Kitabı oku: «Los argonautas», sayfa 20

Yazı tipi:

En esta parte de la tierra, por ser la más noble, había de estar forzosamente el Paraíso. Los astros influían en nuestra existencia poderosamente. Todo se desarrollaba en el suelo, no con arreglo a su propia bondad, sino por «las nobles y felices influencias de las estrellas que están sobre él», causa universal de vida. «A cielo noble correspondía tierra nobilísima», y como las constelaciones del ignorado hemisferio eran, según la ciencia de la época, «las mayores, más resplandecientes, más nobles y perfectas, y por consiguiente de mayor virtud, felicidad y eficacia que las de Aquilón», de aquí que bajo su resplandor debía estar forzosamente la mejor de las tierras, o sea el Paraíso.

La cabeza es la parte más noble de «todas las cosas naturales y artificiales, la más adornada y de mejor hechura, de donde procede la influencia a los otros miembros del cuerpo». ¿Y dónde estaba la cabeza de la tierra?… En el ignorado Austro, en el Sur, como le ocurre al árbol, que, aunque tiene la cabeza oculta abajo, no podría extender las ramas, con sus frutos y pájaros, si esta cabeza dejase de enviarle su nutrición y su fuerza. Y el fuego, fuente de vida, nacía en el Austro, se engendraba en él, y una barrera de este fuego tendida circularmente en el Ecuador impedía el paso de un hemisferio a otro.

El descubridor, alarmado por los insufribles calores que le salían al encuentro, vio en ellos una confirmación indiscutible de las opiniones de los hombres doctos de su época, y volvía la proa a Poniente, no osando avanzar más en el temido Austro.

Una gran sorpresa le esperaba. El mundo no era redondo, como habían creído Ptolomeo y otros. Podía ser esférico en el hemisferio boreal, donde aquellos sabios habían hecho solamente sus estudios; pero este otro hemisferio por cuyos límites navegaba él tenía la «forma de una pera, que es redonda salvo allí donde tiene el pezón, que es más alto, o la de una pelota con una teta de mujer puesta encima», y el extremo de tal pezón era «la parte del mundo más propincua al cielo».

Los buques, al continuar hacia Poniente, aunque parecía que navegaban por un océano llano e igual, subían y subían, siguiendo el lomo ascendente de esta protuberancia del planeta. El Almirante reconoció esta subida en la frescura del aire, cada vez más sensible según se avanzaba al Oeste, aunque las naves siguiesen el mismo grado, y sobre todo en las particularidades que ofrecían tierras y gentes. Así como el descubridor se había ido aproximando a la línea ígnea del Ecuador, el sol quemaba con más fuerza, las tierras estaban más calcinadas y los habitantes eran más negros. En Cabo Verde y en Sierra Leona llegaban las gentes a la más extrema negrura y las tierras parecían quemadas. Y sin embargo, al poner proa al Oeste, siguiendo la misma latitud, refrescaba el aire, y el Almirante encontraba en las costas de Venezuela la isla de la Trinidad, «de temperancia suavísima—según sus escritos—, con tierras y árboles muy verdes y hermosos, como en Abril las huertas de Valencia, y la gente de muy linda estatura y casi blancos, más astutos y de mayor ingenio que los negros, y no cobardes».

Todo esto era porque las tierras y las personas estaban más en alto, más cerca de las buenas regiones del aire, en las laderas de aquel pezón gigantesco que alteraba la redondez del hemisferio austral. Y la hipótesis del Paraíso, cabeza de la tierra, situado en el noble Austro, se convertía en certidumbre para el Almirante. En el vértice del pezón estaba el antiguo lugar de delicias; y el Orinoco, que endulzaba el mar, asombrando a los navegantes con su sábana inmensa, era uno de los cuatro ríos que descendían del Paraíso.

Fernando y su amigo, que hablaban de estas fantasías del Almirante paseando por la cubierta, se detuvieron ante las ventanas del gran salón. La voz tenue del piano, tocado en sordina, atrajo la curiosidad de Isidro.

