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Figura 3. Según Jean-Baptiste-Siméon Chardin, Le Jeune dessinateur, Salón de 1759, grabado de Flipart.


Es importante que veamos claramente el carácter general y específico de la problemática del espectador, al menos tal y como aparece en la crítica de Diderot y en el arte de Greuze. Todos los cuadros postulan la existencia de un espectador: no tenemos más que pensar en obras como la Capilla Sixtina, el altar de Issenheim, Las Meninas, Les Syndics o Le Déjeneur sur l’herbe14 para darnos cuenta de que pintores de épocas diferentes y escuelas nacionales distintas debatieron este principio básico con mayor o menor énfasis y de formas extraordinariamente dispares. Sin embargo, creo que a mediados de 1750-1760, en Francia (y sólo en Francia), la inevitabilidad de la contemplación, es decir, la convención básica de que los cuadros están pintados para ser contemplados, se convirtió en un gran problema para la pintura, en la medida en que ésta asumió la tarea de destruir lo que Diderot denominaba théâtre. La irrupción de este conflicto o contradicción interna fue una auténtica novedad en la historia del arte. Así, podemos hallar temas y motivos ensimismados en la pintura y escultura de la Antigüedad, y sobre todo en la pintura del siglo XVII, tanto en Italia como en el Norte. Pero, hacia la década de 1750 y concretamente en Francia, la representación del ensimismamiento comenzó a exigir medidas especiales para resultar convincente –tal es el objeto fundamental de la comparación que he establecido entre Chardin y Greuze–. No fue ninguna coincidencia que, en ese mismo momento, los efectos ensimismados aparecieran en la crítica de Diderot y otros autores como un desideratum explícito. El ensimismamiento ya no podía considerarse como un efecto pictórico, por primera vez debía servir para acabar con la teatralidad.

Esta evolución también tuvo su expresión en un renovado interés por la representación del sueño, estado que los críticos de la época solían caracterizar como la verdadera esencia de la inconsciencia ante el entorno –elemento que he relacionado con las imágenes de ensimismamiento–. La respuesta tan entusiasta que recibió L’Ermite endormi, de Joseph-Marie Vien, durante su exposición en el Salón de 1753, es un caso ejemplar15. Otro tema relacionado es el de la ceguera, como en L’Aveugle trompé (1755), de Greuze, una obra que podemos situar cronológica y dramáticamente entre el modesto Aveugle de Chardin (h. 1737) y el monumental Bélisaire demandant l’aumône (1781) de David. (Posteriormente, las imágenes del sueño y los efectos de la ceguera virtual desempeñarán un papel fundamental en el arte de Courbet.)

Pero, hay otro punto en el que deberíamos insistir: la imposibilidad de determinar si una obra ha conseguido acabar realmente con la condición que he denominado «teatro» o si, por el contrario, ha fracasado estrepitosamente en el intento. Le Piété filiale, por ejemplo, fue descrita por Diderot en su Salon de 1763 en unos términos que enfatizaban el ensimismamiento colectivo de sus personajes dramáticos en la acción central. En general, el texto sugiere que, para Diderot, como posiblemente para otros espectadores de la época, el cuadro neutralizaba con éxito la presencia del espectador: una proeza que, según la lógica de mi argumentación, explicaría que la obra pudiera embelesar al público de la época e, incluso, conseguir que se le saltaran las lágrimas. Por otro lado, sabemos que el arte de Greuze perdió todo su poder para persuadir y conmover en tan sólo unas décadas; parece ser que Le Piété filiale dejó de impresionar a sus espectadores precisamente porque les parecía teatral, en el sentido peyorativo del término. Reconozco que hoy en día los espectadores más cultos también estarían de acuerdo con este juicio, que parece contradecir todo lo que he dicho hasta ahora sobre Greuze. Pero, no pretendo afirmar que Le Piété filiale haya conseguido vencer efectivamente el peligro de la teatralidad, más bien digo que este cuadro es lo que es –independientemente de cómo lo describamos– porque el pintor que lo realizó se esforzó, sobre todo, en representar unas figuras profundamente ensimismadas en lo que estaban haciendo, pensando y sintiendo: figuras que, en virtud de su ensimismamiento, parecen no ser conscientes de que están siendo observadas. Si éstas fueron las intenciones del pintor, ¿podemos decir entonces que La Piété filiale es una obra irremediablemente teatral? No es difícil comprender por qué nos gustaría afirmar tal cosa. En primer lugar, esta afirmación supone de forma implícita que toda una cultura pictórica se equivocó al juzgar este cuadro de forma contraria, como si nuestra posición histórica nos permitiera distinguir nítidamente entre las concepciones estéticas de otra época y las obras que, desde su punto de vista, cumplían con esta estética (una proposición dudosa). Segundo, y lo que es más importante, la insistencia en esta visión equívoca de La Piété filiale no reconoce la inestabilidad tan peculiar de las determinaciones históricas de qué es y qué no es teatral: una inestabilidad que será mucho más evidente si tenemos en cuenta la obra del mejor pintor francés de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, Jacques-Louis David (1748-1825).

En los cuadros históricos de grandes dimensiones que David realizará en la década de 1780, sobre todo el Serment des Horaces (1785; fig. 4), la Mort de Socrate (1787) y Les licteurs rapportant à Brutus les corps de ses fils (1789; fig. 5), la concepción dramática teorizada por Diderot y puesta en práctica por Greuze en sus cuadros de género de las décadas de 1760 y 1770 adquirió una expresión monumental que el público y los jóvenes artistas de la época consideraron como paradigma del verdadero arte16. (Una obra anterior, Bélisaire demandant l’aumône, también tematizó la contemplación y el hecho de ser contemplado, pero su forma de hacerlo la distanciaba en cierta medida de los tres lienzos citados17.) En la segunda mitad de la década de 1790, se manifestó cierta reacción a determinados aspectos de los Horaces, el Socrate y el Brutus, no sólo en el propio taller de David –entre el grupo denominado los Barbus –, sino también en su propia pintura –concretamente en Les Sabines (1799; fig. 6)–. La insatisfacción de David con estos primeros lienzos se debía, en parte, a su descubrimiento y aprecio del arte griego antiguo, que le parecía inmensamente superior a los modelos romanos que tanto le habían influido en el tratamiento escultórico de las figuras humanas de la década de 1780. Parece que tampoco le satisfacían otras obras anteriores por las razones que hemos esgrimido.


Figura 4. Jacques-Louis David, El juramento de los Horacios, 1785, París, M. du Louvre.


