Kitabı oku: «El ejército y las partidas carlistas en Valencia y Aragón (1833-1840)», sayfa 2
Poco después Forcadell emprendió una expedición a Orihuela, ciudad alicantina muy afín a la causa carlista, pero que se encontraba alejada del teatro de operaciones. Tras atravesar las provincias de Cuenca, Albacete y Murcia, Forcadell entró en dicha población el 29 de marzo, siendo recibido con gran alegría y reclutando en la zona varios cientos de voluntarios. Además, consiguió 3.000 reales y una importante cantidad de fusiles, así como telas para confeccionar uniformes. Con todo esto emprendió el regreso y, aunque fue alcanzado en Chulilla (Valencia) por la columna de Nogueras, consiguió unirse a Cabrera con la mayor parte del botín.27
Durante los meses anteriores los carlistas habían vuelto a crear la división aragonesa, que había desaparecido al marcharse Quílez con la expedición real. Esto fue obra de Juan Cabañero, un hacendado sin experiencia militar, que había creado una pequeña partida a principios de 1836. Al cabo de un año sus fuerzas habían crecido considerablemente y esto le permitió entrar por sorpresa en Cantavieja, capturando a la guarnición liberal el 25 de abril de 1837. Este éxito puso en manos de los carlistas una base fortificada, además de proporcionarles varias piezas de artillería, gracias a las cuales Cabrera pudo tomar Sant Mateu (Castellón) poco después. Ante todo esto poco pudo hacer Oraa, ya que tenía que defender muchos puntos a la vez, con unas fuerzas muy reducidas.28
Esta escasez de fuerzas liberales también facilitó las operaciones del Serrador, que, tras capturar en Mirambel a más de cien militares enemigos, se apoderó de Burriana, que había sido evacuada por las tropas de la reina. Allí capturó un cañón con el que intentó conquistar Benicarló, aunque sin éxito. Poco después se dirigió hacia el Sur, ignorando las órdenes de Cabrera (que no era su jefe) para que atacara a Oraa. En vez de eso, Miralles apareció por sorpresa en la Huerta de Valencia, donde obtuvo un importante botín, gracias a la ausencia de militares enemigos. Mientras tanto iba creciendo la rivalidad entre ambos jefes rebeldes, ya que el tortosino quería hacerse con el control de las fuerzas del caudillo valenciano, que se empeñaba en mantener su autonomía.29
Pero volvamos con Cabrera, que el 23 de mayo emprendió un nuevo asedio de Gandesa, aunque a los pocos días fue derrotado por Nogueras y tuvo que levantar el sitio. Poco después tuvo que abandonar sus planes de marchar a Castilla, a fin de preparar la llegada de la Expedición Real, que, encabezada por don Carlos, acababa de entrar en Cataluña, procedente de Navarra. De esta manera se dispuso a recoger víveres para alimentar a dicho ejército cuando llegara, además de requisar barcas para facilitarles el paso del Ebro. Pero para ello tuvo que hacer frente a las columnas de Borso y de Nogueras, que trataron de impedirlo el 29 de junio. Ese día, Cabrera derrotó al primero en Xerta (Tarragona) e inmovilizó al segundo en el desfiladero de Armas de Rey, lo que permitió a la expedición carlista pasar el río e iniciar su paseo por el Maestrazgo. Este éxito dio al caudillo catalán una gran reputación y le fue recompensado con el nombramiento de comandante general de Aragón, Valencia y Murcia. Además de esto, logró que don Carlos ordenase el arresto del Serrador, su principal rival en el mando, que fue despojado de sus fuerzas y enviado preso a Cantavieja.30
Después de esto la Expedición Real amagó un ataque sobre Castellón, que al ser rechazado le llevó a dirigirse a los alrededores de Valencia, donde permaneció varios días. Pero la llegada de fuerzas enemigas le hizo retirarse a Chiva, donde fue derrotada por Oraa, en lo que fue la mayor batalla de la guerra en territorio valenciano. Entonces los carlistas se retiraron a Cantavieja, donde descansaron y se abastecieron, mientras se creaba una junta de gobierno y se decidía lo que había que hacer. Mientras tanto los liberales los vigilaban con las fuerzas de Oraa, Borso y Buerens, a fin de evitar cualquier movimiento inesperado.31
