Kitabı oku: «El fuego de la montaña», sayfa 3
4. Itinerario y encuentro con Cristo
La inquietud artística y su búsqueda religiosa le condujeron a las puertas de la fe. Y pienso que, también, su insatisfacción existencial. En el aspecto religioso, Papini supo evolucionar, buscar y encontrar. Sin embargo, no evolucionó tanto en cuanto a su ideología política, sobre todo después del gran fracaso del fascismo italiano.
4.1. «¡Te necesito, Cristo!»
Entre 1918 y 1919 ocurrió algo insólito: Papini se encontró con Cristo. Son los años de su conversión a la fe cristiana.
¿Cómo ocurrió?
Él, que había sido educado en el ateísmo puro y duro y que había vivido lejos de la fe, dio un salto al catolicismo. Fue todo un proceso que duró –como veremos enseguida– algunos años. No hay que pensar, en el caso de Papini, en un fogonazo «tumbativo» (a lo Frossard o a lo Claudel), pero sí hay que hablar de un paso decisivo: de una opción que fue tomando, poco a poco, y en la que permaneció durante el resto de su vida.
Hay, sin embargo, una zona de misterio en toda conversión. Es verdad que el entorno familiar (su mujer, sobre todo) y otras alianzas (la alianza con el pueblo sencillo) le facilitaron el camino: su camino de Damasco[23].
Y, sin embargo, la fe siempre seguirá siendo un misterio de amor: Dios que llama a las puertas del hombre y el hombre que responde, y abre o no las puertas del alma. Él no lo tuvo fácil. Perdería a su hija más pequeña, Gioconda, a la que escribía versos, siendo niña. Rodó por muchos desengaños y fracasos. Palpó muy de cerca el sufrimiento propio y ajeno.
Sí, lo salvaron Dios y los pobres. La fe sencilla del pueblo, además de la gracia divina, salvaron a Papini, y le ayudaron a dar el paso hacia Cristo.
Sabemos que, cuando en agosto de 1919 escribía Rapporto sugli uomini (libro que no aparecería hasta después de su muerte) experimentó ya un vivo deseo de manifestarse como católico.
Comenzó por entonces a redactar su Historia de Cristo (1921): obra fogosa, apasionada y apasionante, que le costaría escribir dos años: precisamente a él, que escribía deprisa. Obra testimonial: «un juego no interrumpido de comparaciones eruditas y humanas»[24]. A nadie comunicó que estaba escribiendo el libro de su vida. Ni siquiera a su familia. Pero lo cierto es que, con esta publicación, Papini irrumpió en el mundo como una centella, y su fama de escritor y creyente se propagó enseguida como un incendio en todo el mundo católico. La Historia de Cristo ha sido, sin duda, su libro más conocido y traducido: la obra que le dio renombre y dinero[25].
Primero fue un grito ahogado por el pudor. Algo así: ¡Te necesito, Cristo! Pero después fue un desahogo largo, sincero, una conmovedora plegaria que sitúa al final de su obra. Merece la pena recoger, aunque sólo sea un fragmento:
«Jesús, Tú ves cuán grande es nuestra pobreza; no puedes dejar de conocer cuán improrrogable es nuestra necesidad, cuán dura y verdadera nuestra angustia, nuestra indigencia, nuestra esperanza; sabes cuánto necesitamos de una extraordinaria intervención tuya, cuán necesario nos es tu retorno (...).
Tenemos necesidad de ti, de ti sólo y de nadie más. Solamente Tú, que nos amas, puedes sentir hacia todos nosotros, los que padecemos, la compasión que cada uno siente de sí mismo. Tú sólo puedes medir cuán grande, inconmensurablemente grande, es la necesidad que hay de ti en este mundo, en esta hora del mundo.
Ningún otro, ninguno de tantos como viven, ninguno de los que duermen en el fango de la gloria, puede darnos a los necesitados, a los que estamos sumidos en atroz penuria, en la miseria más grande de todas, la del alma, el bien que salva.
