Kitabı oku: «Las tres estaciones», sayfa 7
II
Para la comida de aquel día había higos, jamón y, en un recipiente hondo de cerámica blanca, una ensalada llena de verdes, tonalidades rojizas, brillos inesperados. En otro recipiente con agua y cubos de hielo había algunos duraznos maduros. El hombre abrió una botella de vino blanco.
La joven acababa de salir de la ducha y se sentó a la mesa envuelta en una toalla blanca. Llevaba un sombrero de paja color rosa con una cinta azul, y el hombre le sonrió y pensó que, ciertamente, era la cosa más linda y delicada del mundo. A continuación le pareció que aquel era un pensamiento banal pero inevitable. Después de comer, en vez de llevarla a oír música en el pequeño estudio al fondo de la casa, la condujo con delicada firmeza al piso de arriba. Vio caer la toalla y sintió cómo cada milímetro de su cuerpo recibía a la joven con furia.
Durante el verano ocurren cosas extrañas y mucho más durante un verano como aquel, diferente, único.
La tarde del mismo día que había comido higos antes de sumergirse en el cuerpo de la joven, el hombre fue a la ciudad. Ella se quedó dormida en la cama del cuarto de él, que dejó la ventana abierta para que entrara la brisa del mar.
Aquella tarde, el hombre fue al pueblo conduciendo el coche blanco, cosa que no solía hacer: siempre usaba el cochecito oscuro, más discreto y veloz.
Jugó tenis una hora y después fue directo al bar de la pequeña bahía sin quitarse la ropa del juego, con el pelo todavía húmedo de sudor. Se sentó en la terraza, pidió una cerveza y el periódico de la tarde.
En el periódico no había nada importante –ni siquiera algo interesante– y el hombre lo hizo a un lado. Se quedó tomándose su cerveza e intentando recordar dónde había leído esta extraña confesión de una mujer: Tengo casi treinta años. Tengo dos hombres, ocho gatos, no tengo caries (uno de los hombres es dentista). Un día estaba contando a los gatos y, distraídamente, me conté.
Fue hace muchos años, pero la frase se le había quedado grabada en la memoria. El hombre creía que la mención de las caries era un poco de mal gusto, pero la verdad es que no le preocupaba mucho la cuestión. Lo que sí quería saber era lo siguiente: ¿qué cosas diría su joven? A ella todavía le faltaba mucho para tener casi treinta años, pero era capaz de esa soledad, de ese vacío, pensaba el hombre. Sería capaz de, distraídamente, contarse entre lo que fuera.
Tengo casi cincuenta años, pensó él e inmediatamente le pareció que estaba exagerando un poco. También le pareció que ese tipo de pensamiento no lo llevaría a ningún lado, y entonces pidió otra cerveza.
Cierta vez, en una ciudad de otro país, el hombre se sentó en un café que tenía mesitas en la acera y se puso a ver la calle. Empezaba a caer una llovizna muy fina, era la hora a la que la gente salía del trabajo y notó que la gente iba bien vestida. Intentó construir historias siguiendo con los ojos a algunos hombres y algunas mujeres. Se perdió, de repente, en la multitud, y sintió que partía hacia lo desconocido, y tuvo una especie de miedo, aunque no se había movido ni un instante de la mesa del café.
Era como contar gatos y, distraídamente, incluirse entre ellos, pensó. Y, con una sonrisa breve, pidió otra cerveza.
En ese instante apareció el gordo, de la nada. Le costó reconocerlo, pero el gordo se dirigía hacia su mesa con una sonrisa decidida y una mirada victoriosa. El hombre detestaba los encuentros inesperados con su imprecisa memoria y tardó varios segundos en reconocer, en aquel gordo de sonrisa impertinente, cada vez más cercano, a un compañero de los tiempos de la universidad.
La charla, por suerte, fue menos pesada de lo que temía. El hombre respondió intercalando sonrisas y evasivas, y el gordo se mostró menos atolondrado de lo que parecía al principio. Poco después intercambiaron promesas de reencuentros y números de teléfono. El hombre estaba exhausto de tanto esfuerzo por decir cosas coherentes, le dio el número de su secretaria en la capital y no dijo exactamente dónde se estaba quedando ni cuánto tiempo estaría en el pueblo.