Sabemos por el testimonio de Etienne-Jean Delécluze (alumno de David en aquella época y futuro crítico de renombre) que, durante la realización de Les Sabines, el maestro calificó la composición de los Horaces como teatral, en el sentido peyorativo del término18. Según parece, se refería a la intensidad dramática sin precedentes del padre y sus hijos –ensimismados, casi en trance, en una tensión física extrema en el acto colectivo del juramento– y de las mujeres llorosas, desmayadas, que anticipan la tragedia; así como al violento contraste entre el grupo masculino y el femenino. Todos estos atributos que tanto asombraron cuando el cuadro fue expuesto por primera vez en el Salón de 1785, ahora le parecían a David excesivos y exagerados: es decir, la obra pretendía impresionar de una forma demasiado deliberada. De hecho, Les Sabines suponen un giro tan claro y rotundo respecto a los valores y efectos del drama pictórico que David concederá un nuevo toque de lucidez y expresividad a sus obras de la década de 1780. Concretamente, parece que David consideró necesario evitar la estrategia compositiva básica de sus primeros cuadros, esa evocación de un momento único y muy específico de tensión o crisis (estrategia que llega a su cénit y posiblemente a su punto de ruptura en el Brutus), en favor de una representación temporal menos activa que, podríamos decir, describe un momento o un lapso de tiempo dilatado y expandido, hasta tal punto que la acción no parece avanzar, y en el que los actores están relajados y han abandonado todo esfuerzo en una détente general. Esta desdramatización de la acción es mucho más evidente en la figura de Rómulo, esbelta como una rama, que se equilibra para lanzar su jabalina; también funciona en el fondo pictórico, atestado de una multitud de personajes situados a diferentes distancias del espectador; y, finalmente, resulta muy explícito en un pequeño livret que acompañó a la exposición pública de Les Sabines en 1799. En este último caso, David ofrecía un discurso de más de 170 palabras sobre Hersilia, la mujer de Rómulo, que aparece representada en el cuadro interponiéndose entre su marido y Tacio, jefe de los sabinos, con el fin de evitar mayor derramamiento de sangre. El efecto del cuadro y el texto juntos podría compararse con la interrupción de la acción que supone el aria en una ópera19.


Figura 5. Jacques-Louis David, Los lictores llevan a Brutus el cadáver de sus hijos, 1789, París, M. du Louvre.


Todo esto sugiere que, en el curso de apenas una década, el concepto de teatralidad había cambiado profundamente de significado, de tal modo que ahora no sólo comprendía las convenciones obvias, amaneradas y artificiales que Diderot deploraba, tanto en pintura como en el escenario, sino también las estrategias representacionales reformadoras y radicalmente diferentes –diderotianas– que encarnaban los cuadros de David de la década de 1780. El nuevo interés de David por los propios límites de la expresión y, en parte, su preferencia por el arte griego frente al romano, también deben comprenderse en este sentido. En 1807, David regaló a Délecluze un dibujo de dos cabezas que había realizado unos treinta años antes: una de ellas era la copia exacta de una cabeza antigua, mientras que la otra, basada en la primera, era mucho más viva gracias a algunos arreglos. «Le conferí, dijo David, lo que los modernos denominan expresión, pero que yo prefiero llamar mueca»20. Significativamente, la suspensión de la acción dramática en Les Sabines es paralela a la disminución apreciable del tono expresivo de las figuras principales.


Figura 6. Jacques-Louis David, El rapto de las Sabinas, 1799, París, M. du Louvre.


Figura 7. Jacques-Louis David, Leónidas en las Termópilas, 1800-1814, París, M. du Louvre.


David llegará aún más lejos en su huida de los valores y efectos dramáticos y, por tanto, de la acción y expresión como tales, en su último cuadro histórico y más ambicioso, Léonidas aux Thermopiles (comenzado h. 1800, aunque no se terminó hasta 1814; fig. 7). En esta obra, la acción principal, la del propio Leónidas, es explícitamente atemporal y antidramática –un acto de meditación, consagración y oración absolutamente interior–. Nuevamente, las palabras de Delécluze son de gran valor. En las fases iniciales del Léonidas, David pidió a sus alumnos que abocetaran sus ideas sobre el tema, a lo cual Delécluze obedeció. La respuesta de David merece ser citada en toda su extensión:

Usted ha elegido otro instante del que le propuse que representara. Su Leónidas está llamando a las armas para iniciar el combate, y todos sus espartanos responden a este llamamiento. Pero yo deseo que la escena sea más grave, más reflexiva, más religiosa. Quiero pintar un general y sus soldados preparándose para el combate como verdaderos lacedemonios, que saben perfectamente que no tienen escapatoria; unos absolutamente en calma, otros haciendo guirnaldas de flores para el banquete que les espera en el Hades. No quiero ni un movimiento o expresión apasionada, excepto las figuras que acompañan a ese hombre que escribe en la roca: Viajero, ve y dile a los espartanos que sus hijos murieron por ella… Ahora entenderás, amigo mío, el sentido que deseo adquiera la ejecución del cuadro. Quiero evitar esos movimientos, esas expresiones teatrales que los modernos han denominado pintura de la expresión. Al imitar a los artistas de la antigüedad, que nunca erraron en elegir el instante anterior o posterior a la crisis de un tema, pintaré a Leónidas y sus soldados en calma, contemplando su inmortalidad antes de la batalla… Pero, será difícil que estas ideas tengan aceptación en nuestra época. Amamos los coups de théâtre y, si no pintamos pasiones violentas, si no conseguimos que la expresión de un cuadro llegue al extremo de la mueca [grimace], corremos el riesgo de no ser comprendidos ni apreciados21.

En términos diderotianos, difícilmente podríamos encontrar una expresión mejor del desprecio de David por el drama pictórico, desprecio que, por otra parte, tanto se había esforzado en promover en sus propios cuadros de la década de 178022.

La importancia de los cuadros históricos de David para comprender las vicisitudes de la concepción dramática de la pintura de Diderot es, por tanto, enorme. Tal y como ya he afirmado, Horaces, Socrate y Brutus se impusieron rápidamente y de forma unánime como obras maestras ejemplares, en gran medida por la claridad meridiana con que representaban a unas figuras absolutamente ensimismadas en un momento de tensión o crisis en el desarrollo de una acción heroica o trágica. Sin embargo, en menos de una década, David pasó, en Les Sabines, a una puesta en escena mucho menos dramática, a la que difícilmente podríamos aplicar la idea de ensimismamiento. Parece que, cuando empezó a trabajar en el Léonidas y ante una composición tan abigarrada, se vio obligado a renunciar a la representación de la acción y expresión salvo a nivel superficial, para centrarse sobre todo en la representación, en la persona del general espartano, de una acción estrictamente interior, cuyo contenido evidente no podía haber sido menos momentáneo y más definitivo. De hecho, David representó la interioridad de esta acción en unos términos tan etéreos que casi ponían en cuestión la sincronización entre los significados internos y los signos externos de los que dependía, implícitamente, la representación convincente de la acción y la expresión23. Es difícil que, a lo largo de todo este proceso, no veamos una pérdida de convicción drástica en la acción y la expresión como vehículos de ensimismamiento y, por tanto, como fuentes de la pintura más ambiciosa24.


A primera vista, podría parecer que la pintura napoleónica –tan monumental, dirigida a conmemorar los triunfos de Napoleón y, en gran medida, a servir a sus propuestas propagandísticas– contradice esta afirmación. Por ejemplo, los cuadros más famosos del alumno de David, Antoine-Jean Gros (posteriormente Barón), Les Pestiférés de Jaffa (1804; fig. 8) y Bataille d’Eylau (1808; fig. 9), no parecen evitar la representación de la acción y la expresión25. Tampoco hay ninguna prueba, como en el caso de David, de que Gros compartiera las preocupaciones de su maestro por lo teatral como categoría ontológica o pictórica fundamental. No obstante, esa lucha cada vez más desesperada contra lo teatral que podemos ver en los cuadros de historia de David, proporciona el contexto necesario para comprender la obra de Gros.


