Kitabı oku: «La jugada de mi vida», sayfa 4
«Yo hice el primer informe sobre Iniesta. Muchos se atribuyen su descubrimiento, pero lo cierto es que un holandés lo vio jugar en Albacete, habló con Tort y éste me envió a verlo en un torneo alevín que se celebraba en Plasencia – cuenta Vaya, que nada más ver al niño tuvo las mismas sensaciones que Balo, Víctor y Catali—. “¡Oriol, yo lo ficharía hoy mismo! Es pequeñito, no debe pesar ni treinta kilos, pero tiene una visión increíble del juego”.» Y eso que, como recuerda el ojeador, Andrés «no había empezado muy bien el torneo». Eso solía pasarle, pero, por la misma regla de tres, también terminaba siendo elegido el mejor de cada torneo. Así ocurrió en Plasencia y, semanas después, en Brunete. «Juega como entonces, ni mejor ni peor, idéntico», afirma Germán Vaya.
Idéntico físico, idéntica calidad, idéntica seducción. Todos quedaron hipnotizados por el juego de Andrés, conquistador de asombros en la tierra de los conquistadores. Castilla-La Mancha perdió finalmente frente a la anfitriona, Extremadura, que venció gracias a un gol de Jorge Troiteiro. Éste sería después uno de los mejores compañeros de Andrés en la Masía. El campeonato lo ganó Cataluña, que derrotó en la final a Castilla y León por 2–1. Los técnicos, sin embargo, se quedaron con el nombre de Andrés, un manchego que bailaba con el balón en los pies para lograr que su padre bajara del andamio. «Ojalá algún día pueda dejar de trabajar como albañil», solía decir Andrés, aquel niño bendecido por los técnicos del Albacete, atisbado por un holandés, observado por Germán Vaya en Plasencia, admirado por Benaiges en Brunete y tutelado siempre por su padre.
En el fútbol, como en cualquier otro ámbito, la clave del éxito radica en descubrir el talento (propio o ajeno). El Barcelona tuvo durante mucho tiempo a un experto en descubrir promesas que luego jugaron con Menotti, Venables o Cruyff (nunca se sabía quién iba a ser el entrenador del Camp Nou). El cazador de talentos en el Barça, el padre de la cantera azulgrana, llevaba por nombre Oriol Tort, pero todos lo llamaban Profesor. Fue el venerable maestro que transformó el fútbol juvenil: su legado es de tal calibre que con su nombre se bautizó la moderna masía levantada junto a la ciudad deportiva del club en Sant Joan Despí.
El buen ojo del Profesor funcionó de nuevo con Iniesta. En esta ocasión fue Germán Vaya quien le transmitió los primeros datos y Tort ni siquiera viajó a Albacete porque confiaba plenamente en el buen criterio de su ojeador. A Tort le bastaba con un vistazo, nada más. «El Profesor nos decía: “Sólo es válida la primera impresión porque después, cuanto más miras a un niño, más defectos le ves, pero entonces vuelves al principio y te dices ‘tiene algo, me gusta’”», cuenta Jaume Olivé, el responsable del fútbol base del Barça que mejor entendió a su colega.
Oriol observaba a los niños y los técnicos observaban a Oriol. Bastaba ver cómo consumía su cigarrillo para averiguar si la joven promesa le había gustado: cuando la punta se ponía muy roja, cuando la calada era intensa, todos entendían que en el campo de pruebas había una figura en ciernes. Y nadie lo entendía mejor que Olivé. La pareja formaba un gran tándem cuyos apuntes (siempre pasados a limpio en una vieja máquina de escribir) se leían con interés y respeto.
Tort (que en sus inicios se ganaba la vida como comercial de una farmacéutica) bromeaba cuando, en la época más amateur de la cantera, le preguntaba por su continuidad en el Barça.
– Profesor, ¿ya le han renovado el contrato?
– Veo que la silla y la máquina de escribir siguen en su sitio.
La silla y la máquina significaban una renovación verbal del contrato. Con ella también se daba por supuesta la continuidad de los entrenadores que alternaban sus trabajos con la formación de los jóvenes. Era un grupo de entusiastas, hombres voluntariosos como Pujol, Carmona o Ursicinio, cuya recompensa no era el magro sueldo, sino el descubrimiento de un jugador que con el tiempo podría convertirse en un buen futbolista o, con suerte, en un fuera de serie. Ahí están los casos de Guardiola, Xavi e Iniesta.
