pelota con calcetines para no hacer ruido, para no molestar a los vecinos», recuerda Manu. Y, sobre todo, para no romper nada. «Había partido del Albacete y nosotros teníamos que ir, pero en aquel salón nos lo pasábamos tan bien que más de una vez fingimos que estábamos mal para no ir y poder seguir jugando los dos solos. ¿Cómo? “Me duele la barriga, mejor nos quedamos por si acaso…”.» Esa treta infantil solía tener éxito. Andrés y Manu seguían jugando, mano a mano, en su pequeño estadio familiar. Vivieron juntos experiencias maravillosas.

«Imagina el escenario – explica Andrés—. Un salón, de pared a pared la portería y, unos metros más allá, la bola de esponja para tirar el penalti. También teníamos una canasta que colgábamos en la puerta para hacer tandas de triples. Cada uno elegía a su equipo y luego apuntábamos todo; y cuando digo todo es todo. Estábamos tan obsesionados por nuestros jueguecitos que a veces no íbamos al partido: nos hacíamos los enfermos y nos quedábamos jugando todo el rato.»

«¡Qué días aquéllos, qué días! Lo teníamos todo anotado, montábamos campeonatos con los otros chicos del pueblo», cuenta Manu. Campeonatos reales en el patio del colegio, campeonatos imaginarios en sus cabezas. «Lo hacíamos todo. Éramos entrenadores, jugadores, presidentes… Fichábamos, dábamos bajas, levantábamos copas. Éramos un PC Fútbol,5 pero a lo grande», recuerda el hombre que a principios de los noventa anunció la llegada de un pequeño genio a Albacete.

«Yo era un loco de los juegos, de los piques y esas cosas. Mi primo y yo vivimos historias muy chulas, experiencias que nunca olvidaré. Él es de Albacete y, a veces, yo me quedaba a ver los partidos del Alba y luego me volvía a casa con Juan, un profesor que era socio del equipo – cuenta Andrés—. Me lo pasaba pipa con aquellos torneos de penaltis que montábamos en casa de mi primo. Y sinceramente creo que aquel niño sigue estando en mí.»

Ese niño iba una y otra vez a Albacete frente a las miradas sorprendidas, escépticas y escrutadoras de los más maliciosos o cotillas, siempre atentos a las familias que se salen de la rutina colectiva y desafían el orden cotidiano de las cosas. Vecinos extraños a ojos del tribunal popular que juzga las conductas, una santa y ridícula inquisición formada por hombres o mujeres de moral intachable. Todo el mundo está catalogado en pueblos como Fuentealbilla y, naturalmente, también los Iniesta y los Luján.

«Yo sólo sé que era feliz, muy feliz», dice Andrés, siempre apegado a su patria chica. Los hechos callaron finalmente a quienes ponían en duda su futuro y la sensatez de su familia. Él, ajeno a cualquier rencor, vuelve a las andanzas de su niñez para no perderlas, para retener su magia en la memoria: «El recuerdo de aquellos viajes con mi abuelo o mi padre, siempre con el bocadillo de chorizo y el zumo que me preparaba mi madre, me devuelve a una época fantástica. Ahora lo pienso y me digo: “¡Qué feliz era!”.

«Sí, quizá suene raro, pero para algunos éramos los tontos del pueblo – dice sin señalar a nadie—. A mi padre lo tachaban de loco por creer que su hijo podría llegar a ser futbolista. Sí, estaba loco… ¿Qué opinaban de mi madre? Se preguntaban por qué aquella mujer aguantaba tanto. ¿Y qué? ¿Acaso ocurre algo si uno se queda a medio camino? ¿Qué habría pasado si un día hubiese vuelto al pueblo por no haber tenido la suerte o la valía para alcanzar la meta? Cuando haces lo que crees que debes hacer, cuando hay ilusión, cuando tienes fe en ti mismo y, sobre todo, cuando lo haces con cariño, con todo el amor del mundo, todo eso no importa.»

