Kitabı oku: «Compañero Presidente»

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COMPAÑERO PRESIDENTE

SALVADOR ALLENDE,

UNA VIDA POR LA DEMOCRACIA Y EL SOCIALISMO

Mario Amorós

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA


Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánicao, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.

© Del texto: Mario Amorós Quiles, 2008

© De esta edición: Universitat de València, 2008

Coordinación editorial: Maite Simón

Fotografía: El presidente Salvador Allende, saludando al pueblo chileno desde el coche oficial (1971)

(Cortesía de la Fundación Salvador Allende)

Diseño: Celso Hernández de la Figuera

Corrección: Pau Viciano

ISBN: 978-84-370-6977-7

Realización ePub: produccioneditorial.com

Para mi hijo

Esta noche, cuando acaricien a sus hijos cuando busquen el descanso, piensen en el mañana duro que tendremos por delante, cuando tengamos que poner más pasión, más cariño, para hacer cada vez más grande a Chile y cada vez más justa la vida en nuestra patria. Gracias, gracias, compañeras. Gracias, gracias, compañeros. Ya lo dije un día. Lo mejor que tengo me lo dio mi partido, la unidad de los trabajadores y la Unidad Popular.

A la lealtad de ustedes, responderé con la lealtad de un gobernante del pueblo, con la lealtad del compañero Presidente.

SALVADOR ALLENDE

Madrugada del 5 de septiembre de 1970,

discurso con motivo de la victoria en las elecciones presidenciales

ÍNDICE

PORTADA

PORTADA INTERIOR

CRÉDITOS

DEDICATÓRIA

CITA

PRÓLOGO: SALVADOR ALLENDE, UNA SEMBLANZA

INTRODUCCIÓN:SALVADOR ALLENDE EN SU CENTENARIO

SIGLAS

MAPA DE CHILE

PRIMERA PARTE

I. EN LAS TRINCHERAS DEL SIGLO XX

II. LA TRAVESÍA DEL DESIERTO

III. LA UNIDAD DE LA IZQUIERDA

IV. LA DERROTA DE 1964

V. UNA JORNADA HISTÓRICA

VI. CHILE AL ROJO

SEGUNDA PARTE

VII. HACIA UNA ECONOMÍA SOCIALISTA

VIII. LA REFORMA AGRARIA

IX. LA «VÍA CHILENA»

X. LA CONQUISTA DEL COBRE

XI. EL ECO DE LAS CACEROLAS

XII. CRISIS EN LA UNIDAD POPULAR

TERCERA PARTE

XIII. EL DESAFÍO DE OCTUBRE

XIV. UNA VOZ DEL TERCER MUNDO

XV. LA ENCRUCIJADA DE MARZO

XVI. EL OTOÑO DE UNA REVOLUCIÓN

XVII. LA TRAICIÓN

XVIII. ONCE DE SEPTIEMBRE

APÉNDICE: SALVADOR ALLENDE (1908-1973)

ÍNDICE ONOMÁSTICO

BIBLIOGRAFÍA

PRÓLOGO: SALVADOR ALLENDE, UNA SEMBLANZA

Salvador Allende es una de las pocas personas que en la historia de América traza huellas imborrables y definitivas. Aunque su proyecto político terminara con su vida y la de miles de chilenos, su accionar modificó las estructuras económico-sociales de Chile y, lo que ha sido más prolongado, la conciencia de sus ciudadanos. «Los pobres de la ciudad y del campo», como se decía en los años setenta, lograron, en libertad, ser factores de cambio y transformación del país.

Observador privilegiado desde comienzos de 1970 hasta el 11 de septiembre de 1973, pude captar las complejas facetas del personaje, sus opiniones, sus manifestaciones de alegría y tristeza, sus preocupaciones ante actos protocolares delicados o problemas políticos que debía resolver. Como todos los seres humanos, el candidato y luego Presidente de la República reaccionaba ante las distintas situaciones de una manera personal y única. Ofendería su memoria si hiciera sólo un recuento hagiográfico de sus características de personalidad. Fue, en síntesis, un hombre de su época, vital, comprometido, protagonista siempre, que amó la vida con todas sus circunstancias.

Nos sorprende la seguridad con que decide conductas arriesgadas, en situaciones casi imprevisibles. Cuando durante las primeras horas de la noche del 4 de septiembre de 1970 se le insinúa, desde la central de recuentos, que tiene menos votos que Alessandri, con la asesoría de sus colaboradores resuelve, a pesar de esta información, que él ha ganado las elecciones y llama a Patricio Rojas, ministro del Interior de Frei, para que autorice una manifestación de sus partidarios en la Alameda Bernardo O’Higgins frente al local de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile. La concesión del permiso confirma su audaz certeza. No menos categórico se muestra en la conversación, de la cual soy testigo involuntario, que se desarrolla en el Hotel Waldorf Astoria de Nueva York la tarde del 3 de diciembre de 1972, en que George Bush, padre del actual mandatario de Estados Unidos y a la sazón delegado de su gobierno ante Naciones Unidas, intenta que Allende modifique su discurso ante la Asamblea General de la ONU. Habla en castellano y Orlando Letelier traduce: «No haré cambios, mis palabras no son un ataque al Gobierno ni al pueblo de Estados Unidos, sino a las empresas transnacionales que intentan ahogar a Chile y su Gobierno».

Jamás un mandatario chileno había hablado con tanta claridad y firmeza al gobierno norteamericano. No cambió su actitud en la Unión Soviética, prolongación de ese viaje, donde se intentaba un apoyo económico al proceso chileno. No se logró en la medida de lo solicitado. «Los compañeros soviéticos no nos entienden», me dijo coloquialmente en su habitación del Kremlin después de una prolongada negociación. Comprendí que esas palabras no estaban destinadas a mí, sino a la troika soviética gobernante, que se impondría por los micrófonos que obviamente había en todas las habitaciones. «Tal vez deberíamos adelantar nuestro regreso a Chile», continuó con una afirmación que implicaba una velada amenaza. No fue así. Viajamos a Kiev por 24 horas, algún apoyo económico se logró, aunque el balance disgustó a Allende.

Una mirada superficial, a cuya tentación también a veces caí, muestra un personaje elegante, atildado, que siempre estará con cuello y corbata en los momentos ceremoniales. No se modifica su elegancia y buen vestir cuando está en la intimidad, en aquellas situaciones de descanso y relajo. Gusta de chaquetas bonitas, sobrias, cómodas. Su interés por algunas prendas del buen vestir llegaba a inventar argucias que le permitieran sustraérselas a alguno de sus buenos amigos. La artesanía andina y las pinturas eran otras de sus «debilidades», pudiendo recurrir a cualquier estratagema para apropiárselas. No había ánimo egoísta ni deseo de posesión individual. Bajo su dirección se gestó el Museo de la Solidaridad, cuyas obras constituyen la mejor pinacoteca que en la actualidad posee Chile. El impecable cuidado en el vestir jamás le restó contacto directo con los sectores más humildes del país, que lo quieren sin reservas, pero originaba envidia en sus opositores políticos. Al «pije Allende» se referían, intentando menospreciarlo. No lo lograban.

Faltaría a la verdad desconocer los sentimientos que generaba en el sexo femenino y sus obvias consecuencias. Culto, ingenioso, conocedor del mundo, podía resultar encantador. Algunas de sus relaciones fueron prolongadas y sin duda influyeron en su quehacer. Su compañera de toda la vida, Hortensia Bussi, madre de sus tres hijas, manejó con entereza y dignidad sus 34 años de convivencia. Sus discrepancias quedaban en la intimidad, manteniendo un respeto mutuo que se extendía a los diferentes roles que ambos jugaban en la vida sociopolítica chilena. En pocas ocasiones presencié al Presidente conmovido y emocionado. Una de ellas fue en la mañana del 11 de septiembre en La Moneda, cuando supo que los golpistas habían bombardeado su residencia privada de la calle Tomás Moro, donde se encontraba Tencha, quien con entereza y valentía logró salir con vida.

El carácter jovial, bromista y aparentemente despreocupado ha llevado a que en forma superficial se reste importancia a su producción intelectual. Nada más lejano de la realidad. Nunca se autodefinió como un «pensador»; no obstante, su vida está llena de aportes que, en su época, ningún otro político chileno hizo. Su primera incursión, después de su memoria de graduación de medico-cirujano, fue La realidad médico social chilena, que fue una síntesis, en su época, de los principales problemas de salud pública que aquejaban al país. Sus aportes teóricos a la situación del cobre se tradujeron en un proyecto de nacionalización tempranamente presentado al Congreso Nacional. Y los diferentes aportes que este libro reseña indican una persona informada y con poderosos argumentos.

Una magnifica síntesis de su concepción política y programática está en el libro de Régis Debray Conversación con Allende (1971), que es el diálogo entre un filosofo francés, de sólida formación, y un político que aplica a la realidad de un país subdesarrollado unas concepciones teóricas sobre la base de un marxismo enriquecido por los aportes científicos del devenir social. Socialista, laico, masón, marxista no dogmático, son características que definen al formulador de una tesis: la transformación del país al socialismo por la vía pacífica, electoral, con respeto a todas las concepciones políticas, ideológicas y religiosas.

La relación personal que establecía con sus amigos y colaboradores era cómoda. Respetuoso de los conocimientos técnicos de los profesionales, no ponía en duda los consejos que se le daban. La verdad es que, salvo un episodio de angina de pecho que se le presentó durante la campaña presidencial de 1970, fue una persona sana con algunos mínimos problemas médicos derivados del diario acontecer y que superó sin dificultades. Aun cuando en algunas fotos aparece fumando un puro, no tenía contacto habitual con el tabaco y aquellos momentos eran concesiones sociales a una amena conversación. Deportista, buen nadador, bebía vino tinto en las comidas y acostumbraba a consumir una copa de güisqui previa a las comidas o cenas.

Estos detalles son necesarios destacarlos porque la dictadura, sus personeros y todo el aparato mediático intentaron presentarlo como una persona de costumbres inconvenientes, sobre todo en relación al alcohol. Otorgaba confianza, siempre apreciaba a las personas en sus posibilidades. Me produjo a veces obvia inquietud, cuando en la ciudad argentina de Salta me indicó que colaborara con los médicos del general Lanusse en el manejo de un cólico nefrítico que retardaba la ceremonia final del encuentro presidencial. Igualmente, en los primeros días de noviembre de 1971, el mismo día de su llegada a Santiago, a requerimiento de Salvador Allende tuve que asistir médicamente a Fidel Castro, que sufría una laringitis aguda y una fuerte afonía que limitaban su frecuente y prolongado discurso. Eran demostraciones de confianza personal y profesional que me reiteró durante todo su mandato.

Siempre me llamó la atención la consideración que tenía para sus opositores políticos, que durante el gobierno de la Unidad Popular ya no fueron opositores, sino enemigos. Los diarios, televisiones y radios, en su gran mayoría en manos de la derecha, no escatimaron adjetivos para herirlo. Comentaba, en una mezcla de preocupación e ironía: «Es muy duro afectar el bolsillo de los poderosos». Mantenía, no obstante, la formalidad de maneras educadas y serenas. Sabía el odio que concitaba por los cambios económico-sociales que encabezaba, pero se refugiaba en el cariño y la solidaridad de aquellas mayorías que nunca habían significado nada en el país. ¿Cómo destruir la imagen de una persona que amaba la naturaleza, cuyos entretenimientos eran el ajedrez y el cine, que jugaba con sus perros? Difícil tarea. Ni siquiera lo lograron después de 17 años de dictadura. Se dice que la historia la escriben quienes ganan las batallas. En el caso de Salvador Allende esto es falso. Los golpistas y el gran traidor, a través de sus actos, han logrado casi una unánime opinión mundial y nacional. Perdieron la guerra. Se les ha ubicado en la escoria. Allende ha emergido, con los años, también por sus actos, como un político honesto, valiente y consecuente.

Su vida política y social, pormenorizada en este libro, fue brutalmente cercenada el 11 de septiembre de 1973. Quienes le acompañamos en su último combate fuimos testigos de un compendio de sus valores humanos y ciudadanos. Aquella mañana, cuando tuvo certeza de la magnitud de la traición, fue capaz de improvisar su último mensaje al pueblo de Chile, nos explicó colectivamente sus decisiones, nos ofreció la posibilidad de abandonar el Palacio de La Moneda, protegió y salvó la vida de las mujeres que allí estaban, incluidas Tati e Isabel, dos de sus tres hijas, combatió con las escasas armas de que disponía, se le escapó alguna lágrima por la muerte de Augusto Olivares y cuando la derrota militar era inminente puso fin a su vida. Su suicidio, tan incomprendido por algunos sectores, fue un ejemplo de consecuencia política y personal, fue su entrega a la libertad, a la defensa de la Constitución, y el postrer homenaje al cargo de Presidente de la República que el pueblo chileno, democráticamente, le había otorgado.

Dr. ÓSCAR SOTO GUZMÁN

Cardiólogo. Médico personal de Salvador Allende

INTRODUCCIÓN:

SALVADOR ALLENDE EN SU CENTENARIO

Con poesía, con ideas, con lucha, con sacrificio y una lucha incansable de todos los días realizando ahí al nuevo sujeto histórico por los cambios. La semilla de Allende está germinando. Lo mejor del pueblo, curadores de esa semilla, la cuidaron y la protegieron y como la memoria es como la tierra, esa semilla está germinando. Y hoy en este siglo por obra de los pueblos, de los que aman y respetan la tierra, la semilla allendista es patrimonio de la humanidad y florece en todo lugar. «La historia es nuestra y la hacen los pueblos», dijo Salvador Allende. Tenemos que continuar haciéndola. ¡Con Allende, mil veces VENCEREMOS!

GLADYS MARÍN[1]

11 de septiembre de 2003

La inmolación en defensa de los principios democráticos que guiaban la vida de su país en un Palacio de La Moneda envuelto en llamas convirtió a Salvador Allende en una de las grandes personalidades políticas del siglo XX. Sin embargo, su memoria se ha quedado atrapada en la tragedia del 11 de septiembre de 1973: toda su prolongada y apasionante trayectoria anterior a 1970, su defensa de un socialismo democrático y revolucionario o su solidaridad con las luchas del Tercer Mundo han caído en el olvido. Ni siquiera las grandes conquistas de sus mil días de gobierno son comúnmente reconocidas. Y, sin embargo, junto con el 11 de septiembre, constituyen su legado y definen los principios que orientaron su existencia.

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Este libro recorre la trayectoria política de Salvador Allende.[2] La primera parte analiza toda la etapa anterior a su investidura como Presidente de la República el 3 de noviembre de 1970. Ofrecemos unas pinceladas sobre la evolución de Chile a lo largo del siglo XIX y la gestación del movimiento popular, con los antecedentes de la Sociedad de la Igualdad de Arcos y Bilbao, las huelgas obreras del cruce de siglo y la represión brutal que sufrieron los trabajadores. Allende nació en 1908, durante el conocido como «periodo parlamentario», y se incorporó a las luchas sociales en su etapa como estudiante de Medicina en Santiago, cuando se sumó a las movilizaciones contra la dictadura del general Ibáñez (1927-1931), actividad por la que fue encarcelado y expulsado temporalmente de la Universidad.

Su interés por la participación en las esferas de decisión asomó ya entonces puesto que, con tan sólo 19 años, fue elegido presidente del Centro de Alumnos de la Escuela de Medicina y con 22, vicepresidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile. Si con 15 ó 16 años un zapatero anarquista de Valparaíso le proporcionó los primeros libros y conversaciones sobre los ideales libertarios, en su etapa universitaria se aproximó a las lecturas esenciales del marxismo, incluidas las obras de Trotsky, en un alejamiento temprano del estalinismo.

Uno de los hechos capitales fue su participación en la fundación en 1933 del Partido Socialista, del que pronto se convirtió en uno de sus principales dirigentes, como secretario regional de Valparaíso en 1935, subsecretario general en 1938 y secretario general entre enero de 1943 y julio de 1944. Con sólo 29 años, fue elegido diputado y dirigió en Valparaíso la campaña de Pedro Aguirre Cerda, vencedor como candidato del Frente Popular en las elecciones presidenciales de 1938. Como diputado y como ministro de Salubridad de Aguirre Cerda, defendió varios proyectos importantes para mejorar las míseras condiciones de vida de las grandes mayorías del país.

En los años posteriores, adoptó algunas decisiones que se demostraron decisivas tiempo después. En 1945, logró un escaño en el Senado por las provincias australes, hasta entonces un feudo conservador, y confirmó su prestigio en la política nacional. En 1948, criticó la persecución del Partido Comunista impulsada por el gobierno de González Videla y dejó claro que los principios socialistas estaban impregnados de un profundo humanismo y entrelazados, de manera inseparable, con los derechos humanos y las libertades ciudadanas. De este modo, cuando se opuso a la proscripción del Partido Comunista, afirmó:

Los socialistas chilenos, que reconocemos ampliamente muchas de las realizaciones alcanzadas en Rusia soviética, rechazamos su tipo de organización política, que la ha llevado a la existencia de un solo partido, el Partido Comunista. No aceptamos tampoco una multitud de leyes que en ese país entraban y coartan la libertad individual y proscriben derechos que nosotros estimamos inalienables a la personalidad humana.

En 1951, cuando la mayor parte del socialismo decidió respaldar la candidatura presidencial del ex dictador Ibáñez, con un proyecto populista que podía evocar al peronismo, optó por abandonar el Partido Socialista Popular e impulsó su candidatura para las elecciones presidenciales de 1952 con el apoyo de un sector minoritario de los socialistas y del Partido Comunista desde la clandestinidad.

Aunque apenas obtuvo 51.975 votos, la primera de sus cuatro candidaturas presidenciales concretó una aspiración que había expresado, por ejemplo, ya en 1944 como secretario general del PSCh: «Los socialistas llamamos a la izquierda a unirse en torno a un programa; un programa que agitaremos desde la calle y desde el Parlamento; un programa de interés nacional, que reúna el máximo de voluntades en torno a él». A partir de 1951, Allende se convirtió en el principal adalid de la unidad de la izquierda, que se concretó con la creación del FRAP en 1956. En las elecciones de 1958, se quedó a 33.000 votos de La Moneda: había nacido el «allendismo», un movimiento popular que se formó en torno a sus propuestas de transformación del país y que rebasaba las fronteras de los Partidos Socialista y Comunista.

Antes del triunfo de la Revolución Cubana, la izquierda unida chilena (un hecho excepcional en el contexto de la guerra fría) ya era una alternativa de poder y ello originó que los sucesivos inquilinos de la Casa Blanca ordenaran una intervención masiva en la política local para impedir el triunfo de Allende. En 1964, con una gigantesca «campaña del terror» y el apoyo de la derecha, el democratacristiano Eduardo Frei le derrotó, pero en 1970 la Unidad Popular alcanzó la anhelada victoria y, tras un acuerdo con el Partido Demócrata Cristiano (PDC, entonces dirigido por su tendencia progresista), logró derrotar las maniobras de Washington y de la derecha para impedir la elección de Allende como Presidente por el Congreso Pleno. El movimiento popular chileno abría las puertas de la Historia: por primera vez un marxista alcanzaba el gobierno de un país en unas elecciones democráticas y lo hacía al frente de una coalición que agrupaba a «marxistas, laicos y cristianos», según la definición que solía emplear el propio Salvador Allende.

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La segunda parte se centra en los dos primeros años de gobierno de Allende. De inmediato, aplicó el programa de la Unidad Popular y procedió a la construcción del Área Social, «embrión de la futura economía socialista», es decir, a la nacionalización de las industrias claves para el desarrollo nacional (textil, siderurgia, cemento, minería...) y de la banca. Esta determinación hirió los intereses de la burguesía y como reacción el PDC impulsó una reforma constitucional destinada a paralizar el proceso de construcción del socialismo. El conflicto en torno a la definición del Área Social atravesó aquellos mil días y se probó irresoluble por la contradicción de los intereses enfrentados y el empate en las instituciones del Estado, a pesar de los reiterados intentos, hasta el último día, de Allende por alcanzar un acuerdo con el PDC.

Su Gobierno también erradicó el latifundio y liberó a los campesinos de una postración casi feudal para elevarles a la condición de ciudadanos. Con todo, la conquista más significativa fue la histórica nacionalización del cobre el 11 de julio de 1971 por tratarse del sector más importante de la economía nacional, «el sueldo de Chile» en palabras del Presidente de la República, por su trascendencia para el desarrollo del país. La decisión de Allende de restar a las indemnizaciones que se abonarían a las multinacionales estadounidenses unas elevadas cantidades en concepto de beneficios excesivos desencadenó el bloqueo económico de Washington, cuya inquina por la experiencia de la Unidad Popular sobrepasaba el ámbito de los intereses económicos y se justificaba fundamentalmente por razones políticas e ideológicas, de ahí las órdenes de Nixon a Kissinger ya en septiembre y noviembre de 1970.

Después de la victoria de la izquierda en las elecciones municipales de 1971, con el 50,86 % de los votos, el 21 de mayo de aquel año, en su primer Mensaje al Congreso Pleno, Salvador Allende planteó los fundamentos de la «vía chilena al socialismo», que cautivaba la atención de millones de personas en todos los continentes: la construcción de una sociedad socialista con absoluto respeto al pluralismo político, los principios democráticos y los derechos humanos.

Pisamos un camino nuevo; marchamos sin guía por un terreno desconocido; apenas teniendo como brújula nuestra fidelidad al humanismo de todas las épocas –particularmente al humanismo marxista– y teniendo como norte el proyecto de la sociedad que deseamos, inspirada en los anhelos más hondamente enraizados en el pueblo chileno.

Siempre valoró la posibilidad de construir el socialismo sin recurrir a la violencia revolucionaria y así, en el acto del Primero de Mayo de 1971, ante centenares de miles de trabajadores, afirmó:

Piensen, compañeros, que en otras partes se levantaron los pueblos para hacer su revolución y que la contrarrevolución los aplastó. Torrentes de sangre, cárceles y muerte marcan la lucha de muchos pueblos, en muchos continentes, y, aun en aquellos países donde la revolución triunfó, el costo social ha sido alto, costo social en vidas que no tienen precio, camaradas. Costo social en existencias humanas de niños, hombres y mujeres que no podemos medir por el dinero. Aun en aquellos países en donde la revolución triunfó hubo que superar el caos económico que crearon la lucha y el drama del combate o de la guerra civil.

El asesinato de un destacado dirigente democratacristiano pocos días después por parte de un grupo ultraizquierdista abrió un abismo entre la Unidad Popular, en minoría en el Congreso Nacional, y el PDC y precipitó su alianza con el derechista Partido Nacional, que se forjó a lo largo de 1971 y 1972 en distintas elecciones o en la «Marcha de las Cacerolas Vacías» de diciembre de 1971, cuando Fidel Castro culminaba su visita a Chile. A lo largo de aquellos tres años, Allende intentó alcanzar un acuerdo con el PDC para conformar una gran mayoría nacional por la transformación del país, en consonancia con muchos aspectos del programa de Radomiro Tomic en los comicios de 1970, pero poco a poco este partido se aproximó a la derecha y con la elección como su presidente del senador Patricio Aylwin, en mayo de 1973, optó de manera definitiva por unirse a quienes instigaban el golpe de estado.

