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Documentos 1-16
Documento 1

Junio 3 de 1682

Kino escribe a la Duquesa, informándole que se le envía a las Californias, y de que la primera misión que funden tendrá el nombre de Nuestra Señora de Guadalupe. (91)

Pax Christi Iesu

Excelentísima señora Duquesa de Aveiro y Arcos, etc.

Alegraréme muy mucho que esta carta, con las que aquí van, hallen a su Excelencia con la complida salud que, con todas veras, le suplico y deseo. La mía, gracias a Dios, está muy buena, y muy a las órdenes de su Excelencia.

He escrito a su Excelencia de las Canarias, de Puerto Rico y de México. Nuestro Señor sea servido que mis cartas hayan llegado a Madrid. Mis superiores, y el mismo señor Virrey, y el señor Obispo de Guadalajara, me envían a la nueva conquista y nuevas misiones del gran reino de las Californias, que según mi parecer, es la mayor isla que tiene el orbe.

Al padre Baltasar de Mansilla le debo muchas gracias por las diligencias que hizo para poderme enviar a la gran China, misión que yo, tantos años a, la deseé tanto. Pero tengo por cierto que es disposición divina que vaya a las Californias, y así, hágase su santísima voluntad del que siempre sabe mejor todo lo que más conviene. Confieso que voy con grandísimo consuelo.

Estos días pasados díjome el señor Obispo de Guadalajara que, luego que sepa que en las Californias empezamos a conquistar y convertir almas y poblar, ha de pasar en persona a visitar y a ayudarnos en la pesca, pues él se escribe y es Obispo de las Californias, y a mí me ha hecho merced de darme sus vezes.

Y cuando hicimos mención de su Excelencia y de las mercedes que en Cádiz me ha hecho con sus cartas en lo tocante al cometa, misiones, etc., me preguntó si su Excelencia no me había dado recados y memorias para su ilustrísima y reverendísima, y le respondí que no habérmelas dado su Excelencia fue porque ni su Excelencia ni yo, sabíamos o suponíamos que yo había de llegar a Guadalajara. Y me pidió que, si a su Excelencia le escribiera, le dijera de su parte muy muchas memorias y encomiendas, lo que hago con el mejor modo que puedo, y quisiera hacerlo con los primores que corresponden a un tan apostólico y celosísimo prelado.

En México, pocos días antes de que saliera de dicha ciudad, escribí un librito del cometa del año pasado, y dejé ochenta, y después otros veinte (en todo 100) de aquellos libritos al padre Francisco de Castro, que, con el cuidado del padre Joseph Vidal, los remitiera a su Excelencia a Madrid, para que los pudiera dejar repartir entre sus señores de España, Portugal y en donde más gustare su Excelencia, que estuve para dedicárselo, pero, etc. Alegraréme mucho hayan llegado a las manos de V. Excelencia, y si han llegado o llegan suplico me haga el favor de enviar media docena de ellos a Sevilla, al padre Pedro de los Escuderos, de nuestra Compañía, y otra media docena a Roma, al padre asistente de España, que le escribiré los reparta entre los conocidos de Roma. Su Excelencia me perdonará la llaneza y el enfado.

El compendio de este librito y otras cosas tocantes a lo que me ha ido sucediendo desde que escribí, con la ocasión de la flota y del estado en que estamos, podrá V. Excelencia sacar de la carta que aquí va al padre Wolfango Leimberer, que suplico que, después de haberla leído, se envíe al padre Carlos Noyelle a Roma, con el dibujo del curso del cometa, para que me haga el favor que le pido de remitirla a Alemania.

En cualquiera parte de las Indias que, con el favor de Dios me hallare, siempre estoy muy a las órdenes y con continuas memorias de su Excelencia, de mi señor don Joachin, de mi señor don Gabriel, y de mi señora doña Isabel, particularmente en las misas prometidas del día de San Francisco Javier y de la Inmaculada Limpia Concepción de Nuestra Señora. Yo por mi parte me encomiendo a las muy fervorosas y santas oraciones de vuestra Excelencia […] en pro de la salvación del prójimo, etc.

Dios Nuestro Señor me guarde a V. Excelencia y a toda su sagrada familia de Nuestra Señora de Guadalupe, con la mucha vida y prosperidad y aumentos de dones celestiales que, con todas veras, le suplico y deseo.

Deste Real de Nuestra Señora del Rosario, y junio 3 de 1682 años.