El gordo, ya de pie, le dijo que se iba a la mañana siguiente. Mientras le tendía la mano para el hasta luego final, el gordo disparó la pregunta más temida, la imagen que el hombre todo el tiempo intentaba evitar.
–No volví a verla –respondió el hombre–. No volví a saber de ella.
La sequedad llegó a sorprenderlo, pero ya lo había dicho todo. Aun así, añadió con otra de sus sonrisas breves:
–Veintitantos años. Es mucho tiempo. La perdí de vista hace tanto tiempo que también perdí la cuenta. Ella se fue en un calendario antiguo.
El gordo guardó silencio, luego se sacó del bolsillo de la camisa una tarjeta de presentación y anotó al reverso un número de teléfono.
–Perdón por la tarjeta, pero es el único papel que tengo. Igual ya no la voy a necesitar. Te apunté su teléfono. Hace tiempo que no la veo, pero sé que sigue viviendo en el mismo lugar. Háblale, a ella le va a gustar.
El hombre se quedó con la tarjeta de presentación en la mano, viendo cómo se alejaba el gordo. Luego, y antes de que lo sepultara la marea de irritación, pagó la cuenta y se fue.
III
El verano prosiguió con su rutina de días inacabados y atardeceres suaves y largos. Varias veces, durante las semanas siguientes, el hombre y la joven fueron en el cochecito oscuro a nadar en pequeñas bahías retiradas del pueblo. Llevaban frutas y vino, se echaban al sol y el hombre veía a la joven alejarse desnuda en el mar con brazadas lentas.
Algunas tardes que no jugaba tenis, el hombre emprendía caminatas solitarias. Una de esas tardes fue a dar a una playa por la que nunca antes había caminado. Era una pequeña bahía, unos veinte kilómetros al sur de la aldea. El hombre estaba solo y había llegado conduciendo el coche oscuro, que estacionó al final de la playa.
Empezó a caminar por la arena y la bahía era pequeña, de no más de dos kilómetros de extensión, y la playa estaba desierta. A la mitad de la playa había una roca que se extendía casi hasta la orilla del mar y se alzaba, por su parte más alta, unos tres metros sobre la arena. El hombre pensó que con la marea alta el agua llegaría a hasta los pies de la roca. De lejos vio que había alguien sentado en la piedra. Caminó despacio, sintiendo en los pies la arena todavía tibia del atardecer. Cuando llegó exactamente frente a la roca, levantó los ojos hacia la figura sentada en lo alto. Era un hombre que fumaba mirando el mar. Pensó en hacerle alguna seña, pero desistió: el hombre lloraba.
De regreso dio un largo rodeo por atrás de la roca. El hombre seguía ahí, sentado, y él no quería volver a invadir ese territorio prohibido.
IV
Fue justo después de la comida de un sábado. La joven había invitado a dos amigas ese fin de semana y ellas habían llegado con un muchacho que decía cosas que creía que eran graciosas. Los cuatro se reían todo el tiempo. Al hombre no le gustaban las visitas, aun menos las visitas que no conocía y además lo cohibían un poco los amigos de la joven, chicos como ella, pero la joven estaba contenta y él no llegó realmente a molestarse.
Una de las amigas de la joven tenía unos ojos grandes que estacionó sobre el hombre durante toda la comida. A él le hizo gracia y, cuando se acabó la comida, los dejó solos. La joven sabría cómo distribuirlos en los cuartos de visitas. El hombre se fue al pequeño estudio al fondo de la casa y se puso a buscar un disco que hacía muchos años no escuchaba.
Desde la ventana del estudio, el hombre veía plantas, las copas de algunos árboles y una estrecha franja del mar, que parecía suspendida entre las hojas de los árboles.
Cuando la tarde se acercaba a su fin y se hizo el silencio en la casa, el hombre sacó de una cajita de madera que había en una mesa del estudio la tarjeta con el número escrito al reverso.
El gordo había anotado el número de aquella mujer perdida en el tiempo y en el recuerdo con trazos rápidos y tinta azul. El número estaba al otro lado de la tarjeta de presentación de un gerente de agencia de viajes. El gerente tenía un nombre común.
