Kitabı oku: «Los muertos no tuitean después de medianoche», sayfa 3

Yazı tipi:

Qino tenía el pantalón desabrochado y el polo en la mano, su chico misterioso estaba directamente en slips, por supuesto rojos. Por fin llegaron a la habitación setenta y tres, entraron y entre risas y deseo, se terminaron de desnudar. Montoya no se equivocaba, el chico era bastante peludo y fibrado, con varios tatuajes y un piercing en el pezón izquierdo. En condiciones normales Montoya ni se habría fijado en él, pero esa noche era diferente y si el chico se había paseado por su calle seria que el destino quería que follaran como animales.

Alguien encendió una ducha en la habitación de al lado y en otra, lejana, tiraron de la cadena. La acústica de las casas viejas de Madrid era terriblemente indiscreta, Montoya estaba acostumbrado a las risitas y las miradas de reojo de sus vecinas los días en los que dormía con Robert. Sus polvos en la terraza debían de oírse hasta en la Latina.

Los dos se lanzaron desnudos contra la cama, que gimió escandalosa al recibir a los amantes. La habitación entera estaba decorada en blanco, impoluta e inmaculada. La ropa de cama, la descalzadora, la mesilla o la lamparita eran de diferentes tonos blancuzcos. El chico encendió la luz y la reguló con un pequeño mando a distancia, eran varias bombillas led que le dieron en seguida un tono rojizo a la habitación, como si fuera un puticlub barato, Montoya no le dijo nada, pero esa luz le molestaba, prefería follar con luz normal, pero desde pequeño había aprendido que el invitado debía acomodarse a lo que le ofrecían, incluso si su eventual amante parecía estar distraído mandando un SMS. Por fin dejó el teléfono en la mesilla y sonrió mientras le sobaba el cuerpo, gozando con su barriga y su tripa.

El misterioso chico no desentonaba con la habitación, seguro que no era casualidad, pensó Qino, todo en el chico era rojo, hasta sus tatuajes. Montoya le besó los labios, mordiéndoselos, con demasiado ímpetu, pero el chico pareció feliz por ello. Olía a sudor, un sudor suave, de recién duchado, Montoya lamió los sobacos y el pecho, bajó hasta el ombligo y se recreó en el pubis. Adoraba ese olor, penetrante, a sexo, a vicio… a vida. Montoya jugó con la polla del chico, estaba dura, como la suya, se la metió en la boca, la saboreó, lamiéndola de arriba abajo y pasando luego a los huevos. El chico gimió cuando Montoya le tiró sin querer de un arillo en el escroto.

–Sigue… no pares –el deseo con el que susurró esas palabras encendió a Qino, que se incorporó y de rodillas agarró con una mano los huevos del chico mientras con la otra le acariciaba el culo. Con un par de dedos ensalivados fue abriéndose camino poco a poco hasta que entraron suavemente, sin oponer resistencia. Montoya sonrió vicioso y el chico resopló de placer, mirando al armario, mordiéndose el labio y sonriendo como si Qino no estuviera allí.

Sobre la mesilla descansaban un par de condones rojos, Qino se puso uno, sabía a fresa, lo desenrolló sobre su polla y dejando caer un poco de saliva desde sus labios se la metió al chico aupándole las piernas sobre sus hombros, embistiendo con furia varias veces. El desconocido gemía, el oso resoplaba, y la cama rechinaba, todos juntos formaban un extraño coro de placer y deseo. El chico se empezó a masturbar al ritmo que le marcaban los empellones de Qino, alargó la mano y de un neceser que había en la mesilla sacó una botellita de Popper, lo aspiró profundamente mientras Qino se acercaba para besarle pero el chico le apartó la cara con los brazos, alejándosela, haciendo incluso fuerza con las piernas, mirando al espejo del armario, sonriendo, como si quisiera zafarse de él, pero el oso seguía aferrado a su cintura y a su culo, seguía embistiendo como un toro y el chico continuaba masturbándose, hasta que le miró, con los ojos vidriosos y la boca entreabierta, jadeando y asintiendo, comunicándole sin hablar que estaba a punto de correrse. Montoya asintió, él también estaba a punto de irse. Aceleró el ritmo y sus empujones hicieron temblar la cama y la mesita de noche. El chico empezó a jadear como un potro, resoplando y chillando, lo que hizo que Montoya se pusiera aún más cachondo. Los dos gritaron a la vez, corriéndose al unísono. Montoya sacó con cuidado la polla, hizo un nudo al condón y lo tiró a la papelera, aunque cayó al suelo. Rendidos y agotados se tumbaron sobre la cama. Montoya buscó en su pantalón el tabaco, pero no encontraba el mechero.

