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Teorías de las emociones

A la pregunta ¿que son las emociones? se han dado respuestas muy diferentes: algunos, como los estoicos, han tratado de reducirlas a juicios o a creencias,6 otros a conjuntos de deseos y creencias, a juicios evaluativos, a percepciones o a estados semejantes a éstas. Sin embargo, cada vez se impone más una versión de las emociones como estados mentales sui generis que, aunque están íntimamente relacionados con otros estados mentales, no pueden reducirse a ninguno de ellos. Por otro lado, cada vez es más claro que muchos de los procesos y estados mentales no pueden estudiarse de manera aislada, sino que requieren de todo un sistema de otros estados mentales que les dan sentido. Debemos aceptar que existe una interacción constante entre los distintos estados mentales, y una de las cosas centrales a investigar, es la manera en que se relacionan para explicar nuestra vida mental y nuestras acciones.

Existe una gran diversidad de estados afectivos, desde los más primitivos hasta los más sofisticados y cualquier teoría de las emociones tiene que dar cuenta de esta diversidad. Aquí me ocuparé de dos grandes cuerpos de teorías de las emociones: las congnitivas y las perceptivas. Las teorías cognitivas que fueron originalmente una reacción frente a la tesis de que las emociones eran meros sentimientos o sensaciones. Las teorías cognitivas insisten en que las emociones son en parte estados cognitivos. En cambio, algunas teorías más recientes critican esta forma de considerar a las emociones y sostienen que son una forma de percepción. Discutiré los rasgos generales y los problemas a los que se enfrentan estos dos grupos de teorías.7

Ambos grupos de teorías se ocupan sobre todo de los episodios emocionales, esto es, de procesos o estados mentales que tienen una duración relativamente corta, que son sucesos fisiológicos, que tienen una fenomenología característica, conducta expresiva no intencional y un componente motivacional, o una tendencia a la acción o que tienen que ver con acciones que se explican por la emoción.8

Las teorías acerca de la naturaleza de las emociones ponen mayor énfasis en algunos de sus aspectos y las agrupan según lo que les interesa investigar. Esto quiere decir, exagerando un poco, que unos estudian el miedo de una rata ante un shock eléctrico, y otros examinan el miedo de una persona a hablar en público o el miedo a ser castigada por Dios. Es decir, a unos les interesa más explicar las emociones más primitivas que compartimos con los animales y su evolución, y a otros las emociones más sofisticadas y su relación con otros estados mentales y con las explicaciones de acciones intencionales. Sin embargo, una teoría general de las emociones tendría que dar cuenta de todos estos aspectos, o sostener que existen teorías distintas para las emociones básicas y para las emociones más sofisticadas, características sólo de los humanos.

Teorías cognitivas

Las teorías cognitivas9 sostienen que una característica de los estados mentales, incluyendo a las emociones, es su intencionalidad. La intencionalidad es, en su versión más simple, la idea de que las emociones están dirigidas a un objeto10 (tiene miedo a…, le indigna que… ) desde cierta perspectiva (como aterrador, ofensivo, apetitoso, etc.). Las emociones se consideran en gran medida como actitudes proposicionales, que tienen un contenido proposicional, o que al menos algún contenido cognitivo específico es necesario para cada emoción. A este tipo de teorías les importa dar cuenta de la intencionalidad de las emociones porque el propósito de considerarlas como intencionales permite entender cómo la emoción orienta al sujeto que la tiene, hacia el mundo y hacia otras personas. Y, además, permite prever, en muchos casos, qué acciones esperar de esa orientación hacia algo en el mundo. Las teorías cognitivas dejan de considerar a las emociones como divorciadas de la razón y asumen que éstas, o son en parte cognitivas o pueden combinarse con otros estados mentales para explicar acciones. Esto es, las conciben como razones para actuar porque pueden considerarse como “actitudes favorables” (como los deseos, las inclinaciones, los anhelos y otros estados conativos) con un contenido que, junto con las creencias pertinentes, permiten explicar acciones intencionales. Un ejemplo simple sería: “Elia no sale de noche, porque tiene miedo de que la asalten y cree que en las noches es más probable que esto ocurra”.