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La tercera parte analiza el último año de su Gobierno. Desde comienzos de 1972, se apreció una crisis en la Unidad Popular producto del disenso en torno a la estrategia ante las contradicciones, desafíos y oposición generados por la construcción del socialismo. Si inicialmente la polémica confrontó al Partido Comunista y al MIR (no integrado en la UP), en el Cónclave de Lo Curro, en junio de 1972, se expresaron con claridad las dos visiones de la política económica, y del proceso revolucionario en general, que se articulaban en torno a Salvador Allende y el Partido Comunista, por una parte, y al Partido Socialista, por otra.

Sin embargo, el paro orquestado por los gremios patronales y los sectores medios y profesionales en octubre de 1972 diluyó durante varias semanas todas aquellas diferencias en una gigantesca movilización popular de apoyo al Gobierno que impidió el colapso del país. Como solución última, el Presidente integró en su gabinete ministerial a tres altos oficiales de las Fuerzas Armadas, entre ellos el comandante en jefe del ejército. La relevante participación de los militares en el Ejecutivo, inédita desde el convulso periodo de 1925-1932, evidenciaba el grado de división del país, polarizado en torno a la disyuntiva capitalismo-socialismo.

En diciembre de 1972, Salvador Allende emprendió una gira por México, Nueva York, la Unión Soviética y Cuba que probó su enorme prestigio internacional. Si en los años treinta apoyó la lucha de la Segunda República Española contra el fascismo, en los cuarenta la de los aliados contra el nazifascismo, en los cincuenta condenó el derrocamiento de Arbenz en Guatemala y en los sesenta respaldó la Revolución Cubana y la lucha del pueblo vietnamita y repudió la invasión de la República Dominicana por los marines, en su discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas alzó su voz en nombre de los pueblos del Tercer Mundo que pugnaban por su independencia económica y aspiraban a emplear sus riquezas naturales para su propio desarrollo y denunció los intentos del imperialismo por derrocar el Gobierno constitucional que presidía.

En marzo de 1973, en medio de una grave crisis económica causada en gran parte por la estrategia de la oposición, se convirtió en el Presidente que mayor apoyo popular obtuvo en las dos últimas décadas después de dos años y medio de gestión y el 43,4 % logrado por la UP impidió a la oposición destituirle por los cauces constitucionales, pero también mostró a ésta que su último recurso, antes de las elecciones presidenciales de 1976, era el golpe de estado. El 21 de mayo de 1973, Allende habló ante el Congreso Pleno en defensa de la «vía chilena al socialismo» y de las libertades democráticas y previno al país sobre el peligro de una guerra civil.

Horas después del fracaso del golpe militar del 29 de junio, pronunció un discurso desde los balcones de La Moneda ante miles de personas. Cuando escuchó consignas que pedían la clausura del Congreso Nacional, en manos de una oposición que bloqueaba la acción del Gobierno, y la entrega de armas al pueblo, el Presidente señaló que si era necesario convocaría un plebiscito para dirimir el conflicto político, pero añadió:

Compañeros, ya sabe el pueblo lo que reiteradamente le he dicho. El proceso chileno tiene que marchar por los cauces propios de nuestra historia, nuestra institucionalidad, nuestras características y por lo tanto el pueblo debe comprender que yo tengo que mantenerme leal a lo que he dicho; haremos los cambios revolucionarios en pluralismo, democracia y libertad...

Después de aquella fallida sublevación, un dramático llamamiento del arzobispo de Santiago abrió paso a la última etapa de las negociaciones de Allende y el PDC, pero la dirección que comandaba Aylwin, con la tutela de Frei, rechazó el acuerdo de mínimos que le propuso. El 23 de agosto, tras la dimisión del general Carlos Prats, el Presidente Allende designó como nuevo comandante en jefe del ejército al general Augusto Pinochet, quien hasta entonces había exhibido una impecable lealtad a sus deberes constitucionales.

El 9 de septiembre, horas después de que Allende le explicara su intención de convocar un plebiscito como solución para el grave conflicto político que dividía al país, Pinochet decidió unirse a la conspiración golpista. Dos días más tarde, cada uno eligió su lugar en la Historia: Pinochet encabezó un golpe de estado que aniquiló una democracia sin parangón entonces en América Latina y se convirtió en el jefe de la junta militar que impuso una dictadura que durante 17 años exhibió un absoluto desprecio por la dignidad humana. Allende fue leal a la promesa que hizo al pueblo chileno en reiteradas ocasiones: no entregaría el poder que le había concedido a ningún golpista. Su último discurso por Radio Magallanes, de una belleza casi poética, es una de las piezas oratorias imprescindibles para la memoria democrática de la humanidad.

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Salvador Allende conquistó el apelativo de «compañero Presidente» en 1970 por su trayectoria en las movilizaciones estudiantiles contra la dictadura de Ibáñez, en la efímera República Socialista de 1932, en la fundación del Partido Socialista, en la construcción del Frente Popular, como diputado, ministro de Salubridad y senador durante un cuarto de siglo, como candidato presidencial en cuatro oportunidades. «Yo no tengo otra arma que la persuasión y la autoridad moral que pueda tener por haber sido un hombre leal al pueblo», afirmó el 27 de octubre de 1971 ante los trabajadores del complejo minero de Chuquicamata.

Como Presidente de la República, como el «compañero Presidente», se dirigió en múltiples ocasiones con profundo respeto y afecto a los obreros, los campesinos, los jóvenes, las mujeres, los estudiantes, a las gentes sencillas del pueblo. Les expuso siempre con claridad y franqueza su visión de la situación del país y del proceso revolucionario e insistió hasta el infinito en la necesidad de ganar la «batalla de la producción» y fortalecer el compromiso con la construcción del socialismo. Sus palabras también estuvieron llenas de afecto. Por ejemplo, después de las horas de incertidumbre y preocupación del 29 de junio de 1973, aquella fría noche invernal se despidió así desde los balcones de La Moneda:

Compañeros, todavía algunos grupos fascistas están por allí, tengan cuidado, no caigan en provocaciones. Tienen que tener confianza en el Gobierno, que ha demostrado su fuerza esta mañana y seguiremos demostrándola. Compañeros, quédense en sus casas, únanse a sus mujeres y a sus hijos en nombre de Chile. Lleven mi cariño, mi respeto, mi admiración y mi fe a cada uno de los hogares de ustedes.

Todos estos sentimientos se fundieron en sus palabras del 11 de septiembre de 1973:

Trabajadores de mi patria: quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra de que respetaría la Constitución y la ley y así lo hizo. (...) Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz no llegará a ustedes. No importa, lo seguirán oyendo, siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal a la lealtad de los trabajadores.

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El nombre de Salvador Allende tiene proyección universal y lo divisamos inscrito en calles y avenidas, centros educativos y culturales en ciudades de numerosos países; incluso en algunos, como España, aparece en los espacios públicos más que en Chile. La conmemoración del centenario de su nacimiento, el 26 de junio de 2008, será, por tanto, un acontecimiento internacional que debiera motivar la reflexión no sólo sobre su trayectoria política y la evolución de Chile en el siglo XX, sino también sobre los desafíos del socialismo del siglo XXI.

En 2008 Salvador Allende regresa. Regresa el joven que fue capaz de asumir un compromiso temprano con los valores de la democracia y del socialismo y que consagró toda su vida a hacerlos realidad. Regresa el diputado y el senador que impulsó numerosas iniciativas para mejorar las condiciones de vida de las clases populares. Regresa el militante socialista que dedicó sus energías a unir a la izquierda en torno a un programa político para transformar la realidad chilena. Regresa el dirigente que nunca abandonó la crítica al capitalismo y no claudicó en el anhelo de construir el socialismo. Regresa el Presidente de la República que nacionalizó el cobre y erradicó el latifundio, que promovió la participación de los trabajadores en la dirección de la economía nacional, que convirtió en ciudadanos a los campesinos, que impulsó el reparto de medio litro de leche diario a todos los niños, que defendió ante las Naciones Unidas un nuevo orden económico mundial y ante la nación más poderosa del planeta la determinación de su pueblo a construir el socialismo.

Salvador Allende y la izquierda perdieron la primera batalla, sólo pudieron ser derrotados por la violencia brutal de unas Fuerzas Armadas que quebrantaron sus obligaciones constitucionales. Sin embargo, hoy renace la esperanza en América Latina y las grandes alamedas del socialismo vuelven a surgir en el horizonte: se trata de la lucha por una profunda y radical democratización de la sociedad, en todas las esferas, incluida la económica. En este camino nos acompañará «el metal tranquilo» de su voz, el ejemplo inolvidable del Compañero Presidente.

[1] Gladys Marín fue una de las principales dirigentes juveniles de la Unidad Popular en su condición de secretaria general de las Juventudes Comunistas y diputada. Falleció en marzo de 2005 cuando era la presidenta del Partido Comunista de Chile.

[2] Deseamos dejar constancia de nuestro agradecimiento a Óscar Soto Guzmán y Laura González-Vera por sus valiosas recomendaciones en el proceso de elaboración de este libro y a Jaime Valencia y Consuelo Campos por su ayuda para acceder a los datos del Servicio Electoral de la República de Chile sobre los comicios en los que Salvador Allende participó como candidato.

SIGLAS

API: Acción Popular Independiente

CEPAL: Comisión Económica para América y el Caribe de la ONU

CERA: Centros de Reforma Agraria

CIA: Central Intelligence Agency

CODE: Confederación Democrática

CODELCO: Corporación del Cobre

CORA: Corporación de Reforma Agraria

CORFO: Corporación de Fomento de la Producción

CPS: Cristianos por el Socialismo

CTCh: Confederación de Trabajadores de Chile

CUT: Central Única de Trabajadores

ENU: Escuela Nacional Unificada

FACh: Fuerza Aérea de Chile

FEC: Federación de Estudiantes de la Universidad de Concepción

FECh: Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile

FRAP: Frente de Acción Popular

IC: Izquierda Cristiana

INDAP: Instituto de Desarrollo Agropecuario

JAP: Juntas de Abastecimiento y Precios

JDC: Juventud Demócrata Cristiana

MAPU: Movimiento de Acción Popular Unitaria

MIR: Movimiento de Izquierda Revolucionaria

OEA: Organización de Estados Americanos

OLAS: Organización Latinoamericana de Solidaridad

PCCh: Partido Comunista de Chile

PDC: Partido Demócrata Cristiano

PIR: Partido de Izquierda Radical

PN: Partido Nacional

PR: Partido Radical

PSA: Partido Socialista Auténtico

PSCh: Partido Socialista de Chile

PSP: Partido Socialista Popular

SNA: Sociedad Nacional de Agricultura

UP: Unidad Popular

USOPO: Unión Socialista Popular

VOP: Vanguardia Organizada del Pueblo

MAPA DE CHILE


PRIMERA PARTE

I. EN LAS TRINCHERAS DEL SIGLO XX

Sus enemigos le llamaron el pije Allende. Por el origen socioeconómico de su familia, por su aprecio por la buena mesa y el vestuario elegante, por su condición de médico, Salvador Allende pudo haber sido un profesional acomodado, probable votante o incluso parlamentario del Partido Radical, representante de las clases medias urbanas apegadas a la tradición del racionalismo laico. Sin embargo, en su adolescencia un modesto zapatero anarquista del puerto de Valparaíso le transmitió los ideales de la emancipación humana y durante su etapa universitaria en Santiago se familiarizó con la cosmovisión marxista y participó de las luchas estudiantiles contra la dictadura del coronel Ibáñez. El rubicón que marcó su destino fue su contribución a la fundación del Partido Socialista de Chile, en 1933, un hecho del que se enorgulleció durante toda su vida, una vida consagrada a la lucha por la democracia y el socialismo.

Nació en Valparaíso el 26 de junio de 1908 en el seno de una familia de extracción social burguesa, pero con un marcado perfil progresista que hundía sus raíces en los convulsos años de la guerra de la independencia. Sus antepasados, de origen vasco, llegaron a este rincón de América en el siglo XVII. Su bisabuelo, Ramón Allende Garcés, combatió junto a Bolívar en Boyacá y Carabobo después de formar parte del regimiento de los Húsares de la Muerte, dirigido por el legendario guerrillero Manuel Rodríguez en la guerra por la independencia de Chile. Su hermano Gregorio fue jefe de la primera guardia de honor de Bernardo O’Higgins, prócer de la emancipación nacional.

Su abuelo paterno, Ramón Allende Padín, fue Serenísimo Gran Maestre de la Orden Masónica y cofundador en 1871 de la primera escuela laica del país, la Blas Cuevas, en el puerto. Médico, librepensador, anticlerical y masón en un país conservador y beato, se alistó como voluntario en la Guerra del Pacífico y fue jefe de los Servicios Médicos del ejército, tras haber sido diputado durante ocho años y senador durante cuatro por el Partido Radical. Autodefinido como «el Rojo Allende», falleció en 1884, a los 40 años, y su funeral se convirtió en un acontecimiento de resonancia nacional, puesto que portaron su féretro personalidades como José Manuel Balmaceda o Ramón Barros Luco, posteriormente presidentes de la República (Nolff, 1993: 23-24).[1]

Su padre, Salvador Allende Castro, y sus tíos adhirieron también al radicalismo, una fuerza política fundada en 1858 que capitalizó el apoyo de las clases medias de tradición laica hasta el ascenso del Partido Demócrata Cristiano a mediados del siglo XX. Por tanto, Allende pudo explicarle a Régis Debray (1971: 61):

Conforme a una definición ortodoxa, mi origen es burgués, pero agrego que mi familia no estuvo ligada al sector económicamente poderoso de la burguesía, ya que mis padres ejercieron profesiones denominadas liberales y los antepasados de mi madre hicieron otro tanto.

Si en las cuatro décadas centrales del siglo XX, el periodo de estabilidad institucional que se extendió desde 1932 hasta 1973 y en el que Salvador Allende desarrolló su trayectoria política, Chile presentaba rasgos de excepcionalidad en el contexto latinoamericano, lo mismo sucedió entre 1833 y 1891. En una América Latina envuelta en recurrentes guerras civiles y golpes de estado protagonizados por los distintos grupos que se disputaban el poder, la oligarquía chilena impuso su proyecto a partir de 1833, cuando los sectores conservadores del valle central aplastaron cualquier contestación y asentaron su hegemonía con la promulgación de una Constitución que consagró un régimen presidencialista con periodos de cinco años y la posibilidad de la reelección (hasta su prohibición en 1871), un severo sufragio censitario masculino (hasta 1888, cuando se estableció como únicos requisitos, además de ser varón, saber leer y escribir y tener 21 años) y sin libertad religiosa hasta una reforma de 1865.

El arquitecto del régimen oligárquico fue el comerciante de Valparaíso Diego Portales, quien ostentó los ministerios de Gobierno y Relaciones y de Guerra y Marina y fue el hombre más influyente de la política nacional hasta su asesinato en 1837.[2]Armando De Ramón definió el régimen portaliano como el resultado de «dos acciones operativas»: en primer lugar, la imposición de una fuerte autoridad; en segundo lugar, y sobre todo, la conformación de un grupo de hombres «muy capaces» que actuaron en la política nacional hasta mucho después de la muerte de Portales y que completaron su obra, entre ellos el venezolano Andrés Bello, al argentino Domingo Faustino Sarmiento y Manuel Renjifo, Mariano Egaña, Manuel Montt y Antonio Varas, entre otros. Este grupo impulsó la Constitución de 1833, la reforma tributaria y aduanera, la reforma del sistema judicial y la promulgación de los códigos Civil, Penal y de Comercio, la Universidad de Chile, la reforma educativa y la implantación de la educación primaria (2004: 73-74).

Si el proyecto oligárquico impuesto por Portales caracterizó el siglo XIX chileno, la evolución económica del país conoció un viraje importante a partir de 1870, con el inicio del auge del salitre, un mineral con gran demanda como fertilizante desde Europa. Hacia 1872, el 25 % de la producción de la provincia peruana de Tarapacá estaba controlada por capitales chilenos y, al sur, en la costa boliviana aún tenía más peso, a través de la corporación chileno-británica Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta, de la que eran accionistas relevantes políticos chilenos. Precisamente, con el puerto de Valparaíso en su época dorada (antes de la construcción del Canal de Panamá), la presencia del capital británico en el país era notoria y ejercía una notable influencia en la política nacional (Collier y Sater, 1999: 87).

En los años posteriores el Estado chileno aumentó por la vía militar sus límites territoriales hasta casi sus fronteras actuales con la guerra contra Perú y Bolivia y el genocidio del pueblo mapuche conocido como «la Pacificación de la Araucanía». Entre 1879 y 1883 estuvo en guerra por segunda vez en cuatro décadas contra Perú y Bolivia y aquella contienda fue decisiva porque se apropió de la rica provincia salitrera peruana de Tarapacá y del territorio marítimo de Bolivia, cuya principal ciudad era Antofagasta. La guerra tuvo su origen en una larga disputa diplomática sobre los límites territoriales, pero en su trasfondo latía la pugna por el control de la inmensa riqueza que suponía la explotación del salitre.

Aquella contienda, que otorgó al naciente capitalismo chileno el control de este mineral, contempló la brutal ocupación de Lima en 1881 por el ejército chileno y prolongó un conflicto diplomático que tampoco se cerró en 1929, cuando la ciudad de Tacna fue devuelta a Perú. La conquista de un espacio que se prolongó finalmente hasta Arica, la incorporación efectiva del estrecho de Magallanes (lograda en 1842) y el control de la Araucanía completaron el territorio de la República y sobre todo proporcionaron al capital chileno y británico el monopolio mundial de la explotación del salitre.

De manera paradójica, una vez que el régimen oligárquico culminó con éxito la sustancial prolongación, manu militari, de las fronteras nacionales, quedó en evidencia la decadencia del «Estado portaliano», porque, en palabras del historiador conservador Francisco Antonio Encina, del edificio levantado por Diego Portales y sus hombres, en 1890 sólo quedaban los cimientos removidos y los muros desplomados. La guerra civil de 1891 clausuró la primera gran etapa del Chile republicano (De Ramón, 2004: 78).

El 18 de septiembre de 1886 el liberal José Manuel Balmaceda asumió la Presidencia de la República con el objetivo de emplear la riqueza del salitre al servicio del desarrollo del país, con la inversión a gran escala en obras públicas, mejoras educativas y la modernización militar y naval.[3]A comienzos de 1889 emprendió un viaje por las provincias septentrionales y de manera muy significativa el 7 de marzo en Iquique pronunció un extenso discurso sobre el futuro de la industria salitrera en el que se refirió a los peligros de un monopolio extranjero y señaló su deseo de que algún día el Estado fuera propietario de todos los ferrocarriles.

Mientras tanto, la crisis política se agudizaba y el Presidente perdía apoyos. A finales de 1890, el Congreso se negó a aprobar el presupuesto para el año siguiente y Balmaceda anunció que prorrogaría el del anterior. Pocos días después estalló la guerra civil más cruenta conocida en el país, en la que perdieron la vida cerca de diez mil personas y en la que la Marina y los intereses británicos apoyaron al Congreso y el ejército permaneció leal al jefe del Estado. En el plano militar el conflicto terminó el 31 de agosto con la ocupación de Santiago por las tropas del Congreso y el suicidio del presidente el 19 de septiembre en la legación argentina (Collier y Sater, 1999: 144-146).

En su trabajo clásico, el destacado historiador comunista Ramírez Necochea sostiene que aquella «contrarrevolución» fue promovida por los sectores«empeñados en impedir el progreso de la verdadera revolución pacífica que era impulsada por Balmaceda. Se ha probado de una manera categórica en otras páginas que los intereses económico-sociales de la oligarquía eran incompatibles, en mayor o menor grado, con transformaciones de tanta trascendencia y magnitud. Por eso levantaron su brazo armado contra un gobierno que actuaba en sentido genuinamente revolucionario y contra un presidente –Balmaceda– que era el alma de ese gobierno».

Así interpretó la izquierda en el siglo XX aquel dramático enfrentamiento y por ello invocó, particularmente Salvador Allende, en reiteradas ocasiones el ejemplo de Balmaceda[4](De Ramón, 2004: 79).

En cualquier caso, aquella guerra marcó una cesura en la evolución política del país y abrió paso al denominado periodo parlamentario, que se prolongó hasta la promulgación de la Constitución de 1925, restauradora del presidencialismo. En este contexto histórico nació Salvador Allende, en un tiempo en el que el movimiento obrero emergió de manera definitiva como un actor social relevante.

Allende fue el quinto hijo del matrimonio formado por el abogado Salvador Allende Castro y Laura Gossens Uribe, pero sus dos hermanos mayores murieron en la infancia. Antes que él también llegaron Alfredo e Inés y en 1910 nació su hermana Laura, a la que tuvo especial cariño y con quien compartiría trinchera en las filas del socialismo. Era muy pequeño cuando su familia, por el trabajo como funcionario del progenitor, se trasladó a vivir a Tacna, donde permanecieron hasta 1916 e inició sus estudios en la Sección Preparatoria del liceo local. Pasaron también algún tiempo en Iquique y en la meridional Valdivia, para regresar, en 1920, al puerto. En Valparaíso cursó los estudios secundarios en el liceo Eduardo de la Barra y fue en aquellos años cuando un sencillo zapatero libertario, quien vivía frente a su casa, le transmitió la semilla del pensamiento revolucionario (Debray, 1971: 61-62):[5]

Cuando era muchacho, en la época en que andaba entre los 14 y 15 años, me acercaba al taller de un artesano zapatero anarquista llamado Juan Demarchi, para oírle su conversación y para cambiar impresiones con él. Eso ocurría en Valparaíso en el periodo en que era estudiante del liceo. Cuando terminaba mis clases iba a conversar con ese anarquista que influyó mucho en mi vida de muchacho. Él tenía 60, o tal vez 63 años, y aceptaba conversar conmigo. Me enseñó a jugar ajedrez, me hablaba de cosas de la vida y me prestaba libros (...) esencialmente teóricos, como de Bakunin por ejemplo, y sobre todo, los comentarios de él eran importantes porque yo no tenía una vocación de lecturas profundas y él me simplificaba con esa sencillez y esa claridad que tienen los obreros que han asimilado las cosas.

El 23 de enero de 1971, durante sus primeros meses como Presidente de la República, Allende evocó su vida en Valparaíso en la ceremonia en la que la Municipalidad le otorgó la Medalla Diego de Almagro (Allende, 1971b: 154):

Para mí este acto tiene un contenido personal que puedo destacar: empecé a corretear, hace muchos años, para así decirlo, por las calles de Valparaíso, como estudiante del Liceo Eduardo de la Barra. Aquí vivieron los míos, y aquí seres queridos pagaron el tributo que todos pagamos a la vida. Por eso, al recibir de la Municipalidad esta distinción se reactualizan un cúmulo de recuerdos que se agolpan. Habiendo además cometido, no el delito, sino el hecho significativo de amarrarme más al puerto, ya que mi compañera es porteña. Entonces, para mí, todo lo envuelven el mar y los cerros, el recuerdo de mi infancia y de la juventud, la iniciación de mis trabajos como médico y la cárcel, donde estuviera recluido por mis ideas. Todo ello implica el haber estado siempre amarrado y anclado a esta ciudad.

Ayer, por ejemplo, para acentuar una vez más el golpe de recuerdos, llegué hasta el cerro Cordillera y en un trozo de ese sector, identificado por el tiempo, existe un edificio tosco, casi en ruinas, a pesar del esfuerzo que se ha hecho para adosar sus dos pabellones. Es una vieja y nueva escuela, es la Escuela Blas Cuevas, que cumple el 25 de octubre de este año 100 años de existencia. Esa escuela la fundaron Blas Cuevas y el doctor Allende Padín.