–Mire usted, Fernando. La alemana, la mujer del director de orquesta, que se aprovecha de que no hay gente en el salón. Cerca de ella está su niño… ¿Qué toca? ¿Wagner?… No; eso lo conozco; es de Schubert: El rey de los álamos. Vea cómo mueve la boca. Canta, pero no la oímos bien… No; no se acerque: la vamos a espantar como el otro día… Bueno; que le vaya a usted bien: mucha suerte.

Esto último lo dijo al ver que Ojeda, repentinamente, como si obedeciese a una decisión anterior, se separaba de él. Desapareció por la puerta de babor que daba entrada a los salones. Maltrana le vio pasar por entre las mesas del jardín de invierno, ocupadas por unos cuantos pasajeros dormitantes. Luego entró en el salón y fue a sentarse cerca del piano, junto al pequeñuelo cabezudo, que contemplaba los grabados de un gran volumen con aire reflexivo de persona mayor, arrullado por la música de su madre. Ésta, al notar la presencia de un hombre que la escuchaba fijos los ojos en ella, hizo un gesto de sorpresa y contrariedad, se respingó, como si fuese a abandonar el piano, pero con súbita resolución continuó en su asiento. Un ligero rubor coloreaba su palidez verdosa de busto antiguo.

–¡Qué Ojeda!—murmuró Isidro mirando por los cristales—. Veremos en qué viene a parar toda esta música.

Sintióse sin fuerzas para seguir paseando por la cubierta. El calor había dispersado a las gentes. Todos gozaban la frescura de la siesta, ligeros de ropa, en el interior de sus camarotes o en los encontrados huracanes de los ventiladores del fumadero.

El buque cabeceaba perezosamente, con largos intervalos de calma, sobre las extensas ondulaciones de un mar denso, centellante, enrojecido como metal en fusión. Ni el más leve soplo agitaba las lonas de la cubierta, tendidas de las barandas hasta el techo como un tabique rígido, obscuro y ardiente.

Maltrana se dejó caer en uno de los varios sillones que ostentaban el rótulo de «Doctor Zurita y familia», y allí quedó en agradable sopor, sin saber ciertamente si estaba dormido o despierto. Oía sonar el piano lejos, muy lejos, como una musiquilla de liliputienses. «Ahora es Wagner—pensaba—; eso lo conozco: Parsifal, "El encanto del Viernes Santo"… Ahora es Schubert: el "Quinteto de la Trucha". ¡Cosa graciosa!… Ahora… ahora…» Y no pudo reconocer nada más, porque dejó de oír la música.

Se hundía, se hundía en un agujero negro, acompañado por la melodía tenue, que se iba adelgazando lo mismo que un hilo cada vez más tirante, hasta romperse y ser devorada por el silencio.

De pronto volvió a la vida al sentir una mano en un hombro. Abrió los ojos, y vio al doctor Zurita de pie ante él, con un puro en la boca sonriéndole.

–Levántese, amigo y tome uno de hoja. Hoy no ha venido usted por el tributo.

Le ofreció su estuche inagotable lleno de cigarros habanos. Eran las tres. El doctor había dormido su corta siesta habitual, y encontrándose solo, deseaba charlar con Isidro. Éste se puso de pie para encender el cigarro, y su vista buscó a través de las ventanas del salón. Había enmudecido el piano, pero la alemana continuaba en la banqueta, revolviendo las hojas de las partituras y escuchando a Fernando, que, acodado en la tapa del instrumento, la hablaba de cerca. La amistad estaba hecha gracias a la música, complaciente mediadora que no necesita de presentaciones.

El doctor quiso pasear, y Maltrana le siguió dando chupadas al cigarro de bravío perfume.

La proximidad de la línea equinoccial parecía alegrar a Zurita. Estaban cerca de su hemisferio, iban a entrar en él antes de dos días.