Aquel chiquillo tenía una fe ciega en que llegaría a lo más alto sin adivinar siquiera la altura de la cima o la longitud del ascenso: la vida, al fin y al cabo, era para él un partido de fútbol sin fin. En cualquier caso, los reproches y habladurías se fueron apagando a medida que aumentaba la corte de aduladores. Tanto aumentó con su fama que a veces parecía la estrella de un circo ambulante.

«Yo era un medio centro de los de antes. Un cinco defensivo, un destructor, vamos – recuerda Catali, exjugador del Albacete y último entrenador de Iniesta en su tierra—. Cuando me daban el balón intentaba devolverlo lo antes posible. Un día, por fin, vi a Andrés… Lo sabía todo sin que yo le dijera nada. Antes de recibir la pelota ya sabía lo que pasaba a su alrededor. A los chiquillos les decía: “Al recibir la pelota, levantad la cabeza y mirad”. Con él no hacía falta. Todavía hoy me asombra verlo. Antes de que le llegue la pelota sabe quién está a su alrededor y, sobre todo, por dónde debe irse.

«Cuando juega con el Barça o con la selección no le pierdo ojo – prosigue Catali—. Por su color de piel, tan blanco, lo distingues enseguida. ¡Pero cómo es posible que haga esas cosas! Consigue ver lo que nadie intuye, su mirada llega más lejos.» Catali, al igual que Víctor, Juanón o Balo, sigue sorprendido por la humildad de aquel «minúsculo» jugador que, para la fantasía de los albaceteños, había convertido su modesto equipo infantil en el Brasil del gran Pelé.

«Lo ganábamos todo. En local, en provincial… Absolutamente todo. Había tanta diferencia con los demás equipos que no perdíamos ni un partido. “¡Qué equipazo tiene el Catali!”, decían. “Claro, ¡como él ha jugado en Primera!” ¡Qué va! Eran ellos. Contábamos con Andrés, pero también con cuatro o cinco chiquillos muy buenos. Unos tienen suerte y llegan, otros no se entregan… Es la vida.

«Sí, yo también puse a Andrés de capitán. Lo pones porque es el líder del equipo. El líder futbolístico. Ahora me gusta verlo de capitán, ver cómo le dice cosas al árbitro, algo que no hacía con nosotros. Ya nos costaba que hablara con sus compañeros y conmigo, ¡como para hablar con el árbitro!» El entrenador suministraba a aquellos bisoños jugadores las instructivas píldoras de su sabiduría. Por ejemplo: «Si vas de sobrao, no te comes un torrao». Así eran las frases «catalinas».

Ir de sobrao. Algo imposible en una familia modesta y trabajadora consagrada a la causa de Andrés. José Antonio estaba convencido de que Dani sería olvidado y de que su hijo brillaría con luz propia en el firmamento del fútbol. Y ningún Luján le llevaba la contraria, aunque sólo fuera porque el niño parecía más feliz que unas castañuelas.

«Mis padres no tenían ni para pagar las letras, pero se dejaron un pastón para comprarme unas Adidas Predator en cuanto salieron a la venta. Querían que su hijo jugase con las mejores botas del momento. ¿Crees que les importaba llegar justísimos a fin de mes si así podían ver a su hijo jugando con las botas nuevas?» Iniesta ya no calza unas Adidas porque ahora es bandera comercial de Nike: la multinacional estadounidense descubrió hace diez años lo que antes vieron Pedro, Víctor, Juanón, Balo y Catali. Un descubrimiento con consecuencias publicitarias.

«Mis padres se merecen lo mejor. Todo lo que hicieron por mí durante esos años en que uno no sabe si va a poder ser profesional tiene muchísimo valor. Eres muy joven y pueden pasar muchas cosas. Además, vives en un pueblo. Quienes nos hemos criado en un pueblo sabemos cómo funcionan las cosas. Mis padres han tenido que aguantar mucho, más de lo que nadie puede imaginar. No es fácil, nada fácil. Ni mucho menos. No fue fácil para ellos. No es fácil acostumbrarte a que hablen de ti o digan no sé qué bobadas. Por eso les doy las gracias, por eso agradezco su inmenso coraje. El tiempo nos ha dado la razón.»

