Kitabı oku: «El último viaje», sayfa 6

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En el centro de la caverna había un estanque de agua tan negra como la tinta y tan lisa como el cristal.

—Llévame a la orilla —ordenó Walker a Truls Rohk.

Avanzaron por la caverna de suelo irregular, repleto de guijarros sueltos y resbaladizos de la humedad. El musgo crecía por franjas oscuras y el helecho se abría camino por las grietas de la roca. Bek se sorprendió de que algo pudiera crecer aquí abajo, donde no llegaba la luz del sol.

Le estrechó la mano a Grianne a modo tranquilizador, una reacción inconsciente ante la invasión de las frías tinieblas y de la soledad. Le echó un vistazo de inmediato para ver si se había dado cuenta, pero su mirada seguía perdida en el horizonte.

Se detuvieron en la orilla del estanque. Siguiendo las instrucciones de Walker, Truls Rohk se arrodilló para tenderlo en el suelo y lo acunó de modo que la cabeza y los hombros quedaran recostadas en sus brazos. Bek pensó en lo raro que parecía que una criatura que no estaba entera, sino que estaba formada por retazos unidos por una sustancia neblinosa, fuera el portador del druida. Recordó cuándo había conocido a Walker en las Tierras Altas de Leah. El druida le había parecido una persona tan fuerte entonces, tan indómita, como si nada fuera a cambiarlo nunca. Y ahora estaba destrozado y andrajoso, perdía sangre y la vida en una tierra lejana.

Las lágrimas se agolparon en los ojos de Bek en cuanto lo pensó; esa fue su reacción a la crudeza de saber que la muerte estaba cerca. No sabía qué hacer. Quería ayudar a Walker, que volviera a estar intacto, que volviera a ser la persona que era cuando lo había conocido hacía ahora tantos meses. Quería decir algo sobre lo mucho que el druida había hecho por él. Sin embargo, se limitó a agarrar a su hermana de la mano y a esperar a ver qué sucedía.

—Hasta aquí llego yo —anunció Walker con un hilo de voz. Tosió sangre y se estremeció del dolor que el movimiento le provocó.

Truls Rohk le limpió la sangre con la manga.

—No te puedes morir, druida. No lo permitiré. Tú y yo tenemos demasiadas cosas por hacer.

—Hemos hecho todo lo que debíamos, metamorfóseo —respondió Walker. Esbozó una sonrisa sorprendentemente cálida—. Ahora, cada uno tiene que seguir su camino. Tendrás que buscar tus aventuras y crear los problemas.

El otro gruñó.

—No podré hacerlo tan bien como tú. Andarte con jueguecitos siempre ha sido tu especialidad, no la mía.

Bek se arrodilló junto a ellos y tiró de Grianne para que lo hiciera con él. Esta dejó que la colocara como quisiera y no hizo nada que demostrara que supiera que su hermano estaba ahí. Truls Rohk se alejó de ella.

—Esta vida ha terminado para mí —empezó Walker—. He hecho lo que he podido y tengo que estar satisfecho. Aseguraos, cuando volváis, de que Kylen Elessedil cumple con el trato que acordé con su padre. Su hermano os acompañará y apoyará; Ahren es más fuerte de lo que creéis. Ahora posee las piedras élficas, pero estas no marcarán la diferencia; él, sí. Recordadlo. No olvidéis por qué hemos hecho este viaje. Lo que hemos encontrado aquí, lo que hemos recuperado, es nuestro.

Truls Rohk explotó:

—Eso no tiene ningún sentido, druida. ¿De qué hablas? ¡No hemos recuperado nada! ¡No hemos conseguido nada! ¿Las piedras élficas? ¡Para empezar, ya no eran nuestras! ¿Qué ha pasado con la magia que buscábamos? ¿Qué ha pasado con los libros que la contenían?

Walker hizo un gesto desdeñoso.

—La magia que contenían los libros, la magia de la que hablé con Allardon Elessedil y su hijo nunca ha sido la razón de este viaje.

