Kitabı oku: «Petróleo de sangre», sayfa 4

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Un país petrolero tiene petróleo, y necesita extraerlo del subsuelo. Si contrata a una compañía extranjera, lo más habitual es que le pague en especie, permitiendo que la compañía retenga parte del crudo extraído. Al mismo tiempo, la empresa pagará también dinero al Estado (en forma de bonos, regalías, impuestos, etcétera). Estos acuerdos contractuales suelen alcanzar sumas muy elevadas, por lo que habitualmente se mantienen en secreto, lo que ha propiciado tanto grandes corruptelas cuanto, como veremos, prometedoras campañas en favor de la transparencia.

El petróleo, una vez extraído, sale del país de origen y entra en el mercado global, desde donde, en principio, puede ir a parar a cualquier parte. Alguien lo refinará y se lo venderá a un intermediario, que a su vez se lo venderá a los consumidores. El gas natural que compras en una gasolinera Chevron puede haber sido extraído y refinado por esa misma compañía, pero también es posible que lo extrajera Kuwait, lo transportara Vitol y lo refinara Marathon para luego vendérselo a Chevron. Las personas que se manifestaron ante las gasolineras BP tras el vertido en el Golfo de México (2010) sólo estaban atacando directamente a una pequeña parte del negocio de esa compañía: la correspondiente a la venta al público. Lo que sí que estaban consiguiendo los manifestantes de manera efectiva era dañar más el nombre de la marca.

Salidos del fango

La pericia técnica de las industrias extractoras es asombrosa, y sus productos impregnan por completo nuestras vidas. La escala y el alcance del sistema global de recursos naturales merecen respeto porque sus métodos requieren mucha inteligencia. Observándolo de cerca, a corto plazo, parece tratarse de un sistema cerrado. La política de los recursos naturales es rígida porque los beneficios que produce, con sólo fijarse un poco, resultan demasiado evidentes. Hay que distanciarse para darse cuenta de la necesidad de introducir cambios en el sistema a largo plazo. Lo bueno es que esos cambios se reducen en definitiva a una cuestión de costes y beneficios. Si vemos la utilidad del cambio, entonces nos daremos cuenta de que los costes de la transición habrán valido la pena.

Algún día, nuestros descendientes analizarán nuestro primitivo estado actual, cuando los seres humanos se desplazaban por el planeta quemando fango. Pero, en este momento, si ese fango se volviese de repente incombustible, casi toda la especie moriría antes de un año. La mayor parte de la energía que utilizamos en la actualidad procede de la combustión de masas de plancton muerto hace millones de años: cuando le damos a un interruptor o arrancamos el coche, probablemente estemos encendiendo o avivando un fuego fósil. Eso cambiará, más tarde o más temprano, en función de las decisiones que tomemos ahora.

Sumario del libro

Este es un libro extenso. La primera parte del sumario presenta una sinopsis del libro e incluye spoilers; la segunda parte establece la filosofía subyacente. Aquellos a quienes no les gusten los destripamientos pueden saltarse la sinopsis. Aquellos que detesten las doctrinas pueden pasar al capítulo 1 (y prescindir también del epílogo). Aquellos a quienes les interese sobre todo la política tienen la opción de leer la sinopsis y luego los dos capítulos sobre esa materia, el 16 y el 17.

Sinopsis del libro

Pensemos en la nociva política exterior de Occidente durante los últimos cuarenta años. ¿Debería Occidente derrocar a autócratas como Asad, Gadafi o Sadam? ¿O sería mejor imponer sanciones, como las que se le impusieron a Irán, mientras el régimen iraní continúa desestabilizando su zona de influencia? ¿Es aconsejable apoyar a tiranos «simpáticos», como los saudíes, y hacer la vista gorda cuando se mofan de los derechos humanos y protegen a los extremistas? ¿Debería Estados Unidos enviar más ayuda a países como Nigeria, donde una elite corrupta somete a una población empobrecida y cada vez más violenta? ¿Debería Europa hacer frente a Rusia, poniendo en peligro su propia recuperación económica? Esos son algunos de los debates más polémicos de Occidente: no hay opciones válidas, lo que hay es mucho dinero y muchas vidas en juego.

