Kitabı oku: «Petróleo de sangre», sayfa 3

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Por razones similares, aquí encontrarás relativamente poca información sobre el medio ambiente, que es una cuestión bastante bien conocida. La minería y la explotación forestal suelen ser molestos procesos industriales que destruyen el orden natural previo. Aunque se gestionen con cuidado (que no suele ser el caso), a menudo contaminan o envenenan el aire y el agua, destruyendo ecosistemas frágiles y perturbando la vida y las costumbres de las comunidades aledañas. Los vertidos de petróleo, las llamaradas de gas, las minas a cielo abierto y la deforestación de bosques son sólo algunos de los daños que causan las industrias extractoras. (En la página web encontrarás más información sobre el medio ambiente).

El cambio climático es otro grave problema que se abordará en los capítulos sobre política, hacia el final del libro. Es indudable que los desafíos climáticos más difíciles y peligrosos para la Humanidad están relacionados con la explotación de los recursos naturales y sobre todo con los sistemas energéticos y alimentarios. La postura de este libro sobre el cambio climático es el del informe conjunto de la principal organización de científicos del clima:

La influencia humana en el clima es una cuestión evidente […] Las emisiones ininterrumpidas de gases de efecto invernadero aumentarán el calentamiento del planeta y producirán aún más cambios climáticos, incrementando la probabilidad de causar graves daños irreversibles para las personas y los ecosistemas […] La adaptación y la mitigación son estrategias complementarias para reducir y controlar los riesgos que implica el cambio climático. Una reducción significativa de las emisiones contaminantes durante las próximas décadas reducirá los riesgos climáticos en este siglo y los venideros […] La mitigación puede ser más rentable si se aplica un enfoque integral que combine diversas medidas para reducir el consumo de energía y la emisión de gases de efecto invernadero, para descarbonizar el suministro de energía, para reducir las emisiones totales y para promover los sumideros de carbono en los sectores de actividad en tierra firme.

Un análisis aceptable del cambio climático requeriría otro libro. Las recomendaciones políticas de este serán compatibles con cualquier proyecto responsable. Así pues, de nuevo te invito a que aportes tus opiniones sobre lo que leas aquí acerca del clima. Cuando abordemos esa cuestión en el capítulo 16, lo bueno será que las medidas para combatir la maldición de los recursos naturales también afectarán positivamente al cambio climático. Una forma de empezar a descarbonizar el suministro de energía es dejar de comprar petróleo de sangre.

En vez de repetir las teorías sobre la historia y el medio ambiente, este capítulo resume algunos de los aspectos económicos y tecnológicos menos conocidos con relación al comercio de recursos naturales hoy en día. Desde estos puntos de vista, los tan familiares problemas de la guerra y la destrucción se desvanecen, y las teorías se centran más en los resultados positivos. Si examinamos cuán inteligentemente se abastece la Humanidad de combustible y materias primas, quizá nos llevemos una sorpresa. Incluso aquellos que son incapaces de admirar nada que tenga que ver con el petróleo, quizá comprendan hasta qué punto dependemos de él. Si conocemos el funcionamiento económico y tecnológico de los sistemas de abastecimiento globales, comprenderemos mejor por qué ha sido tan endiabladamente difícil resolver los problemas políticos y ambientales que atañen a los recursos naturales.

Las catedrales de la modernidad

Los viajeros que regresan de un viaje a Egipto, Italia o la India a lo mejor examinan su propio país de origen con mirada crítica. ¿Dónde están, al fin y al cabo, nuestras grandes maravillas? Y ¿qué hemos construido que se asemeje siquiera al maravilloso Taj Mahal? Hoy somos mucho más ricos que los italianos del Renacimiento, y nuestros arquitectos pueden diseñar lo que se les ocurra con ayuda de un ordenador. Entonces, ¿qué hemos hecho en realidad con toda nuestra riqueza y tecnología? ¿Hemos creado algo que le llegue a la suela del zapato a la basílica de San Pedro?