—Entonces, ¿qué lo ha sido? —Truls Rohk estaba indignado—. ¿Vamos a andarnos con adivinanzas toda la noche, druida? ¿Qué demonios hacemos aquí? ¡Dínoslo! ¡Ahora que todavía tenemos tiempo! ¡Porque dudo que a ti te quede mucho! ¡Mírate! Te estás…

Fue incapaz de terminar la frase, se mordió la lengua con amargo desagrado.

—¿Muriendo? —pronunció Walker por él—. No pasa nada si lo dices, Truls. Morir me liberará de las promesas y las responsabilidades que me han mantenido maniatado durante tanto tiempo que ni recuerdo desde cuándo. De todos modos, solo se trata de una palabra.

—Pues dila tú, entonces. No quiero seguir hablando contigo.

Walker alzó la mano y agarró la capa del otro. Para sorpresa de Bek, Truls Rohk no se apartó.

—Escúchame. Antes de venir a esta tierra, antes de emprender este viaje, fui al Valle de Esquisto, al Cuerno de Hades, e invoqué al espectro de Allanon. Hablé con él, le pregunté qué podía esperar si seguía el mapa del náufrago. Me comunicó que, de todos los objetivos que quería cumplir, tan solo lograría uno. Durante mucho tiempo, Truls, creía que se refería a que me haría con la magia de los libros del viejo mundo. Creía que eso era lo que se suponía que debía hacer. Creía que era el fin de esta travesía. Pero no.

Sus dedos se aferraron con más fuerza a la capa del metamorfóseo.

—He cometido el error de pensar que podría dar forma al futuro como yo quisiera. Estaba equivocado. La vida no lo permite, ni siquiera si eres druida. Se nos ofrecen atisbos de posibilidades, nada más. El futuro es un mapa dibujado sobre arena y las olas pueden hacerlo desaparecer en cualquier momento. Aquí ocurre lo mismo. Todos nuestros esfuerzos para llegar hasta esta tierra, Truls, todos nuestros sacrificios, han sido en pro de algo que ni siquiera nos planteamos.

Hizo una pausa, respiraba con suma dificultad, el esfuerzo de hablar más era demasiado.

—Entonces, ¿para qué hemos venido? —Truls Rohk preguntó con impaciencia, todavía enfadado por lo que oía—. ¿Para qué, druida?

—Por ella —susurró Walker y señaló a Grianne.

El metamorfóseo estaba tan anonadado que, durante unos segundos, parecía no saber qué contestar. Era como si la rabia que lo había consumido lo hubiera abandonado por completo.

—¿Hemos venido por Grianne? —preguntó Bek sorprendido, sin estar seguro de haberlo oído bien.

—Lo verás cuando volváis a casa —susurró Walker con una voz casi inaudible, incluso con el silencio desolador de la caverna—. Está a tu cargo, Bek. Ahora es tu responsabilidad. Has recuperado a tu hermana, como deseabas. Hazla regresar a las Cuatro Tierras. Haz lo que sea necesario para asegurarte de volver a casa con ella.

—¡Esto no tiene ni pies ni cabeza! —espetó Truls Rohk, presa de la furia—. ¡Es nuestra enemiga!

—Dame tu palabra, Bek —dijo Walker, sin dejar de mirar al muchacho ni un solo momento.

Bek asintió.

—Te doy mi palabra.

Walker le sostuvo la mirada unos instantes más y luego observó al metamorfóseo.

—Tú también, Truls. Dame tu palabra.

Durante unos instantes, Bek creyó que Truls Rohk no se la daría. El metamorfóseo no dijo nada, contempló al druida en silencio. Su figura oscura irradiaba tensión, con todo, se negaba a manifestar lo que pensaba

Los dedos de Walker se aferraban a la capa del metamorfóseo con el último ápice de sus fuerzas.

—Tu palabra —repitió entre susurros—. Confía en mí lo suficiente y dámela.

Truls Rohk exhaló con un siseo de frustración y consternación.

—De acuerdo. Te doy mi palabra.

