Kitabı oku: «Nínive», sayfa 10

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X. VIP

Vista desde el exterior, la caseta de seguridad es el dibujo de un niño, una casita del juego Monopoly, con sus cuatro paredes y un tejado primoroso, a dos aguas. Desde el interior llega una voz: un comentarista deportivo.

Katya decide espiar la cabaña y ve el rostro de un hombre, tan próximo que resulta perturbador. Reuben está inclinado hacia atrás en su asiento, con los pies sobre una pequeña mesa y los hombros contra la pared, justo debajo del marco de la ventana. Apoya la cabeza en un alféizar angosto. Parece distendido, no obstante la aparente incomodidad de su postura. Ella advierte que tiene las manos plegadas sobre la barriga, por encima del grueso cinturón de cuero, provisto de una funda para el arma. Uno de sus dedos tamborilea.

Katya da un golpe en la ventana y él se yergue de manera abrupta, patea la mesa, la tumba y mira, sañudo, a su alrededor, a la caza del intruso. Ella le sonríe a través del cristal y lo saluda con la mano. Sin embargo, su semblante denota una suerte de horror.

¡Es un tipo asustadizo! Su mano –nota Katya– se posó de inmediato en su cadera. Ahora se aleja, ecuánime. Nuevamente repara en que porta un arma larga, real. Quizá deba ser un poco más comedida en su trato con estos guardias, sin importar sus sonrisas y el cascabel de la bicicleta, similar al de un duende.

–Hola –dice Katya–. Déjeme pasar un segundo. Necesito preguntarle algo.

Percibe un movimiento subrepticio en la penumbra, detrás de Reuben. Reconoce a Pascal, atrincherado en los confines, reducidos e inexplicablemente oscuros, casi púrpura, del nodo de seguridad.

Le permiten entrar, de mala gana. Huele a sistemas electrónicos calientes y a marihuana. El espacio, restringido, contiene los elementos básicos para vivir. Ella contempla, con interés, un teléfono gris ubicado en un rincón: un auténtico teléfono fijo. Hay otros objetos, más íntimos. Colillas en un cenicero de hojalata. Una botella de Coca-Cola de dos litros vacía, junto a la puerta. En una esquina, una manta doblada sobre un delgado colchón revestido de algodón. El efluvio dulce y agrio de dos hombres que habitan un espacio acotado, con una fuerte nota de base que revela la presencia de un perro.

Aunque apenas cabe una sola persona en este sitio, se las arreglan para trasladar aquí y allá las piezas de rompecabezas que conforman su mobiliario –una mesa, dos sillas desvencijadas–, a fin de ofrecerle un asiento. Advierte que Reuben apaga a toda prisa un porro y lo tira por la ventana abierta y rajada. Mientras tanto, Pascal, que presumiblemente encubre a su compañero, se adelanta, coloca una silla del lado de la mesa donde ella se encuentra y, al mismo tiempo, extiende un brazo para silenciar la televisión.

Al final, una vez concluida toda esa movilización de muebles, el grupo se halla dispuesto de la siguiente forma: los dos guardias están de pie, juntos y entumecidos, a un lado de la pequeña mesa plegable, y Katya se encuentra sentada frente a ellos, como si los estuviera entrevistando o despidiendo de su empleo. Tal distribución no le proporciona demasiada holgura a nadie. Reuben tiene un aspecto taimado, y Pascal, un ademán distraído –sus ojos no dejan de desviarse hacia la pantalla, donde se transmite un partido de futbol que, por lo visto, le provoca embeleso.

La caseta es asfixiante y está saturada: normalmente, ninguno de los tres se aproximaría tanto al otro, lo cual agudiza la noción de crisis que corroe a Katya.

–Hola, muchachos. Lamento molestarlos –comienza a hablar, pero pronto rectifica su tono. Es una investigadora, razona, y como tal, no es impropio establecer cierta distancia ante sus subalternos. En esta coyuntura, su overol verde no es el atuendo idóneo. En un sentido jerárquico, la prenda posee, de algún modo, un rango menor al del uniforme de un guardia de seguridad. Y más aún si no va acompañada de accesorios como calcetines o zapatos: Katya se vistió con prisa.