«Brunete me cambió la vida», cuenta Andrés. Tiene razón, pero el torneo no lo habría conducido a la Masía sin la llamada del Profesor a Germán Vaya.
«Ahora quisiera detenerme en una cosa. Aunque no me lo haya dicho, sé que lo ha pasado mal en algunos momentos. Mucha gente habla por hablar de De la Morena. No quiero entrar en la cuestión de los índices de audiencia, pero es cierto que es el número uno desde hace ya no sé cuántos años. Ojalá la gente no fuese tan hipócrita en su trabajo. Hay palabras que me duelen mucho. ¿Cuáles? Por ejemplo: “Siempre atiendes a De la Morena y a nosotros no”. Eso me revienta. Es una persona que lleva siguiéndome desde los doce años, cuando nadie sabía ni cómo me llamaba. Estaba en Brunete y nunca se olvidó de mí. Y lo fácil habría sido olvidarse de mí unos años después, cuando aquel niño ya era un adolescente de catorce, quince o dieciséis años. Joserra no me olvidó. Y cuando me daban palos por todos lados y él creía que eran injustos, apostaba por mí. Y cuando yo no jugaba y él pensaba que no era merecido, tampoco callaba. Hay personas que se rebelan ante situaciones que consideran injustas y se ganan tu respeto y tu cariño. Lo más fácil en determinadas situaciones era dar la razón a lo que soltaba la mayoría sobre mí, no complicarse la vida, no crear conflictos: no tenía necesidad alguna de defenderme, pero me defendió siempre. Y aquí nadie ha pedido nada a cambio. Ni él ni yo. Las cosas se hacen por convicción y él me ha demostrado muchas veces que la tiene. No digo que los demás me hayan tratado mal, ni mucho menos. De todas formas, siempre he intentado portarme lo mejor posible con todos porque es mi deber. Luego hablaré menos o más, aburriré más o menos, pero he procurado atender a todos con respeto y educación. Hablo ahora de hechos puntuales. Así lo siento y así lo expreso. Somos personas de sentimientos, de carne y hueso, aunque hay comentarios que uno se guarda para siempre. Y no olvido a Joserra: él estaba cuando nadie estaba.»
3. LA NOCHE MÁS TRISTE
«Papá, quiero ir. Llámalos, por favor.»
«Sí, parece absurdo, pero es cierto: el peor día de mi vida lo he pasado en la Masía. Así lo sentí entonces y así lo siento ahora, con tanta intensidad como si no hubiera pasado el tiempo. Tuve una sensación de abandono, de pérdida, como si me hubiesen arrancado algo de dentro, en lo más profundo de mí. Fue un momento durísimo. Yo quería estar allí, sabía que era lo mejor para mi futuro, por supuesto, pero pasé por un trago muy amargo, tuve que separarme de mi familia, no verlos todos los días, no sentirlos cerca… Es muy duro. Lo elegí yo, es verdad, pero se me hizo… se me hizo…»
Todavía ahora interrumpe su relato con un largo silencio cuando evoca aquella primera noche lejos de casa. Llegó finalmente a la Masía en septiembre de 1996 porque, tras varias semanas de dudas e incertidumbres, sorprendió a su padre con una petición inesperada: «Papá, quiero ir. Llámalos, por favor». «Habían pasado unos días del límite que nos habían fijado para ir a Barcelona. Pensaba que ya no sería posible, aunque el señor Tort nos había dicho que esperarían. Ese año o el siguiente. Y lo conseguimos… en el tiempo de descuento. Ni mi padre ni nadie de mi familia me dijo que debía irme a Barcelona. Recuerdo que el primer día fue un 16 de septiembre, llegamos con el cole prácticamente empezado; el fútbol, también. La decisión llegó tarde, pero fue acertada.»
De hecho, llegó en el último instante y sus consecuencias no fueron nada fáciles. Ni en casa ni fuera.
– Pero vamos a ver, chico, ¿por qué quieres ir ahora, justo ahora? – preguntó José Antonio Iniesta.
– He cambiado. Ya me he hecho el ánimo, papá. Lo he pensado bien y nos vamos – respondió Andrés.
