Kitabı oku: «Nínive», sayfa 9
–Vamos, toma unas papas y deja que se deslicen por tu cogote –dice, y le alcanza el paquete de aluminio pringoso.
Ella sacude la cabeza.
–¿Cuál es el problema? ¿Mucha presión en el trabajo?
Katya pone los ojos en blanco, con hastío. Pero en realidad está pensando en las páginas vacías de su cuaderno de apuntes. Y en el señor Brand, y en la reunión que presuntamente tendrá con él, y en la peste intangible que no es capaz de detectar. A su lado hay un hombre que sabe de plagas más de lo que presumiría cualquier individuo vivo. Katya cruza los brazos a la altura del pecho y rechina las muelas.
–Papá. Estos bichos. Tú sabes a qué me refiero.
–Unas linduras, ¿eh? –eleva las cejas, a la espera.
–No los he visto. Nada, ninguna infestación. Si alguna vez hubo alguna, se esfumó.
Él ahoga una risa trivial, en tanto se lleva el vaso a la boca.
–¿Qué? ¿Qué resulta tan gracioso?
Len se inclina hacia delante y afirma en una erupción de vehemencia:
–Están ahí. Aparecen y desaparecen. A veces puedes verlos, si estás ojo avizor, y a veces no. Un día hay uno o dos, y al siguiente... –su mirada se ensancha y toma un sorbo de whisky.
–Bueno, quizá te deshiciste de ellos en su totalidad. Quizá este año no formen un enjambre.
–Ah, no. Oh, no, no. Van a llegar, definitivamente. Y pronto... –establece un paréntesis; trata de anticiparse a las próximas palabras de su hija, pero no logra contenerse– adelante, pregúntame cómo lo sé. Pregúntame.
Katya medita en torno al asunto.
–Oh.
–¡“Oh”, dice ella! ¡Oh!
–Garantía del servicio brindado.
Len chasquea los dedos: ¡Katya lo entendió en un tris!
–Papá. ¿Qué has hecho?
Él rechaza el cuestionamiento con un gesto de recato.
–No mucho, no mucho. En un inicio no era nada: un trabajo ridículamente fácil.
–¿Los bichos?
–Promeces palustris. Es mejor atraparlos cuando todavía se encuentran en estado larval, por supuesto, si sabes dónde buscar. Hay que meterse allí con el veneno. Pero sobrevivieron unos pocos, brotaron y se pusieron a hacer sus fechorías: roer alfombras, morder a los visitantes y demás. Entonces llamaron a tu viejo para liquidarlos.
–Pero no los eliminaste. Proliferaron... y destruyeron el lugar.
–¿Crees que podrías haberlo hecho mejor? Claro, para entonces ya era algo tarde, corría el mes de julio, pero hice lo que pude. Además, había otros problemas: cucarachas, gallinas de Guinea cagando en los techos, esa clase de cosas. Estuve ahí dos meses y déjame decirte que todo pudo haber sido mucho peor sin Len Grubbs –resuella–. No debes decirle nada a ese Brand, un hijo de puta. Protestó por el pago desde el principio. Y al final me estafó. Por eso pensé en joderlo. Cuando el trabajo terminó, me aseguré de dejar un par de tarjetas de presentación. Tomé ciertas precauciones.
–Garantía del servicio brindado.
–Garantía. Estoy al tanto de las cosas. Me cercioré de que siempre ocurriera algo, ¿sabes? Pulgones. Carcomas. Nuestros amigos peludos: las ratas –respira con denuedo y ríe, ostentando como un relámpago su diente faltante–. Y añadí un pequeño caos general. Fue hermoso.
–¿Y qué me dices de los otros acontecimientos? Del hilo de cobre que se hurtó, de todo eso... ¿Fuiste tú?
Su padre se encoge de hombros, con humildad.
–Tal vez sí, tal vez no.
Pese a sí misma, Katya se siente impactada ante la magnitud de la operación. En el transcurso de, ¿cuánto?, ¿nueve meses?, Len se las arregló por sí solo para hacer de Nínive un sitio inhabitable.
–¿Y has estado al acecho del complejo durante todo este tiempo? –investiga.
–He estado en los alrededores, podría decirse.
–¿Pero con qué objeto? ¿Cómo lucrarías con él ahora?