–Pascal. Reuben –afianza los pies bajo la mesa y los desliza hacia delante. Luego se repliega: su dedo desnudo empuja algo tibio y consistente, similar a un almohadón de cuero templado. El almohadón gruñe y Pascal espeta una orden y se encorva para sujetar algo –que sea el collar de Soldado, implora Katya.

–Perdón –dice, y se reclina en la silla, retrayendo los pies todo lo que puede–. Bien, esto va a sonar extraño pero, ¿alguno de ustedes vino a mi departamento anoche?

Pascal domina la irresistible atracción que ejerce la pantalla televisiva sobre sus globos oculares. Reuben dilata un poco los suyos y succiona sus mejillas.

–¿Dentro? ¿Dentro de su casa? –inquiere Pascal–. No podríamos hacer tal cosa aun si lo deseáramos.

–No figuramos en el sistema –apunta Reuben, y exhibe su pulgar a modo de ilustración, gesto que resulta vagamente insultante.

–¿Por qué? –pregunta Pascal, que comienza a intuir la situación con mayor presteza–. ¿Tuvo problemas?

–Escuché a alguien anoche. Alguien usó el baño.

Los hombres se miran uno al otro. Silencio.

–Esto sucedió en la Dos. Unidad Dos –dice Reuben de manera flemática.

–Dos. En mi departamento.

–No es posible –asevera Pascal–. ¿Está segura de que no lo soñó?

–¡Sí! Por Dios. Pueden venir y comprobarlo por ustedes mismos. Escaleras arriba. ¡Alguien estuvo ahí!

De nuevo se lanzan una mirada fulminante. El partido de futbol ha caído en el olvido.

–De acuerdo. ¿Pero por qué no nos llamó? –pregunta Reuben– Llámenos la próxima vez. ¿Tiene nuestro número? Se lo anotaré.

Sin embargo, no emprende acción alguna.

–O haga esto –Pascal se agacha y atiza la pared con una mano, aspaviento que la sobresalta y también turba a Soldado: percibe un desplazamiento de aire cálido bajo la mesa en el instante en que el perro salta. Ambos, Katya y Soldado, están habituados a que el guardia, de estatura considerable, realice movimientos más apacibles. Junto a la mano de Pascal hay un botón rojo y brillante, similar a los de su departamento, sólo que este es de mayor tamaño y se encuentra cerca del suelo.

–Claro –afirma, momentáneamente aturdida. Había olvidado por completo esos botones.

–Oprímalo. Además, funciona con batería.

–Muy bien.

–Entonces, sí, iremos a echar un vistazo, si quiere –dice Reuben–. Pero en realidad no creo que alguien haya estado ahí.

–Sí, vamos a lidiar con eso –agrega Pascal, y toca el arma que lleva en la cadera–. No se preocupe.

Aguardan a que Katya se marche. Mientras camina en dirección opuesta a la cabaña, escucha el partido de futbol, que han vuelto a poner a todo volumen.

Katya se sienta ante la repisa de la cocina y abre su cuaderno. Aún está penosamente vacío. Y sucio, moteado con huellas negruzcas de dedos. Y el señor Brand necesita un reporte. Intenta concentrarse.

“Las cosas son así, bastardo cicatero...”

Rechaza la voz de Len, como si la apaleara con un bate de béisbol. Pero, ¿qué más puede decir? Se siente perpleja. Por un lado, he ahí la esterilidad de Nínive. Es insólito que en un paraje no haya el menor signo de vida: ninguna mosca que incordie en el cristal de una ventana, ninguna araña diminuta y transparente que descienda por su filamento desde el canto del marco de una puerta. Nada sino ruidos peculiares durante la noche.