–Oye... ¿Tienes fuego?

–Sí, espera que busco –dijo poniéndose de pie. Abrió el armario y buscó entre varias camisas, verdes, azules, moradas… de todos los colores –toma, quédatelas –dijo lanzándole unas cerillas.

–Oye cómo te llamas… todavía no me lo has dicho… –dijo el oso dando una larga calada al cigarro.

–¿Cómo quieres que me llame? Elige… –dijo robándole un cigarro y encendiéndolo.

–Cómo que elija –dijo riendo Montoya –qué eres, un fugitivo –dijo abriendo la ventana para que saliera el humo.

–Nooo. Mucho peor –respondió sonriendo pícaramente.

–¿Peor?

–Sí, pero es un secreto, por eso no puedo decirte como me llamo.

–Vale –dijo Montoya cediendo a su juego –te llamaré Rouge.

–Rouge –dijo el chico sonriendo.

–Claro, es rojo en…

–En francés, lo sé… me parece bien.

–Bueno Rouge y qué hacías de madrugada por la calle.

–Buscando una víctima… –dijo Rouge guiñándole un ojo.

–¿Yo soy tu victima? –Montoya seguía sonriendo, pero el jueguecito del chico misterioso que echa polvos con victimas callejeras no le gustaba un pelo.

–Todos somos víctimas –dijo lacónicamente Rouge.

–Te importa si me ducho, estoy pringado.

–No, claro.

Montoya cogió la ropa y entró en el cuarto de baño, algo pequeño, sobre todo para su corpulencia y encendió la ducha, supuso que todo el hostal les habría oído correrse y ahora todos le oirían ducharse. Se lavó todo lo rápido que la microducha le dejaba y en pocos minutos salió vestido y dispuesto a irse.

–¿No te quedas?

–Ehm… no, mañana madrugo, es decir, en nada entro a trabajar, casi va a amanecer y tengo que pasar por casa.

–Oh, vaya, que pena.

–Sí, ehm bueno, nos vemos –dijo sabiendo que nunca más iban a volver a verse. El arrepentimiento crecía por momentos, como una indigestión se aferraba a su estómago, y le retorcía las tripas.

–Claro –Rouge se levantó desnudo y le dio un pico –hasta otra tío.

Montoya respiró a gusto cuando se hubo cerrado la puerta, hacía muchos años que no tenía una aventura sexual de ese tipo, de hecho sus últimos ligues habían sido Elvis y Robert y con los dos había acabado en la cama al rato de haberse conocido, pero porque ellos se habían lanzado. Qino Montoya no era del todo consciente de su atractivo. Suponía que al ser grande y peludo no era lo que se dice guapo. A él le atraían los hombres delgados, más o menos velludos, con carácter y aspecto masculinos. Entendía que eso era lo bello, pero un tipo de metro noventa de más de cien kilos con barriga y pelos por todas partes nunca le podría parecer deseable. Rouge no era una excepción, habían follado, pero no le gustaba, y no se sentía cómodo con el juego absurdo del desconocido que sale a cazar por la noche.

Qino bajó las escaleras intentando que no crujieran mucho, a pesar de que ya era casi de día y la actividad del hostal se reanudaba, quería pasar desapercibido. Llegó a la planta baja y muy discretamente se despidió del recepcionista, como si nada hubiera pasado. El chico ni se inmutó, simplemente dijo un anodino «adiós, buenos días».

El sol estaba a punto de salir y Madrid estaba vacío, pero no muerto. Si la noche había sido tediosa y rara, el día se prometía lleno de oportunidades. Qino había decidido ir a su casa, ducharse de nuevo, ponerse guapo e ir a la comisaría con la mejor sonrisa, si era cierto que le iban a nombrar inspector jefe debía parecer sorprendido. Aunque si el elegido era Otxoa… qué cara pondrían los dos al encontrarse en la comisaría. Seguro que alguna puya le lanzaría, pero Qino las devolvería con media vuelta… o no. Nunca se le habría ocurrido atacarle de esa manera, aunque nunca antes Otxoa le había atacado a él tampoco, se habían insultado muchas veces, casi habían llegado a las manos, pero nunca, en todos los años que hacía que se conocían, habían forcejeado así. Y nunca le había encontrado tan atractivo. Ni cuando patrullaban juntos.