En diciembre de 1924, concluyó los estudios secundarios con mención honorífica, fue campeón juvenil de natación y decatlón y presidente del Centro de Alumnos. Al año siguiente solicitó la admisión como voluntario para cumplir el servicio militar en el regimiento Coraceros de Viña del Mar y cuando su familia tuvo que regresar a Tacna pidió el traslado al regimiento Lanceros de esta ciudad. Al concluirlo, en 1926, decidió cursar los estudios de Medicina en la Universidad de Chile, en Santiago, donde su hermano Alfredo estaba a punto de licenciarse en Derecho (Jorquera, 1990: 39-49).

Por primera vez se estableció largo tiempo en la capital, en un momento político convulso que desembocó en la dictadura del coronel Carlos Ibáñez del Campo, que reprimió al movimiento obrero y a la izquierda y se prolongó desde 1927 hasta 1931. Durante su etapa universitaria fue presidente del Centro de Alumnos de Medicina en 1927, con apenas 19 años, y vicepresidente de la combativa Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile en 1930 desde las filas del grupo Avance, mientras que al año siguiente fue delegado de la Escuela de Medicina en el Consejo Universitario. Los alumnos de ésta eran los de ideas más avanzadas, ya que la mayor parte procedía de provincias y vivían en un barrio muy modesto, mezclados entre las clases populares. Por las noches Allende se reunía con los otros muchachos que vivían en la misma pensión para leer en voz alta a Marx, Lenin y Trotsky.

Óscar Waiss, uno de sus compañeros en Avance y posteriormente en el Partido Socialista, recuerda una de las primeras intervenciones de Allende en las agitadas asambleas universitarias de aquellos años (1986: 21-22):

El debut de Allende fue muy curioso. Cuando éramos una minoría insignificante, nos resultaba muy difícil intervenir en las Asambleas, porque nuestros adversarios armaban un chivateo insoportable. Entonces decidimos lanzar a Salvador a la tribuna, porque tenía un aspecto de pije, no lo conocían y su origen social era claramente burgués. Subió el Chicho[6] –ya lo llamábamos así– al sitio señalado y comenzó su intervención diciendo con voz sonora: «Señores». Los radicales, que eran el núcleo principal de la derecha, se callaron pensando que se trataba de uno de ellos; nosotros permanecimos en silencio muy desconcertados, pues en esos tiempos decir «señores» en vez de «compañeros» significaba una herejía repudiable. Pero Salvador tenía una notable inteligencia y agilidad mental extraordinaria; se lanzó pues a hablar de la libertad, tema en que nadie se atrevía a mani festar discrepancias o reservas, y, en nombre de esa libertad reconquistada, pidió respeto para exponer sus ideas. Logró el milagro y, desde ese día, se convirtió en un líder universitario.

Por el realismo político del que ya entonces hacía gala, Allende fue expulsado de Avance en 1931, tal y como él mismo explicó el 2 de diciembre de 1972 a los estudiantes de la Universidad de Guadalajara, México, para exhortarles a que huyeran del extremismo estéril (Witker, 1980: 4-5):

Entonces, uno se encuentra a veces con jóvenes que como han leído el Manifiesto Comunista, o lo han llevado largo rato debajo del brazo, creen que lo han asimilado y dictan cátedra y exigen actitudes y critican a hombres que, por lo menos, tienen consecuencia en su vida. Y ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica, pero ir avanzando en los caminos de la vida y mantenerse como revolucionario, en una sociedad burguesa, es difícil.

Un ejemplo personal: yo era un orador universitario de un grupo que se llamaba Avance... el grupo más vigoroso de la izquierda. Un día se propuso que se firmara, por el grupo Avance un manifiesto –estoy hablando del año de 1931– para crear en Chile los sóviets de obreros, campesinos, soldados y estudiantes. Y yo dije que era una locura, que no había ninguna posibilidad, que era una torpeza infinita y que no quería, como estudiante, firmar algo que mañana, como profesional, no iba a aceptar.

Éramos 400 los muchachos de la universidad que estábamos en el grupo Avance, 395 votaron mi expulsión; de los 400 que éramos, sólo dos quedamos en la lucha social. Los demás tienen depósitos bancarios, algunos en el extranjero; tuvieron latifundios –se los expropiamos– y a los de los monopolios les pasó lo mismo. Pero en el hecho, dos hemos quedado y a mí me echaron por reaccionario; pero los trabajadores de mi patria me llaman el Compañero Presidente.

En 1932, por primera vez en América Latina, se proclamó una República Socialista que, aunque de existencia efímera, sentó las bases para la fundación del Partido Socialista de Chile. La noche del 4 de junio Marmaduque Grove, coronel de la Fuerza Aérea, entró en La Moneda acompañado por un centenar de personas, partidarios del ex presidente Arturo Alessandri y del coronel Ibáñez y también personas de ideas socialistas, declaró depuesto al presidente Juan Esteban Montero y proclamó la República Socialista.

Durante los doce días en que una junta de gobierno presidida por tres personas (Eugenio Matte –dirigente de una agrupación socialista–, el periodista Carlos Dávila y el general retirado Arturo Puga) rigió los destinos del país, la mayor parte de los ministerios estuvieron a cargo de dirigentes socialistas como Óscar Schnacke, Eugenio González o Carlos Alberto Martínez. A pesar de su breve existencia y de las discrepancias que despertó en el conjunto de la izquierda puesto que el Partido Comunista se opuso públicamente a ella, sus dirigentes expresaron «una clara voluntad de cambio» y propusieron al país un discurso que sugería que «algo nuevo y serio» se avecinaba (Arrate y Rojas, 2003: 151).

El 16 de junio un grupo de militares, que acusó a Matte y Grove de pretender conducir el país al comunismo, puso fin a aquella singular experiencia y desterró a Matte, Grove y otros destacados socialistas a la Isla de Pascua, donde tuvieron la oportunidad de reflexionar sobre aquella experiencia y concluyeron la necesidad de formar un partido que agrupara a todas las pequeñas formaciones que compartían su ideario y que habían actuado o surgido al calor de los acontecimientos de aquel año.

Si su decidida oposición a la dictadura de Ibáñez le supuso la expulsión temporal de la Universidad, Salvador Allende también fue encarcelado tras la caída de la República Socialista, a la que había apoyado (Debray, 1971: 59):

Tuve cinco procesos, fui sometido a cortes marciales. Cuando vino la caída de la República Socialista de Marmaduke Grove estaba haciendo mi internado de medicina en Valparaíso. Entonces pronuncié un discurso como dirigente universitario en la Escuela de Derecho, como consecuencia del cual se me detuvo. Además, fueron detenidos otros familiares míos (...) Ahí nos juzgó una corte marcial que nos puso en libertad. Nuevamente nos tomaron presos y nos sometieron a una segunda corte marcial, vino toda la etapa del proceso propiamente tal.

En aquellos días su padre estaba gravemente enfermo, le habían amputado una pierna y tenía síntomas de gangrena en la otra:

De ahí que estando detenidos se nos permitió a mi hermano y a mí ir a ver a nuestro padre. Allí como médico me di cuenta del estado de gravedad suma en que se encontraba. Pude conversar unos minutos con él y alcanzó a decirnos que sólo nos legaba una formación limpia y honesta y ningún bien material. Al día siguiente falleció; en sus funerales hablé para decir que me consagraría a la lucha social, promesa que creo haber cumplido.

Tomás Moulian subraya el significado de estas palabras (1998: 35):

Esta autoimagen es interesante, Allende vincula su vocación de luchador social a la fuerza de afectos, a esa simbólica promesa realizada ante la tumba paterna. No la liga al conocimiento ideológico, a la iluminación del marxismo. En esa confesión ante Debray, él realiza sin pretenderlo un retrato sociológico de la generación política socialista de los años treinta. Provenientes la mayor parte de la tradición del humanismo laico, de familias de capas medias profesionales provincianas, realizan su tránsito hacia posiciones revolucionarias de manera distinta a la generación de los sesenta. Se sensibilizan, no a través del vehículo de la teoría marxista, sino a través de un conocimiento empírico de la miseria, que Allende realiza durante su práctica en el Hospicio de Santiago, o a través de su inmersión en las luchas sociales de esos años agitados.

En las elecciones del 30 de octubre de 1932 Arturo Alessandri fue elegido presidente con el 54,6 % de los votos y Grove, sin tener detrás una organización política, ni realizar campaña, quedó en segundo lugar, con el 17,7 %. La crisis del Partido Comunista, atravesado por la polémica entre Stalin y Trotsky, se tradujo en el exiguo apoyo alcanzado por su candidato presidencial, Elías Lafferte (el 1,2 %) (Cruz-Coke, 1984: 99). El notable respaldo a la candidatura de Grove aceleró el proceso de creación del Partido Socialista, en el que participó Salvador Allende, como le explicó a Debray: «Yo no adherí al Partido Socialista, Régis: yo soy fundador del Partido Socialista, uno de los fundadores». Sobre por qué no ingresó en el Partido Comunista, que ya tenía entonces dos décadas de vida, apuntó (1971: 57-58):

Efectivamente, cuando fundamos el Partido Socialista existía el Partido Comunista, pero nosotros analizamos la realidad chilena y creímos que había cabida para un Partido que, teniendo un pensamiento filosófico doctrinario similar, un método como el marxismo para interpretar la historia, era un Partido que no tenía vinculaciones de tipo internacional, lo cual no significaba que nosotros desconociéramos el internacionalismo proletario. (...) El Partido Comunista aparecía como un partido más hermético, más cerrado, nosotros creíamos que era conveniente un partido que sobre la base, reitero, del mismo pensamiento, tuviera una concepción más amplia, de una independencia absoluta, con otra táctica que enfocara esencialmente los problemas, digamos, chilenos con un criterio ¿no? al margen de una posición vinculada internacionalmente.

En la fundación del Partido Socialista convergieron numerosos varios grupos de matriz marxista, militantes trotskistas expulsados del Partido Comunista y la Acción Revolucionaria Socialista de Óscar Schnake y Eugenio González, de inspiración anarcosindicalista. Su primera Declaración de Principios proclamó:

El Partido Socialista adopta como método de interpretación de la realidad el marxismo, enriquecido y rectificado por todos los aportes científicos del constante devenir social. La actual organización capitalista divide la sociedad humana en dos clases cada día más definidas, una clase que se ha apropiado los medios de producción y que los explota en su beneficio y otra clase que trabaja, que produce y que no tiene otro medio de vida que su salario.

Al contrario de lo que tradicionalmente se sostiene, el Partido Socialista habló en aquel documento de la necesidad de una suerte de dictadura del proletariado:

El régimen de producción capitalista, basado en la propiedad privada de la tierra, de los instrumentos de producción, de cambio, de crédito y de transportes, debe necesariamente ser reemplazado por un régimen económico socialista en que dicha propiedad privada se transforme en colectiva. Durante el proceso de transformación total del sistema es necesaria una dictadura de trabajadores organizados.

Incluso descartó la posibilidad de construir el socialismo «por medio del sistema democrático» (Arrate y Rojas, 2003: 170):

La transformación evolutiva por medio del sistema democrático no es posible porque la clase dominante se ha organizado en cuerpos civiles armados y ha erigido su propia dictadura para mantener a los trabajadores en la miseria y en la ignorancia e impedir su emancipación. La doctrina socialista es de carácter internacional y exige una acción solidaria y coordinada de los trabajadores del mundo. Para resolver este postulado el Partido Socialista propugnará la unidad económica y política de los pueblos de Latinoamérica para llegar a la Federación de las Repúblicas Socialistas del continente y a la creación de una política antiimperialista.

A finales de 1932, Salvador Allende recibió el título de licenciado en Medicina con su tesis de grado titulada Higiene mental y delincuencia[7]y, al no hallar oportunidades de trabajo en la capital, regresó a Valparaíso, ejerció en la Asistencia Pública y fundó la revista Medicina Social. En 1971, le explicó a Roberto Rosellini, en una entrevista grabada para varias televisiones, algunos episodios de aquellos años y sus dificultades para hallar trabajo debido a su participación en las luchas estudiantiles y su militancia socialista (Archivo Salvador Allende, 12, 1993: 67-74):

Tuve muchas dificultades, porque, aunque fui un buen estudiante y me gradué con una calificación alta, me presenté por ejemplo a cuatro concursos en los que era el único concursante y sin embargo los cargos quedaron vacantes. ¿Por qué? Por mi vida estudiantil.

En Valparaíso tuve que trabajar duramente en el único puesto que pude desempeñar: asistente de anatomía patológica. Con estas manos he hecho 1.500 autopsias. Sé qué quiere decir amar la vida y sé cuáles son las causas de la muerte. Terminando mi trabajo de médico me dedicaba a organizar el Partido Socialista. Yo soy el fundador del Partido Socialista de Valparaíso. Me enorgullece haber mantenido desde cuando era estudiante hasta hoy una línea, un compromiso, una coherencia. Un socialista no podía estar en otra barricada que en aquélla en la que yo he estado toda mi vida.

Como dirigente socialista, criticó en distintos actos al Gobierno conservador de Arturo Alessandri y a consecuencia de ello fue detenido por funcionarios de Investigaciones y relegado entre julio y noviembre de 1935 al puerto nortino de Caldera. Allí desarrolló una interesante actividad ya que, al comprobar el estado deficiente de la salud pública, procedió a vacunar a toda la población y, en su condición de dirigente socialista, su labor de adoctrinamiento fue asimilada por una gran parte de la población (Nolff, 1993: 29-30).

Al regresar a Valparaíso volvió a difundir por los cerros las propuestas de su organización al tiempo que ejercía la medicina con un marcado sentido filantrópico, como lo hiciera su abuelo. Su subsistencia la garantizaba trabajando como médico legista y con una consulta privada en una oficina que le prestaba su cuñado, el doctor Eduardo Grove. En 1935, promovió la creación de la Sociedad Médica de Chile y se encargó de la redacción del Boletín Médico de Chile. En el Partido Socialista su trayectoria fue ascendente: jefe de núcleo en 1933, secretario de seccional al año siguiente y secretario del Comité Regional de Valparaíso en 1935. En aquellos años también ingresó en la Masonería (Rocha, 2000).

Asimismo, fue un miembro muy activo de las Milicias Socialistas, creadas en respuesta a la actuación de las derechistas Milicias Republicanas y del Movimiento Nacional Socialista de Chile, con cuyos militantes solían enfrentarse en las calles (Veneros, 2003: 88-89). Waiss recuerda que fue Allende el dirigente de las Milicias en Valparaíso (Jorquera, 1990: 181):

Nosotros, en Santiago, recibíamos informes de los enfrentamientos en Valparaíso entre nuestros camaradas y los nazis. Y entonces empezamos a oír mencionar continuamente el nombre de Salvador Allende. Porque él dirigía a nuestra gente en el Puerto.

En diciembre de 1956, en el Senado, Allende recordó de manera elogiosa la actuación de las Milicias Socialistas, que se disolvieron cuando el gobierno del Frente Popular prohibió la existencia de este tipo de organizaciones (Martner, 1992: 186):

Cuando muchos senadores de la derecha –no todos, por suerte– miraban con complacencia el «nazifascismo», fueron los jóvenes de la Juventud Socialista los que dieron su sangre generosa en las calles de todo Chile para lograr que el régimen democrático, que no nos satisface plenamente, se mantuviera. Y no hay ningún partido, ni el Conservador, ni el Radical, ni el Liberal, que tenga más víctimas que el Partido Socialista, que nosotros, que los socialistas de todos los sectores, en la lucha contra el fascismo.

La fundación del Partido Socialista cerró el periodo fundacional del movimiento popular chileno. Si el «Estado Portaliano» consagró a partir de 1833 la voluntad de la oligarquía como ley, desde los albores de la República hubo grupos sociales que se rebelaron contra su hegemonía. Así, Ramírez Necochea rescató el levantamiento de los mineros de Chañarcillo en 1834 y de otros sectores laborales en unas acciones caracterizadas por las interrupciones del trabajo y el saqueo de los almacenes de las compañías (1956: 130). Fue en 1850 cuando las ideas socialistas se expusieron públicamente por primera vez. Dos años después de la publicación del Manifiesto Comunista, Santiago Arcos y Francisco Bilbao, junto con otros intelectuales y trabajadores manuales, fundaron la Sociedad de la Igualdad, la primera organización que se propuso como objetivo el cambio social. La Sociedad de la Igualdad llegó a reunir a más de tres mil adherentes hasta que a los siete meses de su creación fue clausurada por el Gobierno conservador de Bulnes, quien declaró el estado de sitio y apresó a Arcos y a otros dirigentes. Su discurso contestatario, expuesto en su periódico El Amigo del Pueblo y transmitido también en escuelas y talleres de educación popular, alcanzó un cierto eco social.

En el último cuarto del siglo XIX surgió ya una notable prensa obrera, a consecuencia de la llegada de las ideas marxistas y anarquistas llevadas a América por los inmigrantes europeos. En 1890 tuvo lugar la primera huelga general de la historia del país, iniciada en Iquique el 2 de julio por los estibadores y que se extendió hasta las minas de carbón de Lota y Coronel. Asimismo, una fuerza política que contaba con el apoyo de sectores obreros, como el Partido Democrático, conquistó un espacio en el Congreso Nacional y alcaldías tan relevantes como la de Valparaíso.

En el cambio de siglo, tuvo lugar el proceso de prusianización del ejército, dirigido por el general Emil Körner, y la oligarquía asestó un golpe magistral a la clase trabajadora al imponer por ley el servicio militar obligatorio: en las décadas siguientes los hijos de las clases populares fueron adiestrados y utilizados para reprimir en repetidas ocasiones las expresiones de rebeldía de su clase social. Así sucedió en 1903 con la huelga de los estibadores de Valparaíso, que originó un levantamiento popular sofocado por unidades militares enviadas desde la capital, o en octubre de 1905, con la «huelga de la carne» en Santiago, aplastada también por el ejército. Pero la masacre obrera que más ha perdurado en la memoria popular, por los más de tres mil trabajadores asesinados y por la emocionante Cantata creada por Luis Advis e interpretada por Quilapayún, es la de la Escuela Santa María de Iquique en diciembre de 1907.[8]

La matanza de Iquique hundió durante algunos años a las organizaciones obreras, ya que las sociedades de resistencia tuvieron que soterrarse y se disolvieron las grandes mancomunales. Pero en 1911 el Partido Demócrata firmó un pacto con los partidos Conservador y Liberal Democrático que supuso la división de sus filas y la salida de los sectores obreros más combativos, encabezados por el tipógrafo Luis Emilio Recabarren, quien junto con un grupo de trabajadores de Iquique acometió la fundación de un verdadero partido de los trabajadores con implantación en todo el territorio nacional. El 21 de mayo de 1912 Recabarren, en un artículo periodístico titulado «Vamos al socialismo», llamó a los obreros del salitre a abandonar el Partido Demócrata para crear en Tarapacá «el formidable pedestal del Partido Socialista de Chile». En los días posteriores los trabajadores de 22 agrupaciones demócratas de la provincia acogieron su llamamiento (Pinto Vallejos, 1999: 315-316).

Después del fracaso de distintas experiencias partidarias de inspiración marxista, el 4 de junio de 1912 Recabarren y sus compañeros fundaron en Iquique el Partido Obrero Socialista (POS), la primera gran organización política de la izquierda chilena, que tan sólo tres años después ya tenía una estructura nacional y un influyente diario obrero, El Despertar de los Trabajadores, que se publicó hasta 1927.[9]Además, la presencia de militantes del POS fue decisiva para que la Federación Obrera de Chile (FOCh), creada en 1909 por sectores católicos conservadores, virara en 1917 hacia posiciones marxistas y dejara de ser una organización mutualista de ferroviarios para convertirse en la primera central sindical de ámbito nacional.

El triunfo de la Revolución bolchevique tuvo una gran repercusión en el movimiento obrero de matriz marxista en Chile y, si en su IV Congreso de diciembre de 1921 la FOCh aprobó su incorporación a la Internacional Sindical Roja, el 1 y 2 de enero de 1922 el Partido Obrero Socialista celebró su IV Congreso en Rancagua y concluyó su proceso de adhesión a la III Internacional, por lo que, en virtud de las 21 condiciones establecidas por Lenin, pasó a denominarse Partido Comunista de Chile.

La crisis del salitre a partir de 1919 ocasionó el cierre de decenas de oficinas, por lo que miles de trabajadores del Norte Grande se desplazaron a otros puntos del país y llevaron consigo el ideario socialista. En 1925, en medio de la peor crisis política desde 1891 (antesala de la dictadura de Ibáñez), el Partido Comunista logró elegir a su primer senador y a siete diputados. Pero el suicidio de Recabarren en diciembre de 1924 y la involución hacia posiciones sectarias minaron su influencia social durante algunos años y no se recuperó hasta una década después, cuando contribuyó a forjar el Frente Popular y optó por una línea política que mantuvo durante cuatro décadas.

En la creación del Frente Popular tuvo una gran importancia la Guerra Civil española. Por la prensa de izquierdas, la heroica lucha de la República contra el fascismo fue seguida día a día e influyó en la gestación del clima político que permitió la conformación de una coalición de este tipo.

Salvador Allende era el presidente del Frente Popular en Valparaíso en 1937, cuando sólo tenía 29 años, y en los comicios de aquel año fue elegido diputado por la zona, en la que fue la primera de sus cinco victorias en elecciones parlamentarias. El Partido Socialista eligió un total de 19 diputados y obtuvo el 11,1 % de los votos. Allende alcanzó 2.021 votos (1.800 de ellos en Valparaíso y 221 en Quillota) y fue el único socialista de los doce candidatos elegidos en esta circunscripción.[10]

En su primera etapa como parlamentario, que se prolongó hasta 1939, impulsó varios proyectos de ley sobre la alfabetización obrera y campesina, la prohibición de los monopolios, la reforma del Código del Trabajo o la creación del Consejo Superior de Protección a la Infancia y la Adolescencia (Nolff, 1993: 31). El 26 de julio de 1937 intervino en nombre de los diputados socialistas para fijar su posición frente a un proyecto de ley promovido por el Gobierno de Alessandri para establecer los servicios de medicina preventiva en el país (Quiroga, 1988: 32):

Pienso que Chile es una sola y gran choza, en la cual sólo hay un enfermo: todo el pueblo de Chile. He recordado esto, porque pienso, asimismo, que, si bien es verdad el profesor Cruz Coke tira hoy día de la carretilla del Gobierno, no se va a producir el milagro, no va a llegar el sol a la cama del enfermo, que es el pueblo de Chile; y digo «no va a llegar el sol», porque no es sólo el sol del reposo preventivo lo que este pueblo necesita, sino que es una legislación que se aplique en su integridad, y que vaya al substratum profundo de los males sociales, y que de una vez por todas terminen con el agio y la especulación, y que rompa la indiferencia del Gobierno ante los grandes problemas de interés nacional que subsistiendo en toda su crudeza, estrangulan a los sectores medios y propulsores del país.