Por otro lado, en excéntrico contraste, existe una naturaleza salvaje, profusa y pululante más allá del muro de contención blanco: un nudo gordiano de ciénaga y raíces y tallos que parlotea y se escabulle, que ella ha vadeado, que ha salpicado y embarrado su uniforme verde oscuro. La exuberante acritud del lodo evidencia, por sí sola, la fuerza vital del exterior. El pantano representa, de manera irrebatible, el centro de reunión de diez millones de especies enjoyadas, limosas, que trepan, bullen, culebrean, muerden... De un lado del muro, no hay nada que uno pueda considerar una plaga perjudicial; del otro lado, prolifera todo. Quizá la propia marisma constituya el problema: una criatura gigantesca y pestífera. Nada menos radical que un desagüe completo resolvería la cuestión. Pero, ¿cómo expresar lo anterior en un ensayo o diagrama pulcro y profesional?

Y es que resulta esencial que lo haga. Y es que si el complejo no posee una peste, no hay solución humana que idear ni motivo para que ella se encuentre aquí. Se ha dado cuenta de una cosa: le gusta habitar Nínive. No está lista para volver a casa.

Debe tratar de ser metódica, seguir su táctica a pie juntillas. Cuenta con una rutina probada y fiable, con una fórmula para ejecutar su labor. Observaciones, curso de acción, desenlaces.

Subraya la palabra NÍNIVE una vez más. Escribe: “Observaciones”. También subraya este último vocablo y luego vuelve al título y traza un rectángulo a su alrededor. A continuación, permanece inmóvil durante un rato, mordiendo la punta del lápiz. Dibuja un diagrama de Nínive. Anota: “Promeces palustris”. Esboza un plano de su departamento, un esquema representativo. Se ensimisma en sus pensamientos. Pinta a una oruga geómetra fumando un cigarro.

Nada.

De pronto surge nuevamente: el ruido, el mesurado tictac. Es como si estuviera junto a su oído. En esta ocasión, por fin, rastrea las señales que envía la radiobaliza y se dirige al baño. El sonido proviene de la ducha, al estilo de la película Psicosis, cuya cortina está desplegada. Ella se aproxima. Descorre la cortina con un movimiento impetuoso, semejante a un latigazo, y en un principio no divisa nada. El ruido se detiene de forma abrupta. Azulejos blancos, lechada blanca, grifos y regaderas plateadas.

Recién mira hacia abajo, descubre el origen del repiqueteo. Es muchísimo más menudo que el sonido que emite. Se acuclilla y, aunque no usa guantes, lo aloja con benevolencia en su palma.

El prisionero revolotea entre sus manos, en forma de cuenco, igual que una incógnita. Lo traslada a la cocina, donde su cuaderno yace abierto.

Jamás ha proclamado ser capaz de hablar la lengua de los animales; con frecuencia, las bestias se comunican en idiomas abstractos. No obstante, a veces una criatura viviente expone el mensaje más diáfano y carente de ambivalencia que el mundo pueda conceder.

Abre sus manos y permite que la criatura se desplace –oblicuamente, despacio, igual que una idea– a lo largo de la página.

¡Genial!

A las dos en punto, Katya se instala en un banco ornamental situado justo fuera del portón de Nínive y espera la llegada de Toby. Una paloma color lavanda se posa sobre el muro, a sus espaldas. El ave la observa.

–Lo siento, amiga –le dice–. Hoy no hay nada para ti.

La paloma adivina su mentira flagrante, ladea la cabeza y clava la mirada –anular y carmesí– en la lata de carne de ternera, con perforaciones a los costados, que lleva en la mano.

–Oh, no, no, no, no, no es para ti, esta preciosa mierda –dice, y usa su bolsa como escudo para salvaguardar la lata y proporcionarle algo de sombra–. Se trata de alguien VIP.