Figura 8. Antoine-Jean Gros, Los apestados de Jaffa, 1804, París, M. du Louvre.


Figura 9. Antoine-Jean Gros, Napoleón en la batalla de Eylau, 1808, París, M. du Louvre.


Concretamente, sugiero que Jaffa y Eylau revelan una aceptación sin reservas del carácter absolutamente teatral y a priori de acción y expresión: una aceptación de lo teatral como base omnipresente, normativa y universal de la acción y la expresión, más que como una modalidad excepcional y en principio evitable de estas últimas. Resumiendo, en los cuadros napoleónicos de Gros, como en la pintura napoleónica en general, acción y expresión están concebidas para ser contempladas por los espectadores dentro y fuera de la representación. Las cuestiones relativas a la relación entre el significado interno y la manifestación externa son, efectivamente, discutibles (el concepto de ensimismamiento ya no parece tener ninguna razón de ser) o, en cualquier caso, han sido desplazadas de forma irresoluble. (Podríamos decir que el Napoléon de Jaffa parece ensimismado, no tanto en tocar la herida del apestado cuanto en que no le veamos hacerlo, una lectura que, al menos, no disminuye la eficacia política del cuadro.) Este proceso de desplazamiento es posible gracias a una naturalidad nueva y efectiva en la acción y expresión (como el gesto de Napoleón o el de las dos figuras a ambos lados), pues, de hecho, los cuadros napoleónicos a menudo yuxtaponen efectos de naturalidad y exageración (los colosos apestados en el primer plano de Jaffa son un ejemplo de esto último) para minimizar las diferencias entre ellas26. En todo esto, el arte de Gros se adaptó perfectamente a su misión política, aunque me gustaría subrayar que, a lo largo de este período, la política como tal debe entenderse en relación directa con los problemas y temas pictóricos, si es que podemos establecer alguna distinción entre ambos. Parece ser que el éxito de Napoleón y la necesidad de una pintura propagandística consiguieron movilizar a toda una generación de pintores (con el viejo David a la cabeza, que desde el principio puso su talento a disposición del Imperio), pero también pusieron en entredicho todo el proyecto diderotiano, provocando una auténtica crisis representacional durante más de una década, la peor de las que todavía quedaban por llegar27.

La profundidad de esta crisis nunca fue tan evidente como en el arte de Théodore Géricault (1791-1824), el mejor pintor de la Restauración y una de las figuras maestras del Romanticismo europeo28. Géricault vivió su madurez en los últimos años del régimen napoleónico y, desde el principio, se acercó a los valores de acción y expresión que habían inspirado los cuadros de historia de David de la década de 1780. Pero, al contrario que David, Géricault parece que consideró lo teatral como una amenaza metafísica, no sólo para su arte, sino también para la humanidad (la verdadera esencia de su romanticismo). Parece ser que empleó la mayor parte de su corta y atormentada vida en un esfuerzo apasionado, dentro y fuera de la pintura, por acabar con esta amenaza por fuerza mayor, mediante actos físicos que aspiraban a ir más allá de lo teatral en virtud del propio carácter excesivo de su compromiso, si no por su propio significado (se ha puesto en cuestión la posibilidad de este compromiso) en cualquier caso, por su materialidad física exaltada y atroz. Por ejemplo, Géricault –un jinete apasionado cuya muerte fue resultado de una serie de accidentes a caballo– encontró en la representación de caballos en movimiento, a menudo con su jinete y/o acompañantes, un medio para representar acciones y expresiones que se relacionaban estrechamente con impulsos y deseos humanos y, al mismo tiempo, sobrepasaban con mucho las capacidades humanas y que, gracias a su naturaleza no-humana (a su animalidad), no se presentan como elementos teatrales, como muecas. Una de las primeras obras de este tipo es Officier de chasseurs à cheval, chargeant, un cuadro violento con el que Géricault participó en su primer Salón (1812; fig. 10) y que, más que cualquier otra pintura ecuestre que conozca, lleva hasta el límite la idea de unión de caballo y hombre en una sola «figura», en contrapposto y vista desde atrás, además de sugerir que las enormes patas del caballo son un pedestal de poder, y también de poder sexual, tanto del animal como del hombre. En general, Géricault encontró en la representación de animales, bien en movimiento bien en reposo, una especie de refugio natural frente a lo teatral, como si la relación de los animales con sus cuerpos y con el mundo pudiera evitar la teatralización de este vínculo, cualquiera que sea. Con todo esto, deseo algo más que constatar la carga expresiva sin precedentes de los animales que pintó Géricault: en su trágico universo pictórico, la animalidad adquirió un ideal de humanidad que, finalmente, quedaba fuera del alcance humano. (El carácter inalcanzable y la bestialización de este ideal aparece de formas muy diversas a lo largo de su obra, y su expresión más emotiva sería La Marché aux bœufs [1817].)


Figura 10. Théodore Géricault, Officier de Chasseurs à cheval, chargeant, 1812, París, M. du Louvre.


El papel fundamental que desempeñaron los opuestos y contrastes extremos en el arte de Géricault, incluso en su propia vida, es un indicio más de su compromiso con los efectos y valores dramáticos. Tal y como ha señalado Stanley Cavell en un contexto parecido: oposición y contraste son el medio natural del drama y29, en muchos cuadros, dibujos y litografías de Géricault este recurso llega a un nivel extraordinario, no sólo en intensidad, sino también en condensación, compresión e incluso abstracción. En la aguada miguelangelesca, Scène de supplice (h. 1815; fig. 11), las figuras en pleno esfuerzo, de musculatura grotesca, no pueden identificarse con ningún tema literario o histórico, sino que, por el contrario, parecen personificaciones de un esfuerzo titánico contrarrestado por un sufrimiento heroico o, siguiendo con el principio de oposición, por un auténtico conflicto dramático. El efecto se consigue mediante contrastes de luz y sombra que evocan la solidez escultórica de los cuerpos antagonistas y, simultáneamente, confieren a la propia escena una atmósfera espeluznante. En este sentido, el carácter del dibujo de esta imagen y otras similares –su tendencia a geometrizar y abreviar las formas– también da la impresión de una lucha igualmente brutal entre contorno y materia, lucha que podemos contemplar en una escultura, pequeña pero magníficamente labrada30.


Figura 11. Théodore Géricault, Scène de supplice, h. 1815, Bayonne, Museé Bonnat.