–Mira, he estado aguardando la temporada de escarabajos. Me di a la tarea concienzuda de que esos desgraciados sobrevivieran para poner huevos y he vigilado a los pequeños con ojo paternal, diría yo, mientras atraviesan su etapa de desarrollo.
Metamorfosis. Katya se pregunta si su padre no se ha vuelto, finalmente, un orate sin remedio.
–Por favor, papá. ¿Quieres que crea eso? ¿En serio? ¿Te has dedicado a criar larvas?
–Conozco los sitios donde dejan sus huevos, conozco sus escondrijos. Me he asegurado de protegerlos. Son un buen cultivo. Un cultivo formidable. El enjambre sería un nocaut. Mi plan era: los dejo salir del cascarón y luego Brand vendría a tocar a mi puerta, desesperado. Dinero fácil. Haría que Brand se arrodillara en el lodo y suplicara mi ayuda. Pero en cambio, ¿qué ha sucedido? –Len se aproxima a ella y clava el dedo en su hombro. Katya se aleja–. Surgiste tú, como las bestezuelas que comienzan a reaparecer. Y obtienes todo el beneficio. Difícilmente justo, ¿eh? –su padre se repliega, le da un trago a su bebida y exhibe otra vez su diente faltante–. Pero no importa. Vamos a urdir un plan.
–¿Qué significa vamos, en plural? –interroga Katya. (No, por favor, piensa.)
–Vas a requerir cierta asistencia especializada, mi niña. Conozco a estas criaturas. He batallado con ellas.
–Papá, puedo hacerlo. Es mi trabajo. Me contrataron para eso.
–¿Crees que va a ser fácil? –Len se mofa– ¿Crees que puedes tocarle una melodía a los Promeces palustris con tus flautas indoloras? – la saliva de su padre le salpica las mejillas– ¿Crees que van a seguirte hasta el portón de entrada y abandonar el lugar?
–Sí –dice Katya, estúpida, obstinadamente, y se seca el rostro con la manga del uniforme.
–Bueno. Quizá. O quizá no debas estar tan segura. Como sea, tengo una idea. Escucha bien. ¿Y si yo fuera tu “asistente”? Necesitarás uno. No puedes confiar en esos idiotas, Pascal y como se llame. No, no, mi querida. Creo que es mejor que te apoye tu viejo. Lo resolveremos juntos. Será exactamente igual que en tiempos pasados, ¿eh? –Len se estira, eslabona sus dedos, los invierte y los coloca por encima de su cabeza. Su cuerpo entero se abulta y él sonríe con satisfacción–. Mira, estoy en condiciones inmejorables; estoy listo para trabajar.
–No hago el tipo de trabajo al que estás habituado. No uso veneno, no mato cosas. Ya te lo aclaré.
–¿Y entonces qué haces con las bestezuelas? ¿Las alojas en un lindo hotel? –sofoca una carcajada ante su propio chiste, se palmea la rodilla.
–Cajas. Utilizo cajas.
–Ah, cajas. Ah, bueno, eso es perfecto. ¿Cuántas cajas posees? ¿Veinte? ¿Cincuenta? ¿Quinientas? ¡No tienes la menor idea de lo que estás hablando! ¡Esos desgraciados te van a encerrar a ti en una caja si no te cuidas! Son recios. Ya lo comprobarás. Si lo intentas por ti misma, será un descalabro. ¿Y entonces qué explicación le vas a dar a tu señor Brand, eh?
Katya dirige la mirada hacia abajo, observa su vaso y agita los últimos milímetros de líquido ambarino.
–Dámelo. Si no lo vas a beber, lo haré yo.
Ella le permite tomarlo; él lo desliza por su garganta en un santiamén.
–Te diré algo –Len respira de modo entrecortado–. Te diré cómo procederemos. Vas con tu adorado señor Brand y le comentas: Las cosas son así, bastardo cicatero, en tu propiedad hay una invasión muy seria de animales nocivos, animales nocivos en peligro de extinción, y te va a costar una fortuna mantenerlos lejos, y tomará meses resolver el asunto, y requeriré un asistente especial. Y luego... –ahora su padre se expresa con mímica y arroja un objeto invisible sobre la barra, cual si fuera un rayo– luego lanzas una rana tóxica, o un pequeño y bonito escorpión, ¡justo en el regazo de su maldito traje italiano! ¡Eso sí que lo joderá!
Len se desternilla y Katya también ríe: un desahogo de tanta tensión. Pero rápidamente reniega del instante de hilaridad y frunce el ceño.