En agosto la Expedición Real se puso de nuevo en marcha, aniquilando en Villar de los Navarros (Zaragoza) a la columna de Buerens, haciéndole varios miles de prisioneros y capturándole gran cantidad de armas. Después emprendió la marcha hacia Madrid, uniéndose por el camino con Cabrera, que se había separado del ejército para hacer algunas incursiones. Y aunque juntos llegaron a las puertas de la capital, los carlistas se retiraron al poco tiempo y, tras sufrir varias derrotas, regresaron muy mermados a sus bases.32
Poco después Oraa se lanzó a la ofensiva, consiguiendo llevar un convoy a Morella, importante plaza fuerte cristina, que se encontraba bloqueada por los rebeldes. Acto seguido se dispuso a atacar Cantavieja, pero tuvo que abandonar el plan, ante la resistencia carlista y la falta de los suministros necesarios. Entonces Cabrera emprendió un rápido movimiento e invadió de nuevo la Huerta de Valencia, pillando por sorpresa a los liberales, que lo suponían mucho más lejos. Mientras tanto Tallada, que mandaba la división del Turia, realizó una rápida marcha que le permitió entrar en Xàtiva por sorpresa. Después de esto pasó por Ontinyent y, tras unas escaramuzas en Almansa, regresó a Chelva con un gran botín.33
Más tarde Cabrera inició un bloqueo de Lucena del Cid (Castellón), pero Oraa consiguió romper el cerco y entrar un convoy en la población. Entonces el jefe rebelde pasó a la ribera del Jalón (Zaragoza), consiguiendo así gran cantidad de suministros, con los que repuso sus almacenes, exhaustos tras el paso de la Expedición Real. Además, en diciembre los carlistas se vieron reforzados con la llegada de tres batallones castellanos, que habían acompañado a Zaratiegui en su invasión de Castilla.34
Y así llegamos a enero de 1838, cuando se produjeron dos importantes acontecimientos. El primero de ellos fue la toma de Benicarló, que puso en manos de los rebeldes gran cantidad de fusiles, cañones y prisioneros. El segundo fue la conquista de Morella, gracias a un audaz golpe de mano nocturno, que obligó a retirarse a la guarnición, al apoderarse los carlistas del castillo. Desde entonces esta población, que estaba completamente amurallada, se convirtió en la capital del carlismo valenciano-aragonés, trasladándose allí muchas de las instalaciones que los rebeldes tenían en Cantavieja.35 Pero no todo eran éxitos, ya que la expedición de Tallada, que había marchado a Andalucía para conseguir caballos, acabó de forma desastrosa. El jefe rebelde fue fusilado y se perdió la mayor parte de la división del Turia, que sólo a duras penas pudo regresar a sus bases.36
Durante los meses siguientes Cabrera se empeñó en conquistar más plazas fuertes, valiéndose de una artillería cada vez más numerosa. De esta manera atacó de nuevo Gandesa, que ya había sufrido varios ataques carlistas anteriormente. También esta vez los rebeldes tuvieron que retirarse, pero el general San Miguel hizo evacuar la población, que se encontraba en un estado ruinoso. Poco después Cabañero lanzó un ataque por sorpresa contra Zaragoza, entrando en la ciudad en la noche del 4 al 5 de marzo, tras forzar varias puertas. Durante la madrugada la división carlista de Aragón se hizo con el control de la ciudad, pero en cuanto amaneció los zaragozanos se movilizaron y consiguieron hacer huir a los rebeldes, a los que infligieron una severa derrota.37
En cuanto a Cabrera, su siguiente objetivo fue Lucena, otra localidad rabiosamente liberal, que había resistido hasta la fecha todos los ataques carlistas. En esta ocasión estableció un bloqueo de la población, que fue levantado en abril por las fuerzas de Oraa, que acudieron a socorrer a los defensores. Entonces el jefe carlista dirigió sus miradas hacia Calanda (Teruel) que pudo tomar tras dos días de bombardeos, consiguiendo allí un importante botín. Animado por este éxito intentó lo mismo con Alcañiz, que era la principal base liberal en el Bajo Aragón. Pero tampoco esta vez pudo tomarla, al resistir la población y llegar en su auxilio fuerzas liberales. No obstante, este fracaso se vio compensado al llegar a Aragón nuevas fuerzas carlistas, encabezadas por Negri, Basilio y Merino.38

Campaña de Oraa contra Morella (1838)
