Kitabı oku: «Kino en California», sayfa 10
El Almirante don Isidro advierte en su carta que observó que cualquiera de las cosas que les daban, aunque comían algo de ellas, las retiraban al monte y volvían, haciendo demostraciones de que les dieran más. Puede ser que tuviesen sus mujeres e hijos emboscados, y las llevasen para partir con ellos.
Fuéronse aquel día casi al anochecer y aunque los nuestros quedaron contentos, no sin recelo y cuidado (que ninguno es sobrado a vista de enemigos o gente no experimentada); y así prosiguieron el resto del día y todo el miércoles, 7 de abril, en cortar palmas y árboles muy grandes para fabricar la media luna.
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Jueves, 8, se cogió una grandísima redada de peces. Y por no haber vuelto aquel día los indios, sospecharon algunos en ellos mal ánimo y que quizás se iban convocando para venir con mayor número a oprimir a los nuestros. Pero salieron de cuidado el viernes, viniendo 80 de ellos y los más, diferentes de los primeros, todos de paz y con muestras de muchísima amistad y llaneza. Mostráronles aquel día una imagen de Cristo crucificado y la de Nuestra Señora de Guadalupe que llevaban como patrona de la empresa, y daban a entender por la extrañeza que hacían al verlas, que ni tenían noticia, ni habían visto cosa semejante.
Volviéronse a la tarde a dormir al monte. Y el día siguiente volvieron y con más familiaridad y llaneza, andando entre los españoles con desahogo y demasiada libertad, hurtando algunas cosillas con notable sutileza. Y viendo el Almirante sus acciones tan libres, juzgó ponerles algún miedo con una experiencia que hizo. Puso una adarga que llaman chimale, y son de cuero crudo, arrimada a una osamenta grande de ballena que allí hallaron, y por señas les dijeron le tirasen con sus flechas. Tomaron sus arcos los más briosos y alentados de ellos y, disparando las flechas a la adarga, apenas herían el pelo de ella, y algunas flechas se quebraron con la violencia; de que ellos quedaban admirados por ser tan penetrantes y agudas que suelen pasar con ellas cualquier animal de parte a parte. Hízoles seña el Almirante si querían ver la fuerza de nuestras armas (porque ellos al parecer entendían que el arcabuz era nuestro arco, la baqueta la flecha y el sacatrapos lo que servía de pedernal), y porque viesen cuan poderosa arma era el arcabuz, dio orden el alférez Martín de Verástegui tirase con bala rasa un arcabuzazo al chimale. Él, para darles a entender que alcanzaba más que sus arcos, se retiró 6 pasos desde donde ellos tiraron y, disparando, no solo atravesó de parte a parte el chimale, sino también el hueso de la ballena a que estaba arrimado. Vinieron medio atónitos los bárbaros a ver el tiro y, admirados pidieron una bala para ponerla en la punta de un dardo. Poníanla y daban un soplo; y, al punto, se les caía a los pies, pensando que el tronido del arcabuz era soplo que daba, y que podían ellos hacer otro tanto. Con este suceso, quedaron algo amedrentados y reprimida su libertad; ya no se atrevían a tomar cosa ninguna sin licencia y, si la tomaban, en mandándosela volver, la volvían.
Preguntáronles por señas si había algún río en aquellas tierras. Uno de ellos, hecho ya capaz de la pregunta, se explicó así: tomó un dardo y apuntando al poniente fijamente, empezó a andar al trote que usan los indios y, dando vuelta vez y media por el real, volvió a apuntar al sol; con que significó que, a vuelta y media del sol, por espacio de su curso, había río; con que entendieron que día y medio de camino de allí le hallarían.
Tomaron una poca de sal en la mano y comiéndola y dándosela a probar, les preguntaron por señas donde la había o si la tenían. Probáronla y dieron a entender no la conocían. Con esto, torciendo el rostro y poniendo la mano en la mejilla, y cerrando los ojos, se despidieron, significando así que se iban a dormir.