En este libro nos preguntamos si es posible resolver algunos de esos problemas antes de que surjan, y si hay alguna posibilidad de forjar un mundo menos dividido. Desde el principio advertimos que todos esos dilemas tienen su origen en países con abundancia de recursos naturales. En esos lugares, el petróleo, los metales o las piedras preciosas financian el autoritarismo, las guerras civiles, la corrupción y el terrorismo. Todos esos países padecen lo que los sociólogos denominan la «maldición de los recursos naturales». Hay algo en el cableado político de esas naciones que sigue provocando cortocircuitos, explosiones e incendios que ponen en peligro los intereses de Occidente.

La maldición está enraizada en Asia, África y Oriente Próximo. Los regímenes ricos oprimen a sus pueblos, pues las elitistas redes de la corrupción son indestructibles. En los Estados frágiles, las milicias venden los recursos que saquean para financiar más violencia contra sus coterráneos y en ocasiones contra el Gobierno. Los autócratas dividen y gobiernan, sus partidarios roban y matan, y la inestabilidad fruto de esta terrible coacción se manifiesta en forma de agresiones internacionales, guerras civiles, crisis humanitarias y movimientos extremistas. La crisis de los refugiados sirios, Darfur, A Qaeda, los diamantes ensangrentados… todos esos problemas tienen la misma marca de nacimiento, que no es otra que la maldición de los recursos naturales. Y esa maldición puede extenderse: en la actualidad, por ejemplo, cincuenta y uno de los cincuenta y cuatro países que componen África producen petróleo o lo están buscando.

El entorno estratégico de Occidente se regeneraría con mejores gobiernos en los países «malditos», al igual que mejorarían las perspectivas de paz y derechos humanos en todo el mundo. La promesa de mejoras sistémicas encamina esta investigación acerca de la maldición de los recursos naturales hacia los substratos del poder internacional con el fin de averiguar cómo mantienen su preponderancia los actores coercitivos y corruptos en los países «malditos», pese a la pobreza y las divisiones que causan. Excavar esos substratos nos permite ver hasta qué punto las leyes, la historia, y los consumidores y gobiernos occidentales contribuyen a alimentar la maldición de los recursos naturales.

El momento euclidiano surge meditando sobre los consumidores éticos de Occidente. Los consumidores también se hacen preguntas difíciles sobre la maldición de los recursos naturales. ¿Diamantes de sangre? Un hombre que busca un bonito regalo para la mujer que ama, ¿por qué iba a pensar en las matanzas que tienen lugar en alguna remota zona de guerra? Al tener conocimiento de un complejísimo conflicto en el Congo, una directora de oficina se lo piensa un momento antes de encargar ordenadores nuevos. ¿No decía el periódico que las muertes en ese país se cuentan por millones?

Los consumidores sospechan que tal vez se están manchando las manos con productos contaminados que proceden de las cadenas de suministro globales. Este libro hace hincapié en cómo llegan los consumidores a establecer relaciones legales con quienes suministran esos productos contaminados. Las cadenas de suministro son también cadenas de venta: crean vínculos legales transitorios. Aquellos norteamericanos, por ejemplo, que hayan comprado móviles fabricados con minerales saqueados por caudillos congoleños son dueños, según las leyes estadounidenses, de todas y cada una de las moléculas de sus teléfonos. Investigamos cómo llegan los consumidores a vincularse legalmente con señores de la guerra desconocidos. Pues sin duda esos líderes no tenían ningún derecho legal a expoliar nada. ¿O sí? Haciéndonos a un lado, consideremos el caso de un conductor de Kansas que compra un depósito de combustible. ¿Cómo es que un sátrapa ecuatoguineano tiene derecho a vender el petróleo de su país, de manera que un conductor originario de Kansas pueda comprarlo legalmente?