—Ocupaos de ella como lo haríais si fuerais vosotros —continuó el druida con los ojos posados en Bek de nuevo—. No siempre estará así. Un día se recuperará. Pero, hasta entonces, necesitará que alguien la cuide. Necesitará que la protejas del peligro.

—¿Qué podemos hacer para ayudarla a despertar? —insistió Bek.

El druida inspiró hondo, pero de forma entrecortada.

—Tiene que hacerlo ella sola, Bek. La espada de Shannara le ha revelado la verdad sobre su vida, las mentiras que le han contado y el mal camino que ha elegido. Se ha visto obligada a enfrentarse a la persona en la que se ha convertido y a todo lo que ha hecho. Apenas es adulta y ya ha cometido más actos de maldad que los que otros cometerán en toda su vida. Tiene que perdonarse muchas cosas, aunque sea consciente de que el Morgawr la engañó por completo. La responsabilidad de hallar el perdón tiene que partir de sí misma. Cuando encuentre el modo de aceptarlo, se recuperará.

—¿Y si no lo consigue? —preguntó Truls Rohk—. Podría ser, druida, que haya llegado a un punto en que no se la puede perdonar, y no solo me refiero a que los demás no lo hagan, sino a sí misma. Es un monstruo, incluso en este mundo.

Bek fulminó al metamorfóseo con la mirada y pensó que Truls nunca cambiaría de opinión con respecto a Grianne, pues siempre la vería como Ilse la Hechicera, su enemiga.

El druida sufrió un acceso de tos y luego se calmó.

—Es humana, Truls… Como tú —le replicó con un hilo de voz—. Otros también te han calificado de monstruo. Y se equivocaron. Con ella ocurre lo mismo. La redención también es posible para ella, pero debe ser ella quien la alcance, no tú en su lugar. Tu deber es asegurarte de que tenga la oportunidad de redimirse.

Volvió a toser, esta vez de forma mucho más convulsa. Su respiración era tan ahogada y líquida que con cada bocanada parecía que fuera a ahogarse con su propia sangre. El ruido que hacía surgía de las profundidades de su pecho, donde sus pulmones se llenaban de sangre. Aun así, se incorporó, se deshizo de los brazos de Truls Rohk y con un gesto le pidió que se alejara.

—Idos. Llevaos a Grianne y volved a la entrada de la caverna. Cuando yo ya no esté, seguid el pasadizo que gira a la izquierda hasta llegar a la superficie. Buscad a los supervivientes: los nómadas, Ahren Elessedil, Ryer Ord Star. Tal vez Quentin Leah. Uno o dos más, si han tenido suerte. Volved a casa. No os quedéis aquí. Hemos acabado con Antrax. El viejo mundo ha desaparecido para siempre. Y el nuevo mundo, las Cuatro Tierras, es lo que importa.

Truls Rohk se quedó donde estaba.

—No te dejaré solo. No me lo pidas.

Walker inclinó la cabeza hacia delante, el pelo oscuro le cayó de forma que le cubría parte del rostro enjuto.

—No estaré solo, Truls. Vete.

Truls Rohk vaciló, pero luego se levantó despacio. Bek también se puso en pie, agarró a Grianne de la mano y la alzó al mismo tiempo que él. Durante unos segundos, nadie se movió, pero entonces el metamorfóseo se volvió sin decir nada y se alejó hacia la entrada de la caverna. Bek lo siguió sin mediar palabra, llevaba a Grianne consigo y echaba la vista atrás para mirar a Walker. El druida se había dejado caer junto a la orilla de ese lago subterráneo, tenía los ropajes negros impregnados de sangre y el suave vaivén de sus hombros era la única señal que revelaba que seguí con vida. Bek sintió el impulso casi irrefrenable de girarse y volver a por él, pero sabía que no tendría sentido. El druida había pronunciado sus últimas palabras.

En la entrada de la caverna, Truls Rohk echó un vistazo a Bek. Entonces, se detuvo de repente y señaló el lago.

—¡Jueguecitos de druida, muchacho! —bufó—. ¡Mira! ¡Observa lo que va a ocurrir!

