Kitabı oku: «San Manuel González García: En Andalucía me forjó y en Palencia me hizo Santo», sayfa 4
D.LABOR PASTORAL EN HUELVA
En Huelva, ante el panorama de anticlericalismo existente, era de esperar que este nuevo sacerdote no cayese nada de bien. Los niños lo recibieron a pedradas, insultándole por su indumentaria talar como “cuervo”. Don Manuel en ningún momento se dirigió brusca o violentamente ante esta lluvia de piedras: las esquivaba como podía y su mirada se dirigía hacia estos chiquillos con una sonrisa:
En aquellos lentos atardeceres al pie de su sagrario, en la soledad de la parroquia, llegan a sus oídos turbándole la paz del alma, los gritos y las blasfemias de aquellos niños desharrapados, sin escuela y sin Dios […]. Ayer le apedrearon cuando pasaba por el Polvorín; hoy, camino de San Pedro, lo han insultado, y uno más atrevido le ha arañado las manos con una penca espinosa que arrancó de las chumberas del valladar cercano. Otro día –¡cómo sangraba su corazón!– un rapazuelo de aquellos, salvaje y montaraz, sin poder sospechar siquiera toda la inmensa malicia de su sacrilegio, arrojó una piedra hacia el altar en la capilla de las agustinas, que rebotó sobre el viril de la custodia. ¡Pobres niños envenenados! […]. Sus gritos y sus blasfemias le apuñalan el alma […]. Hay que conquistar para Dios esos corazones que han perdido la inocencia. Hay que cultivar aquellas parcelas, las más hermosas de la viña del Señor […]. A fuerza de pisotearlas con sus malos ejemplos unos y otros […] ¡se han endurecido tanto! […]. Labrador, ¡qué difícil será tu siembra […]. ¡Ay de las tierras contagiadas de malas semillas y plagadas de malas hierbas! ¿Quién las limpiará? ¿Quién las volverá a su estado original, a su inocencia?[48]
Esta actitud de estos “chaveillas”, como los llamaba cariñosamente don Manuel, duró algunos días. El arcipreste logró ser aceptado por los niños y provocar un cambio de actitud entre ellos, actitud agriada por influencia de los adultos, en una actitud cariñosa e inocente propia de los infantes.
Pese a su corta edad, sin embargo, tenía muy buenas artes para enfrentarse con aquella realidad, y como le dijo por carta a don Andrés Manjón, fundador de las Escuelas del Ave María:
Tiene V. aptitudes y actitudes para digerir y dirigir 500 chiquillos, y 5000 beatas y 50 empresas a la vez. Pues tiene V. buen ángel y luz clara y buen deseo, si quiere, pero puede organizar y dirigir la escuela o escuelas y sabiendo que todo es cuestión de infantes que tienen ojos y manos, más que orejas, y por consiguiente que hay que enseñarles viendo y palpando las cosas y hasta comiéndolas, está dicho todo. Ahora ingenio y al redondel…[49]
Don Manuel se dio cuenta que su primera labor y más urgente era la de los niños y niñas que estaban siendo manipulados por la situación del momento, sin dejarles ser ellos mismos. Era lo propio de su edad. Rechinaban en los oídos de don Manuel las blasfemias de esos chavalillos que estaban como ovejas sin pastor, sin escuela, sin educación y sin conocimientos de la religión católica.
Esto le llevó a poner gran esmero en la catequesis de los niños a través de las cuales les proporcionaba no solo conocimiento de Dios, sino también conocimientos básicos de cultura general, comenzando por la escritura y la lectura. Para ello tenía que dotar de nuevas instituciones de enseñanza a la Iglesia en Huelva con la creación de escuelas católicas ya que no bastaban ni la de la parroquia, ni las visitas que solía hacer a las escuelas públicas del Estado[50] . Estas escuelas eran necesarias para poder contrarrestar la influencia que ejercían las escuelas laicas y protestantes:
Un día se hizo acompañar de uno de los amigos criticones de su táctica en el trato con los niños. Llegaron a un corralón. Acudió la chiquillería. El arcipreste les mostró una estampa del corazón de Jesús. ¿Quién es este? –preguntó. ¡El corazón de Jesús! –respondieron los chavales. ¿Le queréis? –indagó don Manuel. ¡Mucho! –clamaron a coro todos. Dirigiéndose al caballero que le acompañaba, don Manuel añadió: “Porque estos niños conozcan al corazón de Jesús y le tiren besos, soy yo capaz de ir a la China, si preciso fuera..”.[51]
La necesidad no le supuso un gran problema para reunir una junta de señoras y reunir unas 5500 pesetas para restaurar la iglesia de San Francisco, que se encontraba abandonada, y utilizarla como aulas para la formación de estos niños y niñas:
Capital inicial para la obra: cero en metálico; en fe, confianza en el Sagrado corazón y amor a los niños abandonados, millones. No faltaba más que una conversión de valores: cambiar la fe, la confianza y el amor en pesetas, y la obra estaba hecha.