Todos tienen necesidad de ti, incluso los que no lo saben, y los que no lo saben mucho más que aquellos que lo saben. El hambriento se imagina que busca pan, y es que tiene hambre de ti, el sediento cree desear agua, y tiene sed de ti; el enfermo se figura ansiar la salud, y su mal está en no poseerte a ti. El que busca la belleza del mundo, sin percatarse te busca a ti, que eres la belleza entera y perfecta; el que persigue con el pensamiento la verdad, sin querer te desea a ti, que eres la única verdad digna de ser sabida, y quien se afana tras la paz, a ti te busca, única paz en que pueden descansar los corazones, aun los más inquietos. Esos te llaman sin saber que te llaman, y su grito es inefablemente más doloroso que el nuestro.
No clamamos a Ti por la vanidad de poderte ver como te vieron galileos y judíos, por el placer de contemplar una vez tus ojos, ni por el loco orgullo de vencerte con nuestra súplica. No pedimos el gran descendimiento en la gloria de los cielos, ni el fulgor de la Transfiguración, ni los clarines de los ángeles y toda la sublime liturgia del último advenimiento.
¡Hay tanta humildad, Tú lo sabes, en nuestra desbordada presunción! Te queremos a ti únicamente, tu persona, tu pobre cuerpo taladrado y herido, con su pobre túnica de obrero pobre; queremos ver esos ojos que traspasan la pared del pecho y la carne del corazón, y curan cuando hieren con ira, y hacen sangre cuando miran con ternura. Y queremos oír tu voz, tan suave que espanta a los demonios, y tan fuerte que encanta a los niños.
Tú sabes cuán grande es, precisamente en estos tiempos, la necesidad de tu mirada y de tu palabra. Tú sabes bien que una mirada tuya puede conmover y cambiar nuestras almas; que tu voz puede sacarnos del estiércol de nuestra infinita miseria; tú sabes mejor que nosotros, mucho más profundamente que nosotros, que tu presencia es urgente, inaplazable en esta edad que te conoce.
(...) Viniste la primera vez para salvar; para salvar naciste; para salvar hablaste; para salvar quisiste ser crucificado; tu arte, tu obra, tu misión, tu vida es de salvación. Y nosotros tenemos hoy, en estos días grises y calamitosos, en estos años que son una condenación, un acrecentamiento insoportable de horror y dolor; tenemos necesidad, sin tardanza, de ser salvados...»[26].
Pienso que a esta entusiasta profesión de fe no llegó Giovanni Papini, si no es después de todo un largo proceso, que quién sabe si no tuvo sus orígenes en la rebeldía contra el dogmatismo ateo de su padre[27].
L´abbé Alphonse David, en el libro colectivo (ya clásico) Convertis du XXème siècle, dice que, cuando Papini publicaba el epílogo a su Historia de Cristo, su adhesión al Evangelio era ya un hecho realizado. David Strauus en Alemania y André Gide en Francia habían planteado el problema: Hoy día, en conjunto, ¿somos cristianos? Papini en general se mostraba más bien pesimista. Pensaba que el cristianismo no es un bien que se busca «en esta hora de la gran agonía de Occidente». Por el contrario, «es un bien que nunca hemos querido aceptar». Y añadía: «El cristianismo no pertenece al pasado; puede ser al mañana al que pertenezca (...) Más que una nostalgia, es con mucho una esperanza»[28].
4.2. Un «segundo nacimiento»
Contaba el propio Papini que, siendo niño, se sentía como desterrado. Su padre le había prohibido asistir al catecismo. Cuando el sacerdote católico llegaba a su escuela para la hora preceptiva de la catequesis, él salía inmediatamente al pasillo. Allí se encontraba, también, con un niño judío. Un día su compañero de destierro le preguntó:
—¿Eres protestante? ¿Tal vez un excomulgado? ¿Quién eres?
Papini no sabía bien qué responder. Por fin le dijo:
—Mi padre es ateo.
—¿Qué quiere decir ateo? –preguntó, extrañado, el pequeño judío.
Y el también pequeño Giovanni le contestó «para confundirle»:
—Un ateo es un hombre que no cree en nada.
El niño hebreo le miró «con toda la fuerza aguda de sus ojos húmedos y negros». Después le volvió la espalda y nunca más le hizo preguntas.
Pero Giovanni pensaba hacia dentro:
—Mi padre es inteligente, lee libros; por tanto lo sabe todo. ¡Debe tener sus buenas razones para prohibirme el contacto con la religión!