–Gracias, pero puedo manejar la cuestión. Por mí misma.
Forcejea para apearse del taburete del bar (estas cosas no están hechas para gente de escasa estatura) y reúne sus bolsas.
–¿Podrías acercarme a donde voy, al menos? –pregunta su padre– Creo que me dirijo hacia la misma dirección.
–No tengo coche.
–Ah.
En un principio, Katya supone que se ofrecerá a caminar junto a ella, pero Len parece haber perdido interés.
–Muy bien... –los ojos de su padre se dejan llevar, sin rumbo, a lo largo de las botellas alineadas en el fondo de la barra.
–Papá.
–¿Mmm?
El fajo de dinero que retiró del cajero aún está en su bolsillo. Extrae un billete de cincuenta rands y lo deja sobre el mostrador.
–Si necesitas algo... –Katya titubea unos segundos– llama a Alma, ¿sí?
–Igualmente. Lo mismo para ti, mi amor –dice Len mientras recoge el efectivo–. Lo mismo para ti.
Nota
10 Rand es la moneda de Sudáfrica. [N. de la T.]
IX. INFRAMUNDO
Poco después, Katya regresa a la librería y compra, con un talante pertinaz, la Guía completa de los insectos de África del Sur y –qué demonios– otra especializada en ranas, y otra en serpientes y reptiles. Carajo: ella también puede aprender nombres en latín.
Los libros le añaden un peso considerable a su cargamento. Brega a lo largo del camino de retorno con sus dos bolsas de abarrotes, y los azulejos y las guías de consulta. Su semblante está enrojecido tras el whisky y el malhumor. ¿Cómo se atreve su padre a seguirla hasta aquí, con sus uñas y zapatos mugrientos, y para exponer reivindicaciones y demandas? ¿Hallará algún día un hogar y una vida en los que él no logre introducirse como un gusano?
Cuando distingue a la vendedora de mosaicos, a un costado de la ruta, succionando una naranja y parada en un solo pie, Katya experimenta un acceso de cólera, abrupto y justificado, cuyo blanco, en esta ocasión, es la chica. ¡Otra embaucadora!
La muchacha nota su presencia a la distancia y le echa un vistazo con su afabilidad característica. Antes de que pueda pronunciar palabra, Katya arremete y le entrega un billete de cincuenta rands.
–Ya no tengo ningún azulejo...
Katya saca de su bolsillo otro billete rosado y lo enquista en la palma de la niña. Jamás ha hecho algo similar: regalar dinero. Se siente poderosa. La chica la contempla, dubitativa, con dedos que apenas se curvan en torno a los billetes.
–Quiero saber de dónde vienen los azulejos. Dime –Katya exhibe un papel azul, que vale cien. Su dinero destinado a una semana de alimentos.
La muchacha enrolla los tres billetes en un cilindro muy fino, fisga el panorama brevemente por encima del hombro y luego hace un gesto de aprobación.
–De acuerdo, le voy a enseñar –mira hacia atrás de nueva cuenta–. Cinco minutos. La veo ahí abajo –señala con la barbilla una parada de autobuses en la carretera.
Katya aguarda en la caseta, que huele a orines y cuyo banco está roto, y observa el intermitente discurrir de los vehículos. Pronto se le une la niña, que sujeta su manga, la empuja hacia la parte posterior de la caseta y la conduce a un carril angosto que se extiende, en paralelo, al borde de las chabolas. El aire caliente secreta una fuerte esencia de madera incinerada y eucalipto, además de un hedor difuso y dulzón de aguas residuales que proviene de los arbustos. La gente indaga a ambas mujeres con curiosidad y la chica –lazarillo de Katya– asiente y saluda a una o dos personas. Un perro pequeño y magullado las sigue durante un rato ladrando con recelo, pero apenas traspasan su territorio las deja en paz.
Las casas son de estaño, madera y chatarra, que sus habitantes han obtenido al hurgar en las inmediaciones. Ciertos fragmentos –nota Katya– constituyen, probablemente, desperdicios de Nínive. Estruja su cartera y tantea su celular en el bolsillo. Enseguida advierte cuán absurdo es tal gesto, considerando que acaba de dar todo su dinero y que, sin duda, la mayoría de la gente que vive en este lugar posee mejores celulares que su viejo y apaleado artilugio. Imagina que los teléfonos son fundamentales aquí: si tu hogar es endeble o incierto, un número de contacto puede suponer una dirección permanente.