«Cuando me dijo “papá, nos vamos” me dio algo por dentro», cuenta José Antonio.
–¿Por qué ahora, hijo?
– Porque sé que es lo que tú quieres. No te puedo dejar sin esa ilusión después de todo lo que has luchado por mí.
José Antonio se debatía entre la felicidad y la angustia: «Yo era quien más quería que se fuese a probar suerte y, al mismo tiempo, quien más sufría con la idea».
Andrés se decidió a dar el paso, a emprender un camino erizado de dificultades no siempre previsibles. Tanto en Barcelona como en Albacete. «Me gustaría aclarar, eso sí, sin voluntad de ofender a nadie ni de sacar trapos sucios, lo que sucedió entonces con el Alba [el Albacete]. Fue poco antes de irme. No guardo rencor a nadie, procuro ser una persona agradecida con quienes me han ayudado y con las entidades a las que he pertenecido, pero no me gustó cierta actitud. Tuve la sensación de que, dentro del club, algunos quisieron dejarnos a mí y, sobre todo a mi familia, como los malos de la película. Se dijeron verdaderas tonterías para confundir a la gente. Y estuve dos semanas sin poder jugar con el Barça porque no se tramitaba la ficha. De verdad que no estoy haciendo el más mínimo reproche. Es más, hasta cierto punto puedo llegar a entender la decepción si un jugador de tu cantera se marcha. Lo puedo entender. Pero en la vida no hace falta dañar a los demás… Simplemente hice lo que creí oportuno y lo que, en realidad, hubiese hecho el 99 % de la gente en la misma situación.»
Andrés acertó. Mari, su madre, también. Y, por supuesto, José Antonio, a pesar de que todos vivirían la peor noche de sus vidas.
Cuando la familia Iniesta llegó a la Masía, los padres conversaron con Juan César Farrés, director de la residencia, mientras Andrés, ajeno a lo que se le echaba encima, recorría las habitaciones de una academia, ahora vacía y sin uso definido, que albergó durante décadas los sueños de miles de niños. Andrés no iba a caminar solo.
«Recuerdo a José, que era entonces portero del juvenil. Un chico con una planta impresionante. Yo debía de llegarle por la cintura. Me iba enseñando la Masía poco a poco para que la fuera conociendo por dentro: “Aquí hay una cocina, allí está tu dormitorio; ahí tienes, Andrés, la biblioteca…”. Continuaba con las explicaciones, pero yo no dejaba de llorar. Lloraba y lloraba sin pausa. Mi cuerpo estaba allí dentro, pero mi cabeza y mi alma estaban con mi familia.»
Los padres seguían abajo, en la entrada, hablando con el señor Farrés y él iba de un lado a otro entre desconcertado y ausente: «José me enseñaba la casa como si a mí me importara», explica ahora evocando aquellos primeros minutos en su nuevo y extraño hogar.
– Ven, Andrés, mira esto…
El portero José Bermúdez trataba de consolar al niño recién llegado desde su imponente estatura: «Era muy pálido, bajito, tristón… Debía de estar pensando: “¡Pero dónde me meten mis padres!”. Aún hoy recuerdo ese episodio. No, no creo que él se acuerde de mi apellido, es normal», dice el guardameta. Para Andrés es simplemente José, el chico que le abrió las puertas. «Era supercanijo, muy pequeño, pero mucho… ¿Por la cintura? No creo ni que me llegara, ¡ja, ja, ja! Pero Jorge – dice en alusión a Jorge Troiteiro— era aún más bajo que Andrés. Estábamos todos en el vestíbulo cuando llegaron. Yo tenía diecisiete años; él, doce. Si fue duro para nosotros, imagínate para él. Pasabas muchos ratos de soledad, muchísimos. Andrés era supertímido; Jorge era mucho más extrovertido, más dicharachero, era el que tiraba siempre del carro. Andrés me cayó bien desde el principio. Era supereducado, muy dulce, afectuoso.»