Este libro localiza la sorprendente norma internacional que conecta a los actores coercitivos de los países «malditos» con los consumidores. Dicha norma legal es la «efectividad», que en este caso viene a significar algo así como «la ley del más fuerte». La norma internacional hodierna dice que el control coercitivo de una población (la «fuerza») entraña el control legal de sus recursos (la «ley»). La ley del más fuerte es tan válida para un dictador como para sus esbirros a la hora de apoderarse de una mina. En ambos casos, la alquimia de la efectividad transmuta el hierro de la coacción en el oro de la posesión legal. Quien se hace con el control envía los recursos naturales, a través de los canales de venta, a los consumidores, y el dinero de éstos retorna a los opresores para que puedan seguir ejerciendo el poder. La efectividad establece un vínculo comercial entre los consumidores y los delincuentes extranjeros.

Desde un punto de vista mercantil, la efectividad, aplicada a los recursos naturales foráneos, resulta sospechosa. Si unos ladrones entran en una tienda, nadie piensa que obtienen el derecho legal de revender la mercancía robada y quedarse con el dinero. Pero la efectividad es la norma general en cuanto a los recursos naturales se refiere, incentivando la coacción y la delincuencia en los países que los poseen. Para comprender cómo funciona la cosa, imaginemos por un momento que Nueva York aplica la «ley del más fuerte» a los productos de Nueva Jersey. Nueva York declara que quien robe mercancías en Nueva Jersey tendrá derecho legal a vendérselas a los neoyorquinos, y la policía y los tribunales de Nueva York defenderán los nuevos «derechos de propiedad». Es fácil hacerse una idea del aspecto que tendría Nueva Jersey: capos, sindicatos, guerras territoriales y grandes robos, esto es, fenómenos similares a la opresión, las guerras y la corrupción que estamos viendo a mayor escala en los países «malditos».

El comercio ilícito de recursos naturales se ve hoy en día como algo normal y corriente, como lo fue antaño el esclavismo: la efectividad es invisible para nosotros. Sin embargo, las consecuencias de todo ello demuestran que la situación de Occidente es aún peor de lo que pensábamos. Muchos consumidores están adquiriendo productos «contaminados» cuando compran gasolina o periódicos, pintura o esmalte de uñas, ordenadores o videoconsolas, gafas de sol o tartas de manzana. El dinero de su compra diaria retornará inevitablemente a los violentos para ayudarlos a financiar más opresión y más guerras. Descubrimos que es en realidad el Gobierno del propio consumidor el que lo pone en contacto legal con petrócratas y caudillos extranjeros, lo cual introduce injusticias en su propio sistema jurídico. La sinergia legal que se da entre consumidores y criminales origina en los países «malditos» crisis y conflictos que luego emponzoñan a Occidente. Al comerciar con la coacción, recogemos lo que sembramos.

Cuando vemos la efectividad desde una perspectiva histórica, la narración pasa de la oscuridad a la luz. La coacción ya ha sido apartada muchas veces de los fundamentos del Derecho. Es más, la abolición de los derechos coercitivos sirve a muchísima gente para describir la evolución del progreso humano en los tiempos modernos.

En el siglo xvii, la efectividad era la principal norma jurídica para todos los asuntos internacionales. Quien podía ejercer control coercitivo sobre un ser humano obtenía el derecho legal de venderlo (trata de esclavos). Quien conseguía dominar a un pueblo extranjero obtenía el derecho legal de gobernarlo (colonialismo). Quien lograba adueñarse de un territorio obtenía el derecho legal de dirigirlo (conquista territorial). El apartheid, el genocidio y lo que ahora llamamos violaciones de los derechos humanos eran también formas de poder coercitivo que el sistema internacional legalizaba. Los grandes movimientos morales de los siglos xix y xx abolieron la efectividad en todos esos ámbitos. La trata de esclavos, el colonialismo, la conquista, el apartheid, el genocidio y las violaciones de los derechos humanos están ahora proscritos por las leyes internacionales. Sin embargo, en lo que respecta a los recursos naturales, la efectividad sigue siendo la norma en todo el mundo.