Muy siervo y menor capellán de V. E. que s. m. b.

Eusebio Francisco Kino

P.D.- La ciudad que, con el favor de Dios y la Virgen santísima, de aquí a tres, a cuatro o cinco meses vamos a fundar en las Californias, se ha de llamar, dando nuestro Señor su Gracia, la ciudad de Nuestra Señora de Guadalupe de las Californias.

91- Huntington Librery (en adelante HL), Biblioteca Americana, documento número 9997. Publicado en Burrus [13]: 177-182.

Documento 2

Noviembre 3 de 1682 (92)

Kino escribe a la Duquesa informándole de la salida hacia las Californias

Excelentísima señora Duquesa de Abeyro

Aquí con ésta van los cien libritos del cometa de los dos años pasados 1680 y 1681, que juzgo ser aquel mismo que este año de 1682 vimos y pasó por las otras quatro cassas astronómicas, como parte sacará V. Excelenza de una larga que le escribí quatro meses a, y parte lo escribiré mañana con el favor de su divina Magestad en otra carta más larga que esta.

A 28 de otubre deste año de 1682 salimos con la Capitana, Almiranta y Balandra a este Mar del Sur, y a 3 de noviembre en siete días de feliz aunque algo prolija navegación, llegamos a este puerto de Chacala, que está en 21 grados 35 min. De altitud del polo ártico o latitud geográfica, en la cercanía de la ciudad de Compostela.

Aquí hacemos los bastimentos para seis meses de navegación, aunque con buen viento podemos pasar de aquí a las Californias [en pocos días]; que muy mucho y muchíssimo las encomiendo a las santas oraciones de V. Excelencia y a su santa Mariana y angelical familia: Gabriel, Joachín y Isabel, que su divina bondad y infinita liberalidad la felicite los muy felices muchos años que, con todas las fuerzas de mi alma y por el amor de Jesucristo que murió por nosotros, le suplico y deseo.

Deste puerto de Chacala, y noviembre 3 de 1682.

Muy siervo de V. Excelencia, Eusebio Francisco Kino.

92- HL 9975. Burrus [13]: 184-185.

Documento 3

Puerto de La Paz, abril 1 de 1683

Proclama de Atondo sobre el trato que se dará a los indios de California y concesión sobre las riquezas de la tierra (93)

El señor Almirante don Isidro de Atondo y Antillón, cabo superior de esta Real Armada que por cuenta de su Majestad, y a costa de su Real Hacienda, ha hecho viaje a este reino de la California donde, mediante Dios, espera entrar y fundar y establecer en él el santo Evangelio, por ser este el principal motivo a que su Majestad le envía.

Dijo que por cuanto su Majestad, que Dios guarde muchos años y conserve en mayores reinos y señoríos con tan católico celo nacido de su gran magnificencia, ha gastado gran suma de su Hacienda Real para fabricar esta armada y todos los demás aprestos de ella; y juntamente se entregó a su merced la cantidad de ropa y otras cosas que ha embarcado en estas fragatas para que en nombre de su Majestad se reparta gratuitamente entre los naturales de dicho reino de la California, donde al presente se halla dado fondo a fin solo de agasajar dichos naturales y atraerlos y reducirlos al gremio de nuestra Santa Madre Iglesia y obediencia a su Majestad, sin esperanza de otro retorno salvo el que ellos de su libre y espontanea voluntad dieren en agradecimiento, lo cual siendo oro, plata, perlas o ámbar, u otra cosa de valor, se meta en la caja de tres llaves que para este efecto va prevenida en esta Capitana y se guarde en ella como Hacienda Real, en remuneración de lo mucho que su Majestad tiene gastado de sus Reales haberes, como dicho es, y para poder conseguir la reducción y conversión de dichos naturales y tomar posesión, en nombre de su Majestad, de dicho reino y de todo lo que le pertenezca.