Chile fue el único país americano donde las izquierdas y el centro progresista organizaron una coalición antifascista y, al igual que en Francia y España, también allí resultó vencedora, en este caso en las elecciones presidenciales del 25 de octubre de 1938, cuando la candidatura del maestro radical Pedro Aguirre Cerda derrotó por un margen de tres mil votos al derechista Gustavo Ross. El Frente Popular imprimió un viraje histórico a la economía nacional, con la puesta en marcha de la política de sustitución de importaciones y la creación en 1939 de la Corporación de Fomento de la Producción (CORFO), que impulsaron el desarrollo de la industria nacional tras los graves efectos de la crisis del 29.

En diciembre de 1938, cuando sólo habían transcurrido cinco años de su fundación y apenas hacía un mes y medio de la victoria del Frente Popular, el V Congreso del Partido Socialista dejó al descubierto la existencia de dos sectores que discrepaban sobre el papel del partido en el Gobierno de Aguirre Cerda. En aquel Congreso, que eligió a Allende como subsecretario general, los socialistas aprobaron la participación en el Ejecutivo, pero su heterogeneidad ideológica dio paso a tres lustros de divisiones y ya en 1940 un grupo de dirigentes encabezados por César Godoy Urrutia fundó el Partido Socialista de los Trabajadores (PST).

En una de sus últimas intervenciones como diputado, en junio de 1939, Allende exhibió la oratoria didáctica que le caracterizó y expresó cuál era su concepción del marxismo, en respuesta a un diputado de la oposición derechista (Quiroga, 1988: 59):

Los diputados socialistas a cuyo nombre hablo analizamos los fenómenos sociales a través del marxismo, que no es un dogma, sino un método para interpretar la historia, y cuyos fundamentos lo constituyen el materialismo y la lucha de clases. Ésta nos evidencia que existen en la sociedad capitalista sectores sociales, grupos humanos antagónicos. Antagonismos que emanan de sus distintos intereses económicos. Los detentadores de la riqueza y del poder son los opresores o explotadores que oprimen a los que viven de su salario o jornal, a quienes explotan política y económicamente.

Al defender en aquella ocasión al Frente Popular, expresó tempranamente su apuesta por la formación de bloques políticos amplios que permitieran realizar las transformaciones que a su juicio el país requería:

Para realizar nuestro camino y de acuerdo con la realidad, adoptamos diversas tácticas políticas. Ayer el block de izquierdas; hoy el Frente Popular. Al hacerlo hemos claramente expuesto lo que esto significa. No se puede confundir un gobierno socialista con un gobierno de Frente Popular. Un gobierno frentista está creado para defender las garantías democráticas en contra de la amenaza tenebrosa del fascismo, cuya acción empieza ya a sentirse en estas tierras de América.

Al prohijar al Frente Popular, no hemos depuesto nuestro acervo doctrinario, ni nuestra acción combativa. No hemos renunciado a nuestro derecho a exponer nuestras ideas y nuestra finalidad como partido. No. Hemos, sí, comprometido nuestra fe, para mantener la democracia, en la lucha sin cuartel en que estamos empeñados contra la oligarquía, el fascismo y el imperialismo. Lo hemos dicho al país y lo recalcamos nuevamente que un programa socialista no es lo mismo que uno del Frente Popular.

El programa del Frente Popular está basado en la aceptación de puntos comunes en el orden económico, político y social por parte de todos los partidos que integran esta combinación, aunque pueda entre ellos existir diferencias doctrinarias.

El Frente Popular es una barricada defensiva en la que se cobijan todas las fuerzas democráticas. Su acción no está ligada a ningún compromiso y su orientación está basada en el conocimiento pleno de la chilenidad. Su destino, servir los intereses populares a través de un gobierno del pueblo.

En aquel discurso también leyó un párrafo de un documento doctrinario del Partido Socialista que permaneció entre las ideas centrales de su pensamiento político:

El Partido Socialista plantea que, mientras existan clases sociales antagónicas, oligarquía explotadora, aliada y servidora del imperialismo, y multitudes trabajadoras oprimidas, y el Estado esté convertido, por la fracción dominante, en instrumento de represión, será utópica una auténtica democracia política y no se logrará tampoco el bienestar económico de las capas laboriosas. Por eso, el Partido Socialista lucha contra los soportes financieros del régimen dominante: el latifundio y el imperialismo. La victoria sobre estos factores semicoloniales de nuestra economía será el primer paso firme hacia una legítima democracia y un avance en la marcha ascendente hacia el Socialismo.

Y, en septiembre de aquel año, tomó la palabra en la Cámara para defender un proyecto de ley de alfabetización pensado para los obreros y los campesinos. El diputado Allende diseccionó la magnitud del analfabetismo que caracterizaba la realidad del país, que «lesiona tan directamente la existencia misma de la vida democrática de la nación», y por ello instó al Gobierno del Frente Popular, «que nació del pueblo y vive para el pueblo» (y cuyo Presidente había proclamado: «Gobernar es educar»), a emprender dos acciones inmediatas: alcanzar el número de escuelas y maestros necesarios para incorporar al sistema educativo primario a los 350.000 niños sin escolarizar y crear un cuerpo de instituciones alfabetizadoras a lo largo de todo el país para las personas adultas que se hubiesen visto privadas del acceso a la enseñanza o accedido a ella de manera insuficiente. Para ello, el primer artículo del proyecto de ley planteó la creación del Departamento de Alfabetización Obrera y Campesina en el Ministerio de Educación. «¡Por un Chile sin analfabetos! ¡Porque todo Chile sea una escuela!», exclamó (Quiroga, 1988: 139-148).

Fue también durante su breve periodo como diputado cuando inauguró su costumbre de pronunciarse desde el Congreso Nacional sobre los asuntos centrales de la coyuntura internacional y así el 26 de noviembre de 1938, dos semanas después de la «noche de los cristales rotos», remitió junto con otros 75 parlamentarios un telegrama de protesta a Adolf Hitler (Pey, 2005: XI):[11]

... en nombre de los principios que informan la vida civilizada, consignamos nuestras más vivas protestas por la trágica persecución de que se hace víctima al pueblo judío en ese país y formulamos votos porque su Excelencia haga cesar tal estado de cosas y restablezca para los israelitas el derecho a la vida y a la justicia, tan humana y elocuentemente reclamados por el Presidente Roosevelt.

El 24 de enero de 1939, la noche en que un violento seísmo causó más de treinta mil muertos en el sur del país, Salvador Allende conoció a una joven y hermosa estudiante de Historia, natural también de Valparaíso, Hortensia Bussi, y el 16 de septiembre de 1940 contrajeron matrimonio. Pronto nacieron sus tres hijas: Carmen Paz, Beatriz e Isabel.

Si repudió los primeros crímenes del nazismo, también participó en la acogida a los más de dos mil republicanos españoles que llegaron procedentes de Burdeos a Valparaíso el 4 de septiembre de 1939 a bordo del Winnipeg, en un viaje organizado por Pablo Neruda, designado Cónsul Especial para la Inmigración Española por Aguirre Cerda. Como miembro del Comité de Ayuda a los Refugiados Españoles, Allende asistió en Santiago a varios actos de solidaridad con los pasajeros del Winnipeg y con el tiempo algunos de ellos, como el destacado pintor José Balmes o Víctor Pey, se convirtieron en grandes amigos suyos.

La condena de la dictadura franquista estuvo presente en su discurso político hasta el final de su vida. Así, por ejemplo, el 12 de septiembre de 1945, al intervenir en el Senado para fijar su posición frente a la Carta de las Naciones Unidas, recordó la complacencia de la mayor parte de los parlamentarios de la derecha con las potencias del Eje y con el fascismo en la Guerra Civil española y expresó su deseo de que la derrota del totalitarismo en Europa alcanzara también a España (Martner, 1992: 134):

Nuestro Gobierno y ciertos políticos no quieren recordar que la guerra comenzó en España; que la revuelta de Franco, apoyada por las potencias del Eje, fue el primer estallido de la conflagración internacional. Esta guerra debe terminar en España y con la instauración de un régimen de acuerdo con la voluntad soberana del pueblo español.

¡Ah, si recordáramos la defensa que se ha hecho del régimen franquista; si repitiéramos las palabras que han pronunciado en este Honorable Senado los senadores de derecha y las que pronunciaron en la Honorable Cámara los diputados de esta combinación política...

En octubre de 1939, por encargo de su Partido, Allende asumió el Ministerio de Salubridad, Previsión y Asistencia Social en el Gobierno de Aguirre Cerda y tomó posesión como el ministro del ramo más joven de la historia nacional.[12]Su amigo y compañero Carlos Briones evocó su enorme interés por estos aspectos (Jorquera, 1990: 177):

Con Salvador pasábamos horas y horas analizando temas como salud, vivienda, educación, ingresos y su distribución, condiciones de vida de la clase trabajadora, política de salarios, alimentación, mortalidad, estructura de los servicios de salud, tanto del Estado como de los organismos de previsión... Esos fueron los asuntos que más apasionaron a Salvador.

Allende inició su labor con la redacción del libro La realidad médico-social chilena, un crudo diagnóstico de las condiciones de vida de las grandes mayorías que fue distinguido con el premio Carlos Van Buren de la Asociación Médica de Chile (Quiroga, 1988, 103-104):

Nuestro país vive un momento de su historia en que pugna por desprenderse de formas económicas antiguas, autocráticas y de libre competencia, para canalizar su vida social por cauces de cooperación y de bienestar efectivo que abarque a todas las capas populares y de clase media. Éste es el significado fundamental que para Su Excelencia el Presidente de la República, el Partido Socialista y sus Ministros tiene el gobierno de Frente Popular que la ciudadanía instauró hace apenas un año: reconquistar la riqueza social y la potencia económica de la nación, controlarla, dirigirla, fomentarla, al servicio de todos los habitantes de la República, sin privilegios ni exclusivismos. Pero, además, y como consecuencia, devolver a la raza, al pueblo trabajador, su vitalidad física, sus cualidades de virilidad y de salud que ayer fueran su característica sobresaliente; readquirir la capacidad fisiológica de pueblo fuerte, recobrar su inmunidad a las epidemias; todo lo cual habrá de permitir un mayor rendimiento en la producción nacional a la vez que una mejor disposición de ánimo para vivir y apreciar la vida. Y, finalmente, conquistar para todas las capas sociales el derecho a la cultura en todas sus manifestaciones y aspectos. Un pueblo vitalizado, sano y culto, he ahí la consigna a la cual debemos atenernos todos los chilenos que anhelamos ardientemente servir a la patria, y que luchamos sin descanso por que el pueblo supere la etapa de explotación y de ignorancia en que ha vegetado. (...)

Ciento veinte años de vida política independiente no han bastado para incorporar a la vida cívica a las clases proletarias dentro del juego normal del progreso; apenas han sido suficientes para que las capas modestas, en escaso porcentaje, disfruten de una mínima parte de los adelantos económicos, técnicos y culturales alcanzados por la humanidad.

El formidable auge del industrialismo, los progresos de la ciencia, los adelantos realizados dentro de la higiene y de la medicina, los beneficios del acervo cultural, les han estado prácticamente vedados a la gran masa de los chilenos, que es en definitiva la forjadora de la riqueza pública.

Fue ministro hasta 1941 (cuando renunció y asumió como administrador de la Caja de Seguro Obligatorio) y durante aquel periodo de dos años reformó el Seguro Obrero Obligatorio y organizó en la Alameda (junto al aristocrático Club de la Unión) una exposición sobre la situación nacional de la vivienda, que puso de relieve las enormes carencias del país. El 14 de agosto de 1945, en el Senado, Allende recordó aquella iniciativa (Quiroga, 1988: 356):

El año 1939, en plena Alameda de las Delicias, hicimos una exposición pública sobre el problema de la vivienda (...) En Chile más de un millón quinientas mil personas viven en habitaciones insalubres; el 83 % de nuestras viviendas tienen piso de tierra; en término medio, 7,5 personas viven por habitación y 3,2 por cama. Manifestamos que existía un déficit de arrastre de 300.000 viviendas, déficit que se aumenta anualmente, porque no se construyen las casas necesarias para hacer frente al aumento vegetativo de la población.

Entre quienes trabajaron con él durante aquella etapa también estuvo Hernán Santa Cruz (Jorquera, 1990: 238-239):

El Ministerio de Salubridad estaba al lado del Mapocho. Salvador decidió inaugurar una política masiva de salubridad. Y formó un equipo que se reunía todas las tardes en la oficina del Ministro a diseñar esta nueva política. Comenzamos con la reforma a la ley de Seguro Obrero (la 4.054, que llegaría a ser famosa). Chicho consiguió con la OIT que nos enviaran al mejor de sus expertos. ¡Y reformamos la ley! Redactamos, asimismo, una larga serie de proyectos que después serían leyes. Como la de Accidentes de Trabajo, por ejemplo. Yo tenía alguna experiencia porque, en el fondo, la previsión social –seguros, pensiones...– nació en el ejército, como consecuencia de la Guerra del Pacífico. Por lo tanto, ésas eran materias de las que debía ocuparme, en mi condición de Auditor General de Guerra, y también tuve mucho que ver con la seguridad social de los carabineros: la Mutualidad, la Caja de Carabineros... De manera que todos aportamos lo que sabíamos, bajo la dirección de Chicho. Y en este punto, hay que señalar algo muy importante: Salvador fue el primero que supo consolidar el concepto de seguridad social, no solamente en Chile, sino también en América Latina.

El triunfo del Frente Popular tuvo un significado trascendental puesto que fue la primera ocasión en que las fuerzas progresistas apartaron a la oligarquía del poder político. La participación destacada de Allende acrecentó su prestigio en el Partido Socialista y entre las clases populares y le persuadió de que en su país podía ser posible la construcción del socialismo sin el recurso a la violencia revolucionaria. El 25 de octubre de 1943 pronunció un discurso en un acto partidario de homenaje a la victoria de Pedro Aguirre Cerda (Archivo Salvador Allende, 6, 1990: 33-43):

El 25 de octubre de 1938 es para el pueblo de Chile y para sus masas obreras un acontecimiento político que quiebra el rumbo de nuestra vida nacional. Significa el desplazamiento de los viejos sectores tradicionalistas, que mantuvieron el Gobierno por más de ciento veinte años, y el triunfo de los grupos democráticos y populares que, unidos en torno a un maestro y un estadista, conquistaron el poder político. (...)

A Pedro Aguirre Cerda se le respetó, porque fue leal con el pueblo; porque creyó en el destino de las clases trabajadoras, porque bregó contra la incomprensión de muchos, la maldad de sus adversarios políticos y la terquedad de sus propios partidarios; porque anheló organizar un destino mejor para las masas ciudadanas, y para Chile un desarrollo económico e industrial que le permitiera su independencia. Porque ejerció su misión con dignidad de hombre y con dignidad de gobernante, por eso los socialistas, que fuimos leales con él en vida, hoy, en este instante de inercia política, en medio de la apatía en que vivimos, frente a la indiferencia culpable de muchos y a las vacilaciones del propio Gobierno, miramos a Aguirre y vemos en él al padre espiritual de una etapa que fue promisoria en su significado y en su iniciación y que debemos continuar, en función no de la voluntad de un hombre o de un Partido, sino de las esperanzas de un pueblo.

Ya como Presidente de la República, analizó la trascendencia, pero también las limitaciones de la experiencia frentepopulista (Debray, 1971: 66):

Nosotros tuvimos conciencia de que el Frente Popular indiscutiblemente representó un gran avance, porque fue la incorporación de la pequeña burguesía al ejercicio del poder, porque organizó a la clase obrera en una Confederación de Trabajadores, pero al mismo tiempo comprendimos perfectamente bien que la dependencia económica implicaba el sometimiento político. Y, si bien es cierto que el Frente Popular era un paso hacia delante, no implicaba ni podía implicar la liberación política y la plena soberanía que estaba supeditada a la dependencia económica.

Nosotros conscientemente actuábamos en el Frente Popular como una etapa, pero indiscutiblemente cada vez veíamos que los problemas de fondo no podían solucionarse. Y ¿por qué no podían solucionarse? Porque nuestras riquezas esenciales estaban en manos del capital extranjero. De ahí entonces que esa experiencia vivida fortificó nuestra convicción de que la lucha esencial en los países capitalistas dependientes o «en vías de desarrollo» es la lucha antiimperialista. Éste es el fondo, la base de los otros cambios estructurales.

[1] Creemos oportuno explicar el sistema de citas empleado: entre paréntesis, después del párrafo con la idea o afirmación citada, mencionamos el autor o, en su caso, el inicio del título, seguido del año de publicación y las páginas a las que nos referimos. En el apartado de bibliografía, pueden consultarse los datos del documento o libro completos.

[2] En su excelente síntesis de la historia de Chile, De Ramón cita la carta que mejor sintetiza la ideología de Portales («si es que así puede llamarse»), reivindicada por la dictadura de Pinochet 140 años después: «La democracia que tanto pregonan los ilusos es un absurdo en países como los americanos, llenos de vicios y donde los ciudadanos carecen de toda virtud como es necesario para establecer una verdadera república. (...) La república es el sistema que hay que adoptar, pero¿sabe cómo yo la entiendo para estos países? Un gobierno fuerte, centralizador, cuyos hombres sean verdaderos modelos de virtud y patriotismo, y así enderezar a los ciudadanos por el camino del orden y de las virtudes. Cuando se hayan moralizado, venga el gobierno completamente libre y lleno de ideales, donde tengan parte todos los ciudadanos. Esto es lo que yo pienso y todo hombre de mediano criterio pensará igual» (2004: 72-73).

[3] «En 1887, se creó un nuevo Ministerio de Obras Públicas, el cual, en 1890, absorbió más de un tercio del presupuesto de la nación. Nuevas escuelas, nuevos edificios de gobierno, la primera sección del ferrocarril transandino, el dique seco de Talcahuano, la canalización del río Mapocho, el largo puente sobre el río Bío-Bío, el viaducto del Malleco: Balmaceda dejaría una huella innegable en Chile» (Collier y Sater, 1999: 143).

[4] El 14 de septiembre de 1973, Pablo Neruda escribió postrado en su cama de Isla Negra las últimas páginas de su libro de memorias, en las que comparó a Balmaceda con Allende: «Chile tiene una larga historia civil con pocas revoluciones y muchos gobiernos estables, conservadores y mediocres. Muchos presidentes chicos y sólo dos presidentes grandes: Balmaceda y Allende» (1979: 473-474).

[5] En un hermoso artículo, Eric Hobsbawn recupera y ensalza el proverbial radicalismo político de estos obreros en las sociedades europeas del siglo XIX que transitaban del feudalismo al capitalismo industrial. «“¿Hay un motín? ¿Surge un orador de la multitud? Se trata sin duda de un zapatero remendón que ha venido a pronunciar un discurso ante el pueblo”, escribió M. Sensfelder en 1856» (1999: 29).

[6] Éste era el apelativo cariñoso con que los familiares y amigos se referían a Allende. Su origen se remonta a las dificultades que tuvo en sus primeros años para pronunciar correctamente su nombre.

[7] Para una reseña y un análisis del contenido de la memoria de licenciatura de Salvador Allende, véase el trabajo del Dr. Juan Carlos Carbonell Mateu (catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Valencia), incluido en: Salvador Allende: Higiene mental y delincuencia. Respuesta al libro difamatorio de Víctor Farías. Fundación Presidente Allende y CESOC. Santiago de Chile, 2005. Disponible en: <www.salvador-allende.cl>.

[8] En demanda del pago de los salarios en efectivo, medidas de seguridad laboral y de atención médica, miles de obreros salitreros atravesaron el desierto de Atacama y llegaron a Iquique. El 21 de diciembre, con el estado de sitio decretado, unos siete mil obreros escuchaban en la escuela Santa María los discursos de unos oradores que se reafirmaban en sus demandas y criticaban el modelo de sociedad vigente. En las negociaciones de aquel día los obreros advirtieron de que si sus peticiones eran desatendidas no regresarían a las oficinas y emigrarían hacia el sur (Arrate y Rojas, 2003: 76-81). Los militares, bajo las órdenes del general Roberto Silva Renard, abrieron fuego y masacraron a unos tres mil trabajadores. Patricio Manns, en su detallado relato de esta masacre, narra, a partir del testimonio de Humberto Valenzuela, que el Gobierno ordenó trasladar a los supervivientes en «trenes calicheros» (los dedicados al transporte de los sacos de salitre) y una vez en su interior fueron baleados por las «guardias blancas» patronales; sus muertes ni siquiera fueron registradas (1999: 117-118).

[9] El 1 y 2 de mayo de 1915 el POS celebró en Viña del Mar su primer Congreso Nacional, en el que se aprobaron su declaración de principios, su programa mínimo y sus estatutos. Con la mirada en la Gran Guerra que se desarrollaba en Europa, el POS se declaró pacifista, se pronunció por la votación en blanco en las elecciones presidenciales y eligió un comité nacional con sede en Valparaíso, con Ramón Sepúlveda Leal como secretario general. En su programa se incluían propuestas como la creación del Ministerio de Trabajo, la jornada de ocho horas, la regulación del trabajo de las mujeres y los niños y del trabajo domiciliario, la aprobación de una legislación sobre accidentes laborales, retiro e invalidez, la creación del seguro obrero y la reglamentación del trabajo agrícola y minero. En un ámbito ya más global, el POS preconizaba la igualdad de género, la separación de la Iglesia y el Estado, la educación obligatoria, laica y gratuita, la atención médica a los niños y la garantía de su alimentación en las escuelas o la supresión de la pena de muerte (Barría, 1971: 45-46).

[10] Fuente: Servicio Electoral de la República de Chile.

[11] Éste es uno de los episodios que Joan Garcés cita para desnudar las mentiras que Víctor Farías vierte en su libelo, que fue oportunamente respondido y, por tanto, no merece mayor atención.

[12] Dos meses antes, había sido testigo como diputado de la dignidad de Aguirre Cerda ante el golpe de estado que el 25 de agosto lideró el general Ariosto Herrera, acción conocida como el Ariostazo. Decidido a poner fin al «régimen comunistoide del negro Aguirre» cuando ya había sido obligado a retirarse de las Fuerzas Armadas, se dirigió al regimiento Tacna, en Santiago, y pidió apoyo a los oficiales. Ante la indiferencia del ejército, su movimiento fue rápidamente reprimido y se entregó. El Presidente de la República se negó a someterse a un faccioso y le advirtió de que estaba dispuesto a morir si era necesario para defender el mandato que el pueblo le había entregado.

II. LA TRAVESÍA DEL DESIERTO

En el IX Congreso del Partido Socialista celebrado en Rancagua entre el 22 y el 24 de enero de 1943, Salvador Allende fue elegido secretario general en un momento en el que su organización se desgarraba de nuevo producto del debate sobre la participación en los gobiernos radicales y cuando la mayoría de los delegados acordó la retirada de los ministros socialistas del Ejecutivo del presidente Juan Antonio Ríos. Ante esta resolución, Marmaduque Grove, su líder histórico, abandonó el PSCh y formó el Partido Socialista Auténtico, aunque a las pocas semanas se produjo la reunificación y se convocó el IV Congreso Extraordinario, que se celebró entre el 14 y el 17 de agosto de aquel año en Valparaíso y en el que Allende rindió el informe político en nombre del Comité Central (Jobet, 1971). En aquel extenso discurso, publicado después como folleto (Allende, 1943), analizó la trayectoria reciente de su fuerza política, su actuación en los gobiernos de Aguirre Cerda y Juan Antonio Ríos y la decisión de abandonar el Ejecutivo acordada en Rancagua (Archivo Salvador Allende, 6, 1990: 45-65):

No soslayamos nuestra responsabilidad, pero destacamos:

1. Que en los gobiernos del señor Aguirre Cerda y del señor Ríos no tuvimos ninguna influencia decisiva y actuamos en ministerios subalternos, al margen de toda determinación en los grandes rubros de la economía nacional y,

2. Hemos defendido y defendemos la democracia, pero ello no nos impide observar que Chile en este instante está sumido en una de las más profundas crisis de su historia. Esta crisis nuestra es tan honda que abarca todos los aspectos: económico, político, institucional y moral.