Esos viajeros buscan en lugares equivocados. A diferencia de las civilizaciones antiguas, la nuestra no pierde el tiempo en glorificar a dioses o gobernantes. Nuestros mejores diseñadores y nuestras mayores empresas se dedican principalmente a satisfacer las necesidades cotidianas de personas normales y corrientes. Por eso nuestras maravillas arquitectónicas son auténticas monstruosidades, feas y ocultas a la vista del público en general. En contraste con la grandiosidad de papas y faraones, casi todas las invenciones de la ingeniería van destinadas a cubrir la necesidad común de toda producción y consumo, la energía. Los viajeros que quieran ver las catedrales de la modernidad deberían volar en helicóptero a una plataforma petrolífera.

El rascacielos más alto del mundo es el Burch Jalifa de Dubái, pero una plataforma petrolífera del Golfo de México es dos tercios más alta. El One World Trade Center de Nueva York ha sido considerado «el edificio más caro del mundo» (costó unos cuatro mil millones de dólares). El proyecto de gas natural Gorgon, en Australia, que comunica varios pozos submarinos con unas instalaciones situadas en tierra firme, tuvo un coste aproximado de cincuenta y cuatro mil millones de dólares. La plataforma rusa Berkut fue construida para resistir un tsunami de dieciocho metros de altura —y un terremoto de 9,0 grados— sin tener que interrumpir sus operaciones. La perforadora Sevan, fondeada frente a las costas de Brasil, puede extender su maquinaria por el mar hasta una distancia de 3 700 metros y aun así perforar un pozo situado a 12 000 metros por debajo del suelo marino, esto es, a una profundidad mayor que la altura a la que vuelan casi todos los aviones comerciales. Hay dos construcciones humanas que pueden verse a simple vista desde la superficie de la luna: la Gran Muralla China y la plataforma Troll, situada frente a las costas de Noruega, que en pocos años suministró ella sola el 12% del gas natural que se consumía en Europa.

La industria petrolera se fundamenta sobre todo en la geología y en la ingeniería, es decir, en encontrar esquivas bolsas de moléculas en la corteza terrestre, extrayéndolas, transportándolas y refinándolas hasta convertirlas en productos útiles. Llevar a cabo esa labor requiere una tecnología muy avanzada; la industria petrolera ha sido, durante décadas, una pionera de la innovación tecnológica. Imaginemos el trabajo que costaría perforar una superficie del tamaño de un armario a un kilómetro de profundidad y once kilómetros de distancia; pues eso se ha conseguido frente a las costas de Rusia. Técnicas de imagen subterráneas como la migración de tiempo inverso y la inversión trapezoidal plena requieren muchísima inteligencia artificial, y la exploración sísmica cuatridimensional capta gigantescos depósitos de datos. Ya existen lo que los incondicionales de Star Trek identificarían como holocubiertas: habitáculos de inmersión por donde los geólogos recorren depósitos de petróleo simulados.

La innovación crea auténticos océanos de petróleo que fluyen por oleoductos más largos que el Misisipi y son transportados en barcos cinco veces más pesados que el más grande de los portaviones. Los seres humanos consumimos 1 000 barriles de petróleo —es decir, 160 000 litros de crudo— cada segundo. Imaginemos cuatro piscinas olímpicas llenas de un líquido oscuro que desaparece por aspersión con cada minuto que pasa. Este líquido contribuye a que los seres humanos sobrevivan en números sin precedentes y en los lugares más remotos del mundo. Los genios de la Antigüedad desconocerían por completo las proezas de la ingeniería moderna, que hoy pasan casi desapercibidas para nosotros. Los romanos estaban muy orgullosos de sus acueductos; la mayoría de nosotros desconoce siquiera la existencia de los oleoductos en que se cimienta la civilización moderna.

La razón de que el petróleo sea tan importante para nosotros —dejando aparte cuestiones históricas y políticas— es porque resulta muy fácil de transportar. Los combustibles líquidos son relativamente ligeros y estables, y están muy condensados: un galón (3,8 litros) de petróleo tiene aproximadamente la misma energía que cuatro kilos y medio de carbón, ocho kilos de madera y (en comparación con las civilizaciones antiguas) cincuenta días de trabajo esclavista. Si intentásemos pilotar un 737 usando las mejores baterías del mundo en vez de queroseno, necesitaríamos unas baterías veintidós veces más pesadas que el propio avión.