Podríamos decir que el problema de Géricault no residía solamente en contener dentro de las limitaciones del ámbito pictórico unas energías dramáticas tan irracionales, sino también, y más concretamente, en pintar cuadros mucho más ambiciosos basados en cierta predilección por el drama pictórico, cuya expresión ideal serían, debido a su intenso ensimismamiento, escenas atemáticas de oposición hiperbólica. De ahí que Géricault sólo llegara a terminar una única composición de gran formato con varias figuras (Le Radeau de la Méduse), y que algunos de sus lienzos más memorables y aparentemente novedosos sean aquellos en los que la oposición y el contraste estructuran prácticamente todos los aspectos de la imagen. Por ejemplo, en el Etude de pieds et de mains (1818-19; fig. 12) de Montpellier, uno de los numerosos estudios de cabezas y miembros que Géricault pintó para el proyecto de la Radeau, la violencia mortal de la Scène de supplice sólo se manifiesta a través de sus efectos (y por ello resulta mucho más terrorífica): el dramático claroscuro de la obra anterior ahora se convierte en vehículo de un realismo cargado de patetismo; y la yuxtaposición de un brazo cortado a la altura del hombro y de dos piernas mutiladas por la rodilla evoca, en una inadvertida sinécdoque, el dénouement fatal de innumerables cuadros de historia y de las narraciones en que se basan (cf. Horaces y Brutus). Esta última impresión todavía es más intensa en cuanto que el estudio sugiere cierta diferenciación sexual –el contraste entre femenino y masculino–, aunque sin constatarlo en ningún momento. En algunas obras de la misma época, sobre todo en Têtes de suppliciés (h. 1819; fig. 13), en Estocolmo, la oposición masculino-femenino y la sugerencia de un escenario erótico, de ahí su violencia sexual, aparecen de forma evidente en un primer plano. (Géricault mantuvo una relación amorosa durante varios años con la joven esposa de su tío que, en agosto de 1818, le dio un hijo. La proyección emocional tan particular de las cabezas y miembros expresa, sin lugar a dudas, el estado mental del artista a medida que su relación iba entrando en crisis)31.


Figura 12. Théodore Géricault, Etude de pieds et de mains, 1818-1819, Montpellier, Musée Fabre.


Figura 13. Théodore Géricault, Têtes de suppliciés, h. 1819, Estocolmo, Nationalmuseum.


Hay otros cuadros y dibujos que también presentan este tipo de realismo, que no tuvo parangón en su época y que a menudo se ha considerado simplemente como una ruptura con las convenciones artísticas tradicionales, aunque en realidad parece estar basado en problemas de ensimismamiento y contemplación. Por ejemplo, en una aguada de gran formato, Une pendaison à Londres (h. 1820; fig. 14), realizada durante un viaje a Londres en 182021, el prisionero que entrelaza sus manos en el extremo izquierdo está tan aterrorizado por la inminente ejecución que no parece ver nada o, al menos, representa que no «ve» (su rostro, sobre todo su mirada fija, es el punto central de la imagen): un estado de ceguera virtual (o de mente en blanco) cuya expresión literal sería la cabeza cubierta del hombre que está a su lado. El precedente más importante de un personaje que se enfrenta al espectador, pero que está sumido en unos pensamientos tan dolorosos como para no ser consciente de que está siendo observado, sería el Brutus de David, que sólo despierta de su melancolía con la entrada de los lictores portando los cuerpos decapitados de sus hijos. A pesar de que es poco probable que Géricault aludiera a David en su dibujo, creo que el tratamiento del tema y, posiblemente, la elección del personaje reflejan cierta familiaridad con lo que podríamos denominar el motivo de Bruto. Igualmente, los magistrales retratos de dementes de Géricault han sido motivo de admiración por su equilibrada combinación de objetividad científica y una identificación que inspira simpatía. (Reproduzco el más veraz de todos, Monomanie de l’envie [h. 1822; fig. 15]). Pero, me gustaría subrayar que las personas que padecían la enfermedad conocida por aquel entonces como monomanía, fueron descritas por una autoridad médica (del que Géricault pudo ser paciente) como enfermos completamente ensimismados en diversas alucinaciones obsesivas, que huían de sus conocidos, bien para intentar evitar que les vieran, bien «para atrincherarse de la forma más segura en su propia forma de mirar»32. Esta descripción corresponde perfectamente con la visión de Géricault.


Figura 14. Théodore Géricault, Une pendaison à Londres, h. 1820, Rouen, M. des Beaux-Arts.


Figura 15. Théodore Géricault, Monomanie de l’envie, h. 1822, París, M. du Louvre.


Sin embargo, uno de los esfuerzos fundamentales de Géricault por conseguir el éxito del público, la colosal Radeau de la Mèduse (1819; fig. 16), ilustra mucho mejor su rechazo a lo teatral33. El tema del cuadro está basado en un hecho real: el naufragio de la fragata «Meduse» en Cap Blanc, Africa Occidental, y los atroces sufrimientos de sus ciento cincuenta marineros y pasajeros en una balsa improvisada que se suponía iba a ser remolcada por botes salvavidas, pero que fue abandonada vergonzosamente a su propia suerte. El momento específico que eligió Géricault, tras muchas deliberaciones, tenía lugar cuando, tras dos semanas en mar abierto, los últimos supervivientes, que no eran más que quince hombres, avistaban un barco en el horizonte (¡un bergantín inglés llamado «Argos»!) y, en un esfuerzo colectivo desesperado intentaban llamar su atención. Pero el «Argos» no vio a aquellos hombres que hacían señas frenéticamente y siguió navegando hasta perderse de vista. Sin embargo, ese mismo día, y tras cambiar de dirección, chocó con la balsa y rescató a sus ocupantes. Finalmente, la escena elegida suponía el momento de mayor tensión –a aquella distancia, el minúsculo bergantín parecía moverse con una lentitud abrumadora– y, al contrario que el prolongado lapso de tiempo de Les Sabinas, el momento representado en Le Radeau no podía haber sido más efímero, tanto física como psicológicamente. Más aún, el ensimismamiento de las figuras, tensas y gesticulando para ser avistadas, no sólo queda subrayado por el horror que inspira su situación y la supuesta debilidad de su condición física (aunque, en realidad, están demasiado musculosos para lo que han tenido que pasar), sino también porque la mayoría aparecen representados de espaldas, lo cual enfatiza su ignorancia manifiesta de nuestra presencia. De hecho, una forma de describir la acción representada en Le Radeau sería que las figuras se esfuerzan en ser vistas por una fuente potencial de visión localizada en el límite más extremo del espacio ilusionista: una fuente que, si pudiera ser activada, al menos podría rescatarles de ser vistos por nosotros. Como si nuestra presencia ante el cuadro fuera la causa final de su triste destino o, de forma menos terrible, como si la convención primordial de que los cuadros están pintados para ser vistos, amenazara con teatralizar hasta sus propios sufrimientos.


Figura 16. Théodore Géricault, La balsa de la Medusa, 1819, París, M. du Louvre.


De nuevo, no pretendo afirmar que Géricault rechazara de forma inequívoca el teatro. Por el contrario, es posible que la imposibilidad de esta «solución», la hipérbole misma de la suficiencia que presupone, quede reflejada en el cuadro mediante la elección del instante en que el rescate estaba lejos de producirse (el Argos pasó de largo); y, sobre todo, en la representación de la trágica figura de un anciano que sostiene en sus rodillas el cuerpo de un hombre joven, para el que la posibilidad del rescate ya no existe, como tampoco para el artista.