Katya y la muchacha abandonan el asentamiento y se internan en un sendero que se adelgaza más y más, y conduce a la maleza. A su alrededor, la ciénaga se encuentra inmóvil y es tórrida. Se trata de un calor extemporáneo y húmedo de un clima propio de tempestades, excepcional en Ciudad del Cabo. Otro de los aspectos que se han subvertido en la ciudad: las pautas climáticas. El otoño solía ser una temporada de parsimonioso enfriamiento, un preludio de las lluvias gentiles y persistentes del invierno. Pero esta amenaza humeante promete un diluvio.
Katya está desorientada; no obstante, la niña transita confiada, da zancadas con mayor facilidad, ahora que nadie la escruta desde las chabolas. La fe de Katya decae. Siente que algo no está bien; siente que algo contradice su instinto. Esto no es un pantano prístino, un paraíso para los aficionados a las aves. Esto es el matorral urbano: explotado, en riesgo. Existen sendas, pero no fueron elaboradas para alguien como ella. La asalta la abrumadora sensación de que camina hacia una trampa enrevesada.
Sin embargo, la chica se vuelve y le sonríe.
–Todo está bien –dice, y su hermosa sonrisa la apacigua. ¿Cuántos años tendrá? Quince, tal vez. Es un poco más joven que Toby. El universo de los adolescentes parece mostrarle un itinerario del mundo con una intensidad que se acrecienta.
–Ahí –señala la muchacha.
Katya parpadea bajo la luz del sol y repara en que han llegado bastante lejos –de hecho, lo suficientemente lejos para contemplar el entablado que se extiende hacia la marisma–. Detrás de ella, Nínive se cierne como una fortaleza de hielo. El enfoque lo es todo, reflexiona Katya: cuán distinto se ve este paisaje si uno se aproxima desde el exterior, a través de una aldea de chabolas... Cómo cambian los escenarios, de acuerdo con la ruta que uno elija para afluir hacia ellos... Apenas puede creer que pertenezca al complejo erigido detrás de esas almenas.
–Muy bien –dice, en tanto percibe que la niña no da un paso más allá, hacia el edificio–. ¿De modo que consigues todas estas cosas aquí? ¿Quién te las da? ¿Los guardias? ¿Los constructores?
La chica niega con la cabeza de manera enfática. Es evidente que no planea acercarse ni un centímetro más.
–¿Quién? –la interrogación es demasiado clamorosa e intimidatoria.
El dedo de la muchacha no se dirige a la verja trasera. Apunta a los pies de Katya, a un espacio entre sus piernas, a las sombras debajo del entablado, donde la tierra se hunde en lo profundo.
Katya escudriña la superficie tétrica y húmeda. No halla nada. Pero aquel es el punto hacia donde la condujo la mano imperiosa de la juventud. Avanza y se interna en el lodo. Está aprendiendo a caminar en este territorio escurridizo y trémulo. Es necesario tocar el suelo con suavidad, deslizarse de forma errátil, no ejecutar ningún movimiento demasiado desafiante o porfiado. El entablado se alza, aquí, a la altura del torso. Katya coloca sus bolsas a un lado y se agazapa bajo uno de los bordes. Cuando mira hacia atrás, la muchacha ya se ha ido.
La oscuridad prepondera. Al parecer, una suerte de túnel corre exactamente bajo el muro del perímetro, donde se ubica el edificio de los conserjes. Los cimientos –ahora lo ve– están apoyados sobre montantes de cemento y crean una gruta larga y honda, cuyo suelo es de barro.
La niña indicó ese lugar; lo hizo de modo insistente, punzante.
Katya se arrastra hacia delante, con la cabeza agachada. Pronto comprende que gatear es más sencillo. Se trata, a menudo, de la estrategia apropiada en su campo de trabajo: usar las cuatro extremidades, emular a las bestias. Observarlo todo desde la perspectiva de la plaga. El aire es denso debido al vaho y al aroma frío y húmedo de los sustratos de la tierra. Hay fango en sus manos y rodillas: una sensación asombrosamente placentera. Debe ejercer succión durante unos instantes para arrancar del mantillo la base del pulgar. A sus espaldas, el resplandor del día se ha contraído en una rendija larga e insondable. El frío la envuelve.