Lo que debemos recordar aquí es que hoy en día el 90% del transporte mundial depende del petróleo, lo que equivale a todos los coches, camiones, barcos y aeronaves del mundo. La flota mundial de vehículos está propulsada por petróleo —dejando de nuevo aparte cuestiones históricas y políticas— porque este ha sido durante años la mejor solución técnica para el transporte de bienes y personas. Hoy en día, lo más probable es que cualquier artefacto que se desplace por tierra, mar o aire utilice el petróleo como combustible. Sería perfectamente posible que todas las personas y todas las cosas hechas por el hombre que vemos aquí y ahora hubieran sido desplazadas hasta donde se encuentran por diminutas chispas de petróleo.

El rugido de los fósiles

Hoy en día oirás fósiles, quizá los estés oyendo ahora mismo, en el rumor de las explosiones de gotas residuales de combustible fósil que propulsan coches, camionetas o aviones. O quizá estés oyendo un motor eléctrico, un altavoz estéreo o el zumbido de unas bombillas: la energía que produce ese ruido quizá sigue proviniendo de la ruptura de enlaces químicos que se formaron hace millones de años dentro del carbón o del gas natural. El petróleo es la principal fuente de energía para el transporte, y el carbón y el gas natural son las principales fuentes de energía para la electricidad. Estos tres combustibles fósiles producen aproximadamente el 85% de la energía necesaria para la Humanidad, que debe quemar fósiles para obtenerla.

Toda la energía de la Tierra proviene, en última instancia, del sol. Él solo irradió la energía necesaria para desarrollar los organismos cuyos fósiles estamos quemando. En cierto modo, los combustibles fósiles son luz solar solidificada (o baterías solares de una eficacia extrema). La energía que te catapulta hacia tus vacaciones, o que transporta tu voz entre continentes, es energía procedente de una partícula de luz solar, enterrada durante eones bajo la corteza terrestre. El carbón, el petróleo y el gas natural son formas sólidas, líquidas y gaseosas de carbono e hidrógeno (y por tanto «hidrocarburos»). Se diferencian en la cantidad de átomos de carbono que contienen sus moléculas (el carbón contiene más que el petróleo y este más que el gas). Ese carbono se encontraba dentro de ciertos organismos, en su mayoría plancton (no dinosaurios), que flotaban en el mar. La energía que contenían esos organismos se conservó cuando se hundieron y quedaron enterrados y compactados durante la sedimentación. Jean-Paul Sartre dijo que el carbón fósil es «una fuente de energía acumulada que procede de vegetales desaparecidos; podría describirse como un capital legado a la Humanidad por otros seres vivos». Se necesitan unos cien mil kilos de plantas para fabricar cuatro litros de gasolina.

Las transiciones energéticas modifican la condición humana. Como dijo Marx: «El molino de viento da a la sociedad un señor feudal; el molino de vapor le da un capitalista industrial». La transición de la biomasa (madera y estiércol) a combustibles fósiles durante la revolución industrial fue la transición energética más trascendental desde la domesticación del fuego. Cuando se empezó a usar el carbón como fuente de energía, el gráfico de la población mundial, que había crecido muy despacio durante siglos, se disparó hacia arriba casi de inmediato. Como dijo Ralph Waldo Emerson: «El carbón es un clima portátil. Traslada el calor de los trópicos a la península del Labrador y al círculo polar ártico; y es el medio para transportarse a cualquier parte […] Catorce gramos de carbón son capaces de arrastrar dos toneladas de peso a lo largo de un kilómetro y medio, y el carbón transporta carbón, en tren o en barco, para que en Canadá se pueda estar a la misma temperatura que en Calcuta, y con el mismo calor que proporciona hace posible la energía industrial». La transición intrafósil —de carbón a petróleo como principal fuente de energía (hacia 1970)— no fue tan trascendental. Sin embargo, supuso la transición de los trenes y barcos de vapor a los coches y aviones. Últimamente, el mix de energía está pasando poco a poco del petróleo al gas natural, con las renovables aún minoritarias pero haciéndose disponibles cada vez más.