Qino tenía la boca seca, y el sabor de la polla de Rouge no se le había ido, echó mano a su bolsillo trasero y descubrió que no llevaba la cartera.

«Mierda, mierda, mierda».

Lo peor que le podía pasar a un policía era perder la cartera, era tan vergonzosamente ridículo, tan estúpidamente ridículo, que no se atrevería a decírselo a nadie, pero si además tenía que explicar el cómo y el dónde, se moriría de la humillación. Dio media vuelta para regresar al hostal pensando que le empezaban a encajar las cosas, era un chorizo, aunque no tuviera pinta de ello. Qino se maldijo a sí mismo por haber caído en algo tan viejo, aunque el chico no tenía pinta de ladrón, de hecho ese tipo de hostales eran bastante caros. Normalmente los ladrones que robaban a gais eran chavales en la Puerta del Sol que se aprovechaban de sus abdominales y su falsa ingenuidad para engatusar a señores y llevárselos a callejones cerca, donde les esperaba otro colega y tras un par de hostias le robaban la cartera, el móvil y el reloj. El hombre, abrumado y avergonzado, no solía denunciar y los chavales volvían a merodear impunemente la puerta del Sol. Qino corrió y entró ante la, ahora sí, asombrada mirada del recepcionista.

–Hola... De nuevo… ehm yo… –a su timidez se unía ahora un creciente sentimiento de vergüenza. Las orejas de Qino se encendían como la luz de la habitación de Rouge, llegando a un tono bermellón cuando se dio cuenta de que no recordaba el número de la habitación.

–Ha olvidado algo caballero –dijo con un levísimo y finísimo tono burlón el recepcionista.

–Yo… ehm… verás… –Qino quería morirse. Ojalá el suelo de tarima flotante se abriera y él cayera dentro –yo…

–Usted… –el chico parecía divertirse, posiblemente esto fuera lo más interesante que le había pasado en toda la noche, de hecho había abandonado el mamotreto que estaba leyendo, y expectante sonreía para ver como ese hombretón hecho un manojo de nervios salía airoso de una situación tan comprometida.

–Verás… he estado aquí hace un ratito… y me he olvidado algo en la habitación de mi amigo.

–¿Quiere que le avise? –propuso con una malvada sonrisilla.

–No, no… mejor subo.

–Bien. Conoce el camino… ¿cierto?

–Ehm… pues… no recuerdo el número –dijo entrando en erupción. Si hubieran podido medir su calor corporal habría roto cualquier termómetro. Qino sentía que toda su cara era un enorme y barbudo tomate ardiendo. El chico no pudo evitar sonreír al decir:

–La setenta y tres. Séptima planta, pasillo de la izquierda.

–Gracias –Qino contestó y sin mirar huyó de la recepción, haciéndose pequeño, como un ratón. Subió casi de puntillas, imprimiendo una inaudita velocidad a sus pasos. Enfiló el pasillo y cuando estuvo delante de la puerta dio un par de suaves toques con los nudillos, esperaba que audibles para Rouge, no quería llamar la atención más de lo que ya lo había hecho.

Rouge no contestó. Qino insistió y al dar el segundo toque, ligeramente más fuerte, la puerta se abrió.

«Habré cerrado mal… seguro que está dormido y no me ha oído» pensó Qino, así que entró sin hacer ruido. La cama vacía le alertó.

«Mierda» pensó «ya se habrá largado con mis tarjetas… joder, joder, joder» pero el ruido de la ducha le hizo pensar que Rouge estaba en el baño. «Qué coño hago… entro… ¿Le espero? ¡Mierda! ¡Joder! ¡Tonto!» Qino se dio un par de golpes en su cabezota. Miró nervioso la hora en el teléfono, eran casi las ocho, debía darse prisa, ya había amanecido. Un destello plastificado llamó su atención desde debajo de la cama. Su cartera, abierta como un libro, con los tarjeteros deslumbrando a la luz del sol. Se abalanzó sobre ella, comprobando con un gran suspiro que no faltaba nada.

«Se habrá caído… que hago, le digo algo… mejor no» se dijo y salió de nuevo de la habitación, asegurándose de cerrar bien esta vez. Bajó de nuevo las escaleras, con brío y mucho más relajado. Cuando estaba por el primero escuchó una conversación. La voz del recepcionista parecía divertida al contar su noche a su relevo. Qino quería morirse de nuevo, estaban hablando de él. Al llegar al último tramo pegó la cara a la pared y escuchó.

–Que sí, que ese chico lleva toda la semana follando como un loco.

–No sé, de día no le he visto con nadie.