Su curiosidad le empujó a escuchar, detrás de la puerta, lo que el sacerdote explicaba a los niños católicos. Un día le oyó decir:
—¡Honrarás a tu padre y a tu madre!
Y el pequeño Giovanni se pasó todo el día dando vueltas a lo mismo:
—¿Y por qué a mi padre no le gusta que yo aprenda a «honrarle»?[29].
Y así, de pregunta en pregunta, aquel niño continuaba creciendo, devorando libros, intentando ser obediente a su padre al margen del Decálogo.
Menos mal que en el rostro de su mujer, y, más tarde, en el de los curtidos campesinos de Bulciano, Giovanni pudo descubrir, como en un espejo, no sólo el rostro de Dios, sino también el rostro de otra humanidad.
«Únicamente al lado de los hombres de ese pueblo mínimo y pobre es donde he vuelto a tener conciencia de mi naturaleza y de mi destino de hombre, de mi humanidad entera (...) No los siento inferiores a mí. Al contrario. Ante todo, tienen un alma igual a la mía, un alma salida del soplo de Dios y para la que Cristo ha sufrido como para todas las otras almas. Y si su alma está menos amueblada de ideas que la mía, de palabras y fantasía, posee por encima de mí la paz y la simplicidad»[30].
La gracia de Dios, sus insistentes llamadas, llegan siempre por caminos sencillos de silencio y simplicidad. En el caso de Papini esto es evidente. Hasta los símbolos cristianos le asediaban con sus llamadas al corazón.
Contaba él que una cruz negra, de madera, clavada en una roca, una cruz ni rica, ni bella, plantada delante de su casa de Bulciano, largamente contemplada en sus paseos, constituyó para él toda una revelación, un argumento, una apología. Era una cruz de madera; la cruz de los pobres y sencillos.
Un día de Semana Santa, el inquieto Papini llegó a Setignano, cerca de Florencia. Allí se encontró con una procesión. Soldados romanos, con corazas relucientes, cabalgaban a lomos de fuertes caballos. Un campesino de barba negra portaba la cruz sobre sus hombros. Las gentes se arrodillaban a su paso y hacían la señal de la cruz.
Papini quedó inmóvil, fascinado por la escena:
«Por primera vez la pasión, leída en los libros como una leyenda célebre, se me había convertido en carne, sangre y dolor; drama no recitado por comparsas enmascarados, sino por seres que iban verdaderamente a morir. Por primera vez supe que Cristo había muerto sobre una cruz de verdad»[31].
Bulciano presumía de tener dos iglesias. No eran muchas. En Italia se ven iglesias por todas partes. Un día don Rufino, el párroco (sin duda apoyado en sus buenas razones), dejó de subir a la iglesia de arriba, la que estaba fuera del pueblo, y sólo celebraba la misa en la que estaba en el centro de la villa. Esto no gustó a los que estaban acostumbrados a reunirse en la iglesia del extrarradio, y, como Papini –según creían aquellas buenas gentes– era un personaje importante e influyente, acudieron a él para que mediara en el familiar conflicto. Ni siquiera se preguntaron si Papini era creyente o no.
El escritor no tuvo más remedio que acceder, y se dirigió al buen párroco. Pero don Rufino tiró del Derecho Canónico y no se dejó convencer. Sólo si el obispo le ordenaba otra cosa, accedería; eso sí, accedería de buen grado. Papini, perseverante y conciliador, se dirigió a Arezzo a visitar al obispo, que finalmente se doblegó a los ruegos de los campesinos. La iglesia se abrió de nuevo, y los tozudos cristianos tuvieron otra vez su Eucaristía.
Comentaba Papini: «Dos domingos después, don Rufino volvió a Bulciano para decir misa. Ese domingo, allí estaba yo también»[32].
Una noche, estando en el campo, le despertó una mujer del pueblo. Venía agitada, nerviosa. El niño de una vecina suya había nacido agonizante. Debían bautizarlo enseguida...
—Pero..., ¡si yo no soy sacerdote!
—Usted puede hacerlo. ¡Venga pronto!
Papini no sabía por dónde empezar. Pidió un libro de misa, y ni siquiera sabía por dónde abrirlo. Recitó el Credo y el Padrenuestro. Luego tomó el agua que le trajeron en un recipiente pequeño, y la derramó sobre el niño que se moría. Dijo: «Ego te baptizo in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti». Conocía el latín y sabía lo que hacía la Iglesia en estas ocasiones.