Lombrices y seres que reptan. Serpientes. Katya acomoda su pequeña linterna de cabeza; ciñe la banda elástica en la parte trasera de su cráneo. El haz fosforesce y la orienta. Lo apaga. Vuelve la espalda al tajo luminoso de la entrada y permite que sus ojos absorban la lobreguez. Ahora simplemente aguarda.
Allí. Por delante y en lo alto, divisa un delgado trapecio de luz suspendido de algún modo del techo de la caverna. En un principio piensa que se trata de un reflejo de agua, en contraste con el hormigón. Pero eso no es posible: la forma geométrica permanece inmutable. Katya se arrastra hacia ella. La tierra asciende de manera paulatina y el espacio se torna más y más estrecho a medida que penetra en él.
El trapecio constituye una especie de trampilla. Una tabla oculta a medias el hueco, sin impedir que asome una vara de luz exánime. Katya palpa con vacilación la madera mojada y la empuja hacia arriba. El peso del edificio la obliga a retroceder. Experimenta la incontrovertible sensación de que algo la oprime contra el cieno, de que el espacio se reduce y la cueva umbría se comprime hasta cerrarse...
En estado de pánico, Katya rota su cuerpo hasta quedar bocabajo y lucha para emprender el regreso. Se arrastra, serpentea y logra pasar por debajo del entablado, trepar fuera de la zanja y mirar nuevamente el cielo.
Se da vuelta y yace sobre su espalda. Arriba, muy arriba, en el más azul de los firmamentos, un pájaro rema con las alas. En su vuelo, el sol lo impregna de luminiscencia. No hay contrariedad alguna en ese mundo.
Una vez que Katya ha retornado a la Unidad Dos, el suelo parece menos firme bajo sus pies. Todo oscila. Ya ha visto la cavidad subyacente a la estructura. Nínive posee un piso inferior, una región subterránea que antes no existía. Siente el mismo desconcierto que experimentó al observar las fauces de la zona demolida frente a su casa.
Dispone los azulejos en el piso de la sala; ordena cada uno como si fuera una pieza en el tablero de un juego. Los nueve fragmentos configuran una redada bastante desdeñable, pero tiene la impresión de que son una mera muestra, una tarjeta de presentación. Se embarcaron en una odisea inescrutable para llegar hasta aquí: atravesaron el muro de Nínive de ida y de vuelta. Este lugar no es tan impermeable como había creído. Hay conductos, rutas comerciales que van de adentro hacia fuera y viceversa. Y ahora forma parte, en una ínfima medida, de dichas transacciones ilícitas. Cual si ella misma hubiera robado estas cosas.
Len siempre hurtaba algún elemento en sus múltiples empleos: partes de una motocicleta o cigarros o cubiertos de plata o, en una ocasión, el asiento trasero entero de un coche. A veces lo hacía para vender el botín y otras sólo para jactarse de lo que era capaz. Suponía un orgullo no retirarse con los bolsillos vacíos. Katya siente su presencia en Nínive, con tanta nitidez como si hubiera sacado sus viejos y hediondos huesos de aquel bar deprimente emplazado en el centro comercial, y los hubiera metido aquí de contrabando. Como si en este momento estuviera viciando el aire con su aliento a tabaco y empañando las superficies con las huellas maltrechas de sus dedos.
Katya apila los azulejos en un estante de la cocina. Se despoja de la ropa polvorienta y se viste con un nuevo uniforme, aún tieso tras su incursión en la lavadora. Marcha rítmicamente a lo largo del corredor blanco, igual que un general que conspira para recuperar un territorio perdido.
Resulta inevitable. Tendrá que utilizar técnicas extremas a fin de echarles un anzuelo a las alimañas y deshacerse de ellas, quienesquiera que sean y dondequiera que se encuentren. Se trata de tenderles una trampa, por supuesto, pero, ¿qué alternativa hay? Necesita saber con qué está lidiando antes de reunirse otra vez con el señor Brand.
No volverá a engullir carne de ternera, de modo que extrae media lata y la coloca en un plato. En uno de los cajones susurrantes halla cubiertos macizos. Corta la carne en trozos del tamaño de terrones de azúcar, usando un cuchillo ferozmente puntiagudo.
A continuación se desplaza por el departamento. De nueva cuenta, curiosea la parte posterior de los armarios y se asoma bajo las camas. Todo es tan preciso, todo está tan bien ajustado y dispuesto con tal cuidado que resulta casi imposible descubrir un escondite o una fisura. Por tal motivo, deposita los pedazos de carne directo en el suelo, en las esquinas y en el fondo de los cajones. Es un viejo truco del oficio. Debe atraer a la plaga si no acude por sí misma. Debe retar a las sabandijas si no son lo suficientemente pestíferas.