El hombre estuvo un rato viendo la estrecha franja de mar entre las hojas y dándole vueltas a la tarjeta de presentación. Finalmente tomó el teléfono y marcó. Ella seguía viviendo en la misma ciudad.
El hombre oyó timbrar el teléfono, calculó las distancias y finalmente una voz de mujer contestó.
Preguntó por ella. Oyó decir que no estaba. Preguntó a qué horas volvía.
–Se fueron a pasar el fin de semana en la playa, regresan mañana en la noche.
Se fueron. Con que era eso: se fueron. ¿Quién sería ese se fueron? ¿Un marido? ¿El primero, el segundo? ¿Hijos? ¿Cuántos?
Veintitantos años. ¿O serían más? Se acordaba de aquella mirada y aquel cuerpo, una geografía única que él tanto había recorrido y de la que se había impregnado hacía tantos años, aquellos años decisivos. Creía que se había librado para siempre y ahora tenía dudas.
El fin de semana prosiguió, pero el hombre se mantuvo al margen. Las pocas veces que salió del pequeño estudio al fondo de la casa oyó la risa de la joven y de sus jóvenes amigos en el balcón del piso de arriba. Pensó que era una suerte poder estar solo.
Poco antes de la comida del domingo, subió al balcón del piso arriba. Se encontró con la amiga de la joven –la de los ojos grandes– asoleándose. No vio a los demás. La amiga de la joven estaba echada, de espaldas al sol. Tenía un cuerpo bien definido, piel rojiza, el pelo recogido en la nuca con un moño de listón blanco.
Esa tarde, el hombre llevó a la joven y a sus amigos al pueblo. Fueron al bar de la pequeña bahía donde los pescadores solían atracar sus barcos, tomaron cerveza y él contempló tranquilo la alegría de la joven.
El lunes, cuando despertó, la casa estaba de nuevo en silencio y la joven estaba otra vez sola, tendida al sol.
No volvió a llamar a la mujer perdida en el tiempo y en la memoria ese lunes. Pero al día siguiente, poco antes de la comida, subió al cuarto, tomó el teléfono que estaba en la mesita de luz, y esa vez la empleada contestó al primer timbrazo.
No, no estaba: había salido para llevar a los niños a la clase de natación.
–¿Quiere dejarle algún recado, señor?
–No, gracias.
Niños. Conque era eso: niños. ¿De cuántos años? ¿Serían gemelos? Clases de natación.
Esa misma noche, volvió a llamar.
–Salió a cenar.
Sin saber muy bien por qué, preguntó por los niños.
–Se fueron a dormir a casa de su papá. ¿Está seguro de que no quiere dejar ningún recado?
Agradeció y colgó.
¿Quién la llevó a cenar?, pensaba. ¿A qué restaurante? ¿Irían siempre al mismo? ¿Sería su primera cita? ¿Qué comería ella?
Sabía, por ejemplo, que los martes los niños tenían clase de natación. Recordó el cuerpo de aquella mujer saliendo del mar en tantos días de sol y su cuerpo saliendo de albercas y tinas y duchas y tantas aguas de tantas partes, su cuerpo bajo la lluvia aquella tarde en que se quedaron parados en la calle, riéndose, la geografía cubierta de gotas, y él, en ese tiempo, conocía lo que había detrás de cada una de las infinitas gotas.
V
Así proseguía el verano. Hubo tres visitas más de fin de semana: los amigos de la joven volvieron una vez, el hermano del hombre pasó allí dos solitarios días y el hijo del hombre fue con un amigo.
La joven vio lo silencioso que era el hermano del hombre y le sorprendió la única vez que los dos charlaron en el balcón del piso de abajo al atardecer. Tomaban latas de cerveza y se reían fuerte, y esa fue la única vez que la joven vio al hombre verdaderamente alegre.
Parecían recordar cosas de su infancia y se quedaron hasta tarde. Cuando oscureció y la joven quiso encender la luz el balcón, el hombre le pidió:
–Queremos estar en la oscuridad adivinando el mar –dijo y siguieron charlando. Más tarde, decidieron ir a cenar al pueblo e invitaron a la joven.