Bek giró sobre sus talones. El lago bullía y se agitaba en el centro y una pérfida luz verde refulgía en las profundidades. Una silueta oscura y espectral surgió del centro y flotó en el aire. Un rostro apareció bajo la capucha de la capa, de tez morena y con barba negra, un semblante que Bek, sin haberlo visto antes, reconoció enseguida.

—Allanon —susurró.

* * *

Walker Boh soñó con el pasado. Ya no sentía dolor, pero el cansancio que lo embargaba era tan sobrecogedor que apenas sabía dónde estaba. Su sentido del tiempo se había evaporado y en ese momento le parecía que el ayer era tan real y estaba tan presente como el ahora. Así, evocó cómo se había convertido en druida: hacía tantos años de ello que los que había cohabitado con él en esa época ya formaban parte del otro mundo. Nunca había querido ingresar en sus filas, nunca había confiado en los druidas como orden. Había vivido solo durante muchos años, había evitado su legado Ohmsford y cualquier tipo de contacto con los demás descendientes de su familia. Había tenido que perder el brazo para aceptar su destino, para convencerse de que el juramento de sangre que Allanon había arrancado tres siglos antes a su antepasada, Brin Ohmsford, debía cumplirlo él.

Había pasado mucho tiempo desde aquel momento.

Todo había sucedido hacía muchos años.

Contempló cómo la luz verdosa emergía de las profundidades del lago subterráneo y cómo cortaba la superficie del agua con fragmentos de resplandor. Vio que se ensanchaba y se propagaba hasta ganar intensidad y revelar el camino al más allá. Era una experiencia surrealista y lánguida que pasó a formar parte de sus sueños.

Cuando la silueta encapuchada apareció envuelta en ese brillo esmeralda, enseguida supo de quién se trataba. Lo supo por instinto, igual que supo que se moría. Contempló la escena presa de una expectación cansada, listo para aceptar lo que le esperaba, para abandonar las ataduras de esta vida. Había cargado con el peso de su destino durante tanto tiempo como había sido capaz. Lo había hecho lo mejor que había podido. Se arrepentía de algunas cosas, pero no le dolían en exceso. Lo que había conseguido no sería evidente de inmediato para quienes le importaban, pero lo verían claro a su debido tiempo. Algunos lo aceptarían de buen grado; otros lo rechazarían. En cualquier caso, ya no dependía de él.

La silueta oscura cruzó la superficie del lago hasta donde Walker yacía y alargó los brazos para agarrarlo. El druida levantó la mano de forma automática. El oscuro semblante de Allanon se inclinó y sus ojos penetrantes se clavaron en él. Esa mirada transmitía aprobación y le prometía la paz.

Walker sonrió.

* * *

Bajo la atenta mirada de Bek y Truls Rohk, el espectro llegó junto a Walker. La luz verde jugaba con su figura oscura y le recortaba los rasgos como cuchillas con hojas esmeralda. Se oyó un silbido, pero era leve y lejano, el susurro de la respiración de un hombre moribundo.

El espectro se inclinó para agarrar a Walker, con determinación y fuerza. El druida alzó la mano, tal vez para protegerse, tal vez para darle la bienvenida, era difícil de decir. No importaba. El espectro lo aupó en brazos como si fuera un niño.

Entonces, se retiraron poco a poco hacia el lago mientras se deslizaban por el aire, iluminados por destellos de luz que los rodeaban como luciérnagas. Cuando ambos llegaron al centro del fulgor, este los rodeó por completo y desaparecieron lentamente en su corazón brillante hasta que no quedó nada excepto unas leves ondas que se propagaban por las oscuras aguas del lago. En cuestión de segundos, incluso estas se aquietaron, la caverna se sumió en el silencio y volvió a quedar vacía.

De pronto, Bek se dio cuenta de que estaba llorando. ¿Cuánto de lo mucho que Walker esperaba cumplir en su vida había llegado a vivir para ver? Sin duda, nada de lo que lo había conducido hasta aquí. Nada de lo que tenía previsto para el futuro. Había muerto como el último miembro de su orden, un paria y, tal vez, un fracasado. Pensarlo entristeció al muchacho más de lo que creía que fuera posible.

—Se acabó —dijo, con un hilo de voz.

La respuesta de Truls Rohk lo sorprendió.

—No, muchacho. Solo acaba de empezar. Espera y verás.

Bek lo observó, pero el metamorfóseo se negó a dar más explicaciones. Se quedaron donde estaban unos segundos más, incapaces de alejarse. Parecían esperar a que ocurriera algo más. Era como si alguna cosa más debiera suceder. Sin embargo, no pasó nada y, al final, apartaron la mirada y rehicieron su camino por los pasadizos de Bastión Caído hasta el mundo exterior.

7

Rue Meridian pilotó la Fluvia Negra durante las últimas horas de la noche y las primeras luces del alba antes de iniciar la búsqueda por las ruinas de Bastión Caído. Habría empezado antes, pero tenía miedo de emprender una tarea complicada sin disponer de la luz suficiente para ver lo que hacía. Las aeronaves eran mecanismos complicados y hacer volar una ella sola, incluso a partir de los mandos de la cabina del piloto, no era tarea sencilla. Mantener la nave en el aire requería de toda su concentración. Para divisar algo en la oscuridad, tendría que colocarse ante la barandilla, fuera de la cabina y lejos de los mandos. Y así no habría durado mucho.

Aunque contaba con la ayuda de Hunter Predd, el jinete alado no era un marinero y casi no sabía nada sobre el funcionamiento de las aeronaves. Podía realizar tareas menores, pero nada de la envergadura necesaria si algo salía mal. Además, necesitaba que montara a Obsidiano si querían encontrar a los miembros desaparecidos de la compañía. Los ojos del roc eran mejores que los suyos y el ave había sido entrenada para buscar y encontrar todo aquello que se perdía. Por ahora, ese pájaro gigante mantenía el ritmo de la aeronave y planeaba junto a las velas mientras surcaban de un lado a otro los cielos, a la espera de que su jinete regresara a su lomo.

—Supongo que no hay ninguna posibilidad de convencer al comandante de la Federación o a cualquier miembro de su tripulación de que nos ayuden —se aventuró a apuntar Hunter Predd en una ocasión con expresión dubitativa incluso después de haber formulado la afirmación.

Rue Meridian sacudió la cabeza.

—Dice que no hará nada que contradiga sus órdenes y eso incluye echarnos un mano. —Se echó apartó algunos mechones alborotados del cabello pelirrojo—. Tienes que entenderlo. Aden Kett es un soldado de los pies a la cabeza, ha sido entrenado para seguir órdenes y respetar la jerarquía de la comandancia. No es un mal hombre, pero se rige por los principios equivocados.

La tripulación encarcelada de la Federación no había dado señales de vida desde que los habían encerrado en el pañol bajo la cubierta. En dos ocasiones había mandado al jinete alado a comprobar que todo fuera bien, y en ambas este le había informado de que, aparte de una conversación sorda, no se oía nada más. Al parecer, la tripulación había decidido que, por el momento, era mejor esperar a que la situación se solucionara por sí sola. Y la piloto estaba encantada de que así fuera.

Pese a todo, habría estado muy bien tener algo de ayuda. En cuanto hubiera luz suficiente, tenía intención de mandar a Hunter a lomos de Obsidiano en busca de Walker, Bek y los demás. En una búsqueda sin rumbo, él tenía más posibilidades que ella de divisar a alguien. Si lo conseguía, la piloto acercaría la Fluvia Negra lo suficiente como para rescatarlos. El riesgo para la aeronave era mínimo. Con la luz del día, en la seguridad que le ofrecía el cielo, era capaz de avistar algo en kilómetros a la redonda. Era bastante improbable que algo se acercara lo suficiente para suponer una amenaza, sobre todo ahora que controlaba el buque de Ilse la Hechicera.

Por supuesto, no descartaba la posibilidad de que la bruja dispusiera de otras armas que alcanzaran una aeronave incluso en pleno vuelo. La bruja estaba ahí abajo, en algún punto de las ruinas, buscando a Walker, y tal vez tendrían la mala suerte de encontrarla mientras trataban de encontrarlos. Rue Meridian debía mantener la esperanza de que Obsidiano divisaría cualquier indicio de la presencia de la bruja antes de acercarse lo suficiente a ella como para que esta les provocara algún daño. También debía mantener la esperanza de que encontrarían a Bek, a Walker o a cualquiera de los otros con vida antes de que lo hiciera la jurguina.

La joven bostezó y flexionó los dedos dentro de los guantes tras haber pasado horas agarrada a las palancas de los controles. Llevaba veinticuatro horas despierta y ya notaba los efectos de la falta de sueño en el cuerpo. Aunque la ropa de cuero para volar le protegía las herida, sentía cómo le palpitaban y le dolían; y se le cerraban los ojos por la necesidad de dormir. Pero no había nadie que la relevara al mando, así que no tenía sentido obcecarse con sus penurias. Tal vez tendría un golpe de suerte y encontraría a Bek con el amanecer. Él podría pilotar la Fluvia Negra, Rojote lo había instruido bien. Con Bek al mando, ella podría descansar un poco.

Su hilo de pensamiento se centró en el muchacho unos instantes. No, no era un muchacho, se corrigió enseguida. Bek ya no era un muchacho, no de forma significativa. Sí que era joven, pero ya había acumulado mucha experiencia vital. Sin duda, era más maduro que los alcornoques de la Federación que había soportado en el Prekkendorran. Era listo, divertido y destilaba una confianza genuina. Evocó sus conversaciones durante el vuelo que los había conducido hasta ahí y recordó cómo habían bromeado y se habían reído, cómo habían compartido historias y confidencias. Tanto Hawk como su hermano se habían sorprendido. No comprendían la atracción que existía entre ellos. Con todo, su amistad con Bek era distinta de aquellas a las que estaba acostumbrada. Se cimentaba en sus personalidades, que eran tan similares. Bek era su mejor amigo. Tenía la sensación de que podía confiar en él. Tenía la sensación de que podía contarle cualquier cosa.

Sacudió la cabeza y sonrió. Bek la tranquilizaba y no era algo que muchos hombres hicieran. No la había invitado a ser otra persona más que ella misma. No esperaba nada de ella. No pretendía competir ni quería impresionarla. Sí que se sentía un poco intimidado por ella, pero ya estaba acostumbrada. Lo importante era que él no dejaba que eso interfiriera o afectara su amistad.

Se preguntó dónde estaría. Se preguntó qué le habría ocurrido. De algún modo, había caído en manos de los mwellrets e Ilse la Hechicera, lo habían subido a bordo de la Fluvia Negra y lo habían encarcelado. Entonces, alguien lo había liberado. ¿Quién? ¿Había perdido realmente la voz, como le había contado Aden Kett, o tan solo lo simulaba? Tanta ignorancia la frustraba. Tenía muchas preguntas y carecía del modo de descubrir las respuestas si no hallaba a Bek primero. No le gustaba imaginárselo en medio de una persecución. No obstante, Bek era un hombre con recursos, era capaz de encontrar el modo de eludir peligros que intimidarían a otros hombres. Estaría a salvo hasta que lo encontrara.

Hawk se habría reído de ella si estuviera aquí. «Tan solo es un muchacho —le diría sin hacer la distinción que ella había hecho—. Ni siquiera es uno de nosotros, no es un nómada».

Eso no importaba. Al menos, no para ella. Lo verdaderamente relevante era que Bek era su amigo y era consciente, aunque nunca lo admitiría ante nadie, de que no le sobraban los amigos.

Abandonó esa línea de pensamientos y centró su atención en lo que hacía. Los primeros atisbos de luz despuntaban tras el horizonte, entre los huecos de las montañas. Dentro de una hora empezarían la búsqueda. Al anochecer, tal vez podrían abandonar esta tierra.

Hunter Predd, que llevaba un rato desaparecido, se materializó a su lado.

—He ido a echar un vistazo abajo. No ha pasado nada. Algunos están durmiendo. No he visto señales que indiquen que han intentado escapar. De todos modos, esta situación sigue sin gustarme.

—A mí tampoco. —Cambió de posición para dar un respiro a los músculos que le dolían y le daban calambrazos—. Tal vez, Rojote nos alcanzará antes de que acabe el día.

—Tal vez. —El jinete alado miró hacia el este—. Cada vez hay más luz. Debería empezar a buscar. ¿Estarás bien sola?

La otra asintió.

—Vayamos en su busca, jinete. A todos los que dejamos atrás. Bek, por ejemplo, todavía está vivo; él y quien fuera que lo rescatara de manos de los mwellrets. Eso lo sabemos, al menos. Quizá haya unos cuantos más. Pase lo que pase, no podemos abandonarlos.

Hunter Predd asintió.

—Y no lo haremos.

Salió de la cabina del piloto y cruzó la cubierta en dirección a la barandilla de popa. Rue Meridian observó cómo hacía señales a la noche y luego se dejaba caer por la borda con la ayuda de un cabo. En unos segundos, apareció a lomos de Obsidiano y le ofreció un saludo tranquilizador antes de fundirse con la penumbra. Apenas lo distinguía recortado contra la oscuridad recesiva. Hizo virar la Fluvia Negra en la misma dirección que el jinete había tomado. Dejaron atrás las colinas boscosas y planearon con suavidad hacia el paisaje desolado de las ruinas.

Rue Meridian echó un vistazo rápido hacia abajo: todo era plano y gris. Tendría que haber mucha más luz para que ella atisbara a alguien. E incluso así, dudaba llegar a hacerlo. Rescatar a los miembros desaparecidos de la compañía de la Jerle Shannara sería tarea, casi por completo, del jinete alado y su roc.

«Por favor, no les fallemos —pensó—. Otra vez no».

Inspiró hondo y se colocó de espaldas al viento.

* * *

Hunter Predd se deslizó por el cabo desde la borda de la aeronave, su vista aguda distinguía a la perfección la elegante silueta de Obsidiano, que tomaba altura, obediente, en la oscuridad. El roc se colocó justo debajo y luego se alzó para que el jinete lo montara con comodidad. Una vez Hunter Predd notó el arnés entre las piernas, buscó las sujeciones, soltó el cabo y, con un apretón de rodillas, hizo que su montura tomara altura.

El alba era un borrón gris tenue al este, pero su luminosidad se apoderaba del paisaje. Al sobrevolar las ruinas, vacías y en silencio, distinguió los edificios derrumbados y las calzadas llenas de desechos. Obsidiano debía de ver mucho más. Incluso así, la búsqueda no sería fácil. Le daba la impresión de que Rue Meridian creía que lo único que tenían que hacer era un barrido completo de la ciudad y que así encontrarían a cualquiera que hubiera sobrevivido. No obstante, Bastión Caído era enorme. Había kilómetros y kilómetros de escombros y muchas probabilidades de que fracasaran en su intento de desentrañar sus secretos. Los compañeros a los que buscaban deberían encontrar el modo de exponerse si querían divisarlos más que por casualidad. Y para lograrlo, tendrían que mirar al cielo para ver al roc. Habían transcurrido casi dos semanas desde que la compañía desaparecida había desembarcado de la Jerle Shannara en la orilla de la bahía y habían emprendido su camino hacia las ruinas. A estas alturas, era posible que ya hubieran perdido toda esperanza de que los encontraran. Tal vez, ya no buscaban ayuda. Quizá, ya no estaban vivos.

De nada servía especular. Había venido con la nómada para encontrar a cualquiera que hubiera sobrevivido, así que ahora no tenía sentido que pusiera obstáculos a la búsqueda antes de haberla empezado. Al fin y al cabo, Obsidiano había encontrado motas más pequeñas todavía en grandes extensiones de tierra con probabilidades mucho menores. Había posibilidades de encontrarlos, lo único que tenía que hacer era aprovecharlas al máximo.

Voló describiendo círculos cada vez más amplios mientras el sol despuntaba en el horizonte y, de paso, trataba de atisbar algún tipo de movimiento en tierra que pareciera fuera de lugar e indicara la presencia de algo ajeno a esa tierra. Mientras lo hacía, pensó en su decisión de emprender este viaje y se preguntó si habría hecho mejor al quedarse en casa. No se lo planteaba solo porque la travesía había sido una catástrofe, sino porque parecía que no habían conseguido nada a pesar de lo mucho que les había costado. Si Walker había muerto, entonces, seguir el mapa de Kael Elessedil habría sido en vano. Peor, se habían malogrado vidas que podrían haberse salvado. Los jinetes alados creían firmemente en dejar que las cosas siguieran su curso, en vivir su propia vida y no entrometerse en las de los demás. Había tenido que transigir mucho para embarcarse en esta travesía y le resultaba un gran esfuerzo seguir hasta el final. El sentido común le decía que debía dar media vuelta y volver a casa, que cuanto más se quedaba, menos probabilidades había de que partiera. Sin duda, los nómadas debían de sentirse igual. Los nómadas y los jinetes alados se parecían: eran trotamundos por elección y mercenarios de profesión. Su lealtad y su sentido de la obligación se compraban y pagaban, pero nunca dejaban que eso interfiriera con su sentido común.

No obstante, no se iría. No abandonaría a quienes habían desembarcado, no importaba las probabilidades que hubiera de encontrarlos, si es que existía alguna de que siguieran con vida. Sin embargo, no dejaba de cuestionar sus propias decisiones, aunque no supusiera ninguna diferencia respecto a lo que él consideraba que era el compromiso que había adquirido con sus compañeros desaparecidos. ¿Y si…? ¿Y si…? Era el tipo de ejercicio al que uno se dedicaba si pasaba mucho tiempo solo y en circunstancias peligrosas, pero tan solo era una distracción.

El sol asomó por encima de las montañas y la luz del nuevo día bañó el territorio; las ruinas se extendían tan silenciosas y vacías como antes. Echó la vista atrás, hacia la Fluvia Negra, que pilotaba Rue Meridian, la figura solitaria que ocupaba la cabina del piloto. Estaba tan cansada que era peligroso, y el jinete no estaba seguro de hasta cuándo podría pilotar la aeronave sola. Hacerse con la nave de Ilse la Hechicera había sido una idea acertada, pero se convertiría en un lastre si no conseguían ayuda para Rue Meridian enseguida. Con todo, no estaba seguro de dónde la sacarían. Él se la prestaría si pudiera, pero no sabía casi nada sobre aeronavegación. Lo mejor que podía hacer era sacarla de cubierta si las cosas empeoraban.

Divisó algo extraño en el extremo norte de las ruinas y descendió para verlo más de cerca. Descubrió un montón de cuerpos desparramados, pero no eran los cadáveres de sus compañeros de la Jerle Shannara, ni siquiera lo eran de gente con la que se hubiera topado alguna vez en su vida. Esas personas tenían la tez bruñida, el pelo bermejo y vestían como los gnomos. Nunca había visto a nadie así, pero su atuendo les confería cierto aspecto tribal y asumió que se trataba de indígenas. Cómo habían terminado así era un misterio, pero era como si una fuerza extraordinaria los hubiera desmembrado. Escaladores, tal vez.

Sobrevoló los cuerpos inertes durante unos segundos más con la esperanza de atisbar algo más que lo ayudara a descubrir qué había sucedido. Se le ocurrió que tal vez valdría la pena descender para ver si había algún rastro de la implicación de miembros de la compañía de la Jerle Shannara, pero al final decidió que no. Tal información no le serviría de nada a no ser que tratara de seguir el rastro a pie y era demasiado peligroso. Echó un vistazo por encima del hombro hacia la Fluvia Negra, que planeaba a unas cuantas decenas de metros de distancia empujada por el viento. Indicó con un gesto a Rue Meridian que virara para echar un vistazo y luego se alejó en dirección a las ruinas. La nómada ya decidiría qué hacer; él continuaría. Si no encontraba nada más, ya volvería luego.

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