Una vez identificada la norma que rige la maldición de los recursos naturales, surge una base mejor para el comercio de los mismos. De hecho, como legado del mayor conflicto del siglo xx, el principio necesario para actualizar y mejorar la economía global se encuentra ya ampliamente respaldado. Ese principio es la soberanía popular: la causa de Ghandi y de Mandela, así como de las revoluciones democráticas de posguerra. En lo que a los recursos se refiere, la soberanía popular dice que es el pueblo, no el poder, el que debería controlar el patrimonio natural de un país. Los líderes mundiales ya proclaman que «el pueblo es el propietario de los recursos», y el 98% de la población mundial ya vive en una nación que ha firmado algún gran tratado en el que se declara la soberanía popular. A fin de que el comercio de los recursos naturales pase de la coacción a la soberanía popular, los países sólo tienen que acomodar su política a sus principios. La penúltima parte del libro muestra cómo podrían lograr eso los países más poderosos: cambiando sus propias leyes.

Este libro describe una serie de nuevas políticas comerciales que todos los países podrían adoptar individual o colectivamente. Este sistema de «comercio limpio» es ambicioso, pero también viable y pacífico, pues se basa en un conjunto de reformas que ya han cobrado mucha fuerza. Sus estrategias tendrán el apoyo de todo el espectro político y se zafarán de megatendencias como el creciente poder de los individuos y de las redes. El Comercio Limpio también es un motivo para tomar decisiones drásticas con respecto al cambio climático, pues nos muestra, por ejemplo, por qué ya no se pueden explotar de manera legal las reservas de petróleo existentes. Las principales estrategias del Comercio Limpio consisten en deshacerse de los autoritaristas y buscar alternativas a los autócratas para que la seguridad energética de Occidente no dependa de regímenes violentos y poco fiables. Los Estados partidarios del Comercio Limpio pueden contribuir a poner fin a la tiranía del petróleo, dejando de comerciar con personajes sanguinarios. Así también será más fácil resolver otros problemas globales.

Anular la «efectividad» de los recursos naturales será la siguiente fase de la abolición de los derechos coercitivos. Pensar en esas revoluciones facilita la reflexión filosófica: en qué medida afecta el progreso moral a los individuos y las sociedades, y qué futuro queremos en definitiva para el mundo. Si ahondamos en una parte del orden global, nos damos cuenta de que este no sólo enfrenta a los extranjeros entre sí, sino que también los pone contra nosotros. Gran parte de las guerras y de la opresión, la corrupción y el extremismo de nuestros días son síntomas de esas divisiones. Si el problema es la división, entonces la unidad debe ser la solución. Recurriendo a las brillantes teorías de Kant y John Stuart Mill, el libro presenta al final la visión de una Humanidad libre y unida, que podemos contribuir a crear dentro de los límites de la naturaleza humana.

La teoría pura del petróleo de sangre

Esta sección esboza la teoría subyacente del libro. ¿Por qué teorizar? Nadar en el mar resulta muy agradable (para quien sepa nadar), en tanto que el submarinismo implica tirarse al agua llevando lastres, respirar por un tubo, usar luz artificial. No obstante, el submarinismo añade una tercera dimensión por la que podemos movernos libremente y ver auténticas maravillas.

Este libro cuenta dos historias: la del poder y el contrapoder, por una parte; la de las divisiones humanas y la transformación humana, por otra. La historia del poder comienza en países lejanos, donde podemos imaginar por un momento que el dinero (mucho dinero) está enterrado en el suelo. Esas fortunas subterráneas podrían ascender, como el agua, hasta donde vive la gente. Sin embargo, el dinero enterrado termina en manos de unas pocas personas, que lo usan para conquistar más territorios o incluso para someter a sus conciudadanos. Cuanto más dinero saquen del suelo esas pocas personas, tanto más fácilmente satisfarán sus deseos y dominarán a los demás. El dinero les permite actuar como quieran: pueden amedrentar, adoctrinar, comprar, perseguir, encarcelar y atacar a sus hermanos. Lo único que tienen que hacer esos pícaros es conservar el control de cuanto sale de esos agujeros excavados en la tierra.