Y se hizo la conversión y hubo pesetas […]. Los medios: 1- La limosna pedida de palabra y por escrito, en español, francés, portugués, inglés y en todos los idiomas conocidos. 2- La suscripción por medio de coros, formado cada uno por doce personas que se comprometían a dar diez céntimos semanales por un año. 3- La venta de dulces, prendas, retratos, perfumería, aceitunas, estampas, encajes, etc. 4- Rifas particulares de cuadros, mantones, placas, etc. 5- Las suscripciones a El Granito de Arena. 6- Y sobre todo, muchas oraciones, comuniones y sacrificios[52] .
Para tal misión necesitaba el permiso del nuevo arzobispo de Sevilla don Enrique Almaraz y Santos, por estas fechas Huelva pertenecía al arzobispado de Sevilla. Con el permiso del arzobispo comienza a restaurar esta capilla, entronizando el Santísimo Sacramento el 17 de noviembre de 1906.
Los patios interiores empezarán a funcionar como escuelas; será el propio arzobispo don Enrique Almaraz y Santos quien vendrá a bendecirla el 25 de enero de 1907.
Era necesario atender como algo prioritario la educación de estos niños, perdidos en un mundo de ignorancia y ociosidad. Esta visión educativa fue decisiva tras la agresión que sufrió el coadjutor de San Pedro, don Manuel González Serna: una pedrada de estos pequeños hiere a don Manuel en la cabeza, meses antes la experiencia tan desagradable que ambos sacerdotes vivieron durante la procesión de San Sebastián el 20 de enero de 1906:
Conducía D. Manuel González Serna una tarde del mes de marzo de 1906 al Santísimo Sacramento por la calle de EnMedio del barrio de San Francisco. Acaban de salir de una escuela los niños y es tal el alboroto de la chiquillería que el buen sacerdote, parando la comitiva, se vuelve hacia ellos, insistiéndoles que se pongan de rodillas, porque pasa el Señor. Con un descaro impropio de la edad, ríen a carcajadas, le increpan con burlas y denuestos: ¡Cuervo! ¡Cuervo! ¡Mala pata! ¡Mala pata! Y comienza la desbandada: una turba de chiquillos corriendo de acá para allá, sin el menor respeto al Santísimo, y sin impresionarles nada aquella fila de devotos acompañantes con sus velas encendidas […]. Pero no paró aquí todo, en aquel momento uno de ellos desde el interior de la escuela, instigado por su maestro, arroja con violencia una piedra que le da en la cabeza a don Manuel hiriéndolo […]. Era el 20 de enero de 1906, fiesta del patrono de Huelva, San Sebastián. Llegado a la ciudad en marzo del año anterior, era la primera vez que asistía el arcipreste a la procesión del santo, que se celebraba de noche, saliendo desde la ermita donde se veneraba la imagen hasta la parroquia de San Pedro. Eran los habitantes del barrio de la ermita, por aquel entonces, gente inculta y grosera, que aclamaba el paso del santo con expresiones irreverentes y ofensivas, demostrando el estado de irreligión en que se hallaban[53] .
Don Manuel González contó con dos ayudas incondicionales para esta misión de las escuelas católicas: una fue la del coadjutor de la parroquia de San Pedro, don Manuel González Serna, amigo y consejero en las tareas del ministerio sacerdotal. Y la otra gran ayuda fue la de don Manuel Siurot.
El 17 de noviembre de 1906 estaban concluidas ya las obras de reparación de la capilla e inmediatamente fue trasladado el Santísimo Sacramento. Quedaba un segundo momento, el de las escuelas. Las obras de derribo se iniciaron al año siguiente, en julio de 1907. Sin embargo, este solar era insuficiente: hacía falta un patio. Se compró la casa contigua. No obstante, el espacio seguía siendo insuficiente. Se compró una segunda casa adyacente.
El 2 de agosto de 1907, con un solar considerable para albergar a tanta “chiquillería”, se comenzaron las obras de construcción de las escuelas.
El 1 de febrero de 1908, se abrieron de par en par las puertas de la escuela con una asistencia de 300 alumnos. Así veía don Manuel González su sueño cumplido de educar a estos niños.