Quien también había recibido refuerzos era Oraa, pues tras exponer al ministro de la guerra la dramática situación de sus fuerzas, había conseguido que se le enviaran diez batallones y grandes cantidades de suministros. Entre los recién llegados estaba la división de Pardiñas, que gozaba de un gran prestigio por haber sido el principal artífice de la derrota de Tallada. Con estas fuerzas el jefe liberal planeó una campaña contra Morella, que debía ir combinada con ataques simultáneos sobre las otras capitales carlistas (Estella en Navarra y Berga en Cataluña) a fin de asestar un golpe definitivo a la causa del pretendiente. Para ello se reunió una importante cantidad de suministros, se preparó un buen tren artillero y se inició la campaña desde tres puntos a la vez. De esta manera, mientras Oraa y Pardiñas avanzaban desde Teruel, Borso lo hacía desde Castellón y San Miguel desde Alcañiz.39
Todo este plan se puso en marcha en julio, logrando reunirse las tres columnas en los alrededores de Morella, pese a los intentos carlistas por impedirlo. A continuación bombardearon las murallas e intentaron dos asaltos por una brecha, pero estos ataques fracasaron y Oraa tuvo que retirarse poco después, al no llegarle los suministros necesarios. Mientras tanto, una vez puesta a salvo su capital, Cabrera emprendió una rápida expedición a las riberas del Turia y del Júcar. Llegó allí en pocos días pillando por sorpresa a sus enemigos, que lo situaban aún en los alrededores de Morella. De esta manera, y sin fuerzas liberales que se lo impidiesen, el caudillo rebelde pudo llevarse de la zona grandes cantidades de caballos y de dinero, así como varios cientos de reclutas, que le sirvieron para incrementar sus fuerzas. Todo esto aumentó enormemente el prestigio de Cabrera, que fue recompensado por don Carlos con el ascenso a teniente general y el nombramiento de conde de Morella.40
Poco después regresaron a Navarra las fuerzas de Negri y Merino, pero esto fue compensado por la nueva quinta que ordenó Cabrera por esas fechas. Además, las fuerzas rebeldes estaban cada vez mejor equipadas y disciplinadas, lo que permitió al jefe rebelde alcanzar su mayor éxito a principios de octubre. Éste se produjo en Maella (Zaragoza), donde fue aniquilada la división de Pardiñas, que murió en combate y que perdió, además, más de 4.000 hombres, entre muertos y prisioneros. Estos cautivos sufrieron crueles penalidades y algunos de ellos fueron fusilados. A esto se sumó la ejecución de los prisioneros cristinos capturados en Castillo de Villamalefa (Castellón), lo que llevó, durante el otoño, a una serie de represalias por parte de los liberales. Hasta entonces lo normal era ejecutar sólo a los oficiales y jefes enemigos, pero no había ningún convenio sobre el trato a los prisioneros, que estaban sujetos a cualquier arbitrariedad por parte de sus captores.41
Durante ese otoño se emprendieron pocas operaciones militares, ya que los liberales aún no se habían repuesto de sus derrotas, mientras que Cabrera se dedicaba a labores de abastecimiento y fortificación. Para conseguir suministros envió a Forcadell y a Llagostera a las riberas del Júcar y del Turia, de donde sacaron un gran botín. Y aunque fueron derrotados por Pezuela en Cheste, lograron regresar al Maestrazgo con la mayor parte del convoy. Mientras tanto Cabrera se dedicaba a organizar la fortificación del territorio rebelde, que había puesto en marcha tras la toma de Morella. De esta manera, durante los dos últimos años de guerra se construyeron más de 30 fortificaciones, que sirvieron como base de operaciones del ejército carlista, cada vez más organizado. De hecho, conseguir más plazas fuertes se convirtió en una obsesión para el caudillo catalán, ya fuera construyéndolas con sus hombres o arrebatándoselas al enemigo. Otra de sus grandes preocupaciones fue obtener armas para equipar a sus huestes, que aumentaban día tras día. Con esta finalidad envió varios comisionados a Inglaterra, logrando así que en enero de 1839 llegara a las costas tarraconenses un barco con 10.000 fusiles. Por desgracia para él, este cargamento fue capturado por los liberales, lo que impidió un importante fortalecimiento de las fuerzas rebeldes, que contaban con muchos hombres desarmados.42
Tres meses después Cabrera llegó a un acuerdo con el general Van Halen, sucesor de Oraa en el mando, sobre el trato que se había de dar a los cautivos. Este convenio, aunque no siempre se cumplió, puso fin a las represalias, regularizó los canjes y redujo mucho el número de ejecuciones. Además, el jefe rebelde fue reconocido por las autoridades como comandante de un ejército enemigo y dejó de ser tratado como el cabecilla de un grupo de criminales, como había sucedido hasta entonces.43