–Es, como quien dice, volver a casa, mi amigo. Yo soy muy americano y tengo unas ganas locas de ver mi cielo. ¡Cuántas noches, en Europa, me privé de mirarlo, porque no podía encontrar en él la Cruz del Sur!… Y mañana tal vez la contemplemos. Mi muchachada no comprende estas cosas del viejo.

Sentía impaciencia por llegar a su tierra, ver a los amigos, enterarse de la marcha de los negocios, pisar las calles de Buenos Aires. Las capitales de Europa eran dignas de su admiración, ¡pero Buenos Aires!…

–Pronto llegaremos, si Dios nos ayuda—continuó alegremente—. Allí se demostrará, galleguismo simpático, lo que usted vale y lo que lleva dentro. A ver si algún día llega a ser archimillonario y yo puedo contar con orgullo que hizo conmigo su primer viaje… Pero hay que trabajar, ¿sabe, che?… Nada de creer que allí se encuentra plata con sólo agacharse a tomarla. Se miente mucho. La gente va allá con la cabeza llena de exageraciones. Además, la plata no se hace en un mes ni en un año: hay que contar con el tiempo, que vale tanto como el trabajo; hay que dedicar a una empresa, sea ésta cual sea, la mayor parte de la vida.

Habían dado la vuelta entera al paseo, y el doctor se detuvo cerca de las ventanas del salón. Otra vez sonaba el piano. Isidro vio a su amigo de pie junto a la artista, con los ojos fijos en su nuca inclinada, esperando una indicación de su cabeza para volver las hojas de la partitura.

–Vea, Maltranita. Lo importante en nuestra tierra es comprar algo, poseer algo, ser propietario, y luego el país, que va siempre hacia adelante, se encarga de enriquecerlo a uno, siempre que tenga paciencia y serenidad. ¿Por qué cree usted que somos un pueblo aparte de los demás y vienen a fundirse con nosotros gentes de todo el mundo?…

El doctor hacía esta pregunta con una expresión de malicia bonachona en los ojos y la boca. Maltrana se apresuró a repetir todos los lugares comunes que había oído sobre la tierra argentina. La feracidad del suelo virgen, la falta de braceros, la facilidad de crédito para el trabajo…

–Yo he reflexionado mucho, mi amigo, sobre las cosas de mi patria, y creo que su poder de atracción consiste en que en ella no hay aritmética. ¿Se entera usted?… Más bien dicho, que su aritmética es distinta de la que se usa en los demás pueblos. En Europa y fuera de ella, dos y dos son cuatro siempre. ¿No es eso?… Pues en la Argentina jamás ha sido así.

Guardó silencio, como si se gozase en la estupefacción de Maltrana, y luego continuó, con una sonrisa doctoral:

–En los tiempos coloniales, cuando la vieja España nos tenía como niños en la escuela, y aun mucho después, en la época de nuestras revueltas, dos y dos jamás fueron cuatro. No había quien sumase, quien pusiese los dos números uno sobre el otro. Nos vestíamos con tejidos domésticos; matábamos los animales para aprovechar únicamente el cuero y el sebo, dejando la carne a los caranchos; cultivábamos la tierra para las necesidades de casa nada más… Después vinieron los buenos tiempos de la exportación y de la inmigración, y dos y dos tampoco fueron cuatro. Se valorizó todo de un modo loco, y dos y dos fueron ocho, dos y dos son doce, y a lo mejor se levanta uno de la cama, y sin más trabajo que haber estado durmiendo se encuentra al despertar con que dos y dos hacen veintidós… ¡Qué país, mi amigo!

Maltrana le escuchaba enarcando las cejas con sincero asombro, como si esta paradoja del doctor le librase el gran secreto del país adonde él iba.

Comprendido; lo importante era tener dos sumandos, por simples que fuesen: dos y dos. El país se encargaba después de hacer la adición con arreglo a su aritmética maravillosa.