En realidad no es dinero lo que hay enterrado en el suelo de algunos países extranjeros; lo que hay son recursos naturales. Pero, centrémonos en el dinero que termina en manos de esos pocos. Ese dinero les confiere un poder inconmensurable: un poder que no es vigilado por las leyes ni las costumbres ni la conciencia. Es una vieja historia conocida de todos —el poder corrompe—, y la parte I del libro registra la fuerza divisoria del poder sin límites en las diferentes formas de la maldición de los recursos naturales. Los «elegidos» dividen y gobiernan de diversas maneras; en ocasiones dividen y matan. La parte I («Ellos contra Ellos») muestra cuán profundas llegan a ser las divisiones en algunos países.

El poder sin límites en los países malditos es tan influyente que crea algo más que divisiones humanas; lo que crea son seres humanos divisivos. Los seres humanos que encontramos en la parte I son reconocibles por sus identidades divisivas: el déspota cruel, el funcionario corrupto, el verdugo con su hacha, el niño drogado que juega a polis y cacos con una pistola cargada. Esas identidades divisivas se han formado dentro del territorio del poder; son formas de adaptarse a determinados entornos humanos.

El entorno de una persona es lo que otras personas le ayudarán a hacer, le permitirán hacer, le impedirán hacer e intentarán hacerle. (Fijémonos en los entornos humanos que constituyen, por ejemplo, una guardería, un concesionario de coches, una mezquita, o los frentes de batalla). El entorno humano llega a ser tan importante como el entorno físico a la hora de definir las opciones de una persona. Como dice Hume, un prisionero «descubre la imposibilidad de escapar tanto cuando observa la terquedad del carcelero como cuando observa los barrotes y los muros que lo rodean». Y el entorno humano será tan importante como el entorno físico a la hora de formar la personalidad de un hombre.

El hecho de vivir en un entorno humano específico moldea el carácter de una persona, pues condiciona sus emociones, su seguridad, su confianza, sus preferencias, sus recuerdos, sus vivencias y hasta sus sueños. Los entornos humanos de los países malditos están muy contaminados por el poder ilimitado de los hombres que se enriquecieron a costa de sus recursos naturales. Ese policía tan santurrón como despiadado, que golpea a una mujer acusándola falsamente de impiedad, muestra un carácter divisivo, bien adaptado al entorno humano en el que siempre ha vivido.

La identidad de una persona no determina su destino: un niño-soldado puede convertirse en un diplomado en ciencias políticas de la universidad de Oberlin. Y los seres humanos son capaces de cambiar sus propios entornos, convocando reuniones pacifistas, por ejemplo, o participando en manifestaciones pro derechos civiles. Aun así, el poder sin límites en los países malditos es una poderosa fuerza ambiental, como las inundaciones o las plagas de langostas, y por tanto resulta difícil pasarlo por alto o contrarrestarlo. Todos los fenómenos que se analizan en este libro —el autoritarismo, las guerras civiles, la corrupción, etcétera— son manifestaciones de la divisibilidad de ese poder ilimitado. Los individuos divisivos que encontraremos en la parte I actúan racionalmente en función de sus intereses, los cuales están determinados por sus identidades, las cuales, a su vez, se formaron en los entornos desestructurados de sus países malditos.

No hay ninguna necesidad kármica de que la coacción y la inestabilidad de los países malditos lleguen a nuestros propios países, pero llegan. Vivimos en un mundo abarrotado y variopinto, y lo que sucede allí influye en lo que sucede aquí, sí, aquí, en este Occidente consumista, sumido en continuas crisis económicas. Aún es más, los especialistas en dividir países malditos pueden aumentar su propio poder culpando de la frustración popular sólo a Occidente. Así, el «petrócrata» pronuncia encendidos discursos contra nosotros y el terrorista planea nuevas formas de matarnos. Occidente, por su parte, ha entrenado a millones de soldados y espías para hacer frente a esas amenazas. En la parte II («Ellos contra Nosotros contra Nosotros») se describen algunas de las identidades divisivas que se han formado en torno a la maldición de los recursos naturales. Esas identidades divisivas están firmemente arraigadas en ambos lados; muchos seres humanos que hacen gala de ellas, morirán, tarde o temprano, dentro de ellas.