Su merced manda a todos los oficiales, soldados, marineros y grumetes, de los que en esta armada navegan, que por ningún pretexto ni manera alguna, hagan la menor vejación a ninguno de los naturales de dicho reino de Californias so pena de la vida que se ejecutará inviolablemente en el que esta orden quebrantare en cualquier cosa de lo que en él se contiene, ni tampoco les quiten a dichos naturales ninguna cosa de lo que tuvieren so color de cambio que les obligue a formar queja, pues se tienen grandísimas experiencias de que los indios de la nación tepeguana, por solo quitarles una gallina se levantaron y costó su pacificación mucha sangre y a su Majestad mucho de sus Reales haberes, y en esta dicha California el viaje de Sebastián Vizcaíno, que echó gente en tierra y uno de los que desembarcaron quitó a un indio una perla [lo que] obligó a dichos naturales a que se alborotaran y a que tomasen sus lanchas a toda prisa con mucho riesgo de las vidas de todos pues mataron diez y ocho españoles y algunos escaparon a nado; y porque hay muchos ejemplares de los indios gentiles que se levantan por solo quitarles un tecomata, gamuza u otra cosa de muy poco valor.

Y así mismo ninguno sea osado de entrar en sus casas o ranchos sin su consentimiento, porque no los motive a formar queja que habiéndola se ejecutará la dicha pena en los que lo contrario hicieren para que dichos naturales se quieten y queden contentos y se logre la intención de servir a ambas majestades en empresa de tan de su servicio.

Y así mismo se hace notorio a todos los que van en esta armada, de cualquier calidad y condición que sean, como su Majestad hace dueños de las riquezas de oro, plata, ámbar o perlas que cada uno por su buena industria buenamente consiga, como no sea por algún género de ruindad, pagándole a su Majestad su real quinto. También dicho señor Almirante ofrece en nombre de su Majestad a todos los que en esta empresa se ocuparen, las mercedes, honras y privilegios que correspondan al mérito de su trabajo.

Y para que ninguno de los que están en esta armada peque de ignorancia y llegue a noticia de todos lo contenido en este bando, su merced mandaba y mandó que el presente asunto, a son de cajas y a voz de pregonero, lo publique en las partes y lugares que convenga y lo asiente por auto para que en todo tiempo conste y así lo mando y firmo, que es a bordo de esta Capitana, nombrada la Limpia Concepción de Nuestra Señora, surta en este puerto de La Paz que llaman.

En primero de abril de mil seiscientos y ochenta y tres años.

Don Isidro de Atondo y Antillón

93- Archivo General de Indias (en adelante AGI), M 56. Mathes [9]: 507-509.

Documento 4

Abril 5 de 1683

Toma de posesión del puerto de La Paz por parte de Atondo (94)

En el puerto que llaman de La Paz, reino de la California, a cinco días del mes de abril de mil seiscientos y ochenta y tres años, el señor Almirante don Isidro de Atondo y Antillón, cabo superior de la Armada Real que esta surta en este puerto y de dicho reino por su Majestad dijo:

Que el jueves que se contó primero de este presente mes de abril, fue Dios servido de que se llegase a dar fondo en este dicho puerto con la Capitana, nombrada la Limpia Concepción de Nuestra Señora, y la Almiranta nombrada San José y San Francisco Xavier, habiendo salido del puerto de Chacala, a diez y siete de enero pasado de este presente año, y siendo corta la travesía que hay de la Nueva España a esta, pues muchos dicen que no hay más de treinta y cinco a cuarenta leguas de travesía de una parte a otra, se dilató tanto tiempo el viaje por ser los vientos y las corrientes contrarias que obligaron a tanta dilación el viaje y que en dos de abril su merced en compañía de los muy reverendos padres Eusebio Francisco Kino y Pedro Matías Goñi, de la sagrada Compañía de Jesús, y fray Joseph Guijosa, religioso profeso de San Juan de Dios, y de los capitanes de mar y guerra don Francisco de Pereda y Arce y don Blas de Guzmán y Córdoba, y el alférez Martín de Verástegui, y veinte y cuatro soldados, todos con sus armas prevenidos y amunicionados. Saltaron en tierra y todos juntos dieron gracias a Dios y vieron en ella un pocito de agua dulce que tenía poco agua, el cual, por orden de dicho Almirante se hizo ahondar y alegrar de modo que mana agua suficiente para la gente que hay, y un palmar que tendrá como hasta doscientas palmas, de las cuales dicho señor Almirante mandó cortar una y que se labrase de ella una santa cruz y se pusiese sobre un cerrito que está como un tiro de arcabuz de la orilla del mar, como en efecto se puso, por parecer tierra habitable.

Y en virtud de la facultad que la Santa Sede Apostólica tiene concedida a los católicos monarcas de España, por el año de mil seiscientos y cuarenta y cinco, para que puedan agregar a su Real Corona, conquistar y adquirir las provincias bárbaras y gentiles del occidente en la América, y sus vasallos en su Real nombre tomar posesión de ellas.