–Pero esa aritmética tiene a veces sus fracasos—continuó el doctor, acentuando su sonrisa—. La del viejo mundo, tímida y rutinaria, es inconmovible. Dos y dos siempre son cuatro, ni más ni menos. Allá, en nuestra tierra, cada diez años tiembla todo, sin que acierte nadie a descubrir el por qué del cataclismo. Años de sequía y malas cosechas… Algunas veces, ni esto. Guerras que se desarrollan al otro lado del planeta, en países que no conocemos ni nos importan un poroto; restricción de crédito, falta de dinero, Bancos a los que dan «corrida», como dicen allá, y que ven sus puertas llenas de gente que retira sus depósitos; propietarios que desean vender y no encuentra a quién; capitalistas extranjeros que no quieren hipotecar… y entonces, dos y dos son uno… dos y dos son nada… y el que no tiene aguante para esperar que la aritmética recobre su antigua originalidad, queda reventado para toda la siega.

Maltrana continuó la paradoja del doctor con una objeción. Día llegaría en que dos y dos fuesen eternamente cuatro en aquel país: cuando sus campos quedasen divididos en pequeñas fracciones, los desiertos estuvieran ocupados por una población densa, y se elevasen las aguas hasta las tierras resquebrajadas ahora de sed junto a ríos enormes como brazos de mar.

–Así será—dijo el doctor—. Dos y dos serán cuatro en la Argentina alguna vez… Indudablemente, dentro de siglos. Pero entonces—añadió con tristeza—nadie irá a ella; porque para encontrarse con la misma aritmética del país natal, con la novedad de que dos y dos sólo hacen cuatro, no hay hombre que sienta deseos de moverse de su casa.

VII

—Sí; dice usted bien. El poder demoníaco de la música, que influye en nuestra suerte, como en otros tiempos influían los astros… El Maestro habla de él al recordar en sus Memorias los años de iniciación… Afina nuestra sensibilidad, para que suframos más intensamente las heridas de la existencia.

Mina Eichelberger, la mujer del director de orquesta, murmuraba estas palabras con el mentón apoyado en el pecho y la mirada fija en Fernando, de pie junto a ella.

Hablaban en la cubierta de los botes, bajo la sombra movediza de un toldo de lona que dejaba avanzar una faja de sol o la repelía, siguiendo el balanceo del buque, largo, suave, apenas perceptible.

Era en la tarde, después del almuerzo, cuando desaparecían muchos pasajeros, adormecidos y abrumados por el calor, buscando continuar la siesta en el camarote bajo el soplo de los ventiladores. Otros, temiendo encerrarse entre los tabiques de acero, permanecían tendidos en los sillones de las cubiertas, bajo la azulada sombra de las lonas, esperando los leves e intermitentes soplos de la brisa sobre el pescuezo sudoroso, en torno del cual se arrugaba el cuello de la camisa como un trapo mojado. Sonaban penosos ronquidos, respiraciones jadeantes, cortando con su estertor animal el augusto silencio de la tarde.

Parecía recogerse el mar, adormecido igualmente, sin otro rumor que el del roce de sus espumas en los flancos del navío. Un crujir de pasos sobre la madera hacía entreabrir algunos ojos, que tornaban a cerrarse apenas se alejaba el paseante importuno. Los gritos de los niños en la cubierta alta, jugando insensibles al sol y al calor, sonaban con extraordinario eco, recordando el vocerío de la chiquillería en la plaza blanca de un pueblo meridional a la hora de la siesta.

Todos los habitantes del buque sentían después del almuerzo una tendencia al sueño, abrumados por el caliginoso ambiente entorpecidos por una elaboración pesada, anonadados y felices al mismo tiempo por las voluptuosas contracciones del tubo digestivo en plena tarea asimilatoria. Era el momento—según Maltrana—de la gran pureza. Los que en otras horas del día rondaban por cerca de las faldas, con miradas invitadoras y palabras insinuantes, permanecían tendidos en las cubiertas. Los que a la caída de la tarde parecían reanimarse con la brisa y se estiraban impulsivamente, lo mismo que fieras carnívoras que despiertan, quedábanse ahora hundidos en los sillones del fumadero con la inconsciencia de la boa enrollada, siguiendo vagamente las espirales de humo del cigarro.