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Los padres de la Compañía, dice el Almirante en su carta, deseosos de entender la lengua de los californios, andan con el tintero en la mano, en viniendo indios, oyendo sus palabras, asentando sus vocablos y notando sus pronunciaciones, para ir aprendiendo su idioma. Y el padre Eusebio Kino dice la van ya entendiendo, que es muy clara y que tiene todas las letras del abecedario, y que los naturales pronuncian muy claramente la nuestra, y que son muy dóciles y afables y festivos y que sus muchachos juegan y se entretienen con los nuestros con tanta amistad y llaneza, como si se hubiesen criado entre ellos.
Y de estos principios se espera que los religiosos de la Compañía de Jesús han de sembrar, propagar y cultivar entre estas naciones la santa fe, como lo han hecho y hacen con tanto fruto en todo el mundo, en particular en las provincias de Sinaloa, Sonora, Sierra de Topia, Tepehuanes, Tarahumares y otras gentes de aqueste reino, para gloria del nombre cristiano y aumento del imperio católico.
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Casi todos los días iban viniendo nuevos gentiles, en particular el Jueves Santo, 15, en que todos los españoles cumplieron con la Iglesia, en la que de ramos y árboles habían fabricado, con singular devoción. Después de las comuniones llegaron 40 indios; muchos de ellos diversos de los que hasta allí habían venido.
El Viernes Santo, volvieron todos, con su carga de leña al hombro, en que muestran su buen natural y que son inclinados a obsequiar a los nuestros. Pues el haber visto que el día antecedente les mandaron los cabos que la trajesen y que les agradecieron con algunas cosillas la que acarrearon, les motivó a traerla sin que la pidieran, porque veían que hacían con ello gusto.
Todos ellos, en especial los muchachos, repiten con muy buena y distinta pronunciación, las oraciones, y se persignan con los padres, que los juntan y rezan con ellos, aunque no entienden lo que rezan; pero, como en las palabras de las oraciones está Dios, solo de proferirlas materialmente, como el apóstol de la India san Francisco Javier tenía observado, hacen operación en las almas, ablandan y enternecen el corazón; son como el fuego que, si se toca con las manos, aún sin verlo ni saberlo, calienta y enciende.
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Aquí refiere el padre Eusebio Francisco, para prueba de su docilidad y amigable llaneza con que ya andaban entre los nuestros, que un buen viejo de ellos se puso a contarles en su lengua, acompañada de señas, que daban bien a entender lo que decía, cómo él tenía 5 hijos y que 1 chiquito se le había, pocos días antes, muerto; y para explicar que lo había enterrado, hizo un hoyo en la tierra, y cogió un palito que representaba a su niño, y lo enterró. Con que se consoló de haber dado a entender su pena, y los padres se consolaron más de ver la familiaridad con que conversaban con ellos, porque, a este modo, contaban y decían otras cosas suyas que fuera largo referirlas.
A lo que parece, sus casas o rancherías están la tierra adentro, algunas leguas; porque el Almirante mandó algunos soldados con su cabo entrasen lo que pudiesen cómodamente la tierra adentro; y desde un cerro alto, a 3 leguas, poco más o menos, descubrieron lejos de allí humaredas; aunque no divisaron casas ni pueblos, vieron hermosas llanadas y una laguna en medio de una.
El temple es bueno y apacible. Hay muy espesas y crecidos montes; en ellos mucha caza de aves, venados y conejos; y con el tiempo descubrirán otros animales en sus espesuras y bosques.
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La tierra y benignidad del cielo parece a propósito para todo género de semillas. Y ya, según escriben, habían sembrado maíz, melones y sandías y otras de las semillas que consigo llevaban; y se persuaden de las hermosas vegas y grama que en ellas hay, se criarán bien ovejas, vacas, marranos, caballos, etc. Y todo esto ha enviado el Almirante a traer en la Capitana que llegó ya al puerto de Yaqui de las doctrinas de la Compañía de Jesús, y los de ella escriben que los dichos padres los han aviado con grande abundancia de todo cuanto han pedido, como lo sabe hacer esta religión en las ocasiones que se ofrecen del servicio de Dios y del rey y que conducen al bien espiritual de las almas.