El tiempo puso a cada uno en su sitio y, en efecto, acabó dándoles la razón a José Antonio, a Mari, al primo Manu… A aquel jovencito que cada día cantaba las excelencias del niño. «Mi primo es bueno, muy bueno, tenéis que verlo», repetía a diestro y siniestro. Eran los tiempos en que Johan Cruyff levantó la primera Copa de Europa ganada por el Barça. A buen seguro que Andrés vio al dream team en la televisión del bar Luján, allí donde driblaba a las sillas como si fuera la reencarnación de Laudrup y filtraba pases con la plasticidad de Guardiola.

–¡Venga! ahora hago lo de Laudrup – le decía a Mario, su fiel compañero en los entrenamientos—. Una croqueta de derecha a izquierda, ¿vale?

Andrés improvisaba regates en un pueblo de Albacete y Laudrup impartía doctrina en el dream team de Cruyff. Corría el año 1992, el año mágico de Barcelona y el barcelonismo. De Barcelona, futuro hogar de Iniesta, porque los Juegos Olímpicos despertaron a la ciudad de su letargo y la proyectaron al mundo. Del barcelonismo, porque en Wembley se derribó por fin una vieja barrera que parecía infranqueable. Aquella primera Copa de Europa fue el prólogo de una revolución futbolística, el primer anuncio del Barça que forjarían Rijkaard, Guardiola y Luis Enrique. Un Barça que ahora tiene en Messi a su estrella más visible y en aquel niño manchego al mejor guionista: suyo es el argumento de la obra.

«Los jugadores preferidos de Andrés eran Laudrup y Guardiola. Sí, sé que lo ha comentado después en varias ocasiones, pero yo ya lo sabía entonces – presume, y con razón, Mario—. Tenía dos jugadas: la croqueta de Laudrup y el gesto de Guardiola. ¿Qué gesto? Mirar a todos los lados antes de recibir el balón. Eso lo hacía siempre – revela su amigo—. Lo esperabas, pero luego no había manera de pillarlo. Siempre se iba.» Michael: su croqueta y su pase. Pep: su visión panorámica y su clarividencia. «Cuando lo veo pasarse el balón de una pierna a la otra, me recuerda a mí», admite Laudrup, sin duda orgulloso de su discípulo. «Tú, Xavi, me quitarás el puesto, pero este chico que ha venido hoy a entrenar nos lo quitará a los dos», cuenta Guardiola cuando recuerda el primer entrenamiento de Andrés. Apenas tenía dieciséis años y entró silenciosamente en el vestuario del Camp Nou. Con los años hablaría su fútbol y sería elocuente. Iniesta no llegó al estadio con un bocadillo y una pelota de goma: el nuevo balón ya estaba a sus pies.

2. CON LUZ PROPIA

«El cinco llegará a la selección.»


El gigantesco brazo de Albert Benaiges, representante del Barça, rodeaba el menudo cuerpo de Andrés Iniesta. Se jugaba el torneo de Brunete, hoy famoso por las muchas figuras que iniciaron allí su carrera. La presencia del Albacete fue una sorpresa: no le tocaba participar en la edición de 1996, pero el equipo se había colado por el descenso administrativo del Celta y el Sevilla, así que allí estaban los niños manchegos dispuestos a jugar el partido de su vida en el estadio de Los Arcos. Al finalizar, Benaiges, todo bondad, se acercó a Andrés. Quería felicitarlo por su debut, pero se limitó a abrazarlo porque el niño apenas hablaba: aquel chico era más huidizo que tímido, como si estuviera de incógnito en un torneo cada vez más mediático, ideado por Carmelo Zubiaur y José Ramón de la Morena, director a la sazón de El larguero en la Cadena Ser. El proyecto contó con el respaldo de Alfredo Relaño, entonces director de Canal+.