Parejas amigas, de cuyas intimidades se ocupaban con deleite los murmuradores, permanecían en los asientos de la cubierta, sin verse, sin conocerse, volviéndose la espalda, faltos de fuerzas para cambiar una palabra, deseando tranquilidad y olvido. El bienestar animal de la digestión y la atmósfera ardiente rechazaban el amor a segundo término durante unas horas, como algo molesto e intolerable. Las pasiones anteriores enmudecían. Nadie osaba insinuar una petición por miedo a verla aceptada, teniendo que descender a la asfixiante penumbra del camarote removida por el aleteo del ventilador.

Y fue en esta hora cuando Ojeda entabló su cuarta conversación con Mina Eichelberger. Habían cruzado la palabra por vez primera en la tarde anterior, al avistar el buque las islas de Cabo Verde. Aún no hacía veinticuatro horas que se conocían, y Fernando la hablaba con absoluta confianza, libre de los retrocesos que inspira la timidez, como si un largo trato de años hubiese desgastado entre ellos todas las angulosidades de la prudencia y el miedo. La vida sobre el Océano en una jaula flotante de algunos centenares de metros, donde era imposible moverse sin tropezarse, hacía marchar las amistades vivamente.

Cuando el buque estuvo frente a las islas y los pasajeros contemplaron las montañas, tras las cuales se ocultaba el sol ensangrentando el horizonte, los dos se hablaban ya con rápida confianza y sus manos sentían un estremecimiento simpático al encontrarse entre las hojas de las partituras. Veíanse solos en el salón, olvidados de la gente, que había afluido a los costados del buque. Mina cantaba a media voz, súbitamente ruborosa al pensar que Fernando estaba de pie detrás de ella, dejando caer su mirada sobre su nuca y sus espaldas. Se avergonzaba tal vez, con súbita coquetería, al verse mal trajeada y sin ningún adorno de tocador. Cuando sus manos permanecían inertes sobre el piano y cesaba de cantar, hablaban entonces de la música, de los célebres maestros, del gran mago, del nigromante—nombres que Ojeda daba a Wagner—, insistiendo en estos tópicos que habían servido de pretexto para iniciar su conocimiento.

Las primeras palabras habían sido en inglés, luego en francés, y al fin, como si buscase ella mayor desahogo para su expresión, habló en italiano, un italiano lento, titubeante, recuerdo de una época cercana en la cronología de su existencia, pero remota, muy remota, en sus recuerdos. Era la época de su gloria, durante la cual había cantado fuera de la tierra germánica las obras del más famoso de los maestros alemanes.

El pequeño Karl, niño de gravedad hombruna, al ver a su madre en conversación con este desconocido, había olvidado el libro de estampas, marchando hacia ella para colocarse entre sus rodillas. Abría sus ojos, asombrado por el lenguaje incomprensible que se cruzaba entre los dos, y de vez en cuando, con la tenacidad vanidosa de los pequeños que no toleran verse olvidados, hablaba a su madre en alemán formulando una petición, o se frotaba contra sus rodillas para hacer visible su presencia.

Jugueteaban las manos de Mina en sus cabellos lacios, de un rubio blancuzco, pero distraídamente, con un descuido de madre preocupada, sin que ojos descendiesen hasta él. Miraba a Fernando con una franqueza varonil, cual si fuese un camarada, sonriendo a todas sus palabras sin saber por qué. Fijábanse sus pupilas en las pupilas de él resueltamente, como si quisiera sondearlas con su fluido visual. Pero de pronto arrepentíase de esta confianza, sentía miedo y vergüenza, y giraba la cabeza para escucharle con los ojos perdidos en los pentagramas del libro de música.