Los socialistas abandonamos el Gobierno cuando vimos la imposibilidad de desarrollar una positiva política en beneficio del país, del pueblo, de sus clases trabajadoras. Dejamos de pertenecer al Ejecutivo cuando nos dimos cuenta de que nuestro esfuerzo en el poder era estéril y mal interpretado y que nuestras iniciativas eran amagadas por la derecha económica, que ha seguido controlando el crédito y las finanzas.

Al abandonar el Gobierno dijimos que apoyaríamos todas sus iniciativas tendientes a mejorar las condiciones generales de vida y al desarrollo económico e industrial del país. Recalcamos que mantendríamos como siempre nuestra libertad de crítica y que la emplearíamos como la mejor colaboración al Gobierno democrático del señor Juan Antonio Ríos. Afirmamos que defenderíamos las libertades individuales y sociales que consagra nuestra Constitución.

Después de analizar la situación económica nacional de manera exhaustiva, desgranó un amplio conjunto de propuestas para cambiar el modelo de desarrollo del país: abogó por «la acción orientadora del Estado» y la economía planificada para crear una gran industria de carácter público y nacionalizar los monopolios y defendió la necesidad de aprobar leyes laborales que reconocieran los derechos de los trabajadores y de dictar una ley de alfabetización obrera y campesina:

Abramos los caminos de la ciencia y el arte para el pueblo; hagamos más amplios los horizontes de la cultura popular. Los hombres y los pueblos no pueden vivir al margen de la vida espiritual. Démosle sentido a la juventud en la tarea grande de hacer un Chile grande.

Este cúmulo de conceptos que flotan en la vida chilena debe canalizarse en medidas legislativas, administrativas que el Partido tiene estudiadas y que entregará a la consideración pública.

Pero esto no basta; hay que dar espíritu a las leyes y sensibilidad humana a la acción gubernativa. Creemos la emoción de trabajar por una Patria generosa. (...)

Hasta hoy, las fuerzas democráticas de izquierda han vivido de pactos políticos y de entendimientos pasajeros. Hagamos el último esfuerzo para crear este programa central, este plan de acción, tras del cual debemos movilizar todas las reservas de la nación. Comprometamos públicamente a las agrupaciones políticas para que faciliten su ejecución. Démosle este apoyo al Gobierno democrático que nosotros elegimos y que no tiene precisión en sus concepciones ni voluntad de ejecución. Unamos las fuerzas populares y democráticas en torno a estas aspiraciones comunes.

Sin embargo, también expuso una crítica visión de la ausencia de disciplina interna (Archivo Salvador Allende, 18, 1993: 39-43):

La constitución de este Partido, que representa la unidad de clases dentro de él, debió haber acentuado más la necesidad de una seria convicción doctrinaria, de una sólida preparación filosófico-social. Esto no lo tenemos. No puede ser culpa de los comités centrales o directivas nacionales de ayer o de hoy. Es culpa de todos. La falta de este acervo doctrinario hace que casi la totalidad de los militantes no separen lo que es la doctrina de la táctica o de la línea política. De ahí que sea difícil adoptar una línea política, porque los socialistas siempre piensan que se está transgrediendo la doctrina. De ahí también que se haya acentuado, frente a los errores cometidos por algunos hombres del Partido, la decepción frente a la acción y a la labor del propio Partido. El Partido ha perdido la mística, ha perdido la fe, ha perdido la confianza en sus destinos.

Asimismo, llamó a superar las luchas intestinas por los espacios de poder o los cargos públicos y a la cohesión en torno a un pensamiento político uniforme y compartido:

A mi juicio, hay un vicio mayor: es la falta de pensamiento uniforme. No hay una concepción doctrinaria y no hay un programa. Necesitamos dar al Partido, a sus hombres, una orientación uniforme y similar, homogénea y compacta, por lo menos en los grandes rubros de la vida nacional; que todos los socialistas pensemos y sepamos por qué pensamos así. Una cosa es la filosofía, que crea, impulsa o desarrolla un movimiento colectivo; otra cosa es el programa de los partidos o las colectividades y otra cosa es la táctica que deben utilizar para conseguir sus objetivos. Nuestra doctrina, nuestra filosofía, es el marxismo enriquecido por las experiencias del devenir social; el programa no lo tenemos y la táctica cambia de acuerdo con las realidades, que exigen acomodar la línea política o la táctica a esas realidades.

Durante su breve mandato como secretario general del Partido Socialista le correspondió responder a la propuesta comunista de fundirse en un único partido obrero, cuando la organización presidida por Elías Lafferte propugnaba la «Unión Nacional» frente al fascismo.[1]El 1 de diciembre de 1943 remitió a

Carlos Contreras Labarca, secretario general del PCCh, las resoluciones adoptadas al respecto en el Congreso que habían celebrado en agosto en Valparaíso. Los socialistas valoraban de manera muy positiva la disolución de la III Internacional en 1943 y compartían la concepción teórica de constituir una nueva fuerza política a partir de la unificación de «los partidos populares». Sin embargo, en su carta a Contreras Labarca, Allende expuso lo que desde su punto de vista les acercaba o les distanciaba, después de tres meses de contactos en un Comité de Enlace, y señaló la oposición socialista a los planteamientos de la Unión Nacional, ya que su partido privilegiaba la construcción de una alternativa desde la izquierda (Quiroga, 1988: 257-268):

El Partido Comunista ha postulado como una solución para las situaciones internas de Chile lo que llama «la unidad nacional». No podemos aceptar nosotros una política de este tipo. Los grandes problemas actuales nos exigen más que nunca una definición clara, que permite a los hombres que tienen una orientación actuar dentro de sus postulados y de acuerdo con las soluciones económicas que estos postulados determinen.

La guerra ha llegado a un punto en que se evidencian ya con violencia las contradicciones sociales en el frente democrático. Y nuestro país no escapa ni puede escapar a enfrentarse con ellas. No somos partidarios de exagerar su intensidad y provocar una solución violenta e inoportuna y de contribuir a trizar la solidaridad de todos los hombres y sectores que están en lucha contra el fascismo; pero tampoco podemos renunciar a conquistar para los trabajadores manuales e intelectuales los derechos y reivindicaciones a que legítimamente son acreedores.

En Chile, la política económica de tiempos de guerra ha significado el enriquecimiento desproporcionado de empresas poderosas y el desarrollo del sector social que vive de la especulación; ha significado también utilidades gigantescas para algunas industrias, limitación de las garantías sociales y sacrificios y cargas para los hombres que producen riqueza.

Esta situación no puede continuar, a riesgo de entregar a la clase obrera a la demagogia de cualquier aventurero, lo que produciría al país más inquietud que los riesgos que se desea evitar. Estamos, en consecuencia, por un programa de realizaciones que se viene postergando mucho tiempo, aun cuando de paso deban herirse los intereses de algunos antifascistas de ocasión.

A continuación detalló los seis puntos que debían concretar una unidad de acción socialista-comunista como paso previo a la convergencia orgánica y como «labor primordial» planteó la movilización unitaria para lograr el aumento de la producción y la contención del alza constante del costo de la vida, así como proporcionar unas «humanas condiciones de vida» a las masas populares. En política internacional, por ejemplo, destacó que el Gobierno de Ríos debía cooperar con las nacientes Naciones Unidas y adoptar medidas políticas y económicas contra los agentes y los capitales de las potencias del Eje en Chile, además de la ruptura de relaciones diplomáticas con esos países. Después de mencionar algunos proyectos legales que podrían promover en el Congreso Nacional y de la necesidad de imprimir un viraje clasista a la Confederación de Trabajadores de Chile (CTCh), propuso que de cara a las elecciones parlamentarias de 1945 socialistas y comunistas fueran en una lista única en todo el país. Sin embargo, el diálogo socialista-comunista no tuvo en aquel tiempo ningún resultado concreto.

En enero de 1944, Salvador Allende remitió un documento a la Convención del Partido Radical que se celebraba en Concepción en la que sugirió un conjunto de medidas orientadas a la acción exterior e interior, ya que el PSCh integraba la Alianza Democrática junto con radicales y comunistas (Archivo Salvador Allende, 6, 1990: 73):

Creemos que Chile es el país indicado para comandar la acción democrática en Latinoamérica. Os invitamos a luchar por la realización de esa aspiración, obteniendo de nuestro Gobierno la adopción de esa iniciativa.

Pensamos también que las naciones de este continente deben vincularse en forma efectiva con los demás países débiles del mundo que se aprestan para librar una batalla económica y moral, por conquistar una ubicación soberana e igualitaria con respecto a las grandes potencias.

Asimismo, creemos que es necesario que Chile establezca relaciones diplomáticas con la Unión Soviética, gran potencia industrial, que en las deliberaciones de la paz y en la vida futura del mundo ha de ocupar un lugar destacado. (...)

No quisiéramos terminar sin que en esta comunicación insinuáramos la materialización de una idea que dé contenido práctico a la unidad de los partidos que integran la Alianza Democrática, ya que esta unidad no debe expresarse tan sólo en pactos de carácter político y electoral, sino que en una común actitud ante los problemas económico-sociales del país y del continente.

En atención a ello, os invitamos formalmente a propiciar juntos en el seno de la Alianza Democrática, la realización de un Congreso Económico de las fuerzas democráticas de Chile, del cual emerja un concepto claro y definitivo a materializarse a través de la común tarea de conquistar el bienestar y la grandeza de Chile.

Y semanas después pronunció un discurso en un acto de masas celebrado en el Teatro Caupolicán de Santiago en el que defendió la posición adoptada por los socialistas ante la evolución de la coyuntura internacional y su independencia de la II y la III Internacional (Archivo Salvador Allende, 5, 1990: 193-204):

El año 37 se decía: el Partido Socialista afirma y exalta la personalidad propia y definida que debe tener la revolución latinoamericana antifeudal, antiimperialista y antifascista, cuyo objeto esencial es la unión económica y política de Latinoamérica en los marcos de una democracia de trabajadores organizados.

Dentro de esa idea, el VI Congreso Ordinario del Partido Socialista, el año 38, al hacer pública la independencia del Partido de todas las Internacionales y su falta de sometimiento a directivas extrañas a nuestra realidad, expresamos: «A menudo estas directivas han carecido de arraigo en nuestra realidad; no han sabido interpretar nuestra modalidad ni fijar nuestros rumbos. Sus orientaciones han dado resultados contraproducentes y perjudiciales para nuestros movimientos populares. América tiene problemas que le son propios, como la lucha contra el latifundio y el imperialismo, el desarrollo de sus fuentes económicas, y necesita resolverlos de acuerdo con sus modalidades sociales y políticas».

Al sintetizar la realidad nacional en aquellos días, mencionó el eje del proyecto político que encabezó a partir de 1952:

He aquí el panorama de la realidad actual: un gobierno sin base política; una derecha que, usufructuando de él, lo critica; una izquierda que ha comprendido que debe aglutinarse en torno a un programa; un sector que conspira contra el gobierno; y un descontento general por un fenómeno que es la conspiración más efectiva, como ya lo hemos dicho: la de la vida cara. (...)

Los socialistas pedimos a la izquierda el máximo de responsabilidad, no debe dejarse arrastrar por las provocaciones; no puede hacer el juego a los conspiradores. Los socialistas llamamos a la izquierda a unirse en torno a un programa; un programa que agitaremos desde la calle y desde el Parlamento; un programa de interés nacional, que reúna el máximo de voluntades en torno a él. (...)

Sólo un gobierno homogéneo, con un programa y con la decisión de realizarlo, podrá poner atajo a la desorientación, al desconcierto y al caos en que vivimos.

Entre el 6 y el 9 de julio de 1944, días en los que Marmaduque Grove impulsó una escisión y creó el Partido Socialista Auténtico (PSA), el PSCh celebró su X Congreso en la ciudad de Talca, que eligió a Bernardo Ibáñez (diputado por Valparaíso y secretario general de la Confederación de Trabajadores) como nuevo secretario general y a Salvador Allende como uno de los 24 miembros del Comité Central, en el que ya despuntaban jóvenes dirigentes como Carmen Lazo, Raúl Ampuero o Aniceto Rodríguez.

1945, año del final de la Segunda Guerra Mundial, fue importante en la trayectoria política de Allende. Después de su etapa como miembro del gabinete del presidente Aguirre Cerda y como subsecretario y secretario general del Partido Socialista, aparecía a sus 37 años como uno de los políticos emergentes de la escena nacional. Entonces puso a prueba su capacidad de movilizar a las clases populares tras sus propuestas al presentarse como candidato al Senado en uno de los feudos de la derecha, la novena circunscripción, que entonces comprendía las provincias de Valdivia, Osorno, Llanquihue, Chiloé, Aysén y Magallanes.

El 4 de marzo de 1945 fue uno de los cinco senadores elegidos por este enorme territorio (con 4.394 votos), junto con los radicales Alfredo Duhalde y Alfonso Bórquez, el liberal progresista Carlos Haverbeck y el liberal José Maza, y derrotó a los dos candidatos del Partido Socialista Auténtico.[2]Su victoria tuvo un gran mérito porque en aquellos comicios empezó a percibirse el declive de la votación socialista: en las elecciones a diputados, el PSCh logró el 7,2 % y el PSA de Grove, el 5,6 %, frente al 22,1 % alcanzado cuatro años antes por la suma del PS, el PST de Godoy Urrutia y otro grupúsculo socialista. El Partido Comunista logró el 10,3 % y 15 diputados, frente a los seis del PSCh y los tres del PSA (Cruz-Coke, 1984: 81).

Fue en el transcurso de aquella campaña electoral cuando Osvaldo Puccio, secretario privado de Allende durante casi dos décadas, escuchó por primera vez su voz en un discurso radial, desde la ciudad de Punta Arenas (1985: 22):

En aquel tiempo yo era un muchacho de 18 años. En la radio escuché el discurso que Allende pronunció después de su viaje a estas cuatro provincias. Habló de lo que era su política y a dónde iba a llegar. Planteó la unidad de la clase obrera y del pueblo. Explicó el horror que significaba que un hombre, para poder comer, tuviera que estar seis, siete u ocho meses metido entre piedras, a kilómetros de distancia de lo que se llama civilización. Si se enfermaba o se moría se venía a saber, a veces, un año después. Mientras tanto, los patrones paseaban por Europa o gozaban de sus grandes mansiones en Punta Arenas y de las mejores en Buenos Aires o Santiago.

Allende dijo que había dueños de estancias que no conocían su fundo. Un administrador les depositaba el dinero, y eso era todo lo que necesitaban.

¿Para qué iban a ir a las estancias, donde todo era frío, inhóspito y feo? Feo, mirado en la dimensión del hombre para quien la tierra es únicamente fuente de ganancia, para quien no significa su patria y base de su vida y quien, por eso, no puede entender lo orgulloso que puede estar un hombre que le saca riquezas a una tierra hostil, en este clima árido y frío.

Todo esto planteó el compañero Allende en su discurso. Y dijo también que esas riquezas, por las que el hombre se esforzaba y las extraía a la tierra, eran patrimonio del que luchaba contra el viento, contra el clima, y no del que se las apropiaba. El trabajador entregaba sus huesos, su vida, para que un señor tomara champaña en París o whisky en Londres.

A partir de entonces Allende permaneció en el Senado durante 25 años, de manera ininterrumpida hasta que se convirtió en Presidente de la República el 3 de noviembre de 1970. En uno de sus primeros discursos en la Cámara, pronunciado el 14 de agosto de 1945, analizó en profundidad la situación política nacional e internacional, tras el final de la Segunda Guerra Mundial (Archivo Salvador Allende, 6, 1990: 67-76):

Los socialistas luchamos contra el fascismo nacional e internacional, y en la lucha entre el fascismo y la Democracia estaremos con la Democracia.

Hoy, aplastado el fascismo, declaramos que lucharemos por el socialismo.

Estamos contra la economía individualista y liberal. Luchamos por una economía social. (...)

La izquierda chilena, agrupada, aparentemente cohesionada, en lo que se llama la Alianza Democrática, no tiene un programa en defensa de una posición ideológica común. Los compañeros del Partido Comunista han planteado frente a la Alianza su concepción sobre la política de unidad nacional que nosotros no aceptamos y que hemos combatido, porque sustentamos la política de unidad popular. El Partido Radical, haciéndose eje de la Alianza Democrática, ha hecho de ella una balanza que se inclina a uno y otro lado, frente a estas fuerzas políticas.

En las elecciones presidenciales de 1946 venció el candidato radical Gabriel González Videla, apoyado por los comunistas, quienes por primera vez en la historia del país asumieron tres carteras ministeriales, aunque por poco tiempo, ya que la Administración Truman presionó a La Moneda para que, en consonancia con los nuevos tiempos de la guerra fría, decretara la ilegalización del Partido Comunista y la persecución de sus militantes, que fueron confinados desde 1948 en lugares como la caleta de Pisagua, en el extremo septentrional del país (Garcés, 1996: 105-110). En aquellos comicios los socialistas lograron el peor resultado de su historia con la candidatura de Bernardo Ibáñez, quien tan sólo obtuvo 12.114 votos (el 2,5 %), frente a los 192.207 (40,1 %) de González Videla.

Contra la proscripción del Partido Comunista, que en las elecciones municipales de 1947 había alcanzado el 17 % de los votos y se había convertido en la segunda fuerza política, se alzaron voces en la derecha, en las filas socialcristianas de la Falange Nacional y en el socialismo, aunque hubo parlamentarios de esta filiación que la apoyaron. Precisamente las discrepancias internas en torno a este punto desencadenaron una nueva escisión en el PSCh y, si la fracción anticomunista (liderada por Ibáñez) logró quedarse con la denominación de la organización, el sector integrado por Salvador Allende, Raúl Ampuero, Clodomiro Almeyda o Aniceto Rodríguez fundó el Partido Socialista Popular, que levantó una línea política que abogaba por la independencia de clase y postulaba un «frente de trabajadores». El PSP reafirmó su adhesión al Programa del Partido Socialista elaborado a principios de aquel año con el magisterio del profesor Eugenio González Rojas, que reivindicó el «sentido humanista y libertario del socialismo» frente a la involución hacia el capitalismo de Estado y la dictadura de una burocracia que se produjo en la URSS tras la muerte de Lenin.

El 18 de junio de 1948, Salvador Allende intervino en el Senado en nombre de su Partido para explicar la oposición al proyecto de Ley de Defensa Permanente de la Democracia impulsado por el Gobierno para perseguir a los comunistas (Martner, 1992: 143-145):

Mi profunda intranquilidad de espíritu proviene de que esta ley, a mi juicio, barrena las bases fundamentales en que se sustenta la organización democrática del país, en términos tales que su repercusión tendrá alcances políticos, sociales y económicos de extraordinaria trascendencia. (...)

Las disposiciones contenidas en él, señor Presidente, son una verdadera bomba atómica caída en medio de nuestra convivencia social, asentada en largos años de una efectiva tradición democrática.

En aquel discurso defendió el derecho de los comunistas a participar en la vida política con los mismos argumentos que habría empleado –precisó– para preservar la misma opción para los conservadores o los socialcristianos. Antes de enumerar, una vez más, las diferencias y coincidencias entre socialistas y comunistas, explicó las concepciones revolucionarias de su partido:

Señor Presidente y Honorable Senado, he dicho que somos marxistas, que creemos en el socialismo científico, que somos antiimperialistas, antifeudales y antioligárquicos, y que tenemos un sentido revolucionario de la transformación económico-social que necesita la Humanidad.

Quiero destacar, sí, que este sentido de la revolución no tiene el contenido habitual y pequeño con que suele emplearse esta palabra. Por ejemplo, no es revolucionario el jefe militar que, a la cabeza de un regimiento, toma el Poder: eso puede ser un motín. No es revolucionario el que, por la fuerza, logra, transitoriamente, mandar. En cambio, puede ser revolucionario el gobernante que, llegando legalmente al Poder, transforme el sentido social, la convivencia social y las bases económicas del País. Ése es el sentido que nosotros damos al concepto de revolución: transformación profunda y creadora. (...)

Respetamos la democracia y actuaremos siempre dentro de sus cauces legales, mientras el régimen democrático respete el sufragio, los derechos sindicales y sociales y las garantías que establece nuestra Carta Fundamental: de libertad de pensamiento, de reunión y de prensa.

En cuanto a las diferencias con los comunistas, subrayó la adhesión acrítica a la URSS y la defensa de la dictadura del proletariado:

El Partido Socialista no propicia la dictadura del proletariado, aunque estima necesaria una dictadura económica en la etapa de transición que lógicamente hay que vivir para pasar de la sociedad capitalista a la socialista. He sostenido y sostengo que el marxismo es un método para interpretar la historia; no es un dogma ni algo inmutable falto de elasticidad.

Más aún, afirmó que de los comunistas «los socialistas hemos sido sus más tenaces y permanentes adversarios» y evocó las discrepancias de los años del Frente Popular, el rechazo del PSCh a la creación del Partido Único y a la línea política de la Unión Nacional, al tiempo que examinó las opiniones expresadas desde otras bancadas:

Para nosotros, honorables colegas, no hay libertad efectiva si no hay una base económica que le garantice al ser humano la posibilidad de su integral desarrollo. Para nosotros, honorables colegas, la libertad que da la organización social actual es sólo aparente y tan sólo una pequeña minoría dueña del poder y de los medios de producción es prácticamente libre, política y económicamente.

La mayoría de nuestros conciudadanos, los obreros de las industrias, el campesinado, los empleados, en suma, todos aquellos que tienen como única herramienta para ganarse la vida la fuerza de sus brazos o de su inteligencia no son libres.

Nosotros sostenemos que este régimen de democracia política consagra permanentes privilegios e injusticias; opinamos que cientos, miles y miles de seres humanos en todas las latitudes de la tierra y especialmente en los países de incipiente desarrollo económico e industrial como el nuestro, viven como parias, huérfanos de toda posibilidad. Para ellos están vedados todos los caminos del intelecto y del espíritu. Sostenemos nosotros que la economía capitalista, dislocada e irracional, atropella al hombre y a los pequeños países.

Sostenemos nosotros que la democracia burguesa que defienden sus señorías está en crisis y que ella dará necesariamente paso a la democracia económica.

Aquel día recordó con profundo orgullo a su abuelo, el doctor Ramón Allende Padín, y leyó un escrito suyo de 1873 publicado en un diario de Valparaíso en el que reivindicó el apelativo de «rojo» que le habían impuesto: «Rojo, pues, ya que es preciso tomar un nombre, y aunque éste nos ha sido impuesto como infamante; rojo, digo, estaré siempre de pie en toda cuestión que envuelva adelanto y mejoramiento del pueblo».

El eco de la voz, doctrinaria y limpia, de un antepasado mío, me impulsa, además de mis convicciones, a votar en contra de este proyecto, que considero liberticida. Con ello, creo contribuir a defender las bases esenciales de la convivencia democrática, que han sido y son el alto e inembargable patrimonio de la Patria.