Habiendo prevenido la infantería para hacer la salva a este acto en cinco de dicho mes de abril, saltó su merced dicho señor Almirante en tierra, con toda la gente arriba mencionada, toda la infantería. El alférez Martín de Verástegui, que es uno de los dos que vienen a esta función, traía en la mano un estandarte de carmesí colorado, pintada y bordada por él un lado la imagen de Nuestra Señora de los Remedios, y por el otro lado de dicho estandarte grabadas y bordadas las armas reales de su Majestad, que Dios guarde muchos años. Y estando dichos capitanes y toda la infantería con las armas y dicho alférez con el estandarte en la mano, a la seña que dicho señor Almirante hizo, dispararon la arcabucería y dicho alférez tremoló tres veces el dicho estandarte diciendo generalmente y repitiendo muchas veces ¡Viva don Carlos II, que Dios guarde muchos años, monarca de las Españas, nuestro Rey y Señor natural! En cuyo Real nombre dicho señor Almirante tomó la posesión referida de este reino, que le intituló y nombró la Provincia de la Santísima Trinidad de las Californias, para honra y gloria suya que aya de con su infinito poder a que se asiente en dichas provincias la santa fe católica y se traiga a la luz del Evangelio a las bárbaras naciones que viven en ella en la oscuridad de su ignorancia, repitiendo tres veces este acto con dicho estandarte, arcabucería y alegres voces, repitiendo todos ¡Viva, viva don Carlos II, que Dios guarde muchos años, monarca de las Españas, nuestro Rey y Señor natural! Y en señal de todo lo referido, dispuso dicho señor Almirante se pusiese dicho estandarte a la sombra de una palma y allí se plantase el cuerpo de guardia, nombrando a este paraje el Puerto de Nuestra Señora de La Paz.

Y para que siempre conste a su Majestad, y al excelentísimo señor Virrey y Capitán General de la Nueva España, en su Real nombre, según la obligación que dicho señor Almirante tiene hecha de dar cuenta de las facciones y diligencias que fuere obrando en esta dicha provincia, mandó a el presente escribano hiciese este dicho auto inserto en el testimonio del todo lo arriba mencionado, como en efecto, yo el presente escribano certifico y doy fe pasó según y cómo va mencionado, para que siempre conste. Y lo firmó dicho señor Almirante con dichos reverendos padres, capitanes, alférez, sargentos, cabos de escuadra, que se hallaron presentes a este acto.

Fechado en este dicho puerto a cinco días del mes de abril de mil seiscientos y ochenta y tres años.

Don Isidro de Atondo y Antillón, padre Eusebio Francisco Kino de la Compañía de Jesús, Pedro Matías Goñi de la Compañía de Jesús, fray Joseph Guijosa de nuestro padre San Juan de Dios, Martín de Verástegui, don Francisco de Pereda y Arce, don Blas de Guzmán y Córdoba, don Lorenzo Fernández y Lescano, Juan de Acosta, don Francisco de Osores, Juan Valdés, Pedro Álvarez.

94- AGI M 56. Mathes [9]: 286-288.

Documento 5

Abril 5 de 1683

Auto sobre la toma de posesión de California, por parte del padre Kino (95)

En el puerto de Nuestra Señora de La Paz en cinco días del mes de abril de mil y seiscientos y ochenta y tres años. Yo Eusebio Francisco Kino y Pedro Matías Goñi, religiosos de la Compañía de Jesús, en virtud de las licencias y facultades que como consta de un instrumento que el ilustrísimo señor don Juan de Santiago de León Garabito, obispo de la ciudad de Guadalajara, Nuevo Reino de la Nueva Galicia, León, provincias del Nayarit, California y Coahuila, del Consejo de su Majestad, nos remitió al puerto de Chacala al tiempo que en nombre de su Majestad don Carlos II, nuestro Rey y Señor, que Dios guarde, tomó posesión de este reino de las Californias el señor Almirante don Isidro de Atondo y Antillón, cabo superior de esta armada, tomamos posesión de este reino en este puerto de Nuestra Señora de La Paz, administrando los santos sacramentos con la licencia que para eso tenemos del dicho Ilustrísimo señor a quien todos reconocieron por su legítimo pastor y a nosotros dichos religiosos por sus tenientes vicarios y jueces eclesiásticos, atendiendo al derecho que su Ilustrísima tiene a estas islas por haber venido en tiempos pasados y tomado posesión el licenciado Diego de la Nava, clérigo presbítero que fue de dicho obispado de la ciudad de Guadalajara.