«Hable con mi padre, por favor, hable con mi padre», repetía Andrés cada vez que le preguntaban si le gustaría jugar en un gran equipo. De la Morena nunca olvidará la escena de Benaiges persiguiendo a Andrés después de cada partido. Aquélla era la tercera edición de un torneo que había arrancado en 1992 coincidiendo con los Juegos Olímpicos de Barcelona y con el máximo esplendor del dream team liderado por Johan Cruyff. El torneo ya se había convertido en una fábrica de sueños para niños como Andrés y en un punto de encuentro para los sabios ojeadores de los clubs, entre ellos Benaiges, uno de los mejores cazatalentos del Barcelona.

«No, no hablé con su padre, era imposible. No podía plantarme frente a José Antonio vestido con el chándal del Barça, todo el mundo se habría dado cuenta de que lo quería fichar», recuerda Benaiges, el perseguidor perseguido por la vigilante mirada de sus colegas. Todos conocían su ojo clínico y si lo veían hablar con alguien hubieran sospechado que algo andaba tramando. Al principio no sabía ni siquiera el nombre de aquella promesa. «Me llamó mucho la atención un niño que llevaba el cinco en la camiseta. Me llamó la atención por su exquisita técnica y, especialmente, por su inteligencia futbolística. ¿Qué hice para contactar con él? Envié al señor Fàbregas, el delegado del Barcelona en aquel torneo, a hablar con su padre.» Como Fàbregas llevaba traje y corbata, nadie adivinó que aquel hombre representaba al club azulgrana: «Mira, ese señor que está ahí es su padre. Habla con él y dile que queremos fichar a su hijo. Es muy bueno». Dicho y hecho. Fàbregas fue el mensajero de Benaiges para abrir las puertas de la Masía.

El Albacete de Iniesta, unas veces vestido de blanco y otras de rojo, fue progresando en la competición hasta las semifinales, donde fue derrotado por el Racing de Santander de Jonatan Valle, una de las sensaciones en Brunete. «¿Brunete? ¡Uf… qué recuerdos! Ganamos en cuartos de final al Atlético de Madrid del Niño Torres por 3–1 y en semifinales derrotamos al Albacete de Andrés por 4–2. Yo metí tres goles, ¡debió de ser mi último hat-trick! – cuenta aún asombrado Jonatan Valle, el talento que parecía igualar a Andrés—. Me salió todo perfecto, yo era el centrocampista por detrás del delantero, tipo Bakero en el Barça de aquella época. Me lo pasé genial. Luego tuve ofertas del Barça, el Madrid, el Ajax, el Arsenal… pero me quedé en el Racing. Vivía con mi madre, no quería dejarla sola porque se había separado hacía poco de mi padre.» Todo fue muy deprisa para Jonatan: entrenaba en el primer equipo del Racing con apenas catorce años y debutó en la Copa del Rey con dieciséis. A los dieciocho ya se sentía jugador de Primera División.

La mirada de los expertos es a veces muy perspicaz y va más allá de los resultados: Radomir Antić, exentrenador del Real Madrid y el Barcelona, por aquel entonces técnico del Atlético, se fijó especialmente en Andrés a pesar de la calidad que exhibía Jonatan Valle en aquel Racing tan seductor.

La primera vez que participó en el torneo (1995), Andrés lucía el brazalete de capitán en el brazo izquierdo y llevaba el pelo rapado después de haber hecho una apuesta con su primo Manu. Quería parecerse a Iván de la Peña, el «pequeño Buda» que iluminaba el Camp Nou con sus pases. Pocos, sin embargo, repararon en ese llamativo look. Tampoco en su excelente fútbol. Cuando volvió al año siguiente no quedaba ni rastro de su pintoresco homenaje al gran futbolista cántabro hoy retirado. Andrés parecía más formal, pero el imán de su fútbol atrajo a todos sin excepción. El primer año los entrenaba Balo y quedaron cuartos. El segundo los entrenaba Víctor. Y el padre de éste siempre en la retaguardia.