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Algunos soldados que, por diversión y curiosidad, se fueron paseando buen trecho del real por la playa, hallaron en unas cuevas muchos huesos humanos, y se colige que usan tener en ellas sus entierros, y un pedazo de rezón, que sería de los bajeles que, por los años de 33 o 34, se perdieron cerca de este puerto, en la tercera entrada que hizo a la California el capitán Ortega.
Encontraron algunas piedras minerales de que se infiere que hay metales en esta isla, muchas y grandes conchas de nácar, que son las madres de las perlas de que es cierto abunda este grande seno; pero hasta ahora no los han visto; ni otros indios, como encarecen las relaciones antiguas, de los que vieron las tienen. Puede ser que la gente que habita en las isletas que hay en la mitad de este estero, subiendo al norueste, y son innumerables, las tengan; porque, como pescadores y que pescan los ostiones para sustentarse de ellos, las recojan y guarden.
También hallaron una osamenta de ballena tan grande que una quijada tenía 5 varas de largo.
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El Almirante don Isidro de Atondo está persuadido, como tan cristiano, que la intención principal de nuestro católico rey, que le ha movido gastar en esta expedición tanta suma, son las perlas preciosas de las almas, en cuya busca vino a la tierra el mercader divino; y créese, como lo escribe, que éstas se han de buscar primero para hallar las otras que, de ordinario, las da el Señor por añadidura.
Están aguardando los caballos que ha de llevar la Capitana de Yaqui para entrar la tierra adentro, y pasar hasta la contracosta al puerto y bahía de Santa María Magdalena; que, según buena cosmografía, dista de éste de La Paz 20 leguas.
Toda la gran isla de la California, según los mapas modernos, tiene de largo, desde el Cabo de San Lucas hasta el Mendocino, que están opuestos de norueste a sueste, 1700 leguas; por lo más ancho, desde el puerto de Francisco Drake junto al Cabo Mendocino, al leste, algo al nordeste, 500.
Hay una grande cordillera de sierras nevadas todo el año que se ven por el Mar del Sur. Y en tierra tan dilatada que es mayor que lo que está descubierto en toda la Nueva España ¿qué de naciones no habrá? ¿Qué fruto no se podrá esperar de la misericordia de Dios en ellas y de la celosa industria de los apostólicos hijos de la Compañía? Tres solos van en esta primera entrada que son el padre Matías Goñi, antiguo misionero de Sinaloa; el padre Eusebio Francisco KIno, insigne cosmógrafo y matemático. Estos dos ya están en el puerto de La Paz. El padre Antonio Suárez había de ir en la Balandra que arribó a Mazatlán desviada; no se sabe haya pasado aún. Tres espirituales Colones de este descubrimiento que van a allanar la entrada a muchos que con el celo mismo desean y piden la empresa.
Dios Nuestro Señor le dé a nuestro católico Carlos, en estos calamitosos tiempos, por los reinos que, a tanta costa de su hacienda, desea agregarle a Cristo y a su Iglesia, la felicidad espiritual y temporal que su ánimo católico merece para la gloria de Dios y aumento de su católica monarquía.
O.S.C.S.M.E.
Con licencia.
En México por la Viuda de Bernardo Calderón. En la Calle de San Agustín.
96- Burrus [13]: 233-272.
Documento 7
Abril 20 de 1683
Carta de Kino al padre Francisco de Castro (97)
Pax Christi Iesu
Mi amantísimo padre Francisco de Castro.
Desde que, a 18 de marzo, salimos de la barra del río de Sinaloa, por falta de vientos favorables, quedamos cinco días en la cercanía de los cerros e islas de San Ignacio; pero a 25 del dicho mes de marzo, día de la Anunciación de Nuestra Señora, quiso su divina Majestad que llegáramos a dar vista a la California, sin perder de vista la tierra de Sinaloa y los dichos cerros de San Ignacio; pues de travesía no hay más de 35 leguas.
A 31 de marzo, día en que acabábamos una novena al glorioso San Joseph, entramos en la gran bahía de Nuestra Señora de La Paz, que tiene su entrada en 24 grados y 55 minutos de altura.