Durante el mes de abril Cabrera se dedicó a fortificar Segura, localidad aragonesa que le serviría como cuña para impedir las comunicaciones entre Teruel y Zaragoza, además de servirle para profundizar en sus incursiones por el territorio enemigo, debido a su avanzada posición. Para impedirlo Van Halen acudió a la zona con su ejército, pero no se atrevió a atacar el castillo, que ya estaba bastante fortificado, y se retiró al poco tiempo. Esto dejó la zona en manos de los carlistas y precipitó el cese del jefe liberal, que fue sustituido por Nogueras, que pudo hacer poco, por encontrarse gravemente enfermo. Por otra parte, la situación del ejército de la reina era similar a la de su general, con una importante escasez de recursos y gran cantidad de deserciones.44
Durante los meses siguientes los rebeldes continuaron fortificando pueblos, atacando poblaciones enemigas y realizando incursiones para conseguir suministros, ante la pasividad del ejército constitucional, con pocos medios para impedir sus operaciones. Esto les permitió realizar dos incursiones a la provincia de Guadalajara, de donde sacaron un importante botín. Más tarde Cabrera puso sitio a Montalbán (Teruel), que en junio fue evacuada por los liberales, debido al ruinoso estado en que se encontraba. Posteriormente el jefe rebelde logró encerrar en Lucena a la división de Aznar, que pasó serios apuros hasta que fue liberada por O’Donnell, el nuevo jefe cristino en la zona. Menos suerte tuvo la columna de Ortiz, que fue atacada y destrozada en Chulilla por la división carlista del Turia, al mando de Arévalo. La única acción ofensiva que emprendieron los liberales les permitió la toma del fuerte de Tales (Castellón), pequeña fortificación rebelde desde donde se hostilizaba a Onda.45
A finales de agosto Cabrera emprendió una expedición a Castilla, rodeando en Carboneras (Cuenca) a una columna enemiga, a la que hizo 2.000 prisioneros. Acto seguido marchó a la provincia de Guadalajara, pero allí se enteró de la firma del convenio de Vergara, que supuso el fin de la guerra en el Norte. Ciego de ira, el caudillo catalán ordenó la retirada y se dispuso a resistir en el Maestrazgo durante todo el tiempo que fuera necesario. Por suerte para él, la moral de sus fuerzas era alta y ninguno de sus mandos quiso acogerse a dicho convenio.46
Pero esto no podía ocultar el giro que estaba tomando la guerra, sobre todo al llegar a Aragón el ejército de Espartero, compuesto por más de 40.000 hombres, que acababa de pacificar el País Vasco y Navarra. Esta superioridad numérica permitió a los liberales pasar a la ofensiva en el Alto Turia, donde la columna de Azpíroz operaba contra las fuerzas de Arévalo. De esta manera, antes de terminar el año las tropas de la reina entraron en Chelva, rindieron la torre de Castro (en Calles) y se apoderaron del fuerte de Chulilla, sin que los rebeldes pudieran hacer nada para impedirlo. A esto se añadieron varios intentos de asesinar a Cabrera, la expulsión de los familiares de carlistas al territorio rebelde y una fracasada tentativa de entregar Cantavieja al enemigo. Además, el caudillo catalán tuvo que apresar a varios miembros de la junta, que estaban negociando la paz con el enemigo, al tiempo que separaba de sus puestos a los militares que le inspiraban sospechas.47
A estas preocupaciones se sumó una marcha bajo una intensa lluvia, que acabó afectando la salud de Cabrera. El líder rebelde enfermó de tifus y estuvo varios meses apartado del mando, llegando a estar al borde de la muerte, mientras delegaba su autoridad en Forcadell. Mientras tanto los carlistas se mantuvieron a la defensiva, con la única excepción de Arnau, que emprendió una importante expedición por las provincias de Cuenca y Albacete, durante el mes de enero de 1840. En cuanto a los liberales, también estaban inactivos, pues Espartero y O’Donnell estaban haciendo acopio de suministros (y esperando que subieran las temperaturas) para emprender su ofensiva final.48