No percibe ninguna actividad dentro de la lata, ningún ajetreo o vibración, y ruega con fervor que su pequeño pasajero viaje sentado, yerto. Son buenos en eso, por supuesto: se ponen en cuclillas y ahorran energía para impulsarse y brincar en el momento oportuno. Katya levanta la cubierta, dejando apenas una rendija, y espía a la criatura sometida, fulgurante como una gema, tomando la precaución de colocar una mano en la parte superior de la lata, en caso de incidentes relacionados con algún salto sedicioso. Ella –o él– yace, totalmente pasiva –pasivo–, en un cojín de papel higiénico húmedo, a la manera insondable de los anfibios.

Las ranas son obsequios ambiguos. Son aquello que los niños traviesos le dan a las niñas que pretenden seducir, con el propósito de generarles repulsión. Son aquello que Len les regalaba a Alma y Katya para jugar en una época en la que anhelaban muy poco.

Las hermanas recibían dichos presentes de forma muy distinta. Cuando Katya descubría a sus ranas –sobre su almohada, o dentro del baúl de hojalata donde guardaba sus ropas enmarañadas– experimentaba una identificación secreta, y su deleite corroboraba que había en ella más de bestia que de bella, como ocurría con su padre. Sin embargo, el gesto de Len suponía una crueldad irreflexiva, igual que cada uno de sus actos. Nunca consideró que probablemente su hija querría conservar a la rana, tras su espectacular aparición. Nunca consideró que podría encariñarse con el animal. Las primeras veces ella probó, desde luego, hospedar a las ranas en frascos de mermelada, donde incluía agua de estanque y moscas para que se alimentaran, pero en ese entonces ignoraba cualquier técnica y todas morían. De modo que cuando su padre le obsequiaba una criatura acuosa y de ojos rutilantes, le obsequiaba también su cadáver. Ella percibía una lección en aquel hecho, aunque resulta inverosímil que tal fuera el designio de Len.

¿Qué significaban esos regalos para su hermana? Le daban a Alma la oportunidad de soltar el alarido que siempre contenía en su pecho. El padre inflaba el cogote como una rana toro, imitaba el croar de la bestia mediante eructos, e incluso era capaz de perseguir a la niña para insertarle el animal por la parte delantera del vestido. Cierto día, Alma le contó a Katya que jamás pudo librarse de la sensación que le produjo el contacto con la viscosidad. Actualmente, los hijos de Alma no tienen mascotas.

Pero eso es asunto de Alma, no suyo. Katya y las ranas siempre se han llevado bien. Y ahora sabe un poco más acerca de ellas: pasó la noche previa estudiando su nueva guía de campo. Reexamina el estado en que se encuentra su amiga. Ningún movimiento.

–Vamos –le dice. La toca con la punta del dedo y le da un golpecito en la espalda fría. La bestia recula, flexionando las patas. Está viva, entonces.

Finalmente, divisa una silueta que asciende por el largo y níveo corredor de palmeras, agrandándose y adquiriendo la fisonomía inconfundible del vehículo de RIP. Sostiene su envase de lata contra el pecho y saluda con la mano. Le complace mucho ver su camioneta y a Toby al volante.

Las mangostas han demostrado ser unas compañeras de viaje muy estimulantes. Toby hizo su trabajo lo mejor que pudo. Procuró confinar a siete de ellas en dos de las cajas de máxima seguridad, especialmente diseñadas para trasladar animales de manera compasiva. Se trata de clientes escurridizos, desenvueltos y dúctiles –además, su mordedura es aviesa–. En tanto la camioneta trastabilla fuera del estacionamiento, comienzan a huir de las cajas, rompiendo pestillos y apretujándose en agujeros con tamaño de bocallaves.

–Carajo –farfulla Toby cuando la cabeza de uno de los animales embiste la ventana corrediza que separa la cabina del sector trasero.

Katya lo repele con un ligero golpecito en la nariz y forcejea para cerrar la ventana, que se atora a mitad de camino. La parte posterior, en penumbra, es un pandemónium de bestias amotinadas.

–Así que este es el grupo de la Sociedad para la Prevención de la Crueldad contra los Animales. ¿Cuál es su historia?