El día siguiente, primero de abril, entramos caminando al sur hasta la boca del puerto de La Paz, y algunos saltaron en tierra y hallaron un lindísimo ojo de agua, muchísima leña, un carrizal, un lindo palmar, rastros de indios, etc.
A dos de abril saltamos casi todos en tierra, fabricamos una cruz muy grande y la pusimos en un altillo, y nos volvimos a dormir a los navíos.
A 3 de abril, sábado, saltamos otra vez en tierra; pero sin hallar ni ver ningún indio, que era para nosotros grandísimo desconsuelo.
El domingo, en las dos lanchas, entramos más adentro en la ensenada de este puerto de La Paz, que está en 24 grados de altura y 10 minutos, y tampoco no hallamos ni vimos indios. A la tarde se pescó con el chinchorro una grandísima cantidad de lindísimo pescado. Y como, aunque de lejos, vimos unas humaredas, el lunes empezamos a fabricar una pequeña iglesia y un fuertecito, o real, de Nuestra Señora de Guadalupe. Y desde este día, empezamos a dormir y vivir en tierra.
El martes al tiempo que, por la mañana, casi toda la gente estaba desmontando un altillo y cortando madera para nuestras fábricas, oyéronse unos gritos de indios que venían hacia este puerto, luego acudieron a sus armas todos los soldados; llegaron los indios con mucha gritería, armados de arcos y flechas y embijados en señal de guerra, a lo menos defensiva, y haciendo demostraciones que nos fuéramos de sus tierras. Nosotros procuramos darles de entender que veníamos de paz, y les pedimos pusieran sus armas en el suelo, que nosotros haríamos lo mismo, pero no quisieron.
Nos fuimos a ellos el padre Goñi y yo; les dimos maíz, bizcocho y coscates, que no lo quisieron recibir de nuestras manos y pidieron se lo pusiéramos en el suelo, hasta que después lo iban tomando de nuestras manos y entramos en mucha amistad y familiaridad y nos dieron mezcales tatemados buenos, redecillas muy bien hechas y plumas de pájaros que tenían en sus cabezas, etcétera.
Les enseñamos un santo Cristo y otro día una Nuestra Señora de Guadalupe, pero nunca dieron señal de tener o haber tenido alguna noticia de estas cosas, aunque como algunos de los nuestros sospechaban, no había que fiarse de ellos.
El miércoles se prosiguió en cortar árboles y palmas muy grandes, formando y fabricando un fuertecito, en forma de media luna, y nuestra pequeña iglesia.
El jueves se cogió una grandísima cantidad de muy lindo pescado, que hubo para tres días y más, en gran cantidad, para toda la gente.
El viernes volvieron otra vez los indios, acompañados de otros muchos más, en todos más de 80; todos de paz y de mucha amistad, pidiendo maíz, que ellos llaman aguax, que es para ellos grandísimo regalo, y lo comen como si fueran unos confites. Y después que les dimos maíz y les enseñamos hacer la señal de la santa cruz, al ponerse del sol, muy contentos se entraron a dormir en el monte, diciendo volverían al día siguiente. Y volvieron, y los tuvimos aún mucho más familiares, amigos y dóciles.
Les pusimos una adarga, que es como un bocel de cuero, a que le tiraban con sus flechas, pero todas se hacían pedazos sin pasarla; tiráronle nuestros soldados con un arcabuz y la pasaron con la bala; de que se admiraron y espantaron los indios muchísimo. Y, a la tarde, se fueron a sus rancherías.
El domingo de ramos bendecimos y repartimos muy lindas y muchas palmas. El lunes y los demás días se continuaba la fábrica de la pequeña iglesia y del fuerte o real, y se daba carena a la Capitana para pasar a Yaqui por bastimentos y caballos.
El martes envió el señor Almirante 9 soldados la tierra adentro para ver si había algún río, laguna o ranchería; y como por ir a pie no entraron más de tres leguas, no hallaron río ni ranchería. Vieron, desde un altillo, unas humaredas, una laguna y lindas llanadas. Presto, siendo nuestro Señor servido, entraremos más adentro y hasta a la contracosta, que no puede distar de aquí más de 20 leguas.