La historia de la lucha por el poder entre Occidente y los países malditos es aún más desgarradora. Los relatos que leemos, vemos o escuchamos en las noticias no son los que verdaderamente importan: Occidente pone o quita a un dictador, apoya a un bando o al otro en una guerra civil, y así sucesivamente. Esas decisiones pueden ser sabias o estúpidas, pero en definitiva no son más que movimientos en el amplio contexto estratégico que es aquí objeto de estudio. Y la fuente principal de ese poder sin límites no es en realidad aquel dinero enterrado en el suelo; los recursos naturales sí que están bajo tierra. En definitiva, la fuente principal del poder ilimitado es el dinero que pagan los consumidores por productos fabricados con esos recursos naturales. En última instancia, la fuente principal de ese poder somos nosotros. («Nosotros» significa «nosotros, los occidentales»: este libro trata de que los países occidentales modifiquen sus propias condiciones comerciales y pongan orden en sus propias casas en lugar de decir a los demás lo que tienen que hacer).

Los consumidores constituyen la fuente principal de poder ilimitado para los extranjeros que tienen el control de los recursos naturales. Su poder depende mucho del contexto estratégico internacional. En ese contexto, Occidente tiene muy pocas probabilidades de acabar con la opresión y la inestabilidad que generan esos extranjeros divisivos. Los occidentales pueden poner o quitar a un dictador, apoyar a un bando o a otro en una guerra, arrasar los campos de entrenamiento terroristas o dejarlos estar. Todas esas opciones, para las que se usan herramientas inadecuadas, son malas porque elegir cualquiera de ellas podría agudizar el problema del «Ellos contra Nosotros». Al final de la historia del poder, el «Ellos contra Nosotros» se convierte también en «Nosotros contra Nosotros».

El «Nosotros contra Nosotros» está presente aquí todos los días en los debates sobre política exterior. Ante tantos problemas externos, hasta las personas mejor intencionadas discutirán sobre quién causó los desastres y cuáles son ahora las opciones menos malas. Nuestros propios expertos en las divisiones internas inflaman esas discusiones. El entorno estratégico degradado por el comercio global de recursos nos divide aún más los unos de los otros.

También nos divide dentro de nosotros. La cuestión del yo dividido ya fue analizada por Rousseau, quien demuestra que la modernidad nos inculca deseos que ella misma se encarga de frustrar. Vemos todas esas cosas que nunca podremos comprar, esos sitios a los que nunca iremos, a esas personas que no podemos tocar, amar o ser. Rousseau considera que el hombre moderno es un humeante cúmulo de frustraciones, pues la energía de los deseos insatisfechos produce trastornos emocionales y autoengaños. Según Rousseau, no siempre se puede tener lo que uno quiere.

En este libro encontramos un yo dividido por las anomalías que separan lo público de lo privado. La realidad cotidiana de nuestra vida mercantil se escinde del deseo de unidad humana que nuestros ideales políticos proclaman. (Ese fue el primer descubrimiento original del joven Marx, con la mente en llamas). El consumo privado produce consecuencias que no aceptamos desde el punto de vista moral, y esa contradicción se manifiesta en muchas cuestiones que van más allá de los recursos naturales contaminados: en la polución, las entidades bancarias, los talleres clandestinos, la explotación infantil, etcétera. Algunas personas perciben ese conflicto público/privado e intentan poner en orden sus principios recurriendo al Comercio Justo, las pequeñas tiendas comarcales o los productos orgánicos; otras hacen donaciones a organizaciones benéficas. Los más sensibles entre nosotros, experimentan ese conflicto público/privado como una indefinida ansiedad moral, que intentan anular cerrándose al mundo, metiéndose en una secta o incluso dándose al alcohol o las drogas. En la tragedia de Goethe, Fausto exclama: «Dos espíritus moran —¡ay!— en mi pecho, y el uno lucha con el otro». Esa aguda exclamación en medio de la obra transmite el dolor de estar constituidos por vidas contradictorias. La división entre lo público y lo privado, inherente al mercado actual, se caracteriza por el hecho de que lo que compramos sirve para financiar causas que detestamos.