«Lo dejamos allí y nos volvimos al hotel», recuerda José Antonio Iniesta. Tan cerca y tan lejos. Tal vez doscientos metros de distancia, trescientos como mucho. Sólo una calle, la calle Maternidad, separaba al niño de sus padres y su abuelo materno. Mientras José Bermúdez subía las escaleras de la Masía acompañado por un diminuto niño manchego y le mostraba la litera que compartiría con Jorge Troiteiro, la familia Iniesta-Luján vivía una noche dramática en su hotel barcelonés. Cuando cerraron las puertas de la Masía, los tres se dirigieron a sus habitaciones sin apenas cruzar palabra. Había poco que decir, muy poco. ¿De qué iban a hablar? El padre, sin embargo, no aguantó en su cuarto. La agobiante tensión no le daba tregua. Tomó el ascensor, bajó a la cafetería del hotel y allí se encontró con el abuelo.
«Creía que me iba a morir, me faltaba el aire en la habitación, era insufrible. Me dio un ataque de ansiedad – relata José Antonio, instalado en el volcán de las emociones pasadas—. Llegué a hacer la maleta para volvernos al pueblo. No podía abandonar a mi chiquillo. Si no hubiera sido por su madre… Yo me lo hubiese llevado al pueblo, pero ella tenía más capacidad de sacrificio. Mari siempre me decía: “Si se va y no triunfa, lo habré perdido seis o siete años. Si se va y triunfa, también lo habré perdido seis o siete años. O sea, yo siempre pierdo”.» Todos perdían algo en aquella arriesgada apuesta: perdían Mari, José Antonio y Maribel, la hermana del prometedor futbolista. También perdía Andrés, sin duda alguna. La incógnita era qué iban a ganar. Una incógnita tal vez demasiado cruel.
– Mañana voy a la Masía y me llevo al chiquillo. ¡No puedo soportarlo! – le dijo José Antonio a su suegro, convencido de que en él hallaría al cómplice perfecto para doblegar la férrea voluntad de su mujer.
El abuelo le tendió la mano; Mari permanecía ajena al plan que se tramaba abajo, pero pronto se enteraría.
–¡Mari, me lo llevo! Ahora mismo voy a la Masía, lo saco de allí y nos volvemos todos para casa.
La desgarrada voz de José Antonio resonaba en aquel cuarto dominado por la gigantesca mole del Camp Nou, pero Mari, la madre firme, poderosa y rotunda, replicó con frases breves e inapelables, habló a la manera «Luján». No había discusión, ni siquiera para su atribulado esposo:
– Si te lo llevas, serás un egoísta. Estás pensando en ti, en nosotros, pero tienes que pensar en él. Dale al menos la posibilidad de probarlo. Ha venido hasta aquí para eso y ahora no podemos acobardarnos.
Como habría dicho Catali (aquel último entrenador de Andrés en Albacete), la madre se armó de valor cuando en el fondo era incluso más endeble que el padre. La suerte estaba echada: habían cruzado el Rubicón y ya no podían retroceder. Ahora tocaba afrontar con calma las primeras turbulencias. Tanta calma como fuera posible. Allí estaban los cuatro, padeciendo los rigores de una noche aciaga en un rincón de Barcelona presidido por el gran templo del fútbol.
«Durante mi primera cena en la Masía no paraba de llorar. ¿Comer? Evidentemente, no comí nada», cuenta Andrés. El padre y el abuelo tampoco. ¿Y la madre? Nadie la vio derramar una sola lágrima, pero ella lloraba por dentro. De nuevo salió a la luz su inamovible entereza. Era el pilar de la familia, una anónima familia de Albacete que esa noche no tuvo ni cena ni reposo.
«No sé si fue peor aquella noche o lo que pasó al día siguiente. Yo sabía que mis padres estaban cerca, a pocos metros, en aquel hotel, pero también sabía que en algún momento cogerían el coche para volver al pueblo. Tenían que trabajar. No podían quedarse conmigo.» En realidad ya no estaban con él. Habían confiado su hijo al Barça. En cierto modo lo habían «cedido».
«A la mañana siguiente tenía que ir a clase. Ellos vinieron a la puerta de la Masía para acompañarme al colegio. Fuimos con Jorge Troiteiro, un chico de Mérida que tenía la misma edad que yo.» No hubo comentarios sobre la dura experiencia vivida (o sufrida). Se saludaron como si nada hubiera sucedido. Como si estuvieran en el pueblo y fueran juntos al cole. Estaban en Barcelona, pero intentaban aparentar que seguían en Fuentealbilla. «Llegamos al colegio y nos dimos dos besos de despedida.» Eso fue todo.