Aquella noche, el hombre estaba radiante y de regreso le pidió a su hermano que condujera el coche blanco.
–Quiero seguir adivinando el mar –explicó mientras se acomodaba en el asiento de atrás y abría la ventana.
Cuando llegaron a la casa, el hermano se despidió y se fue al cuarto de visitas. El hombre llevó a la joven al balcón de arriba. Estuvieron sentados en dos sillas de lona, tomados de las manos, hasta que el hombre colgó la hamaca amplia y, con delicadeza, desvistió a la joven.
Ella se despertó en plena madrugada oyendo voces a lo lejos. Estaba sola en la hamaca y sintió que su piel se contraía levemente con la brisa. Se levantó y vio al hombre inclinado sobre el murete, contemplando el mar, donde unas lucecitas oscilaban: las voces que la joven había oído eran de los pescadores de tres barcos que intercambiaban información sobre los cardúmenes, ahí, al pie de la cuesta donde se alzaba la casa blanca.
Había una luna enorme en el cielo y la joven caminó hacia el hombre y lo abrazó por detrás. Y entonces la joven lo vio: el hombre lloraba en silencio. La joven apoyó la cara contra la espalda del hombre y lo abrazó con más fuerza.
Se fueron juntos al cuarto de él y cuando despuntó el día, por primera y única vez, amanecieron juntos en la misma cama.
Al oír el coche que volvía del pueblo, la joven se levantó y retomó la rutina del verano.
El hombre apareció en el balcón poco antes de las once y no dijo nada: se agachó junto a la estera y le acarició la cara a la joven antes de bajar por su té, su periódico, su jugo de naranja y por algo que se había partido para siempre.
La visita del hijo pareció más breve, aunque se quedó todo el fin de semana. El hombre se encerró con su hijo en el pequeño estudio al fondo de la casa y allí se quedó toda la tarde del sábado. El amigo del hijo se quedó en el balcón de arriba y varias veces la joven lo vio observar su cuerpo tendido al sol y le pareció divertido provocarlo un poco deslizándose el dedo por los hombros y luego bajando lentamente hasta la línea de su cintura. El amigo del hijo del hombre era un poco más joven que ella.
El domingo en la mañana el hombre llevó a su hijo y al amigo de su hijo a pescar en una playa que estaba a una hora de distancia. Volvieron a media tarde con algunos peces. Charlaron animosamente en el balcón de abajo a la hora de la cena, y el lunes, cuando despertaron, ya se habían marchado los dos.
VI
Las llamadas telefónicas siguieron, igual que las idas a cenar al pueblo algunas noches en que la joven charlaba alegre y le acariciaba la mano al hombre sobre la mesa, y hubo algunos sábados que el hombre llevó a la joven a bailar. El hombre siguió jugando tenis algunas tardes a la semana y reunió a sus compañeros de juego y a la joven en el bar de la pequeña bahía donde los pescadores atracaban sus barcos.
Faltaban pocas semanas para que terminara el verano cuando la joven empezó a pensar qué harían. El hombre sólo decía que ya habría tiempo para todo, hasta para pensar con calma qué hacer cuando el verano llegara a su fin.
El hombre no estaba preocupado y ella decidió no pensar más en el asunto. La vida le estaba pareciendo una cosa rara, fascinante y un poco temible. “Sólo un poco”, se decía a sí misma. Esa languidez, esos silencios y, al mismo tiempo, la extraña y profunda sensación de tierra firme. Sí, ya habría tiempo para todo, y lo mejor sería pensarlo con calma después.
Tres veces fue sola al pueblo, conduciendo el coche blanco y grande. Una de esas veces siguió la carretera hasta encontrar una playa donde no hubiera nadie. Dejó las alpargatas en el coche y caminó descalza hasta el mar. Se quitó la ropa y nadó sola y desnuda, y cuando volvió a la casa sentía una felicidad extraña.
Las llamadas telefónicas siguieron y el fin del verano parecía no llegar nunca, y el hombre aún no había decidido a dónde irían. Fue entonces cuando hizo un balance de lo que sabía de la mujer a la que no veía desde hacía más de veinte años, y a la que cada día recordaba más y más.