–Alguien trató de exportarlas como mascotas exóticas. Trató de sacar partido de la moda de los hurones, ¿te das cuenta? Inconcebible.

–Ajá.

Katya no sabe con certeza si le agrada la sucinta artificiosidad del tono de su sobrino. Después de todo, este es su negocio. Tampoco le gusta el desenfado con el que gira el volante del vehículo de RIP. De cualquier modo, Toby no es tan imperturbable y perspicaz como simula ser (no llega ni a la mitad del personaje por el que se hace pasar). Luego de tres días a cargo del timón de Reubicación Indolora de Plagas, sus ojos se han vuelto algo indómitos y su rostro algo demacrado.

–Ve más despacio. Dios. No me extraña que se estén sobreexcitando. Por lo demás, déjame entender bien las cosas: ¿han pasado toda la noche ahí atrás?

–Bueno, mierda, no sabía qué hacer... Meterlas en las cajas fue un infierno y... bueno, ¡están locas, Katya! No sabía dónde ponerlas o... o nada. Les dejé algo de agua y algo de muesli y... ¡Ay! –zarandea el volante, derrapa y pronto retoma su dirección.

Otro prófugo traspasa la barricada, escala el reposacabezas de Toby y clava las garras en la cima de su cráneo.

–Puta madre –dice Katya, y le endilga la lata–. Toma esto un segundo.

Toby coge el envase a ciegas y maneja con una sola mano. Entretanto, ella desenreda la mangosta del cabello del muchacho –haciendo caso omiso de una punción dolorosa en la almohadilla de su pulgar– y fuerza al animal a regresar a la parte posterior. Atrás impera el caos: ojos dementes y espirales nervudas de pelaje. Katya corre la ventana todo lo posible, hasta que se atranca, e inspecciona su dedo.

–¡Mierda! ¡El pequeño cabrón me mordió!

–Te lo dije.

Presiona el pinchazo sangrante contra el muslo. Sus pobres manos, jodidamente laceradas. Tendría que ponerse la vacuna antirrábica, pero sabe que no lo hará. Ha recibido dentelladas de toda clase y de momento la suerte la ha favorecido.

–Quizá sea mejor que yo conduzca, Tobes –dice, en tanto recobra la lata.

–¡Estoy bien! –masculla el chico, y zigzaguea.

–Estás fuera de control, Tobes. No puedo creer que las hayas dejado ahí toda la noche.

Tamborilea la lata suave, con las puntas de los dedos, produciendo un ritmo sedativo –o esa es su intención–: busca el efecto de gotas de lluvia sobre un techo de estaño o de hojas que crujen.

–¿Mencioné alguna vez que en RIP no matamos animales?

Es verdad: ni siquiera por accidente. Ha habido ciertas lesiones, ciertas mordeduras malsanas sufridas por ella misma pero, hasta ahora, ninguna baja. Esperemos que Toby no sea la primera, piensa. Alma la asesinaría.

Finalmente arriban a los arenosos terrenos descampados de Baden Powell Drive, a la Reserva Natural Wolfgat. Toby maneja la camioneta en reversa para internarse en las dunas. Abren la puerta trasera y permiten que las coléricas mangostas se desborden de las jaulas estropeadas. Katya las cuenta, desde la primera hasta la séptima, mientras serpentean y se pierden en los matorrales, y Toby musita “voetsek”11 al verlas partir, con un talante que a ella le parece indecoroso y algo impropio de RIP, por estar colmado de veneno.

Del otro lado de la ruta, en una depresión que hay en medio de las dunas bajas, comienza Khayelitsha: un océano polvoriento de tejados y paredes de zinc –maltratados por la brisa, de color arena y humo– que se extiende hasta el horizonte. A lo lejos, en el extremo opuesto, la Montaña de la Mesa es un rumor pálido. Cada vez que Katya conduce por este rumbo, observa que el barrio ha crecido. La carretera, rodeada de médanos, apenas subsiste. El viento es implacable. Las dunas se erigen a medio camino, a lo largo del asfalto, y los automóviles no tienen otra alternativa que virar para eludirlas.