Andrés entró con Jorge en las aulas para iniciar una rutina que duraría años. Lo que no imaginaba es lo que ocurriría poco después: «Pensaba que a la salida de clase, ya por la tarde, me estarían esperando, pero cuando me asomé no había nadie». Ni José Antonio ni Mari ni el abuelo. De repente se vio solo, casi huérfano. Allí, junto a su nuevo amigo Jorge, veía desvanecerse el mundo donde se había criado.
«Ahora pienso que fue una decisión acertadísima porque nos ahorramos el mazazo de la despedida definitiva, que habría sido mortal.»
Ahora le parece bien; cuando sucedió, no. Ahora lo entiende; entonces sintió el dolor del desamparo. El latigazo de un abandono casi total.
«Parece mentira, pero yo ya me había acostumbrado. Quizá suene increíble, sólo llevaba una semana más que Andrés, pero ya me había adaptado a todo aquello – explica Jorge Troiteiro, el niño que cruzó la puerta del colegio Lluís Vives de Barcelona junto a Andrés—. Tenéis que entender todo lo que supone ese lugar. De pronto dejamos de ser niños. A mí, con diez u once años, me lo hacían todo en casa. Imagino que igual que a Andrés. Tus padres te visten, tus padres te llevan al colegio, tus padres te acompañan a todas partes, tus padres, siempre tus padres… Allí salíamos de clase y no te esperaba nadie. Absolutamente nadie. Teníamos doce años. Tuvimos que madurar en muy poco tiempo y no todos están preparados para algo así. De repente pasamos a vivir en una familia, la familia de la Masía, a la que horas antes ni siquiera conocíamos. De pronto tienes unos hermanos nuevos que, por cierto, a los más chicos nos ayudaban en todo. Nos mimaban, pero…» Al recordar aquellos días de soledad, Troiteiro no puede seguir hablando. Aun así, no olvida que la llegada de Andrés lo animó muchísimo.
A Andrés, en cambio, salir de la escuela y no ver a los suyos lo colocó de improviso, sin adaptación previa, frente a su nuevo mundo. Quizá sí hubo una fugaz adaptación durante aquellas horas en coche de Fuentealbilla a Barcelona. Tres adultos y un niño, tres generaciones y un silencio compartido.
«Recuerdo cuando paramos a comer en Tortosa. Nadie comió nada. Sabíamos que el “final” estaba acercándose.» Sí, el «final», así lo entendían todos. «Además, sabíamos que no había marcha atrás y aquella parada, ya en Cataluña, de alguna manera lo confirmaba. Cuando hablábamos era para decir algo que no tenía sentido o no venía a cuento. Nadie podía aguantar el dolor que se acercaba, pero tendríamos que soportarlo», cuenta Andrés.
No comió en Tortosa. Tampoco cenó en la Masía.
«Antes sólo pensaba en lo que tuve que vivir yo, en todo lo que pasé, en todo lo que sentí allí, en la Masía. Sí, claro que podía pensar cómo deberían de estar viviéndolo tanto mis padres como mi abuelo, pero hasta que no eres padre no te puedes imaginar de verdad lo que sintieron en aquel momento. Ni lo que sufrieron ellos y mi hermana. Yo, por ejemplo, me muero por dentro cuando estoy un día sin ver a Valeria o Paolo Andrea o cuando no puedo ver a Anna. Bueno, sin verlos cara a cara porque ahora, con las nuevas tecnologías, los puedo ver desde cualquier lugar del mundo y en cualquier momento. Pero no poder tocar a mi niña, a mi niño… No poder tocarlos un solo día… Imagino a mis padres haciéndose a la idea de dejarme en la Masía. No, ni siquiera ahora me gusta pensarlo.»
Se fueron para volver a su lado sólo una vez al mes. Y ni siquiera un fin de semana completo. La vida cambió para siempre para aquel niño de doce años.
«Hasta que acepté la situación o hasta que la situación se normalizó un poco, pasaron algunas semanas, tal vez meses.» Aún no puede afirmarlo con certeza.
«Al principio me costaba comer y no quería llamar por teléfono a mi familia porque empezaba a llorar y llorar, pero uno, al final, se acostumbra a lo que vive, a lo que quiere, a lo que persigue. Y yo quería estar allí. Y, por muy mal que lo pasara, no iba a volver a casa. Tenía que estar allí y mantener la decisión de estar en la Masía, de ser jugador del Barça.»