Tampoco renunció a referirse, en los comienzos de la guerra fría, a las dos potencias hegemónicas y a los principios fundamentales que distanciaban a los socialistas chilenos de una URSS en pleno periodo estalinista, pero también con su imagen renacida ante el mundo por el monumental sacrificio de los pueblos soviéticos en la victoria frente al nazismo:

Sólo quiero destacar en forma muy somera que, a nuestro juicio, el mundo entero oscila entre la Rusia soviética, por un lado, y el capitalismo norteamericano, por otro. Los socialistas chilenos, que reconocemos ampliamente muchas de las realizaciones alcanzadas en Rusia Soviética, rechazamos su tipo de organización política, que la ha llevado a la existencia de un solo partido, el Partido Comunista. No aceptamos tampoco una multitud de leyes que en ese país entraban y coartan la libertad individual y proscriben derechos que nosotros estimamos inalienables a la personalidad humana: tampoco aceptamos la forma en que Rusia actúa en su política expansionista. Innecesario me parece insistir en las razones que nos mueven a rechazar también la acción del capitalismo norteamericano, fundamentalmente su penetración imperialista, y he hecho yo notar los vacíos, las injusticias y las fallas del régimen capitalista en el transcurso de mi intervención.

En esta disyuntiva en que se debate el mundo, en esta hora tremenda de las grandes decisiones, yo sólo veo dos caminos: el uno, representado por la filosofía socialcristiana, que no comparto y cuya orientación económica no alcanzo a comprender en toda su amplitud, y, por otro lado, el socialismo científico, cuyos conceptos económicos nadie desconoce, pero que, muy al contrario de lo que muchos suponen, levanta y dignifica la personalidad humana y da al hombre todos los caminos de superación, una vez haya obtenido su liberación económica.

Y concluyó en estos términos:

Señor Presidente, a nuestro juicio, esta ley va contra la Constitución y los derechos fundamentales que ella garantiza; persigue ideas; excluye a un partido, restringe el sufragio; ataca en sus más legítimos derechos a la clase obrera; hace un mito el derecho de organización de los sectores de empleados. En resumen, esta ley atenta contra las bases mismas del régimen democrático. (...)

Señor Presidente, termino declarando que los socialistas, en cumplimiento de un estricto mandato de nuestra conciencia, y de acuerdo con nuestros principios y doctrinas, estamos en contra de esta ley. Los socialistas seguiremos nuestra lucha con nuestros perfiles propios, sin concomitancias con el Partido Comunista, sin buscar arteramente los restos dispersos que pueden quedar de este partido, si se aprueba la ley, como seguramente va a serlo. Lucharemos como socialistas, como siempre lo hemos hecho, con honradez y con cariño, con emoción chilena, por el engrandecimiento y el progreso de nuestra patria.

Lucharemos dentro de los cauces democráticos y combatiremos tenazmente esta ley que, tarde o temprano, tendrá que derogarse, para que vuelva la democracia a imperar en nuestra tierra querida.

Después de la aprobación de la Ley de Defensa Permanente de la Democracia, llamada «Ley Maldita» por las fuerzas de izquierda, fueron eliminados de los censos electorales todas las personas que habían militado o militaban entonces en el Partido Comunista y sus dirigentes y miembros más destacados sufrieron persecución. Allende intentó visitarlos en Pisagua, pero se lo impidió un joven teniente llamado Augusto Pinochet, según sostuvo éste con arrogancia en distintas ocasiones, aunque no resulta difícil imaginarlo genuflexo y dócil ante tan relevante senador de la República.

La persecución de los comunistas sumió a la izquierda en unos años de confusión, divisionismo y retrocesos y, en un tiempo histórico marcado en Sudamérica por la impronta del argentino Juan Domingo Perón y del brasileño Getulio Vargas, un amplio sector del socialismo llegó a sucumbir a la tentación populista. En junio de 1950, el XIII Congreso del Partido Socialista Popular proclamó como su candidato presidencial para 1952 a Carlos Ibáñez, quien se presentaba en una eficaz campaña como «el general de la esperanza» que «barrería» la corrupción de los gobiernos radicales.

Salvador Allende y un reducido grupo de militantes leales a sus posiciones decidieron abandonar el PSP tras denunciar lo que llamaron la «aventura populista», el respaldo al caudillo que impuso una dictadura entre 1927 y 1931, que había estado vinculado a un intento de golpe fascista en 1938 y que había sido el candidato de la derecha en 1942 con un programa autoritario (Moulian, 1998: 39-40). Este grupo terminó fusionándose con el Partido Socialista de Chile, del que además los grupos más anticomunistas se fueron al Partido Socialista Auténtico de Grove, quien falleció en 1953 alejado de la organización que contribuyó a fundar.

La mayor parte del socialismo, pues, apoyó la candidatura de Ibáñez. En sus memorias Clodomiro Almeyda, quien sería después ministro de Relaciones Exteriores del Presidente Salvador Allende, evoca sus frías relaciones personales y políticas iniciales con éste, a quien había conocido en 1946. La disputa interna en torno a la opción presidencial de 1952 les distanció aún más (1987: 168):

Nos movíamos en diferentes círculos partidarios. Y cuando tuvimos mayor contacto en la dirección que ambos integrábamos a principios de los años cincuenta, pronto se produjo entre nosotros un fuerte cortocircuito. Como subsecretario general del Partido, en ausencia de Raúl Ampuero, me correspondió presidir la sesión del Comité Central en la que se resolvió apoyar la candidatura presidencial de Carlos Ibáñez. Allende era abiertamente contrario a esta postulación y reaccionó muy negativa y airadamente ante la forma en que yo conduje esa reunión con el propósito de que la gran mayoría de la dirección, favorable a Ibáñez, resolviera finalmente apoyarlo, dejando de lado consideraciones o gestiones que Allende introducía en el debate para postergar la decisión final.

En octubre de 1951, el Partido Socialista de Chile fue la primera fuerza que proclamó a Allende como candidato a la Presidencia de la República. En noviembre, el Partido Comunista, desde la clandestinidad, le entregó su apoyo público y el 25 de noviembre fue designado candidato del Frente del Pueblo, una alianza que incluía además a algunos sectores radicales, de izquierda e independientes. Aquel día, en el Teatro Caupolicán, enclavado en la popular calle San Diego de Santiago, fue presentado por el doctor Gustavo Molina, en nombre de los profesionales independientes, Armando Mallet, por el Partido Socialista, y el senador comunista Elías Laffertte. En su primer discurso como candidato a la primera magistratura de la nación, afirmó (Nolff, 1993: 53-57):

Con el Frente del Pueblo tenemos una plataforma de lucha clara, definida, precisa que nos distingue y separa de los otros grupos políticos hoy transitoriamente unidos con vistas exclusivas a una campaña electoral y a la defensa de sus posiciones administrativas, de sus intereses y de sus concepciones políticas.

Subrayó que habían creado el Frente del Pueblo para emprender la revolución que el país necesitaba: «Para esto nació el Frente del Pueblo, como un potente movimiento nacional, antiimperialista, antioligárquico, antifeudal»:

Hombres, mujeres y jóvenes de mi Patria: el Frente del Pueblo os llama a luchar por las consignas de la victoria:

1. Por el pan y la libertad.

2. Por el trabajo y la salud.

3. Por la paz y la cultura contra el imperialismo.

4. Por la reforma agraria y la industrialización del país.

5. Por la democracia, contra la oligarquía y las dictaduras.

Las bases programáticas de su candidatura se agrupaban en cuatro puntos: independencia económica y comercio exterior, desarrollo de la economía interna, una profunda reforma agraria y mejora de las condiciones de vida de las clases populares. Cada uno de estos bloques contemplaba propuestas concretas, por ejemplo, en el primer punto se incluyó por primera vez la nacionalización de la gran minería del cobre y del salitre y de hecho aquel año los senadores Laffertte y Allende presentaron un proyecto de ley en este sentido.

En relación con el desarrollo económico, propugnaba un vigoroso proceso de industrialización, sobre todo en cuanto a la agroindustria, al objeto de «asegurar un más alto estándar de vida a la población y el aumento de la renta nacional, asignando un porcentaje superior de distribución a los sectores laboriosos». Para fortalecer el desarrollo industrial y agropecuario, el Gobierno del Frente del Pueblo realizaría importantes inversiones en las infraestructuras de transportes, con la modernización de los ferrocarriles y la construcción de una red de carreteras, así como la ampliación de la flota naviera nacional y la extensión del tráfico aéreo.

El Frente del Pueblo no propugnaba la construcción del socialismo, sino un conjunto de reformas y modernizaciones que pretendían ir más allá de lo logrado por Pedro Aguirre Cerda, con un énfasis novedoso en la reforma agraria y el cobre. Durante 283 días de campaña su candidato recorrió por primera vez todo el país con el lema «El pueblo a la victoria con Allende» para ofrecer su alternativa frente al populista Carlos Ibáñez, el conservador Arturo Matte y el radical Pedro Enrique Alfonso. El 13 de enero de 1952 planteó los fundamentos de la alianza de la izquierda en el transcurso de un mitin en Valparaíso:[3]

Somos un movimiento de liberación nacional, antiimperialista, antioligárquico, con una meta que no termina en septiembre. Estamos protagonizando una gesta emancipadora por el pan y la libertad, por el trabajo y la salud, por la reforma agraria y la industrialización del país, por la paz, la democracia y la independencia nacional. El Frente del Pueblo lucha por la derogación inmediata de la Ley Maldita, para que se ponga término al estado policial que mantiene en las cárceles y en los sitios de relegación a numerosos patriotas que han luchado por los intereses de Chile. Este gobierno radical agoniza ante el desprecio de la ciudadanía. Bajo el amparo de este gobierno se han cometido fraudes, desfalcos, negociados escandalosos y envenenamiento colectivo del pueblo.

Jaime Suárez, entonces militante del PSP en la Brigada Universitaria de Concepción y dos décadas después ministro con el Presidente Allende, señala que éste asumió aquella campaña electoral con «una dedicación de misionero» y recuerda un acto en el pueblo de Pilmaiquén, en la provincia de Osorno (Arrate y Rojas, 2003: 276):

Sobre un cajón de azúcar, con un megáfono, entre banderas chilenas, chiquillos, banderas de los partidos Socialista y Comunista, intervinieron los oradores. La voz profunda y el pelo blanco de Elías Lafferte, su silueta vigorosa, antecedió al orador de fondo, el candidato presidencial. Era febrero de 1952. Intervino con un lenguaje didáctico y apasionado. Quien sólo hubiera escuchado su discurso no se habría imaginado jamás el escenario y la audiencia que alcanzaba a 40 ó 50 personas, incluyendo los dos carabineros.

El dirigente comunista Volodia Teitelboim, uno de los secretarios generales de la campaña presidencial, dejó constancia en sus memorias de la debilidad de la izquierda entonces, con la mayor parte del socialismo volcado con Ibáñez y con el Partido Comunista muy debilitado por la represión (1999: 350-351):

Nos dolía en el alma ver que la campaña no cundía. La persecución de González Videla había producido un desplome de la confianza. La fractura de la izquierda, el movimiento sindical diezmado hicieron que gran parte del pueblo volcara su esperanza en el hombre que prometía soluciones milagrosas. Por lo empinado de la cuesta estábamos obligados a forcejear contra viento y marea. Así íbamos tratando de tocar puertas de pueblo en pueblo. Los actos en esa campaña del 52 se asemejaban a veces a las prédicas de los canutos (los protestantes) en las esquinas, con la diferencia de que nuestra jornada era de mañana, tarde y noche.

No puedo olvidar lo que sucedió en Pedro de Valdivia, donde yo había estado muchas veces, acompañando a Elías Lafertte. Entonces hablábamos ante toda la población. La gran mayoría de los dirigentes sindicales elegidos eran comunistas. Ahora no había casi nada, salvo unos cuantos camaradas que tenían que trabajar en la sombra, porque si los descubrían los enviaban a Pisagua.

Evoco aquel ocaso político, el último sol sobre la oficina. No veíamos a nadie. Sólo cuando se hizo de noche y la oscuridad tendió, como se dice en las crónicas antiguas, un manto protector, divisamos algo que se movía en la penumbra. Otros se ocultaban tras los escasos y raquíticos árboles de la plaza. Allende hablaba como si al frente hubiera una muchedumbre. Sabía que estaba arrojando semillas en el desierto. Tenía confianza en que iban a germinar. Y por eso explicaba con paciencia y energía su proyecto de un país nuevo a un público invisible y temeroso.

Él era así. Embestía contra el mal tiempo. En la isla de Chiloé recorríamos en auto los caminos. Tomaba el megáfono y cuando pasábamos frente a cada casa –todas dispersas– saludaba al que vivía allí, pronunciando su nombre (que le había sido comunicado por el compañero del lugar, conocedor de todos sus ocupantes). Así hacía propaganda personalizada. La concurrencia era exigua. Carmen Lazo, que tenía muy buena relación con Allende, sacaba del bolsillo no recuerdo bien si un flautín o una armónica y comenzaba a tocar. Empezaban a acercarse niños y tras ellos las madres, los padres, las familias. De este modo se reunía quórum para iniciar la proclamación.

También Carmen Lazo, una de las mujeres más relevantes de la historia del socialismo chileno, participó de manera destacada en las cuatro campañas presidenciales de Allende. De la de 1952, la negra Lazo recuerda, entre otras, esta anécdota (Lazo y Cea, 2005: 54-55):

En esa misma gira íbamos con Volodia Teitelboim (...) Un día me dijo: «¿Sabes, Carmen? Creo que Allende es un ladrón intelectual». Me quedé pensando por qué Volodia decía eso y me acordé de que cada vez que llegábamos a una oficina salitrera, yo, cansada de discursear, empezaba confidenciando: «Miren, compañeros, yo ya estoy cansada de hablar bien de este caballero, así que ahora les voy a contar un cuento». Empezaba a narrar las andanzas del gigante y los enanos de Gulliver. Y cuando ya había hecho el cuento agregaba: «Bueno, ustedes ya habrán comprendido que el gigante es América Latina y los enanos que amarraron al gigante hasta dejarlo inmovilizado son los intereses económicos, por el cobre, por la plata, el platino, el hierro y todas nuestras riquezas naturales».

Este cuento resultó muy ilustrativo, pues nuestros invitados entendían cabalmente cuál era el problema de nuestro subdesarrollo. Cuando dejamos ese lugar para ir a otro, Allende me advirtió: «Morena, olvídese del gigante, porque en la otra oficina salitrera lo voy a usar yo». Esto motivó el comentario de Volodia y por supuesto que lo usaba y le sacaba mucho más partido al cuento del gigante y los enanos.

Sin el apoyo de ninguno de los grandes partidos y con un discurso que hacía concesiones a la izquierda (reforma agraria, derogación de la «Ley Maldita»), Ibáñez avasalló a pesar de su edad avanzada y su pasado autoritario (46,8 % y 446.439 votos) en unas elecciones marcadas por la participación por primera vez de las mujeres, mientras que Allende quedó en último lugar con el 5,4 % y 51.975 sufragios. Las provincias en las que el candidato del Frente del Pueblo logró más votos fueron Santiago (22.762), Concepción (5.468) y Valparaíso (4.250), las únicas, por otra parte, en las que obtuvo más de mil votos femeninos.[4]

Durante aquella jornada Allende permaneció en la Casa del Pueblo, un viejo caserón situado en la calle Serrano, a dos esquinas al sur de la Alameda. A última hora de la tarde, cuando la victoria de Ibáñez era inapelable, corrió el rumor de que militantes del PSP se dirigían hacia allí con el objeto de propinar un escarmiento físico a los «traidores» que según ellos se habían vendido a la derecha y habían recibido fondos de Matte para arrebatarle votos a Ibáñez. Según el relato de Osvaldo Puccio, cerraron las puertas y Allende, subido a una mesa del vestíbulo, destacó el valor de la campaña que habían realizado (1985: 31):

Si son consecuentes los que hoy nos detractan, como lo dicen siempre, un día no lejano marcharán detrás de nosotros y juntos haremos de este país la primera nación socialista de América. (...) Si el mundo se construyó en siete días, el socialismo no se logra construir en tan poco tiempo; porque el mundo es la imperfección y el socialismo es la perfección.

El 7 de septiembre en un discurso en el Senado afirmó (Ligero y Negrete, 1986: 56):

Nunca pensamos triunfar. Pero obtuvimos un porcentaje que implica un triunfo real y efectivo, porque los 52 mil sufragios del Frente del Pueblo constituyen la expresión de otras tantas conciencias limpias que sabían que votaban por un programa, por una idea, por algo que estaba apuntando hacia el futuro.

Y años más tarde señaló (Lavretski, 1978: 64-65):

Usted me pregunta por qué entré en alianza con los comunistas en 1951. No lo hice por guerra «fría», «templada» o «caliente», sino partiendo de los intereses de Chile. Por entonces yo consideraba que Chile necesitaba un curso político más claro que el elegido por el Partido Socialista, que había tomado la decisión de apoyar la candidatura del general Ibáñez. Aun sin tener en cuenta sus características personales, está claro que Ibáñez no podía ser el abanderado del proceso revolucionario.

Considero que la revolución antiimperialista y antioligárquica debe basarse principalmente en la unidad de la clase obrera que en Chile está representada por el Partido Comunista y el Socialista. Si no hay acuerdo entre ellos, entonces se lanzarán a una guerra fratricida, como tuvo lugar en el pasado, debilitando al movimiento revolucionario y beneficiando a la burguesía y al imperialismo. Yo mismo fui expulsado de mi partido por negarme a apoyar a Ibáñez. La alianza con los comunistas en 1951 no perseguía la victoria electoral por cuanto el Partido Comunista se hallaba entonces en la clandestinidad. Pero yo perseguía un objetivo más importante: la creación de un verdadero instrumento de liberación de la clase obrera y de Chile.

A pesar del magro resultado, su candidatura señaló un camino para la izquierda: la unidad de las fuerzas populares en torno a un programa de gobierno para la transformación profunda del país. La coyuntura de 1952 forjó también el entendimiento entre Salvador Allende y los comunistas, quienes con el tiempo llegaron a convertirse en uno de sus aliados más leales. Con la creación el Frente de Acción Popular (FRAP) y la reunificación del socialismo, un lustro después, empezó a gestarse un impresionante movimiento popular cuya clave de bóveda fue la unidad de acción entre socialistas y comunistas, algo realmente excepcional en el contexto de la guerra fría. Desde el principio Salvador Allende se constituyó en el gran adalid de la unidad de la izquierda.

[1] La propuesta de la Unión Nacional estaba muy influida por el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial. Así, en julio de 1941, un mes después de la invasión de la URSS por las tropas alemanas, el Pleno del Comité Central del Partido Comunista definió la Unión Nacional como el objetivo táctico y la Revolución Democrático-Burguesa como el objetivo estratégico. En enero de 1942, el XII Congreso comunista señaló que debían ingresar en la Unión Nacional todos aquellos patriotas dispuestos a luchar contra el nazifascismo, incluso los terratenientes, pero para ello no podía plantearse la reforma agraria; tan sólo quedaban excluidos de la invitación a integrar la Unión Nacional los fascistas. Especial énfasis puso la dirección comunista en invitar al Partido Socialista a unirse a este frente amplio. Además, al apoyar la disolución del Komintern, el PCCh planteó la tarea política de crear el Partido Único Obrero-Campesino (al que se unirían el Partido Socialista y el PST de Godoy Urrutia) y la Central Sindical Obrera Única. Su dirigente Ricardo Fonseca lo planteaba así en la revista teórica Principios: «Lo que el radicalismo ha logrado entre los empleados, pequeños industriales y agricultores, profesionales y técnicos, tiene que alcanzarlo el Partido Único entre los obreros y campesinos» (Varas, 1988: 75-80).

[2] Fuente: Servicio Electoral de la República de Chile.

[3] Apsi, septiembre de 1987, pp. 3-4.

[4] Fuente: Servicio Electoral de la República de Chile.

III. LA UNIDAD DE LA IZQUIERDA

La primera candidatura presidencial de Salvador Allende representó un verdadero punto de inflexión. En febrero de 1953 se celebró el congreso fundacional de la Central Única de Trabajadores (CUT), que unió a los trabajadores de filiación comunista, socialista, socialcristiana, radical y anarquista (Moulian, 2006: 180-182), y también aquel año el Partido Socialista Popular puso fin a su colaboración con Ibáñez. En 1956 se fundó el Frente de Acción Popular, en 1957 el socialismo se reunificó y en 1958 Allende se quedó a treinta mil votos de La Moneda y la izquierda se confirmó como una alternativa de poder, cuatro meses antes de que los guerrilleros de Sierra Maestra entraran en La Habana y cambiaran la historia de América Latina.

El Congreso fundacional de la CUT se celebró entre el 12 y el 15 de febrero de 1953 en el Teatro Coliseo de Santiago en una convocatoria suscrita por delegados que representaban a unos 300.000 trabajadores sindicalizados y contó con la condescendencia del Gobierno, hasta el punto de que el ministro de Trabajo, Clodomiro Almeyda, intervino en la jornada inaugural para garantizar el respeto a la libertad sindical. Si bien en torno al 40 % de los delegados eran militantes comunistas, la primera dirección de la CUT estuvo presidida –y lo hizo hasta 1961– por Clotario Blest (un hombre de profundas creencias cristianas), acompañado por representantes de todas las tendencias: cinco comunistas, siete socialistas, tres anarquistas, dos socialcristianos, dos radicales, dos ibañistas, tres socialistas disidentes y un independiente (Arrate y Rojas, 2003: 290).[1]

En marzo, en las elecciones parlamentarias, el ibañismo arrasó y logró la mitad de los escaños en el Congreso Nacional. Allende se postuló en aquella ocasión por las circunscripciones de Tarapacá y Antofagasta y fue de nuevo elegido, por lo que se convirtió en el único senador del Partido Socialista de Chile. También triunfaron por aquellas provincias Raúl Ampuero (PSP), el agrario laborista Guillermo Izquierdo, el radical Marcial Mora y el liberal Fernando Alessandri.[2]Durante aquel periodo, Allende fue vicepresidente del Senado en 1954 (a pesar de que la izquierda era claramente minoritaria) y en 1955 el Senado aprobó su proyecto de creación del Servicio Nacional de Salud y de Seguridad Social.

En octubre de aquel año, Allende ejecutó otra de las maniobras que le reportó reconocimiento por su capacidad para leer el escenario político y actuar en consecuencia: su proverbial y reconocida «muñeca política». En unas elecciones parciales para elegir un senador, propuso que el Frente del Pueblo se aliara con toda la oposición a Ibáñez, incluidos los conservadores y los liberales, detrás de la candidatura del socialista Luis Quinteros Tricot, y desnudar así la naturaleza reaccionaria del ibañismo. Meses después reeditó la operación al apoyar la candidatura a diputado de Rafael Agustín Gumucio (destacado dirigente socialcristiano) frente a Clodomiro Almeyda. En aquellos días Osvaldo Puccio le planteó sus dudas (1985: 36):

En estas campañas electorales tuve algunas dudas respecto a la política de alianza propuesta por Allende. ¿No estaríamos creando un desconcierto ideológico en la mente de los compañeros al trabajar con sectores de la reacción? Yo pensé, en ese entonces, si no era preferible que nosotros levantáramos un candidato propio, con el cual perdiéramos la elección, pero hiciéramos claridad política. Allende me escuchó y me dijo que yo no le decía nada nuevo. Realmente existía el peligro, siempre y cuando las razones por las cuales se estaba haciendo esta alianza con los sectores de la burguesía no fueran razones de raíces políticas más profundas, y me explicó que lo que él buscaba con esto era despegar del árbol de Ibáñez a los sectores proletarios que aún estaban con él.