En la dirección contraria, las chozas son impelidas hacia el mar debido a la compresión ejercida por la improvisada metrópolis que se alza tras ellas. Katya rememora la aglomeración de madera y casas de estaño en las inmediaciones de Nínive. Aquella población también crece, se propaga subrepticiamente, se abre paso a través de la marisma, alcanza el siguiente asentamiento informal y el siguiente, interconectándose, hilvanándose a partir de rutas de taxi y atajos entre la maleza. Quizá esta sea la ciudad real, y las áreas de ladrillos y yeso representen una anomalía, una intransigencia obstinada, demasiado rígida para desplazarse o difundirse.

Katya y Toby se apartan del lugar. La arena restalla bajo los neumáticos. Ella se percata de que el chico también está exhausto. Asumir las responsabilidades de un adulto, aunque sea durante tres días, parece haber mermado su alegría innata. Haz la prueba de dedicarte a esto los próximos veinte años, chiquillo.

Pero hay un nuevo viso en su actitud: una tensión que –intuye– no se relaciona en nada con los escollos del trabajo. Toby se muerde los labios y –advierte Katya– cada cierto tiempo contempla su imagen en el espejo retrovisor. El adolescente reacomoda su mechón sobre la frente sin ningún propósito.

–¿Cómo me veo? –indaga– ¿Luzco cansado? Creo que me veo cansado. Fíjate en mis ojeras.

Katya deja el comentario suspendido en el aire durante uno o dos minutos.

–Te ves espléndido.

Él le echa un vistazo. Ella aguarda su sonrisa de dientes separados: la añoró.

–¿Y qué es esa lata? –interroga.

–Carne de ternera.

Toby frunce la nariz como si nunca hubiese oído hablar de algo tan repugnante en toda su vida.

–Pero mira. En el interior. Observa –abre la tapa y deja un resquicio–. Lindo, ¿no?

–¡Oh! –sus ojos se agigantan de admiración–. Es maravillosa.

Para Toby, el universo de las bestezuelas es femenino. Escudriña a la reclusa VIP a la manera de un padre amoroso que se asoma a un moisés.

–¿Puedo? –toma la lata y vierte el contenido en su mano. La cautiva resbala y se acuclilla en su palma.

–Cuidado. Es saltarina.

No obstante, el muchacho posee manos hábiles. La criatura se posa con serenidad, confiada. No es más grande que la articulación superior de su pulgar. Tiene una magnífica tonalidad gris parda irisada y una línea de oro lívido a lo largo de la espina dorsal. Una rana no ostentosa –sin coloraciones rojas o azules que indiquen la presencia de ponzoña–, pero con una belleza única y discreta, propia de la vida en los bosques.

Su garganta palpita y se abulta de modo enigmático. Seguramente está ponderando sus opciones: brincar o no brincar. La disyuntiva esencial de toda rana.

Criaturas frágiles: delicadas membranas entre los dedos, ojos líquidos, piel suave en el vientre y, sobre todo, una epidermis sensible... Resulta fácil comprender que la alteración más leve, una ínfima desecación del mundo, las afecte de forma violenta, con semejante barrera húmeda y susceptible de estremecerse entre su interior y su exterior. El vigor de sus piernas siempre es una característica sorprendente.

–Mamá dice que ustedes solían entretenerse con ellas. Como si fueran mascotas.

Insólito que Alma le haya contado eso.

–De hecho, son una buena compañía. Aunque no te proporcionen abrigo por la noche.

Llegan a casa cuando ha caído el crepúsculo y Katya se siente extenuada e irritable después de un larga jornada. Las luces arden en el piso superior de su casa. Toby frena súbitamente la camioneta y sus ojos fluctúan: se dirigen hacia la ventana del dormitorio y a continuación retornan al parabrisas.