Reuben ha hecho bien las cosas. Sin duda, los productos que seleccionó no constituyen el sustento ideal para una experta en reubicación de plagas –o al menos no para una experta de alto nivel, como ella–, pero sí son óptimos para su labor: de hecho, son los comestibles predilectos de una amplia gama de pestes y alimañas. ¡Carne de ternera enlatada! Químicamente adictiva, y la dependencia dura por siempre.
Si tiene diminutos compañeros de casa, se manifestarán ahora mismo, tan sólo por su afición a la carne procesada.
El país de los sueños destierra a Katya y la abandona en medio de una negrura impenetrable. Está tumbada bocarriba y escucha el silencio de la noche, que se ha exacerbado. Ha adquirido una aptitud apropiada para la escucha. El departamento, que antes parecía sordo e inanimado, ahora es todo oídos: es una espiral en estado de alerta que magnifica hasta el sonido más endeble, incluyendo sus propios –y tenues– ruidos corporales.
Por ahí. Una serie de rasguños. Pausa. Y un repiqueteo. Pese al grosor y la calidad de las paredes, los sonidos vibran a través de ellas, horadan la cabecera de la cama y se introducen en su cráneo. La criatura atormentada que vive en su interior despierta, se incorpora y aguza los oídos. Los imprecisos arañazos son extraordinariamente fragorosos, pero ella sabe, por experiencia, que un ser minúsculo es capaz de hacer un barullo infernal, en particular cuando nadie lo ve. Un ratón que manipula un paquete de galletas Tennis puede sonar como una manada de lobos. Un grillo solitario puede asemejarse a un maniaco con un taladro eléctrico.
La lámpara de la mesa de noche no se enciende. Quizá la electricidad esté fallando otra vez. Katya busca a tientas su linterna de cabeza, que siempre mantiene a un lado de la cama –un antiguo hábito–, cuando otro ruido la obliga a detenerse. Un ruido absolutamente inconfundible. Pisadas en el corredor: un, dos, un, dos. Un ser humano. Ninguna otra cosa suena de ese modo.
Los enigmáticos pies prosiguen su camino. Ahora están frente a su puerta, pero Katya no logra distinguir nada en la opacidad. A pesar de la negrura, los pasos retumban con determinación, como si quien los diera supiera con exactitud cuál es su destino. Katya advierte que el individuo ha arribado a la cocina, porque el refrigerador se abre y suspira. Un receso furtivo. ¿Acomete los alimentos?
Más pisadas y un borboteo metálico. Lo ha descifrado: es el rumor de los meados, del pis, de la expulsión de orina. Conjetura que se trata de un hombre por el eco y la reverberación del sonido. Es alguien que está de pie, con descaro. Como hacen ellos. No tira la cadena del retrete.
Seguro que Katya podría correr hacia la salida mientras el intruso se encuentra absorto en tales menesteres. Podría escabullirse por debajo de las mantas, franquear a gatas las habitaciones, cruzar el departamento palpando sus diversas superficies –resbaladizas y mullidas, ásperas y suaves–, orientarse hacia la puerta de entrada y huir escaleras abajo, hasta alcanzar la caseta de Reuben y Pascal. La idea atraviesa el hemisferio analítico de su cerebro, al tiempo que yace inerte en la oscuridad. Y es que las regiones más primitivas e insondables de dicho órgano adoptan la modalidad de una pequeña bestia: continuar petrificada en las tinieblas siempre será el curso de acción preferible.
En cualquier caso, ciertamente no saltará desnuda de la cama para confrontar a ese hombre malvado en medio de la penumbra. Resulta muy tentador apretar bien los ojos –cubrirse con una capa adicional de oscuridad– y esperar el advenimiento de la mañana.
Al final, se oye un discurrir subrepticio y luego un silencio intrigante. Tras mucho cavilar, Katya comienza a preguntarse si en verdad ocurrió aquello o si se trató de alguna fuga proveniente de su sueño. De cualquier forma, resulta imposible permanecer yerta, lista para atacar, escuchando encarecidamente el silencio durante un lapso prolongado. Tarde o temprano, la ventura del colchón, las sábanas envolventes y la oscuridad la engatusarán y bajará la guardia. El cuerpo podrá contraerse de miedo, pero la mente, a la larga, no tiene otra alternativa que rendirse.