El ejército liberal se puso en marcha en febrero, al atacar la fortaleza de Segura, donde se había amotinado parte de la guarnición. El fuerte cayó al cabo de cuatro días y un mes después Espartero se apoderó de Castellote (Teruel), donde los rebeldes resistieron obstinadamente. Pero esto no impidió su caída, ni tampoco la de Aliaga (Teruel), que fue ocupada en abril por las tropas de O’Donnell. Después de esto la línea carlista se desmoronó, al rendirse los fuertes de Alpuente (Valencia), Alcalá de la Selva (Teruel) y Bejís (Castellón), mientras eran abandonadas muchas otras fortificaciones. Entre ellas destacaba la de Cantavieja, que fue evacuada e incendiada por las fuerzas rebeldes, dado su mal estado de defensa. La moral de las tropas carlistas estaba por los suelos y su ejército se desintegraba debido a la gran cantidad de deserciones.49
Por esas fechas había mejorado la salud de Cabrera, que se puso de nuevo al frente de sus fuerzas. Pero el ejército liberal era mucho más numeroso que el suyo, por lo que no pudo impedir ser derrotado en La Sènia (Tarragona). A esto siguió la toma de Morella por los cristinos, tras siete días de asedio, que dejó en manos de Espartero más de 2.000 prisioneros. Tras este desastre el caudillo carlista dio la guerra por perdida y decidió pasar el Ebro con su ejército, lo que hizo en la noche del 1 al 2 de junio. Al conocer esta noticia, las fuerzas absolutistas que operaban por el Alto Turia y la serranía de Cuenca emprendieron la retirada hacia Francia, mientras se iban abandonando las últimas fortificaciones rebeldes. La última que cayó fue la de Collado de Alpuente (Valencia), que fue ocupada por las tropas de la reina el 6 de agosto de 1840.50
B) EL EJÉRCITO Y LAS MILICIAS LIBERALES
Ahora que ya sabemos lo que ocurrió durante la guerra corresponde hablar de los dos contendientes. Empezaremos por los liberales, que disponían de dos tipos de fuerzas: el ejército y las milicias. El ejército se componía, en su inmensa mayoría, de combatientes forzosos, que se reclutaban de la siguiente manera. Cuando el gobierno necesitaba soldados convocaba una quinta (si se trataba de crear nuevas unidades) o un reemplazo (para cubrir bajas de unidades ya existentes). Una vez establecido el número de combatientes necesarios se repartía la cuota entre las provincias y se enviaba a las diputaciones para que organizaran el reparto por pueblos. En función de la población se asignaba un número de reclutas a cada localidad y el ayuntamiento procedía después al sorteo, normalmente entre los solteros entre 18 y 40 años. Los infelices a los que tocaba ser soldados se veían obligados a servir durante 7 u 8 años en el ejército (según si les tocaba caballería o infantería), normalmente bastante lejos de sus hogares, para dificultar la deserción. Una forma de librarse era pagando 4.000 reales, pero esta era una suma considerable, que sólo estaba al alcance de los más acomodados. Por eso al final el ejército liberal estaba compuesto por soldados de origen humilde, que no habían podido eludir el servicio militar.51
Como ser reclutado suponía una tragedia para muchas familias, algunos quintos se cortaban dedos o arrancaban dientes para ser declarados inútiles. Mucho más frecuente debió ser la huida del pueblo, que practicaban muchos jóvenes en cuanto salían elegidos. Otros, en cambio, se incorporaban a su unidad pero desertaban a la primera oportunidad, algo que fue muy frecuente entre 1837 y 1839, cuando la moral de las tropas de las reina alcanzó su nivel más bajo, debido a las constantes victorias carlistas. Para evitar esto las autoridades publicaban listas de desertores, encargando a los ayuntamientos que los localizaran para devolverlos a sus unidades. Además, el general Oraa hizo público un indulto para los prófugos que se incorporaran a filas, amenazando con fusilar a los que no lo hicieran. Esto no debió funcionar mucho, ya que en junio de 1839 el brigadier Facundo Infante, lugarteniente del capitán general y gobernador militar de Valencia, impuso penas de prisión a los familiares de desertores y ofreció recompensas a los que ayudasen a su captura.52
Pero no todos en el ejército estaban allí contra su voluntad. En primer lugar porque muchos jefes y oficiales eran voluntarios, que habían estudiado en academias militares y que pertenecían a la pequeña nobleza o a la burguesía. Además, también hubo mercenarios entre las fuerzas isabelinas, como el regimiento de Oporto, que estaba formado por alemanes, británicos y portugueses, y que participó en numerosas acciones de guerra en el País Valenciano. Se llamaba así por haber servido en Portugal durante la guerra civil que poco antes había asolado dicho país. Estas fuerzas eran muy indisciplinadas, ya que a menudo recurrían al saqueo y se amotinaban cuando no se les pagaba la soldada. Por último hay que mencionar a los carabineros de costas y fronteras, un cuerpo policial encargado de la represión del contrabando, y que también se dedicó a combatir a los carlistas.53