–Pues bien –dice, y ejecuta un redoble de tambor sobre el volante–. Ey, mira, el viejo Derek.

En la acera opuesta de la calle se yergue la figura apesadumbrada de Derek, que hoy lleva un chal rosa sobre la cabeza y una bufanda de motivos florales alrededor de su pierna izquierda. Sigue resistiendo los embates de la vida.

–¡Barco a la vista! ¡Derek! –aúlla Toby, y brega para abrir la ventana herrumbrosa.

Derek se tambalea y da una vuelta de trescientos sesenta grados, ofuscado.

–Hola –se escucha un bramido anémico cuando los localiza–. ¿Tienes algo de tabaco?

–No, lo lamento.

–¿Le das cigarros a menudo?

Toby se encoge de hombros.

En la acera donde trastabilla Derek se han construido, de la noche a la mañana, nuevos muros de ladrillo.

–Puta madre –dice Katya–. Sea lo que sea, se está edificando rápidamente.

–Creo que son departamentos –sugiere Toby–. Pero al margen de eso, ¿conoces a la chica?

–¿Qué? ¿Cuál chica?

–Tasneem. Vive en la misma calle, más arriba. Nos encontramos con ella hace poco.

–La chica de las grietas. ¿Qué hay con ella?

–Bueno, es que...

No es necesario que continúe. Sus ojos delatores no dejan de remontarse hacia la ventana encendida. Ah, piensa Katya. Romeo. Julieta. Por Dios santo.

–¿Está aquí, Toby? ¿En casa?

–Bueno, sí. Aunque sólo por un par de días. Ha estado ayudando. Con el trabajo y demás.

–¿Con el trabajo?

–Sí, es increíblemente buena. En tomar notas y eso. Y con el dinero.

–Con el dinero.

–Estudia contabilidad en la escuela. Es sensacional, ya verás, te va a caer muy bien.

–¿Sabes qué? Ha sido un largo día. Por favor, entremos y punto, ¿de acuerdo? Y saquemos esa mierda de la camioneta. En realidad, puedes hacerlo por tu cuenta. Pon todo en la cochera.

–Carajo...

Toby camina, furibundo, hacia la puerta de la cochera. La aborrece aún más que ella.

Alguien aporrea la ventana que corresponde al copiloto y un pájaro maltrecho bate las alas, de plumas grises, contra el vidrio.

–Derek –le dice Katya exangüe al tipo que golpea su ventana con el puño envuelto en un vendaje. Baja el cristal, dejando una ranura de dos dedos de amplitud–. Hoy no hay nada, amigo.

El sujeto retrocede, pero la mira fijamente con una mueca de desaprobación, mientras ella se apea del vehículo.

Se rumora que alguna vez Derek tuvo una vida, un empleo como funcionario público. Y él mismo rezuma ciertos atributos que hacen que el hecho resulte plausible. En este instante, por ejemplo, su expresión es la de un agente que presenta una orden de comparecencia ante un juzgado a cargo de las infracciones de tránsito: adusto, obcecado, quizá algo decepcionado de ella.

Las vendas de Derek no cubren heridas reales, o al menos no excoriaciones físicas. Siempre las lleva puestas y se desplazan de un miembro a otro, según su capricho o desvarío. Aun así, vendado como está, es un personaje que enaltece el sufrimiento de manera elocuente. Sigue a Katya hasta su casa. Se aproxima demasiado. Es un hombre alto, incluso pujante, si uno se toma unos minutos para reparar en ello.

–Nada el día de hoy –repite, arisca–. Perdóname.

Abre la puerta y se introduce con celeridad, sin volver a mirarlo.

Inmediatamente se da cuenta de que algo ha ocurrido. Cierta fuerza advenediza ha atravesado la casa cual un terremoto. Percibe frescor. Una sensación de holgura y claridad. Pareciera que las paredes y los techos se hubiesen alejado unos cuantos metros. El impacto es tan arrollador que se queda pasmada durante un rato, indecisa, con la llave en la mano, como si existiera otra puerta invisible, que aún debiera abrirse.