La única forma de hacerlo era golpeándolos. Me dijo: «Nosotros tenemos que recuperar de ahí sectores como los socialistas populares, los sectores obreros, que tiene muchos; Ibáñez tiene una gran masa obrera que está engañada. Y nosotros, con una alianza como la que hacemos, le demostramos a esa masa obrera que triunfos electorales se pueden conseguir con la derecha, pero que no se pueden conseguir conquistas políticas. Lo que tenemos que hacer es unirnos, unir el proletariado, unir a los partidos de la clase obrera y así vamos a obtener grandes triunfos políticos y no sólo triunfos electorales».

La ruptura con el ibañismo condujo al PSP de manera irremisible al entendimiento con las fuerzas que integraban el Frente del Pueblo. El 1 de marzo de 1956, los dos partidos socialistas, el comunista Partido del Trabajo, el Partido Demócrata del Pueblo y el Partido Democrático, con la participación desde la clandestinidad del Partido Comunista, suscribieron el Acta de Constitución del Frente de Acción Popular (FRAP) y eligieron como su presidente a Salvador Allende. El FRAP levantó un programa «antiimperialista, antioligárquico y antifeudal dirigido a la emancipación del país, al desarrollo industrial, a la eliminación de las formas precapitalistas de la explotación agraria, al perfeccionamiento de las instituciones democráticas y a la planificación del sistema productivo con vistas al interés de la colectividad y a la satisfacción de las necesidades básicas de los trabajadores».

Si la composición del FRAP se correspondía con las tesis del Frente de Trabajadores, su política y su programa se acercaron más a la línea comunista. En las elecciones municipales de abril la izquierda alcanzó 130.000 votos y eligió 248 concejales.

Sin embargo, el debate central que atravesó toda la existencia del FRAP y más tarde de la Unidad Popular, hasta el 11 de septiembre de 1973, se inauguró ya en las postrimerías de 1955. A finales de octubre de aquel año, el PSP realizó su XVI Congreso, en el que aprobó la línea política del Frente de Trabajadores, que declaró agotada la etapa de los acuerdos con los partidos burgueses y apostó por una alianza que agrupara sólo a las fuerzas políticas obreras y a la CUT. En cambio, en abril de 1956 el X Congreso del Partido Comunista oficializó su apuesta por la «vía pacífica» explicitada en la línea política del Frente de Liberación Nacional,[3]que significaba una continuación de la línea política frentepopulista levantada a partir de 1933. El PCCh defendía la alianza con sectores de la burguesía cuyos intereses les enfrentaban con el capital monopolista y con el imperialismo para realizar los cambios profundos propios de la revolución democrático-burguesa y después avanzar de manera gradual hacia el socialismo (Varas, 1988: 144-173).

El 4 de diciembre 1956 Salvador Allende destacó en el Senado la trascendencia del proceso de unidad de la izquierda (Martner, 1992: 188-191):

Nosotros creemos que ha llegado la hora de que los partidos auténticamente populares creen una conciencia cívica capaz de brindarle a Chile una salida política, una alternativa distinta, una solución nueva, y esta salida política la estamos labrando lealmente en el Frente de Acción Popular; la estamos trabajando, los partidos que lo integran, a sabiendas de que hemos cometido errores, como errores cometieron Sus Señorías, antes y después.

No tuvo reparos en señalar ante el resto de senadores que los socialistas compartían trinchera en el FRAP con el Partido Comunista y, frente a las acusaciones de la derecha de que los comunistas promovieron la subversión durante los gobiernos de Aguirre Cerda y Ríos, defendió su actuación dentro de la legalidad. Asimismo, destacó algo importante para el futuro, su realismo político:

Los comunistas no son políticos improvisados. Tienen un método para medir los fenómenos sociales. Saben lo que es la ubicación geográfica y económica. Se dan cuenta de qué somos nosotros, dónde estamos situados, y comprenden, sin que se lo diga nadie, que habría de ser torpe, ingenuo y poco realista para pretender en Chile en esta época y en esta hora que hubiera un gobierno comunista.

¿Creen los señores senadores –y perdónenme, pues tengo el mayor respeto por la personalidad de Elías Lafferte– que podría durar en Chile un Gobierno formado por los señores Lafferte, Galo González y Carlos Contreras, frente a la realidad que es este país, frente a lo que lo circunda y a la tremenda influencia de Estados Unidos, que, ojalá, no se hiciera sentir como en Guatemala, porque bastaría sólo con la presión económica para que cualquier Gobierno se derrumbara?

Si mañana Chile, con legítimo derecho eligiera un gobernante comunista, tengo la certeza absoluta de que la presión internacional sería de tal magnitud que la voluntad soberana del país se vería doblegada. Los comunistas lo saben; son lo suficientemente fríos, en el sentido justo de la apreciación política, para comprender que existe esta limitación, esta realidad. Saben que hay una realidad social, económica, geográfica, en un país pequeño como el nuestro, sometido a la tremenda y violenta fuerza de la presión internacional, que se ejerce en lo económico y en lo político.

Como era habitual en aquellos años, después de fundamentar su alianza con los comunistas, aclaró que los socialistas mantenían con ellos diferencias en política internacional:

Porque he creído sinceramente que los comunistas chilenos acatan los compromisos contraídos con nosotros –y lo he probado a lo largo de algunos años que tengo de contacto con ellos–, sigo lealmente trabajando sobre la base de esos compromisos neta y claramente establecidos. Jamás nosotros aceptaríamos la presencia del Partido Comunista si ello significara, de parte nuestra, hipotecar nuestro derecho a criticar, a analizar, a desmenuzar la política internacional de la Unión Soviética. Si los comunistas chilenos están de acuerdo con algunos puntos de esa política, o no lo están, es problema de ellos; pero nunca ese problema se ha proyectado en nuestras relaciones y jamás han puesto como condición para mantener ese entendimiento el que nosotros opinemos de esta u otra manera en el aspecto internacional o nacional.

Honorables senadores liberales, mi partido está con el Partido Comunista, porque siempre sostendrá que las ideas, los principios y las doctrinas no se arrancan del corazón de los hombres y de las multitudes, ni con leyes represivas, ni con la cárcel, ni con el destierro, ni con la persecución. Reclamamos para los comunistas el mismo derecho a la vida cívica que para ustedes y para nosotros. Si dentro de este respeto ellos son capaces, por su ejecutoria, por su esfuerzo y su trabajo, de ser más grandes que nosotros, la responsabilidad es nuestra.

Hay muchos países de Europa donde el comunismo tiene vida legal y, sin embargo, los socialistas son mayoría y los partidos de ideas liberales también tienen una representación considerable. En igual forma, nosotros queremos que en nuestro país haya respeto para todas las convicciones.

Precisamente, hacía pocas semanas que los tanques soviéticos habían invadido Hungría, acción que había condenado en el Senado al abogar por un socialismo de bases libertarias y el principio de la libre determinación de los pueblos (Archivo Salvador Allende, 11, 1990: 139-141):

Lo que ocurre en Hungría no puede sernos extraño ni dejar de interesarnos desde un punto de vista humano y social.

La experiencia vivida por la humanidad en estos días reafirma lo que hemos venido sosteniendo en cuanto a que los principios socialistas pueden y deben buscar los cauces de superación y reemplazo del capitalismo de acuerdo con las características de cada país.

Es evidente el fracaso de todas las tendencias que han creído que los regímenes políticos pueden ser trasplantados o impuestos sobre los pueblos. No hay pueblo que acepte el colonialismo mental o espiritual y, tarde o temprano, su lucha emancipadora buscará sus legítimos y propios derroteros. (...)

Sin discusión, los errores en que se ha incurrido en Hungría han provocado una reacción que ha llegado a convertirse, por desgracia, en una verdadera guerra civil.

Nosotros, que somos partidarios de la autodeterminación de los pueblos, no podemos dejar de expresar claramente nuestra palabra condenatoria de la intervención armada de la Unión Soviética en Hungría. Ni aun con el pretexto de aplastar un movimiento reaccionario que significara la limitación de las conquistas sociales o económicas que pudiera haber alcanzado el pueblo húngaro y la vuelta a formas políticas caducas justificaríamos nosotros la intervención de una potencia extranjera. Y mantenemos esta actitud cualquiera que sea el país de que se trate.

En junio de 1957, el XVII Congreso General del Partido Socialista sancionó la reagrupación de sus filas. En el programa aprobado, que asumía la línea política del Frente de Trabajadores, se incluyeron medidas como la nacionalización sin indemnización de «todas las empresas imperialistas extractivas y servicios de utilidad pública, bajo control y administración obrera»; la planificación de la producción nacional a partir de las necesidades señaladas por unos comités de obreros, campesinos y empleados; la nacionalización de la banca y de las compañías de seguros y el monopolio del comercio exterior por el Estado; una «revolución agraria», con la expropiación sin indemnización de los latifundios; la derogación de todas las leyes represivas, en especial la Ley Maldita (Casanueva Valencia y Fernñandez Canque, 1973: 190). Como secretario general fue elegido Salomón Corbalán y, entre los miembros del Comité Central estuvieron Raúl Ampuero, Clodomiro Almeyda, José Tohá o Belarmino Elgueta, pero no Salvador Allende, que nunca más volvió a integrar este órgano de dirección.

Moulian subraya que el Partido Socialista surgido de la reunificación de 1957 era distinto del existente hasta entonces, ya que era una organización marcada por su participación en las coaliciones de centro-izquierda de 1938-1946 y por el apoyo al experimento populista de Ibáñez (2005: 41).

Esa evaluación negativa de ambas experiencias generó dos efectos en el terreno ideológico. El primero es que se produce una mayor vertebración de las opciones estratégicas del partido, antes medio difusas e implícitas, en especial el tópico de la definición del carácter de la revolución. El segundo es la acentuación del carácter crítico hacia las posiciones del Partido Comunista, realizada desde un lugar más a la izquierda, lo que significa el desarrollo por parte de los socialistas de una fórmula estratégica distinta (el Frente de Trabajadores).

El otro acontecimiento decisivo de aquel año fue la creación el 27 de julio de 1957 del Partido Demócrata Cristiano (PDC). Dos décadas antes el impulso de un grupo de jóvenes dirigentes de la Acción Católica, como Bernardo Leighton, Eduardo Frei, Radomiro Tomic o Rafael Agustín Gumucio, había transformado la rama juvenil del vetusto Partido Conservador en la Falange Nacional (Grayson, 1968: 100-144),[4]un partido que siempre tuvo un rol secundario. Así, en 1953 tan sólo logró elegir tres diputados, el mismo número que en 1941, de ahí la necesidad evidente de agrupar su espacio político, materializada en la constitución de la Federación Social Cristiana en septiembre de 1953 junto con el Partido Conservador Social Cristiano.

Las elecciones de 1957 les rescataron de la marginalidad política al obtener casi el 10 % de los votos y 14 diputados; además, Eduardo Frei conquistó un escaño de senador por Santiago, por delante de Jorge Alessandri, con la mayor votación nacional, por lo que se lanzó a la carrera presidencial ya que, al igual que Allende, era capaz de capturar apoyos más allá de las fronteras partidarias. El 27 de julio de 1957 los dirigentes de la Falange (Eduardo Frei y Rafael Agustín Gumucio) y del Partido Conservador Social Cristiano suscribieron en el Salón de Honor del Congreso Nacional el acta de nacimiento del Partido Demócrata Cristiano, que en apenas seis años se convertiría en el primer partido del país y sólo siete años después alcanzaría la Presidencia de la República con un ambicioso proyecto reformista.

La reunificación socialista y la fundación del PDC fueron el preludio de la larga campaña de las elecciones presidenciales del 4 de septiembre de 1958. Sin embargo, antes de que los ciudadanos concurrieran a las urnas, el Congreso Nacional aprobó dos reformas legales trascendentales promovidas por el Bloque de Saneamiento Democrático, integrado por las fuerzas de izquierda, el PDC y el Partido Radical: la derogación de la «Ley Maldita» y una nueva ley electoral que desterró el cohecho e instituyó la cédula única (el uso de una sola papeleta para votar) a partir del año siguiente.

Con el lema «Un camino nuevo, un candidato popular y un programa de lucha», entre el 15 y el 17 de septiembre de 1957 el Salón de Honor del Congreso Nacional acogió la Convención Presidencial del Pueblo, en la que participaron 1.800 delegados que eligieron la candidatura de Allende entre otras cinco y definieron las propuestas medulares de la izquierda (Arrate y Rojas, 2003: 322).

En mayo de aquel año, Salomón Corbalán, secretario general del Partido Socialista, había informado a Allende de la resolución de la dirección de lanzar su candidatura presidencial, a pesar de que no había sido fácil, le precisó, tal decisión. Si bien reaccionó con ironía, éste se apresuró a sugerir la celebración de una amplia y plural asamblea de las fuerzas políticas y sociales de izquierda. Aquella noche cenó en casa de Osvaldo Puccio (1985: 44):

Allende planteó cómo se imaginaba la convención presidencial del pueblo. Quería integrar a profesionales y técnicos independientes. Esto iba un poco más allá de lo que se había planteado solamente en los partidos y las organizaciones de masas, es decir, obreros y campesinos. Ahora quería integrar también a sectores de la clase media y de la intelectualidad. Allende aspiraba a una participación muy amplia. En esa convención no había que llegar a elegir hombres, que presentaran después su programa: había que llegar con un programa, para elegir después a un hombre que lo realizara.

Los cuatro pilares del programa fueron la reforma agraria, la nacionalización del cobre y del salitre, el control de la banca privada y la creación de un área de propiedad estatal en la economía, medidas que articulaban una propuesta de transición gradual que implicaba los principios de lo que a partir de 1970 se conoció como «la vía chilena al socialismo» (Nolff, 1993: 59-62). La campaña se inició con una gira por la provincia de Valparaíso y muy pronto el candidato y sus acompañantes, entre ellos Puccio, pudieron palpar la enorme diferencia respecto a 1952, el apoyo entusiasmado que recibían principalmente de parte de los trabajadores.

De nuevo, Salvador Allende mostró su interés para entablar conversación con los obreros y las gentes sencillas, su conocimiento de casi todos los rincones del país, su sensibilidad ante las injusticias que sufrían las clases populares. En Valparaíso, el concejal comunista Luis Vega organizó una visita a los trabajadores del matadero de la ciudad (Puccio, 1985: 54):

Los compañeros habían preparado una ceremonia. Nos llevaron a un recinto de matanza, donde tenían un buey listo para ser carneado. Todavía hoy se hace en Chile de la misma manera: le pegan al animal en la cabeza o lo matan degollándolo. Nos pararon a unos diez metros frente a ese animal. Luego se acercó el jefe de los matarifes con un ayudante que llevaba un gran jarro de lata. Le clavó un puñal en la aorta al animal y salió el chorro de sangre. La recibieron en un jarro y lo prepararon de inmediato con ají, cebolla, ajo, sal y otros aliños. Esta mezcla los matarifes la llaman ñachi. Después de revolver la sangre caliente con un palo, entregaron el pocillo, que tenía forma de jarro cervecero, a Allende. Allende hizo como un saludo a todos y tomó un trago largo. Después me pasó el jarro a mí y me dijo que tomara. Le habían quedado los bigotes llenos de espuma y se limpió como lo hacen los matarifes, con la mano.

Fue en el marco de aquella campaña cuando se produjo otro episodio que relató Puccio y en el que se vio involucrada la madre del candidato de la izquierda. Un día en el confesionario el sacerdote le preguntó a Laura Gossens, una persona de hondas creencias católicas, por quién votaría en las elecciones, en un momento en el que la Iglesia mantenía los más duros anatemas sobre todo lo que sonara a comunismo. Doña Laura le respondió que sufragaría por Allende, por lo que, indignado, el cura le replicó que si no sabía que este hombre era comunista, que iba a destruir las iglesias, a encarcelar a los curas, a ordenar que se violara a las monjas... Ella le rebatió que Salvador Allende era un buen hijo y por tanto incapaz de cometer tamañas cosas. Cuando el cura le preguntó cómo sabía que era tan buen hijo, ella le respondió: «Muy sencillo, soy su madre».

Ante la precariedad económica para afrontar los gastos de la campaña (publicidad en la radio y los periódicos, impresión de carteles, funcionarios del equipo nacional de la campaña, gastos derivados de los viajes del candidatos...), recurrieron a la práctica utilizada con éxito por los comunistas de organizar almuerzos para recaudar fondos. Así, el 26 de junio de 1958, con motivo del 50º cumpleaños del candidato, su comando nacional organizó una comida en el céntrico y elegante restaurante santiaguino «El Pollo Dorado» con entradas al precio de cincuenta mil pesos. Aquel acto llamó la atención de la prensa y despertó las críticas de los otros candidatos, pero Allende salió al paso instando a los otros partidos a revelar sus fuentes de financiación (Puccio, 1985: 59-63).

El 7 de agosto el Teatro Baquedano acogió un gran acto de apoyo a la candidatura del FRAP en el que intervino Pablo Neruda en nombre de los escritores y artistas que la respaldaban (Gutiérrez Revuelta y Gutiérrez, 2004: 283-288):

Pero sabemos, y por eso estamos aquí, que ante todo debe elevarse nuestro pueblo a la dignidad humana que merece. Y en esta lucha, en esta convicción combatiente, nos sentimos representados por Salvador Allende. Los artistas y escritores tenemos mucho que pedir, tenemos mucho que hablar, tenemos mucho que trabajar con el nuevo Presidente de Chile. No queremos dejarlo solo ni que nos deje solos. Pero hay problemas vitales para nosotros, problemas de la conciencia herida. Son problemas totales de nuestro país y, por lo tanto, vienen antes que nuestros propios problemas profesionales.

Primero: ¡basta de analfabetos! No queremos seguir siendo escritores de un pueblo que no puede leer. No queremos sentir la vergüenza, la ignominia de un pasado estático y leproso. Queremos más escuelas, más maestros, más periódicos, más libros, más editoriales, más revistas, más cultura. (...) Esperamos que tu Presidencia, Salvador Allende, amigo y camarada, se desarrolle en el periodo de paz mundial y comprensión entre los pueblos que deseamos como única solución para tan amargos conflictos.

Futuro presidente de Chile: espero que te encuentres muchas veces, que llames muchas veces, a los escritores y artistas, y que en el Gobierno nos hables y nos escuches. Hallarás siempre en nosotros la mayor fidelidad al destino de nuestra patria y también el mayor desinterés. Tenemos un solo interés, que tú compartes: la dignificación de nuestro pueblo. En este sentido, queremos decirte que esta lucha que tú encabezas hoy es la más antigua de Chile: es el glorioso combate de la Araucanía contra sus invasores, es el pensamiento que levantó las banderas, los batallones y las proclamas de la Independencia, el mismo contenido de avance popular que tuvo el movimiento de Francisco Bilbao. Y, ya muy cerca de nosotros, Recabarren, no sólo aportó su condición de más grande dirigente proletario de las Américas, sino también la de escritor de dramas y panfletos populares. El pensamiento de Chile ha acompañado dramáticamente todas las ansiedades, todas las tragedias y las victorias de nuestro pueblo.

Te acompaño en esta ocasión y te proclamamos candidato a la Presidencia de la República de Chile porque creemos con firmeza y con alegría que no abandonarás este camino. En la victoria te acompañarán todos los que cayeron, infinitos sacrificios y sangre derramada, agonías y dolores que no lograron detener nuestra lucha. Te acompaña también el presente, una conciencia más amplia y más segura de la verdad y de la Historia. Y, por último, también te acompañarán las inmensas victorias alcanzadas y la liberación inaplazable de todos los pueblos. Salvador Allende: están contigo lo bueno del pasado, lo mejor del presente y todo el futuro.

Algunos días después de aquel acto, Allende y un grupo de dirigentes del FRAP se subieron a un tren que durante diez días les llevó hasta Puerto Montt y que se convirtió en el mayor acierto de aquella campaña: el «Tren de la Victoria». Alquilaron una locomotora vieja de carbón que fue pintada de negro, en su morro se incrustó un escudo de Chile y, si en un lateral colgaron un letrero que decía «Tren de la Victoria», en el otro figuró la consigna «A todo vapor con Salvador». Desde el primer momento el recorrido fue apoteósico, ya que en cada localidad centenares de personas se acercaban a la vía para saludar a su candidato presidencial. En la primera parada, frente a la maestranza de San Bernardo, Allende habló acompañado por el recién elegido secretario general del Partido Comunista, Luis Corvalán. En la plaza central de Rancagua, prometió a los trabajadores de la mina El Teniente y al país que como presidente de la República nacionalizaría la gran minería del cobre, la mayor riqueza del país, explotada desde principios de siglo por multinacionales estadounidenses.

En Curicó se produjo uno de tantos episodios que revela la concepción de Allende de su papel como revolucionario. Mientras pronunciaba su discurso, que solía durar más de una hora y en el que conjugaba los principios políticos con un gran sentido didáctico, con alusiones directas al auditorio precedidas de la fraternal palabra «compañero», se acercó una campesina que le besó la bastilla del pantalón, ante la sorpresa y la reacción indignada de Allende. Al regresar al tren, se dirigió a quienes le acompañaban (Puccio, 1985: 71-72):

Compañeros, yo no soy un Mesías, ni quiero serlo. Yo quiero aparecer ante mi pueblo, ante mi gente como una posibilidad política. Quiero aparecer como un puente hacia el socialismo. Tenemos la responsabilidad de que eso no vuelva a ocurrir. Hay que golpear políticamente. Tenemos que hacer claridad política. No podemos llegar al gobierno, no podemos llegar a La Moneda con un pueblo que espera milagros. Tenemos que llegar a La Moneda con un pueblo que tenga conciencia. Tenemos que luchar hasta conseguirlo. Van a venir años duros, pues la construcción del socialismo no es una cosa fácil. Cambiar este país no es un asunto de horas. Y una mujer que besa los pantalones o intenta besarle los pies a uno, espera milagros que yo no puedo hacer, porque el milagro tendrá que hacerlo el pueblo y no yo.

En aquellos once días Allende pronunció 147 discursos. Al regresar a la Estación Central de Santiago, una multitud le esperaba y le impelieron a marchar al frente de una improvisada manifestación hasta la Plaza Bulnes, donde se dirigió de nuevo a sus partidarios. El 31 de agosto el FRAP clausuró su campaña con un gran acto de masas en el centro de Santiago, de nuevo en la plaza Bulnes, en la que desde cuatro puntos distintos de la ciudad confluyeron las columnas formadas por miles de personas denominadas «O’Higgins», «Balmaceda», «Pedro Aguirre Cerda» y «Salvador Allende».