«Creímos que podíamos ganar el torneo, estábamos muy ilusionados, pero tuvimos que conformarnos con el tercer puesto. Me nombraron mejor jugador. Así que para mí y para el Albacete aquel torneo fue muy importante», recuerda Iniesta.

«Sí, es verdad. Aquello estuvo entre Andrés y yo. Ganó por un voto y yo me quedé sin el viaje a Port Aventura. Ése era el premio. Si lo veis, decidle que me debe un viaje allí con mis hijos», comenta, sonriente, Jonatan. Algunos lo describieron como «el otro Iniesta» o «la cara B del fútbol». Aturdido por el destello de su potencial, desorientado por el errático curso que tomó su vida (quiso ser boxeador y subió incluso al cuadrilátero, pero esa aventura nunca fue culminada), la joven promesa acabaría entrenando en el equipo de jugadores desempleados organizado por la Asociación de Futbolistas Españoles. Jonatan y Andrés, unidos en Brunete, corrían juntos hacia las puertas del cielo, pero sólo uno cruzó el umbral.

«Sí, él se fue al Barcelona. Yo también pude irme, pero decidí quedarme en Santander. Andrés era mucho más sensato que yo. Desde niño marcaba la diferencia. Era un futbolista distinto. En cuanto tocaba el balón sabías que era diferente. Yo tengo ráfagas de buen fútbol, como casi todos, pero lo suyo no son ráfagas. Para mí es el mejor centrocampista español desde que tengo uso de razón. Diría que el mejor de todos los tiempos. Para mí, sí. Lo que más me sorprendía en Brunete es esa pausa que tenía. Igual que ahora. El resto de los futbolistas no tenemos eso. Recuerdo los años en que jugamos con las selecciones de las categorías inferiores. Le dabas la pelota y sabía perfectamente lo que debía hacer con ella. Y siempre tomaba la mejor decisión. Eso es lo asombroso. Si la tenía Andrés, decías “estoy tranquilo” —explica Jonatan—. Tiene esa habilidad. Andrés emana calma. Si tiene que hacer un control rápido, lo hace, pero en su interior lleva la pausa. Los demás sentimos la tensión y nos dejamos dominar por los nervios… Eso es lo que distingue a un buen jugador de un genio. Él nunca se pone nervioso y, además, siempre elige la mejor opción. Para mí es un orgullo formar parte de su historia. A veces, se lo digo a mis hijos: “Yo jugué con ese monstruo”», cuenta Jonatan saboreando aquellos lejanos tiempos junto al niño que conoció en Brunete.

«Mi madre se fue al torneo con lo puesto. Pensaban que nos iban a eliminar en el primer partido y viajaron sin equipaje ni hotel ni nada de nada – cuenta José Carlos, el portero reclutado una semana después de que el equipo de Andrés se pusiera en marcha—. Yo había ido con Mario al colegio y un día me dijo: “Nos hace falta un portero, ¿quieres venir?”. Y allí que fui. Ellos debían de llevar pocos días entrenando juntos, pero yo fui el último en llegar. No olvido los chicharros que me marcó Jonatan, el jugador del Racing, pero nada es comparable a lo que vivimos con el Madrid en cuartos de final», dice el guardameta, hoy policía nacional. No estaba ni mucho menos previsto que el Albacete alcanzara los cuartos de final, pero aquel club contaba con una de las mejores canteras del fútbol español.