No es por casualidad que el Génesis identifique la luz con la creación, ni que el Evangelio de san Juan la relacione con la vida. Los tipos de energía de que dispone una civilización conforman sus aspectos fundamentales, como por ejemplo la demografía y los modelos de producción. Los combustibles determinan qué deseos pueden satisfacer los seres humanos, y por tanto también qué otros deseos podrán permitirse. Si observamos el consumo actual de energía per cápita, es como si cada ser humano tuviera veintitrés criados trabajando para si las veinticuatro horas del día.

La vida que conocemos en la actualidad no existiría de no ser por la transición a los combustibles fósiles. Aun así, no hay razón para fetichizar o desprestigiar ninguna fuente de energía. El carbón ha hecho mucho por nosotros, pero quizá haya llegado el momento de prescindir de él. Si mañana se inventase la fusión fría segura y transportable (la pesadilla de los jeques), podríamos dejar atrás las energías renovables y olvidarnos de los fósiles en el transcurso de una sola generación. Las fuentes de energía son medios para satisfacer y ampliar los deseos humanos, por lo que podríamos aprovecharlas, junto con los costes y beneficios, a nuestro favor.

La vida sobre una roca de hierro

Ver el mundo como un objeto geológico es como ver una roca de hierro candente. Los geólogos están explorando la superficie inferior de esa roca, donde se ocultan minerales idiosincrásicos. Al igual que las compañías petroleras, las empresas mineras se han introducido en el negocio molecular; a menudo, una corporación de grandes dimensiones se especializa en un solo elemento de la tabla periódica. Al igual que sucede con la energía, la historia de los minerales crea una demanda que estimula una oferta cada vez más compleja. Los metales y las gemas se extraen con palas gigantes y se criban a mano, emprendiendo el camino hacia las cadenas de suministro para construir ciudades y llenarlas de objetos. Al igual que el tintineo de las máquinas tragaperras, la exploración, excavación y procesamiento de los minerales resuena sin cesar en todo el planeta mientras nosotros pensamos en otras cosas.

Ese aspecto de nuestro mundo tiene una faceta física real: tuneladoras, excavadoras gigantes, hornos de fundición. Raramente pensamos en esas máquinas porque parecen el atrezo de los escenarios en que representamos nuestra propia vida. Pero pensemos en la infraestructura física de nuestro propio cuerpo, incluido el cerebro, que sostiene la conciencia. Y pensemos en cuánto tiempo dedicamos a absorber y expulsar sustancias, moviendo el cuerpo de un lugar a otro, manteniéndolo en forma y luchando con las enfermedades. La Humanidad dedica una cantidad proporcional de su vida colectiva a descubrir y organizar las sustancias básicas de su compleja existencia. «Si no hubiera metales», escribió el alemán Agricola en 1556, «los hombres vivirían una existencia desdichada y espantosa, rodeados de bestias salvajes».

Como es lógico, la búsqueda de metales y piedras preciosas ha encendido la pasión de los exploradores durante muchos siglos. Muchos países han sido bautizados con nombres de metales, como Argentina (plata) o Ghana (costa del oro). Sin embargo, es necesario tener en cuenta que la mayoría de los recursos extraíbles no son renovables. Cada tonelada de metal y cada quilate de piedras preciosas que se extrae de un país merma su riqueza natural. De manera que no es apropiado pensar en un país como «un exportador de platino» o «un productor de diamantes» del mismo modo que pensamos en los países en términos de sus características renovables (como «industrializados» o «democráticos»). Los países donde abundan los recursos naturales nacen con un fondo fiduciario; según Joseph Stiglitz: «Si no transforman su riqueza natural en inversiones productivas, entonces se empobrecen». Chipre, de donde proviene el nombre del cobre, ahora apenas produce este conductor de electricidad.

El hierro, como mencionamos en la Introducción, es nuestro metal estrella: el 95% de la producción mundial de metal lo ocupa el acero. En el otro extremo se encuentran los diamantes, que, aun no pesando prácticamente nada, son casi el componente más valioso de la naturaleza. Cualquiera, sin más bienes que una bolsita de diamantes en bandolera, podría entrar en cualquier país del mundo y pasar a ser de inmediato uno de los cien habitantes más ricos. Muchos metales y gemas de los que componen el espectro geofísico son fuentes altamente concentradas de valor económico. Por eso se los busca con tanta avidez y —como veremos más adelante— por eso generan tantos problemas.