El coste para la realización de estas obras ascendió a 76 000 pesetas más la ayuda del arzobispado, que sumó la cantidad de 100 000 pesetas. Se cogió más de lo que costaba la construcción, dinero que fue destinado a materiales y mobiliario.
De este modo comienzan a funcionar las escuelas de don Manuel en el barrio de San Francisco. Luego le seguirían otras: en el santuario de Nuestra Señora de la Cinta, a dos kilómetros de la ciudad; en el barrio del Polvorín, cerca del convento de la Rábida, en la Cuesta del Carnicero, para la que consigue que regale los terrenos el ingeniero inglés de las minas de Riotinto, que era protestante[54] .
Conocía Manuel a don Pedro Merry del Val, hermano del cardenal español del mismo apellido, secretario de Estado de san Pío X. No solo les unían la sangre y el apellido. También la fe y el afán de servicio a la Iglesia […]. Deseaba Manuel adquirir unos terrenos que eran propiedad de la empresa inglesa explotadora de las minas de Riotinto, terrenos que por sus características se ajustaban perfectamente al proyecto escolar. Pero la dificultad estaba en que el arcipreste no conocía personalmente a los ingleses y lo que era todavía más grave, no disponía de una peseta para pagar los terrenos. Mire, don Pedro, yo quisiera que fuera usted mi intérprete con el ingeniero jefe (inglés y protestante) a ver si quiere cedernos unos terrenos para hacer unas escuelas que están haciendo aquí falta. Bien –le contesté–, Y ¿cuántas pesetas le ofrece Vd., por el metro cuadrado? Mire, usted le hace ver la necesidad de las escuelas, la obra social que suponen […], y puede usted llegar a ofrecerle […] unas quinientas u ochocientas avemarías. Vaya, ¡hasta mil puede usted llegar! […]. Llegó el día. Le hice la proposición del negocio […] y cuando le salí con la moneda del pago, soltó una gran carcajada y me dijo: –Hecho. ¿Cuántos metros necesita? Y regaló cuantos le pidieron”. Terminada la conversación, marchó de mi casa. Yo no salía de mi asombro […] por lo que dije a mi familia: Yo no veo a este señor hasta que no se haga la escritura; si pregunta por mí, digan que no estoy. Al momento suena el timbre. Era el ingeniero. Nos echamos a temblar. Pero él, muy sereno, dice a su sobrina: Perdone, se me olvidaba el bastón […]. Ya tenía Manuel en propiedad los diez mil metros cuadrados que necesitaba, que al cambio de mil avemarías por metro cuadrado, obligaron al arcipreste a movilizar a sus fieles para cubrir el presupuesto de diez millones de avemarías[55] .
Las escuelas de la colonia del Polvorín abren sus puertas en 1911 y en 1914 se hacen cargo de ella las religiosas de la Compañía de Santa Teresa, fundadas por san Enrique de Ossó y Cervelló[56] .
El celo pastoral de nuestro sacerdote no quedará frenado aquí. Aún no habían terminado las obras cuando decidió dar un paso más: las Escuelas Nocturnas, cuyo objetivo era culturizar a los más mayores, que por la mañana tenían que trabajar para su subsistencia. Desde el primer día asistieron un centenar de chicas quinceañeras.
Todas estas buenas obras de don Manuel vinieron acompañadas de controversias por todos los que se oponían a todos estos proyectos o no veían con buenos ojos o no valoraban todas estas mejoras enfocadas al bienestar personal. Posteriormente lo explicaría el propio arcipreste con el buen humor que le caracterizaba:
Como la mayor parte de las alumnas tenía su correspondiente alumno (pretendientes) y estos al ir a las casas de aquellas se encontraban con que la novia estaba en la escuela de los curas se presentaron en bloque “los mocitos desairados”. Los hubo que se situaron en la acera de enfrente. Otros entraron en el patio. Y algunos intentaron armar bronca. Terminaron las clases. Salieron las jóvenes. Hubo dimes y diretes, y no pasó nada. “La escena tenoril se repitió cuatro o cinco noches más”. Pero pronto se convencieron los mozos de que aquella escuela funcionaba bien, y todo quedó en paz. La iniciativa se consolidó…[57]
Un segundo paso en su gran labor pastoral fue la de la creación de la Granja Agrícola en favor de los niños pobres, cuyo objetivo era que los niños pudieran disfrutar de un espacio abierto para correr y jugar, e incluso aprender a labrar la tierra, que en un futuro sería para ellos su principal forma de subsistencia[58] .