«Disfruté como un enano. Por todo, pero especialmente por él. Andrés manejaba el equipo, era el que nos movía de arriba abajo. Y yo, el único zurdo del Alba, me lo pasaba pipa. Nos nutría de balones una y otra vez, nos hacía la vida más fácil. Lo veías jugar y, con lo pequeño que era, disfrutabas un montón. El campo era de dimensiones reducidas, pero él lo hacía todo tan sencillo… Estábamos dos o tres escalones por encima del resto. Y menudo día vivió el Madrid: en principio nos habían asignado un campo sin gradas, pero como era el Madrid y venía Lorenzo Sanz nos pusieron en el mejor campo, con gradas y todo», cuenta Carlitos (así lo llaman todos), el zurdo que más disfrutaba con Andrés. Y el Madrid fue el equipo que menos disfrutó durante aquel torneo.

«Sí, sí, también mis padres fueron a Brunete para pasar un solo día y tuvieron que quedarse todo el fin de semana. Hasta fueron a comprar ropa interior porque no pensaban que llegaríamos tan lejos – añade Carlitos, recreando en su mente aquellos días inolvidables—. Pasamos muy bien la fase de grupos, y entonces nos toca el Madrid. Nuestros padres estaban alucinando, ¡como para no estarlo! Éramos uno de los equipos que mejor jugaba colectivamente y, además, contábamos con un monstruo. Ni el Madrid nos asustaba. Llegamos a la tanda de penaltis. Tiraba primero Remi, otro de los capitanes, y luego Andrés. El tercero y último era mío. Yo estaba cagado de miedo al ir a lanzarlo. Los del Madrid habían fallado justo antes de que me tocara a mí», explica Carlitos. «Perdona, se lo paré yo al capitán del Madrid – lo interrumpe José Carlos—. Teníamos un equipazo y a un capitán que nos llevaba en volandas. Aquello no era un equipo de fútbol, aquello era una verdadera familia. Mira, todavía hoy seguimos en contacto, cada uno con su vida, claro, pero seguimos unidos por aquellos recuerdos. Aquello de Brunete es el fútbol puro. La inocencia del deporte. Es la experiencia más bonita que uno puede tener.» Dieciséis años más tarde, José Carlos recibió una llamada telefónica del presidente del Albacete: «Andrés quiere que des tú el discurso en la inauguración de la nueva ciudad deportiva». Unas instalaciones bautizadas en 2012 con el nombre de Andrés Iniesta. Mientras pronunciaba su discurso, el folio que sostenía José Carlos no dejó de temblar ni un instante. Aquel temblor se debía tanto a la emoción como a la maraña de periodistas arremolinada en torno a la persona que había a su derecha. Quien lo miraba atento a sus palabras no era el niño de Brunete, sino el gran Iniesta, el héroe del Mundial: «Andrés, ves a unos más que a otros, pero, como ves, no hemos cambiado mucho desde que éramos alevines. Bueno, unos han crecido a lo ancho, a algunos se nos nota más el cartón en la cabeza y otros, en vez de llegar en el Ford Orion de su padre, llegan ahora en un BMW, pero seguimos juntos. Todos, tanto los que han venido como los que no han podido estar hoy aquí, queremos darte un abrazo, pero un abrazo [en ese momento Andrés agachó la cabeza sacudido por los recuerdos] de los chicos de la piña blanca, de esos abrazos que nos dábamos cuando jugábamos en el campo de tierra de la Federación. Andrés, bienvenido a casa». Después, la foto con sus viejos amigos («vas a reventar el pantalón», bromeaba uno; «tengo las rodillas cascadas», decía otro) y un mensaje final de Iniesta. «Albacete tiene raíces, y las raíces están en su cantera, esa cantera en la que empecé yo», dijo recordando aquella lejana tanda de penaltis entre abrazos y sonrisas.

Todos saltaron de alegría con la parada de José Carlos, pero sólo sería decisiva si Carlitos marcaba luego su penalti. Y lo marcó. Tres tiros, tres goles. Aquella parada fue también decisiva porque con ella empezaba a cambiar la vida de Andrés. Éste también marcó su penalti, como haría años después en la semifinal de la Eurocopa 2012 contra Portugal. Fue un tiro suave, preciso, a la izquierda del portero. En 1996 no perdió los nervios frente a la portería; en 2012, tampoco. Dos penaltis para la historia.