Petromundo

Este libro trata principalmente sobre el petróleo porque este es el producto comercial más valioso del mundo: movió más de dos billones de dólares en 2013. El petróleo también contiene productos químicos que tiñen el mundo material. Es como si un descomunal géiser de petróleo hubiera entrado en erupción en el centro de cada continente y lo hubiera salpicado todo: carreteras, edificios, personas… Conduces gracias a él y lo luces en la cinturilla. Puedes untártelo en la cara, y hasta sirve para mejorar tu vida sexual. El petróleo está en todas partes.

En esencia, el plástico es petróleo. Y, si un material es sintético, probablemente esté hecho de petróleo. La cosa no acaba ahí. He aquí una breve lista de productos corrientes que tienen su origen en el petróleo: asfalto, aspirina, globos, batidoras, velas, parachoques, alfombras, lentes de contacto, lápices, tarjetas de crédito, dentaduras postizas, desodorantes, pañales, relojes digitales, vajillas, tintes, monturas de gafas, tapicerías, bolsas de basura, pegamento, pelotas de golf, secadores, asientos para bebés, barras de labios, lubricantes, maletas, pintura, toldos, almohadas, champú, crema de afeitar, zapatillas, jeringas, tiendas de campaña, neumáticos, pasta de dientes, juguetes, paraguas, vinilo, vitaminas y papel pintado. La función del petróleo en la producción de alimentos también es relevante. La agricultura moderna depende del petróleo no sólo para que funcione la maquinaria agrícola, sino también porque entra en la composición de los abonos y fertilizantes. La «revolución verde» del siglo xx —que sirvió para duplicar el rendimiento agrario y la población humana en el transcurso de una sola generación— se cimentó en el nitrógeno extraído del petróleo. En palabras del filósofo John Gray, «la agricultura intensiva es la extracción de alimentos a partir del petróleo»: otro ejemplo de cómo el petróleo mantiene el tamaño de la especie hoy en día.

Imaginemos una vida en el petromundo actual. Cuando nace una bebé, el médico la sujeta con petroguantes y las enfermeras la limpian con petropaños. Sus padres la miran a través de petrolentes; la llevan a casa en un coche de gasolina recorriendo calles asfaltadas hasta llegar al edificio petroamueblado donde crecerá comiendo alimentos que contienen productos derivados del petróleo. Todos sus juguetes contienen petróleo, al igual que la tinta de sus libros. Cuando consigue un trabajo, se compra un petrovestido, y pasa más tiempo viendo petróleo en el plástico de las pantallas, que mirando rostros humanos. Pasa más tiempo al día tocando petróleo en el teclado, que acariciando a su marido y a sus hijos. Empieza a envejecer; toma petropastillas; le cambian las caderas por petrocaderas y las válvulas del corazón por petroválvulas. Al final muere sobre petromantas. Le quitan los tubos y catéteres de petróleo, y la cubren con una petrosábana. Podría ser la vida de cualquiera, incluso la nuestra.

Apártate de mí, Petro

Abordemos ahora algunas cuestiones más emocionales, como el precio del petróleo y Arabia Saudí. Será una investigación de altura: si llegaras a ser presidente de Estados Unidos este sería el tipo de informe sobre el petróleo que te presentarían tus asesores durante la primera semana en el cargo. En este apartado, analizaremos el Oriente Medio y el petróleo que circula por el mundo; en el siguiente, pasaremos al negocio del petróleo y de las compañías petroleras. Los países que tienen más petróleo no son los que más lo utilizan. La «arteria de las reservas petroleras» comienza en Siberia, se ensancha en Oriente Medio, serpentea por África y luego traza un arco desde Brasil hasta Canadá. Estados Unidos importa en la actualidad una tercera parte del petróleo que consume. Canadá es con diferencia el mayor exportador de petróleo a Estados Unidos, seguido por Arabia Saudí y luego por México y Venezuela. El esquisto estadounidense ha intensificado considerablemente la producción de petróleo (y aún más la de gas natural) desde 2009, lo que significa que las importaciones de ambos materiales han descendido con rapidez durante los últimos años. En 2014, muchas personas predecían la pronta independencia energética de EE UU.