Esa obstinación es muy Luján. Terca fue su madre aquella noche dramática en que José Antonio amenazaba con derribar la puerta que conducía a los sueños. Terco fue el hijo sosteniéndose en pie mientras derramaba lágrimas por los rincones de una masía con más de tres siglos de historia.
«Cuando venían mis padres a verme me sabía a poco. A muy poco. Ellos salían los viernes porque tenían que esperar a que mi hermana acabara el colegio. Llegaban a Barcelona sobre las ocho o las nueve de la noche. Yo, naturalmente, tenía todo preparado. Los esperaba en la puerta para irnos lo antes posible. Cenábamos los cuatro en un bar al lado del hotel y nos metíamos los cuatro juntos en la misma cama, dormíamos juntos, lo hacíamos todo juntos. ¡Qué grande recordarlo! Luego, el sábado, después del partido (solíamos jugar por las mañanas), teníamos la tarde libre. Íbamos al cine, dábamos una vuelta por Barcelona, pero a medida que se acercaba la noche yo ya tenía mi cabeza en otro sitio.» ¿Por qué? Porque el tiempo se le escapaba con tanta rapidez que no lo podía controlar. Al principio lo veían una vez al mes. Luego, cada quince días.
«Sabía que tras la comida del domingo se tenían que marchar al pueblo. Tenían que estar allí para ayudar a mis tíos y mis abuelos en el bar. El domingo, en Fuentealbilla, la gente salía a cenar mucho y ellos, claro, tenían que llegar sobre las siete o las ocho de la tarde, así que tenían que irse de Barcelona hacia las dos como máximo. Ni que decir tiene que cada vez que llegaba ese momento era un drama. A mí me sabía a poco, a poquísimo, el tiempo que estaban conmigo. Se me pasaba todo volando. Y, después, a esperar otro mes para verlos.»
Días y días y días de interminable espera…
«En la agenda del colegio tachaba los días que faltaban. Contaba los días que quedaban para las vacaciones de Navidad, para las vacaciones de Semana Santa, para el verano… Y así, meses y meses, yo siempre he sido muy familiar y los años que pasé en la Masía marcarían el resto de mi vida. Tengo un vínculo fortísimo con mi familia y eso me encanta. Todavía recuerdo el primer viaje que hicieron mis padres a Barcelona. Tenían un Ford Orion azul. Me dijeron que llegarían hacia las ocho de la tarde y ahí estaba yo esperándolos desde las siete. ¿Dónde? Sentado en el muro que hay en la rampa de entrada a la Masía. Fijándome en cada coche que pasaba por allí para ver si eran ellos. ¡Y la mala suerte que tuvieron! Cuando faltaban pocos kilómetros se les paró el coche en la autopista, tuvieron que llamar a la grúa para llegar a Barcelona. Y yo perdí varias horas de la anhelada compañía. Creo que les cobraron unas treinta mil pesetas. Se las tuvieron que pedir al señor Farrés, el director de la Masía. Todo el mes estaban los pobres ahorrando para estar conmigo y, a la primera, con un palo en la frente… Al fin llegaron a la Masía. Horas después, eso sí. Y pudimos disfrutar juntos el fin de semana.»
Luego, cada uno a su sitio: el padre al andamio del que su hijo quería bajarlo, la madre, a la barra del bar Luján y él, a la Masía.
«Mira, papá. Yo un año lo aguanto. ¿Dos? No lo sé. Pero uno sí, papá. ¿Cómo? No lo sé. Uno lo aguanto como sea.» Aguantó y defendió esa tardía pero acertada decisión. «En el canal que hay en el pueblo no caben las lágrimas que derramó mi nieto – recuerda Andrés Luján, el abuelo, el cuarto pasajero de aquel Ford Orion azul que partió de la Mancha en dirección a Cataluña—. Aquello fue algo para verlo y no pasarlo. No cabe tanta lágrima, no cabe…» Andrés se quedó solo entre los doce y los diecisiete años. Cinco largos años, pero nada comparable a aquella primera noche, cuando lloraban hasta las piedras en la Masía de Can Planes.