Y para que conste en todo tiempo y no se defraude el derecho que tiene dicho Obispo a estas islas, dimos este testimonio de la posesión, tomada al padre Eusebio Francisco Kino y padre Pedro Matías Goñi, religiosos de la dicha Compañía, y lo firmaron y fueron testigos el capitán de mar y guerra don Francisco de Pereda y Arce y el capitán Mateo Andrés y el alférez Martín de Verástegui.

Eusebio Francisco Kino, de la Compañía de Jesús

Pedro Matías Goñi, de la Compañía de Jesús

Don Francisco de Pereda y Arce

Mateo Andrés

Martín de Verástegui

95- AGI G 58. Mathes [9]: 65-66.

Documento 6

Abril 22 de 1683

Relación puntual de la entrada que han hecho los españoles, Almirante don Isidro de Atondo y Antillón, en la grande isla de la California, este año de 1683 a 31 de marzo, sacada de carta de dicho Almirante de 20, y del P. Eusebio Francisco Kino, de la Compañía de Jesús, de 22 de abril sus fechas, en el puerto de La Paz (96)

La isla de la California ha sido desde la conquista de la Nueva España, empresa apetecible por la gran riqueza de almas y perlas que, en su prolongado seno, promete la opinión común, y confirman muchas experiencias de los que han navegado por él.

Ambos motivos llevaron a ella, el primero, al adelantado de esta Nueva España, el marqués del Valle, don Fernando Cortés, héroe de inmortal nombre que, llamado poco tiempo después de algunos temores de alteraciones que en este reino, como recién conquistado se presumieron, no pudo obrar lo que su gran valor y fortuna prometían.

Muchos grandes capitanes continuaron la empresa después de él en repetidas expediciones, cuyas diligencias las frustraron varios casos o desprevenciones, sin haber traído más que noticias de varias naciones que la pueblan y de grandes comederos de perlas que hay en las islas innumerables de su seno y de algún ámbar que se encontró en sus playas.

1

Lo primero movió a algunos sacerdotes, así del clero, como de las demás familias religiosas, a embarcarse y entrar por este mar a pescar almas; y lo segundo, no sin lo primero, a los que a su costa armaron, en diversos tiempos, embarcaciones, y penetraron, según sus relaciones, hasta casi treinta y cinco grados del norte para descubrir sus grandes riquezas. Sus conatos fueron laudables, pero, por la mayor parte, ineficaces las diligencias y con poco provecho sus trabajos.

2

Yo discurro que por no haberse hasta aquí costeado a expensas solas de nuestro católico monarca (a quien tiene Dios señalado en la Iglesia por atlante de la fe de ella para que estribe en sus augustos hombros su peso y se afiance en su real celo su promoción), no tenido la conquista el feliz suceso que se desea.

En este año de 1683, a 18 de enero, salió del puerto de Chacala, que es del reino de la Nueva Galicia, jurisdicción de la iglesia de Guadalajara, con dos navetas de buen porte y una Balandra para patachearlas, el adelantado don Isidro de Atondo y Antillón, muy bien prevenido de gente, municiones y vituallas, despachado del excelentísimo señor Marqués de la Laguna, Virrey y Capitán General de esta Nueva España que, cumpliendo con el esmero que sabe los órdenes apretados de su Majestad, de que no se perdone a gastos de su real caja cuando se espera el bien de las almas, como promete esta empresa de la California, y correspondiendo a la gran cristiandad y celo, heredado de su real casa, lo mandó aviar y avió con efecto abundantemente de todo lo necesario para sus navíos y gente y además de ropa, abalorios y dijes y cosas que en indios son poderosos atractivos para ganarlos para Dios y para el Rey.

Navegaron con vientos noruestes, que son casi por la proa, punteando continuamente y dando bordos 20 días, hasta que, a los 9 de febrero, llegaron al puerto de Mazatlán y de él en 39 días, que fue a 18 de marzo, se pusieron en el puerto que hace el río Sinaloa, donde habiendo tomado refresco, continuaron su viaje prolongando la costa de Sinaloa por 6 días, hasta montar las islas de San Ignacio y ponerse a barlovento de ellas, por hacer desde allí más largo o, por decirlo propiamente, menos corto el viento, y cortar más fácilmente las grandes corrientes que de aquel ismo o brazo de mar vienen impetuosas al mar Pacífico.