La historia del comercio global de recursos naturales es la historia de cómo se convierte nuestro dinero en poder ilimitado para unos cuantos desconocidos y luego vuelve a nosotros en forma de peligro, deshonra y mentiras políticas. Como en algunos barrios viejos y atrasados, el agua corriente se aleja de nosotros y por las tuberías sale suciedad. El poder sin límites forma entornos humanos que dividen a los extranjeros entre sí, que separan a los extranjeros de nosotros, a nosotros entre nosotros y a nosotros de nosotros mismos. Las normas de este sistema están tan incrustadas, las identidades divisivas nos resultan tan familiares, que parece simplemente que el mundo debe ser así. Por suerte, el mundo está preparado para cambiar.

La contranarrativa del libro es una historia de contrapoder y transformación. El poder sin límites constituye la primera escena de muchos dramas familiares que terminan bien; la victoria sobre el poder se ha ganado muchas veces. Algunas victorias figuran en nuestros libros de historia; otras codifican ahora nuestra experiencia de manera tan completa que ni siquiera recordamos —al igual que sucede con las experiencias de la primera infancia— cómo éramos antes de haber cambiado. La mitad del esfuerzo necesario para superar las divisiones provocadas por el comercio de recursos naturales hay que emplearlo en comprender sus orígenes; la otra mitad, en identificar dónde nos encontramos en la historia del contrapoder, que a lo mejor nos impide retirarnos cuando tenemos ventaja y desechar nuestra mano ganadora.

Pensemos en los derechos legales que se pueden conseguir gracias al poder puro y duro. Entre ellos no se encuentra el derecho a apropiarse de un ser humano; no hay coacción que pueda iniciar una cadena de atribuciones que termine en la posesión legal de un ser humano, al menos aquí. La esclavitud todavía existe, pero se trata de una cosa oscura y repugnante que se esconde lejos del alcance de las leyes. La ley ahora abomina de la esclavitud: los esclavistas ya no tienen un poder ilimitado y, de hecho, el dudoso título de «“amo” de esclavos», del que tan orgullosamente alardeaban algunos respetables y distinguidos ciudadanos, ha sido abolido.

Hace tres siglos, el derecho internacional era sobre todo una legitimación de la coacción. Las personas capturadas pasaban a ser legalmente una propiedad, los territorios conquistados se convertían en propiedad del conquistador, los pueblos derrotados se transformaban en colonias, las «razas inferiores» eran subyugadas sin el menor escrúpulo, el destino de los grupos étnicos era el hostigamiento, la depuración o la extinción… En todos esos aspectos, la superioridad física creaba derechos legales: la ley del más fuerte. Las costosas victorias históricas que acabaron con todo aquello dejaron su legado en las leyes que ahora obstaculizan aquella transición.

El comercio actual de los recursos naturales todavía se basa en aquel antiguo sistema de los derechos coercitivos. Unos pocos hombres contados, con el poder coercitivo de los recursos de un país, venden esos recursos a los consumidores de aquí, y el dinero de los consumidores vuelve a las manos de esos pocos gerifaltes. La transitividad de su fuerza allí con respecto a nuestros derechos aquí incrementa el poder de esas personas, lo que no genera más que violencia, venalidad y crisis. La abolición de ese derecho coercitivo —la siguiente fase en la historia de tales aboliciones— llegará cuando los consumidores de aquí dejen de estar vinculados legalmente con los actores coercitivos de allí, cuando dejen de proporcionarles esa fuente de poder ilimitado.

Al poder sólo lo frena el contrapoder. Algunas formas de poder incontrolado son moralmente irredimibles, lo que significa que hay que desmantelarlas y eliminarlas. Hoy en día nadie es legalmente tratante de esclavos, gobernador colonial o presidente de un Estado segregacionista. En otros casos, la forma de poder es irreemplazable, pero puede compensarse limitándola: hay que vigilarla, contenerla, aplicarle sanciones, esto es, obligarla a rendir cuentas. El derecho internacional humanitario, por ejemplo, es un intento de que los líderes nacionales rindan cuentas ante la «comunidad internacional», equilibrando así el poder de los gobernantes y los gobernados. El control de los recursos naturales es imprescindible en este mundo superpoblado, luego ese control debe ser visible. La soberanía popular —paradigma de la responsabilidad— cierra el círculo del poder haciendo que los gobernantes rindan cuentas ante los gobernados.

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