El carácter extremo que Géricault se vio obligado a adoptar en su lucha contra la teatralidad es emblemático de la situación general de la pintura francesa en las décadas de 1820 y 1830. Por un lado, en sus escritos sobre arte de mediados de 1820-30, Stendhal criticará Les Sabines de David, obra que consideraba como modelo de la pintura contemporánea de su escuela, por su insistencia en la pose y ostentación a expensas de la acción y expresión. Así mismo, proclamaba una renovación de la pintura que pusiera fin a estos gestos congelados y posturas amaneradas, que resumía con la expresión: «la imitación de Talma» (un famoso actor), un juego de palabras que revela hasta qué punto pensaba que cierto tipo de teatralidad había alcanzado demasiada importancia34. (Recordemos que David había concebido esos aspectos de Les Sabines que más deploraba Stendhal con la intención de evitar lo que él mismo había llegado a considerar cierta teatralidad en los Horaces.) Por otro lado, el esfuerzo de Géricault por resucitar los valores y efectos del drama pictórico dio como resultado unas obras que sólo se consideraron ambiciosas «oficialmente», con una única excepción que fue motivo de controversia. Esto quería decir, entre otras cosas, que carecían de poder para establecer un nuevo paradigma general de la pintura. De hecho, Stendhal nunca menciona a Géricault y es posible que no conociera su obra. Pero, lo más importante no es la falta de respuesta contemporánea al arte fragmentario, idiosincrático y hasta cierto punto privado de Géricault –poco después de su muerte, su reputación será considerable–, sino la imposibilidad, a finales de la década de 1820 y comienzos de 1830, de que la nueva pintura dramática pudiera establecerse, de forma más o menos indiscutible, como antiteatral en el sentido en que lo había definido Diderot. Esto se debía a que lo dramático como tal se concebía como algo irremediablemente teatral, es decir, que las estrategias y convenciones básicas que habían garantizado la ficción de la inexistencia de espectador, ahora se consideraban testimonios de su presencia dominante35.

14.Tres de estos cuadros en particular, Las Meninas, Les Syndics y Déjeuner sur l’herbe, han sido objeto de estudios relacionados con el estatus del supuesto espectador. Sobre Las Meninas, véase, p. ej., Michel Foucault, The Order of Things, trad. inglesa (New York: Pantheon, 1973), pp. 3-16; John R. Searle, «Las Meninas and the Paradoxes of Pictorial Representation», Critical Inquiry, 6 (primavera de 1980), 477-8; Joel Snyader y Ted Cohen, «Reflections on Las Meninas : Paradox Lost», Critical Inquiry, 7 (invierno de 1980), 429-47; Leo Steinberg, «Velasquez’s Las Meninas», October, n.º 19 (invierno de 1981), 45-54; Svetlana Alpers, «Interpretations without Representation or The Viewing of Las Meninas», Representations, n.º 1 (febrero de 1983) 30-42; y Joel Snyder, «Las Meninas and the Mirror of the Prince», Critical Inquiry, 11 (junio de 1985), 539-72. [Los textos de Foucault, Searle, Snyder y Cohen, Steinberg, Alpers y Snyder han sido traducidos al castellano y publicados en Fernando Marías (ed.), Otras Meninas, Madrid, Siruela, 1995.] Sobre Les Syndics (y en general sobre la cuestión del estatus del espectador en la pintura holandesa del siglo xVII, véase Alois Riegl, Das hollándische Gruppenporträt, 2 vols. [Viena: Osterreichischen Staatsdruckerei, 1931]). Sobre Déjeneur sur l ’herbe (y el problema de la mirada en Manet), véase Michael Fried, «Manet’s Sources: Aspects of his Art, 1859-65», Artforum, 7 (marzo de 1969), 28-82, especialmente p. 69, nota 27; p. 70, nota 46. Los cuadros de Manet también son muy importantes en las reflexiones de Richard Wollheim sobre los que denomina «el espectador en el cuadro» (aunque, desde mi punto vista, poco convincentes), Painting as an Art, The A. W. Mellon lectures in Fine Arts, 1984, Bollington Series 35 (Princeton: Princeton University Press, 1987), pp. 141-76. Wollheim tambien discute el estudio de Riegl sobre el retrato holandés (pp. 176-85). [Richard Wollheim, La pintura como arte, Visor Dis., 1998.]
15.Véase Fried, El lugar del espectador, pp. 28-32.
16.Hice esta afirmación en El lugar del espectador (pp. 136-8, 193), donde también sugería que, a pesar de la diferencia de edad, Diderot y David debieron conocerse a través de su amistad común con el dramaturgo Michel-Jean Sedaine, en cuya casa de huéspedes vivió David entre 1769 y 1775 (pp. 137, 232-33). Este último punto también aparece en Anita Brookner, Jacques Louis David (New York: Harper & Row, 1980), p. 35. La importancia de los cuadros de historia que David pintó en la década de 1780 continúa siendo un tópico controvertido; las discusiones más recientes sobre estas obras son: Brookner, ibid., pp. 68-94; Norman Bryson, Word and Image: French Painting of the Ancient Règime (Cambridge: Cambridge University Press, 1984); pp. 62-84; Thomas E. Crow, Painters and Public Life in Eighteenth-Century París (New Haven y Londres: Yale University Press, 1985 [trad. cast.: Pintura y sociedad en el París del siglo XVII, Madrid, Nerea, 1989; trad. de C. Benito Carden]), pp. 208-54, y Antoine Schnapper, David, temoin de son temps (París: Bibliothèque des Arts, 1980), pp. 59-93. Véase también mi discusión sobre los dibujos de Homère de David de 1794 (El lugar del espectador, pp. 175-8).
17.Véase Fried, El lugar del espectador, pp. 154-60.
18.E[tienne]-J[éan] Delécluze, Louis David, son école et son temps, souvenirs, nueva edición con prefacio y notas de Jean-Pierre Mouilleseaux (1855; París: Mácula, 1983), p. 102. Un elemento sorprendente del libro de Delécluze es que nunca menciona a Diderot, exclusión que considero deliberada. Debido a su aprendizaje en el taller de David durante la década de 1790, momento en que el maestro volvía a dibujar en la forma claramente dramática de sus cuadros de la segunda mitad de 1780-90 (véase más adelante), Delécluze deploraba lo que consideraba el excesivo énfasis de Diderot en los efectos y valores dramáticos; más tarde, como crítico, pensaba que debía dedicarse a luchar contra la perniciosa influencia de los puntos de vista de Diderot. Así, escribió en sus Souvenirs de soixante années (París: Michel Lèvy Fréres, 1862):
  Une erreur capitale dans laquelle sont tombés la plupart de ceux qui ont écrit sur les arts depuis Diderot, est d’avoir considéré la statuaire et la peinture presque exclusivement sous le rapport de l’expression et de l’effect dramatique. Cette tendance, qui conduit rapidement des œuvres théatrales au mélodrame, fait tomber également le productions des arts dans le commun et le vulgaire. Etienne n’a pas cessé depuis 1819 jusqu’à présent (1858) de faire sentir aux artistes et au public combien cette doctrine fausse, présentée malheureusement avec tant d’esprit et d’éclat par Diderot, est contraire aux vrais principes de l’art (p. 144).
  [Un error capital en el que han caído la mayoría de los que han escrito sobre las artes después de Diderot es considerar a la pintura y escultura exclusivamente en relación a la expresión del efecto dramático. Esta tendencia, que condujo rápidamente al melodrama en las obras tetrales [es decir, para la escena] hizo que las producciones de artes [visuales] cayeran igualmente en lo común y vulgar. Desde 1819 hasta el presente (1858), [el propio] Etienne [Delécluze] nunca cesó de demostrar a los artistas y al público, cómo esta falsa doctrina, presentada desafortunadamente con tanta brillantez y claridad por Diderot, es contraria a los verdaderos principios del arte.]
19.Para el texto del livret de David, incluidas las palabras de Hersilia, véase Daniel Wildenstein y Guy Wildenstein eds., Documents complémentaires au catalogue complet de l ’œuvre de Louis David (París: La Bibliothèque des Arts, 1973), pp. 148-50. Louis Hautecoeur subraya la suspensión de la acción en las Sabines, en Louis David (París: La Table Ronde, 1954), p. 180; véase también Robert Rosenblum, Transformations in Late Eighteenth Century Art (Princeton: Princeton University Press, 1967 [trad. cast.: Transformaciones en el arte de finales del siglo XVIII, Madrid, Taurus, 1986]), pp. 90-1. La elección de David nos devuelve en varios aspectos importantes a su idea inicial de los Horaces. Inicialmente había planeado representar a Horacio père defendiendo a su hijo menor ante el pueblo romano pero, al describir su proyecto a un grupo de amigos, uno de ellos (Sedaine) afirmó la acción que has elegido es casi nula, todo está en las palabras» (Hautecoeur, p. 71). Gran parte de mi discurso sobre David, Gros, Géricault y Daumier ya aparecía en Fried, «Thomas Couture and the Theatricalization of Action in 19th Century French Painting», Artforum, 8 (junio, 1970), 40-46. Un artículo reciente de Stefan Gerner y Hubertus Kohle, «From the Theatrical to the Aesthetic Hero: On the Idea of Virtue in David’s Brutus and Sabines», Art History, 9 (junio de 1986), 168-86, sigue la misma línea, sin atender aparentemente a los escritos previos sobre el tema. Es posible que la observación más valiosa sea que, en las Sabinas, David ha representado personajes secundarios comprometidos en acciones que sólo pueden ser continuación de la intervención de Hersilia (p. 184), pero la conclusión general de su análisis, que «en Les Sabines, David… reemplaza completamente la acción por la presencia estética» (p. 184), me parece equivocada.
20.Delécluze, Louis David, p. 112. ([J]e lui donnais ce que les modernes appellent de l ’expression, et ce qu’aujourd d’hui… j’appelle de la grimace.)
21.Ibid, pp. 225-7.
  Vous avez choisi […] un autre instant que celui que je me propose de rendre. Votre Léonidas donne le signal pour prendre les armes et marcher au combat, et tous vos Spartiates répondent à son appel. Moi, je veux donner à cette scène quelque chose de plus grave, de plus réfléchi, de plus religieux. Je veux peindre un général et ses soldats se préparant au combat comme de véritables Lacédémoniens, sachant bien qu’ils n’en échapperont pas; les unes absolument calmes, les autres tressant des fleurs pour assister au banquet qu’ils vont faire chez Pluton. Je ne veux ni mouvement ni expression passionnées, excepté sur les figures qui accompagneront le personnage inscrivant sur le rocher: Passant, va dire à Sparte que ses enfants sont morts pour elle… Vous devez comprendre à présent, mon ami, le sens dans lequel sera dirigée l’exécution de mon tableau. Je veux essayer de mettre de côté ces mouvements, ces expressions de théâtre, auxquels les modernes ont donné le titre de peinture d’expression. A l’imitation des artistes de l’Antiquité, qui ne manquaient jamais de choisir l’instant avant ou après la gran crise d’un sujet, je ferai Léonidas et ses soldats calmes et se promettant l’immortalité avant le combat […] Mas j’aurai bien de la peine, ajouta David, à faire adopter de semblables idèes dans notre temps. On aime les coups de théâtre, et quand on ne peint pas les passions violentes, quand on ne pousse pas l’expression en peinture jusqu’à la grimace, on risque de n’être ni compris ni gôuté.
22.Para la distinción que hace Diderot entre tableaux y coups de théatre en los Entretiens y la Poésie dramatique, véase Fried, El lugar del espectador.
23.Según David, una de sus pretensiones era plasmar cierto fracaso de ambas actitudes. Posterioremente, describió la acción de Leónidas en los siguientes términos:
  [Leónidas está, efectivamente, en la actitud de un hombre que medita… Al ver a todo Oriente invadiendo patria, juzgó necesario sorprender a los persas y animar a los griegos; calculó que su muerte y la de sus compañeros produciría este doble efecto. Estaba sumido en estos elevados pensamientos cuando sonó la trompeta. A esta señal, la mano que sostenía la espada se estremeció en movimiento casi mecánico; la pierna derecha se retrasó casi involuntariamente, un movimiento estrictamente corporal; su alma todavía estaba por completo ensimismada en la gran idea que le preocupaba, aunque sentimos que está a punto de despertar de su meditación y que el héroe cumplirá su destino» («David. Souvenirs historiques», Journal de l ’Institut Historique, 3, n.º 1 [1835]: 12-13).]
  Leónidas est, en effect, dans l’attitude d’un homme qui réfléchit… en voyant tout l’Orient fondre sur sa patrie, il a jugé qu’il était nécessaire d’étonner les Perses et de ranimer les Grecs: il a calculé que sa mort et celle de ses compagnons produiraient ces deux effets. Il était absorbé dans ces grandes pensées lorsque la trompette a sonné. A ce signal, la main qui tient l’epée a frémi d’un mouvement presque machinal, la jambe droite s’est comme involontairement portée en arrière; ce mouvement ne s’est passé que dans le corps; l’âme est encore toute entiere au grand desssein qui l’ocupe, mais on sent qu’elle va sortir de sa méditation et que le héros va remplir sa destinée.
24.Por razones de espacio, he omitido la discusión sobre los tres tipos de cuadros más importantes en la obra de David: las obras relacionadas con la Revolución Francesa, como el Serment du Jeu de Paume (comenzada en 1790, pero nunca terminada) y Marat (1793); las obras encargadas por Napoleón al servicio del Imperio, sobre todo el Sacre de Napoleon 1er (1808), y los cuadros «anacreónticos» de los años de exilio de David en Bruselas (1816-25). Un pasaje del Journal de Delécluze, del 11 de abril de 1826, trata directamente estos problemas que hemos señalado: durante una visita a Lafayette, vio en una de sus paredes un grabado del Serment du Jeu de Paume de David, junto con una obra de John Trumbull, Signing of the Declaration of Independence. Delécluze escribió que «es muy curioso comparar ambos grabados»…
  [En el [del] acta que firmaron los americanos, todo está tranquilo, uno diría que fueron sabios y buenos comerciantes al llegar a un acuerdo. En el Juego de Pelota de Versalles, todo el mundo está en tensión y algunos incluso adoptan la misma actitud que los comediantes. ¿Es un error de los participantes, un error del pintor, o un error de todos juntos? Un problema curioso y que merece la pena discutir». (Journal de Delécluze, ed Robert Baschet [París: Grasset, 1984], p. 341).]
  C’est un rapprochement fort curieux à faire que celui des deux gravures dont je viens de parler: dans l’acte passé par les Americains, tour est calme, et l’on dirait des marchands sages et probes qui contractent un marché. Dans le Jeu de Paume de Versailles, tout le monde est en convulsion, et quelques-uns même ont l’attitude de comédiens. Est-ce la faute des acteurs, est-ce la faute du peintre, est-ce la faute de tous? C’est une question curieuse et bonne à profondir.
  En El Lugar del espectador, también observé que, en el caso de los últimos cuadros «anacreónticos» de David, la presencia del espectador aparece formalmente en cuanto que la puesta en escena asume un carácter claramente teatral. Esto sugiere que a comienzos de 1809, fecha de su Sapho, Phaon et l ’Amour, David comenzó a tratar un tema y un modo de presentación que le permitieran asumir la teatralidad contra la que ya no podía luchar, pero que también pudiera usupar el ámbito de la acción heroica, que ahora le quedaba vedado. Una obra importante en esta evolución, en parte porque su tema incluye explícitamente la problemática de la mirada y de ser contemplado es Amour et Psyché (1817). (Según el mito, Psique nunca pudo ver a Cupido con el que hace el amor.)
25.Sobre Gros (1771-1835), el mejor estudio sigue siendo el de J. Tripier-le-Franc, Histoire de la vie et de la mort du Baron Gros… (París: J. Martin, 1880). Véase también Robert Herbert, «Baron Gros’s Napoleon and Voltaire’s Henri IV», en The Artist and the Writer in France: Essays in Honour of Jean Seznec, ed. Francis Haskell, Anthony Levi y Robert Shackleton (Oxford: Clarendon, 1974), pp. 52-75.
26.De hecho, Guizot, joven crítico de arte (y futuro político e historiador), destaca de Gros, al que acaba de elogiar por su talento natural y original y por haber evitado lo teatral en sus composiciones que, sus errores son los de su escuela, y su escuela no tiene su genio; acostumbrada a buscar nada más que la verdad, y sin unir a ésta la belleza como condición necesaria, caerá fácilmente en una exageración hedionda. ([François-Pierre-Guillaume] Guizot, «De l’Etat des beaux-arts en France et du Salon de 1810», en Etudes sur les beaux-arts en général [París: Didier et Cie., 1858], pp. 22-23.)
  Ses défauts sont ceux de son ècole, et son ècole n’aura pas son gènie; accoutumée à ne chercher que la vérité, sans y joindre la beauté comme condition nécessaire, elle tombera facilement dans une exagération hideuse.
  Guizot continúa señalando que «de los tres Árabes o Negros del primer plano [de L’Empereur haranguant l ’armée avant la bataille des Pyramides (1810), de Gros, dos de ellos son de una veracidad repugnante». (Página 23, parmi les trois Arabs ou Nègres qui sont sur le devant, il y en a deux d’une vérité rebutante.)
27.Desde la perspectiva de los últimos trabajos de Michel Foucault, la mirada ubicua que se desarrolla en la pintura napoleónica es, finalmente, la del propio emperador o, mejor, la del régimen imperial de vigilancia sistemática. «En la mitología histórica, la importancia del personaje napoleónico procede, probablemente, de sus orígenes: está en el punto de unión del ejercicio monárquico y ritual de la soberanía y el ejercicio jerárquico y permanente de la disciplina indefinida», observa Foucault:
  Es el que abarca todo de una sola mirada, sin que se le escape jamás ni un solo detalle, por nimio que sea. «Podéis juzgar que ninguna parte del imperio está privada de vigilancia, que ningún crimen, delito, ningún contratiempo quedan sin castigo, y que el ojo del genio que puede iluminarlo todo abarca el conjunto de esta vasta maquinaria sin que se le pueda escapar ningún detalle» [cita de J. B. Treilhard, Motifs du code d ’instruction criminelle (1808, p. 14)]. La sociedad disciplinaria, en su momento de plena eclosión, todavía asume, junto con el Emperador, el viejo aspecto del poder del espectáculo. Como monarca, a la vez que ursurpador del antiguo trono y organizador del nuevo Estado, combinó en una sola y última figura simbólica todo el largo proceso mediante el cual, la pompa de la soberanía, la manifestación necesariamente espectacular de su poder, se extinguieron una tras otra en el ejercicio diario de la vigilancia, en una panóptica donde la vigilancia de miradas entrecruzadas sería tan inútil para el águila como para el sol. (Surveiller et punir. Naissance de la prison, París, Gallimard, 1975.) [Hay traducción al castellano: Vigilar y castigar, Siglo XXI, Madrid, 2000; trad. Aurelio Garzón del camino.]
  Una descripción de Guizot del Bivouac de Napoléon sur le champ de bataille de Wagram (1810), de Adolphe-Eugène-Gabriel Roehn, podría servir como nexo entre la problemática de Foucault y la mía. Guizot escribe
  [Su majestad el Emperador, dormido en una silla, cerca del fuego, los brazos cruzados, la cabeza baja, una pierna extendida sobre la mesa, iluminado por el destello de las llamas, está rodeado por los demás generales del Estado mayor, que están de pie, la mirada fija y atenta en su general que, incluso dormido, mantiene ocupados todas sus facultades, todos sus pensamientos; a su izquierda, su Excelencia el Príncipe de Neuchâtel, sentado ante otra mesa, dicta órdenes rápidamente… Agamenon despierta cuando todos están dormidos y Racine compone unos bellos versos: es la imagen del cuidado la que acompaña al poder; pero en este caso, el Emperador duerme y todos están despiertos: es la imagen del poder mismo.]