—¡Dios os bendiga! –respondió una señora mayor, al concluir el sacramento–. ¡Habéis hecho un ángel!
Aquellas buenas gentes, en su simplicidad, opinaban que, ausente el cura, quien mejor podía hacer una tarea sacramental, como aquella, era el intelectual, «sin pensar –comentaba Papini– en el vacío de su corazón».
Y continuaba diciendo: «De la sombra de aquella habitación salí al sol, espantado, sin saber bien lo que había hecho, como si me hubiera despertado de un sueño extravagante. Y, a pesar de todo, si esas mujeres no mentían, acababa de ser el actor de un milagro: ¡yo, el ateo, había dado un ángel nuevo al paraíso!»[33].
En la Iglesia de la Santa Croce de Florencia, panteón de hombres ilustres, rodeado de las tumbas de Miguel Ángel, de Maquiavelo, de Galileo y del monumento fúnebre a Dante Alighieri (su tumba está en Ravena), Giovanni Papini tuvo otra experiencia religiosa, que le empujó por el camino de la fe: camino que, sin duda, estaba ya recorriendo:
Fueron las vidrieras del templo las que, en aquella tarde de otoño, atrajeron su atención. Clavó en ellas su mirada y la paseaba, pensativo, de unas a otras. En un momento dado, se sintió invitado a «nacer de nuevo»: a volver a la infancia.
«Si todo era verdad, si Jesús era Dios (...). Y si él existía verdaderamente, ¿no podía escuchar a aquel que le hablaba en ese instante? ¿Darle una señal? ¿No debería Él saber que mi corazón quería pertenecerle por completo y que, en secreto, este corazón era más naturalmente cristiano que lo que decían mis palabras orgullosas?»[34].
Una de las últimas vivencias que Papini nos cuenta, en su libro La seconda nascita, se refiere a un episodio conmovedor, que él titula así: La muerte de Midio.
Midio era el hijo de un amigo de Papini. Había regresado de la guerra (del frente de los Alpes) gravemente enfermo, y ahora se encontraba en un hospital de Florencia. El escritor lo visitaba con frecuencia e intentaba llevarle un poco de consuelo. Con la medicación de entonces resultaba muy difícil frenar el mal que aquejaba a Midio.
Poco a poco, Papini se fue dando cuenta de que aquel joven no era un personaje literario, extraído de alguna obra de ficción (de entre las muchas que él había devorado). Midio era de carne y hueso. Cada vez menos carne y más hueso. Midio se moría. ¿Qué respuesta tenía el escritor para Midio? ¿Qué podía aportarle él? Ninguna filosofía salvaría a Midio de su angustia, del miedo que experimentaba frente al inevitable final.
¿Qué es la vida? –se preguntaba Papini–. ¿Para qué nos preparamos mientras vivimos? ¿Y qué es la muerte? ¿El muro negro contra el que se estrellan todos nuestros proyectos? ¿Qué es la muerte? ¿La otra cara, la más sombría, de nuestra existencia? ¿Un nuevo nacimiento?
Aquel día se celebraba, precisamente, la Pascua del Señor resucitado. Como otros muchos días, Papini se dirigió al hospital a visitar a Midio.
—¿Cómo te encuentras?
—Más o menos igual. Tal vez, peor. Pero no debieras de haber venido. Hoy es una fiesta especial. ¿No deberías estar con tu familia?
—Tú también eres mi familia. Por otro lado, hoy debemos estar alegres. ¡Cristo ha resucitado!
¿Dijo esto como una frase hecha? ¿Lo dijo para aportar un poco de aliento a aquel creyente que era Midio? El caso es que Papini lo dijo, y no pensaba desdecirlo.
Midio hizo un esfuerzo por sonreír. Lo que se proclamaba en las iglesias con alborozo, acompañado del aleluya, allí sonaba de otro modo: más fuerte y contundente.
Clavó su mirada en Papini:
—¡Es verdad: Jesús ha resucitado! También nosotros resucitaremos, ¿verdad?
Entonces el escritor cayó en la cuenta de la hondura de lo que Midio acababa de decir. «Yo no sabía, yo (el ciego), que también resucitaría con Cristo». «Yo resucitaría gracias a Midio, gracias al que estaba a punto de morir y sonreía».