El miércoles se confesaron muchos de los señores españoles.
El jueves se confesaron otros; y comulgaron el señor Almirante, los señores capitanes y muchos señores soldados y marineros. A la tarde nos vinieron a ver más de 40 indios; casi la mayor parte de ellos era de los que no habían venido las otras veces. Aprendieron a hacer la señal de la santa cruz con muchísima docilidad y amistad. Les dimos maíz, pinole y pozole. Fueronse al monte a dormir debajo de los árboles. Y hubo sermón para los señores españoles.
El viernes volvieron los indios con una carguita de leña, pues habían visto que el día antecedente habíamos premiado a los que nos habían cargado leña. A medio día se volvieron a su ranchería. A la tarde hubo otro sermón de la pasión de Nuestro Señor.
El sábado santo cantamos las letanías y dijimos misa como se acostumbra; y, al gloria in excelsis y, otras cinco veces, en la misa se disparó la mosquetería, con repique de campanas y mucha fiesta.
La tierra es buena y de buen temple, de mucho pescado, leña, pájaros, venados, conejos, etc. Sembramos maíz, melones, sandías, etc.; y esperamos que de todo se ha de dar, y confiamos que de aquí, a pocos meses, podremos empezar a ir bautizando, pues estos indios me parecen los más dóciles, afables, risueños y joviales que tiene toda la América.
De este real de Nuestra Señora de Guadalupe y de este puerto de La Paz de las Californias, y abril 20 de 1683 años.
Muy siervo de Vuestra Reverencia.
Eusebio Francisco Kino
97- HL 9995. Burrus [13]: 191-196.
Documento 8
Abril 23 de 1683
Carta de Kino al padre Francisco de Castro (98)
Pax Christi Iesu
Mi amantísimo padre Francisco de Castro.
Suplico a Vuestra Reverencia dar mis muchas encomiendas, y comunicar estas pocas noticias de nuestra llegada a las Californias, al padre Joseph Vidal, (y por él si a Vuestra Reverencia le pareciere a la señora duquesa de Abeyro), a los padres procuradores, al padre Antonio de Covarrubias, al padre Zapa, al padre Salvatierra, y a todo el santo colegio de San Pedro y San Pablo, que les procuraré escribir de aquí a tres o cuatro meses cuando, dando nuestro Señor gracia, pasará la Capitana de aquí a Chacala o a Matanchel; y entonces enviaré a Vuestra Reverencia conchas grandes de nácar que ya las tengo aquí en mi ranchito.
Yo prosigo en escribir un librito de esta nuestra empresa y de estas Carolinas etc., con su mapa. Y como los superiores más gustaren, lo remitiré de aquí a unos meses, cuando juntamente se pueda en él dar algunas noticias de unos bautismos, etc.
Dios nuestro Señor me guarde a Vuestra Reverencia los muy felices años que con todo mi corazón le suplico y deseo.
De este real de Nuestra Señora de Guadalupe, y de este puerto de La Paz de las Californias (o Carolinas), y abril 23 de 1683 años.
Muy siervo de Vuestra Reverencia.
Eusebio Francisco Kino
P.D. También estimaré muy mucho si, por medio de mi amantísimo padre Baltasar de Mansilla, se comunicaren estas noticias con mis muchísimas encomiendas al señor Virrey y a la señora Virreina, y que yo les escribiré a sus Excelencias, siendo Nuestro Señor servido, cuando la embarcación pase de aquí a Chacala; quizás para entonces se podrá dar noticias de algunos bautismos, etc.
98- HL 9992. Burrus [13]: 198-199.