Sin embargo, no puede explorar ese sentimiento inusitado, no todavía, porque la muchacha se encuentra en la sala, parada sobre su sofá, con las rodillas tiesas, apoyadas contra el respaldo, y una mano extendida en la pared, escrutando el techo. Da un giro y le sonríe a Katya y a Toby. Su pose exhibe, jactanciosa, un cuerpo elástico: camiseta blanca sin mangas que se desliza hacia arriba, ceñida a una piel oscura, y short camuflado. El dorso de sus rodillas es un poco más pálido que sus fibrosas espinillas. Un par de sandalias de caucho yacen sobre la alfombra.

Toby se contorsiona, igual que una mangosta, para ubicarse junto a Tasneem. Ambos le sonríen a Katya: ella vagamente, él con una especie de súplica meridiana. ¡Se afana tanto en ser cordial! Katya observa que el chico se yergue de manera engorrosa: la menor incisión de una fiera puede producir daño.

–Ella es Tasneem. Tas, ella es mi tía Katya.

La adolescente rebota y baja del sofá. Ofrece la mano, le da un apretón fuerte, como si quisiera apresar la suya, y su sonrisa desvela grandes dientes de porcelana.

–Claro, nos conocimos. ¡Vaya! Ustedes dos sí que apestan –dice.

–Pipí de mangosta –apunta Toby con autoridad–. Es hediondo.

Tasneem señala la pared, por encima del sofá.

–¿La ves?

–¿Ver qué? –Katya se vuelve para otear el sitio indicado.

–¿Ves? Es enorme, para colmo de males.

–¿Qué cosa?

–La grieta –afirman Tasneem y Toby al unísono.

La chica se encarama nuevamente en el sofá y expone el surco.

Katya se da cuenta del estropicio, en efecto. La grieta ha crecido hasta tornarse descomunal. Mierda, tiene la amplitud de un dedo y el resquicio no es oscuro: hay una filtración centelleante, una delgada franja de luz vespertina que se esparce desde alguna fisura en el muro exterior. Toby trepa al sofá, coloca la oreja contra la pared a fin de escuchar algo y luego se frota las manos, como si deseara entibiarlas al calor de un asado fantasmagórico.

–Mira, se siente una brisa –dice.

Katya se sitúa entre los dos jóvenes. Eleva una mano a modo de experimento, sin tocar nada, colocando la palma a unos centímetros de la hendidura. Irrumpe un viento leve, proveniente de las vísceras de la casa. Se aparta y casi tropieza en el suelo.

–¿Significa esto que la grieta sigue un itinerario? –pregunta Toby– ¿Que atraviesa toda la construcción?

–No sé. ¿Cómo podría saberlo? Puta madre.

Esa exhalación que emana la brecha le ha generado un escalofrío.

Los chicos abandonan el sofá y se plantan delante de ella, obstruyendo su camino. Ella los empuja y va hacia la cocina. Deja caer su bolsa y se queda patidifusa y pesquisa todo a su alrededor.

Es un sueño insondable. Se trata de su propia casa, pero alterada. Una sospechosa dosis de luz parece ondular, cual una marejada, a través de las ventanas. Las persianas se han esfumado, eso es. Los vidrios: limpios, alabastrinos como el agua. Y el casillero para guardar archivos, vetusto y de acero gris, que solía agazaparse justo aquí, en el inconveniente rincón entre la escalera y el comedor de la cocina, donde a menudo se golpeaba el muslo al pasar... El casillero se desvaneció. La mesa auxiliar, de pino y con un trozo de madera debajo de una de las patas para estabilizarla, también ha desaparecido. Todo brilla de forma espuria. Los pisos fulguran, voluptuosos. A Katya le toma unos segundos percatarse de que el resplandor se debe a la ausencia de la alfombra. Todo está desarticulado, todo es sobrio y aséptico. ¿Emigró sólo durante un par de días?

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9786078764266
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