  S.M. l’Empereur, endormi sur une chaise, près du feu, les bras croisés, la tête baissée, une jambe étendue sur une table, éclairé par le reflet de la flamme, est entouré de tous les officiers de son état-major, debout, les yeux fixés attentivementsur leur géneral qui, même dans son sommeil, occupé toutes leurs facultés, toutes leurs pensées; sur la gauche, S.E. le prince de Neuchàtel, assis devant une autre table, expédie promptement des ordres… Agamemnon veille quand tout dort: Racine a tiré de là fort beaux vers; c’est l’image des soucis qui accompagnent la puissance: ici, l’Empereur dort et tout veille; c’est l’image de la puissance elle-même.
  ([François-Pierre-Guillaume] Guizot, «De l’etat des beaux-arts en France et du Salon de 1810», Etudes sur les beaux-arts en général [París: Didier et Cie., 1858], p. 79.)
  Parece que esta escena muestra la concentración colectiva de los oficiales de Napoleón en la figura durmiente del Emperador; pero, tal y como reconoce Guizot, y como deja bien claro la figura del Príncipe de Neuchâtel dictando las órdenes de Napoleón, el poder del emperador siempre está despierto, es decir, las miradas que convergen en su persona pueden imaginar que emanan directamente de él.
  También deberíamos señalar que, si el título completo de la Bataille de Eylau precisa que el Emperador fue a visitar el campo de batalla el día después de un encuentro particularmente sangriento, y «quedó horrorizado ante la vista del espectáculo», en el cuadro aparece mirando al cielo mientras que los demás, supuestamente incluyendo al espectador, le miran. Este cambio de énfasis –de un espectáculo a otro– es epítome del sometimiento del ámbito de lo visible al de la Voluntad Imperial. El título completo del cuadro dice,
  Champ de bataille d’Eylau. Le lendemain de la bataille d’Eylau. L’empereur visitant le champ de bataille, est pénetré de’horreur à la vue de ce spectacle. S.M. fait donner des secours aux Russes blessés. Touché de l’humanité de ce grand monarque, un jeune chasseur Lithuanien lui en tegmoigne sa reconnaissance avec l’accent de l’enthousiasme. Dans le lontain, on voit les troupes françaises qui bivouaquent sur le champ de bataille, au moment au S.M. va en passer la revue (citado pro Robert Herbert, «Baron Gros’s Napoléon and Voltaire’s Henri IV», en The Artist and the Writer in France: Essays in Honour of Jean Seznec, ed. Francis Haskell, Anthony Levi y Robert Shackleton [Oxford: Clarendon, 1974], p. 65, nota 53).
  Volveré sobre la relación entre la obra de Foucault y la mía en el capítulo VII.
28.El estudio más exhaustivo y de mayor autoridad sobre este artista es el de Lorenz W. A. Eitner, Géricault: His Life and Work (Londres: Orbis, 1983). Al igual que Gros, Géricault todavía precisa una interpretación más moderna.
29.Stanley Cavell, The World Viewed: Reflections on the Ontology of Film, edición aumentada (Cambridge y Londres: Harvard University Press, 1979), pp. 89-91.
30.Satyre et nymphe (h. 1815-16) en Rouen, Musée des Beaux-Arts. Véase Eitner, Géricault, pp. 82-3.
31.Como resultado del escándalo, la tía de Géricault, Alexandrine-Modeste Caruel, se retiró de forma permanente en su casa de campo, mientras que el niño, Georges-Hyppolite, fue educado por el padre de Géricault. Para una discusión sobre el romance y sus consecuencias, véase Eitner, Géricault, pp. 75-77, 99, 138, 175, 285.
32.Según Charles Clément, biógrafo de Géricault que escribió en el siglo xIx y que suele ser fiable, el artista pintó diez retratos de este tipo para su amigo, el psiquiatra Etiènne-Jean Georget (tan sólo se han descubierto cinco). Este dato es incierto: Eitner, por ejemplo, lo sitúa hacia 1822, después del regreso del artista de Inglaterra, Géricault, pp. 241-9); pero también se ha sugerido de forma bastante convincente que fueron pintados a finales de 1819 y comienzos de 1820, cuando parece que el propio Géricault estuvo bajo tratamiento con Georget (véase Denise Aimé-Azam, Mazeppa: Géricault et son temps [París: Plon, 1956], pp. 216-33). En el libro del propio Georget, De la folie. Considérations sur cette maladie… (París: Crevor, 1820)], la monomanía depresiva o melancólica –un diagnóstico muy posible para los modelos de Géricault– se describe como un estado en el que:
  [los locos sombríos, enemigos del tumulto, ensimismados y profundamente atentos a la idea que les domina, bajan el semblante, unas veces para sustrarse a la vista si creen que desagradan, o si tienen miedo de convertirse en víctimas, otras veces por buscar el reposo del que nunca disfrutan o por asegurarse de su propia forma de mirar (p. 112)].
  Dans la lypemanie [término inventado por Esquirol, maestro de Georget, para denominar a la monomanía depresiva] ou mélancolie, les aliénés sombre, enemis du tumulte, absorbés et profondément attentifs à l’idée qui les domine, fuient leurs semblables, tantôt pour se soustraire à leur vue s’ils croyent leur déplaire, ou s’ils craignent d’en devenir victimes, d’autres fois pour chercher un repos qu’ils ne peuvent trouver, ou pour se fortifier à leur aise dans leur manière de voir.
33.Además de su discusión sobre el proyecto de la Radeau en Géricault (pp. 158-206), véase Eitner, Gericault’s «Raft of the Medusa» (Londres y New York: Phaidon, 1972).
34.Stendhal, «Salon de 1824», en Mélanges d ’art (1932; Nendeln/Lechtenstein: Kraus Reprint, 1968), pp. 45-7. Véase también sus afirmaciones sobre las fatales consecuencias que supuso que los gestos de los cuadros se inspirasen en gestos que eran efectivos en la escena, «Des beaux-arts et du caractère français» (1828), ibid., p.160. Al citar a Stendhal no pretendía afirmar que sus opiniones fueran totalmente originales: de hecho, Guizot ya las anticipó en 1810, y criticó a las Sabines en términos idénticos, previniendo contra el efecto teatralizador de los gestos tomados «de Talma» («De l’Etat des beaux-arts en France, et du Salon de 1810», pp. 12-14). Al mismo tiempo, Guizot criticó la difusión cada vez más generalizada de la idea que afirmaba que la expresión era el valor pictórico fundamental (p. 24). Véase también su «Essai sur les limites qui séparent et les liens qui unissent les beaux-arts» (1816), en Etudes sur les beaux-arts en général, pp. 101-46.
35.Entre los cuadros del Salon de 1824 que más admiraba Stendhal se encontraba una versión de pequeño formato de una obra que François-Pascal Gérard ya había expuesto con gran éxito en el Salón de 1822, Corinne improvisant au cap de Misène en présence de son amant, Lord Oswald (tema inspirado en la Corinne de Mme. De Stäel. Es interesante señalar que Adolphe Thiers –otro crítico de arte que posteriormente se convirtió en líder político– describió la versión original en unos términos que revelan que la consideraba como un tour de force de la dramaturgia antiteatral. De hecho, Thiers afirma de la figura de Corinne dispuesta a cantar:
  [Apenas está en el escenario [o a la vista], la sorprendo, pero ella no sabe que la observo; Corinne no está fuera de la escena, sino emocionada; no canta, está a punto de cantar; podía haber mostrado su bello cuerpo, pero lo oculta; de espaldas al espectador, de sus bellos hombros, de su elegante y vigorosa figura, adivinamos un cuerpo magnífico, seguimos sus líneas en su movimiento abandonado y voluptuoso. No podía ver su rostro, pero se dio la vuelta, se volvió al cielo y, en ese mismo movimiento, mostró su cabeza al espectador y a la luz (Salon de Mil-Huit Cent Vingt-Deux [París: Maradan, 1822], pp. 88-89).]
  Corinne, s’attendrissant à la vue du ciel et de la nature, Corinne se préparant à chanter, me fait tout apercevoir; elle n’est point en scène, je l’y surprends, elle ne sait pas que je la regarde… Corinne n’est pas transportée, mais attendrie; elle ne chante pas, elle va a chanter; elle pouvait montrer son beau corps, elle le cache; elle tourne le dos au spectateur; mais à ses belles épaules, à sa taille gracieuse et pourtant forte, on devine un corps magnifique, on en suit les lignes dans son mouvement si voluptueux et si abandonné. Je ne verrais pas même son visage, mais elle reveint sur elle-même, se retourne vers le ciel, et, par le même mouvement, présente sa tête au spectateur et à la lumiere.
  En este momento histórico se pensaba que el problema de la teatralidad podía resolverse en cuadros cuyo tema fuera explícitamente teatral.
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Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
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ISBN:
9788491142027
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