La preocupación por salvaguardar a estos niños lleva a don Manuel a plantearse otro interrogante: ¿qué será de estos niños cuando acaben su periodo de formación? Para ello fundará el llamado Patronato de Aprendices. Los jóvenes al finalizar su periodo de estudios pasarían a este patronato y se les formaría para una formación manual, lo que podríamos llamar una formación profesional. A este proyecto lo llamaría el arcipreste “mi ojito derecho” y de esta manera prolongaría y consolaría la tarea educativa y religiosa iniciada en la escuela.
Don Manuel González García alcanzaría la cumbre en este macroproyecto educativo con la creación de la llamada Obra de las Vocaciones Sacerdotales, encaminado a estos pequeños que desde un principio despuntaba una posible vocación hacia el sacerdocio y donde se les orientaban y preparaban hacia los estudios propios del seminario. La falta de un espacio destinado para ello hizo que don Manuel habilitara el cuarto de las campanas de la parroquia de San Pedro, transformándola en un pequeño seminario menor[59] .
Estas escuelas contaban con comedores destinados a los niños más pobres y asistidos por las Hermanas de San Vicente de Paúl; incluso el propio don Manuel en más de una mañana ayudaba a estas hermanas a dar el desayuno a todos estos pequeñuelos.
La pedagogía de este sacerdote va mucho más allá de lo puramente académico y espiritual. Como bien dice el refrán: “la música amansa a las fieras”. En estas escuelas se forjaban en una buena educación cultural y cívica; sin embargo, era necesario extraer a estos jóvenes del ambiente tan hostil que les rodeaba. Todos los medios eran poco. Para ello don Manuel se las ingenia y crea una banda de música cuyo objetivo era la de alegrar el corazón de estos niños.
Los medios económicos que contaba para equipar esta banda de música eran nulos pero, su espíritu optimista y confiado en La Providencia le lleva a ver su sueño cumplido[60] .
Sin duda alguna, don Manuel contó con un buen equipo de colaboradores para llevar a cabo esta importantísima labor social en Huelva:
Don Manuel González Serna.
Don Manuel Siurot.
Don Carlos Sánchez Fernández.
Don Fernando Díaz de Gelo.
Don Pedro Román Clavero.
Don Andrés Manjón.
Eran hombres de importante talla no solo en el campo espiritual, sin duda alguna, sino en el campo humano y social.
Habría que resaltar los nombres de don Manuel González Serna y don Manuel Siurot. Este último se consagró por completo a dirigir y mantener las escuelas que don Manuel puso en marcha en la capital onubense y que allí quedaron tras su partida para Málaga. Ambos fueron los colaboradores más inmediatos de don Manuel pero, prontamente se incorporarían los demás cooperadores de esta constructiva y ardua labor social.
La fe sólida de don Manuel, confiada en Dios, en su Sagrado Corazón de Jesús, y en la Divina Providencia, está presente a lo largo de toda su vida. Esta fe confiada impulsa a don Manuel a no retroceder en ninguno de sus proyectos aunque careciera de los medios y lo más importante, nunca perdía la calma ni la compostura ante las contrariedades de los acontecimientos: la necesidad de ampliar las escuelas del Polvorín, pagar los plazos de las letras o el pago del salario del profesorado de las escuelas…
Prueba de este amor y confianza plena en Dios se palpaba en don Manuel González García siendo aún un niño, cuando un día respondió a su madre Antonia con estas palabras “Mamá, con tal que tengamos siempre el alma limpia, ¡vengan bombas!..”.[61]
En 1914, se levantó, junto a las escuelas y la iglesia, un tercer edificio, la casa destinada a albergar la comunidad de las monjas […]. Ni la iglesia era suficiente para los fieles que acudían a misa. Ni cabían los niños y las niñas en las clases. Había que montar un taller para los niños mayores. Y había que traer más religiosas: “Más local, más personal, más herramientas […], es decir, más dinero” […] el arcipreste […] en vez de apurarse, se decía ¿Apurarme? ¿De qué han venido (tantos a llenar la iglesia y las escuelas?) ¡No! ¿De las pesetas que tienen que venir para ensanchar la casa? ¿Pero crees tú que es más difícil traer pesetas que almas y que el que ha traído lo más, que son las almas, no te va a traer lo menos que son los miserables chavos? […]. Recabó ayudas económicas […]. La respuesta fue pronta y generosa […] en aquella ocasión uno de sus amigos le regaló un riquísimo reloj de bolsillo, de oro, de