Él hablaba mientras tanto, más atento a sus pensamientos mudos e internos que a lo que decía con su boca. La examinaba audazmente, detallando con los ojos toda su persona, sin obtener al final un juicio exacto. ¿Era fea?… ¿Era hermosa, con una belleza exangüe de flor marchita?… Ojeda recordaba ciertos muebles antiguos, de dorados borrosos y nácares opacos, que al abrir sus cajones esparcen un perfume sutil de alma olvidada. Pensaba también en los salones viejos y polvorientos, que guardan entre las grietas de sus muros jirones de ricas tapicerías reveladores de suntuosidades que fueron; en las voces débiles, quejumbrosas por la enfermedad, que de pronto se arrastran con roce aterciopelado o se elevan con la vibración de una perla sobre el cristal, denunciando un pasado de gloria…

Veía su cuello esbelto, de líneas armoniosas y gráciles cuando permanecía en reposo, pero que a la menor contracción marcaba la tirante madeja de sus tendones. Se fijaba en la cortante arista de las clavículas bajo la epidermis mate, de una blancura verdosa que absorbía la luz sin reflejarla. La más leve sonrisa abría en sus mejillas dos tristes oquedades obscuras, que tal vez habían sido antes graciosos hoyuelos. Una consunción interna había devorado las morbideces que suavizan con armonioso almohadillado el cuerpo femenil; pero esta consunción era irregular, fragmentaria, ensañándose en unas partes del organismo y olvidando otras, dejando incólume, con incomprensible respeto, lo más prominente: los pechos todavía frescos y victoriosos sobre el torso enflaquecido, semejante a un doble blasón de mármol en una fachada ruinosa; las caderas de robustez germánica firmes e inconmovibles, como si en ellas fuese más el hueso del armazón que la carne del revestimiento.

La piel, tersa en unos lugares del cuerpo, se aflojaba en otros, dejando dolorosos vacíos entre ella y el óseo andamiaje. Pero la mirada era indudablemente igual que en los tiempos de su gloria. Los extremos de la boca, los ángulos externos de los ojos, remontábanse a un tiempo con la sonrisa, una sonrisa interior, dulce y enigmática como las que pintaba Leonardo. La decadencia física se había detenido piadosa ante la bella expresión de sus labios, encorvados hacia arriba como una luna en creciente. Sus párpados, algo marchitos, filtraban al encontrarse una luz transfiguradora semejante a la del sol sobre las ruinas, que dora el moho de las piedras negruzcas y da alegrías de jardín a las plantas parásitas de los escombros. Un tenue olor de carne perfumada y enferma llegaba hasta Ojeda, pero tan leve, tan vagoroso, que no sabía ciertamente si era su olfato quien lo percibía o su imaginación. Y otra vez pensaba en el ambiente dormido de los antiguos muebles de secreto, que huelen a cartas de amor, polvo, ramilletes secos, cintas olvidadas y polillas.

Por la noche había vuelto a hablar con ella largamente. En las inmediaciones del fumadero, Mina lo presentó a su esposo, aprovechando una rápida salida de éste, que iba a su camarote en busca de tabaco, abandonando a los compañeros y las altas columnas de redondeles de fieltro que denunciaban los bocks consumidos.

El músico se mostró cortés y respetuoso. Era un honor para él estrechar la mano de tan gran poeta. No había leído un solo verso de Fernando, pero en las averiguaciones y curiosidades de los primeros días de navegación, cuando todos desean saber quién es el vecino, Maltrana había hablado del talento poético de su compañero, y esto bastó para que lo designasen por antonomasia con el título de «el poeta». Algunos alemanes, dispuestos a reconocer y acatar todas las diferencias y jerarquías sociales, por una irresistible tendencia a la admiración, le llamaban «el gran poeta»… «un poeta colosal», con méritos tanto más grandes cuanto que vivían perdidos en el misterio de una lengua desconocida.