Ahora bien, este tipo de teorías han sido criticadas porque no dan cuenta de las emociones de seres no lingüísticos o de seres pre lingüísticos. También porque son versiones demasiado intelectuales que no reflejan lo que comúnmente entendemos por emociones,11 esto es, que son experiencias fenomenológicas, es decir, que sentimos algo cuando nos enojamos, o cuando muere alguien querido, etc. Estas sensaciones o sentimientos están presentes durante los episodios emocionales, sobre todo de algunas emociones como la ira, la indignación, el miedo, la culpa, el remordimiento, los celos, etc. Pero hay otras en las que lo que se siente es menos claro, como la esperanza. En todo caso a los filósofos cognitivistas les preocupan ante todo las emociones de humanos adultos que razonan y que pueden calificar sus emociones como razonables, adecuadas, exageradas dada la situación o francamente irracionales, etc. Esto es, les preocupan asuntos que tienen que ver, entre otros, con la explicación de la conducta intencional, con las relaciones de las emociones con otros estados mentales y con la moralidad.12

Teorías perceptivas

Las teorías perceptivas, en cambio, pertenecen a una tradición distinta y son las más discutidas actualmente, en parte porque son más adecuadas para la investigación empírica. Pretenden dar cuenta de las emociones como adaptaciones evolutivas que cumplen ciertas funciones para la supervivencia, y que se encuentran en diversas especies hasta llegar a las emociones humanas que, aunque más sofisticadas, no son fundamentalmente distintas. Esta línea de investigación viene de Darwin, W. James, los neurofisiólogos, los etólogos, y en filosofía, de los neo-jamesianos actuales,13 como Jesse Prinz. Los partidarios de estas teorías toman en cuenta los avances tecnológicos, por ejemplo, para estudiar el cerebro, los descubrimientos empíricos, los experimentos en psicología, en neurociencias y en otras disciplinas y, tienen la ventaja, se dice, que explican tanto la conducta emocional de animales no-humanos y de bebés, como la de los humanos capaces de conceptualizar sus emociones. Para algunos las emociones son un tipo de percepción no conceptual que responde a señales del entorno que se perciben como amenazadoras o favorables. Este tipo de explicación de las emociones no da cuenta de su intencionalidad o no la reconoce como importante. Tiende a concentrarse en las emociones más primitivas o básicas, y no se ocupa en general de los estados afectivos y las emociones más complejas que requieren de componentes cognitivos. Sin embargo, la participación de científicos como Damasio y LeDoux, y de psicólogos sociales como Lazarus, han avanzado en el estudio de la afectividad, y las teorías cognitivas tienen que tomar en cuenta y enfrentarse a estos desarrollos científicos o criticarlos y explicar por qué son o no son adecuados.

Prinz es un filósofo que entiende que es esencial dar cuenta de la intencionalidad de las emociones y pretende explicar desde las emociones más básicas hasta las emociones que dependen de inputs cognitivos. Para Prinz,14 las percepciones de los cambios corporales en los que consisten las emociones son también representaciones de propiedades que se relacionan con intereses vitales del sujeto de la emoción. Sostiene, por ejemplo, que el duelo representa pérdida, el enojo ofensa, el miedo peligro, etc. Los estados mentales representan por “covariación funcional…” (Prinz, 2004b: 24),15 es decir, un estado mental representa16 por ejemplo, peligro si a) ocurre confiablemente cuando se presenta el peligro, y b) se adquirió para ese propósito. Las emociones, afirma Prinz, son como “alarmas contra incendios”, a saber, las percepciones de cambios en nuestro cuerpo que siguen cierto patrón, representan peligro porque están programadas para activarse cuando haya peligro, otros cambios se activan cuando hay una pérdida, un predador, un apareamiento, algo apetitoso, etc. La teoría sostiene que “Las emociones se corporeizan porque son percepciones de cambios corporales, y son valoraciones porque representan un asunto de interés para el agente.” (Prinz, 2004b: 26). Las representaciones mentales de los activadores de temor, por ejemplo, se agrupan en un archivo mental de activación. Al activarse algún elemento del archivo el resultado es el miedo. Así, en animales no-humanos existen disposiciones conductuales que se activan con un número limitado de estímulos y producen un patrón de conducta específica. El mecanismo motivacional se activa de manera rápida, automática o quasi automática, sin intervención de pensamiento y decisión. Algunos como Ekman17 se refieren a los “programas afectivos” ligados íntimamente con patrones de conducta típicos de las diferentes emociones, sobre todo, de las llamadas emociones básicas, por ejemplo, miedo, ira, asco, sorpresa, alegría, tristeza.