–Claro, como que solo folla de noche, como los vampiros, hoy de rojo, ayer de azul… muy raro todo tío. Y esta noche con el oso.

–¿Con un oso? –dijo asombrado el relevo.

–A veeer con un tío barbudo, de los de aquí de Pelayo, gordito con mucho pelo.

–Aaah un oso de esos.

–Que digo yo que qué le verá, porque se ha subido de todo, tías, tíos y unos pivones que te cagas, pero un tío gordo...

–A lo mejor es vicio.

–Eso seguro.

–¿Y ha entrado alguien más?

–Na, solo un italiana. Muy rara también, vaya horas para hacer el checkin joder.

–¿Rara?

–No sé, yo creo que era travesti o drag, porque iba pintada como una puerta. Oye vente un momento, que te doy la hoja de turnos del mes que viene.

Qino vio el cielo abierto. A pesar de tener el orgullo herido decidió no decirle nada al capullo del recepcionista y salió corriendo del hostal. Ya en la calle, y suficientemente alejado, respiró ensanchando sus pulmones al máximo de su capacidad prometiéndose no repetir ese tipo de aventuras. Sus años de correrías nocturnas habían quedado atrás hacía mucho tiempo.

Comprobó nuevamente que tenía todo en la cartera y se encaminó a su ático. Su teléfono sonó de nuevo.

–Niño.

–Dime tía, ¿qué quieres?

–No, nada… que la Elvira, que no se ha muerto.

–Cómo que no se ha muerto.

–Pues eso hijo, que el de la residencia estaría dormido o drogado o yo que sé, pero que le tomó el pulso y como lo tiene tan lentito la pobre pues creyó que estaba muerta, pero que no, que está viva, jodía, pero viva.

–Muy bien tía… me alegro… te dejo que estoy entrando al metro. Qino cortó la conversación. Entró en su portal, creyéndose a salvo subió a su casa y al atravesar la puerta ratificó que definitivamente esa no iba a ser una noche normal.

CAPÍTULO 6


Las ocho de la mañana habían llegado, una vez más, antes de lo previsto pillando totalmente desprevenida a Verónica, una vez más su exmarido no llegaba puntual, una vez más los niños iban a llegar tarde al colegio, la segunda vez esa semana… la tercera en quince días de curso. Un desastre absoluto a la par que una nueva marca personal.

Definitivamente Verónica no tenía edad para estar hasta las tantas de la madrugada de club en club, estaba rendida y sin fuerzas para nada. Aun así hizo acopio de valor y saltó de la cama, se puso lo primero que pilló, unos vaqueros negros y una extraña camisa con puntillas que no recordaba haber comprado, sin bragas y con tacones fue a buscar a sus hijos a la habitación. Los niños dormían en una litera que ella misma había montado porque su exmarido se había escaqueado para no hacerlo, subió la persiana y como en un ensayado ballet se movió entre zapatillas, juguetes y sillas giratorias como una anguila en un acuario. De un solo golpe recogió la ropa sucia, retiró las mantas y con varias palmadas alertó a sus hijos, que impertérritos asistían al enésimo ataque de tarditis de su querida madre. Con un giro de muñeca mandó a uno a la ducha y al otro a la cocina, mientras ella abría la ventana y aireaba las sabanas. Luego en la cocina, preparó sendos colacaos con galletas y zumos naturales en poco más de dos minutos, le dio un toque al frigo para que dejara de hacer ese ruido que ella se empeñaba en ignorar pero que no auguraba nada bueno y mientras el pequeño desayunaba y el mayor se duchaba Verónica revisó si llevaba todo en su bolso, cuando escuchó la ducha apagarse dio una orden seca y corta de manera que se intercambiaron la posiciones. Acto seguido y sin pestañear cerró la ventana, hizo las camas de la litera, la suya propia, vació los ceniceros, organizó el sofá y recogió el puñetero cable de la consola. Cuando el segundo turno de ducha y desayuno hubo terminado, recogió todo tan rápido como lo había preparado y antes de que el iPod diera la media ya estaban en la calle esperando al autobús del cole.