«Es curioso, pero en aquel torneo nadie lo llamaba por su nombre – cuenta De la Morena—. “¿Os habéis fijado en el cinco del Albacete? ¡Mirad lo que hace con la pelota!” Ni siquiera era Andrés, mucho menos Iniesta, era, simplemente, el cinco del Albacete.» De la Morena guarda en su casa una prenda de coleccionista: la camiseta blanca del Albacete con el número cinco en la espalda. «En cuartos ganamos al Celta y en semifinales íbamos derrotando al Racing por 2–1 en el descanso, pero acabamos perdiendo por 4–2. El equipo iba para campeón», recuerda Víctor, el técnico del Albacete, pero aquel día se interpuso Jonatan Valle. «Jamás pensé que aquello me podría servir para ir a un equipo de Primera. Nunca pensé llegar siquiera a las semifinales. Sólo fui a Brunete a pasármelo bien, a disfrutar», cuenta Andrés.

«La figura de aquel torneo fue Jonatan Valle. Además, hasta que le tocó enfrentarse al Madrid, el Albacete siempre jugaba en el campo B. Jonatan hacía malabarismos con la pelota, era muy espectacular, tanto como Rabadán, un chico que vino con el Madrid en el 92. Buenísimo, pero no llegó a nada – explica De la Morena remontándose a los inicios—. Andrés llamaba la atención, aunque no tanto como Jonatan. La gente se encandilaba con aquel chico del Racing que marcaba goles maradonianos, pero en esto apareció Antić y, con esa autoridad tan propia de los serbios, nos dejó una de sus ya clásicas perlas. Todavía hoy la recuerdo casi de memoria: “¡No tenéis ni puta idea, ni puta idea! ¡El mejor de todos es el cinco del Albacete! ¡El cinco!”. Entonces, pensé: “Pues igual tiene razón Radomir”. Me fijé más en el cinco y acabé dándole la razón. Y le di la razón porque la tenía. “¡Sí señor, el cinco llegará a la selección! ¿El otro? No jugará ni en Primera.” Claro, lo decía tan convencido que pensabas que no se podía equivocar. “Miradlo, miradlo, no comete errores, no pierde un balón, lo hace todo bien.” Antić decía esto mientras Jonatan discutía con el árbitro por haber pitado no sé qué falta. ¡Le estaba montando un cristo, vamos! Al siguiente partido, el Albacete elimina al Madrid, y mira que ganar al Madrid era difícil porque todo el mundo quería que llegara el grande a la final. “Míralo, míralo. Ni protesta ni dice nada raro, ese chico es el mejor, sólo se dedica a jugar al fútbol. Es el mejor y con mucha diferencia”, me vuelve a decir Antić. Estaba fascinado con el cinco del Albacete. El Racing acaba siendo campeón y hay que elegir al mejor del torneo. Yo hice una cacicada: después de tanto escuchar a Antić, ya me había encaprichado con Andrés, pero, claro, no quería que se notara. Durante la reunión no paro de repetir las palabras que Antić ha dicho durante todo el torneo. Y todos coincidimos: ¡el cinco del Albacete! Entonces voy a buscarlo al hotel Alcalá de Madrid, donde se hospedaban los niños que habían participado en la competición. Llego y me lo encuentro sentado en un banco, con las piernecitas que no le llegaban al suelo. Estaba llorando.

–¿Pero qué te pasa Andrés? – le pregunto.

– El Albacete ha bajado a Segunda, el Albacete ha bajado – me responde.

No paraba de llorar. Lo subo al coche. A él y a Jonatan Valle. Me los llevo a la radio, a la SER, en Gran Vía, y empezamos la entrevista para El Larguero.

– Tu padre, Jonatan, ¿qué es?

– Mi padre es jefe de un ministerio.

–¿Pero es ministro?

– No, no, es jefe de un ministerio.