Katya aguarda y aguarda en vano: no percibe nada más.
Entonces su cuerpo exuda tensión, gota a gota, cual agua, y se queda dormida.
Mierda. La evocación irrumpe en el instante en que despierta, como si la hubiese estado esperando a un lado de la cama, semejante a un sabueso fiel. En la casa. Un hombre. Su corazón se espabila un segundo después que su cerebro y da aviso de alarma.
¿Se hallará aún dentro?
Nada sucede durante varios minutos. Sus latidos disminuyen su fiereza y la mente se apacigua. Intenta asir un recuerdo inequívoco de los sonidos nocturnos, pero estos se tornan más y más difusos, y a la vez que reposa, le parece menos y menos probable que algo haya ocurrido en realidad.
Aun así, se afana en conducirse con prontitud y sigilo al abandonar la cama. Primero se viste. De nuevo se desliza dentro de su uniforme verde, su prenda defensiva. Debido al cuidado que le brinda la mujer encargada de la lavandería, su ropa de trabajo se está volviendo, de forma inquietante, suave y lisa (por el efecto de la plancha). Está perdiendo su poder. De cualquier manera, se sube el cierre vigorosamente. Los overoles le ofrecen cierta protección, al menos. Sin embargo, en la circunstancia actual, si necesitara escapar del departamento aullando de terror, lo haría sin avergonzarse. Toma su cuaderno de apuntes. Abordará la situación con profesionalismo. Como sea, debe ir al baño.
Asoma la cabeza, cautelosamente, desde la habitación. Todo está despejado. No hay forajidos amenazadores, tampoco cuerpos. Una vez más, emprende un concienzudo trayecto por el lugar, atisbando cada rincón, con el corazón en la boca. Nada. Al parecer, no falta nada en el refrigerador, aunque carece de tal certeza. Revisa la puerta principal. No exhibe signos de haber sido violada, pero algo debió ingresar por ahí. Mejor dicho, alguien: existen muy pocas criaturas, excluyendo monos peculiares o gatos astutos, que puedan abrir puertas. Y, por lo que sabe, ninguno de esos animales es capaz de hacerlo cuando a una puerta se le echó el pestillo. Se requiere obtener huellas dactilares, ni más ni menos.
El baño luce exactamente igual que cuando lo vio por última ocasión. Katya estudia las superficies blancas. Como ningún otro sitio del departamento, el baño posee una blancura inmaculada. Sólo un criminal con una vasta confianza en sí mismo podría infringir los límites de un sitio tan lustroso, susceptible al más leve contacto. Un intruso tendría que haber dejado, de modo innegable, algo de sí mismo –huellas digitales, o inclus ADN– en los azulejos, como en un portaobjetos. No obstante, la porcelana no presenta la menor impureza. Los grifos están rígidos.
Para atrapar a una bestia, uno debe mantenerse quieto, tan inerte como permaneció Katya en la cama anoche; uno debe permitir que los seres se aproximen por su cuenta. Katya examina el baño con total reserva, moviendo únicamente los ojos, concentrada en cada milímetro cuadrado.
El lavabo. ¿Acaso hay una pequeña gota ajena en la orilla? Y el retrete... Recuerda que la noche previa no escuchó el sonido que se produce al tirar la cadena. ¿Acaso hay un matiz amarillo en el agua? Se arrodilla e inspecciona. Quizá. Un tinte sutilísimo. ¿Acaso hay un olor a almizcle, dulce y salobre, en el aire, alrededor de la taza? ¿Acaso ha sido... contaminada? Podría sumergir la cabeza y olfatear, pero de pronto surge en ella un talante melindroso. Pese a que ha hecho cosas peores en su búsqueda de moscas de la fruta, ácaros y larvas, y ha enrollado excremento de paloma entre sus palmas para evaluar su consistencia, y ha paladeado las secreciones más extrañas de innumerables animales (orina de caracol y vómito de polilla, meados de suricato y eyaculación de gecko), esto la excede por completo. Tira la cadena una, dos veces. Abre todos los grifos y deja correr el agua.
Se percata de que el cebo de carne de ternera, instalado en reductos secretos, sigue intacto. Los trozos de carne procesada aún están frescos, incorruptos en los bordes.