¿Pero qué pasa con las emociones que requieren estados cognitivos? La idea de Prinz es que, en el caso de emociones no básicas o superiores, esto es, emociones como la envidia, los celos, la indignación, la esperanza, entre otras, los archivos de incitación adquieren nuevos incitadores que pueden ser cognitivos o desiderativos que producen emociones más complejas o cognitivamente informadas. Así, “Las emociones no-básicas, como los celos, emergen cuando se establecen nuevos archivos de incitación que reclutan valoraciones existentes para servir al propósito de rastrear nuevos temas” (Prinz, 2004a: 101). Tenemos entonces que las variaciones o contenido, por ejemplo, del miedo, depende del tipo de activadores que causan la emoción. El episodio emocional de miedo puede desencadenarse cuando está presente un predador, o cuando uno tiene miedo de que lo secuestren o de fracasar como artista, o de que aumente la tasa de cambio y no pueda pagar sus deudas.

Sin embargo, faltan más detalles de cómo funciona el mecanismo que permite la administración, por así decirlo, de estos archivos, a saber, cómo se adquieren nuevos y se desechan incitadores que ya no funcionan. Una respuesta es que el aprendizaje18 y la cultura, en general, nos permiten ampliar y organizar estos archivos que causan una determinada emoción. Ahora bien, los archivos no son parte de la emoción sino su causa y ni siquiera en las emociones superiores podemos considerar a los incitadores cognitivos como parte constitutiva de la emoción. Esta es la mayor diferencia con las teorías cognitivas, para las cuales el contenido cognitivo y conceptual es una parte constitutiva de la emoción o una condición necesaria de la emoción. Prinz, en cambio, argumenta que hay muchos incitadores posibles por lo que ninguno en especial puede ser constitutivo de la emoción. En cada caso los activadores pueden ser distintos, por ejemplo, una percepción, una expresión facial, una imagen, un juicio, etc., “las instancias de celos no se unen por el hecho de compartir juicios, sino por el hecho de que comparten estados somáticos y esos estados representan infidelidad” (Prinz, 2004a:101).

Ahora bien, uno podría conceder que existen activadores distintos que pueden desencadenar, por ejemplo, los celos, pero sigue pendiente la cuestión de elucidar ¿cómo es que todos estos estados distintos activan, por ejemplo, los celos? Una respuesta posible es que se los “ve” como evidencia de una posible infidelidad. Pero la respuesta no es satisfactoria, al parecer se necesita algo como un pensamiento que reúna a todos esos elementos como indicios de infidelidad (Jones, 2008: 21). Para los neo-jamesianos lo único que tienen en común los incitadores de los celos son los patrones de cambios corporales propios de este tipo de emoción. Pero aquí surge inmediatamente la duda de si existen cambios fisiológicos típicos de la infidelidad. ¿O de la esperanza, o el orgullo?

Otro problema que tienen teorías como la de la valoración corporeizada de Prinz es que no explica acciones particulares que podemos hacer los seres humanos por alguna emoción. Pero es un hecho que la enorme variedad y complejidad de las acciones que los humanos pueden hacer por una emoción determinada dista mucho de lo que sería la conducta estereotipada y dependiente de los estímulos del entorno de muchos animales no humanos.19 Así, en un caso de amenaza, digamos nuestro ejemplo anterior de “Elia tiene miedo de caminar por una calle oscura porque la pueden asaltar”. El miedo está dirigido hacia el posible asaltante y este es el objeto acerca del cual lleva información la emoción. Para Prinz, en cambio, los sentimientos de miedo representan peligro, pero nada nos indica que estén dirigidos a algo específico en el mundo, en este caso, al posible asaltante en la calle oscura. Una posible respuesta que utilizaban también los cognitivistas es la antigua distinción de Kenny (1963), entre el objeto formal de una emoción y el objeto particular. Así, el objeto formal representa el aspecto, o la propiedad evaluativa de una emoción, digamos el ser peligroso sería el objeto formal del miedo, o lo ofensivo de la ira, mientras que el objeto particular sería aquello que produce miedo o enojo en una ocasión particular. Pero esta sugerencia habría que evaluarla con mayor detalle y ver los pros y los contras de aceptar estos dos tipos de objetos de cada emoción, lo que iría más allá de lo que pretende este artículo.

El propósito de este breve recorrido de los dos grupos de teorías me permite hacer ahora algunas distinciones que me servirán para describir otros aspectos de la vida emocional que abordaré posteriormente.