El 4 de septiembre Allende emitió su sufragio en el liceo José Victorino Lastarria de Santiago, al mediodía compartió mesa en su casa de la calle Guardia Vieja (en la comuna de Providencia) con Salomón Corbalán, Luis Corvalán y otros dirigentes y después se dirigió a la Casa del Pueblo, situada en la céntrica calle Compañía. En las primeras horas de escrutinio, los datos anunciaban una apretada lucha suya con Alessandri, pero, hacia las seis de la tarde, cuando él encabezaba el escrutinio, se produjo un terremoto con epicentro a cincuenta kilómetros de la capital, lo que ocasionó problemas en el recuento de los sufragios en unas mesas en las que la izquierda tenía pocos apoderados y la derecha controlaba.

Finalmente, el derechista Jorge Alessandri se impuso con 389.909 votos (31,18 %), Allende logró 356.493 votos (28,51 %) y Eduardo Frei, 255.769 (20,46 %). En último lugar, muy lejos del radical Luis Bossay (192.077 votos, el 15,36 %), quedó el diputado elegido en las filas del FRAP Antonio Zamorano, conocido como «el cura de Catapilco», quien logró 41.304 votos (3,30 %) y cumplió el objetivo de quienes le promocionaron: arrebatarle a Allende el apoyo necesario para propiciar su derrota.

Uno de los comentaristas políticos más influyentes de la época, Luis Hernández Parker, escribió en la revista Ercilla que, a pesar de la derrota, aquel resultado suponía «una gigantesca victoria revolucionaria para el FRAP» y que la influencia del «allendismo» entre los trabajadores y los campesinos era el aspecto más relevante de aquellos comicios (Veneros, 2003: 226). Allende no sólo venció en las provincias del Norte Grande (Tarapacá y Antofagasta) y el Norte Chico (Atacama y Coquimbo) y en Arauco, Concepción y Magallanes, sino que logró penetrar con éxito en el electorado de las zonas rurales (en Ñuble, Talca o Curicó obtuvo casi los mismos votos que Alessandri). Además, fue el candidato más votado por la población masculina, aunque entre las mujeres quedó detrás de Alessandri y de Frei.[5]

Aquella noche, con la pretensión de evitar que partidarios suyos se echaran a las calles para denunciar las oscuras maniobras de la candidatura de Alessandri para alterar el resultado electoral, Allende, quien estaba persuadido de que le habían robado la victoria, habló para solicitar a las gentes de izquierda que se marcharan con tranquilidad a sus casas. Al día siguiente, en la reunión de la dirección del comando de la campaña, insistió en que lanzar a sus militantes a las calles era un acto de irresponsabilidad política y significaría exponerles a la brutal represión de las Fuerzas Armadas. El 8 de septiembre afirmó en un discurso por radio (Quezada Lagos, 1985: 97-98):

Para nosotros habría resultado fácil promover a lo largo del país un gran movimiento de masas que desde las calles y a través de las formas de la violencia, exigiera nuestra proclamación por parte del Congreso Pleno. Al contrario, la misma noche del 4 de septiembre exigimos al pueblo su tranquilo retiro a los hogares, sin patrocinar ningún acto de esta naturaleza. Si deseáramos presionar, tendríamos otras herramientas, paralizaríamos los centros vitales del país, el cobre, el salitre, el carbón, donde nuestro poderío es incontrastable. Desmentimos, pues, la insidia de El Mercurio, vocero del alessandrismo, que, diariamente, tergiversa nuestra actitud y nos supone todos los sucios móviles que a él lo animan.

No habrá nada ni nadie, óiganlo bien, que pueda inducirnos a buscar el camino aventurero del golpe o la asonada. Así como somos firmes e inquebrantables en la defensa de lo que representamos, y de los derechos que nos asisten, así también somos celosos en nuestra decisión de utilizar y defender los caminos constitucionales. Si no se oirán nuestras voces para implorar el apoyo de un partido político, menos irán nuestras manos a golpear las puertas de los cuarteles como lo hiciera la derecha después del triunfo de don Pedro Aguirre Cerda. Y no lo haremos. Lo impide la fuerza de nuestras convicciones, la responsabilidad de dirigentes del movimiento popular. Y también el respeto que nos merecen las Fuerzas Armadas que, al igual que el Cuerpo de Carabineros, con motivo de esta elección han dado una vez más una muestra de patriótica prescindencia. Nuestra conducta de ahora y la del futuro habrá de ser la misma. Que los cauces constitucionales encaminen el proceso normalmente.

Cinco años después, al aceptar de nuevo ser el candidato presidencial del FRAP, evocó los confusos hechos que le privaron de la victoria entonces (Nolff, 1993: 63-64):

En 1958 tuve conciencia de que había ganado la elección y a las doce de la noche, allí en la Plaza Bulnes, levanté con serenidad mi voz. Allí se puso a prueba mi convicción democrática y la responsabilidad de los partidos y jefes que forman el FRAP. Pudimos haber paralizado la vida económica de Chile. Pudimos haber creado un hecho social y de extraordinaria magnitud de dureza. Pudo haber detenido su esfuerzo el campesino, el hombre del cobre, del salitre y del hierro. Sabíamos que el maestro primario saldría a la calle junto con el profesional con conciencia social. No lo hicimos. Aceptamos que se nos arrancara la victoria, que era nuestra, por un superior sentido, por cariño a Chile, por conciencia social, por convicción profunda, porque en la vida de un pueblo son segundos; porque nosotros queríamos que el pueblo tuviera más sentido de su responsabilidad. Por eso, habiendo podido defender nuestra victoria, aceptamos que otros llegaran al poder.

El 24 de octubre el Congreso Pleno debió elegir al nuevo presidente de la República entre los dos candidatos más votados, Alessandri y Allende, al no haber logrado ninguno de ellos la mayoría absoluta, y, en protesta por la actuación de la derecha, los parlamentarios del FRAP se retiraron en el momento de la votación. El 3 de noviembre Alessandri se convirtió en presidente de un gobierno que la izquierda calificó como el «de los gerentes».

La derrota no llevó a Allende a moderar sus posiciones ni a renunciar a proponer al país las grandes transformaciones que consideraban necesarias para poner fin a las injusticias que golpeaban a la mayor parte de la población. Así, el 10 de diciembre, en el Senado, defendió una vez más la necesidad de una reforma agraria al presentar una iniciativa para lograr una mejora sustancial en las remuneraciones de los campesinos (Archivo Salvador Allende, 5, 1990: 47-48):

Fui candidato de los partidos populares y en las provincias agrícolas del país obtuve una votación sin precedentes. El campesino chileno se ha movilizado. No se movilizó, como lo han dicho, artera y cobardemente, algunos editorialistas en cierta prensa llamada seria, porque alguna vez un hombre responsable de los partidos populares les hubiera ofrecido potreros pertenecientes a determinados propietarios. Eso jamás sucedió.

Tuve especial interés en ser yo, el candidato de los partidos populares, quien planteara al país la reforma agraria. Dicha reforma, señor Presidente y señores senadores, es un hecho social y económico imposible de detener en el país. Pero la planteé siempre con la responsabilidad del hombre que ha estudiado, junto con sus compañeros, esta materia; convencido de que la economía de Chile reclama una reforma agraria; con plena conciencia de que la realidad social chilena la exige. Y por eso he repetido, hasta la saciedad, que estamos gastando cien millones de dólares al año para traer alimentos que podríamos producir. Señalé la necesidad de esa reforma porque conozco, como médico, los déficits de alimentación.

Sé cómo está marcado el niño proletario y conozco las diferencias que existen entre los niños que van a las escuelas primarias y los de las preparatorias de los liceos. Es decir, lo hice con patriótico fervor, para evitar que mañana la insurgencia sin destino vaya, quizás, a caer en la violencia y puedan segarse vidas injustamente. Por eso hemos reclamado una preocupación seria sobre la reforma agraria. Y demostraremos esa necesidad con hechos, mediante datos irrefutables de la FAO y de la CEPAL que expondremos en la próxima semana.

Semanas después tuvo lugar el acontecimiento que cambió la historia de América Latina en el siglo XX, la Revolución cubana, que tuvo una gran influencia en la radicalización de las luchas populares y en la respuesta de las burguesías nacionales y el imperialismo norteamericano. En los primeros días de 1959, después de la liberación de Santa Clara y de la entrada triunfal en La Habana de los guerrilleros de la Sierra Maestra, Allende se encontraba en Venezuela para la asunción del poder por parte de su amigo Rómulo Betancourt y decidió viajar a Cuba. Allí, por mediación del dirigente revolucionario Carlos Rafael Rodríguez, pudo reunirse con el comandante Ernesto Guevara en el cuartel de La Cabaña (Debray, 1971: 69-72):

Ahí llegué yo y ahí estaba el Che. Estaba tendido en un catre de campaña, en una pieza enorme, donde me recuerdo había un catre de bronce, pero el Che estaba tendido en el catre de campaña. Solamente con los pantalones y con el dorso descubierto, y en ese momento tenía un fuerte ataque de asma. Estaba con el inhalador y yo esperé que se le pasara, me senté en la cama, en la otra, entonces le dije: «Comandante», pero me dijo: «Mire, Allende, yo sé perfectamente bien quién es usted. Yo le oí en la campaña presidencial del 52 dos discursos: uno muy bueno y uno muy malo. Así es que conversemos con confianza, porque yo tengo una opinión clara de quién es usted».

Después me di cuenta de la calidad intelectual, el sentido humano, la visión continental que tenía el Che y la concepción realista de la lucha de los pueblos, y él me conectó con Raúl Castro y después, inmediatamente, fui a ver a Fidel. Recuerdo como si fuera hoy día: estaba en un Consejo de Gabinete. Me hizo entrar y yo presencié parte de la reunión. Hubo una cena y después salimos a conversar con Fidel a un salón. Había guajiros jugando ajedrez y cartas, tendidos en el suelo, con metralletas y de todo. Ahí, en un pequeño rincón libre, nos quedamos largo rato. Ahí me di cuenta de lo que era, ahí tuve la concepción de lo que era Fidel.

La Revolución Cubana le enseñó que «un pueblo unido, un pueblo consciente de su tarea histórica, es un pueblo invencible». Después de aquel primer encuentro, Fidel Castro y Salvador Allende se convirtieron en amigos verdaderos, no sin mantener discusiones «profundas y fuertes», según Allende, quien también se consideraba amigo de Guevara. Precisamente a Debray le confesó que el Che le regaló uno de los primeros ejemplares de La guerra de guerrillas:

Este ejemplar estaba encima del escritorio del Che, debe haber sido el segundo o tercer ejemplar, porque –me imagino– el primero se lo dio a Fidel. Y aquí tienes una dedicatoria que dice: «A Salvador Allende que por otros medios trata de obtener lo mismo. Afectuosamente, Che».

Con el Che se reencontró en 1961 en Montevideo, con motivo de las jornadas antiimperialistas organizadas en la Universidad de la capital uruguaya en respuesta a la Conferencia de Punta del Este en la que en aquellos días Kennedy lanzaba su propuesta de Alianza para el Progreso:

Esa noche el Che me invitó al hotel en que estaba hospedado para conversar durante la comida. En esa ocasión me presentó a su madre, la quería mucho. En medio de la conversación me contó un secreto del momento: al día siguiente viajaría a Buenos Aires, en forma reservada, invitado por el presidente argentino de la época, el civil Arturo Frondizzi. El viaje se realizó y la consecuencia del encuentro privado pero evidentemente político fue el derrocamiento de Frondizzi. Poco después el presidente de Brasil, Janios Cuadros, sería derribado por condecorar al Che a su paso por Brasil.

Salvador Allende fue un gran amigo de la Revolución cubana y la defendió en todos los foros. En infinidad de ocasiones proclamó que la dictadura de Fulgencio Batista y la tutela del imperialismo estadounidense sobre los destinos de la isla sólo dejaron el camino de la insurgencia a quienes quisieran luchar por la independencia nacional y la justicia social. En cambio, creía que en Chile la izquierda podía conquistar la Presidencia de la República en las urnas y desde el gobierno dirigir un proceso de hondas transformaciones que abriera paso a la construcción del socialismo. Asimismo, tenía presente la posibilidad de que Washington agrediera al gobierno revolucionario de La Habana, como le había sucedido en 1954 al presidente guatemalteco Jacobo Arbenz.

Precisamente, el 4 de diciembre de 1956 defendió desde la tribuna del Senado chileno las reformas que el derrocado presidente, a quien los senadores derechistas calificaban recurrentemente de «comunista», intentó llevar a cabo en su país (Archivo Salvador Allende, 1, 1990: 127-128):

¡Decir que Guatemala tuvo un gobierno comunista! ¿Por qué? ¿Se nacionalizaron las industrias? ¿Se expropió la tierra en su integridad? ¿Se terminó con la propiedad privada? No, señor Presidente. Entonces ¿qué razones se tienen? ¿Acaso no existía un Parlamento elegido por el pueblo y un Poder Judicial autónomo? (...)

¿También fueron comunistas, para muchos de Sus Señorías, Rómulo Gallegos y Rómulo Betancourt? ¡Claro! ¡Si se atrevieron a tomar dos o tres medidas contra las empresas del petróleo! Creo que les alzaron los impuestos y les exigieron respeto a los trabajadores... ¡y eso bastó!

Contra el gobierno de Gallegos, la más limpia expresión de la voluntad de un pueblo en la historia de América, se levantó la rebelión militar que Betancourt denunció como «la internacional de las espadas», acción bendecida y protegida por la hipocresía de la diplomacia internacional, inspirada por el Departamento de Estado.

Discrepo de la interpretación que el Honorable señor Moore hace de lo que él llama «los errores de la política norteamericana». El señor senador liberal don Eduardo Moore se conduele porque los gobernantes norteamericanos sean tan tolerantes y respetuosos de la autodeterminación de los pueblos y, por ello, nada hagan contra las ignominiosas dictaduras de América. No, señor Presidente: ¡les conviene no hacer nada! (...) No sólo las instalan: las protegen, las mantienen, las apoyan, porque les sirven.

Bastaría un soplido de Estados Unidos para que las dictaduras del Caribe desaparecieran. Aun sin intervenir, bastaría que dijera ese país que no reconocerá ningún gobierno que no respete los compromisos internacionales, la personalidad humana, que no tenga Parlamento, tribunales de justicia... (...)

Desde el punto de vista económico, conviene a los intereses norteamericanos, porque esos gobiernos son los que más entregan a sus países, son los gobernantes más antipatriotas. Estas dictaduras son la expresión más corrompida y antinacional.

Recordemos cómo Nicaragua ha concedido «ad eternum» derecho a los Estados Unidos para que pueda partirla con un nuevo canal. Y, por eso, en todos estos pueblos en que ha habido dictaduras, los grandes intereses imperialistas han sacado todas las ventajas: en el banano, en el algodón, en el café, en el petróleo, en el cobre, en las caídas de agua...

Con este precedente, el 27 de julio de 1960 subió a la tribuna del Senado para defender la Revolución cubana. En primer lugar, rindió tributo a los héroes que asaltaron el Cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, el 26 de julio de 1953 (Archivo Salvador Allende, 1, 1990: 59-83):

Rendimos homenaje a las milicias inmoladas hace siete años en el asalto al Cuartel Moncada y lo hacemos expresando que los sectores populares de Chile, la inmensa mayoría del pueblo, siente, comparte y vive los ideales de la Revolución Cubana. Tal hecho no puede ser extraño para nadie porque, en la conciencia del pueblo chileno, existe la inmensa y profunda convicción de que América Latina está viviendo uno de los minutos más trascendentales de su historia; que las revoluciones mexicana y boliviana señalaron ya una etapa y que la cubana marca con caracteres imborrables un proceso de superación, al dar sólidos pasos hacia la plena independencia económica y señalar, en su lucha, el camino que han de seguir los pueblos latinoamericanos para afianzar y acelerar la evolución política, económica y social que los lleve a ser auténtica y definitivamente libres.

Nosotros hemos expresado reiteradamente que, con estrategia y tácticas distintas, tal proceso deberá aflorar en los diversos países de América Latina para terminar con la etapa de vasallaje político, de explotación económica; para poner fin a la angustia, al hambre y la miseria de miles y miles de hombres de esta parte del Hemisferio; para detener la voracidad implacable del imperialismo; para poner fin al régimen feudal de explotación de nuestras tierras; en resumen, para hacer posible el desarrollo económico y el cambio político capaces de crear un porvenir de dignidad y grandeza para el pueblo latinoamericano.

Una vez más, manifestó su convicción de que con tácticas y estrategias distintas en cada país «la revolución latinoamericana» tendría tres desafíos esenciales: la ruptura de la dependencia económica de estas naciones, una «batalla frontal contra el imperialismo» y la reforma agraria. En su discurso, poco antes de la proclamación del carácter socialista de la Revolución cubana, de la expulsión de Cuba de la OEA y de la ruptura de relaciones diplomáticas de casi todos los países latinoamericanos (incluido el gobierno de Alessandri), denunció las agresiones que este país sufría de parte de Washington:

Ayer era Guatemala el polvorín comunista que ponía en peligro la hermandad americana. Hoy es Cuba. Ayer y hoy el Departamento de Estado norteamericano defiende, impúdicamente y por los peores métodos de presión económica y atropello, los intereses de sus connacionales, su influencia política.

Ayer y hoy, muchos gobiernos de Latinoamérica aceptan dócil y servilmente la voz de orden del poderoso país del Norte. Como siempre, la raída bandera del anticomunismo se esgrime para atentar en contra de la soberanía de los pueblos: ayer, contra Guatemala; hoy, contra Cuba.

Allende recorrió la historia de Cuba desde la agresión de la corona española en las postrimerías del siglo XV, hasta las luchas por la abolición de la esclavitud y la independencia en el siglo XIX, desde la guerra de los Diez Años a José Martí y su Partido Revolucionario Cubano, la Enmienda Platt y las dictaduras de Gerardo Machado y Fulgencio Batista. En su parte final, hizo una fundamentada y apasionada defensa de los logros de la Revolución en su primer año y medio, para finalizar con estas palabras:

He querido dar los antecedentes irrefutables que he podido juntar para hacer presente que la Revolución Cubana era un hecho social necesario, indispensable, impostergable. Los entrego al país para que se comprenda también quiénes están agrediendo a Cuba y por qué razones lo hacen.

La revolución, en su obra creadora, ha hecho mucho en lo material. Ya se conoce, por medio de mis palabras, parte de lo realizado. Pero lo que no podrán comprender ciertos círculos en toda su magnitud es la transformación moral que se ha alcanzado: el cubano de ayer no es el de hoy. La Cuba de la fiesta, del jolgorio, de la irresponsabilidad, de la coima, ha desaparecido. El pueblo cubano, hoy, es un pueblo distinto, señor de su propio destino. Se han refundido en el crisol de la patria, en el altar de la tarea común, el maestro universitario y el campesino, el intelectual y el obrero, el estudiante y el profesional. (...)

El pueblo de Chile ha reaccionado y siente la Revolución Cubana, la comprende y la defiende como suya. Nuestros estudiantes han firmado un acuerdo con los estudiantes cubanos. Nuestra Central Única de Trabajadores ha llegado a un convenio de ayuda y de defensa mutua con los trabajadores cubanos. Partidos populares, e, incluso partidos de centro, con alguna reticencia, han manifestado su apoyo a la revolución. Es decir, la inmensa mayoría de los chilenos está con la revolución.

Es hora de que se entienda que la lección de Guatemala se ha aprendido. Estados Unidos debe entender que hoy día Latinoamérica se ha revitalizado con la Revolución Cubana. Con métodos distintos y estrategias diferentes, de acuerdo con las características de cada uno de nuestros países, vamos a una misma meta que dignifique nuestras vidas y asegure la independencia económica de nuestros países.

Desde aquí, como un homenaje a la Revolución Cubana, a su Gobierno y a su pueblo, sólo puedo decir que la agresión contra Cuba es una agresión a la tierra, a la sangre y a la historia de Latinoamérica.

En mayo de aquel año había participado en Maracay (Venezuela) en el II Congreso Interamericano Pro-Democracia y Libertad junto con otros 250 delegados de las 21 repúblicas americanas. La revista venezolana Momento le escogió junto con otros siete «líderes continentales» y le sometió a un cuestionario de cinco preguntas. Interrogado sobre si América Latina vivía un «trance revolucionario» y en qué medida estaba influido por la Revolución cubana, respondió de manera afirmativa (Archivo Salvador Allende, 1, 1990: 15):

Lo demuestra el hecho de que hayan sido derrocados los dictadores de Perú, Colombia, Venezuela y Cuba. Además, porque existe conciencia en la mayoría de nuestros pueblos de que sólo sobre un cambio profundo en las estructuras institucionales será posible el desarrollo económico, la elevación del nivel de vida de las masas y el camino para la industrialización nacional. Cuba, a mi juicio, influye notablemente, lo cual no significa que con los mismos métodos y prospectos los pueblos americanos vayan a hacer lo mismo que se ha hecho en Cuba. Pero Cuba ha demostrado lo que es la Revolución Nacional, que tiene que ser, a mi juicio, antiimperialista y antifeudal. Las revoluciones tendrán características propias en cada país, ya que en los pueblos de América Latina existen distintas etapas de desarrollo. Pero, siendo nacionales, estas revoluciones tienen que proyectarse en el ámbito continental. Deben ser revoluciones humanas, en el sentido del respeto a la dignidad individual y colectiva, y democráticas, o sea, que expresen el sentimiento mayoritario.

Aquéllos que pretenden calcar la Revolución Cubana, en sus procedimientos o métodos, cometen un error tremendo, y aquellos que pretendan ignorar su realidad y su proyección en el futuro son unos cretinos.

[1] En su declaración de principios, la CUT aseguraba que su «finalidad primordial» era la organización de todos los trabajadores, «sin distinción de credos políticos o religiosos, de nacionalidad, color, sexo o edad», para luchar contra la explotación del hombre por el hombre hasta lograr la sustitución del régimen capitalista por el socialismo (Silva, 2000: 273).

[2] Fuente: Servicio Electoral de la República de Chile.

[3] El secretario general del PCCh, Galo González, aseguró en el X Congreso: «La posibilidad de que nuestra revolución se realice por medios pacíficos, esto es, sin que sea forzoso recurrir a la guerra civil depende de dos factores esenciales: del poderío y la resistencia de las clases enemigas y de la capacidad de la clase obrera para unir en torno suyo a la mayoría nacional y conquistar, por medio del sufragio u otra vía similar, el poder para el pueblo. No hay duda de que en nuestro país el enemigo es relativamente fuerte y presenta y presentará una tenaz resistencia a los cambios revolucionarios. Pero tampoco hay duda de que la clase obrera puede vencer esa resistencia, puede agrupar en torno suyo a la mayoría nacional y arribar al poder por medio del sufragio u otro procedimiento que no sea el de la guerra civil» (Corvalán, 1971: 29). En febrero de 1956, el histórico XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética había aceptado «la vía pacífica» como doctrina marxista-leninista.

[4] A pesar de su denominación, aquellos jóvenes no comulgaban con el ideario fascista de José Antonio Primo de Rivera, sino con el socialcristiano inspirado principalmente en Maritain, aunque se produjo otra coincidencia ya que, si la Falange española tenía sus Veintiocho Puntos Fundamentales, la chilena se conformaba con aquellos Veinticuatro Puntos Fundamentales que proclamaban que su lucha era «una cruzada que se impone instaurar en Chile un Orden Nuevo. Más que un simple partido es una afirmación de fe en los destinos de Chile y una voluntad inquebrantable al servicio de la nacionalidad» (Díaz Nieva, 2000: 225-226).

[5] Fuente: Servicio Electoral de la República de Chile.

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