Ojeda experimentó al examinar al maestro Eichelberger la misma sensación que ante su esposa. Vio algo que había sido, y al no ser, guardaba en su ruina los muertos esplendores del pasado. Los gestos, las palabras, todo en su persona era de un hombre superior al medio en que vivía actualmente. Rebuscaba sus palabras, se atusaba el bigote, un bigote de antiguo germano, con los extremos caídos; se echaba atrás, con aire de inspirado, la luenga cabellera rubia, en la que apuntaban las canas. Pero sus ojos macilentos, de córneas ligeramente inflamadas, los manchurrones rojizos y malsanos de su rostro, cierta timidez al verse en presencia de alguien que por su superioridad le hacía recordar el pasado como un remordimiento, revelaban los vicios tenaces de su vida fracasada. De pronto, para no delatarse en los azares de una larga conversación, se apresuró a despedirse del poeta. Fernando creyó igualmente que el músico huía de mostrarse ante su mujer en esta forma cortés tan contraria a la realidad, temiendo sin duda la muda ironía de sus pensamientos.

Quedaron solos hasta cerca de media noche en un rincón de la cubierta, teniendo entre los dos al pequeño Karl, que empezaba a familiarizarse con Ojeda. Cuando se cansaba de apoyar la cabeza en las rodillas de la madre, iba en busca del nuevo amigo, acogiendo como un gatito manso la caricia de sus manos en la flácida cabellera. El sueño acabó por rendirle, y Mina lo llevó a su camarote, despidiéndose de Fernando con visible contrariedad. Pero a los pocos minutos volvió a subir, como si tirase de ella algo superior a sus preocupaciones de madre, y tuvo una mirada de gratitud para Ojeda al verlo inmóvil en el mismo asiento, cual si prolongase mudamente la entrevista anterior.

Volvieron a hablarse, pero completamente solos, en creciente intimidad, sin prestar atención a la orquesta, que ejecutaba su concierto nocturno de valses sin fijarse en las miradas curiosas de algunos paseantes que parecían tomar nota del repentino acercamiento de dos personas que hasta entonces nadie había visto juntas. Una tos seca y persistente hizo volver la vista a Fernando. Era Mrs. Power con la pareja de compatriotas suyos que pasaba por delante de él fingiendo no verle.

A la mañana siguiente se habían encontrado de nuevo. Mina subió a la cubierta en las primeras horas, mucho antes que los otros días, llevando de la mano a Karl. El pequeñuelo, apenas vio a Fernando, corrió hacia él, dejando flotar sus rubias guedejas sobre el cuello azul de su blusa marinera. Este vínculo de aproximación hizo que los dos se abordasen sonrientes, con la mano tendida, continuando la conversación de la noche anterior. Y una vez terminado el almuerzo, Karl se había encaramado por una de las escaleras que conducían a la última cubierta, atraído por la gritería de los niños en pleno juego. Su madre le siguió, mirando antes en torno para ver si Ojeda estaba cerca. Y éste fue tras ella peldaños arriba, como si le atrajese su pálida sonrisa.

«Aún no hace veinticuatro horas que nos conocemos—pensaba Fernando—. ¡Los milagros del encierro común! En tierra, hubiese necesitado meses para llegar a esta intimidad.»

Se habían aislado los dos en medio del rebullicio que agitaba al pasaje con motivo de las próximas fiestas del paso del Ecuador. Fernando seguía a la alemana en la vida de modesto apartamiento que hasta entonces había llevado, tímida y orgullosa a la vez. La noche anterior se había acercado Isidro a él cuando estaba hablando con Mina. Debía recordarle que era uno de los presidentes del comité organizador de las fiestas, y los señores de la comisión reclamaban su presencia antes de terminar el programa. Pero Ojeda repelió con mal humor el inoportuno llamamiento. Maltrana podía representarle: delegaba en él toda la majestad de su importante cargo.