Cuando hablamos de emociones nos referimos muchas veces a las emociones que tiene una persona en un momento dado y que tienen ciertas características ya mencionadas, a saber, a los episodios emocionales que se dan en circunstancias específicas y que tienen un objeto particular que se presenta bajo un cierto aspecto, por ejemplo, “Pedro está enojado con su hijo porque le dijo una mentira.” Pero frecuentemente también hablamos de disposiciones a tener emociones cuando se dan las circunstancias apropiadas como, por ejemplo, “A Juan le gusta encontrarse con María” y es posible que busque ocasiones para verla. Estas disposiciones emocionales pueden durar algún tiempo o toda la vida, por ejemplo, “Juan evita a su padre porque desde chico le ha tenido un gran resentimiento”. La característica importante es que tienen un objeto, pero no tienen un componente fenomenológico más que cuando se actualiza la disposición. Podemos, sin embargo, atribuir las emociones todo el tiempo porque se muestran muchas veces en la conducta (Hansberg, 1996: 99-103).20

Otros estados afectivos son, por ejemplo, los estados de ánimo, o el temperamento de una persona que lo predispone a ciertos estados de ánimo que son ambiente propicio, a su vez, para ciertos episodios emocionales. Sin embargo, lo que aquí me interesa señalar es la distinción entre los episodios de una emoción y los rasgos emocionales más permanentes como los rasgos de la personalidad o rasgos de carácter como avaro, honesto, confiable, cruel, que caracterizan a las personas y son muchas veces útiles para explicar su conducta. Estos rasgos son en parte rasgos emocionales que reflejan los valores que tiene una persona y que se muestran en sus tendencias a reaccionar de ciertas maneras en sus relaciones con otras personas y en cierto tipo de situaciones.21

Cuando queremos explicar la conducta emocional de los humanos tenemos que explicar la naturaleza de la motivación emocional. Tomar en cuenta, por ejemplo, que en los humanos el input sensorial no está siempre conectado con disposiciones conductuales sino que sirve como input a un sistema pensante que aplica conceptos y razona. A pesar de que los humanos están también sujetos a patrones de conducta parecidos a los de otras especies, esto es, a reacciones inmediatas y automáticas, los humanos tienen también la capacidad de tener emociones con una fuerte base cognitiva, que son mucho más complejas y que requieren, entre otras cosas, de estados mentales muy diversos, de capacidades conceptuales y lingüísticas, de ciertos valores y, por supuesto, de la vida en sociedad y de culturas específicas.

El tema de las relaciones entre emociones y agencia es fundamental. Sin embargo, el lugar que ocupan las emociones en las explicaciones de las acciones es un asunto en plena discusión. Así, ambos grupos de teorías que se han descrito, suponen una visión distinta tanto de las emociones como de lo que ha de entenderse por un comportamiento emocional. Pero si de lo que queremos hablar es de relaciones interpersonales y conducta humanas, tenemos que tener presente que en la vida cotidiana es común explicar acciones intencionales mencionando emociones. Es una forma de contestar a la pregunta de por qué el agente actuó como lo hizo. “La mató por celos”, “la perdonó porque le dio lástima”. Es frecuente22 también que expliquemos emociones haciendo referencia a acciones de los otros. “No volvió a hablarle desde el día en que la insultó en público.” Las emociones motivan de distintas maneras y, en los humanos, pueden motivar, junto con deseos, valoraciones, creencias, etc., de una forma tal que nos permite entender el fin o propósito de las acciones de una persona, por ejemplo, qué le atrae, y qué rechaza el agente. A veces las emociones son ellas mismas actitudes favorables23 a un tipo de acción, por ejemplo, “tengo miedo del ladrón y me escondo”. Una emoción puede dar lugar a deseos generales (digamos, el deseo de evitar daño, el deseo de proximidad) o a deseos específicos “quiero llevar a comer a Carlota”, los cuales junto con otros estados mentales como creencias, o pensamientos, pueden provocar acciones particulares como medios para lograr el fin deseado. Las emociones humanas con frecuencia no producen acciones particulares, sino disposiciones a actuar que admiten un amplio espectro de posibilidades y en las que cabe deliberar y elegir. Por supuesto, no siempre deliberamos y elegimos qué hacer. Hay acciones habituales o urgentes que hacemos sin reflexionar, pero si nos preguntaran ¿por qué lo hiciste?, daríamos razones en las que figuran deseos específicos que dependen de las características de una situación particular. Sin embargo, las emociones humanas no están siempre ligadas a la conducta. Hay casos en que una emoción puede ser meramente contemplativa como las emociones estéticas, o las que sólo dan lugar a un anhelo (wish) que el agente sabe imposible de realizar, como el duelo y el remordimiento.24