Estados Unidos nunca ha dependido demasiado de Oriente Medio en cuanto al petróleo; su dependencia es ahora inferior al 10% y nunca ha sido superior al 15% del consumo total. Entonces, ¿por qué ha gastado semejantes cantidades de dinero en mantener un ejército en esa parte del mundo, llegando incluso a entrar en combate?

Más adelante retomaremos esta compleja cuestión. Pero, en lo que al petróleo se refiere, ha habido dos causas fundamentales. En primer lugar, los principales aliados y socios comerciales de EE UU (Europa y Japón) dependían en mayor medida de ese petróleo, y Estados Unidos consideraba favorable para sus propios intereses la vitalidad económica de esos países.

En segundo lugar, el petróleo es un producto comercial que tiene básicamente el mismo precio en todo el mundo. El precio general del petróleo (y por ende el precio en Estados Unidos) está condicionado en gran medida por lo que suceda en Oriente Medio. Imagina que los países productores de petróleo son tuberías de distintos tamaños que, suspendidas sobre una bañera, la van llenando. Imagina que los países consumidores de petróleo son sumideros de distintos tamaños que van vaciando la bañera. El precio general varía en función del nivel de petróleo que hay en el recipiente. En lo tocante al precio, resulta indiferente qué países se dedican a llenar la bañera o a vaciarla: lo único que importa es cuánto crudo hay en el recipiente. Cuanto más petróleo haya en la bañera, tanto menor será el precio para todos y viceversa.

Puesto que Oriente Medio cuenta con las mayores «tuberías», mantener un flujo constante de petróleo es la mejor manera de que los precios no suban. Y el régimen saudí, puesto que puede abrir o cerrar la válvula de su gigantesca tubería, también es el que más influye en el precio general del crudo. De modo que Oriente Medio, y los saudíes en particular, pueden regular a la baja el precio del petróleo y, (como ya se ha visto), «si el crudo es barato, todo resulta más barato», lo que fomenta el crecimiento económico. Estados Unidos piensa que la intervención militar y diplomática en Oriente Medio favorece sus intereses nacionales, si bien esta es una suposición que pondremos a prueba en los capítulos siguientes.

Las previsiones son difíciles, como bromeaba Niels Bohr, sobre todo cuando se trata del futuro (y nunca tanto como cuando se trata del futuro del petróleo). Cuando este libro comenzó a escribirse, de lo que se hablaba era del «cenit petrolero» global, de que el mundo se quedaría pronto sin él. Entonces las curvas de la oferta subieron, las de la demanda se estabilizaron, y hoy ya pocos hablan del cenit petrolero. Todos los pronósticos sobre la energía deberían tomarse con pinzas. Hoy en día, lo más sensato que se puede decir es que el mundo no que quedará sin petróleo, sino que ha ido más allá del petróleo barato.

Los gigantescos yacimientos petrolíferos de Texas, por donde salía el crudo a chorros en la década de 1930, producían cien veces más energía que la que se necesitaba para extraer esa energía, y los actuales megayacimientos de Oriente Medio son incluso más generosos. Pero el mundo requiere ahora mucho más petróleo que el que proporcionan esos depósitos tan «pródigos». Instalar costosas plataformas petrolíferas en el mar, o remover las viscosas arenas de Canadá y Venezuela, reduce la proporción de energía; de estas nuevas fuentes se obtiene sólo un rendimiento de diez a uno, o incluso de sólo cuatro a uno, con relación a la inversión energética. Estos principios económicos básicos son los que nos están alejando paulatinamente del petróleo, y otras estrategias futuras (como las que atañen al cambio climático) podrían acelerar ese alejamiento. La Edad de Piedra no se acabó por falta de piedras, como dijo cierto analista, sino porque se crearon nuevas tecnologías que eran mejores en todos los sentidos.