El día que Midio murió, Giovanni Papini se encontraba allí, en el hospital, a su cabecera. El joven abrió los ojos y reconoció al escritor. Lo miró con ternura y dijo:
—¡Oh, Giovanni!
Falleció enseguida. Nunca olvidaría Papini la última mirada del amigo muerto. Fueron aquellos ojos parecidos a los del «hermano eterno» que siempre acompañaron a Virata en su peregrinaje terreno –según cuenta, en su espléndido relato, el austriaco Stefan Zweig[35].
Comentaría más tarde Papini:
«Han pasado, después, años; se han producido cambios en mí, pero jamás he podido olvidar el rostro inocente de Midio, ni aquella voz que pronunció mi nombre con tanto amor. Ese nombre pronunciado por él en sus últimos momentos y de esa manera, resonó en mí más tarde como un llamamiento, como una invitación. Desde aquel día mi corazón fue menos malo, menos agrio que antes. Y hasta hoy rezo por él, a fin de que me perdone no haberle amado bastante»[36].
El día que las hijas de Papini hicieron la Primera Comunión, el proceso de su inicial conversión se había cerrado. Fueron muchos pequeños y significativos acontecimientos los que entre Bulciano y Florencia se dieron cita para que Cristo fuera transformando el corazón rebelde, crítico y un tanto soberbio de Giovanni Papini. Los pobres entraron en su vida como una bendición: Erminia, su mujer; don Rufino, el párroco; aquel bautismo «in extremis»; la muerte de Midio y la cruz aquella de madera, clavada en el corazón de Bulciano...
Lo demás ya lo conocen los lectores. Es su propia historia en la Historia de Cristo. Por cierto, después de su publicación no todo fueron aplausos. Algunos católicos más conservadores (curas y laicos) tal vez acostumbrados a otras historias de Cristo más dulzonas y tópicas, no entendieron el lenguaje fuerte de Papini. Así que sobre la cabeza del converso arreciaron algunas críticas a modo de tormenta. Pero también recibió reconocimientos y bendiciones, ya que el libro sería aplaudido por muchísimos católicos (sacerdotes, obispos y laicos) que entendieron el esfuerzo y mérito del escritor, recientemente converso[37].
5. Después de su conversión
A partir de comienzos de los años veinte (fecha aproximada de su conversión) Papini practicará un catolicismo combatiente, duro, polémico. Por supuesto, no abandonará su compromiso con la cultura (los libros y las artes); pero sus escritos tendrán ya un color y calor nuevos: el que imprime la fe.
5.1. Agustín, el «númida africano»
Escribirá, en 1929, una muy personal biografía (Sant´Agostino) de otro ilustre converso, Agustín de Hipona: el númida africano (como le llamaba Papini)[38]. Esta biografía no pretendía ser una paráfrasis de las Confesiones ni «una exposición completa de su pensamiento»[39]. Tan sólo intentaba Papini asomarse al alma del gran Padre de la Iglesia, a quien comparaba, en sus vuelos, a un cóndor (él se veía a su lado «como una hormiga con alas»).
S. Agustín entró en la vida de Papini, primero como escritor de obra extensa y ferviente apasionado del saber humano; pero no puede decirse que lo conoció hasta bien «avanzada la juventud» y con una salvedad: de Agustín le interesaban más «las cuestiones humanas que las divinas»[40].
«Puede decirse que, antes de volver a Cristo, san Agustín fue, con Pascal, el único escritor cristiano que yo leí con admiración no tan sólo intelectual. Y cuando yo forcejeaba por salir de los cubiles del orgullo a respirar el divino aire del absoluto, san Agustín me prestó inmensa ayuda»[41].
Le parecía a Papini que existía alguna semejanza entre san Agustín y él: ambos eran aficionados a la literatura y a la palabra, ambos buscadores de filosofías, amantes de la verdad (hasta rondarles la «tentación del ocultismo»), ambos sensuales y ávidos de fama. Pero cuando Papini descubrió por la fe a Cristo, también san Agustín adquirió para él una luminosidad nueva: «Si una vez lo admiré como escritor, hoy le quiero como un hijo quiere a su padre, lo venero como un cristiano venera a un santo»[42].