Aparte de las distintas interconexiones entre emociones y agencia en los humanos, podemos afirmar que una diferencia clave de las emociones humanas frente a las emociones de los animales no-humanos, es que los humanos, repito, tenemos conceptos y un lenguaje; somos capaces de juzgar y de razonar, y estas capacidades conforman también nuestras emociones. Como lo expresa Helm: “[…] una vez que nosotros, animales lingüísticos, adquirimos la capacidad de juicio nuestras emociones se transforman en virtud de estas interconexiones racionales, de tal manera que nuestra capacidad de discriminación no necesita ser menos refinada en nuestras emociones de lo que lo es en nuestros juicios” (Helm, 2010: 319). Esto permite que la manera directa e inmediata en que el temor, por ejemplo, que se desencadena en un niño cuando ve algo que luce aterrador pueda, después de aprender el uso del concepto de peligro, ser atribuido a cosas que no lucen aterradoras, pero no son menos nocivas y peligrosas. “Estas emociones, al ser educadas, por decirlo así, para gobernarse mediante el entendimiento conceptual que se adquiere del mundo, se convierten en susceptibles a la razón.” (Deigh, 1994: 851). Esta susceptibilidad a la razón es, quizá, el rasgo más claro de las emociones humanas, pues “la base biológica de nuestras emociones no excluye su transformación por las capacidades que desarrollamos a través del lenguaje y la cultura; […]” (Helm, 2010: 319). Así, las emociones por sí mismas no son racionales, a-racionales o irracionales. Estos calificativos dependen de la situación, del origen de la emoción, de su conceptualización y su coherencia con otros estados mentales del agente.25 Por eso las emociones pueden a veces promover acciones razonables en el sentido de que nos permiten atender y entender mejor las reacciones o las necesidades de otros, pero también pueden ser factores de irracionalidad, desmesura, parcialidad y distorsión.26 Un ejemplo común del efecto que puede tener la intensidad de una emoción es que el agente que tiene la emoción actúe por la emoción en contra de su mejor juicio.27 Esto es así en las ocasiones específicas en las que la emoción, por decirlo así, gana en contra del razonamiento. Se trata de una de las formas más claras del fenómeno de la acrasia o debilidad de la voluntad. Un ejemplo clásico que menciona Davidson es el de Medea, quien consumida por los celos mata a sus hijos y se suicida, a pesar de que sabe que no debía hacerlo. La pasión no le permite al agente deliberar y lo motiva a actuar de la forma más automática y primitiva. Otro ejemplo es el del capitán que abandona su barco por miedo, cuando el barco está por naufragar, a pesar de que su razonamiento y sus convicciones interiores le aconsejan salvar a los pasajeros y, en todo caso, hundirse con el barco.

Pero también está el caso inverso cuando, en el conflicto entre juicio y emoción, no es la emoción la causa de irracionalidad. Algunas veces es claramente así, por ejemplo, con las fobias, “sin embargo, en otros casos un conflicto racional entre emoción y juicio puede hacernos dudar del juicio mismo” (Helm, 2010: 316). A este fenómeno se le ha llamado “acrasia inversa”: el agente actúa racionalmente, y aun moralmente, pero lo hace en contra de su mejor juicio. Este ejemplo pone en duda la tesis de que los agentes actúan racionalmente sólo cuando los guía un juicio reflexivo de lo que sería mejor hacer en una situación dada. El ejemplo es el de Huckleberry Finn,28 quien, debido a su simpatía por Jim, no lo delata ante los cazadores de esclavos, a pesar de que pensaba que debía hacerlo. “Huck se da cuenta posteriormente que tuvo razón en proteger a Jim, aunque no se diera cuenta de ello en el momento de decidir. Esto es, podría reconocer retrospectivamente que fue su simpatía, más que su juicio, lo que le representó a él correctamente la situación” (Döring, 2010: 296). Así, con estos ejemplos, meramente señalados, quisiera mostrar que entender qué cosas ofenden, agradan, molestan, disgustan, indignan, etc., a otras personas, permite entender por qué hacen o dejan de hacer ciertas cosas y ayudan a regular nuestra propia conducta con ellas, de tal forma que podamos promover ciertas actitudes y tratar de inhibir otras.

La relación entre emoción y agencia es muy compleja y cada uno de sus aspectos da pie para una discusión filosófica. Lo que hice aquí es un recorrido escueto del tipo de acciones que podemos hacer por emociones y cómo a su vez nuestras acciones y las de los otros, influyen en nuestra vida emocional.

Las relaciones interpersonales que son objeto de estudio de la mayoría de los capítulos de este libro son ejemplos de cómo la afectividad y las emociones son un factor ineludible en la caracterización de este tipo de relaciones. La influencia de la afectividad se vuelve crucial cuando nos referimos a las relaciones íntimas, en las que se ubican varios de los trabajos. Por esta razón quisiera ocuparme en lo que sigue de algunos elementos emocionales de la intimidad.

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0+
Hacim:
471 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9786073007849
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