Eran dos niños, mucho más chicos que su hijo. El mayor tomaba clases de natación y pintura, el menor tomaba clases de natación y flauta; el mayor estudiaba inglés, el menor todavía no. El menor había pescado una gripa que le duró casi una semana, pero ya estaba curado.
La mujer había chocado a la salida de una gasolinera y estaba teniendo problemas con el seguro, pero su hermano prometió ayudarle. Alguien había llevado una caja de galletas danesas de regalo y la mujer quiso aprender a hacerlas, pero nada más le salieron unos bloquecitos dulzones y quemados. El padre de los niños se había ido a una breve temporada de pesca en la provincia y la mujer no había dejado que su hijo mayor fuera con él; eso causó una crisis de cinco días que sólo se superó con la promesa de comprarle una bicicleta roja en cuanto se acabara el verano y reiniciaran las clases.
La mujer había ido al dentista dos veces, el pediatra había estado en su casa una vez. La mujer había salido a cenar por lo menos una vez a la semana a lo largo de aquellos días de verano, y su prima había pasado cuatro días en su casa mientras le pintaban el departamento. Su hermana seguía viviendo en Italia, pero tenía problemas con su hijo mayor y también con su marido. Ellas dos hablaron por teléfono varias veces a lo largo de esos días, aunque él nunca supo de qué hablaban.
El verano se acercaba cada vez más a su fin y el hombre seguía sin decidir qué harían durante el otoño, mientras sentía que algo extraño pasaba en su vida.
Cierta noche subieron al balcón del piso de arriba, donde planeaban terminarse una botella de vino blanco que él había abierto durante la cena de pescado y ensalada.
El hombre necesitaba decirle cosas a la joven, pero no sabía cómo y pronto se dio cuenta de que tampoco sabía exactamente qué.
Decirle algo así: Tengo miedo de que acabes cansándote y te marches. O entonces: Tengo miedo de que te des cuenta de que, en el fondo, estoy intentando robarme un pedazo de tu juventud. O entonces: Tengo miedo de que te des cuenta de que dependo de estos días y de estas noches para seguir sabiendo que la vida vale la pena.
Había largos silencios aquel fin de verano y a veces él creía que la joven sabía exactamente lo que él quería decirle sin saberlo.
Un día descubrió que los dedos de la joven eran más largos de lo que había notado y que su forma de mirar el mar era extraña.
Pensó en todo lo que sin duda descubriría mientras durara la presencia de la joven, y sintió que, por sobre todas las cosas, necesitaba aquellos descubrimientos, aquellos alumbramientos: sentía que sin la joven sería como si el mundo dejara de moverse.
VII
El verano finalmente llegó a su fin y el hombre no sabía a dónde ir o qué hacer. Era como si el tiempo ya no tuviera ninguna importancia, como si lo que estaba por llegar fuera tan inevitable y él tan desaforadamente impotente, que no valiera la pena pensar en nada. “Dejar fluir”, pensaba el hombre en las madrugadas que salía al balcón de arriba, ya no para escabullirse en el cuarto de la joven, sino simplemente para ver la noche ocultando al mar y esperar los indicios del esperado amanecer.
Un día estaba contando a los gatos y, distraídamente, me conté. ¿Qué podría contar él?
En aquellos primeros días de otoño, las llamadas a la ciudad lejana, a la mujer perdida en el tiempo, empezaron a escasear. La vida diaria de una mujer sola con una empleada, dos hijos y algunos hombres ocasionales se había vuelto un tanto monótona. Él había intentado, en vano, encajar en aquella rutina. Y, no obstante, ciertas noches añoraba recibir noticias. Siempre tenía la precaución de llamar únicamente a horas permitidas. No se sentía capaz de llamarle a las cuatro de la mañana para decirle que, desde el ventanal del cuarto de aquella casa que ella jamás había conocido, podía verse el temporal, armándose a lo largo del mar.