Además del ejército los liberales contaban con milicias, que numéricamente eran mucho más importantes. La principal era la milicia urbana, creada en 1834 y que, tras cambiar su nombre por el de guardia nacional, acabó llamándose milicia nacional. El gobierno quería que esta nueva fuerza estuviera formada sólo por personas “respetables”, con un cierto nivel económico que les acercara a las ideas liberales. Por ello se exigió a los milicianos una renta mínima y que se pagaran su uniforme. No obstante, con estos solo no fue suficiente, por lo que se acabó reclutando a muchos que no cumplían estas condiciones. Además, tampoco bastó con los voluntarios, lo que llevó al reclutamiento forzoso, que fue el que proporcionó la mayor parte de los milicianos. Por otra parte, el predominio progresista en esta fuerza armada se convirtió en un problema para los gobiernos moderados, ya que llevó a la milicia a protagonizar numerosos motines en las ciudades, exigiendo cambios de gobierno o represalias contra los prisioneros rebeldes.54
Otro tipo de milicias fueron los cuerpos francos, también llamados “peseteros” porque cobraban una peseta al día. Su existencia fue regulada en 1834 y funcionaban como guerrillas liberales, que actuaban en grupos reducidos, atacando a pequeños grupos enemigos. Eran todos voluntarios, atraídos por la paga, y que, al contrario que la milicia nacional, solían ser de origen humilde, especialmente jornaleros. Eran financiados por los ayuntamientos, normalmente con vecinos de la zona, por lo que sólo se formaban en las comarcas donde operaban grupos carlistas de los que hubiera que protegerse.55
Todas estas fuerzas se organizaban en compañías y batallones, al igual que el ejército regular, donde había además regimientos. Estos últimos se dividían en varios batallones y podían ser provinciales o de línea. Los primeros eran más numerosos y se formaron durante la guerra, con oficiales que venían de la vida civil, salvo el jefe de la unidad, que era el único profesional. En cambio los segundos ya existían en tiempo de paz y contaban con una oficialidad que había pasado por las escuelas militares.56 Estos dos tipos de regimientos se encuadraron en divisiones, con las que en 1836 se creó el ejército del centro, para unificar las fuerzas que operaban en Valencia y Aragón. Normalmente el ejército liberal funcionaba dividido en columnas de entre 500 y 2.000 hombres, que se dedicaban a perseguir a los carlistas o a acudir en ayuda de las localidades atacadas por el enemigo. Pero también dejaban destacamentos más pequeños en poblaciones estratégicas o en pueblos amenazados a menudo por los rebeldes. Sin embargo, en 1835 muchos de estos destacamentos sucumbieron ante las fuerzas carlistas, lo que llevó a las autoridades a concentrarlos en menos localidades, para que pudieran defenderse mejor.57

El ejército liberal en campaña
Muy diferente era la función de las milicias, que tenían una movilidad mucho más reducida. La más numerosa era la milicia nacional, que existía en la mayoría de las poblaciones, aunque estuvieran lejos del territorio donde operaban los rebeldes. Sus miembros realizaban patrullas de vigilancia por turnos, lo que permitía a la mayoría dedicarse a sus oficios, movilizándose sólo en caso de peligro. Cuando se acercaban fuerzas rebeldes podían realizar batidas, si se trataba de fuerzas pequeña, o refugiarse en la iglesia en espera de ayuda del ejército, si eran atacados por un grupo numeroso. No obstante, lo más habitual era que los milicianos no hicieran nada de esto, pues muchos de ellos lo eran a la fuerza y no tenían interés en arriesgar su vida por algo que les importaba bien poco. Otras veces eran adictos a la causa de la reina pero eran muy pocos o no tenían apenas armas para enfrentarse a sus enemigos. Por eso sólo ofrecían resistencia en localidades grandes o fuertemente liberales, donde el riesgo de combatir a los rebeldes era menor. Esto permitía a los carlistas entrar sin problemas en la mayoría de los pueblos, sin encontrar oposición por parte de la milicia.58