Ese año había jugado el torneo un hijo de Martín Toval, por aquel entonces ministro del gobierno socialista, y le digo a Jonatan:

– A ver si tenemos aquí al consejo de ministros.

– No, no sé, sólo digo que mi padre es jefe de un ministerio en Santander.

Luego le pregunto lo mismo a Andrés.

–¿Y tu padre?

– Mi padre es albañil, pero dejará de serlo cuando yo sea figura.

– Entonces será constructor.

– No sé, pero quiero bajarlo del andamio.

La charla no acabó ahí. Andrés no estaba solo, por ahí también andaba Víctor, entrenador de día, padre adoptivo de noche, guía en el Albacete.

– No te preocupes. Estaré todo el rato a tu lado. Tú contesta lo que puedas, no pasa nada.

Víctor trataba de animarlo para aliviar la tensión de aquella primera entrevista en un programa de radio: más de un millón de oyentes estarían conectados a su tímida voz.

– Oye, Jonatan, ¿cuánto crees que valdrías tú? —le preguntó De la Morena al descarado niño del Racing.

Frente a semejante desafío, ésta fue la respuesta de un chico que a los catorce años ascendería al primer equipo:

–¿Yo? Quinientos millones.

– Y tú, Andrés, ¿cuánto? – preguntó después De la Morena.

Se hizo el silencio. Joserra aguardaba impaciente. «Tenía una cara de susto increíble», recuerda. Víctor, temeroso de que el niño no abriera la boca, le susurró al oído:

– Tú di que vales mil millones. Sí, sí, dilo.

El niño de Fuentealbilla no respondió de inmediato, pero, siempre respetuoso con las jerarquías, obedeció a su entrenador.

– Yo, mil.

«Yo estaba escuchando la radio en Brunete. Allí conocí a Andrés. No había hablado con él, pero lo oí con atención en El Larguero. Yo jugaba entonces en el Oviedo, aunque tampoco jugaba mucho, todo hay que decirlo. No me querían por mi baja estatura. Todos los que fuimos a Brunete vimos algo diferente en Andrés. Entonces no sabía ni su nombre, pero nos fijamos en el pequeñito de Albacete, en Jonatan Valle, en Fernando Torres, en Diego León, un chico del Madrid», cuenta Santi Cazorla, ahora jugador del Arsenal, cuyo paso por aquel torneo apenas tuvo eco. No ha olvidado el vacilante relato radiofónico de aquel «pequeñito de Albacete».

Animado por los elogios de Antić, de los que enseguida tuvo noticia, y por las palabras de Benaiges acabada la final, Andrés, aunque siempre humilde, se sintió importante ante el micrófono. Benaiges había insistido: «Si quieres venir a la Masía, ya sabes». Pero Iniesta se volvió a escurrir del bondadoso técnico: «Hable con mi padre, por favor, hable con mi padre».

El destino, en cualquier caso, lo empujaba hacia la ciudad del Barça. «Aprovechando que al mejor jugador de Brunete le regalaban un viaje familiar a Port Aventura, nos fuimos todos a Barcelona y a la Masía. Queríamos saber cómo era, cómo se trabajaba, qué hacían allí. Fue una visita que pesó después para dar el paso definitivo», cuenta Andrés, a quien le costó mucho decidirse. Era feliz en Fuentealbilla.

Andrés no sabía entonces que el Barça no sólo lo había visto jugar en Brunete. Alguien avisó a Oriol Tort, sumo sacerdote de la Masía, de que en Albacete había un chico extraordinario y Tort llamó a Germán Vaya, ojeador del club en Andalucía: «Ve a ver, por favor, cómo juega ese niño que tiene tan buena pinta». Vaya viajó entonces a Plasencia, donde se jugaba el campeonato de España de fútbol-7.

5.Videojuego cuyo tema es la gestión deportiva de un club de fútbol.
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Litres'teki yayın tarihi:
17 ekim 2025
Hacim:
421 s. 53 illüstrasyon
ISBN:
9788416665433
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