Países y empresas

La mayor parte de lo que se suele pensar acerca de las grandes compañías mineras y petroleras occidentales es cierto. Algunas corporaciones como Exxon, Shell y BHP Billiton son gigantescas empresas globales. Se trata de despiadadas compañías capitalistas dondequiera que operen, pero también tienen poder bastante para exigir grandes reducciones fiscales y solicitar subsidios tanto en su país de origen como en el extranjero. Tienen muchas conexiones en las altas esferas gubernamentales de todo el mundo. En general, estas compañías han mostrado una actitud obstruccionista en cuanto a las cuestiones relativas al cambio climático. Sus inversiones en energías alternativas y en «responsabilidad social colectiva», aunque considerables, no son sino cortinas de humo para proteger sus verdaderos intereses comerciales.

Sin embargo, algunas personas tienen ciertas dudas que convendría aclarar. La primera sorpresa es que, si uno oye hablar de una empresa minera o petrolera, ello se debe probablemente a que esa compañía ha mostrado un comportamiento mejor que el de otras. No se trata de que las corporaciones occidentales sean altruistas, sino simplemente de que deben conservar el prestigio que las precede. En el oscuro mundo del petróleo, hay muchas compañías de las que casi nadie ha oído hablar —petroleras nacionales asiáticas, grandes comerciantes, pequeñas sociedades de investigación— y que son mucho peores que los colosos occidentales en lo tocante a seguridad medioambiental, normas laborales y turbias negociaciones con corruptos funcionarios extranjeros. Para las empresas extractoras, conocerlos es en realidad quererlos (al menos relativamente).

La segunda sorpresa es que las compañías petroleras no tocan en realidad todas las teclas en Washington, Londres o París. Estas empresas están bien conectadas y ejercen mucha influencia, pero sólo representan un sector comercial que hace lobby entre muchos otros, y a menudo sus intereses son menos importantes que las maniobras geoestratégicas. (Pensemos, por ejemplo, en las sanciones que lleva imponiendo el Gobierno estadounidense durante años a Irán, Irak, Libia y Sudán: esas sanciones impidieron a las petroleras norteamericanas hacer negocios con esos grandes productores de crudo). Aún es más, como veremos en el capítulo 17, las industrias mineras y petroleras llegan a perder batallas políticas, a veces incluso contra pequeñas pero bien organizadas ONG. Si pensamos en «grupos que influyen en la política» como si se tratase de agujas hundiéndose en una piscina, entonces las industrias extractoras son una aguja grande, pero el caso es que hay muchas más agujas.

Lo que todo el mundo debería saber acerca del comercio mundial de recursos naturales es que hoy en día los países son más importantes que las empresas. Los países poseen sus recursos naturales, y sólo contratan a compañías extranjeras, si es que las contratan, para extraer los recursos del subsuelo. Podríamos comparar a grandes empresas, como Chevron, con famosas estrellas de fútbol. Un futbolista puede pedir cuanto quiera cuando negocia con un equipo para que lo fichen, pero los que tienen el dinero y toman las decisiones son los dueños del club.

Los mayores productores de petróleo, como Arabia Saudí, usan sus propias empresas nacionales para extraer el crudo: sólo contratan a las grandes firmas internacionales para trabajos esporádicos. Estos países y sus compañías nacionales son jugadores mucho más importantes que cualquier empresa privada. (Arabia Saudí, por ejemplo, controla casi el 20% de las reservas mundiales de petróleo. Exxon, la petrolera más grande de Estados Unidos, controla sólo el 1%). Otros países que producen menos petróleo sí necesitan contratar a compañías extranjeras para extraer el crudo, pero, en la actualidad, tienen mucho donde elegir: no sólo las grandes corporaciones occidentales, sino también, por ejemplo, las acaudaladas empresas chinas u otras compañías como Halliburton. Lo que las grandes corporaciones occidentales tienen que ofrecer es una tecnología puntera y décadas de experiencia en la ejecución de proyectos complejos en lugares de difícil acceso. De modo que esas compañías siguen siendo la mejor opción para los retos más difíciles desde el punto de vista político y geológico. No obstante, los «grandes» tienen muchos competidores que les pisan los talones.

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