A la mañana siguiente le buscaron los señores de la comisión. Solicitaban su concurso para la velada literaria y musical, una fiesta en la que todos los pasajeros poseedores de alguna habilidad artística iban a mostrarla, para el gozo estético de sus compañeros de viaje. Sonaba el piano incesantemente en el gran salón bajo los dedos entorpecidos de las señoritas que preparaban su «número». Otros pianos no menos balbuceantes y expuestos a error contestaban desde los extremos de la cubierta, en la sala de los niños y en los camarotes de gran lujo. Voces aflautadas y tímidas vocalizaban romanzas sentimentales, canciones napolitanas, y se interrumpían para decir: «¡Viniendo artistas a bordo! ¡qué atrevimiento!…». Algunas jóvenes, bajo la crítica severa de un tribunal de padres y de tías, recitaban versos en francés, tapándose con un abanico los ojazos ardientes de criolla o la boca carmesí, en la que empezaba a diseñarse la seda de un leve bozo, contorsionando con reverencias de dama versallesca sus caderas en capullo de futuras procreadoras.

Ojeda repelió con terquedad estas invitaciones al «gran poeta» para que recitase algunas de sus obras. Él no gustaba de tales fiestas: no sabía decir bien dos versos seguidos; además, una gran parte de los oyentes no entendían su idioma. Podían dirigirse al conferencista italiano o al abate de las barbas, que hacían el viaje para divertir al público. Él se había embarcado con otros propósitos… Por cortesía, los invitantes se dirigieron también a Mina, recordando que la habían visto sentada al piano. Podía «llenar un número». Pero ella se negó ruborizada, alegando que no era artista, sino la simple esposa del director de orquesta, y su intervención podía molestar a las «estrellas» de opereta que venían en el buque. Y los invitantes no creyeron necesario insistir más cerca de una mujer pobremente vestida y que se apartaba de todos con huraña modestia.

Su trato con Fernando infundía una nueva animación en su existencia. Parecía resquebrajarse después de cada entrevista el aislamiento en que había vivido hasta entonces, como en un caparazón erizado de púas. Y en este resurgimiento contemplábala Ojeda cada día con mayor interés. Iba revelando su pasado fragmentariamente, con titubeos de modestia, cual si temiese fatigar la curiosidad de su amigo. Ruborizábase con la evocación de ciertos infortunios que había deseado olvidar, para mantenerse de este modo en la paz de una vida monótona, sin esperanzas ni recuerdos.

¡Su brillante entrada en la vida, mucho antes de conocer al maestro Eichelberger, cuando la aplaudían en los teatros de Alemania y aprendiendo luego el italiano interpretaba las obras de Wagner en las escenas de Europa y América!… Diez y nueve años; su voz no era portentosa: justa y precisa nada más; la necesaria para cantar su parte sin ahogos. Pero los entusiastas del gran mago la apreciaban porque sabía entrar «en la piel de los personajes». Wagner poeta, creador de héroes épicos, intérprete de conflictos humanos, le inspiraba tanta adoración como Wagner músico. Durante mucho tiempo, por un fenómeno de artística adaptación, había creído ser Brunilda. Su verdadera personalidad era la de la hija de Wotan. Sólo vivía de noche, a la luz de las baterías escénicas, acompañada en sus pasos y lamentos por la música misteriosa que surgía del abismo orquestal. El pecho encerrado en los mamilares de la coraza de escamas, el metálico casquete rematado por dos alas blancas, la lanza vibradora en una mano, el manto purpúreo siguiendo con una flotación de bandera su paso vigoroso de virgen fuerte: todo esto había sido la realidad. La vida en los hoteles, los viajes por mar y por tierra, las míseras rivalidades de profesión, eran un ensueño incierto e incoloro, un limbo del que sólo guardaba pálidos recuerdos.

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
30 mart 2019
Hacim:
760 s. 1 illüstrasyon
Telif hakkı:
Public Domain
İndirme biçimi: