Kitabı oku: «La casa de nuestra madre», sayfa 5
Tampoco había granadas ni campanillas. Ni había alberca alguna…, sólo el hueco de siempre en el lecho de los lirios. Apoyó las manos en las orillas, salió del foso y se enderezó. Estaba tan débil que el esfuerzo lo había agotado. Estaba bien, pero no podía dejar de temblar.
—¿Te sientes mal, Hu?
—Estoy bien.
Elsa le puso la mano en la frente.
—Pero si estás helado. Eres un tonto.
—¿Está enfermo? —preguntó Jiminee.
—Estás sumamente frío, Hu —dijo Elsa—. Creo que deberías irte a la cama.
—¿P-p-por qué no podemos irnos todos a la cama?
—No seas idiota, Jiminee —lo reprendió Dunstan con saña—. Tenemos que acabar esto, ¿no es cierto?
—¡P-p-pero ya terminamos, Dun! Ya es bastante grande, ¿no? —Iluminó el foso con la linterna—. Es bastante profundo.
—¿Cómo vas a saber tú si es bastante profundo?
Diana contestó en su lugar.
—Ya está bastante profundo, Dun.
—Bueno —contestó él con una modestia repentina—, aunque lo sea, igual tenemos que… que… ir por Madre.
—Sí —dijo Diana.
—Y para eso necesitamos a Hubert. Y él se va a ir a la c-c-cama. No podemos hacerlo sin Hu.
—Claro que podemos, Jiminee —Diana le acarició el hombro, como para aplacar sus dudas—. Niños —agregó—, ya es momento.
—Tendrán que esperar a que arrope a Hu —dijo Elsa.
Hubert no protestó. Le permitió a su hermana agarrarlo de la cintura y prácticamente cargarlo.
Habría sido incapaz de subir las escaleras por sí solo. Y tenía los dedos tan hinchados que ni siquiera pudo desabotonarse la camisa. Por alguna razón, no le importó que Elsa lo hiciera. Tampoco le importó que lo desvistiera ni que le quitara los pantaloncillos húmedos y lo metiera a la cama. Seguía completamente vacío, como un tronco que se ha quedado hueco.
Elsa lo hizo todo en la oscuridad. Hubert lo agradeció, pues no quería recordar aquel sol penetrante. Sólo quería olvidar y dormir.
Sin embargo, después de que Elsa se despidió y se fue, Hubert no logró conciliar el sueño. Pensó que tendría frío, pero en realidad le dio muchísimo calor, tanto que tuvo que apartar las cobijas, y aun así no se le quitó.
Calor y frío… Por un momento parecía que nada podía refrescarlo, y al siguiente era como si un viento gélido se metiera bajo las sábanas.
Mientras temblaba de frío, se dio cuenta de que Jiminee estaba a un costado de su cama.
—¿Hu? —dijo. Hubert intentó asentir—. Hu… sí había algo en el jardín. No eran ladrones, p-p-pero… ¿no quieres saber qué es? —Hubert apenas si lo escuchaba; era consciente de la manota, la manota de un hombre de nieve gigante que lo apretaba y lo agitaba sin parar—. Era Blackie. No eran ladrones. S-s-sólo Blackie. Alguien dejó la p-p-puerta del jardín abierta y Blackie se metió. Est-t-taba olisqueando el muro. Elsa se m-m-medio molestó, p-p-pero yo no fui. Tampoco fuiste tú, ¿verdad, Hu? Creo que fue Dun. D-D-Dun siempre sale por ahí a husmear.
—Pero Dun le tiene miedo a Blackie —logró balbucear Hubert.
—P-p-pero no era su intención. Fue un accidente, creo.
Hubert sintió paz por un momento. Sabía que en cuestión de segundos volvería a arder en llamas.
—¿Ya terminaron? —preguntó con voz ronca.
—¿Terminar? Ah, sí. No fue tan m-m-malo. Los otros están p-p-poniendo la tierra en su lugar. Se me ocurrió venir a decirte lo de B-B-Blackie. O sea, ¿sabes qué dijo D-D-Dinah?
Hubert no pudo contestar. El calor lo había abrumado. Lo único que quería era agua, pero no podía hablar. Sabía que el agua platinada de la alberca no estaba lejos, pero no podía alcanzarla. Sin importar cuánto batallara, jamás llegaría a ella.
—…para hacer un t-t-tab-ber… un t-t-templo… —Veía los lirios blancos que flotaban en el agua, y a lo lejos escuchó la música de las campanillas, las campanas y las granadas… — …como M-M-Moisés hiz-z-zo que Aarón c-c-construyera… — …granadas y campanillas…— …Dinah dice que hay q-q-que hacerlo por Madre, porq-q-que… —…de azul, púrpura y carmesí… y campanillas de oro.
VERANO

X

LA PUERTA DEL JARDÍN ESTABA CERRADA por dentro, a pesar de que Hubert había tenido cuidado de dejarla abierta cuando salieron a hacer las compras. Elsa y él se pararon en un lugar sombreado por los plátanos. Hacía mucho calor. Las copas de los árboles se mecían con indolencia por la ligera brisa y la brea del pavimento emitía oleadas de calor resplandecientes.
Se miraron en silencio. Hubert agarró la canasta de la compra por otro lado, pues tenía la palma pegajosa y marcada por las tiras de mimbre. Tendrían que rodear la cuadra para entrar por el frente.
Era una calle muy silenciosa. Las escuelas habían terminado clases el día anterior y casi todos los niños venían del otro lado de West Avenue. Pocos vivían en las casonas con terrazas que daban al parque, y quienes vivían en ellas asistían, en su mayoría, a internados. Durante el verano, muchos de ellos se iban a pasar las vacaciones junto al mar. De cualquier modo, bajo ninguna circunstancia se relacionarían con niños que asistían a escuelas del ayuntamiento.
Calles como Monmouth Terrace, Ipswich Terrace y Abergavenny tenían la típica apariencia desértica del verano. Hasta los perros echados a la sombra de las puertas de las casas pasaban prácticamente desapercibidos.
—¿Y luego? —dijo Elsa.
Hubert hizo una señal con la cabeza y emprendieron el camino. Le daba cierto gusto que no hubieran podido entrar por el jardín, y sabía que Elsa sentía lo mismo. De ese modo retrasaban un poco más tener que ver a la señora Stork. El temor constante de que la señorita Deke, la profesora, los descubriera se había esfumado con la llegada de las vacaciones. Pero la señora Stork, la vieja Storktola, reina del parloteo, seguía yendo todos los jueves. Cada vez que llegaba el día de la señora Stork, Elsa debía inventar una excusa para no ir a la escuela y quedarse cuidando a Willy, de modo que la señora Stork no lo sonsacara. Ahora que todos los hermanos estaban en casa, la señora Stork se empeñaría en sacarle la sopa a alguno de ellos. Era evidente que sospechaba algo.
Debieron deshacerse de ella hacía mucho. No debieron permitirle quedarse durante tanto tiempo. “Nunca dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”.
Hubert pisaba fuerte la franja sin pavimentar que flanqueaba la pared, y se formaban nubes de polvo alrededor de sus sandalias. No servía de nada pensar en lo que deberían haber hecho.
Dieron vuelta en la esquina de Ipswich Terrace. En esa calle no había árboles, salvo al final, junto al parque, donde todas las noches cuatro o cinco damas bien vestidas se reunían a conversar. Lo hacían incluso si llovía. Hubert había visto una vez sus rostros brillantes resguardándose de la lluvia con paraguas rojos y amarillos y púrpura, como carpas de feria. Ahora no estaban ahí; sólo había sol. Hubert se llevó la mano libre a la cabeza y se la pasó por el cabello. Estaba ardiendo.
La puerta delantera estaba cerrada, pero mientras cruzaban el sendero de entrada, se abrió de golpe y Gerty salió corriendo a recibirlos. Dos franjas de mugre le enmarcaban la nariz.
—¡Elsa! ¡Dun dice que Willy y yo ya no podemos salir!
Elsa frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
—Dice que ya no podemos salir al columpio…, al jardín. ¡Dile que no es justo! Sí podemos, ¿verdad, Elsie?
Elsa apretó el asa de la cesta con fuerza y se le dibujaron dos circulitos rojos en las mejillas, pero habló con serenidad.
—Tal vez lo dijo por algo en particular, Gert. ¿No te explicó por qué? Tal vez el columpio ya no es seguro.
—No, ¡no dijo por qué! Sólo dijo que no debíamos.
—Eres una mentirosa, Gerty Hook. —La voz de Dunstan cruzó el umbral de la puerta, y sólo la palidez de su rostro se percibía entre las sombras.
—¡Compórtate, Dunstan! —Elsa llevaba la barbilla en alto, luego de que las dudas de las semanas previas se hubieran esfumado.
Hubert se sintió repentinamente orgulloso de su hermana.
—Sigue, sigue —le murmuró.
—No toleraré que les digas a los peques lo que pueden hacer y lo que no.
Dunstan se quedó inmóvil en la puerta. En la opacidad del vestíbulo, sus palabras retumbaron con claridad y rigor.
—Dices que no lo tolerarás, pero no te das cuenta de ciertas cosas. No te das cuenta de que el jardín es un lugar de descanso… y no es apto para los gritos y las risitas tontas de Gerty. No te das cuenta de eso, ¿verdad, Elsa?
Elsa dio un paso al frente y entrecerró los ojos para distinguir mejor a su hermano entre las sombras.
—Ni una palabra más, Dunstan. Eres insolente y…
—Exacto. No soportas escuchar. Eres tú la que decide todo. A lo mejor te interesará saber que Diana está de acuerdo conmigo. ¡Úntale eso a tu pan y cómetelo!
Elsa temblaba de rabia.
—¡Me importa un comino lo que Diana piense! ¡Esto no es de su incumbencia! Si se decidió en la reunión familiar… Además, no puedes ir por ahí dando órdenes. ¿Quién te crees que…?
—¡Me vale! Siempre haces lo mismo. Supongo que no te importa lo que piense Madre, ¿verdad? —Por un instante su voz perdió el tono de reproche, pero luego lo retomó con más fuerza—. ¡Me vale que me tenga que importar!
Elsa desvió la mirada y le habló directamente a Gerty.
—Willy y tú pueden usar el columpio cuando quieran, Gerty.
Gerty empezó a esbozar una sonrisa. Miró a Hubert y, con delicadeza, se quitó su mano de encima del hombro. Con toda la calma de que alguien de cinco años es capaz, recorrió el sendero de la entrada y subió los escalones. Al pasar junto a Dunstan, lo miró directo a los ojos y le sacó la lengua, sin detenerse un segundo.
Dunstan se estiró y la tomó del brazo, la jaló hacia él y se acercó a ella con expresión intimidante.
—Escúchame bien, Gerty. Eres una mentirosa, y eso es pecado. Y los pecadores tienen que pagar por sus pecados. Si te subes una vez más al columpio, Dios te castigará. Te arrancará las entrañas, vas a ver, porque eres una pecadora.
Gerty forcejeó en silencio. Por un instante Hubert se quedó inmóvil, pero luego tiró el canasto al suelo y corrió hacia sus hermanos.
—¡Déjala en paz! —gritó.
Cuando Dunstan alzó la mirada, desconcertado, Gerty se liberó y se escabulló en la oscuridad del vestíbulo.
Hubert le dio un puñetazo en la cara a Dunstan, que se tambaleó hacia atrás. Sus pies se resbalaron en el tapete raído y cayó de espaldas. El golpe hizo que las gafas se le cayeran de la nariz y le quedaran colgando de una oreja. Confundido y a ciegas, pero sin titubear, Dunstan se apoyó en las manos para sentarse.
—Te lo merecías —le dijo Hubert, quien en ese momento se percató del dolor en el puño. Y se lo dijo más como pretexto que como justificación. De pronto su enojo también se escabulló. Se asomó hacia el vestíbulo, como si fuera a encontrarlo en la bandeja plateada que la señora Stork había olvidado pulir una vez más o en la helada jovialidad de los cazadores galopantes que colgaban de la pared. Dunstan se levantó despacio y, con torpeza, se puso de nuevo las gafas—. Te lo merecías —murmuró Hubert de nuevo.
Dunstan dio un paso al frente.
—¡Me tiraste los lentes! —exclamó fulminando a su hermano con la mirada. Hubert no se atrevió a verlo a los ojos; miró hacia arriba, hacia abajo y hacia los tablones del suelo, que aún conservaban las marcas brillantes que había dejado la bota del Sargento de Vuelo Millard—. Me tiraste los lentes —repitió Dunstan e hizo una pausa—, y nunca se me va a olvidar. —Se dio media vuelta y subió corriendo las escaleras.
Iba a la mitad cuando Hubert le gritó:
—¿Y qué hay de lo que tú le hiciste a Gerty? —¿Por qué sonaba tan poco convincente si tenía la razón? Dunstan ni siquiera volteó a verlo.
Hubert se quedó largo rato en la misma posición. Dunstan le había pegado a Gerty y él le había pegado a Dunstan. Era lo justo…, sí, era lo justo. Sin embargo, últimamente Dunstan encontraba la forma de hacer que lo justo y lo injusto parecieran algo irrelevante o hasta tonto.
—No debiste pegarle, Hu.
Hubert apenas volteó a ver a su hermana.
—Se lo merecía.
—Tal vez. Pero tenemos que ser un equipo, Hu. No debemos pelear entre nosotros.
—Pero lastimó a Gerty. Y nos cerró la puerta del jardín adrede, ¿no? —En ese momento se enfureció con su hermana.
Elsa suspiró. Se dirigió a la mesa del vestíbulo y tomó un sobre. Lo miró por encima y se lo guardó en el bolsillo del vestido.
—¿Una carta? —preguntó Hubert. Elsa asintió—. ¿No vas a abrirla?
—Ahora no. Hay que lidiar con la señora Stork. Ve a ver dónde está. Yo llevaré los cestos a la cocina. —Se estiró para tomar la campana de latón que estaba junto a la bandeja del correo. No hizo sonido alguno; desde que tenían uso de razón, aquella campana no tenía badajo.
—Elsie, ¿crees que sea cierto que Diana les dijo a los peques que no pueden usar el columpio?
Elsa agitó la campanilla.
—Claro. Sabes que Dunstan es incapaz de mentir. —La posó con delicadeza sobre la mesa y le sacudió ligeramente el polvo con la mano—. Más vale que vayas a ver dónde está la señora Stork.
Hubert se agachó para estirar el tapete.
—De acuerdo —contestó.
XI

JIMINEE ESTABA ARRIBA, en el taller de Hubert. Se había sentado ante la mesa junto a la ventana y estaba absorto en sus dibujos.
Hubert lo observó. Era curioso que las excentricidades de Jiminee se esfumaran cuando dibujaba. La agitación nerviosa de sus extremidades desaparecía y su mano se desplazaba con exactitud y firmeza. Cuando Jiminee traía una crayola en mano, nadie se atrevía a decirle lunático. Lo mejor de todo era que le gustaba trabajar a solas, pero, aun cuando cedía a las insistencias de sus hermanos —“¡Dibújanos algo, Jiminee, por favor!”— y se sentaba a la vista de todos, la sonrisa titubeante desaparecía y, como por arte de magia, Jiminee se convertía en otra versión de sí mismo.
Hubert no quería interrumpirlo. Ver a su hermano menor trabajando le ayudaba a olvidar a Dunstan. La calma de Jiminee inundaba la habitación y la convertía en un lugar apacible. De pronto Hubert entendió por qué Jiminee cambiaba tanto cuando dibujaba, y era porque se sentía seguro. No tenía nada de que huir, como ocurría cuando lo acosaban en la escuela durante el recreo, ni tenía que quedarse quieto, pálido y fingiendo una sonrisa cuando lo acorralaban en una esquina; se sentía seguro… e intocable. Eso era. Hubert recordó que, cuando Jiminee recién empezó a ir a la escuela, se negaba a salir al patio en los descansos —hasta que la señorita Deke lo obligó a “relacionarse con sus compañeros”— y se quedaba en su pupitre, dibujando. Un día, Bill Chance —a quien apodaban “Gordo” a sus espaldas— le arrebató el lápiz e hizo una danza de guerra alrededor del pupitre, mientras sostenía en alto el lápiz de Jiminee. Pero nadie siguió su ejemplo, por lo que al poco rato el Gordo le devolvió el lápiz y se fue. Después de eso, nadie —salvo por la señorita Deke— volvió a interrumpir a Jiminee mientras dibujaba.
Hubert inhaló profundo y exhaló despacio y con delicadeza.
—Jiminee —dijo—, ¿has visto a la señora Stork?
Jiminee hizo una pausa, meneó la cabeza y volvió a lo suyo.
—¿Quién busca a la señora Stork? Ah, eres tú, cariño. —La señora Stork se asomó por el umbral de la habitación vacía—. Sólo estoy oreando un poco el cuarto. —Agitó un trapo azul que hacía las veces de sacudidor y luego se lo llevó a la frente brillosa para secársela—. Hace calorcito, ¿no? ¿Qué puedo hacer por ti?
La señora Stork tenía un porte regordete y alegre que su cara alargada, pero con una gran papada, desmentía. Siempre sudaba —olía a queso— y se limpiaba con cualquier cosa que tuviera a la mano; alguna vez, Hubert la había visto limpiarse el sudor con las cortinas de encaje del salón principal. Más tarde volvió a la escena del crimen y encontró la cortina cubierta de manchitas negras.
—Elsa quiere hablar con usted.
—¿Ah, sí? Bueno, da gusto saber que hay alguien por aquí que no se encierra en su cuarto para no darle ni los buenos días a la vieja… —Se detuvo al ver la expresión de Hubert y agitó el trapo en dirección a él—. No me veas así, cariño, que no muerdo. Es culpa del calor. No me atrevería a molestar a nadie que estuviera enfermo. Si está enfermo.
—Le diré a Elsa que está aquí —dijo Hubert.
—De acuerdo. ¡Ay, mi alma! Berty… —dijo justo antes de que Hubert saliera de la habitación—, ¿puedes pedirle que me traiga una taza si ya hirvió la tetera? Me vendría bien sentarme un momento. —Miró a su alrededor y se percató de la presencia de Jiminee—. Ah, ahí está el calladito. ¿Qué haces, Jimmy? —Se le acercó por detrás y se asomó a ver su dibujo—. Qué artístico. ¿Qué es?
Jiminee soltó el lápiz.
—La c-c-costa.
—Muy lindo. ¿Se supone que ese es un hombre?
—Está pescando.
La señora Stork exhaló con fuerza.
—Bueno, pero nunca he visto una costa en la que haya sólo un hombre pescando. Deberías poner más gente por ahí, Jimmy. Siempre hay mucha gente en la costa. Pensé que lo sabrías.
—Es una c-c-costa solitaria.
—¡Solitaria! Bueno, pues a mí no me gustaría ir ahí de vacaciones. Ni de visita. ¿Qué son esas manchas amarillas en el agua?
—¿N-n-no sabe que el sol se r-r-refleja en el agua en verano?
—Quiero creer que he visto el mar unas cuantas veces más que tú. Y nunca he visto que se vea amarillo. Un mar amarillo. Como hecho en China o algo así, ¿no? —A la señora Stork se le salió una risotada—. Una costa chinita. —Jiminee volvió a tomar el lápiz y lo sostuvo, pero no lo hizo con la intención de dibujar, sino que sólo guardó silencio. Las risotadas de la señora Stork se fueron convirtiendo en resoplidos—. Como sea, qué bonito dibujito, querido. —Suspiró—. A mi John le gustaba sentarse a dibujar, como tú. Dibujaba cualquier cosa: serpientes y pajaritos y… —la señora Stork hizo gestos vagos— y arbolitos. Yo siempre decía que hubiera sido un genio con un pincel. Si siguiera vivo. Un genio. Pero nos lo arrebataron…, a mi tigre y a mí. Era más pequeñito que tú. Cinco años tenía. Cinco. —Cambió de lugar para poder ver la expresión de Jiminee—. En medio de la vida nos encontramos con la muerte. —La señora Stork se limpió de nuevo la frente con el trapo. Por la presión del gesto, las arrugas se le enrojecieron un instante—. Cuéntale tus penas a la señora Stork, Jimmy —le dijo—. ¿Tu mamita está muy mal?
Jiminee alzó la mirada. Comenzó a temblar y, en las comisuras de los labios, se le empezó a dibujar una sonrisa.
—C-c-creo que ahí viene Elsa.
La señora Stork volteó en el instante mismo en que Elsa y Hubert entraban a la habitación.
—Ay, Elsa, cariño, ya se me hacía raro que no aparecieras. ¿Me subiste el té?
—Apenas puse la tetera. Estará listo en unos minutos.
La señora Stork apretó tanto los labios que parecían el cierre de un monedero.
—Ay, bueno, tenía mucho antojo de un buen té.
—No tardará mucho. Madre me pidió que le dijera que no necesitaremos que venga durante las próximas dos semanas.
—Supongo que tendré que esperar, entonces. Llevo toda la vida esperando. Esperando que me llamen, esperando a que llegue mi tigre, esperando junto a la cama de mi Johnny cuando estaba enfermo. Ya debería estar acostumbrada, ¿verdad, chiquitines?
Elsa titubeó y Hubert se pegó un poco más a ella.
—Entonces, como no necesitaremos que venga las próximas dos semanas, debo pedirle su llave, señora Stork.
La señora Stork exhaló largo y tendido.
—Ya me lo imaginaba. Soy su hazmerreír, supongo. Siempre he dicho que ustedes son unos chiquillos un poco extraños, pero no está bien que sean crueles con una mujer de mi edad…
—Pero no es crueldad, señora Stork. Simplemente no la necesitaremos durante unas semanas. Eso es todo.
—¿Eso es todo? ¡Vienes a decirme que me vaya y esperas que me calme! ¡Y…!
—Sólo es una quincena…
—¡Una quincena! ¿Crees que nací ayer? Ya sé qué es eso de “sólo una quincena, señora Stork”. ¿Crees que no me han corrido antes? ¡Sólo una quincena! ¿Y quién te crees para decirme qué hacer, eh? ¿Por qué no sale la señora Hook a decírmelo en la cara? ¿Por qué no me lo dice en persona?
—Porque Madre está enferma. Está muy enferma y tiene que irse. Eso le dijo el médico, que tenía que irse a la costa y que…, pues nos iremos todos con ella y no estaremos aquí, así que…
—¡El médico! ¿Cuál médico? —dijo la señora Stork con un chillido agudo—. ¿Desde cuándo tu mamá ha querido ver médicos?
—Desde el otro día —dijo Hubert—, que el doctor Meadows vino a verla.
—¡Qué payasada! ¡Pero qué ridículo! ¿Esperan que sea tan tonta como para creer que la señora Hook pediría que viniera un médico? ¡Los odia! ¡A todos! Lo sé perfectamente. Sin lugar a dudas. Y vienen a decírmelo con tanta desfachatez. ¿Quién creen que los trajo al mundo, eh? ¿Quién creen que la cuidó y anduvo de arriba abajo por toda la casa para reconfortar a esa pobre alma en pena que gritaba de dolor y tristeza? ¡Yo, la señora Stork! Estas manos los cargaron cuando no tenían ni unos segundos de vida, cuando lloraban y gritaban para pedir lo que ahora dan por sentado. ¿No fueron estas manos las que calentaron el agua para bañarlos y limpiarlos, las que los envolvieron en sus mantitas? ¿No fueron estos los dedos que chuparon cuando ni siquiera podían abrir los ojitos y a su pobre madre no le quedaba más leche en el cuerpo? ¿No fueron estos ojos los que la vieron gritar de agonía, avergonzada por sus pecados? ¡Por sus pecados! Sí, porque eso son ustedes, bastardos, ¡todos ustedes! ¿Alguna vez la culpé? ¿Acaso estos labios le recordaron su vergüenza? ¿La ofendí alguna vez? ¡No! ¡Nunca! Su Madre no es tan pura como creen. Es tan humana como cualquiera, y entre más pronto lo sepan, mejor. Y se atreven a venir tan orgullosos, tan encopetados, pero van a ver que…
Con tanta fuerza como pudo, Elsa abofeteó a la señora Stork.
La señora Stork se quedó boquiabierta. La marca en la mejilla se le fue llenando poco a poco de sangre, hasta volverse una impresión brillante de la mano de Elsa sobre la piel flácida. A toda prisa, la señora Stork miró una por una las caras tensas de los niños. Luego se miró los pies y, después de un rato, empezó a juguetear con el trapo azul. Abrió la boca para hablar, pero esta vez lo hizo en voz baja e inexpresiva.
—No estoy acostumbrada a que me peguen. No sé cómo se atreven a pegarme. Te cuidé cuando eras una bebita, y ahora me pegas. Mi tigre…, él nunca me ha pegado. Sería incapaz. Sólo una vez, una vez me pegó, hace mucho tiempo, cuando recién nos casamos. No teníamos ni tres meses de casados. Fue una mañana, en el desayuno; de pronto se levantó y me dio un sopapo, igual que tú, en la cara. Igual que tú. Y me dijo: “Eres una vieja bruja”, eso me dijo, “Eres una vieja bruja y no sé por qué me casé contigo si no sabes ni freír un huevo”. Después de eso nunca me pegó. Mi tigre. Ahora somos una pareja que se ama. Es un buen hombre y haría cualquier cosa por la gente. —Levantó la cara ligeramente—. Nadie quiere ayuda. A él le gustaba trabajar aquí en el jardín. Cuando venía aquí, me decía: “Éste es el mejor día de la semana para mí, vieja”. Le gustaba cavar en el jardín disparejo ese. Siempre le gusta hacer un buen trabajo a mi tigre. Estaba deseoso de poner los ladrillos esos, pero luego la señora Hook dijo que ya no quería que viniera. Y ahora ustedes pusieron ahí un cobertizo mal hecho. Se ve ridículo ahí, junto al lecho de lirios, pero no es de mi incumbencia. Eso lo sé. Nada aquí es ya de mi incumbencia. Vivía en el paraíso de los tontos. Pensé que aquí me querían. El paraíso de los tontos. Bueno, si ella cree que puede arreglárselas sin la señora Stork, pues buena suerte. Si cree que puede arreglárselas sin la señora Stork… —Suspiró.
—Pero, señora Stork —dijo Elsa—, es sólo una quince…
—No, no digas más, cariño. Lo hecho, hecho está. Sé cuando no me quieren. Lo veía venir. Que siempre esté sonriente no significa que no me duela que tu mamá lleve semanas encerrada en su cuarto. No espero ni siquiera que me diga adiós. No creo que quiera ver a nadie… salvo al médico.
—Lo del médico es cierto, señora Stork —dijo Hubert.
—Si tú lo dices, cielo. Si tú lo dices. En fin, ya me voy. Les dejo la llave en la mesa de la cocina. No… no les importa si me tomo un té antes de irme, ¿verdad? ¿No? Bueno, pues gracias, queridos. —La señora Stork suspiró y se llevó la mano con el trapo azul a los ojos—. Ya no voy a decir nada. Ya no voy a decir nada. —Fue deprisa hacia la puerta, pero hizo una pausa y volteó hacia atrás. Con detenimiento los miró uno por uno—. Aunque podría… —agregó con brusquedad—. Sí que podría.
Dicho eso, salió al pasillo y cerró la puerta tras de sí.
Hubert sentía que le temblaban las rodillas. Deseaba no haber tenido que decírselo ahí, en su taller. Y tener que oírla decir todas esas cosas sobre Madre…
—Es una señora horrible, ¿verdad? —intervino Jiminee de pronto.
Hubert asintió, con expresión seria. Eso era. Una señora horrible. La peor del mundo.
—¡Silencio! —dijo Elsa—. Podría estar escuchándonos.
Hubert fue de inmediato a la puerta y la abrió de golpe. Luego se asomó hacia el recibidor frente al cuarto de Madre. La señora Stork estaba ahí, intentando girar la perilla despacio en ambas direcciones. Al verla así, inclinada sobre el picaporte, Hubert pensó que parecía una rata gigante. Luego alzó la mirada y volteó a verlo. En ese instante apretó los labios, pero con una sonrisa. Carraspeó al ver que Elsa le hacía compañía a Hubert.
—Sólo estaba… Quería despedirme de su mamá. —Se enderezó y se alisó la falda con las manos—. Es todo —dijo, y volvió a sonreír—. Sólo quería despedirme. Pero sospecho que está dormida, ¿verdad? Bueno, ni modo, no voy a molestarla. Ya me iré.
Los tres chicos salieron al recibidor y apenas dejaron espacio suficiente para que la señora Stork llegara a las escaleras. Sin dejar de sonreír, se escabulló entre ellos.
Se asomaron por el barandal para verla bajar. A pesar de ser robusta, era bastante ágil. Casi al llegar abajo, se detuvo y alzó la mirada hacia donde estaban los niños observándola. Su rostro era completamente inexpresivo.
Después de eso, desapareció. Escucharon sus pisadas en el vestíbulo y el sonido de la puerta, que retumbó hasta el sótano. Y luego sólo hubo silencio.
—Bueno —intervino Jiminee, finalmente—, pues q-q-que le vaya bien a la v-v-vieja b-b-bruja —dijo, sonriente.
—Que le vaya bien a la vieja bruja —murmuró Hubert y también sonrió.
Después de titubear un instante, Elsa también sonrió. Y permanecieron así por un tiempo, sonriendo y pensando en la vieja Storktola que por fin había emprendido el vuelo.
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