Aunque era extremadamente agotador una vez más Verónica lo había conseguido. Encendió un cigarro y cruzó la calle Atocha, por inercia, sin mirar. En su bar de siempre le esperaba su desayuno habitual, pero esa mañana decidió darse un homenaje y concederse un respiro pidiéndole a Paco, el camarero, un cortado y cuatro churros. Se sentó en la barra y mientras revisaba los mails en el móvil comía, más bien devoraba, los churros. Verónica sabía que se arrepentiría por ese desayuno, no solo porque era una bomba calórica, sino porque no debía hacerlo, y ahí radicaba tal vez su mayor placer, en el debía, si estaba prohibido, sabía mejor y esa semana se estaba permitiendo pequeños placeres prohibidos, pequeños caprichos para liberar la tensión acumulada. Como cuando era adolescente que pagaba el estrés con tabaco y comida, en el fondo había cosas que nunca cambiaban, y esa semana era extenuante, no solo por lo que iba a hacer sino por lo que había hecho, salir hasta la madrugada todas las noches, volver agotada a casa, preparar meriendas, cenas y hacer los deberes de los niños y los suyos propios.

Sacó su IPad y respondió los correos que ya había leído en el móvil. Odiaba escribir con el iPad, pero era mil veces preferible a hacerlo con el teléfono, tecleó varias frases cortas, afortunadamente la pantalla estaba cubierta con un plástico adhesivo que, entre otras cosas, le protegía de la grasa de los churros. Cogió el iPad con una mano mientras con la otra remataba el cortado y la tableta literalmente se deslizó de sus manos, la intentó coger, pero con la grasa se escabullía como un marrano en una pocilga. Igual que si fuera un disco volador salió disparado hasta un taburete y gracias a la providencia divina no se cayó, aunque se habían abierto algunas carpetas con fotografías y documentos comprometidos. Una mujer que desayunaba un inmenso croissant a la plancha miró el aparato con desprecio, sin hacer la más mínima intención de cogerlo por si se caía, pero cuando vio las fotos su expresión cambió. Verónica se dio cuenta y rápidamente se secó las manos con un par de servilletas y recuperó su iPad apagándolo. Nunca había soportado las miradas indiscretas.

Salió unos minutos después y cruzó hasta santa Isabel para subirla entre trompicones por culpa de los tacones y las obras, zigzagueó y bajó las empinadas calles de Lavapiés hasta llegar a la antigua fábrica de lejía. Abrió la puerta magnética y la reja de hierro, y acompañada por la intensa luz que bañaba la fachada entró en el edificio. Pasó un par de salitas, un patio y entró en una habitación blanca, amplia y totalmente vacía, respiró hondo y satisfecha observó la pared, era perfecta, la mejor opción para sus propósitos. Sacó de nuevo su iPad y buscó las fotografías y los documentos que antes había escondido a los indiscretos ojos de la señora en el bar, elevó la tableta y comprobó que sus medidas eran exactas, todo encajaría en su sitio, estaba obligada a ello, todo tenía que ser como un puzle perfecto, solo tenía una única oportunidad de hacerlo.

Su teléfono sonó agudo y amplificado en el espacio diáfano de la fábrica, envolviendo el silencio con un absurdo tono musical elegido por su hijo menor, el mismo que le había hecho la pulsera de gomitas que llevaba a todas partes como amuleto.

–Hola querida –la masculina voz de Silvio Molinaro la embargó. Si había un hombre al que denominar macho ese era el.

–Silvio…

–Tengo un par de cosas para ti, ¿las puedes pasar a recoger?

–Claro… esta tarde, a las cuatro.

–Esta tarde imposible, tengo que llevar a mis hijas a hockey. ¿Podrías esta mañana?

–Claro –Verónica no podía negarse a Silvio, su voz rezumaba hormonas, incluso por teléfono –dentro de una hora o así.

Verónica colgó. Fantaseó con su hombre ideal e imposible, un apuesto y masculino padre divorciado que llevaba a sus hijas a hockey y le pasaba religiosamente la pensión a su exmujer y regresó a la realidad. Abrió una carpeta de documentos del iPad y comprobó una vez más las indicaciones que había sacado de la Wikipedia y de varios foros, así como la lista que le había dado el hombre del club de la calle Pelayo, revisó si tenía todo lo necesario, el mazo, los clavos, la peana, el botecito… le dio varias veces al doublecheck de la lista, sonrió satisfecha consigo misma porque sí, tenía todo lo necesario para crucificar a Toño.

Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Hacim:
289 s. 50 illüstrasyon
ISBN:
9788416164301
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:
Metin
Ortalama puan 4,7, 329 oylamaya göre
Ses
Ortalama puan 4,2, 745 oylamaya göre
Metin
Ortalama puan 4,8, 113 oylamaya göre
Metin
Ortalama puan 4,8, 21 oylamaya göre
Metin
Ortalama puan 5, 44 oylamaya göre
Metin
Ortalama puan 0, 0 oylamaya göre