Desde este paraje, a los 25 de marzo, día en que dio el Verbo Divino principio a nuestra redención, lo dieron, a lo que esperamos de su infinita misericordia, a abrir el camino a la de innumerables gentiles que habitan en ella en las sombras de la muerte, atravesando los dos navíos, Capitana y Almiranta (porque la Balandra en el viaje de Chacala con un temporal arribó a Mazatlán con falta de lancha y por esa causa no pudo seguir a los 2 navíos), a buscar la costa de la California, navegando casi de oriente a poniente; y, en una noche, dieron vista al a isla de Cerralvo y a la tierra de California.

Y notaron que, desde la medianía de este brazo de mar, se divisan a un tiempo, al este, los cerros de San Ignacio, que están en la tierra de Sinaloa, y juntamente los cerros de la California, con que infieren que por aquella parte no tiene este mar de California de latitud más de 35 leguas.

Puestos ya casi en la costa de aquella isla para granjear una legua y montar la isla de Cerralvo, por la fuerza de las corrientes y oposición del norueste, se gastaron tres días.

De allí prolongando la tierra hacia el norueste, navegaron 8 leguas avante y, aunque con dificultad, dieron en la boca del puerto tan celebrado en los mapas y derroteros de Nuestra Señora de La Paz. Todos los mapas impresos le ponen en casi 24 grados; algunas cartas más en altura de 27, otras de 26, y otras de 25 grados. Con las cartas impresas de Jansonio concuerda el derrotero del capitán Francisco de Lucenilla, que lo pone en 24 grados y 10 minutos.

El padre Eusebio Francisco Kino, insigne cosmógrafo, dice que la boca del puerto está en 25 grados menos 15 minutos, con que fomenta la duda que en su carta excita el Almirante don Isidro de Atondo de si están en la realidad en el puerto de La Paz o en otro. El cual, además de esta razón de la diversidad de altura, funda su duda en que los indios que han hallado en la tierra firme, no entienden ni una palabra de las que los padres de la Compañía de Jesús llevan escritas en sus vocabularios de las lenguas que hablan los indios del puerto de La Paz, observadas de algunos otros religiosos de la misma Compañía que en otras expediciones entraron a ellos.

También se funda en que todas las relaciones de otros capitanes dicen comúnmente que los indios de este puerto salen luego con las canoas y balsas a los navíos con grandes muestras de amistad, y en esta ocasión ni salieron canoas ni balsas, ni hallaron en tierra por algunos días gente.

Pretende dar salida a esta duda con que, quizás, los indios que llaman guaycuros que, según las relaciones antiguas, tenían guerra con los de La Paz, se han apoderado de la tierra y del puerto y echado de él o muerto a los pacenses; porque las señales de estar el Cabo de San Lucas a sotovento y la punta de la Porfía de la isla Cerralvo hacen probable que sea este el puerto de La Paz antiguo. Sea o no el antiguo, éste se llamará nuevamente puerto de La Paz, como le nombra el Almirante y el padre Eusebio Kino en sus cartas.

En 31 de marzo, entraron en él, habiendo acabado aquel día una devota novena al glorioso San José. La bahía es muy grande y, según el cotejo del padre Eusebio, muy parecida a la de Cádiz.

A primero de abril, día siguiente, entraron 5 o 6 leguas más adentro; dieron fondo y en dos lanchas saltaron en tierra algunos, entre ellos el Almirante, los capitanes y pilotos de ambos navíos. Hallaron en ella un muy grande palmar de más de media legua y un ojo de agua muy buena y de buen gusto, y toda la tierra, a poco que en ella se cabe, de agua potable y buena. No hallaron persona viviente de los californios, aunque sí señas y pisadas de ellos; y, con estas noticias se volvieron a dormir a bordo.

3

El día siguiente, 2 de abril, día de San Francisco de Paula, saltaron todos en tierra. Fabricaron luego una cruz muy grande y la colocaron en un alto, como tomando posesión con enarbolar ahí el estandarte de la fe, de toda aquella tierra en nombre del Rey del Cielo y de las Españas.

Y para ver si había indios escondidos en la espesura del monte, dejaron algunas cosillas de comer, como maíz, bizcocho y cuentas y se volvieron, habiendo reconocido algo de la tierra, a los navíos.