A esas alturas del otoño, la rutina era otra. El hombre empezó a despertarse más temprano. Cuando el chofer salía para ir al pueblo por el pan, la correspondencia y a veces naranjas, el hombre ya estaba despierto. Caminaba por la carretera que corría sobre las rocas, bordeando el mar. Iba al pueblo y se quedaba allí, a la orilla de la carretera, esperando a que el chofer apareciera de regreso, conduciendo el gran coche blanco. Se acomodaba entonces en el asiento de atrás y volvía a la casa mirando el mar, cada día más gris y distante.
Seguían comiendo a la una de la tarde, pero ahora había sopas y quesos y platillos calientes en el balcón del piso de abajo de la casa.
La joven ya no tenía ningún sol para abrigar su cuerpo esbelto. Había más silencio entre los dos. El hombre le explicó que aún no había decidido qué hacer ni a dónde ir, pero que pronto tendría que volver a trabajar. Le sugirió a la joven que buscara alguna actividad que la distrajera. La joven se limitó a decir que estaba bien, que no se preocupara.
El hombre seguía yendo al pueblo dos o tres tardes por semana a jugar tenis, la joven seguía esperándolo en el bar frente a la pequeña bahía donde los pescadores solían atracar sus barcos. La joven mantenía su piel dorada aunque el sol despuntara cada vez más blanquecino en las mañanas.
Ya no se tendían en la ancha hamaca de la terraza de arriba. La joven seguía metiéndose descalza en el cuarto del hombre, noche adentro, e iba a ovillarse en el suelo junto a él, y le preguntaba con los ojos si todo estaba bien y entonces el hombre desplegaba una de sus breves sonrisas antes de acariciarle la cara y de pensar que, sin ella, el mundo realmente dejaría de moverse.
Cierta noche, la empleada preparó una pequeña pierna de cordero al horno con mantequilla y hierbas. El hombre se levantó para cortar las rebanadas más finas que la joven jamás hubiera visto. Hacía frío en el balcón y el hombre le dijo a la joven que a principios de la semana siguiente se marcharían.
–Nos quedan cinco días –dijo.
La joven respondió que prefería quedarse un poco más.
–Tengo que volver al trabajo –dijo el hombre.
–Pero puedes trabajar aquí –respondió la joven.
–Creo que es mejor que nos vayamos –dijo el hombre.
–Está bien –consintió la joven.
Aquella noche, poco antes de irse a su cuarto, la joven pasó por el cuarto del hombre, que había subido antes.
No entró: desde la puerta lo vio sentado en la pequeña mecedora escuchando una música especialmente triste mientras miraba por el ventanal abierto la oscuridad del mar y la noche. La joven no necesitó entrar para saber que el hombre otra vez lloraba sin saber por qué.
Aquella noche, mucho más tarde, el hombre llamó por teléfono a la casa de la mujer a la que no veía desde hacía veinte años o más. Esta vez, la mujer contestó. El hombre se asustó: su voz era exactamente la misma. El hombre no dijo nada. La mujer repitió dos, tres veces, preocupada:
–¿Bueno? ¿Bueno? –luego colgó.
Lo sé todo, pensó el hombre. ¿Qué preguntar? ¿Qué decir? ¿Para qué arriesgarse?
Dejó el teléfono y volvió a mirar la nada a través del ventanal. Al día siguiente despertó tarde y salió a caminar cuando la mañana avanzaba veloz hacia el mediodía. No volvió a comer: caminó hasta el pueblo y desde allí continuó en un autobús ruidoso hasta la misma playa donde meses antes había visto a un hombre sobre la roca.
La playa seguía desierta y el mar, más feroz. La marea alta realmente llegaba a la roca. Se sentó en la elevada piedra y se quedó ahí, viendo las aguas furiosas.
Una mujer sola que se acerca a los cincuenta años viviendo con dos hijos súbitamente pequeños, una empleada y algunos hombres ocasionales. ¿Quiénes serían esos hombres? ¿Habría, entre ellos, espacio para uno más?
“Tengo casi cincuenta años y una mujer que tiene ocho hombres. Un día estaba contando a los hombres y, distraídamente, me conté”, pensó él. Después repitió la frase en voz alta, pero sabía que era mentira.
¿Dónde, aquella geografía que él había descubierto solo, cuando todos en el mundo eran absurdamente jóvenes?