Los cuerpos francos eran más móviles y solían operar en grupos denominados “partidas volantes”, normalmente dentro de la misma comarca. No se dedicaban a defender pueblos, sino a realizar labores de exploración y a atacar a pequeñas partidas o convoyes enemigos, a veces en combinación con la milicia nacional. No obstante, a menudo no eran más que grupos armados que, con la excusa de hacer la guerra a los carlistas, recorrían los pueblos cometiendo robos y otros excesos.59
Pero volvamos con el ejército liberal, a fin de ver cómo era su abastecimiento y equipamiento. Lo más habitual era que se abastecieran exigiendo raciones a los pueblos, dando después los recibos oportunos para que los municipios recibieran después el dinero. No obstante, esto no siempre se hacía y, aunque así fuera, las probabilidades de cobrar el dinero a un estado en guerra y escaso de recursos eran bastante limitadas. Por eso a menudo los soldados no encontraban raciones y recurrían al saqueo y a la violencia para conseguir alimentos. Al mismo tiempo, la pobreza del erario público obligaba a muchos municipios fortificados a mantener a su costa a las guarniciones del ejército, lo que suponía una carga insoportable para una población empobrecida por la guerra. Además, para transportar los suministros los liberales utilizaban mulas confiscadas en los pueblos, obligando a sus dueños a acompañarles durante la marcha. Esto se denominaba “servicio de bagages” y suscitaba muchas quejas de los ayuntamientos, ya que a menudo no se pagaba ni se daba alimento a los bagajeros, como estaba estipulado.60
Otras veces, sobre todo cuando se necesitaban grandes cantidades de suministros, se pedían las raciones a la diputación más cercana o se recurría a un contratista privado que proporcionaba los alimentos a cambio de un pago por parte del gobierno. Pero esto tampoco funcionaba muy bien y en alguna ocasión se tuvo que suspender una campaña por no haber llegado los suministros contratados. De todas maneras, el dominio del mar y de las principales ciudades por parte del gobierno hacía que el hambre no fuera un problema tan grave como entre las carlistas.61
En cuanto a las armas, no parece que el ejército liberal tuviera problemas de equipamiento, debido al abundante armamento que le suministró Gran Bretaña. Los que sí tenían escasez eran los milicianos nacionales, que muchas veces no disponían de suficientes fusiles (o munición) para defender los pueblos. Por otra parte, el ejército tuvo muchos problemas con el vestuario, ya que a menudo las tropas andaban descalzas o con uniformes en mal estado. Esto se debía a las agotadoras marchas que realizaban en persecución de los carlistas, a menudo por zonas de montaña, que destrozaban rápidamente las alpargatas y los pantalones de los soldados liberales. El estado de su ropa era tan lamentable que a veces se organizaban colectas, en las que los ciudadanos aportaban dinero de forma voluntaria, a fin de mejorar el equipamiento de estas fuerzas.62
Otro problema para las tropas de la reina era la escasez de noticias sobre los movimientos del enemigo. Los ayuntamientos estaban obligados a informar al ejército en caso de movimientos rebeldes, pero esto muchas veces no se cumplió, por miedo a las represalias carlistas. De hecho, no era raro que un paisano fuera apaleado por llevar un pliego de un alcalde para un comandante cristino o que un alcalde fuera fusilado por informar a las tropas de la reina. Esto hizo que, a partir de 1836 los liberales empezaran a ir escasos de informes de los pueblos, lo que les exponía a sorpresas por parte de sus enemigos, de los que a menudo ignoraban su paradero.63
De todas maneras, el control de las principales ciudades fue una gran ventaja para las fuerzas gubernamentales, ya que allí podían descansar sus tropas sin ningún peligro, al tiempo que tenían allí su administración y sus almacenes, así como sus hospitales y depósitos de prisioneros. El trato dado a estos últimos era muy malo, ya que pasaban hambre a menudo, se encontraban hacinados y a veces podían morir fusilados si se producían ejecuciones de cautivos liberales. Además, muchos de ellos fueron deportados a Cuba o Puerto Rico, algo que resultaba especialmente odioso para los carlistas.64