Documento 9
Julio 6 de 1683
Oficiales y tropa piden a Atondo abandonar La Paz (99)
En el Puerto que llaman de La Paz, reino de la California, a seis días del mes de julio de mil seiscientos y ochenta y tres años. Ante el señor Almirante Don Isidro de Atondo y Antillón, Cabo superior de la Armada Real y de la Infantería que está en este reino por el Rey Nuestro Señor, se leyó esta petición:
El capitán don Francisco de Pereda y Arce, el alférez Martín de Verástegui, el alférez don Lorenzo Fernández y Lescano, el sargento Juan de Acosta, el sargento don Francisco de Osores, los cabos de escuadra Juan Valdez y Pedro Álvarez, con todos los demás soldados que se hallan en este real, parecemos ante vuestra merced en la mejor vía y forma a el servicio de ambas Majestades y a nuestro derecho convenga.
Y decimos que a tres meses y seis días que estamos en este puerto experimentando la esterilidad de la tierra, como hemos reconocido en cuatro entradas que hemos hecho por diferentes partes y rumbos, habiendo entrado en la una como siete leguas y en las otras a tres y a cuatro leguas, gastando en la una cuatro días, conocido riesgo por estar entre gentes tan belicosas y bárbaras sin saber la cantidad de indios que hay, pues cada día en los pocos o muchos que vienen, hemos visto caras nuevas y experimentado los más atrevidos, pues a el capitán don Francisco de Pereda y Arce, yendo a defender a un grumete que habían cogido yendo por un barril a el aguaje, le arrojaron un dardo, y a un mozo criado de Vuestra Merced, le atravesaron una mano. Y todos los días nos retaban y desafiaban juzgando ser poco valor lo que cuerdamente les sufríamos porque se lograse la conquista y conversión con La Paz y quietud que su magnanimidad encarga. Y el día veinte y nueve de junio le tiraron dos votes con un dardo y el sargento Juan de Acosta de no haber estado tan armado le hubiera costado la vida. Y después, sin darles causa ninguna, antes si regalándolos y dándoles de comer, pretendieron echarnos cerco y cogernos descuidados, para lograr el mal intento que tenían de matarnos y les hemos aguardado y rogado una y muchas veces que nos trujesen a el grumete que por su mucha pereza y descuido, se lo llevaron. Y reconociendo que ni por dádivas, ni agasajos, pudimos conseguir lo trujesen, fue tal su desvergüenza que respondieron lo habían muerto.
Y cada día experimentamos menos fruto de nuestros continuos trabajos, pues como dicho tengo, nos han pretendido matar en muchas ocasiones, lo cual ha sido causa de haber tenido guerra con ellos, haciéndonos estar de noche y de día con las armas en las manos. Y al presente nos hallamos con poco bastimento y no sabemos de la Capitana que fue a el puerto de Yaqui por él. Y viendo tan conocido riesgo como el que estamos, de que estos bárbaros nos peguen fuego a las chozas de palma que tenemos hechas en este Real, y otras cosas que pueden suceder.
Por todo lo cual pedimos a Vuestra Merced pedimos y suplicamos se sirva de mandar que toda la gente que se halla en este Real, se embarque en la nao Almiranta, que está surta en este puerto, y que vayamos recorriendo las costas de esta tierra y hagamos alto en el puerto de San Bernabé San Lucas, u otro cualquiera que se echare de ver ser de conveniencia, para desde allí poder despachar la nao Almiranta a la costa de la Nueva España por algún socorro que podrá ser con la ayuda de Dios y que se logre a lo que venimos que es reducirlos a nuestra Santa Fe Católica y extender su santo Evangelio.
Y juramos a Dios y a una Cruz este nuestro pedimento que no es de malicia sino justicia.
Don Francisco de Pereda y Arce. Martín de Verastegui. Don Lorenzo Fernández y Lescano. Juan de Acosta. Don Francisco de Osores. Pedro Álvarez. Juan Valdés. Don Juan Francisco Ruiz de Bribiesca. Nicolás de Contreras Ladrón de Guevara. Francisco Román. Don José de Oya. Don Juan Castellano y González. Manuel Valdés. Gaspar Coello de Fonseca. Juan de Aro. Don Francisco Álvarez de Arcila. Juan de Salcedo. Matheo Limón. Diego de Espinosa. Clemente García Bonal. Nicolás de Bohórquez. Felipe González.
99- AGI M 56. Mathes [9]: 295-297.