A 3 de abril volvieron a saltar en tierra y hallaron intactas las cosas que habían dejado en el mismo lugar; con que quedaron todavía inciertos de si habitaba gente por allí cerca o no. Subieron a un cerrito los dos padres de la Compañía, el Almirante y uno de los capitanes con algunos otros soldados, y no descubrieron hombres vivientes, ni casa, ni otra cosa más que arboledas y en medio una laguna, al parecer no pequeña. Volviéronse a los navíos.

Y el domingo por la mañana, dichas en la Capitana y en la Almiranta las misas, entraron más adentro la bahía, con lanchas por un brazo o estero que corre más de 3 leguas. Y la tierra en que remata está, según escribe el padre Eusebio kino, en 24 grados 10 minutos; con que parece que se puede concordar la variedad de los grados que dan a este puerto los diferentes derroteros.

En la tierra no hallaron ni descubrieron indio ninguno, desconsuelo no poco para los que llevan por blanco de esta empresa la conversión de las almas más que la pesca de las perlas.

A la tarde de este día echaron un chinchorro y cogieron una gran pesca de pargos, róbalos, corvinas, pámpanos, lenguados de disforme tamaño, lisas, y mojarras y otros pescados que llaman sapos, que son venenosos, de que ya iban noticiosos; con que proveyeron para casi 3 días la gente de los navíos.

Y el lunes volvieron ir a tierra; y cerca del palmar y del ojo de agua donde pusieron la Santa Cruz, empezaron a fabricar una pequeña iglesia y un fuertecito o media luna que nombraron Nuestra Señora de Guadalupe, por la santa imagen que llevaban de esta milagrosa santa por conquistadora de toda aquella tierra.

Y fue providencia del Almirante y demás capitanes por haber reconocido desde un alto humaredas, y presumieron podían ser señas que hacían para convocarse de guerra. Y aunque éstas los consolaron por haber certificado con ellas que moraba gente en aquella tierra, al mismo paso, los pusieron en cuidado, y se fortificaron con troncos de palmas que cortaron, poniendo entre ellos en lugar de fagina, la fardería que llevaban para su provisión y las cajas de la gente, de modo que, si llegara el caso, pudiesen jugar las armas de fuego sin daño de las flechas y dardos que usan los indios. En la surtida de la media luna que mira hacia la iglesia, pusieron una pieza de bronce y, a los dos remates, 2 pedreros de alcance; con que aquella noche quedaron asegurados.

El martes por la mañana, al tiempo que los soldados andaban desmontando un altillo y cortando madera para afaginar las fortificaciones, oyeron de repente gritos y alaridos de indios que venían encaminados al paraje donde los españoles estaban. Tocaron el arma en el real; acudieron todos al fuerte; cuando se pusieron a buen trecho hasta 35 indios de gentil disposición y bien armados de arco y flecha y dardos, y puestos en forma de media luna, con señas y visajes les decían que se fuesen de sus tierras. El Almirante y los capitanes, también por señas, les dieron a entender que no venían de guerra sino de paz, y a tener amistad con ellos; y les dieron a entender que dejasen las armas y las pusiesen en el suelo, que lo mismo harían ellos; pero no quisieron hacerlo.

Entonces, los 2 religiosos de la Compañía, el padre Matías Goñi y el padre Eusebio Francisco Kino se fueron intrépidamente a ellos y les ofrecieron maíz, bizcochos y coscates (que son cuentas de abalorios), y otras cosillas que su pobreza estima en mucho. Y al principio no querían recibirlas de sus manos, sino que hicieron señas que las pusiesen en el suelo, y las tomarían. Así lo hicieron los padres y, habiendo probado el bizcocho y comido el maíz crudo, con muestras de mucho sabor, se vinieron a las manos recibiendo de las de los padres y demás españoles, dejadas las armas, y ya muy pacíficos y sosegados, todo lo que les daban, en especial de comer, con más estimación el maíz, el pescado y el agua de que, al parecer, venían necesitados. Y pasando las manos sobre el vientre y estómago, refregándose muy aprisa, significaban la necesidad de comer que traían, no porque les faltase que comer (porque traían consigo pedazos de mezcal tatemado o asado, del cual aún acá en la Nueva España usan por regalo, y carne de venado con que regalaron a los españoles y retornaron su agasajo), sino porque, a lo que parece, aquel día habían caminado mucho trecho, y tenían aquella provisión reservada para la vuelta, o para comerla en el aguaje que tenían cogido los españoles.

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