doble tapa, cincelado, de máquina alemana inmejorable. El donante dejó en plena libertad al donatario para que hiciera del reloj el uso que quisiera, ya fuera el normal o medida del tiempo, ya el de venderlo para convertirlo en pesetas. Ni que decir tiene que don Manuel optó por lo segundo. Como “a mí no me pega llevar reloj de oro y más que horas, lo que necesito que me den son cuartos, me he resuelto a rifar el reloj”. Así lo hizo y convirtió el horologio áureo de excelente maquinaria […]. La compañía inglesa de las minas de Riotinto tuvo un nuevo gesto con el arcipreste de Huelva […] hizo donación perpetua de otros quinientos metros cuadrados y costeó íntegramente la tapia para cercar los terrenos cedidos […]. Se amplió la iglesia y se ampliaron los locales escolares […] se levantó un gran salón para taller […] se crearon una Caja Social para obreros y una Mutualidad escolar para cubrir el riesgo de orfandad de los alumnos […]. El dinero poco a poco fue llegando…[62]
Haciendo uso de nuestro rico refranero español “nunca llueve a gusto de todos”, pese a este amplio despliegue apostólico, la ciudad de Huelva, aunque fue poco a poco abriendo las puertas de su corazón al arcipreste, todavía albergaba algún sector de la población con el corazón cerrado a cal y canto por su anticlericalismo. Un ejemplo de ello nos lo encontramos en el célebre brindis de 1905:
A finales de 1905. Se celebraba en Huelva un homenaje en honor de un telegrafista onubense, el señor Balsera, que había introducido ciertas mejoras técnicas en el servicio […] beneficiado notablemente las comunicaciones inalámbricas de la ciudad. Las fuerzas vivas de la ciudad le ofrecieron un lunch. Asistió la crema de la intelectualidad onubense. Y con ellos el arcipreste […]. La reunión tuvo lugar en el casino. “Se invitó a todas las autoridades provinciales y locales y a las fuerzas vivas y, para evitar conflictos y piques, se señalaron de antemano los próceres que habían de brindar: gobernador, director del instituto y un par de intelectuales de los indispensables […]. La sorpresa saltó, cuando agotado el turno de oradores señalado, se levantó el arcipreste y esparciendo su mirada de derecha a izquierda por aquel amplio y abarrotado patio-salón, pidió la palabra […]. Hubo intentos de siseo con algún inicio de abucheo […]. Pido y espero con razón el permiso para hablar […]. La captación fue fulminante […]. El orador inesperado continuó razonando el cuerpo de su discurso. “Sí, telefonista él y telefonista yo; él transmitiendo y recibiendo palabras a través de alambres, de ondas y de mecanismos maravillosos; y yo, desde una gran central que hace veinte siglos se instaló en el monte más alto de la historia y que se llama el Corazón de Jesús ofreciéndose en el Calvario en sacrificio por la salvación del mundo. Yo, y como yo todos los sacerdotes católicos, desde aquella gran cumbre o desde sus sucursales, que son los sagrarios de la tierra, transmitimos, no a través de alambres de metal, ni de ondas del éter, sino de hilos misteriosos de gracia de Dios, lumbres inextinguibles de fe, fuegos abrasadores de caridad y aromas exquisitos de civilización y fraternidad cristianas; y recibimos ecos de angustias, de náufragos, gemidos de arrepentimientos, himnos de salvados, sonrisas de inocentes, gritos de luchadores y todos los acentos del alma indigente y peregrina que busca en la verdad y en el bien su felicidad y su descanso […]. El arcipreste […] alzó la copa y dijo: Brindo por usted, compañero Balsera. Y sin más peroración, se sentó: Los aplausos […] acogieron las palabras inesperadas y no sé si del todo improvisadas del joven arcipreste. Lo cierto es que luego […] se le acercaron los comensales que iniciaron el siseo y uno de ellos, ingeniero de minas, presentó en nombre propio y en el de sus amigos excusas al orador. Señor arcipreste, tenemos que pedirle perdón. ¿Perdón a mí? ¿De qué? Sí, señor; de nuestras groserías. Nos molestó enormemente la vista de un cura aquí y por añadidura sermoneador y ¡la verdad! Le hemos siseado para que se callara. Estamos arrepentidos. ¿Nos perdonas?…[63]
El campo de acción de don Manuel no solo se limitó al ámbito educativo, como hemos visto hasta ahora. Su celo apostólico le llevó a crear instituciones de beneficio social, como fue la creación de un Centro Obrero, una Caja de Ahorros, una biblioteca ambulante y una hoja parroquial con carácter informativo.